lunes, 30 de mayo de 2011

domingo, 29 de mayo de 2011

Con todas las letras

LECTURAS CRÍTICAS
Presentación de Literal
Edición facsimilar (Ediciones Biblioteca Nacional)

Participan
JUAN MENDOZA, ARIEL IDEZ, DIEGO PELLER y GERMÁN GARCÍA

Martes 31 de mayo de 2011 - 20.00hs
Entrada libre y gratuita
Organiza Asociación Amigos de la Fundación Descartes

FUNDACIÓN DESCARTES - BILLINGHURST 901- 4861-6152 – 4863-7574

invita:

sábado, 28 de mayo de 2011

¡Honeymoon!



¿A quién votar?

Por Daniel Link para Perfil


En un año electoral, es imposible sustraerse a la “intención de voto”, que todo lo permea. Confieso que mis simpatías políticas se encuentran indecisas entre dos o tres proyectos.
El primero de ellos fue motorizado por Macedonio Fernández, quien durante uno o dos años (hacia 1927) jugó con el vasto y vago propósito de ser presidente de la República, según contó su jefe de campaña y publicista, el escritor Jorge Borges, y según se lee en el capítulo noveno de su Museo de la novela de la Eterna.
A Macedonio le interesaban los mecanismos del poder (pero no su obtención). En su perspectiva, lo más importante era la difusión del nombre, que debía insinuarse en la imaginación de la gente del modo más sutil y enigmático. La rama femenina de su partido distribuyó en confiterías, tranvías, veredas, zaguanes y cinematógrafos, incansables tiras de papel o tarjetas en las que se leía el curioso nombre de pila del candidato.
Las gestiones de Macedonio (siempre según el recuerdo de Jorge Borges) habrían sido, al mismo tiempo, concurrentes y contradictorias con una conspiración secreta urdida por una secta de millonarios neurasténicos y tal vez locos, para lograr el mismo fin, mediante una serie gradual de invenciones incómodas (los azucareros automáticos que impiden endulzar el café; la doble lapicera, con una pluma en cada punta, la segunda de las cuales amenaza los ojos del escribiente; las escaleras con escalones de diferente altura; el peine-navaja que nos corta los dedos).
Esa vía de la política (que podría llamarse ético-anárquica) habría terminado minando al gobierno y cuando Macedonio y Fernández Latour (su vice) entraran en la Casa Rosada, ya nada habría significado nada. La acción de gobierno se limitaría a un Estado mínimo, sin policía, sin interrogatorios en despachos oficiales, sin mando, con los necesarios trueques económicos y con bomberos y buzones como únicos artefactos públicos.
Me detengo apenas en la segunda propuesta porque, en rigor, prescinde del proceso eleccionario (hipótesis que, como todo ciudadano consciente, no puedo descartar del horizonte político sin examen) y se deja leer en Los siete locos
y Los lanzallamas de Roberto Arlt, entre 1929 y 1931.
La toma del poder por parte de la canalla que sufre abajo sin esperanza alguna descansa en el confuso proyecto de El Astrólogo (obsesionado por construir una ficción que actúe y produzca realidad) y sus secuaces, quienes diseñan un plan basado en la explotación económica de prostíbulos y un cuidadoso cultivo de atentados terroristas. Son tantos los fusilamientos que se deducen de esa vía (dialéctica), que uno no sabe quién podría quedar vivo (y sobre todo, si uno mismo sobreviviría a esa depuración infatigable). Es el proyecto que menos me convence.
La tercera vía, que se inscribe en el anarco-nihilismo, fue expuesto por Copi en La internacional argentina
hacia 1988. No es una síntesis de los dos anteriores (porque toda síntesis es imposible, por definición), pero supone una meditada superación de sus callejones sin salida. La conspiración de la familia negra Sigampa (multimillonarios transnacionales entre los cuales Nicanor Sigampa es la cabeza visible), convencida de que los frutos de la imaginación (en oposición a los frutos de la pasión) son los únicos relevantes, pretendía imponer en las elecciones de 1989, como presidente de la República (luego de pagar la deuda externa total), al poeta maoista Darío Copi o, en su defecto, al poeta Miguelito Pérez Perkins. La campaña electoral se habría realizado mediante una hábil campaña publicitaria y la distribución (puerta por puerta) de precisas sumas de dinero acompañadas de un manifiesto difuso.
Una vez conseguido el triunfo, se habría promovido un plan de emigración masiva de negros a Argentina, para resolver el crónico complejo de inferioridad argentino respecto de su vecino, el coloso brasileño. En menos de una generación se habría transformado la Patagonia, metro a metro, en un paraíso terrestre, reservando la explotación petrolera sólo a los indígenas.
En cuanto al gobierno: nada de ejército, ni cámaras, ni ministerios, ni organismos de Estado, dado que los argentinos han dado ya pruebas suficientes de su capacidad para organizarse muy bien solos. Eso sí, se agradecerá a todo hijo de vecino que brinde pruebas de imaginación.
Se me dirá que ninguno de estos candidatos compiten en las elecciones de este año y, sobre todo, que ninguno de los candidatos al alcance del voto 2011 parece sostener proyectos semejantes. No estoy tan seguro.

viernes, 27 de mayo de 2011

I'm not a freak


(Lady Gaga en American Idol, 25-05-2011)


(Lady Gaga en Central Park, 27-05-2011)

Preguntan si...

"La lectura es una práctica solitaria"

Desde la década del ‘80, Daniel Link es uno de los referentes más respetados de la carrera de Letras en la Universidad de Buenos Aires (UBA). Autor de ensayos, poesías, novelas, relatos y obras de teatro, se ha consolidado como uno de los críticos literarios más destacados del país, un oficio que defiende a despecho de las susceptibilidades heridas.

por Flor Farragó para Clase ejecutiva

¿Cuál es su opinión de la actual oferta de literatura infantil?

No soy un gran lector de libros para chicos pero creo que tienen dos grandes vicios: el exceso de pedagogía y la fijación en los aspectos más inmediatos de la vida cotidiana del niño, como el barrio y la escuela. Me interesa más la literatura de antes, fantasiosa, desbocada. Obviamente, como mis hijos ya tienen veintipico, no leo más libros infantiles. Pero Los artistas del bosque es un cuento que inventé para ellos.

¿Cómo se hace para incentivar a los chicos a la lectura?
No sé si hay que incentivarlos para que lean, hagan deporte o estudien música porque a cada chico le gusta lo que le gusta. Creo que la necesidad de lectura está más relacionada con cuestiones pedagógicas.

La entrevista completa, acá y, acá un recuadro sobre el monstruo que me tiene preso.

jueves, 26 de mayo de 2011

miércoles, 25 de mayo de 2011

Sapónidos y detergentes


(No sé a Beatriz, pero a mí Mariotto no me "ha satisfacido")

martes, 24 de mayo de 2011

Un héroe de nuestro tiempo

Veníamos medievalizados desde nuestras maratones merlinescas. Cuando apareció en los jardines televisivos que frecuentamos la nueva versión de Robin Hood, nos lanzamos sin hesitación a ella. Error, grave error. Lo que en Merlín era infantil, en Robin Hood es trivial y banal; lo que en Merlín aparecía rodeado de magia, en Robin Hood se hunde en un pantano inmundo de determinaciones históricas. Se me dirá: es que Merlín es fábula y Robin Hood no lo es. Diré inmediatamente, dado que de televisión se trata: ¡a mí qué me importa!
Los personajes son pastosos y melodramáticos (cuando no meramente estúpidos), las intrigas no recuerdan las que disfruté en mi infancia, los anacronismos (deliberados o no) nos fastidiaron en cada uno de los seis episodios que le otorgamos a la serie como chance, antes de borrarla definitivamente de nuestro disco portable.
Sólo una curiosidad me despertó Robin Hood: en el personaje de Guy of Gisborne, un hrön (desmejorado) de Hugh Jackman, con una calidad actoral evidentemente superior a la del resto del elenco, me obligó a investigaciones ulteriores.



El actor, Richard Armitage, aparecía en el cast de una serie que habíamos bajado hace tiempo, pero que no habíamos visto porque focaliza su atención en el espionaje internacional, los servicios de inteligencia y la geopolítica paranoica que se deduce de esas organizaciones viles. Imaginé una sarta de prejuicios raciales y preferí abstenerme. Error.
Spooks es, en efecto, una serie de espionaje, cuyos protagonistas son agentes del MI5 (el servicio de inteligencia interior británico) y está, en efecto, sembrada de prejuicios. Pero todos ellos conviven con una certeza: el Mal absoluto es la CIA, cuyos agentes, además de desagradables y corruptos, complotan para sostener el ya desaparecido estilo del infame Georg Bush.
Richard Armitage desempeña, allí, al agente Lucas North quien, acompañado de un puñadito de (cuatro) compañeros de aventuras (entre los que se destaca, en el papel de Ros Myers, Hermione Norris, a quien habíamos deplorado en Outcasts), consigue imponer el bien y salvar a Gran Bretaña de una crisis tras otra. Por supuesto, el paisaje es Londres y eso, naturalmente, mejora aún lo inmejorable.
Hace centurias, consentíamos en mirar Los profesionales. ¿Por qué habríamos ahora de privarnos de Spooks, tanto mejor hecha, muy bien guionada y mejor dirigida?
Una vez abrazada la ficción paranoica, ya es imposible detenerse (porque su fuerza radica, precisamente, en su pontencia de expansión), y las simpáticas aventuras de los servicios británicos empezaron a resultarnos poca cosa.
Por la vía de Richard Armitage, una vez más, llegamos a Strike Back, de la que no se sabe bien si es una miniserie o una serie (y si adelanto que es una "precuela" estaría incluso diciendo demasiado). Esta vez, se trata de las peripecias del MI6 (el servicio de inteligencia exterior británico) en los países de típica intervención armada de las potencias occidentales. Por supuesto, acá los norteamericanos alcanzan niveles de maldad, falsificación de la historia y corrupción totalmente operísticos. La perspectiva de Strike Back (como la de Spooks, en menor escala) es que los británicos se meten en problemas por seguirle el juego a los norteamericanos (obtusos pero, sobre todo, malintencionados) y participan de guerras que nunca debieron existir.
El protagonista es John Porter, un dado de baja del MI6 cuando, en Irán, tres de sus compañeros mueren por su presunta responsabilidad. No será así, pero mejor es no anticipar demasiado.
John Porter es tan pero tan bueno, y tiene tan buena conciencia y sentimientos tan finos, que aún cuando lo mandan a matar, él no lo hace y termina como amigo de sus víctimas. Como siempre se ha presentado (en Pakistán, en Irak, en donde sea) con una identidad falsa, termina confesando su nombre a sus nuevos amigos: "John. John Porter", como si estuviera, de pronto, habitado por Bond.
Inexplicablemente (porque no haría falta), los diálogos son impecables; la producción, un dechado de virtudes, y la dirección (rotativa), sin fisuras.


Richard Armitage bare-assed

Parece existir el convencimiento de que Richard Armitage tiene buen cuerpo. No es así, pero él insiste en mostrar el culo cada vez que puede, así en Spook (de donde está tomada la imagen, que enriquece desde ahora la red) como en Strike Back. En fin, cosas de europeos, y no somos nosotros quiénes para reprochárselo.

lunes, 23 de mayo de 2011

domingo, 22 de mayo de 2011

La máquina católica



Por Daniel Link para Perfil Cultura


Esa mañana, el padre revisó su sotana cuidadosamente. Había encargado que se la plancharan con apresto porque suponía que tendría que posar para las cámaras, antes o después del almuerzo en cuya lista de invitados había entrado casi por carambola (“divina”, le gustaba decir ante sus amigos), pero del que decidió participar porque estaba íntimamente convencido de su derecho a integrar esa acotadísima nómina de representantes de las Letras Argentinas.

Mayo de 1976 había empezado por todo lo alto: el domingo 9, el presidente se había encontrado con científicos de renombre (hubo incluso algún Nobel). Días después, con ex cancilleres, y el 17 de mayo con las nuevas autoridades de la Conferencia Episcopal Argentina, que dos días antes había difundido la Carta Pastoral Anual que subrayaba el necesario espíritu de comprensión para con las dificultades de la “nueva etapa”.

Aunque el Padre Leonardo Castellani no se llevaba bien ni con los miembros salientes de la Comisión, ni con los nuevos, su nombre fue sugerido por ese cónclave como uno de los más prestigiosos que la “literatura católica” podía acercar a esa mesa, servida el miércoles 19 de mayo de 1976 en la Casa de Gobierno para “conversar abierta, francamente de los problemas que atañen a la cultura en relación con la situación del país”, tal como el Secretario General de la Presidencia, General José Villarreal, se encargó de promocionar en los diarios durante los días previos.

Retrospectivamente, más le valdría no haberlo hecho, porque dos de los invitados, por esos anticipos, comenzaron a ser impiadosamente acosados para que presentaran ciertos reclamos ante el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas. La Comisión Directiva de la SADE —que había ganado las elecciones internas gracias a sus aliados del PC— presionó a su presidente, Horacio Ratti (invitado junto con Jorge Borges, Ernesto Sábato y Leonardo Castellani) para que entregara, además de una serie de reivindicaciones sectoriales, una lista con nombres de escritores desaparecidos o presos desde marzo (Haroldo Conti, Alberto Costa, Roberto Santoro, Antonio Di Benedetto, entre otros). Aunque Ratti quiso negarse a semejante encomienda, debió acatar la decisión de sus sádicos colegas.

Castellani, por su parte, había recibido la visita de “una persona que, con lágrimas en los ojos, sumida en la desesperación, [le] había suplicado que intercediera por la vida del escritor Haroldo Conti”, secuestrado en su casa el 4 de mayo (“Yo no sabía de él más que era un escritor prestigioso y que había sido seminarista en su juventud. Pero, de cualquier manera, no me importaba eso, pues, así se hubiera tratado de cualquier persona, mi obligación moral era hacerme eco de quien pedía por alguien cuyo destino es incierto en estos momentos. Anoté su nombre en un papel y se lo entregué a Videla, quien lo recogió respetuosamente y aseguró que la paz iba a volver muy pronto al país”, declaró dos meses después Castellani a la revista Crisis).

Pese a los informales habeas corpus, el almuerzo fue tranquilo, y la tenacidad de los historiadores nos ha regalado con exactitud el curso del servicio (budín de verduras, ravioles con salsita de tomates, ensalada de frutas), la satisfacción de los comensales y las trivialidades de los intercambios conversacionales en ese momento crítico: los problemas de la vista, la baja calidad de la comida norteamericana, la necesidad de un consejo de notables para la regulación de los medios masivos, el descuido del idioma... Sobre ese almuerzo, que pudo haber cambiado la historia del país, se sabe todo. Algunos de sus participantes, sin embargo, han permanecido en un injusto olvido que el paso de los años apenas si comienza a torcer.

Se podría decir que a Horacio Ratti se lo tragó la tierra o la burocracia (con justicia). Pero la novelesca vida del “furibundo jesuita” Leonardo Castellani (Reconquista, Santa Fe: 16 de noviembre de 1899 – † Buenos Aires, 15 de marzo de 1981) habría merecido una película en cualquier país menos atónito ante los dictados del canon universitario, la pereza crítica y el negocio del libro.

Su obra, vastísima e inconmensurable (de mayor alcance que la de Jorge Borges, menos nihilista que la de Sábato, de mayor plasticidad que la de Roberto Arlt: cuentos costumbristas, comentarios bíblicos, crítica literaria, parábolas camperas, relatos policiales, historias fantásticas, ensayos de pedagogía, la sátira en la revista Jauja que fundó y hasta una traducción anotada de la Suma Teológica del Doctor de Aquino), domina el siglo XX con un brillo que recién ahora comienza a percibirse.

En un reciente y heroico libro (Castellani crítico. Ensayo sobre la guerra discursiva y la palabra transfigurada, Buenos Aires, Cabiria, 2010), Diego Bentivegna se deja iluminar por las incandescentes proporciones de esa obra, sobre todo en lo que se refiere al jesuita como un teórico de la lectura (entendida en todas sus implicaciones prácticas: la crítica, la pedagogía, la interpretación de los textos sagrados, etc...).

Si bien Las nueve muertes del Padre Metri (1942) fue considerado por Rodolfo Walsh como el mejor libro de relatos policiales escrito en nuestro país, Bentivegna va mucho más allá y recusa las corrientes hegemónicas de la crítica, cuya miopía le ha impedido situar su producción en el lugar que le corresponde.

Castellani, en la perspectiva de Bentivegna, se coloca a igual distancia del elitismo de Borges y de las máquinas modernas de Arlt y Bioy Casares (tal y como Beatriz Sarlo las definiera alguna vez) y sin la noción de "palabra transfigurada" de quien dedicó su extraordinaria capacidad intelectual, entre otras cosas, a la traducción del Apocalipsis de Juan de Patmos y a los arrebatos nacionalistas, el panorama cultural de la modernidad argentina está incompleto.

Bentivegna lee en Castellani una "utopía de la heteroglosia". La hipótesis es fundamental para evaluar su peculiar nacionalismo pero, sobre todo, para enfrentar todas las fantasías concentracionarias del monolingüismo y el discurso único, respecto de los cuales nos sentimos hoy tan acorralados.

El lenguaje roto de Castellani (que toma piezas de la lengua culta, del cocoliche inmigratorio, de las lenguas clásicas y las jergas populares) se alza contra toda pretensión de pensar la literatura como cosa del espíritu (ningún afán vanguardista lo guía) y señala en la dirección del “arte encarnado” propio del cristianismo: una “palabra transfigurada” que es “una afirmación de la materia, del carácter corporal del acto estético”.
Católico, Castellani no puede sino sostener los universales, pero su religio, como nos ha recordado Giorgio Agamben, tal vez provenga antes del relegare que del religare: no se trata de religar los vínculos plenos de los universales, sino de relegar todo reduccionismo abstracto: en esa tensión se sostienen las formas de vida, y en esos márgenes se deja leer lo que la literatura argentina (a través de sus obedientes acólitos) no quiere pensar sobre si.


sábado, 21 de mayo de 2011

¡A por ellos... a por ellos!

Puerta del Sol en directo (gracias, Jacoby):








Streaming .TV shows by Ustream

La voz humana

Por Daniel Link para Perfil

Soy un dinosaurio herbívoro, un fósil de los tiempos en que la telefonía era un servicio público y no un negocio feroz. La comunicación telefónica sigue siendo para mí tan misteriosa como para Proust. No tengo número fijo y, si conservo un viejo teléfono celular (mis amigos se sorprenden por mi repugnancia a las pantallas táctiles), es sólo porque no puedo prescindir de la hipótesis de la emergencia, el “teléfono rojo” (mi tono de llamada, que casi nunca suena, es el de la serie Batman).
La semana pasada mi celular sonó ¡cuatro veces! Eran cuatro personas diferentes pero un único llamado, cuyo remitente pretendía que cambiara mi plan de telefonía móvil por uno mucho más ventajoso para mí, que me permitiría ahorrar enormes sumas de dinero. “Hemos analizado sus consumos”, me dijeron.
La primera vez me presté al juego porque la voz, acariciadora y firme, me arrastraba hacia ensueños eróticos. Prometí considerar la oferta.
La segunda vez, mentí que estaba al volante y corté con una mezcla de asco y de desolación. La tercera vez respondí sin cortesía porque me importunaban durante un fin de semana. La cuarta vez fue un día inolvidable: brillaba el sol de mayo y todas las vainas de los árboles habían explotado arrojando sobre Buenos Aires una suave nevisca de semillas que yo miraba extático sentado en la plaza de Tribunales.
Mi humor no admitía interrupciones y pregunté si la conversación estaba siendo grabada (amenaza siempre detestable que esa vez quise poner de mi parte). Le expliqué a la voz, en los peores términos, que la persistencia de la empresa en ofrecerme un plan que no necesito ni quiero invalidaba sus argumentos de pacotilla: ¿o acaso es legítimo pensar que una multinacional pague sueldos (de hambre, pero sueldos al fin) a una brigada de desesperanzados para privarse de sus ganancias siderales? ¿Desde cuándo el Mal absoluto trabaja para mi beneficio? ¿Tan idiota me creían?
“Me estás mintiendo”, grité en la plaza. “Y vos sabés que me estás mintiendo”. “Yo no te importo”. Hacía una “escena amorosa” y mi interlocutor era el capitalismo más vil.

viernes, 20 de mayo de 2011

Que se vayan todos

El Mayo español se extiende a otros países del mundo

Las concentraciones en apoyo del movimiento ciudadano "Democracia real ya" cruzaron las fronteras de España y llegaron a Francia, Alemania y hasta a EE.UU.; piden un cambio en la forma de hacer política.

jueves, 19 de mayo de 2011

Los últimos días de Nietzsche

miércoles, 18 de mayo de 2011

El examen falométrico

La República Checa 'examinó' la homosexualidad de refugiados gais

MARÍA R. SAHUQUILLO - Madrid

Le sentaron en una sala y le mostraron películas y fotografías pornográficas heterosexuales. Mientras, un sexólogo medía con un instrumento especial sus respuestas físicas a las imágenes. Si no se excitaba, probaría su homosexualidad. Si lo hacía, vuelta a casa. A Irán, donde ser gay o lesbiana es un delito castigado con la muerte. Fue lo que le ocurrió a un homosexual iraní que pidió asilo en la República Checa en 2009, y que fue sometido al llamado test falométrico. Un procedimiento que las autoridades empleaban para comprobar, en algunos casos, que las alegaciones de los solicitantes de amparo por motivos de orientación sexual eran ciertas. Para verificar que un refugiado que decía ser gay lo era de verdad.
Pasado el mal trago, el hombre huyó a Alemania. Allí denunció el caso. Tras su testimonio, las autoridades alemanas preguntaron a Praga. Un año más tarde la Agencia Europea para los Derechos Fundamentales de la UE denunció esas prácticas en un informe. El examen falométrico, sostienen, "vulnera los derechos fundamentales de las personas". El tema ha llegado hasta el Parlamento Europeo y la Comisión, que ha pedido explicaciones por escrito a las autoridades checas sobre este test que consideran "una clara intromisión en la esfera privada de la persona y en su dignidad".
Tras la polémica y las duras críticas, el Gobierno checo asegura que ha frenado los análisis falométricos. Una respuesta que, sin embargo, aún no es oficial para las instituciones comunitarias. No obstante, y a pesar del cuestionamiento de expertos internacionales sobre la validez, no solo ética sino también científica, de semejante prueba, ese país insiste en defenderla. "Es rigurosamente falso que la República Checa violase la Carta de Derechos Fundamentales de la UE con estos análisis", dice una portavoz del Ministerio del Interior, que asegura que los test se realizaron solo entre 2008 y 2009 a una decena de personas, que habían dado su consentimiento previo y por escrito. "Además, se realizó por un experto sexólogo autorizado. Algunas personas solicitaron incluso someterse al examen", añade.
El test falométrico no es nuevo. Fue inventado en 1950 por el físico y sexólogo checo Kurt Freund. Desde entonces, y al menos hasta finales de los noventa, el procedimiento -que consiste en medir la estimulación sexual o el orgasmo del hombre o de la mujer- se ha empleado para analizar el comportamiento de agresores sexuales o pederastas en países como Canadá y Estados Unidos. En la República Checa formaba parte, según Interior, de los trámites para la demanda de asilo por orientación sexual. "Se aplicaba en casos dudosos y cuando no había otra posibilidad de probar la orientación de esas personas", argumenta el Gobierno checo.
Las autoridades europeas no están conformes con el análisis. Y menos con que uno de sus miembros -la República Checa lo es desde 2004- lo emplee. Así se lo hizo saber la comisaria de Interior, Cecilia Malmstöm, a Praga en marzo. "Plantea serias dudas sobre su conformidad con la Carta de los Derechos Fundamentales en lo relativo a la prohibición de la tortura, el trato inhumano o degradante, y el respeto a la vida privada", dijo. Su equipo analiza ahora la respuesta checa para verificar que los exámenes se han suspendido, y para determinar si es necesario tomar medidas.
La Agencia Europea para los Derechos Fundamentales de la UE condena duramente esta prueba. "Es una práctica absolutamente intrusiva y deleznable. Interfiere en la psicología de la persona, en su integridad e intimidad", esgrime Matteo Bonini-Baraldi, uno de los autores del informe que sacó a la luz el uso de estos test.
La Organización de Ayuda al Refugiado de la República Checa (OPU) ha atendido a tres personas que pasaron por el examen falométrico. Dos hombres y una mujer. Todos lograron finalmente asilo en ese país, y a pesar de lo ocurrido han decidido no denunciar a las autoridades checas. "No quieren ahondar en un tema que les ha causado graves conflictos y traumas", explica Hana Frankova, abogada de la organización. Para ella, esta práctica es "humillante". Argumenta que no se puede considerar voluntaria, tal y como sostienen las autoridades checas, porque se ofrece a personas que temen ser devueltas a sus países, donde están perseguidas. "Ningún afectado se opuso al examen porque se sintieron presionados y cuestionados. Temían que su solicitud de asilo fuera denegada", dice la abogada de OPU.
La homosexualidad es aún ilegal en 76 países y está castigada con la muerte en siete: Irán, Arabia Saudí, Yemen, Mauritania, Sudán, Nigeria (en 12 Estados) y Somalia (en el sur). "Los demandantes de asilo que pasaron el examen venían de áreas que aplican la sharia o de países con fuerte influencia islámica, donde aquellos que tienen una orientación sexual diferente son castigados", dice la portavoz checa de Interior.
Un argumento más para Bonini-Baraldi para rechazarlo. Este experto explica que la vulnerabilidad de esas personas es aún mayor. "Muchos han sufrido abusos a causa de su orientación sexual y tienen verdaderos problemas cuando se les muestra este tipo de imágenes", dice. "Por no decir que la prueba tiene una discutida validez. ¿Qué ocurre por ejemplo con los bisexuales?", añade.
El examen es aún más llamativa si se tiene en cuenta que la República Checa no es un país particularmente intolerante con los derechos de gais y lesbianas. En 2006, aprobó una ley para regular las uniones homosexuales. Normativa respaldada por tres de cada cuatro ciudadanos. "Queda mucho por hacer, pero la República Checa había avanzado mucho en cuestiones de derechos sexuales. Pensábamos que prácticas como esos exámenes para verificar la homosexualidad estaban erradicados", dice la activista por los derechos de los homosexuales Eri Sykorova, que exige garantías de que se han dejado de practicar.
Un discurso similar al de Neil Grungras, presidente de la Organización para la Ayuda al Refugiado, el Asilo y la Migración, que exige a ese país que certifique que no volverá a utilizar los exámenes falométicos. También una reparación para los afectados. El grupo de parlamentarios europeos por los derechos de gais, lesbianas, bisexuales y transexuales exigirá la semana que viene a la Comisión información sobre el tema. "Pedimos saber qué medidas concretas se han tomado y si las autoridades checas siguen cometiendo tal barbaridad", dice el catalán de ICV Raúl Romeva, vicepresidente del grupo.

(gracias, Miguel)

martes, 17 de mayo de 2011

Champollión resucitado



lunes, 16 de mayo de 2011

Memoria máxima



domingo, 15 de mayo de 2011

Obra y vida



sábado, 14 de mayo de 2011

El principio esperanza

Por Daniel Link para Perfil

Con un viejo amigo, intercambiamos mensajes de correo un poco melancólicos, porque la política, entendida como mera administración de lo viviente en el Estado Universal Homogéneo, aunque adopte las retóricas más reconfortantes para los oídos mansos de los sectores medios (ni siquiera nos atrevemos a pronunciar o escribir la palabra “clase”), nos des-espera.
No es que nos dejemos arrastrar por la suave fuerza de un cierto “deseo de Revolución” o que, adoptando una posición crítica en relación con esa formulación ambigua (¿es la Revolución una forma del deseo?), nos declaremos en situación de “espera de la Revolución”.
Seguimos con simpatía natural la causa de los qom (desalojados sin contemplaciones del lugar donde habían hecho no casa, sino campamento, a los pies mismos del Quijote, ese monumento al Deseo) e intercambiamos datos triviales que nos permitan comprender mejor su singularidad.
A mí me sorprende que nadie se haya detenido en el deslizamiento de sentido que supone proclamar “La tierra es nuestra vida” (como se leía en las pancartas de Félix Díaz y su comunidad) en lugar de “La tierra es nuestra”, soberbia imperialista sobre la que el Estado ha anticipado que no puede pronunciarse (siendo, como es siempre el Estado, la cara política del capitalismo), tan “complejo” resulta a sus oídos el lema propietario.
Pero el problema no es complejo en absoluto y la demanda es clara como el agua: los qom no establecen con el territorio una relación paranoica de dominio (¿cómo podrían, si sus tradiciones y su historia les dictan otras frases?), sino que dicen que su vida entera depende de la posibilidad de un territorio (la historia de cuyo desmembramiento y explotación coincide con la del colonialismo europeo).
No sé si es la Espera o el Deseo lo que nos corresponde poner del lado de esa causa, que es apenas un eslabón (el último) de un largo proceso de despedazamiento de una unidad de vida que no cesará de manifestar su protesta hasta que esté muerta para siempre (y parte de nosotros, con ella): la articulación inseparable de Tierra y Vida (y no de Tierra y Propiedad).

viernes, 13 de mayo de 2011

La belleza absoluta



miércoles, 11 de mayo de 2011

martes, 10 de mayo de 2011

Los K: ¿Tragedia o melodrama?

Los griegos inscribieron las historias familiares de las que tanto gustaban en el género "tragedia", que participaba de ciclos que tomaban a los grandes nombres de la aristocracia en el momento en que eran convocados por su destino o un desarreglo mental (la hybris) los afectaba. Los protagonistas más famosos de tragedias griegas pertenecieron a la dinastía de los átridas.
El modelo sobrevivió al género, del que, en la modernidad, apenas si quedan trazos en lo que llamamos melodrama.
Hace un tiempo, el History Channel (UK) encargó una miniserie sobre los Kennedy, esa familia ejemplar de la vida civil norteamericana, cuyos vástagos fueron asesinados antes de que pudieran volverse viejos. Los ocho capítulos que constituyen The Kennedys (2011) helaron la sangre de los programadores: ¿cómo iban a emitir en USA (el "público natural" de la miniserie) esas entregas que muestran a ese héroe presidencial como (alternativamente) un desinteresado por la política, un inepto, un tarado, un putañero y un drogado? Afortunadamente los canadienses la emitieron y hoy está disponible para su consumo.
No sé si The Kennedys es históricamente correcta, pero es un melodrama intenso que se deja ver con simpatía (los televidentes que aman las reconstrucciones de época a través de la ropa, por ejemplo en ese cachivache llamado Mad men, tendrán un incentivo adicional para mirarla).
Cada episodio focaliza su atención en uno de los problemas que tuvo que enfrentar la administración Kennedy (Bahía de Cochinos, lucha contra la corrupción, derechos civiles de los negros, la crisis de los misiles, etc...), con abundantes flashbacks que sitúan la política en relación con el deseo maniático del fundador de la dinastía, el inmensamente desagradable Joe Kennedy Sr. (y sus relaciones con la Mafia, y sus infidelidades, y el modo en que pretendió manejar a sus hijos como títeres).
Mayormente, se trata de una "producción de container" (llamo así a las series y películas filmadas casi integramente en un escenario único, con mayor o menor proliferación de utilería), pero la narración es suficientemente inteligente como para disimular esa circunstancia. El casting está muy bien y las actuaciones son todo lo correcto que podría esperarse. Los diálogos son creíbles y los personajes cumplen su destino. Nunca sabremos quién mandó a matar a Kennedy ni cuánta culpa tuvo Bobby en la muerte de Marilyn Monroe.

sábado, 7 de mayo de 2011

Paka-Paka para todos

Por Daniel Link para Perfil


Confieso que el lema “Paka-paka para todos”, con el cual la señal del Ministerio de Educación de la Nación convocó a un Festival promocional, me resultó concentracionario, como quien dijera “Sopa para todos”. Por fortuna, una vez sorteada la pobreza lingüística de los políticos y publicistas responsables de la convocatoria, entendí que el lema quería decir “Paka-Paka al alcance de todos”, y que eso no nos obligará a mirar algo que, hasta entonces, no sabía bien qué era.

Semanas después de arduas investigaciones, sigo sin saber bien qué es Paka-paka, ni para qué sirve (sería injusto decir que el fin último del proyecto es transferir recursos del sector público al privado), pero celebraré su inclusión en todas las grillas de programación del planeta (que miren los niños británicos Paka-paka, si así lo quieren). Como no todo el mundo tiene cable (y muchos de los que, por inercia, lo consevamos, no lo miramos), lo más universalista sería que Paka-Paka fuera una señal de aire (lo que tal vez suceda una vez que la anunciada digitalización de las señales se vuelva una realidad al alcance de todos).

Como se sabe, “Paka-paka” quiere decir, en alguna variedad de las lenguas quechuas, el juego de las escondidas. No es difícil saber qué se esconde.

Paka-Paka es una señal del Ministerio de Educación, que reconoce, en la fundamentación del proyecto, “el debilitamiento de ciertos rasgos estructurales de la institución [escolar] durante las últimas décadas” y que aparentemente considera que la televisión, la institución más enemiga (y más poderosa) con la que la escuela jamás se topó, es el espacio adecuado para operar en relación con el debilitamiento de esos rasgos estructurales.

“La propuesta consiste en una nueva señal infantil con contenidos de alta calidad orientados a educar y a entretener, abierto a la cultura de todos los sectores de nuestro país y a distintas expresiones del globo”, dice el documento oficial que recupera la vieja y (millones de veces) frustrada expectativa de que se puede aunar la educación (que participa de un régimen autoritario) y la TV (cuya única razón de ser es el propio placer, la distracción), aunando, de paso, lo nacional y lo universal: el agua y el aceite.

Errática como es la programación, que conviene analizar por separado, la existencia de Paka-Paka (que no salvará a las autoridades educativas del infierno que se han ganado con justicia) es mejor que su inexistencia, y sus mejores segmentos (pienso en “Calibroscopio” y, en particular, en “Los isundíes”, guionado por Ruth Kaufman, bellamente ilustrado por Isol y narrado con encanto por Ana Padovani) compensan el brutalismo insufrible de “Escuela del deporte” (realizado por Zoek Producciones). De “Ciencia cierta” podrían discutirse los guiones (la puesta en escena y los actores los sobrellevan con hidalguía). Los segmentos producidos Seistiros y Palermo Films (“Cuentagotas”) son banales. Las animaciones de “Zapa-zapa” dan ganas de matarse y “Aquí estoy yo” entrena a los niños para reality shows del futuro.

viernes, 6 de mayo de 2011

La muerte de un escritor

Por Daniel Link – Escritor y Catedrático, para Qué pasa

Mi relación con la obra de Ernesto Sábato (junio de 2011-abril de 2011) reconoce cuatro momentos bien diferentes.
El primer libro de Sábato que leí fue Sobre héroes y tumbas (1961), en 1971, cuando tenía once años, y me arrebató. Fue el primer libro “para adultos” que leía y fue para mí un pasaje y una transformación (como la primera experiencia sexual, muchos años después). Por supuesto, me enamoré de los personajes (Alejandra Vidal Olmos, su padre, Martín: de todos ellos), pero me enamoré, sobre todo, de la novela existencial (¿acaso hay alguna novela que no lo sea?).
Cuando salió publicado Abaddón el exterminador (1974) yo tenía quince años, pero el régimen de lecturas al que me había forzado me garantizaban que ése fuera un texto que yo podía comprender. Creí haberlo comprendido. No sé cómo, conseguí el número de teléfono de Sábato. Una tarde, mientras una compañera de colegio me asistía por si sufría algún desmayo, lo llamé desde un teléfono público (yo no tenía teléfono en mi casa) y me pasaron con él. Me explicó que en ese momento estaba enfermo (¿o deprimido?) pero que volviera a llamarlo para verlo algún día. Jamás lo hice.
Pasaron los años y me fui formando, lo que implica la asimilación de una cantidad de información siempre difícil de procesar. Algunos de esos fragmentos de saber vienen de los libros, otros de la chismografía. Me contaron que, cuando lo visitaban, Sábato dejaba caer del bolsillo de su camisa (o la prenda que fuere) un sobre con una carta que le había mandado André Malraux, para que las visitas lo vieran. No me impresionaba tanto el hecho de andar desperdigando gemas de correspondencia, sino que se tratara de ¡Malraux! (si alguna vez Foucault me hubiera favorecido con una misiva, yo, que le escribí una carta pública de amor después de su muerte, la habría estampado en mi uniforme de trabajo). Por esos años debo de haber leído El túnel (1948), que me pareció una porquería. No entiendo por qué se tortura a los alumnos de la escuela media obligándolos a leer ese libro, siendo que El informe sobre ciegos es tan hermoso (al menos en mi memoria: nunca quise ver la película).
La tercera vez que mi vida se tocó con la de Sábato (porque lo que importa siempre, siempre, es esa relación táctil entre un texto y una vida) coincidió con la publicación de su penosa autobiografía, Antes del fin (1998). Quedaba claro, ya desde entonces, que Sábato quería morirse. Como en tantas otras cosas, querer no es poder, y se sobrevivió 13 años.
En 2005 publiqué un poema de estilo japonés que se llamaba “Pesada herencia” y que, siete años después de aquella muerte anunciada, se preguntaba: “Muerto Sábato, ¿Piglia, Tomás o Saer? ¿Fogwill o Feinmann?” (Senryu, 45). Las circunstancias quisieron que también sobreviviera (aunque se aseguró de no llegar a los 100) a Tomás Eloy Martínez, Juan José Saer y Fogwill. La pesada herencia (ser “el más importante novelista vivo de Argentina”), hoy deberán disputársela Ricardo Piglia y José Pablo Feinmann, los únicos que quedan.


jueves, 5 de mayo de 2011

Sin escenas de Justicia en la sociedad del espectáculo

por Matilde Sánchez pra Clarín

La reciente proyección del documental Nuremberg, sobre el juicio a los jerarcas nazis, el siempre cercano caso del secuestro de Adolf Eichmann y el Juicio a las Juntas nos llevan a pensar que se ha perdido la chance de un espectáculo aún más extraordinario que el del asalto a Abbottagad: la pedagogía razonada de un juicio a Osama Bin Laden, asesino de masas. Todos estos ejemplos, es cierto, fueron precedidos del desarme de las fuerzas juzgadas. A cambio de la argumentación clásica para establecer la sanción histórica, con su acumulación de pruebas, enfrentamos un tabú inédito en la era de los medios: su ejecución, por parte de un comando de la Marina en violación de la soberanía pakistaní, se ha convertido en el film más valioso jamás filmado, solo visto por el Comité Uno de la Central Global. Algunos de las mejores páginas del siglo XX -la biblioteca va de Michel Foucault y Hannah Arendt a Paul Virilio y Guy Debord y, en ficción, a Philip Dick y Don DeLillo- parecen haber sido escritos para anticipar o comprender el inaudito salto de parámetros que señala la “justicia” extraterritorial administrada a Bin Laden. Comparado con ella, el juicio a Saddam Hussein parece una flojera compasiva.
Dejando de lado el debate sobre la pena de muerte -¿al genocida, a fin de cuentas un asesino supernumerario, lo asisten iguales derechos civiles?, ¿se debería haber alimentado a Eichmann como hoy se hace con Karadzic?-, la carrera de las comunicaciones eliminó todas las formas jurídicas. Washington juzgó que la escena del juicio, que establece una verdad mediante un proceso de pruebas y una defensa, era inviable tanto en el fuero americano como en la Corte de La Haya. La sorprendente foto del presidente Obama reunido con sus altos mandos y su canciller asistiendo al asalto mientras transcurre (numerosas películas adelantaron escenarios semejantes), con la familiaridad de códigos y el espanto previsible del género de acción, señala que nuestra época ha vuelto a cambiar. En el mismo rumbo del ataque a las Torres Gemelas, se trata de un salto hacia la poderosa impronta del relato global y del guión en esta política de las apariencias. Es claro que la tecnología perfeccionó la “transmisión”, el vía satélite que maravillaba por su “tiempo real” y su simultaneidad al otro lado del mundo e incluso en otros mundos, y la convirtió en centro de la actividad encubierta. La cumbre de esa evolución fue el alunizaje pero hubo hitos escalonados en esa carrera por las imágenes que reemplazó la conquista del espacio: los once minutos fortuitos que captaron el asesinato de J.F. Kennedy, el programa que registró la visita a los restos del Titanic hace unos años, pero también la manipulación del documental en Zelig, de Woody Allen, y la condecoración de Forrest Gump . Ante estos nuevos recursos para alterar el registro de la historia, y asumiendo capacidades desconocidas, hoy sujetas al uso militar y que aún no se aplican a otras industrias, el ciudadano-espectador se ve obligado a consumir un relato planetario como artículo de fe, asistido por unos pocos indicios manipulables: es necesario creer en las palabras del presidente Obama, pronunciadas con el tono de un bando real global y el profesionalismo de un anchorman del segmento premium ; y, por qué no, si ya todos los géneros se barajan, consumirlas como remake joven de un presidente que ya interpretó Morgan Freeman, cuando se dirige a la grey digital en coyuntura de victorias o catástrofes.
Los hitos mencionados se encaminaban a esta eclosión de supremacía tecnológica, de creatividad al servicio de un castigo ejemplar narrado con una transparencia solo aparente, mientras la política desemboca en lo ultracinematográfico de alta velocidad, en el foro de las pantallas líquidas de Time Square y en esa cubierta de la revista TIME -con el auspicio de Nasdaq, ¿cómo no?- donde el enemigo de estampa profética, el genocida arcaico, de los tiempos en que tampoco existía otra forma jurídica que el parlamento tribal de ancianos, ya ni siquiera es cuadro de una historieta sino un símbolo novísimo, el enemigo convertido en un emoticón eliminado.
Digamos mejor, el enemigo hundido. ¿Veremos algún día por televisión el rescate del
body bag que conserva las reliquias de Osama en su cementerio oceánico, dónde estará -apenas me atrevo a escribirlo- si no en el Mar Muerto, para cerrar el relato con la broma ácida del vencedor?

miércoles, 4 de mayo de 2011

Divertidas e inquietantes peripecias

Montserrat de Daniel Link

Montserrat, cuya acción transcurre en el barrio homónimo de la ciudad de Buenos Aires, es una aparente crónica vecinal protagonizada por una pareja gay recientemente instalada en la zona. Barrio superpoblado de verdulerías y bazares, nada hace sospechar la verdad: en el subsuelo, surcado de túneles que comunican templos y conventos, se desarrolla una vida secreta en la que el narrador y su amigo se ven involucrados a raíz de la llegada al barrio de otra pareja gay, integrada por miembros de una secta milenarista, quienes les raptan a la gata, llamada Tita Merello, para sacrificarla en el altar en que realizan sus ritos. Para rescatar a Tita Merello los protagonistas inician una incursión nocturna por los sótanos del palacio Barolo, lo que da pie a divertidas e inquietantes peripecias –que se suceden a ritmo vertiginoso– resueltas con un final feliz. Gracias al humor y a una desbordante fantasía, el mundo de dos jóvenes gais, inmersos en un día a día convencional en un barrio de una urbe contemporánea, se transforma en una experiencia exótica y apasionante...

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Formato: 14 x 21 cm / ISBN: 978-84-02-42124-1

Luisa asea la sala

Obama decidió no mostrar las fotos de Osama ben Laden


Al maestro con cariño

por Daniel Link

para Diego B.

La aparición de Antes del fin[1], la autobiografía de Ernesto Sábato, actualizó un debate latente en la cultura argentina alrededor de la figura de Ernesto Sábato, erigido por los medios masivos de comunicación en un intelectual-faro de la Argentina de fin de siglo (hay que entender cabalmente la astucia de Sábato: el “fin” mentado en el título bien podia ser el de su propia vida, pero más probable es que se tratara del final del siglo, lo que significa una astucia comercial mucho mayor porque interpela la imaginación milenarista transformándola en mercado de público). En un país cuya televisión enarbola como producción más intelectual el programa de Mariano Grondona, eso no sería raro. Lo raro es que además de ese masivo reconocimiento, Sábato sigue cautivando a un público inusitadamente juvenil y, además, cuenta con la general antipatía de los intelectuales y escritores argentinos.
Ya sea por el almuerzo con Videla del cual Sábato participó junto con Borges y el padre Castellani, o por lo kitsch
de su literatura, o por su humanismo inconmovible como una roca, o por su dispositivo de autopromoción, lo cierto es que a Sábato se le niega el lugar preferencial que tiene en la cultura industrial. Un lugar similar al que tienen el ex fiscal Luis Moreno Ocampo o monseñor Laguna: el progresismo mediático.
Habría que preguntarse si esa invención no es finalmente saludable porque mantiene una cierta conciencia política que la ciudadanía no podría encontrar en otra parte, o si, por el contrario, su efecto es meramente catártico.
Las objeciones que la catarsis ha recibido por parte de los intelectuales de izquierda a lo largo del siglo
xx tienen que ver con su función de integración social: la catarsis, como estrategia de consolidación del orden establecido, forma parte de un conjunto de dispositivos reaccionarios. No estaría mal, en ese punto, un debate general sobre el papel que la palabra política representa en los medios masivos de comunicación.
Y sin embargo, y pese a todo, Ernesto Sábato forma parte del patrimonio de recuerdos de una generación. Tal vez en las vestiduras desgarradas de hoy haya que leer el arrepentimiento por un vicio juvenil de muchos. Pero, en todo caso, lo que debería entenderse es que la literatura de Sábato interpeló parte
de la vida de quienes hoy producen arte y cultura.
Alejandra Vidal Olmos de Sobre héroes y tumbas
es un personaje mítico de la literatura argentina y muchos –María Moreno, Juan Forn[2]– prefieren su fuerza, su conciencia desgarrada, su intensidad suicida e incestuosa a la vacuidad juguetona (sexualmente juguetona) de Lucía, La Maga. El Informe sobre ciegos (su pretendida “realidad” formó parte de muchas nietzscheanas especulaciones juveniles), sin duda alguna, es la más célebre ficción “incluida” en otra ficción de toda la literatura argentina (una literatura dominada por la idea de “inclusión”, típicamente borgeana).
En la década del setenta, Eduardo Falú grabó (y cantó junto con Sábato ante 20.000 personas atónitas en el hipernacionalista Festival de Cosquín) una versión musicalizada del Romance de la muerte de Juan Lavalle
, otra de las líneas argumentales de Sobre Héroes y Tumbas, y muchos jóvenes de entonces creyeron que en esa amalgama de historia y escritura había una potencia, por lo menos, antiimperialista.
Otros niños (o jóvenes) de entonces elegían la utopía patagónica y homoerótica que cierra la novela: el simultáneo repiqueteo de las micciones de Martín y un camionero al costado de la ruta, ventosa y desierta –fantasía homosexual típica de la clase media urbana acomodada. Algunos políticos de hoy –que prefieren permanecer en el anonimato—esperaron durante horas en un banco frente a la “iglesia redonda” de Cabildo y Juramento que algo
sucediera. Y algo sucedió: ahora hay allí terrazas para tomar algo, al caer la tarde.
Alan Pauls recuerda una lectura febril en Alta Gracia del vanguardismo de Abbadon, el exterminador
, novela que la crítica francesa aclamó y premio con el título de mejor libro extranjero en un momento en que las instituciones culturales no eran tan previsibles como ahora. En todo caso Sabato siempre funcionó bien (así lo señalan todos los testimonios) como entrada a la “literatura de verdad”.
Si el problema son las ideas
de Sábato sobre el mundo, pues bien: son ideas sencillas (Guillermo Saccomanno: “Ernesto Sábato es el abuelo de Mafalda. La gente que lo lee, quiere creer en Dios”) . Sus alocuciones a la juventud siempre encontraron espíritus sensibles dispuestos a llamarlo a su casa de Santos Lugares (y es tan distinto llamar a Santos Lugares que llamar a Barrio Norte, o Adrogué) para agradecerle, sencillamente, todo. ¿Cómo resistirse a un lugar semejante? ¿Y para qué?
Hacia mediados de la década del sesenta, un puñado de jóvenes brillantes salieron a decir por las calles de París que estaban hartos de Sartre y su prédica a favor de un humanismo embarrado por la historia. Foucault, Lévi-Straus, Barthes, Lacan, Derrida (no necesariamente en ese orden) derrocaron al intelectual-faro de la Francia de posguerra. Esa operación de desplazamiento es siempre legítima porque hace a una política del presente
. De Sartre queda una obra, que se puede releer, comentar, usar. Casi nadie cree que de Sabato pueda decirse lo mismo, lo que tal vez sea cierto, o no.



[1] Buenos Aires, Planeta, 1998.

[2] Éstos y los demás son testimonios recogidos informalmente para este texto, publicado originalmente en Radarlibros e incluido en Leyenda. Literatura argentina: cuatro cortes. Buenos Aires, Entropía, 2006 [ISBN 987-21040-6-9]

martes, 3 de mayo de 2011

Dicen que...

Salven las sirenas

por Ezequiel Vila para luthor

Puedo decir sin temor a equivocarme que Link es la figura de la carrera de Letras (UBA-FFYL) con más intervenciones mediáticas y mayor reconocimiento fuera de los ámbitos académicos en, por lo menos, los pasados cinco años. Puedo atenerme a los dichos de otros y aceptar que es uno de los críticos más discutidos, no ya en nuestro país, si no también en todo Latinoamérica. De alguna forma, como sus contemporáneos, como sus colegas, como sus alumnos o ex alumnos, intuimos que Link ya es un referente (una vez más, para laudar o lapidar) de nuestra generación. Y que lo seguirá siendo.
(...)
Fantasmas es presentado por el propio Link como un libro de umbrales, porque el lugar de lo imaginario no encuentra un límite (en cuanto es lo indeterminado); para nosotros este sentido adquiere otra dimensión, será un umbral hacia el pensamiento de Link, sin intentar asirlo, “explicarlo” en un gesto ridículo, más bien midiendo su potencia, evaluando su apertura, explicarlo, sin comillas, como lo que puede ser para nosotros.
(...)
En el peor de los casos, en algunos ensayos, la impertinencia del uso de algunas fuentes disciplinares desembocan en la diletancia, o apenas mancha al análisis de salpicones hermenéuticos poco comprensibles. Un es ejemplo es“Tecnofilia”, un ensayo muy prolijo sobre el viaje, la experiencia colonial y la imaginación que se centra en el cuento “El inevitable blanco” de Jack London, pero que, intempestivamente, recurre al argumento de la inferioridad genética del blanco respecto del negro, como motivación real para temerlo.

El texto completo, acá.


(Gracias, Schubert, por el aviso; y gracias, Ezequiel, por la lectura -la primera, creo, que se detiene en las "cartas")

lunes, 2 de mayo de 2011

¡A la mierrrrrrrda!