sábado, 30 de agosto de 2014

Cuenta regresiva


por Daniel Link para Perfil

Yo también llevo la cuenta regresiva. Me aburren los llantitos encandenados, el aparato propagandístico previsible no sólo en sus contenidos sino también en sus tonos, el rosario de anuncios que la realidad desmiente (“Hora pico sin camiones” duró un día y después los reyes del asfalto volvieron a circular por los carriles centrales de las autopistas provocando ataques de nervios; los planes de vivienda, si hubieran sido finalizados, tendrían que haber por lo menos descomprimido la situación de las villas miseria; si el dólar no aumentara como aumenta, yo no estaría contando las monedas para ver si me puedo tomar una cerveza en esta playa en la que estoy, esperando el comienzo de un Congreso Internacional al que fui invitado; y si las jubilaciones fueran tan suculentas como nos dicen, no tendríamos que mantener a nuestras madres).
Pero sobre todo me preocupan la multiplicación de la miseria, la imposiblidad para revertir las escisiones que el peronismo de derecha de los años noventa provocó entre nosotros, el desasosiego creciente, el abaratamiento de la vida, la solución retórica de los problemas del transporte, la educación, la alimentación, la salud, la deuda externa.
En fin, me aburren y me preocupan las acciones de un gobierno que siempre dijo tener un modelo, o un plan estratégico, pero que en realidad fue reaccionando a los avatares de la realidad (con mejor o con peor suerte) y que, pasados los años, nos devolvió a un punto de partida, eso que se llama “crisis” y que es una configuración económico-político-cultural de la que nunca terminamos de salir del todo y que tampoco nos condujo a umbrales de transformación y de liberación de energía de vida.
Me aburren el pragmatisimo y la falta de imaginación, pero no especialmente de quienes nos gobiernan sino de aquellos que aplauden sin misericordia cualquier cosa que se diga en la televisión pública, en las cadenas nacionales, en los decretos de necesidad y urgencia y en las resoluciones de los ministerios.
Me cansa seguir el mismo camino durante mucho tiempo. Y aunque mis amigos me aseguren que cualquier cosa que venga será peor (algo de lo que yo mismo estoy bastante convencido), el solo hecho de que tengamos que ponernos a pensar de nuevo qué posiciones tomar ante tal o cual asunto me parece auspicioso. Mientras tanto, que Dios me perdone, veo si me puedo escapar del chiringuito de Copacabana sin pagar la cerveza.


miércoles, 27 de agosto de 2014

sábado, 23 de agosto de 2014

La lengua herida

Por Daniel Link para Perfil

Nunca diré “Presidenta”, porque sería como escribir “Estudianta” o “Comandanta”. A la obsesión reaccionaria de marcar el género en palabras que de él carecen (y que por eso, son menos sexistas), se suma la ignorancia de la gramática.
A mis hijos les enseñé que el ordinal femenino “primera” no se apocopa y ellos corrijen como maestras normales a sus amigos cada vez que los escuchan recordar a “la primer novia”. Ni que hablar de la peste que introdujeron los “cientistas sociales”: “al interior de”. En el interior de tu cerebro percibo cierta sordera al lenguaje y cierta tendencia al galicismo, les digo.
En los últimos tiempos, prohibiría el uso de la palabra “selfie” que, entre nosotros, siempre se dijo “autofoto” y que es un invento muy anterior al celular que promocionaba Ellen Degeneres el pasado febrero. ¿Por qué llamar, ahora, “selfies” a las horrendas autofotos que siempre nos hicimos? ¿Qué nos creemos que somos? ¿De qué delirio pretendemos participar al usar vocabulario ajeno?
Los diarios, cada vez más, perpetúan los barbarismos idiomáticos. Se dirá que la urgencia de la hora (megacanje, cotización del dólar, despidos y suspensiones masivas, ley antiterrorista, causas por corrupción, ébola, Gaza) no admiten el prurito de la corrección lingüística, pero la comunicación a balbuceos y mediante palabras que se enhebran con una sintaxis espasmódica no me parece índice de preocupación por la realidad sino debilidad. Una lengua herida es una lengua débil. Un paso más y será una lengua muerta.


domingo, 17 de agosto de 2014

Colección de primavera



sábado, 16 de agosto de 2014

Viajes con mi tía


Por Daniel Link para Perfil

He aquí un libro extraordinario y delicioso: Viajes. De la Amazonia a las Malvinas de Beatriz Sarlo que acaba de publicar el sello Seix Barral (es imposible no reprochar la avaricia de la editorial, que ha condenado el libro al desguace casi inmediato, resultado de una encuadernación precaria que ha eludido el cosido, y a las fotos que debieron acompañarlo a una poco amigable dirección en internet).
Los lectores menos atentos de Sarlo han manifestado su sorpresa ante un gesto que han calificado como coming out: no esperaban de ella un libro puramente narrativo y autobiográfico. No sé por qué, si el ejercicio había comenzado hace unos años en la revista Viva, donde Sarlo había publicado pequeños esbozos de estos viajes.
Los relatos aquí reunidos son, cada uno de ellos, ejemplos de un motivo de viaje y un tipo de viajero: los viajes de infancia (el mejor relato, el más rico, el más conmovedor, el que está mejor escrito), el viaje a la Puna y el viaje a Bolivia, el viaje a la selva amazónica peruana y el encuentro con un umbral de humanidad en el medio de una tribu de jíbaros, el viaje a Brasilia y el viaje a Malvinas, enmarcados por dos textos que funcionan como marco teórico (nunca como justificación).
Que se trata de un libro profundamente autobiográfico queda subrayado a lo largo del libro en la interrogación a la que Sarlo somete a aquella que viajó (“¿Quién era la chica de jeans, borceguíes y remera roja?”, pág. 91; “me resultó difícil saber quién había sido esa muchacha”, pág. 165; “quien escribe el relato de viajes juzga a quien escribió la libreta como un «yo» que es otro”, pág. 220). No habiendo posibilidad de sostener la continuidad de la persona, es legítimo interrogar a aquella Beatriz desde el lugar de ésta. Al contar sus viajes (ciudadosamente elegidos), Sarlo cuenta su experiencia de vida, es decir: la vida entendida como una busca desesperada (y muchas veces, desesperanzada) de experiencia (“aurática”, escribe Sarlo, como un homenaje amoroso e intempestivo a Benjamin). “La experiencia inesperada de un shock” (pág. 222) es la última frase del libro y desde el comienzo se trata de eso: de un shock que saque al viajero de su letargo y ponga en marcha el pensamiento (que es, en primera instancia, un pensamiento de si, de los propios límites y de las propias convicciones).
La experiencia no depende de ese “régimen de atosigamiento” (pág. 214) por el que Sarlo es célebre (todas las películas, todos los libros, todos los museos, todos los conciertos) que queda del lado de la “voracidad ciega” o del “snobismo hambriento” pero, sobre todo, como marca de esa persecución obsesiva de una verdad que se escapa salvo en los raptos de experiencia. En un viaje, para Sarlo, la experiencia sólo aparecerá en lo que ella llama un “salto de programa” que provoca un fuera de código (el acontecimiento, enseña la filosofía, es siempre del orden de lo imprevisto), ya sea el abrazo insignificante de un loco en una plaza crepuscular de Viena, la confesión de una empleada doméstica, una pregunta susurrada en castellano de Belgrano en un rincón de una casa de Malvinas o el encuentro inesperado con el Barroco brasileño.
Yo (más que nadie) soy de los que extrañaban la relación de Beatriz Sarlo con la literatura y había perdido ya toda esperanza al comprobar su renovado y para mí incomprensible entusiasmo para desmenuzar la interna peronista.
Recibí este libro con una algarabía que se expandió cuando comprendí el cachetazo que supone: a los impertinentes que pensaban que Sarlo había abandonado la literatura por asuntos más mundanos, ella les ofrece ahora este salto de programa, un fuera de código que viene de la mano de una narradora al mismo tiempo tímida y desenvuelta, un conjunto de postales de lo que Silviano Santiago ha llamado el cosmopolitismo del pobre.
En Tristes trópicos (antecedente muy citado por Sarlo) Claude Lévi-Strauss comienza diciendo “Odio los viajes y los exploradores”.
Odiamos los viajes planificados, que el turismo de masas lleva al paroxismo y que bloquean todo pensamiento sobre si. El salto de programa (que no puede buscarse metódicamente) es lo que nos libera de esa pesadilla del capitalismo. El libro de Sarlo es, además de un ejercicio de ascesis, un feliz salto de programa.


viernes, 15 de agosto de 2014

jueves, 14 de agosto de 2014

Terror de Estado

CFK pide la Ley Antiterrorista para Donnelley: “Nos quieren ver de rodillas”

La Presidenta anunció que accionará penalmente contra la empresa por “generar una situación de zozobra para castigar al país”. El vínculo con un fondo buitre. 

domingo, 10 de agosto de 2014

Callen al idiota

Aníbal Ibarra consideró "razonable" la libertad de Callejeros porque la sentencia no estaba firme

El ex jefe de gobierno porteño consideró que la Policía Federal no controló el boliche donde murieron 194 personas porque recibieron dinero de Omar Chabán; su candidatura para 2015

sábado, 9 de agosto de 2014

El Estado no soy yo

Por Daniel Link para Perfil

El centenario de la Gran Guerra se cumplió el 28 de julio, y el próximo 15 de agosto se cumplirán cien años de la inauguración del Canal de Panamá (que consuma el sueño de la Esfera y de la navegación cristiano-capitalista). Para festejar ambas circunstancias, el 31 de julio, el Estado Universal Homogéneo (el Imperio) pegó un salto evolutivo: la declaración de Argentina en cesación de pagos (o en default, tanto da).
El tema estaba ya previsto desde el 2001, año de la debacle argentina, cuando comenzó un largo ciclo de crisis del capitalismo. En un libro que anunciaba la crisis europea de 2008, La insurrección que llega (2007) el “Comité invisible” escribía que “Bajo cualquier ángulo desde el que se lo observe, el presente no tiene salida”. Y agregaba: “Salido de Argentina, el espectro de ¡Que se vayan todos! Comienza a acosar seriamente las cabezas dirigentes”.
Nuestra catástrofe específica se llama “guerra civil mundial”, porque nada es capaz de limitar el enfrentamiento de las fuerzas presentes. Ni siquiera el derecho, que entra en juego como otra forma del enfrentamiento generalizado, como comprobamos el 31 de julio (y esto no es una defensa de la irresponsable e ineficaz negociación llevada a cabo por el gobierno nacional).
La “guerra civil mundial” tiene un estrecho vínculo con la hegemonía del “liberalismo existencial”, según el cual se admite como natural una relación con el mundo fundada sobre la idea de que cada cual tiene su vida. El nacionalismo es una variante de esa forma de liberalismo y la política (incluso, o sobre todo, la política de izquierda) está contaminada por el liberalismo existencial. La alternativa es: o gueto (hegemonía del plano existencial) o ejército (hegemonía del plano político). La única forma de escapar a esta alternativa es la construcción permanente del lazo entre vida y política, la configuración política de una estrategia para crear otra cosa.

sábado, 2 de agosto de 2014

El show de la cocina


Por Daniel Link para Perfil

La televisión argentina es un problema grave que por lo general he decidido ignorar, desde las cínicas imbecilidades conducidas por el Sr. Tinelli hasta los programas periodísticos donde un panel grita opiniones sobre cualquier asunto que mida en términos de audiencia: fondos buitres, diabetes, crossfit letal, boudoudeces (“a la
tontería nada logra vencerla, ningún corte la detiene, se revela sorda a todo significante que desata. No eterna, pero sempiterna, opone a todo lo que podría dispersarla la terca frente del que no oye”, ha señalado Jean- Claude Milner).
Hemos constatado esa sordera televisiva a lo largo de los años y la TV pública no ha hecho nada para desmontarla. Por eso conviene detenerse en la edición local de
Masterchef, que concluyó el domingo pasado con un éxito arrollador. El concurso, una invención de la BBC (el servicio de televisión pública británica que sigue siendo un ejemplo inimitable, sobre todo entre nosotros), lleva varias décadas de emisión en su país y fue replicado en todo el mundo. Telefé compró la franquicia y reprodujo el modelo (mediado por la versión estadounidense) al milímetro.
Entre los mayores méritos de la versión argentina de Masterchef: el jurado, las acotadas intervenciones del conductor (en la versión original ese rol no existe), el casting de participantes, la impecable producción (el montaje de la Gran Final, sin embargo, fue algo espasmódico), el tema: la cocina, la infancia y la herencia, las razas y las clases sociales. Ganó
Elba Rodríguez (23) y cualquier otra opción hubiera provocado disturbios (el antipático abogado que competía con ella no tenía chance alguna). En la final, Elba se desclasificó hasta casi la abjuración: renunció a su herencia y a la reificación de su talento culinario en lo “boliviano”, propuso un menú de comedor escolar, ganó imponiendo su gusto plebeyo. Masterchef demostró que la inteligencia y la producción ciudada rinden.


viernes, 1 de agosto de 2014

La reentrée (2)

Que haya temas filosóficos de moda significa que hay modas, que hay mercado de ideas, pero también, que hay una cierta identidad en relación con determinadas figuras (o con el carácter indeterminado de esas mismas figuras, lo que las vuelve objeto de cualquier conjetura).
La filosofía de lo viviente (la biopolítica, pero también el modo en que se articulan signos y unidades de vida, seas éstas cuales fueran) ha dominado el cambio de milenio.
Las razones son muchas y no vale la pena explicarlas aquí, pero tienen que ver con la ruina del humanismo burgués y, al mismo tiempo, con el abandono de los paradigmas judeo-cristianos en la consideración de qué cosa es estar vivo: al mismo tiempo, el desmantelamiento de los dos grandes sistemas de comprensión de lo que vive todavía, el liberal y el judeo-cristiano.
span style="font-family: "Trebuchet MS",sans-serif;">Paralelamente, el capitalismo se arrojó a formas cada vez más abyectas de explotación de la vida: criaderos intensivos de animales, semillas transgénicas, y otras aberraciones que ponen lo viviente al borde mismo de una catástrofe sin precedentes.
La literatura ha producido reflexiones memorables como la novela de Ishiguro Nunca me abandones (2005), que alcanza con delicadeza los límites mismos de lo pronunciable. Las ficciones televisivas (las series, bah) acompañan esa interrogación como pueden, con mayor o menor suceso.
Naturalmente, la incerteza sobre la vida es también, y al mismo tiempo, una incerteza sobre la muerte y el actual estado de barbarie (en cualquier parte, pero sobre todo en Argentina más que en cualquier otra parte: hace dos días unos ladrones atacaron a la madre de una amiga en plena calle, le sacaron cuatrocientos pesos, le dijero "no es suficiente" y la cagaron a golpes) y la desinhibición de las potencias destructivas (te mato por una bicicleta, la maté porque quería ganar ese concurso de talentos: CSI) no es sino la contraparte de una vida completamente desubicada de todo paradigma explicativo y de toda hipótesis de redención (incluso la revolucionaria).
span style="font-family: "Trebuchet MS",sans-serif;">Helix, Extant, The Lottery aciertan al identificar el tema sobre el que hay que detenerse, pero fracasan en su tratamiento y en la pobreza de ideas que domina sus guiones. Penny Dreadfull, con su delicado desarrollo de problemas decimonónicos (la comunidad, la ciencia y lo viviente, la represión de las costumbres, la belleza y los impulsos sexuales secretos, los monstruos y la enfermedad, etc.) acierta no sólo en las figuras que elige y en la combinación que de ellas propone sino, sobre todo, en la perspectiva temporal (la inminencia de una transformación radical de las imágenes de vida).
Pero hay más: en The Leftovers (creada por Damon Lindelof y Tom Perrotta para HBO, a partir del libro homónimo publicado por Perrotta) ha sucedido una catástrofe: el 2 % de la población mundial ha desaparecido (literalmente: desvanecida) de la faz del planeta. El relato, protagonizado por un inesperadamente eficaz Justin Theroux, cuenta los modos en que ese suceso inexplicable puede ser procesado, cómo afecta a la comunidad (a la idea de comunidad, pero también a la comunidad establecida), cuál es la temporalidad propia de lo que vive todavía en un universo en el que cualquiera puede desaparecer en cualquier momento, etc. Las escenas que The Leftovers propone (cada una de ellas un pequeño ensayo) llevan el asunto hasta el límite de la irritación, y eso es lo más admirable de una serie que no ofrece explicaciones sino, por el momento, tan sólo interrogantes. Hay una secta nihilista de personas que han decidido abandonarse a la muerte (o acelerar ese proceso indetenible) y que pretenden captar adeptos para la causa de la nada. Pero hay también jóvenes para los cuales la noción de espera ya carece de sentido. Y otros que se implican en una trama redencionista de la que mucho no se sabe.
El casting es casi perfecto y los diálogos de una medida intensidad.
Y está The Strain, producción de Guillermo del Toro para FX a partir de un libro propio, con la colaboración de Carlton Cuse, uno de los autores de Lost (y su mano se nota).
Más volcada hacia el terror, la serie comienza con una crisis en un avión, que termina "muerto" en un galpón de aeropuerto, sin que se sepa bien por qué. Hay un cargamento de tierra no declarado en algo que parece un féretro (y lo es) de donde saldrá (en fin, es previsible) una especie de vampiro convocado para acabar con el mundo o para reconstruirlo sobre nuevas bases.
El protagonista es, como en Helix, un estudioso de las enfermedades y las epidemias. Lo acompaña Mía Maestro (y temblamos por la suerte de nuestra amiga, a quien no le reservan muertes gratas.
Qué es lo vivo y cómo salvarlo (o cómo aniquilarlo para siempre), se pregunta The Strain. Pues bien, seguiremos sus interrogaciones hasta las últimas consecuencias porque el relato es cautivante y tiene hallazgos que merecen subrayarse: aunque sucede en Nueva York, los escenarios son, mayormente, del otro lado del río: en Queens, en Brooklin, lo que permite que Manhattan funcione como un vago paisaje a la distancia.
Uno de los "sobrevivientes" de la tragedia del avión es un cantante de rock-punk (o algo gótico, nunca se lo escuchará cantar), muy entregado al sexo sin mayores compromisos. En algún momento (creo que en el tercer capítulo), ya dominado por la enfermedad, sobre la cual se sabe todavía poco, irá a orinar y, con el meo, quedará en el inodoro su aparato urinario. No es sólo una idea de lo vivo lo que aquí se juega, sino el estatuto mismo de los cuerpos, una vez que todo ha sido puesto en interrogación.
Y después vendrá AHS: Freak Show. No es un universo particularmente grato (al menos para mí), pero seguramente estará en línea con estos asuntos (mi hija ya la tiene entera, pero se resiste a pasármela, en nombre de la ética laboral). La dueña del circo será Jessica Lange, la que cuando era joven se sacaba fotos tomando cocaína. 
Cocaína, otro tema: como en los Estados Unidos el consumo de marihuana ha sido legalizado en la práctica en todos los estados, ahora la televisión hace campaña en favor de la cocaína. Pero eso es otro asunto...