lunes, 31 de agosto de 2015

Show must go on




Che, y si leen un cacho?



sábado, 29 de agosto de 2015

“Lo innombrable, lo neutro o lo queer han sido siempre las puertas de la felicidad”

por Miguel Rosetti para Soy

Con Suturas (Eterna Cadencia), un colosal volumen de textos recién salido a la calle con el que había prometido cerrar su trilogía ensayística, Daniel Link deja la puerta entreabierta para prolongar lo que a esta altura de su trabajo es menos una obsesión teórica que un mandato ético: buscar lo que todavía vive.

“Todo libro llega siempre en un momento inadecuado: demasiado tarde o demasiado temprano. Y llega siempre a un lugar donde ya no estamos”, dice como si esa certeza no escondiera insidiosamente una estrategia que ha cultivado con fervor, una vía propiamente queer: no estar nunca en el lugar donde se lo espera. Aborrecer los estanques de las categorías y preferir siempre la libertad del mar abierto. Suturas (Imágenes, escritura, vida) es el extenso mapa crítico y afectivo de ese movimiento atópico. Concebido como el capítulo final de su trilogía ensayística, de las más ambiciosas por nuestros lares, Suturas lleva a la extenuación y a una suerte de clímax aquello que había comenzado exactamente hace diez años con Clases (Literatura y disidencia), y que había seguido por Fantasmas (Imaginación y sociedad): poner la contingencia y el pensamiento en la misma trayectoria, unirlos y afirmarlos como la única escapatoria posible. Por eso es difícil discutir que Daniel Link encarna no el ejercicio de una profesión (que tiene un campo ya delimitado de trabajo) sino una forma, la más contemporánea dentro de las imaginables, de ejercer el pensamiento. El negativo de la gran pose: menos el que se pone a pensar, que el que está forzado a hacerlo (porque el presente así lo pide, porque los artefactos con los que se cruza lo demandan, porque si no, nadie lo hace). En este sentido, Suturas es la ocasión para hacer coexistir especies de pensamiento de lo más exóticas. Una lectura que vuelve sobre los pasos de la crítica y dice mejor todo lo que se ha escrito de la obra de León Ferrari, porque la ubica en el terreno en el que nadie se había ocupado de hacerlo, la teología política. La feliz intuición de colocar a Ricardo Rojas, el epítome del nacionalismo literario, entre los padres encubiertos del comparatismo en un gesto que escandalizará a los guardianes del tesoro de la nación. El hallazgo del Hombre de Vitruvio de Cesare Cesarino, un Vitruvio en plena erección, del que se desprende una hipótesis cultural, que sólo puede ser contrapuesta por la fotografía del ex capitán del equipo de rugby de Gales, Gareth Thomas. Un vaivén metodológico entre el anacronismo de la filología y la novísima diagramatología, dos artes interpretativas que se encuentran sólo para indicarnos que no se trata de diseccionar los textos y las imágenes, como cadáveres, para ver cómo murieron, sino de hurgar en ellos, como un lector-chamán, para ver qué chispa de vida los anima todavía.


La lengua materna

La caravana pasa

por Daniel Link para Perfil

Debo a la conjunción de un accidente y de una enciclopedia cinematográfica una sensación de felicidad. El accidente (uno de los tantos que mi madre viene sufriendo en los últimos años y que me obligan a acompañarla las veinticuatro horas) inquietaba a una quinta de General Rodríguez; la enciclopedia se llama Incaa TV y es una vasta y morosa recopilación de las películas producidas con subsidios del Incaa mezcladas con algunos clásicos del cine, como para engañar al espectador desprevenido.
Sebastián Freire me acompañaba esa noche, como todas las demás. Nos demoró una vasta polémica sobre lealtades conyugales en momentos de crisis de salud. El televisor nos acechaba. Descubrimos (en la alta noche ese descubrimiento es inevitable) que los televisores tienen algo monstruoso. No sé qué azar había detenido el zapping en Incaa TV, donde daban una película que nos pareció suficientemente bizarra como para que eligiéramos mirarla: De caravana (2010), escrita y dirigida por Rosendo Ruiz (San Juan, 1967). “Escrita” y “dirigida” es un decir, porque la película era una sucesión de escenas todas ellas muy mal filmadas (con una luz tenebrosa sin quererlo) en la que unos actores se entregaban a improvisaciones que la mayoría de las veces tropezaban en la nadería o el error. Y sin embargo... nos cautivó de inmediato que la película estuviera hablada en cordobés, que sucediera en la ciudad de Córdoba y que se mencionara, muy al comienzo, un vago proyecto de secuestrar a la Mona Jiménez.
Pensábamos, como Laprida antes que nosotros: esa cordobesada bochinchera y ladina ¿qué ha de poder con nuestra paciencia? Y sin embargo...
La película no mejoró un ápice, considerada parte a parte y capa por capa. Pero la acumulación de sinsentidos fue generando una sensación de felicidad que hace mucho tiempo no sentía mirando una película argentina. De caravana obtuvo el Premio del Público en el 25° Festival Internacional de Cine de Mar del Plata y es fácil darse cuenta por qué: es una película previsible, que copia grandes motivos del cine internacional de los 80, hecha sin demasiadas pretensiones formales (por no decir ninguna) y que se entrega a una marea simpática, arrastrándonos con ella: el corbobesismo (que puede ser también trágico), la felicidad de compartir la alegría (casi palpable) de quienes hicieron esa película un poco ridícula.
Juan Cruz (Francisco Colja) es un joven fotógrafo originario de la burguesía cordobesa a quien Sara (Yohana Pereyra) le roba el material fotográfico en el que está trabajando. Sara es una “cuartetera”, Juan Cruz prepara una muestra en el museo Caraffa. Dos mundos ofensivamente distantes se tocan y quedan atados mientras dura la película: el mundo de los bajos fondos, el tráfico de drogas, la criminalidad, y el mundo de los barrios privados y los reductos del coqueto Cerro de las Rosas. Hay una travesti imposible, unos tatuados, autos de la década del 70 de los que sólo se ven en las provincias, aristócratas cordobesas, mucha puteada fácil y mucha antropología provinciana.
Lo que no hay, por fortuna, es algo que haga decaer el ritmo y el tono del relato, que se mantiene incólume entre el Jonathan Demme de Después de hora y el Almodóvar de Mujeres al borde de un ataque de nervios.
De caravana es una película de la pura felicidad: gente que habla una lengua herida (para mí) por el amor incondicional (hablada en porteño, la película hubiera provocado indignación generalizada), que juega (en el mejor sentido de la palabra) las últimas cartas de un realismo de provincia, y lo hace con el encanto de los cuentos mágicos. Lo que la película hace (más allá de lo que cuenta) es desbaratar el centro (la idea de centro) y postular que cualquier lugar puede ser interesante si se lo habita con la alegría del caso. Una política menor (es decir: pasoliniana) del cine y del lenguaje. ¿Se puede pedir algo más delicioso y oportuno?
Leo en los diarios que la nieta de un amigo de infancia de Ernesto Guevara fue encontrada asesinada en Carlos Paz. Demasiado sentido: mi madre (cordobesa) accidentada y De caravana son mucho más interesantes.


viernes, 28 de agosto de 2015

La incansable petera

Ya he hablado de nuestra vecina de enfrente. Anoche, recibió otra visita (diferente de la anterior).


(anterior)





Leer los lugares vacíos

por Patricio Zunini para Eterna Cadencia


Daniel Link habla de su nuevo libro de ensayos, Suturas. Imágenes, escritura, vida (Eterna Cadencia Editora): “el amor, la inclinación, el deseo, la simpatía son los que suturan lo que la sociedad separa y jerarquiza”, dice.

«Habrá habido mucho más en el medio». Daniel Link inicia el segundo capítulo de Suturas. Imágenes, escritura, vida con la pregunta que le hacen por sus dos matrimonios: el primero con una mujer, el segundo con un hombre. Esa frase bien puede funcionar como el tono general de este volumen que viene a completar la trilogía iniciada en 2005 con Clases. Literatura y disidencia y continuada con Fantasmas. Imaginación y Sociedad (Eterna Cadencia, 2009). En un recorrido que va desde la filología a la biopolítica, Link interroga “lo viviente” en una sociedad que necesita de una nueva terminología para pensarse. Como la civilización de los eblaítas creada por Rafael Spregelburd para la obra de teatro “Spam”, que inventan un idioma para definir el espacio entre objetos, Link busca en Suturas el espacio —lo “mucho más que en el medio”— entre un período y otro, entre los intereses de un filólogo y otro, entre un artefacto cultural y otro.

—¿Debemos entender que esos espacios son las suturas del título?

—Sí, creo que das en el clavo. Me interesan esos intersticios, o esos puntos de contacto (el tacto, en todo caso, es el sentido que el libro privilegia) entre dos cosas (culturas, artefactos, afectos, prácticas) que son heterogéneas. El in-between o el entrelugar, como llamó Silviano Santiago a esa disolución de las certezas plenas o las identidades homogéneas. Me parece que hay que tratar esos bordes no tanto como límites sino como umbrales. Sigo en esto a Ricardo Piglia, quien notó, en un texto clásico, esas cicatrices que se producen en lo liminar, es decir, cuando dos culturas se tocan: «El juego de organización —uno podría decir— de los límites de una cultura están dados por el enigma y el monstruo. Allí está lo que una cultura no puede entender. Es la palabra de los dioses, si uno piensa en la gran tradición. El enigma es aquello que dice la verdad última, es la palabra del oráculo, y el monstruo es el otro límite.» (Cito “La ficción paranoica” por la versión de la transcripción publicada por El interpretador). O sea, que esos límites son heridas, que tienen que ver con lo que sucede cuando dos culturas se tocan: un pequeño temblor, un seísmo. Así lo entienden Quignard y Barthes, a quienes usé para esto mismo en Fantasmas. Para Barthes, cuando dos registros se tocan, ese punto de juntura entre naturaleza y cultura provoca un seísmo o un satori: «La escritura es en suma, a su manera, un satori: el satori (el acontecimiento Zen) es un seísmo más o menos fuerte (para nada solemne) que hace vacilar el juicio, el sujeto: opera un vacío de habla». (L’Empire des signes. Ginebra: Skira, 1970).






La alegría no es sólo brasilera




miércoles, 26 de agosto de 2015

Ricardo, a full


327 CUADERNOS Trailer from gema films on Vimeo.

domingo, 23 de agosto de 2015

La furia de un erudito

por Edgardo Cozarinsky para Perfil Cultura

Quienes se interesan por las variadas estrategias con que la literatura digiere y transmuta la experiencia, tienen servidos numerosos ejemplos del siglo pasado. No a muchos, creo, se le ocurriría rastrear ese proceso en la obra de Alfonso Reyes (1889-1959). Una de las muchas felicidades que regala Suturas, el volumen de 668 páginas en que Daniel Link ha ordenado sus filosas intervenciones culturales de años recientes, es la de un imprevisto reencuentro con Alfonso Reyes.
Contra quienes por pereza persisten en leer al “mexicano universal” como un humanista prisionero del comentario de la antigüedad clásica o del renacimiento hispano, Link lo vincula con Aby Warburg, con Walter Benjamin, ¡oh sorpresa! con Ricardo Rojas. Se dirá que el inmenso escritor mexicano (evito la horrible palabra “polígrafo”, llamada por la variedad y vastedad de los territorios en que incursionó) no está olvidado, pero en el medio siglo que siguió a su muerte, fuera de México los oficiantes de su culto habían constituido una cofradía más bien confidencial.


(...)

sábado, 22 de agosto de 2015

Efecto Kafka


Por Daniel Link para Perfil

Estoy estrenando despacho. Hacía mucho que no tenía escritorio fuera de mi casa. Tanto tiempo, que ya no recordaba la sensación de incompletud (no puedo escribir tal cosa porque me falta un libro, no puedo abrir una determinada página porque me falta una clave, y así). En aquellas épocas (Ediciones de la Flor, Magazín Literario, Radarlibros) no dependíamos tanto de Internet. Ahora uno debe tomar la precaución de salvar los documentos con los que trabaja en la nube (dropbox, Mega, Google Drive, etc...), cosa que yo me olvido de hacer sistemáticamente, y por eso tengo que volver a empezar de cero cada vez que cambio de ambiente.
Con el tiempo me iré acostumbrando. Pero había escrito una linda columna en diálogo con el “Qué nos pasó” de Beatriz Sarlo, que me quedó en una computadora remota a la que todavía no sé cómo acceder.
Lo que nos pasó, argumentaba, fue que el actual régimen explotó las peores características de la sociedad: el resentimiento, la paranoia, los complejos de inferioridad, la tendencia a esperarlo todo de una figura paternal, encarnada (hegelianamente) en el Estado, el egoísmo anómico según el cual no importa cómo le vaya a los demás mientras a mí me vaya bien, la adhesión sentimental a los discursos simplistas, la sempiterna tendencia a desconfiar de los otros y nunca de uno mismo. Esos horrendos vicios de conciencia y de conducta prendieron a tal punto en la ciudadanía que es imposible imaginar un futuro promisorio para las elecciones de octubre. Gane quien gane (y esto lo saben hasta los más recalictrantes votantes de Scioli) vamos a estar peor: más limitados en nuestras posibilidades, más atónitos ante la pobreza y la ignorancia, menos capaces de imaginar un futuro no para nosotros (que somos ya puro pasado) sino para los jóvenes.
Hoy me dediqué a colgar unos cuadritos en mi despacho: una foto de Kafka, el que dijo “hay esperanza en el mundo, pero no para nosotros”. 


miércoles, 19 de agosto de 2015

Si gana el macriolismo, me voy a Marte




Marte rojo

El ambicioso ascensor de 20 Km para viajar al espacio

Una empresa canadiense logró obtener la patente en Estados Unidos y Reino Unido para hacer este proyecto realidad y ahorrar un 30 por ciento de combustible para dejar la Tierra.

Dicen que...

Lo que todavía vive en los textos

Crítica. Generoso en hallazgos, Suturas, el nuevo ensayo de Daniel Link, propone experimentar -y no solo conocer- la fuerza de lo que obliga a pensar.

 por Sandra Contreras para Ñ. Revista de cultura

A esos nuevos modos de leer, que el “ruido ensordecedor” que sigue produciendo el choque entre la antigua cultura humanista y la cibercultura del nuevo milenio nos obliga a pensar, Link los llama posfilología y diagramatología. No hay en esto el menor afán de agregar nuevos nombres a los tantos que ya tenemos. Por el contrario, el gesto crítico de Link es de esos que se alimentan de un amor –y un cuidado– por las palabras que cuando detecta que han perdido su sentido –podría ser el caso de “vida”, “comunidad”, “lenguaje”– se preocupa menos por reemplazarlas que por seguir el trazo de las pérdidas e interrogar el vacío que las constituye. En otro sentido, hay en la proposición de esos métodos de lectura el ejercicio de una ética: la puesta en acto del pensamiento como experimentación.
(...)
Un libro de 670 páginas, que ostenta las herramientas de la antigua cultura letrada (una sintaxis argumentativa abierta pero firme, una extensión que reclama una lectura prolongada, una exquisita y heterodoxa erudición), mientras exhibe y exige una continua alfabetización digital (conviene leerlo teniendo a mano el universo de Youtube).


domingo, 16 de agosto de 2015

Antes que anochezca

Hace unos días, Mario Cámara se refería a la muerte de Reinaldo Arenas, como consecuencia del SIDA. A su lado, Javier Guerrero lo corrigió: se suicidó. Mario Cámara modificó, entonces, su veredicto:

"Reinaldo Arenas 
se suicidó poco tiempo antes de morir".



sábado, 15 de agosto de 2015

El joven Nico


Por Daniel Link para Perfil

A veces uno se aparta de su norte y paga las consecuencias. En la segunda vuelta de las elecciones porteñas no compartí el criterio de la izquierda y aposté (no por afinidad, sino por estrategia) al triunfo de Lousteau.
No me refiero a eso, sino a mi adhesión automática, hace unas semanas, en favor del Sr. Altamira, que mis amigos de izquierda me reprocharon amablemente por correo, haciéndome notar que había interna en las PASO. Una vez comparadas las fotos de los candidatos, sus dichos disponibles en la red (en fin: las cosas que uno hace para racionalizar sus preferencias), decidí mi sufragio en favor de la fracción liderada por el Sr. Del Caño, contradiciendo mi previa declaración.
Se dirá que es muy joven para aspirar a la presidencia. Pero la Srta. María Delfina Rossi es mucho más joven (¡26 años!) y ya es directora del Banco Nación. Naturalmente, llegó a ese cargo por sus relaciones familiares (su padre es ministro del régimen actual), lo que no ha sido visto con buenos ojos por la ciudadanía. No es el caso de Nico, que es un poco mayor y ganó su lugar por sus propios méritos y sus propias obstinaciones (dona la parte de su sueldo parlamentario que supera el sueldo de un maestro, por ejemplo).
Cuando la sociedad de la que uno forma parte adula inmoderadamente a la juventud conviene estar alerta porque uno sabe cuánta cuota de esperanza se mezcla con cuánta cuota de esnobismo. Como la izquierda es potencia pura, nadie debería confundir la adhesión a una corriente interna liderada por un joven con el reparto de privilegios entre hijos y entenados.
Yo no soy tan purista como los militantes de la izquierda que voto. Pero como octubre obligará a la ciudadanía a elegir entre fracciones de un mismo bloque ideológico-político, lo que aquí hemos llamado macriolismo, y como no hay razones estratégicas para preferir a uno u otro, esta vez nada nos apartará del principio esperanza. 


jueves, 13 de agosto de 2015

miércoles, 12 de agosto de 2015

What pass?

video


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Ahhhh, morcilla con gargantilla...




Últimas vacantes



martes, 11 de agosto de 2015

El PTSismo

Por fortuna me avisaron mis amigos de izquierda, y alcancé a darle mi voto al joven Del Caño. Lo siento por Facundo Moyano, pero esta boca, además, dice verdades:





No tengo particular cariño ni por las chombas rayadas ni por las barbas, pero en fin: si son los signos de los tiempos, mejor es adaptar el propio gusto a la marea troska.


Tres x uno, etc.




lunes, 10 de agosto de 2015

Decímelo al oído


Informes: centenariorubendario@untref.edu.ar





Dicen que...

por Elena Bisso para Intersecciones

Son días de recreación, días para festejar. Son días de alivio, de reír, y de interrumpir el trabajo argumental, para dejarme llevar por la literatura, la crítica literaria y la poesía.
Me encontró la tapa de Suturas de Daniel  Link. Allí estaba, en la vidriera de la librería, el ejemplar que llevé conmigo. Ni siquiera me hizo falta ir al índice. Fui alumna de un curso que dictó su autor en el Malba, durante 2013. Tiene la rigurosidad y el humor que respeto y que celebro.
Hace lugar a lo inesperado. Extraigo un fragmento del primer texto al que llamó Umbral:

"Si los antiguos nombres (vida, consumismo, lenguaje) han perdido su sentido, no se tratará aquí de encontrar nuevos nombres, sino de seguir el trazo de esas pérdidas, de esos desmoronamientos, para interrogar el vacío que los constituye. Me interesa, por eso, la sutura ( que es la marca de una herida) entre la antigua cultura letrada y lo que hoy llamaremos ciberculturas. Me interesa el desplazamiento de los nombres y los cuerpos cuando una singularidad histórica impone su lógica al mundo en que vivimos. Y me interesa interrogar el punto de sutura entre mi propio cuerpo, la escritura y las imágenes del mundo." (Link, 2015: 24)

Con Suturas tendré días recreados, aire, y perspectiva de lo que vendrá.



domingo, 9 de agosto de 2015

Juanita

por Beatriz Sarlo para Perfil

Muchas cosas no he dicho sobre Juana. Tampoco he saldado mis deudas. En 1967, me invitó a la presentación de Mujer de cierto orden. Las dos trabajábamos en el Centro Editor de América Latina. Casi todos los días almorzábamos en una mesa exageradamente literaria, donde se sentaban Horacio Achával, un editor de genio, y Susana Zanetti, que recitaba a Darío o a Vallejo en loop. Muchas noches Juana comía en mi casa. Decir comía es exagerado, porque teníamos poca plata. Juana traía vino y noticias de un mundo en el que yo recién entraba. Nombraba a Andrés Rivera, a Juan Gelman. Sin darse cuenta, nos embrollaba en su inclaudicable fascinación, en sus amores y en sus antipatías igualmente intensos. La afectividad de Juana se reflejaba entonces, y sigue reflejándose, en los diminutivos. También su desprecio se sirve del diminutivo: formas de la amistad o de la distancia.

La rentrée


Brindis al cierre y presentación del Congreso Internacional "La sutura de los mundos": Rubén Darío.



sábado, 8 de agosto de 2015

Ni Menem lo hizo


Por Daniel Link para Perfil
 

Inadvertida por la ciudadanía, aturdida por las chillonerías de una paupérrima campaña electoral que ya termina, el pasado 1º de agosto se produjo la pérdida de territorios de uso común y público más grande, masiva y repentina para la sociedad argentina en los últimos siglos.
Con la entrada en vigencia del nuevo Código Civil y Comercial, desaparece por completo el instituto de legislación civil llamado “camino de sirga”, que se impuso como restricción al dominio de los particulares en los fundos ribereños a fines del siglo XIX, garantizando el libre paso de todos y cualquiera a la vera de cualquier río navegable de Argentina. Al desaparecer ese camino público de ribera, no sólo se pone en grave riesgo el acceso a las costas y los ríos, sino que además se privatiza un área equivalente al tamaño de una y media ciudad de Buenos Aires.
Según una estimación conservadora, la extensión de los ríos navegables de la Argentina sería de unos 4.730 Km. Multiplicado este número por 70 m (35 m x 2, equivalentes al ancho fijado para el camino de ribera a ambos lados del río navegable en el antiguo Código Civil) el resultado es un área de 331,1 km2 (la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, por ejemplo, tiene una superficie de 202,04 km2).
A partir de ahora, los propietarios tendrán derechos absolutos y exclusivos, pudiendo ejercer la prohibición de paso que antes se garantizaba en favor de una armoniosa relación entre poblaciones y espacios naturales.
De manera casi clandestina, y desoyendo las advertencias que diferentes asociaciones formularon en las audiencias públicas sobre este gravísimo punto, se decidió beneficiar a los emprendimientos inmobiliarios ribereños especulativos, en contra de los intereses del ciudadano común, que pierde el derecho que antes tenía a caminar por las orillas de los ríos navegables de todo al país, gracias a la existencia de ese camino público.
Este monumental retroceso de los derechos ciudadanos estipulado por el nuevo Código Civil viola el Protocolo Adicional a la Convención Americana sobre Derechos Humanos en materia de Derechos Económicos, Sociales y Culturales conocido como "Protocolo de San Salvador", que, como todo tratado internacional, tiene una jerarquía superior a las leyes locales. En consecuencia, la nueva regulación del camino de ribera lesiona la Constitución Nacional, porque ninguna ley y ningún código puede negar los derechos reconocidos por un tratado internacional.
El artículo 1.974 del nuevo Código Civil y Comercial de la Nación debe ser declarado inconstitucional. Pero la actual gestión gubernamental tenía mucho apuro en cerrar el acceso a las vías navegables. La Ley N° 26.994 que aprobó el nuevo Código estipuló su entrada en vigencia el 1° de enero de 2016. La Ley N° 27.077 adelantó el cercenamiento de derechos al 1° de agosto de 2015, cuando todos íbamos a estar tratando de descifrar quién le compra drogas a quién. 


viernes, 7 de agosto de 2015

Finalmente, el poema...


Si me muevo el aire se enrarece,
si me muevo se altera todo el resultado.
Puedo desconfigurar lo que proyecta mi cerebro en un diagrama.


Allí estaremos



Rolando, te veo el jueves




martes, 4 de agosto de 2015

Juegos de lenguaje



Temporada invierno-primavera

Colecciones '70










lunes, 3 de agosto de 2015

Último momento: la musculoca no es una deformación de la modernidad.... ¡es una peste ancestral!

El antiguo pueblo indio donde todos sus hombres son musculosos

Por Dario Silva para Perfil

Una aldea a pocos kilómetros de Nueva Dehli, hace del entrenamiento y el culto al cuerpo es una tradición ancestral.





domingo, 2 de agosto de 2015

Yo te explico...



El 22 de agosto, a las 17 Hs., Diana Wechsler y yo damos sentido a la colección Daros (al menos, al segmento exhibido en Proa).




sábado, 1 de agosto de 2015

La ventana indiscreta


Por Daniel Link para Perfil

Nos mudamos porque necesitábamos cambiar de ambiente, y decidimos mudarnos a donde ahora vivimos porque yo necesitaba una vista determinada: los patios del convento donde los afanes de las monjitas iban a permitirme retrotraerme a los finales del siglo XIX, comienzos del XX, grosso modo: los años en los que comienza la trama de Chez Freire Grand Hotel, la novela que estoy tratando de terminar.
Al principio todo funcionó de maravillas e incluso conseguí publicar un anticipo. Pero después, poco a poco, el edificio de al lado del convento comenzó a monopolizar nuestra atención. En el octavo piso, un niño salía todos los días al balcón a saludarnos (por entonces era verano, y pintábamos en paños menores, brillantes de calor): “Hola, señor”, nos decía. Lo apodamos El Niño Puto, entregándonos a horrendos prejuicios que lamentaríamos casi de inmediato, cuando descubrimos que su padre, un chongo que para algunos de nuestros amigos (pero no para nosotros) era demasiado flaco, adoraba salir al balcón en apretadísimos calzones. No era que El Niño Puto tuviera debilidad por los hombres semidesnudos; estaba acostumbrado a ese sano ejercicio de camaradería masculina.
En el noveno piso, alguien a quien nunca vimos desayunaba todos los domingos escuchando FM Clásica. En el quinto piso, un jubilado solitario recibía cada tanto a su madre, una anciana que salía al balcón a examinar la ropa tendida y le recriminaba cosas. En el tercer piso, la chica del gato hacía sus calistenias cotidianas escuchando música ante la mirada atónita del felino. Hace unos días, la chica del gato nos dio una mayúscula sorpresa. O a lo mejor no era ella, porque lo cierto es que de su cuerpo sólo veíamos los labios colocados alrededor de un miembro masculino que hasta ese entonces no habíamos visto, adosado al cuerpo de un muchacho que, parado de perfil frente al ventanal, sostenía de la nuca a la muchacha, para mejor deslizarle su insolente masculinidad hasta la garganta (no lo consiguió, por cierto).
Cuando descubrió que lo mirábamos, lejos de amedrentrarse, el lampiño muchacho se expuso mejor, como si esperara una foto o un aplauso (no estábamos en condiciones de prodigarle ninguna de las dos cosas, porque nuestra asistenta doméstica fatigaba los ambientes con la aspiradora). En cuanto pudo sembrar la cara de La Petera, acogotando el ganso, me di cuenta de que mi siglo XIX se había perdido en el olvido.