lunes, 30 de noviembre de 2015

Qué pecado...


Delfina Rossi renunció a su puesto de directora del Banco Nación

Números finales: Macri le ganó por 680.000 votos a Scioli

infância


 por Daniel Link para ALEA | Rio de Janeiro | vol. 17/2 | p. 199-215 | jul-dez 2015

(...)

O pessimismo do entreguerras é uma pandemia que arrasta quase todas as consciências como um anjo malvado da história, com sua espada amígera e seu chamamento não à destruição, mas ao pesadume. Com os pés afun- dados em um pântano que parece já tragá-la, a modernidade torna-se mito (revela-se, por tanto, antimoderna).

(...) 

Uranio enriquecido

Otro acto de despedida de Cristina: recorrerá una planta de uranio en Bariloche

Cristina se va del Gobierno un 843% más rica de cuando asumió

sábado, 28 de noviembre de 2015

El día después


por Daniel Link para Perfil

Nadie en su sano juicio podría haber considerado que el candidato oficialista hubiera podido garantizar la gobernabilidad durante cuatro años más. Y sin embargo muchos lo hicieron, lo que habla de un alto grado de irracionalidad política. Toda fuerza necesita un sabático, y el kirchnerismo lo tendrá, al menos en lo que se refiere a la gestión de gobierno.
Como ha triunfado la derecha liberal (los titulares europeos suelen invertir la fórmula y dicen liberalismo de derecha, imaginando que pudiera haber uno de izquierda, pero nuestras opciones eran la derecha populista y la derecha liberal, dilema en el que me abstuve de intervenir, poniendo en juego relaciones personales y familiares), necesitaremos de las fuerzas kirchneristas en el parlamento y en los organismos de control, en los medios y en las universidades: en todos esos lugares que, nos han dicho, estarán amenazados a partir del 10 de diciembre.
La democracia, lo hemos comprobado este año, es agotadora. Exhaustivamente agotadora. Nos obliga a una vigilancia extrema de los comportamientos propios y los ajenos hasta límites exhasperantes. Son las reglas del juego, sobre todo si apostamos a la potencia de la sociedad civil, ese sujeto abstracto que uno de los candidatos supo interpelar mejor que el otro.
El Sr. Macri ha sido obligado a declarar que no suspendará los juicios por violaciones a los derechos humanos, que no cerrará Tecnópolis, que no, que no, que no. Son todos triunfos de la oposición naciente, a la que hay que felicitar por ello.


jueves, 26 de noviembre de 2015

miércoles, 25 de noviembre de 2015

In-ex-cu-sa-ble

Jate jodé!

Patricia Bullrich, ministra de Seguridad

Mauricio Macri designó a la actual diputada Nacional como titular de la cartera que hoy dirige María Cecilia Rodríguez.


martes, 24 de noviembre de 2015

Cierre del año




domingo, 22 de noviembre de 2015

Llegaron....



sábado, 21 de noviembre de 2015

Palpitaciones

por Mariana Catalín para BazarAmericano
 
Suturas, imágenes, escritura, vida, de Daniel Link, Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2015.
 
Reseñar libros extensos es, casi siempre, un problema. Más aún cuando esos libros apuestan a la multiplicidad y a lo informe (o, en coherencia con el objeto que me ocupa, a lo monstruoso). Con los libros de ensayos de Daniel Link, particularmente, con su último libro de ensayos, Suturas. Imágenes, escritura, vida, el problema se vuelve acuciante, al menos, por un par de razones. En primer lugar, por algo que en alguna otra parte resumía de la siguiente manera –pensando en un lector que pudiera, tal vez, no conocer la “obra de Daniel Link” (¿es esto hoy posible?): “La mirada de Daniel Link es, tal vez, una de las más abarcadoras del ensayo argentino actual. Desde el comienzo de su producción, marcado por el libro La chancha con cadenas (1994) pero también por el armado de dos compilaciones que tomaban como eje respectivamente el policial y la ciencia ficción (El juego de los cautos (1992) y Escalera al cielo. Utopía y ciencia ficción (1994)), los objetos que han ocupado su reflexión han sido múltiples y diversos. La apertura de su blog en el 2003 (linkillo.blogspot.com) acentuó estos intentos iniciales: las críticas y opiniones sobre arte y literatura se conjugan allí con la reflexión sobre el medio que las congrega (internet), el interés por productos y estrellas de los mass-media, el análisis de episodios y personajes de la vida política nacional e internacional, la narración de anécdotas autobiográficas y el desarrollo de fragmentos que tal vez podrían calificarse como `ficciones´.” ¿Cómo dar cuenta de esa diversidad sin clasificarla? En segundo lugar, Suturas viene a ¿cerrar? explícitamente la serie abierta por Clases. Literatura y disidencia (2005) y continuada por Fantasmas. Imaginación y sociedad (2009). Y lo hace de tal manera que la gran estrategia del mercado editorial (y también del audiovisual fílmico y televisivo), la promoción de secuelas y precuelas, se simbiotiza con la primera apuesta del autor por la destrucción de las clases, volviendo la producción seriada un detalle determinante –en consonancia con la lectura que Link hace del pop y el lugar central que éste adquiere en su poética. 
Si, entonces y a propósito de este punto, quisiera ser fiel a los imperativos estéticos y éticos del ensayista debería, para dar cuenta del último avatar, ponerlo en estrecho contacto con los anteriores, desafiando los límites convencionales que los aíslan (el formato libro vs la continuidad del blog). Pero, como el mismo autor se mueve en la tensión entre el orden que exige la compilación (orden que le gusta explicar y explicitar) y su necesidad de, sin homogeneizar, salirse de los límites (hacia el infinito del mundo), tal vez se pueda atender a esta exigencia permaneciendo en los umbrales para, desde ahí, saltar a la acumulación posterior, evitando, tal vez, la enumeración. Quedarme por un instante justamente en esos lugares o, mejor, en esos momentos en que se exacerba la tensión entre lo que exige el libro como formato editorial y las autofiguraciones que, a veces, desatienden esas exigencias.
En su “Umbral”, Clases insistía en la resistencia a la normalización, en la necesidad del análisis crítico de todo sistema clasificatorio, en tanto dispositivo de captura y disciplinamiento, para poder ver observar como, todavía hoy, el arte alimenta una “potencia revolucionaria”. Sin embargo, en ningún momento explicitaba que dicha resistencia podía convertirse en una nueva clase que desembocara o bien en la homogeneización como imperativo o bien en el aislamiento finalmente esteticista del arte experimental. Fantasmas, en cambio, le daba un lugar central a este problema desde el íncipit. Y lo hacía justamente en el marco de la reflexión sobre los alcances del libro anterior: 

Clases, en su obsesión por los dispositivos de clasificación y sus efectos colaterales (la normalización, la determinación del Ser, en todo caso), presuponía el problema de las cualidades, porque en algún sentido clases y atributos (clasificación y cualificación) bailan la misma ronda tomados de la mano (Fantasmas, 9).

Lo cierto es que, a pesar del énfasis del ensayista en la continuidad, la posibilidad de explicitar eso que se dice estaba presupuesto daba cuenta en el segundo avatar de la serie de una modificación del punto de vista. La puesta del énfasis en la relación entre clasificación y cualificación habilitaba un horizonte de acción mucho más amplio: en Fantasmas, Link se propone no solo “leer en ciertos textos más o menos emblemáticos de la literatura del siglo pasado todo lo que hay de resistencia a la captura, al disciplinamiento…” (Clases, 19), sino fundamentalmente trazar mapas de imaginarios, examinar umbrales y potencias, definir fantasmas; algo que se traducía en la mutación que sufrían los modos de explicitar el corpus: “Como no podía ser de otro modo, además de textos literarios, a lo largo del libro se proponen lecturas de “imágenes” (películas y programas de televisión, preponderantemente, y con total prescindencia de la institución artística)...” (Fantasmas, 11). 
En un movimiento similar, Suturas parte del énfasis en la continuidad de la serie pero, al explicitarla, vuelve a dar cuenta de un giro. Al comienzo de este nuevo “Umbral”, el ensayista se pregunta por las razones que mueven su interés por los dispositivos de clasificación y las potencias de lo imaginario e, inmediatamente, formula una respuesta que presenta como casi obvia en función de sus reflexiones previas pero que, sin embargo, implica un deslizamiento: las clasificaciones y cualificaciones lo obsesionan “porque afectan a lo que vive todavía, la chispa de vida que hay en mí” (17). Así, en un movimiento casi imperceptible Link pone en el centro desde el íncipit la pregunta por las “formas-de-vida”, puesta en el centro que, sin duda, retoma algunas potencias de Fantasmas pero otorgándoles, ahora, una nueva intensidad; y que nos deja leer desde ese primer párrafo la apelación a un léxico (el léxico de lo viviente) que si bien no es nuevo, ya no se presenta solo como destello insistente sino que ahora marca la mayoría de los acercamientos que reúne el libro, volviéndose determinante. 
Determinarte porque es a través de este vocabulario que Suturas vuelve cruciales ciertos interrogantes: la pregunta por los modos del archivo y el (no)lugar del resto pero también por la (re)producción de las formas de vida, las (im)posibilidades de la comunidad y los mecanismos de control social sobre lo viviente, en intensa relación con la reflexión en torno a quién se hace cargo del (abandono del) propio cuerpo. 
Solo en función de este contexto, se puede comprender cabalmente una de las premisas fundamentales de este libro de Link, el disparador para comenzar a pensar el estado actual del arte (una fórmula que proviene de intentos anteriores pero que, en el conjunto que supone la compilación, adquiere nueva fuerza y matices): el arte ya no es, sino que hay arte y que haya arte supone que hay vida. Esta premisa no solo desbarata las hipótesis sobre un estado posautónomo de la literatura (que introduce, usa y desplaza) sino que reformula el problema de la especificidad y de los modos de otorgar valor. Es a partir de ahí que, creo, pueden pensarse los intentos del ensayista en torno a ciertas definiciones (en la paradójica articulación del verbo ser que deja a la escritura entre la potencia y la clase) del arte como “laboratorio perceptivo” (69) o, a través de la poesía, como “geomormismo” (578). O bien de la literatura (cuando no es Institución) como el “plano de composición” donde la tiranía de los vicios se disuelve sin abstinencia (440) o como lo que (puesto entre comillas: “literatura”) atraviesa “lo visible y lo vivido” y “Hace sutura (o cicatriz) con ciertos acontecimientos del mundo” (503). O, incluso, ciertas definiciones en torno a la escritura, término por el que decanta en el último apartado del libro, como “el conjunto de caminos indirectos que permite poner de manifiesto la vida en las cosas: signaturas” (510).
Ahora bien, esta premisa sólo puede articularse en función de una temporalidad singular que, a su vez, postula como necesario el vocabulario al que se apela. En “Umbral”, luego de interrogarse acerca de sus obsesiones, Link se detiene, a través de la introducción de una cita de Giorgio Agamben (el referente teórico del libro) en lo que caracteriza nuestro presente, para postular la hipótesis, ya devenida afirmación, de que “vivimos en la infancia de una nueva humanidad, de una política que no tiene todavía vocabulario” (23). Es esta singularización de nuestro propio tiempo la que, sin duda, vuelve imperativas las preguntas (éticas/estéticas) que se plantea el ensayista. Sabemos ya, porque pone en juego una de las líneas centrales de su “poética”, que esta nueva humanidad se desenvuelve en el contexto de la instalación y expansión de la reproductibilidad digital. Reproducibilidad digital que, según la formula Link en esta ocasión, nos enfrenta a una “nueva revolución” (que se irá especificando de diferentes maneras a lo largo del libro, pero que en esta primera instancia se pone de manifiesto en el cambio que afecta a los patrones de lectura y alfabetización). En este sentido, lo que es necesario pensar es “la sutura (que es la marca de una herida) entre la antigua cultura letrada y lo que hoy llamamos ciberculturas” (23). Pero no todo es urgencia. Enfatizando un movimiento que había marcado los umbrales anteriores, y con el objetivo de poner en jaque una concepción lineal del tiempo, Link sostiene, apenas un párrafo más abajo, que no patrocina “una discontinuidad radical con respecto al pasado” (23). La escritura del ensayista se mueve entonces en el borde de esta otra sutura que, si bien no explicita como tal, sí emplea: entre la inminencia de un final que apenas ya ha ocurrido (apenas, porque, en realidad, sigue ocurriendo), lo que que obliga a una particular atención a los modos de supervivencia en lo actual, y la necesidad de sostener la inmanencia de una pérdida, que no implica la búsqueda de lo nuevo sino que permite interrogar el vacío de los nombres que han perdido su sentido. Sutura que se desdobla: Link escribe entre la crítica a la imaginación catastrofista y milenarista y el uso de estos imaginarios para construir la propia temporalidad, uso que va de la mano del goce al que da lugar su exploración. “La crisis que nos constituye”: la fórmula que Link elabora, a partir del parafraseo de Agamben, apenas en el segundo párrafo y que condensa justamente este entre-lugar, en realidad, este entre-tiempos: la crisis inmanente/la inminencia de la crisis. 
En este contexto, el cómo al que obliga este léxico y esta temporalidad se condensa en el primer apartado del libro. El apartado que el autor insiste en denominar “Metodología”, desoyendo provocativamente a Roland Barthes y su impugnación del método en Cómo vivir juntos. Allí, Link opta por la posfilología: una opción que reconoce que se realiza al borde de la desaparición de las áreas disciplinares pero que se presenta como la adecuada “a las formas de vida del día después de mañana” (47). Una opción que acepta el pos y la linealidad temporal que este supone pero que también parece abrir el camino (literalmente “Filología” precede inmediatamente en el libro a “2011”) para hablar de la duración pura del amor. Una duración que, justamente, desbarata la linealidad ya que su “paradoja constitutiva” se condensa en el “carácter del pasado en relación con el presente”: el amor pone en juego un presente que “no podría pasar a menos que el pasado del amor (toda la historia amorosa) coexista con él” (51). Una opción que se elige, entonces, en función del “amor al presente y al mundo”, potencia de la justificación que pone en suspenso cualquier precaución ante el término elegido. Consecuentemente, la posfilología conlleva, en la singular perspectiva de Link, un desplazamiento de la dialéctica de la distancia para poner en el centro el Tiempo y los tiempos:

...podemos pensar la filología infraleve como manera de adecuarnos al poema diferencial de nuestro tiempo, libres de la dialéctica de lo cercano y lo lejano, o mejor, habiendo llevado esa dialéctica a un plano de consistencia donde lo que importa es el tiempo (…) Ni close reading, ni far reading, ni distant reading. Lo que se juega en la lectura no se mide en tiempo de distancia, porque no hay separación posible entre lo que está escrito y lo que vive (y, por lo tanto, lo que lee). De lo que se trata es de una afectación al Tiempo y a los tiempos... (125)

La sutileza teórica con que se ejerce ese desplazamiento y cómo después el mismo se pone de manifiesto en otros momentos del libro (más allá de cómo se articula en esta explicitación la opción por el ralenti a partir de Barthes) es uno de los grandes hallazgos que la compilación nos permite presenciar, sobre todo a aquellos que veníamos siguiendo algunos de los textos de Link antes de que estuvieran acá.
Ahora bien, si hablamos de disciplinas al borde de la desaparición, la posfilología, es, por una parte, la encargada de articular una atención singular sobre “el problema de América” (especificando y, tal vez, modificando levemente el modo en que en la opción por el comparativismo había marcado la autofiguración del ensayista). La misma se se condensa en “1989” y “Filólogos” y vehicula una intervención directa en “Spanglish”. Por otra, la posfilología debe articularse, con una diagramatología que, al menos si seguimos lo planteado en “1879”, es el pivote para pensar en conjunto imagen y cuerpo y, a partir de allí, las líneas que nos atraviesan, cifrando en el cuerpo de Gareth Thomas (y en su fotografía) toda una episteme. El cuerpo, nos dirá Link más adelante, es “lo que sigue ardiendo antes y después de la digitalización de la cultura” (478).
A partir de este final, el final de “Metodologías”, el libro se abre en tres apartados: “Imágenes”, “Nombres” y “Escrituras”. Apartados que, si la linealidad traicionera de la impresión no nos coaccionara, deberíamos leer en paralelo (aunque, paradójicamente, es en este episodio de la serie en el que parece suturarce de manera más acertada la sucesión de los ensayos). Como ya dije, el espectro desde donde se interroga lo que vive (todavía) es amplio. Link siempre nos brinda al final, para palear lo escueto de los títulos que los textos adquieren en la compilación, un “Índice razonado” (cabe aclarar que en este caso omite el “apartado” que, en los dos episodios anteriores, se encargaba de esclarecer el origen de los textos: movimiento mínimo pero radical en lo que refiere a confiar en la cualidad de los propios escritos sin necesidad de explicitarla). Lo pervierto un poco (cayendo, creo, en la clasificación que suponen no solo los nombres –”Ser es ser nombrable y, por lo tanto, categorizable” (438)– sino también mi propio orden): Link se acerca (¿cómo decirlo en términos temporales?) a YouTube, a las teoría que piensan el final de la historia desde Hegel hasta Agamben, a In the flesh, a diferentes exposiciones (bienales) de arte y sus relatos curatoriales, a Spregelburd, Lars von Trier y Godard, a Viñas y el colectivo Venus, a Interior. Leather bar, a ciertos ejercicios autobiográficos, al registro de “los rastros del fascismo en nuestros cuerpos” y los desvaríos de la loca, a Molloy, Bellatin y Pizarnik (y su biblioteca), a Lorca y a Juanele, a una nulidad de matrimonio y un poema, a, de nuevo (y por momentos enfatizando la repetición, exasperando así uno de los rasgos de su autofiguración), a Cortazar, y Puig, a un trazo alegre, India Song y una noche de calor. “Una sucesión independiente de actos heterogéneos que producen un objeto contradictorio” dice Link en “2005”; actos que suponen a veces la retrospección articulada de forma, incluso, violenta (opción por el anacronismo que se explicita en “Snob”, casi al pasar, como la lógica temporal del libro) y que se detienen amorosamente en las biografías, mejor, en las historias de vida de aquello que elige crear como objeto porque justamente lo que se busca, lo que se explicita en el propio final como objetivo, es poder escuchar, apenas por un momento, la “palpitación de lo viviente” para fundar una ética y una comunidad: la comunidad de aquellos que no tiene comunidad (“Tornada”).
Releeo y percibo (nuevamente) que, en mi intento de lidiar con la extensión, mi acercamiento a este último avatar de esta serie de Link apela al tempo del parafraseo y de la repetición (las citas son, espero, eso: repeticiones no citas). Siempre me resultó difícil, sino imposible, alejarme para poder escribir sobre sus ensayos. En algún momento resolví el problema (¿era necesario resolverlo?) apelando a la fascinación blanchotiana. No descarto esa respuesta. Pero, tal vez, las posibilidades pueden también abrirse a partir de la singularidad del tiempo de la repetición (algo en lo que Link es, como ya sabemos, un experto). Entonces una pausa más antes del Final. Una sobre el yo que se nombra a sí mismo Daniel Link y el riesgo adictivo que supone sumergirse en lo actual, algo que no evade porque no puede o no quiere evadir (y una acotación: si todavía hay provocación es provocativo que Link, usando tanto a Agamben, no recale en su distinción entre presente y actualidad): “Supongo que este ejercicio de patetismo es el índice de esa otra compulsión intolerable: la frivolidad de entregarse a las líneas hegemónicas del presente” (440). 


(Actualización noviembre 2015 - febrero 2016/ BazarAmericano)


La guerra invisible


Por Daniel Link para Perfil

Hace unas semanas me había quedado fascinado mirando uno de los extraordinarios proyectos exhibidos en Fundación Proa, el trabajo de Forensic Architecture, una agencia integrada por arquitectos, artistas, intelectuales, abogados, científicos y técnicos en computación.
Forensic Architecture examina imágenes de lugares en guerra (edificios, ruinas, ciudades captadas por cámaras satelitales o subidas a la red por ciudadanos comunes) para determinar de qué dan cuenta esas motas de polvo, esos pixeles apenas dibujados en una pantalla, esas débiles columnas de humo: los rastros de una conflagración que está hecha para que la televisión no pueda mostarla.
Al exponer la lógica actual de los conflictos armados (y el secreto que los constituye) Forensic Architecture interroga al mismo los umbrales de la ley (lo que es legítimo hacer en una situación de guerra) y de la visibilidad, lo que es legítimo deducir de unas imágenes opacas (deliberadamente opacadas) para quien no cuente con la tecnología de punta que las fuerzas militares de Occidente utilizan.
El más extraordinario de los proyectos reconstruía (a través de cámaras de seguridad, fotografías de testigos, imágenes urbanas tomadas desde satélites) la línea de tiempo de unos determinados bombardeos realizados con drones, que producían agujeros diminutos (desde la perspectiva satelital) en los techos, para explotar y aniquilar la vida dentro de los edificios. Reconstruían, sobre la base de ecuaciones matemáticas, la localización de los edificios bombardeados y deducían, comparando imágenes previas a los bombardeos con imágenes posteriores, examinando las sombras que el sol trazaba en su recorido, el lugar y la hora donde unos drones habían descargado su carga de muerte.
Una guerra que se desarrollaba no a baja intensidad, sino en los umbrales mismos de la visibilidad y de la inteligibilidad de pronto se revelaba en todo su horror.
La semana pasada, los atentados en Beirut y en París (que se suman a una larga lista de atrocidades) también ponían en crisis el campo de lo visible. En el caso de París, ISIS (Estado Islámico es más que una organización terrorista en la medida en que reivindica para sí el título de Califato: es un Estado sin territorio) atacó sus puntos más vulnerables: el barrio de Saint-Denis (donde hay alta concentración de inmigración musulmana), los bares donde se reunen los jóvenes (franceses o no) menos dispuestos a adoptar sin discusión las causas bélicas de la OTAN y que mayor solidaridad han mostrado con las víctimas de los bombardeos indiscriminados en Oriente medio.
Además, ISIS (a diferencia de Al Qaeda) admite comandos suicidas femeninos, con lo cual vuelve mucho más borroso el umbral de la guerra.
Si se admite que “hay guerra”, hay que agregar que los contendientes son unos enemigos indeterminados y tanto un bando como el otro atacan indiscriminadamente posiciones que la guerra clásica nunca hubiera incorporado en su horizonte. Pero, además, los soldados de esa guerra también pueden estar en cualquier parte o en ninguna (en el caso de los drones).
Una guerra de ese tipo existe sólo en la medida en que se la sostenga en el discurso y demuestra, por lo tanto, un deseo de guerra cuyas víctimas somos y seremos todos: tanto en los países de Oriente medio como en los países de Occidente, la paranoia fundamentalista y las medidas de seguridad no han cesado de crecer exponencialmente desde 2001. Quince años de guerra continua que no han impedido que los actos de terror se detengan sino todo lo contrario, porque ahora sabemos que la “guerra barroca” (como la tipificó el periodista francés “experto en asuntos militares” Pierre Servent) va mucho más allá de la distorsión de las formas que el adjetivo permitiría prever y se postula en cambio como una guerra informe, amorfa, ilocalizable, irrepresentable, invisible.
Los trabajos de colectivos como Forensic Architecture no nos salvarán, pero al menos establecerán algunos parámetros racionales para que alguien, alguna vez, pueda contarnos qué fue lo que pasó al comienzo del siglo en el que el estado de excepción se convirtió en la norma.


viernes, 20 de noviembre de 2015

La razón neoliberal

por Verónica Gago

(...) Por neoliberalismo desde abajo me refiero entonces a un conjunto de condiciones que se concretan más allá de la voluntad de un gobierno, de su legitimidad o no, pero que se convierten en condiciones sobre las que opera una red de prácticas y saberes que asume el cálculo como matriz subjetiva primordial y que funciona como motor de una poderosa economía popular que mixtura saberes comunitarios autogestivos e intimidad con el saber-hacer en la crisis como tecnología de una autoempresarialidad de masas. La fuerza del neoliberalismo así pensado acaba arraigando en los sectores que protagonizan la llamada economía informal como una pragmática vitalista.

Más (todo), acá.

 

Plegarias atendidas



Pasolini queer

por Daniel Link para Soy

Ser sexual y político En la Union Sovietica, Eisenstein fue sometido regularmente al chantaje por sus inclinaciones sexuales (evidentes en los extraordinarios planos de los torsos y las espaldas de los marineros del Potemkin); Serge Paradjanov fue condenado por actos homosexuales y encerrado en un campo de trabajo. Pier Paolo Pasolini fue asesinado el 2 de noviembre de 1975 en un descampado de Ostia.
Pier Paolo Pasolini (1922-1975) fue sin duda el primer intelectual capaz de inscribir su obra en la cultura industrial sin conceder un ápice de su integridad, de su radicalismo ideológico y sin sacrificar su propio deseo. Supo explotar la especial popularidad que proporcionan los periodicos y la television para expresar ante el gran publico su verdad (la “sinceridad” era para Pasolini una actitud irrenunciable), que colisionaba contra las ideas corrientes (de entonces y de ahora). Mientras la cultura de la Italia del milagro toleraba a Pasolini como un «caso», un «fenomeno», un «escandalo», intentando simplificar su vocacion subversiva y reducirla a una «alteridad» patologica, Pasolini más se aferraba a su deseo homosexual y su “pederastía” (Pasolini gustaba sexualmente de ragazzi menores de 20 años, y así lo declaraba). Ese deseo fue para el un elemento decisivo en su arte: un tema recurrente, a veces central (Orgía, Teorema, Petróleo).
La homosexualidad no era para él un signo de diferenciacion con relacion a los demas o una seña de identidad, sino el signo de una oposicion radical a los otros: «Pasolini siempre prefirió la Alteridad a la Diferencia» (Benedetti). Por eso, no se detuvo en la reivindicación de derechos para las personas homosexuales (consideraba inútiles o vanos esos aspectos del ser sexual y político) sino que propuso la conciencia homosexual como una forma previa al pensamiento y a la imaginación y la asimiló a su obsesión por el Tercer Mundo.

Los 33 procesos Pasolini fue víctima de la homofobia, y lo fue desde antes mismo de convertirse en una persona pública.
Entre 1949 y 1977, Pasolini fue sometido a 33 procedimientos judiciales: se lo acusó sobre todo de delitos de pornografía, obscenidad, ofensa al pudor, y ofensa a la religion del Estado. Cuando el estreno de Accatone, el cine Barberini fue asaltado al grito de “hinojo” (como se llamaba a los pederastas por entonces, recordando la práctica medieval de tirar granos de hinojo a los pies de los condenados a la hoguera, para disimular el olor a carne quemada). El colmo: en 1961, un joven ragazzo encargado de una estación de servicio en San Felice Circeo lo acusó de intento de robo (Pasolini habría tenido, en ese quimérico episodio, guantes, sombrero negro y una pistola cargada con balas de oro). Ante la imposibilidad de probar el robo, la acusacion se centróen la hipotesis de una agresion sexual: la parte civil ordenóuna pericia psiquiátrica que describió al inculpado como «una anomalía sexual, un homofilo en el sentido mas absoluto de la palabra [...] anomalía tan profunda que el acepta conscientemente su anomalía mostrándose incapaz de sentirla como tal. Homosexual exhibicionista y voyeur [...] un sujeto con instintos profundamente tarados y que muestra signos profundos de inseguridad».
Mucho antes, el 22 de octubre de 1949, el joven Pasolini (maestro de literatura en una escuela a pocos kilómetros de Casarsa, en el Friuli) fue denunciado por los carabineros locales por corrupcion de menores y actos obscenos en un lugar publico. Los dirigentes del Partido Comunista Italiano, del que Pasolini formaba parte, lo expulsaron de sus filas.
Este primer episodio homofobo marcó la existencia de Pasolini, quien fue asesinado en la noche del 1 al 2 de noviembre de 1975, en un descampado en las proximidades de la playa de Ostia.

El sacrificio El verdugo de Pier Paolo Pasolini fue Pino Pelosi, un joven de diecisiete anos que despues de golpear salvajemente a su víctima, pasóvarias veces con su coche sobre su cuerpo. Al ser detenido, Pelosi se defendiódeclarando que había reaccionado contra una agresion del escritor que, despues de haberlo recogido cerca de la estacion central de Roma, le habría exigido una retribucion sexual.
La tarde del 2 de noviembre la television italiana describio el asesinato como un crimen sordido, típico del mundillo homosexual. Nadie se detuvo en los numerosos indicios encontrados en la escena del crimen, que permitían suponer la presencia de otras personas y quizáuna verdadera emboscada (de hecho, Pino Pelosi fue condenado en 1976 por homicidio voluntario con complices desconocidos, que luego fueron eliminados de la causa).
La “actitud Pasolini”, que le permite ser “más moderno que todos los modernos”, tiene que ver al mismo tiempo con una sexualidad entendida como inocente (o incluso santa) y una convicción del propio lugar sacrificial en una cultura que no hace sino disimular sus fantasías de exterminio en formas culturales cada vez más asfixiantes y que Pasolini entendía como una “mutación antropológica” (hoy diríamos una “catástrofe biopolítica”) cuya dirección lo horrorizaba. En ese contexto, lo que Pasolini intenta desarrollar es el rechazo a toda posible instrumentalización de la sexualidad por parte de la cultura: sostenerla en su negatividad y en su pureza.
En la “Abjuración de la trilogía de la vida”, Pasolini constató que la presentación gozosa de los cuerpos que, para él, debía constituir un gesto de ruptura, había sido asimilado por la sociedad de consumo. Y por eso que Pasolini abjuró de esas tres películas declarando que habían perdido toda fuerza crítica.
La crisis cultural y antropológica de los años ’60, tal y como Pasolini describe al período, opuso

los cuerpos inocentes con la arcaica violencia vital de sus órganos sexuales (entendidos, estos cuerpos, como el último baluarte de la realidad), a la irrealidad de la subcultura de los medios masivos de comunicación.

La realidad, esa obsesión pasoliniana, supone una comunión, en última instancia, imposible porque, como le responde a Jean Duflot sobre Teorema, no hay evangelio de la sexualidad (pero tampoco del arte, o de la vida):

P. — Yo no propongo absolutamente ninguna solución. Para hacerlo, sería preciso que yo mismo la hubiese encontrado. No, [los míos ] son films libres, en el sentido del experimentalismo al que antes nos referíamos. No proponen ni salida ni solución. Son, a la manera del movimiento poético anteriormente evocado, “poemas en forma de grito de desesperación”.


No era un juego




jueves, 19 de noviembre de 2015

Dicen que...


Suturas

por Edgardo Scott para Otra Parte

“Me interesa, por eso, la sutura (que es la marca de una herida) entre la antigua cultura letrada y lo que hoy llamamos ciberculturas”. Ya en la introducción, Daniel Link define el territorio a indagar en Suturas, el tercer volumen de la saga que comenzó con Clases (2005) y siguió con Fantasmas (2009). Suturas se mueve entre el ensayo académico, con un abundante y riguroso sistema de citas, y el recorrido profesional autobiográfico (flashes inesperados, pertinentes, alusivos).
Herida y sutura serán ideas y términos —metáforas— que Link trabaja en diálogo con los principales filósofos contemporáneos (Foucault, Deleuze, Agamben, Derrida). De hecho, la “herida” refiere a una cita de Bataille: “Imagino que mi vida —o mejor, su aborto, la herida abierta que es mi vida—…”. Pensar la vida y sus predicados (el arte, la política, el deseo) en estos tiempos de biopolítica (la subordinación total de la política al discurso capitalista) es el rasgo principal del proyecto de Link. El método es escribirlo desde una subjetividad determinada (la del autor), en un tiempo y un lugar determinados (los signos digitales del presente, Buenos Aires de trasfondo).
Hay tensiones. Cualquier libro que intenta establecer y describir lo actual, lo nuevo e incluso lo que vendrá siempre posee una entonación entre sentenciosa y sugestiva: “Nuestras sociedades han dejado de ser hoy sociedades políticas: son algo completamente nuevo, para lo que carecemos de terminología”; o: “Vivimos hoy en sociedades que han optado por la democracia digital”. Pero tanto por la continua interrupción de su montaje como por el goteo de su anecdotario autobiográfico y las múltiples referencias, Suturas completa una gran excursión intelectual por “el presente como instante de peligro”. Es que nada es más riesgoso que pensar el presente. Porque, en verdad, ¿hay presente? Hay sucesión. Más que pensar el presente, libros como el de Link piensan en presente. Es decir, son pura enunciación. Libros que, al buscar identificar su tiempo, se identifican con él.
La intención menos programática, pero a su vez más intensa y valiosa, está en las coordenadas del recorrido amoroso-intelectual de Link. Aquella transferencia Alcibíades-Sócrates de El banquete de Platón: el amor al que se dirige el saber. Por eso, hacia el final del libro, es clave la reivindicación de Jean Genet y de su ética amorosa (que ha tenido entre nosotros un brillante difusor y heredero: Carlos Correas). Una ética que resista frente a un presente tan democrático, exigido de exaltar y respetar las diferencias, pero para fiscalizarlas y asignarles su plusvalía o destierro: “Es muy probable que Jean Genet nos resulte hoy un poco anacrónico, y, por eso mismo, estimulante: […] tienen el sabor de lo insospechado, de lo que violenta el propio pensamiento y lo pone a andar en una dirección desconocida”. Porque como Arlt o Correas, Genet sabía que, aun en tiempos de posfilología, el verdadero secreto de la cultura yace en la violencia.

Daniel Link, Suturas. Imágenes, escritura, vida, Eterna Cadencia, 2015, 672 págs.

La grieta

Los Duhalde en pie de guerra: Chiche se peleó con su marido por el voto

El expresidente había anunciado su apoyo a Daniel Scioli y desató el enojo de la exsenadora quien respalda a Mauricio Macri. 

Si hay día de la madre y día del niño...




miércoles, 18 de noviembre de 2015

¿Todavía no te inscribiste, todavía no escribiste?





Muy pronto en Buenos Aires



Estado de excepción

Los arrestos domiciliarios preventivos de sospechosos serán más estrictos
 
por Gabriela Cañas para El País

El Gobierno de François Hollande ha aprobado esta mañana medidas más duras para acosar a los sospechosos de preparar un atentado terrorista. La llamada “asignación de residencia”, comparable a un arresto domiciliario preventivo, se podrá imponer de manera inmediata y a la persona afectada se le podrá mantener incomunicada. No podrá entrar en contacto directa o indirectamente “con personas sospechosas de preparar atentados”. El estado de excepción, como estaba previsto, será ampliado hasta el 14 de febrero. Francia vivirá, por tanto, la Navidad y el primer aniversario de las matanzas de Charlie Hebdo e Hiper Cacher en estado de máxima alerta.
El consejo de ministros de esta mañana, celebrado simultáneamente mientras se rodeaba a los presuntos terroristas en Saint-Denis, ha sido, probablemente, el más tenso del Gobierno de Hollande. Antes de terminar, el primer ministro Manuel Valls y el ministro del Interior Bernard Cazeneuve han abandonado el Elíseo para hacer el seguimiento de la operación de Saint-Denis, que el Gobierno ha dado oficialmente por acaba al filo de las 11.30. El portavoz, el ministro Stéphane Le Foll, la ha calificado de “operación determinante”. El resto del gabinete ha abandonado el palacio presidencial apresuradamente sin hacer declaraciones.
"Frente a estos actos de guerra, abominables, la respuesta de Francia debe ser despiadada, a la altura del ataque que el país ha sufrido", ha reafirmado el Gobierno de Hollande en El Elíseo. Tras la reunión, el presidente ha dicho en una reunión con alcaldes en la Puerta de Versalles, que hay que dar armas también a la policía municipal. Es una medida que en Francia solo han tomado los ayuntamientos regidos por el Frente Nacional.
El Gobierno analiza nuevas propuestas legislativas que permitan, por ejemplo, imponer brazaletes electrónicos a los sospechosos. Los cambios pueden estar en vigor en tres meses, según ha dicho Le Foll, es decir, justamente cuando el estado de excepción prolongado termine. Con esos futuros cambios se pretende agilizar, por ejemplo, la retirada de la nacionalidad a los sospechosos binacionales, aunque hayan nacido en Francia. Mientras tanto, se prolonga el estado de excepción con modificaciones a la ley de 1955 que estipula sus modalidades. Su tramitación parlamentaria va a ser extremadamente rápida. Quizá pueda entrar en vigor la próxima semana. Tales cambios otorgan mayor capacidad de acción a la policía para la realización de registros. Por ejemplo, les permite también requisar todo tipo de dispositivos en los que puedan estar depositados datos.
La modificación inmediata de esta ley permitirá también “disolver las asociaciones o agrupaciones de hecho que participen, faciliten o inciten a la comisión de actos que supongan un atentado grave al orden público y que tengan en su seno personas con asignación de residencia”. Es una medida pensada para poder intervenir de manera rápida en las mezquitas salafistas y expulsar a los imanes "que prediquen el odio". Se amplía el estado de excepción a los territorios de ultramar: Guadalupe, Guyana, Martinica, Reunión, Mayotte, Saint-Barthélemy y Saint-Martin.


domingo, 15 de noviembre de 2015

Dicho en portuñol....




¡Não acredito...!

 

Vacantes limitadas




Últimos días de la víctima

MES PASOLINI/ NOVIEMBRE 1975-2015

En la mañana del 2 de noviembre de 1975, Día de Difuntos, una vecina de Ostia, cerca de Roma, encontró un muerto en la playa. Pier Paolo Pasolini había sido sometido a una serie de actos de violencia inusitada. El mismo día las autoridades policiales detuvieron al presunto culpable mientras manejaba el auto de la víctima, un Alfa Romeo. Pino Pelosi tenía diecisiete años y contaba con antecedentes en el robo de autos. Pasolini lo había conocido la noche anterior, Día de Todos los Santos, en un bar que solía frecuentar por las noches en sus búsquedas sexuales por la capital italiana.

Por Diego Bentivegna para Soy

El tiempo del muerto

El día anterior a su asesinato, Pasolini se había encontrado con el periodista Furio Colombo. Más que un reportaje, el encuentro con Colombo -un conocido miembro de la elite intelectual de la izquierda italiana- fue un choque. Y es que Pasolini, que había sido objeto de encono para el centro democristiano y, ni hablar, para la derecha fascistoide, se había transformado también, con su rechazo visceral del desarrollo ligado al consumo, con sus críticas en verso a algunas actitudes de los jóvenes del 68 y su posición contraria al aborto, en una figura indigerible para el progresismo italiano.
Eran los años 70. Por entonces, Barthes volvía a las lecturas de una tradición alternativa a la de la Ilustración. Foucault, acusado de oscurantismo y de criptofascismo por la más ramplona crítica iluminista de Habermas y allegados, manifestaría públicamente, cuando los 70 terminaban, su fascinación por la revolución islámica de Irán.
Como en los gestos de esos pensadores franceses, hay en Pasolini, sobre todo en el ultimísimo Pasolini, algo que es del orden de lo no integrado, de lo irreductible, de lo que no llega a encajar del todo con el presente. No se trata, por cierto, de un posicionamiento melancólico, como pensaban los intelectuales progresistas como Colombo y como aún puede apreciarse en algunas lectura que filósofos como Antonio Negri o Paolo Virno hacen del último Pasolini. No es la puesta en juego de una “pasión triste”, como diría Spinoza, un filósofo al que Pasolini, no casualmente, se acerca en sus últimos años. Es más bien algo del orden de una anacronía deliberada, como si Pasolini interviniera desde la poesía, desde el ensayo, desde el teatro o desde el cine como una suerte de testimonio, como un sobreviviente, en un momento en que Italia, como gran parte del mundo occidental, vivía su “miracolo”: un momento de expansión económica, de “bienestar” y, al mismo tiempo, de aumento creciente de las tensiones sociales y políticas.
En relación con la nueva realidad social del “desarrollo”, que veía como una tendencia nefasta e irreductible hacia la unificación y la destrucción de lo arcaico, Pasolini se pensó a sí mismo como una “fuerza del pasado”. Lo hizo en uno de los poemas incluidos en Poesía en forma de rosa, de 1964, el libro con el que se cerraba el ciclo de los grandes poemarios integrado por Las cenizas de Gramsci y por La religión de mi tiempo. Son versos que, como suele suceder a lo largo del corpus pasoliniano, exceden los confines de una obra delimitada. Se dispersan; migran hacia otros soportes, se configuran en otros formatos. Se encuentra, así, en La ricota, el mediometraje con el que Pasolini colabora en Ro Go Pa G un colectivo fílmico con Roberto Rossellini y con Jean-Luc Godard, donde puso esas mismas palabras en boca de Orson Welles. En un juego complejo de identificaciones y de desplazamientos, Welles encarna en La ricota el papel de un abrumador director de cine en trance de filmar una película sobre la pasión de Cristo plagado de referencias a la pintura del manierismo del siglo XVI, que Pasolini había estudiado con dedicación en sus años de estudiante en Bolonia.
Entre los papeles póstumos de Pasolini hay un escrito breve dedicado, precisamente, a la luz en Caravaggio. Como en el pintor del siglo XVII –que fue asesinado en circunstancias oscuras y cuyo cadáver apareció, como el del cineasta, en una playa del Tirreno–, Pasolini lleva hasta el límite las posibilidades de lo exhibible, las potencias de lo mostrable. Trabaja de manera deliberada con lo abyecto, con el rechazo, con lo que puede llevarse hasta el extremo. 

El lugar del muerto

Terminada la etapa de las fugas hacia las periferias de Europa (el Friuli, los suburbios de Roma) y del Tercer Mundo (India, Grecia, África, Brasil), el ultimísimo Pasolini estaba emprendiendo otro tipo de viajes, tal vez más extremos. En efecto, en los días previos a su muerte, Pasolini había dado forma definitiva a Saló, el filme basado en una lectura de Los ciento veinte días de la ciudad Sodoma del Marqués de Sade.
En 1975, además, pocos días después del hallazgo de su cadáver, la editorial Einaudi publica La Divina Mimesis. El título retoma el nombre del libro más importante del crítico alemán Erich Auerbach, a quien Pasolini admiraba incondicionalmente desde los años 50. En la lectura que propone Auerbach del canon literario de Occidente, Giotto forma parte de una tríada con San Francisco y con Dante. Era el nacimiento de una nueva literatura en plena diversidad de las ciudades, de las fraternidades franciscanas, de las fiestas florales y primaverales: una literatura creativa y celebratoria, abierta al registro de lo variado y lo múltiple.
Pasolini había publicado su primer libro en 1941, a los diecinueve años. Era un libro de poesía, se llamaba Poesías a Casarsa y estaba escrito, como un acto de desvío ante la cultura monoglósica del fascismo de entonces, en una variedad lingüística periférica y minoritaria: la friulana, la lengua de la madre. Esos versos, que cantaban la vida y la diferencia de los jóvenes campesinos friulanos, fueron reescritos por Pasolini en sus últimos años en un nuevo friulano, menos arcaico y delicado, deliberadamente impuro, para celebrar no ya ese cúmulo de erotismos y vitalidad del pasado, sino más bien para llorar su muerte.
La nueva juventud, el resultado de esa reescritura descarnada, está inmerso una visión sombría. Esas reescrituras son paralelas a su relectura de las Jornadas de Sade, que traslada a los últimos años del régimen fascista, el período final del gobierno de Mussolini títere del Reich de Hitler. En rigor, la película de Pasolini no habla tanto de aquel viejo fascismo histórico mussoliniano, con sus ritos de opereta, su vitalismo, su grandilocuencia dannunziana. El film es, más bien, un gesto que pide ser leído en función de la crítica al “nuevo fascismo”, un fascismo reticular (“capilar”, según la expresión de Pasolini), sostenido en la utopía del consumo y la falsa tolerancia, mucho más eficaz que el fascismo arqueológico.
Al mismo tiempo, en sus últimos días Pasolini estaba trabajando en un proyecto narrativo desmesurado, que va a ir cambiando de título a lo largo del proceso de redacción y que será publicado por la editorial Einaudi bajo el nombre de Petróleo solo en 1992, al cuidado del filólogo Aurelio Roncaglia.
Tal como la conocemos, Petróleo es una novela conflictiva, un únicum en el que se fagocitan materiales de toda clase. La crítica Carla Benedetti ha visto en ese texto la puesta en juego de una máquina de escritura que, en realidad, es la máquina de escritura del último Pasolini: la “forma-proyecto”, sostenida, como en un acto performático, por un cuerpo: por el autor en “carne y hueso”; como leemos en la carta a Moravia, con la que se cierra la novela.
Petróleo es, por cierto, una novela, pero es también un viaje, una alucinación, un poema sacro en prosa tensionado entre la Comedia dantesca, el doble de Dostoievski y el fondo de la noche celiniana. Es, tal vez, un relato sobre la iniciación, sobre lo sacro y sobre sus relaciones con la androginia, con la violencia y con la muerte. Y es, básicamente, el relato de una vida.
La vida de Petróleo no es ya una “vida violenta”, como la de los jóvenes de los suburbios romanos que habían sido el motor erótico y lingüístico de la narrativa híbrida pasoliniana de los años 50. Es la historia de un joven ingeniero de la clase media ilustrada, Carlo Valletti, un intelectual de izquierda con simpatías hacia el catolicismo progresista, que se desdobla, de manera imprevista, en una tarde más bien tediosa en un barrio acomodado pero ya algo decadente de la Roma de fines de los años 50, en un segundo Carlo. Si el “primero” es un sujeto cuyo cuerpo aparece en algún punto sublimado, el “segundo” Carlo es, básicamente, un sujeto pulsional, entregado a las peregrinaciones sexuales y, a su manera, angustiante y desgarrada, a la vida.
 

sábado, 14 de noviembre de 2015

La galaxia y la nube


por Daniel Link para Perfil



Ya es tarde para suspender el casamiento de mi hija, pero durante la ceremonia voy a hacer un escándalo. Acabamos de descubrir que su novio nunca vio ninguna de las películas de la saga La guerra de las galaxias. Me subleva que mi hija quiera hacer ingresar a la familia a un individuo tan ajeno a nuestra sensibilidad. Mi hijo está de acuerdo conmigo: vamos a arruinar la boda, salvo que el novio acepte someterse a una maratón que lo rescate de la absoluta ignominia.

El fin de semana pasado, un canal de cable programó la saga. Pero el novio prefirió entregarse a los excesos propios de las despedidas de soltero. Habrá que atarlo frente a la pantalla. Ya está todo planeado.

Volví a mirar la primera de las películas buenas. Me di cuenta (con la misma melancolía de siempre) de los fallos de la imaginación futurista: la princesa Leia viaja, cargada de planos de la Estrella de la Muerte, al cuartel de la resistencia. Descubierta, aloja esos documentos en un robot parecido a un secarropas centrífugo y lo manda al planeta donde, casualmente, vive su mellizo (que ella no sabe que tiene): ¿por qué no los mandó por mail y se ahorraba un par de disgustos? Nadie imaginó el mail. Lo que es peor, en esa sociedad imperial no hay ni siquiera sistemas de correo puerta a puerta. O a lo mejor los hay, pero no sirven para los propósitos del sabotaje y la resistencia al Estado. Sea.

Imagino la secuencia: la princesa Leia entra a su cuenta clandestina de Gmail, el programa le dice que los archivos adjuntos son muy pesados, los sube a la nube y adjunta un vínculo para que el destinatario los recupere a través de Google Drive. Mi marido, en cambio, sostiene tercamente que Leia manda los archivos por WeTransfer. No entiendo cómo mi futuro yerno se priva de participar de estas discusiones importantísimas.


viernes, 13 de noviembre de 2015

Ésta gente sí que sabía lo que hacía...



Dice Lupita...




Para mí el problema es que no se enteran ni de Foucault ni de Deleuze

 ¿Hemos interiorizado el fin de la historia?

Por Raúl Zibechi para La Jornada


El naufragio siempre es el momento más significativo, escribió Fernand Braudel en Historia y ciencias sociales (Escritos sobre la historia, FCE, 1991). En opinión del historiador, mucho más significativos aún que las estructuras profundas son sus puntos de ruptura, su brusco y lento deterioro bajo el efecto de presiones contradictorias.
En los debates de las izquierdas globales, parece haberse esfumado una tensión básica del pensamiento crítico, presente desde los primeros tiempos: la mirada larga en el tiempo, la negativa a jugar todo el movimiento en maniobras tácticas, tener siempre presente el legado a las generaciones futuras.
Durante más de un siglo el movimiento revolucionario en el mundo estuvo enfrentado en dos tendencias que, de forma un poco simplificada, se podían dividir entre revolucionarios y reformistas. Buena parte de la producción teórica de Marx y de Lenin estuvo dedicada a zanjar diferencias con aquellos que llevaban al movimiento hacia su adaptación en el sistema y rechazaban la necesidad de rupturas. Rosa Luxemburgo llegó a escribir, en Reforma o revolución, que la teoría del colapso capitalista es la médula del socialismo científico.
En su polémica con Eduard Bernstein argumentaba que sin el colapso del capitalismo no se puede expropiar a la clase capitalista. Toda la vida y la organización de los revolucionarios estaban dedicadas a prepararse para el momento del colapso, aunque no lo llegaran a vivir. Todo lo que hacían en los grises años de calma social consistía en esa preparación anímica y organizativa, espiritual y teórica. Esa larga preparación es lo que le permitió a hombres como el Che o Lenin estar a la altura de las situaciones cuando era necesario actuar de forma decidida.
En las últimas décadas estas tensiones se han perdido. Predomina ahora una mirada de corto plazo, demasiado ligada a la coyuntura y, en particular, a lo electoral. Las diferencias, incluso teóricas, entre reforma y revolución, parecen haberse esfumado. Rosa no rechazaba las reformas, pero decía que eran un medio, no un fin. Los argumentos que dan algunos intelectuales para defender el voto por un candidato progresista hablan por sí solos sobre este enorme retroceso. Hay, por cierto, políticas sociales positivas y necesarias. Pero ese no puede ser el eje de una argumentación que apueste por la transformación revolucionaria de la sociedad.
A mi modo de ver, hay dos razones de fondo que pueden contribuir a explicar el enorme retroceso de las izquierdas, del pensamiento crítico y de las consecuencias de haber desaprendido lo mismo el odio que la voluntad de sacrificio (Benjamin, en Tesis sobre la historia).
La primera es que la caída del socialismo real, la derrota de las revoluciones centroamericanas y de los grandes movimientos (obrero, feminista y de las minorías étnicas) ha provocado un doble y simultáneo fenómeno: crecimiento del pragmatismo y del posibilismo, y pérdida del horizonte del tiempo largo.
El pragmatismo desmadeja la ética del compromiso, a favor de la adaptación a lo que existe. No hay compromiso que contenga garantías de ventajas personales concretas. El compromiso con una causa siempre fue un salto al vacío, incierto, en el que cada quien pone el cuerpo sin esperar recompensas ni reconocimiento. Perseguir lo posible supone caer en el oportunismo y renunciar a cambiar las cosas; porque lo posible es, apenas, administrar lo existente.
La segunda se relaciona con los cambios en la cultura, tanto en la hegemónica como en la popular, e incluso en la contracultura. La necesidad de obtener resultados inmediatos, la falta de fibra para nadar contra la corriente, la dificultad para decir las cosas por su nombre por temor al rechazo y la soledad, forman parte del sentido común actual, incluso entre muchos que dicen ser de izquierda.
Un maravilloso relato de Pasolini sobre los melenudos, en Escritos corsarios, es una buena muestra de lo que pretendo explicar. La melena fue símbolo de rebeldía o de inconformismo en los años 60, pero terminó siendo adaptada por la moda, al punto que ya no es defendible porque ya no es libertad. Rechazaba con vigor, y desesperación, el afán de amoldarse al orden degradante de la horda, usando símbolos de rebeldías, absorbidos por la cultura del poder.
Por alguna razón, nada difícil de adivinar, volvemos a redescubrir a Pasolini. Como escribe Franco Berardi, Bifo, había entendido de antemano que el poder del cambio tecnológico estaba destinado a prevalecer sobre las culturas libertarias e igualitarias, abriendo un tiempo de barbarie (La mirada larga, en comune-info.net).
Estamos inmersos en una cultura en la que desaparecieron las distinciones de clase, en la que derecha e izquierda se han fundido físicamente, como apuntaba el italiano. Esa indistinción tiene su correlato en la política. Es posible que hayamos interiorizado el fin de la historia de modo involuntario e inconsciente. Si no hay diferencias culturales, tampoco habrá diferentes opciones políticas y todo se reduce a optar por lo menos malo o lo más atractivo, como en el supermercado.
Es la degradación de la política emancipatoria. El momento del naufragio. Pero hay más. Todavía debe recordarse que el mundo nuevo, el socialismo o como se llame, es fruto del trabajo, del esfuerzo cotidiano, no del reparto de lo que existe. Pero el trabajo tiene sus reglas que la cultura rentista no comprende, ni está dispuesta a aceptar.
En este recodo de la historia, cuando las derechas imperiales y financieras avanzan sin cesar, en el sur y en el norte, aprender del naufragio puede ser el mejor modo de recuperar los horizontes perdidos. El hundimiento del socialismo real no puede llevarnos al lodazal del posibilismo ni de la rendición a la cultura hegemónica. Si el riesgo es la soledad y la intemperie, habrá que afrontarlas. Lo único que no podemos hacer es dejarle a las generaciones futuras un legado de sumisión y pragmatismo sin ética.



¡Qué penoso el papel de VHM!



(Y esa cara de mala vizcacha a la que se le inundó el nido...)


jueves, 12 de noviembre de 2015

Tapa dura, tinta fresca





Cuenta regresiva....

Falta poco para el domingo:




miércoles, 11 de noviembre de 2015

¡Lindo fallido, papurri!

“Para cualquier fuerza política una derrota electoral es un trago amargo. Sabemos lo que viene con Macri. Vemos lo que pasa en otros países, en España, Francia, Italia, Grecia, Portugal, el nivel de exigencia hacia las políticas de ajuste. Van de nuevo por eso en Argentina. Pero no les va a ser fácil. El kirchnerismo no va desaparecer, los dinosaurios no van a desaparecer, como cantaba Charly García”, concluyó Forster.

El señor Forster se equivoca al citar a Charly García. La canción dice precisamente que:

"Los que están en el aire pueden desaparecer en el aire
los que están en la calle pueden desaparecer en la calle.
Los amigos del barrio pueden desaparecer,
pero los dinosaurios van a desaparecer."


No sabía...

... que el Indio Solari se había convertido en mi abuelo.



Intimidación

y chantaje.



La vergüenza

Inés Correa: "En Buenos Aires, ya hay una tercera generación de hijos de la calle"

Esta semana, con #lacalle como tópico, entrevistamos a la autora de Generación calle, una asistente social con más de 40 años de oficio en villas y rincones marginales de la ciudad

martes, 10 de noviembre de 2015

Ladran Sancho

Del Caño habló del "escrache" en el Banco Nación y apuntó contra el kirchnerismo

El diputado explicó que compró dólares por un congreso que dará en San Pablo: "No usamos los viáticos de la Cámara, como todos".

Nicolás del Caño, diputado de Izquierda, fue "escrachado" dentro de una sucursal del Banco Nación en el microcentro mientras hacía los trámites para comprar dólares.
La imagen se viralizó en redes sociales, con todo tipo de chistes, por la posición de su espacio, que reclama votar en blanco y poder fiscalizar durante el balotaje del 22 de noviembre.
En diálogo con Perfil.com, el excandidato a presidente por el Frente de Izquierda señaló que la compra de dólares la hizo para "solventar gastos" a partir del 27 de noviembre. Ese día tiene previsto viajar a San Pablo, Brasil, para participar de una conferencia con organizaciones sociales en el sindicato de Metroviarios.

"Fui como cualquier persona y compré dinero para poder manejarme los días que estaré allá", explicó el legislador, y negó que haya evitado la fila para hacer la transacción.

“Veo algo detrás de nuestra posición en el voto en blanco. El hecho de que se inicie una campaña alrededor de esto demuestra lo incómodo que están en sectores del kirchnerismo por nuestra decisión", argumentó el diputado por el Partido de los Trabajadores Socialistas.
Por último, denunció que, a diferencia de otros partidos políticos, "nosotros no usamos los viáticos de la Cámara de Diputados como hacen todos".


La voz a tí dé vida




Otro que se nos fue

Barragán: "Si Carrió es Procuradora, me compro un bote y me voy a remo a Carmelo"

El conductor de 678 apuntó contra la exprecandidata a presidenta por Cambiemos. 

Si la película es como la canción....



Tiene razón Rodrigo, la canción es horrible.


El viento viene de atrás





La pérdida del reino

Cataluña aprobó la resolución para separarse de España y crear su propio Estado

La propuesta pactada por los grupos secesionistas, Junts Pel Si y la CUP, tuvo 72 votos a favor y 63 en contra; Mariano Rajoy llamó a defender la unidad española.

lunes, 9 de noviembre de 2015

Alfil de la reina

El hijo de un integrante de 678 fue nombrado en Cultura para difundir el ajedrez

A Pablo Emiliano Mocca lo contrataron “con carácter de excepción” ya que “no cumple con el requisito de nivel educativo” para el cargo. 

Lo dije yo primero

Véanse: Votar o no votar (2009) y Kafka para todos y todas (2015)

Yo no voté
por Mirta Varela para Ñ



Después del sorpresivo resultado de las elecciones, Cristina Fernández se refirió a las virtudes de un sistema electoral que permitió levar dos veces a la presidencia a Yrigoyen, tres veces a Perón, una a Alfonsín y a Kirchner y dos veces a ella misma. Como respuesta a las demandas en favor del voto electrónico, Fernández no sólo reivindicó como un “inmenso acto político de responsabilidad ciudadana” meter la boleta en un sobre y éste en una urna. También deslizó una frase inquietante: “No sé si iré a votar cuando haya que apretar un botón”. ¿Goza la presidenta de un privilegio que nos es negado al resto de los ciudadanos? ¿Acaso no es obligatorio el voto en Argentina? Ante un balotaje donde una fuerza electoral realiza campaña por el voto en blanco con el muy razonable argumento de que no es posible diferenciar a dos candidatos menemistas separados al nacer, cabe preguntarse por qué no reclamar el voto no obligatorio.
La liviandad con que la Presidenta parece decidir si va o no va a ir a votar evidencia la desigualdad del sistema. Y explica, en buena medida, por qué el derecho a elegir se ha convertido en la obligación de optar entre el naranja, el amarillo o el blanco. En verdad, el voto ya es optativo para los jóvenes de 16 a 18 años y para los mayores de 70. Como lo es en la mayor parte de los países democráticos donde resultaría inadmisible confundir un derecho con una obligación. En un sistema que se proclama igualitario, la desigualdad basada en un principio etario no debiera resultar menos escandalosa que la racial, religiosa o de género. Si un joven de 16 años está maduro para ejercer su derecho al voto, resulta inaceptable que la amplia franja de ciudadanos entre los 18 y los 70 no estemos igualmente maduros para decidir si vamos a participar de la elección.
La dictadura nos legó un temor paralizante a discutir un sistema que resulta funcional a “la clase política”. Y de pronto, todo se reduce a la urgencia por decidir entre dos candidatos o dos modelos en los que supuestamente se juega el destino del país, pero no existe espacio para debatir las cuestiones que realmente acarrean consecuencias prácticas. Porque me pregunto qué grado de responsabilidad va a asumir Horacio González cuando Scioli sea Scioli, si llega a ser electo. Votar desgarrado se parece bastante a estar un poquito embarazado. Y quienes llaman a votar por Scioli o por Macri como mal menor van a encontrarse con un bebé no deseado entre los brazos por evitar el riesgo (delito o pecado según el cristal con que se mire) de abortar a tiempo. Así, todo se reduce a reactualizar el miedo que impide cuestionar a dirigentes que carecen de legitimidad. Por eso el 2001 es aludido como una crisis terminal y no –también- como un momento en el que se puso en cuestión todo un sistema.
El voto es indispensable para sostener los privilegios que le hacen creer a la Presidenta que si no le gusta, puede no participar. En países donde el sufragio no es obligatorio, la decisión de no votar puede adoptar sentidos muy diversos. Puede obedecer a mera indiferencia pero también utilizarse como recurso de los débiles. El movimiento #No les votes en España, por ejemplo, argumenta que “dado que los partidos del arco parlamentario han decidido ignorar los deseos e intereses de los ciudadanos, ignorémoslos nosotros a ellos en donde más les duele: el voto. Porque sin tu voto no son nada”, dicen. Pero en la Argentina, la obligatoriedad coloca esta alternativa fuera del sistema. Y la tan mentada vuelta de la política del kirchnerismo nos obliga a opciones del tipo: Scioli o Macri, voto en papel o voto electrónico, inseguridad o represión.
¿Es el voto en blanco la opción frente al mal menor? Lo es dentro de este sistema en el que no podemos decidir, sino apenas optar. O transgredir. Porque las elecciones primarias dejaron en claro que numerosos ciudadanos se abstuvieron de participar y, de hecho, hubo candidatos que explicaron públicamente que la gente no va a votar en las primarias porque no está acostumbrada a esa “novedad” y porque no sufre ninguna consecuencia. En verdad, a los políticos les costaría mucho encontrar argumentos para condenar algo que resulta normal en la mayor parte de los sistemas electorales y que, en menor medida, ya forma parte del sistema argentino. Porque ni los motivos históricos que llevaron a optar por el voto obligatorio (porque es bueno recordar que hasta decidirlo, era apenas una alternativa entre otras), ni los motivos apasionados de quienes dicen hablar en nombre de “los que lucharon por la democracia” (algo muy discutible ya que las organizaciones armadas no tenían como finalidad la democracia y las víctimas de la dictadura no lo fueron por defender el voto obligatorio) resultan suficientes para explicar por qué deberíamos estar forzados a optar entre dos fuerzas que ni siquiera se dignan a explicitar propuestas que igualmente sospechamos.
Ante la alternativa del naranja y el amarillo, el blanco se presenta como una salida a la opción forzosa por “el mal menor”. Los motivos son compartibles pero insuficientes.  Resulta indispensable denunciar la obligación de aceptar mediante el voto a políticos que se cambian de partido como de peinado, que no cumplen lo que prometen o no prometen para no cumplir, que hacen ostentación del fraude y del engaño, que gozan de la impunidad de las leyes y se enriquecen con nuestro dinero. Se enriquecen con ese dinero que retienen de nuestro salario, ése que en lugar de utilizar para evitar muertes por desnutrición o accidentes ferroviarios o el deterioro cotidiano de viajar como ganado o vivir en condiciones indignas sirve para enriquecer sus arcas o para realizar campañas con las que pretenden seducirnos.  Es nuestro dinero el que se utiliza para comprar votos, tal como se constató durante las elecciones en varias provincias. ¿Por qué deberíamos legitimarlos participando de la elección?
No votar puede obedecer a la indiferencia o el hartazgo pero también supone un riesgo, una toma de posición política en el sentido más fuerte del término. Una toma de posición razonada, argumentada y que obligue a los políticos a discutir lo que nos interesa, en lugar de distraernos con campañas costosas de slogans vacíos. Porque me interesa la política y no imagino el voto como un “Me gusta” en Facebook entiendo que es necesario impugnar esta falsa diyuntiva por completo. En 1997, algunas intelectuales argentinas publicaron relatos en primera persona bajo el título genérico de “Yo aborté”. La decisión de hacer pública una decisión privada estaba justificada por el hecho de que el aborto era un delito. Y continúa siendo un delito pese a los años transcurridos porque la Presidenta enuncia como un triunfo feminista que las mujeres podemos ser finalmente consideradas “inteligentes y lindas”. Enunciar públicamente “yo aborté” pone en la superficie el delgado límite entre lo legal y lo ilegal, entre lo aceptable y lo reprimible. Creo que ha llegado el momento de decir “Yo no voté”.