

El cuento, como forma breve, permite desarrollar historias intrínsecamente poco complejas, o que nuestra pereza o nuestra falta de deseo no nos aconseja explorar demasiado. La novela se parece mucho a la vida (fluye en todas las direcciones), el cuento más bien a la memoria (destellos aislados).
¿Se descubrió cuentista o fue una búsqueda de género previa?, ¿Cuáles cree que sean las limitaciones y posibilidades formales que ofrece este tipo de narración breve?
Siempre me cuesta decidir los géneros de lo que estoy escribiendo: ¿ensayo o ficción? ¿novela o cuento? ¿poesía o teatro? Trato de abandonarme a lo que me reclama el material que tengo entre manos, sin premeditación. "El amor fraterno" quedó como resto de mi primera novela, Los años noventa. Algunos relatos de La mafia rusa tal vez vuelvan como capítulos de la Novela familiar de la que se desprendieron (o no, ahora me es difícil saberlo). No creo que haya limitaciones en el género cuento. En cuanto a las posibilidades, son infinitas: incluida la capacidad, nada desdeñable, de las formas breves para inscribirse con mayor comodidad que la novela en relación con una pedagogía de la literatura.
¿Cuál es para usted el lugar del cuento en la literatura argentina actual?
Se publican pocos cuentos, y la mayoría de ellos para antologías temáticas realizadas por encargo de las editoriales. Es una pena, claro. Existe la idea (para mí, equivocada) de que la gran forma novelesca es superior a la pequeña forma cuentística. La unidad literaria, me parece, sigue siendo la página.
¿De qué forma cree que su experiencia como ensayista haya pesado en la elaboración de relatos como “La vida futura”, “La edad de los imperios” y “Marlowe”?, ¿siente que lo ha condicionado, o le permitió abrirse a la experimentación?
No es la escritura ensayística lo que encadena y esclaviza a la ficción, sino el saber. Cuando escribo ficción (pero también cuando escribo ensayos) parto de una situación de no saber, que trato de sostener lo más posible mientras escribo. Se trate de mi propio pasado o mi memoria ("La edad de los imperios"), una vida literaria ("Marlowe") o la vida urbana actual ("La mafia rusa") trato de poner en negro sobre blanco que, como se dice en "Accidente cerebrovascular", "no sé lo que escribo". La literatura está del lado de ese no saber y ésa es su mayor fuerza.
Al escribir los cuentos que constituyen el libro, ¿tuvo presente algunos cultores del género?
No claramente, ni de manera deliberada. Uno siempre está escribiendo un mismo y solo libro, del cual va proponiendo entregas parciales. Proust es el modelo, claro: la duración de la vida coincide con la duración del libro. Y Truman Capote, que quiso reescribir En busca del tiempo perdido y, mientras fracasaba en el intento, fue entregando libros de relatos estremecedores y admirables.
Últimamente varios escritores nacionales han publicado novelas donde se mezclan la ficción en primera persona y la autobiografía. ¿Qué importancia ocupa lo autobiográfico en cuentos como “La vida futura”, “Yo fui pobre” y “Yo fui un niño de 8 años”?
Mucha. Tanto en La mafia rusa como en mi novela anterior, Montserrat, me interesó explorar ese umbral imperceptible donde lo real se confunde con lo imaginario y esa confusión se expresa muy espectacularmente en todas las formas de literatura del "yo". Escribir "yo" no es garantizar ninguna verdad sino todo lo contrario: asegurar la alucinación, la fractura de lo real a través de la cual se cuelan todos los terrores: ¿yo soy eso? ¿"yo" es eso? Por eso el libro está organizado sinuosamente en un hiato temporal, entre el pasado (la infancia) y el presente.
¿Reconoce alguna influencia de Fogwill, Aira y Puig en La mafia rusa, autores que usted se ha encargado de analizar en varios de sus ensayos críticos?
Son autores que admiro y quiero mucho. No sé si entre sus textos y los míos hay un aire de familia (son los lectores quienes mejor pueden percibir eso), pero lo que sí es seguro es que participamos de una misma convicción: la escritura (estar escribiendo) como un momento de felicidad. No me gustan los imaginarios tortuosos en los que escribir es un calvario (amo a Kafka, claro, pero no me conmueve esa forma de concebir la escritura).
Ricardo Piglia ha dicho en una oportunidad, que detrás de cada escritura hay una teoría de la escritura. ¿Se adhiere a esa idea?, y si es así, ¿de qué modo usted ha intentado trasladar este principio a su obra de ficción?
Sí: escribir es proponer una teoría sobre el mundo y también sobre la literatura, sobre lo que significa escribir. Pero eso sucede, también, a espaldas de la propia conciencia. Uno cree estar sosteniendo tales o cuales hipótesis y por eso es una dicha cuando los buenos lectores vienen a señalarnos cosas en las que no habíamos pensado.
En su cuento “Migrar es morir un poco”, se lee “El migrante extraña no tanto su lengua, sino los rituales que acostumbra a considerar “la vida”, una cultura.” ¿Podría aclarar esa premisa?
Escribí ese relato desde una posición ficticia: ¿cómo hablaría de una ciudad que no es en la que crecí, si fuera un migrante? Inmediatamente me dí cuenta del desgarramiento que significa migrar... Perder esos pequeños rituales: formas de saludar, de relacionarse, de vivir juntos. La lengua forma parte de eso, pero no es lo más grave, lo que más melancolía desencadena. Una lengua extranjera se aprende; una cultura, no.
¿Cree, al igual que Néstor Perlongher, que la literatura es un viaje hacia algo?
Tal vez... Céline escribió Viaje hacia el fin de la noche... En todo caso, es un viaje hacia lo desconocido: lo que no sé de mí, lo que nunca podría saber si no me pusiera en trance de transformación (y escribir es ese trance).
¿Por qué escribió “12 de octubre de 1976”?
Como homenaje a los desaparecidos, en general, y a mi primo Fernando Risso, en particular (que se cuenta entre esa nómina macabra). Porque quería señalar lo que significa una vida dañada (la mía, la de mi generación) y mi dificultad en relación con los géneros testimoniales: ¿con qué dignidad sostener un discurso? En todo caso, aún cuando no tenga manera de responder a esa pregunta, me parecía necesario señalar que esa herida o cicatriz también me constituye.
¿Reescribió mucho estos cuentos? ¿Tiene algún método de escritura en particular? ¿Cuál de ellos lo considera el más audaz y desafiante desde el punto de vista narrativo?, ¿por qué?
Escribo sin método, salvajemente, todo el tiempo (en la medida de lo posible). Nunca sé bien qué estoy escribiendo, en qué libro se integrará el texto que tengo entre manos. En general, paso en limpio, corrijo, trastorno lo que podía pensarse que iba en una dirección. Muchas veces siento que estoy jugando a ciegas un juego cuyas reglas se me escapan.
"Marlowe" o "Accidente cerebrovascular", siendo tan diferentes, me parecen, sin embargo, piezas de un mismo rompecabezas... No sé. Tengo una relación intensa con ciertas páginas más que con otras. ¡Soy un enamorado de la página y del fragmento!
¿Se siente un escritor heredero del pop?
Más que un heredero, me siento formado, maleado, eyectado por la imaginación pop. No me refiero, claro, a la cultura pop (aunque tiene su costado chatarra que nunca dejará de entusiasmarme), sino a la imaginación pop, donde caben tanto Kafka, como Duchamp, Warhol, Puig o Aira.
La salida de este esperado libro, su primero de cuentos, coincide por estos días con la canonización de la obra de Osvaldo Lamborghini en la tradición de las letras locales. ¿Qué opinión le merece el autor de El Fiord, y el hecho que se haya ido desplazando desde los márgenes hacia el centro de la literatura argentina?, ¿Se la puede considerar a ésta, como una maniobra del marketing editorial?
Se me ocurre que lo que sucede con Lamborghini tiene que ver sobre todo con la difusión de una obra que, desde el comienzo, todos sus lectores percibimos como un milagro inesperado. Lamborghini nunca fue un autor marginal, sino todo lo contrario. Es difícil saber en qué terminará todo esto, pero hay justicia en ese proceso de divulgación. No se puede escribir como Lamborghini, cuya obra supone un más allá duro, durísimo de roer. En todo caso, que la obra de Lamborghini deje de ser un secreto, no le quita potencia al misterio en el que se sostiene.
Llamo por teléfono a mi mamá, que se cayó “saltando un cantero” (¡a quién se le ocurre!) y todavía no sabe si se fisuró algún hueso (“me duele todo”). De paso, comentamos los sucesos últimos, que han puesto a General Rodríguez en la primera plana de todos los diarios y en los segmentos principales de todos los noticieros de televisión.
Le pregunto por el prófugo Manuel Poggi, porque la carnicería, verdulería y almacén de campo donde solemos aprovisionarnos fue siempre conocida como “lo de Poggi” y alguna vez estuvo al frente de dos hermanos que, efectivamente, tenían ese apellido. Esos dueños originales ya murieron, pero sus parientes siguen con el negocio y alguno de ellos podría haberse dedicado a la política municipal.
Las averigüaciones ya fueron realizadas y nadie acredita parentesco con el ex Director de Desarrollo Industrial de General Rodríguez (cargo un poco excesivo para un pueblo monopolizado hasta tal punto por la industria láctea que no hay posibilidad de instalar en sus alrededores otra fuente de trabajo, por no sé qué miedo de la familia que controla los destinos del municipio a perder sus privilegios). “No tiene nada que ver”, me dice terminante mi mamá. “Este Poggi”, refiriéndose al prófugo, “es de Morón”. Lo dice como si se tratara de un vástago descarriado de los Hohenzollern de Nürnberg y no de los de Suabia (que serían los “auténticos”, los dueños del castillo conocido alguna vez como Zollern, es decir: los hermanos Poggi que eran nuestros vecinos).
Me cuenta, también, que cuando vio por la televisión el galpón donde Poggi atesoraba los bidones ahítos de la efedrina relacionada con el triple crimen que sucedió muy cerca de nuestra casita de campo, “Mea requiem”, un escalofrío le recorrió la espalda. Ella había estado en ese galpón más de una vez (siempre por error), porque la gomería donde hace atender los asuntos de su auto queda exactamente al lado y, a veces, se equivocaba de portón. De hecho, me sugirió que prestara atención al “gordito” que aparecía como testigo en los flashes de noticias: “ése es Tasca, el de la gomería. Me dijo que me iba a conseguir aceite barato”.
La conmino a que vaya a preguntarle a su amigo lo que sabe, pero se niega. Antes de complicarse en historias de mafiosos (“como vos”, agrega), tendría que ir a hacerse una radiografía. A regañadientes, la dejo en paz, no sin antes hacerle notar lo imbricadas que están nuestras vidas (las de todos, las de cualquiera) con las maquinaciones de la economía informal hoy tan decisiva en la supervivencia del capitalismo.
Jorge Altamira 15 44 23 78 73
Marcelo Ramal: 15 56 90 19 43
Raúl Antelo
Crítica acéfala
Editora Grumo
Buenos Aires, 2008
274 págs.
Juan Pablo Dabove y Natalia Brizuela (Eds.)
Y todo el resto es literatura. Ensayos sobre Osvaldo Lamborghini
Interzona
Buenos Aires, 2008
288 págs.
En Maria con Marcel. Duchamp en los trópicos (2006), Raúl Antelo (Buenos Aires, 1950) marcó un hito en su trayectoria como crítico cultural. La relación personal entre la artista brasileña Maria Martins y el artista francés Marcel Duchamp le servía para explorar la modernidad (periférica) latinoamericana, su relación con la vanguardia, con un hilo conductor duchampiano que unía a Borges, Supervielle, Léger o Bataille. Es decir, las artes plásticas con la literatura y la filosofía; América con Europa. Con un estilo queridamente complejo, Antelo narraba y analizaba fenómenos que son los de la vida cotidiana y real, donde las disciplinas y las relaciones personales diversas se entrelazan en ámbitos privados y públicos, eróticos e institucionales.
Después de afirmarse que “el crítico ocupa un intersticio de ficción y teoría”, su nuevo libro –la compilación de artículos Crítica acéfala– se abre con una pregunta: “¿Qué quiere decir lo argentino-brasileño?”. Partiendo de la noción de modernidad como una secuencia de discontinuidades, los ensayos abordan fragmentos de un posible discurso de la argentino-brasileñidad. Este, obviamente, no se entiende sin el puente con Europa. Particularmente con Francia: Caillois (y su papel en la revista Sur de Victoria Ocampo), Bataille (y su lectura de América), o la posibilidad de pensar desde Lacan o Derrida algunos capítulos de la historia cultural latinoamericana. Pero en el libro, sobre todo, se explora lo que Antelo llama la “producción de prácticas culturales subalternas en el imaginario teórico de una contramodernidad”, con ejemplos que van de la traducción de Borges al portugués a la relación entre Francisco Ayala y el austriaco Otto Maria Carpeaux en Rio de Janeiro, pasando por Machado de Assis, Clarice Lispector, la comunidad de expatriados que regentó la gestora cultural Ocampo o los paralelismos posibles entre el Facundo de Sarmiento y Os sertões...
El método anteliano es deliberadamente confuso en su expresión, a veces casi derridiano. La sintaxis se sobresatura de referentes filosóficos y de conceptos, eludiendo la pedagogía. El motivo está expresado en la propia obra: “si adoptamos un punto de vista deliberadamente híbrido, paranoico-crítico, somos obligados a impugnar todo reduccionismo sociohistórico, cuyo objetivo es subrayar las condiciones efectivas de producción, en detrimento de sus efectos diferidos, usos y apropiaciones a que todo concepto está destinado”. Rehuyendo la filología clásica, que se cultivaba en la academia argentina cuando Antelo era alumno, el crítico ha forjado sus propias coordenadas hermenéuticas, desde su posición extra-territorial y bilingüe, como profesor de la Universidad de Santa Caterina, en Florianópolis.
No es casual, obviamente, que en la contraportada del libro encontremos sendos textos de Reinaldo Laddaga y de Gonzalo Aguilar; tampoco lo es que la presentación en Buenos Aires corriera a cargo de Daniel Link. Se trata de la generación de críticos que, paulatinamente, está ocupando la posición de prestigio de Noé Jitrik, Sylvia Molloy, Josefina Ludmer o Beatriz Sarlo. En ese sentido intergeneracional hay que entender la nómina de investigadores que ha participado en el volumen Y todo el resto es literatura, sobre Osvaldo Lamborghini: Graciela Montaldo, Julio Premat, el mencionado Laddaga, entre otros. Aunque los textos sean de calidad desigual, como ocurre siempre en estos casos, me parece que es interesante observar la concomitancia posible con el proyecto de Antelo. Su común voluntad de reconsiderar la literatura argentina desde perspectivas inéditas. Si Ricardo Piglia culminó en los setenta y ochenta la recuperación de Arlt como figura central del canon argentino, en oposición a Borges, y más tarde posicionó a Saer como el más importante de sus contemporáneos, César Aira ha lograd hacer lo propio con Lamborghini. Según parece, existe una voluntad por parte de cierta crítica de mediana edad de apoyar esa intervención; precisamente porque se trata de una obra poco explorada por la generación anterior. Tras ellas, autores más jóvenes apuestan por otros nombres, como Copi (Patricio Pron) o Antonio Di Benedetto (Jimena Néspolo). Siempre a caballo entre el arte y la geopolítica, los lectores profesionales argentinos continúan siendo el motor teórico más importante de nuestra lengua.