miércoles, 18 de marzo de 2020

Cuarentena (un diario).

Pensé que me había salvado de la maldición. 
El 29 de febrero habíamos comido ñoquis bisiestos y, como efecto rebote de ese rito, me confirmaron la traducción al francés de uno de mis libros, un proyecto de investigación de larga duración obtuvo un generoso financiamiento y apareció el primer volumen de las Obras completas de Rubén Darío en edición crítica, proyecto en el que veníamos trabajando hace seis años. Por otro lado, la agenda de viajes internacionales, una vez que aprendimos a domar el impuesto PAIS, se fue armando sin contratiempos. Sólo la austeridad forzosa podía enturbiar mis días, pero como ésta era (es) común y compartida, no me preocupaba demasiado.
Pero los hados, cuanto más funestos, tanto más traidores. 
Bien pronto a la amenaza local del dengue se le sumó la amenaza global del coronavirus. Uno a uno, los viajes internacionales empezaron a cancelarse, ya fuera porque quieren me habían invitado se veían obligados a postergar las reuniones planificadas, o porque si yo viajara debería recluirme durante dos semanas a mi regreso sin chances para retomar mi trabajo.
No me importó demasiado, porque tarde o temprano viajaría y tampoco me desesperaba por exponerme a un patógeno que nadie sabía si mi cuerpo resistiría.
Organicé el tradicional asado de fin de verano para homenajear a todas las personas que trabajan conmigo, y esa mañana me levanté temprano para armar la cancha de Badmington, me patiné en el pasto húmedo y me quebré el quinto metacarpiano de la mano izquierda.
Cuatro semanas de yeso y la imposibilidad de escribir (por lo menos a máquina). Como se conoce a esa herida como "fractura del boxeador”, empecé a contestar cuando me preguntan qué me pasó: “Me pelee al salir de la discoteca, que está tan de moda”.
Lo cierto es que recibí un golpe bisiesto, cuando menos lo esperaba, y ahora me dedico a dictarle a mi computadora hasta que alguna peste me noquee.
Nos informan los diarios que en las redes la confirmación del primer caso de coronavirus fue saludada como la llegada de un viajero ilustre: “Bienvenido a la Argentina”. Nuestro tradicional snobismo adopta un tinte milenarista: si habremos de sufrir las diez plagas, bienvenida la tercera, que se suma al sarampión y al dengue.  
Giorgio Agamben había reflexionado hace unas semanas sobre “las medidas de emergencia frenéticas, irracionales y completamente injustificadas para una supuesta epidemia debida al coronavirus” en Italia. Agamben atribuyó esas medidas a “una tendencia creciente a utilizar el estado de excepción como paradigma normal de gobierno”. La paranoia y el miedo le convienen a los deseos de limitar las libertades ciudadanas en nombre de una seguridad abstracta.
Jean-Luc Nancy le contestó a ese “vecchio amico”: no es verdad que el coronavirus sea menos mortal que una simple gripe (porque para ésta existen vacunas de probada eficacia). En cuanto a la excepción.... “hay una especie de excepción viral, biológica, informática, cultural, que nos pandemiza. Los gobiernos no son más que tristes ejecutores y desquitarse con ellos es más una estratagema de diversión que una reflexión política”, concluye. Y recuerda que cuando los médicos le dijeron que tenían que transplantarle el corazón, el único que le dijo que no lo hiciera fue el amigo Giorgio. De haberlo escuchado estaría muerto (la acusación es muy grave, pero tal vez inadecuada a lo que se está discutiendo).
Igino Domanin consideró anacrónicas las premisas de Agamben, muy atadas a un paradigma analítico del siglo XX: “se parte de la idea de que la epidemia, el evento viral y patógeno y todas sus consecuencias son precisamente una construcción, una maquinación política, un dispositivo que produce un cierto tipo de realidad basada en la necesidad de control médico y normalización”.
Más cerca de la posición de Nancy, Domanin cree que hoy por hoy lo humano se define precisamente por su “exposición a la catástrofe”.
Por su parte, Donatella Di Cesare recupera y defiende la hipótesis agambeniana, pero le da un giro materialista: “El coronavirus, este virus soberano ya está en el nombre, se burla de la soberanía excepcional, que grotescamente querría aprovecharse de él. Se escapa, reluce, pasa más allá, cruza las fronteras. Y se convierte en una metáfora de una crisis ingobernable, un colapso apocalíptico. Pero el capitalismo, sabemos, no es un desastre natural.”
Exposición a la catástrofe... crisis ingobernable... colapso apocalíptico... ¡Esas palabras!
Cómo no íbamos los argentinos a darle la bienvenida a lo que viene a recordarnos lo que constituye nuestro goce como sociedad perdida, como Pueblo que quiere escaparse del Estado que lo oprime y necesita de las diez plagas para que los mares se abran en dos.
*

Sabemos que nos impondrán la cuarentena obligatoria. Por el momento, estamos en estado de distanciamiento social. Nos recomiendan guardar distancias y salir poco. Pero hoy es nuestro aniversario de bodas (nueve años) y espero que Sebas vuelva de hacer unas fotos para invitarlo a almorzar afuera, por última vez.
Vamos a Caseros. Habíamos pensado en armar una fiesta virtual a través de zoom, pero luego fuimos víctimas de una campaña de descrédito (bien fundada teóricamente) contra ese programa y esa modalidad de comunicación y decidimos abstenernos.
Durante el almuerzo, decidimos los pasos a seguir: nos vamos a trasladar a la quinta, porque mi mamá es grupo de altísimo riesgo y no puede estar sola. Además, su terquedad la va a llevar a querer salir todos los días.
Cuando llegamos a la quinta, empezamos con la tarea de concientización. Hablamos con Rosi, la asistente de mi mamá, y le dijimos que, llegado el caso, no iba a poder seguir viniendo. "Bueno", fue su única respuesta.
Hicimos la lista de tareas para mañana. Comprar comida para los perros y los gatos y gatas. Traer ropa de casa y, sobre todo, los archivos que puedo llegar a necesitar en las próximas dos semanas y el disco de series y películas cargado con todo y cualquier cosa. Aquí Internet es una pesadilla y no se puede bajar nada (a veces: ni siquiera navegar).
No termino de adoptar una posición teórica y política ante la pandemia. Creo que Agamben tiene razón pero, al mismo tiempo, pienso que el aislamiento es inevitable. Me preocupa la escalada fascista en el discurso político local.
Todos saben que participo de los grupos de alto riesgo pero yo no termino de convencerme. Un mensaje que recibo me emociona más cualquier otro:


Te imploro que te y se cuiden. 
Sos grupo de riesgo y no estamos, ninguno de los que te queremos, 
en condiciones de soportar que te pase algo. 
Encerrate y nos vemos cuando haya vacunas.

Decido hacer caso.

(continúa)



domingo, 15 de marzo de 2020

La maldición del bisiesto

Por Daniel Link para Perfil


Pensé que me había salvado de la maldición. El 29 de febrero habíamos comido ñoquis bisiestos y, como efecto rebote de ese rito, me confirmaron la traducción al francés de uno de mis libros, un proyecto de investigación de larga duración obtuvo un generoso financiamiento y apareció el primer volumen de las Obras completas de Rubén Darío en edición crítica, proyecto en el que veníamos trabajando hace seis años. Por otro lado, la agenda de viajes internacionales, una vez que aprendimos a domar el impuesto PAIS, se fue armando sin contratiempos. Sólo la austeridad forzosa podía enturbiar mis días, pero como ésta era (es) común y compartida, no me preocupaba demasiado.

Pero los hados, cuanto más funestos, tanto más traidores. Bien pronto a la amenaza local del dengue se le sumó la amenaza global del coronavirus. Uno a uno, los viajes internacionales empezaron a cancelarse, ya fuera porque quieren me habían invitado se veían obligados a postergar las reuniones planificadas, o porque si yo viajara debería recluirme durante dos semanas a mi regreso sin chances para retomar mi trabajo.

No me importó demasiado, porque tarde o temprano viajaría y tampoco me desesperaba por exponerme a un patógeno que nadie sabía si mi cuerpo resistiría.

Organicé el tradicional asado de fin de verano para homenajear a todas las personas que trabajan conmigo, y esa mañana me levanté temprano para armar la cancha de Badmington, me patiné en el pasto húmedo y me quebré el quinto metacarpiano de la mano izquierda.

Cuatro semanas de yeso y la imposibilidad de escribir (por lo menos a máquina). Como se conoce a esa herida como "fractura del boxeador”, empecé a contestar cuando me preguntan qué me pasó: “Me pelee al salir de la discoteca, que está tan de moda”.

Lo cierto es que recibí un golpe bisiesto, cuando menos lo esperaba, y ahora me dedico a dictarle a mi computadora hasta que alguna peste me noquee.


martes, 10 de marzo de 2020

Diario de la peste

"Diario virale. I giorni del coronavirus a Bulåggna (22-25 febbraio 2020)"

por Wu Ming para Giap

Le mascherine erano pantomima, non prevenzione. La maggior parte della gente lo aveva capito, oppure prevaleva il timore del ridicolo: era pur sempre una città che amava stare in ghingheri. Fatto sta che le mascherine si vedevano quasi solo sui giornali e sui siti dei giornali.

(...)


sábado, 7 de marzo de 2020

El ángel exterminador

Por Daniel Link para Perfil


Nos informan los diarios que en las redes la confirmación del primer caso de coronavirus fue saludada como la llegada de un viajero ilustre: “Bienvenido a la Argentina”. Nuestro tradicional snobismo adopta un tinte milenarista: si habremos de sufrir las diez plagas, bienvenida la tercera, que se suma al sarampión y al dengue. 
Giorgio Agamben había reflexionado hace unas semanas sobre “las medidas de emergencia frenéticas, irracionales y completamente injustificadas para una supuesta epidemia debida al coronavirus” en Italia. Agamben atribuyó esas medidas a “una tendencia creciente a utilizar el estado de excepción como paradigma normal de gobierno”. La paranoia y el miedo le convienen a los deseos de limitar las libertades ciudadanas en nombre de una seguridad abstracta.
Jean-Luc Nancy le contestó a ese “vecchio amico”: no es verdad que el coronavirus sea menos mortal que una simple gripe (porque para ésta existen vacunas de probada eficacia). En cuanto a la excepción.... “hay una especie de excepción viral, biológica, informática, cultural, que nos pandemiza. Los gobiernos no son más que tristes ejecutores y desquitarse con ellos es más una estratagema de diversión que una reflexión política”, concluye. Y recuerda que cuando los médicos le dijeron que tenían que transplantarle el corazón, el único que le dijo que no lo hiciera fue el amigo Giorgio. De haberlo escuchado estaría muerto (la acusación es muy grave, pero tal vez inadecuada a lo que se está discutiendo).
Igino Domanin consideró anacrónicas las premisas de Agamben, muy atadas a un paradigma analítico del siglo XX: “se parte de la idea de que la epidemia, el evento viral y patógeno y todas sus consecuencias son precisamente una construcción, una maquinación política, un dispositivo que produce un cierto tipo de realidad basada en la necesidad de control médico y normalización”.
Más cerca de la posición de Nancy, Domanin cree que hoy por hoy lo humano se define precisamente por su “exposición a la catástrofe”.
Por su parte, Donatella Di Cesare recupera y defiende la hipótesis agambeniana, pero le da un giro materialista: “El coronavirus, este virus soberano ya está en el nombre, se burla de la soberanía excepcional, que grotescamente querría aprovecharse de él. Se escapa, reluce, pasa más allá, cruza las fronteras. Y se convierte en una metáfora de una crisis ingobernable, un colapso apocalíptico. Pero el capitalismo, sabemos, no es un desastre natural.”
Exposición a la catástrofe... crisis ingobernable... colapso apocalíptico... ¡Esas palabras!
Cómo no íbamos los argentinos a darle la bienvenida a lo que viene a recordarnos lo que constituye nuestro goce como sociedad perdida, como Pueblo que quiere escaparse del Estado que lo oprime y necesita de las diez plagas para que los mares se abran en dos.




domingo, 1 de marzo de 2020

Siglo XX: Grandes éxitos (III)

por Daniel Link para Perfil Cultura

Entre los muchos progresos que el siglo XXI ha realizado respecto de su precedente, no se cuenta el de haber podido construir clásicos literarios de la misma envergadura que los del siglo XX, por su potencia estética, su osadía de pensamiento o su radicalidad política. El Principito, ese gran libro de quienes leyeron un solo libro, sigue siendo uno de los grandes misterios del siglo XX. 

El pesimismo de entreguerras es una pandemia que arrastra casi todas las conciencias como un ángel malvado de la historia, con su espada flamígera y su llamamiento no a la destrucción sino a la pesadumbre. Hundidos sus pies en un pantano que parece ya tragársela, la modernidad se vuelve mito.
La obra más notable de ese arrebatamiento colectivo tal vez sea la de Saint Exupéry (1900-1944), cuyas producciones han sido relacionadas simultáneamente con el humanismo y el existencialismo. Habiendo perdido toda posibilidad de pensar el futuro de lo humano, Saint Exupéry lo relega en su obra más famosa, El principito (1943), a la infancia de la humanidad o, más bien, constituye lo humano como infans.
¿Quién no ha sido educado por ese texto sombrío y de una melancolía infinita, en el cual no se sabe bien si lo más memorable es la psicosis de su protagonista o la psicosis colectiva que hizo de esa incitación al suicidio una “lectura de infancia” y, todavía más, la lectura de infancia?
En un poema titulado precisamente “El principito”, Arturo Carrera ha llamado la atención sobre el carácter absoluto de El principito como lectura de infancia:

Y tu sonrisa y la de él al decirme
que sólo leyeron “eso” —y tienen 20 años—:
El Principito.

Qué orgullo. Qué dichosa vanidad.



El principito es el libro absoluto porque es el libro de quienes han leído uno solo libro. El libro que singulariza y fija los procesos de interpelación de la infancia para constituirla en mercado.
Hay textos que se sostienen solos como el aire en el aire. Es el caso de las parábolas de Kafka, porque en ellas nadie habla, nadie asume el fundamento último de la voz, que se deshace en un murmullo colectivo y atraviesa los estratos temporales, más allá del autor.
Con El principito no sucede lo mismo: expulsado de la literatura, llevado y traído como juguete para niños, hay que restituirle, para sacar al texto absoluto de la metafísica de la infancia en la que se juega su destino, la dimensión de una experiencia, su lugar en una fantasmagoría.
Antoine de Saint Exupéry nació el 29 de junio de 1900 como Conde Antoine Jean-Baptiste Marie Roger de Saint Exupéry en el seno de una familia de la aristocracia provinciana francesa, cuyos orígenes se remontan al siglo XV. El “momento Saint-Ex” es un momento proustiano: la desintegración de la aristocracia.
En 1926, Antoine publicó su primer cuento, “L'Aviateur” en la revista La Navir d'argent. Fue el encuentro con un tema literario y un fantasma que no lo abandonarían nunca. Comenzó a trabajar para Aéropostale entre Toulouse (Francia) y Dakar (Senegal).
El 12 de octubre de 1929, Saint Exupéry llegó a Buenos Aires junto con Jean Mermoz y Henri Guillaumet para fundar Aeroposta Argentina, la primera compañía de aviación del país, antecedente de Aerolíneas Argentinas.
Vuelo nocturno (1931) y Tierra de hombres (1939) dan cuenta de sus experiencias en vuelos de reconocimiento en la Patagonia y la cordillera de los Andes.
El leve sexismo del segundo título está en consonancia con la figura de la exploración y la nobleza del explorador. En el linaje aristocrático que Saint Exupéry reivindica, lo importante es ser el primero (princeps), sino por la vía de la sangre, al menos por la vía de la acción. El Conde de Saint Exupéry encuentra en la aviación el modo de resolver la paradoja de ser “noble” en un mundo que ya no acepta la nobleza.
En 1941 Saint-Ex viajó en misión diplomática a Nueva York para convencer a los norteamericanos de que participaran de la Segunda Guerra. Se quedaría allí dos años. La esposa de su editor norteamericano le propuso, para entretenerlo, que escribiera un cuento de navidad que retomara los dibujos que, desde hacía años, venía incluyendo en su correspondencia. Así,  Le Petit Prince comienza su extraordinaria carrera. En 1943 apareció la edición neoyorquina y en 1945 la edición de Gallimard. En el medio, el 31 de julio de 1944, el piloto tuvo un accidente fatal.
En El principito leemos el encuentro entre dos variedades de viaje (viajeros): el viaje ordinario y el viaje extraordinario. Ambas variedades se contaminan precisamente en el encuentro entre el noble aviador y el enfant inhumano (extraterrestre). Sería legítimo leer en esa situación de desperfecto (panne) y de desasosiego el canto de cisne de la imaginación humanista en el dueto cantado entre Sartre y Camus. Pero tal vez convenga postergar esta vía de lectura para detenerse en la extrañeza de uno de los libros más vendidos de todos los tiempos (sólo superado por la Biblia y El capital) y, además, uno de los más traducidos (seiscientas traducciones, incluida la de 2005 al toba).
Los libros más vendidos son aquéllos que ocupan un lugar central en tanto dispositivos de adoctrinamiento (en la escuela, en las familias, en las iglesias). Admitido esto, ¿sobre qué adoctrina El Principito?
Si el cuento de Saint Exupéry sigue siendo interesante es porque el encuentro de dos viajes de velocidades diferentes, el del aviador y el del niño (agrego: psicótico) coincide con el encuentro real (la situación) de dos fantasmagorías. La distancia entre las velocidades de los viajes en el texto replica la diferencia de velocidades entre el imaginario de infancia y el imaginario de la cultura sobre la infancia (porque sin la infancia como mercado la cultura no podría existir, etc.), el encuentro histórico entre el humanismo existencial y la cultura industrial (dos fuerzas o potencias diferentes).
La infancia como mercado es poco confiable: el niño es snob por naturaleza, pero sobre todo el niño marcha hacia su propia destrucción (es un moriturum). El Principito es notable también por eso: tematiza la autodestrucción de la infancia, la infancia como tragedia de la desaparición (el cuento termina con un suicidio infantil).
A la pregunta sobre cómo estabilizar a la infancia como mercado o como corral de crianza y de adoctrinamiento, hubo una respuesta histórica: por la vía de la pedagogía, por la vía de la familia, se leen/ compran a los hijos los libros de infancia que uno leyó (El principito, o Monteiro Lobato, o Emilio Salgari, o Heidi). Y así, los adultos replican en las nuevas generaciones su propio terror a la desaparición.
Con El principito sucede algo singular: para poder hacer pasar el libro de generación en generación hay que olvidar que es el relato de un niño suicida y postularlo como el relato de la niñez que nunca muere, que es exactamente lo contrario que el texto dice desde el principio.
En ese sentido, ¿qué quiere decir “Lo esencial es invisible a los ojos”? Lo esencial (la razón de la serie) nunca es visible, lo que es visible es el fenómeno, la aparición, lo contingente, lo aparente, lo finito. Ese más allá, lo esencial, lo infinito, nos viene dado de “otra parte” y no de los sentidos, que entregan sólo la certeza de lo reificado (los habitantes de los planetoides). Verdad existencial del cuento: como el viajero, como el niño, vivimos en soledad, pero atados a las cadenas de la determinación y lo único que existe en el horizonte es la desaparición (de la infancia).


Estado y Excepción (Partes de un debate)

Al texto de Giorgio Agamben que re-publiqué hace unos días, se sumaron otros de semejante densidad filosófica:

1. "Eccezione virale" por Jean-Luc Nancy para Antinomie. Scritture e immagini:

Giorgio Agamben, un vecchio amico, sostiene che il coronavirus differisce appena da una semplice influenza. Dimentica che per la «normale » influenza  disponiamo di un vaccino di provata efficacia. E anche questo va ogni anno riadattato alle mutazioni virali. Nonostante ciò la «normale» influenza uccide sempre diverse persone e il coronavirus per il quale non esiste alcun vaccino è capace di una mortalità evidentemente ben superiore. La differenza (secondo fonti dello stesso genere di quelle di Agamben) è di circa 1 a 30: non mi pare una differenza da poco.
Giorgio afferma che i governi si appropriano di ogni sorta di pretesto per instaurare continui stati di eccezione. Ma non nota che l’eccezione diviene, in realtà, la regola in un mondo in cui le interconnessioni tecniche di ogni specie (spostamenti, trasferimenti di ogni sorta, esposizioni o diffusioni di sostanze, ecc.) raggiungono un’intensità fin qui sconosciuta e che cresce di pari passo alla popolazione. Il moltiplicarsi di quest’ultima comporta anche nei paesi ricchi l’allungarsi della vita e l’aumento del numero di persone anziane e in generale di persone a rischio.
Non bisogna sbagliare il bersaglio: una civiltà intera è messa in questione, su questo non ci sono dubbi. Esiste una sorta di eccezione virale – biologica, informatica, culturale – che ci pandemizza. I governi non ne sono che dei tristi esecutori e prendersela con loro assomiglia più a una manovra diversiva che a una riflessione politica.
Ho ricordato che Giorgio è un vecchio amico. Mi spiace tirare in ballo un ricordo personale, ma non mi allontano, in fondo, da un registro di riflessione generale. Quasi trent’anni fa, i medici hanno giudicato che dovessi sottopormi a un trapianto di cuore. Giorgio fu una delle poche persone che mi consigliò di non ascoltarli. Se avessi seguito il suo consiglio probabilmente sarei morto ben presto. Ci si può sbagliare. Giorgio resta uno spirito di una finezza e una gentilezza che si possono definire – senza alcuna ironia – eccezionali.

2. "Pensare dentro l'emergenza" por Igino Domanin para Le parole e le cose:

Mi trovo a una piccola riunione tra amici, è sabato 22 febbraio, arrivano le prime notizie, ormai le conferme, sul Coronavirus. Ha fatto la sua apparizione improvvisa e contagiosa a Codogno, nel Lodigano, in realtà un centro vicinissimo a Milano. Non sono molto cosciente di cosa sta per succedere, ma uno dei convitati mi ha appena detto di essere passato al supermercato per una spesa fuori del normale. Provviste di scatolame, qualche pacco di pasta, non sia mai che scarseggino. Ammetto che questa situazione mi coglie impreparato, fino a quel momento la visione della città cinese, dove tutto è nato, appariva lontana e virtuale. Mi faceva venire in mente la miniserie su Chernobyl.
Gran parte delle nostre percezioni sono rivolte a costrutti, artefatti, manipolazioni, cose che non esistono come fatto naturale ed esterno alla nostra azione. Siamo parecchio abituati a pensare che la nostra condizione di fondo sia in realtà un prodotto, qualcosa che esiste, in fondo, solo per noi e che dipende da noi. Un forte anestetico che allenta la necessità di avere dolorose reazioni empatiche alle catastrofi quotidiane che appaiono nel nostro mondo mediatizzato. La Natura sembra non preoccupare molto, si muore sempre più tardi, molte malattie si curano e si prevengono. Anche se qualche giorno prima di quel famoso sabato, un assicuratore mi ha proposto una polizza per cure a lungo termine. In pratica, mi dice: lo sai che ti toccherà vivere a lungo e ti pare bello, ma la vita, quando invecchi peggiora, e può essere costosissimo viverla se diventi dipendente da qualcuno che si occupi di te. Ho visto gente distruggere il patrimonio, forse è meglio che ci pensi adesso a pararti con una bella polizza. Quando ti capiterà (ed è statistico), che ti becchi una invalidità, l’assicurazione ci pensa. Ah ecco, siamo dentro il crepuscolo della probabilità, inchiodati in un corpo destinato a una lentissima malattia, ma ostinatamente sopravvivente. Non è mica tanto vero, quindi, che non ci attende la natura, che possiamo vivere anestetizzati come una sorta di parodia della sostanza pensante cartesiana. Dobbiamo preoccuparci in modo opaco della nostra corporeità, impegnati in un lavorio assiduo, dipendente da circostanze accidentali e fortuite, ma potenzialmente incombenti.
Ed eccomi alla domanda che mi sono posto, rispetto a certa abitudine filosofica tardonovecentesca d’infilare tutta la realtà nella finzione, nella mediatizzazione, nel dispositivo e finanche nelle baggianate dello storytelling. Cosa succede, invece, quando arriva un pericolo esterno, un’aggressione della nostra natura umana, che non è in nostro potere e che sconvolge quella idea molto radicata per cui il tratto fondamentale della condizione umana parrebbe determinato da questa onnipotenza del volere, da una supposta artificializzazione assoluta, da una decisione a cui è appesa l’intera possibilità della realtà? In effetti, il disagio che provoca la situazione dell’epidemia di Coronavirus, in me e in molti altri, è la mancanza di risposte. Un’alterità insorta naturalmente, che si rapporta a me e che non dipende da me e che mi condiziona in modo radicale fino a minacciare sordamente la mia stessa esistenza. Un’alterità che non è costrutto, che esorbita dalla mia decisione, che è un Fuori, una Esteriorità senza ancora un linguaggio in grado di descriverla, ma posso solo nominarla: Covid 19.
Questa premessa per rispondere a un articolo di Giorgio Agamben che pretende d’inquadrare nel paradigma dello “stato d’eccezione” la dimensione sociale dell’epidemia di Coronavirus. Non mi convince affatto, perché cala dall’alto la certezza di un modello storico novecentesco senza metterlo alla prova. Si parte dall’idea che l’epidemia, l’evento virale e patogeno e tutte le sue conseguenze siano appunto un costrutto, una macchinazione politica, un “dispositivo” che produce un certo tipo di realtà fondata sulla necessità del controllo e della normalizzazione medica. Insomma tutta la pesante assiomatica che ruota intorno a questa surrettizia metafisica della decisione, non a caso dipendente da una teologia politica, che ignora la cogenza ontologica della natura e dei suoi eventi. Una natura, cioè, che è irriducibile all’uomo, al sapere, al linguaggio, ma che entra prepotentemente in relazione con noi fino a provocare il trauma: l’assenza di altra parola certa che non sia l’ostinazione del nome, dell’evocazione costante e ripetuta del “coronavirus”, una realtà ancora non spiegabile eppure esistente in modo drammatico e incombente.
Abbiamo scoperto di essere esposti costitutivamente al rischio, in modo massivo e imprevedibile. In realtà, a ben vedere, la nostra società è calata nell’azzardo e nella esposizione continua a rischi catastrofici, con i quali deve convivere, pena la regressione e l’annientamento. In altri termini, non abbiamo scelta in termini metafisici, siamo destinati storicamente a rapportarci con una esteriorità che c’invade e ed entra in contatto, che può contaminarci fino ad ucciderci, ma che possiamo però rendere ospitale e convivente. Non possiamo stare nei nostri confini senza un po’ di barbarie. Non esistono fondamenti metafisici ai quali riferirsi, non ci sono evidenze scientifiche, nemmeno principi etici inderogabili ed assiomatici. L’indecidibilità, il rischio, l’incertezza, la vulnerabilità ed altro ancora disegnano una nuova figura storica della condizione umana.
Jean-Luc Nancy ha giustamente insistito in una replica, piuttosto secca, ad Agamben che si tratta appunto di aprire un rapporto positivo con l’esteriorità, con ciò che resta esterno e non assimilabile, venire a patti con un’alterità che si sa minacciosa e inconoscibile, ma che appunto impone nuove forme di convivenza su cui scommettere. Negli anni Ottanta, prima la discussione sul Principio di Responsabilità formulato da Hans Jonas, poi la Società del rischio teorizzata da Ulrich Beck e le ricerche antropologiche di Mary Douglas su Purezza e Pericolo, misero in campo una nuova prospettiva. La condizione umana è immersa in rischi potenziali insondabili e opachi, non possiamo uscire dalla esposizione alla catastrofe. In fondo Gunther Anders si era spinto a pensare a una ormai definitiva immanentizzazione dell’escatologia. La catastrofe è il nostro presente attuale, la nostra quotidianità, il nostro rischio costante. Nessuno può ritenersi protetto da un’immunità già stabilita, tutti devono fare i conti con nuovi modi contingenti e flessibili di pensare la sicurezza. Tra gli eccessi euforici dell’ordoliberismo e dell’accelerazione capitalistica dei flussi transnazionali e la paranoia sovranista che promette una sicurezza basata sulla mera reazione, forse si dovrebbe mettere in pratica pazientemente una nuova etica della responsabilità, che a mio avviso resta importante ancora oggi e dentro l’attualità di questa emergenza.
Se l’epidemia del Coronavirus ci costringe a pensare dentro l’emergenza, dentro la contingenza spoglia e radicale dell’evento, allora possiamo riprendere confidenza con alcune virtù antiche, ma illuminanti. La prudenza, l’attesa, la pazienza sono l’antidoto morale a una visione paranoica e complottistica del male e della malattia, risorse morali cui attingere senza pretendere di uscire dall’incertezza.

3. "Anche per lo stato d’eccezione la paura è un boomeran" por Donatella Di Cesare para Il Manifesto:

Sarà un caso che il panico sia esploso soprattutto in quelle regioni governate dai leghisti, dove da tempo si istiga all’odio, si indica nell’immigrato il nemico pubblico, portatore di ogni morbo?
Sono in molti a chiederselo. E la domanda sembra trovare conferma nelle recenti uscite dei governatori di turno. Con un colpo di scena l’uno tira fuori una mascherina per coprirsi, «autoisolarsi», dichiararsi a rischio, per sé e per gli altri,
istillando così di nuovo paura – se non fosse che la mascherina nelle sue mani si muta in maschera e tutto assume contorni pagliacceschi.

L’altro rilancia le consuete discriminazioni – noi superiori, loro inferiori, noi sani, loro malati, noi puliti, loro sporchi – e questa volta arriva all’iperbole grottesca dei «topi vivi», quella famosa prelibatezza cinese che tutti conoscono.
Stride un po’ parlare qui di «stato d’eccezione», quel paradigma di governo attraverso cui leggere il mondo attuale, come ce l’ha insegnato magistralmente Giorgio Agamben, il quale lo ha rilanciato su queste pagine (il 26 febbraio scorso).

Al contrario di quel che qualcuno ha sostenuto, il paradigma resta nella sua validità. D’altronde è ormai prassi quotidiana: le procedure democratiche vengono sospese da disposizioni prese nel segno dell’emergenza. Un decreto di qua e un decreto di là: così cittadine e cittadini finiscono per accettare «misure» che dovrebbero garantirne la sicurezza, ma che in effetti ne limitano fortemente la libertà. I provvedimenti presi negli ultimi giorni da governo e regioni – in ordine sparso – sono emblematici. Si giunge fino a chiudere i luoghi della cultura, a vietare manifestazioni e riunioni. Sono «misure» che hanno – inutile dirlo – un sapore autoritario e un carattere inquietante.
Ma sembra che lo «stato d’eccezione» non basti per un mondo così complesso come quello globalizzato, dove la paura svolge ormai un ruolo politico decisivo. Paura per l’estraneo, xenofobia, quella che spinge a erigere barriere e muri, insieme, però, anche alla paura per tutto ciò che è fuori, exofobia, che induce a rinserrarsi nella propria nicchia, a immunizzarsi, proteggersi, guardando quel che accade attraverso lo schermo rassicurante.
La pulsione securitaria è fomentata. Così come fomentata è quella che alcuni scambiano per indifferenza, come se si trattasse di una questione etica, e che è piuttosto una tetania affettiva con tanto di ragion di Stato. È indubbio che si usi biecamente la paura per governare. Proprio per questo il sovranismo, soprattutto quello anti-immigrati, non è una riedizione del vecchio nazionalismo. È un fenomeno nuovo: fa leva sul timore dell’altro, l’allarme per ciò che viene da fuori, l’ansia della precarietà, la voglia di esserne immuni.
Ma questo è solo un aspetto. Perché il governante, che scherza con il fuoco della paura, finisce per restarne bruciato. Mentre crede di amministrare a puntino l’odio, di gestire debitamente la paura, tutto gli sfugge di mano. Questo è il punto: la governance, che vorrebbe governare all’insegna dello stato d’eccezione, a sua volta è governata da quel che si rivela ingovernabile. È questo rovesciamento continuo che colpisce, impressiona. Il modello qui è quello della tecnica: chi la impiega, viene impiegato, chi ne dispone, viene scalzato.

La democrazia immunitaria è perciò un’inedita forma di governance dove la politica, ridotta ad amministrazione, per un verso si rimette al dettato dell’economia planetaria, per l’altro si autosospende abdicando alla scienza – «facciamo parlare gli esperti!» – che s’immagina oggettiva, vera, risolutiva. Come se la scienza fosse neutra e neutrale, come se non fosse già da tempo strettamente connessa con la tecnica, altamente tecnicizzata.
Così lo Stato di sicurezza si rivela uno Stato medico-pastorale che garantisce l’immunizzazione al cittadino-paziente, pronto, dal canto suo, a seguire – tra diritto all’amuchina e divieto di ammucchiata – ogni regola igienico-sanitaria che lo protegga dal contagio, cioè dal contatto con l’altro. Non si sa dove finisce il diritto e dove comincia la sanità.
Il coronavirus, questo virus sovrano già nel nome, si fa beffe del sovranismo d’eccezione, che vorrebbe grottescamente profittarne. Sfugge, glissa, passa oltre, varca i confini. E diventa metafora di una crisi ingovernabile, di un crollo apocalittico. Ma il capitalismo, lo sappiamo, non è un disastro naturale.

(continuará)

 





sábado, 29 de febrero de 2020

La peste

Por Daniel Link para Perfil

Mi hija viajó por trabajo a Viña del Mar, donde tuvo que sufrir la guerra urbana que dominaba la ciudad, el hurto de los documentos de su marido y la aparición de los primeros contagios transcordilleranos del virus coronado. Ella tenía programados viajes a Málaga (marzo) y a California (mayo), pero ahora tal vez suspenda todo, porque las ciudades comienzan a bloquearse (hacia adentro y hacia afuera).
Uno de mis colaboradores (el más vicioso y frívolo de todos) se fue a festejar los carnavales a Río de Janeiro y ya le dije que no quiero verlo hasta dentro de un mes, cuando habrá brotado o no. Hay que evitar las aglomeraciones, el transporte público y el contacto con desconocidos (uno de sus hábitos favoritos).
El coronavirus ha desatado una loca carrera en los medios masivos para aterrorizar a las poblaciones, con el objetivo último de vender publicidad de toda calaña.
Obviamente, sigo las noticias porque pueden llegar a afectarme (los pobres, los viejos, los inmunodeprimidos son grupos de alto riesgo y yo tengo más de 60 años y 656,72 pesos de saldo en mi cuenta Sueldo). En mayo tengo que volar a Praga (por el momento ausente del mapa de contagios, pero mi congreso va a ser a 6 horas de auto de Innsbruck, donde ya hay gente aislada).
Hay que evitar, también, la histeria colectiva porque ésta sólo favorece a los especuladores de siempre. El 2 de febrero recibí un correo basura (pero que no era spam): “Para aquellos que quieran apostar a un Cedear. Empresa: GILEAD. INVERSION DE ALTO RIESGO. Rumor que esta empresa estaría cerca de un tratamiento para el Coronavirus. Buena Noticia hay CEDEAR 4:1. Valor actual por cedear: $1412.5”.
En algún momento estuve por comprar alguno de esos certificados, porque me gustan los juegos online y los que tienen como objetivo la conquista de un mundo me aburren un poco. Pero después me pareció cruel: para esta gente, la buena noticia no era el hipotético tratamiento sino la posibilidad de hacerse con algunos dólares.
Claro, en el fondo todos extrañamos la época dorada de los videojuegos, cuando convertíamos un peso en un dólar. Desde entonces, mi juego predilecto es la transformación de consumos de cualquier tipo en millas para volar (tengo cinco cuentas).
Claro que ahora el juego se ha vuelto mucho más abstracto que antes. Acabo de decirle a un amigo mexicano, en respuesta a su pregunta “¿Cómo están?”: Aquí, siguiendo el mapa de la muerte....


jueves, 27 de febrero de 2020

Estamos repartiendo...

Hoy empieza una década nueva, para mí. En realidad empezó en 2016, pero recién ahora se materializó.
Apareció el primer volumen de las Obras Completas (en edición crítica) de Rubén Darío, que integra el megaproyecto Década Dariana, en el que trabajamos con Rodrigo Caresani desde hace más de seis años.



Quisiera agradecer a mucha gente, pero ya tendré oportunidad. Hoy, sencillamente, cuento mi alegría y mi emoción. El resto de mi vida se juega en este proyecto.




La invención de una epidemia

por Giorgio Agamben para Quodlibet.it (vía Ficción de la razón)

Frente a las medidas de emergencia frenéticas, irracionales y completamente injustificadas para una supuesta epidemia debida al coronavirus, es necesario partir de las declaraciones de la CNR*, según las cuales no sólo “no hay ninguna epidemia de SARS-CoV2 en Italia”, sino que de todos modos “la infección, según los datos epidemiológicos disponibles hoy en día sobre decenas de miles de casos, provoca síntomas leves/moderados (una especie de gripe) en el 80-90% de los casos”. En el 10-15% de los casos, puede desarrollarse una neumonía, cuyo curso es, sin embargo, benigno en la mayoría de los casos. Se estima que sólo el 4% de los pacientes requieren hospitalización en cuidados intensivos”.
Si esta es la situación real, ¿por qué los medios de comunicación y las autoridades se esfuerzan por difundir un clima de pánico, provocando un verdadero estado de excepción, con graves limitaciones de los movimientos y una suspensión del funcionamiento normal de las condiciones de vida y de trabajo en regiones enteras?
Dos factores pueden ayudar a explicar este comportamiento desproporcionado. En primer lugar, hay una tendencia creciente a utilizar el estado de excepción como paradigma normal de gobierno. El decreto-ley aprobado inmediatamente por el gobierno “por razones de salud y seguridad pública” da lugar a una verdadera militarización “de los municipios y zonas en que se desconoce la fuente de transmisión de al menos una persona o en que hay un caso no atribuible a una persona de una zona ya infectada por el virus”. Una fórmula tan vaga e indeterminada permitirá extender rápidamente el estado de excepción en todas las regiones, ya que es casi imposible que otros casos no se produzcan en otras partes. Consideremos las graves restricciones a la libertad previstas en el decreto: a) prohibición de expulsión del municipio o zona en cuestión por parte de todos los individuos presentes en cualquier caso en el municipio o zona; b) prohibición de acceso al municipio o zona en cuestión; c) suspensión de eventos o iniciativas de cualquier tipo, actos y toda forma de reunión en un lugar público o privado, incluidos los de carácter cultural, recreativo, deportivo y religioso, aunque se celebren en lugares cerrados y abiertos al público; d) suspensión de los servicios de educación para niños y escuelas de todos los niveles y grados, así como de la asistencia a actividades escolares y de educación superior, excepto las actividades de educación a distancia; e) suspensión de los servicios de apertura al público de museos y otras instituciones y lugares culturales a que se refiere el artículo 101 del Código del Patrimonio Cultural y del Paisaje, según lo dispuesto en el Decreto Legislativo 22 de enero de 2004, n. 42, así como la eficacia de las disposiciones reglamentarias sobre el acceso libre e irrestricto a esas instituciones y lugares; f) suspensión de todos los viajes educativos, tanto en Italia como en el extranjero; g) suspensión de los procedimientos de quiebra y de las actividades de las oficinas públicas, sin perjuicio de la prestación de los servicios esenciales y de los servicios públicos; h) aplicación de la medida de cuarentena con vigilancia activa entre las personas que hayan estado en estrecho contacto con casos confirmados de enfermedades infecciosas generalizadas.
La desproporción frente a lo que según la CNR es una gripe normal, no muy diferente de las que se repiten cada año, es sorprendente. Parecería que, habiendo agotado el terrorismo como causa de las medidas excepcionales, la invención de una epidemia puede ofrecer el pretexto ideal para extenderlas más allá de todos los límites.
El otro factor, no menos inquietante, es el estado de miedo que evidentemente se ha extendido en los últimos años en las conciencias de los individuos y que se traduce en una necesidad real de estados de pánico colectivo, a los que la epidemia vuelve a ofrecer el pretexto ideal. Así, en un círculo vicioso perverso, la limitación de la libertad impuesta por los gobiernos es aceptada en nombre de un deseo de seguridad que ha sido inducido por los mismos gobiernos que ahora intervienen para satisfacerla.
26 de febrero de 2020
* CNR es la sigla de El Consiglio Nazionale delle Ricerche [Consejo Nacional de Investigación].

sábado, 22 de febrero de 2020

Peronismo invertido

por Daniel Link para Perfil


Entre las más raras aseveraciones escuchadas en los últimos tiempos se cuentan las del Sr. Barba, quien dictaminó que la Sra. Fernández es la política más brillante de toda la historia argentina.

Es, sin duda, la más carismática y ha demostrado una capacidad ciclópea para sobrevivir a la adversidad. Pero si se la mide según el rasero peronista, la cosa cambia bastante. Como se sabe, la octava de las “Veinte verdades” reza: “En la acción política, la escala de valores de todo peronista es la siguiente: primero la patria, después el Movimiento y luego los hombres”. Las mujeres quedaban circunscriptas primero al Partido Peronista Femenino fundado por Eva Duarte y después a la “Rama Femenina” (oprobiosa concesión de una cuota del 33% de acceso a cargos públicos para las mujeres).

La Sra. Fernández invirtió todas las reglas y valores. Puso, en primer término, a su propia persona, en segundo término al Movimiento (transformado ahora en un Frente variopinto) y, por último, a la Patria.

La “jugada maestra” de la Sra. Fernández, proponiéndose como vicepresidente de una fórmula lo fue sólo porque le permitió garantizar para ella y su familia una cierta tranquilidad jurídica. No está claro que el movimiento peronista, en primer término, o la patria, en última instancia, hayan ganado nada con esa movida de una astucia impar. Sobre todo porque fue contestada por otra jugada memorable, el presente griego macrista: “¿Quieren gobernar? Háganlo sin plata”.

Ninguna de las dos jugadas engrandece la política, sólo la historia particular de la mezquindad.




lunes, 17 de febrero de 2020

Gobierno y administración

por Beatriz Sarlo para Perfil

Alberto Fernández asumió el 10 de diciembre de 2019, hace poco más de dos meses y, según todas las noticias, se ocupó intensamente de las designaciones. Parece lógico, puesto que en ministerios y secretarías se reemplaza a los responsables de políticas llevadas a cabo por el frente macrista, que perdió las elecciones en gran parte por el fracaso de sus actos de gobierno.
La Argentina no se caracteriza por la continuidad, sino por hacer cambios bajo cada nuevo presidente, que reza, al mismo tiempo, la homilía de que esos cambios son indispensables, porque nos pondrán en el buen camino. Nuestras instituciones administrativas tienen, con agobiante frecuencia, una quebrada continuidad que recomienza cada cuatro u ocho años. No cambian solo los ministros y sus equipos, sino más abajo, en la estructura burocrática del Estado. Esta no es la regla en otros países, cuyas administraciones admiramos por la solidez y la experiencia. En general, no toquetean excesivamente los organismos que no sean instrumentos políticos propiamente dichos y definidos.
Pongo un ejemplo: la Library of Congress de Washington, la mayor biblioteca de Estados Unidos, fue fundada en 1800 y tuvo, desde entonces hasta hoy, 14 directores. Conocí a James Billington cuando lo nombraron, en 1987, y allí se quedó hasta su retiro, en 2015. Casi treinta años. Son cargos del más alto nivel de la administración cultural y técnica del Estado, no cargos políticos. Investigué sobre literatura argentina en la Biblioteca del Congreso, entre colecciones completas de revistas y primeras ediciones de libros rioplatenses. Los subsuelos son tan extensos que es posible desplazarse en carritos similares a los que se usan para transportar valijas en los aeropuertos. El acceso a los anaqueles es libre para quienes demuestren ser investigadores, así como es libre el acceso a los anaqueles en las bibliotecas de todas las universidades a quien posea la credencial de alumno. La Biblioteca Nacional de Francia tuvo 15 directores entre 1840 y 1993. Son muchos, pero no habría que olvidar que, en ese período, sucedió la Comuna, el cambio de régimen político, dos guerras mundiales y la ocupación alemana.
Sigan leyendo, por favor, en vez de insultarme por elitismo cosmopolita, ya que no estoy pasando datos de difícil acceso sino de lo que cualquiera puede enterarse en un folleto o la página web de esas instituciones. Cosa parecida sucede con los teatros nacionales, donde sus directores no duran un período presidencial, como hoy sucede en Argentina, donde Alejandro Tantanian, director del Teatro Nacional Cervantes, acaba de presentar su renuncia y nadie en el Ministerio de Cultura intentó disuadirlo. La Biblioteca Nacional cambió de director cada vez que hubo cambio de presidente. Cuando llega el nuevo ministro o secretario, la historia empieza de nuevo.
Repartija. En otros países, la administración cultural y técnica no está inexorablemente definida por la repartija de cargos; en consecuencia, no todos los funcionarios son reemplazados con cada cambio de gobierno. Por eso, hay administración y no ocupación temporaria del Estado. El problema argentino no es que el número de funcionarios sea elevado, ya que es levemente menor que en otros países de la OCDE, sino si esos funcionarios tienen los antecedentes que prueban su preparación para el cargo y, una vez allí, se les concedan plazos razonables para desarrollar un proyecto.
En la Argentina, los cargos de la administración se convierten en botín político porque hay que darles algo a los compañeros o correligionarios. Hoy, la cuestión es más grave porque, además, es preciso responder a los pedidos o las órdenes de la vicepresidenta Cristina Kirchner, que no piensa privar a ninguno de los suyos de un lugar bajo el sol. El doble comando ha instalado su ventanilla de nombramientos.
En la Argentina, los cargos de la administración se convierten en botín político porque hay que darles algo a los compañeros o correligionarios. Y aquí viene mi interrogante: ¿necesitamos más cargos porque la militancia partidaria está sostenida por la promesa de un lugar en la administración del Estado? ¿Los partidos existen porque, además de los cargos electivos, se juramentan a repartir la administración? ¿Hasta qué nivel de la administración el acceso a cargos es casi puramente político y no técnico?
Elites de todo pelaje. Los países europeos tienen extensas administraciones, pero sus reglas de acceso y permanencia son diferentes: los cargos de la administración no se vacían ni se llenan según los períodos presidenciales. Son administraciones y no botines de guerra. A esos cargos se accede según normas cuyo carácter estricto llega incluso a ser cuestionado, porque tienden a consolidar elites sociales y educativas. Lo que no sucede es que se renueven según el subterráneo oleaje de los compromisos electorales, ni que el nuevo presidente deba pagar deudas contraídas durante la campaña que lo llevó a la victoria. La burocracia conserva una relativa continuidad suprapartidaria.
Algunos países europeos crean elites administrativas (Oxford y Cambridge son el caso en Gran Bretaña; las grandes Ecoles, en Francia). La Argentina ha renunciado a esa selección académica y meritocrática porque, una vez más, justificamos nuestra débil calidad administrativa con el cantito de que no somos elitistas.
Las buenas causas. Declararse feminista, solidario con los de abajo, obsesionado por la pobreza, etc., etc., solo certifica una opción ideológica. Como la de alguien que se declarara católico o antiimperialista. No compensa la falta de preparación específica ni las sobreactuaciones. Los ministros Daniel Arroyo o Ginés González García han demostrado que la experiencia y el conocimiento son cualidades indispensables para que las convicciones ideológicas no armen un cepo al funcionario y al gobierno.
El caso contrario fue, en estos días, el de Elizabeth Gómez Alcorta, ministra de Mujeres, Género y Diversidad. Ella cree que puede seguir emitiendo sus opiniones como si estuviera en una organización social y no en el Estado. No diferenciar entre uno y otro espacio resulta de una ignorancia provocadora. Gómez Alcorta parece no saber que, en un sistema presidencialista, es el presidente quien marca la dirección fundamental y decide los debates. Apoyada por Cristina, agita el estandarte de Milagro Sala para convertirla en símbolo y prueba de que en Argentina hay presos políticos. Se ve que no le informaron sobre los años en que hubo presos verdaderamente políticos y desaparecidos de la misma especie.
Es probable que esto sea resultado de la democracia desordenada que todos conocemos. Sin que se le cayeran los anteojos, Gómez Alcorta contradijo al jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, que expresa las ideas de Alberto Fernández. Dijo Gómez Alcorta: “A veces hacemos eje en cuestiones semánticas e intentamos poner diferentes posiciones, pero cuando vos tenés a una persona a la que se le hace un proceso judicial con la única finalidad de detenerla por cuestiones políticas, eso es un preso político”. Fernández ha repetido que su gobierno no tiene presos políticos. Gómez Alcorta interpreta que “la finalidad de la detención de Milagro Sala es política”. Son opiniones. Pero es grave que sea el propio Presidente quien quede incluido en el juicio de la muy progresista ministra, que está haciendo sus primeras armas en el aparato del Estado, después de militar en organizaciones de la sociedad civil.
 En un reportaje de Página/12 afirmó que es la primera universitaria de su familia, como para disolver sospechas sobre el segundo apellido que ella misma elige usar. Si le pesa el apellido, podría llamarse tranquilamente Elizabeth Gómez y no despertar suspicacias, diría algún gracioso con prejuicios sociales. La tensión entre el monopolio de las elites (sean de universidades reconocidas mundialmente como de grandes escuelas de administración) y la ampliación democrática no se resuelve con la incorporación de ideólogos que pasan por alto las complejidades del gobierno y creen que sus creencias son las únicas verdaderas. Se equivocan, aunque defiendan buenas causas. Dejémosle la pedantería a Cristina, su dirigente táctica y estratégica.


sábado, 15 de febrero de 2020

En defensa de una vida

por Daniel Link para Perfil

Quienes se dicen “pro vida” son hipócritas o peones de las causas más siniestras. Por eso sus manifestaciones públicas son una mezcla de (comprensible) terror y de desprecio por el otro.
La hipocresía queda clara si se analizan los argumentos en defensa de “la vida” en abstracto (como si un espermatozoide, un embrión, un niño de diez años o un melón pasado fueran lo mismo).
Por supuesto, entrenados en la debatología, podríamos desarrollar ese argumento con el mismo rigor que le aplicaron los textos vetotestamentarios en su momento (por razones históricas en las que no tiene aquí sentido detenerse): el onanista merece la muerte porque impide la continuidad de la especie; la adúltera merece la muerte porque enturbia la distribución de la herencia.
Nada de eso nos interesa ya, como tampoco nos conviene una defensa de lo vivo que prive a la humanidad del derecho soberano a elegir en qué condiciones se puede elegir éticamente.
Estamos, en abstracto, contra el aborto, porque supone una confrontación violenta (en el sentido de no deseada ni buscada) no tanto con la muerte, como se pretende, sino con el sentido de la vida.
Ahora bien, eso no puede ser un obstáculo para la promulgación de una ley de salud pública que garantice que las personas que no estén en condiciones de decidir la continuidad de un embarazo sin peligro (para sus propias vidas y para la comunidad de la que forman parte) puedan interrumpirlo en condiciones sanitarias comunes y seguras.
Puestos a decidir en qué contextos la interrupción del embarazo y el cuerpo de la mujer pueden ser pensados puede presuponer un horizonte antisocial, de la pura negatividad, tal como se pretende, desde el mismo lugar “pro-vida”, de los sujetos designados como queer, porque desafían las así llamadas leyes naturales y esa otra abstracción ridícula: la ciencia.
En la interrupción del embarazo resuenan los problemas éticos de la responsabilidad y el consentimiento y, más en general, el de la vida y la muerte, pero especificadas: “qué vida” y “qué muerte”.
Si la vida puede legítimamente plantearse como un continuo, de ningún modo puede pensársela en abstracto, como si la mapaternidad hubiera sido lo mismo para los esclavos de la Grecia antigua, para los obreros de la Inglaterra del siglo XVIII o para los millenials a quienes nos gustaría restringirles el acceso a las redes sociales por un tiempo. Cada vez, la producción de lo viviente ha significado cosas diferentes.
Los peones de la ideología pro-vida, algunas veces sin saberlo, pero la mayoría de las veces con muy mala conciencia, atribuyen a las mujeres que militan en favor de la legalización de la interrupción del embarazo (lo que no significa aplaudir el aborto, ni mucho menos) una capacidad ilusoria para dañar a los niños y al futuro (de la nación y de la especie). Por eso los vientres gestantes son condenadas a un nuevo estado de excepción: hay que vigilarlos, para que no desbaraten los objetivos del capitalismo y para que sigan produciendo a toda costa esclavos y para que el cálculo optimizador de lo viviente que caracteriza a nuestros Estados no se desbarate.
Esa responsabilización de la mujer funciona como coartada del poder para atar el cuerpo de la mujer a una función reproductiva cuyo objetivo es la producción a gran escala de esclavitud maquínica, de vidas precarizadas (incluida, claro, la de la madre condenada a serlo).
El Niño fantasmático que invocan los ideólogos pro-vida y la Madre imaginaria complemento de esa figura de discurso delimitan el espacio de excepción en el que se juega no tanto el principio liberal de decidir algo sobre el propio cuerpo, sino el derecho soberano a elegir en qué condiciones uno es capaz de decidir sobre la propia vida calificada (esto quiere decir: una vida tal o cual, una vida imaginada en esta o en aquella dirección).
Una respuesta ética mucho más luminosa que la actual criminalización sería decir no al aborto (en el sentido de no desearlo, y de no considerarlo una opción) en un contexto legal que no prohiba su ejercicio ni criminalice a quienes deciden no poder decidir en algunas condiciones específicas la mapaternidad.

domingo, 9 de febrero de 2020

El pensador del mundo

Por Daniel Link para Perfil Cultura



En el campo de las humanidades (“palabra orgullosa y triste”), Georg Steiner, que acaba de morir a sus noventa años, ocupa un lugar que ya no existe o es imposible. Steiner fue, como Eric Auerbach, uno de los grandes lectores del siglo XX. Había nacido en París en 1929, en el seno de una familia judía de origen vienés. En 1940, su familia emigró a Nueva York, para huir del nazismo. Estudio en Chicago, en Harvard, en Oxford. Se especializó en literatura comparada, no porque quisiera jactarse de su erudición (abrumadora) sino porque entendía que era el ámbito adecuando de desarrollo de las experiencias de los “maestros-refugiados”, esos nómades como él (y como Auerbach y como Leo Spitzer) que necesitaron inventarse una patria porque ninguna de las existentes podía ser vivida como propia sin desgarraduras. Esa patria fue para ellos el mundo, esa extraña creación del espíritu. Lenguaje y silencio: ensayos sobre la literatura, el lenguaje y lo inhumano (1967), En el castillo de Barba Azul: aproximación a un nuevo concepto de cultura (1971) y Extraterritorial: Ensayos sobre literatura y la revolución lingüística (1972) son algunos de sus fundamentales aportes a la mejor comprensión del mundo y los trazos y los ritmos a través de los cuales su voz se deja apenas entrever.

Pero hay sobre todo una idea que Steiner nos regaló. Está desarrollada en

Después de Babel - Aspectos del lenguaje y la traducción (1975).

Estamos acostumbrados a pensar que, cuando los hombres quisieron construir una torre que llegara al cielo, Dios castigó esa arrogancia confundiendo para siempre sus lenguajes. Se cometió un error atroz, se produjo una liberación accidental del caos, semejante a la que desencadenó la caja de Pandora. Así, la situación lingüística del hombre, las barreras absurdas que le impiden comunicarse, son un castigo. Deseoso de escuchar, como Tántalo, la charla de los dioses, el hombre mortal se vio convertido en un bruto y perdió todo recuerdo de su palabra nativa y universal.

Para Steiner, por el contrario, la pródiga diversidad de los lenguajes naturales (unos veinte mil, históricamente considerados) ha sido la condición indispensable para que hombres y mujeres gocen de la libertad de percibir, de articular y de “reescribir” el mundo existencial en plural libertad.

El lenguaje único es concentracionario y Dios quiso librarnos de esa pesadilla a la que los nacionalismos pretenden devolvernos. El mundo es uno y es diverso y cada vez que una lengua desaparece, muere con ella un mundillo entero, una forma de vivir, una manera de hacer memoria.

Georg Steiner podría no haber dicho otra cosa, y esto ya sería un bien a agradecerle. Por fortuna dijo, escribió y pensó mucho más. Pensó el mundo como posibilidad.


sábado, 8 de febrero de 2020

Gobernantes historiadores

Por Daniel Link para Perfil


Empezamos a cansarnos de la gubernamentabilidad historicista, que justifica sus acciones en el pasado, llámese “tierra arrasada” o “herencia recibida”. Al Sr. Macri no le toleramos ni una sola vez que justificara en la década previa sus dislates. No creo que sea el momento de cambiar de criterio.

Es imposible historiar el presente sin haberlo abandonado previamente. Dentro de treinta años alguien se atreverá a trazar el cuadro de los procesos por los que atravesamos en este primer quinto de siglo y habrá querellas sobre cómo entender las palabras y los números que surjan de los archivos (antes polvorientos, hoy luminiscentes).

Lo que nos importa no es el pasado que fue (irremediablemente) sino el futuro: ¿cómo llegaremos al final de la década del 20, qué hipótesis podemos formular para el lugar en el mundo de nuestra descendencia? ¿Tiene Argentina algún destino diferente de la decadencia?

Parte de mi familia se ha abocado a la gestión de nacionalidades dobles, adecuadas para una huida intempestiva, lo que no parece ser un buen augurio. Sé de artistas (cuya decisión no apruebo) que ya han abrazado la bandera paraguaya.

Independientemente de las razones económicas, que pueden ser comprensibles (más o menos), lo que alimenta esa fantasía global de vivir en cualquier parte es la angustia ante la ausencia de un proyecto un poco más concreto que abstracciones como “justicia”, “solidaridad”, “derechos”, que son principios tan obvios que no alcanzan para marcar ningún rumbo de mediano plazo.

Ya sé que la delicadeza de la hora implica inventos para engañar a los acreedores, pero al margen de esas opacas negociaciones de las que participo sin algarabía a través de los portales de noticias, no me molestaría un poco de futuro, aunque no se trate de la “cornucopia de sentidos” con la que Beatriz Sarlo definió en su momento a la era alfonsinista. ¿Podemos discutir “una que sepamos todos”?


¿Por qué se mata?

Por Daniel Link para Perfil

Se produjo una rasgadura en el tejido de los días del verano y apareció un más allá del sentido: el Mal absoluto existía y se había materializado en Villa Gesell, en la figura de una Hidra de diez cabezas, monstruo acuático ctónico con forma de serpiente policéfala.
El resultado: una muerte completamente gratuita pero, sobre todo, un asesino colectivo que sale a desayunar después de haber matado, como si nada.
Todas las hipótesis se desplegaron: alcohol, droga, noche, la insensibilidad del poder, el desprecio de clase. Nada sonaba satisfactorio. Pola Oloixarac manifestó su fastidio en estas mismas páginas. Martín Kohan fue a revisar los textos fundamentales de la infamia argentina: “La fiesta del monstruo”, “El niño proletario”. Las feministas editorializaron: “¿Vieron? Nadie está a salvo”.
Esta semana, se descubrió el registro en video del ataque en uno de los dispositivos del Monstruo policéfalo (que otros llaman Horda, pero que es un Único: el Único fascista).
Surgió una nueva posibilidad, una nueva figura: el “homicidio por placer”. Ignoro todo sobre esa carátula, pero desde el punto de vista pulsional convendría pensar antes en el goce que en placer, porque cuando la satisfacción se liga con la muerte (propia o del otro), ahí, en esa sutura, lo que está pasando desafía la noción misma de la vida, del viviente, del animal y de lo político.
Si el exterminio del otro (matarlo a golpes, lo que fuere) es lo único que garantiza mi propia supervivencia, habría que preguntarse qué clase de vida es la vida que yo llevo, que llevamos, y cómo nos define esa compulsión, la misma que llevó a Leopold y Loeb, dos estudiantes ricos de Chicago, a secuestrar y asesinar (por puro placer intelectual) a Robert "Bobby" Franks en 1924. El asunto le interesó a Cortázar, le interesó a Hitchcock (La soga) y si vuelve a interesarnos es porque interroga nuestra noción de humanidad y de vida. 

 

martes, 4 de febrero de 2020

Nuestro Kafka



¿Por qué los libros del Siglo XX siguen siendo nuestros clásicos?

Entre los muchos progresos que el siglo XXI ha realizado respecto de su precedente, no se cuenta el de haber podido construir clásicos literarios de la misma envergadura que los del siglo XX, por su potencia estética, su osadía de pensamiento o su radicalidad política. El litigio sobre Kafka, que se resolvió recién en 2015, indica la imposibilidad de comprender su parábola “Ante la ley”.

Franz escribió el 29 de noviembre de 1922: “Querido Max, quizá esta vez no vuelva a levantarme, es muy probable una pulmonía después de un mes de fiebre pulmonar, y ni siquiera el hecho de que lo escriba la ahuyentará, aunque tiene algún poder.
“Para ese caso, mi último deseo en relación con todo lo que he escrito: De todo lo que he escrito son válidos únicamente los libros: La condena, El fogonero, La metamorfosis, En la colonia penitenciaria, El médico rural y el relato «Un artista del hambre». (Los pocos ejemplares de Contemplación pueden quedar, no quiero imponerle a nadie el trabajo de destruirlos, pero no ha de reimprimirse nada de ello).
“En cambio todo lo demás que yo he escrito (publicado en revistas, manuscritos o cartas), sin excepción, en la medida en que sea accesible o que se pueda conseguir pidiéndoselo a los destinatarios (tú conoces a la mayoría de los destinatarios, en lo sustancial se trata de la señora Felice M., la señora Julie Wohryzek y la señora Milena Pollak; sobre todo, no olvides un par de cuadernos que tiene la señora Pollak)— todo eso sin excepción y de preferencia sin ser leído (no te prohíbo a ti que lo veas, aunque preferiría que no lo hicieras, pero no deben verlos ninguna otra persona)— todo esto ha de ser quemado sin excepción alguna y te ruego que lo hagas lo más pronto posible”.
Lo que sigue es conocido: Franz Kafka murió el 3 de junio de 1924 después de haber apenas terminado su último, extraordinario relato “Josefina, la cantante (o el pueblo de los ratones)”. Brod publicó gran parte de su legado (las novelas, el Diario, algunos volúmenes de relatos, la correspondencia). A su muerte en Israel en 1968, legó todos sus papeles, incluidos los de Kafka, a su secretaria personal, Esther Hoffe, con la obligación de que los entregara a un archivo público, en Israel o el extranjero.
Esther tampoco cumplió con la voluntad póstuma y empezó a gestionar el legado provisional de documentos como una colección privada. Hoffe se dedicó a subastar manuscritos y documentos al mejor postor para conseguir millones de dólares.
Muchas de las decenas de miles de páginas que recibió en custodia acabaron en manos del Archivo de Literatura Alemana (Marbach). El resto de los documentos se ocultaron en 10 cajas de seguridad situadas en bancos de Tel Aviv y Zúrich, así como en las paredes de la casa de la secretaria.
A su muerte en 2007, Esther Hoffe legó los manuscritos y cartas a sus dos hijas. Fue entonces cuando la Biblioteca Nacional, amparada por el Gobierno de Israel, y las herederas hermanas Hoffe, apoyadas por el Archivo de Literatura Alemana iniciaron un complicado pleito que se cerró recién en 2015, en favor de la Biblioteca Nacional de Israel, que se quedó con el archivo.
Kafka era consciente de que la literatura era para él un paso de vida, una experiencia personal, y por eso decidió que no hubiera ni obra ni legado, es decir, patrimonio. En términos muy generales, lo que se lee en esa experiencia es un sentido de repugnancia a todas las formas de autoritarismo, desde las más familiares hasta las más estatales o económicas: la máquina edípica, la máquina burocrática, la máquina capitalista son no sólo los temas de sus parábolas y novelas, sino también el objeto de su crítica radical de inspiración libertaria (Kafka era naturista, vegetariano, simpatizante de los movimientos anarquistas, estudioso de la cultura idish). Rechazar la transformación de su experiencia en mercancía es parte de ese dispositivo.
Kafka es, por supuesto, un maestro de la forma breve. “Ante la ley”, uno de sus más célebres textos, que aparece reproducido en películas como Laberinto o Después de hora, es un texto extremadamente complejo (aún en su sobriedad, porque Kafka encuentra en la sobriedad el camino hacia su propio infinito). La parábola “Ante la ley” formaba parte de la novela inconclusa El proceso, que Kafka pretendía que fuera quemada, pero había sido publicada previamente como fragmento autónomo. Esa página le importaba más que todo el resto. Y le importó al Siglo XX, que hizo de Kafka uno de sus pilares fundamentales. Kafka le llega a Borges, pero también a Burroughs, a Foucault, a Copi.
La potencia nihilista de Kafka ha sido subrayada desde distintas posiciones políticas. Max Brod cuenta esta conversación sobre la maldad y la locura de Dios (es decir, de la Ley). “¿Pero cómo, entonces no hay esperanza en el mundo?”, preguntó Max. Y Kafka le contestó: “Sí, claro que hay esperanza, hay muchísima esperanza, hay infinita esperanza, pero no para nosotros”. Como no se puede esperar nada, conviene hacer explotar las fuerzas de la espera para encontrar una salida.
Volvamos al comienzo: dos Estados se disputaron durante medio siglo el archivo de Kafka. El Estado alemán alegó que Kafka escribió en el alemán más puro que pudiera imaginarse. Correspondía que sus manuscritos estuvieran en territorio alemán. El estado israelí argumentó que Kafka era judío, y que por lo tanto, su archivo tenía que estar en el Estado que representa al pueblo judío.
Los dos argumentos son falaces (Kafka escribió en un contexto multilingüístico; el Estado israelí no representa a todos los judíos y es, además, un Estado multicultural) pero sobre todo, tristes: obturan la discusión de la experiencia llamada Kafka que atraviesa el siglo XX (una fuerza que no implica el reconocimiento sino el desconocimiento, la suspensión de los mandatos y las categorías; la huella de una ausencia y la experiencia pura del olvido y de la desaparición) y en su lugar pone, como ha señalado Judith Butler, la pregunta mezquina “¿A quién le pertenece Kafka?”.