¿Será un libro? ¿Serán apuntes sueltos? En todo caso, agradezco a María Sonia Cristoff, quien en un aparte en la Propofest en la que acostumbramos a encontrarnos, escuchó atentamente algunos de estos episodios y consideró que debía ponerlos por escrito.
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Había dejado de enseñar y creía que esa decisión me serviría. Pero pronto me encontré repitiendo un chiste idiota en cada circunstancia pública en la que me encontraba frente a una audiencia: "Hace mucho que no doy clases, así que tengo síndrome de abstinencia. Prepárense porque no voy a dejar de hablar durante los próximos cuarenta minutos".
Pero todo cambió cuando me enfrente a los primeros días de la carrera de Letras que había creado. Llegar al campus y percibir el hormigueo de juventud, la esperanza, el anhelo, las ambiciones alrededor de mi me devolvió una excitación que creía ya abandonada. Allá se empezaban a formar grupos. Acá, los chicos estacionaban sus motos. Afuera, las chicas fumaban sus últimos cigarrillos antes de cruzar la calle.
En el parque, frente a la cantina, ya había gente estudiando o leyendo por placer. En el borde más alejado del campus, un compañero de trabajo se había instalado con su computadora, sobre una mesa tosca, para ultimar detalles de las listas de alumnado, de los requerimientos para las clases, etc.
Todo eso me pareció simpático pero no mucho más, hasta que entré al aula y recuperé la emoción de las primeras veces, de mis momentos más intensos y más felices frente a alumnos: el Ciclo Básico Común, en la década del ochenta, donde enfrentábamos dosis idénticas de curiosidad e insolencia.
Bien pronto me di cuenta de que quería volver a dar clases y elegí un curso bien difícil, para el cual empecé a estudiar. Tendré un año y medio para poder decir algo consistente. Literatura del Renacimiento y Barroco europeo.
(siguiente)
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