viernes, 30 de junio de 2017

El precio del fetiche


por Daniel Link para Soy

Año a año, diversos rituales de regeneración marcan el comienzo de la primavera en el hemisferio norte. Uno de ellos es la competencia para la elección de International Mister Leather, cada vez más agobiada por los fantasmas del capitalismo, que se celebra en Chicago. Soy volvió a participar por segunda vez del evento.





La multitud La temporada hot de Chicago funciona entre dos festividades: Memorial Day (lunes 29 de mayo, este año), el primer fin de semana largo que anticipa la primavera y Halloween, que inaugura el otoño y abre las puertas del infierno (es decir: del invierno).

El lobby del Congress Plaza Hotel en el centro de Chicago estaba, como era de esperarse, atestado de asistentes a la edición 2017 de la competencia International Mister Leather que, basada en criterios cada vez más oscuros, elige al rey anual del fetichismo del cuero. En los pasillos de la planta baja, en los salones del hotel, en el tercer piso, las multitudes deambulaban de aquí para allá, luciendo sus arneses, sus glúteos, sus pectorales peludos (oh sí, en esta edición la pelambre cotizaba alto), sus botas y sus progresivas borracheras. Durante cuatro días, las puertas de ciertas habitaciones estuvieron abiertas (y así lo anunciaban las páginas de contactos) a quien quisiera pasar para descargar su stress o su renovada potencia primaveral en el indiferente recipiente del huésped del hotel (por lo general, con los ojos vendados).

En los quioscos instalados en cada rincón disponible, la compraventa de artículos relacionados con el cultivo del estilo de vida “cuero” y más en general la festichola con cotillón, alcanzaba niveles delirantes (tanto por los precios como por la velocidad del intercambio). La habitación más concurrida (porque era la que más y mejor habilitaba al manoseo distraído) era donde se exhibían los dildos de última generación, de inverosímiles tamaños y textura tan “realística” que en el silencio sólo se escuchaba un coro de suspiros de boca de fresa.



Los lobbistas Por supuesto, una vez que el ojo se acostumbró al régimen perceptivo que el evento proponía, comenzó a fijarse en las personas vestidas, que resultaban las más escandalosas. Son, claro, quienes trabajan en y para el evento, haciendo prensa, organización o lobby.

Acorde con su posición política en los Estados Unidos, The New York Times hizo campaña en favor de Ali Mushtaq, un paquistaní-americano de Los Ángeles, el primer concursante musulmán en toda la historia del evento. Pero no es en relación con esos altos ideales que se dirimen los ganadores.

El triunfador resultó ser Ralph Bruneau de California, un actor que se presentó a la competencia esponsoreado por la asociación Gay Naturists International (GNI) que le había dado la corona GNI Leather 2016.

Mucho antes de que se conociera el resultado, la promoción de campamentos nudistas (en Wisconsin, en California, en el Estado de New York, en los Everglades) era abrumadora.

La vida homosexual masculina norteamericana se parece cada vez más a un gigantesco crucero temático, cuyos desplazamientos en masa se inducen a través de eventos como IML, donde gana quien ofrece el mejor recorrido para los negocios del verano.



El fetichismo Como se sabe, para Karl Marx, el fetichismo de la mercancía es un proceso más bien misterioso que participa de un registro fantasmagórico. El fetichismo suprime el carácter social de las cosas producidas por los hombres y lo proyecta como si fuera una propiedad material propia de la cosa, transformada en mercancía. El resultado del fetichismo aniquila la relación entre las personas, poniendo como actor principal la cosa, desprovista de todo significado social en el proceso de intercambio. Tanto Marx como, posteriormente, Freud, tomaron la noción de la etnografía, donde el fetichismo es una forma de creencia en la cual se considera que ciertos objetos poseen poderes mágicos. El maestro de Viena denominó fetichismo a la relación erótica desplazada hacia un objeto (el zapato, ejemplarmente) o la parte del cuerpo de una persona (los pectorales o los despreciables músculos abdominales).

Severo Sarduy derivó de esas lecturas un elogio del fetichismo (por la vía del tatuaje) al señalar que éste permite “desmentir la ilusión antropomórfica, el engaño de un cuerpo íntegro”. El fetichismo cita la escena “del demembramiento nocturno, de la ceremonia sádica, la preparación del doble infernal”, es la “presentación o materialización -como se dice en brujería de un fetiche, en el sentido etimológico del término: del portugués fetiço, lo hecho, el hacer que se ve”. Sea. Con gusto suscribiríamos esas hipótesis en relación con rituales primaverales de regeneración, la potencia de la tierra y el tamborileo enloquecido de cuerpos orgiásticos alrededor de una fogata.

Pero el capitalismo, que es de una astucia que hiela la sangre, ha conseguido convertir en mercancía incluso al fetichismo, esa fantasmagoría o desplazamiento del deseo. La festividad se resuelve en un Leather Market y la magia y la brujería del fetiche renuncia a su potencia en favor de una sexualidad cada vez más administrada. La signatura que los cuerpos exhiben en IML ya no se relacionan con los astros, ni con la tierra, ni con las comunidades flotantes ni con el deseo. La signatura dominante es la de precio y a nadie se le ocurriría pensar si tal o cual tendrá una buena performance sexual porque lo que importa es encontrar el propio lugar en un escaparate.



Superpoderes La potencia de la causa leather (con sus imaginarias mazmorras, sus sacrificios rituales controlados y el chasquido del cuero sobre la carne trémula) parece haberse agotado y arnés es ya un basico del armario de la loca. Un poco por eso, la edición 2017 de IML incluyó una matinee de superhéroes (esa abominable invención). Durante dos horas posaron para las cámaras una multitud de Batmans, un Red Robin, una Lilu, varias Sailor Moons, algunos (pocos) Supermans, Flashes para todos los gustos. El sondeo de marketing resultó positivo: la edad promedio de los cultores de la doble identidad y los poderes aumentados era mucho menor que la de los cultores del cuero, cada vez más parecidos a lo que Leo Bersani alguna vez caracterizó como una comunidad de rotarios. Los quioscos por venir pasarán seguramente por versiones cada vez más gay de las clásicas COMIC-CON (no es casual que el prestigioso matutino La Nación comience a vender figuras oficiales de superhéroes con su edición de los miércoles: ¿quién lo hubiera supuesto?) o, en los márgenes de las ciudades, campamentos nudistas que poco tienen que ver con el naturalismo utópico, contracultural y anticivilizatorio que cultivaron los jóvenes en las primeras décadas del siglo XX (y contra los cuales, qué duda cabe, se levantaron los estados fascistas).

Los muchachos que nos venden la verdura en el Parador Fruit de Moreno, porque pescaron alguna foto del evento en Facebook (otra invención espantosa), nos dijeron que quieren ir el año próximo. Les dijimos que vayan, claro, como quien recomienda ir a la Fiesta del Tomate o al Salón del Automóvil.

De fetiches neutralizados por su conversión (¡al cuadrado!) en mercancía estamos ya un poco hartos. Investigaremos los campamentos nudistas porque Soy debe estar allí donde exista la posibilidad de que algo pase, de que algún acontecimiento desbarate la estrechez de los horizontes que organizan los comportamientos de las multitudes. Pero iremos guiados por Kafka (nudista, vegetariano y célibe), quien decía que “hay esperanza en el mundo, pero no para nosotros”.

domingo, 25 de junio de 2017

Autobiografías literarias: el autor como lector

por Carolina Esses para La Nación

"No sé lo que soy", dice Daniel Link, "pero sé lo que he leído": quién se adentra en La lectura, una vida. -que junto a Excesos lectores, ascetismos iconográficos de José Emilio Burucúa y Fantasmas del saber de Noé Jitrik forma parte de la colección Lectores dirigida por Graciela Batticuore y publicada por Ampersand- comprende rápidamente que para Link vida y literatura son términos idénticos. La lectura no funciona como un catálogo de libros sino como una práctica que atraviesa y modifica la experiencia.
"Confesar lo que le leído no tiene ninguna importancia -dice-. Mejor es consignar quién me llevó a hacer esas lecturas y cómo esas indicaciones se transformaron, tarde o temprano, en una manera de leer y en una pedagogía." De lo que se trata es de rendir cuenta de escenas de lectura: cuándo se leyó qué y qué efectos tuvo en aquel momento preciso de la vida: las revistas Anteojito y Billiken, la historia familiar que se lee como la primera ficción y después el profesorado, el encuentro con Enrique Pezzoni y el nacimiento a partir de esa amistad -discípulo y maestro- de una manera de entender la crítica.
La literatura atraviesa el cuerpo, es una manera de entender la propia subjetividad, incluso a partir de categorías literarias. Link va tejiendo la trama que lo llevará más tarde a no dejar de leer jamás, a "leer hasta que la muerte nos separe" como reza la bajada de Subrayados, de María Moreno, publicado por Mardulce en 2013, otro gran libro que traza un mapa de lecturas.

Anticipo

El artista que profanó el imaginario peronista

por Daniel Link para revista Ñ

A treinta años de la muerte de Copi, su figura no ha dejado de crecer con el tiempo. En Roma se presentó un volumen que analiza y celebra sus contribuciones a las artes gráficas, el teatro, la literatura; en Barcelona se dedicó una gran muestra retrospectiva a su obra gráfica en el Palacio de la Virreina; en Buenos Aires se estrena (¡47 años después de haber sido escrita!) Eva Perón en el Teatro Nacional Cervantes.
Sería imposible siquiera considerar las líneas fundamentales de la literatura contemporánea sin hacer referencia a la figura de Copi. Fogwill publicó una recopilación de textos periodísticos, que tiene entre otros méritos el de recordarnos cuán tempranamente había presentado a Copi a la sociedad cultural argentina, cuyos miembros más prominentes consideraron poco serio al recién llegado. Salvo César Aira, que le dedicó un seminario y una lectura incompleta pero decisiva para las nuevas generaciones de lectores.


(anticipo de La lógica de Copi)

 

Preguntan si...

"Mejor que leer muchos libros es leer uno solo"

por Gonzalo Santos para Perfil

Desde la torre de su castillo, a Montaigne lo guiaba una pregunta, que tenía inscripta en las vigas del techo: “¿Qué sé yo?”, y algo más o menos así también guía al escritor Daniel Link, en cuyo nuevo libro, La lectura: una vida (Ampersand), adopta asimismo la línea ensayística que inaugura el autor de los Essais: esa suerte de epistemología de la introspección donde el sujeto que conoce es, al mismo tiempo, uno de los objetos de su conocimiento.
Desde ese lugar, Link desarrolla sus ideas sobre la lectura a partir de sus experiencias personales, entre las cuales las más significativas –como siempre– parecen estar en la infancia. El futuro autor de Montserrat, novelita por entregas, nació enfermo: un neurólogo le diagnosticó daño cerebral y pronosticó que nunca caminaría. Las expectativas de vida no eran las mejores. Pero se recuperó: era “un niño moribundo que quería leerlo todo y por eso se aferró a la vida”. 




sábado, 24 de junio de 2017

Treinta mil víctimas


Por Daniel Link para Perfil

En la “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar” (1977), Rodolfo Walsh define una verdad histórica que hoy pretenden poner en entredicho sectores canallescos de la sociedad. Walsh escribe: “en un año ha habido 15.000 desaparecidos, 10.000 presos y 4.000 muertos”. No incluye en la nómina a los niños apropiados y tampoco a quienes morirían después de marzo de 1977, incluidos los combatientes de Malvinas. En todo caso su total, bastante prudente, suma 29.000. 
En El dictador, María Seoane y Vicente Muleiro transcribieron respuestas muy escalofriantes del dictador Videla sobre el asunto: “No, no se podía fusilar. Pongamos un número, pongamos cinco mil. La sociedad argentina, cambiante, traicionera, no se hubiere bancado los fusilamientos: ayer dos en Buenos Aires, hoy seis en Córdoba, mañana cuatro en Rosario, y así hasta cinco mil, 10 mil, 30 mil. No había otra manera. Había que desaparecerlos. Es lo que enseñaban los manuales de la represión en Argelia, en Vietnam. Estuvimos todos de acuerdo. ¿Dar a conocer dónde están los restos? Pero ¿qué es lo que podíamos señalar? ¿El mar, el Río de la Plata, el Riachuelo? Se pensó, en su momento, dar a conocer las listas. Pero luego se planteó: si se dan por muertos, enseguida vienen las preguntas que no se pueden responder: quién mató, dónde, cómo”. El propio Videla da como verosímil la cifra ahora cuestionada y menciona dos escuelas de aprendizaje: Argelia y Vietnam.
Ese segundo magisterio es particularmente importante en relación con Rodolfo Walsh, quien en 1972 había traducido para Ediciones de la Flor Johnny fue a la guerra, la novela antibelicista de Dalton Trumbo llevada al cine por él mismo un año antes. En un prólogo a la novela fechado en 1970, Trumbo también se había entregado al recuento de víctimas:
“A la hora del desayuno leemos que 40.000 norteamericanos han muerto en Vietnam. En lugar de vomitar, nos servimos una tostada (...). Una ecuación: 40.000 jóvenes muertos = 3.000 toneladas de carne y huesos, 124.000 libras de masa encefálica, 50.000 galones de sangre, 1.840.000 años de vida que no se vivirán, 100.000 niños que jamás nacerán”.
Mucho menos carnal que el recuento del norteamericano, el de Walsh, sin embargo, se abre también a una dimensión que excede por completo la mera manía cuantificadora. Si los números importan para algo es porque muestran los efectos de un Estado absolutamente criminal y absolutamente fascista ya no sobre unas determinadas ideas políticas y quienes de ellas simpatizaban sino sobre la definición misma de lo viviente, la sustancia humana, tal como escribe Walsh: “Mediante sucesivas concesiones al supuesto de que el fin de exterminar a la guerilla justifica todos los medios que usan, han llegado ustedes a la tortura absoluta, intemporal, metafísica en la medida que el fin original de obtener información se extravía en las mentes perturbadas que la administran para ceder al impulso de machacar la sustancia humana hasta quebrarla y hacerle perder la dignidad que perdió el verdugo, que ustedes mismos han perdido.”
La figura jurídica “Desaparición forzada de personas” y los “Detenidos-Desaparecidos” como víctimas de ese crimen comenzaron a debatirse en foros internacionales recién en 1980 y a partir de 1983 van ganando legitimidad (jurídica) hasta su tipificación universal en el Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional (1998) y su incorporación como obligación jurídica vinculante para todos los países signatarios del Convenio propuesto por la Asamblea General de Naciones Unidas en 2007.
Que haya ignorantes y miserables de derecha que pretenden discutir los numeritos de la Dictadura no sorprende en un país barbarizado como Argentina. Pero da pena que la izquierda no sepa contestar con inteligencia sus argumentos torcidos.
Es probable que no haya registro de 30.000 “detenidos-desaparecidos” (como figura jurídica). ¿Y qué? Eso no significa que la Dictadura no haya producido mucho más que 30.000 víctimas o, como el mismo Videla dijo en 1979, “muertos-vivos”. La aniquilación de la sustancia humana: eso es lo irreparable, lo sin olvido ni perdón.



sábado, 17 de junio de 2017

A confesión de partes...


Por Daniel Link para Perfil

El torcido proceso de nombramiento de directores de Museos Nacionales siguió impertérrito su curso, pese a las impugnaciones en varios casos puntuales, como el Museo Casa Ricardo Rojas. La ganadora, Sra. María Laura Mendoza, fue colocada en la terna de los mejores calificados para ocupar ese sitio por un jurado integrado por el Sr. Gonzalo Aguilar, la Sra. Teresa Anchorena y el Sr. Américo Castilla.
Luego el ministro, Sr. Pablo Avelluto, no tuvo sino que elegir a la candidata que a él más lo entusiasmaba desde el comienzo del proceso (que se suponía anónimo) por sobre los otros dos ternados, que estaban allí sólo para legitimar un trámite inverosímil.
La elección sorprendió a la comunidad filológica y museológica, porque la Casa Ricardo Rojas es un lugar muy específico, con tareas que requieren de un fluido dominio sobre la obra del fundador de la literatura argentina y de su pedagogía, latinoamericanista, folclorista notable y cultor del criollismo. Los títulos y antecedentes más importantes de la Sra. Mendoza son un doctorado en Ocio (Universidad de Deusto) y docencia en Marketing del Patrimonio en la UBA.
Mucho más consciente de sus limitaciones para ocupar el cargo para el cual el Jurado que la evaluó le otorgó una calificación tan descollante, la Sra. Mendoza salió a buscar un bacheo de saberes como para disimular un poco la arbitrariedad de su nombramiento.
La mala suerte o su ignorancia la llevaron a golpear la puerta de la Maestría en Estudios Literarios Latinoamericanos con sede en UNTREF, donde trabajan conocedores en profundidad de la obra de Ricardo Rojas e, incluso, uno de sus competidores en el sospechado concurso que ganó. A ella no le interesaba aprobar los cursos (“yo soy Doctora”) sino escuchar las clases. “Yo no sé nada de literatura”, dijo. “Nada de nada”, repitió ante la perplejidad del secretario académico de la Maestría a quien le pedía consejo.



domingo, 11 de junio de 2017

A la maestra, con gratitud

Al maestro con cariño
 
por María Moreno para RadarLibros
 
En La lectura: una vida… (Ampersand), Daniel Link enhebra las etapas del lector con las del niño que aprende, el maestro que inicia, el profesor que transmite, todas figuras de una experiencia múltiple en la que primero se descubren los libros y luego se los dará a leer y se los pondrá a circular. El texto que aquí se reproduce fue escrito especialmente por María Moreno para la presentación de La lectura: una vida… en la reciente Feria del Libro.
 
El autor de La lectura: una vida… no quiere separar en lo que llama una vida, al profesor del maestro, al trabajador del escritor y al escritor del lector; cuenta qué ha leído en lo que ha leído, bajo el legado de lo que leyeron otros y, mientras, da de leer incluso lo que otros leyeron en lo que leyeron. Eso es sostener el voto de la lectura como reanimación de un texto, bajo el llamado del presente.  La lectura: una vida... se escribe con puntos suspensivos indicando tal vez que la vida continua con la lectura o que la vida como lectura establece una prórroga para la muerte, es tan basta la biblioteca del mundo que siempre habrá que mantener con vida el cuerpo para sostener esos puntos suspensivos: un libro más. Pero el lector nunca está solo con el libro. Éste enseña que siempre hay entre los dos, una voz rectora que impide leer de cualquier manera, pero que eso no es una restricción sino un vector de posibilidades para la  perfección de la aventura. La de la señorita Celia, la de María Inés Fernández, la de Beatriz Sarlo, la de Elvira Arnoux, la de Enrique Pezzoni son voces que llegamos a alucinar. 
 
(...)
 
 
 

sábado, 10 de junio de 2017

La ley de la calle


Por Daniel Link para Perfil

En las ciudades civilizadas, cuando uno necesita ir de un punto a otro en auto tiene prácticamente una sola opción, para la cual ya existe un verbo: uberear. UBER ofrece un servicio de altísima calidad, previsible y con un costo que, la mayoría de las veces, equivale a la mitad de lo que un taxi cobraría por el mismo servicio.
El uso es sencillísimo: se elige en el celular el punto de partida y el destino, el auto que uno necesita (para cuántas personas y con cuántos bultos), la calidad del vehículo (normal o lujoso), la calificación del chofer y la música que uno quiere escuchar. Se puede programar un viaje con antelación y no habrá suspensiones. Mientras se espera (no más de tres minutos), se siguen los movimientos del autito cuya patente se conoce en un mapa. Los autos están en impecables condiciones y la ruta no dependerá del capricho del conductor (cuyo nombre también aparece en la aplicación) porque está prefijado.
Al bajarse, basta con decir “que tenga un buen día”, “gracias por el viaje” y, si acaso uno lo considera indicado se puede dejar una propina. Pero nadie la está esperando, nadie hace problemas con el cambio, nadie bufa por el estado del mundo y nadie interfiere con la propia vida. El menor problema puede ser denunciado y uno recibe un crédito inmediato.
En la civilizadísima Lima, un chofer de UBER se quejó (con una simpatía memorable) de las autoridades de la ciudad, porque no señalizaban las calles. El mapa sabía cómo llegar, pero él no tanto.
En la ciudad de Buenos Aires, agobiada por las mafias del asfalto, uberear es casi clandestino, la tarifa que se aplica es “dinámica” (es decir, el viaje puede llegar a costar cualquier cosa) y hay que pagar en efectivo porque el gobierno y la justicia tomaron partido en favor de los mafiosos. Así estamos: condenados a los taxis, ese servicio caduco, la hediondez, las conductas erráticas, el capricho del conductor y sus opiniones fascistas.



sábado, 3 de junio de 2017

Misión imposible

por Daniel Link para Soy

La historia de la literatura escrita por mujeres está por hacerse. Las razones de esa postergación forman parte del mismo dispostivo que ponen a la mujer como negro del mundo: esclavizadas, sometidas a un punto de vista (una Weltanschauung) heternormativo, patriarcal, nihilista (en el peor sentido) y autodestructivo, todo lo que la mujer hace es relegado siempre al cuarto de los trastos que se acumulan sin ton ni son.
Si uno quisiera recordar, por ejemplo, qué mujeres se dedicaron a la sátira, se encontraría con un vacío de nombres. Por supuesto, con gran dificultad podrían incorporarse en esa nómina inestable a Juana Inés de la Cruz, a algunas escritoras del Al-Andaluz medieval (la lirica satirica de Wallada, Nazhun y Muhya al- Qurtubiyya), a Mary Wollstonecraft Shelley (la de Frankenstein), ninguna de ellas con la estatura satírica de un Swift (el de Gulliver) o un Rabelais.
En los guiones de la televisión úlima podrían destacarse los extraordinarios parlamentos de Penny Dreadful, particularmente su última temporada, donde un grupo de prostitutas sublevadas se dedica, contra el módico reclamo de las sufragistas, a asesinar a sus clientes. Para acabar con el mundo y fundarlo sobre nuevas bases.
En el contexto de la literatura argentina, sucede lo mismo (nada hay salvo María Moreno). Y por eso sorprende Cat Power, la novela con la que Cecilia Palmeiro acaba de sacudir la modorra de las letras criollas. La sátira es un género literario que manifiesta indignación ante el estado del mundo, con propósito moralizador. No es habitual que se relacione con un programa de acción política, que por lo general los satíricos dejan para otro momento, que nunca llega.
En contra de esa dilación, Cat Power se cierra con una proclama profundamente queer cuyos puntos, individualmente considerados, podrían objetarse, pero cuya contundencia nos arrastra a niveles de conciencia sobre el presente que hasta ahora no sabíamos que podían sostenerse.
Cat Power cuenta el plan de un gato galáctico, cuya raza se encuentra al borde de una catástrofe estelar, para conquistar la tierra y aniquilar la especie humana, utilizando los mecanismos más eficaces de la sátira (los vicios individuales o colectivos, las locuras, los abusos o las deficiencias de conducta o de carácter narradas a través de hipérboles, ridiculizaciones, con el objetivo de provocar una toma de conciencia y una transformación de la realidad),
El gato (Rorro) toma, como punto de partida la conciencia de Cecilia, pero bien pronto se dará cuenta de la inadecuación de esa conciencia para cumplir con el mandato para el cual fue enviado a la Tierra.
Los viajes se suceden y en todas partes Cecilia y Rorro (por su intermedio) encuentran el vacío de sentido, la explotación y el desamor (en suma, el capitalismo en su forma más triste y más cruel).
Progresivamente van construyendo una trama de relaciones queerificadas, donde lo que importa no es tanto la posición subjetiva (que la novela parece considerar el obstáculo principal no para la libertad, porque esa noción es todavía demasiada humana y está preñada de dificultades, sino para encontrar una salida) sino el devenir cualquier cosa (desde ya, el devenir animal de Cecilia, a través de la manipulación de su conciencia por parte del gato alienígena, pero también el devenir puto, el devenir trans, incluso el devenir chongo, posiciones que va ocupando sucesivamente el cuerpo de Cecilia, con una sola excepción: el devenir lesbiana).
Rorro flaquea y se recupera: si por un lado se pregunta cómo el cuerpo de Cecilia podría brindarle el acceso a los círculos de poder que él necesita dominar telepáticamente para cumplir con su plan, luego descubre que su foco estaba mal colocado. De la inteligencia del macho (sea en la versión extrovertida del eje Trump-Putin o en la versión introvertida a la Macri) no podría esperarse sino más violencia y más desigualdad.
El final encontrará a gatos y humanos unidos en la causa común de las féminas, en la huelga de mujeres, en la constatación de que el poder sólo se dejará conmover cuando la mitad más uno de la humanidad comience a decir que no, orgánicamente.
Como lo esencial en la sátira es que la ironía sea militante, la novela encuentra en una causa que la excede y que, en algún sentido, incluso niega su plan (hacia el final hay una interna gatuna que opone una negatividad, por llamarla de algún modo, dialéctica, todavía hegeliana, a la negatividad propiamente acefálica e inorgánica que sostiene Rorro) su apertura al mundo.
Sabíamos que Cecilia Palmeiro era una extraordinaria lectora de novelas y dueña de una sensibilidad sobre el presente inigualable. Con Cat Power nos demuestra que puede llegar a ser, además, una deslumbrante narradora, que maneja con soltura los tonos y matices de una conciencia, los latigazos de la sátira, la sintaxis desmesurada de la indignación y de la cólera.
Un mundo sin Cat Power, ahora lo sabemos, no vale la pena ser vivido.

 

El amor es más fuerte

Por Daniel Link para Perfil

Ya no disfruta de los viajes como antes. Los disfruta, pero no como antes. Ahora son otra cosa. Le gusta instalarse en barrios que ya conoce (no en ciudades, sino en barrios), hacer casa y comprobar las transformaciones. Por ejemplo, en Chicago para siempre en los alrededores de North Broadway y Hawtorne. Reconoce los negocios, extraña los que cerraron, entra en los nuevos. A dos cuadras tiene una biblioteca pública, pero por lo general se entretiene leyendo los libros qué ha llevado consigo. No sale mucho, apenas si va al centro y a cumplir con las eventuales obligaciones que lo han llevado a cambiar una casa por otra.
¿Qué está leyendo? El regalo de virgo, de Mariano López Seoane, y Cat Power, de Cecilia Palmeiro, dos novelas muy diferentes pero unidas por hilos secretos. El regalo de virgo cuenta un fallido experimento genético de inspiración fascista. Cat Power cuenta una fallida invasión alienígena. Las dos son, en última instancia, fantasías a través de las cuales se busca a gritos el amor. Cada novela, a su manera, lo encuentra y se lo regala a sus personajes en las últimas páginas.
Las dos son novelas un poco queer, y por eso la dificultad del amor (tan poblado de malentendidos) es todavía mayor que en un universo más o menos devoto de las variedades heterosexistas de su aparición. Lo queer puede ser muy cínico en relación con el amor, al que reconoce como un dispositivo de domesticación del deseo y de manipulación social.
Pero que haya amor, parecen decir esas dos novelas que hacen uso de matrices narrativas paranoicas, es la condición de posibilidad (tal vez la única) de cualquier emancipación colectiva, del desmoronamiento de la matriz paranoica de pensamiento o de cualquier superación del narcisismo que constituye el punto de partida de ambos narradores: dejar atrás el ensimismamiento, sobreponerse a las fuerzas autodestructivas del capitalismo, alcanzar niveles de conciencia común y colectiva. De eso se trata el amor, en la perspectiva de El regalo de virgo y de Cat Power. No tanto de la identificación especular con el otro que es el mismo sino de la construcción de una nueva plataforma para la promoción de una vida más justa y más feliz. Una novela encuentra en el devenir planta una salida; la otra, en el devenir animal.
Curiosamente, la primera es una novela carnívora, y la segunda es una novela vegetariana. De modo que, piensa, los distintos devenires suponen modos de colocación diferente respecto de la cadena alimenticia. Levanta la vista en el bar donde está leyendo. Se siente lejos de casa y, al mismo tiempo, muy cerca.
Su casa no es ese país que no cesa de fracasar como tal, arrasado primero por el populismo y después por el neoliberalismo que es su exacta contracara, sino un reino de la imaginación, del que estas novelas le traen gratas noticias.