martes, 10 de febrero de 2009

Dos variables

Cualquiera lo sabe: el éxito o fracaso de una producción audiovisual de ficción (cine, televisión) depende de dos únicas variables, guión y casting. El guión es no sólo la premisa fundadora ("dale que..."), sino también (y sobre todo) el modo en que la historia será presentada (los acomodamientos y fricciones entre diégesis y enunciación), los diálogos, la atención a los mínimos detalles de la significación narrativa.
En cuanto al casting... Se trata de decidir la encarnadura para entidades completamente imaginarias (fantasmáticas) como los personajes: ¿podrán los actores convocados desempeñar adecuadamente y (lo que es más decisivo) contribuir con sus cuerpos al proceso encantatorio que toda ficción supone? Tennessee Williams sabía todo lo que estaba en juego y en cada adaptación cinematográfica de sus piezas se involucraba profundamente en el proceso de selección de los actores. Si la versión de Un tranvía llamado deseo es memorable, lo es en gran parte por el encanto irresistible (como irresistible era el canto de las sirenas) de Marlon Brando.
True Blood es una serie que actualmente puede verse por HBO (la primera temporada completa está disponible en Internet) y un buen compendio de malas decisiones en prácticamente todos los rubros (incluidos los decisivos: guión y casting).
La premisa de True Blood es simpática: los vampiros han decidido salir de sus armarios milenarios e integrarse socialmente (pagar los impuestos, reclamar por sus derechos, postularse para cargos parlamentarios). Se trata, como en X-Men, de la normalización de los monstruos (que la protagonista sea Anna Paquin, la chica que representaba a Rogue en la saga de mutantes, no hace sino subrayar el parentesco o revelar el robo, según se prefiera). Por supuesto, no todos los vampiros están dispuestos a abandonar el crimen y a alimentarse exclusivamente de sangre sintética (fabricada por "los japoneses" y distribuida en bares y supermercados como si se tratara de una variedad exótica de bebida refrescante). Efectos colaterales de la circulación pública de los vampiros: a) la formación de vastas masas de admiradores que encuentran en los intercambios sexuales con los monstruos un placer más allá de lo humano (sí, se trata del goce) y b) la aparición de banditas que venden clandestinamente sangre de vampiro, cuyos efectos (algunas veces afrodisíacos, algunas veces alucinógenos, algunas veces sencillamente curativos) son tan ambiguos que es allí donde la serie comienza a desmoronarse hacia la estupidez.
Es fácil imaginar la escena de venta del producto: presentada en los términos que lo he hecho, que se deducen de las (seguramente atroces) novelas de Charlaine Harris que dieron origen a la serie, HBO tuvo que decir que sí. Los problemas comenzaron después. ¿Dónde ambientarla? Sigámosle el juego a Charlaine y pongamos a Sookie (Anna Paquin) a trabajar en un bar de un pueblo de mala muerte en Louisiana. Pero el problema es el acento: una cosa es leer que algo sucede en Lousiana y otra cosa escuchar los intercambios verbales que tal vez podrían ser simpáticos pero para los que no tenemos el oído acostumbrado. Encarnada en las voces de los personajes de la serie, la historia pierde toda la majestad que podría haber tenido en un principio. Mucho más porque los diálogos son, sencillamente, insostenibles. Hay que ser capaz de imaginar qué cosas podría decir un monstruo condenado a no morir, a esquivar el sol, a ser el imprevisto predador de la especie humana para darse cuenta de la dificultad para pensar los parlamentos. En True Blood todo se resuelve en un intercambio de banalidades donde la psicología sigue siendo la reina de las epidemias (la vampira fashion y el vampiro musculoca no hacen sino decir lo que la psicología del fashion y la musculoca nos han enseñado, sin que haya vampirismo alguno en sus hablas castradas). Sucede como en el Marte descripto por Roland Barthes en Mitologías: lo que se reproduce es el mundo pequeñoburgués (los celos de Sookie, sus ansias de formar una familia "normal" con el vampiro del que se ha enamorado -"nunca podremos desayunar juntos en la cama"-, etc.). Es como si el horror del monstruo no pudiera nunca competir con el horror de la realidad ("un sello de clausura sobre todas las puertas del deseo").
Lo que sucede en la primera temporada es todo trivial y previsible: hay un asesino en ese pequeño pueblo de Luisiana y lo que importa verdaderamente (la política vampírica) sucede en la televisión. El asesino va matando humanos que se han relacionado (de un modo o de otro) con vampiros. Sabremos al final quién es, pero qué importa. Es Jack el Destripador, no Hannibal Lecter ni Dexter: un retroceso estúpido en la cadena de presentaciones de los serial killers (ese invento de la ficción norteamericana). Incluso, para la tranquilidad de los habitantes del sur profundo norteamericano, el asesino no es sino alguien que viene de afuera y que, para nuestra tortura auditiva, se ha obligado a aprender el acento de los lugareños: en casa somos buenos, el mal viene de afuera.
¿Y los vampiros? Bien, gracias. Tienen sus historias y, curiosamente (porque ellos, que son monstruos, están, como tales, más allá del bien y del mal), tienen también su moral, una moral que coincide totalmente, incluso en sus desviaciones, con la moral humana (es decir: pequeñoburguesa). Incluso sufren, y sufren penas de amor, de humillación, de soledad y de nostalgia. Es como si los guionistas quisieran convencernos de que no vale la pena ser monstruos porque, de un modo o del otro, seguiremos arrastrando por el mundo nuestras miserias (y esta vez, para siempre). Como en Buffy y como en Charmed, intolerables series para niñas bobas con las que irremediablemente True Blood se relaciona, los vampiros tienen sus consejos regionales, sus sherifs y delegados de justicia, sus estamentos de regulación de lo (no) viviente (su Estado). Teniendo todo eso, claro, no se entiende para qué querrían tener más. Es como si la simple estatización de lo viviente (y de lo que no muere: el muerto vivo), no alcanzara y hubiera que reduplicar los mecanismos de captura. Contra eso, suena desde un más allá que nada tiene que ver con la diégesis porque es un más allá político y estético (en relación con el cual True Blood se declara totalmente incompetente), el grito de batalla de Cachafaz de Copi: "seremos monstruos monstruosos".
Sí, el guión vampírico está todavía por escribirse pero hace falta un talento que los productores de True Blood no estaban en condiciones (o no quisieron) pagar: se trataba de defender un puñado consistente de ideas y no de proponer una mescolanza infame de tópicos revisitados.
En cuanto al casting, Anna Paquin desempeña con solvencia su rol. Y está su amiga negra, que hace lo que puede con un personaje imposible (siempre al borde de la caricatura). El vampiro que le pusieron como acompañante a Sookie es desagradable por donde se lo mire y lamentamos que su "sacrificio de amor" no lo haya deshecho en cenizas. Los demás (hay un hombre-perro: no hombre-lobo, sino perro, y no de los más bravos) son sólo mediocres partiquinos.
Curiosamente, en una serie donde los monstruos son los que no mueren (y lo son precisamente por eso), los personajes "gays" sucumben sin que el guión lo necesite (es decir porque sí, es decir: por razones puramente ideológicas).
No habrá para mi segunda temporada de True Blood, serie a la que llegué por recomendación de un amigo. Bastante es lo que Lost, serie que triunfa allí donde todas los demás fracasan, me hace pensar. Enhorabuena.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

no quisiera romper demasiado las pelotas, pero se espera todavía por los comentarios a los 3 capítulos de la 5 temporada. ya pasaron cinco días de la semana prometida el 29/1/9.

Santino dijo...

No vi la serie pero coincido con las variables principales de una buena ficción dramática.
Todavía no escribiste sobre Lost.
santiago giralt

Xtian dijo...

A mí me gusta True blood, aunque estoy de acuerdo bastante co la crítica. Algunas cosas me parecían potencialmente interesantes, por camp o por exageradas o lo que sea (lo de la sangra de vampiros que se vende como Speed, etc). Paquin me gusta. Mucho. Y me gusta que esté ambientada en Louisiana. Y me encanta la canción. Por otro lado, reconozco que mi gusto o no por las series es bastante más epidérmico: me encanta Weeds, por ejemplo, porque me encanta Mary Louise Parker.

Por otro lado, no estoy muy de acuerdo con que Lost esté tan diferenciado con respecto a otras series. Tiene algunas cosas que son de goma mal. Algunos personajes (como el médico) va de banquina en banquina merced a un guión bastante errático. El caso más grave es el de Kate, que en la primera temporada era una pistolera Dura de matar y luego, por algún desvarío absoluto de guión se convirtió en una gatita debatiéndose entre Sawyer y el médico, que no puede ni atarse los cordones sola...