sábado, 5 de febrero de 2005

Diario de un televidente

por Daniel Link La historia es sencilla y aterradora: en el año 3028 una raza alienígena consigue superar los mecanismos de defensa de la Tierra y destruye el planeta como quien aplasta una naranja. Los Drej son seres de pura energía, lo que los vuelve, en la práctica, invulnerables e incomprensibles para las pobres bolsas de materia siempre en proceso de corrupción que son los seres humanos y los demás aliens que constituyen la ecología de Titán A.E. Titán es el nombre de una nave (que es además un arma contra los Drej) construida por el portentoso científico Sam Tucker. Las letras significan After Earth y toda la película se desarrolla después de la destrucción masiva de la Tierra, la Luna y la mayoría de los seres humanos (pocos privilegiados consiguieron huir a tiempo, como en Titanic).
Inútil será preguntarse por las razones que llevaron a los Drej a destruir masivamente una raza (y no todas). No hay política en Titán: sólo se trata de vivir en un contexto donde hay malos de maldad absoluta, valientes de infinito valor, seres humanos nostálgicos de la Tierra y seres humanos encallecidos por el duro arte de sobrevivir a la deriva en la galaxia, sometidos, ¡ay, como obreros!, a trabajos poco dignos de la condición humana.

El mito, hoy La historia es sencilla y aterradora: toma de todas las mitologías del Occidente judeo-cristiano las cantidades narrativas necesarias (la diáspora, la tierra prometida, el beso de Judas, la patria, la juventud, la reproducción, la raza, ¡el heroísmo!, ¡el futuro!) como para mantener en vida ese caldero de resentimientos que constituye toda mitología y, sobre todo, para poner en marcha un relato contundente, perfecto como una máquina de destrucción, sin limitaciones.
Someter a Titán (o a cualquier dibujo animado contemporáneo) a una mirada teórica que pretenda desentrañar las implicancias ideológicas de cada uno de sus contenidos sería ciertamente un desatino y una pérdida de tiempo. La película de la Twentieth Century Fox no escapa a las generales de la ley en lo que se refiere a la esquematización extrema (y peligrosa) de los comportamientos y, sobre todo, de las razones en las que esos comportamientos se fundan. Después de todo, el cine muere por su mediocridad cuantitativa y si ya no es capaz de despertar el menor pensamiento en las audiencias es por su entrega desmedida a las delicias monetarias de la industria del entretenimiento.
Conviene, sin embargo, detenerse en uno de los esquemas que sostienen la trama de la película porque, curiosamente, es allí donde aparece lo más interesante que Titán viene a decirnos.

Humano, demasiado humano La historia es sencilla y aterradora: El hijo de Sam Trucker, resentido por la ausencia de su padre, que -en las prisas por abandonar la Tierra antes de su destrucción- lo dejó al cuidado de un simpático alienígena, es una especie de basurero del espacio (rubio, guapísimo, veinteañero). En la superficie, lo único que extraña de la Tierra el cínico muchachito es el ketchup (se entiende rápidamente cuál es el modelo de lo "humano", claro). De pronto, aparecen Korso (cuarentón, moreno, guapísimo) y Akima (veinteañera, divina aún cuando sea un poco machorra o precisamente por eso), quienes implican a Cale en la busca de la nave construida por su padre. Todo el relato (deslumbrante y espectacular) es la busca de Titán, el arma que terminará definitivamente con los Drej y su hegemonía universal. Queda dicho que no se entiende bien cúal es el problema entre humanos y drej, salvo que los primeros representan la materia en su estado más "evolucionado" (por más cuidado que se ponga en el tratamiento de las "otras" razas alienígenas, siempre resultan copias imperfectas y más o menos lamentables del cuerpo humano: en el mundo de los aliens, el deseo es imposible) y los segundos la energía pura, sin materia.
En el nivel de la historia, la energía pura (la conciencia sin materia) es el Mal, y la materia (la carne, sobre todo humana, con conciencia) es el Bien. Curioso esquema para una película cuyo mayor acierto ha sido reproducir más o menos esa joya del cine que es La guerra de las galaxias, pero sin limitaciones, es decir: sin las limitaciones de la materia. Cale es Luc Skywalker, Korso es Han Solo, Akima es la princesa Leia. Al no haber cuerpos (ni maquillaje, ni escenas de riesgo, ni escenografías) que entorpezcan el puro relato, Titán triunfa como historia sin fisuras sobre las causas y consecuencias de la materialidad (la película, ¡un dibujo animado!, es sumamente respetuosa de las leyes de la física).


El final de este artículo se ha perdido. Ver el original, publicado originalmente como "Aguanten los drej" en Radar (revista de ocios y estilos de Página/12)¸206 (Buenos Aires: domingo 23 de julio de 2000)


2 comentarios:

Anónimo dijo...

La guerra de las galaxias una joya? O es una ironía y yo soy muy idiota o tenes un gusto pésimo.
Podría cambiarde opinión si me dijera por qué te pareció tan buena.

linkillo dijo...

Cfr. "1977" en Link, Daniel. Clases. Literatura y disidencia. Buenos Aires, Norma, 2005, págs. 252 a 256.