sábado, 30 de mayo de 2020

Amigos son los amigos

Por Daniel Link para Perfil

En la República Imaginaria de Chetoslovaquia que habitamos seguimos con atención todo abuso de poder. Sobre todo si se trata de un poder heteropatriarcal que, como en Mendoza, establece normas arcaicas para determinar quién se reúne con quién, qué días y hasta qué horas sin que ninguna de esas limitaciones pueda inscribirse en alguna de las formas de democracia que conocemos. Nuestros amigos de allende las fronteras enfrentan idénticos abusos.
La República Imaginaria de Chetoslovaquia limita al noreste con el río Paraná, un arroyuelo cada vez más seco cuyo lecho barroso ha sido utilizado últimamente (con gran imprudencia) para la práctica de motocross.
En la provincia de Corrientes, del otro lado del río, nos dicen, su gobernador ha autorizado las salidas recreativas de las personas. Por un lado están autorizadas a caminar y trotar (pero no a correr), con reserva previa de turno y en días que se corresponden con las terminaciones de sus documentos de identidad. Aparentemente, las fuerzas del orden se instalarán con radares en la Costanera para monitorear la velocidad del paso.
Los fines de semana, además, el Sr. Gustavo Valdés autorizó las reuniones de hasta diez personas (las que se cuentan con los dedos de las manos) con la restricción de que los sábados esas reuniones se realizarán con “amigos” y los domingos con familiares. Se aclara que “la Policía podrá interrumpir los encuentros en los que no se respete el protocolo sanitario”.
Nuestros corresponsales están tratando de averigüar si los permisos son conmutables (domingos con amigos y sábados con la familia) y cuál serían las penas si esas conmutaciones sucedieran sin el aval del Estado. ¿Multas, cárcel, apedreamiento en la plaza pública?
Un pequeño detalle: ¿el colectivo “amigos” incluye a las mujeres (cis o trans) o no? Y si no se tiene familia o no se tienen ganas de malgastar un domingo en discusiones estériles, ¿pueden aplicarse esas horas sobrantes a la prolongación de la reunión del día previo?
Lo más importante: la autorización de reunión en grupos de 10 amigs, ¿implica la posibilidad de contacto sexual (que en la milicia se llamaba “franco sanitario”) o no? ¿El sexo grupal está incluido dentro del permiso de reunión? ¿Hasta cuántos participantes?
Los medios correntinos a los que hemos podido acceder nada dicen sobre estos delicados asuntos y tampoco han protestado por la intervención brutal del Estado en la organización del tiempo libre.
Los permisos de aquí y de allá vienen de una ideología viejísima. Recuerdan ese programa dominical de televisión, Los Campanelli, en el que la familia se reunía alrededor de la mesa para comer ravioles y el muchachito de la casa se sentaba tarde a la mesa porque la noche anterior había salido con sus amigotes. No sólo nos retrotraen en el tiempo, también nos puerilizan.

lunes, 25 de mayo de 2020

Fascismo telesanitarista



sábado, 23 de mayo de 2020

Un viuda difícil

Por Daniel Link para Perfil

Una noticia me recuerda mis aventuras teatrales en el colegio, mi actuación en Una viuda difícil (1957) de Conrado Nalé Roxlo, donde hice el papel de Mariano Pereyra y Obes, el reo sentenciado a la horca “para que sirva de ejemplo a jóvenes calaveras y gentes de poco seso”, a quien se le conmuta la pena “de horca por la de himeneo”.
El pregón busca una mujer dispuesta a “ser la ejecutora”. Por supuesto, la protagonista de la pieza, no se sabe bien por qué desilusiones o por qué calenturas, se ofrece para salvarme.
Nada de esto estaba en mi memoria, que fue desencadenado (proustianamente) por la noticia que leí en los diarios con incredulidad de que en una ciudad en el extremo oeste de Chetoslovaquia se autorizan las reuniones de hasta diez personas (no once, ni doce), familiares directos (no prims, no amigs, no novis, no madrinas supongo) sólo durante los fines de semana (no los jueves, que da partuza clavado) y sólo hasta las 23 horas.
Las frases que se dispararon en mi recuerdo fueron: “¡Las once ya! Vámonos, ¡con lo oscuras que están estas calles!”.
Vuelto al texto y leo que quienes dicen eso, cuando escuchan al sereno dar la hora, son Misia Jovita y Misia Mariquita, que han estado visitando a la “viuda difícil” recién casada con el reo, por cuya suerte temen.
Ya solos Isabel y Mariano, éste toma un cuchillo y atraviesa la escena en puntas de pie. Cuando Isabel lo ve, cae de rodillas y suplica: “¡No me mate! ¡No me mate!”.
Vuelvo al asunto que desencadenó mi recuerdo de una pieza (cito a Wikipedia) sobre “un pedazo del Buenos Aires virreinal” que jugó algún papel en mi vida. El suplemento Las 12 reaccionó de inmediato ante la noticia y dijo: “No es un criterio sanitario, es moral. Ningún virus va a quitarnos los sentidos feministas que construimos juntes. Al pacto moral heterosexual no volvemos más, familia es la que inventamos.”
Yo suscribo ese comentario, desde mi recuerdo. Las que se van a las 11 son unas Misias virreynales y la “viuda difícil” se queda con quien ha inventado una extraña alianza. La moral chetoslovaca ha retrocedido hasta la mentalidad de las Misias lloriconas, ha cancelado la posibilidad del gesto de la “viuda difícil” (no sea cosa que alguien meta un reo en su casa) y ha transfigurado incluso el deseo de Mariano, quien todavía con el cuchillo en la mano, le había contestado a Isabel: “Quería un poco más de torta”. Qué vida difícil la nuestra.


miércoles, 20 de mayo de 2020

¿Por qué no?


martes, 19 de mayo de 2020

La crueldad


¡Gracias Diego Ripoll por la extraordinaria lectura!
 

sábado, 16 de mayo de 2020

Ingreso universal

Por Daniel Link para Perfil

Hace tres semanas (o años) publiqué aquí la columna “La encerrona”. La columna encontró eco en el Manifiesto “Hacia un Gran Pacto Ecosocial y Económico” que cuenta ya con cientos de adhesiones (y luego en una reciente declaración de la CEPAL).
Los puntos principales de ese documento se resumen en: “1. Ingreso Ciudadano Universal, 2. Reforma Tributaria Progresiva, 3. Suspensión del pago de la Deuda Externa, 4. Sistema Nacional Público de Cuidados, 5. Transición socio-ecológica radical”. Los títulos son tan claros y justos que no casi no hace falta explicar su dependencia respecto del Bien común.
Para evaluar la consecuencias despliego algunas implicancias del primer punto. ¿Se imaginan la seguridad que brindaría un Ingreso Ciudadano Universal? Las personas no deberían necesariamente abandonar su lugar de nacimiento, lo que permitiría una cierta mitigación del efecto devastador de las migraciones masivas hacia los grandes conglomerados. La planificación urbana, pero también la económica y la educativa podría entrar en una fase de superación de los actuales desequilibrios. Las políticas habitacionales descentralizadas liberarían territorios en las ciudades que podrían disponerse para chacras urbanas, para reservas naturales o las dos cosas.

Evitar el hacinamiento, mejorar los sistemas de transporte, distribuir de modo equilibrado las industrias (cada vez más automatizadas), los sistemas escolares y de salud para mejorar la calidad de vida: todo eso depende de un Ingreso Ciudadano Universal. 

sábado, 9 de mayo de 2020

Hacia un Gran Pacto Ecosocial y Económico en Argentina




Vivimos una encrucijada civilizatoria cuyo alcance y consecuencias - todavía inciertas - envuelven las diferentes esferas del mundo de la vida.

La pandemia ha expuesto nuestra vulnerabilidad social y nuestra condición humana, a la par de desnudar y agudizar las desigualdades sociales y económicas haciéndolas más insoportables que nunca. Esto nos impulsa a mirar el estado, los mercados, la familia, la comunidad y la naturaleza desde otra perspectiva, mientras recuperamos aquellas alternativas que hace solo unos meses parecían inviables, para encontrar una salida diferente a esta crisis, a partir de una reconfiguración integral que sea social, sanitaria, económica y ecológica y que tribute a la vida y a los pueblos.

Así, adquiere cada vez más relevancia la capacidad del Estado para transformar la economía mediante un plan holístico que salve al planeta y, a la vez, persiga una sociedad más justa e igualitaria.

Pero no nos engañemos: el “retorno a la normalidad” o el “volver a crecer como antes” forman parte de las falsas soluciones que nos conducirán a más colapso ecosistémico, a más desigualdades, a más capitalismo. Lo peor que puede ocurrir es que el Estado y el Mercado disparen nuevamente contra la naturaleza y los seres humanos, profundizando la presente crisis global y local.

Con todo lo horroroso que ha traído la pandemia, es cierto también que estamos ante un portal: el debate y la instalación de una agenda de transición justa puede convertirse en una bandera para combatir el pensamiento neoliberal hoy replegado, neutralizar las visiones colapsistas y distópicas dominantes y vencer la persistente ceguera epistémica de tantos progresismos desarrollistas que privilegian la lógica del crecimiento económico mediante la explotación y mercantilización de los bienes naturales.

Desde nuestra perspectiva, cinco son los ejes fundamentales para construir este nuevo acuerdo a debatir:

  1. Ingreso Ciudadano Universal. La actual catástrofe pone en evidencia que todo ser humano debe tener garantizado un ingreso básico que abra la posibilidad de una vida digna. Quienes tiene acceso a este Ingreso universal, son todas aquellas personas que existen y revisten la condición de ciudadano/a. Este ingreso esta desvinculado del empleo asalariado, no exige contraprestación alguna, no refuerza la trampa de la pobreza ni el clientelismo. Lejos de ser algo irrealizable, el Ingreso Universal hoy está en el centro de debate de la agenda global.

  1. Reforma Tributaria Progresiva. Es imprescindible una Reforma Tributaria Progresiva que reconfigure la base del actual sistema fiscal en un sentido equitativo y que incluya el impuesto a la herencia, a las grandes fortunas, además de nuevos impuestos verdes a las actividades contaminantes. Nuestro país cuenta con un sistema fiscal regresivo basado en los impuestos al consumo y el impuesto a las ganancias, que golpean especialmente a los sectores medios y bajos. Por el contrario, los grandes patrimonios, las herencias, los daños y pasivos ambientales, las rentas financieras, son todas fuentes tributarias que tienen nula o muy baja presencia en el sistema impositivo del país.

  1. Suspensión del pago de la Deuda Externa. En estos momentos extraordinarios es cuando se justifican la suspensión de las grandes deudas de los Estados. Ningún país puede pagar colosales montos de divisas sin antes garantizar a sus habitantes una vida digna, mucho menos en un contexto de inédita recesión económica global y nacional. La necesidad de rehacer el orden económico mundial, que impulse no solo un jubileo de la deuda sino también una investigación pública acerca de las condiciones en que fue contraída, hoy aparece como necesario.

  1. Sistema Nacional Público de Cuidados. La pandemia debe abrir paso a la construcción de sociedades ligadas al paradigma del cuidado, por la vía de la implementación y el reconocimiento de la solidaridad y la interdependencia también en las políticas públicas, mediante un redireccionamiento de las inversiones del Estado. Así, es necesaria la implantación de un Sistema Nacional Público de Cuidados destinado a atender las necesidades de personas mayores en situación de dependencia, niños y niñas, personas con discapacidad severa y demás individuos que no puedan atender sus necesidades básicas, abandonando de una buena vez la perversa lógica mercantilista, clasista y concentradora de ganancias en los monopolios de las empresas de salud. En paralelo, este nuevo paradigma del cuidado humano debe incluir también el cuidado de la Madre Tierra, colocando en la agenda pública la inextricable relación que existe entre cuidado, salud y ambiente, de cara al colapso climático. Nos aguardan no solo otras pandemias, sino la multiplicación de enfermedades ligadas a la degradación ecológica y a la agravación de la crisis climática. 

  1. Transición socio-ecológica radical. Es tiempo de que Argentina comience una transición socioecológica radical entendida como una salida ordenada y progresiva del modelo productivo fosilista y extractivista, cuyo horizonte societal sea nuestra transformación en un país con matriz energética limpia, renovable y también democrática, en razón de que el acceso a la energía es un derecho humano. Así, la justicia ambiental es complemento de la justicia social y viceversa.

Esta transición debe potenciar también la Agroecología, primero, para transformar el sistema agroalimentario argentino y recuperar nuestra soberanía con sistemas de producción y distribución dirigidos al desarrollo de mercados locales agroecológicos y solidarios de pequeños productores, enfocados en fomentar una cultura asociativa y comunitaria y una responsabilidad ciudadana en el consumo. Segundo, puesto que el Antropoceno refleja, cuando se mira hacia el espejo, un Urbanoceno, y puesto que la gran mayoría de la población nacional vive en ciudades planificadas, crece la necesidad de un cambio radical acerca de la forma en que vivimos en las metrópolis. Debemos ruralizar la urbanidad en las grandes ciudades donde la relación con la Naturaleza es prácticamente nula, como una forma de reparar la separación que tienen los habitantes urbanos respecto de la naturaleza.

Finalmente, la otra forma de reparar esta separación consiste en otorgar reconocimiento legal a los Derechos de la Naturaleza, es decir, los seres humanos debemos admitir a la Naturaleza como sujeto de derechos y no como un mero objeto, conviviendo en armonía y respetando sus ritmos y capacidades.

La apuesta es, entonces, construir una verdadera agenda nacional – ejemplificadora a nivel global - con una batería de acciones orientadas hacia una transición justa, que cuente con la participación y la imaginación popular; que logre una interseccionalidad entre las nuevas y viejas luchas, sociales e interculturales, feministas y ecologistas; impulsando un nuevo diálogo Norte-Sur, Centro/Periferia en el marco de un política cosmopolita en clave de autodeterminación, solidaridad y emancipación.  



Primeras Firmas

Maristella Svampa (socióloga y escritora)
Beatriz Sarlo (ensayista y escritora)
Enrique Viale (Abogado Ambientalista)
Patricia Zangaro (Dramaturga)
Leonor Manso (actriz)
Maria Sonia Cristoff (escritora)
Soledad Barruti (Periodista y escritora)
Rafael Colombo (abogado)
Gabriela Massuh (escritora)

Daniel Link (catedrático y escritor)
Rafael Spregelburd (dramaturgo)
Gabriela Cabezón Cámara (escritora)
Mirta Busnelli (actriz)
Pablo Bertinat (Ingeniero, docente UTN)
Roberto Gargarella (Constitucionalista y sociólogo)
Cristina Banegas (actriz)
Marta Maffei (docente jubilada y dirigente sindical)
Rubén Szuchmacher (artista de teatro)
Ricardo Bartís (artista de teatro)
Pablo Alabarces (sociólogo y escritor)
Luis Wall (científico)
Patrícia Pintos (geógrafa)
Ezequiel Adamovsky (Historiador)
Horacio Tarcus (historiador)
Pablo Stefanoni (periodista/historiador)
Daniel Muchnik (periodista y escritor)
Graciela Jacob (Científica y socióloga)
Martín Bergel (historiador)
Silvina Ramírez (Abogada indigenista y docente)
Alejo García Pintos, (Actor)
Alejandro Vannelli (Representante artístico)
Ernesto Larrese (actor)
Cristian Pauls (cineasta)
Jonatan Baldiviezo (abogado, presidente observatorio derecho a la ciudad)
Marcelo Cohen (Escritor y traductor)
Graciela Speranza (Escritora y ensayista)
María Eva Koutsovitis (ingeniera, UBA)
Carlos A. Blanco (arquitecto)







Distancia mínima


Acceso directo a la muestra: https://app.emaze.com/@AOZTICZLR/orgullo-en-marcha

La clase muerta

Por Daniel Link para Perfil

Entre los muchos daños que la pandemia ha producido entre nosotros, uno de los más graves afecta al pacto educativo, completamente distorsionado y librado a la buena voluntad de sus actores.
Es dificíl sostener siquiera una parodia de educación universal e igualitaria cuando los contextos en los cuales el aprendizaje se desarrolla son tan desparejos.
Recién ahora, después de más de un mes de clases suspendidas, se están distribuyendo (y está bien que así sea) herramientas tecnológicas para que estudiantes de los niveles inicial y secundario puedan acceder a ciertos contenidos.
Hasta donde sé, los sindicatos docentes protestaron con vehemencia y con razón ante la conversión inmediata de la educación presencial en educación remota.
Examino el nivel que más conozco: universitario de grado y de posgrado. El miércoles previo a la semana santa se nos informó que debíamos comenzar las clases virtuales el lunes siguiente. Dedicamos ese fin de semana largo a reformular la secuencia pedagógica de textos que pensábamos dar a leer y a organizar algo parecido a una lógica de aprendizaje remoto.
De inmediato nos enfrentamos con varios escollos. La bibliografía digitalizada (que tanto escándalo ha suscitado últimamente entre personas incapaces de pensar la lectura más allá de la propiedad privada) debía alojarse en servidores que, muchas veces, no admitían el tamaño de los archivos. Tuvimos que duplicar las plataformas, con el consiguiente desgaste que eso significa para estudiantes y docentes. En segundo término, las reuniones sincrónicas no podían programarse porque los programas al uso (zoom, por ejemplo) no aceptan más que un número limitado de participantes, inferior a nuestros inscriptos. Finalmente conseguimos cuentas prestadas para poder armar reuniones de ese tipo en otras plataformas.
Mientras tanto, los aprendizajes funcionaron (y seguirán funcionando) de manera asincrónica y a fuerza de esperanzas. ¿Qué se entiende de lo que mando escrito? ¿Qué se ha leído previo a la clase? Imposible saberlo.
Luego, un dato no menor: la presunción de que cualquier docente de universidad (un cargo con dedicación exclusiva y toda la antigüedad posible equivale a una jubilación de un administrativo medio y esos cargos son poquísimos) contamos con acceso a internet de alta velocidad y ambientes adecuados al streaming en nuestras casas es completamente falsa pero, sobre todo, injusta.
La mutación educativa compulsiva y generalizada parece reposar en el presupuesto de que promover un proceso complejo de aprendizaje (ligado con la lengua y la literatura, o la matemática y los estudios sociales) equivale a la mera distribución de contenidos. Pero si quisiéramos insistir (como lo hacemos) en la necesidad de examinar críticamente los materiales que constituyen nuestro objeto (letras, sonidos, colores, paisajes, números o normas), lo cierto es que es muy poco lo que podemos podemos hacer remotamente.
Somos docentes porque no somos gestores culturales, ni apéndices inertes de las multinacionales de la edición ni promotores de figuras autorales.
En un texto sobre estos asuntos publicado muy tempranamente (el 12 de marzo), la Prof. Anna Kornbluth señaló el riesgo fundamental del desafío al que nos mandan responder: “las doctrinas de shock hacen de la emergencia una nueva normalidad: convierten los esfuerzos temporales en expectativas permanentes”.
Nadie en su sano juicio puede negar las ventajas que la educación a distancia puede tener (yo he dictado cursos de posgrado para alumnos mexicanos desde la comodidad de mi escritorio en ese formato) pero en modo alguno se puede aceptar esa conversión masiva sin una discusión profunda sobre el alcance de la mutación a la que nos enfrentamos sólo porque no nos queda más remedio y transitoriamente.
¿En nombre de qué resignar la posibilidad de construir espacios comunes de lectura, y en nombre de qué aceptar la supresión de la dimensión dialógica de los procesos de aprendizaje (quien sostenga que puede haber diálogo mediado por un dispositivo tecnológico o está loco o tiene mala fe)?
Seguimos adelante porque amamos la clase. Pero la queremos viva.

viernes, 8 de mayo de 2020

Hollywood: realidad paralela

por Daniel Link para Soy

La nueva producción Ryan Murphy, el creador de Glee y American Horror Story, imagina un Hollywood paralelo, en donde el amor y la voluntad de gays y lesbianas es capaz de superar obstáculos y eludir la censura, aun en los tiempos del Código Hays.

Cadáver exquisito Hollywood probablemente haya muerto definitivamente. Ya en los últimos años, el sistema de producción y distribución se había transformado tan radicalmente que los grandes dinosaurios de la industria sólo atinaban a protestar por la supremacía de las plataformas de streaming en la ceremonia de los Oscar, donde había, por otro lado, cada vez menos “estrellas”. El tiro de gracia probablemente haya sido la pandemia de COVID-19, que parece haber obturado la idea misma de “ir al cine”, esos palacios plebeyos de antaño, luego convertidos en livings comunitarios en los que, como todo el mundo sabe, la tos misma se contagia de unx a todxs. ¿Quién sería capaz de someterse a semejante estrés para ver una película mediocre? Habrá quienes vivirán esa muerte glamorosa como pena. Pero habrá quienes la aprovecharán para inventar un arte nuevo, si es que todavía tiene sentido la invención de un arte separado de los otros, animado por la jactancia de ser verdaderamente representativo de la época que nos toca vivir. Pero, en definitiva, el gran arte se reconoce siempre en los anuncios de su muerte, de modo que a lo mejor el cine muestra su agonía para mejor sostenerse en ese abismo incómodo del muerto-vivo.
En todo caso, parece ser la hora de los bellos discursos: Érase una vez en Hollywood (2019) de Tarantino, que repite el título en castellano de That's Entertainment! (la recopilación de archivo de la Metro de 1974 que es casi como una confesión de partes: festejemos nuestros cincuenta años no con algo nuevo, sino con pedacitos de lo viejo), y Hollywood, producida y guionada por Ryan Murphy y recién distribuida a través de Netflix permiten pensar en la enfermedad de esa fábrica de ilusiones que fue Hollywood, sobre todo en su época dorada.

Universo alternativo. Hollywood cuenta una historia en siete capítulos y se deja ver con ligereza y alegría. No es una gran serie (muy lejos de las temporadas buenas de American Horror Story y, sobre todo, de Feud, 2017, sobre la rivalidad de Bette Davis y Joan Crawford) pero al menos no es estridente y, sobre todo, sostiene su amabilidad hasta el último plano. La historia comienza en la inmediata posguerra y focaliza su atención en un hipotético estudio Ace que funciona de acuerdo con la lógica de los grandes estudios. La mayoría de los personajes son ficcionales pero hay algunos inspirados en caracteres frecuentes en los libros de historia del cine: Rock Hudson, Henry Wilson (desempeñado por Jim Parsons, oh sí, Sheldon Cooper) sobre todo. Wilson fue agente de Rock Hudson (nombre por él inventado) y fue quien le propuso en 1955 que se casara con Phyllis Gates para ocultar su estridentísima homosexualidad. El matrimonio por conveniencia duró hasta 1958.
El otro personaje “real” que conviene mencionar es Hattie McDaniel, que ganó en 1940 el Oscar a la mejor actriz de reparto por su personaje Mammy en Lo que el viento se llevó. Fue la primera afrodescendiente en obtener la estatuilla, pero por política racial no pudo entrar al teatro donde se hacía la ceremonia hasta que el sobre fue abierto. Ése es el Hollywood que Ian Brennan y Murphy eligen ficcionalizar y dar vuelta como un guante: una fábrica hipócrita de ilusiones perdidas, fundada en el racismo extremo, la homofobia, la transfobia y la misoginia que en la serie se resuelve en la asunción orgullosa y desafiante de la propia identidad y la propia fuerza.
Hollywood pudo ser de esa otra manera, nos dicen los guionistas: un lugar donde las parejas homosexuales y/o interraciales pueden ir de la mano a las ceremonias de premiación, un lugar donde las mujeres no son relegadas al papel de sirvientas o secretarias resentidas, un lugar donde el color de la piel o la identidad de género no necesariamente determina el tono de la historia a ser contada. Un lugar donde la autenticidad y la verdad se dan la mano con la justicia y el amor universal.
Ahora bien, si el Hollywood de los años cuarenta hubiera mutado en esa dirección lo que habría que preguntarse es cuáles habrían de ser (más allá de la mera voluntad de los protagonistas) las condiciones necesarias para esa mutación y, sobre todo, cuál habrían de ser sus consecuencias.
Sobre lo segundo, hay una respuesta clara: el extraordinario libro de Kenneth Anger Hollywood Babilonia no habría podido ser escrito. Tal vez su primer tomo, pero en modo alguno el segundo. Hollywood Babilonia (1959) muestra impiadosamente la hipocresía de una comunidad que exaltaba los valores tradicionales de la familia, la propiedad privada y la obediencia a las normas, a través de un sistema de individualidades (el famoso star system) entregadas a todos los excesos y todas las “desviaciones”, incluidos, claro está, los delitos (lavado de dinero, violación, asesinatos, etc.).

El triunfo de la voluntad. En cuanto a lo primero (las condiciones para una mutación semejante), Hollywood parece insinuar que con un poco de coraje y un poco de determinación alcanza. Con una mujer como la esposa del dueño del estudio (desempeñada extraordinariamente por Patty LuPone), un director semifilipino, un guionista y una actriz afrodescendientes y un par de homosexuales dispuestos a mostrarse al mundo tal cual son se resuelve todo prejuicio porque no hay, en la perspectiva de Murphy, condiciones estructurales que justifiquen el mal social: la discriminación, el aplastamiento de las aspiraciones, la subalternización y las fantasías de exterminio.
En situaciones normales habría que pedirle cuentas a Ryan Murphy por haber propuesto un cuento de hadas autocomplaciente que parece querer justificar la estructura de la siniestra imaginación hollywoodense (es decir, de la cultura de masas) a partir del triunfo de unas voluntades que encuentran la forma de hacer dinero incluso a partir de la insurrección callada de unos pocos. Como estamos en situación de pandemia, le agradecemos esta fábula inconsecuente y ligera, que nos lleva a un sueño algodonoso de la mano de Rock Hudson y su novio negro. Mañana, sin embargo, habrá que volver a pelear las mismas batallas para salir de una estructura de opresión e hipocresía.

sábado, 2 de mayo de 2020

La crueldad

por Daniel Link para Perfil

Hace dos meses que no veo a mi nieta Juana. Me mandan fotos, me mandan videos. El otro día, mi yerno entró a una clase remota mía con ella. Me cuentan que preguntó: “¿De qué habla el abuelo Daniel?”.
Hablaba, sin nombrarla, de ella. De la extrañeza de estos tiempos violentos e injustos y de nuestra imposibilidad para encontrar una salida. Y de la necesidad de encontrar una salida para no volvernos locos o no matarnos.
Mi vida no ha cambiado demasiado desde que empezó la encerrona, pero ¿no poder verla a ella, no poder ver a mis hijos? ¿En nombre de qué? ¿En qué apuntalar una esperanza sino en estar con ellos y para ellos?
Yo había dejado de fumar, antes de la encerrona. Un cigarrillo por día. Después me fui al carajo. ¿Para qué, si no puedo ver a mis hijos y a mi nieta?
¿Para qué, si ella ya empezó a simular que lee y pronto lo hará de verdad y yo no he podido participar de ese proceso?
Tengo salvoconductos para circular por la calle. ¿Para qué, si no voy a poder ir a verla porque los porteros de su edificio van a denunciarme? ¿Para qué, si no me van a dejar que la acompañe a dar una vuelta manzana?
Alguien, en la clase que ella oía sin entender bien, me preguntó a qué me refería con “imagen”. Me refería a una imagen mental, a una imagen intelectual, que puede o no tener realización verbal o visual. Cité Lo imaginario de Sartre, donde al mismo tiempo que se define la conciencia imaginante se describe la pobreza esencial del registro (“unas cualidades que se lanzan hacia la existencia y que se detienen a mitad de camino”).
La existencia de mi nieta es la única garantía de la mía. Condenarme a sólo poder acceder a ella a través de imágenes paupérrimas es de una crueldad a la que yo nunca estuve sometido, nunca. Es como si Juana fuera sólo un recuerdo, un personaje del pasado, como si su cuerpo no tuviera nada que ver con el mío, como si yo fuera solamente “a mitad de camino”.








sábado, 25 de abril de 2020

La encerrona

Por Daniel Link para Perfil

En la UBA trabajamos desde hace años con la hipótesis de la amnesia: en literatura, en cultura, en política, se actúa como si el Siglo XX no hubiera tenido lugar. Esa amnesia no es inocente e implica una serie de decisiones cuya validez puede discutirse.
Lo hemos visto en estos días de gobierno higiénico. Es como si los higienistas del siglo XIX hubieran tomado el poder pero, sobre todo, el dominio del Bien, como si la alianza siniestra y escandalosa entre Medicina y Estado que supusieron los Campos de Concentración no hubiera tenido lugar.
Sea: el gobierno tomó una decisión política y la respetamos aunque en otras latitudes la cuarentena no haya funcionado con el mismo grado de autoritarismo (precisamente en donde fueron conscientes del peligro del Estado de excepción dilatado en el tiempo: Alemania).
Ahora bien: ¿cómo se sale de la encerrona política en la que nos metieron los higienistas decimonónicos para quienes la salud depende de una sola variable? Para ellos la mejor solución sería no salir nunca más (preferentemente del baño, donde nos lavaremos las manos indefinidamente cantando “Feliz cumpleaños”).
Yo creo que el Sr. Alberto Fernández tiene la oportunidad histórica de salir por todo lo alto. Así como hizo frente con Costa Rica para pedir créditos del FMI a tasas cero, debería proponer un plan regional para siempre: ingreso ciudadano básico (independiente de las horas de trabajo), modificación radical del sistema impositivo, conectividad y transporte público gratis para todos y todas, inversión sostenida en el tiempo en salud y educación, federalización y plena vigencia de los tres poderes con control ciudadano, subordinación de los procesos de acumulación de capital a las necesidades de uso (frugalidad) y total control ambiental de los procesos productivos.
Alberto Fernández puede convertirse en el líder continental que proponga al mundo un nuevo modelo civilizatorio.

jueves, 23 de abril de 2020

Inge + Paul

A partir del 17 de Abril durante las cuatro semanas subsiguientes podrán ver por streaming la película Los Soñados de Ruth Beckermann (Austria, 2016, 89´). Estará disponible con subtítulos al español (inglés, francés e italiano). Es un proyecto realizado en cooperación con el Ministerio de Asuntos Exteriores de Austria y la distribuidora Sixpackfilm. 

Para saber más acerca de la película: The Dreamed Ones y Six Pack Film.

domingo, 19 de abril de 2020

sábado, 18 de abril de 2020

El bien general como coartada

Por Daniel Link para Perfil

No habíamos empezado a ver, por pereza, The Passage, una serie de Fox del año pasado. De hecho, como la había bajado yo de un sitio más bien ruso, tampoco teníamos idea de qué venía.
Para nuestra sorpresa empieza con una epidemia terrible en un país asiático, a punto de convertirse en pandemia. No somos particularmente proclives a replicar en la ficción lo que nos está pasando en la vida misma, y mucho menos post facto.
Pero nos enganchamos de inmediato con los personajes (buen casting: casi todos actores intrascendentes y desconocido) y el ritmo bastante vertiginoso y por cierto lateral a la crisis sanitaria que funciona de marco y de excusa para las aberraciones que se cometen en los primeros capítulos.
Adelanto apenas información del capítulo primero: está esta pandemia. La enfermedad que produce el virus es fulminante (mata en doce horas).
Los Estados Unidos, por la vía de su Departamento de Defensa, se preocupan (que muera el mundo vaya y pase, pero que mueran ellos es intolerable). Hay un experimento en curso que tal vez se pueda utilizar. Unos científicos locos encontraron en Bolivia (acá a la vuelta) un vampiro muerto de hambre. Se lo llevaron y empezaron a inocular vampiritud en sujetos experimentales (condenados a muerte, en principio). Los sujetos se curaban de todo mal, pero... ay, perdían la humanidad.
¿Qué hacer? Se les ocurre un plan macabro que encuentra un escollo en un humanismo (no en el sentido posestructuralista, sino en el sentido lato) elevado a la millonésima potencia: un agente del Departamento de Defensa cuya hija se murió hace un tiempo (y él la extraña). Para salvar a la humanidad hay que deshumanizarla por medio de procedimientos no sólo inhumanos sino sobre todo antihumanos. El conflicto es entre los malos, escudados en la salud general de la población, y los que se resisten al plan malévolo y huyen, huyen, huyen.
¿Entonces? Ah sí, la "vida desnuda". Lo que se pretende salvar es la "vida desnuda" (claro que norteamericana: no tan desnuda) a toda costa.
En nombre del bien mayor o el bien general (la salud del pueblo), los príncipes, científicos y militares, en alianza clásica claudican de toda humanidad.
Nos dicen que la seria ha sido discontinuada y no habrá una nueva temporada. No es de extrañar, porque si una situación de emergencia supone soluciones igualmente de emergencia, lo que la serie The Passage habilita a discutir es precisamente esas “soluciones”, porque supone (correctamente) que todo cálculo sobre lo viviente es inmediatamente... injusto, inmoral, en fin: fascista.
Por supuesto, una vez que una vía de “cura” se revela posible, inmediatamente comienzan los intentos para convertir en arma esa herramienta viral.
Como un rizo, la ficción dice que en esas situaciones excepcionales casi todo va a terminar en el puro Mal.


jueves, 16 de abril de 2020

"Tanto penar para morirse uno"



Bonita pero intrascendente

Cafiero es como una secretaria de Sofovich, ¿no?
 



lunes, 13 de abril de 2020

Tutti i libri


sábado, 11 de abril de 2020

Diario de la peste, día 24

(anterior)

No habíamos empezado a ver, por pereza, The Passage, una serie de Fox del año pasado. De hecho, como la había bajado yo de un sitio más bien ruso, tampoco teníamos idea de qué venía.
Para nuestra sorpresa empieza con una epidemia terrible en un país asiático, a punto de convertirse en pandemia. No somos particularmente proclives a replicar en la ficción lo que nos está pasando en la vida misma, y mucho menos post facto.
Pero ya estábamos enganchados con los personajes (el casting es muy bueno, aunque son casi todos actores intrascendentes y desconocidos: o más bien, precisamente por eso) y el ritmo bastante vertiginoso y por cierto lateral a la crisis sanitaria que funciona de marco y de excusa para las aberraciones que se cometen en los primeros capítulos.
Es así, y adelanto apenas información del capítulo primero: está esta pandemia. La enfermedad que produce el virus es fulminante. La contraés al mediodía y a la medianoche ya te moriste. Como diría mi nieta: hay que encontrar una vacuna.
Los Estados Unidos, por la vía de su Departamento de Defensa, se preocupan. Que muera el mundo no es demasiado problema, pero que muera USA es intolerable para ellos.
Hay un experimento en curso que tal vez se pueda utilizar.
Unos científicos locos encontraron en Bolivia (creo, ¿o Colombia? Acá a la vuelta) un vampiro muerto de hambre.
Empezaron a inocular vampiritud en sujetos experimentales (condenados a muerte, en principio). Se dieron cuenta de que los sujetos se curaban de todo mal, pero que... ay, perdían la humanidad. 
¿Qué hacer? Se les ocurre un plan macabro que no contaré pero que desemboca en un humanismo elevado a la millonésima potencia, que se enfrenta con semejante proyecto, en la vía de un agente del Departamento de Defensa cuya hija se murió hace un tiempo (y él la extraña).
Ahí nace el conflicto entre los que son malos, pero escudados en la salud general de la población y los que son buenos, se resisten al plan malévolo y huyen, huyen, huyen.
El asunto está bien planteado: para salvar a la humanidad hay que deshumanizarla por medio de procedimientos no sólo inhumanos sino sobre todo antihumanos.
¿Entonces? Ah sí, la "vida desnuda". Lo que se pretende salvar es la "vida desnuda" (claro que norteamericana, o sea: no tan desnuda) a toda costa.
En otra serie más conocida (porque está colgada en esas plataformas que alimentan la pereza, creo que Amazon), Hunters, hay una escena bastante clara al respecto. Al joven Pacino, cuando estaba en los campos, lo obligan a matar para salvar la vida de la mujer a la que ama. Ella lo suplica que no lo haga, que no mate, que la deje morir a ella, porque ella no podrá amarlo si él mata. Pero él mata, mata a 11, dice. Mata por amor a ella.
Se dirá que Hunters es más "profunda" que The Passage, pero yo creo que no. 
El tratamiento del exterminio en los campos me parece que en Hunters es sólo sentimental y abunda en el estereotipo del "nazi malo enloquecido". 
Mucho más interesante es el caso de quienes, en nombre del bien mayor o el bien general, claudican de toda humanidad (y, en este caso, no estamos usando el término en el sentido posestructuralista, sino en el sentido lato).
Una situación de emergencia supone soluciones igualmente de emergencia. Eso es lo que la serie The Passage habilita a discutir, porque supone (correctamente) que todo cálculo sobre lo viviente es inmediatamente... injusto, inmoral, en fin: fascista.

(continúa)

 
 


Sensatez y sentimiento

por Daniel Link para Perfil

Antes de pasar a otra cosa: el coronavirus no tiene vacuna y no hay obstáculo para su propagación (al menos ninguno aceptado por los burócratas de la salud y sus secuaces). 
El virus contagiará por lo menos al 60% de la población mundial (tal como lo anunció tempranamente Angela Merkel para incredulidad de nuestro periodismo; las autoridades ecuatorianas han coincidido en ese porcentaje). De los contagiados, el 80% sobrellevará la enfermedad prácticamente sin darse cuenta, el 20% sufrirá complicaciones graves y el 5% restante deberá depender de la disponibilidad de unidades de terapia intensiva para sobrevivir. 
Las tasas de mortalidad son muy variables porque dependen de la cantidad de testeados, contagiados confirmados y del sistema sanitario. Las estimaciones rondan en alrededor del 3 por mil de contagiados. 
Todos nos contagiaremos y cuándo nos contagiaremos es la única incógnita, y aquello sobre lo cual se puede ejercer algún tipo de política, para que no colapsen los sistemas sanitarios, como sucedió en Italia, en España, en Nueva York, en Guayaquil, y la gente no muera por falta de tratamiento. 
Las cuarentenas obligatorias no tienen como función evitar el contagio, sino postergarlo. Sobre el “aplanamiento de la curva”, aparentemente las cosas serían así (subrayo el potencial porque no soy autoridad en la materia y apenas si reproduzco información fidedigna que aquí no nos dan): si el ratio de duplicación de casos confirmados es de diez días, el sistema sanitario puede responder adecuadamente a la epidemia. Alemania está (o estaba hace unos días) en siete, Argentina en cinco, EE.UU. y México en cuatro. En cuanto al tratamiento de ese problema, hay que poner entre signos de pregunta el manual de la OMS, la terquedad con la que nuestros epistemólogos y sanitaristas (heroificados hasta el hartazgo) pretenden imponerlo, y evaluar otras soluciones. 
El ministro de Salud porteño reconoció que dos de cada tres infectados son asintomáticos. Concluyó, abrazando un principio biopolítico impugnable: “Es importante actuar como si se tuviera la enfermedad”. Si hicieran testeos, como en el Veneto, como en Alemania, como en Corea, muchos de los que ya tuvieron la enfermedad (siguiendo al ministro, por cada confirmado, otros dos más), el problema de la circulación y el trabajo quedaría mitigado. 
La opción no es entre salud y economía, es entre sensatez y manía, entre imaginación y burocracia.



viernes, 10 de abril de 2020

Diario de la peste, día 23

(anterior)

No sabemos muy bien cómo vamos a arreglarnos a partir de la semana que viene. Yo no puedo teletrabajar desde la quinta, porque no tengo buena señal de Internet. Y mi mamá no puede estar sola, porque es grupo de altísimo riesgo y estamos en uno de los focos epidemiológicos más terribles.
Hace unos años, cuando Greta, nuestra perra, tuvo erliquiosis, la hematóloga que la atiende nos dijo, de entrada: "las erliquias del Oeste son terribles, no se sabe por qué". Ahora, empezarán a decir: "los coronavirus de Moreno son terribles".
El martes pasado llevamos a mi mamá para que cobrara su jubilación. El espectáculo fue esperpéntico. Las calles cortadas, mi mamá arrastrando su andador, cubierta con bufandas, máscaras, bajo una luz inclemente que resaltaba el vacío posapocalíptico del pueblo.
Con sus remedios, otro problema, todavía más agudo: su médico de cabecera de PAMI no atiende el teléfono (en fin: está deshabilitado desde hace tres años) y no hay forma de comunicarse con él para pedir las recetas. 
Habrá que moverse hasta su consultorio y esperar con setecientos viejos que el trámite se complete.
Mientras tanto, la farmacia prestó los medicamentos, pero más tarde o más temprano habrá que llevar las recetas.

Por otro lado, el poder adquisitivo de la jubilación de mi mamá ya se redujo al mínimo. La plata no le alcanza, y eso que ha prescidido durante el mes pasado de su asistente personal. El ANSES le debe una pequeña fortuna (por el fallo del juicio "Badaro"), pero como los Tribunales están cerrados y así permanecerán por unas dos semanas más, no hay forma de contar con ese alivio.
Ayer, para colmo, recibimos unos recortes deprimentes que están en línea con la biopolítica holandesa-catalana, que ya hemos deplorado aquí mismo: en los Estados Unidos, ya son 25 los estados que permiten que sus hospitales nieguen terapia intensiva no sólo a los viejos, sino a los que presenten alguna discapacidad física o mental, lo que ha provocado que los discapacitados estén muriendo a un ritmo cinco veces superior al del resto de la población. Es la eugenesia y la eutanasia fascista. ‌
Por otro lado, Italia aprovechó la circunstancia, declaró a sus puertos "no seguros" y se niega a aceptar refugiados africanos. 
Diego B. me manda un montón de sus notas de lectura de diarios que van en la misma dirección. 
Es curioso que estas Pascuas vayan a encontrarnos en un estado tan profundo de congoja y tan alejados de la antropología cristiana.

(continúa)



Calles que se pintan solas


Desobediencia, por tu culpa voy a sobrevivir

por María Galindo para Radio Deseo (vía La vorágine)

Tengo coronavirus, porque aunque parece ser que la enfermedad aún no ha entrado por mi cuerpo, gente amada la tiene; porque el coronavirus está atravesando ciudades por las que he pasado en las últimas semanas; porque el coronavirus ha cambiado con un trinar de dedos como si de un milagro, una catástrofe, una tragedia sin remedio se tratara, absolutamente todo. Donde pises está, donde llegas ha llegado antes y nada se puede hoy pensar, ni hacer, sin el coronavirus entre medio. Parece ser que no solo yo tengo coronavirus, sino que lo tenemos todas, todes, todos; todas las instituciones, todos los países, todos los barrios y todas las actividades.
Lo que está claro es que el coronavirus, más que una enfermedad, parece ser una forma de dictadura mundial multigubernamental policíaca y militar.
El coronavirus es un miedo al contagio.
El coronavirus es una orden de confinamiento, por muy absurda que esta sea.
El coronavirus es una orden de distancia, por muy imposible que esta sea.
El coronavirus es un permiso de supresión de todas las libertades que a título de protección se extiende sin derecho a replica, ni cuestionamiento.
El coronavirus es un código de calificación de las llamadas actividades imprescindibles, donde lo único que está permitido es que vayamos a trabajar o que trabajemos en teletrabajo como signo de que estamos viv@s.
El coronavirus es un instrumento que parece efectivo para borrar, minimizar, ocultar o poner entre paréntesis otros problemas sociales y políticos que veníamos conceptualizando. De pronto y por arte de magia desaparecen debajo la alfombra o detrás del gigante.
El coronavirus es la eliminación del espacio social más vital, más democrático y más importante de nuestras vidas como es la calle, ese afuera que virtualmente no debemos atravesar  y que en muchos casos era el único espacio que nos quedaba.
El coronavirus es el dominio de la vida virtual, tienes que estar pegada a una red para comunicarte y saberte en sociedad.
El coronavirus es la militarización de la vida social.
Es lo más parecido a una dictadura donde no hay información, sino en porciones calculadas para producir miedo.
El coronavirus es un arma de destrucción y prohibición, aparentemente legítima, de la protesta social, donde nos dicen que lo más peligroso es juntarnos y reunirnos.
El coronavirus es la restitución del concepto de frontera a su forma más absurda; nos dicen que cerrar una frontera es una medida de seguridad, cuando el coronavirus está dentro y el tal cierre no impide la entrada de un virus microscópico e invisible, sino que impide y clasifica los cuerpos que podrán entrar o salir de las fronteras.
El espacio Schengen, que es desde donde se ha propagado el coronavirus a esta parte del mundo, donde habito, cierra su frontera a la circulación de cuerpos por fuera de ese espacio y cumple por fin el sueño fascista de que l@s otr@s son el peligro.
El coronavirus podría ser el Holocausto del siglo XXI para generar un exterminio masivo de personas que morirán y están muriendo, porque sus cuerpos no resisten la enfermedad y los sistemas de salud las, les y los han clasificado bajo una lógica darwiniana como parte de quienes no tienen utilidad y por eso deben morir.
Aparecen los millones de euros de salvataje de sus economías coloniales para solventar alquileres, facturas de servicios, sueldos, cuando a toda esa masa proletarizada se le venía recortando el cielo, diciendo que no había de dónde pagar la deuda social. Ahora que les tienen muertos de miedo, obedientes y recluidos, les premian con el dulce consuelo de que solventarán sus cuentas, después de haber solventado las que importan, que son las de las corporaciones y los Estados.
“Socialistas” como los que gobiernan España, hablan de una guerra que vamos a vencer todos juntos. Les gusta la palabra, creen que sirve para hacer cuerpo y hacer de la enfermedad el supuesto enemigo ideal que nos una. Nada más fascista que declarar una guerra contra la sociedad y contra la democracia aprovechando el miedo a la enfermedad. Nada más fascista que hacer de las casas de la gente sus cárceles de encierro. Nada más neoliberal que proclamar el sálvese quien pueda como solución tutelada.
¿Y qué pasa cuando el coronavirus traspasa la frontera y llega a países como Bolivia?
Empecemos por decir que acá al coronavirus le esperaba ya en la puerta el dengue, que viene matando en el trópico –sin titulares en los periódicos– a las gentes malnutridas, a las wawas(1), a quienes viven en las zonas suburbanas insalubres. El dengue y el coronavirus se saludaron, a un costado estaban la tuberculosis y el cáncer que en esta parte del mundo son sentencias de muerte.
Los hospitales construidos la mayor parte a inicios el siglo XX con el auge del estaño y posteriormente modernizados, en los años setenta del siglo pasado, con el auge del desarrollismo, son mamotretos que colapsaron hace rato y donde la mala costumbre de curar a la gente siempre pasó por cuánto dinero tienes para pagar los medicamentos, todos importados e impagables.
Entra el coronavirus y llega en aviones, no de turistas, sino de nuestras exiliadas del neoliberalismo que han construido puentes de afecto que hace que vengan a visitar a extraños que llaman hijos, hermanos o padres.
Llegan con regalos y con cuerpos infectados, pero la enfermedad no solo llega en sus cuerpos llega en primera clase también, llega porque tiene que llegar, así de simple. Parece increíble que tengamos que apelar al sentido común y tengamos que decirles que las fronteras no se pueden cerrar, igualito que no se puede poner techo al sol, ni muro a las montañas, ni puertas a la selva.
Llegó por mil lugares, pero fue el cuerpo de una de nuestras exiliadas del neoliberalismo el estigmatizado y maltratado como “la portadora”, aunque ella y no otros hayan sido y sean quienes mantienen a este país. Los parientes de los enfermos se organizan para no dejar que se la hospitalice por el pánico, porque antes de que llegue el coronavirus en un cuerpo, había llegado en forma de miedo, de psicosis colectiva, de instructivo de clasificación, de instructivo de alejamiento.
El orden colonial del mundo nos ha convertido en idiotas que solo podemos repetir y copiar.
Privadas y privados de pensar, en el caso boliviano la presidenta decide copiar pedazos del discurso y medidas del presidente de España y leyendo en telepronter lanza un paquete de medidas como si estuviera sentada en Madrid y no en La Paz. Habla de guerra que hay que ganar juntos y de los empresarios con los que concertará y lanza un toque de queda y prohibiciones en colecciones.
Lo único diferente en su discurso es el recurso de la cooperación internacional, la conocida mendicidad en la que nos revolcamos para que nos donen desde barbijos hasta ideas, una vez que les hayan sobrado.
Lo único diferente en su discurso es que acá no hay excedente, ni miles, menos millones de euros con que pagar ninguna cuenta. Acá la sentencia de muerte estaba escrita antes de que el coronavirus llegara en avión de turismo.
Mientras espero una epifanía que nos esclarezca lo que tenemos que hacer y que estoy segura entrara por el cuerpo débil y febril que nos la revelara, mientras me dedico con mis hermanas a desobedecer la prohibición de fabricar gel casero y lo hacemos para vender, porque también tenemos que sobrevivir; mientras rebusco mis libros de medicina ancestral para producir una fricción respiratoria antiviral, como las que hacíamos cuando Mujeres Creando era una farmacia popular en una zona periférica de la ciudad, pienso en el absurdo.
¿Ya que hay toque de queda, quedan prohibid@s de subsistir tod@s quienes viven de trabajar en la noche?
La sociedad boliviana es una sociedad proletarizada, sin salario, sin puestos de trabajo, sin industria, donde la gran masa sobrevive en la calle en un tejido social gigante y desobediente. Ni una sola de las medidas copiadas se ajusta a nuestras condiciones reales de vida, no solo por las deudas, sino por la vida misma. Todas y cada una de esas medidas copiadas de economías que nada tienen que ver con la nuestra, no nos protegen del contagio, sino que nos pretenden privar de formas de subsistencia que son la vida misma.
Nuestra única alternativa real es repensar el contagio.
Cultivar el contagio, exponernos al contagio y desobedecer para sobrevivir.
No se trata de un acto suicida, se trata de sentido común.
Pero quizás en ese sentido común esté todo el sentido más potente que podemos desarrollar.
¿Qué pasa si decidimos preparar nuestros cuerpos para el contagio?
¿Qué pasa si asumimos que nos contagiaremos ciertamente y vamos a partir de esa certidumbre procesando nuestros miedos?
¿Qué pasa si ante la absurda, autoritaria e idiota respuesta estatal al coronavirus nos planteamos la autogestión social de la enfermedad, de la debilidad, del dolor, del pensamiento y de la esperanza?
¿Qué pasa si nos burlamos de los cierres de fronteras?
¿Qué pasa si nos organizamos socialmente?
¿Qué pasa si nos preparamos para besar a los muertos y para cuidar a las vivas y los vivos por fuera de prohibiciones, que lo único que están produciendo es el control de nuestro espacio y nuestras vidas?
¿Qué pasa si pasamos del abastecimiento individual a la olla común contagiosa y festiva como tantas veces lo hemos hecho?
Dirán una vez mas que estoy loca, y que lo mejor es obedecer el aislamiento, la reclusión, el no contacto y la no contestación de las medidas cuando lo más probable es que tu, tu amante, tu amiga, tu vecina, o tu madre se contagien.
Dirán una vez más que estoy loca cuando sabemos que en esta sociedad nunca hubo las camas de hospital que necesitamos y que si vamos a sus puertas ahí mismo moriremos rogando.
Sabemos que la gestión de la enfermedad será mayormente domiciliaria, preparémonos socialmente para eso.
¿Qué pasa si decidimos desobedecer para sobrevivir?
Necesitamos alimentarnos para esperar la enfermedad y cambiar de dieta para resistir.
Necesitamos buscar a nuestr@s kolliris (2) y fabricar con ellas y ellos esos remedios no farmacéuticos, probar con nuestros cuerpos y explorar qué nos sienta mejor.
Necesitamos coquita para resistir el hambre y harinas de cañahua, de amaranto, sopa de quinua. Todo eso que nos han enseñado a despreciar.
Que la muerte no nos pesque acurrucadas de miedo obedeciendo órdenes idiotas, que nos pesque besándonos, que nos pesque haciendo el amor y no la guerra.
Que nos pesque cantando y abrazándonos, porque el contagio es inminente.
Porque el contagio es como respirar.
No poder respirar es a lo que nos condena el coronavirus, más que por la enfermedad por  la reclusión, la prohibición y la obediencia.
Me viene a la mente Nosferatu que en una inolvidable escena, cuando ya la muerte es inminente y la peste encarnada en ratas ha invadido todo el pueblo, se sientan tod@s en una gran mesa en la plaza a compartir un banquete colectivo de resistencia. Así que nos encuentre el coronavirus, listas para el contagio.


jueves, 9 de abril de 2020

Diario de la peste, día 22


Ayer a la medianoche nos llegó por correo electrónico un aviso de la Facultad de Filosofía y Letras diciendo que, en contra de lo que había decidido el Rectorado de la UBA, el cuatrimestre comenzará el próximo lunes. Quienes no estén dispuestos a dictar remotamente la materia, deberán hacerlo presencialmente en el bimestre de verano (enero y febrero de 2021).
Nos pusimos frenéticamente a organizar el curso digital (que ya habíamos empezado a armar, pero cuya preparación interrumpimos cuando nos dijeron que esperáramos nuevas instrucciones).
No serán Pascuas de guardar, sino de trabajar.


Les alumnes se enteraron casi al mismo tiempo que nosotres y comenzaron a matricularse en las dos páginas a través de las cuales el curso habrá de funcionar (una de ellas, impuesta obligatoriamente por la Facultad; la otra, de nuestra preferencia).
Lo más pesadillesco son las reuniones de cátedra que, de acuerdo con la moda de la hora, se realizan a través de zoom. Nunca antes necesitamos de este instrumento y todo lo resolvíamos por correo electrónico o por whatsapp pero ahora, no sé por qué, se les ha metido en la cabeza que conviene que nos "veamos las caras", como si no estuviéramos ya suficientemente familiarizados con nosotros mismos. 
Pese a mis limitaciones de conexión a Internet, acepto el convite. Algunos llegan tarde, otros llegan a tiempo, a algunos se les congela la pantalla, a otras no se les entiende lo que dicen, casi todes hablan al mismo tiempo. Aguanto como puedo.
El programa de trabajo que habíamos preparado en septiembre del año pasado se llamaba "Siglo XX: Grandes Éxitos" e incluía no tanto los Grandes Éxitos literarios del Siglo XX (sobre lo que negocié una columna larga para el suplemento cultural de Perfil con Alejandro Belloti, confinado en algún lugar del mundo), sino los Grandes Éxitos de nuestra pedagogía, que este año cumple 30 años ininterrupidos.
Nos pareció (nos sigue pareciendo) que dar un curso virtual no sólo era antipático sino que contradecía los principios pedagógicos que hasta ahora hemos defendido: "la cátedra es el lugar de todos los intercambios".
Pero no nos quedaba más remedio que aceptar la "invitación" facultativa. Por supuesto, propuse modificar radicalmente el programa y dejar sólamente las lecturas que, en algún sentido, interpelaran el momento que vivimos: ¿qué sentido tendría discutir Lolita en este contexto?
Tampoco tendría demasiado sentido conservar la separación entre clases teóricas y clases prácticas así que, en ese punto, estaríamos volviendo al comienzo de nuestros experimentos: habíamos comenzado, en 1990, a dar clases prescindiendo de esa división.
Propuse que llamáramos "situaciones" a cada unidad del programa nuevo, y que examináramos las "situaciones" del siglo XX que nos interpelaban particularmente en estos días de encierro, terror y monotonía. Los textos se leerían en relación con esas situaciones.
Cada docente de la cátedra daría tres clases semanales, correspondiente a esas situaciones.
La primera, la Cero, quedaba a mi cargo y propuse la situación "Excepción" para poder desplegar el trasfondo del pensamiento agambeniano, tan castigado por los ignorantes de derecha y de izquierda, y clarísimas posiciones sobre la pandemia y su gestión política.
Después de eso, la Situación 1 va a ser Globalización y Mundialización, porque si hay algo que nos queda claro es que, contra los procesos de acumulación indefinida del capitalismo global, hay que sostener una idea de Mundo (Tierra, lo que sea). La alternativa nacionalitaria es tanto más pesadillesca que la globalización y, sobre todo, antigua (como el peronismo).
Para la situación Cero, leeremos "Ante la Ley" de Kafka. Para la situación 1, Auerbach y algún poema (probablemente de Rilke, gran crítico de la "plutocracia" que, sin embargo, no cayó en los excesos de Pound y, por otro lado, un exquisito teórico de lo Abierto). 
El curso se desarrollará a lo largo de 16 semanas y somos ocho docentes, de modo que alguien podrá, si quiere, dictar dos semanas.
Algunas de las otras situaciones que incorporaremos se llaman: Peste, Enmudecimiento y Burocratización, Guerra, Posguerra, Catástrofe y espera, Mutación antropológica, Desastre.
Hasta hoy, todavía no he terminado de cobrar mis ingresos, de modo que al estrés pedagógico se suma el estrés financiero: no sé si el lunes podré pagar mis cuentas.
Creo que la Pobreza debería ser una situación a tener en cuenta en estos días.

(continúa)