sábado, 22 de febrero de 2020

Peronismo invertido


por Daniel Link para Perfil

Entre las más raras aseveraciones escuchadas en los últimos tiempos se cuentan las del Sr. Barba, quien dictaminó que la Sra. Fernández es la política más brillante de toda la historia argentina.
Es, sin duda, la más carismática y ha demostrado una capacidad ciclópea para sobrevivir a la adversidad. Pero si se la mide según el rasero peronista, la cosa cambia bastante. Como se sabe, la octava de las “Veinte verdades” reza: “En la acción política, la escala de valores de todo peronista es la siguiente: primero la patria, después el Movimiento y luego los hombres”. Las mujeres quedaban circunscriptas primero al Partido Peronista Femenino fundado por Eva Duarte y después a la “Rama Femenina” (oprobiosa concesión de una cuota del 33% de acceso a cargos públicos para las mujeres).
La Sra. Fernández invirtió todas las reglas y valores. Puso, en primer término, a su propia persona, en segundo término al Movimiento (transformado ahora en un Frente variopinto) y, por último, a la Patria.
La “jugada maestra” de la Sra. Fernández, proponiéndose como vicepresidente de una fórmula lo fue sólo porque le permitió garantizar para ella y su familia una cierta tranquilidad jurídica. No está claro que el movimiento peronista, en primer término, o la patria, en última instancia, hayan ganado nada con esa movida de una astucia impar. Sobre todo porque fue contestada por otra jugada memorable, el presente griego macrista: “¿Quieren gobernar? Háganlo sin plata”.
Ninguna de las dos jugadas engrandece la política, sólo la historia particular de la mezquindad.



lunes, 17 de febrero de 2020

Gobierno y administración

por Beatriz Sarlo para Perfil

Alberto Fernández asumió el 10 de diciembre de 2019, hace poco más de dos meses y, según todas las noticias, se ocupó intensamente de las designaciones. Parece lógico, puesto que en ministerios y secretarías se reemplaza a los responsables de políticas llevadas a cabo por el frente macrista, que perdió las elecciones en gran parte por el fracaso de sus actos de gobierno.
La Argentina no se caracteriza por la continuidad, sino por hacer cambios bajo cada nuevo presidente, que reza, al mismo tiempo, la homilía de que esos cambios son indispensables, porque nos pondrán en el buen camino. Nuestras instituciones administrativas tienen, con agobiante frecuencia, una quebrada continuidad que recomienza cada cuatro u ocho años. No cambian solo los ministros y sus equipos, sino más abajo, en la estructura burocrática del Estado. Esta no es la regla en otros países, cuyas administraciones admiramos por la solidez y la experiencia. En general, no toquetean excesivamente los organismos que no sean instrumentos políticos propiamente dichos y definidos.
Pongo un ejemplo: la Library of Congress de Washington, la mayor biblioteca de Estados Unidos, fue fundada en 1800 y tuvo, desde entonces hasta hoy, 14 directores. Conocí a James Billington cuando lo nombraron, en 1987, y allí se quedó hasta su retiro, en 2015. Casi treinta años. Son cargos del más alto nivel de la administración cultural y técnica del Estado, no cargos políticos. Investigué sobre literatura argentina en la Biblioteca del Congreso, entre colecciones completas de revistas y primeras ediciones de libros rioplatenses. Los subsuelos son tan extensos que es posible desplazarse en carritos similares a los que se usan para transportar valijas en los aeropuertos. El acceso a los anaqueles es libre para quienes demuestren ser investigadores, así como es libre el acceso a los anaqueles en las bibliotecas de todas las universidades a quien posea la credencial de alumno. La Biblioteca Nacional de Francia tuvo 15 directores entre 1840 y 1993. Son muchos, pero no habría que olvidar que, en ese período, sucedió la Comuna, el cambio de régimen político, dos guerras mundiales y la ocupación alemana.
Sigan leyendo, por favor, en vez de insultarme por elitismo cosmopolita, ya que no estoy pasando datos de difícil acceso sino de lo que cualquiera puede enterarse en un folleto o la página web de esas instituciones. Cosa parecida sucede con los teatros nacionales, donde sus directores no duran un período presidencial, como hoy sucede en Argentina, donde Alejandro Tantanian, director del Teatro Nacional Cervantes, acaba de presentar su renuncia y nadie en el Ministerio de Cultura intentó disuadirlo. La Biblioteca Nacional cambió de director cada vez que hubo cambio de presidente. Cuando llega el nuevo ministro o secretario, la historia empieza de nuevo.
Repartija. En otros países, la administración cultural y técnica no está inexorablemente definida por la repartija de cargos; en consecuencia, no todos los funcionarios son reemplazados con cada cambio de gobierno. Por eso, hay administración y no ocupación temporaria del Estado. El problema argentino no es que el número de funcionarios sea elevado, ya que es levemente menor que en otros países de la OCDE, sino si esos funcionarios tienen los antecedentes que prueban su preparación para el cargo y, una vez allí, se les concedan plazos razonables para desarrollar un proyecto.
En la Argentina, los cargos de la administración se convierten en botín político porque hay que darles algo a los compañeros o correligionarios. Hoy, la cuestión es más grave porque, además, es preciso responder a los pedidos o las órdenes de la vicepresidenta Cristina Kirchner, que no piensa privar a ninguno de los suyos de un lugar bajo el sol. El doble comando ha instalado su ventanilla de nombramientos.
En la Argentina, los cargos de la administración se convierten en botín político porque hay que darles algo a los compañeros o correligionarios. Y aquí viene mi interrogante: ¿necesitamos más cargos porque la militancia partidaria está sostenida por la promesa de un lugar en la administración del Estado? ¿Los partidos existen porque, además de los cargos electivos, se juramentan a repartir la administración? ¿Hasta qué nivel de la administración el acceso a cargos es casi puramente político y no técnico?
Elites de todo pelaje. Los países europeos tienen extensas administraciones, pero sus reglas de acceso y permanencia son diferentes: los cargos de la administración no se vacían ni se llenan según los períodos presidenciales. Son administraciones y no botines de guerra. A esos cargos se accede según normas cuyo carácter estricto llega incluso a ser cuestionado, porque tienden a consolidar elites sociales y educativas. Lo que no sucede es que se renueven según el subterráneo oleaje de los compromisos electorales, ni que el nuevo presidente deba pagar deudas contraídas durante la campaña que lo llevó a la victoria. La burocracia conserva una relativa continuidad suprapartidaria.
Algunos países europeos crean elites administrativas (Oxford y Cambridge son el caso en Gran Bretaña; las grandes Ecoles, en Francia). La Argentina ha renunciado a esa selección académica y meritocrática porque, una vez más, justificamos nuestra débil calidad administrativa con el cantito de que no somos elitistas.
Las buenas causas. Declararse feminista, solidario con los de abajo, obsesionado por la pobreza, etc., etc., solo certifica una opción ideológica. Como la de alguien que se declarara católico o antiimperialista. No compensa la falta de preparación específica ni las sobreactuaciones. Los ministros Daniel Arroyo o Ginés González García han demostrado que la experiencia y el conocimiento son cualidades indispensables para que las convicciones ideológicas no armen un cepo al funcionario y al gobierno.
El caso contrario fue, en estos días, el de Elizabeth Gómez Alcorta, ministra de Mujeres, Género y Diversidad. Ella cree que puede seguir emitiendo sus opiniones como si estuviera en una organización social y no en el Estado. No diferenciar entre uno y otro espacio resulta de una ignorancia provocadora. Gómez Alcorta parece no saber que, en un sistema presidencialista, es el presidente quien marca la dirección fundamental y decide los debates. Apoyada por Cristina, agita el estandarte de Milagro Sala para convertirla en símbolo y prueba de que en Argentina hay presos políticos. Se ve que no le informaron sobre los años en que hubo presos verdaderamente políticos y desaparecidos de la misma especie.
Es probable que esto sea resultado de la democracia desordenada que todos conocemos. Sin que se le cayeran los anteojos, Gómez Alcorta contradijo al jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, que expresa las ideas de Alberto Fernández. Dijo Gómez Alcorta: “A veces hacemos eje en cuestiones semánticas e intentamos poner diferentes posiciones, pero cuando vos tenés a una persona a la que se le hace un proceso judicial con la única finalidad de detenerla por cuestiones políticas, eso es un preso político”. Fernández ha repetido que su gobierno no tiene presos políticos. Gómez Alcorta interpreta que “la finalidad de la detención de Milagro Sala es política”. Son opiniones. Pero es grave que sea el propio Presidente quien quede incluido en el juicio de la muy progresista ministra, que está haciendo sus primeras armas en el aparato del Estado, después de militar en organizaciones de la sociedad civil.
 En un reportaje de Página/12 afirmó que es la primera universitaria de su familia, como para disolver sospechas sobre el segundo apellido que ella misma elige usar. Si le pesa el apellido, podría llamarse tranquilamente Elizabeth Gómez y no despertar suspicacias, diría algún gracioso con prejuicios sociales. La tensión entre el monopolio de las elites (sean de universidades reconocidas mundialmente como de grandes escuelas de administración) y la ampliación democrática no se resuelve con la incorporación de ideólogos que pasan por alto las complejidades del gobierno y creen que sus creencias son las únicas verdaderas. Se equivocan, aunque defiendan buenas causas. Dejémosle la pedantería a Cristina, su dirigente táctica y estratégica.


sábado, 15 de febrero de 2020

En defensa de una vida

por Daniel Link para Perfil

Quienes se dicen “pro vida” son hipócritas o peones de las causas más siniestras. Por eso sus manifestaciones públicas son una mezcla de (comprensible) terror y de desprecio por el otro.
La hipocresía queda clara si se analizan los argumentos en defensa de “la vida” en abstracto (como si un espermatozoide, un embrión, un niño de diez años o un melón pasado fueran lo mismo).
Por supuesto, entrenados en la debatología, podríamos desarrollar ese argumento con el mismo rigor que le aplicaron los textos vetotestamentarios en su momento (por razones históricas en las que no tiene aquí sentido detenerse): el onanista merece la muerte porque impide la continuidad de la especie; la adúltera merece la muerte porque enturbia la distribución de la herencia.
Nada de eso nos interesa ya, como tampoco nos conviene una defensa de lo vivo que prive a la humanidad del derecho soberano a elegir en qué condiciones se puede elegir éticamente.
Estamos, en abstracto, contra el aborto, porque supone una confrontación violenta (en el sentido de no deseada ni buscada) no tanto con la muerte, como se pretende, sino con el sentido de la vida.
Ahora bien, eso no puede ser un obstáculo para la promulgación de una ley de salud pública que garantice que las personas que no estén en condiciones de decidir la continuidad de un embarazo sin peligro (para sus propias vidas y para la comunidad de la que forman parte) puedan interrumpirlo en condiciones sanitarias comunes y seguras.
Puestos a decidir en qué contextos la interrupción del embarazo y el cuerpo de la mujer pueden ser pensados puede presuponer un horizonte antisocial, de la pura negatividad, tal como se pretende, desde el mismo lugar “pro-vida”, de los sujetos designados como queer, porque desafían las así llamadas leyes naturales y esa otra abstracción ridícula: la ciencia.
En la interrupción del embarazo resuenan los problemas éticos de la responsabilidad y el consentimiento y, más en general, el de la vida y la muerte, pero especificadas: “qué vida” y “qué muerte”.
Si la vida puede legítimamente plantearse como un continuo, de ningún modo puede pensársela en abstracto, como si la mapaternidad hubiera sido lo mismo para los esclavos de la Grecia antigua, para los obreros de la Inglaterra del siglo XVIII o para los millenials a quienes nos gustaría restringirles el acceso a las redes sociales por un tiempo. Cada vez, la producción de lo viviente ha significado cosas diferentes.
Los peones de la ideología pro-vida, algunas veces sin saberlo, pero la mayoría de las veces con muy mala conciencia, atribuyen a las mujeres que militan en favor de la legalización de la interrupción del embarazo (lo que no significa aplaudir el aborto, ni mucho menos) una capacidad ilusoria para dañar a los niños y al futuro (de la nación y de la especie). Por eso los vientres gestantes son condenadas a un nuevo estado de excepción: hay que vigilarlos, para que no desbaraten los objetivos del capitalismo y para que sigan produciendo a toda costa esclavos y para que el cálculo optimizador de lo viviente que caracteriza a nuestros Estados no se desbarate.
Esa responsabilización de la mujer funciona como coartada del poder para atar el cuerpo de la mujer a una función reproductiva cuyo objetivo es la producción a gran escala de esclavitud maquínica, de vidas precarizadas (incluida, claro, la de la madre condenada a serlo).
El Niño fantasmático que invocan los ideólogos pro-vida y la Madre imaginaria complemento de esa figura de discurso delimitan el espacio de excepción en el que se juega no tanto el principio liberal de decidir algo sobre el propio cuerpo, sino el derecho soberano a elegir en qué condiciones uno es capaz de decidir sobre la propia vida calificada (esto quiere decir: una vida tal o cual, una vida imaginada en esta o en aquella dirección).
Una respuesta ética mucho más luminosa que la actual criminalización sería decir no al aborto (en el sentido de no desearlo, y de no considerarlo una opción) en un contexto legal que no prohiba su ejercicio ni criminalice a quienes deciden no poder decidir en algunas condiciones específicas la mapaternidad.

domingo, 9 de febrero de 2020

El pensador del mundo

Por Daniel Link para Perfil Cultura



En el campo de las humanidades (“palabra orgullosa y triste”), Georg Steiner, que acaba de morir a sus noventa años, ocupa un lugar que ya no existe o es imposible. Steiner fue, como Eric Auerbach, uno de los grandes lectores del siglo XX. Había nacido en París en 1929, en el seno de una familia judía de origen vienés. En 1940, su familia emigró a Nueva York, para huir del nazismo. Estudio en Chicago, en Harvard, en Oxford. Se especializó en literatura comparada, no porque quisiera jactarse de su erudición (abrumadora) sino porque entendía que era el ámbito adecuando de desarrollo de las experiencias de los “maestros-refugiados”, esos nómades como él (y como Auerbach y como Leo Spitzer) que necesitaron inventarse una patria porque ninguna de las existentes podía ser vivida como propia sin desgarraduras. Esa patria fue para ellos el mundo, esa extraña creación del espíritu. Lenguaje y silencio: ensayos sobre la literatura, el lenguaje y lo inhumano (1967), En el castillo de Barba Azul: aproximación a un nuevo concepto de cultura (1971) y Extraterritorial: Ensayos sobre literatura y la revolución lingüística (1972) son algunos de sus fundamentales aportes a la mejor comprensión del mundo y los trazos y los ritmos a través de los cuales su voz se deja apenas entrever.

Pero hay sobre todo una idea que Steiner nos regaló. Está desarrollada en

Después de Babel - Aspectos del lenguaje y la traducción (1975).

Estamos acostumbrados a pensar que, cuando los hombres quisieron construir una torre que llegara al cielo, Dios castigó esa arrogancia confundiendo para siempre sus lenguajes. Se cometió un error atroz, se produjo una liberación accidental del caos, semejante a la que desencadenó la caja de Pandora. Así, la situación lingüística del hombre, las barreras absurdas que le impiden comunicarse, son un castigo. Deseoso de escuchar, como Tántalo, la charla de los dioses, el hombre mortal se vio convertido en un bruto y perdió todo recuerdo de su palabra nativa y universal.

Para Steiner, por el contrario, la pródiga diversidad de los lenguajes naturales (unos veinte mil, históricamente considerados) ha sido la condición indispensable para que hombres y mujeres gocen de la libertad de percibir, de articular y de “reescribir” el mundo existencial en plural libertad.

El lenguaje único es concentracionario y Dios quiso librarnos de esa pesadilla a la que los nacionalismos pretenden devolvernos. El mundo es uno y es diverso y cada vez que una lengua desaparece, muere con ella un mundillo entero, una forma de vivir, una manera de hacer memoria.

Georg Steiner podría no haber dicho otra cosa, y esto ya sería un bien a agradecerle. Por fortuna dijo, escribió y pensó mucho más. Pensó el mundo como posibilidad.


sábado, 8 de febrero de 2020

Gobernantes historiadores

Por Daniel Link para Perfil


Empezamos a cansarnos de la gubernamentabilidad historicista, que justifica sus acciones en el pasado, llámese “tierra arrasada” o “herencia recibida”. Al Sr. Macri no le toleramos ni una sola vez que justificara en la década previa sus dislates. No creo que sea el momento de cambiar de criterio.

Es imposible historiar el presente sin haberlo abandonado previamente. Dentro de treinta años alguien se atreverá a trazar el cuadro de los procesos por los que atravesamos en este primer quinto de siglo y habrá querellas sobre cómo entender las palabras y los números que surjan de los archivos (antes polvorientos, hoy luminiscentes).

Lo que nos importa no es el pasado que fue (irremediablemente) sino el futuro: ¿cómo llegaremos al final de la década del 20, qué hipótesis podemos formular para el lugar en el mundo de nuestra descendencia? ¿Tiene Argentina algún destino diferente de la decadencia?

Parte de mi familia se ha abocado a la gestión de nacionalidades dobles, adecuadas para una huida intempestiva, lo que no parece ser un buen augurio. Sé de artistas (cuya decisión no apruebo) que ya han abrazado la bandera paraguaya.

Independientemente de las razones económicas, que pueden ser comprensibles (más o menos), lo que alimenta esa fantasía global de vivir en cualquier parte es la angustia ante la ausencia de un proyecto un poco más concreto que abstracciones como “justicia”, “solidaridad”, “derechos”, que son principios tan obvios que no alcanzan para marcar ningún rumbo de mediano plazo.

Ya sé que la delicadeza de la hora implica inventos para engañar a los acreedores, pero al margen de esas opacas negociaciones de las que participo sin algarabía a través de los portales de noticias, no me molestaría un poco de futuro, aunque no se trate de la “cornucopia de sentidos” con la que Beatriz Sarlo definió en su momento a la era alfonsinista. ¿Podemos discutir “una que sepamos todos”?


¿Por qué se mata?

Por Daniel Link para Perfil

Se produjo una rasgadura en el tejido de los días del verano y apareció un más allá del sentido: el Mal absoluto existía y se había materializado en Villa Gesell, en la figura de una Hidra de diez cabezas, monstruo acuático ctónico con forma de serpiente policéfala.
El resultado: una muerte completamente gratuita pero, sobre todo, un asesino colectivo que sale a desayunar después de haber matado, como si nada.
Todas las hipótesis se desplegaron: alcohol, droga, noche, la insensibilidad del poder, el desprecio de clase. Nada sonaba satisfactorio. Pola Oloixarac manifestó su fastidio en estas mismas páginas. Martín Kohan fue a revisar los textos fundamentales de la infamia argentina: “La fiesta del monstruo”, “El niño proletario”. Las feministas editorializaron: “¿Vieron? Nadie está a salvo”.
Esta semana, se descubrió el registro en video del ataque en uno de los dispositivos del Monstruo policéfalo (que otros llaman Horda, pero que es un Único: el Único fascista).
Surgió una nueva posibilidad, una nueva figura: el “homicidio por placer”. Ignoro todo sobre esa carátula, pero desde el punto de vista pulsional convendría pensar antes en el goce que en placer, porque cuando la satisfacción se liga con la muerte (propia o del otro), ahí, en esa sutura, lo que está pasando desafía la noción misma de la vida, del viviente, del animal y de lo político.
Si el exterminio del otro (matarlo a golpes, lo que fuere) es lo único que garantiza mi propia supervivencia, habría que preguntarse qué clase de vida es la vida que yo llevo, que llevamos, y cómo nos define esa compulsión, la misma que llevó a Leopold y Loeb, dos estudiantes ricos de Chicago, a secuestrar y asesinar (por puro placer intelectual) a Robert "Bobby" Franks en 1924. El asunto le interesó a Cortázar, le interesó a Hitchcock (La soga) y si vuelve a interesarnos es porque interroga nuestra noción de humanidad y de vida. 

 

martes, 4 de febrero de 2020

Nuestro Kafka



¿Por qué los libros del Siglo XX siguen siendo nuestros clásicos?

Entre los muchos progresos que el siglo XXI ha realizado respecto de su precedente, no se cuenta el de haber podido construir clásicos literarios de la misma envergadura que los del siglo XX, por su potencia estética, su osadía de pensamiento o su radicalidad política. El litigio sobre Kafka, que se resolvió recién en 2015, indica la imposibilidad de comprender su parábola “Ante la ley”.

Franz escribió el 29 de noviembre de 1922: “Querido Max, quizá esta vez no vuelva a levantarme, es muy probable una pulmonía después de un mes de fiebre pulmonar, y ni siquiera el hecho de que lo escriba la ahuyentará, aunque tiene algún poder.
“Para ese caso, mi último deseo en relación con todo lo que he escrito: De todo lo que he escrito son válidos únicamente los libros: La condena, El fogonero, La metamorfosis, En la colonia penitenciaria, El médico rural y el relato «Un artista del hambre». (Los pocos ejemplares de Contemplación pueden quedar, no quiero imponerle a nadie el trabajo de destruirlos, pero no ha de reimprimirse nada de ello).
“En cambio todo lo demás que yo he escrito (publicado en revistas, manuscritos o cartas), sin excepción, en la medida en que sea accesible o que se pueda conseguir pidiéndoselo a los destinatarios (tú conoces a la mayoría de los destinatarios, en lo sustancial se trata de la señora Felice M., la señora Julie Wohryzek y la señora Milena Pollak; sobre todo, no olvides un par de cuadernos que tiene la señora Pollak)— todo eso sin excepción y de preferencia sin ser leído (no te prohíbo a ti que lo veas, aunque preferiría que no lo hicieras, pero no deben verlos ninguna otra persona)— todo esto ha de ser quemado sin excepción alguna y te ruego que lo hagas lo más pronto posible”.
Lo que sigue es conocido: Franz Kafka murió el 3 de junio de 1924 después de haber apenas terminado su último, extraordinario relato “Josefina, la cantante (o el pueblo de los ratones)”. Brod publicó gran parte de su legado (las novelas, el Diario, algunos volúmenes de relatos, la correspondencia). A su muerte en Israel en 1968, legó todos sus papeles, incluidos los de Kafka, a su secretaria personal, Esther Hoffe, con la obligación de que los entregara a un archivo público, en Israel o el extranjero.
Esther tampoco cumplió con la voluntad póstuma y empezó a gestionar el legado provisional de documentos como una colección privada. Hoffe se dedicó a subastar manuscritos y documentos al mejor postor para conseguir millones de dólares.
Muchas de las decenas de miles de páginas que recibió en custodia acabaron en manos del Archivo de Literatura Alemana (Marbach). El resto de los documentos se ocultaron en 10 cajas de seguridad situadas en bancos de Tel Aviv y Zúrich, así como en las paredes de la casa de la secretaria.
A su muerte en 2007, Esther Hoffe legó los manuscritos y cartas a sus dos hijas. Fue entonces cuando la Biblioteca Nacional, amparada por el Gobierno de Israel, y las herederas hermanas Hoffe, apoyadas por el Archivo de Literatura Alemana iniciaron un complicado pleito que se cerró recién en 2015, en favor de la Biblioteca Nacional de Israel, que se quedó con el archivo.
Kafka era consciente de que la literatura era para él un paso de vida, una experiencia personal, y por eso decidió que no hubiera ni obra ni legado, es decir, patrimonio. En términos muy generales, lo que se lee en esa experiencia es un sentido de repugnancia a todas las formas de autoritarismo, desde las más familiares hasta las más estatales o económicas: la máquina edípica, la máquina burocrática, la máquina capitalista son no sólo los temas de sus parábolas y novelas, sino también el objeto de su crítica radical de inspiración libertaria (Kafka era naturista, vegetariano, simpatizante de los movimientos anarquistas, estudioso de la cultura idish). Rechazar la transformación de su experiencia en mercancía es parte de ese dispositivo.
Kafka es, por supuesto, un maestro de la forma breve. “Ante la ley”, uno de sus más célebres textos, que aparece reproducido en películas como Laberinto o Después de hora, es un texto extremadamente complejo (aún en su sobriedad, porque Kafka encuentra en la sobriedad el camino hacia su propio infinito). La parábola “Ante la ley” formaba parte de la novela inconclusa El proceso, que Kafka pretendía que fuera quemada, pero había sido publicada previamente como fragmento autónomo. Esa página le importaba más que todo el resto. Y le importó al Siglo XX, que hizo de Kafka uno de sus pilares fundamentales. Kafka le llega a Borges, pero también a Burroughs, a Foucault, a Copi.
La potencia nihilista de Kafka ha sido subrayada desde distintas posiciones políticas. Max Brod cuenta esta conversación sobre la maldad y la locura de Dios (es decir, de la Ley). “¿Pero cómo, entonces no hay esperanza en el mundo?”, preguntó Max. Y Kafka le contestó: “Sí, claro que hay esperanza, hay muchísima esperanza, hay infinita esperanza, pero no para nosotros”. Como no se puede esperar nada, conviene hacer explotar las fuerzas de la espera para encontrar una salida.
Volvamos al comienzo: dos Estados se disputaron durante medio siglo el archivo de Kafka. El Estado alemán alegó que Kafka escribió en el alemán más puro que pudiera imaginarse. Correspondía que sus manuscritos estuvieran en territorio alemán. El estado israelí argumentó que Kafka era judío, y que por lo tanto, su archivo tenía que estar en el Estado que representa al pueblo judío.
Los dos argumentos son falaces (Kafka escribió en un contexto multilingüístico; el Estado israelí no representa a todos los judíos y es, además, un Estado multicultural) pero sobre todo, tristes: obturan la discusión de la experiencia llamada Kafka que atraviesa el siglo XX (una fuerza que no implica el reconocimiento sino el desconocimiento, la suspensión de los mandatos y las categorías; la huella de una ausencia y la experiencia pura del olvido y de la desaparición) y en su lugar pone, como ha señalado Judith Butler, la pregunta mezquina “¿A quién le pertenece Kafka?”.



sábado, 25 de enero de 2020

Historia de una obsesión

por Daniel Link para Perfil

Nada nos obsesiona tanto como la propia historia: la de la familia en la que crecimos, la de la generación de cuyas fantasías participamos, la de la patria imaginada. Es que en el fondo sólo hay una patria, la de la infancia, ese estado de la imaginación del que por suerte no terminamos de desprendernos del todo.
Por eso, leemos la cadencia y los ritmos de las sagas con fruición: dicen lo que de nosotros va quedando en el olvido y lo que de nosotros sobrevive en el presente. A mí me pasa sobre todo con Starwars y sus productos derivados (la extraordinaria Mandalorian, por ejemplo). A muchos de mis alumnes de otras épocas, hoy colegas de trabajo, con Terminator (1984), esa pesadilla amortiguada que nunca entendí del todo y de la que siempre me burlé sin culpa. ¿Se puede, en efecto, sostener una fascinación por el mensaje apologético sobre la humanidad exhausta que Terminator no cesa de proclamar en cada una de sus entregas y, al mismo tiempo, comulgar con las teorías feministas radicales de Donna Haraway y su «Cyborg Manifesto», estrictamente contemporáneo de la primera entrega sobre las desventuras de John Connor?
Terminator 2 (1991), Terminator 3 (2003), Terminator 4 (2009), Terminator 5 (2015) y Terminator 6 (2019) son como los reencuentros de compañeros de secundario o de servicio militar obligatorio, que, cada vez, ven menos sentido en lo que los unía (el amor o el espanto compartido).
Y, cada vez, no queda claro por qué las máquinas no terminan de alcanzar la conciencia del mal que se les auguraba desde 1985. Si Siri es lo más lejos que la inteligencia artificial ha llegado, podemos confiar en que la extinción nos llegará antes por la irresponsabilidad ecológica que por ataque maquínico.
Siempre pensé que las tres Matrix (1999-2003) eran mejores versiones del mismo espanto ante los tiempos poshistóricos y poshumanos que vivimos. Un poco más cool, en todo caso.
La primera Terminator me pareció tramposa, tonta, encantadora. La segunda y la tercera me llevaron al sopor y al fastidio. Nada me pareció más bajo o más asqueroso que la cuarta, protagonizada por el abominable Christian Bale y su manía de escuchar casettes sin digitalizar.
El fracaso rotundo de Terminator 5 me llenó de algarabía. Tal vez ahora las máquinas fueran puestas en su justo lugar, entre el lavarropas y la dirección hidráulica asistida.
Pero James Cameron recuperó la franquicia y nos dio esta entrega póstuma, inconsistente, pedagógica, esclava del Ni una menos y el Me too, que fracasa precisamente por no poder prescindir del orden patriarcal, del patriarca, de Schwarzenegger, aun cuando el asesinato temprano de John Connor, la declinación mexicana (heroína y villano), y la ciborg buena me dieron cierta felicidad. Pensé en mis alumnes de otras épocas y en nuestra común, irremediable caducidad.




sábado, 18 de enero de 2020

Temporada de gatas peludas


por Daniel Link para Perfil

Conversábamos con un visitante anual de nuestra ciudad sobre las nuevas tribus urbanas. Él disfraza sus intereses eróticos de “trabajo de campo”, de antropología silvestre.
Le interesaba particularmente encontrar una denominación para esa variedad de hombres enloquecidos por la rutina gimnástica y la ingesta de complementos deportivos de todo tipo que han optado por dejarse la barba y sonreír sin ton ni son desde alguna playa en sus páginas de Instagram.
Para nosotros esos son “osos”, le decimos y él protesta, porque por lo general se asocia esa categoría con hombres cuyo índice de masa corporal supera holgadamente los 30 puntos. Tratamos de que entendiera que eso es un error conceptual, porque el IMC no distingue entre grasa corporal y muscular y porque, además, la categoría “oso” es tanto morfológica como actitudinal.
Aclaró que se refería a personas de clase media alta, por lo general blancas y que frecuentan primariamente reuniones específicas y privativas para esas especies. Como quien dijera: un grupo cerrado de personas más o menos idénticas.
Nadie quiso dar un nombre propio pero era evidente que todos teníamos en la cabeza a la misma persona, una musculoca excesiva y con fantasías rayanas en el delirio sobre su propia presencia.
Repasamos las tribus: él no quería identificar a ese grupo sin nombre con los osos. No podíamos pensarlos como nutrias (flacos velludos, no necesariamente con barba) por una cuestión morfológica. Tampoco como chacales, porque éstos son de piel morena y costumbres y hablar más bien barriobajeros. Por otro lado, suelen ser más bien lampiños (la cosa india) y cultivan los tatuajes y el entrenamiento callejero.
De las otras clases, ni hablar (lo “leather”, que cualquiera puede cultivar como un adorno, exige sin embargo un compromiso con el goce que no creíamos que ninguna de estas personas fueran capaces de sostener en el tiempo).
La clave vino, una vez más, del lado de la economía. Porque aunque no pudiéramos encontrar el nombre, sabíamos que tampoco podía identificarse a esta clase con el sugar daddy, el hombre mayor que colma de regalos a su pareja más joven.
Por el contrario, la musculoca objeto de nuestra indagación se pone siempre en el lugar del regalado, nunca del regalador.
Impaciente, mi marido dio con el nombre exacto de la nueva especie: “gata peluda, así se llaman”, dijo. “Siempre encuentran a alguien que les amortice su 30 %”.

sábado, 11 de enero de 2020

El malestar

Por Daniel Link para Perfil


Y me llegó el día y me convertí en un viejo mendigo. Viajo a Chicago, en encomienda laboral. La Universidad de Northwestern se hace cargo de mis gastos. Me dicen que van a reintegrarme todos los dólares, incluido el taxi de aeropuerto y los desayunos (no incluidos en la reserva de hotel que tan gentilmente realizaron en mi nombre). De pronto me doy cuenta de que al pagar las comidas, el transporte, sabe Dios qué imprevisto farmaceutico, todo me saldrá un 30 % más caro, que la Universidad no va a reconocer porque ellos son tan inocentes como yo de la laberíntica política cambiaria que rige en Argentina.
Podría rendir algún gasto a través de mi cuenta de investigación, pero no creo que ese 30 % pueda pasar los rigurosos controles y las auditorías de las universidades criollas.
No tengo ropa para el frío extremo de los lagos de Illinois. Una colega que trabaja allí me promete que va a poner a disposición mía una campera de su padre.
Me dirán que no debo quejarme en un país donde mucha gente pasa hambre, y aclaro que no lo estoy haciendo. Sencillamente informo las condiciones en que se desarrollará nuestro trabajo en el futuro inmediato: habrá que mendigar para obtener lo que nadie puede aquí, en “tierra arrasada”, garantizarnos.
Mientras escribo esto, mi madre me interrumpe para interrogarme severamente por su jubilación: ¿por qué cobrará en enero menos que el mes pasado? Por el aguinaldo, le digo. Y le digo más: vas a cobrar cada vez menos, porque para vos no hay bono porque no cobrás la mínima. 


sábado, 4 de enero de 2020

Solidaridad, un proyecto inconcluso

Por Daniel Link para Perfil

No participo de las redes, ese laberinto de iniquidades, pero cuyos ecos amortiguados me llegan cada tanto a través de los comentarios de mi marido.
Así me entero, desde la playa brasileña donde elegimos despedir la segunda década del tercer milenio, de que muchos de nuestros amigos, volcados nuevamente al oficialismo, consideran solidario veranear en Argentina, no cruzar la frontera, ahogarse de viento en los mares de las pampas.
Como no he podido comprobar el rigor argumentativo del que esa conclusión se derivaría, me limito a subrayar su carácter falaz porque el impuesto PAIS, para cumplir con eficacia con su noble propósito, presupone el gasto o el ahorro en dólares, en este caso: veranear fuera de Argentina.
Confieso que el asunto me tiene un poco confundido porque la mayoría de mis viajes suelen ser laborales, salvo estas escapadas de fin de año, cuyo mayor mérito es librarme de la tarea de drogar a los perros para que no enloquezcan por la pirotecnia y de la planificación de una diversión forzada que, por lo general, me produce más malhumor que otra cosa.
Los pasajes los habíamos comprado con millas mucho antes de las elecciones. Habíamos pagado el alquiler del auto en ese mismo momento y sólo nos quedaba liquidar la reserva del departamento que nos habíamos gustado, cosa que pudimos hacer antes de la entrada en vigor de la ley solidaria.
Como no me siento culpable de poder desarrollar una magra capacidad de ahorro y mi esposo tiene la suerte de vender su talento allende las fronteras, decidimos viajar con dólares contantes y sonantes para evitar todo gasto imponible a través de la tarjeta de crédito.
Claro que no contaba con la astucia de las locadoras de automóviles que, una vez frente al mostrador, nos amenazaron con mil percances posibles para obligarnos a contratar seguros exorbitantes, sobre todo después de agregarle el 30 %. Como fuere, pensamos en todes quienes se beneficiarían de nuestra responsabilidad civil. Como habíamos alquilado un pisito en una locación remota, el auto se nos hacía imprescindible para ir a la casa de cambio a comprar moneda local.
El año viejo ya casi desaparecía como una bola de fuego que se traga el horizonte y habíamos establecido una rutina de almuerzos frugales y cenas baratas, pagadas en riguroso efectivo, sobre todo porque el marzo nuevo nos encontraría con el añadido entuerto de la jubilación desindexada de mi madre.
En algún momento pensé qué raro es que nuestros viajecitos de morondanga desequilibren las cuentas del Estado, pero como ese pensamiento me llevaba a la convicción tenebrosa de que Argentina no tiene solución o a la presunción cabalística de la dolarización, preferí abstenerme de ahondar en el asunto, para comenzar la segunda década del tercer milenio con alguna esperanza.
Pienso, de todos modos, que el impuesto PAÍS sabe más a revancha que a cualquier otra cosa porque los que más tienen no lo van a pagar (tienen cuentas en el exterior, tarjetas corporativas, agentes de bolsa) y es una manera de castigar a quienes votaron en contrario, ¡oh Chetoslovaquia, desmembramiento del Imperio austrohúngaro, con su Sissi peronista!
Pero las deudas hay que pagarlas, no importa quien las haya contraído y no son los pobres, los pauperizados y desalfabetizados, quienes están en mejores condiciones para hacer frente a ese desafío, y bien mirado: a ningún otro. Casi veinte años han pasado desde el comienzo del tercer milenio y no ha sido posible, con gobiernos de distinto signo, y con estrategias de cualquier estilo, disminuir las tasas de pobreza.
Yo no creo que sea nuestra culpa (me refiero a los profesores universitarios, a los escritores, a los fotógrafos y pequeños ahorristas), pero a lo mejor me equivoco.
En todo caso, espero que se comprenda que mi resistencia al 30 % adicional por mis suscripciones a sitios bibliográficos que no están certificados como académicos porque contienen cualquier cosa, no es por falta de solidaridad. Me pregunto, ahora, ¿cómo haré para justificar ese 30 % en las rendiciones anuales de los subsidios para investigación que recibo?
Levanto mi copa por una década más justa.