viernes, 9 de abril de 2010

Lost, novela

Hace un par de semanas, una vernisssage atípica reunió a personas que no acostumbran a compartir conversaciones y, cuando eso sucede, son los grandes temas los que dominan los intercambios: el amor, la muerte, la política, Lost, o, para decirlo más ajustadamente: Lost (el amor, la muerte, la política).
Quiso la casualidad que pasara por el mismo balcón en el que yo refugiaba mi tabaquismo incivil una sopranófila fanática y reconocida por su beligerancia antilostiana y, como estábamos hablando de la guerra, les pareció simpático a quienes me acompañaban desatar una escaramuza de discurso, preguntándole lo de siempre, lo que hace cuatro años viene repitiendo con monomanía y sin fundamentos: "la detesto, es una porquería, el guión está hecho a los tumbos, capítulo a capítulo".
Hubiera sido inútil, a una protestante semejante, explicarle las sutilezas de la Trinidad, pero como sin embargo soy un apóstol, intenté instruir a las exquisitas personas que me acompañaban (cuya exquisitez queda probada, en primer término, por su olímpica ignorancia de todo lo que no sea arte, con mayúscula y con hache y, por lo tanto, por la escasa frecuentación de productos televisivos destinados, como no podía ser de otro modo, a audiencias masivas con las cuales las gentes exquisitas, desde Adorno en adelante, no quieren tener nada, absolutamente nada que ver, y por eso frecuentan el BAFICI y otros lugares de la autocomplacencia decadente). Comencé desmontando la aporía que acababa de ser pronunciada: si Lost hubiera sido, en efecto, diseñada al tun tun y su guión hubiera funcionado como un cadáver exquisito de tercera o cuarta generación (hipótesis aireana), ya sólo eso alcanzaría para colocar al show televisivo entre los más prodigiosos inventos de la inteligencia humana.
Pero como ocurre que Lost (a diferencia de Dr. Who), no es una serie episódica, sino un relato unitario, la hipótesis vanguardista (y el odio antivanguardista: "Los Soprano no habla de la mafia, habla de la familia", como si eso salvara al horror del aburrimiento) pierde un poco de fuerza. Lost no es grandiosa porque sea vanguardista, sino porque es clasicista y arcaizante (lo mismo puede decirse de Kafka y de Pasolini, naturalmente): su horizonte es la novela de aventuras, no el folletín.
Pero las audiencias, incluso las mejores entrenadas, se resisten a la grandeza de Lost (o se cansan de sostener un discurso): son los riesgos, naturalmente, de tener al público en cuenta y de necesitar contar con él como patrón de medición de un éxito. Y entonces ha sido unánime el rechazo, entre los fieles, a la sexta temporada de Lost, y las consecuentes negaciones (tres veces tuvo Pedro que negar a Cristo y éste, sin embargo, lo perdonó). "¡Qué porquería!", "¡Qué aburrimiento!", "¡Ah, no, no éste el Lost que yo estaba dispuesto a defender!". Es como si en Guerra y Paz o en La educación sentimental, ante algunas páginas deliberadamente catalíticas, el lector prorrumpiera en gritos impacientes: "¡Qué porquería Flaubert!", "¡Tolstoi no sabe lo que hace!".
La cosa gnóstica (que tan bien le fue tolerada al intolerable Jorge Borges) soliviantó las fidelidades de antaño y lanzó a más de un apóstol a una conversión infame: "No, no, no". Pero Lost ya está hecha, y porque ya está hecha es que sabemos que todas las protestas son en vano y que no habrá modificación de línea argumental alguna, aunque los televidentes se declararan en huelga masiva.
Y lo que está hecho, merece nuestra pormenorizada atención, porque durante cinco años hemos vivido pendientes de este universo incomprensible y delicado, que aprovechaba todas las circunstancias y todos los pormenores para subrayar algunas hipótesis sobre el presente (la felicidad, las formas de vida, los lazos comunitarios, la guerra).
Además, siempre fue evidente que a Lost le convenía más la visualización maratónica y no los capítulos sueltos, semana tras semana, porque su suerte se juega no en una escena u otra sino en la juntura entre una escena y otra (en la escena, sí, pero en su distancia en relación con las demás): súmense las escenas de Lost, y divídase el total por la distancia hipotética, que equivale a la cualidad de la sutura.
Faltan siete capítulos para que Lost termine para siempre y pareciera que la despedida será tan intolerable para tantos que muchos han preferido despedirse antes: "no te voy a extrañar, andate pronto". Son como amantes despechados que, ante la sola posibilidad del abandono, deciden echar ácido hirviente sobre sus corazones antes palpitantes de gozo.
Lost, que es más generosa que sus audiencias, resiste sin embargo esos desprecios. El capítulo de Richard Alpert (que mostró todo lo que Néstor Carbonell nos estaba debiendo) fue de los mejores (era necesario, para que se apreciara mejor su potencia y la felicidad de sus líneas, que se recortara contra capítulos mediocres). Y el capítulo de esta semana, con el regreso de los amores idos (todos ellos: Charly, Eloise, Penny, Daniel Farraday/ Widmore, Desmond) vuelve a poner la trama en su justo lugar de vibración electromagnética y catástrofe inminente.
Como la sexta temporada ha hecho de la simetría y de lo especular su motor narrativo (el juego de espejos deformantes, el bien y el mal, las repeticiones, los cruces y los quiasmos, etc.), todo vuelve a suceder (como en la historia). Si alguien es capaz de sostener que Lost no ha sido pensada como forma novelesca ya no será por mera ignorancia sino por necedad y estupidez. El "No english" que, como un ritornello, atraviesa la temporada entera viene a decir precisamente eso: hay una lengua que, hablada por cualquiera (porque es la lengua del imperio) no es, sin embargo, comprensible para todos.

9 comentarios:

Diego dijo...

Gracias, Linkillo, de corazón.

Matías dijo...

Tal vez en la repetición y la simetría de esta temporada también se juega el mundo por venir en el que: "Todo será como ahora, sólo que un poco diverso." Saludos!

Julia dijo...

Evangelización provechosa (más eficacia que un jesuita contrarreformista). Volveré a la buena senda y empezaré a ver en maratones los capítulos desde que los fui abandonando por la tibieza de mi fe.

Pupita La Mocuda dijo...

Sí, gracias, Link!!! Enorme posteo, enorme!!!

Ferko dijo...

bueno, jimbo wales, el pedófilo que se arrogó la creación de wikipedia robándole el crédito a su compañerito, es amigo de JJ Abrams, uno de los producers de la primera season, y le ha rogado encarecida y públicamente que lost no se termine, que sigan haciendo películas alla star trek. quién te dice.

mua.

Lander dijo...

Lo cierto es que salvo los capitulos por ti mencionados, esta temporada de lost ha sido la mas aburrida. Y por momentos intolerablemente aburrida. Burocrática. Lo que antes me parecia virtuoso -la capacidad de crear una tension renovada sobre unas poquisimas ideas argumentales estiradas al límite, rellenadas con microhistorias laterales-, tras la repetición, ya me empieza a oler a bodrio. Disfruté muchisimo la temporada anterior, la que considero insuperable. Pero esta vuelta a la individualización, a la morosidad del terror, me desganó sobremanera. Esperemos que el desenlace de la sexta sea tan espectacular que nos haga olvidar a los resucitados, al tono policial, a las inversiones rídiculas y a los humos "ex machina" entristecederoes.

Anónimo dijo...

Entiendo y experimento a la sexta temporada como el centro de rehabilitación. Si las anteriores fueron la droga, juro que pensé que me quedaba sin trabajo y sin familia, con esta "yo pude". Me llamo Laura y soy adicta...

Anónimo dijo...

Hola Laura (a coro) mi nombre es mabel y también soy adicta. Lo bueno de esta adicción es que una vez que termine Lost podré seguir consumiendo a Linkillo y a sus análisis que me sorprenden, identifican, apasionan, hacen querer saber más de todo y retomar los libros olvidados de la adolescencia para ver de qué me está hablando este señor cuando me habla de flaubert. Lost y Linkillo, polvo de ángel de cada día.

Debret Viana dijo...

Tengo para mi que las cosas dotadas de belleza y complejidad que se vuelven masivas participan de una confusión: por azar - y a veces por necesidad - han coincidido con algo que hace vibrar la estupidez de las masas (por lo general se trata de algo banal, o al menos tan poco claro que, si alguien promedio - es decir, con pocas neuronas activas - lo mirase podría creer que se trata de una gansada). De ahí que no me sorprende que la audiencia abandone a Lost, como no me sorprende que la gente solo recuerde de los Beatles temas como help y no a day in the life, o de lennon imagine, y no mind games, de kaufman eternal sunshine y no synecdoche, de radiohead creep y nunca pyramid song. Las masas no pueden acompañar hacia lo sublime. Pueden, ante un objeto ambiguo y exótico sentir un llamado y ceder cierta atracción. Pero desencontrarán pronto a ese objeto, y estarán extraviados en él cuando este revele, después de su primer rostro esplendoroso, sus delicados y sinuosos detalles preciosos. Las masas se aburrirán inmediatamente después de los girasoles de van gogh y ciertamente no están dispuestas a hacer el viaje que terminará en la oscura tinta de los cuervos. Y está bien. Se han embarcado en el viaje solo mediados por una confusión. In cluso la fascinación ante lo sublime requiere un esfuerzo. Lost no necesita cualquier tipo de lector.