sábado, 17 de agosto de 2019

Poder y soberanía

por Daniel Link para Perfil

La democracia tiene grisuras a las que los argentinos no terminamos de acostumbrarnos. Queremos siempre más: pasiones incendiarias, impulsos trágicos, hýbris, abismos y cruces en caminos donde sólo hay lugar para uno, locura desatada.
El domingo por la noche y el lunes, tuvimos un poco de todo eso. El Sr. Macri se presentó públicamente en estado de psicosis. Escapado de su rol presidencial y de toda contención discursiva, apareció ante las cámaras acompañado de su can Cerbero, para decirnos que las cosas son como él las piensa y que si no se entiende eso, a joderse. Nunca la soberanía había retrocedido hasta tan atrás en el tiempo, hasta los tiempos del poder subjetivado y absoluto que no necesita de las instituciones para imponerse como tal: un derecho de sangre.
Lo que el señor Macri piensa es que la economía es global y que sólo importan las grandes empresas (la obra pública, las compañías de aviación, la minería, las empresas petroleras, los fondos de inversión, los bancos, la cotización en NYC). Para eso, naturalmente, hacen falta grandes inversores, mucho crédito, mafias organizadas, capitalismo vil, imperialismo económico y humillación política. Es una pesadilla fáustica.
Las economías domésticas, ligadas al trabajo personal y, si acaso, a la pequeña y mediana empresa, al Sr. Macri le parecen una pérdida de tiempo. Mejor es destruirlas y pasar a lo que interesa de verdad.
No hay necesariamente maldad en el asunto, pero sí fanatismo. Anteponer una idea insostenible de desarrollo (por lo inadecuada históricamente, por lo salvaje) a la posibilidad de subsistencia de la ciudadanía: ahí hay locura, hubris, impulso trágico y abismo.
No hay que ser injustos con el Sr. Macri: no es el único rey loco suelto. El de al lado, el Sr. Bolsonaro, advirtió que se viene una crisis migratoria y que ellos no van a aceptar argentinos exiliados. Señores, seamos serios: tenemos Barcelona. 

viernes, 16 de agosto de 2019

Me parece que me voy a la mierda....



Allí estaremos


lunes, 12 de agosto de 2019

sábado, 10 de agosto de 2019

Educación y democracia

Por Daniel Link para Perfil

Sin casi haber podido disfrutar el receso invernal, el segundo cuatrimestre se nos vino encima. La semana pasada comenzamos a dictar la materia Literatura del Siglo XX en el Centro Universitario Devoto, para internos que cursan la carrera de Letras, estudiantes de otras carreras o simplemente oyentes.
Para ponerme en situación, miré algunas series carcelarias, la legendaria Oz (1997-2003) y la primera temporada de El marginal en la versión de Netflix. Las dos son fantasías deliciosas que naturalmente no me prepararon bien para el curso, salvo en el hecho de que las cárceles son, para quienes no las habitan, espacios imaginarios que se llenan de los deseos de la sociedad para las cuales existen. Para El marginal no hay redención posible, y educar en ese contexto es como escupir al cielo.
Sin embargo, vamos a Devoto a refrendar un compromiso con la educación pública que en los países latinoamericanos está siendo objeto de una violencia desconocida hasta ahora, más allá de la cuestión meramente presupuestaria. Se trata lisa y llanamente de la privatización de las actividades de enseñanza, investigación y extensión.
En los últimas semanas, la prensa brasileña informó sobre un proyecto del Ministerio de Educación para reformar la "autonomía financiera" de la educación superior pública federal, allanando el camino para el cobro de mensualidades a los alumnos.
Bolsonaro y Weintraub tienen la intención de liberar al Estado de su responsabilidad como garante de la financiación de la educación superior, profundizando los recortes ya iniciados (un 30 % en mayo) y de poner fin a la carrera pública de los funcionarios federales de educación estimulando la incorporación de nuevos docentes a través del sistema de contratación privada.
Un programa como UBA XXII, que dicta carreras de grado con modalidad presencial y actividades de extensión en establecimientos del Servicio Penitenciario Federal para garantizar el acceso a la formación universitaria de personas que se encuentran privadas de su libertad ambulatoria desde hace 34 años, supone una imaginación muy diferente de la persona y de la educación de la que se puede ver en El marginal y de la que atenaza los ministerios de la derecha latinoamericana: la educación integra democráticamente.
De México a Argentina, los Consejos Universitarios repudiaron las medidas de Bolsonaro. Pero nada indica que Brasil no marque un rumbo que otros quieran seguir. En Argentina, por ejemplo, acaba de reformarse el sistema de categorización de investigadores para incorporar al beneficio de incentivos a docentes de universidades privadas y una encuestra realizada por el ex-Ministerio de Ciencia y Tecnología proponía en cada uno de sus ítems (eran más de veinte) la conveniencia de que las empresas financiaran la investigación en las universidades.

jueves, 8 de agosto de 2019

sábado, 3 de agosto de 2019

La caja boba y vil

Por Daniel Link para Perfil

Mi nieta gusta de la lectura y sabe distinguir entre libros y revistas. “Mejor libro”, dice. Y sí. Ningún fetichismo libresco, pero al menos el libro ha sido elegido y se sabe lo que contiene. Con las revistas y la televisión, en cambio, todo es territorio hostil.
La última tarde que me tocó cuidarla nos dejaron sin llave así que no pudimos salir a pasear. Me dijo “poco tele” y accedí a su pedido.
Usa la cuenta “Niños” de Netflix y allí nos zambullimos después de que ella se negara a ver la serie de animales con la que yo intentaba disuadirla de su anonadamiento en dibujos animados mediocres, sin sentido o con un sentido siniestro. Es que Nuestro planeta es bastante riguroso en la presentación del mundo natural y mi nieta ya ha desarrollado una vulgar predilección por los grandes mamíferos, especialmente los terrestres: le encantan los tigres, los elefantes, los ciervos (a los que llama “Bambi”, para mi indignación), los osos (polares, panda), las jirafas. Los insectos, batracios y la mayoría de los pájaros y peces la dejan cruelmente indiferente (yo ya le he dicho que toda vida merece idéntico respecto, pero no hay forma de torcer su gusto inducido a fuerza de peluches).
Tanto insisitió con Daniel, el tigre que lo sintonicé. Estaba en la mitad de un capítulo. Los dibujos son horribles, pero lo peor es la educación que brindan. Daniel tiene un amigo príncipe. Sus padres usan, naturalmente, corona. Detuve la reproducción y le expliqué a mi nieta que lo que estaba viendo eran un viejo disfrazado y una drag queen. Que todo el mundo tiene derecho a disfrazarse de lo que quiera pero no a ejercer soberanía subjetiva sobre los demás. “Soberanía”, repitió.
El capítulo era sobre el miedo. Y lo que enseñaban esos estupefacientes personajes era a reprimirlo. “Piensa en algo que te haga feliz, cuando tengas miedo”. Le dije a mi nieta: “No, el miedo es una pasión y, como tal, hay que atravesarla”. Hay que entregarse al miedo, sabiendo que va a pasar. Ir hasta el final del propio terror. “Daniel”, dijo ella. El capítulo siguiente marchacaba con “Recoger, limpiar y guardar / limpiar todos los días”.
Le mandé un whatsapp a mi hija quejándome de la selección. Me recomendó que cambiara por Peppa Pig. Peppa estaba en ese momento en un barco con su abuelo, que le decía que debía obedecerle en todo momento.
Simulé que el televisor había perdido potencia y nos fuimos a leer libritos.


lunes, 29 de julio de 2019

Lecturas cruzadas



sábado, 27 de julio de 2019

Mil y un marxismos

Por Daniel Link para Perfil

Lamento el lugar en el que quedó Axel Kiciloff. Es ofensivo tener que estar aclarando las virtudes teóricas del marxismo a una cuadrilla exaltada de periodistas cuasi-mafiosos. Puedo argumentar en su favor en este punto, sin que se sospeche de mí favoritismo electoral (yo no voto en provincia).
Hace bastantes años, una socióloga o politóloga norteamericana que asesoraba a Rodriguez Saa me arrinconó debajo de unos Tiépolos extraordinarios en la residencia para escritores en la que estábamos y me dijo, con mirada escandalizada, porque había googleado mi nombre y descubierto mi blog: “Usted es marxista”.
Le contesté suavemente que el marxismo era dos cosas: una teoría social del conocimiento y una teoría radical de la acción política. Yo, naturalmente, no sé pensar ni leer sin la noción (marxiana) de imaginario. Creo que nadie podría. En cuanto a la acción política, el asunto ha quedado saldado históricamente y no merece mayor comentario.
Sigo pensando eso. Uno de los tres mayores filósofos del siglo XX, Michel Foucault, escribió líneas indelebles al respecto. Criticó todo lo que pudo la teoría económica de Marx, tan decimonónica. Pero luego del 68 lo devolvió a un alto sitial: instaurador de discursividad, lo llamó. Como Freud. O sea: esos nombres crearon discursos tan poderosos que aún para negarlos, navegamos en su estela.
Alexandre Kojève había ido más lejos: se decía marxista de derecha y consideraba que era en los Estados Unidos donde el marxismo había alcanzado la perfección. Lean, che.


martes, 23 de julio de 2019

Escrito en el cuerpo


Fuente: Microsoft (Gracias, Facu).



Fuente: Xataka 

 

sábado, 20 de julio de 2019

Chongo envejecido

por Daniel Link para Perfil

El chonguito anda diciendo por ahí: “Bueno, puedes asegurar, por la forma en que camino / que adoro a las mujeres, no es momento para hablar de eso / La música está alta y las mujeres calentitas / me ningunearon desde que nací / y ahora está todo bien, está OK...”. O no lo dice, pero les, en todo caso, lo que dice la canción que suena en Fiebre del sábado por la noche (de 1977).
Aunque sea un bueno para nada y en la casa lo miren con desprecio, él ha encontrado su lugar: la pista de baile. Dice que lo forrearon (tal vez lo cagaron a patadas un poco). Desde que nació. Pero ahora la vida le da una revancha en la disco, con la música a tope y el falsete insoportable que le hace mover las caderas con una pasión que se confunde con la fiebre. ¡Qué winner! Lo imaginamos extasiados e imaginamos cosas.
Por ejemplo, que el tiempo pasa y la disco y el boliche comienzan a sentarle mal, como al macho de la canción “Malo” (2004) que canta Bebe. El “olor a tabaco sucio y a ginebra” ahora ahuyenta a las chicas y los ritmos que se bailan ya no le permiten sentirse un rey. Una chica se compadece de él. Las circunstancias los fuerzan a formar una familia para la que ninguno de los dos estaba preparado. Un hijo sigue a otro, y el rictus de desprecio va acentuándose con las semanas y los años. “Tu carita de niño guapo / Se la ha ido comiendo el tiempo por tus venas, / Y tu inseguridad machista / Se refleja cada día en mis lagrimitas”, le dice ella cuando él la mira, antes de la primera piña.
Ella aguanta los golpes porque no le queda más remedio (eso le han dicho). ¿Quién mantendrá a sus hijos? Eso sí, le pide “No grites, que los niños duermen”.
El chongo envejecido no disfruta del hogar y tampoco de la violencia doméstica que ejerce. En el fondo, no le queda más remedio. Esa fiebre del sábado por la noche sigue siendo la misma, pero ahora tiene otro espesor. Antes era mostrar qué winner era ante sus amigos, en la pista. Ahora, es mostrar a los amigos, en el bar, que el que manda en la casa es él y que a él ya no lo ningunea nadie, aunque siga viviendo en el suburbio y la vida suceda en otra parte.
Ella rumia su desesperación, para llevarla al justo punto: “Voy a volverme como el fuego / Voy a quemar tu puño de acero / Y del morao de mis mejillas saldrá el valor / Para cobrarme las heridas”.
No se trata sólo de una vida miserable fundada en la mentira en que todo está bien si uno puede ejercer el olvido un sábado por la noche, para volver el lunes con la cabeza gacha a ocupar el lugar subalterno de siempre. Esa vida fue celebrada por Fiebre del sábado por la noche, que transformó en objeto de deseo un artículo de análisis cultural-antropológico que había aparecido en 1976 en el New York Magazine titulado "Ritos tribales del nuevo sábado en la noche", firmado por Nik Cohn, donde se presentaba a la nueva generación a través de Vincent, que en la película será Tony Manero.
Vincent, en el artículo, cuenta que una vez se tuvo que quedar cuidando a la hermana y llegó tarde a la disco a encontrarse con una chica de la que creía estar enamorado. La encontró bailando con otro. “Después de eso ya nunca pude sentir lo mismo. Ni siquiera podía estar cerca de ella. No podía aguantar tocarla”. 
Ese desprecio desemboca, lógicamente, en el chongo envejecido que imagina Bebe, en una de las más eficaces intervenciones musicales contra el maltrato que esta triste época nos ha dado: “Malo, malo, malo eres / No se daña a quien se quiere, no”, “Eres débil y eres malo / y no te pienses mejor que yo ni que nadie”.
Esas dos canciones separadas por 27 años recuperan la singularidad antropológica del chonguito y su inclinación inducida a la violencia pandillera o doméstica. 
El siglo XX le había dado la voz a Vincent para que contara su pobre drama conurbano, porque en él se cifraba el abandono de una época dorada y el comienzo de algo nuevo. Este siglo le dio la voz a la mujer para que contara el mismo drama, desde el punto de vista de la víctima. No es raro que dos de los más grandes sucesos de la música disco sean: “Staying Alive” y, cantado por una mujer, “I will survive” (1978).


martes, 16 de julio de 2019

Qué buen vasallo si hubiera buen señor...

Pilar Gamboa y Elisa Carricajo en Petróleo



sábado, 13 de julio de 2019

Evocando a la reina plebeya de todos los reinos mestizos

por Daniel Link para Clarín Cultura

Me dicen que María Moreno ganó el Premio Iberoamericano Manuel Rojas en Chile. No me sorprende: ella merece ser coronada reina plebeya de todos los reinos de mestizos. Sobre todo porque ha desdeñado todo anhelo de pureza en relación con la escritura y ha mestizado todos los géneros posibles sin ninguna conmiseración.
Pienso en su último ensayo, Oración, sobre la figura del escritor Rodolfo Walsh, en el que encuentra el cruce de todos los caminos que su escritura ha venido transitando y el libro le permite (o más bien: la obliga a sostener) el tono justo, justo el tono que corresponde a un libro que incluye en su título la especificación “elegías políticas”.
El fin último de la palabra es la celebración, cuya forma poética específica es el himno. El término griego hymnos deriva de la aclamación ritual que se gritaba durante el matrimonio: himen. Pero desde los más antiguos registros, en los así llamados himnos homéricos, se refiere sobre todo al canto en honor a los dioses.
Después, una vez que se constató o se decidióla muerte de los dioses, el himno se confundio y se contaminó con la elegía: en la esfera de la celebración puede darse el lamento pero, sobre todo en este caso, en este libro, en el caso que este libro se pone a mirar y a escuchar, la esfera del planto, un género del duelo, y la endecha admite la celebración de lo que, por milagro, vive apenas pero vive todavía. “Epinicios en prosa” llama Moreno a la Carta a Vicky y la Carta a mis amigos, ambos de Walsh, reconociendo ese borramiento de los límites, ese umbral que nos permite sostener la comunidad de los ausentes.
Las operaciones que María Moreno realiza en Oración son muy desusadas y, al mismo tiempo, muy oportunas. Esas operaciones exceden la crítica filológica, la crónica, la entrevista, la confesión y la intervención cultural. Ésas son, tal vez, sus vías, pero las operaciones son estrictamente conceptuales, con la condición de que se entienda (subrayo) que vivir, formar esferas y pensar son expresiones diferentes para lo mismo.
Nosotros hoy sabemos que necesitábamos un libro como Oración (así como antes habíamos necesitado libros suyos como El petiso orejudo o como Black out, su autorretrato.
Como somos pobres, desconocides y, sobre todo, amigues de la regia figura, nos parece encantador que alguien más la premie.


La izquierda unida....

por Daniel Link para Perfil

El hastío que me provoca la cloaca electoralista estuvo a punto de hacerme salir de Buenos Aires durante la semana del 11 de agosto, para no convalidar con mi presencia unas sedicentes “primarias” en las que lo único que se decidirá es quién ejecutará las reformas laborales y previsionales: ¿la fórmula macedoniana o la fórmula ultraderechista? 
Para el caso, el resultado va a ser el mismo y yo, en lugar de repasar los números y las letras que la inteligencia de mi nieta me reclama, seguiré atado al yugo cotidiano. Después recapacité, porque había (hay) un acontecimiento político que no puede ni debe pasar inadvertido: la ampliación del FIT, que se presenta esta vez con listas unitarias armadas junto con el MST. 
Es, desde la perspectiva de muchas personas con las que converso y también desde la mía, la única opción sólida contra el neofascismo contemporáneo, tan sutil y diluido que a veces parece imposible localizarlo y enfrentarlo. Hace unos días, en un acto en el Congreso de la Nación del que yo participaba, fui increpado por un señor (lo presumo macrista, o peronista de Pichetto, por la prepotencia y la insolencia con la que me habló) a propósito de una cita que hice del inmenso repertorio de ideas de Pedro Henríquez Ureña. “Eso es tirar nafta al fuego”, me dijo. Si vamos a tener problemas para citar a don Pedro (en un acto en el que se lo homenajeaba) imagínense lo que podría ocurrir si uno quisiera usar las herramientas epistemológicas que el marxismo nos legó. 
¿Compareceremos ante una Comisión de Investigación de Actividades Antipatrióticas? Gane quien gane el sillón del inmundo Rivadavia, se vienen tiempos de un autoritarismo sombrío. Garantizar la presencia de la mayor cantidad de voces que provengan del arco de izquierda es una apuesta contra la política “realista”, cuyo único horizonte es lo posible. Mejor es reivindicar lo imposible, lo puramente potencial, lo necesario.


sábado, 6 de julio de 2019

Pegan a una lesbiana

Por Daniel Link para Perfil



En «“Pegan a un niño”. Contribución al conocimiento de la génesis de las perversiones sexuales» (1919), Freud ejecuta una de sus habituales piruetas discursivas para fundamentar su teoría del fantasma en relación con el deseo, que Lacan retomará en su seminario El deseo y su interpretación (1958-59).

De lo que se trata, para Freud, es de colocar en algún lugar la “fantasía de golpiza”. Sabemos lo que las mujeres piensan de eso: al haber incorporado a su teoría el fantasma, lo que hizo Freud fue desplazar el trauma. Es decir, el hecho de que a los niños, efectivamente, les pegan. Y a las mujeres y a las lesbianas, también.

Se trata de golpizas siempre de intenciones correctivas, que provienen de un espacio de autoridad (identificado, por lo tanto, con el lugar que el régimen héteropatriarcal otorga al hombre) y cuyo declive tanto preocupaba al Coronel Freud.

A Mariana Gómez le pegaron (representantes de una institución ordenadora) como niñe, como mujer, como lesbiana. ¿Para qué, si las lesbianas son incorregibles? No es que estén perdidas, sino que no hay nada que corregir de su deseo.

Los golpes que dejan marcas en el cuerpo no son los únicos. Vayamos, como quiere el psicoanálisis, a los fantasmáticos. El fallo condenatorio (un año de prisión en suspenso) para Mariana Gómez fue dado a conocer el mismo día que se cumplieron los 50 años de los levantamientos de Stonewall, la semana pasada. ¿La justicia es ciega? Bueno, qué se yo. Mejor es preguntarse sobre entidades concretas: ¿el sistema judicial es ciego? En modo alguno, y por eso pega el golpe correctivo en una fecha que aunque no reconozcamos como “matriótica” es, sin embargo, una fecha nuestra, de todes a quienes nos arrastran deseos incorregibles.

¿No es resistirse a la autoridad casi obligatorio cuando ésta demuestra su fantasma sádico, su fantasía de exterminio y, como dijo una elegante lesbiana berlinesa, su mal gusto?

sábado, 29 de junio de 2019

Himnos del setenta

Por Daniel Link para Perfil

Los rigores de la vida laboral o el azar (quién lo sabe) me llevaron a escuchar “Libre”, la canción del malogrado Nino Bravo lanzada en 1972.
Como una cosa lleva a la otra, recordé que el mismo año, Joan Manuel Serrat lanzaba “Para la libertad”, basada en un poema de Miguel Hernández, a quien le dedicó un disco. Los dos habían triunfado casi al unísono en Buenos Aires (Serrat en Sábados circulares, Nino Bravo en Canal 9), lo que les permitió catapultarse a la fama hispanoamericana.

Si se comparan las libertades del catalán y del valenciano se comprenden las tensiones de los años setenta.
En “Para la libertad” el cantante se coloca, en primera persona, respecto de un anhelo, “la libertad”, en relación con el cual se enumera lo que se hace. En nombre de la libertad (ausente, no vivida, anhelada) se sangra, se lucha, se sobrevive y, sobre todo, se muere. No importa, porque la libertad hará nacer de la “carne talada” nuevos brazos y nuevas piernas. Es una canción no del militante, sino del combatiente (Miguel Hernández lo fue) que sabe que va a morir o a sobrevivir muerto-vivo al fascismo, pero que de todos modos está dispuesto a dar batalla porque lo que queda, una chispa de vida, no sólo alcanza para alimentar el anhelo de libertad, sino que es precisamente el fundamento mismo de la emancipación: la vida se ha vuelto el más allá de la subjetividad, disloca el campo de su conciencia, vacía su interioridad, reorganiza sus políticas. La vida como exceso que renace de todo tropiezo.
Eso es un himno de los años setenta (las canciones que todes cantábamos con convicción). Y en todo el mundo la palabra “libertad” sonaba con el mismo temblor en todas las gargantas: en Joan Baez, en Lucio Battisti (“Il mio canto libero”).
Nino Bravo también canta un himno, pero lo hace desde una posición exterior. Divide las estrofas y va alternando el relato de la situación del que se cree libre y su canto mismo (el del otro, no el suyo). En tercera persona: tiene casi veinte años, está cansado de soñar, piensa que la alambrada sólo es un trozo de metal, se marchó cantando una canción (¿cuál? Probablemente “Para la libertad”) y no escuchó la voz que le llamó... Le cagaron a tiros. Quedó en el suelo con el pecho ensangrentado. 
En primera persona: el canto del liberado. ¿Desde dónde surge ese canto? ¿De un más allá de la vida? ¿Es el canto de aquel que se siente liberado por la muerte de las cadenas de la vida? “Yo soy libre” cuando he dejado de ser. No cuando mi ser se funde (para la libertad) en un pueblo que falta. No cuando declino los rigores de la sujeción y la subjetividad y devengo uno con lo viviente, sino cuando el ser directamente cesa. 
A la inmanencia de “Para la libertad” (la vida llama a la vida), la trascendencia de “Libre”: sólo el Más Allá nos libera. 
Elija Usted su himno.


miércoles, 26 de junio de 2019

Dicen que...

El último lector

por Carlos Acevedo para Palabra Pública

Sería conveniente empezar por las credenciales de Daniel Link, pero él mismo en este libro explica (en tercera persona) que se quedó con “catedrático y escritor”. Dice poco pero es suficiente, sucinto y limpio, como suele ser su prosa. Hay algo en la prosa de Link que podría tener que ver con esa definición: con enseñar, con redactar papers y, supongo, con presentar a tiempo formularios. En una época en la que el periodismo diario ha perdido su capacidad para hacer inteligible la realidad, Link hace un uso exquisito de las herramientas de la expresión escrita incluso para consignarle al lector datos que precisan de una explicación algo abstrusa, pero que con él nunca lo es. La generosidad y hospitalidad de la escritura de Link no es común o no, al menos, entre sus colegas académicos que han perdido la voluntad de comunicar o padecen de hacerlo única y exclusivamente para un círculo de iniciados o cercanos: entendidos. Exagero, pero si no existiese el peligro de que la expresión se leyera peyorativamente, llamaría la atención sobre su trabajo con el anacrónico “amena erudición”, pero estoy lejos de querer celebrar la existencia de este libro diciendo que es legible, apenas pretendo advertir que los prejuicios que podrían asustar a cualquier lector más o menos avezado frente a publicaciones de catedráticos son infundados. 
También sería conveniente empezar por el principio, pero tratándose de un libro recuperado —su primera edición es de 2002— elijo empezar por el final. El texto que cierra este libro, y que es la única novedad de esta edición, trata sobre Rodolfo Enrique Fogwill, y la addenda no parece caprichosa. La figura de Fogwill, por ejemplo, abre también la novela El amo bueno, de Damián Tabarovsky; además, sus novelas se reeditan, su poesía se reunió, se publicó un libro coral con testimonios sobre su persona y se ha informado debidamente que hay una biografía en preparación. No creo que sea una coincidencia. Estas apariciones de Fogwill, en el mercado y en los libros, hacen explícita una manera en que la literatura circula cuando signa con un nombre propio una política, un modo de hacer. En este libro, la aparición de Fogwill no es una figuración ni un souvenir, sino más bien un marco, un área de acción y movimiento, y también un modo de fijar un momento; o de fijar su importancia, la de Fogwill, en un momento (vital, también: las escasas tres páginas esconden más de dos décadas de una vida en común). El texto consigna afectos y melancolía y eso tiñe al testimonio de veracidad cuando señala que su protagonista es “el primer amigo que falta”. Que un texto sobre Fogwill, una de las figuras públicas más potentes (y temidas) por la amplitud y el valor (equívoco pero entusiasta) de sus movimientos e intervenciones en un campo literario como el argentino —que, por cierto, periódicamente nos regala estimulantes anomalías agrupadas bajo el rótulo de literatura—, donde las polémicas transitan por la academia, la prensa y el mercado, en parte por sus pluriempleados miembros, en parte porque se reconoce en el diálogo más o menos militante y casi siempre beligerante en torno a su propio funcionamiento. Cerrar un libro de las características difusas y extrañas de éste que ha recuperado Alquimia Ediciones con un texto sobre Fogwill también dice, o subraya, que el centro de la literatura argentina tiende, una vez más, a hacerse difuso, quizás en consonancia con la compleja situación económica y política actual en el país transandino; se trata de una crisis cuyas encarnaciones anteriores aparecen, sí, articuladas y pensadas en este libro. Los textos reunidos en este volumen gozan de una dimensión productiva que hace valiosa esta recuperación editorial no tanto por el testimonio que, en definitiva, otorgan, sino porque permite seguir pensando. Link, no sé cómo lo hace, es siempre contemporáneo (en el sentido que le otorga Giorgio Agamben al término).
María Moreno empezaba así un texto periodístico que ya ha cumplido once años: “Decir yo siempre estuvo de moda, un yo para cada sujeto, infinitos yoes para cada yo…”. Con eso imponía una cierta distancia respecto de lo que Alberto Giordano ha querido llamar “giro autobiográfico” y minaba el tópico de lo nuevo que le resulta tan caro al periodismo. Y aunque es evidente que ese siempre está cargado de desconfianza hacia las propuestas del mercado y las demandas académicas, la cláusula insiste en que lo que entendemos como literatura se ha de pensar desde la lectura y el tiempo —sobre este aspecto concreto recomiendo viva y alegremente la lectura de Panfleto, libro que recoge dos décadas de apuntes e intervenciones sobre género de la autora argentina— o desde el tiempo de la lectura. Esa desconfianza nos permitiría ver o entender hasta qué punto o en qué medida la primera persona, el uso de la primera persona, consigna algo más que narcisismo, algo más que coquetería o, ahora sí a secas, algo más. A Héctor Libertella le llamaba la atención que en castellano la primera persona “se armase con un elemento que conjunde y une, seguido de otro que disyunde o separa”, una precisión sausseriana que intenta señalar algo de lo que se pone en marcha al decir yo: ¿acaso la mera enunciación del pronombre admite la posibilidad de unir y separar a un tiempo? Pero ¿unir y separar qué? ¿La experiencia del discurso? ¿Lo real? ¿Lo imaginario? ¿Todo eso junto y a la vez? Y si es así y es todo eso junto, ¿cómo operaría esa distinción sausseriana a la hora de hacer públicos textos que es posible catalogar entre los géneros íntimos? ¿Qué es lo que separaría el “todo eso junto”? Que a estos escritos les ocupe consignar datos acerca de cómo y dónde se escriben y que incluso se detengan en cuáles son los motores de su existencia, de su escritura, subraya su interés como práctica literaria anclada a un tiempo, sí, pero en el caso de Link aparece también una cuestión decisiva: lo está diciendo todo (incluso que hay algo oculto en ese decir). Este libro es una pieza importante —quería decir decisiva, pero no me gustan las profecías— porque evoca y articula también un modo de leer. 

 

martes, 25 de junio de 2019

Che, che... Estamos tocando fondo...




sábado, 22 de junio de 2019

Televisión no lineal

Por Daniel Link para Perfil

Tenía ganas de escribir sobre los nuevos modos de consumo televisivo, que en jerga del ambiente se llaman “no lineales”, porque no suponen una programación día a día ni semana a semana, sino que permiten que el espectador vea según su propio ritmo lo que quiere ver.
Sea. Ya con esta innovación podríamos darnos por satisfechos, pero.... no. Siempre queremos más: por ejemplo, quisiéramos que la programación de Netflix no fuera tan mediocre, de una mediocridad tan alarmante como la complacencia de la crítica periodística que no deja de recomendar cada uno de los desatinos que la página o aplicación lanza día a día, semana a semana.
Naturalmente, una cosa son las cosas que Netflix aloja como archivo (digamos, por ejemplo, Lost, que acabo de ver nuevamente, esta vez en maratones exhaustivas) y otra cosa son las producciones de Netflix, incluso las más celebradas, que no son sino recombinaciones hechas a partir de restos del pasado. Ejemplarmente: Stranger Things, ese compendio de lugares comunes del cine de los años ochenta que la serie remixó sin gracia alguna. O el atrevimiento (y fenomenal fracaso) de Star Trek: Discovery, que introdujo tantos desatinos en el universo trekkie que al final de todo Spock tuvo que reclamar a la Federación una ordenanza que dijera: “de esto hay que olvidarse y quien quiera hablar de esto será acusado de alta traición”. ¡Ah, claro!
De las películas no digo nada, porque tienen una gran virtud: sirven para dormirse. No hay “producción original” de Netflix que se salve, hasta ahora, de la ignominia, la pereza intelectual, el burocratismo fílmico.
Amazon, en ese sentido, demuestra que no todo tendría que ser así. Fleabag (coproducida por Amazon y BBC Tres) es extraordinaria. The Marvelous Mrs. Maisel, también. Good Omens, también coproducida con la BBC, parece buena al principio pero después se revela como una porquería (la culpa es del libro en la que está basada). Transparent tiene un tono extraño, pero la serie no es del todo despreciable.
Estamos en los albores de un nuevo estilo de mirar televisión. Pero mientras la prensa especializada no abandone su complacencia para con las porquerías que se nos ofrecen, no habremos ganado demasiado salvo el derecho a revolver nuestra propia basura.
Una no va a rasgarse las vestiduras para apoyar a los gerontes de Hollywood, pero el futuro no puede ser más mediocre que el pasado, señores de Netflix. 


sábado, 15 de junio de 2019

Matungos de carrera

Por Daniel Link para Perfil

Se abrieron las gateras y los caballos salieron a paso cansino, tratando de convencer a los apostadores de que son caballitos de carrera cuando son matungos, psicotizados por tanto arrastrar el carro de la miseria.
¿Todos ellos? En realidad son tres, que pertenecen al mismo haras, cada vez más decadente.
Abandonemos la analogía: los animales no tienen la culpa del despropósito de los políticos que, no contentos con haber generado un 1989, ahora pretenden cocinarse un 2001. Sí, queremos gritar “Que se vayan todeeeeees”. El hastío que provocan las internas peronistas nacionalizadas ya no tiene límite en el cielo. Es verdad que el peronismo no es un partido, sino un movimiento y es verdad que los peronistas no son malos ni buenos, sino incorregibles. Pero también es cierto que en las alianzas que se lanzan a competir por una cuota de poder cada vez menos interesante hay mucho de vileza.
¿Podíamos temer más a alguien que al Sr. Macri? Sí: al Sr. Macri aliado con el señor Pichetto. La fórmula macedoniana podía resultarnos simpática, hasta que se reveló con toda su fuerza como el espejo deformante de la realidad: el peronismo está en todas partes, y su nombre es ya una anomia insensata que nada quiere decir, porque no tiene casi nada que decir, salvo el deseo de poder. Por eso, para eso, no hay fórmula peronista que no sostenga que se honrarán los compromisos. Del compromiso con los apostadores, perdón: con el electorado, ni hablar. Creen hacernos con su andar de matungos de carrera.


sábado, 8 de junio de 2019

Nombres y gestos impropios

Por Daniel Link para Perfil

Ya hablé aquí de Cecilia Bartoli, pero me quedé pensando en el barroco y su política de las apariencias. En su disco Sacrificium (2009) la Bartoli desempolvó de los archivos las partituras que cantaban los castrati, esas criaturas sobrenaturales que fueron llamadas a desempeñar roles soberanos. En los recitales de presentación de ese disco que arrasó en los charters, Cecilia Bartoli se viste de hombre, proponiendo un pliegue o un rizo barroco ya conocido por esa época de ingenios, equívocos, descentramientos y excentricidades. La voz inapropiada se liga con unos gestos inapropiados y reclama una política de los nombres inapropiados.
En las performances que hoy reconocemos como drageo o como crossplay se aúnan el uso de un disfraz o traje asociado con un nombre genérico (“hombre” o “mujer”) que recubre un cuerpo que desnudo se asociaría con el nombre paradigmáticamente opuesto, y el desempeño de una serie de gestos tradicionalmente asociados con el disfraz o traje que se viste (gestos ritualizados socialmente). El efecto de estos usos de gestos y ropajes es la interrupción del género como categoría continua y de ahí su interés para quienes vivimos atravesados por las políticas identitarias del siglo XXI.
Un caso bien documentado en los archivos es el de Eleno de Céspedes, quien nacida mujer en el siglo XVI decidió cambiar sus ropas y su nombre y vivir como un hombre en busca de una vida mejor. En 1587 le sometieron a juicio, luego de haber sido cirujano de la Corte madrileña durante varios años.
Más interesante por su alcance americano es el caso de la Monja Alférez. Catalina de Erauso fue bautizada como niña y educada en un convento como tal en su ciudad natal de Donostia-San Sebastián, vivió toda su vida adulta con nombre de varón. Después de servir a varios amos, y convencida de que “...era mi inclinación andar y ver mundo”, como escribe en su Autobiografía, la encontramos en América, primero como ayudante de comerciantes, luego como soldado de la conquista de Chile y en batalla contra los araucanos, donde ganó el grado militar de alférez. Más adelante, contribuye a reprimir el alzamiento de Alonso de Ibáñez en Potosí y lucha contra el pirata holandés Spilberg en las costas de Perú. En 1620, huyendo de uno de sus hechos sangrientos en el Cuzco, se confiesa con el obispo de esa ciudad, a quien revela su verdadero género.
Su vida dará un giro importante, pues pasará de la clandestinidad al público reconocimiento, y de ahí a la fama y a la exhibición más espectacular de su excentricidad. En Madrid conseguirá el reconocimiento y la recompensa a sus méritos militares, tramitando ante Felipe III y el Consejo de Indias un memorando que, aceptado, se tradujo en una renta vitalicia que le permitiría volver a América. Antes del regreso, Catalina visitará en Roma a Urbano VIII, quien, tras recomendarle el debido respeto al quinto mandamiento (non occides), le autorizó seguir viviendo con traje de hombre, pero dentro de los límites de la virtud.
Lope de Vega alertaba en su Arte nuevo de hacer comedias que: “Las damas no desdigan de su nombre,/ y, si mudaren traje, sea de modo/ que pueda perdonarse, porque suele/ el disfraz varonil agradar mucho”. Lope propuso su propio ejercicio de interrupción de género a partir de la figura de una tal María Pérez del siglo XII (previa a Juana de Arco) en La varona castellana.
El término (de alcurnia bíblica) me parece completamente apropiado para ese juego de máscaras. Disfrazada de varón, quien tuviera que interpretar a la varona debía citar el conjunto de gestos que la época asociaba con el nombre “hombre de batalla”, tal y como María Pérez los había desempeñado en su momento (como en la ópera, según un repertorio convencional de gestos).
Es el mismo proceso al que tuvo que someterse Marilina Ross en la película La Raulito (1975), dirigida por Lautaro Murúa. La actriz debía citar no los gestos de un hombre sino los gestos que previamente había citado una varona: María Esther Duffau (1933-2008), conocida como "La Raulito". Una semiosis infinita, la discontinuidad del género.

sábado, 25 de mayo de 2019

La internacional argentina

por Daniel Link para Perfil

Me tuve que ir corriendo del país para pensar políticamente. Allá no se puede, todo es muy vertiginoso. Lejos de la patria, leo con fruición las noticias sobre el estallido de las alianzas (Cambiemos, el peronismo confesional, esa cosa que no entusiasma a nadie, y ¡las izquierdas!). Es que suficientemente atractiva es la fórmula Fernández-Fernández (“Sombra terrible de Fernández”, “¿Encontraría a Fernández?”, “¡La Fernández Fierro!”) como para no arrasar con todas las certezas pequeñoburguesas. Cuando se conozca el condimento que le falta (relacionado parcialmente con mi viaje) arrasará, como lava de volcán de chocolate, con las últimas resistencias y potenciará las luchas intestinales (¡evacuación de Tinellis!). Necesitaba alejarme un poco para poder tener un panorama mejor y recabar la información que usaré cuando vuelva. Estoy en Boston, para empezar mi propia campaña electoral. Hoy jueves llegan a la ciudad Marlene Wayar y Susy Shock, a quienes pretendo involucrar en esta cruzada. Quienes recuerdan la fiesta más importante de los últimos diez años (mi boda) sabrán que solo ellas, que entonces nos precedían rumbo al escenario del Club Español arrojando plumas blancas y negras a diestra y siniestra, podrían garantizar mi triunfo y mi reinado (bah, virreinato). Están en Miami, me dicen, esperando la conexión. En cuanto lleguen a Boston se van a querer pegar un tiro: la ciudad es más aburrida que chupar un clavo. Pero el asunto es así: hay turno electoral en la Latin American Studies Association, de la cual soy miembro prominente. Mi amigo el chileno Cristián Opazo preside la seccional Cono Sur (o Coño Sur, como decimos para impacientarlo) desde el año pasado. De modo que tuve que buscar otra sección, porque no está bien molestar a amistades. Me pareció que “Sexualidades” me permitiría desarrollar mis talentos y aportar bastante a la causa. Allá voy, Fernández-Fernández. 




domingo, 19 de mayo de 2019

La imaginación al poder





sábado, 18 de mayo de 2019

Mamita, Putin, chapeau

Por Daniel Link para Perfil

Estoy esperando con una ansiedad propiamente adolescente que mi mamá me preste Sinceramente, el libro que le regalé para su cumpleaños y que leí de un tirón antes de dárselo, para poder comentarlo aquí. Es, en principio, un libro extraordinario, llamado a ocupar un lugar de privilegio entre los libros políticos de la triste historia argentina. Muchos quieren compararlo con La razón de mi vida. Yo lo compararía con los libros de Sarmiento (es igual de delirante y delicioso).
Dicen que ha vendido trescientas mil copias. Yo felicité al editor (cuyos criterios editoriales no siempre comparto) y le hice un chiste que no reproduciré aquí porque sería mal interpretado. De todos modos, habría que sumarle los cientos de miles de copias clandestinamente distribuidas a través de la red (me dicen que el pdf, incluso, ya se gastó). Un suceso que no puede ser minimizado salvo por el periodismo de derecha (es decir, casi todo), que se dedica a contabilizar los errores gramaticales (buah, digamos: esto es algo que yo podría anotar, pero para hacer el listado necesito el libro: maaaaaaaami), conceptuales y los desvíos respecto de la “verdad” que el libro encierra, como si la escritura (no importa quién la practique) supusiera una transparancia en la que ni los más recalcitrantes positivistas del siglo pasado y antepasado creyeron.
En 1916, Walter Benjamin le escribió una carta a Martin Buber (1878-1965), un humanista sionista que propuso una teoría intersubjetiva basada en una filosofía del diálogo. Esa teoría supone que en lo interpersonal hay verdad de encuentro y por eso en los mensajes debe haber manifestación de sinceridad. En 1916 invitó a Benjamin para que escribiera en Der Jude [El judío], la revista que acaba de fundar.
Después de consultar con Gerhard Scholem, Benjamin declinó la invitación y le explicó a Buber por qué. Al hacerlo corrigió (¿conscientemente?) el nombre de la revista: Juden dice, y con eso elimina el riesgo del masculino singular determinante, que habilita a la constitución de un Único o un Todo (que conduce al fascismo). A Benjamin la revista le ha parecido un aburrimiento mortal. Explica que sólo concibe la escritura (en relación con su efecto), como poética, profética, mágica, esto es, inmediata). La eficacia del lenguaje no tiene que ver con la transmisión de un contenido, sino con la pura apertura de su naturaleza.
“Mi concepto de estilo y de escritura objetivos y al mismo tiempo altamente políticos es el siguiente: sólo donde esta esfera de lo carente de palabra se abre en indecible poder puro, pueden saltar las chispas mágicas entre la palabra y la acción movilizadora, donde reside la unidad de estas dos entidades igualmente efectivas”. Sinceramente es mágico. De sus muchas invenciones yo rescato la más disparatada: “Mamita, Putín, chapeau”.


sábado, 11 de mayo de 2019

Pequeña Venecia

por Daniel Link para Perfil

En 2007 estuve por única vez en Venezuela. Visité Caracas, una ciudad bastante fea, la costa de Vargas, que había sido azotada por el deslave de 1999 y una vaguada en 2005 (84,7 milímetros de agua en un solo día). Era difícil saber si el paisaje posapocalíptico era el resultado de la catástrofe de 1999 o la menor (pero más cercana en el tiempo) de 2005. En todo caso, erizaba de pena.
Después, en Mérida, en el aeropuerto colgado de la sierra, mientras esperábamos el equipaje, oíamos el croar de las ranas y el cocoroteo de las gallinas. Allí se desarrolló el congreso al que había sido invitado, tibiamente opositor al régimen chavista (Chávez atravesaba un momento de gloria, con el precio del petróleo todavía alto y sin demasiadas complicaciones en el frente externo).
Nos alojaron en un cuartel militar, donde el Congreso habría de suceder. El Servicio Militar (obligatorio pero no compulsivo) duraba entonces dos años (dieciocho meses era lo que la Ley establecía, pero ese plazo siempre se alargaba). A partir de 2009, las mujeres fueron incorporadas al servicio.
La soldadesca del cuartel se quejaba del “tiempo perdido”, pero muchos de ellos aceptaban con beneplácito la “recluta”, sobre todo si les permitía combinar una cierta vocación de servicio con los beneficios de la conscripción: comida, alojamiento, seguro de salud, asignación mensual. Algunos de ellos, incluso, combinaban sus obligaciones con la venta al menudeo de alcohol o cocaína.
Educado, como todes les argentines de mi generación, en una fuerte tradición antimilitarista, la situación me resultó asfixiante desde el primer momento. Pero no había escapatoria: las milicias organizaban sin excepción la totalidad de la vida social y comunitaria, repartían alimentos, atendían las necesidades en zonas de catástrofe, vigilaban.
Un día, presencié una discusión a propósito de un contingente de ancianos que visitaba el cuartel. Una profesora apoyaba al gobierno diciendo que su madre tuvo vacaciones por primera vez en su vida con el chavismo. Su interlocutor señaló el alto costo económico y político del beneficio. Terminaron a grito pelado.
Siento pena y temor por les hermanes de Pequeña Venecia. A un chico que emigró a Buenos Aires le pagué el trámite para el DNI (quería trabajar). La salida para la desesperada situación venezolana es una sola, creo. Pero son los propios venezolanos quienes deben decidir los términos.

sábado, 4 de mayo de 2019

Autocelebración de derecha

Por Daniel Link para Perfil

La mirada del Sr. Tinelli no podía salir de su estupefacción. Es que la operación de párpados a la que se sometió le dejó los ojos abiertos más allá de lo razonable. Durante la apertura de la nueva temporada de su programa televisivo, el desfile incesante de homenajes a si mismo produjo el mismo efecto de asombrada incredulidad en los espectadores: el Sr. Tinelli no se cansó de agradecer las loas de quienes habían sido pagades para hacerlas: desde sus mil quinientos empleados ocasionales hasta la Sra. Nara.
Algunos se burlaron (bajo sus órdenes y las de sus guionistas) de sus pretendidas aspiraciones presidenciales. El tema no me da risa y por eso vi la apertura que celebraba los treinta años de supervivencia (en youtube, dos días después, para evitar las tandas publicitarias, esa otra apelación a la cólera dionisíaca). Para demostrar que el Sr. Tinelli no desprecia a las mujeres (algo evidente en 28 de las 30 temporadas previas, hasta que tuvo que pedir perdón por los “errores”) hubo una seguidilla insensata de mujeres cantando (todo es insensato en esos shows de apertura que siempre duran más de lo debido y de los que no se entiende nada), incluida una hija del Sr. Tinelli, sobre cuyo talento musical siguen quedando serias dudas.
Las apelaciones constantes a esa institución reaccionaria y decadente, la familia, se entendió un poco mejor: en política, así como en los negocios públicos, eso se llama nepotismo.
Lo único que Tinelli puede garantizar es humillaciones públicas y transas familiares.


viernes, 3 de mayo de 2019

¡O tempora, o mores!


Vuelve un clásico


La carne dice

por Daniel Link para Soy

Siglo XXI ha distribuido Las confesiones de la carne, el último tomo de la Historia de la sexualidad de Foucault, escrito al borde de su muerte. Sin el brillo de otras entregas, el libro, sin embargo, obliga a repensar la totalidad del proyecto de Foucault (sus lagunas, sus pasos en falso).



El amor de Foucault Hace poco, un alumno aventajado se me acercó y me preguntó por Roland Barthes, sugiriendo que Barthes bien podría ser igual o mejor que Foucault, de quien yo había hecho un elogio desmesurado. Para mi sorpresa, la respuesta surgió al instante: “Por supuesto. Barthes es el que soy, Foucault es el que no puedo ser”. Y me retiré alarmadísimo por ese sistema de equivalencias en el que nunca había pensado. En principio, porque sé que todo nombre es siempre un nombre inapropiado y, en segundo lugar, porque tanto Barthes como Foucault nos enseñaron a desconfiar de los nombres de autor, que no son sino vanidades e imposturas de mercado que sólo sirven para constituir “obras” para vender a los incautos.

Para mí, la diferencia entre la experiencia Barthes y la experiencia Foucault no se mide tanto en relación con la “verdad” que nos invitan a asumir sino en la dimensión de los materiales con los que trabajan. Mi trabajo es más parecido al trabajo barthesiano y me siento más cómodo al leer un texto o varios textos que al manipular archivos de grandes dimensiones.

Entendí la pregunta de mi alumno no como “¿A quién querés más, a tu mamá o a tu papá?”, sino como “¿A cuál te garcharías?”. No a mi mismo, en todo caso (ningún narcisismo) y, por eso, Foucault será siempre para mí un mejor polvo.



El archivo de Foucault Al morir de Sida a los 57 años, en el momento más trágico de la epidemia (1984), Foucault dejó a mitad de camino la Historia de la sexualidad, una de sus obras más influyentes, que terminó transformando el mundo (más allá de las academias). Foucault manifestó que no quería que se publicaran después de su muerte textos que él no hubiera publicado y sus derecho-habientes cumplieron ese mandato. Daniel Defert conservó los ficheros de Foucault, con miles de anotaciones de lectura, que luego donó a la Biblioteca Nacional de Francia (cerca de cuarenta mil folios). El otro archivo está en el Instituto Memorias de la Edición Contemporánea. Ambos pueden consultarse, pero sus materiales no pueden imprimirse.

Foucault fue tan reacio a dejar hilos sueltos que en cuanto publicaba un libro destruía el original. El IMEC tiene sólo el legajo de La arqueología del saber (porque Foucault le había regalado el mecanuscrito a un amigo), y algunos capítulos de la Historia de la sexualidad.

Como la Historia de la sexualidad estaba en proceso de publicación, Gallimard, que había publicado los tomos previos, tenía ya una copia mecanografiada del último, Las confesiones de la carne. Los derecho-habientes no quisieron que se publicara, la editorial demandó su derecho a hacerlo. Treinta y cuatro años después de la muerte de Foucault se publicó el original en francés, lo que constituyó el acontecimiento editorial del año pasado. El amor a Foucault nos obliga a disimular esa pequeña traición a su deseo. ¿Pero acaso él mismo no nos había enseñado que es mejor pensar el deseo más allá de una ley y las traiciones o desvíos a su mandato? ¿No es ese el proyecto que se lee en los volúmenes últimos de la Historia de la sexualidad?



El plan de Foucault Sigo, en este punto, las indicaciones de Edgardo Castro (el foucaultiano más sabio y más generoso que Argentina ha producido). En el prólogo a la edición castellana de Las confesiones de la carne subraya que en las páginas finales de La arqueología del saber (1969) Foucault esboza tres posibles arqueologías futuras: una arqueología de la sexualidad, una de la pintura y otra de la política. Sobre la pintura, quedaron trazos sueltos de ese proyecto (por ejemplo, Esto no es una pipa, 1973). La política y la sexualidad, en cambio, lo obsesionaron hasta el último suspiro.Foucault había publicado en 1975 Vigilar y Castigar. Apenas un año después apareció el primer volumen de la Historia de la sexualidad, La voluntad de saber, su libro más deslumbrante que, de inmediato, se desparrama por el mundo y crea mil teorías vicarias, asociadas, críticas. En la contratapa del volumen se anunciaban los cuatro volúmenes siguientes: La carne y el cuerpo, La cruzada de los niños, La mujer, la madre y la histérica, Los perversos y Población y razas. Aunque ninguna de esas obras aparecerá como parte de este plan, Frédéric Gros (editor francés de Las confesiones de la carne), advierte que, según los archivos de la Biblioteca Nacional de Francia, al menos dos títulos (La carne y el cuerpo y La cruzada de los niños) habían sido objeto de una primera redacción importante.
En 1984, ocho años después de La voluntad de saber, aparecen los volúmenes segundo y tercero de la Historia de la sexualidad con un plan radicalmente nuevo (El uso de los placeres: “Esta serie de investigaciones aparece más tarde de lo que había previsto y bajo una forma totalmente distinta”). Lo distinto es el retroceso temporal (hasta la antigüedad clásica) y la problematización del placer sexual en la perspectiva histórica de una genealogía del sujeto de deseo y bajo el horizonte conceptual de las artes de la existencia. Foucault despliega el nuevo plan: El uso de los placeres estudia la manera en que el pensamiento griego clásico reflejóel comportamiento sexual. La inquietud de sí analiza esta problematización en los textos griegos y latinos de los dos primeros siglos de nuestra era, y la inflexión que ella sufre en un arte de vivir dominado por la preocupación por uno mismo. Las confesiones de la carne abordara, para terminar, la experiencia de la carne en los primeros siglos del cristianismo y el papel que aquí desempeñó el desciframiento purificador del deseo.
La carne estaba presente en el plan original y vuelve para cerrar el nuevo plan. Que una tercera parte del libro incluya una analítica de la virginidad como soporte de “la vida incorruptible” y que otra tercera parte analice la relación sexual (matrimonial) sin “corrupción” física puede entenderse, entre otras cosas, como una analítica de la sexualidad en tiempos de crisis sanitaria.


Los errores de Foucault En el comienzo de El uso de los placeres Foucault reconoce el error del primer plan: sin una problematización (una arqueología) de las nociones de deseo y sujeto deseante, la Historia de la sexualidad habría quedado incompleta y mal articulada. Para Blanchot esas explicaciones no convencieron a nadie y propone, sin subrayarlo, el callejón sin salida en el que Foucault se encontraba. Foucault pretende recusar las pretensiones de la Ley, que se afirma como esencialmente constitutiva del Deseo (eso es el psicoanálisis). La sexualidad moderna (sus proliferaciones discursivas) se asocian ya no con la Ley, sino con la norma. No con los derechos de los señores, sino con el porvenir de la especie -la vida- bajo el control de un saber que pretende determinarlo todo y regularlo todo. En efecto, según La voluntad de saber, las “sexualidades” son “correlatos de procedimientos precisos de poder”.
Las dos consecuencias éticas de esas proposiciones son evidentes: La Ley (y la norma) regulan nuestras sexualidades (las de cada uno) y no hay escapatoria. Es la “jaula de hierro”, esa figura weberiana que Dreyfus y Rabinow, dos excelentes lectores de Foucault, trajeron a cuento en su lectura, al mismo tiempo que deploraban el insuperable “provincianismo francés” de los análisis y alcances teóricos de Foucault.
Didier Eribon, biógrafo de Foucault, ha ido más lejos. En
Una moral de lo minoritario señaló que, cuando, en los ochenta, Foucault tuvo que reformular la historia de la sexualidad en los términos "del arte de gobernarse a sí mismo" y a considerar el futuro de lo “gay” en los términos de una estética de la existencia (con la mirada puesta en los filósofos de la Antigua Grecia) ya ha tomado partido en un conflicto que oponía la idea “gay” de la ascesis (el cuidado de si) a la idea heterosexual de la transgresión (el burlar la Ley del deseo, el “permitido” del chongo o de la estudiante pupila), que a Foucault le venía de Bataille. El error de Foucault fue haber trabajado el primer tomo con una concepción de Deseo que no podía desprender del poder. Para encontrar una ética (y una dietética) del placer sexual, tuvo que volverse griego. Y como Grecia era una sociedad de hombres (libres y esclavos), las teóricas queer y feministas no dejarán de reprocharle a Foucault, con cierta razón, su escasa consideración de la diferencia sexual. En Las confesiones de la carne, sin embargo, la carne de mujer ocupa un lugar destacado.


La carne de Foucault. En una entrevista que Dreyfus y Rabinow incluyen como apéndice a su libro, le preguntan a Foucault: “¿Y qué viene después? Habrá algo más sobre el cristianismo cuando termine este tercer libro?" La respuesta es bien reveladora: “Bueno, ¡también yo tengo que cuidarme!”. No sería desencaminado entender los tres últimos tomos de la Historia de la sexualidad como parte de un cuidado de si. Por entonces Foucault estaba exhausto y muy enfermo, pero pese a todo se atreve a proponer en la entrevista un libro sobre la ética sexual en el siglo XVI.
Las confesiones de la carne no agrega mucho a lo que ya sabíamos por textos sueltos o seminarios. Subraya, con ese tono urgente que Foucault le imprimió a los últimos libros publicados (como si no cupiera ya el lujo de su exquisita escritura, o como si escribiera para si, sin necesidad de seducir a nadie) un desplazamiento respecto del pensamiento griego sobre las erecciones. Para los griegos la erección es potencia, poder, actividad. Para San Agustín y el cristianismo la erección es pasividad (sobreviene más allá de la voluntad, es un castigo que remeda el Pecado Original, es decir: un garche apresurado, que no previó las consecuencias).
La ética sexual griega era muy asimétrica, demasiado viril, no recíproca, obsesionada por la penetración, en suma, “muy desagradable”. La ética (salvífica) de la carne pone el acento en la obediencia, “no es simplemente una relación con tal o tal otra persona: es una estructura general y permanente de la existencia”. Como en las prácticas S&M que a Foucault tanto le interesaron, supone que “el sujeto dé a los otros poder sobre si mismo”, “la búsqueda de la verdad de sí debe constituir cierta manera de morir a uno mismo”.
Leo en esta última entrega de la Historia de la sexualidad la conciencia de una muerte prematura y la carne herida de alguien a quien sigo queriendo como el primer día. Él había dicho: “El poder se impone el deber de rozar los cuerpos”. Y ya sabemos que la verdad cuesta cara.