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sábado, 11 de mayo de 2024

El profesor pop

Por Daniel Link para Perfil

Es difícil encontrar un momento más alto de la imaginación pop que el video de Adriano Celentano cantando la extraordinaria canción “Prisencolinensinainciusol”, lanzada en 1973 y todavía vigente (la serie Fargo la incluyó en su banda sonora, Maluma la ha cantado).

En la escena (disponible en youtube), Celentano hace de profesor en una clase para señoritas montada en un estudio de televisión. Lo primero que hace es tomar lista. Las chicas le responden “presente” poniéndose de pie. La última nombrada, Barbra Streisand, está ausente. Y es lógico, porque su lugar es la cultura industrial (donde encuentra su sentido) y no la cultura escolar. De inmediato, una alumna se levanta y le pregunta al profesor por qué ha escrito una canción con palabras que no significan nada.

Antes de responder, el profesor pregunta cuál cámara lo está registrando, acentuando la superposición (la mezcla) de registros culturales: el escolar y el televisivo. Luego Celentano explica el gesto de la canción: “yo entiendo que en el mundo no nos entendemos más... Y por eso he considerado oportuno hacer una canción sobre el tema de la incomunicabilidad. No nos comunicamos, somos Incom. Satisfecha, la alumna se sienta pero el profesor le dice que permanezca de pie porque no ha terminado de hablar (subraya así el gesto áulico, la relación despareja de poder y de saber propia de la escuela). La canción, dice Celentano, deja como referencia una sola palabra, Prisencolinensinainciusol, es decir: amor universal.

Terminada la explicación, el profesor toma lección a las alumnas, que deben repetir las partes del coro desde sus pupitres, mientras el profesor baila con una agitación de caderas poco pedagógica.

La canción es una respuesta a la hegemonía norteamericana, que exporta su cultura industrial sin mayor interés en que sea comprendida. La canción de Celentano está pronunciada en inglés americano, pero las palabras que se dicen son inventadas y carecen de sentido.

Al comentario existencial se suma, entonces, un comentario de geopolítica cultural. Y como corolario nos queda la constatación de la potencia de la imaginación pop, que abreva al mismo tiempo de la cultura escolar y de la industrial para sostener con elegancia sus protestas.

sábado, 25 de junio de 2022

El mundo proustiano

Por Daniel Link para Perfil


Una de las grandes lecciones de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust (de cuya muerte se conmemora este año su centenario) tiene que ver con la vida mundana, en relación con la vejez y, precisamente, la muerte.

Recién en El tiempo recobrado, cuando asiste a una matinée después de una larga ausencia, el narrador comprende que su mundo es un mundo donde el sentido del tiempo se pierde. En la novela el tiempo se corta, no avanza, no está vectorizado ni puede medirse cuantitativamente. Pega saltos. O se desovilla. La recuperación del tiempo le viene al narrador repentimanente (después de haber prolongado por demás su juventud, o de creerse joven más allá de toda evidencia) por la conciencia de su propia muerte, consecuencia de la contemplación de sus amigos decrépitos, convertidos ya en morituri y prácticamente irreconocibles, pero atados a los mismos hábitos de antaño.

Se deja de ir a fiestas cuando se ha completado el circuito de sentido de los signos frívolos mundanos y se comprende dolorosamente tarde la verdad de los signos del amor.

El tiempo perdido es, por lo tanto, tanto el tiempo pasado como el tiempo desperdiciado (en tantas fiestas, en tantos viajes, en tantos amores, en tantas lecturas o, agregaríamos nosotros, en tantas series de televisión). Para recuperar el tiempo hay que salirse del círculo vicioso del hábito y de los comportamientos domesticados. El mundo proustiano se reconstituye, entonces, a partir de la recuperación del (sentido del) tiempo.

Todo esto el narrador lo comprende (y nosotros con él) no por prepotencia metódica sino por azar y por coacción. El ruido de una cucharita tintineando o una baldosa floja vuelven a traer un tiempo ya vivido al presente y lo lanzan hacia el futuro: un futuro en el que todo es posible.

Para recuperar la vida en el tiempo (la única vida que merece ser vivida) En busca del tiempo perdido insiste mucho en la música, en el ritornello como soporte, algo que da una cadencia al movimiento del tiempo (y tal vez también al de la vida). Es esa música maravillosa e inexistente, la sonata de Vinteuil (y sus modelos hipotéticos, en particular la sonata de César Franck), con su insistencia nerviosa, mórbida y revuelta sobre si misma la que, desde el comienzo, señalaba la huella que había que seguir.

No porque se trate de repetir como un autómata lo que ya sucedió, lo ya vivido, sino porque se trata de dejarse arrastrar por el vértigo de aquello que, porque nos pasó, no dejó nunca de estar en nosotros, de habitarnos, aunque fuéramos incapaces de acordarnos: aquella sensación, esa lágrima, tal dicha.

En lo infinitesimal (el sabor mezclado de la magdalena y el té) se encuentra contenido el mundo entero y en un instante (en sólo un instante: ¿pero cuál, cuál?) se agazapa toda nuestra vida.

Sólo renunciando a lo que se ama (lo ya leído, lo ya visto, lo ya hecho) se puede re-hacer lo que se ama... Renunciar al mundo tal cual es (el mundo del hábito) para rehacerlo como un mundo nuevo, dichoso.

 

sábado, 12 de marzo de 2022

jueves, 20 de enero de 2022

Best kiss ever


 

Rocco Morabito (1967)
 

domingo, 19 de julio de 2020

La edad de oro

Siglo XX: GRANDES EXITOS VI

Entre los muchos progresos que el siglo XXI ha realizado respecto de su precedente, no se cuenta el de haber podido construir clásicos literarios de la misma envergadura que los del siglo XX, por su potencia estética, su osadía de pensamiento o su radicalidad política. El almuerzo desnudo de William Burroughs no es sólo un radical experimento de fuga de la literatura sino el texto que surge como efecto de una virología.

Por Daniel Link para Perfil

Hay que empezar por pensar lo que Burroughs no es. El gran arte pop, del que Williams Burroughs (1914-1997) es un contemporáneo, fue un fenómeno acotado a un territorio, la costa Este de los Estados Unidos, más allá del cual hay otros que definen lo beatnik, entendido como la fuga, la huida a través de la carretera hacia el Oeste, atravesando todo el territorio norteamericano, por un lado, y por el otro, la fuga hacia Oriente (Marruecos, India) y, también, América Latina. Las caravanas beatnik: las novelas y peliculas de camino, San Francisco (la constitución de la primera metrópoli gay de los Estados Unidos), el flower power, las huidas hacia México y otros paises latinoamericanos en busca de “la droga” (el pexote, etcétera) y la Iluminación.
Hacia mediados de la década del cincuenta, los más prominentes miembros de la beat generation sumaron sus excéntricas energias a la vanguardia poética californiana, conocida como San Francisco Renaissance, una de cuyas centrales de operaciones fue la libreria City Lights, cofundada en 1953 por el poeta Lawrence Ferlinguetti y que dos años después ya editaba libros, el más famoso de los cuales sigue siendo Aullido de Allen Ginsberg. En 1967, el barrio Haight Ashbury convocó a diez mil jóvenes de clase media de todos los Estados Unidos, reunidos en un "Verano de amor" atravesado por cuotas iguales de deseo sexual y de flujos de energia liberados por drogas alucinógenas. Muchos de los que fueron a pasar un verano orgiástico decidieron asentarse: hicieron casa, plantaron sus banderas, establecieron sus negocios y empezaron a realizar sus intercambios.
En 1979 el grupo Village People lanzó un disco sencillo que pasó sin pena ni gloria, Go West, que en 1992 los Pet Shop Boys lo lanzaron como cover y con el cual acostumbraban cerrar todas sus presentaciones en vivo. Entre las diferencias entre la versión de Village People y la de Pet Shop Boys se destacan la progresión de cuerdas tomadas del Canon en Re Mayor de Johann Pachelbel y una estrofa nueva, según la cual "Ahi donde el aire es gratis/ seremoslo que queramos ser/ y si además nos alzamos/ encontraremos nuestra tierra prometida".
Deberíamos entender la literatura beatnik y la vida beatnik como experiencia ligada con el viaje, la revuelta juvenil y el abandono (de si). Hay que tener eso en cuenta cuando se lee El almuerzo desnudo (1959).
El proceso de publicación de Naked Lunch (escrita en Tanger en los años previos) debe mucho al mito, pero si hay que creerlo la novela fue “compuesta” según el método del "cut-up" de inspiración vanguardista. Todavía en Tanger, Paul Bowles manifestó su asombro ante el libro que estaba escribiendo Burroughs, cuyas páginas estaban tiradas por el suelo sin ton ni son. El primer ordenamiento fue responsabilidad de Jack Kerouac. Luego, el editor Maurice Girodias le dio a Burroughs diez días para preparar el manuscrito antes de la composición de las pruebas de imprenta. Burroughs envió el original, distribuyendo las partes sin ningún orden preconcebido. Cuando el libro se publicó, declaró que era mejor que la versión original. Los derechos internacionales a la obra se vendieron poco después y Burroughs usó el anticipo de 3.000 dólares de Grove Press (equivalentes a 26.000 dólares actuales) para comprar drogas (probablemente sea otro mito, pero el gesto importa más que la verdad). Naked Lunch fue portada de la revista Life en 1959, como hito de la creciente producción beat.
En el (extrañísimo) “Prólogo” que Burroughs agrega
al libro se habla de “la Enfermedad”: la adicción a la heroína, bajo cuyos efectos fue integramente escrita la “novela” Naked Lunch. Fuera de la Enfermedad (asociada con el consumo de opiácios) quedan los demás consumos de drogas recreativas sobre los que Burroughs es decididamente tajante, no constituyen Enfermedad, sino un tipo de agenciamiento diferente: “Todos los que utilizan alucinógenos los consideran sagrados —hay cultos del peyote y la bannisteria, cultos del hachís y de los hongos («los hongos sagrados de México permiten al hombre ver a Dios»)—, pero nunca nadie ha sugerido siquiera que la Droga sea sagrada”.

Si es cierto que el texto podría leerse como un protocolo de la experiencia de la heroína, hay en ese libro suficientes datos que lo alejan de esa inmediatez o que la convierten en una opción formal (por lo tanto estética y, en definitiva, política).
La pregunta que Naked Lunch nos formula con una radicalidad desconocida hasta ese entonces no es tanto si ese libro participa o no de la literatura, sino qué sería una literatura (entendida como un sistema de normas, valores y funciones) de la cual puede participar un libro como ése. En este punto, habría que preguntarse si podemos evaluar un libro tan radical como Naked Lunch a partir de antiguas ideas de belleza o a partir de antiguas ideas morales (incluidas las ideas de la vanguardia). Hay una tensión infinita y una distancia también infinita entre, por ejemplo, la escritura de Lolita y su política de la transgresión y la escritura ascética de Naked Lunch, sobre todo teniendo en cuenta la experiencia literaria que patrocinan, el tipo de juicio que demandan de nosotros y el tipo de monstruosidad que convocan.
¿Qué significa el título
Naked Lunch? Burroughs dijo: “No tengo un recuerdo preciso de haber escrito las notas publicadas ahora con el título de El almuerzo desnudo. El título fue sugerido por Jack Kerouac. Hasta mi reciente recuperación no comprendí lo que significaba exactamente lo que dicen sus palabras: Almuerzo desnudo: un instante helado (“a frozen moment”) en el que todos ven lo que hay en la punta de sus tenedores.
Ese “instante helado” puede considerarse como el equivalente a la
polaroid de Warhol. Más allá de esa analogía y de lo que quiera decir para la conciencia del adicto recuperado (Junkie: Confessions of an Unredeemed Drug Addict fue
la primera novela publicada por Burroughs con el seudónimo William Lee en 1953), “almuerzo desnudo” connota orgía, festín (de hecho, alguna traducción optó por “Festín desnudo” y así se llamó en castellano la horrenda adaptación al cine perpetrada por Cronenberg).
Para nosotros, hoy, William Burroughs es sobre todo un inventor de cualidades de vida (la enfermedad, el virus). Inventa la noción de heavy metal, término que apareció por primera vez en la novela La máquina blanda (1962), donde el personaje Uranian Willy es descripto como "el Heavy Metal Kid" (posteriormente reutilizó el término en su novela Nova Express de 1964). Es también el inventor del Tejido Orgánico no Diferenciado (una variación del Cuerpo sin Órganos que mucho antes había propuesto Antonin Artaud como salida a las sociedades de control).
Y es sobre todo, y por eso conviene releerlo hoy mucho más que a Camus, el inventor de la “revolución electrónica”, donde hace funcionar la vida en relación con la lógica viral: “El virus de la mutación biológica está contenido en la palabra. Liberar a este virus de la palabra podria ser más peligroso que liberar la energia del átomo. Porque todo el odio todo el dolor todo el miedo toda la lujuria están contenidos en la palabra. Quizás tengamos aqui en estos tres grabadores [el simio macho, la hembra gimiente y Dios o la Muerte] el virus de la mutación biológica que antes nos dio la palabra y que desde entonces se ha escondido detrás de la palabra. Y quizás tres grabadores y algunos buenos bioquimicos puedan liberar esta fuerza”.
Si del virus no se sabe si está vivo o no, ni si es humano o no, lo mismo puede decirse del lenguaje, y Burroughs escribe como consecuencia de esa imposibilidad de decir, para liberar el virus y generar una mutación por contagio.
En su momento, parecía cosa de dandy o de drogado. Pero la mutación antropológica nos alcanzó, y ya nos abraza con sus tentáculos electrónicos.


 

jueves, 9 de abril de 2020

Diario de la peste, día 22


Ayer a la medianoche nos llegó por correo electrónico un aviso de la Facultad de Filosofía y Letras diciendo que, en contra de lo que había decidido el Rectorado de la UBA, el cuatrimestre comenzará el próximo lunes. Quienes no estén dispuestos a dictar remotamente la materia, deberán hacerlo presencialmente en el bimestre de verano (enero y febrero de 2021).
Nos pusimos frenéticamente a organizar el curso digital (que ya habíamos empezado a armar, pero cuya preparación interrumpimos cuando nos dijeron que esperáramos nuevas instrucciones).
No serán Pascuas de guardar, sino de trabajar.


Les alumnes se enteraron casi al mismo tiempo que nosotres y comenzaron a matricularse en las dos páginas a través de las cuales el curso habrá de funcionar (una de ellas, impuesta obligatoriamente por la Facultad; la otra, de nuestra preferencia).
Lo más pesadillesco son las reuniones de cátedra que, de acuerdo con la moda de la hora, se realizan a través de zoom. Nunca antes necesitamos de este instrumento y todo lo resolvíamos por correo electrónico o por whatsapp pero ahora, no sé por qué, se les ha metido en la cabeza que conviene que nos "veamos las caras", como si no estuviéramos ya suficientemente familiarizados con nosotros mismos. 
Pese a mis limitaciones de conexión a Internet, acepto el convite. Algunos llegan tarde, otros llegan a tiempo, a algunos se les congela la pantalla, a otras no se les entiende lo que dicen, casi todes hablan al mismo tiempo. Aguanto como puedo.
El programa de trabajo que habíamos preparado en septiembre del año pasado se llamaba "Siglo XX: Grandes Éxitos" e incluía no tanto los Grandes Éxitos literarios del Siglo XX (sobre lo que negocié una columna larga para el suplemento cultural de Perfil con Alejandro Belloti, confinado en algún lugar del mundo), sino los Grandes Éxitos de nuestra pedagogía, que este año cumple 30 años ininterrupidos.
Nos pareció (nos sigue pareciendo) que dar un curso virtual no sólo era antipático sino que contradecía los principios pedagógicos que hasta ahora hemos defendido: "la cátedra es el lugar de todos los intercambios".
Pero no nos quedaba más remedio que aceptar la "invitación" facultativa. Por supuesto, propuse modificar radicalmente el programa y dejar sólamente las lecturas que, en algún sentido, interpelaran el momento que vivimos: ¿qué sentido tendría discutir Lolita en este contexto?
Tampoco tendría demasiado sentido conservar la separación entre clases teóricas y clases prácticas así que, en ese punto, estaríamos volviendo al comienzo de nuestros experimentos: habíamos comenzado, en 1990, a dar clases prescindiendo de esa división.
Propuse que llamáramos "situaciones" a cada unidad del programa nuevo, y que examináramos las "situaciones" del siglo XX que nos interpelaban particularmente en estos días de encierro, terror y monotonía. Los textos se leerían en relación con esas situaciones.
Cada docente de la cátedra daría tres clases semanales, correspondiente a esas situaciones.
La primera, la Cero, quedaba a mi cargo y propuse la situación "Excepción" para poder desplegar el trasfondo del pensamiento agambeniano, tan castigado por los ignorantes de derecha y de izquierda, y clarísimas posiciones sobre la pandemia y su gestión política.
Después de eso, la Situación 1 va a ser Globalización y Mundialización, porque si hay algo que nos queda claro es que, contra los procesos de acumulación indefinida del capitalismo global, hay que sostener una idea de Mundo (Tierra, lo que sea). La alternativa nacionalitaria es tanto más pesadillesca que la globalización y, sobre todo, antigua (como el peronismo).
Para la situación Cero, leeremos "Ante la Ley" de Kafka. Para la situación 1, Auerbach y algún poema (probablemente de Rilke, gran crítico de la "plutocracia" que, sin embargo, no cayó en los excesos de Pound y, por otro lado, un exquisito teórico de lo Abierto). 
El curso se desarrollará a lo largo de 16 semanas y somos ocho docentes, de modo que alguien podrá, si quiere, dictar dos semanas.
Algunas de las otras situaciones que incorporaremos se llaman: Peste, Enmudecimiento y Burocratización, Guerra, Posguerra, Catástrofe y espera, Mutación antropológica, Desastre.
Hasta hoy, todavía no he terminado de cobrar mis ingresos, de modo que al estrés pedagógico se suma el estrés financiero: no sé si el lunes podré pagar mis cuentas.
Creo que la Pobreza debería ser una situación a tener en cuenta en estos días.

(continúa)



domingo, 29 de marzo de 2020

Siglo XX: Grandes éxitos, 4

por Daniel Link para Perfil Cultura 

Entre los muchos progresos que el siglo XXI ha realizado respecto de su precedente, no se cuenta el de haber podido construir clásicos literarios de la misma envergadura que los del siglo XX, por su potencia estética, su osadía de pensamiento o su radicalidad política. Antes del fin, que hoy nos parece inminente, conviene recordar el principio de todo: En busca del tiempo perdido


En busca del tiempo perdido es un libro muy exigente. Nos pide que tengamos tiempo suficiente como para dedicar a las 2.100 páginas a lo largo de las cuales se desarrolla la novela. Tal vez la única felicidad que la peste nos depara sea ésta: la suspensión del tiempo le convienen al libro proustiano.
Qué aprenderemos de En busca del tiempo perdido? Que la literatura es una vocación: “Entonces surgió en mí una nueva luz. Lo mismo que el grano, podría yo morir cuando la planta se desarrollara, y resultaba que había vivido para ella sin saberlo”. Que escribir es traducir: “ese libro esencial, el único libro verdadero, un gran escritor no tiene que inventarlo en el sentido corriente, porque existe ya en cada uno de nosotros, no tiene más que traducirlo”. Y que la “obra” es, por lo tanto, lo que preexiste en nosotros: “no somos en modo alguno libres ante la obra de arte, sino que, preexistente en nosotros, tenemos que descubrirla, a la vez porque es necesaria y oculta, y como lo haríamos tratándose de una ley de la naturaleza”.
La obra nos precede con su rumor que sólo hay que aprender a escuchar. La música está también ahí, precediéndonos en el canto de los pájaros, y el ritmo está en el movimiento de las olas y de los árboles. El arte, tal vez no sea demasiado tarde para reconocerlo, es un geomorfismo. Es la canción de la tierra.
Proust nació en París el 10 de julio de 1871, hijo de Adrien Proust, médico célebre (como el padre de Daniel Schreber), precursor de la higiene corporal y los ejercicios terapéuticos que hoy desarrollamos en encierro.
En 1896 comienza la prehistoria de La recherche, con la publicación de Los placeres y los días, una colección de fragmentos narrativos inconexos. Proust tiene en ese momento 25 años y los relatos de Los placeres y los días son ya como depósitos que contienen ese "tiempo perdido", desperdiciado, al que alude la novela.
Entre 1895 y 1900 Proust escribe Jean Santeuil, cuya trama equivale a la vida de Proust hasta finales de 1895, el momento en que empieza a escribir esta obra. En Jean Santeuil se encuentra más o menos el mismo material que aparece en La recherche. La imagen del niño luchando por obtener el beso de la madre, unido con la descripción del jardín iluminado por la luna está ya allí. El método, tanto en Los placeres y los días como en Jean Santeuil es el mismo. Se trata de armar un texto narrativo a partir de fragmentos inconexos.
Proust publica en 1900, en Le Figaro un artículo que se llama "Peregrinaje ruskiniano en Francia", un texto en el que cuenta los recorridos que Ruskin (inglés, enloquecido por la sífilis) había realizado en Francia describiendo las catedrales. En 1904 traduce la Biblia de Amiens, un libro de Ruskin en cuya introducción Proust inctroduce el concepto de idolatría: la adoración de una imagen en lugar de la deidad que el icono representa, e identifica la idolatría con el tiempo perdido. La verdad oculta tras la idolatría sería el tiempo recobrado, y la llave que permite pasar del tiempo perdido al tiempo recobrado es la memoria inconsciente.
Entre noviembre de 1908 y agosto de 1909, Proust escribe un estudio sobre Sainte-Beuve, una crítica al biografismo positivista. En el prólogo del Contra Sainte-Beuve (publicado después de su muerte), Proust expone una vasta estructura narrativa sin nombres, que es ya la estructura de En busca del tiempo perdido. Se refiere, para definir esta estructura narrativa, a la estructura temporal de la Comedia Humana de Balzac. En Contra Sainte-Beuve aparece la más larga frase que se haya jamás escrito. Entre punto y punto, esa oración está comprendida por 1.496 palabras, lo cual habla ya de la consolidación del estilo proustiano, que se caracteriza no sólo por el largo aliento de la vasta novela que escribe, sino por la longitud de la frase.
En 1908 Proust cuenta, en una carta, haber pasado 60 horas sin dormir (del 4 al 6 de julio), sin precisión sobre qué sustancias le permitieron semejante proeza. La hipótesis de los biógrafos y los críticos es que en ese período comienza a escribir La recherche... Es decir: encuentra los “nombres” de personajes, pero también de esa “forma de vida” que Proust llama la “raza maldita”, inspirada en una noticia sobre los escándalos homosexuales que se produjeron en el seno de los altos mandos del ejército prusiano. El caso fue documentado en la prensa europea y en particular la francesa, donde la homosexualidad pasó a llamarse “el mal alemán”. El nombre que Proust se negará a pronunciar por pedante y germanófilo, pero del cual toda En busca del tiempo perdido es su explicación y su despliegue es “homosexualität”.
El 21 de marzo de 1912 Proust publica un anticipo de La recherche... en Le Figaro. La publicación de ese primer tomo, Por el camino de Swann, fue rechazada varias veces.
Entre agosto de 1912 y agosto de 1913, La recherche... tiene dos partes de la misma longitud, de 700 páginas en total (un tercio de la extensión final de la novela). Cuando en 1913 Grasset acepta publicar la novela, ésta tiene ya tres volúmenes y 800 páginas. El plan de publicación se atrasa y el primer tomo de la novela aparece publicado recién el 14 de noviembre de 1913, con una segunda edición en diciembre.
El 14 de agosto de 1914 se declara la guerra, y el plan de publicación se interrumpe. Entre febrero de 1916 y marzo de 1917, La recherche... crece al doble del plan original y abarca ya 1.500 páginas.
La publicación de la novela se reanuda en 1919 con A la sombra de las muchachas en flor, cuando la novela ya ha triplicado su extensión. En 1921 aparece la segunda parte de El mundo de Guermantes. Y en 1922 Sodoma y Gomorra (con una faja que dice "No apta para señoritas jóvenes"). En noviembre de 1922 muere Proust, antes de que se termine la publicación de La recherche...
Durante 27 años (desde 1895 hasta su muerte), Proust escribe y reescribe En busca del tiempo perdido, cuyo plan maestro está ya formulado entre 1908 y 1912 y en relación con el cual los fragmentos encuentran un lugar: los dos caminos que, en el fondo, eran uno solo.
Leemos en La recherche la historia de una escritura, la glorificación de la forma modernista y, en tercer término, un mundo, el “mundo proustiano”, que funciona a partir de la descripción infinitesimal de objetos, situaciones y personajes. Mucho tiempo he estado acostándome temprano... revolviéndome en la cama... y así, 70 páginas sobre el insomnio, 70 páginas sobre la galletita, sobre los amores homosexuales como verdad de todo amor, etc. El mundo proustiano supone una tensión infinita entre la estetización y la distancia irónica. El poder del "mundo proustiano" nos alcanza a nosotros, que somos hijos de la televisión, la barbarie, y las indelicadas redes sociales y nos interpela: nos provoca una nostalgia de un mundo que nunca ha existido para nosotros. El pensamiento no es nada sino algo que lo violente y lo fuerce a pensar, y ese algo es el libro, lo novelesco que nos salva de la vulgaridad y del encierro.



sábado, 21 de marzo de 2020

El nombre de la Bestia

Por Daniel Link para Perfil

El corto siglo XX (en oposición al largo siglo XIX), dicen los historiadores, comenzó con la Gran Guerra.
El 20 de febrero de 1909 apareció en Le Figaro el “Manifiesto Futurista”, promovido por Filippo Tomasso Marinetti. Esa vanguardia intelectual encontraría en el fascismo una vía de desarrollo poco sorprendente, si se recuerda que en su artículo 9 el “Manifiesto” proclamaba: “Queremos glorificar la guerra –sola higiene del mundo–, el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los anarquistas, las bellas ideas que matan, y el desprecio a la mujer”.
Esa misma inteligencia se entregó, antes, a los juegos bélicos. Todavía hoy sorprende la cantidad de voluntarios que se enrolaron para pelear en la Primera Guerra. Como tantos otros y otras, Guillaume Apollinaire, por ejemplo, murió al volver del frente. No se lo llevó propiamente la contienda sino la Gripe Española, que mató más personas que los ejércitos (50 millones de personas en el mundo entero).
La inteligencia americana ya lo había advertido. El 5 de abril de 1909 Rubén Darío publicó en La Nación de Buenos Aires una crítica radical al “Manifiesto”, que señalaba, entre otras cosas: “El poeta innovador se revela oriental, nietzscheano, de violencia acrática y destructora. ¿Pero para ello artículos y reglamentos? En cuanto a que la Guerra sea la única higiene del mundo, la Peste reclama”. Darío notó, antes que nadie, las aporías vanguaristas: ¿destrucción reglamentada? No me cierra. ¿La Guerra como Higiene? No sean infantiles: la Peste le gana.
Guerra y Peste en el comienzo del siglo. Crisis del petróleo (1973) en su final. Todo eso, que el siglo XXI quiso olvidar junto con el comunismo volvió condensadísimo en estos meses para decirnos que la Guerra, el Fascismo, la Crisis y la Peste siguen estando ahí, y nos obligan a pensar las vías de superación de un régimen de acumulación insensato y hostil a lo viviente.


domingo, 1 de marzo de 2020

Siglo XX: Grandes éxitos (III)

por Daniel Link para Perfil Cultura

Entre los muchos progresos que el siglo XXI ha realizado respecto de su precedente, no se cuenta el de haber podido construir clásicos literarios de la misma envergadura que los del siglo XX, por su potencia estética, su osadía de pensamiento o su radicalidad política. El Principito, ese gran libro de quienes leyeron un solo libro, sigue siendo uno de los grandes misterios del siglo XX. 

El pesimismo de entreguerras es una pandemia que arrastra casi todas las conciencias como un ángel malvado de la historia, con su espada flamígera y su llamamiento no a la destrucción sino a la pesadumbre. Hundidos sus pies en un pantano que parece ya tragársela, la modernidad se vuelve mito.
La obra más notable de ese arrebatamiento colectivo tal vez sea la de Saint Exupéry (1900-1944), cuyas producciones han sido relacionadas simultáneamente con el humanismo y el existencialismo. Habiendo perdido toda posibilidad de pensar el futuro de lo humano, Saint Exupéry lo relega en su obra más famosa, El principito (1943), a la infancia de la humanidad o, más bien, constituye lo humano como infans.
¿Quién no ha sido educado por ese texto sombrío y de una melancolía infinita, en el cual no se sabe bien si lo más memorable es la psicosis de su protagonista o la psicosis colectiva que hizo de esa incitación al suicidio una “lectura de infancia” y, todavía más, la lectura de infancia?
En un poema titulado precisamente “El principito”, Arturo Carrera ha llamado la atención sobre el carácter absoluto de El principito como lectura de infancia:

Y tu sonrisa y la de él al decirme
que sólo leyeron “eso” —y tienen 20 años—:
El Principito.

Qué orgullo. Qué dichosa vanidad.



El principito es el libro absoluto porque es el libro de quienes han leído uno solo libro. El libro que singulariza y fija los procesos de interpelación de la infancia para constituirla en mercado.
Hay textos que se sostienen solos como el aire en el aire. Es el caso de las parábolas de Kafka, porque en ellas nadie habla, nadie asume el fundamento último de la voz, que se deshace en un murmullo colectivo y atraviesa los estratos temporales, más allá del autor.
Con El principito no sucede lo mismo: expulsado de la literatura, llevado y traído como juguete para niños, hay que restituirle, para sacar al texto absoluto de la metafísica de la infancia en la que se juega su destino, la dimensión de una experiencia, su lugar en una fantasmagoría.
Antoine de Saint Exupéry nació el 29 de junio de 1900 como Conde Antoine Jean-Baptiste Marie Roger de Saint Exupéry en el seno de una familia de la aristocracia provinciana francesa, cuyos orígenes se remontan al siglo XV. El “momento Saint-Ex” es un momento proustiano: la desintegración de la aristocracia.
En 1926, Antoine publicó su primer cuento, “L'Aviateur” en la revista La Navir d'argent. Fue el encuentro con un tema literario y un fantasma que no lo abandonarían nunca. Comenzó a trabajar para Aéropostale entre Toulouse (Francia) y Dakar (Senegal).
El 12 de octubre de 1929, Saint Exupéry llegó a Buenos Aires junto con Jean Mermoz y Henri Guillaumet para fundar Aeroposta Argentina, la primera compañía de aviación del país, antecedente de Aerolíneas Argentinas.
Vuelo nocturno (1931) y Tierra de hombres (1939) dan cuenta de sus experiencias en vuelos de reconocimiento en la Patagonia y la cordillera de los Andes.
El leve sexismo del segundo título está en consonancia con la figura de la exploración y la nobleza del explorador. En el linaje aristocrático que Saint Exupéry reivindica, lo importante es ser el primero (princeps), sino por la vía de la sangre, al menos por la vía de la acción. El Conde de Saint Exupéry encuentra en la aviación el modo de resolver la paradoja de ser “noble” en un mundo que ya no acepta la nobleza.
En 1941 Saint-Ex viajó en misión diplomática a Nueva York para convencer a los norteamericanos de que participaran de la Segunda Guerra. Se quedaría allí dos años. La esposa de su editor norteamericano le propuso, para entretenerlo, que escribiera un cuento de navidad que retomara los dibujos que, desde hacía años, venía incluyendo en su correspondencia. Así,  Le Petit Prince comienza su extraordinaria carrera. En 1943 apareció la edición neoyorquina y en 1945 la edición de Gallimard. En el medio, el 31 de julio de 1944, el piloto tuvo un accidente fatal.
En El principito leemos el encuentro entre dos variedades de viaje (viajeros): el viaje ordinario y el viaje extraordinario. Ambas variedades se contaminan precisamente en el encuentro entre el noble aviador y el enfant inhumano (extraterrestre). Sería legítimo leer en esa situación de desperfecto (panne) y de desasosiego el canto de cisne de la imaginación humanista en el dueto cantado entre Sartre y Camus. Pero tal vez convenga postergar esta vía de lectura para detenerse en la extrañeza de uno de los libros más vendidos de todos los tiempos (sólo superado por la Biblia y El capital) y, además, uno de los más traducidos (seiscientas traducciones, incluida la de 2005 al toba).
Los libros más vendidos son aquéllos que ocupan un lugar central en tanto dispositivos de adoctrinamiento (en la escuela, en las familias, en las iglesias). Admitido esto, ¿sobre qué adoctrina El Principito?
Si el cuento de Saint Exupéry sigue siendo interesante es porque el encuentro de dos viajes de velocidades diferentes, el del aviador y el del niño (agrego: psicótico) coincide con el encuentro real (la situación) de dos fantasmagorías. La distancia entre las velocidades de los viajes en el texto replica la diferencia de velocidades entre el imaginario de infancia y el imaginario de la cultura sobre la infancia (porque sin la infancia como mercado la cultura no podría existir, etc.), el encuentro histórico entre el humanismo existencial y la cultura industrial (dos fuerzas o potencias diferentes).
La infancia como mercado es poco confiable: el niño es snob por naturaleza, pero sobre todo el niño marcha hacia su propia destrucción (es un moriturum). El Principito es notable también por eso: tematiza la autodestrucción de la infancia, la infancia como tragedia de la desaparición (el cuento termina con un suicidio infantil).
A la pregunta sobre cómo estabilizar a la infancia como mercado o como corral de crianza y de adoctrinamiento, hubo una respuesta histórica: por la vía de la pedagogía, por la vía de la familia, se leen/ compran a los hijos los libros de infancia que uno leyó (El principito, o Monteiro Lobato, o Emilio Salgari, o Heidi). Y así, los adultos replican en las nuevas generaciones su propio terror a la desaparición.
Con El principito sucede algo singular: para poder hacer pasar el libro de generación en generación hay que olvidar que es el relato de un niño suicida y postularlo como el relato de la niñez que nunca muere, que es exactamente lo contrario que el texto dice desde el principio.
En ese sentido, ¿qué quiere decir “Lo esencial es invisible a los ojos”? Lo esencial (la razón de la serie) nunca es visible, lo que es visible es el fenómeno, la aparición, lo contingente, lo aparente, lo finito. Ese más allá, lo esencial, lo infinito, nos viene dado de “otra parte” y no de los sentidos, que entregan sólo la certeza de lo reificado (los habitantes de los planetoides). Verdad existencial del cuento: como el viajero, como el niño, vivimos en soledad, pero atados a las cadenas de la determinación y lo único que existe en el horizonte es la desaparición (de la infancia).


domingo, 1 de diciembre de 2019

Siglo XX: Grandes Éxitos (1)


 por Daniel Link para Perfil Cultura

Entre los muchos progresos que el siglo XXI ha realizado respecto de su precedente, no se cuenta el de haber podido construir clásicos literarios de la misma envergadura que los del siglo XX, por su potencia estética, su osadía de pensamiento o su radicalidad política. Los “Grandes Éxitos” del siglo XX son la antología de la literatura que sigue sonando para nosotros.

Memorias de un enfermo nervioso de Daniel Paul Schreber

Aquella mañana, Daniel Paul Schreber se demoró en uno de esos estados de duermevela que Marcel Proust habría de novelizar pocos años después. De pronto se sobresaltó ante un pensamiento inesperado. Pensó (naturalmente, en alemán): “Sería realmente lindo ser una mujer sometida al coito”. Y se volvió loco.
Daniel Paul Schreber había nacido en 1842 en el seno de una familia burguesa protestante. Su padre fue un célebre médico y educador socialdemócrata que introdujo en Alemania la gimnasia médica y promovió la venta de pequeñas parcelas de terrenos para que los obreros usaran como huertos y jardines (Schrebergarden). El hermano mayor de Daniel se había suicidado, su hermana menor murió enferma mental. A los 42 años, Daniel, ya un reconocido juez y jurisconsulto, es internado por primera vez, bajo un cuadro grave de hipocondría. Dado de alta, vuelve a vivir con su esposa (con quien no ha podido tener hijos) y a seguir cosechando éxitos profesionales.
En 1893, poco después de su ocurrencia matutina que rechaza con la mayor indignación, lo nombran presidente del Tribunal de Apelaciones de Sajonia, cargo que puede desempeñar por muy pocos meses antes de ser dominado por sensaciones de reblandecimiento cerebral, ideas de persecución, alucinaciones visuales y auditivas, anonadamiento y estupor. Vuelven a internarlo en el asilo Sonnenstein, donde escribirá, durante 1900, sus Memorias de un enfermo nervioso, con el solo objeto de que le reviertan la incapacidad jurídica en la que se encontraba y le den el alta. Lo consigue en 1902. Al año siguiente, las Memorias se publican bastante expurgadas.
Poco después tiene una nueva recaída, ya definitiva. Muere en 1911, mientras otro autor, que había publicado en 1900 (o en noviembre de 1899) La interpretación de los sueños (Die Traumdeutung) se interesó por las Memorias y, sin saber nada sobre el destino de Daniel Paul Schreber, se dedicó a analizar su libro con las típicas interpretaciones abusivas características de Sigmund Freud. El análisis propuesto en "Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia (Dementia paranoides) descrito autobiográficamente (1911 [1910])" tuvo una extraordinaria carrera y permitió definir la paranoia clínicamente y, también, culturalmente: el mal del siglo XX.
Tan así fue que Jacques Lacan, cuando escribió su tesis doctoral, eligió la paranoia como tema y cuando tuvo que prologar la traducción francesa de las Memorias, destacó el carácter monumental del libro, al que relacionó con las investigaciones estéticas de Salvador Dalí. El seminario Las psicosis de Lacan retoma el análisis freudiano de las Memorias para señalar sus aciertos y censurar sus defectos (“¿cómo puede ser que algo que da tanta razón a Freud sólo sea abordado por él bajo ciertos modos que dejan mucho que desear?”).
Desde otro marco de lectura, Elías Canetti subraya que en las Memorias "La paranoia es, en el sentido literal de la palabra, una enfermedad del poder".
¿Qué escribe Schreber en su libro extraordinario para llamar la atención de lectores tan ilustres y para que siga siendo materia de examen más de un siglo después de su publicación original?
Por un lado, cuenta su cuerpo amenazado por la fuerza de Dios: le han extirpado los intestinos, tiene el esófago hecho trizas y las costillas quebradas, le han reemplazado el estómago por el de un judío, le arrancaron los nervios de la cabeza y unos homúnculos le comprimen el cráneo haciendo girar una llave. Todo es inútil porque Dios, al querer destruirlo, va en contra del orden del Cosmos, más poderoso que Dios mismo.
Pero Dios insiste: mediante los rayos que lo constituyen modifica los órganos internos de Schreber para transformarlo en mujer (“Miss Schreber”, lo llama). Hay un complot del que participan los médicos que lo atienden, para asesinar su alma y para entregar su cuerpo de mujer a la prostitución.
Al final, Schreber se da cuenta del objetivo de Dios y de la escala universal de la que forma parte: lo que Dios quiere es cogerse bien cogido a Schreber para generar con él (como pareja divina) una nueva humanidad, superadora de la anterior, ya decadente.
Por el bien de la humanidad, Schreber decide aceptar su rol: “Es pues mi deber ofrecer a los rayos divinos la voluptuosidad y el goce que esos rayos buscan en mi cuerpo”.
Lo único que Freud puede leer en el asunto es que el delirio paranoico de Schreber le sirve para reprimir su deseo homosexual. Para Elías Canetti, “apenas es posible imaginar un error más craso". Para él, el delirio del autor de las Memorias es, en realidad, el modelo exacto del poder político, “que se alimenta de la masa y está compuesto por ella". Schreber, para Canetti, hace masa en una dirección que “el pueblo alemán” seguirá con algarabía durante los años posteriores a la Gran Guerra.
Por otro lado, la deliciosa fantasía de Daniel Paul Schreber no es homosexual, en absoluto. Es transexual y megalómana (si me van a coger para que yo pueda parir al hombre nuevo, el que me coge tiene que ser Dios, el mejor garche).
Las Memorias de un enfermo nervioso son un clásico que todavía nos alcanza, porque inauguran un siglo que, por un lado, hará de las ficciones paranoicas y las conspiraciones la clave de la interpretación política y, por el otro, que hará de la “paranoia controlada” un método de cura (el psicoanálisis) y de la transexualidad una bandera política.
Los argentinos tuvimos la suerte de que Ramón Alcalde tradujera las Memorias y las sometiera a un riguroso trabajo filológico. Perfil publicó ese libro en 1999