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En todo proyecto colectivo llega un momento en el que hay convocar a personas para que se integren, y la confianza es la única llave útil en esas circunstancias. Como las carreras de Letras (profesorado y licenciatura) que creamos eran ya un proyecto común, del que participaron muchas personas, gran parte de las posiciones estaban garantizadas, pero otras no.
Muchas personas, enteradas del proyecto, nos escribieron. Tenemos sus carpetas con sus antecedentes para convocarlas llegado el caso. Pero tuvimos que salir con la propaladora de pueblo, para conseguir docentes a la altura de las circunstancias, por ejemplo, de Latín, que es una de las primeras materias que se cursan.
Yo mismo soy profesor de Latín y tengo amigos que estudiaron letras clásicas (hoy están, sin embargo, más cerca del japonés que del griego). Pero... ¿cuál es el perfil que necesitábanos?
Un chico (literalmente, cuarenta años nos separan) que me acompaña en esta epopeya (ya sé, ya sé, es un nombre excesivo para tareas más bien módicas, pero hay que mistificar un poco, para poder seguir adelante en un mundo tan desencanto, weberianamente hablando), un chico me recomendó a un profesor de latín que él conocía. Puso en la balanza a su favor (su de los dos: el candidato y el recomendante) que era "un performer". Un estremecimiento me recorrió la columna vertebral pero, porque confío en este chico, decidí avanzar con su recomendación y citar al candidato a una entrevista. Me cayó bien. Le dimos el curso. Presentó un programa muy lindo. Pero.... ¿cómo sería en la clase?
Paradójicamente, tuvo más inscriptos de lo que se esperaban, porque su materia es obligatoria para el Profesorado pero optativa para la Licenciatura. Y la mitad de las licenciantes decidieron tomar el curso de Latín I, para alegría mía, que siempre miré con malos ojos el abandono de una tradición que no sólo nos enseña a relacionarnos mejor con nuestra lengua sino, sobre todo, con nuestras vulgaridades (porque la vulgaridad de los romanos -históricamente hablando- es pasmosa), nuestro sistema político, nuestros populismos.
Lo presenté al alumnado, claro, como lo que era para mí: una promesa, una incógnita. Y me fui mordiéndome las uñas. Tres o cuatro semanas después volví a escuchar una clase suya. Para mi sorpresa, los alumnos estaban ya hablando de "dativos de interés" con total soltura. El chico recomendante, sentado al lado mío, no dejaba de maravillarse por el método, porque él había aprendido (un solo latín, porque sea aburrió mortalmente) según una pedagogía decimonónica de memoria y repetición. Y lo que hacía el profesor de Latín era, para él.... un antes y un después. Lo era, claro, pero tuve que contarle, en la pausa, que yo mismo había aprendido con ese método: se parte de textos breves, debidamente elegidos, a partir de los cuales se recuperan algunos aspectos de la sintaxis y la morfología del latín, pero con el texto ya comprendido porque tienen la versión original y la traducción.
Yo había estudiado con ese método y mi profesora de Latín II, Marta, hizo un libro que en su momento fue muy usado (por supuesto, el libro de Marta estaba inspirado en un libro parisino, hecho en Nanterre, cuna del mayo francés. !Y el novísimo profesor de Latín había estudiado con el libro de Marta en la escuela secundaria! Yo ya había confiado ciegamente en él (en primera instancia) y luego de conocerlo confié con causa. Pero saber que habíamos aprendido según el mismo método reforzó todavía más mi confianza y, sobre todo, mi creencia en que hay fuerzas tutelares. Los romanos creían que eran diosecillos, no hace falta que lleguemos a tanto. Nos basta con saber que la fuerza de atracción de un proyecto en su fase manantial es capaz de ahuyentar las potencias negativas, la mediocridad, el miedo, el desasosiego.
El conurbano tiene, ahora, sus latines y sus latinistas en formación (¿por primera vez? no lo sé, pero me gustaría que así fuera). El año que viene, para compensar, les ofreceremos guaraní como lengua optativa. Por supuesto, lo único que queremos ahora es ir a cursar latín, a discutir los textos hermosos que selecciona el profe de Latín para introducir los ubi, los undo, los qua, los quo. Lamentablemente, no podemos.
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