por Daniel Link para Perfil
Los únicos asientos disponibles con espacio extra para las piernas en el vuelo Miami-Buenos Aires estaban en la parte central del avión. Me tocó el del medio en fila de tres. Por supuesto, el de mi izquierda lo ocupó uno de esos gigantes americanos que apenas si caben entre los apoyabrazos y que necesitó asistencia para comprobar si le servía el cinturón de seguridad. Auguré un viaje nocturno de pesadilla y me dispuse a tomar doble ración de ansiolíticos después de la cena.
El coloso americano viajaba solo e intentó lo que más temía: conversar conmigo, arrancarme los secretos de Buenos Aires. Le dije que vivía en el countryside y la respuesta lo decepcionó tanto que cambió de ángulo y se puso a charlar con la argentina rubia de allende el pasillo. Ella podía farfullar en inglés, lo que hacía más intolerable sus recomendaciones de inteligencia artificial: Puerto Madero, la Boca, Teatro Colón (nombres a los que agregaba un falso acento inglés).
Lo peor vino después: la rubia (que trabajaba en algo vagamente relacionado con el diseño y estaba acompañada por su pareja, igualmente rubio y tatuado prolijamente) le preguntó si le gustaba la música electrónica. Confundido, el amigo americano asestó algunos nombres y ella empezó a recomendarle lo más grasa de la escena argentina.
Lo peor, lo más vergonzoso, vino después. “What do think about your President?” El americano, prudente, no contestó. A lo que ella agregó: “Puede que esté loco, pero es un buen presidente” (en la misma semana en que ese señor no loco, sino de una maldad primitiva, premoderna, desencadenó una masacre injustificada con consecuencias todavía imprevisibles). El americano seguía evadiendo una respuesta, porque era cortés y no quería meterse en problemas. Miré con todo el odio del mundo a la rubia libertaria descerebrada para ver si era capaz de darse cuenta de que no podía decir las cosas que estaba diciendo.
No tuvo efecto mi mirada. Decidió agregar: “Y el ICE (ais, dijo)? Yo creo que está bien”.
A lo mejor el amigo americano era de Minneapolis (o al menos ve los noticieros de televisión) así que tampoco se pronunció al respecto.
Ese reencuentro con la patria descerebrada pero imprudentemente expresiva me deprimió bastante. Me tomé un alplax de 2 miligramos para llegar estúpido a Ezeiza. Antes de desmayarme, pensé que cuando Trump decida cancelar las elecciones de noviembre (porque va a perderlas) por una “emergencia nacional” esta chica aplaudirá, por supuesto, la decisión mientras bailotea en su terraza al ritmo de Tiesto.

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