viernes, 28 de julio de 2006

La verdad del tiempo reversible

Por Raúl Antelo

La poética etnológica y el bajo materialismo

Osvaldo Lamborghini sostenía que "en estos pobres momentos de pobres intentos, de tanta poesía bajamente etnográfica", con tantos "carriegos huérfanos de la lectura de Borges", Arturo Carrera estaba elaborando "una poética etnológica", que proponía, sin duda, un exceso, el de "devolverle al trabajo poético su carácter de modelo sobredeterminante de las demás funciones del lenguaje"[1], para así inscribirlo en el terreno del más puro materialismo. Esa poética etnológica tiene, sino una historia, al menos, eso sí, una arqueología bastante precisa que podemos aquí puntualizar.

Podemos remontarnos a Alfred Métraux, especialista en antropofagia tupinambá y director del Instituto de Etnografía de la Universidad de Tucumán, quien registraba en su diario de 1931, al atravesar el altiplano boliviano, que recién en Chipaya logró comprender la íntima cohesión económica que vincula a toda la humanidad, irreversiblemente inscripta en una esfera mundial unitaria. Aún en ese recóndito paraje, la crisis de superproducción del 30 había afectado también, y de modo tan profundo, a esos indios paupérrimos, aislados del mundo y casi perdidos en su desierto inaccesible, que no se podía negar, sin embargo, su inclusión en un todo que sin cesar los ignoraba.

En efecto, a pesar de la crisis, los lamentables Uro-Chipayas habían conseguido mantener sus fiestas rituales, su orden simbólico, que luego, en un ensayo de 1935, el mismo Métraux asociaría a las estrategias económicas del potlatch o don. En el trueque y en la obligación creadora de vínculo, Métraux reconocía, junto a su amigo Bataille, un poder de singularización, un modo de participación e incluso, anticipando los argumentos de Derrida, un pensamiento del ser que es, en verdad, un pensamiento acerca del tiempo. A partir de esas concepciones, Métraux quedaba en condiciones de dar un paso más allá e interpretar un enigma pertinaz en su libro posterior, dedicado a la isla de Páscua. Se depara allí con esas misteriosas inscripciones en tablas de madera, esos signos parlantes llamados kohau rongorongo, que durante largos años intrigaron a viajeros y etnógrafos, concluyendo que no se trataba de una auténtica escritura -el umbral de la historia- sino de simples fórmulas mnemotécnicas que sólo más tarde adquirieron valor sagrado[2]. En realidad, Métraux llegaba a esa conclusión porque, a la manera mimológica de Mallarmé o Valéry, leía las inscripciones a partir de una muy precisa concepción del lenguaje, la de un "puro espacio de la ficción".

Como ciertos poetas atravesados por el luto y el trauma, Métraux veía en el olvido el ritual de fundación de la literatura, como si esta buscase, a través de la amnesia, reanudar los vínculos con el improbable origen y como si la palabra no dispusiese, en rigor, de ninguna archè capaz de afianzar sus fundamentos. Si los etnógrafos funcionalistas interpretaban la hipotética escritura de las maderas grabadas como remedio ante el olvido, la tesis del lenguaje como memoria, adoptada por Métraux, busca, sin embargo, en el olvido, un remedio contra la falta de fundamento de la literatura. Diríamos así que, en la primera perspectiva, el mito actúa para que la pérdida del origen no sea completamente obliterada y pueda ser conmemorada como formación de una literatura en busca, precisamente, de origen. Pero, según la concepción mnenónica, aquello que define a la literatura, al carecer, pues, de un marco fundacional es, por el contrario, la infinita oscilación en su indecibilidad.

Una de las cabezas más lúcidas de la vanguardia rioplatense, Xul Solar, con una aguda (y mallarmeana) comprensión del lenguaje, también llegó a escribir que lo más original y oneroso de esa costumbre, el potlatch, era

la destrucción de bienes para humillar a la otra parte, la que debía hacer otro tanto, o más, para no quedar en la vergüenza; mientras que, si el huésped ganaba de mano al anfitrión que no podía "retrucar", era éste el que perdía rango, quedando como descalificado, tal que mejor era desaparecer o a veces suicidarse. Se conservan descripciones de tales fiestas sádicas en que el orgullo de sí y el desprecio y burla hacia los otros se expresan sin ningún pudor, de parte de protagonistas triunfantes; pero no se sabe qué pensaba de ello el pobre vulgo que no podía jactarse de nada.

Xul no dejó de reparar que en la puja entre soberbias -al fin de cuentas, la estrategia de toda vanguardia- era común "regalar cosa de valor, en la poca variedad, aunque bella, que se hacía en casa, y lo más por mujeres". No se podían rechazar esos regalos, "sin mortal ofensa al seudogeneroso dador", ni dejar de retribuirlos, con usura desmedida, "sin mortal ofensa al propio prestigio, casi equivalente a excomunión, que tal era el general desprecio con mote de pobre o avaro". Todo lo cual conducía a una paradoja que ya existía en tiempos primordiales -"y debe haberla todavía, después de civilizarse"- como el mismo Xul acota:

con estas manifestaciones de rumbosa generosidad, que pugnaba por batir su propio record, se acompañaba una usura en préstamos (o regalos), de cien por cien, o más, anual, es decir devolviendo el doble de lo recibido, que no era dinero, sino objetos. (En realidad una forma de dinero había: como en muchas otras partes, para transacciones usuales, es decir de poca monta, había conchas univalvas de moluscos marinos)[3].

El texto, publicado originalmente en Ínsula,
715-6 (Madrid: jul-ago 2006) puede leerse completo acá.

1 comentario:

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Muy interesante este post sobre la poética etnológica y el bajo materialismo, desde grow shop online nos interesan estos temas de la literatura.