lunes, 17 de julio de 2006

Libros recibidos

La vida descalzo de Alan Pauls (Buenos Aires, Sudamericana, 2006, ISBN 950 07 2746 3) es un libro exquisito incluido en la novísima colección IN-SITU que, de tan bella (más allá del nombre, excesivamente jurídico), no parece argentina. Exquisito porque en La vida descalzo Alan Pauls lleva la frase (que fue y será su unidad de investigación y de escritura) a niveles desconocidos de elegancia, musicalidad y proliferación narrativa. No es sorprendente: después de todo, Pauls siempre fue uno de esos escritores a los que envidiamos antes que nada por sus frases (si se tratara de un poeta, la equivalencia sería el verso). Lo que sorprende en La vida descalzo es el esfuerzo (como con todo esfuerzo cuyo resultado es feliz, apenas si se nota) que Pauls ha puesto para hacer coincidir la frase con unidades mayores de escritura (el párrafo, la página). ¿Una imitación de Proust? Es posible, sobre todo teniendo en cuenta la estrechísima relación que la obra previa de Pauls tiene con la de Proust (por la imaginación que convoca, por los temas que trabaja, por el ritornello de las frases). Pero como Proust es, en última instancia, inimitable, de lo que se trata más bien es de una recuperación de su "espíritu", como si nada hubiera sucedido. Y esta bien que así sea, porque ésa es precisamente la más sorprendente constatación que realizamos cada vez que releemos a Proust: es como si nada hubiera sucedido y pudiéramos, con sólo proponérnoslo, revisitar Balbec, las catedrales normandas, vivir el mundo según el carrousel hiperestésico del insomne.
La vida descalzo cita a Proust. No podía ser de otro modo, porque su tema visible es la playa. Pero lo cita sobre todo porque su tema invisible es el tiempo. En la perspectiva de Pauls, la playa es un dispositivo minimalista que permite viajar a través de los estratos temporales: de aquel niño amorosamente fotografiado por ¿su padre? hasta este adulto permanentemente amenazado por las enfermedades (en este caso, como en Wasabi, por extrañas dolencias de la piel). En ese ir y venir del pasado al presente lo que se lee es también un ir y venir del adentro al afuera (y la piel, aquello que podría garantizar el límite de esas dimensiones, es precisamente lo que, al verse amenazada, transforma al límite en umbral). No hay posibilidad de detener esos worm holes que afectan no sólo a la conciencia sino también (y sobre todo) al cuerpo. Así, lo que se dice de la playa (su carácter liminar y al borde del tiempo: antes y después absoluto de la historia y la cultura) se dice también del cuerpo. Y viceversa.
En sus libros anteriores, Pauls jamás dejó de articular lo personal y lo apersonal (la ficción y el testimonio). Tal vez en La vida descalzo esa articulación se deja leer con una perfección ausente en otros libros y es precisamente eso lo que mueve a sus lectores (no importa cuan de acuerdo quieran estar con lo que Pauls señala, porque después de todo no es éste un libro de "opiniones") a la admiración, a la felicidad y a la gratitud.

Acá, un fragmento de La vida descalzo.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Leí el libro de Alan Pauls. Me resultó un bodrio, un bodrio marca "Puán".

FCK dijo...

Las frases, exquisitas, no sorprenden por su longitud: abruman por su ritmo sostenido que le garantizan una fluidez envidiable al texto. Es inevitable no identificarse con muchos pasajes del libro, experiencias "playísticas" vividas por todos los que alguna vez se internaron en esas fronteras orográficas.

Anónimo dijo...

Pauls es un escritor notable, de lo mejor de su generación. Sin embargo en este libro está irreconocible, sobre todo en cuanto a la escritura que es una exageración innecesaria de su estilo antes muy bueno. qué libro de mierda, solo agradezco no haberlo comprado (me lo robé en la feria

Anónimo dijo...

La colección es preciosa y las fotos le sientan muy bien el libro. el texto me pareció estupendo, de los mejores de Pauls que casi parece liberado cuando se sienta frente a la novela (igualmente sus novelas resultan bastante buenas). Me quedo con la frase en la que cuenta cuando su padre lo llevó por primera -y última vez- al cine de verano.

Eloize Ribeiro dijo...

El verano es un fantasma en medio al tiempo del paisaje y al mirar las fotos de la infancia seria también un recuerdo de una vida pasada. Seria también un fantasma? de lo que ya no somos, pero que un día fuimos...