sábado, 15 de julio de 2006

¡Qué noche bariloche!

Anoche hubo no una fiesta deliciosa sino dos*. De la primera no es mucho lo que se puede decir salvo que respondía a la lógica de la intimidad impersonal que tan bien ha analizado Leo Bersani. Las superestrellas del mundo del arte y la cultura que participaron del encuentro, nos dijeron, obtuvieron todo lo que se puede esperar de un evento semejante en un ambiente de amabilísima comunidad. Después, hubo dancing organizado por Ale Ros chez Albertina Carri. Hubiera sido raro que la fiesta (inscripta en una serie ya célebre) no agradara, pero mucho más raro fue que se convirtiera, por una de esas raras conjunciones astrales y personales (era todo lo contrario de la fiesta anterior: nada de intimidad, mucho de personalidad), en la gran fiesta que fue. Lo fue por muchísimos motivos, pero especialmente porque, perezosos como somos S. y yo para responder a las demandas de la nocturnidad, a veces faltamos a las citas y entonces cada reingreso en ese mundo encantador de música purísima, luces alucinógenas, caricias por doquier, mieles y ensueños, se transforma en un viaje propiamente antropológico a los círculos de la modernidad más exquisita de Buenos Aires. Descubrimos, de pronto, algo que seguramente estuvo pasando desde hace meses pero que, visto de golpe, impresionaba. Estaban, en la fiesta, entre tantos amigos de siempre, la Latin American Idol, la parejita Project Runaway, y muchas otras figuras inspiradas en la cultura trash más actual. Pero no fue eso lo más llamativo (nunca lo es), sino la ausencia total (por mutación antropológica, emigración hacia otros estratos mundanos o vaya uno a saber la causa) de todos los Millhaus (Milz, Milte) que siempre daban a esas fiestas, con sus ropas de escuela dominical, anteojitos y deliberada torpeza física, un toque de spleen que, sin los estímulos adecuados, podía haber sido un poco abrumador. ¿Qué pasó con los Millhaus? La respuesta de Ale Ros quiso ponernos en el lugar del parvenu con sus capacidades perceptivas embotadas: "y....., crecieron", dijo. Pero en rigor no es que nos hubiéramos perdido un proceso de crecimiento o de transformación cosmética sino una revolución estética. Quienes ocupaban su lugar eran una numerosísima tropa de "chicos con barba" (no esas calculadísimas barbas de tres días, ni esas barbas completamente ideológicas que usan los hippies, ni esas barbitas estigmatizantes: "barba candado, puto cantado", dicen en mi barrio, sino unas barbas de dos o tres semanas, un poco ralas porque se trata al fin de cuentas de jóvenes con sus hormonas en funcionamiento anárquico, sin la disciplina a la que, luego, la vejez las somete). Es la moda, claro, y Ale Ros, perentorio, nos envió a consultar bibliografía especializada (Bigotes).
Eso puedo entenderlo, y no me sorprende. Lo más sorprendente, lo verdaderamente excitante de la mutación es que estos lost ("barbetas", los denomina S:) no podían ser aquellos millhaus. Se trata antes de recambio poblacional (un fenómeno migratorio) que de una transformación generacional. Descubierto el fenómeno, nos dedicamos a tasar, como se dice, la mercadería. Con la Madrecita, sobretodo, que estaba muy de acuerdo con nosotros en la algarabía que nos producía semejante invasión (éramos Roma o Bizancio, y ellos los godos). ¿Qué idioma hablarán estos barbados jóvenes, ninguno de los cuales (repito, ninguno: y no eran pocos) quedó fuera de nuestros exigentes criterios -cada uno de los cuales (el mío, el de S., el de Ros, el de Marta, ebria de felicidad, el de la Madrecita, etc.), como es obvio, los sometía a fantasías la mayoría de las veces divergentes? No lo sabemos. Mirábamos sus bocas, claro, como tentadores frutos expuestos en el medio de tales frondas. Con eso nos bastaba, y era unánime nuestra aprobación (repito: unánime). No podíamos adivinar lo que decían (lo que hablaban entre si, lo que susurraban a las chicas-hormiga que los acompañaban y que, éstas sí, habían sobrevivido al cataclismo cultural). Se dirá: ¡qué importa, era una fiesta! Y sí, era una fiesta, pero me habría gustado completar el cuadro de costumbres con una pincelada de discurso referido. Lo cierto es que ahora las pinups portan barba. Y son las chicas más codiciadas de las fiestas.

*Dedico este resumen especialmente a Norma Lascano, que había prometido (la muy hipócrita) dejarse ver a las 3 de la mañana y no lo hizo.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Elevando el nivel, Link, usted puede.

Anónimo dijo...

Evitando el hippismo...

Hace dos meses me dejé esa barba por accidente y mis amistades me insistieron con que me la dejara, cosa que sigo haciendo.
Se recorta periodicamente con cualquier clipper vendida de puerta a puerta, en nivel 4.
Más sexy: el cuello sí se afeita, al ras. Cada dos días, si no irrita. Bic descartable.

et voila

(ideal para gordos acomplejados, simula liposucción de cachetes)

.ferkovio.

1980 dijo...

es muy verdad lo de las barbas de moda, excelente observación