sábado, 31 de julio de 2021

Los ludópatas

por Daniel Link para Perfil

Estamos en proceso de desintoxicación. Hace varios años, mi marido descubrió un jueguito encantador (en peor sentido: hipnótico, brujeril). Se juega en cooperativas una carrera en la que hay que cumplir una cantidad de tareas (fabricar cosas, ordeñar vacas, cultivar campos).

Al principio nos divertimos, hicimos amigos en diferentes lugares del mundo. Luego nos fuimos peleando con todos y todas y quedamos, en nuestra cooperativa, sólo él y yo para enfrentar alternadamente cada desafío semanal (que resolvíamos en un día, para que no interfiera con nuestra vida social o nuestro trabajo). Fue inútil, porque el juego se fue complicando cada vez más y los sucesivos reclamos que envié a los desarrolladores cayeron en saco roto. Así que desde la semana pasada, hemos decidido abstenernos de la carrerita lo que, en la práctica, significa que entramos al juego poco y nada.

Esperamos que con el tiempo esa frecuencia incluya períodos de abstinencia cada vez más largos, hasta que nos olvidemos definitivamente del asunto.

Nos asustó no tanto nuestra propia adicción, que manejábamos relativamente bien porque competíamos en semanas alternadas y sin gastar un solo peso, sino la de jugadores rivales, que se mataban por primeros puestos que no otorgaban ningún premio significativo y que, a todas luces, compraban ventajas (que cuestan como mínimo 5 dólares).

Me confortaba diciendo que el tiempo que gastaba en el juego (un par de horas semanales) era de todos modos menos que el que habría desperdiciado en las redes, ese mundo de crueldades y convicciones inquebrantables. Además, imaginaba que iba a poder escribir una novela de ciencia ficción en la que los sencillos robots que forman parte del juego se independizaban del algoritmo que los gobernaba. Iba a llamarse La isla y los robots tenían nombres del campo artístico argentino.

Si la literatura es salud, algún día ese texto se escribirá solo.

miércoles, 28 de julio de 2021

lunes, 26 de julio de 2021

Mirá, querida...

.... Yo fui unx de tus descubridorxs. Esperé, esperé, esperé. 

Me alegro mucho de último oro. 

 

Y bueno, sí, un poco de orgullo también. 

Pero tanta sobada de ganso, en fin...


 


 

 

El archivo te buscará para matarte

sábado, 24 de julio de 2021

La extrema derecha

Por Daniel Link para Perfil

El 16 de julio, Giorgio Agamben publicó en el blog de la editorial italiana Quodlibet una columna titulada “Ciudadanos de segunda” que centra su atención en la implementación del “green pass” europeo que autoriza los movimientos de los vacunados. Agamben asimila el “régimen despótico de emergencia” que vivimos al fascismo: “El hecho de que la vacuna se convierta así en una especie de símbolo político-religioso destinado a establecer una discriminación entre los ciudadanos queda patente en la irresponsable declaración de un político que, refiriéndose a quienes no se vacunan, dijo, sin darse cuenta de que estaba utilizando una jerga fascista: «los vamos a purgar con el green pass»”.

En Francia, la decisión de Macron de establecer la obligatoriedad de la vacuna para trabajadores de la salud desencadenó grandes manifestaciones, caracterizadas como de “extrema derecha”. Pero no se sabe bien dónde está la extrema derecha, sobre todo porque el presidente francés dijo que “la vacuna equivale no solo a salud, sino también a la plena libertad”, lo que parece avalar más bien la posición de Agamben que la de los periódicos europeos.

Tampoco se sabe bien cómo interpretar la “objeción de conciencia”, porque muchas veces se la evalúa en relación con el objeto sobre el que recae la objeción. Si un pacifista se niega, por propias convicciones, a participar de una guerra, pareciera que se trata de una buena conciencia, pero si lo que se objeta es la interrupción voluntaria del embarazo o, como en este caso, una vacunación de efectos todavía imprevisibles (mi hija tiene petequias desde que se dio la primera dosis de AstraZeneca, hace ya más de un mes), la conciencia es mala, malísima.

No se puede discriminar entre buenas y malas conciencias tan fácilmente porque eso implica, de inmediato, establecer jerarquías ciudadanas. Todos deberíamos tener los mismos derechos, con independencia de nuestras convicciones y las formas de vida que hayamos elegido.

Entre nosotros, los “pases de vacunación” ya empiezan a funcionar. Si un bar ya ha completado su aforo, podrá incrementarlo en un 20 % con la condición de que ese porcentaje esté integrado exclusivamente por personas vacunadas con al menos una dosis de vacuna.

Ese privilegio puede significar más bien poco aplicado al ejercicio de una actividad más bien nimia (¡ir a un bar!), pero aplicado a aspectos de la vida con un peso específico mayor (concurrir a un aula, a una sala de conciertos, subirse a un tren) la cosa cambia.

Podría desentenderme del problema, pero eso sería como repetir el gesto de indiferencia que denunció el pastor Martin Niemöller a partir de 1946: “Primero se llevaron a los no vacunados, pero a mí no me importó porque estaba vacunado”. Cuando el año pasado vimos Songbird, protagonizada por Demi Moore, nos pareció un disparate. ¿Lo era?

 

jueves, 22 de julio de 2021

sábado, 17 de julio de 2021

¿Por qué se mata?

Por Daniel Link para Perfil

No me voy a andar haciendo el cristiano primitivo (así llamaba Adorno a los cultores incondicionales de las dificultades del alto modernismo). Tengo mi corazón puesto en cierto trash industrial. Pero todo tiene un límite: las historias organizadas alrededor del superheroísmo y la brujería me duermen (literalmente), porque los superpoderes y los conjuros desbaratan la posibilidad misma de la narración. ¿Por qué en determinado momento se los usa, y en otros no? Todo eso arruina un poco la capacidad de disfrutar de un relato, porque uno sabe de antemano que no hay lógica narrativa posible (cuando la lógica narrativa está bien planteada, todo es posible).

Me duermo con Loki, la última excrecencia de Marvell, ahora incorporada al menú de Disney. Y me duermo también con 30 Monedas, que parecía una versión cachivache de ficciones paranoicas hasta que apareció una bruja. Alguien escribió por ahí que era lo mejor de la televisión española en toda su historia (le hago responsable por haberme hecho torrentear ese bodrio indigesto de HBO Europa). ¿Y El Cid de Amazon, qué? La primera temporada fue deliciosa. La semana que viene estrena la segunda.

A mi marido no lo sublevan (virtud de la que yo carezco) las incongruencias narrativas de los poderes sobrenaturales. En fin, que me duermo. Después, cuando me despierto, me dedico a lo mío. Por ejemplo, Marcella (2016). La serie estuvo ahí, disponible, pero con ese nombre...

Es un drama policial negrísimo creado por el sueco Hans Rosenfeldt, el mismo de Bron-Broen (The Bridge) y estelarizado por Anna Friel en el papel de una detective que tiene una cantidad enorme de problemas, entre los cuales se cuentan unos black-outs durante los cuales hace cosas que luego no recuerda.

Al final de la segunda temporada, luego de haber resuelto dos complejísimos casos, está al borde del suicidio. Y sin embargo hay otra temporada más, soberbia, que deja a las anteriores (que eran ya de por sí excelentes) como ejercicios preparatorios de un desenlace shakespeareano.

El guion es perfecto, progresivamente asfixiante y todo funciona como un mecanismo de relojería gracias a un equipo de directores que ya había brillado en Broadchurch, en Downton Abbey, en Wallander, en The Bridge.

Todo buen policial debe contestar con rigor a la pregunta de por qué se mata. Marcella va mucho más allá y trata de responder a la pregunta de por qué todos se matan entre si.

 

sábado, 10 de julio de 2021

La ñata contra el vidrio

Por Daniel Link para Perfil

En una entrevista reciente, Alejandro Katz caracterizó a la nuestra como una “sociedad fallida” y sostuvo que “lo que tenemos que empezar a decirnos es que la Argentina ha dejado de existir”.

Le escribí de inmediato lamentando su diagnóstico penoso (pero difícil de refutar) y le dije: “Hagamos algo”.

El problema va a ser, naturalmente, a quienes incluye ese plural del que depende todo.

Pienso, naturalmente, en Chile, un país que siempre nos pareció rarísimo y que, de pronto, nos da lecciones de democracia intensa. El domingo pasado, los constituyentes elegidos para redactar una nueva Carta Magna que reemplace a la actual, pergeñada por Pinochet y sus secuaces, consagraron como presidente de la Convención (con 96 votos en segunda vuelta) a Elisa Loncón, doctora en literatura, lingüista y activista mapuche.

¿Se imagina alguien un proceso semejante en Argentina, donde el resultado de la elección chilena (el triunfo de las fuerzas de la izquierda independiente y el partido comunista) fue condenado en la prensa como la venida del Anticristo?

¿Quien se animaría a dejarse representar en una Convención Constituyente argentina? ¿Y por quién, por cuál forma del resentimiento? ¿La de esa señora que mandó a los argentinos que quedaron varados no sé dónde a vender empanadas en las esquinas? ¿La de ese gobernador que cobra peaje para entrar a su provincia? ¿O la de ese ecónomo que todavía considera que el Sr. Cavallo fue el mejor ministro de la historia? Hagamos algo, sí, pero que se parezca a Chile.



jueves, 8 de julio de 2021

lunes, 5 de julio de 2021

sábado, 3 de julio de 2021

Las cenizas de Colón

La lotería de Babilonia

Por Daniel Link para Perfil

Y sí, hermanes, quélevamohacé, Borges está siempre ahí, es lo más a mano para explicarnos el vértigo que nos domina. “Soy de un país vertiginoso donde la lotería es parte principal de la realidad” dice (y al hacerlo hace coincidir nuestra voz con la suya) el narrador de “La lotería de Babilonia”, relato que ha sido leído como una alegoría del fascismo (la movilización total), de la democracia (la posibilidad de sustraerse a la fatalidad, a los dictados de las determinaciones), del peronismo (“los agentes de la Compañía usaban de las sugestiones y de la magia. Sus pasos, sus manejos, eran secretos. Para indagar las íntimas esperanzas y los íntimos terrores de cada cual, disponían de astrólogos y de espías” y “Los escribas prestan juramento secreto de omitir, de interpolar, de variar. También se ejerce la mentira indirecta.”)

Como esas cabezas forman hoy para nosotros parte de la misma Hidra, bien puede pensarse que el cuento cifra una postulación metafísica sobre Argentina.

He aplicado la interpretación babilónica a mi propio presente. La tirada de dados me favoreció con una primera dosis de la vacuna AstraZeneca (su versión indiana). No es que confíe más en su potencia de inmunización respecto de la de, digamos, Sputnik. Eso supondría alguna razón, completamente reñida con el azar. En este caso: AstraZeneca me permitirá atravesar fronteras una vez que complete mi esquema de vacunación, mientras que (por lo menos hasta ahora) Sputnik no.

¿Para qué someterme a una suerte inaudita? Tengo compromisos laborales allende los límites de la patria que debería atender, pero un nuevo giro de la rueda de la fortuna podría arrojarme a costas desconocidas.

Hoy conocemos un nuevo capricho de la lotería. En las siguientes semanas, sólo 600 personas por día de las miles que se han ido por diferentes razones (no haría falta invocar ninguna para viajar a donde uno se le dé la gana) podrán volver al suelo patrio. El número de desterrados crecerá exponencialmente hasta que en cada puerto aéreo del mundo haya una pequeña colonia habitando en carpas y aguardando la próxima suerte, una ficha imposible de prever dado el carácter completamente sobrehumano de la inteligencia que la fragua. ¿Seré parte de esos campamentos precarios cuyo objetivo último se nos escapa salvo como ejercicio de un poder subjetivo? “El pueblo logró que la Compañía aceptara la suma del poder público. (Esa unificación era necesaria, dada la vastedad y complejidad de las nuevas operaciones.)”

Esas operaciones, indiscernibles para el común de los mortales, afectan no sólo a la posibilidad de movimiento, sino también a los ingresos personales y a nuestra relación con el fisco. “La Compañía, con modestia divina, elude toda publicidad. Sus agentes, como es natural, son secretos; las órdenes que imparte continuamente (quizá incesantemente) no difieren de las que prodigan los impostores.”

Cada mañana es imprescindible que cada uno de los empleados de la Compañía (que es el único empleador del país, incluso cuando parezca haber otros) controlemos la danza de la fortuna (expresada en relaciones de cambio) para conocer cuántas monedas podremos ahorrar de nuestro salario o cuántas deberemos robar en la calle.

En un resultado de la lotería, se determinó el monto de la contribución que deberían realizar los inscriptos en el registro de artesanos y practicantes de las artes liberales. Un segundo resultado hizo que ese monto fuera retroactivo. La turbamulta elevó su voz destituyente. Un tercer resultado negó los anteriores (todo sucedió en el transcurso vertiginoso de media fase lunar) y transformó a los que antes eran deudores en acreedores del fisco.

“La Compañía (así empezó a llamársela entonces) tuvo que velar por los ganadores, que no podían cobrar los premios si faltaba en las cajas el importe casi total de las multas. Entabló una demanda a los perdedores: el juez los condenó a pagar la multa original y las costas o a unos días de cárcel. Todos optaron por la cárcel, para defraudar a la Compañía”, etcétera.

Por la sola fatalidad de ser argentino, “he conocido lo que ignoran los griegos: la incertidumbre”.