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sábado, 8 de agosto de 2026

Diario de un televidente

Por Daniel Link para Perfil

Las series que estrenan son por lo general mediocres, sonsas, mal contadas, repetidas. Estrenan una seria sobre dos mujeres que huyen al mismo tiempo de la justicia y de la mafia. Una versión abaratadas de Thelma & Louise. Estrenan una serie sobre una androide doméstica. Es una versión despolitizada de Companion. Estrenan versiones que son directamente estiramientos de películas (Cape Fear, Entrevista con el vampiro).

Me refugio en los catálogos. Nunca vi El cuento de la criada. Las premisas son un poco insostenibles y el universo demasiado clausurado. Para un miniserie habría estado bien, pero hay cuatro temporadas por delante. Me duermo irremediablemente a los diez minutos. Están las nuevas Startrek: Brave New World y Starfleet Academy. Las dos son deliciosas, para mí al menos, por razones sentimentales: están hechas con el mismo espíritu de las series que educaron mi infancia en los problemas de la vida y la multiplicidad de lo viviente.

Las series de Apple están por lo general bien, aunque no todas me gusten. Severance, por ejemplo. No la seguí más allá de la primera temporada, pero reconozco su audacia y su rigor narrativo. Eso sí, soy un incondicional de Silo que es, por supuesto, una repetición mejorada de Snowpiercer o El expreso del miedo (película que luego se volvió serie, con los mismos ridículos postulados y alarmantes fallas narrativas).

En Silo ha sucedido una catástrofe y hay 10.000 personas viviendo en una ciudad cilíndrica (tema becketiano), enterrada y sellada. Tiene que ser una sociedad autosustentable y, por supuesto, bastante autoritaria. Nadie sabe bien a ciencia cierta cuándo comenzó ni qué causó la necesidad del silo, pero se sabe que el aire afuera está envenenado. Cada tanto, una conducta no tolerada vale el castigo (el honor, se dice) de salir a limpiar el vidrio por el que se ve el paisaje desolado. Nadie vuelve a entrar.

Pero la sociedad de Silo es porosa: hay gente que sospecha, movimientos de resistencia, partidos...Y hay, sobre todo, una heroína. No nos engañemos, el punto de mayor atracción de la serie no es sólo narrativo o visual sino que reposa en su estrella, Rebecca Ferguson, la actriz sueca que no para de enamorarnnos. De su prehistoria en Suecia conviene recordar que protagonizó un musical de tango y que hizo cine-arte. Saltó al mundo con La reina blanca, y ya nada la detuvo. En Silo, la complejidad de su actuación es tal que obliga a pasar por alto algunas licencias de guion (por ejemplo, la existencia de mascotas, perros y gatos, en un universo tan precario y tan al borde de su desmoronamiento).

La belleza de Rebecca Ferguson es, por supuesto, una repetición de la de Ingrid Bergman. A diferencia de ella, la mediocridad del tiempo audiovisual que le toca vivir todavía no le dio su Casablanca. Mientras tanto, nos regala pesadillas distópicas que cada vez se parecen más a nuestra realidad, porque la extinción, el autoritarismo asesino y la ciencia generada por inteligencia artificial están a la vuelta del camino.

 

sábado, 18 de abril de 2026

Crítica viva

por Daniel Link para Perfil

Todo es asqueroso. Adorni, la carne de burro que se vende en Chubut, el desmantelamiento de las universidades públicas, el deterioro cognitivo de la ciudadanía argentina, el triunfo del dinero como único patrón de evaluación, de crecimiento, de felicidad, la corrupción judicial, en fin: lo que se llama “costo de vida”.

Abandono la enumeración. Me concentro en dos libros que sostienen dos vidas, cuyos costos se miden en intensidades afectivas, no en dinero.

El primero que llegó a mis manos es Estanterías ajenas de Nora Catelli, inscripto en la colección Lector&s de Ampersand. El libro es delicioso en general, pero lo es en particular por la forma en que piensa el recuerdo de las lecturas. A partir de “nociones de la psicología vulgar: los libros evocados serían aquellos que forjan la personalidad, delinean el carácter... Son nociones que vienen de los humores clásicos”. Nora decide apartarse de tal camino para pensar solamente las insistencias (lo que insiste, significa) y recurrencias. El libro se lee como oro en polvo y permanece como tal, esparcido sobre nuestros torpes pensamientos, para mejorarlos.

El segundo es Amigos (Eterna Cadencia) de Sylvia Molloy, cuyo título recuerda al reciente Amistades de Giorgio Agamben (que elude, sin quererlo pero significativamente, la declinación de género). El libro de Molloy ha sido editado por Adriana Amante, quien ha transformado lo que habitualmente serían notas al pie en una monografía que sitúa los textos de Molloy y las referencias con precisión y generosidad. Los textos de Sylvia y sus comentarios ocupan 130 de las 430 páginas del libro. El resto son cartas (éstas sí con notas al pie) a cual más jugosa. De Molloy a (o para Molloy): Cozarinsky, Victoria Ocampo, Pepe Bianco, Murena, Ivonne Bordelois, Manuel Puig, Enrique Pezzoni, Severo Sarduy...

Las cartas reponen una sociabilidad y un ambiente afectivo, pero también una red de relaciones intelectuales e, incluso, institucionales (la lengua es una institución). En varias de las cartas es tedioso (por no decir irritante) el intercambio de idiomas, que dice mucho sobre una forma de cosmopolitismo de época (las cartas de Victoria Ocampo carecen de ese vicio).

Amable corresponsal, Sylvia se deja atrapar por el estilo epistolar de sus interlocutores (lasí operan los ambientes estilísticos). A fuerza de elegir algunos intercambios, me quedo, muerto de risa, con los de Manuel Puig y Enrique Pezzoni.

Los dos libros nos devuelven, para citar a Molloy, “una crítica viva, que es la única que merece la pena”.

lunes, 16 de marzo de 2026

martes, 21 de octubre de 2025

Último llamado

Los pasajeros con destino a O'Hare embarcan por puerta 10

 



 

 

 

sábado, 13 de septiembre de 2025

Sobre las falsas relaciones

por Giorgio Agamben para Quotlibet

Una buena definición del poder político es aquella que lo caracteriza como el arte de poner a los hombres en relaciones falsas. Esto y nada más es lo que hace el poder, para poder luego gobernarlos a su antojo. Una vez que se han dejado introducir en relaciones oblicuas en las que no pueden reconocerse, los hombres son, de hecho, manipulables y orientables a su antojo. Si creen tan fácilmente en las mentiras que se les proponen es porque, ante todo, son falsas las relaciones en las que, sin darse cuenta, ya se encuentran desde siempre.

El primer paso de una estrategia política digna de ese nombre es, por lo tanto, la búsqueda de una salida de las relaciones falsas en las que el poder ha colocado a los hombres para poder gobernarlos. Pero precisamente esto no es fácil, porque una relación falsa es precisamente aquella de la que no se ve una salida. Algo parecido a una salida solo es posible si comprendemos que la relación falsa es la forma misma del poder, que encontrarse en una relación falsa significa estar en una relación de poder. Es decir, la relación es falsa no porque mintamos, sino porque falta la conciencia de su carácter esencialmente político. Que las relaciones aparentemente íntimas y privadas o las determinadas técnica o socialmente sean en realidad siempre políticas, que en ellas nos encontremos, es decir, desde el principio en una relación falsa, esta conciencia es la única forma de cambiar de raíz nuestra forma de vivirlas.

 

 

sábado, 14 de junio de 2025

Darío metalero

Por Daniel Link para Perfil

El gran Inca Garcilaso de la Vega se preocupó, en relación de la etimología del nombre “Perú”, por publicar su hipótesis porque “Lo que ahora temo es no me las haya hurtado algún

historiador, porque aquel libro, por mi ocupación, fue sin mí a pedir su calificación, y sé que anduvo por muchas manos”.

La semana pasada, un amigo tuvo a bien citar en otro periódico unas palabras mías que introducían la noción de “ambiente estilístico” que, por las mismas razones que Garcilaso, yo había anticipado en la reedición de mi libro Clases.

¿Qué se entiende por “ambiente estilístico”? Por supuesto, no se trata de un “estilo” sino de un tramado de rasgos culturales, lingüísticos, tonales, afectivos, morales, prosódicos y léxicos, a partir de los cuales se construyen los estilos. La unidad de los ambientes estilísticos es el estilema, que ahora no funciona como unidad de “estilo” sino como un marcador complejo de ambiente estilístico.

Todo el mundo se preocupa por la violencia verbal del presente argentino (no tanto por los posteos en redes de nuestros políticos, sino más bien en el goce insolente de los conductores y panelistas de los programas de noticias). ¿Es eso un estilo? No, pero es un ambiente estilístico que permitirá la formación de estilos a partir de una determinada atracción mutua de estilemas.

No es del todo correcto hablar, históricamente, de estilo gótico o barroco. Esas etiquetas designan a ambientes estilísticos. Definamos el ambiente estilístico argentino actual y sabremos cuál es nuestro futuro. Borges había dicho en la década del cuarenta: “Si yo supiera cómo leerán esta página en el año dos mil, sabría cómo será la literatura del año dos mil”.

Es muy difícil definir ambientes estilísticos completos y el único que ha sido capaz de acercarse a algo parecido es el Foucault de Las palabras y las cosas, quien (no por casualidad) tradujo al gran estilista Spitzer al francés.

Yo he experimentado con esa noción en complicidad con una inteligencia artificial, a la que le pedí que musicalizara algunos de los poemas de Rubén Darío, figura clave dentro del ambiente estilístico del modernismo hispanoamericano.

Le pedí a esa IA que versionara “Caupolicán”. Pero tuve que hacerlo varias veces apelando a los estilemas de esta época (y no a la de Darío). Finalmente dimos con la canción adecuada. Como mejor suena hoy el escolar “Caupolicán”de Darío (poema muy diferente de “Sonatina”, mucho más heroico) no es como trap, o como rap, o como pop, sino bajo el rótulo estilístico del heavy metal con un toque de punk.

martes, 10 de junio de 2025

Boy Band: Los rubenes

 

 

 

sábado, 7 de junio de 2025

Hacer historia

por Daniel Link para Perfil

Como nunca… ¡otra vez! tiene un título tan complejo como su contenido. El “Como nunca” refiere a un famoso audio de la Sra. Casan, que se escucha al comienzo de la función. Allí, desde Córdoba, la estrella revisteril describía un entorno de “mucho chongo como nunca”. La frase, que se volvió célebre, aliteraba en “ch”, lo que es siempre un indicio de sensibilidad poética extravagante (“estuche de peluche” es otro ejemplo) pero además jugaba con valoraciones extremas (mucho-nunca). Como el espectáculo que adopta ese nombre alguna vez ocupó las carteleras porteñas, el “¡otra vez” señala esa circunstancia.

Se trata de un show que abreva al mismo tiempo del teatro de revistas y de su versión camp, el café concert. Con textos de Liliana Viola, puesta en escena de Alejandro Tantanian y música en vivo de Diego Penelas, Juampi Mirabelli y Franco Torchia se sacan chispas sobre un escenario ciertamente incómodo rodeado de mesitas (el lugar, Cástor y Pólux, es casi un museo de viejas escenografías de célebres producciones de Lino Patalano).

Franco Torchia “hace de” capocómico y sus monólogos (pronunciados con la velocidad de un Tato Bores o de un Enrique Pinti) se alimentan de la realidad política argentina, que como es tan disparatada y cambia tan velozmente, obliga a una renovación periódica porque la estupidez de ayer quedó sepultada ya por otra. Juampi Mirabelli, de un talento enorme, cubre el rol de la vedette (y, en este caso, la primera “vedette hombre”, dado que sus atributos masculinos no se ocultan en ningún momento) y se suma a los pasos de comedia que incluye el show. Su “petera presidencial”, que yo ya vi varias veces, conserva la frescura y la diablura de lo que ha sido inventado para siempre.

Algunos segmentos tendrán mayor impacto que otros, pero lo cierto es que, como totalidad, el espectáculo conmueve porque nos muestra la grisura de todo lo demás, de una sociedad ya dominada por el miedo. ¿Es posible que en un país donde el presidente dice hablar con perros muertos y entabla inconsecuentes demandas contra periodistas no haya en los medios o en el teatro más que esta muestra de humor político?

Más allá de eso, la elección de las figuras clásicas del teatro de revistas y su reversión en clave camp (lo que remite a los legendarios espectáculos de Gasalla, Perciavale, Edda Díaz y Nacha Guevara) intenta reponer fragmentos de memoria que nos han quitado. Hemos sabido reirnos de nuestras desdichas. Y Como nunca… ¡otra vez! nos recuerda cómo. Es una lección de vida.

 

sábado, 31 de mayo de 2025

Mujeres y plantas

Por Daniel Link para Perfil

Los viernes en MALBA puede verse Caigan las rosas blancas, la última y esencial película de Albertina Carri, que empieza con un enunciado famoso: “O inventamos, o erramos”, una de las más famosas frases de Simón Rodríguez, el extraordinario pedagogo que orientó la juventud de Simón Bolívar. Recordarnos ese veredicto, ya es bastante. Lo que se lee en esa frase caracteriza al cine de Albertina Carri que es, fue y será lo que ese epígrafe convoca. Pero, al mismo tiempo, nos advierte sobre lo que veremos.

Por un lado, la cita velada alude a las actuales condiciones de existencia del cine, que han sufrido una transformación importante en los últimos años, con la hegemonías de la producción audiovisual de platarformas y el uso de Inteligencias Artificiales de todo tipo.

Puesta a pensar, como corresponde al cine de verdad, ¡Caigan las rosas blancas! elige un lugar incómodo que mienta al mismo tiempo la revolución y la tradición desde un paradigma excéntrico: el de Simón Rodríguez, tácitamente impugnado por la teoría marxista, o el aceleracionismo, que sostiene que hay deseos, tecnologías y procesos que el capitalismo hace surgir y de los que se alimenta, pero que no puede contener; y que es necesario acelerar estos procesos para empujar al sistema más allá de sus límites.

El relato comienza con una escena bizarra. Una filmación (primer género: cine dentro del cine). Tres mujeres jóvenes cuelgan del techo del estudio sobre un árbol fraguado asaetado por flores moribundas y frescas. La directora de la película (acá hay un rizo barroco: quien desempeña a la directora de esa película bizarra que se hace dentro de la película dirigida por Albertina Carri) se limita a decir “Más plantas, más plantas, más plantas”, mantra que repiten diferentes integrantes del equipo para desesperación de las colgadas. Finalmente la filmación se suspende, la directora ficcional decide abandonar el rodaje y las luces del set se apagan sin que las colgadas hayan sido completamente liberadas de sus arneses.

El reclamo de “más plantas” parece tener un sentido que supera holgadamente el sentido inmediato de la secuencia en la película que están filmando: más consistencia en la sensibilidad, tal vez sea lo que reclama la directora en la ficción. Las plantas, le responden, están viniendo. Como esa escena se corta, adivinamos que las plantas llegarán en las escenas subsiguientes. Y así es.

La siguiente secuencia es un paso de comedia. Vuelta a su casa, la directora espera a su amante. (ambas, hay que decirlo, constituyen parte de la troupe milagrosa de Las hijas del fuego, primera parte de la trilogía en la que Carri está embarcada). Juntas, con una de las colgadas, deciden irse al noroeste argentino, a la selva. Deciden irse, si que todavía lo sepan, a dar vuelta la historia natural de América latina. La siguiente secuencia es un musical. Luego sigue una road movie.

Ahí aparece el segundo elemento rector de esta película: la pregunta por los géneros. Esa pregunta, que en la primera parte de la trilogía había investigado los géneros como forma de actuación en el mundo y como codificación del deseo ha virado ahora hacia una especificidad cinematográfica: los géneros cinematográficos como matrices narrativas. La película participará sucesivamentre de varios géneros, de todos los géneros.

Ensambladas, las secuencias de ¡Caigan las rosas blancas! (cada una de las cuales supone actuaciones, percepciones e ilusiones distintas) forman un cine al mismo tiempo fragmentario y rítmico. El “más plantas” del comienzo se revela correlativo de la progresiva colorización de los paisajes, que abrazan la impresión mientras las viajeras atraviesan el mundo de los géneros cinematográficos en busca de la sensación, que les llega bajo la forma de lo fantástico, en un paisaje delirantemente tropical, donde un ser sobrenatural explica la conquista de América con acento español mientras realiza un ritual cuyas consecuencias últimas desconocemos.

Esa inmersión de las protagonistas de la película en sucesivos órdenes supone un doble rechazo. Por un lado, a un cine unidimensional consumible en un único registro y por otro lado, a la perspectiva iluminista-urbanista que encuentra en la “ciudad” su único campo de intervención y que siempre vio en la selva (es decir: en la proliferación insensata de lo vegetal) un riesgo que había que conjurar en favor del progreso.

¡Caigan las rosas blancas! levanta la bandera de que no hay humanidad que no sea en y con las plantas. A diferencia de lo que les pasa a los protagonistas varones de la emblemática novela La vorágine de José Eustasio Rivera, las protagonistas mujeres de este film philosophique se tragan la selva. No puede haber discusión más actual.

 

 

jueves, 29 de mayo de 2025

Matando pollitos a garrotazos

©Daniel Link / Easymusic.ai

Próximamente en todos los ascensores de las naves espaciales


©Daniel Link / Easymusic.ai

 

miércoles, 28 de mayo de 2025

Rubén Darío en Movistar Arena (un adelanto)


 ¡Nótese cómo canta "hipsipila"! Es TODO. 

©Daniel Link / Easymusic.ai

 

 

sábado, 26 de abril de 2025

Amores marcianos

Por Daniel Link para Perfil

Netflix es una plataforma global que, sin embargo, ofrece diferentes catálogos según los países. Por fortuna, en Italia tiene Nata per te (2023), la película de Favio Mollo que hasta ahora no había podido ver. En Nápoles, una mujer pare una niña con síndrome de Down y la abandona. Luca, un muchacho conflictuado que trabaja en un centro de atención de personas con discapacidad, quiere adoptarla.

Por supuesto, enfrenta las barreras burocráticas desde las cuales se ejerce la discriminación (Luca es gay) y, en primera instancia, le niegan la adopción.

El título de la película se explica en un diálogo en el que su abogada le dice: “Ella nació para vos”. Y él le contesta: “No, yo nací para ella”.

Ese vínculo amoroso excesivo y de una pureza casi sobrenatural contrasta con el cúmulo de referencias culturales italianísimas: vocaciones sacerdotales, discotecas, familia, en las que Luca no encuentra remedio para su vacío existencial. Cada tanto, la película nos regala unas conmovedoras rememoraciones de un Luca niño y su amor marciano por su compañero de entonces. Ese amor casi impúber, sin nombre, sin consecuencia pero total encuentra su réplica en el amor de Luca por Alba (la niña abandonada).

La película de Favio Mollo, cuya exquisita sensibilidad ya había sido demostrada previamente, no es sólo una intervención (al mismo tiempo justísima y lacerante) sobre las instituciones legales italianas, sino un homenaje a todos esos amores que quedan fuera de registro pero que son los que nos vuelven, más que animales políticos, sujetos de una ética. Densamente tramada en capas de sentido, Nata per te merece un lugar en todos los Netflix.

lunes, 31 de marzo de 2025

De La Paz a Roma, sin escalas

Gracias, Los olvidados, por la fineza....

 

 

sábado, 29 de marzo de 2025

En humo, en polvo, en sombra, en nada

Por Daniel Link para Perfil

Querido Antonio, esta carta se suma a una larga conversación que últimamente tengo conmigo mismo a propósito de la gente que se va muriendo. Algunos me han abandonado personalmente porque eran mis amigos. De otros, como es tu caso, no puedo decir lo mismo, pero el efecto es un achicamiento de mi mundo, la pérdida de un pedazo de mi historia.

Me pasó con la muerte de Lanata, que no me caía simpático y a quien me habré cruzado dos veces en mi vida. Pero yo viví en un mundo que no sólo lo contenía sino que él había contribuido a moldear.

A propósito de tu muerte, salieron a relucir mucho segmentos de tus shows, entrevistas, la penosa persecución de ese notero que, después de recibir con algarabía tus puteadas, mira a cámara, como si hubiera conseguido el triunfo de su vida: sacar de si a una persona con demencia senil a la que ataca impunemente en la vereda. En esa secuencia quebaba ya poco de vos y una advertencia sobre lo que sería el porvenir, gobernado por una manada de descerebrados impiadosos.

¿Cuándo te vi por primera vez? Fue en una sala de Retiro, creo, por supuesto el género era el café concert y, como el disco que grabó lo que yo vi tiene fecha de 1971, debería haber sido ese mismo año: Yo no... ¿Y Ud.?

Pero por entonces yo no tenía edad suficiente como para que ese recuerdo sea verdadero. Digamos que vi un show que hacías con Carlos Perciavalle a mis 15 años, no antes. Y ahora, cuando escucho de nuevo esa grabación, rastrillo las referencias a un mundo del que nunca participé: Mau Mau, el Ruta Hotel, los happenings de Marta Minujin, Rogelio Polesello, esos restos de un mundo pop al que llegué tarde pero con el que me relacioné tan intensamente como con las canciones de Paco Ibáñez que escuchaba por la misma época como si fueran parte de lo mismo.

Antonio, ninguno de nosotras sabía por entonces qué iba a llegar a ser, pero para mí fue como la entrada del profesor Unrat en el mundo de die Fresche Lola en El Ángel azul, en un Berlín dispuesto a cambiar el mundo desde abajo.

Una de las frases que decías en ese show todavía me acompaña: “De poetas y de locos, todos tenemos un pocos”. Ese plural desestabilizante me parecía el colmo de la gracia. Siempre tuve que explicar de dónde la había tomado, pero dentro de algunos años tendré que explicar incluso quién eras, como si estuviera en el extranjero y tuviera que contar qué clase de libro es el Martín Fierro.

Pero por entonces yo no tenía edad suficiente como para que ese recuerdo sea verdadero. Digamos que yo vi un show que hacías con Carlos Perciavalle a mis 15 años, no antes. Y ahora, cuando escucho de nuevo esa grabación, rastrillo las referencias a un mundo del que nunca participé: Mau Mau, el Ruta Hotel, los happenings de Marta Minujin, Rogelio Polesello, esos restos de un mundo pop al que llegué tarde pero con el que me relacioné tan intensamente como con las canciones de Paco Ibáñez que escuchaba por la misma época como si fueran parte de lo mismo. Yo era más bien como tu personaje en La tregua (“¿Pero ustedes están contentos con esta rutina?”).

Nunca más te vi en teatro, y muy esporádicamente en televisión, Antonio. Todo queda en youtube, pero también en tus herederos, como Juampi Mirabelli y Franco Torchia en el extarordinario show ideado por Liliana Viola y dirigido por Tantanian, ¡Como nunca! Otra vez, por ejemplo.

 

 

domingo, 23 de marzo de 2025

miércoles, 12 de marzo de 2025

Alegoría de la política

por Giorgio Agamben para Quodlibet

Todos estamos en el infierno, pero algunas personas parecen pensar que no hay nada más que hacer aquí que estudiar y describir minuciosamente a los demonios, su horrible aspecto, su feroz comportamiento, sus traicioneras tramas. Tal vez se engañan de este modo pensando que pueden escapar del infierno y no se dan cuenta de que lo que les ocupa por completo no es sino el peor de los castigos que los demonios han ideado para atormentarles. Como el campesino de la parábola kafkiana, se limitan a contar las pulgas en la solapa del guardián. Ni que decir tiene que tampoco los que están en el infierno pasan su tiempo describiendo a los ángeles del cielo: también éste es un castigo, menos cruel en apariencia, pero no menos odioso que el otro. 

La verdadera política se encuentra entre estos dos castigos. Comienza por saber dónde estamos y que no podemos escapar tan fácilmente de la máquina infernal que nos rodea. De demonios y ángeles sabemos todo lo que hay que saber, pero también sabemos que es con una imaginación falaz del paraíso como se construyó el infierno y que a cada consolidación de los muros del Edén corresponde una profundización del abismo de la Gehenna. Del bien sabemos poco y no es un tema en el que podamos profundizar; del mal sólo sabemos que nosotros mismos hemos construido la máquina infernal con la que nos atormentamos. Tal vez nunca haya existido una ciencia del bien y del mal y, en cualquier caso, aquí y ahora no nos interesa. El verdadero conocimiento no es una ciencia, es más bien una salida. Y es posible que esto coincida hoy con una resistencia tenaz, lúcida y rápida en el acto.

8 de marzo de 2025

sábado, 8 de marzo de 2025

Una artista del hambre

Por Daniel Link para Perfil

Querida Beatriz, nunca había imaginado que iba a leer tu último libro en tu ausencia (creo que, vos sin embargo, habías previsto esa circunstancia).

No entender me sumió en una tristeza abismal, por el tono de profunda amargura y porque no te reconocí, o vi a la Beatriz que yo conocía aplastada por un personaje unidimensional, muy diferente de aquella persona que venía a comer a mi casa, con la que hablábamos de gatos y de películas, de política y de viajes.

Por supuesto, esperaba de tu libro muchas más “revelaciones” que las que, en definitiva, terminás entregando. “Revelaciones” en el sentido de pliegues de experiencia que funcionaran como pormenores lacónicos que hicieran juego con los que yo conocí (de manera directa o indirecta) mientras duró nuestra amistá. No dedicás ni una página a tu experiencia en la Facultad de Filosofía y Letras y muy pocas a tu relación con la literatura argentina.

No entender es un libro mezquino: no tanto con el lector, sino con vos misma. De tu pasado seleccionás fragmentos que carecen de la intensidad y el poder de evocación de Viajes. Doy un ejemplo: tu relación con tu padre está bastante detallada pero de la relación con tu madre queda sólo un chiste, “madre idiota”, que no alcanza para entender ese nudo gordiano. Seguramente es un ajuste de cuentas, pero quienes leemos quedamos afuera.

En tu versión, la infancia (en general) es sólo un intervalo del que es necesario salir cuanto antes. Ninguna verdad en las experiencias o saberes de infancia (“vivía en la luna, ese helado satélite que es la infancia, donde no se entiende nada ni nada se conoce”).

La niñez como el paradigma del “no entender”, del no saber y del no poder. En un libro que se dedica a desplegar la formación de un gusto y sólo eso, la infancia no tiene espacio posible y es apenas el trampolín para empezar a definir el gusto, que deja de ser objeto de una sociología para convertirse en predicado de una voluntad (“el buen gusto resulta de un largo y terco trabajo”).

Desde el comienzo mismo, salís de la niñez con una convicción “moderna” más bien abstracta que aplicás sin misericordia, apoyándote en saberes que te vienen de los otros. Pero incluso en esas apropiaciones, no queda clara la razón de la serie. Es tan obvio que se adopten los gustos de las personas con las que se convive como decir que las parejas, con el correr del tiempo, terminan pareciéndose físicamente. Esa banalidad no sirve para nada. Lo que falta decir, en esas relaciones en las que se forma el gusto (que en tu caso, nunca se trans.forma) es por qué te quedaste con la arquitectura “moderna” de una ex pareja y con el jazz de otra, por ejemplo.

En tu libro aparecés como una figura trágica de alguien que cumple un destino, sin que haya crecimiento alguno (eso sería una trans.formación) sino acumulaciones y acentuaciones cada vez más definidas. Warhol, en un libro que me gusta mucho, dice de su interlocutor: ““tiene un gusto extremadamente definido. Lo cual creo que está mal porque limita su poder adquisitivo”.

El eclecticismo, tan característico del Siglo XX, nunca estuvo en tu horizonte. Es muy posible que una persona que haya abrazado la causa moderna en arquitectura bien pueda sostener un gusto (incluso perverso) por alguna cumbia. O que un músico de vanguardia guste del cine chatarra.

En tu caso, todo funciona en bloque, sin fisuras, con una definición extremista.

No entender es un libro sobre tu gusto, que yo no compartí. Confesás que, desde siempre, preferías cualquier bodrio moderno a las escaleras de la Biblioteca Laurenciana. La referencia es injusta, porque en 1476 Alberti hizo la casa del Mantegna, que anticipa toda la arquitectura ante la que caes rendida.

Al principio del libro hacés una analogía entre lectura y deglución (“la escuela donde hice primaria y secundaria ofrecía una buena provisión de alimentos tan variados como dispersos”). Retengo esa referencia porque alguna vez me dijiste que tenías un trastorno alimentario: te olvidabas de comer. Y cuando comías en casa, lo hacías como un pajarito.

Tal vez eso esté en el principio de la formación de tu gusto, que responde sobre todo a un ansia, un hambre desmedido. “Vivía hambrienta”, decís de aquella niña. Y lo mismo podría decirse de la persona que construís para dar cuenta de un gusto insostenible.

Te extraño, Beatriz. No sos vos la de este libro.

sábado, 1 de marzo de 2025

Nación marrona

por Daniel Link para Perfil

Un poco motivado por las desafortunadas declaraciones del concejal Sergio Santana sobre el turismo marrón en Mar de Ajó, hacés lo que nunca antes: en modo Isidoro Cañones agarrás el auto y te vas a Mar del Plata, la capital turística argentina que, en plena temporada, suele ser marronísima. Por supuesto, está bien que así sea. Después de todo, lo que se llama Argentina tiene poco que ver con las representaciones metropolitanas y la banda atlántica de la geografía nacional. El modo Isidoro Cañones favorece el estudio antropológico porque aprovechás tus relaciones con las estrellas del teatro marplatense para recorrer lugares (playas, restaurantes, calles) que no son tus habituales. Una noche comiste en la esquina de Corrientes y Rivadavia a la salida de los teatros. Una marea marrón, mezclada con jóvenes vedettes en ascenso y viejas leyendas de los escenarios. Comiste bien, y te salió baratísimo. Y estabas a dos pasos de tu casa. Otro día, fuiste a una playa popular con un capocómico y una vedette que cumplía años. Por supuesto, eran íntimos de los vendedores ambulantes, que le regalaron a la cumpleañera una salida de baño de punto y a vos te ofrecieron un descuento fabuloso para una camisola para tu mamá y, encima, te pasaron la clave de wifi del balneario que estaba detrás para que pudieras hacer la transferencia.

Todo era marronidad en diferentes intensidades. Tucumán, Córdoba, Catamarca. Las provincias ya no pampeanas ejercían su derecho a la playa con una resolución indiferente a los prejuicios y, también, a las normalizaciones corporales.

No volverías a Mar del Plata en temporada, pero no por la calidad de la gente, sino por la cantidad (abrumadora). Las morfologías corporales no pueden formar parte de un diagnóstico cultural porque eso conduce de inmediato a la discriminación y el segregacionismo. Y, para vos, lo mejor de Mar del Plata es la mezcolanza.

Por supuesto, deplorás la muerte del delfín en Mar de Ajó, pero es un poco abusivo atribuirlo a mentalidades, culturas o colores de piel. Después de todo, ahí están las fotos de la oligarquía patriótica con sus cadáveres de ciervos apilados después de sus excursiones de caza. Lo que en un caso es ignorancia, en el otro es pura crueldad.





jueves, 27 de febrero de 2025

Homenaje a Beatriz Sarlo