Por Daniel Link para Perfil
Las series que estrenan son por lo general mediocres, sonsas, mal contadas, repetidas. Estrenan una seria sobre dos mujeres que huyen al mismo tiempo de la justicia y de la mafia. Una versión abaratadas de Thelma & Louise. Estrenan una serie sobre una androide doméstica. Es una versión despolitizada de Companion. Estrenan versiones que son directamente estiramientos de películas (Cape Fear, Entrevista con el vampiro).
Me refugio en los catálogos. Nunca vi El cuento de la criada. Las premisas son un poco insostenibles y el universo demasiado clausurado. Para un miniserie habría estado bien, pero hay cuatro temporadas por delante. Me duermo irremediablemente a los diez minutos. Están las nuevas Startrek: Brave New World y Starfleet Academy. Las dos son deliciosas, para mí al menos, por razones sentimentales: están hechas con el mismo espíritu de las series que educaron mi infancia en los problemas de la vida y la multiplicidad de lo viviente.
Las series de Apple están por lo general bien, aunque no todas me gusten. Severance, por ejemplo. No la seguí más allá de la primera temporada, pero reconozco su audacia y su rigor narrativo. Eso sí, soy un incondicional de Silo que es, por supuesto, una repetición mejorada de Snowpiercer o El expreso del miedo (película que luego se volvió serie, con los mismos ridículos postulados y alarmantes fallas narrativas).
En Silo ha sucedido una catástrofe y hay 10.000 personas viviendo en una ciudad cilíndrica (tema becketiano), enterrada y sellada. Tiene que ser una sociedad autosustentable y, por supuesto, bastante autoritaria. Nadie sabe bien a ciencia cierta cuándo comenzó ni qué causó la necesidad del silo, pero se sabe que el aire afuera está envenenado. Cada tanto, una conducta no tolerada vale el castigo (el honor, se dice) de salir a limpiar el vidrio por el que se ve el paisaje desolado. Nadie vuelve a entrar.
Pero la sociedad de Silo es porosa: hay gente que sospecha, movimientos de resistencia, partidos...Y hay, sobre todo, una heroína. No nos engañemos, el punto de mayor atracción de la serie no es sólo narrativo o visual sino que reposa en su estrella, Rebecca Ferguson, la actriz sueca que no para de enamorarnnos. De su prehistoria en Suecia conviene recordar que protagonizó un musical de tango y que hizo cine-arte. Saltó al mundo con La reina blanca, y ya nada la detuvo. En Silo, la complejidad de su actuación es tal que obliga a pasar por alto algunas licencias de guion (por ejemplo, la existencia de mascotas, perros y gatos, en un universo tan precario y tan al borde de su desmoronamiento).
La belleza de Rebecca Ferguson es, por supuesto, una repetición de la de Ingrid Bergman. A diferencia de ella, la mediocridad del tiempo audiovisual que le toca vivir todavía no le dio su Casablanca. Mientras tanto, nos regala pesadillas distópicas que cada vez se parecen más a nuestra realidad, porque la extinción, el autoritarismo asesino y la ciencia generada por inteligencia artificial están a la vuelta del camino.

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