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miércoles, 23 de septiembre de 2026

Marita Chambers, el regreso

 

Lanzamos Contorna porque confiamos en la repetición (al menos como la entiende Kierkegaard): “la repetición es la realidad y la seriedad de la existencia”. 

¿No es acaso ese gesto de hacer retroceder el tiempo, lo que nos impulsa hacia el ritornello, hacia ese procedimiento y esa figura de pensamiento? ¿Es lo que vuelve, la repetición, el ritornello (porque vuelven también el aire, el rumor de las olas en el mar, el paso de las nubes en el cielo, con sus infinitas variaciones) lo que sostiene el misterio de la vida política? 

¿Y si arte y vida son sólo una misma masa (o mejor: si el arte está atravesado por moléculas de vida), ejerce en ambos la potencia derepetición el mismo influjo?

Aquí, el número 1 de Contorna en su versión digital. Pronto, la versión física para coleccionistas.

 

 

sábado, 15 de agosto de 2026

Ubi Sunt

Por Daniel Link para Perfil

El responsable del taller de serigrafía se sorprendió por el anacronismo del pedido (¿tan temprano?) y el carácter inverso de la leyenda que debía imprimir en las mil remeras negras de diferentes talles. Para no cometer un error llamó al comitente del encargo para verificar que el "No” que encabezaba la frase estuviera bien colocado.

La persona le confirmó la frase, y le explicó, para tranquilizarlo, que formaba parte de un grupo de intelectuales “del conurbano” que había decidido comenzar a actuar tempranamente en el diseño de la próxima campaña electoral mediante microintervenciones que permitieran orientar la selección de candidatos más allá de las consabidas roscas, contubernios y corruptelas. El (o la) comitente subrayó el papel histórico que los intelectuales tuvieron en los procesos políticos y deploró la reciente pérdida de la capacidad de intervención, la apatía cuando no la complicidad silenciosa, el conformismo y la falta de horizontes políticos que permitieran diseñar un futuro pensado estrictamente en favor de la ciudadanía, en favor del pueblo, en favor del sujeto soberano y no en favor de grupúsculos de millonarios, de candidatos delirando premios nobeles, de cínicos promotores del espionaje barrial, o, directamente, representantes del dinero narco?

El serígrafo no sabía cómo interrumpir la letanía de protestas y reproches que, él sabía, poco tenía que ver con su oficio, pero que debía escuchar por cortesía profesional. ¿Dónde están?, se preguntó la voz en el teléfono que reposaba ahora sobre una mesa de trabajo, puesto en altavoz para beneficio de los demás empleados que, callados, se sentían al mismo tiempo involucrados y distantes, ¿dónde están los Manuel Ugarte, las Carolina Muzzilli, los Scalabrini Ortiz, los Jorge Abelardo Ramos, los Horacio González, las Alcira Argumedo, los Berni, los Walsh, las Ludmer de hoy? ¿En Substack?

Entonces, confirmó de nuevo el serigrafista, ¿la leyenda para las mil remeras es “Yo no voto a Massa”?

Sí, le contestaron, somos un grupo creciente de ciudadanas que no queremos a Massa como candidato a nada. En el taller, aplaudieron.


sábado, 8 de agosto de 2026

Diario de un televidente

Por Daniel Link para Perfil

Las series que estrenan son por lo general mediocres, sonsas, mal contadas, repetidas. Estrenan una seria sobre dos mujeres que huyen al mismo tiempo de la justicia y de la mafia. Una versión abaratadas de Thelma & Louise. Estrenan una serie sobre una androide doméstica. Es una versión despolitizada de Companion. Estrenan versiones que son directamente estiramientos de películas (Cape Fear, Entrevista con el vampiro).

Me refugio en los catálogos. Nunca vi El cuento de la criada. Las premisas son un poco insostenibles y el universo demasiado clausurado. Para un miniserie habría estado bien, pero hay cuatro temporadas por delante. Me duermo irremediablemente a los diez minutos. Están las nuevas Startrek: Brave New World y Starfleet Academy. Las dos son deliciosas, para mí al menos, por razones sentimentales: están hechas con el mismo espíritu de las series que educaron mi infancia en los problemas de la vida y la multiplicidad de lo viviente.

Las series de Apple están por lo general bien, aunque no todas me gusten. Severance, por ejemplo. No la seguí más allá de la primera temporada, pero reconozco su audacia y su rigor narrativo. Eso sí, soy un incondicional de Silo que es, por supuesto, una repetición mejorada de Snowpiercer o El expreso del miedo (película que luego se volvió serie, con los mismos ridículos postulados y alarmantes fallas narrativas).

En Silo ha sucedido una catástrofe y hay 10.000 personas viviendo en una ciudad cilíndrica (tema becketiano), enterrada y sellada. Tiene que ser una sociedad autosustentable y, por supuesto, bastante autoritaria. Nadie sabe bien a ciencia cierta cuándo comenzó ni qué causó la necesidad del silo, pero se sabe que el aire afuera está envenenado. Cada tanto, una conducta no tolerada vale el castigo (el honor, se dice) de salir a limpiar el vidrio por el que se ve el paisaje desolado. Nadie vuelve a entrar.

Pero la sociedad de Silo es porosa: hay gente que sospecha, movimientos de resistencia, partidos...Y hay, sobre todo, una heroína. No nos engañemos, el punto de mayor atracción de la serie no es sólo narrativo o visual sino que reposa en su estrella, Rebecca Ferguson, la actriz sueca que no para de enamorarnnos. De su prehistoria en Suecia conviene recordar que protagonizó un musical de tango y que hizo cine-arte. Saltó al mundo con La reina blanca, y ya nada la detuvo. En Silo, la complejidad de su actuación es tal que obliga a pasar por alto algunas licencias de guion (por ejemplo, la existencia de mascotas, perros y gatos, en un universo tan precario y tan al borde de su desmoronamiento).

La belleza de Rebecca Ferguson es, por supuesto, una repetición de la de Ingrid Bergman. A diferencia de ella, la mediocridad del tiempo audiovisual que le toca vivir todavía no le dio su Casablanca. Mientras tanto, nos regala pesadillas distópicas que cada vez se parecen más a nuestra realidad, porque la extinción, el autoritarismo asesino y la ciencia generada por inteligencia artificial están a la vuelta del camino.

 

sábado, 1 de agosto de 2026

Puntos fulcro

por Daniel Link para Perfil

 


 


El punto-fulcro es el punto de apoyo alrededor del cual pivotea una palanca (las articulaciones funcionan son puntos fulcros del cuerpo). Es lo que permite que se ejerza una determinada fuerza y, por lo tanto, el punto de riesgo del sistema. Podemos aplicar esa noción a.... los relatos.

Steven Spielberg, por ejemplo, es un buen narrador, hasta cierto punto. Basta con localizar los puntos fulcro donde la resistencia de la materia desbarata el relato para darse cuenta de su medianía. Pienso en Disclosure Day, de reciente estreno.

Es una película cuyo tema es la revelación de un secreto, el relato construido alrededor de él y por lo tanto, sobre unidades de información y su relación con la verdad. Empieza con un gran despliegue narratológico, in medias res. Y todo avanza con precisión hasta un cierto punto (fulcro). Ya bien avanzada la película, el personaje desempeñado por Emily Blunt va a conectarse telepáticamente con lo extraterrestre y la están monitoreando médicamente: tiene unos electrodos en la frente y un presurómetro amarrado al brazo sobre su pullover color mostaza. Parecerá un detalle insignificante, pero el diablo está en los detalles. ¿Es que nunca nadie en el gigantesco equipo de filmación de Spielberg se tomó la presión? ¿No saben que el aparato se aplica directamente sobre la piel?

Que el personaje de Emily se duerma con un papelito en la mano con la dirección del hotel donde se esconde (lo que permite que la encuentren mediante telepatía) es otro punto fulcro. Y ya con dos, todo el edificio se viene abajo, el relato se desmorona y empiezan a sucederse las estupideces y los caprichos. Aferrada a un dispositivo, Emily Blunt hace desaparecer a un grupo de personas y dos gigantescos camiones de bomberos, los malos provocan un corte de electricidad en una estación de televisión, que sigue funcionando mágicamente gracias a los poderes de Emily (y sin el delay de la conexión a internet), etc.

Retrospectivamente afecta a lo que ya habíamos visto: la réplica de una casa dentro de un galpón, hasta el más mínimo detalle (“para regresarte a la experiencia de la manera más familiar posible”) no tiene correlato en la presión arterial de Emily Blunt. La persecución asesina de la que es objeto es excesiva (que culmina con ¡un corte eléctrico!). Y lo que habíamos considerado prodigios de economía narrativa tal vez sean en verdad, cortes en una narración de duración inmoderada en relación con la estupidez alarmante de una trama que abusa del capricho y tergiversa su propio impulso hacia la verdad y la narración pura.



sábado, 25 de julio de 2026

Estilos argentinos

por Daniel Link para Perfil

Llamo “ambiente estilístico” a algo intuitivamente compacto pero muy difícil de describir. No es un “campo” ni un “espacio mundial”. Se parece más a la “atmósfera ideológica”, pero es un poco más material. Eso que él llama “contexto verbal” es, en verdad, una formación discursiva o episteme que funciona no como mediación sino como un instituyente estilístico (sus constituyentes son, por supuesto, estilemas).

Para decirlo con palabras de Georg Simmel: “El estilo es el intento estético de solucionar el gran problema de la vida; cómo una obra única o un comportamiento único, que constituye una totalidad, cerrada en sí misma, puede pertenecer al mismo tiempo a una totalidad superior, a un contexto unificador más amplio”.

Durante los últimos quince años, Sianne Ngai ha creado una taxonomía de las características estéticas del capitalismo contemporáneo: las emociones que provoca, los juicios que suscita y las tecnologías con las que se imbrican en la formación de una ética y una estética de la existencia. Por supuesto, en sus libros el estilo se ha convertido en una mercancía, profundamente imbricada con juicios estéticos cada vez más contaminados por “afectos menores”. Cita a Susan Sontag, tanto por su ensayo (bastante confuso, a mi juicio) “Sobre el estilo” como por sus “Notas sobre lo camp”. Lo camp es un ambiente estilístico, como lo son lo kitsch y lo queer. Lo “cute”, siguiendo a Sianne Ngai, es también un ambiente, que se entremezcla con lo extravagante y lo interesante. Ese repertorio de estilos y maneras pareciera haber estado ya completamente disponible en tiempos de Darío, que no por nada.

En América hay dos ambientes estilísticos definidos y bien delimitados: el barroco, tal y como lo define Lezama Lima (“formas de vida y de curiosidad, ... un vivir completo”) y, por supuesto, el modernismo hispanoamericano, del cual podría decirse lo mismo. Pero hay, además, otro ambiente más difícil de definir, porque constituye nuestro presente, el pop latino.

¿Son los estilos apropiables? ¿Hay acaso unas propiedades del texto que se puedan reconocer como marcas de estilo? ¿O navegan, más bien, los textos, las imágenes y los sonidos a través de unos ambientes estilísticos que, como los mares, dejan su resaca y sus marcas en las quillas que los atraviesan?

La tradición crítica trató al estilo como una huella dactilar: una propiedad inalienable del sujeto. Desde una perspectiva diferente, se puede pensar en un espacio de tránsito donde el estilo no se posee, sino que se usa o se atraviesa.

En el límite de lo consciente y lo inconsciente, de lo deliberado y lo inevitable, de lo personal y lo apersonal, de lo propio y lo impropio, los estilos atraviesan los cuerpos y las voces, tejiendo redes de estilemas de mayor o menor visibilidad pero de los cuales importa sobre todo la fuerza de su impresión.

El siglo pasado no buscó el fin del estilo, sino su desvinculación del Nombre. El estilo "impropio" (el préstamo, el pastiche, la cita sin comillas) puso en escena la convicción de que el lenguaje siempre es del otro. Pienso en Puig, desde ya, el mayor estilista de la literatura argentina, pero quiero usar ejemplos más contemporáneos.

Yo quería pensar en ese contexto el estilo argentino, cuyos dos tonos fundacionales codificados por el Martín Fierro, (el desafío y el lamento) vuelven hoy bajo la forma de la algarabía festiva y el delirio paranoico.

Lo hemos leído, lo hemos visto: la algarabía argentina, ejercida en masa y sin ninguna relación con la realidad, en cualquier territorio, durante los mundiales, es la forma actual del desafío, de una manera de pararse frente a los otros para demostrarles no tanto que “la alegría no es sólo brasileña” sino que nadie puede ejercerla con más visibilidad que nosotros. Por supuesto, como el triunfalismo del que depende esa algarabía es totalmente enclenque, apenas se confrontan las esperanzas con la realidad adviene el otro tono, que hoy adquiere la forma del delirio paranoico-conspirativo.

Si hipotequé mi casa y vendí mi auto para poder participar del banderazo en Time Square (que digamos, impresionó a todo el mundo), ahora tengo que encontrar la razón (oculta, secreta, siniestra) que me impidió hacer coincidir mi deseo con la realidad. Llamamos a esa salida una “campaña antiargentina”, tan ridícula como las opiniones en las que dice fundarse: el like de un actor chileno, los dichos de un actor afroamericano ignorante y desagradable.

Tanto uno como otro tono reposan ambos en un mismo rasgo cultural que tiene, asimismo, un soporte institucional-material evidente: la ignorancia, la incapacidad de comprender los procesos históricos que son la consecuencia directa de la degradación de los sistemas escolares.

sábado, 18 de julio de 2026

Corran la bola

Por Daniel Link para Perfil

En las cafeterías de aeroparque el domingo 12 de julio, los muchachos ya ensayaban el éxito del mundial pasado, “Corran la bola”. La chica que los acompañaba se reía y me dijo: “es más fuerte que ellos”, refiriéndose a sus compañeros. Del “Cometrabas” que la letra mienta podría decirse lo mismo, pero no es en eso en lo que quería detenerme.

Me pareció prematuro el ensayo, porque faltaba todavía jugarse el partido contra Inglaterra, y aunque allí es seguro el ya incorporado a la memoria de la especie, “El que no salta es un inglés”, faltaba una pieza singular, un poco injuriosa como debe de ser, para cantar en la cancha. “Quiero volver a robarle un gol al ladrón” es simpática, pero pretende saltarse toda la tecnología actual, que aplica el panoptismo a cualquier roce corporal antirreglamentario.

En todo caso, quería detenerme precisamente en eso: la centralidad del canto en los partidos que juega Argentina en cualquier lugar del mundo. Creo que fue el partido de Noruega contra Inglaterra el más áspero auditivamente: sonaba como un gruñido constante, sin variación, que era imposible asignar a un bando u otro, pero eso sucedió en casi todos los enfrentamientos, salvo en los que participaba Argentina, acompañada siempre por unos cánticos que, si bien ininteligibles a través de la pantalla, eran variados, imponentes y muy reconocibles en su afiliación. Argentina es un paisaje sonoro, entre otras cosas, y por eso el poema fundacional de su cultura, el Martín Fierro, tiene al canto como su tema obsesivo (en sus dos tonos principales: el lamento y el desafío).

Gabriel Giorgi, en su extraordinario libro Parar la oreja, ha decidido explorar la actual transformación del paisaje sonoro argentino en relación con mutaciones políticas de profundo alcance. Sea. Pero la precondición de esa intervención decisiva es la existencia de una sonoridad reconocible en sus tonos, sus mordacidades, sus esperanzas y sus rencores.

Si fuera un certamen de canto, como los olímpicos, es evidente que España se volvería a su casa con la cola entre las patas. De un modo o de otro, su “Soy español, la la la” va a sonar mañana como una elegía identitaria.

 

sábado, 11 de julio de 2026

Ambientes estilísticos

por Daniel Link para Perfil  

Nan Goldin actualizó su libro de 2019, The Other Side, en un video que lleva ese mismo título, con sus típicas imágenes de la escena LGBT. Junto con otros, la muestra que está recorriendo el mundo y que tal vez llegue a Buenos Aires incluye también el video The Ballad of Sexual Dependency: aquí también aparecen las fotos “intimistas” y “documentales” de Nan, ordenadas en series con canciones de fondo. Lo que impresiona de esta “balada” es que de inmediato nos identificamos con la banda sonora (son las canciones que escuchamos siempre, las canciones que amamos) y, progresivamente, nos damos cuenta de que hemos estado en los mismos lugares que Nan, con las mismas personas, en las mismas situaciones.

Por supuesto, es un efecto de identificación completamente imaginaria, pero hay algo más poderoso que ese proceso de progresivo reconocimiento de un mundo al mismo tiempo propio y ajeno y tiene que ver con la conformación de un ambiente estilístico del que estas fotos (y quienes están retratadas en ellas) participaron y participan. ¿Es posible pensar que ese mismo ambiente estilístico constituyó nuestra ecología porteña en las décadas del ochenta, noventa y dos mil?

Lo que parece un mero efecto perceptivo, sin embargo, pronto revela su verdad. Una de las series está musicalizada con la milonga Packard, cantada por Edmundo Rivero en 1968 (“era una mina bien..... / pero un día la droga la hizo suya... / ayer la vi pasar / iba dopada”). Lejos de constituir un disturbio en la serie audiovisual cosida por Nan Goldin, la voz de Edmundo Rivero (completamente necesaria en el segmento en que aparece) nos reconforta porque muestra el alcance de un ambiente que no es metropolitano sino descentrado o multicentrado.

Tan así es que la revista Balam comisionó una serie de fotografías del Archivo de la Memoria Trans que dialogara visual y afectivamente con The Other Side. “Un puente entre estas dos constelaciones, distantes en tiempo y geografía, pero unidas por un mismo impulso de memoria, visibilidad y resistencia”. Y, podríamos agregar, un mismo ambiente estilístico que todavía nos interpela.

sábado, 2 de mayo de 2026

Espejismos de progreso

por Daniel Link (+Gemini) para Perfil

La pantalla grande atraviesa hoy una paradoja fascinante: mientras los píxeles alcanzan la perfección, los guiones retroceden hacia la rigidez moral del siglo antepasado. Dos estrenos recientes, Hail Mary y Avatar III: Fire and Ash, encapsulan este fenómeno donde la vanguardia técnica sirve de envoltorio para ideologías rancias que creíamos superadas por el sentido común.

En Pandora, James Cameron ha construido un imperio visual sin precedentes, pero en esta entrega su obsesión con la estructura familiar tradicional cruza la línea de lo apologético para rozar lo reaccionario. La narrativa de los Sully es ahora un búnker conservador. Bajo la excusa del "honor", la película refuerza una visión donde la identidad solo es válida si se articula mediante el linaje patriarcal y la validación paterna. Resulta alarmante que, en un universo de infinitas posibilidades biológicas, el "fuego" de los nuevos clanes sirva para iluminar una homofobia estructural: no hay espacio para la disidencia sexoafectiva en el ecosistema de Cameron. La familia no es aquí un refugio, sino una imposición ideológica que invisibiliza cualquier existencia fuera del binarismo más estricto.

Por otro lado, Hail Mary intenta vendernos una odisea de cooperación científica ante la extinción, pero lo hace desde un etnocentrismo caduco. Aunque se disfrace de ciencia ficción humanista, la cinta destila un racismo velado en su construcción de la jerarquía intelectual. La genialidad y el heroísmo conservan un código genético muy específico, relegando a las naciones del sur global a ser meras comparsas cómicas o recursos logísticos para el lucimiento del protagonista anglosajón (¿por qué no vuelve a la Tierra, qué se lo impide? ¿Un amor indecible?). Es ese racismo de baja intensidad, el que excluye por omisión, el que asume que la salvación de la especie es una patente de propiedad exclusiva de Occidente.

Ambos films ofrecen espectáculos soberbios, pero es imperativo preguntarnos si aceptaremos que el futuro del cine comercial sea un viaje de regreso a los prejuicios del pasado. La técnica ha evolucionado; es hora de que la mirada también lo haga de una vez por todas.

sábado, 18 de abril de 2026

Crítica viva

por Daniel Link para Perfil

Todo es asqueroso. Adorni, la carne de burro que se vende en Chubut, el desmantelamiento de las universidades públicas, el deterioro cognitivo de la ciudadanía argentina, el triunfo del dinero como único patrón de evaluación, de crecimiento, de felicidad, la corrupción judicial, en fin: lo que se llama “costo de vida”.

Abandono la enumeración. Me concentro en dos libros que sostienen dos vidas, cuyos costos se miden en intensidades afectivas, no en dinero.

El primero que llegó a mis manos es Estanterías ajenas de Nora Catelli, inscripto en la colección Lector&s de Ampersand. El libro es delicioso en general, pero lo es en particular por la forma en que piensa el recuerdo de las lecturas. A partir de “nociones de la psicología vulgar: los libros evocados serían aquellos que forjan la personalidad, delinean el carácter... Son nociones que vienen de los humores clásicos”. Nora decide apartarse de tal camino para pensar solamente las insistencias (lo que insiste, significa) y recurrencias. El libro se lee como oro en polvo y permanece como tal, esparcido sobre nuestros torpes pensamientos, para mejorarlos.

El segundo es Amigos (Eterna Cadencia) de Sylvia Molloy, cuyo título recuerda al reciente Amistades de Giorgio Agamben (que elude, sin quererlo pero significativamente, la declinación de género). El libro de Molloy ha sido editado por Adriana Amante, quien ha transformado lo que habitualmente serían notas al pie en una monografía que sitúa los textos de Molloy y las referencias con precisión y generosidad. Los textos de Sylvia y sus comentarios ocupan 130 de las 430 páginas del libro. El resto son cartas (éstas sí con notas al pie) a cual más jugosa. De Molloy a (o para Molloy): Cozarinsky, Victoria Ocampo, Pepe Bianco, Murena, Ivonne Bordelois, Manuel Puig, Enrique Pezzoni, Severo Sarduy...

Las cartas reponen una sociabilidad y un ambiente afectivo, pero también una red de relaciones intelectuales e, incluso, institucionales (la lengua es una institución). En varias de las cartas es tedioso (por no decir irritante) el intercambio de idiomas, que dice mucho sobre una forma de cosmopolitismo de época (las cartas de Victoria Ocampo carecen de ese vicio).

Amable corresponsal, Sylvia se deja atrapar por el estilo epistolar de sus interlocutores (lasí operan los ambientes estilísticos). A fuerza de elegir algunos intercambios, me quedo, muerto de risa, con los de Manuel Puig y Enrique Pezzoni.

Los dos libros nos devuelven, para citar a Molloy, “una crítica viva, que es la única que merece la pena”.

martes, 21 de octubre de 2025

Último llamado

Los pasajeros con destino a O'Hare embarcan por puerta 10

 



 

 

 

sábado, 18 de octubre de 2025

La rebelión de las masas

Dice La Nación:

 


 

 

 

 

lunes, 13 de octubre de 2025

Gaza

por Alessandro Baricco para Substrack vía Perfil

1. Es difícil precisarlo ahora, pero hubo un día, reciente, en que Gaza dejó de ser el nombre de una tierra para convertirse en la definición de una frontera: la línea roja que muchos elegimos como frontera infranqueable. Desde ese día, luchar junto a Gaza dejó de ser una opción política que pudiera legitimarse o cuestionarse.

Se convirtió en un movimiento mental en el que una determinada humanidad tomó distancia de otra, afirmando su propia idea de la Historia y exigiendo la devolución del mundo a quienes se lo robaban.

Ya no importaba lo que uno pudiera pensar sobre el conflicto entre Hamas e Israel, ni los prejuicios que uno pudiera tener sobre los judíos o el terrorismo: todo se apagó como una vela en una casa en llamas, ya que Gaza se convirtió en mucho más que una situación geopolítica sobre la que tomar posición: hoy es el nombre de una determinada manera de estar en el mundo.

Los primeros en comprenderlo, me pareció, fueron los jóvenes, aquellos de entre 15 y 25 años. Era extraño verlos desplegar esas banderas palestinas, saliendo de repente de su letargo político. Es decir, era difícil hablar con estos chicos de Salvini, Meloni, incluso de Trump. No parecían interesados. El cambio climático y la identidad de género: esas eran las cosas que los apasionaban. De repente, un día, te los encuentras en la plaza, cuatro gatos locos, con esa bandera de una tierra lejana de la que, objetivamente, no sabían casi nada. Hoy, cuando cientos de miles de personas en todo el mundo salen a las calles con esa bandera, tenemos que admitir que esos chicos estaban un cuarto de hora por delante del resto: y ahora es muy importante entender cómo se anticiparon a los demás y qué salto conceptual dieron con una velocidad a la que nadie más fue capaz.

2. Hay una falla, y vivimos justo encima de ella. A un lado, la tierra emergente del siglo XX, con sus valores, sus principios y su trágica historia. Y al otro, un continente, a menudo sumergido, que se separa del siglo XX, impulsado por la revolución digital, motivado por el desprecio, por los horrores del pasado, y dirigido por una nueva inteligencia. Donde se produce la fractura, la tierra tiembla. El siglo XX no cede, y el nuevo continente continúa desgarrándose. No tengo grandes dudas sobre cómo terminará: el siglo XX irá a la deriva, continente casi deshabitado, destinado a ser estudiado en libros y museos.

Pero en estos últimos meses nos vimos obligados a recordar una verdad incómoda, que tal vez habíamos reprimido: no hay nada más peligroso que un animal moribundo.

Tras sus últimos estertores, el siglo XX comenzó a abandonar la resistencia serena que había defendido con firmeza y, presentiendo su fin, comenzó a asestar golpes violentos, volviéndose extremadamente agresivo. Lo hizo reviviendo uno de sus rasgos de identidad más fuertes: la creencia en que la guerra es una solución y el sufrimiento civil un precio aceptable para financiar el conflicto entre las élites. Tanto la agresión rusa contra Ucrania como la guerra entre Hamas e Israel tienen su origen en el siglo XX. Las ondas expansivas de fenómenos como el imperialismo y el colonialismo, que fueron sellos distintivos del pensamiento de los siglos XIX y XX, aún se pueden sentir. Los relatos que quedaron sin resolver tras la Segunda Guerra Mundial o la Guerra Fría son fácilmente reconocibles. Y el catálogo de productos con los que el siglo XX se vendió durante mucho tiempo queda al descubierto: el culto a las fronteras, la centralidad de las armas y los ejércitos, la religión del nacionalismo. Todo es un mismo paquete: el último aliento del animal moribundo. La larga ola de un desastre.

3. Ante todo esto, al principio fue difícil de entender. Parecían temblores sísmicos, como si el suelo se moviera. Era el momento en que tenía sentido tomar partido o trazar una línea entre el bien y el mal. Lo hicimos, cada uno según sus propias convicciones. Luego llegó Gaza.

Entonces, instintivamente, sentimos que, en realidad, solo había una línea, y era la que trazaba el acuífero sobre el que nos balanceábamos. Un mundo moribundo a un lado, un nuevo continente al otro. Parecía urgente decir de qué lado estábamos. Y Gaza nos ayudó a hacerlo, porque es una síntesis nítida y cristalina de una enorme grieta: es donde un terremoto entero tiembla solo una vez, en un solo lugar, en un solo momento.

4. Muchos, al tomar partido, se alinearon con el continente que se está desintegrando. Una vez más, quisiera aclarar un concepto que me parece valioso. Nada garantiza que la civilización que estamos construyendo sea, en última instancia, mejor que la que la precedió; pero podemos afirmar con cierta certeza que nació para desmantelar los esquemas que hicieron posible el desastre del siglo XX (dos guerras mundiales, los campos de exterminio, la bomba atómica, la Guerra Fría, la edad de oro del totalitarismo; quiero recordar). Se puede pensar lo que se quiera sobre la llamada revolución digital, pero sería insensato no admitir que, consciente o inconscientemente, derrumbó los búnkeres estructurales y culturales sobre los que el siglo XX había podido construir su propio desastre: a través de lo digital, elegimos un mundo inmensamente más fluido, más transparente, en el que muros y fronteras pierden su consistencia; aceptamos el riesgo de liberar toda la información y las opiniones poniéndolas en circulación casi sin precaución; aceleramos el tiempo, creando de hecho una mesa de juego en constante cambio, impidiendo que las ideas se anquilosaran o se convirtieran en mitos; dificultamos enormemente la creación de espacios protegidos donde la Historia pudeira suceder, al abrigo de miradas indiscretas; e hicimos más impenetrable el ejercicio del dominio por parte de cualquier élite. Ninguna de estas acciones está exenta del riesgo de tener consecuencias dramáticas: pero si las tomamos, es por una razón que nunca debemos perder de vista: nos parecía urgente intentar vivir de otra manera, para no morir igual que nuestros padres.

Y estaba claro que el meollo del asunto residía precisamente allí donde guerra, violencia y armas formaban un meollo primitivo del que queríamos borrar todas las huellas. Si existía una forma traumática pero definitiva de recordarnos todo esto, Gaza lo era. Nos recordó a muchos que ya vivimos en un mundo diferente –con nuestras mentes, con nuestros gestos cotidianos–, un mundo diferente donde Gaza no es posible. Es más: no estamos dispuestos a aceptar que el animal moribundo recupere el centro del tablero, nos traiga de vuelta y secuestre nuestras visiones. Más allá de la compasión instintiva y dolorosa que inspira Gaza, el verdadero insulto es sentirse despojado –violenta, arrogante y ferozmente– de algo demasiado preciado: el futuro que deseamos. ¿Quién podría entender esto mejor que los niños?

5. Entonces, en una protesta callejera, surgen todo tipo de motivaciones y resentimientos, está de más decirlo. Pero sigo convencido de que la esencia del apoyo a la causa de Gaza reside en una clara elección de bandos respecto a esta historia de dos civilizaciones opuestas, que en Gaza se enfrentan con la mayor evidencia. Soy consciente, además, de que este no es un apoyo mayoritario, por sorprendentemente masivo que sea. Pero entra en juego otro fenómeno que me sorprendió y que solo había vislumbrado parcialmente: la tremenda resistencia del siglo XX. Si intento explicarlo, me viene a la mente esto: hay una enorme porción del tejido económico, político, intelectual y social que supo jugar el juego del siglo XX, pero aún no es capaz de jugar el de la nueva civilización. Entonces se agazapa entre los pliegues del animal moribundo. Permítanme dar un ejemplo muy concreto: hay mucha gente que sabe cómo ganar dinero en el hábitat del siglo XX y que aún no sabe cómo hacerlo en la civilización digital. Un ejemplo fácil: los medios de comunicación. Me refiero a los grandes medios tradicionales del pasado. Los periódicos impresos, por ejemplo, otros animales moribundos (y lo digo con tristeza). La ligereza con la que a menudo avivan los vientos de guerra delata un instinto de refugiarse en los tonos e ideas que durante mucho tiempo les han asegurado cierta centralidad y, por lo tanto, sólidas ganancias. Comprensible, pero extremadamente peligroso. No menos transparente es la voluptuosidad con la que élites intelectuales enteras –para quienes la lucidez debería ser un deber– se dejan seducir e hipnotizar por el animal moribundo y lo vuelven a colocar en el centro del juego. No parece estar a su alcance articular visiones, ni siquiera análisis, aplicables al mapa del nuevo mundo: siguen creando partidas refinadas en un tablero de ajedrez que deberían ser los primeros en destruir. Lo hacen con una voluptuosa propensión a la autodestrucción. Es un fenómeno doloroso.

De hecho, los choques de civilizaciones se deciden en gran medida por la capacidad narrativa, es decir, por la eficacia con la que algunos logran convertir una masa nebulosa de hechos en una historia convincente y, por tanto, en realidad.

Que tantos narradores talentosos estén trabajando a estas horas para darle oxígeno a una narrativa tan agotada como la del siglo XX –ella y su desolada épica guerrera– es algo que suele provocar reacciones muy duras.

6. Si las cosas fueran aunque solo sea remotamente como he intentado describir, es obvio que Europa tendría un papel fundamental en este momento histórico. Es cierto que nuestro continente es muy antiguo y, por lo tanto, está necesariamente sumido en la nostalgia. Pero también es cierto que somos el siglo XX, y por lo tanto nadie lo conoce como nosotros: donde el siglo XX fue tragedia y donde fue asombro, allí estuvimos, más que nadie. Sabemos exactamente dónde están las trampas, dónde están los errores y dónde está el truco. Solo necesitamos un mínimo de claridad para comprender cómo funciona el animal moribundo, y por eso, nada debería estar más lejos de nosotros que temerle: solo hay una cosa que deberíamos hacer, y seríamos capaces de hacer: acabar con él.

Quisiera ser claro: esto no significa rendirnos ciegamente a la civilización digital; significa usarla para escapar de nuestros errores para siempre.

Pero no es eso lo que estamos haciendo. Escuchar la palabra “rearme” filtrarse en las mentes más representativas del continente es una vergüenza, intelectualmente incomprensible. Verse obligado a escuchar el tono viril con el que prometen defender cada centímetro de nuestra querida tierra europea es inaceptable. Más bien, deberíamos decir, con una suavidad completamente diferente, que defenderemos cada centímetro de la civilización que imaginamos, y no lo haremos con armas, sino con la obtusa paciencia con la que los animales buscan el agua y los ríos el mar.

7. También está Trump, observa alguien. Y sobre todo, la América trumpiana. Es cierto. Pero ahí, para ser sincero, no entiendo mucho; me faltan los elementos. Creo que habría que vivir mucho tiempo en Estados Unidos, en estos años, para entenderlo. Desde lejos, solo percibo la urgencia de no confundir el trumpismo –como ciertos populismos europeos– con otro manotazo de animal moribundo. No es tan sencillo. Hay una encrucijada de corrientes difícil de analizar. Sin duda, hay una regresión instintiva a los patrones de pensamiento del siglo XX, tan rudimentarios como útiles en tiempos de confusión. El regreso al culto a los muros y las fronteras es un claro ejemplo. Pero esta regresión no ocurre en su forma pura, como lo habría hecho en el siglo XX, sino que viaja constantemente diluida en sustancias que parecen derivar de una cierta química típica de la nueva civilización: sospecha de las élites, individualismo de masas, incluso cierta inclinación a interpretar la realidad con los patrones formales del juego, desplazando el centro de gravedad de las cosas a una superficie vagamente lúdica y desconfiando de la profundidad como código para leer lo real. Por supuesto, el ensamblaje es difícil de digerir debido a su tendencia a virar hacia lo vulgar, lo arrogante, lo adolescente y lo simplemente imbécil. Pero las revoluciones, inevitablemente, producen contramovimientos espectaculares cuyo diseño no siempre se puede controlar. La Revolución Francesa de 1789, por ejemplo, una revolución que cambió la mitad del mundo, rebotó en una acrobacia túrgida cuyo kitsch está espléndidamente resumido en la pintura de Ingres de Napoleón como emperador. Vale la pena echarle un vistazo.

Diecisiete años pasaron entre la toma de la Bastilla y ese cuadro. Los mismos años que pasaron entre el lanzamiento del primer iPhone y la victoria de Trump en las elecciones presidenciales de 2024. (Sí, sé que la comparación le encantaría al viejo Donald. Disculpen. Pero la idea queda clara).

Si te gusta este texto, compártelo. Si de verdad te gusta, tradúcelo antes que la IA y compártelo. Gracias.

(Traducción: Guillermo Piro)

 

 

 

 

sábado, 11 de octubre de 2025

Fábrica de sueños

Por Daniel Link para Perfil

En un seminario sobre telenovelas latinoamericanas (que aquí llamamos teleteatros) se analizaron los rasgos del género, se historizaron sus manifestaciones, se postularon sus relaciones con las clases sociales, los gustos de época, las coloraturas de piel, los regímenes de visibilidad, se desmenuzaron sus relaciones con los discursos políticos.

Liliana Viola propuso pensar el ciclo en su agonía. Subrayó el hecho de que hay discursos e ideologías que han obturado la posibilidad de identificación con la matriz melodramática de la que los teleteatros provienen, agobiada por nuevos motivos (por ejemplo, el de la corrección política), que ella sintetizó en la publicidad de una tarjeta de crédito cuyo lema es “tarjeta salva galán”.

Acordé con ella, y propuse como figura gemela de ese lema los versos de Bizarrap-Shakira: “las mujeres ya no lloran, las mujeres facturan”.

De esa escena transaccional han desaparecido los amores excesivos y los deseos socialmente condenables, que en los teleteatros funcionaban al mismo tiempo como señuelo y como utopía: deseá, soñá, que todo te será concedido después del embrollo de pruebas y el vértigo de los estereotipos. El deseo, en la versión melodramática, es más fuerte que todo veredicto social, y también más trágico en sus efectos.

Ahora, en cambio, todo se ha vuelto más contractual y, paradójicamente, más codificado. Ni el drama de Piel naranja o de Rosa de lejos pueden entenderse más allá de los marcos ficcionales que le dieron su fuerza.

Aquellos teleteatros, que sostenían un amor fuera de todo registro, un deseo al infinito, ya no son posibles: fueron el canto de cisne o el grito de batalla para una forma de entender el deseo que hoy nos ha sido arrebatada.

No en vano se nos informa que las tasas de natalidad han descendido brutalmente en los últimos diez años y, sobre todo, que la cantidad de relaciones sexuales ha disminuido drásticamente en las poblaciones jóvenes, que parecen entregarse a la indulgencia de la autosatisfacción cuando no a la transacción económica con una persona que vende ya no su cuerpo o su tiempo, sino su vida (su deseo) en las redes.

 

viernes, 19 de septiembre de 2025

Llegar al mundo

 


El próximo viernes 26 de septiembre de 09:00 a 18:00 se presentarán las nuevas carreras Licenciatura en Letras y Profesorado en Letras de la Universidad Nacional de Tres de Febrero. La cita es en el campus de Villa Lynch, donde estarán Daniel Link y algunos de los prestigiosos profesores de la carrera, para iniciar a los interesados en los incontables vericuetos y conexiones y los múltiples destinos que suponen hoy los estudios en humanidades.

Planes:
 

 

 

 

sábado, 13 de septiembre de 2025

Los dueños del lenguaje


 

Por Daniel Link para Perfil

Una pregunta decisiva, que las humanidades (hoy bajo ataque inexplicable) han formulado varias veces con respuestas bien distintas es a quién le pertenecen las lenguas.

En mis horas muertas hago un curso online de italiano, a través de una plataforma célebre para el aprendizaje de idiomas (es, realmente, extraordinaria). Comete errores, sobre todo con el par de verbos ser/ estar. Da como traducción correcta de “Ogni io sono un po' triste”, “Hoy yo soy un poco triste”. Es cierto que el ser puede pensarse como discontinuidad (hoy ya no soy lo que fui ayer), pero aquí pareciera que se alude a un estado pasajero.

Por supuesto, lo que está bien o lo que está mal depende a quién consideremos autoridad para decidirlo, a quién consideramos dueño de las normas lingüística y, por lo tanto, del lenguaje.

Cualquiera podría pensar que, respecto de la lengua italiana esa es una pregunta fácil de contestar: ¡los italianos! Pero ese colectivo reúne a varios conjuntos que no usan la lengua de la misma manera: los sicilianos, los romanos, los napolitanos, los milaneses. Podríamos decir, entonces, que la autoridad sobre una lengua la ejercen quienes la usan.

Es el argumento que se esgrime siempre en contra de la pretendida autoridad de la Real Academia Española, para la cual los legítimos dueños del castellano son quienes lo amasaron durante siglos a partir de los restos de latín. La propiedad del castellano es más compleja que la del italiano precisamente por las repúblicas hispanoparlantes, que reivindicaron su independencia lingüística al mismo tiempo que la política.

Tan así fue que a los académicos reales no les quedó mas remedio que aceptar (muy entrado el siglo XX) que el castellano es una lengua pluricéntrica, porque tiene más de una variedad estándar.

La autoridad, pues, pasó a manos de los hablantes nativos (el español es la segunda lengua del mundo por número de hablantes nativos, 477 millones, solo por detrás del chino mandarín).

El problema de esa masividad se complejiza con la industrialización de la lengua, es decir, cuando la lengua pasa a ser materia prima de empresas internacionales de comunicación, que elaboran su propio standard (por ejemplo: las empresas multimedia que distribuyen contenidos para la televisión). Allí, la propiedad de la lengua no se decide ni por el nacimiento ni por el uso, sino por el rendimiento (los subtítulos se elaboran en dos versiones: español peninsular y español latino, sin que se sepan bien los fundamentos de esas decisiones).

Transformada de medio de comunicación o de expresión (que no son la misma cosa) en mercancía, los dueños de la lengua pasan a ser quienes someten a ella a la mayor explotación, y la más exitosa.

Vuelvo a mi curso de italiano, en la plataforma más importante del mundo (hay más norteamericanos estudiando idiomas a través de ella que en todas las escuelas estadounidenses). Es una máquina, que funciona con algoritmos diseñados alguna vez por lingüistas y pedagogos expertos y que ahora funciona de manera más o menos automática, asistida por inteligencias artificiales. Cada error que cometo me quita una “vida” en el proceso de aprendizaje (ese vaciamiento vital pretende que pague una cuota mensual de dólares para seguir aprendiendo, sin terror a la muerte).

Hay un botón que permite “reportar” errores, pero esa función, lejos de transformarnos en una autoridad, nos transforma en trabajadores gratuitos (esclavos) de y para la máquina. Es lo mismo que sucede cuando google maps nos pide que reportemos, confirmemos o desechemos alguna circunstancia en un trayecto que estamos realizando.

Lo que se nos aparece es una nueva forma de apropiación: ya no son ni los hablantes nativos, ni los usuarios, ni las compañías multimediáticas quienes toman decisiones sobre las lenguas (y sus equivalencias) sino directamente el sujeto abstracto y maquínico que habita en los algoritmos.

Giorgio Agamben ya había señalado que los pueblos estaban perdiendo la relación vital con su lengua materna, reemplazándola por un uso meramente funcional. El inglés global (él también preso de la autoridad del tecnocapitalismo) o cualquier otra lengua sin relación con alguna comunidad, se transforma en nuda lingua, al servicio de la biopolítica capitalista. Según Agamben, “Europa no saldrá del callejón sin salida en el que se está encerrando si primero no encuentra una relación poética y pensante con sus palabras”.

Esa relación atraviesa hoy una zona de combate que quiere despojar a las lenguas de sus componentes afectivos y de sus perspectivas existenciales.

Aprendemos un vocabulario o los rudimentos de una gramática a través de una instancia automatizada, pero sólo cuando queramos mentir, desear u odiar en ella sabremos qué es esa lengua.

 


 

lunes, 8 de septiembre de 2025

sábado, 6 de septiembre de 2025

Alta coimera

Por Daniel Link para Perfil

 

A mí recién se me reveló el talento de María Paula Godoy con su versión reciente de Guantamera, la canción en la que Julián Orbón adaptó algunos de los Versos sencillos de José Martí para producir un emblema de lo americano reconocible en el mundo entero. El asunto es de por sí interesante porque permite explorar las relaciones entre el ambiente estilístico del modernismo hispanoamericano con el de los años treinta (Joseíto Fernández la popularizó por primera vez en laradio cubana en 1929), el de la cultura pop (el grupo de folk americano The Weavers hizo su propia versión con una dicción titubeante en 1963: “los pobrrrrrres de la tierrrrra”) y el de nuestro tiempo.

Cada vez, la canción permanece pero, al mismo tiempo, se transforma en otra cosa porque conecta con un ambiente que no es ni el de los versos de Martí, ni el de Joseíto Fernández ni el de The Weavers. Mis propios ejercicios estilísticos me han permitido transformar los más celebres poemas de Rubén Darío en canciones metaleras o indies o pop (según el poema).

La versión de Paula es un clásico instantáneo, porque arrastró lo que ya era clásico (“Guantanamera”) a un contexto que reclamaba un son para el humor de nuestro tiempo (el humor, la inclinación, también forman parte del ambiente estilístico).

Lo más sorprendente es que la canción podría haber funcionado con un nombre de mujer diferente al que usó Paula. Digamos, por decir algo: Sabrina, Betina, Cristina.

Y sin embargo, no. Nunca se propuso un son semejante porque la lógica de un éxito instantáneo no es el de la voluntad sino el del agenciamiento: cualquiera, en efecto, pudo haber hecho una Guantanamera. Faltaba, sin embargo, la conjunción, la conexión, el punto nieve del asunto.

Aunque las teorías paranoicas consigan asociar a María Paula Godoy a sabe Dios qué “operaciones”, sobrevivirá el milagro de que alguien pudiera encontrar en “Guantanamera” una rima obvia y un designante que brota natural como agua de manantial.

Eso es el punto nieve en el que unas palabras se encuentran con una tradición en un ambiente específico de humores, designantes, figuras de discurso e inclinaciones.

 

 

viernes, 5 de septiembre de 2025

sábado, 30 de agosto de 2025

Copy-paste

Por Daniel Link para Perfil

Son tiempos rarisimos. En una reunión docente, una profesora cuenta que le entregaron un parcial escrito con IA. El texto le atribuía a la profesora artículos que nunca había escrito aparecidos en libros que nunca existieron, algo que GPT hace siempre. Yo sospecho que lo hace deliberadamente, o bien para promover la suscripción paga (si pagás no te miento) o bien para desalentar el copy-paste que, sin embargo, las estudiantes practican sin darse cuenta que se hunden en un pozo sin fondo, porque la lista de falsificadoras de parciales circula ya de mano en mano, de docente en docente, de institución en institución. Si pensaban armar una carrera profesional a partir de semejante abuso de las herramientas que el presente les brinda, más bien que abandonen toda pretensión (académica o profesional): ya están quemadas.

El asunto es extrañísimo no sólo por el efecto que suscita en quienes prefieren no pensar y copiar algo que dice una máquina, sino también en quienes evalúan, que empiezan a titubear sobre si permitir o no el uso de IA. ¿Pero cómo? No tomábamos, en la década del ochenta del siglo pasado, parciales a libro abierto? ¿No verificamos, ya entonces, que el mero copy paste no alcanzaba para aprobar un parcial? ¿Y luego, alguna vez se nos ocurrió prohibir el uso de internet para resolver los parciales domiciliarios?

Por supuesto, ante la aparición de una nueva herramienta, lo primero que hay que hacer es aprender a usarla, enseñar a usarla. Una IA no te libera de leer libros, artículos, ni siquiera de pensar por vos misma, porque lo que te devuelve a cada pregunta que le hagas es un camino que deberías recorrer por cuenta propia. Cualquier artículo que hemos leído en nuestras vidas tenía notas al pie, que eran invitaciones a seguir leyendo.

Una IA no te resuelve el mundo, te dice que el mundo es más complejo y más vasto de lo que pensabas. Si vas a usarla como un atajo para sacarte de encima una evaluación es porque no entendiste nada. Toda carrera es una carrera de obstáculos y una IA es un obstáculo más para dejar atrás. Dudá de la IA, como dudás de tu padre, de tu novio (que te mete los cuernos) y de tus enemigas.


lunes, 18 de agosto de 2025

La última filóloga

Élida Lois tenía una voz incomparable: con la misma gravedad de la de Olga Orozco, pero sin los rastros de tabaco y alcohol que la poeta necesitó para escribir sus versos.

Además, su habla estaba siempre quebrada por la busca de la palabra justa, el concepto, el remate de la frase. Titubeaba, no porque no supiera lo que quería decir, sino porque respetaba profundamente la relación entre expresión y contenido. No se la tomaba a la ligera.

Por supuesto, eso tuvo consecuencias decisivas en su trabajo. Era una filóloga de raza, que tanto podía hacerle frente a un problema gramático, a una historia de una palabra o a las capas de discurso superpuestas en una obra confrontada con sus originales (ella, mejor que nadie, supo vincular los sustratos ideológicos con los ambientes estilísticos).

Editó, entre otras cosas, el Martín Fierro. Como quien dijera: "les doy esta edición, y no me jodan más". ¿Quién si no ella hubiera podido emprender una tarea semejante? 

Élida, querida, te vamos a extrañar, pero por suerte nos quedan tus palabras, tu perspectiva sobre la disciplina, tu posición ante el mundo.