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lunes, 13 de octubre de 2025

Gaza

por Alessandro Baricco para Substrack vía Perfil

1. Es difícil precisarlo ahora, pero hubo un día, reciente, en que Gaza dejó de ser el nombre de una tierra para convertirse en la definición de una frontera: la línea roja que muchos elegimos como frontera infranqueable. Desde ese día, luchar junto a Gaza dejó de ser una opción política que pudiera legitimarse o cuestionarse.

Se convirtió en un movimiento mental en el que una determinada humanidad tomó distancia de otra, afirmando su propia idea de la Historia y exigiendo la devolución del mundo a quienes se lo robaban.

Ya no importaba lo que uno pudiera pensar sobre el conflicto entre Hamas e Israel, ni los prejuicios que uno pudiera tener sobre los judíos o el terrorismo: todo se apagó como una vela en una casa en llamas, ya que Gaza se convirtió en mucho más que una situación geopolítica sobre la que tomar posición: hoy es el nombre de una determinada manera de estar en el mundo.

Los primeros en comprenderlo, me pareció, fueron los jóvenes, aquellos de entre 15 y 25 años. Era extraño verlos desplegar esas banderas palestinas, saliendo de repente de su letargo político. Es decir, era difícil hablar con estos chicos de Salvini, Meloni, incluso de Trump. No parecían interesados. El cambio climático y la identidad de género: esas eran las cosas que los apasionaban. De repente, un día, te los encuentras en la plaza, cuatro gatos locos, con esa bandera de una tierra lejana de la que, objetivamente, no sabían casi nada. Hoy, cuando cientos de miles de personas en todo el mundo salen a las calles con esa bandera, tenemos que admitir que esos chicos estaban un cuarto de hora por delante del resto: y ahora es muy importante entender cómo se anticiparon a los demás y qué salto conceptual dieron con una velocidad a la que nadie más fue capaz.

2. Hay una falla, y vivimos justo encima de ella. A un lado, la tierra emergente del siglo XX, con sus valores, sus principios y su trágica historia. Y al otro, un continente, a menudo sumergido, que se separa del siglo XX, impulsado por la revolución digital, motivado por el desprecio, por los horrores del pasado, y dirigido por una nueva inteligencia. Donde se produce la fractura, la tierra tiembla. El siglo XX no cede, y el nuevo continente continúa desgarrándose. No tengo grandes dudas sobre cómo terminará: el siglo XX irá a la deriva, continente casi deshabitado, destinado a ser estudiado en libros y museos.

Pero en estos últimos meses nos vimos obligados a recordar una verdad incómoda, que tal vez habíamos reprimido: no hay nada más peligroso que un animal moribundo.

Tras sus últimos estertores, el siglo XX comenzó a abandonar la resistencia serena que había defendido con firmeza y, presentiendo su fin, comenzó a asestar golpes violentos, volviéndose extremadamente agresivo. Lo hizo reviviendo uno de sus rasgos de identidad más fuertes: la creencia en que la guerra es una solución y el sufrimiento civil un precio aceptable para financiar el conflicto entre las élites. Tanto la agresión rusa contra Ucrania como la guerra entre Hamas e Israel tienen su origen en el siglo XX. Las ondas expansivas de fenómenos como el imperialismo y el colonialismo, que fueron sellos distintivos del pensamiento de los siglos XIX y XX, aún se pueden sentir. Los relatos que quedaron sin resolver tras la Segunda Guerra Mundial o la Guerra Fría son fácilmente reconocibles. Y el catálogo de productos con los que el siglo XX se vendió durante mucho tiempo queda al descubierto: el culto a las fronteras, la centralidad de las armas y los ejércitos, la religión del nacionalismo. Todo es un mismo paquete: el último aliento del animal moribundo. La larga ola de un desastre.

3. Ante todo esto, al principio fue difícil de entender. Parecían temblores sísmicos, como si el suelo se moviera. Era el momento en que tenía sentido tomar partido o trazar una línea entre el bien y el mal. Lo hicimos, cada uno según sus propias convicciones. Luego llegó Gaza.

Entonces, instintivamente, sentimos que, en realidad, solo había una línea, y era la que trazaba el acuífero sobre el que nos balanceábamos. Un mundo moribundo a un lado, un nuevo continente al otro. Parecía urgente decir de qué lado estábamos. Y Gaza nos ayudó a hacerlo, porque es una síntesis nítida y cristalina de una enorme grieta: es donde un terremoto entero tiembla solo una vez, en un solo lugar, en un solo momento.

4. Muchos, al tomar partido, se alinearon con el continente que se está desintegrando. Una vez más, quisiera aclarar un concepto que me parece valioso. Nada garantiza que la civilización que estamos construyendo sea, en última instancia, mejor que la que la precedió; pero podemos afirmar con cierta certeza que nació para desmantelar los esquemas que hicieron posible el desastre del siglo XX (dos guerras mundiales, los campos de exterminio, la bomba atómica, la Guerra Fría, la edad de oro del totalitarismo; quiero recordar). Se puede pensar lo que se quiera sobre la llamada revolución digital, pero sería insensato no admitir que, consciente o inconscientemente, derrumbó los búnkeres estructurales y culturales sobre los que el siglo XX había podido construir su propio desastre: a través de lo digital, elegimos un mundo inmensamente más fluido, más transparente, en el que muros y fronteras pierden su consistencia; aceptamos el riesgo de liberar toda la información y las opiniones poniéndolas en circulación casi sin precaución; aceleramos el tiempo, creando de hecho una mesa de juego en constante cambio, impidiendo que las ideas se anquilosaran o se convirtieran en mitos; dificultamos enormemente la creación de espacios protegidos donde la Historia pudeira suceder, al abrigo de miradas indiscretas; e hicimos más impenetrable el ejercicio del dominio por parte de cualquier élite. Ninguna de estas acciones está exenta del riesgo de tener consecuencias dramáticas: pero si las tomamos, es por una razón que nunca debemos perder de vista: nos parecía urgente intentar vivir de otra manera, para no morir igual que nuestros padres.

Y estaba claro que el meollo del asunto residía precisamente allí donde guerra, violencia y armas formaban un meollo primitivo del que queríamos borrar todas las huellas. Si existía una forma traumática pero definitiva de recordarnos todo esto, Gaza lo era. Nos recordó a muchos que ya vivimos en un mundo diferente –con nuestras mentes, con nuestros gestos cotidianos–, un mundo diferente donde Gaza no es posible. Es más: no estamos dispuestos a aceptar que el animal moribundo recupere el centro del tablero, nos traiga de vuelta y secuestre nuestras visiones. Más allá de la compasión instintiva y dolorosa que inspira Gaza, el verdadero insulto es sentirse despojado –violenta, arrogante y ferozmente– de algo demasiado preciado: el futuro que deseamos. ¿Quién podría entender esto mejor que los niños?

5. Entonces, en una protesta callejera, surgen todo tipo de motivaciones y resentimientos, está de más decirlo. Pero sigo convencido de que la esencia del apoyo a la causa de Gaza reside en una clara elección de bandos respecto a esta historia de dos civilizaciones opuestas, que en Gaza se enfrentan con la mayor evidencia. Soy consciente, además, de que este no es un apoyo mayoritario, por sorprendentemente masivo que sea. Pero entra en juego otro fenómeno que me sorprendió y que solo había vislumbrado parcialmente: la tremenda resistencia del siglo XX. Si intento explicarlo, me viene a la mente esto: hay una enorme porción del tejido económico, político, intelectual y social que supo jugar el juego del siglo XX, pero aún no es capaz de jugar el de la nueva civilización. Entonces se agazapa entre los pliegues del animal moribundo. Permítanme dar un ejemplo muy concreto: hay mucha gente que sabe cómo ganar dinero en el hábitat del siglo XX y que aún no sabe cómo hacerlo en la civilización digital. Un ejemplo fácil: los medios de comunicación. Me refiero a los grandes medios tradicionales del pasado. Los periódicos impresos, por ejemplo, otros animales moribundos (y lo digo con tristeza). La ligereza con la que a menudo avivan los vientos de guerra delata un instinto de refugiarse en los tonos e ideas que durante mucho tiempo les han asegurado cierta centralidad y, por lo tanto, sólidas ganancias. Comprensible, pero extremadamente peligroso. No menos transparente es la voluptuosidad con la que élites intelectuales enteras –para quienes la lucidez debería ser un deber– se dejan seducir e hipnotizar por el animal moribundo y lo vuelven a colocar en el centro del juego. No parece estar a su alcance articular visiones, ni siquiera análisis, aplicables al mapa del nuevo mundo: siguen creando partidas refinadas en un tablero de ajedrez que deberían ser los primeros en destruir. Lo hacen con una voluptuosa propensión a la autodestrucción. Es un fenómeno doloroso.

De hecho, los choques de civilizaciones se deciden en gran medida por la capacidad narrativa, es decir, por la eficacia con la que algunos logran convertir una masa nebulosa de hechos en una historia convincente y, por tanto, en realidad.

Que tantos narradores talentosos estén trabajando a estas horas para darle oxígeno a una narrativa tan agotada como la del siglo XX –ella y su desolada épica guerrera– es algo que suele provocar reacciones muy duras.

6. Si las cosas fueran aunque solo sea remotamente como he intentado describir, es obvio que Europa tendría un papel fundamental en este momento histórico. Es cierto que nuestro continente es muy antiguo y, por lo tanto, está necesariamente sumido en la nostalgia. Pero también es cierto que somos el siglo XX, y por lo tanto nadie lo conoce como nosotros: donde el siglo XX fue tragedia y donde fue asombro, allí estuvimos, más que nadie. Sabemos exactamente dónde están las trampas, dónde están los errores y dónde está el truco. Solo necesitamos un mínimo de claridad para comprender cómo funciona el animal moribundo, y por eso, nada debería estar más lejos de nosotros que temerle: solo hay una cosa que deberíamos hacer, y seríamos capaces de hacer: acabar con él.

Quisiera ser claro: esto no significa rendirnos ciegamente a la civilización digital; significa usarla para escapar de nuestros errores para siempre.

Pero no es eso lo que estamos haciendo. Escuchar la palabra “rearme” filtrarse en las mentes más representativas del continente es una vergüenza, intelectualmente incomprensible. Verse obligado a escuchar el tono viril con el que prometen defender cada centímetro de nuestra querida tierra europea es inaceptable. Más bien, deberíamos decir, con una suavidad completamente diferente, que defenderemos cada centímetro de la civilización que imaginamos, y no lo haremos con armas, sino con la obtusa paciencia con la que los animales buscan el agua y los ríos el mar.

7. También está Trump, observa alguien. Y sobre todo, la América trumpiana. Es cierto. Pero ahí, para ser sincero, no entiendo mucho; me faltan los elementos. Creo que habría que vivir mucho tiempo en Estados Unidos, en estos años, para entenderlo. Desde lejos, solo percibo la urgencia de no confundir el trumpismo –como ciertos populismos europeos– con otro manotazo de animal moribundo. No es tan sencillo. Hay una encrucijada de corrientes difícil de analizar. Sin duda, hay una regresión instintiva a los patrones de pensamiento del siglo XX, tan rudimentarios como útiles en tiempos de confusión. El regreso al culto a los muros y las fronteras es un claro ejemplo. Pero esta regresión no ocurre en su forma pura, como lo habría hecho en el siglo XX, sino que viaja constantemente diluida en sustancias que parecen derivar de una cierta química típica de la nueva civilización: sospecha de las élites, individualismo de masas, incluso cierta inclinación a interpretar la realidad con los patrones formales del juego, desplazando el centro de gravedad de las cosas a una superficie vagamente lúdica y desconfiando de la profundidad como código para leer lo real. Por supuesto, el ensamblaje es difícil de digerir debido a su tendencia a virar hacia lo vulgar, lo arrogante, lo adolescente y lo simplemente imbécil. Pero las revoluciones, inevitablemente, producen contramovimientos espectaculares cuyo diseño no siempre se puede controlar. La Revolución Francesa de 1789, por ejemplo, una revolución que cambió la mitad del mundo, rebotó en una acrobacia túrgida cuyo kitsch está espléndidamente resumido en la pintura de Ingres de Napoleón como emperador. Vale la pena echarle un vistazo.

Diecisiete años pasaron entre la toma de la Bastilla y ese cuadro. Los mismos años que pasaron entre el lanzamiento del primer iPhone y la victoria de Trump en las elecciones presidenciales de 2024. (Sí, sé que la comparación le encantaría al viejo Donald. Disculpen. Pero la idea queda clara).

Si te gusta este texto, compártelo. Si de verdad te gusta, tradúcelo antes que la IA y compártelo. Gracias.

(Traducción: Guillermo Piro)

 

 

 

 

lunes, 23 de enero de 2023

Hoy sí, mañana quién sabe

 

Atrincherada en nuestro escritorio (de ella y mío), Tita Merello se recupera de su última enfermedad (tenía ya la fosa preparada).

 

 

sábado, 12 de febrero de 2022

Cuesta abajo

Por Daniel Link para Perfil

Más bajo no se puede caer, creo (pienso mientras reviso la cotización de mis cibercoins). No me refiero a las vacaciones pagas con séquito de la Sra. Pampita en Punta Cana, ni al dilema del FMI (al que de todos modos no vamos a pagarle) ni a las alabanzas más insensatas a los regímenes más homofóbicos del globo.

Me refiero a los al menos 23 muertos por la venta de cocaína adulterada con un opioide o un precursor, la mitad de los cuales ni siquiera llegaron al hospital. Casi todos ellos eran varones de entre 30 y 40 años, habitantes de esos barrios populares que antes se conocían como "villa miseria".

En Pulp Fiction Mia Wallace confunde, por golosa, un sobre de heroína con uno de cocaína y se inhala una generosa línea que la deja al borde de la muerte. La llevan a lo de Lance, donde Jody, la esposa del dealer, le administra una inyección de adrenalina (o algo así) que la salva por milagro. No es el caso de esta pobre gente, que fue llevada a la muerte por razones de salud pública y de seguridad ciudadana.

En este punto tuvo razón en su recomendación enfática el Sr. Berni, “descártenla”, y muy penoso el verdugueo del Sr. Fernández, como si su función fuera sólo decir “qué barbaridad” y pasar de página.

Más bajo no se puede caer... Que a una pobre gente le vendan veneno sin que lo sepa y que eso no haya sido previsto ni por los servicios de inteligencia (que aparentemente se encargan de espiar sólo a los políticos) ni por las fuerzas de seguridad y que, además, el tema no convoque a una marcha pública de repudio en contra de un Estado que de presente sólo tiene lo griego (“presente griego”) asquea un poco. Que Rosario (que alguna vez fue la Chicago argentina) acepte el espantoso título de la Sinaloa sudamericana (16,4 homicidios por cada 100.000 habitantes cuando el promedio nacional es de 5,3) pone los pelos de punta.

El Sr. Berni acertó nuevamente cuando dijo que el paradigma de combate al narcotráfico ha fracasado. ¿Entonces, qué?

Lloremos y respetemos a los asesinados por un sistema de seguridad pública que abandonó el control del narcomenudeo a las corruptas policías locales.

Lloremos y respetemos a los asesinados por un mercado sin control y sin límites.

Nos queda la esperanza de que alguna vez cese la criminalización de la producción y el consumo de sustancias recreativas y que la gente pueda aspirar (sí, aspirar) a no morirse de pobreza, de abandono, de mala educación.


sábado, 21 de marzo de 2020

Diario de la peste, día 3

(anterior)

Lo primero, cada mañana, es comprobar el estado de salud de les amigues que están lejos: Gabriel, Germán, Sylvia y Jack en NY, Natalia en California, Ale y Nathalie en Chicago, Ana, Graciela, Michèlle y Oria en Francia. En España: Flor y Sergio (y sus niñas catalanas), Manolo, Nuria... En Alemania: Silvia, Carolin, Rudi. En México y Brasil tanta gente... que la enumeración aburriría.
No todos los días, claro, porque la paciencia de nuestros corresponsales tiene un límite tan frágil como el de las madres. Me escribe una corresponsal extranjera:

"Yo no tengo paciencia para cocinar más que pollo y arroz. No puedo más con mis hijos.  
Es desesperante estar acá metidos los tres."

Como conozco bien a esa mujer, me imagino su cara desencajada y muero de risa. 
Más allá de las comprobaciones obvias, rescato un cierto avance de la pandemia. Algunos de los alemanes (los que se entregaban a las "corona party" o las miraban con envidia) dudaban de la existencia de la epidemia o de su peligro. Integraban el núcleo duro de los "negacionistas". Un poco para contradecirlos, les mandé el 16 de marzo este mensaje: "Despejada mi duda, el coronavirus existe y no es un invento del fascismo mundial (pero bien puede ser su arma): en Hamburgo, los padres de la amiga de adolescencia de la novia de una amiga mía de Berlín dieron positivo ayer". 
Ayer, ayer, ayer, esa palabra. Ayer sábado nos enteremos de que una vecina de Rosi, la asistente de mi mamá que ya no viene a acompañarla ni a hacer las tareas de la casa, dio positivo y la internaron junto con su hijo. En La Reja (a dos puentes de autopista de donde estamos) fue el caso del chabón que se fue a una fiesta el día después de haber llegado de viaje. De seis grados de separación pasamos a dos.
Reservo para mañana una reflexión sobre las políticas del cuidado de si para mañana, pero lo que es evidente es que el virus en circulación ha contagiado ya a mucha más gente de la que los datos oficiales dicen (habrá que multiplicar por diez, dicen algunos, esas cifras). Eso permite explicar la creciente clausura de todo y el ánimo militarizante del gobierno. Al mismo tiempo, nos obliga a considerar el hecho incontrastable de que no se están haciendo la cantidad de tests necesarios para evaluar seriamente el contagio. Las políticas son más bien conjeturales, porque no tenemos capacidad económica para encarar testeos masivos.
Hago una confesión: yo no me lavo las manos (en ningún sentido). No puedo hacerlo, porque tengo enyesada mi mano izquierda. Así que uso y abuso del alcohol en gel. ¿Cómo haré cuando tenga que ir al traumatólogo? Ya veremos...

(continúa)



jueves, 4 de octubre de 2012

Lo importante es saber quién manda, eso es todo

Hace un par de días vinieron a hacerme el molde de yeso para el corset de polipropileno que me acompañará (que me vestirá) durante las próximas semanas (o meses). Pedí encarecidamente que la parte exterior de mi armadura tuviera six-packs bien marcados y unos pectorales sobre los cuales poder dibujar luego unas areolas suculentas y que dieran envidia al mismísimo Batman (el de Szuchmacher).
Hoy, cuando vinieron a probarme el dispositivo inmovilizador de mi columna (se supone que no debo agacharme, ni rotar el torso, en fin: las cosas que uno más gusta hacer cuando anda por el mundo), para mi sorpresa, la parte exterior de mi coraza me volvía más parecido a Humpty Dumpty que al vengador enmascarado de Ciudad Gótica. "No se puede todo", dijo el técnico, despreciando mis reclamos.
Mis amigos diseñadores y artistas plásticos ya fueron avisados, a ver si, un día de éstos, pueden intervenir el horrendo dispositivo como para que tenga algún sentido la fiesta de disfraces con la que se pretende celebrar mi regreso al mundo.


martes, 2 de octubre de 2012

Oikonomía

Según Aristóteles, tres círculos concéntricos organizan el comportamiento: el comportamiento individual se rige por la ética; el de la vida familiar, se rige por oikonomia (cuyo valor supremo es el desinterés),  y el político, el gobierno de la polis, la ciudad autónoma, por la soberanía.
En los últimos casos los tres círculos han coincidido uno sobre otro en mi casa, transformada en sede de internación domiciliaria.
Además de la manada habitual (nosotros y nuestras gatas), acuden a nuestro hogar dos enfermeras por día: una muy temprano (hacia las siete de la mañana), la otra a primeras horas de la tarde (las 3) y últimas de la noche (las 23). La razón es monótona: deben administrarme por vía endovenosa los antibióticos necesarios para la recuperación de mi cuerpo (no para mí, sino para el bien, es decir: el amor). 
Las gatas han reaccionado con fidelidad de manada y no dejan de controlar el procedimiento sanitario, como si entendieran algo o como si, en su estupor felino, pensaran que sus lenguas constituirían mejor tratamiento reparador que cualquier otro. Fueron las primeras que supieron que yo estaba no sólamente adolorido, sino gravemente invadido por una bacteria "decimonónica".
La muerte de Eric Hobsbawm, hace unos días, me llevó a pensar en frases hechas del insigne historiador marxista que incorporamos a nuestro vocabulario. El "siglo XIX largo" vs. el "siglo XX corto", es un ejemplo que, inmediatamente, trasladé a mis padecimientos y otros males afines. Hay enfermedades largas y enfermedades cortas. Naturalmente, las enfermedades largas son las que requieren largos, larguísimos tratamientos: la osteomielitis, la tuberculosis, ésas y otras similares.
Pero volvamos a los círculos que organizan el comportamiento según variables diferenciales.
Mis enfermeras (provistas por la cobertura médica que tengo) son dominicanas: una es una dominicana enfática, a la que habríamos colocado más del lado del pete que del suero, y  la otra es una dominicana igualmente baja, menos pulposa, y que trabaja en un geriátrico. Es obvio que nos pusimos, prontamente, mientras el suero baja de su recipiente plástico a mi vena, a conversar sobre asuntos de trabajo, migraciones, economías regionales y delicias tales.
Las dos abandonaron su patria en momentos en que Argentina era un destino de moda (el momento "Cucurto"). Ahora, me dicen, las dominicanas eligen antes Chile que Argentina o España.  
La razón es sencilla, en lo que a nuestro país se refiere. Paloma (o Carmen, según el documento) ha dejado a su hijo de 13 años en la patria y tiene que mandarle remesas de dinero a la abuela que lo cuida. Antes, con la misma cantidad de dinero argentino ganado, podía girar doscientos dólares (lo que en la isla, parece, es una cifra respetable). Ahora, con el mismo dinero, apenas si alcanza los cien. Además, las autoridades migratorias argentinas exigen, desde hace poco, visa a los dominicanos (lo mismo empezó a suceder en Chile cuando la marea isleña cambió de destino migratorio).
En esto, su historia se parece a la de Marta, asistenta doméstica, que sufre desde hace meses la misma suerte: sus dos hijos, que quedaron en Lima, no pueden recibir las remesas por las cuales su madre trabaja aquí de sol a sol. Y tampoco puede traérselos con ella porque no hay manera de encontrar al padre para que firme los papeles correspondientes (éste es otro tema, pero merece ser mencionado como variable oikonómica).
Antes, Paloma podia aquí vivir (alquilar un cuarto en un hotel, comer), girar dólares a su familia (lo que constituye una parte nada desdeñable de las economías latinoamericanas) y ¡ahorrar!
La ética, la oikonomía y la política atraviesan mi hogar (que es como un péndulo que se mueve lentamente del siglo X)X al XXI) de parte a parte y, como anoche, me arroja a las playas de sueños inquietantes... Pero eso es otra historia.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Copy-paste

--> por Daniel Link para Perfil

Mi última columna sabatina en Perfil se llamó "Vandalismo" y su objetivo era censurar una cierta obstinación del poder regente en destruir lo que existe y no en construir lo inexistente.
Por desgracia, el cierre (anticipado) de la semana pasada me pescó armando el bolso, no para aprovechar el fin de semana largo, sino para someterme a una severísima terapia antibiótica contra una bacteria que me habita en contra de mi voluntad.
Entre una cosa y otra, terminé enviando al editor de estas páginas un borrador más bien deshilachado, sin conclusión alguna y con larguísimas citas textuales tomadas (sin aclaración) de otros diarios. De la penosa confusión de los archivos me di cuenta recién el sábado y no antes, pese a las advertencias de Guillermo Piro, a quien le respondí con lacónicos correos como de personaje de La montaña mágica.
Aclaro, pues: las autoridades tienen todo el derecho del mundo de despreciar la Feria del Libro en su forma actual y no tendría yo argumentos para defender ese círculo del infierno salvo una cierta expectativa favorable a la actual directora, Gabriela Adamo. Por lo demás, es verdad que la Rural es odiosa, los stands resultan carísimos para los editores de menores recursos, etc.
Pero la Feria del Libro, iniciativa privada, funciona con éxito desde hace décadas según sus criterios, y no parece la mejor idea el chantaje estatal para intervenirla ("o la mudan a Villa Martelli o suspendemos las compras de libros a través de la CONABIP"), sobre todo porque la mudanza, por si misma, no va a mejorar el evento y muy probablemente lo aniquile por la carestía de transporte público.
El Estado tiene el poder, el derecho y la obligación de imaginar instituciones de cultura y pedagogía adecuadas a su ideario (no importa que yo los comparta o no). No debería, en cambio, destruir lo ya existente so pretexto de llenar un vacío de políticas propias que no es sino el índice de una pobre y esquemática imaginación.
Pero, en fin, nada de esto quedó claro porque mandé un archivo equivocado: pido disculpas a los lectores pero, sobre todo, a los compañeros periodistas cuyas notas fueron copiadas sin aclaración alguna.

viernes, 28 de septiembre de 2012

La casa del ser

La internación y el arresto domiciliarios son como las astucias últimas del panoptismo, cuya eficacia está naturalmente relacionada con el costo social del servicio de separación y secuestro de los cuerpos.
Hagamos de la casa propia una sucursal de la cárcel y el hospital, donde el delincuente y el paciente serán tratados como en esas instituciones pero con costos sensiblemente inferiores al sostenimiento de un ejército sanitario y carcelario por parte del Estado y, sobre todo, comprometiendo al sujeto (al sujetado) en su propia sujeción.
Se dirá que se trata de regímenes más liberales (es decir: menos autoritarios) que los que regían en los grandes centros panópticos del XIX, y eso es cierto: en mi casa puedo regular a mi antojo el régimen de visitas, las comidas y los consumos recreativos (de tabaco, por ejemplo). Pero, al mismo tiempo, se trata de responsabilizar al anormal (el enfermo, el criminal) de su propia recuperación social, lo que da un poco de vértigo. Y el aplastamiento de la dimensión imaginaria del asunto (las fantasías carcelarias, las ensoñaciones hospitalarias, El expreso de medianoche, La montaña mágica) nos sume en el aburrimiento.
Mi régimen de internación domiciliaria supone la visita cada ocho horas de personal de enfermería que me administre el antibiótico que la aniquilación del Staphylococcus aureus que anida en mi tercera vértebra lumbar requiere. En cuanto a la analgesia y al reposo (imprescindibles en los casos de osteomielitis), todo corre por mi cuenta: yo lo administro y yo lo pago.
En su sermón 12, Maister Eckhart (1260-1328) señaló que "El hombre que se mantiene así en la Voluntad de Dios nada quiere de nada que no sea Dios y lo que es la voluntad de Dios. Si estuviera enfermo, no desearía la salud. Todo sufrimiento le es un gozo, toda multiplicidad es para él la Unidad, a condición de permanecer verdaderamente en la Voluntad de Dios. Le fueran adjudicados los tormentos mismos del infierno, tendría gozo y beatitud. Es libre, ha salido de si mismo; y debe estar desapegado de todo lo que le pueda tocar. Para que mi ojo pueda ver los colores, debe estar libre de todo color. Cuando veo un color azul o blanco, la visión de mi ojo que ve el color, es decir aquello que ve, es idéntico a lo que ven los ojos. El ojo en el que veo a Dios es el mismo ojo en el que Dios me ve. Mi ojo y el ojo de Dios son un solo y único ojo, una sóla y la misma visión, un sólo y el mismo conocimiento, un sólo y un mismo amor".
La herejía del Maestro fue retomada  siglos más tarde (tachando la parte más sadomasoquista o mística o capitalista del asunto: el sufrimiento como gozo, pagate tus analgésicos), por Angelus Silesius (1624-1677), de donde la citan Borges y Barthes. 
Traducida a la situación panóptica, la reversibilidad del ojo y la mirada hace del anormal su propio vigilante.
La casa (οἶκος) se transforma así en un diminuto campo de batalla donde los antibióticos luchan contra el invasor (las únicas enfermedades no imaginarias, como se sabe, son las que dependen de esa lógica de lo alienígena: virus y bacterias) y donde lo público (la sanidad pública) instala su lógica soberana devorando todo el espacio privado.
Dejo para mañana la crónica mariamorenesca de mis encuentros con la enfermería ambulatoria. Tengo, ahora, que encargar mi corset de polipropileno, que me transformará en una mezcla de Robocop y Carmen Miranda.
"Sacate fotos. Es ahora o nunca", me escribe Guillermo Piro. Tal vez consiga que la prensa pague por ellas.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Qué opio...

Muchos amigos me preguntaron: ¿qué onda la morfina? Vuelto a casa, en régimen de internación domiciliaria y con analgésicos ya no endovenosos sino orales, puedo decir, sin culpa (porque la ciencia me llevó a ese camino que yo no hubiera elegido por mí mismo): la extraño.
La morfina es, como todo el mundo sabe, un opioide controlado utilizado como anestésico y analgésico. Doy fe de sus excelencias en esas áreas. Al mismo tiempo induce a un cierto desapego de la conciencia respecto del cuerpo (ni mío ni de nadie), particularmente apto para los estados de ensoñación.
No tratándose de heroína, ni de puro opio, naturalmente, hay que esforzarse un poco en el control del flujo ensoñativo. O, más bien, en el marco o umbral de imágenes en relación con las cuales uno se dejará llevar (aunque el factor de arrastre de la morfina no sea muy elevado).
Una experta en estas lides, mi chamana hospitalaria, me escribió que "al principio cuesta y puede pasar como con esa máquina que inventó Cohen para un Once del futuro: fallar en sus promesas de jolgorio y la alucinación consistir en encarnar en un camionero que está ajustando algo bajo el mionca. Una vez fallé en mis destrezas y aparecí frente a un conmutador lleno de luces prendidas, incomprensible, además se sospechaba que no llevaba a charlas íntimas sino de una empresa plomo". 
En todo caso, mis ejercicios de morfinómano han quedado atrás y ahora debo contentarme con unas pocas gotas de Tramadol, del que no puedo abusar porque los médicos se negarán a renovar la receta antes de tiempo.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

El último curso, o de los acontecimientos

Los alumnos de Letras recordarán mi último curso, que incluía una reivindicación como instaurador de discursividad (o como logoteta) de Daniel Paul Schreber, ese triste retoño penúltimo de la dinastía de los Daniélidas que nos legó ese libro extraordinario, las Memorias de un enfermo nervioso.
Recordarán el pormenorizado análisis del árbol genealógico schreberiano y el desdén con el que tratamos al padre de Daniel Paul, ese sanitarista y ortopedista tan preocupado por la salud de la especie que su hijo no pudo sino decretar que ésta había muerto, que no había ya más hombres sobre la tierra y que por eso Dios lo había señalado con sus rayos para engendrar con él, luego de cogérselo bien cogido, una nueva especie.
Recordarán también que a mis últimas lecciones me presenté cojeando (Lábdaco, Layo, Edipo, otra dinastía), con apenas capacidad para apoyar el pie izquierdo (mi pie izquierdo). La transfiguración del punto de apoyo en síntoma sucedió de la noche a la mañana, y los médicos encargaron el abanico completo de los grafos (radiografías, ecografías), sin ver en ninguna de esas imágenes cuerpo extraño alguno. Lo más probable es que durante esa semana atroz de junio pasado haya llorado, y más de una vez, pero ya no me acuerdo. Me acuerdo de la vergüenza de poder moverme apenas, del dolor al pisar y de la última clase, cuando les dije a los chicos: "volveremos a vernos, o no, porque como verán, me estoy muriendo..."
En respuesta a su airada protesta, aclaré que hablaba en broma, sobre todo porque "yerba mala nunca muere" y me retiré cojeando, como el amado Federico.
En algún momento los traumatólogos (que no son taumaturgos, ni mucho menos) me enviaron a cirugía, destino que atiné a esquivar con ayuda de un "podologo UBA" que trabajó con la delicadeza del caso la planta de mi pie izquierdo hasta que consiguió drenar una considerable cantidad de pus (¡infección!), pero sin localizar, de nuevo, cuerpo extraño.
Lo demás, ya se sabe: Staphylococcus aureus, osteomielitis, internación y secuestro. 
Entre mis médicos hay dos partidos: los que creen que el episodio plantal fue la primera manifestación maléfica del staphylococcus, ya instalado en mi cuerpo, y los que creen que fue entonces cuando entró en mi torrente sanguíneo, dispuesto a anidar allí donde más daño pudiera infringirme: el corazón o la columna.
Pero en el medio, sucedió todavía algo extraordinario que nos retrotrae al discurso paranoico y los instauradores de discursividad. Mis persistentes dolores de cintura me habían llevado de un traumatólogo a otro, sin que ninguno consiguiera otra cosa que aligerar mi pena lumbar con diferentes dosis y marcas de analgésicos (algunas de ellas, prohibidas en países más civilizados que el nuestro).
Finalmente uno de ellos, especialista en columna, ordenó la punción (dolorosísima) que terminó descubriendo el bajtiniano polizonte de mi tercera vértebra lumbar. 
A ese médico lo había elegido yo, y lo había elegido por su nombre: Dr. Gottlieb. Y no por el significado de ese nombre que invoca el amor divino, sino porque Gottlieb había sido el nombre del padre del penúltimo trastornado de la dinastía de los Daniélidas.
El padre de Daniel Paul Schreber se llamaba Daniel Gottlieb Schreber. ¿Cómo iba yo a ignorar esa llamada, esa interpelación que me venía desde el fondo de mis cursos y que trazaría una línea de sombra en los acontecimientos de mi vida? 
Mi cuerpo no me pertenece: es apenas la cicatriz, el punto de juntura de dos dinastías, la de los Labdácidas y la de los Daniélidas.
 

martes, 25 de septiembre de 2012

Instituciones de secuestro

Desapropiado, pues, mi cuerpo (porque nunca fue mío, porque aquellos a quienes pertenece deben entregarlo como parte de pago de la larga hipoteca de la vida o como botín de guerra en las escaramuzas en las que se deciden las propiedades de lo vivo), y por lo tanto desidentificado (por no decir deshecho o, incluso, desecho), la carne ingresa en una lengua extranjera: comienza a llamarse de otro modo.
Basta prestar atención al vocabulario clínico para darse cuenta de que una barrera se ha franqueado. No el vocabulario propio de la ciencia médica (aunque, naturalmente, de eso se trate) sino el vocabulario de la institución hospitalaria, donde uno pierde el nombre o donde el nombre queda disimulado en un desbarajuste de números y posiciones de expectación ("el paciente", "el sujeto").
Porto, desde hace casi una semana, una pulsera de papel que dice mi nombre, mi número de documento, mi edad y mi género (el evidente o el autopercibido), la fecha y hora de ingreso a la institución y un código de barras. 
Si me perdiera en una morgue, ¿con eso alcanzaría para definir mi estatuto en el mundo de los vivos?
Contra todo lo que pudiera pensarse no detesto a los médicos (en todo caso, no detesto a todos los médicos por igual) y me conmueve el terror a la muerte que, en el fondo, les ha dictado una vocación por el cuidado (la cura) de lo que vive todavía. Si ellos (¡y ellas!) participan de una institución un poco sombría, la medicina, no son más responsables de sus desaguisados que los que a ella se entregan con algarabía, desposeyéndose de si.
Me detengo en una palabra que he escuchado varias veces y que he sido obligado a pronunciar en la última semana: "rescate". 
Estoy seguro de que para los médicos y enfermeras (se me perdonarán las elecciones genéricas, pero es para abreviar), "rescate" se asocia con liberación (del dolor). 
Pero "rescate" es también lo que se paga en casos de secuestro. El "libre de dolor", la ampolla de morfina, la bomba de analgésicos que porto por el mundo, es la moneda que la institución de secuestro hospitalaria me exige (amablemente) que use para reconocer su soberanía sobre lo que vive todavía.
"Pedí rescate", me dice mi médica preferida, y, cuando me pongo un poco sombrío (porque no veo el cielo, porque no me dejan caminar, porque los equipos de especialistas se pelean por el tratamiento o correctivo a aplicarme), "Ponele un poco de onda".
Es muy curioso: en el sanatorio está muy mal visto fumar un cigarrillo en el balcón; pedir morfina, en cambio, es algo que llena el piso de alegría.
Confieso que le pongo onda y pido rescate, y, mientras siga encerrado, seguiré pidiendo. Más tarde o más temprano, almorzaré desnudo.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Homo tantum

¿De quién es mi cuerpo? No mío, naturalmente, porque eso supondría adherir a una teoría del yo y de la propiedad (haberla desarrollado, previamente) completamente liberal, capitalista. 
No, mi cuerpo no es mío sino de aquellos a quienes amo (y de quienes supongo un amor recíproco, aún cuando me esté equivocando en esa suposición). 
Un poco por eso, cuando uno muere (mi vida no está en juego, pero la praemeditatio malorum nos obliga a considerar incluso esa circunstancia), su cuerpo (o los restos de él, pulvera) quedan bajo la responsablidad de los deudos: lleven mis cenizss a Córdoba (Andalucía), donde fui tan feliz, o a Córdoba (Argentina), donde empezó mi vida.
"Hay un momento que es simplemente el de una vida jugando con la muerte. La vida del individuo ha dado lugar a una vida impersonal y sin embargo singular que desencadena un puro acontecimiento liberado de los accidentes de la vida interior y exterior, es decir de la subjetividad y la objetividad de lo que sucede. Homo tantum al que todo el mundo compadece y que alcanza una especie de beatitud", escribía Deleuze en el artículo de la muerte.
Mi cuerpo es el efecto de esa compasión universal y de esa beatitud singular y por eso nos duele el abandono de nuestro cuerpo por parte de aquellos que amamos (La Celestina: "¿por qué te mostraste tan cruel? ¿Por qué me dejaste, cuando yo te había de dejar? ¿Por qué me dejaste penado? ¿Por qué me dejaste, triste y solo, in hac lachrimarum valle?")
Abandonado por el amor de quienes creíamos que poseían nuestro cuerpo, la carne se deshace, el sentido me abandona, me abismo y el puro acontecimiento de una vida se desdibuja. 
De allí la estremecedora eficacia de aquellos versos lamborghinianos:

Y no me abandones
Prematuramente
No te comportes
Como un ingrato
Recuérdame siempre
Yo soy tu proveedora de droga


Abandonado por quienes (porque los amo) son los dueños de mi cuerpo, mi cuerpo se vuelve mero territorio de experimentación, laboratorio, campo de batalla. 
Como no hay "yo" que pueda hacerse cargo de este cuerpo (no mío, sino tuyo), que lo hayas abandonado a su suerte (que no es sino la suerte de la ciencia médica) es como haberlo matado para siempre.

¿Por qué me dejaste, cuando yo te había de dejar?18 ¿Por qué me dejaste penado? ¿Por qué me dejaste, triste y solo, «in hac lachrimarum valle»?
¿Por qué te mostraste tan cruel con tu viejo padre? ¿Por qué me dejaste, cuando yo te había de dejar?18 ¿Por qué me dejaste penado? ¿Por qué me dejaste, triste y solo, «in hac lachrimarum valle»?
¿Por qué me dejaste, cuando yo te había de dejar?18 ¿Por qué me dejaste penado? ¿Por qué me dejaste, triste y solo, «in hac lachrimarum valle»?1

domingo, 23 de septiembre de 2012

La ciudad de las ratas

No soy bueno para las situaciones hospitalarias, ni como paciente ni como visitante, de modo que entiendo perfectamente la renuencia (que comparto) a visitar internos o internados. Supongo que, en mi caso, la situación se remonta hasta algún trauma de infancia que incluía esas instituciones de anatomopolítica. En todo caso, jamás recriminaría a alguien que no me haya visitado en tal o cual circunstancia porque, después de todo, lo que importa es el acompañamiento, como se dice, espiritual, que puede darse a la distancia (acabo de hablar con un amigo que está en Brasil y dos que están de viaje en Estambul y sus risas alcanzaron para alegrarme la tarde).
Sin embargo, y por lo mismo, no deja de sorprenderme y conmoverme la cantidad de visitas que he recibido en los úlltimos días, aquí, en mi domicilio provisorio en las inmediaciones de Facultad de Medicina. Por supuesto, agradezco las muestras de solidaridad y preocupación y vuelvo a repetir que "volveré, y seré millones".
Hay casos, eso sí, que merecen un análisis aparte. Ya se sabe que las situaciones críticas son ideales para la ruptura de vínculos que uno valoraba equivocadamente sólidos, y expondré un episodio doloroso de los últimos días que así lo demuestra. 
Los fines de semana largos (los feriados-puente que el amor kirchnerista nos regala) solemos pasarlos afuera, ya en la quinta que a esta altura de la primavera vuelve a ser un destino amable, o bien en otra parte, allí donde nunca estuvimos o donde ya estuvimos pero queremos volver.
No es raro que algún amigo quiera colarse en estas escapadas que nosotros, generosos como somos, siempre estamos dispuestos a compartir con terceros (cuartos o quintos). 
El miércoles pasado, cuando yo ya tenía la orden de internación firmada y sellada y sólo me quedaba "esperar cama" (hay aparentemente "saturación hospitalaria" y es difícil conseguir cama en cualquiera de los niveles sanitarios que se consideren), un "amigo" llamó para ver cómo estábamos. Yo no lo atendí porque mis prioridades estaban puestas en otras travesías diferentes de una gira turística de fin de semana largo. Insistió en el teléfono de S., que le informó con exactitud la situación penosa en la que yo estaba.
El "amigo" dijo que cuando tuviéramos alguna precisión le avisáramos y nunca más supimos de él. Olvidé el episodio, porque la rutina sanitaria me arrebató totalmente, hasta ayer. Siendo fin de semana (alargadísimo por el "día de la sanidad"), la cantidad de estudios de los que soy objeto mermó sensiblemente y pude ponerme a pensar en "las cosas de la vida". 
Recordé al "amigo" y le escribí un mensaje de texto tremebundo: "¿Así que llamaste para ver si te podías colar a algún lado el fin de semana y cuando viste que, por nuestra parte, no había chance, decidiste que no merecía yo ni un SMS? Por fortuna la morfina afinó mi percepción y me mostró la clase de RATA que sos". 
Lo extraño es que la RATA me contestó airada.... alegando que esperaba que le notificáramos el número de habitación y que, como el dato no llegó, entendió que preferíamos que así fuera. Y agregó: "estoy preocupado". 
Ya a esa altura tuve que pedir nuevas dosis de analgésicos porque la ira me dominaba a tal punto que mi espina dorsal, tan frágil estos días, amenazaba con quebrarse. Uno se preocupa por el derretimiento de los casquetes polares o por el precio de la tonelada de la soja. Ante un problema de salud de un amigo, uno levanta el teléfono, o escribe un mail, o lo que fuere, o muestra que es una persona extremadamente vil. Lamentablemente este "amigo" prefirió alojarse en la vileza que yo traduje mal como RATA.
 El Staphylococcus aureus no está en mi corazón, pero igual lo envenena. O mejor: los antibióticos limpiaron mi corazón de dorados falsos. Uno menos para tener en cuenta.

sábado, 22 de septiembre de 2012

El círculo de Bajtín

Mijail Bajtín nació el 17 de noviembre de 1895 en el seno de una familia aristócrata en decadencia, de ésas que hicieron las delicias del cine puesto por Andrés Di Tella bajo el rótulo de "lirismo breshneviano". Mijail estudió en Odesa y  San Petersburgo pero no es por sus estudios ni por sus escritos que me interesa recuperar su figura. 
Padeció, como yo mismo, pero en épocas previas a los antibióticos, una osteomelitis crónica que, además de intensos dolores, lo salvó de un confinamiento y fue la causa de que le amputaran una pierna. 
En enero de 1929, Mijaíl Bajtín fue acusado de “actividades antigubernamentales”, reunirse con un grupo de estudios filosófico-religiosos; conspirar contra Stalin y “corromper a la juventud”. Fue arrestado y condenado a diez años de prisión en un campo hiperbóreo. 
Cinco meses después, la osteomielitis crónica que le habían diagnosticado en la infancia seguía impidiendo el traslado. Gorki y Tolstói enviaron telegramas a las autoridades. Se apeló a la Cruz Roja. Durante esos meses de detención en el hospital, Bajtín publicó su primer gran libro, Problemas en la poética de Dostoievski, que deslumbró al comisario Lunacharsky, y que ayudó a la conmutación de la pena de diez años en las islas Solovetsky por seis en Kustanai, al sur de la Siberia Occidental.
En 1938, le amputaron la pierna afectada por la osteomelitis crónica lo que le produjo un mejoramiento de salud y una mayor capacidad de trabajo. En 1940 Bajtín volvió a Moscú y en 1941 leyó su tesis sobre Rabelais, que sigue siendo su libro más hermoso, pero que al Estado soviético, sin embargo,, no le pareció merecedor del título de doctor que el osteomielítico buscaba. 

viernes, 21 de septiembre de 2012

Volveré y seré millones

Querid@s amig@s:

Como algunos de ustedes saben, venía arrastrando desde hace semanas unos dolores lumbares entre tediosos y patéticos que me hicieron pensar en los años por venir en los peores términos.
Finalmente, los más modernos métodos de diagnóstico (no exentos de barbarie medieval: aguja, martillo) determinaron que lo que padezco es una infección en la tercera vértebra lumbar, donde el Staphylococcus aureus hizo nido.  

Osteomielitis se llama, pues, la enfermedad que padezco y que me obligará a faltar a varias fiestas. No es una enfermedad contagiosa, por cierto, y todavía no hemos establecido la secuencia más ajustada para explicar su desarrollo en mi cuerpo, pero cierta lesión en cierto pie ocupa un lugar preponderante en la historia médica.
El tratamiento es simple: dos semanas de antibióticos por vía endovenosa (lo que implica internación) y, luego, una brida, que viene a ser una versión mejorada (hecha a medida, y más ajustada) de la faja que ya me había ganado el mote de "Barbierísima"....
Por fortuna, un querido amigo ya ha sobervivido a todo esto y ya le he pedido disculpas por imitarlo en su peor faceta y no en la que más admiro, la calidad de su prosa.
En fin, todo sucede, entre nubes de morfina, en las inmediaciones de Facultad de Medicina.
Pido disculpas a quienes había prometido una presencia pedagógica o un articulo para fechas inminentes, y a quienes habían sospechado el abandono de estas páginas, pero los médicos no me dejan hacer nada (sobre todo, ni una sola de mis famosas piruetas sexuales).
Trataré de ponerme al día cuanto antes, y, mientras tanto, meditaré sobre la fragilidad de la vida.
Besos a todos


DL

sábado, 7 de agosto de 2010

Cazadores de bichos

por Daniel Link para Perfil

El pasado 23 de julio terminó en Viena la Conferencia Internacional sobre SIDA, donde se reunieron más de 20.000 especialistas y curiosos.
Julio Montaner, el presidente saliente de la International AIDS Society, que organizaba el encuentro, puntualizó algunos aspectos a esta altura del partido más que evidentes: los tratamientos antirretrovirales, además de ayudar a los pacientes portadores del virus, frenan la epidemia, reduciendo el riesgo de transmisión (cuando el virus alcanza el estado de indetectable en sangre) en un 90% o más.
La “Declaración de Viena” puso el acento, pues, en la necesidad de descriminalizar la homosexualidad y el abuso de drogas en los Estados que todavía utilizan leyes restrictivas en relación con esos grupos de alto riesgo, dado que “Los tratamientos no sólo salvan vidas”, dijo Montaner, “sino que contribuyen a desacelerar una epidemia que crece a razón de 2.7 millones de nuevos infectados por año”.
Conocemos la otra cara de la moneda: la toxicidad de los tratamientos suponen un lento pero sostenido deterioro de muchas de las funciones vitales.
Los griegos usaban la palabra Phármakon para designar tanto al remedio, a la cura y al antídoto como al veneno, la droga o la receta. Muchos años después, Jacques Derrida, que se entretuvo con las figuras del Pharmakeús (el mago, el encantador) y el Pharmakós (el chivo expiatorio), señaló que "El phármakon no es ni el remedio ni el veneno, ni el bien ni el mal, ni el adentro ni el afuera, ni la voz ni la escritura, el suplemento no es ni un más ni un menos, ni un afuera ni el complemento de un adentro, ni un accidente ni una ausencia".
Suplementarios, los tratamientos antirretrovirales se parecen hoy a esos antisépticos que, según los anuncios publicitarios, eliminan el 99.9% de los gérmenes.




Para algunos, la consecuencia es clara como el agua: aún sin usar condón, en contextos de medicalización masiva, infectarse de HIV es como ser víctima de un rayo o un piano en la cabeza. O, para ser más precisos (y tan ambiguos como los griegos), como ser alcanzado por una flecha envenenada con curare.

viernes, 12 de septiembre de 2008

Todos somos Orlan


Foto: Sebastián Freire

S. y yo estamos desarrollando un nuevo emprendimiento comercial. Fabricamos jaboncitos artesanales y personalizados con los excedentes de lipoaspiraciones, que pueden entregarse como souvenirs para las visitas. Todos tenemos derecho a ser Orlan.

domingo, 19 de agosto de 2007

Crisis

La comunicación con Bea terminó abruptamente como consecuencia de uno de los periódicos e inesperados cortes de luz que agobiaban a la ciudad desde los días posteriores a los primeros temporales de nieve, capricho climatológico que, después de dos semanas de continuidad, había perdido toda la gracia que tuvo en un principio para la población. Los primeros en notar las terribles consecuencias del gélido invierno que invadía Buenos Aires como una garra tenaz y desconocida hasta por los más memoriosos de sus habitantes fueron los muertos de frío, literalmente: decenas de víctimas de la hipotermia durante los primeros días (hasta que la cuenta dejó de llevarse públicamente), la mayoría de ellos entre los más desposeídos, personas acostumbradas a dormir a la intemperie en inviernos más benignos que no habían podido sobrevivir a la segunda noche de precipitaciones blancas y vientos helados que se arremolinaban en todas las esquinas y formaban espirales de nevisca y escarcha que iban a estrellarse contra los umbrales de los edificios donde solían acomodarse para mal dormir entre cartones y mantas raídas los pordioseros más olvidados por la sociedad, algunos de ellos niños.
Luego de las lamentaciones de rigor, las autoridades municipales comenzaron a alojar de noche a los sobrevivientes en donde se pudiera (incluso escuelas) para evitar que la gente encontrara cada mañana cadáveres congelados a la intemperie. El gobierno nacional también tuvo que diseñar planes de emergencia para paliar las deficiencias en la distribución de gas y electricidad en las zonas urbanas afectadas por la que era llamada "la aparente glaciación", a los ponchazos, sin ton ni son, como suelen resolverse las crisis habitualmente en países que no son dados a pensar que las cosas pueden ser de otro modo diferente a como han sido siempre (es decir, todos), planes de acuerdo con los cuales fue suspendida la venta de gas para alimento de la combustión de automotores, se exigió a los grandes centros de compras que ahorraran la mayor cantidad de electricidad posible, disminuyendo la iluminación superflua (es decir, publicitaria), se eliminaron de la agenda deportiva los espectáculos nocturnos y se racionalizó (eufemismo que usaron los medios de comunicación para designar al racionamiento) el consumo de fluidos en algunas áreas de la industria.
No fue bastante: cada tanto un apagón dejaba sin electricidad a vastas zonas de una ciudad ya herida por las consecuencias más evidentes de la nevazón y en varios barrios de Buenos Aires debieron formarse espontáneas cuadrillas coordinadas por las agrupaciones de Bomberos Voluntarios, tanto para despejar de nieve las calles que la municipalidad no podía limpiar, abocada como estaba a garantizar el tránsito por las grandes avenidas, como para vigilar y, de paso, tratar de impedir el proceso de descomposición de los ya de por sí débiles lazos sociales, porque a oscuras la ciudad parecía volverse más adecuada para la proliferación de la violencia urbana (o eso se decía para justificar la multiplicación de los controles).
La falta de suministro eléctrico afectó de inmediato las comunicaciones porque ya casi nadie tenía teléfonos regulares, de los que funcionan con la mínima carga que los cables telefónicos transportan, sino dispositivos inalámbricos que no sirven para nada sino conectados a la red eléctrica (paradoja que ahora muchos estaban tratando de resolver recurriendo a la compra compulsiva de viejos aparatos telefónicos allí donde los hubiera, los mercados de pulgas incluidos, donde los astutos negociantes habían puesto sus precios por las nubes), y por eso la gente que todavía se manejaba con telefonía inalámbrica veía sus conversaciones interrumpidas sin saber a ciencia cierta si podrían retomarla en algunos minutos, en horas o recién al día siguiente.

Después de una semana de un régimen semejante, todo el mundo se había declarado ya harto de la nieve pero también de los políticos que decían resolver aquello para lo cual, a todas luces, no tenían solución posible en el corto plazo, y es por eso que las pintorescas salidas en busca de la solidaridad o la misericordia de las deidades de la tierra comenzaron a ser frecuentes entre las poblaciones más castigadas por las tormentas níveas (la mitad del país, la parte próspera y, desde ya, la Patagonia, cuyo rigor climático, sin embargo, a nadie sorprendía demasiado porque había sido siempre un territorio inhóspito), pero también entre quienes formaban parte de la casta política, que no podían darse el lujo, en un año electoral, de que la desgracia se convirtiera en el horizonte habitual de los votantes.

“Hola, hola”, murmuró el agente inmobiliario cuando se cortó la comunicación telefónica que estaba manteniendo, con la esperanza inercial de que se tratara de un defecto del auricular o cosa semejante. Sólo décimas de segundo después se dio cuenta de su error cuando se descubrió en penumbras, sin la posibilidad de hablar por teléfono con nadie (su celular estaba descargado desde el día anterior), o de escribir un correo electrónico, o de sentarse a mirar televisión o de cocinarse algo para cenar ese día extraño en el que fue notificado de que su cuerpo comenzó a decirle cosas que lo inquietaron más allá de lo que él mismo hubiera imaginado, porque significaba su inclusión en una clase de personas, los preocupados por su propio cuerpo, respecto de la cual jamás soñó siquiera tener algo que ver.
La cuarta idea que atravesó como un relámpago la conciencia del agente inmobiliario, sin que pudiera siquiera considerársela producto de pensamiento alguno, fue que la crisis que su cuerpo se había atrevido a manifestar como protesta era consecuencia
o correlación de la catástrofe climática que a todos preocupaba.
Incapaz de sobrellevar la noche entera que tenía por delante entre las simultáneas tinieblas que dominaban su barrio y su conciencia, se decidió por salir a la calle, a ver si conseguía, por milagro, encontrar un taxi que lo llevara a casa de su amigo, socio y ex compañero de colegio Manuel Spitz, cuya fortuna (amasada primero gracias a una serie de extraordinarios sucesos en el mundo del teatro, donde las piezas dramáticas que había conseguido imaginar, todas ellas fundadas en los más lamentables aspectos de su vida patética, y consolidada luego de su retiro deliberadamente planificado de la escena a través de una empresa receptora de turismo gay en la Argentina) le permitía vivir en un lujoso edificio de la parte más nueva de la ciudad, Puerto Madero, donde si el suministro eléctrico hubiera sido interrumpido, de todos modos sus afortunados habitantes contarían con un generador propio que les permitía tanto preservar intacta la cadena de frío necesaria para la conservación de los alimentos y las medicinas que, ricos como eran, habían tenido la precaución de acopiar, como seguir las vicisitudes del programa Dancing on Ice, que los programadores de la televisión habían decidido poner en el aire como para adaptarse a los vientos de la historia y sacar ganancia incluso en las peores circunstancias.

(anterior)

jueves, 9 de agosto de 2007

Paranoia

"Serán los protocolos", había sugerido Bea en el teléfono. "¿Qué protocolos?", respondió susceptible el agente inmobiliario, quien, desde que se consideraba judío, se obligaba a rastrear y discutir en su propio discurso y en el de los otros toda insinuación de antisemitismo, y que asoció automáticamente la palabra pronunciada por su amiga al famoso libelo urdido por los servicios secretos del zarismo para desacreditar (con poca suerte, como la historia demostró) a sus enemigios bolcheviques, Los protocolos de los sabios de Sión, atribución que se demostró de inmediato falsa y abochornó un poco al agente inmobiliario, dispuesto siempre a sobreinterpretar las palabras de cualquier católico y en particular las de "La Hermanita", que no en vano había sido formada en vaya uno a saber qué ortodoxias jesuíticas.
"Los protocolos de interpretación de los marcadores no son los mismos en Estados Unidos y en Europa", aclaró Bea. "Creo que acá aplican los protocolos norteamericanos, que ponen el umbral de riesgo coronario mucho más cerca que los franceses, por ejemplo, quienes si usaran los protocolos yanquies tendrían que abstenerse de los lácteos a niveles que harían quebrar la industria continental de quesos".
La conversación, como resultaba habitual con la ex-monja, comenzaba a dispersarse por senderos de análisis socioeconómicos que al agente inmobiliario poco interesaban en este momento. Bea sostenía que había una guerra permanente "interior al capitalismo" (con un giro de discurso que nadie le aceptaba sin protesta), según la cual Europa y los Estados Unidos iban repartiéndose pedazos de mundo. Los norteamericanos habían cedido los servicios públicos a los españoles ("esa lacra", decía Bea), la cabeza de lanza europea en América Latina, a cambio de los protocolos médicos, que regulaban la opulentísima industria farmacéutica y la medicina industrial que con ella se asociaba, mucho menos interesada en la salud que en los rendimientos económicos. De eso, también, se hablaba en los congresos de medicina tailandeses, todo el mundo lo sabía.
Para volver a los asuntos que le interesaban primordialmente, el agente inmobiliario preguntó a la ex-monjita por su desorden alimentario. "Todo bien", contestó secamente. "Según los protocolos que usa mi médica, mi masa corporal está apenas un punto por debajo de lo óptimo". La hermanita no podía comer sino por la fuerza de la voluntad. Jamás tenía hambre, y si no estaba atenta a su dieta, corría el riesgo de desaparecer.
Bea prometió investigar los protocolos que se usaban en Argentina para determinar las anomalías en los marcadores de colesterol y recomendó a su amigo no que aceptara lo que para cualquier persona en su sano juicio habría resultado un consejo irreprochable (ejercicio aeróbico y dieta baja en aceites saturados y abundante en pescado) sino que le preguntara al productor turístico que no sólo trabajaba en asociación con el agente inmobiliario desde finales de la década del noventa del siglo pasado, sino que había sido también su compañero de colegio, lo que él pudiera saber gracias a su propia experiencia con los protocolos médicos relacionados con la presencia en el organismo humano del misterioso virus denominado HIV.
Así, lo tercero que el agente inmobiliario fue inducido a pensar fue que su cuerpo se había convertido repentinamente en escenario de una guerra económico-jurídica y que él era un rehén del imperialismo norteamericano.

(anterior)

sábado, 4 de agosto de 2007

El cuidado de sí

El invierno, parecía, había vuelto para reclamar lo suyo, pero con una violencia inesperada. Era como si después de muchos años en que su fuerza había ido declinando hasta el punto de convertirse en un vago recuerdo de infancia nimbado por los vapores primaverales y la prístina luz que había caracterizado sus apariciones en los últimos años, quisiera recuperar el tiempo perdido.
Los medios masivos de comunicación, que no iban a perder la ocasión de reciclar la sarta de tonterías que constituyen su razón de existencia, habían reemplazado instantáneamente las teorías sobre el recalentamiento global del planeta por predicciones sobre nuevas glaciaciones. El "período neoglacial" parecía tan real que nadie se atrevió a discutir sus fundamentos teóricos. Más tarde, el pánico iba a comenzar a instalarse en la conciencia desdichada de un pueblo acostumbrado a sufrir, pero primero fue la fiesta.
La primera nevada sobre Buenos Aires, a comienzos del invierno de 2007, sacó a todo el mundo de sus casas y todo fue una algarabía blanca y un poco incomprensible en las plazas y paseos públicos donde todo el mundo se dio cita para festejar la acumulación de copos de escarcha como si se tratara de la obtención de un primer puesto en un certamen deportivo. Hacía años, décadas, que el pueblo no encontraba razones para la celebración colectiva y la nieve, por su carácter extraordinario, parecía un regalo del cielo destinado principalmente a restituir la comunitaria alegría del ser. Los niños bailaban y construían torpes muñecos de nieve para los que ninguna tradición los había preparado, los adolescentes de ambos sexos se entregaban a una guerra florida que recordaba los carnavales de antaño: las bombas de agua de ayer habían sido reemplazadas por las más eficaces bolas de nieve, que no sumían a la víctima de una emboscada en el total aturdimiento acuático y le permitía contestar el ataque, prolongar la batalla, el juego, el cortejo.
Fue el día más fotografiado en toda la historia de la ciudad. Todas las cámaras digitales, teléfonos celulares y demás dispositivos electrónicos se pusieron al servicio del registro de lo que se pensaba iba a ser un acontecimiento excepcional y dichoso y no el comienzo de una cadena de desgracias de resolución incierta todavía un mes después, cuando el agente inmobiliario se enfrentó al malfuncionamiento de su propio cuerpo.
La fiesta de la nieve fue más intensa allí donde menos se esperaba su acumulación: en la pampa húmeda argentina, rica llanura que alguna vez se había considerado el granero del mundo y hoy servía principalmente para la fabricación de forraje para la alimentación de piaras en el primer mundo y para el funcionamiento de novísimos motores de combustión que utilizaban materiales no perecederos. ¿Cómo iba la gente a imaginar que pudiera nevar en la llanura? Horas y horas consumidas en el estudio de las leyes de la geografía eran contradichas en un instante por el capricho de Gea, la Madre Tierra, la Pachamama a la que pronto políticos desesperados irían a rendir tributo para salvar sus carreras del naufragio inminente que, no había que ser geólogo ni metereológo para poder sostener predicciones semejantes, se avecinaba para esa casta ruinosa.
Si los partidos políticos y las autoridades estatales se estaban volcando masivamente a formas de religiosidad popular no era sólo por cálculo electoralista. Las grandes religiones monoteístas de Occidente, urdidas todas a la vera de Mar Mediterráneo, carecían de respuestas para el capricho de una deidad considerada, en esas latitudes, siempre amable. Había que ir más atrás o bucear en los sistemas teológicos latinoamericanos, para encontrar un rencor de la naturaleza al cual convenía agradar para evitar la desgracia. La simultánea conversión al paganismo de la sociedad civil y de la esfera política fue comentada casi tanto como la nevazón, y no fue el agente inmobiliario insensible a las especulaciones de sobremesa.
El círculo de amistades del agente inmobiliario era una red homogénea de cincuentones tejida alrededor de un grupo original de compañeros de escuela secundaria (estrictamente contemporáneos), a los que con el tiempo ("¡más de treinta años, ya!") se habían ido agregando brotes secundarios. El ex-rabino, que tenía pocos más de cincuenta años (sin que pudiera saberse a ciencia cierta cuántos, porque la coquetería de las personas que habitan el mundo del espectáculo, lejos de ser una mitología, es una superstición, la superstición en la que se funda ese alucinado mundito), había sido introducido al grupo por Micky, uno de los compañeros de colegio del agente inmobiliario, que había incursionado en el bosque de la abogacía por su más glamoroso sendero: los derechos intelectuales y la representación de artistas (principalmente actrices y directores de cine).
Micky había concurrido en su carácter de asesor letrado a varios juicios que el ex-rabino había promovido contra productoras de cine y compañías de distribución de películas, en la defensa de derechos que no le importaban tanto por su carácter abstracto (la propiedad del arte lo tenía sin cuidado, como había repetido en cada una de las ocasiones que el Festival de Cannes o la Berlinale lo habían llamado al escenario para entregarle un premio), como por la posibilidad de seguir alimentando su vida dedicada a los placeres de la carne (todos ellos), abundantemente regados con champagne, el arte cinematográfico y la literatura, y, sobre todo, por la necesidad de financiamiento impuesto a su bolsillo por la compulsiva dedicación al juego de su madre, una viuda anciana que no se conformaba ya con los talladores del casino de Necochea (su predilecto), sino que exigía traslados periódicos a Punta del Este (en el mejor de los casos), a Montecarlo, a Baden Baden.

De la mano de su abogado, el extravagante ex-rabino había entablado amistad con los ex-compañeros de colegio de Micky, y sus excentricidades animaban algunas veladas pero permitían, sobre todo, excomulgar los vacíos de conversación que inevitablemente se producen entre personas que se conocen mucho y no tienen demasiado para decirse.
Lo mismo podía decirse de "La Hermanita", una amiga que Link, un profesor de literatura que constituía el vértice más opaco del rombo de camaradería del agente inmobiliario, había regalado al grupo años atrás, cuando ella estaba en el punto más alto de su brevérrima carrera política.
Bea había sido monja, y lo había sido sobre todo en un momento histórico en el que las monjas salían a defender derechos civiles y ciudadanos. Su juventud como religiosa estuvo consagrada al estudio de diversas disciplinas que poco y nada tenían que ver con el compromiso de servicio cristiano asumido ante Dios. Varias veces las autoridades eclesiásticas le habían llamado la atención por la extemporaneidad de su curricula de estudios ("Como a Sor Juana", había ironizado Bea la primera vez, la única, que contó su vida a quienes le ofrecían su amistad). En algún momento, Bea se cansó incluso de estudiar, hasta que un día ella y las que eran como ella empezaron a ocupar la primera plana de los diarios: en Catamarca, en Misiones, en Buenos Aires, en todas partes había una monjita que denunciaba atropellos y obligaba a urgentes intervenciones federales. Como Bea vivía y actuaba en Buenos Aires, se puso a la cabeza de ciertos movimientos de protesta que terminaron con la carrera del jefe de gobierno de la ciudad. Era "la monja que se volteó al alcalde", decían con doble sentido en todas partes después de los sucesos que la pusieron a la cabeza de una tropa imposible, integrada por jóvenes roqueros, madres de familia, travestis, transexuales, inmigrantes ilegales tratados como esclavos en fábricas clandestinas a cuyas máquinas habían permanecido encadenados hasta que la voz de Bea consiguió sensibilizar a la ciudadanía. Sí, Bea había sido la monja que volteó al alcalde, pero ahora había abandonado los hábitos (para la alegría de Roma, que pensaba que el asunto se le había ido de las manos) y se dedicaba principalmente a la política asistencialista.
Lo segundo que se le ocurrió al agente inmobiliario, la misma noche que hubo retornado a su casa con las deprimentes bolsas de ropa deportiva que se había visto obligado a comprar por recomendación del médico segundo de su médico de cabecera, fue que los análisis habían dado mal porque él no se había preparado bien para ellos en los días previos. En efecto, había sido introducido por la ex-monjita en el truco de limpiar su organismo durante las jornadas previas al examen médico periódico al que su edad lo obligaba. Cinco días antes de cada extracción de sangre, el agente inmobiliario se sometía a una dieta rigurosa de verduritas cocidas, suspendía los postres y las frituras, declinaba toda invitación a comer afuera, bebía sólo agua mineral y se abstenía incluso del comercio sexual, no porque pensara que pudiera alterar su metabolismo sino porque sabía que éste siempre venía (podía venir) acompañado de la ingesta de sustancias químicas sobre cuyos efectos secundarios sabía poco. Comía sanamente y aprovechaba esos días de autocontención para volver a su adolescencia: se masturbaba sin culpas, porque sabía que lo estaba haciendo por su bien.
El agente inmobiliario se puso a revisar esa semana fatídica de veinte días antes, para ver qué error había cometido. Estaba seguro de que no había tenido intercambios sexuales, podía jurar que no había probado alcohol, pero sobre la comida no conseguía establecer una secuencia clara. Sabía que no había ido a comer a tal lugar, con tales personas, porque todavía se lo reprochaban, pero no alcanzaba a recordar qué había comido en sus colaciones diarias. Los análisis habían dado mal, claro, porque él había quebrantado algún principio alimenticio. Esa noche, por teléfono, Bea lo persuadió de su error. Le habían extraído sangre al comienzo del invierno, cuando la nieve comenzaba a cubrir con su manto a la ciudad. Los días previos, las comidas principales las habían hecho juntos porque estaban reuniéndose a propósito de un proyecto en común y Bea, espartana en todos sus regímenes de comportamiento, le había impuesto las comidas frugales a las que ella estaba acostumbrada y que su amigo necesitaba para llegar en plena forma al momento en que se iniciaba el proceso de autoengaño del que él creía que, una vez más, iba a salir airoso.

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