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martes, 23 de diciembre de 2025

lunes, 13 de octubre de 2025

Gaza

por Alessandro Baricco para Substrack vía Perfil

1. Es difícil precisarlo ahora, pero hubo un día, reciente, en que Gaza dejó de ser el nombre de una tierra para convertirse en la definición de una frontera: la línea roja que muchos elegimos como frontera infranqueable. Desde ese día, luchar junto a Gaza dejó de ser una opción política que pudiera legitimarse o cuestionarse.

Se convirtió en un movimiento mental en el que una determinada humanidad tomó distancia de otra, afirmando su propia idea de la Historia y exigiendo la devolución del mundo a quienes se lo robaban.

Ya no importaba lo que uno pudiera pensar sobre el conflicto entre Hamas e Israel, ni los prejuicios que uno pudiera tener sobre los judíos o el terrorismo: todo se apagó como una vela en una casa en llamas, ya que Gaza se convirtió en mucho más que una situación geopolítica sobre la que tomar posición: hoy es el nombre de una determinada manera de estar en el mundo.

Los primeros en comprenderlo, me pareció, fueron los jóvenes, aquellos de entre 15 y 25 años. Era extraño verlos desplegar esas banderas palestinas, saliendo de repente de su letargo político. Es decir, era difícil hablar con estos chicos de Salvini, Meloni, incluso de Trump. No parecían interesados. El cambio climático y la identidad de género: esas eran las cosas que los apasionaban. De repente, un día, te los encuentras en la plaza, cuatro gatos locos, con esa bandera de una tierra lejana de la que, objetivamente, no sabían casi nada. Hoy, cuando cientos de miles de personas en todo el mundo salen a las calles con esa bandera, tenemos que admitir que esos chicos estaban un cuarto de hora por delante del resto: y ahora es muy importante entender cómo se anticiparon a los demás y qué salto conceptual dieron con una velocidad a la que nadie más fue capaz.

2. Hay una falla, y vivimos justo encima de ella. A un lado, la tierra emergente del siglo XX, con sus valores, sus principios y su trágica historia. Y al otro, un continente, a menudo sumergido, que se separa del siglo XX, impulsado por la revolución digital, motivado por el desprecio, por los horrores del pasado, y dirigido por una nueva inteligencia. Donde se produce la fractura, la tierra tiembla. El siglo XX no cede, y el nuevo continente continúa desgarrándose. No tengo grandes dudas sobre cómo terminará: el siglo XX irá a la deriva, continente casi deshabitado, destinado a ser estudiado en libros y museos.

Pero en estos últimos meses nos vimos obligados a recordar una verdad incómoda, que tal vez habíamos reprimido: no hay nada más peligroso que un animal moribundo.

Tras sus últimos estertores, el siglo XX comenzó a abandonar la resistencia serena que había defendido con firmeza y, presentiendo su fin, comenzó a asestar golpes violentos, volviéndose extremadamente agresivo. Lo hizo reviviendo uno de sus rasgos de identidad más fuertes: la creencia en que la guerra es una solución y el sufrimiento civil un precio aceptable para financiar el conflicto entre las élites. Tanto la agresión rusa contra Ucrania como la guerra entre Hamas e Israel tienen su origen en el siglo XX. Las ondas expansivas de fenómenos como el imperialismo y el colonialismo, que fueron sellos distintivos del pensamiento de los siglos XIX y XX, aún se pueden sentir. Los relatos que quedaron sin resolver tras la Segunda Guerra Mundial o la Guerra Fría son fácilmente reconocibles. Y el catálogo de productos con los que el siglo XX se vendió durante mucho tiempo queda al descubierto: el culto a las fronteras, la centralidad de las armas y los ejércitos, la religión del nacionalismo. Todo es un mismo paquete: el último aliento del animal moribundo. La larga ola de un desastre.

3. Ante todo esto, al principio fue difícil de entender. Parecían temblores sísmicos, como si el suelo se moviera. Era el momento en que tenía sentido tomar partido o trazar una línea entre el bien y el mal. Lo hicimos, cada uno según sus propias convicciones. Luego llegó Gaza.

Entonces, instintivamente, sentimos que, en realidad, solo había una línea, y era la que trazaba el acuífero sobre el que nos balanceábamos. Un mundo moribundo a un lado, un nuevo continente al otro. Parecía urgente decir de qué lado estábamos. Y Gaza nos ayudó a hacerlo, porque es una síntesis nítida y cristalina de una enorme grieta: es donde un terremoto entero tiembla solo una vez, en un solo lugar, en un solo momento.

4. Muchos, al tomar partido, se alinearon con el continente que se está desintegrando. Una vez más, quisiera aclarar un concepto que me parece valioso. Nada garantiza que la civilización que estamos construyendo sea, en última instancia, mejor que la que la precedió; pero podemos afirmar con cierta certeza que nació para desmantelar los esquemas que hicieron posible el desastre del siglo XX (dos guerras mundiales, los campos de exterminio, la bomba atómica, la Guerra Fría, la edad de oro del totalitarismo; quiero recordar). Se puede pensar lo que se quiera sobre la llamada revolución digital, pero sería insensato no admitir que, consciente o inconscientemente, derrumbó los búnkeres estructurales y culturales sobre los que el siglo XX había podido construir su propio desastre: a través de lo digital, elegimos un mundo inmensamente más fluido, más transparente, en el que muros y fronteras pierden su consistencia; aceptamos el riesgo de liberar toda la información y las opiniones poniéndolas en circulación casi sin precaución; aceleramos el tiempo, creando de hecho una mesa de juego en constante cambio, impidiendo que las ideas se anquilosaran o se convirtieran en mitos; dificultamos enormemente la creación de espacios protegidos donde la Historia pudeira suceder, al abrigo de miradas indiscretas; e hicimos más impenetrable el ejercicio del dominio por parte de cualquier élite. Ninguna de estas acciones está exenta del riesgo de tener consecuencias dramáticas: pero si las tomamos, es por una razón que nunca debemos perder de vista: nos parecía urgente intentar vivir de otra manera, para no morir igual que nuestros padres.

Y estaba claro que el meollo del asunto residía precisamente allí donde guerra, violencia y armas formaban un meollo primitivo del que queríamos borrar todas las huellas. Si existía una forma traumática pero definitiva de recordarnos todo esto, Gaza lo era. Nos recordó a muchos que ya vivimos en un mundo diferente –con nuestras mentes, con nuestros gestos cotidianos–, un mundo diferente donde Gaza no es posible. Es más: no estamos dispuestos a aceptar que el animal moribundo recupere el centro del tablero, nos traiga de vuelta y secuestre nuestras visiones. Más allá de la compasión instintiva y dolorosa que inspira Gaza, el verdadero insulto es sentirse despojado –violenta, arrogante y ferozmente– de algo demasiado preciado: el futuro que deseamos. ¿Quién podría entender esto mejor que los niños?

5. Entonces, en una protesta callejera, surgen todo tipo de motivaciones y resentimientos, está de más decirlo. Pero sigo convencido de que la esencia del apoyo a la causa de Gaza reside en una clara elección de bandos respecto a esta historia de dos civilizaciones opuestas, que en Gaza se enfrentan con la mayor evidencia. Soy consciente, además, de que este no es un apoyo mayoritario, por sorprendentemente masivo que sea. Pero entra en juego otro fenómeno que me sorprendió y que solo había vislumbrado parcialmente: la tremenda resistencia del siglo XX. Si intento explicarlo, me viene a la mente esto: hay una enorme porción del tejido económico, político, intelectual y social que supo jugar el juego del siglo XX, pero aún no es capaz de jugar el de la nueva civilización. Entonces se agazapa entre los pliegues del animal moribundo. Permítanme dar un ejemplo muy concreto: hay mucha gente que sabe cómo ganar dinero en el hábitat del siglo XX y que aún no sabe cómo hacerlo en la civilización digital. Un ejemplo fácil: los medios de comunicación. Me refiero a los grandes medios tradicionales del pasado. Los periódicos impresos, por ejemplo, otros animales moribundos (y lo digo con tristeza). La ligereza con la que a menudo avivan los vientos de guerra delata un instinto de refugiarse en los tonos e ideas que durante mucho tiempo les han asegurado cierta centralidad y, por lo tanto, sólidas ganancias. Comprensible, pero extremadamente peligroso. No menos transparente es la voluptuosidad con la que élites intelectuales enteras –para quienes la lucidez debería ser un deber– se dejan seducir e hipnotizar por el animal moribundo y lo vuelven a colocar en el centro del juego. No parece estar a su alcance articular visiones, ni siquiera análisis, aplicables al mapa del nuevo mundo: siguen creando partidas refinadas en un tablero de ajedrez que deberían ser los primeros en destruir. Lo hacen con una voluptuosa propensión a la autodestrucción. Es un fenómeno doloroso.

De hecho, los choques de civilizaciones se deciden en gran medida por la capacidad narrativa, es decir, por la eficacia con la que algunos logran convertir una masa nebulosa de hechos en una historia convincente y, por tanto, en realidad.

Que tantos narradores talentosos estén trabajando a estas horas para darle oxígeno a una narrativa tan agotada como la del siglo XX –ella y su desolada épica guerrera– es algo que suele provocar reacciones muy duras.

6. Si las cosas fueran aunque solo sea remotamente como he intentado describir, es obvio que Europa tendría un papel fundamental en este momento histórico. Es cierto que nuestro continente es muy antiguo y, por lo tanto, está necesariamente sumido en la nostalgia. Pero también es cierto que somos el siglo XX, y por lo tanto nadie lo conoce como nosotros: donde el siglo XX fue tragedia y donde fue asombro, allí estuvimos, más que nadie. Sabemos exactamente dónde están las trampas, dónde están los errores y dónde está el truco. Solo necesitamos un mínimo de claridad para comprender cómo funciona el animal moribundo, y por eso, nada debería estar más lejos de nosotros que temerle: solo hay una cosa que deberíamos hacer, y seríamos capaces de hacer: acabar con él.

Quisiera ser claro: esto no significa rendirnos ciegamente a la civilización digital; significa usarla para escapar de nuestros errores para siempre.

Pero no es eso lo que estamos haciendo. Escuchar la palabra “rearme” filtrarse en las mentes más representativas del continente es una vergüenza, intelectualmente incomprensible. Verse obligado a escuchar el tono viril con el que prometen defender cada centímetro de nuestra querida tierra europea es inaceptable. Más bien, deberíamos decir, con una suavidad completamente diferente, que defenderemos cada centímetro de la civilización que imaginamos, y no lo haremos con armas, sino con la obtusa paciencia con la que los animales buscan el agua y los ríos el mar.

7. También está Trump, observa alguien. Y sobre todo, la América trumpiana. Es cierto. Pero ahí, para ser sincero, no entiendo mucho; me faltan los elementos. Creo que habría que vivir mucho tiempo en Estados Unidos, en estos años, para entenderlo. Desde lejos, solo percibo la urgencia de no confundir el trumpismo –como ciertos populismos europeos– con otro manotazo de animal moribundo. No es tan sencillo. Hay una encrucijada de corrientes difícil de analizar. Sin duda, hay una regresión instintiva a los patrones de pensamiento del siglo XX, tan rudimentarios como útiles en tiempos de confusión. El regreso al culto a los muros y las fronteras es un claro ejemplo. Pero esta regresión no ocurre en su forma pura, como lo habría hecho en el siglo XX, sino que viaja constantemente diluida en sustancias que parecen derivar de una cierta química típica de la nueva civilización: sospecha de las élites, individualismo de masas, incluso cierta inclinación a interpretar la realidad con los patrones formales del juego, desplazando el centro de gravedad de las cosas a una superficie vagamente lúdica y desconfiando de la profundidad como código para leer lo real. Por supuesto, el ensamblaje es difícil de digerir debido a su tendencia a virar hacia lo vulgar, lo arrogante, lo adolescente y lo simplemente imbécil. Pero las revoluciones, inevitablemente, producen contramovimientos espectaculares cuyo diseño no siempre se puede controlar. La Revolución Francesa de 1789, por ejemplo, una revolución que cambió la mitad del mundo, rebotó en una acrobacia túrgida cuyo kitsch está espléndidamente resumido en la pintura de Ingres de Napoleón como emperador. Vale la pena echarle un vistazo.

Diecisiete años pasaron entre la toma de la Bastilla y ese cuadro. Los mismos años que pasaron entre el lanzamiento del primer iPhone y la victoria de Trump en las elecciones presidenciales de 2024. (Sí, sé que la comparación le encantaría al viejo Donald. Disculpen. Pero la idea queda clara).

Si te gusta este texto, compártelo. Si de verdad te gusta, tradúcelo antes que la IA y compártelo. Gracias.

(Traducción: Guillermo Piro)

 

 

 

 

sábado, 7 de septiembre de 2024

Santa Rosa

Por Daniel Link para Perfil

La tierra retumbaba con sonido hueco cada vez que los animales emprendían sus insensatas carreras. La seca la había cuarteado y las pocas briznas de hierba que habían resistido la falta de agua lucían desmayadas en la mortecina luz invernal de la mañana. Los días previos el viento había depositado remolinos de tierra sobre las superficies, como una capa de ceniza. Los pocos pájaros que habían quedado en los árboles apenas si cantaban y si lo hacían era para pedir agua, con la siringe como papel de lija.

La tierra no olía a nada, pero parecía dominar todo, hasta donde alcanzara la vista, allá donde las nubes de tormenta empezaban a competir con el aire sucio.

No era una amenaza sino una advertencia, porque dos horas después un telón de agua espesa cayó al suelo con estrépito de batalla. Y ya no paró más.

Primero fueron unas gotas gordas como copas de vino, que estallaban al tocar el suelo resquebrajado. Después la lluvia se transformó en un ruido monótono y continuo, sólo escandido por los truenos, que parecían devolverle a los animales los golpes que le habían dado a la tierra.

Los dejamos entrar a la casa, y embarraron todo.

Durante dos días la tierra chupó cuanto quiso y después se empezaron a formar lagunitas, porque le era imposible filtrar semejante cantidad de agua. Además, entre el viento y el agua arrancaron de los árboles las ramas muertas, los frutos remanentes del verano previo, nidos. El paisaje era de catástrofe climática: a la inundación se sumaba la basura de lo que todavía estaba vivo.

La tierra había desaparecido debajo del agua. En las partes más altas y en los hormigueros, se había formado un barro de consistencia lechosa.

Al tercer día, la tormenta cesó y salimos a controlar los daños, bastante módicos. Quien más había sufrido era el invierno, que no podía sino retroceder amedrentado.

Las Spiraea Cantoniensis, también conocidas como Corona de novia por el blancor almidonado que las caracteriza, habían empezado a dar sus primeras flores. Las glicinas reventaron todas en la misma mañana y vinieron las abejas a sorber su polen. Las hormigas empezaron a cavar su tunelandia y los pájaros volvieron a cantar con alegría. Santa Rosa había puesto fin al sufrimiento.



domingo, 7 de julio de 2024

sábado, 27 de agosto de 2022

El reino perdido

por Daniel Link para Perfil

El humanismo (clásico o burgués) bien podría entenderse como una ficción epistolar: el ámbito definido por amigos que se escriben cartas. Incluso los libros podrían entenderse como una correspondencia lanzada al vacío: no te conozco todavía, pero he aquí lo que pienso.

Los estados modernos se definieron por el alcance de sus servicios postales (había Estado hasta donde podía llegar una notificación oficial: para la guerra, el pago de impuestos o la convocatoria ante la Ley).

En el caso de esas figuras fantasmáticas que llamamos “autor”, las cartas que escribieron nos son preciosas. La famosísima y muy mal comprendida “Carta alemana” de Samuel Beckett es una piedra de toque de su poética, organizada alrededor de la noción de “palabras inapropiadas” que allí se lee.

Hay cartas de amor, cartas de suicidas, cartas desde la trinchera, cartas públicas (Émile Zola, Rodolfo Walsh) cuya trascendencia política no disminuye con el tiempo.

Hay también cartas intelectuales, un género que parece haber desaparecido de nuestro horizonte, dominado por la necesaria banalidad de los intercambios conversacionales, la inmediatez del correo electrónico y la chatura argumentativa que arrastra a la justicia, a los medios de comunicación, a la política a niveles de brutalismo ya casi intolerables (lo estamos viendo en estos días).

Para los círculos filosóficos entre los antiguos romanos, escribir cartas implicaba, al mismo tiempo, ordenar las propias ideas y adoptar una forma de vida propia, una ética, una perspectiva para ver el mundo y actuar en él. Las correspondencias intelectuales modelaron, cuando existían, la posibilidad y la necesidad del rigor para decir, proponer, objetar, hacer.

Como todo eso parecía haberse perdido, hay que saludar el libro Las posesas, firmado por Albertina Carri y Esther Díaz y distribuido en estos días por Caja Negra, como un verdadero acontecimiento: recupera para nosotras, lectoras ávidas de una humanidad críticamente renovada, la posibilidad de acceder al registro de dos testigas de un presente que (como ellas) no terminamos de entender del todo.

El ejercicio que dio origen al libro constituye la primera parte: convocadas por Liliana Viola, Albertina y Esther debían escribirse diariamente correos sobre la memoria, para realizar luego una performance en el CCK en marzo de 2020. Como la pandemia se llevó todos los proyectos por delante, ese objetivo quedó reducido a su mínima expresión (un podcast, líbrennos la musas de tener que escucharlo) pero las corresponsales decidieron seguir escribiéndose, esta vez cada quince días. Es la segunda parte del libro, cuyo tema habrían de ser las pérdidas pero que bien pronto, gracias a la agudeza de Esther, se complica con las perdidas: ellas, perdidas en el tiempo que les tocó vivir, no dejan de interrogarlo y de buscar en los libros viejos y en las recopilaciones de cartas las claves para poder hacerlo.

Que se trata de un género olvidado se nota en los titubeos de la primera parte, donde nada termina de cuajar y las corresponsales (que no se conocían personalmente antes del encargo) tratan, sobre todo, de agradarse. De paso, un libro como Las posesas es sobre todo un desafío para el editor, porque al pasar del circuito de lo privado al de lo público, la correspondencia adquiere un doble destinatario y esa duplicidad debe ser conservada a toda costa, para que no incomode a la lectura. Muchas de las decisiones de Caja Negra son, en este punto, objetables. Por ejemplo: es casi imposible creer que Esther le diga a Albertina: “lo que dice Buñuel en Mi último suspiro, que es su autobiografía”. Esa cláusula aclaratoria denigra a la corresponsal que recibe la carta pero también al lector que, si está dispuesto a leer la correspondencia de dos nombres mayores del pensamiento argentino (en la filosofía, en el cine y la literatura) no ignora el nombre del siniestro "amigo" de García Lorca, ni sus obras.

Más allá de esos titubeos y esos deslices de edición (después de todo, son cosas que se aprenden) los intercambios que incluye Las posesas incluyen apuestas de pensamiento de gran aliento y, sobre todo en la segunda parte, una voluntad para ponerse en juego que sobrepasa con creces al simple comentario de las circunstancias. El libro no es una “obra” sino la condición de posibilidad de toda obra: asumir el riesgo de pensar.

 

martes, 12 de julio de 2022

"Calla, calla, princesa" -dice el hada madrina-

 

Transmisión en vivo por el canal de Youtube del Programa de Estudios Latinoamericanos (PEL - UNAJ)

 


jueves, 24 de marzo de 2022

Yolleo

La vidala (la ira de ls hombrs) y el canto gregoriano (la ira de Dios) en una plegaria sin respuesta.

sábado, 15 de enero de 2022

El mal de la banalidad

Por Daniel Link para Perfil

Yo también titubee, como Rafael Spregelburd, ante Don't Look Up, el suceso del verano meridional. En mi caso las razones para verla o no eran puramente éticas. Sucede que tengo dos reglas de conducta contradictorias. Según una, estoy condenado a no poder ver ninguna película en la que actúe Leonardo diCaprio. Según la otra, me obligo a ver toda cinta en la que el nombre de Cate Blanchett aparezca. ¿Qué hacer ante esta película que aúna ambos nombres al frente de un casting rutilante? Ya una vez me había enfrentado ante el mismo dilema con El aviador, donde ambos actuaban y en la que se sumaba otra regla que me obliga a nunca ver películas dirigidas por Martin Scorsese.

Entonces, opté por una salida tangencial (una vez que emitían la película en algún canal de cable, pedí que me avisaran cuando aparecía Katherine Hepburn, desempeñada por mi amiga Cate), un poco tramposa lo sé, pero que esta vez ni siquiera habría de servirme porque sabía que los personajes desempeñados por esas estrellas regladas aparecían juntas en casi todas las escenas.

Como creía estar saliendo de una etapa más bien negra de mi vida, decidí apostar al amor y promover al primer plano la regla positiva. Puse play y vi la película, lo que me permitió refrendar la infinita sabiduría de la regla prohibitiva que involucra al Sr. diCaprio: Don't Look Up es mayormente intolerable, a pesar de los manierismos actorales de Cate.

Como Rafael, también me dejé dominar por la tristeza de que el “mensaje” del film sucumbiera tan rápidamente a los mismos idiotismos que pretende condenar. Vivimos en un mundo imbécil y cínico que pretende hacer oidos sordos a las señales de alarma que nos vienen del cielo y del infierno.

Más cerca de Esopo que de El 18 Brumario de Luis Bonaparte, la película no quiere que saltemos o bailemos aquí y ahora, cuando el mundo está en peligro. Apenas que digamos: “Qué barbaridad, suerte que esto es ficción”.

 

martes, 24 de agosto de 2021

Revolución y reformismo

Por Daniel Link para Perfil

Alguna vez Quique Fogwill, a quien tanto extrañamos, se maravilló cuando le dije que estábamos haciendo nuestra tercera casa. “Hacer” es una exageración para denominar los procesos de reforma que afectaron al departamento capitalino que es nuestro domicilio principal, al departamento secundario que ahora funciona como estudio fotográfico y la media casa quinta de cuyo uso nos beneficiamos. “Yo destruí la misma cantidad de casas”, me dijo entonces Fogwill y en su tono no leí ni culpa ni arrepentimiento pero sí un poco de melancolía, como si ya no fuera capaz de excesos tales.

“Destruir” y “construir” pueden considerarse polos de una misma dialéctica. Marx escribió en 1853 en su casa londinense queInglaterra tiene que cumplir en la India una doble misión destructora por un lado y regeneradora por otro. Tiene que destruir la vieja sociedad asiática y sentar las bases materiales de la sociedad occidental en Asia”.

No es nuestro punto de vista que, en eso, abominamos del modernismo. Nos gusta hacer con lo que hay: cambiar la función de un cuarto, rehabilitar un baño, transformar un placard en un escritorio (los míos están a menudo en antiguos placares y siempre en “cuartos de servicio”).

Ahora hemos emprendido un nuevo proceso de reforma en un departamento marplatense que no es nuestro pero cuyo estatuto jurídico es tan complejo que su presunta dueña nos dejó hacer lo que quisiéramos con él.

La primera vez que lo visité quise pegarme un tiro en el paladar: estaba destruido (tal vez por eso pensé en Fogwill). Vendimos algunos muebles y refuncionalizamos otros (la cómoda del dormitorio es ahora el “centro de entretenimientos” de la sala, esas cosas). Hicimos una mesada de venecitas sobre la ruina que había en la cocina.

Reservamos para el final el cuarto de servicio, donde estará mi estudio marplatense. Ahí no hay placares, pero ya imagino cómo me las ingeniaré para que quepa mi escritorio y, por si acaso, un catre para las visitas.

Lo que era lavadero se trasformará en mi salita de lectura y después convertiremos el balcón (con una vista horrible a los más feos edificios del centro marplatense) en una terracita donde uno pueda sentarse a ver el mar, allá a lo lejos, trago en mano.

Para que esos proyectos funcionen hay que amar lo existente. Y sí, amamos Mar del Plata, amamos Constitución y General Rodríguez como Marx fue incapaz de amar (iba a poner la India, pero creo que no hace falta).

 

lunes, 27 de junio de 2016

Canción urgente para Nicaragua


DENUNCIA PÚBLICA:

DETENCIONES ARBITRARIAS,  INTIMIDACIÓN POLICIAL Y FALSAS ACUSACIONES
26 de junio de 2016

El Consejo Nacional en Defensa de Nuestra Tierra, Lago y Soberanía, junto a las comunidades campesinas que se han movilizado para exigir la derogación de la ley canalera, hacemos saber al pueblo de Nicaragua y a la comunidad internacional lo siguiente:

El día sábado 25 de junio de 2016, miembros de nuestro movimiento campesino y seis jóvenes integrantes de la “Caravana Mesoamericana por el Buen Vivir” fueron acosados, intimidados, agredidos y detenidos arbitrariamente por oficiales de la Policía Nacional de Nicaragua, mientras se encontraban en La Fonseca, municipio de Nueva Guinea, en un taller sobre tecnología alternativa para la creación de hornos eficientes que utilizan poca leña.
Desde tempranas horas de la mañana de ese día, una patrulla de la policía requisó abusivamente la casa de Pedro Mena, líder campesino de nuestro movimiento en La Fonseca, en donde se encontraban alojados los 6 jóvenes extranjeros integrantes de la Caravana cuyos nombres son: Daniel Espinosa Giménez Cacho (25 años, España); Salvador Tenorio Pérez (25 años, México); Emmanuel de la Luz Ruiz (25 años, México); Byron Reyes Ortiz (28 años, Costa Rica); Ana Laura Rodríguez (27 años, Argentina); y Eugenio Paccelli Chavez Macedo (25 años, México). Sin explicación alguna fueron interrogados, pese a que se le aclaró a la Policía que los jóvenes se encontraban como voluntarios para enseñarle a la comunidad herramientas ecológicas.
Posteriormente, a las once de la mañana al joven nicaragüense Alexander Marenco (25 años) le ocurrió un accidente mientras intentaba construir un horno envolvente para ahorrar leña, por lo que resultó con quemaduras leves en su pecho y brazo. El joven ha reiterado a los medios de comunicación que fue un accidente ocasionado por el mismo, al prender fuego en un viejo barril que lamentablemente tenía residuos de gasolina.
La Policía utilizando este accidente como excusa, llegó nuevamente al lugar con 15 oficiales, y se llevó detenidos a los 6 jóvenes de la Caravana y a 4 líderes de nuestro movimiento campesino: Francisca Ramírez Torres, Coordinadora Nacional del Movimiento, Migdonio López Chamorro, Pedro Mena y Heyder García Miranda. Fueron trasladados a la estación de Nueva Guinea, la que se encontraba resguardada por más de 50 antimotines. Al final de la tarde, luego de una intensa jornada en la que exigimos la liberación de los detenidos, fueron puestos en libertad los 4 miembros de nuestro movimiento, sin embargo, los jóvenes de la caravana siguen detenidos, sin permitírseles ningún tipo de asistencia legal, y se desconoce su paradero.
Nos preocupa seriamente que en precipitadas declaraciones de Daniel Ortega, Presidente del país, y en Nota de Prensa Oficial de la Policía Nacional (No.13/2016) se pretende vincular a los jóvenes ambientalistas y a nuestra organización con una supuesta “manipulación de sustancias explosivas y exposición de personas al peligro”, lo que es completamente falso.  O la Policía engaña al Presidente, o ambos han decidido escalar sus agresiones y acciones represivas en contra de las acciones pacíficas del movimiento campesino. Rechazamos categóricamente estas falsas acusaciones.
Nuestro movimiento hace saber que en base al derecho constitucional de libre reunión y organización, tenemos contactos con organizaciones en todas partes del mundo y en particular con quienes compartimos ideales y objetivos como la lucha por el derecho a la tierra, al agua, al aire limpio, la defensa del ambiente, y la búsqueda de alternativas para la preservación de la naturaleza. En tal sentido recibimos con alegría la visita de esta Caravana Mesoamericana por el Buen Vivir, jóvenes voluntarios de distintas nacionalidades quienes vinieron a darnos talleres y transmitirnos técnicas para la construcción de hornos ecológicos. Hemos estado en comunicación con sus familiares quienes están sufriendo angustiados por la detención ilegal de sus hijos.
Nuestro movimiento es una organización cívica que lucha y seguirá luchando por las vías legales y pacíficas, por la defensa de nuestra Tierra, Lago y Soberanía amenazados por la Ley 840. 
Advertimos a la comunidad internacional que inventar estas mentiras es otra forma de amenazarnos,  es un intento de acusarnos judicialmente y criminalizar la lucha de nuestro movimiento social, lo que se convierte en otra nueva agresión contra nuestro legítimo derecho a expresarnos contra la concesión canalera que amenaza la  forma  de vida de nuestras familias.
Las constantes agresiones que han sufrido periodistas, investigadores nacionales e internacionales,  defensores y defensoras de derechos humanos que nos acompañan, y de todos aquellos que hacen presencia en nuestro territorio parece indicar que han convertido de hecho a nuestras comunidades en territorios de excepción. Nuestras comunidades se encuentran como en estado de sitio en donde el gobierno ha suspendido nuestros derechos como ciudadanos nicaragüenses y los de ciudadanos extranjeros también. Esto es terrorismo de Estado.
Llamamos a las autoridades a dejar libres de inmediato a los internacionalistas presos, a entregarles sus bienes, entre ellos la buseta en que se movilizaban, y  exigimos que suspendan sus acciones de intimidación contra nuestro movimiento.

Francisca Ramírez, Coordinadora
Medardo Mairena, Vice-Coordinador


miércoles, 5 de noviembre de 2014

Una ópera es una ópera es una ópera

La flauta mágica de Mozart y Elektra de Strauss son óperas, por diferentes motivos, difíciles de montar. La calidad musical de ambas es indiscutible, por cierto, y ambas constituyen éxitos seguros en los repertorios operísticos del mundo. Pero, en el caso de Mozart, la ópera tiene un hilo dramático tal leve, y la mescolanza (deliberada) de géneros musicales que se suceden a un ritmo vertiginoso en escenarios diferentes obliga a los puestistas a imaginar soluciones que pongan los caprichos mozartianos en un plano de inteligibilidad. En el caso de Elektra, la intensidad del libretto y de la música son tales que exigen una cualidad escénica que muy pocos cantantes pueden desempeñar.
Además, no habría que decirlo, en un caso y en otro hace falta una buena dramaturgia para entender qué de esos textos y esas partituras todavía nos alcanza (es decir: qué está todavía vivo en ellos).
Había visto La flauta mágica en Berlín hace mil años y volví a verla en el MET, hace unas semanas. Había visto Elektra de Strauss en el Colón hace 20 años (con una genial Leonie Rysanek como Klytämnestra) y volví a verla ayer. Me entretengo, pues, en un ejercicio comparativo de Gesamtkunstwerk, siguiendo los pasos de Diego Carballar (él vio las mismas óperas, en los dos casos, días antes que yo).

1. Los teatros: el MET es, como bien señala Diego, "el galpón más exquisito del mundo". El Colón es, como sabemos, una de las salas más hermosas del mundo. Tan grande es el MET que, a partir de ciertas ubicaciones, el sonido llega mal, amortiguado, y si uno ha tenido la desgracia de quedar sentado bajo el saledizo de las plateas altas, directamente no escucha nada. En el Colón, dicen los que saben, hay apenas unos extraños conos de silencio a donde la música no llega como es debido, pero atribuyen eso a razones más bien mágicas que a otra cosa y, de todos modos, nunca me pasó que no se oyera bien, desde cualquier lugar en el que estuviera. Las producciones del MET son siempre muy grandilocuentes y abundan en artillería lumínica, vestuarios costosísismo, escenografías deslumbrantes, el "qué más querésismo" que las grandes masas tanto aprecian. En el Colón todo es mucho más pobre (aunque los departamentos técnicos sean de primera línea, como se vio en la puesta de Elektra), sobre todo desde que se ha vuelto prácticamente imposible importar puestas. Las entradas, curiosamente, son más baratas en el MET que en el Colón (considerando ubicaciones parecidas, el Colón es sensiblemente más caro), asunto sobre el que ya había reflexionado. Por supuesto, siempre preferiremos ir al Colón antes que al MET (porque nuestro teatro tiene más lugar para las piernas y no hay que levantarse para dejar pasar a los que llegan tarde y, sobre todo, porque el público es mejor: sabe más sobre lo que sucede en el escenario y se compromete hasta el delirio), pero, en mi última visita, el Colón estaba atravesado por una media sombra (¡por favor! La mujer sin sombra, Cromañón) porque parte de la mampostería (a la altura del foso de la orquesta) se había caído. Así que en términos de "teatralidad burguesa", esta vez, el MET se lleva un 7 (más que eso nunca merecería) y el Colón (que es una sala de 10), otro 7.

2. La música: Diego Carballar me viene insistiendo desde hace meses con el latiguillo de que "la orquesta del Colón está muy bien". Y tiene razón: anoche brilló con un brío que hacía mucho no escuchaba. La dirección orquestal de Paternostro fue magnífica y fue conmovedor la apertura con la protesta de los músicos ("Sí a salarios dignos"). En vez de retribuirnos con una pasada "digna" de una partitura difícilísma, nos dieron todo lo que pudieron y más. En el MET la orquesta no fue mala, pero tampoco memorable: dieron un Mozart elegante y vacuo (como corresponde). En cuanto a los cantantes el asunto no es tan claro: en La flauta mágica hay por lo menos un aria memorable que exige de una cantante prodigiosa ("Der Hölle Rache kocht in meinem Herzen"): el día que yo la vi, la Reina de la Noche la cantó con nerviosismo y titubeos. El resto de los cantantes cumplieron sobradamente bien sus papeles vocales y particularmente majestuosa fue la voz que René Pape le prestó a Sarastro. Elektra es un tour de force casi imposible que requiere de tres mujeres que no sólo sostengan el canto sino que impongan el volúmen de su voz a una masa musical enloquecida. Yo, que tenía en mi recuerdo una de las Klytämnestras más memorables de todos los tiempos, tuve ahora que soportar a una que... desafinaba (desafinó por lo menos una vez, después dejé de oírla). La Elektra de Linda Watson cantó correctamente su papel, pero la que se llevó la ovación de la sala fue, esta vez, Manuela Uhl, que hizo una Chrysothemis inolvidable. En suma, musicalmente, el MET se lleva un 7 y el Colón un 8.

3. La puesta: Una ópera es una ópera es una ópera. No es un recital de canto, no es un concierto. Además de cantar, los cantantes tienen que actuar. Además de desempeñar un rol vocal, tienen que desempeñar las acciones que el texto les marca. Lo del Colón fue, en este sentido, penoso: es difícil concentrarse en una cantante muy entrada en carnes  que le dice a su hermano "estoy en piel y huesos", que le pregunta "por qué me mirás con esa cara de cólera" cuando el otro está dándole la espalda, y que cuando Egisto le dice "alumbrame con la antorcha", está en la otra punta del escenario, sin antorcha y sin saber qué hacer con su cuerpo, tan concentrada en cantar que se olvidó de que estaba en un escenario. Otra que no sabía qué hacer con sus huesos era Klytämnestra, que optó por apoyarse en un cetro durante la mayor parte de su extraordinaria intervención (me refiero a lo que está escrito, no a lo que se vio). Nada de esto es culpa de los cantantes, por supuesto, sino del director de escena, Pedro Pablo García Caffi, que optó por no leer el texto, no trazar ninguna dramaturgia en relación con él, no marcar movimientos en escena, diseñar él mismo una escenografía y una iluminación de una pobreza conceptual insultante y encargar a Alejandra Espector uno de los más horribles vestuarios de los que se tenga memoria. Después de todo, él es un funcionario y burocrático fue el partido que tomó, arruinando el efecto de todos los demás involucrados (orquesta, dirección musical, cantantes, técnicos -extraordinarios- de escenografía, sonido e iluminación, libretista y músico). 
En el caso del MET el asunto fue más debatible porque para dirigir La flauta mágica convocaron en 2006 a la regista Julie Taymor, famosa por su puesta en Broadway de El rey león. Por supuesto, ella trajo al escenario del MET todo el trucaje propio de las comedias musicales, y también títeres, y, y, y (qué más querésismo). Como el texto, con sus cambios de escenarios constantes, es imposible de resolver, Taymor optó por la misma solución que yo había visto en Berlín: estructuras giratorias que van armando las diferentes escenografías (creo que es el pastido más habitual tratándose de La flauta mágica). Pero lo deslumbrante de la puesta de Taymor no estaba en el presupuesto inconmensurable que le habían otorgado (en los niños voladores o en las mujeres-pájaro que bailan), sino en la sabia lectura del texto y en el subrayado del diagrama subyacente en una ópera masónica, racionalista, antireligiosa: las estructuras móviles que constituían los diferentes fondos de la acción incluían o un círculo o un cuadrado o un triángulo (o un círculo más pequeño). Cuando Sarastro entra en escena, lo hace atravesando todas esas figuras geométricas superpuestas, que dan la clave del asunto: ¿cómo diagramatizar el cuerpo, cómo transformarlo en una máquina abstracta, como llevarlo al plano de inmanencia donde la música (la harmonía) tiene su sede y donde cesan todas las interpelaciones? ¿Cómo resolver la cuadratura del círculo (la fricción entre el pensamiento mágico y el pensamiento racional, si se quiere)? Quiero decir: la puesta de Taymor, irritante como podía ser en términos de artillería escénica, tenía un concepto: el texto había sido leído, había sido puesto en correlación con la historia de la diagramatología corporal (desde Leonardo hasta Kepler) y había encontrado un lugar desde el cual se conectaba directamente (por la vía de los sentidos) con nuestros propios cuerpos. Esa puesta no sólo daba qué pensar sino que ponía nuestro pensamiento en un lugar inesperado, insospechado: nos forzaba a pensar lo que no habría podido ser pensado de otro modo.
Para pensar no hace falta dinero, apenas un poco de imaginación y contracción al trabajo: leer el texto, escucharlo, dejarlo que respire y diga lo que lo habita. En el caso de Elektra, un furor sexual incontenible. No sé qué habría hecho Marcelo Lombardero, pero resultó evidente que García Caffi es sordo. Calificar como "malograda" la versión de Elektra que presentó es justo, pero es decir poco. Más acertado es subrayar que fue "imperdonable", sobre todo porque fue refractaria a toda forma de pensamiento: la escenografía incomprensible, la iluminación caprichosa, insuficiente (y no "minimalista"), el vestuario, execrable... todos eran caminos que conducían a ninguna parte, a ninguna idea, a ningún concepto. Elektra sucede en el borde de un abismo al que se arrojan todos los personajes, en particular las tres mujeres que representan tres formas de deseo. No había que ir muy lejos para encontrar bibliografía que sirviera para poner en perspectiva el texto de Hofmannsthal. Conclusión: el MET se gana un 9, el Colón se lleva un penoso 1.

Recapitulo, promedio y redondeo: MET: 7+7+9 = 8, Colón: 7+8+1 = 5. Lo más triste es que la calidad del Colón está muy por encima de ese número miserable, que sólo se explica porque su director tiene los oídos llenos de la mampostería que se le vino encima. No alcanza con decir "Si usted es capaz de cerrar los ojos durante toda la función y solo dedicarse a oír, seguramente sentirá que nuestro querido Teatro Colón ha llegado al nivel histórico del que nunca tuvo que haber salido". Ahora queremos, straussianamente, argentinísimamente, venganza. "¿O no, hermanos míos, o no?"


martes, 4 de noviembre de 2014

Teatro comparado

No son horas de ponerse a escribir, pero anticipo lo que escribiré mañana. Con poco tiempo de diferencia vi La flauta mágica de Mozart en el MET (Nueva York) y Elektra de Richard Strauss en el Colón. Pocos días antes, en ambos casos, vio las mismas puestas mi amigo Diego Carballar, con quien tenemos serias diferencias sobre ambas.
A él le digo, sólo a él: La flauta mágica = 8; Elektra = 5. Mañana explicaré por qué.