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sábado, 14 de junio de 2025

Darío metalero

Por Daniel Link para Perfil

El gran Inca Garcilaso de la Vega se preocupó, en relación de la etimología del nombre “Perú”, por publicar su hipótesis porque “Lo que ahora temo es no me las haya hurtado algún

historiador, porque aquel libro, por mi ocupación, fue sin mí a pedir su calificación, y sé que anduvo por muchas manos”.

La semana pasada, un amigo tuvo a bien citar en otro periódico unas palabras mías que introducían la noción de “ambiente estilístico” que, por las mismas razones que Garcilaso, yo había anticipado en la reedición de mi libro Clases.

¿Qué se entiende por “ambiente estilístico”? Por supuesto, no se trata de un “estilo” sino de un tramado de rasgos culturales, lingüísticos, tonales, afectivos, morales, prosódicos y léxicos, a partir de los cuales se construyen los estilos. La unidad de los ambientes estilísticos es el estilema, que ahora no funciona como unidad de “estilo” sino como un marcador complejo de ambiente estilístico.

Todo el mundo se preocupa por la violencia verbal del presente argentino (no tanto por los posteos en redes de nuestros políticos, sino más bien en el goce insolente de los conductores y panelistas de los programas de noticias). ¿Es eso un estilo? No, pero es un ambiente estilístico que permitirá la formación de estilos a partir de una determinada atracción mutua de estilemas.

No es del todo correcto hablar, históricamente, de estilo gótico o barroco. Esas etiquetas designan a ambientes estilísticos. Definamos el ambiente estilístico argentino actual y sabremos cuál es nuestro futuro. Borges había dicho en la década del cuarenta: “Si yo supiera cómo leerán esta página en el año dos mil, sabría cómo será la literatura del año dos mil”.

Es muy difícil definir ambientes estilísticos completos y el único que ha sido capaz de acercarse a algo parecido es el Foucault de Las palabras y las cosas, quien (no por casualidad) tradujo al gran estilista Spitzer al francés.

Yo he experimentado con esa noción en complicidad con una inteligencia artificial, a la que le pedí que musicalizara algunos de los poemas de Rubén Darío, figura clave dentro del ambiente estilístico del modernismo hispanoamericano.

Le pedí a esa IA que versionara “Caupolicán”. Pero tuve que hacerlo varias veces apelando a los estilemas de esta época (y no a la de Darío). Finalmente dimos con la canción adecuada. Como mejor suena hoy el escolar “Caupolicán”de Darío (poema muy diferente de “Sonatina”, mucho más heroico) no es como trap, o como rap, o como pop, sino bajo el rótulo estilístico del heavy metal con un toque de punk.

martes, 10 de junio de 2025

Boy Band: Los rubenes

 

 

 

martes, 12 de julio de 2022

"Calla, calla, princesa" -dice el hada madrina-

 

Transmisión en vivo por el canal de Youtube del Programa de Estudios Latinoamericanos (PEL - UNAJ)

 


lunes, 18 de abril de 2016

L@s hij@s de Rubén





miércoles, 30 de marzo de 2016

La Gran Gala Modernista, una fiesta inolvidable

por Hugo Beccacece para La Nación


a invitación anunciaba "Gran Gala Modernista". El programa de mano, que enumeraba los distintos capítulos de la fiesta, suscitaba esperanzas e incertezas encontradas: entrega de premios a los dos alumnos de colegios secundarios que habían ganado un concurso de cuentos breves y otro de poesía, la final de un concurso de recitadoras (un plato que prometía ser fuerte en su escolar perversidad), un concierto del cuarteto de Untref y el "Grand Bal" de clausura. Se celebraba el cierre del congreso internacional "La sutura de los mundos" sobre la obra de Rubén Darío, organizado por la Universidad de Tres de Febrero. El festejo se realizó en el teatro Margarita Xirgu. Antes de que se abrieran las puertas de la sala, los invitados circulaban en el hall. De pronto, desde el balcón del pullman, un travesti ataviado como una vedette, montado en unos tacos que propiciaban fracturas y esguinces, dejó caer plumas cortadas en pedacitos sobre la cabeza de los asistentes. La platea había sido modificada, se había levantado el corazón del patio de butacas y se había dejado una herradura de tres filas, de modo que el centro del salón estuviera vacío, salvo por una mesita y tres sillones.
En el escenario, el director Rubén Szuchmacher y Daniel Link, vestido con una levita y con una cadena al cuello de la que colgaba una condecoración nicaragüense que acababa de recibir, actuaron de maestros de ceremonias. Szuchmacher, al principio del acto, no sólo recitó el poema Caupolicán, también lo escenificó. Cuando dijo los versos "robusto tronco de árbol al hombro de un campeón / salvaje y aguerrido...", se vio aparecer por la entrada de platea, a un joven atlético, no demasiado vernáculo, los fornidos músculos al desnudo, cubiertas las vergüenzas por una breve tela de inspiración indígena, llevando sobre un hombro en lugar de un tronco un dorado candelabro de pie, de esos monumentales como los que Luis II de Baviera utilizó para decorar el Salón de los Espejos del castillo de Herrenchiemsee.
Hubo otro recitado escenificado de intención más espectacular y mundana. Mientras se escuchaban los versos de "Era un aire suave...", apareció la marquesa Eulalia, la de las risas y desvíos dedicados "al vizconde rubio de los desafíos y al abate joven de los madrigales". No sólo apareció en el recitado, también apareció en el teatro, con un vestido largo de tul blanco, echada la cabeza hacia atrás para destacar la línea del cuello. Reía la marquesa en silencio como en el cine mudo, sentada a un sillón; pronto tuvo enfrente al vizconde rubio (no era tan rubio) y, poco después, a Daniel Link, abanico rojo en mano, que la acompañó en las risas. Por una puerta lateral entró Mercurio, invocado por Darío en la poesía. En esta ocasión, Mercurio se había encarnado en un mulato al que le habían dorado el cuerpo perfecto con un barniz, lo que daba como resultado una piel verdosa. Mercurio estaba desnudo, salvo por un tapasexo, ya que no taparrabo: el rabo estaba íntegramente expuesto en todo su esplendor juvenil y le arrancó a Sylvia Molloy la exclamación: "¡Tiene un derrière...!" En efecto, lo tenía. También estuvo la Diana de Darío, interpretada por una actriz envuelta en tules blancos y cortos, que dejaban ver muslos poderosos. Diana daba saltitos mientras agitaba arco y flechas; Mercurio, en cambio, era una estatua inmóvil.
Entre recitado y recitado, se desarrolló un breve concierto. El notable Cuarteto de cuerdas Untref interpretó movimientos sueltos de obras de Alberto Williams, Julián Aguirre, Teresa Carreño, Arnold Schönberg, Claude Debussy y Maurice Ravel. Por último, Szuchmacher invitó al baile, que se inició con Danubio azul. El vals tiene un ritmo envolvente y exige movimientos envolventes, sin embargo, los bailarines porteños se entregaron a una danza curiosamente ortogonal. Movían las piernas con rigidez de hojas de tijera que se abrían y se cerraban casi con chasquidos marciales.
En los palcos y platea estaban Aníbal Jozami (el único de esmoquin), Diego Bentivegna, Sylvia Molloy, Edgardo Cozarinsky, Arturo Carreras, Tamara Kamenszain, Raúl Antelo, Carlos Battilana, Daniel Link, Diana Wechsler, Noe Jitrik, Sebastián Freire, María Moreno, Laura Isola y Jorge Telerman.
Intenso festival académico.

sábado, 12 de marzo de 2016

viernes, 11 de marzo de 2016

Así se prepara una Gran Gala ¡Modernista!









Gracias aroma
azul,
fogata
encelo.
Gracias pelo
caballo
mandarino.
Gracias pudor
turquesa
embrujo
vela,
llamarada
quietud
azar
delirio.

Gracias Manu (Mercurio), Euge (Eulalia), Rubén (Rubén), Hugo (Caupolicán), María Pía (Harmonía), Valeria (Diana), Guille (Abate joven).


 

SInfonía en Gris Mayor



Semifinalistas del Primer Certamen Nacional de Declamación, organizado por PELCC-UNTREF con apoyo del FNA en el marco del Congreso Internacional La Sutura de los Mundos, en homenaje a Rubén Darío en el centenario de su muerte. Jurados: Vivi Tellas, Rubén Szuchmacher, Arturo Carrera. Video y fotografías de Sebastián Freire.


Y la ganadora fue:



¡Poly Balestrini!


Plop!




domingo, 6 de marzo de 2016

Yo soy aquel....

Nicaragüense de origen, se convirtió en el propagador del modernismo por toda Latinoamérica, cambiando la poesía e influyendo en muchos creadores de su época. Poeta popular, antiamericanista, hoy es objeto de estudio de la academia.

por Gonzalo Leon para Perfil Cultura

Rubén Darío fue poeta, cronista, viajero y quien trajo al continente el modernismo. Nació en Nicaragua en 1867, pero producto de sus viajes se vinculó con políticos y escritores de buena parte del mundo, entre los que se cuentan argentinos como Leopoldo Lugones, a quien influyó en su poesía; José Ingenieros, con quien convenció a un “pobre despistado” de que era hermano de Lautréamont, y Roque Sáenz Peña, con quien concordó en su oposición al panamericanismo, y también de otras nacionalidades, como el poeta francés Paul Verlaine, a quien, como señaló W.G.C. Byvanck, se había llegado a comparar con Sócrates; el peruano José Santos Chocano y la joven poeta uruguaya Delmira Agustini, con quien mantuvo un intercambio epistolar. Darío es un referente en el continente, ineludible a la hora de hablar de poesía latinoamericana. Su importancia la da la taxativa frase del dominicano Pedro Henríquez Ureña doce años después de su muerte: “La historia literaria de la América española debe escribirse alrededor de unos cuantos nombres centrales: Bello, Sarmiento, Montalvo, Martí, Darío, Rodó”.
¿Pero cuál es en la actualidad la importancia de este poeta nicaragüense? Al parecer, ésa es la pregunta que pretende responder el Congreso Internacional Rubén Darío, que lleva el nombre de La Sutura de los Mundos, que organiza la Universidad Nacional Tres de Febrero (Untref) y al que vienen destacados académicos, escritores y expertos sobre el poeta. El congreso comienza esta semana y girará en torno de los siguientes ejes temáticos: vida y obra, España, cosmopolitismo, Centroamérica, poesía, integración continental. Más información en http://untref.edu.ar/congresodario/informacion.php.
El escritor, ensayista y columnista Daniel Link es el organizador del Congreso. Precisamente hace dos años él escribía una columna en la que hablaba sobre uno de los cursos que estaba dando en la Untref, se llamaba La Sutura de los Mundos y era “una excusa para leer a Rubén Darío, poeta enorme cuyo influjo sobre nosotros no ha cesado”; se centraba luego en la visión panamericana que propugnaba la doctrina Monroe, cuyo verdadero sentido, como consignó Paul Groussac en el libro donde realiza cinco perfiles de personajes de la vida política e intelectual de Argentina, entre los que se contaba el ex presidente Roque Sáenz Peña, lo desentrañó “el general Jackson, bárbaro saqueador de la Florida: ¡la América para los norteamericanos!”, y de la que Darío, al igual que Sáenz Peña, fue firme opositor. Pero esa columna fue hace dos años y la obsesión de Link por Darío ha permanecido intacta: “Darío no necesita de presentación alguna, ni de defensa: es y será el más grande escritor latinoamericano de todos los tiempos. ¿Por qué? No sólo por la perfección de su prosodia, lo que ya sería bastante, sino porque fue capaz de inventar la cultura latinoamericana en su conjunto, a partir de la invención de un público que, antes de su aparición, era una mera quimera”.
En el Borges de Bioy, se habla muy bien de Rubén Darío; en algunos episodios Borges lee incluso versos suyos, en especial el poema A Francia, y afirma coincidiendo con Link que nadie “habrá tenido mejor oído que Rubén”, pero antes agrega: “Pocos dieron tanta vida a las palabras. Verlaine es anterior, con él empezó todo eso [modernismo], pero no es superior”. En tanto que Bioy creía que “los versos de Darío, en general, son el mejor argumento en defensa de la inspiración”. Pero además, como recalca Link, “Darío no sólo moderniza la figura del escritor (profesionalizándola), sino la figura del público, forzándolo a leer algo para lo que no estaba preparado”, es decir que crea o fabrica un público.
Antes de su llegada a Buenos Aires, Darío pasó a Chile en 1886, donde se instaló en Santiago, pero luego de múltiples humillaciones de la clase aristócrata consiguió trabajo en la Aduana de Valparaíso, en esa ciudad porteña publicará Azul en 1888. Para Link, éste es “el libro fundador de la literatura latinoamericana moderna. Y lo es porque es, sobre todo, una fundación sin fundamento: ¿Qué es Azul? ¿Un libro de poemas? ¿Un libro de ensayos? ¿Un libro de cuentos? Azul es el libro porvenir”. Con Azul además viene el reconocimiento en España y, como era de esperar, su periplo español. Y sólo después de ese viaje, llega como cónsul de Colombia a Buenos Aires. Aquí “descubre la cosmópolis, una ciudad multilingüe, atravesada por mil lenguas, mil culturas. Publica Prosas profanas y Los raros, colección de retratos de escritores decadentes, excluidos, sublevados, que elige como modelo de una práctica literaria”.
Precisamente en Palabras liminares, de Prosas profanas, Darío escribe su concepción de nuestra América: “Si hay poesía en nuestra América, ella está en las cosas viejas, en Palenke y Utatlán, en el indio legendario, y el inca sensual y fino, y en el gran Moctezuma de la silla de oro. Lo demás es tuyo, Walt Whitman”. Tanto Borges como Henríquez Ureña cuestionaron su postura antiamericana o proindígena. El primero consignó lo curioso que era que hubiera atacado a Estados Unidos, prefiriendo “las ridículas naciones de Hispanoamérica”, mientras que el segundo señaló que su oda A Roosevelt era “un himno casi indígena, es un reto de la América española a la América inglesa. No creo que esta actitud me parezca totalmente plausible”. El profesor de Literaturas y Culturas Hispánicas de la Universidad de Texas José María Martínez cree que estas interpretaciones pueden ser “una reducción maniquea tan falsa como inútil. Personalmente, las lecturas politizadas de Darío y su obra me parecen las más empobrecedoras. Darío es sobre todo un poeta de la condición humana en general, y del mundo literario en particular. Lo puramente político se da, pero siempre junto a lo literario y lo existencial”.
Raúl Antelo, profesor de Literatura en la Universidad Federal de Santa Catarina de Brasil y otro de los invitados al Congreso, tiene una visión muy clara con relación a las reivindicaciones americanistas o regionales que planteaba este poeta y que tienen que ver con la escritura y con un modo de leer. Para él, en relación con la cuestión latinoamericana, se abren dos perspectivas forzosamente diferenciadas: por un lado las teorías que asumen que “las representaciones lingüísticas tienen la capacidad de adecuarse a un objeto, o incluso a otro texto, y para eso dependen de la suposición de una percepción neutral como mediadora necesaria entre ese objeto y su representación” y, por el otro, teorías que no admiten una percepción neutra y que nos proponen “el pasaje de las propiedades relacionales de la representación a las propiedades del objeto, con lo cual se toma distancia de todo componente fenomenológico”. De este modo, la presencia de América Latina, si bien no es algo nuevo ni original, plantea un modo de leer. Darío nos dice que existe lo moderno, en la medida en que sea “la defensa oscuramente victoriosa de una época plagada de abusos. Hay un profeta, pero está quebrado. Hay un mesías, pero es hipotético. Hay un dios, pero diseminado en constelaciones”.
Los viajes de Rubén Darío por América tienen por tanto un programa: pretenden cambiar su mirada y son asimilables a los viajes de Michel Leiris por Africa: “Su viaje es texto y viceversa”. Baudelaire definió lo moderno en Europa como lo fugaz, lo transitorio. Darío es la fugacidad, la transitoriedad de esos viajes, de esa escritura que se va modificando con los viajes, pero es también en sus propios versos: “Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto”. El modernismo europeo y el latinoamericano traen a la memoria las mismas diferencias entre el barroco europeo y el barroco latinoamericano, con sus acepciones cubana y rioplatense. Como insinúa Lezama Lima, el barroco no sólo debe su existencia al barroco europeo sino al modo de ser americano; dicho ser americano, según otros ensayistas, podría verse desde el arte precolombino y la naturaleza exuberante hasta el mestizaje cultural y lingüístico. Si Lezama Lima, según Julio Cortázar, fue quien encarnó el neobarroco latinoamericano, Darío es el que encarna el modernismo. Ambas vertientes influyeron en los escritores latinoamericanos; fueron, por así decirlo, nuestras vanguardias.
Del neobarroco latinoamericano nació en los 60 el neobarroso, o neobarroco riopletense, del que fueron exponentes Osvaldo Lamborghini y Néstor Perlongher, pero en Perlongher también, como afirma Daniel Link, se aprecia el modernismo y está Darío, por no mencionar la última novela de Manuel Puig, Cae la noche tropical, en la que “las dos hermanas ancianas, Nidia y Lucy, recuerdan con temblor casi erótico el poema Sonatina, que aprendieron en su juventud y que van recitando entre las dos”. Pero su influencia parece llegar hasta hoy: el escritor chileno Luis López-Aliaga prepara una novela sobre la relación entre el poeta peruano José Santos Chocano y Darío, para la cual investigó varios años: “Chocano era ocho años menor y lo cuidó en Madrid, cuando Darío estaba en sus peores momentos de su relación con el alcohol. Después, cuando él estaba en México haciendo su aporte a la Revolución, se enteró de que Darío había vuelto enfermo a Nicaragua, a morir. Ahí comienza mi historia”.
En este punto vale la pena preguntarse de qué modo la obra de Rubén Darío ha sido percibida en otras lenguas. Y aquí surge una primera cuestión que fue planteada por Gabriel García Márquez hace casi cuarenta años, en una entrevista, cuando afirmó que eran “tristes las dificultades que han tenido los traductores con él”. Darío ha sido traducido a trece idiomas, una cantidad normal, no acorde, como agregaba García Márquez, al “gran poeta que es”. La escritora, ensayista y profesora de la Universidad de Nueva York Sylvia Molloy opina que, efectivamente, la poesía de Darío “es muy difícil de traducir” por varias razones: primero hay que “desmonumentalizar” para buscar dónde “reside la fuerza de su texto, su modernidad” y después hay que ver “cómo traducir esa modernidad” y dónde situarla: “Uno de los problemas es que faltó, por lo menos en el mundo literario de habla inglesa, un traductor que captara, mal o bien, esa entonación: así, las versiones literales (y a menudo equivocadas) al inglés, que ignoran un aspecto crucial de la poesía de Darío: el ritmo. O bien las traducciones al francés, pobres remedos de poemas parnasianos, que ignoran el uso innovador que hace Darío de la imitación. Por eso sigue desconocido en otras lenguas, salvo para los especialistas”. Esto ha hecho que, a diferencia de en español, donde es un poeta popular, en otras lenguas sea un poeta de libro de estudio.
Sin embargo, este aspecto de poeta popular es lo que más resalta Molloy, porque Darío se encuentra integrado a nuestra tradición oral. Por ejemplo, con la canción de Raphael Yo soy aquél, si bien no tiene nada que ver con el famoso poema homónimo de Darío, se hace inevitable pensar en él. Mientras el poeta escribe: “Yo soy aquel que ayer no más decía /el verso azul y la canción profana”, Raphael canta “Yo soy aquel, /que cada noche te persigue”. No hay semejanzas de sentido, pero sí de sonido: el “Yo soy aquél” reverbera en ambas creaciones. Por eso Sylvia Molloy señala que la poesía de Darío se cita fuera de contexto, se repite algo que alguien famoso dijo alguna vez: “Ese trabajo de cita casual les debe mucho a la memoria colectiva, a las declamadoras y a los recitales de poesía tales como se los practicaba en el siglo pasado, y también a quienes aprendimos de memoria, cuando chicos, poemas de Darío”.
Quizá por eso mismo sea interesante ver qué influencia tiene Darío en las generaciones jóvenes de poetas latinoamericanos. Hasta hace no mucho tiempo era la puerta de entrada para muchos poetas que se iniciaban en la poesía, pero después rápidamente se olvidaba. Darío parece acompañar a los que alguna vez fueron jóvenes: su figura está tallada en piedra en parques de Santiago y Buenos Aires y en la memoria colectiva de los hablantes en lengua castellana. El congreso que comienza esta semana es una muy buena oportunidad para saber algo más de él.



martes, 10 de noviembre de 2015

La voz a tí dé vida




viernes, 26 de junio de 2015

Save the date





sábado, 26 de julio de 2014

Un sueño chino


Por Daniel Link para Perfil



El 6 de agosto de 1886, Rubén Darío publicó en La Epoca (Santiago de Chile) una declaración en favor del Canal por Nicaragua en abierta contradicción con su repugnancia por la Doctrina Monroe. Allí discute las vías de conexión entre dos océanos (Tehuantepec, Panamá, Nicaragua), se pronuncia sin reservas por la vía a través de su patria y desacredita el proyecto panameño de Lesseps, ya al borde del colapso: “El Canal en Nicaragua ofrece especiales ventajas. Unos cuantos barretazos, y la puerta que divide los dos mares se abrirá de par en par”.

Darío identifica su sueño con el de Ovidio (“De dos mares aqui está la vasta puerta”) y lo pone bajo la tutela del Congreso norteamericano, al que apremia, despreocupándose de cualquier impulso anexionista (“Los yankees no piensan de ese modo”).

El gran poeta transatlántico soñó con una vía de integración oceánica que se tocaba (sin que él lo advirtiera) con sus fatigadas chinoiseries, que hoy pierden, ante nuestros ojos (en Argentina, en Ecuador, en Nicaragua, donde el populismo gobernante se lleva bien con el unipartidismo chino), el valor meramente decorativo que alguna vez tuvieron.

En 2013, el gobierno de Nicaragua promulgó la “Ley Especial para el desarrollo de infraestructura y transporte nicaragüense atingente a el canal, zonas de libre comercio e infraestructuras asociadas” (Ley 840) que fue denunciada como violatoria de al menos cuarenta artículos de la Constitución nicaragüense.

La ley cede a la concesionaria de la obra -la empresa, sin antecedentes en la materia, HK Nicaragua Canal Development Investment Co (HKNC, creada en Hong Kong por el abogado Wang Jing y con una subsidiaria en las Islas Caimán)- derechos exclusivos para diseñar, construir y operar un canal durante 100 años, con "privilegios, exoneraciones, exenciones" especiales y el derecho de "determinar las propiedades que deberán ser confiscadas" mediante trámites expeditos. La Ley, además, obliga al Banco Central de Nicaragua a colocar sus reservas internacionales como garantía frente a posibles demandas de la empresa extranjera.

Los “barretazos” previstos por Darío costarán 40.000 millones de dólares: la obra de infraestructura más ambiciosa en la historia de América Latina (el canal nicaragüense admitirá incluso barcos de mayor calado que el centenario Canal de Panamá).

Tanto el gobierno de Costa Rica como las autoridades indígenas y afrodescendientes de la Región Autónoma Atlántico Sur de Nicaragua (afectada por el canal) manifestaron su profunda preocupación sobre la ruta del Canal Interoceánico anunciada el pasado 7 de julio, que viola la Declaración de Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas y el Convenio 169 de la OIT suscriptos y ratificados por Nicaragua. Pasare lo que pasare (nadie puede olvidarse de las advertencias del presidente uruguayo, “ésos sí que son jodidos”), propongo un nombre para esa vía navegable: Canal Rubén Darío.