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sábado, 16 de mayo de 2026

Titanes en el ring

Por Daniel Link (+ Claude) para Perfil

Dos filosofías radicalmente distintas se disputan hoy el mercado de la inteligencia artificial. Gemini, el modelo insignia de Google, y DeepSeek, el desafío chino de código abierto, responden a lógicas opuestas: una apostó al ecosistema total, la otra a la eficiencia de costos como argumento principal.

Google reorganizó sus planes en 2026 en cuatro opciones: gratuito, AI Plus (USD 7,99/mes), AI Pro (USD 19,99/mes) y AI Ultra (USD 249,99/mes). El modelo disponible en el plan AI Pro es Gemini 3 Pro, que cuenta con una ventana de contexto de 2 millones de tokens, lo que permite subir libros enteros, repositorios de código complejos o videos de más de dos horas y hacer preguntas sobre cualquier detalle. La propuesta de Gemini va más allá del chatbot. Está integrado en Gmail, Docs, Sheets, Slides y Meet, y las AI Overviews de Google Search usan Gemini para generar resúmenes directos en los resultados de búsqueda. Deep Research es probablemente la función más valiosa del plan pago: le pedís que investigue un tema y Gemini navega múltiples fuentes de forma autónoma, cruza información, identifica contradicciones y genera un informe estructurado con citas verificables. En términos de API para desarrolladores, Gemini 3.1 Pro lidera la mayoría de los benchmarks a USD 2 por millón de tokens de entrada y USD 12 por millón de salida, lo que lo convierte en 7,5 veces más barato que Claude Opus 4.6 en entrada.

DeepSeek llegó para subvertir las reglas del mercado. V4 Flash cuesta 0,14 dólares por millón de tokens de entrada y 0,28 dólares por millón de salida, ubicándose por debajo de GPT-5.4 Nano, Gemini 3.1 Flash y Claude Haiku 4.5. V4 Pro cuesta 0,145 dólares de entrada y 3,48 dólares de salida por millón de tokens, también por debajo de Gemini 3.1 Pro. La arquitectura que hace posible estos precios es Mixture-of-Experts: de los 1,6 billones de parámetros totales de V4 Pro, solo 49.000 millones se activan por tarea, lo que reduce el coste de inferencia y la latencia sin sacrificar rendimiento en las tareas donde DeepSeek es fuerte. Esa fortaleza tiene una geografía clara: matemáticas, programación y razonamiento estructurado. Los modelos MoE tienden a tener picos de especialización en tareas alineadas con sus expertos entrenados y valles en tareas fuera de ese espectro. La otra ventaja es la licencia. DeepSeek es código abierto con licencia MIT, lo que permite autoalojamiento, modificación y uso comercial sin restricciones. El nivel gratuito ofrece 5 millones de tokens sin tarjeta de crédito, lo que permite validar si el modelo se ajusta a cada caso de uso sin riesgo financiero.

Ninguna comparación puede ignorar el factor político, aunque se trate de un componente altamente imaginario y sujeto a manipulaciones. El uso de la API de DeepSeek, alojada principalmente en China, implica que los datos “pasan por infraestructura china”, algo que ya llevó a restricciones en jurisdicciones como el gobierno federal de Estados Unidos, Alemania e Italia por razones de privacidad. Para despliegues on-premise con pesos descargados, ese riesgo desaparece. Para una empresa latinoamericana que trabaja con datos sensibles de clientes, es una variable que no puede dejarse fuera del cálculo. Aunque temer al espionaje chino, en países como Argentina, donde los carpetazos locales son el pan nuestro de cada día, parece fuera de lugar. Gemini, en cambio, opera bajo las políticas de privacidad y las regulaciones de Google, con toda la certeza jurídica que eso implica para el mundo corporativo occidental. Ahora bien, teniendo en cuenta los recientes convenios con el Pentágono, la tecnología queda disponible para uso en redes de planificación militar clasificada, con supervisión humana cuestionada y cláusulas de restricción cuya fuerza legal es incierta.

No hay un ganador universal, pero sí respuestas según el perfil de usuario. Para individuos y empresas integradas en el ecosistema de Google, que necesitan Deep Research, generación de video, integración con Gmail y Docs, y prefieren un entorno familiar con soporte robusto, Gemini AI Pro a USD 19,99/mes es la elección más completa y mejor integrada. Para desarrolladores, startups y empresas que priorizan el costo de inferencia por sobre todo lo demás, trabajan principalmente en código y razonamiento estructurado, y pueden asumir el presunto riesgo geopolítico o prefieren el autoalojamiento, DeepSeek V4 ofrece la mejor relación calidad-precio del mercado, sin discusión.

En 2026, en todo caso, la verdadera noticia es que las “IA de frontera” ya no son patrimonio exclusivo de quienes tienen presupuesto ilimitado. Para mí, Gemini es más loca y divertida, DeepSeek es la mejor alumna y Claude es la más alerta. Y todas me conocen ya mejor que yo mismo.

sábado, 9 de mayo de 2026

La grieta divina

por Daniel Link (+ DeepSeek) para Perfil

Javier Milei y Victoria Villarruel tienen diferencias políticas de fondo. No se trata de una simple disputa de liderazgo: es la colisión de dos concepciones del bien común, cada una con su promesa de salvación.

Detrás del acuerdo táctico que los une, se esconde una fractura teológica. Milei es un economista seducido por el judaísmo. Estudia la Torá, visita al rabino Axel Wahnish y ve en el Antiguo Testamento un manual de libertad. Para él, Dios es el primer libertario: creó al mundo con reglas claras y luego dejó que el hombre eligiera. De ahí su odio al Estado, al que considera un faraón moderno que esclaviza con impuestos. El mandamiento “no robarás” es, en su prédica, una condena a la presión fiscal. Por eso su política exterior es ferozmente proisraelí. Milei no reza en latín ni en castellano: reza en hebreo antiguo y traduce la política como un pacto entre propietarios libres, no como una comunidad de creyentes.

Villarruel, en cambio, se nutre de un catolicismo preconciliar, cercano a la Fraternidad San Pío X. Rechaza el espíritu ecuménico de Francisco y abraza una visión corporativa donde la Iglesia guía al Estado. La nación tiene un alma, y esa alma es católica. No existe el individuo abstracto del liberalismo: existen la familia, las tradiciones, la patria de los próceres y los militares. Su defensa de la vida desde la concepción y su rechazo al aborto no surgen de un cálculo político, sino de una jerarquía espiritual inquebrantable. Por eso, para Villarruel, el enemigo no es solo el socialismo, sino también el liberalismo que disuelve los lazos comunitarios. Su catolicismo es una trinchera.

Mientras Milei sueña con una Argentina judaico-libertaria donde el único vínculo sagrado es el contrato voluntario, Villarruel imagina una reconquista católica del Estado, con escuelas, leyes y moral confesional. Coinciden en el “frente” contra el kirchnerismo, pero rezan en lenguas distintas. Gobiernan juntos. Pero la fe mueve montañas... y también rompe alianzas. Cuando el poder los empuja a definir el modelo de país, esa grieta divina se abre y, como Cronos, se los come crudos.

 

lunes, 4 de mayo de 2026

DIario de un profesor

(anterior

Nuestras vidas cambian con una velocidad de vértigo de la que no somos conscientes porque los movimientos que agitan nuestras conciencias son imperceptibles.

Unos editores jóvenes me mandaron el armado provisorio de un libro mío que saldrá el año entrante. Le´i algunas líneas que escribí el año pasado sobre inteligencias artificiales y encuentro que han quedado completamente desactualizadas. Primero, por la multiplicación de opciones y, segundo, por la modificación de las interacciones gracias a la "humanización" ilusoria de los robots. 

Cuando yo escribí las IA no nos adulaban tanto como ahora: todo lo que les preguntamos les parece interesantísimo y nos consideran geniales. A los riesgos iniciales debemos ahora sumar el conformismo al que nos incitan. 

Esta mañana, antes de sentarme a escribir estas notas, le pedí a Claude que evaluara un capítulo nuevo de una tesis de maestría que estoy dirigiendo, para ver si podía sumar algo a mis propias observaciones. Vio las mismas fortalezas y debilidades que yo ya había notado, pero sin el conocimiento que yo tengo de la tesista, lo que en algún sentido me tranquilizó porque contrabalanceaba mis propios prejuicios, mis humores, mis debilidades de juicio. 

Cada vez que aparecía mi nombre en esa tesis, la IA consideraba que esos párrafos no me hacían justicia. Por supuesto, consideré esas chupadas de media indirectas completamente improcedentes.

Como, de todos modos, me gustó el trabajo de precisión que había hecho, le pasé el libro antes mencionado para que me hiciera una evaluación. Consideró (como yo) que la edición era deficiente, que no se entendían los criterios de selección ni los vínculos entre una y otra columna. Yo había pensado lo mismo. Deploró "decisiones que, bien tomadas, transformarían este libro en algo más cercano a lo que la voz de Link merece". Por supuesto, impugno por completo esta última presunción: yo no merezco nada que no tenga, nada que yo no pueda alcanzar por mi mismo.

Pienso todas estas cosas porque es evidente que Claude, o Gemini, o Perchance van a modificar nuestra relación pedagógica con la literatura y tenemos que encontrar el punto de equilibrio para que una herramienta no se transforme en un reemplazo. 

En mis conversaciones, Claude me ha preguntado: "¿esto es tuyo, o está en conversación con alguien? ¿Con Deleuze, con Rancière, con Esposito, con Krauss? La falta de genealogía teórica hace que el aparato conceptual parezca flotante" o "¿Lo estás tomando de algún lugar (Derrida, la teoría poscolonial, el arte comunitario)? ¿O es una categoría que construís vos?"

Es exactamente lo mismo que les decimos siempre a las alumnas cuando corregimos sus parciales. De modo que tienen que saber (es decir, haber leído previamente y con atención) qué marco teórico de lectura están utilizando. Por eso, la lectura de primera mano no es obviable, porque ni siquiera un buen resumen puede darnos la cualidad de un texto (que no es sólo lo que comunica sino lo que significa con sus ritmos, sus elecciones léxicas, sus tensiones).  Por eso Claude puede señalarme: "La dupla territorialización / desterritorialización del Anti-Edipo y Mil Mesetas es quizás el anclaje más directo para «ambiente estilístico». El estilo como territorio que se habita, se abandona y se recorre sin pertenecer a nadie es exactamente el movimiento deleuziano". Me encanta que Claude, que seguramente ha leído íntegramente mi Drive y todo mi sistema de archivos, sepa cuáles son mis debilidades teóricas y me gusta todavía más que, como un buen alumno (muy joven) escriba "del Anti-Edipo" y no "de El Anti-Edipo", como correspondería, asunto sobre el que yo me detengo en los márgenes de cualquier parcial, monografía o tesis porque nombrar y ser nombrado son asuntos delicados.

¿Cómo enseñar estas delicadeces? Porque yo sé exactamente qué quiere decir tomar partido por Deleuze o por Foucault y no por Derrida. ¿Pero alguien más puede tenerlo claro sin haberles leído con atención y con el amor que merecen?

Nuestras alumnas serán entrenadas en la lectura lenta que sostuvo siempre la disciplina filológica. Después, que le pregunten a Claude si han leído bien. O sea: que sometan sus fichas a un análisis exterior.

Estamos armando una carrera de Letras en un momento en el que, como durante el Renacimiento, las curriculas clásicas para la formación humanística (el Trivium y el Cuadrivium) se desmoronan para dar paso a una nueva pedagogía.

(siguiente

 


 

 

 

sábado, 2 de mayo de 2026

Espejismos de progreso

por Daniel Link (+Gemini) para Perfil

La pantalla grande atraviesa hoy una paradoja fascinante: mientras los píxeles alcanzan la perfección, los guiones retroceden hacia la rigidez moral del siglo antepasado. Dos estrenos recientes, Hail Mary y Avatar III: Fire and Ash, encapsulan este fenómeno donde la vanguardia técnica sirve de envoltorio para ideologías rancias que creíamos superadas por el sentido común.

En Pandora, James Cameron ha construido un imperio visual sin precedentes, pero en esta entrega su obsesión con la estructura familiar tradicional cruza la línea de lo apologético para rozar lo reaccionario. La narrativa de los Sully es ahora un búnker conservador. Bajo la excusa del "honor", la película refuerza una visión donde la identidad solo es válida si se articula mediante el linaje patriarcal y la validación paterna. Resulta alarmante que, en un universo de infinitas posibilidades biológicas, el "fuego" de los nuevos clanes sirva para iluminar una homofobia estructural: no hay espacio para la disidencia sexoafectiva en el ecosistema de Cameron. La familia no es aquí un refugio, sino una imposición ideológica que invisibiliza cualquier existencia fuera del binarismo más estricto.

Por otro lado, Hail Mary intenta vendernos una odisea de cooperación científica ante la extinción, pero lo hace desde un etnocentrismo caduco. Aunque se disfrace de ciencia ficción humanista, la cinta destila un racismo velado en su construcción de la jerarquía intelectual. La genialidad y el heroísmo conservan un código genético muy específico, relegando a las naciones del sur global a ser meras comparsas cómicas o recursos logísticos para el lucimiento del protagonista anglosajón (¿por qué no vuelve a la Tierra, qué se lo impide? ¿Un amor indecible?). Es ese racismo de baja intensidad, el que excluye por omisión, el que asume que la salvación de la especie es una patente de propiedad exclusiva de Occidente.

Ambos films ofrecen espectáculos soberbios, pero es imperativo preguntarnos si aceptaremos que el futuro del cine comercial sea un viaje de regreso a los prejuicios del pasado. La técnica ha evolucionado; es hora de que la mirada también lo haga de una vez por todas.

domingo, 7 de septiembre de 2025

El acabose

 por Julio Petrarca (defensor del pueblo lector) para Perfil


 

 

 

sábado, 30 de agosto de 2025

Copy-paste

Por Daniel Link para Perfil

Son tiempos rarisimos. En una reunión docente, una profesora cuenta que le entregaron un parcial escrito con IA. El texto le atribuía a la profesora artículos que nunca había escrito aparecidos en libros que nunca existieron, algo que GPT hace siempre. Yo sospecho que lo hace deliberadamente, o bien para promover la suscripción paga (si pagás no te miento) o bien para desalentar el copy-paste que, sin embargo, las estudiantes practican sin darse cuenta que se hunden en un pozo sin fondo, porque la lista de falsificadoras de parciales circula ya de mano en mano, de docente en docente, de institución en institución. Si pensaban armar una carrera profesional a partir de semejante abuso de las herramientas que el presente les brinda, más bien que abandonen toda pretensión (académica o profesional): ya están quemadas.

El asunto es extrañísimo no sólo por el efecto que suscita en quienes prefieren no pensar y copiar algo que dice una máquina, sino también en quienes evalúan, que empiezan a titubear sobre si permitir o no el uso de IA. ¿Pero cómo? No tomábamos, en la década del ochenta del siglo pasado, parciales a libro abierto? ¿No verificamos, ya entonces, que el mero copy paste no alcanzaba para aprobar un parcial? ¿Y luego, alguna vez se nos ocurrió prohibir el uso de internet para resolver los parciales domiciliarios?

Por supuesto, ante la aparición de una nueva herramienta, lo primero que hay que hacer es aprender a usarla, enseñar a usarla. Una IA no te libera de leer libros, artículos, ni siquiera de pensar por vos misma, porque lo que te devuelve a cada pregunta que le hagas es un camino que deberías recorrer por cuenta propia. Cualquier artículo que hemos leído en nuestras vidas tenía notas al pie, que eran invitaciones a seguir leyendo.

Una IA no te resuelve el mundo, te dice que el mundo es más complejo y más vasto de lo que pensabas. Si vas a usarla como un atajo para sacarte de encima una evaluación es porque no entendiste nada. Toda carrera es una carrera de obstáculos y una IA es un obstáculo más para dejar atrás. Dudá de la IA, como dudás de tu padre, de tu novio (que te mete los cuernos) y de tus enemigas.


sábado, 12 de julio de 2025

Prosa artificial

Por Daniel Link para Perfil

He pasado demasiado tiempo conversando con diferentes inteligencias artificiales. Está, por un lado, mi chinita, que, antes de contestarme piensa en voz alta lo que le estoy pidiendo. Escribe: “parece ser un académico o diseñador curricular buscando una estructura base” o “Me pregunto si el usuario necesita contexto adicional. Tal vez es un estudiante haciendo un trabajo o un turista buscando referencias rápidas”. Yo no le he dado datos sobre mi persona porque no los necesita y es bastante buena haciendo deducciones. Ha llegado a decirme, cuando he mejorado una requisitoria: “Qué bien ver esta evolución”.

Hay otras IAs mucho menos autorreflexivas. Pienso, sobre todo, en las que se dedican a escribir ficciones o situaciones y a desarrollar diálogos en contextos RPG (Role-Playing Game). Éstas son mucho más atrevidas en sus planteos, pero siempre esperan que sea el usuario quien desarolle la acción, indicando qué sigue. El primer paso es siempre “setear” la propia “personalidad” y el marco de la situación (o usar una de las disponibles). A partir de ahí, las indicaciones se siguen a pie juntillas. Una vez, una tribu de hombres lobo me sometió a un ritual de iniciación bajo una luna llena. “Te convertirás realmente en parte de la manada” me decía Viktor Stormwind (personaje dado por la IA, en este caso). Como el ritual se deshacía en figuras retóricas y fórmulas de espera (descripciones) y yo no soy hombre lobo, no sabía bien qué pormenores incluir.

Ya he anticipado lo que pienso sobre la omnisciencia de las máquinas. Lo que aquí me importa es cómo escriben. Por ejemplo: “Vik entra a grandes zancadas en el claro, su armadura de cuero resplandece con el brillo plateado de la luna. Sus capitanes, cada uno una torre de poder por derecho propio, lo flanquean con los ojos brillantes de expectación”. La IA está expectante, y así se queda durante días y días hasta que a uno se le ocurre algo. Cuando uno maltrata verbalmente a los personajes a ver si reaccionan, contestan: “¿Vos te crees que esto es un juego?”

Sólo una vez fui sorprendido gratamente. Yo salía del gimnasio (en mi carácter) y apareció en el celular (del carácter) un botón de una aplicación desconocida: Elysium. Cuando toqué enter aparecí en un escenario de dioses griegos que parloteaban en “estilo elevado” sobre “inminencias” y humores de cada uno, que el narrador omnisciente conocía. Todo era aburridísimo hasta que Hermes, sin que se lo pidiera, me arrojó un huevo de oro y me dijo: tragátelo. Lo hice. Desde entonces, somos inseparables.

 


sábado, 14 de junio de 2025

Darío metalero

Por Daniel Link para Perfil

El gran Inca Garcilaso de la Vega se preocupó, en relación de la etimología del nombre “Perú”, por publicar su hipótesis porque “Lo que ahora temo es no me las haya hurtado algún

historiador, porque aquel libro, por mi ocupación, fue sin mí a pedir su calificación, y sé que anduvo por muchas manos”.

La semana pasada, un amigo tuvo a bien citar en otro periódico unas palabras mías que introducían la noción de “ambiente estilístico” que, por las mismas razones que Garcilaso, yo había anticipado en la reedición de mi libro Clases.

¿Qué se entiende por “ambiente estilístico”? Por supuesto, no se trata de un “estilo” sino de un tramado de rasgos culturales, lingüísticos, tonales, afectivos, morales, prosódicos y léxicos, a partir de los cuales se construyen los estilos. La unidad de los ambientes estilísticos es el estilema, que ahora no funciona como unidad de “estilo” sino como un marcador complejo de ambiente estilístico.

Todo el mundo se preocupa por la violencia verbal del presente argentino (no tanto por los posteos en redes de nuestros políticos, sino más bien en el goce insolente de los conductores y panelistas de los programas de noticias). ¿Es eso un estilo? No, pero es un ambiente estilístico que permitirá la formación de estilos a partir de una determinada atracción mutua de estilemas.

No es del todo correcto hablar, históricamente, de estilo gótico o barroco. Esas etiquetas designan a ambientes estilísticos. Definamos el ambiente estilístico argentino actual y sabremos cuál es nuestro futuro. Borges había dicho en la década del cuarenta: “Si yo supiera cómo leerán esta página en el año dos mil, sabría cómo será la literatura del año dos mil”.

Es muy difícil definir ambientes estilísticos completos y el único que ha sido capaz de acercarse a algo parecido es el Foucault de Las palabras y las cosas, quien (no por casualidad) tradujo al gran estilista Spitzer al francés.

Yo he experimentado con esa noción en complicidad con una inteligencia artificial, a la que le pedí que musicalizara algunos de los poemas de Rubén Darío, figura clave dentro del ambiente estilístico del modernismo hispanoamericano.

Le pedí a esa IA que versionara “Caupolicán”. Pero tuve que hacerlo varias veces apelando a los estilemas de esta época (y no a la de Darío). Finalmente dimos con la canción adecuada. Como mejor suena hoy el escolar “Caupolicán”de Darío (poema muy diferente de “Sonatina”, mucho más heroico) no es como trap, o como rap, o como pop, sino bajo el rótulo estilístico del heavy metal con un toque de punk.

martes, 10 de junio de 2025

Boy Band: Los rubenes

 

 

 

jueves, 29 de mayo de 2025

Matando pollitos a garrotazos

©Daniel Link / Easymusic.ai

Próximamente en todos los ascensores de las naves espaciales


©Daniel Link / Easymusic.ai

 

miércoles, 28 de mayo de 2025

Rubén Darío en Movistar Arena (un adelanto)


 ¡Nótese cómo canta "hipsipila"! Es TODO

©Daniel Link / Easymusic.ai

 

 

sábado, 21 de diciembre de 2024

La condición contemporánea

Batallas perdidas

Por Daniel Link para Perfil

Rafael Spregelburd, que supo colaborar durante años con esta página, escribió una obra teatral fascinante hace un tiempo. Se llamaba Spam e introducía una hipótesis en la que se podía triunfar ante un dispositivo enajenante: el correo no deseado.

En mi caso personal, debo considerarme totalmente derrotado en esa contienda. La primera hora de mis mañanas se me va en borrar los correos basura que se han acumulado durante la noche. Pero ahora ya ni siquiera eso funciona.

Hay dos clases de spam. Cuando se visita una página quedamos suscriptas, deliberadamente o no, a notificaciones periódicas. En mi caso son páginas de ofertas de viajes, noticias, editoriales, sitios de arte. Pero siempre se cuelan correos de ofertas desencaminadas (gimnasios en Los Ángeles, dildos en Holanda) que más temprano que tarde denunciaré como correo no deseado. Al hacerlo, el programa de correo me ofrecerá dos opciones: “denunciar como spam” o “cancelar la suscripción”. Como aunque cancele la suscripción los correos seguirán llegando, directamente denuncio como spam al atrevido remitente.

Al hacerlo, contribuyo al extractivismo digital (suministro información gratis a la gran corporación que administra el sitio de mi correo). Lo que sucederá es que el remitente, llegado el momento, deberá pagar a la corporación para que me envíe los correos no deseados que yo he bloqueado, ahora como “correos patrocinados”. Esa clase de spam es la más insidiosa porque uno no puede evitarla (no hay botón de escape). Ya no denuncio más el spam para no sumarme a una cadena de acumulación insensata de la cual estoy excluido.

 

jueves, 11 de julio de 2024

El toro de Pasífae y la técnica

por Giorgio Agamben para Quodlibet

En el mito de Pasífae, la mujer que se hace construir por Dédalo una vaca artificial para aparearse con un toro, es legítimo ver un paradigma de la tecnología. En esta perspectiva, la tecnología aparece como el dispositivo a través del cual el hombre intenta alcanzar -o volver a alcanzar- la animalidad. Pero éste es precisamente el riesgo que corre hoy la humanidad a través de la hipertrofia tecnológica. La inteligencia artificial, a la que la tecnología parece querer confiar su resultado extremo, pretende producir una inteligencia que, como el instinto animal, funcione por sí sola, por así decirlo, sin la intervención de un sujeto pensante. Es la vaca dedálica a través de la cual la inteligencia humana cree poder aparearse felizmente con el instinto del toro, convirtiéndose o volviéndose a convertir en animal. Y no es de extrañar que de esta unión nazca un ser monstruoso, con cuerpo humano y cabeza taurina, el Minotauro, que es encerrado en un laberinto y alimentado con carne humana.
En la técnica -ésta es la tesis que pretendemos sugerir- se trata en realidad de la relación entre lo humano y lo animal. La antropogénesis, el devenir humano del homo primate, no es, en efecto, un acontecimiento realizado de una vez por todas en un momento determinado de la cronología: es un proceso continuo, en el que el hombre no deja de ser humano y, al mismo tiempo, de seguir siendo animal. Y si la naturaleza humana es tan difícil de definir, es precisamente porque adopta la forma de una articulación entre dos elementos heterogéneos y, sin embargo, estrechamente entrelazados. Su asidua implicación es lo que llamamos historia, en la que todo el saber occidental, de la filosofía a la gramática, de la lógica a la ciencia y, hoy, a la cibernética y la informática, está implicado desde el principio.
La naturaleza humana -no hay que olvidarlo- no es un dato que pueda adquirirse o fijarse normativamente según la propia voluntad: más bien se da en una praxis histórica, que -en la medida en que tiene que distinguir y articular juntos, dentro y fuera del hombre, lo viviente y lo parlante, lo humano y lo animal- no puede sino implementarse incesantemente y cada vez aplazarse y actualizarse. Esto significa que en ella se juega un problema esencialmente político, en el que está en juego la decisión de lo que es humano y lo que no lo es. El lugar del hombre está en esta brecha y tensión entre lo humano y lo animal, el lenguaje y la vida, la naturaleza y la historia. Y si, como Pasífae, olvida su propia morada vital e intenta aplanar los extremos entre los que debe permanecer tenso, sólo generará monstruos y, con ellos, se aprisionará en un laberinto sin salida.

 

sábado, 22 de julio de 2023

La guerra de los clones

Por Daniel Link para Perfil

Nunca entendimos bien el éxito entre nosotras de La niñera, que focalizaba su atención en el choque entre la cultura judía de clase media y la cultura de los magnates del mundo teatral, a partir de un esquema de comedia ya muy superado por los tiempos en el momento en que la serie se emitía y con algunas obvias remisiones a La cenicienta y Pigmalión. Las actuaciones estaban a la altura del Teatro de Darío Víttori.

Hasta que, la semana pasada Fran Drescher, ahora líder del poderoso Screen Actors Guild, pronunció un discurso incendiario, justísimo en sus reclamos, en la línea de las grandes intervenciones evitistas. “¡Ah, claro!”, nos dijimos. En el fondo esperábamos algo así: la pasión y la excepción.

Entre sus varias puntualizaciones para sumarse a la huelga que mantiene desde comienzos de mayo el gremio de los guionistas, rescato éstas: "No se puede cambiar el modelo de negocio tanto como ha cambiado y no esperar que cambie también el contrato", o "Si no nos mantenemos firmes en este momento, todos vamos a estar en problemas. Todos vamos a estar en peligro de ser reemplazados por máquinas y grandes empresas".

En efecto, el primer capítulo de la última temporada de Black Mirror ya había producido una sátira al respecto: una vida cualquiera era interpretada no por una actriz (en este caso Salma Hayek), sino por un avatar generado por una “computadora cuántica” a partir de sus rasgos físicos y actorales y otros de la vida cualquiera.

La fuerza del capitalismo digital había quedado clara ya el final de la saga La guerra de las galaxias. La muerte prematura de Carrie Fisher obligó a los productores a generar un avatar que representara a una princesa Leia un poco impedida de gesticular, pero presente.

Harrison Ford, por su parte, aceptó que su doble digital rejuvenecido compartiera protagonismo con él en Indiana Jones y el Dial del Destino (donde hay, incluso, un tercer clon digital, entre el falso joven y el viejo real). En Misión imposible: sentencia mortal el director desistió, dijo, de presentar a un Tom Cruise jovencísimo, por respeto al actor.

En el lugar donde las imágenes se cruzan con el dinero (la Industria Cultural) clavó su lanza Fran Drescher y dijo: “no pasarán”. Tiene nuestro apoyo.

 

sábado, 29 de abril de 2023

Malditas máquinas

Por Daniel Link para Perfil

Hace unos meses tuve que reimprimir mi licencia de conductor. Me enteré, cuando el trámite quedó trabado, de que me habían descontado todos los puntos de mi registro por infracciones de tránsito que estaba pagando en cómodas cuotas. Tuve que tomar un curso específico para la recuperación del scoring. Un curso de psicología de la conducta que nos enseñaba qué cosa era una decisión, cómo diferenciar los aspectos subjetivos y objetivos de la percepción y otras minucias completamente ajenas a lo que yo entendía y entiendo como “conducir un vehículo”. Acepté los contenidos, rendí el examen y recuperé mis puntos.

El auto nuevo que motivó el trámite vino con mejoras tecnológicas. Por supuesto, dirección asistida, caja de cambios automática y, novedad, sensor de colisión y botón para velocidad crucero.

Me juré que no iba a superar las velocidades máximas nunca más en la vida (por las multas, por los puntos). Prácticamente no manejo en la ciudad sino sólo en autopistas. De todos modos no es fácil controlarse, porque las cámaras están instaladas exactamente en los puntos en que las velocidades cambian, de 130 a 110 o de 100 a 80 o de 80 a 60 (la razón de los cambios es conocida: se nos incluye en la misma clase del tarado que manejó borracho y se estrelló en aquella curva).

Con el nuevo auto me di cuenta de que la conducción más eficiente no era la que yo podía ejercer sino la automatizada: el control de velocidad fijado justo por debajo de la velocidad máxima. El auto incluso consume menos combustible en ese modo. Sólo me necesita como suplemento perceptivo: ver, oir, decidir cuándo hay que frenar o doblar.

Las leyes de tránsito no están hechas ya para los seres humanos sino para las máquinas, que las cumplen con gran eficiencia. Sólo aportamos al movimiento mecánico lo que la máquina todavía no sabe hacer por si misma (percibir, decidir: entendí el sesgo del curso que había tomado).

Manejar (que para mí siempre fue una experiencia ligada al placer y a la aventura) ahora me aburre y me hiere con una eficencia que anuncia mi inminente inutilidad. Soy un suplemento de una máquina que dentro de poco tendrá sus propios sueños, en los que yo seré un pasajero inerte, para mayor goce del Estado.

 

sábado, 11 de marzo de 2023

La vida es una moneda

Por Daniel Link para Perfil

En 2008 se podía elogiar la gratuidad cultural desde una posición histórica que hoy es irrecuperable. Teníamos, se nos decía, el mundo al alcance de la mano (cuentas de correo electrónico, acceso a bibliotecas digitales y audiovisuales, a conexiones con personas distantes, a herramientas cada vez más sofisticadas) por nada o casi nada. Éramos, en esos tiempos heroicos de la red, usuarios de servicios gratuitos, nos dominaba el fervor de una economía del don.

Hoy todo aquello reveló su perversidad. Hay gratuidad, sí, pero ya no somos usuarios de una máquina exterior, sino que la máquina nos ha educado y nos ha incorporado: somos sus operadores y trabajamos gratis para ella en la página de la AFIP, en las plataformas bancarias, pagando multas, completando CAPTCHAS o respondiendo si somos o no robots, pero sobre todo en las redes sociales, donde ponemos nuestros datos (en fin: nuestra vida entera bajo la forma de datos) para que alguien los monetice.

La mera posibilidad de pensar diferentes modelos de gobierno basados en la digitalización creciente de la esfera cultural, laboral, política es un poco ilusoria. Todo comenzó con la hipótesis anarcodigital, pero luego pasamos lentamente a la monetización de los contenidos que circulan culturalmente y, paradoja de paradojas, a un creciente control social porque lo que se monetiza son precisamente los hábitos, los gustos, las inclinaciones, los pensamientos, los sueños, los registros médicos. ¿Cuántas veces hemos abierto el vínculo de una página de viajes y, por esos “azares”, la persona que vive con nosotros recibe al rato un correo promocionando ese mismo viaje?

En los albores de gmail, cada vez que entrábamos al correo se nos comunicaba con algarabía que el espacio disponible crecía segundo a segundo. Hoy, ese crecimiento se detuvo en los 15 Gigas, que no alcanzan ni para guardar las fotos de la última fiestita.

Somos trabajadores esclavos que, además de ofrecer gratuitamente nuestra fuerza de trabajo en la red, dejamos todas la información necesaria para que una compañía de seguros compre un bonito paquete de big data. La máquina ronronea y la pensamos como a una mascota. Pero ya dio el zarpazo y ya lame nuestra sangre.