"Billy Elliot es un musical sobre la identidad,
sobre no claudicar sobre lo que uno es, lo que uno siente. Este
protagonista no entrega ese fuego: es frío. Billy es un varón que,
precisamente, lo que busca la obra es confrontar su masculinidad con el recurrente prejuicio y la cursilería de que "el ballet es para mariquitas",
como se escucha en escena. Entonces Billy al menos debe verse mucho más
masculino que Michael, el amigo que está descubriendo al vestirse de
mujer su orientación sexual."
¡Tiene razón el crítico de las cavernas (platónicas)! Por eso mismo, ya le envié a Rubén Szuchmacher un adminículo indispensable que, me dijeron cuando consulté, viene ya con lubricante....
Hace unos años mi mamá empezó a
quejarse de que se le desconfiguraba el teléfono celular (no eran
sus palabras, claro, pero de eso se trataba). De pronto se quedaba
sin sonido, o le desaparecían las pocas aplicaciones que usaba, o no
podía encontrar los chats en curso). Como ella estaba (y sigue
estando) “en situación de Android” era para nosotros complicado
lidiar con un sistema operativo que desconocemos en sus detalles. A
veces mi hijo la ayudaba y entonces mi mamá se quejaba
diciendo (injustamente, claro): “Tomás tocó....”, “Tomás
hizo...”. Pronto descubrimos la causa de las desconfiguraciones: mi
mamá tenía el pulgar “muerto”, es decir: cuando movía su dedo
índice sobre la pantalla, el pulgar caía sin demasiado sentido y
sin voluntad sobre otras secciones del menú, anulando funciones,
borrando conversaciones, modificando lo que debería ser
inmodificable (no entendemos todavía cómo nadie ha diseñado un
sistema operativo para personas mayores).
En todo caso, el fin de semana pasado
me descubrí habilitando funciones en un juego inadvertidamente: era,
sí, mi propio dedo muerto. En el prólogo a mi último libro (me
dicen que se vende bien), La clausura de febrero y otros poemas,
escribí que “desaparecemos del todo cuando ya no queda nada de
nosotras por morir”. Los oídos, los ojos, los dientes, esas
primeras víctimas, empiezan a apagarse tempranamente, pero hay
prótesis que disimulan o anulan el proceso de micromuerte. El dedo
(cuántas veces hemos hablado de “El dedo gordo” en la estela de
Bataille, como emblema y clave de humanidad) se suma a esa cosecha
inminente de mortandades.
Los análisis nos van mostrando el
deterioro de los órganos internos (en mi caso, por fortuna, es
imperceptible), que son los que marcan el ritmo del último suspiro.
A medida que esas cosas suceden
irremediablemente, empiezo a dejar morir algunos aspectos de mi vida
laboral (ya casi extinta). Me escribe una chica de una editorial que
publica libros míos para invitarme a la Feria del Libro, con el
objetivo de “generar contenido para las redes”. Le digo que yo no
genero contenido para las redes, a quién se le ocurre. Otra chica me
escribe para invitarme a dialogar con una artista un sábado. Acepto
a regañadientes porque quiero el lugar, pero luego me dice que la
artista puede tener un zoom previo (yo no uso zoom), el día tal a
tal hora. Le digo que no, que no me someto a la aprobación de
personas que no conozco y que no suelo adelantar los contenidos de
mis conversaciones que son, por otra parte, bastante previsibles.
Casi me siento tentado de decirles: yo
estoy involucrado en los procesos de deterioro corporales y
cognitivos propios de mi edad como para que me vengan con
pelotudeces, pero desisto de caer en la categoría “vieja loca”,
que las jóvenes me aplicarían inmisericordemente.
Arrastrado por ese impulso beckettiano,
me pregunto si no ha llegado el momento de dejar morir éstas, mis
columnas para Perfil. Lo decidirá mi dedo (pulgar para abajo)
cuando me canse también del régimen de esclavitud de las columnas
semanales.
"Cuando vos querés quitarle algo a alguien y no sentirte una porquería,
necesitás inventar algo que vuelva legítima tu pequeñez y tu mezquindad.
Fijate lo que está pasando en Gaza, una nación que inventa un enemigo
para que sea posible soportar ver a personas que aúllan de dolor, que se
mueren de hambre. Para que haya gente que se crea con derecho a matar a
otra, a quitarle la tierra, tenés que quebrar las más íntimas formas de
percepción del otro."
¿Qué tiene en sus manos el lector frente a un ejemplar de Clases. Literatura y disidencia, de Daniel Link? Veinte años después, vuelve a las librerías el primer tomo de la trilogía crítica definitiva del docente, crítico y escritor quien tuvo a su cargo durante 34 años la cátedra de Literatura del Siglo XX de la Carrera de Letras de la UBA y se retiró con una lección final que puede verse en YouTube y pronto será libro.
¿Pero es acaso un libro sobre literatura? ¿Es un compendio de lo mejor de sus cursos? Sí y no. El lector avezado tal vez tenga cierta presunción por haberlo leído en su Literatura argentina, cuatro cortes, sus exquisitas memorias lectoras editadas (La lectura, una vida; Ampersand), su ensayo sobre Copi o su ficción –su novela Los años noventa sintetiza, tal vez mejor que ninguna otra, el pulso de una época –.El lector desprevenido quizás se sorprenda por el sistema de citas, lecturas cruzadas, la mirada, el paladar refinado pero sin esnobismo, la elegancia de la prosa y la precisión de sus hipótesis.
De la mano de la misma editora, Leonora Djament, que publicó este libro bajo el sello Norma y hoy lo relanza en Eterna Cadencia, estos textos forjan un canon. Un modo de leer, sentir y pensar. Link pone a dialogar en la misma mesa a Herman Hesse, con Kafka y la saga de Star Wars; Theodor Adorno y Rodolfo Walsh hacen tablas en una partida de ajedrez imaginaria con una película de Derek Jarman de fondo. Su modo de hacer hablar a los objetos que analiza es único: bebe de las aguas de la filología, disciplina que estructuró su pensamiento, pero se revitaliza con su propia brújula estética y personal.
Este volumen funciona como el inicio de una trilogía que continuó con Fantasmas. Imaginación y sociedad (2009) y cierra con Suturas. Imágenes, escritura, vida (2015). Es, también, una clase magistral sobre la potencia significante del Siglo XX; sus aciertos, sus deudas y sus hazañas. Link, en diálogo con La Agenda del otro lado del Atlántico, se hace un tiempo para expandir sus propias inquisiciones alcanzando nuevas definiciones como esta: “La cultura pop es un instante de peligro de las normas culturales y, sobre todo, la industria cultural”.
“¿Qué es mi vida sino una sucesión de lecturas (mejor o peor hechas),
que se enhebraron un poco por coacción, otro poco por azar, en todo
caso por método?”, se pregunta Daniel Link en la Introducción a La
lectura: una vida… que publicó en Ampersand en 2017 y fue editado en
francés por Gallimard en 2023 con traducción de Charlotte Lemoine. Con
esta afirmación como interrogante es posible leer gran parte de la obra
de este escritor, pero en particular la reedición de Clases. Literatura y
disidencia, veinte años después.
Veinte años no es nada,
canta el verso del tango, aunque en esa sucesión de lecturas que lo
configuran como lector pero también leer como sinónimo de analizar, hay
obsesiones. Por lo menos, una o dos: “¿Cuántas ideas se pueden tener en
la vida? Yo creo que los deseos de escritura suelen estar atados a una
“idea rectora”, a lo sumo dos. Todo lo demás viene por añadidura o por
derivación. Tenés razón, una de mis grandes obsesiones es la literatura
como experiencia. Por supuesto, también se la puede trabajar como
institución, como mercancía, pero me parece que a mí me interesa más la
relación intensa entre la escritura y la vida.”
En ese
sentido, le gusta pensar en “términos de largo aliento porque sé que no
puedo abandonar las ideas que tengo como abandono los libros que ya
escribí. Finalmente, estamos escribiendo siempre el mismo libro. En este
punto no soy nada original, porque Borges sostuvo una perspectiva
semejante. La literatura es una fuerza que nos arrastra, no sabemos bien
a dónde. Y por eso no se puede separar la escritura de la lectura.
Comparten un mismo estatuto y el mismo arrebato. Cuando empecé a
escribir Clases. Literatura y disidencia, no sabía que iba a tener
compañía. Pero ya cuando revisé las pruebas me di cuenta de que había
tocado apenas la superficie, de que había explicado el presente, pero
que no había explorado los mil pliegues que hay en el presente. Y por
eso decidí que Fantasmas y Suturas iban a ser necesarios.”
Una apoteosis involucra un proceso de
transformación de la naturaleza humana en divina. La muerte de
Beatriz Sarlo nos enfrenta a la potencia de su ausencia. Nosotras,
quienes crecimos bajo su influjo, elegimos seguir preguntándole
cosas, como se hace con las divinidades tutelares.
¿Qué agregar sobre Beatriz y su
conocimiento inmenso de la cultura argentina (desde la gauchesca
hasta las marchas de piqueteros durante el gobierno de Alberto
Fernández)?
Yo quisiera empezar por acá: el lugar
donde Beatriz brilló con más entusiasmo personal y con mayor
irradiación de efectos fue la Facultad de Filosofía y Letras, que
la maltrató sistemáticamente. Allí dio sus cursos, dirigió tesis,
formó docentes e investigadores y despertó la antipatía mezquina
de la institución.
Beatriz era muy enfática en sus
juicios y tenía gustos (para mí) extravagantes. De sus muchos
análisis (por razones incomprensibles, sus colegas le negaban ese
talento) yo recuerdo particularmente el del cuento de Cortázar “La
noche boca arriba”, que nunca hubiera podido leer desde esa
perspectiva por mi mismo (no lo reproduzco: está en Literatura /
Sociedad, búsquenlo). Con una beca que le dio no sé quién
ensayó algo inédito: leer un corpus enorme de literatura
sentimental como se leen los monumentos literarios (porque esas
ficciones habían cumplido un papel decisivo en la formación de
públicos y de hábitos). No sólo se trataba de correrse del lugar
de “mandarinato” para examinar los bordes mismos de lo canónico
sino también de proponer un análisis “cuantitativo” que no
tenía antecedentes ni herramientas, por entonces. Eso se lee en El
imperio de los sentimientos, que es también un homenaje a Roland
Barthes, a quien admiraba tanto como cualquier otra profesora
argentina.
Beatriz militaba en muchas causas
perdidas, sobre todo porque detestaba el sentido común que, cada vez
más, domina el mundo intelectual y periodístico (“sentido común”
en el sentido de enunciados sin potencia y casi sin significado que
se pronuncian por mera pulsión repetitiva, y que integran la nube
hedionda de “boludeces” con las que estamos condenados a vivir).
Hace muchos, muchos años, me confesó que ella siempre se había
equivocado políticamente. Era una constatación dolorosa porque para
ella la política era una capa esencial de su vida: no sólo un
interés, sino algo que organizaba su experiencia.
Tituló No entender a la
autobiografía que alcanzó terminar justo antes de su último
suspiro. Yo le alabé ese título porque me
parecía (más allá de su justeza, que habría que poner en
entredicho) que es la mejor manera de evaluar la propia vida: no como
un camino recto hacia la propia consagración, no como una serie de
pasos que prefiguran los grandes movimientos por las que se recordará
a alguien, sino por los pasos mal dados, por el tiempo perdido, por
las hipótesis desencaminadas y las confusiones.
En los últimos años se había
convertido en un personaje público al que le preguntaban su opinión
sobre cualquier cosa. Como los trabajos son los trabajos, Beatriz no
se negaba a esas requisitorias y las transformaba en episodios de
rigor intelectual.
Las cacatúas universitarias negaban
con la cabeza, porque les parecía que con esas intervenciones se
“rebajaba” a niveles que no se correspondían con la autoridad
que da el magisterio. Los mayores ataques los recibió cuando
escribió para la revista Viva, adoptando un registro que,
cuando publicó esas columnas dominicales como libro, algunos
empezaron a entender como el gesto vanguardista que había
representado.
No se puede resumir todo el trabajo de
Beatriz y el conjunto de saberes que manejaba (algunos de los cuales
puso en crisis) en cuatro palabras. Tampoco tiene mucho sentido
llorarla y nada más. Ahora hay que establecer su archivo, examinar
las marcas en los libros de su biblioteca, reconstruir la marcha de
un pensamiento que fue siempre un estímulo para nosotras,
estuviéramos o no de acuerdo con ella.
Le gustaba firmar los correos que me
mandaba como Tante. En una ocasión, en las vísperas de un viaje
suyo a Viena, le pedí que participara virtualmente de un coloquio.
“Nunca hice nada por zoom. Es la total pérdida del aura. Con la
poca aura que se tiene, es quedar a oscuras y ya es bastante la
propia oscuridad”.
Como se ve, más allá del título de
su autobiografía, Beatriz algo entiende, todavía.
Palabras del Presidente de la Nación Javier Milei, luego de
recibir un reconocimiento de la Asociación de Dirigentes de Marketing,
en Montevideo
Hola a todos. Muchas gracias ADM por esta distinción, por estos
regalos y, hoy, voy a dar una charla ligeramente distinta, una charla a
la que no están acostumbrados a escuchar de mí y la charla – básicamente
- lo que va a hacer es contar cómo nos hicimos amigos con Óscar.
Después, básicamente, voy a hablar de la ópera “Nabucco” y el valor que
tiene para un libertario la ópera “Nabucco”. Después voy a hablar de uno
de los tres seres más imponentes y maravilloso que pisaron esta tierra,
que ha sido Moisés. Así es que – básicamente- ese es el formato de la
charla que he diseñado para hoy y lo que esto implica, también, para las
ideas de la libertad.
“¿A quién le pertenecerá Bolaño, quién se sentirá interpelado por su literatura? ¿A la casta de escritores-estratega? ¿A los cultores del realismo latinoamericano? ¿A aquellos para quienes el lenguaje es solo un vehículo para transmitir ideas de mediano impacto?”, se pregunta en su microdosis crítica el escritor y académico Daniel Link.
Cada vez que llegamos a la casa, la
misma historia. Rita, la perra negra gime, jadea, gaña, aúlla,
gruñe, refunfuña. Se me abalanza cuando abro el portón y me
abraza. Entiendo lo que dice: “¿por qué me dejaste? No puedo
estar sin vos. He sufrido mucho. No vuelvas a irte. ¡Por fin
volviste! Estaba desesperada. No he parado de extrañarte”. Tanto
da si salí hace una hora para ir al supermercado o si hace un mes
que no la veo. Lola, la perra rubia, en cambio, sólo le ladra a la
otra con disgusto, censurando su actitud: “No te rebajes así”.
Superado ese trance irritante, cuando bajo del auto Lola me está
esperando con un palo, una ramita, o un manojo de hojas en la boca.
“Estoy muy contenta de que hayas vuelto, acá te preparé este
obsequio”.
Rita está siempre al borde del colapso
nervioso, porque la abandonan, la castigan, la quieren poco, en fin:
una intensa. Lola disfruta más de la vida, quiere a todo el mundo
por igual y no de forma tan reconcentrada. Es capaz de sobrevivir sin
mi, pero manifiesta su cariño con presentes (intenta hacerme creer
que lo del regalo no fue una ocurrencia del momento sino que estuvo
preparándolo durante mi ausencia).
Me conmueve que se hayan criado juntas
y sin embargo sean tan diferentes. Hay cosas de raza que influyen,
claro: Rita es más ovejera y por lo tanto cuida los perímetros. Una
vez que entró alguien al jardín, se desentiende. Lola es más
doberman y no deja de amedrentar a los “intrusos”, aunque sean
invitados de siempre. Pero en cuanto a la manifestación del amor y
la dependencia no he encontrado manual de psicología perruna que lo
explique.
La Cátedra Libre en Estudios Filológicos Latinoamericanos "Pedro Henríquez Ureña" organizó el panel "Filología, teoría, vida" como conmemoración del centenario del Instituto de Filología y Literatuas Hispánicas "Dr. Amado Alonso", donde se dan cita tanto proyectos de investigación folklórica como de literaturas extranjeras. Contó con la presencia de Nora Catelli (“Joyce sin sus signos. Enseñar los clásicos traducidos”), Ottmar Ette (“Filología polilógica y ecología de la convivencia”) y Jean Bessière (“Des théories littéraires à une ontologie mineure de la littérature et à quelques points d'histoire littéraire contemporaine”). Presentó Daniel Link y tradujo Valentín Díaz.
A continuación, las palabras de presentación:
En el corazón de junio
por Daniel Link
Buenas tardes, les agradecemos la
compañía en este día tan especial. Es Bloomsday en el hemisferio
norte, el día del Ulises de Joyce. En el hemisferio sur, sin
embargo, es todavía un “mes más cruel”, porque conmemoramos
además los bombardeos a Plaza de Mayo, por parte de aviadores
sublevados que, como en Guernica, atacaron inadvertidamente una
población civil indefensa.
La semana pasada se celebraron los
exactos cien años del Instituto de Filología y Literaturas
Hispánicas “Dr. Amado Alonso”, al que venimos a rendir nuestro
tributo. Aclaro el plural: represento a la Cátedra Libre de Estudios
Filológicos Latinoamericanos “Pedro Henríquez Ureña”, creada a
instancias de la actual dirección del
Instituto e integrada por Diego
Bentivegna (quien suma al significado de este día el nacimiento de
su primer hijo, Nicanor), Rodrigo Caresani, Valentín Díaz, Daniela
Lauría y Cecilia Magadán como investigadoras docentes y Francisco
Bariffi, Lautaro Paredes e Ignacio Repetto como investigadoras
alumnas.
Para
nosotras es, pues, al mismo tiempo una obligación y una alegría
participar de este homenaje. Nos sentimos parte de esta institución
centenaria, cuya generosidad intelectual merece subrayarse y nos
gusta inscribir lo que hacemos (o lo que pretendemos hacer) en el
horizonte de tensiones que han caracterizado y caracterizarán al
Instituto. Este panel se explica un poco por eso.
Desde
la decisiva gestión de Amado Alonso al frente del Instituto los
temas locales siempre estuvieron muy imbricados con los desarrollos
de las ciencias del lenguaje y del texto en la tradición europea, de
lo que dan cuenta las traducciones de Bally, de Saussure, de Spitzer,
entre tantos otros.
Es
por eso que convocamos a tres personalidades ilustres, cuya relación
con las “literaturas hispánicas” es más bien remota, pero que
han desarrollado pensamientos decisivos respecto de la filología
general y comparada, los lenguajes, los textos, las historias
literarias, los bordes en que lo literario se cruza o se superpone
con lo viviente.
En el acto central de la semana
pasada, la línea final del acto decía “El lenguaje es la casa”.
Me acerqué a la protagonista del
homenaje, la actual directora del Instituto de Filología de la
Universidad de Buenos Aires, Guiomar Ciapuscio y le repetí, pero con
tono de pregunta: “¿El lenguaje es la casa? Qué final
heideggeriano”. “¿Viste?”me contestó conteniendo las
lágrimas.
Más tarde, desmenuzamos esa metáfora
con los demás integrantes de la cátedra. “El lenguaje es la casa
del ser”, había dicho Heidegger, subrayando el hecho de que (no lo
dice de ese modo, pero se deduce de su aforismo) la política es un
asunto de seres hablantes. Estamos pagando cara esa arrogancia,
pienso, mientras los inusitados calores del mes de junio empiezan a
disolverse en el viento helado que viene de una Antártida que se
descongela de a poco.
Para mí, le digo a Diego Bentivegna,
“El lenguaje es una ventana”, porque es el marco desde el cual
miro el mundo. Percibo y actúo en el mundo desde una determinada
posición lingüística. Él me recuerda una operación crítica de
hace algunos años, cuando opuso “el lenguaje como
casa del ser a la poesía como caza de la lengua”.
La relación de caza
respecto de la lengua supone una predación nómade, no un
asentamiento. Al territorio estabilizado del sedentarismo se opone la
persecución y el agenciamiento con la presa (la lengua como presa) y
los territorios. Ningún sedentarismo, sino más bien una deriva
incesante. Es lo que yo, inspirado por él, llamé castrametari
o castrametación (el arte de disponer un
campamento, algo más duradero que el mero acantonamiento, aunque no
tan permanente como una ciudad).
Claro, me dijo Diego
ahora, “yo creo con Wittgenstein que el lenguaje es un ciudad, con
partes en ruinas y partes en construcción”.
La relación de
predación, de deriva o flânerie
urbana necesita de un territorio más amplio, un afuera, una relación
atenta a la respiración, los movimientos y el habla de los otros: no
una mera política de los seres hablantes, sino una política
ambiental, incluso un “animalismo”.
No importa ponerse de
acuerdo (casa, ventana, o ciudad, qué más da). Lo que importa es
que todo esto nos viene de la frecuentación de la filología y sus
transformaciones en esta queridísima institución y afuera de ella.
Reivindicamos nuestra
filología novomundana, porque quiso y supo articular asuntos de
lenguaje con asuntos de territorio: la pluralidad de lenguas y de
pueblos.
Avancemos ahora hacia una
filología queer, una filología de lo sensible, una ecofilología de
los mundos habitables. Seguimos la exigencia que nos dejó Amado
Alonso, cuando escribió: “América
tiene algo que decir sobre la especial iluminación de problemas
lingüísticos ya planteados y puede por su parte proponer otros de
primera importancia. (...) Pero nos creemos en el deber de ser algo
mas que colectores”.
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Gracias a los 535 participantes suscriptos a este sitio y a los 220 que me tienen en sus círculos.