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miércoles, 23 de septiembre de 2026

Marita Chambers, el regreso

 

Lanzamos Contorna porque confiamos en la repetición (al menos como la entiende Kierkegaard): “la repetición es la realidad y la seriedad de la existencia”. 

¿No es acaso ese gesto de hacer retroceder el tiempo, lo que nos impulsa hacia el ritornello, hacia ese procedimiento y esa figura de pensamiento? ¿Es lo que vuelve, la repetición, el ritornello (porque vuelven también el aire, el rumor de las olas en el mar, el paso de las nubes en el cielo, con sus infinitas variaciones) lo que sostiene el misterio de la vida política? 

¿Y si arte y vida son sólo una misma masa (o mejor: si el arte está atravesado por moléculas de vida), ejerce en ambos la potencia derepetición el mismo influjo?

Aquí, el número 1 de Contorna en su versión digital. Pronto, la versión física para coleccionistas.

 

 

sábado, 13 de junio de 2026

¿Triunfan los bárbaros?

Por Daniel Link para Perfil

La realidad (un sello de clausura sobre todas las puertas del deseo) te alcanza y te lleva por delante, lo quieras o no. El asunto es cómo vas a reaccionar.

Murió el Indio Solari, lo que desencadenó una de las más intensas manifestaciones de religiosidad popular de las que se tenga memoria. A esa muerte, el gobierno contestó negando para sus funerales el lugar de privilegio que el cantante se merecía, alegando no sé qué razones de seguridad (las mismas estupideces que te dicen para que apagues el celular en el avión). Y los odiadores que siguen al gobierno se dieron incluso el lujo de celebrar esa muerte en los comentarios a repetición que evacuaron en las notas periodísticas.

Yo nunca seguí a los Redondos, y ni siquiera me sé un tema completo. Nada de ese universo, yo pensaba, se relacionaba conmigo y pensaba callar respetuosamente hasta que el diputado Paulón propuso un homenaje impensado (¿pero acaso lo impensado no es lo que moviliza al pensamiento?): declarar el 5 de junio como día de la cultura ricotera y el pogo. En el cuerpo del proyecto de ley cita a las autoridades. No la Real Academia, que sabe todo sobre la muñeira pero nada sobre el pogo, sino el Diccionario Latinoamericano (DILE) que creamos en UNTREF hace diez años y que incluye esa definición (y otras tantas esenciales).

Por supuesto, los odiadores se lanzaron también contra el proyecto de ley, abogando por la desaparición total y definitiva de la cultura ricotera, asociada sin miramientos desde su perspectiva retardada con la droga, el alcohol y el peronismo.

El proyecto de ley cita la definición de “Pogo” propuesta para el DILE (bajo la dirección, desde sus primeros días, de alguien que no es ricotero ni peronista, como yo). En un diccionario de uso del español, los términos los definen los propios usuarios, como corresponde, incluso desde la perspectiva de cualquier espíritu “anarcolibertario”.

Pero advertidos los odiadores de la existencia de una herramienta de cultura se sacaron la máscara de la libertad y mostraron su cara de exterminio realizando ciberataques coordinados que paralizaron el sitio.

lunes, 8 de junio de 2026

Diario de un profesor

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La pedagogía es un hecho repetido, porque se funda en la repetición. Pero la repetición, lo sabemos por Nietzsche, lo sabemos Kierkegaard (antes incluso que por los posestructuralistas) nunca es el retorno de lo mismo. Repetir el Quijote, lo supo Pierre Menard, es producir lo nuevo.

Las pequeñas variaciones de la carrera que inventamos empiezan a dejar sus marcas. El repetido latín empieza a resonar en nuestro presente político. En las conferencias que les llevamos a las alumnas (para que aprendan un registro más bien anquilosado) escuchan la circulación de las palabras que oyeron en las clases de teorías literarias. 

Pero además, no nos conformamos con la repetición ritual de los conocimientos. Los mandamos al mundo. Les regalamos entradas para la Feria del Libro (como estudiantes, no las necesitan, pero sí para llevar a sus padres, madres, amantes que no estudian), les conseguimos entradas gratuitas para que vayan al teatro a ver Pundonor.  Les llevamos a Albertina Carri para que conversen con ella sobre los sentidos de la desaparición y de la letra materna. 

No nos satisface una pedagogía sedentaria (que es como una pedagogía de la senectud) sino una pedagogía del movimiento. Todo se está moviendo y tienen que sostenerse en el mundo sin marearse. Y tienen que conocer las tretas del débil, de la supervivencia).

En los primeros parciales, nos sorprendieron las cortísimas respuestas a cada consigna. Diez líneas, como mucho. Rarísimo. Les preguntamos por qué. Nos dijeron que en una materia les habían recomendado contestar con precisión y economía, con pocas palabras. Les dijimos que era como jugar con fuego o como pararse al borde de un abismo y hamacarse irresponsablemente. Lo mejor es escribir mucho y cualquier cosa, para marear a la profesora y que no sepa bien lo que está leyendo (y si no le gusta, que tome una prueba de opción múltiple). Poner al tumulto del lado propio. «Ganar las fuerzas de la embriaguez para el servicio a la revolución» (como había propuesto Benjamin en relación con el superrealismo).

Les estamos preparando para un mundo totalmente nuevo y totalmente hostil, con gemelos digitales y sociedades anónimas y radicalmente impersonales (constituidas por robots con personería jurídica). ¿Se puede contestar a eso con pocas palabras?

Necesitamos una marea de discurso, de discurso nuevo, aún en su repetición y tienen que ser esas jóvenes las que encuentren las palabras adecuadas en los libros, en las conversaciones, en la calle y en los acontecimientos funerarios de masa. 

Necesitamos, también, salarios dignos y condiciones de trabajo estables. Pero eso es otro hilo de pensamiento

Ahora estamos preparando, entre todas, dos proyectos para el segundo semestre: un Club de Lectura (fuera de la universidad, los sábados) y una revista de Letras, cuyo título, tal vez, lo diga todo:

 


 

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martes, 5 de mayo de 2026

Diario de un profesor

(anterior)

En todo proyecto colectivo llega un momento en el que hay convocar a personas para que se integren, y la confianza es la única llave útil en esas circunstancias. Como las carreras de Letras (profesorado y licenciatura) que creamos eran ya un proyecto común, del que participaron muchas personas, gran parte de las posiciones estaban garantizadas, pero otras no.

Muchas personas, enteradas del proyecto, nos escribieron. Tenemos sus carpetas con sus antecedentes para convocarlas llegado el caso. Pero tuvimos que salir con la propaladora de pueblo, para conseguir docentes a la altura de las circunstancias, por ejemplo, de Latín, que es una de las primeras materias que se cursan.

Yo mismo soy profesor de Latín y tengo amigos que estudiaron letras clásicas (hoy están, sin embargo, más cerca del japonés que del griego). Pero... ¿cuál es el perfil que necesitábanos?

Un chico (literalmente, cuarenta años nos separan) que me acompaña en esta epopeya (ya sé, ya sé, es un nombre excesivo para tareas más bien módicas, pero hay que mistificar un poco, para poder seguir adelante en un mundo tan desencanto, weberianamente hablando), un chico me recomendó a un profesor de latín que él conocía. Puso en la balanza a su favor (su de los dos: el candidato y el recomendante) que era "un performer". Un estremecimiento me recorrió la columna vertebral pero, porque confío en este chico, decidí avanzar con su recomendación y citar al candidato a una entrevista. Me cayó bien. Le dimos el curso. Presentó un programa muy lindo. Pero.... ¿cómo sería en la clase?

Paradójicamente, tuvo más inscriptos de lo que se esperaban, porque su materia es obligatoria para el Profesorado pero optativa para la Licenciatura. Y la mitad de las licenciantes decidieron tomar el curso de Latín I, para alegría mía, que siempre miré con malos ojos el abandono de una tradición que no sólo nos enseña a relacionarnos mejor con nuestra lengua sino, sobre todo, con nuestras vulgaridades (porque la vulgaridad de los romanos -históricamente hablando- es pasmosa), nuestro sistema político, nuestros populismos.

Lo presenté al alumnado, claro, como lo que era para mí: una promesa, una incógnita. Y me fui mordiéndome las uñas. Tres o cuatro semanas después volví a escuchar una clase suya. Para mi sorpresa, los alumnos estaban ya hablando de "dativos de interés" con total soltura. El chico recomendante, sentado al lado mío, no dejaba de maravillarse por el método, porque él había aprendido (un solo latín, porque sea aburrió mortalmente) según una pedagogía decimonónica de memoria y repetición. Y lo que hacía el profesor de Latín era, para él.... un antes y un después. Lo era, claro, pero tuve que contarle, en la pausa, que yo mismo había aprendido con ese método: se parte de textos breves, debidamente elegidos, a partir de los cuales se recuperan algunos aspectos de la sintaxis y la morfología del latín, pero con el texto ya comprendido porque tienen la versión original y la traducción.

Yo había estudiado con ese método y mi profesora de Latín II, Marta, hizo un libro que en su momento fue muy usado (por supuesto, el libro de Marta estaba inspirado en un libro parisino, hecho en Nanterre, cuna del mayo francés. !Y el novísimo profesor de Latín había estudiado con el libro de Marta en la escuela secundaria! Yo ya había confiado ciegamente en él (en primera instancia) y luego de conocerlo confié con causa. Pero saber que habíamos aprendido según el mismo método reforzó todavía más mi confianza y, sobre todo, mi creencia en que hay fuerzas tutelares. Los romanos creían que eran diosecillos, no hace falta que lleguemos a tanto. Nos basta con saber que la fuerza de atracción de un proyecto en su fase manantial es capaz de ahuyentar las potencias negativas, la mediocridad, el miedo, el desasosiego. 

El conurbano tiene, ahora, sus latines y sus latinistas en formación (¿por primera vez? no lo sé, pero me gustaría que así fuera). El año que viene, para compensar, les ofreceremos guaraní como lengua optativa. Por supuesto, lo único que queremos ahora es ir a cursar latín, a discutir los textos hermosos que selecciona el profe de Latín para introducir los ubi, los undo, los qua, los quo. Lamentablemente, no podemos.

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domingo, 3 de mayo de 2026

Diario de un profesor

(anterior)

Siempre pensamos que nuestros padres son idiotas o están locos. Hasta que nos descubrimos pensando lo mismo y teniendo las mismas conductas que habíamos deplorado en ellos. Mi madre está loca, pero no fue sino hasta que tuve que mudarme a la casa que ella había abandonado, cuando me di cuenta de que no lo estaba por las razones que yo suponía. Es la casa lo que te vuelve loca, el espacio, con sus requerimientos, sus demandas, sus exigencias: arreglar los techos, calefaccionar, ordenar, alimentar y alimentarse.

Todos los días tengo que estar gritando para que alguien cierre una puerta que ha dejado innecesarimente abierta, con la consiguiente pérdida de calor y gasto de energía. Cuando lo hacía mi mamá, pensábamos que estaba loca.  Ahora nos damos cuenta de que esa parte de la locura era un agenciamiento con el espacio, el territorio, el complejo biopolítico.

Una carrera es también su espacio. Funcionamos en un campus, que tiene los atardeceres suburbanos que alguna vez elogió Jorge Borges de una Buenos Aires que ya no existe. Hay una biblioteca, una cantina, un estadio cubierto, aulas generosas y pocas oficinas. Por supuesto, usamos ese espacio, que no nos pertenece. Y allí intentamos hacer nido, lo que no siempre es fácil, porque existe el resquemor entre diferentes departamentos. 

Nos encanta pararnos en la puerta principal del aulario y desde ahí examinar a quienes van entrando, con sus estrafalarios aspectos (muy propios de la juventud, por cierto), sus peinados raros. Los más inquietantes son los que parecen haberse despertado desnudos de una siesta, se pusieron un pantalón de fútbol, y bucito y se vinieron a escuchar una clase. Problema de registro, pienso, porque sé que el control de los registros es más o menos la clave de un éxito en la vida. Conozco gente que es capaz de hablar media hora sin decir nada o de escribir correos electrónicos larguísimos sin comprometer su pensamiento (cero sentido), pero que maneja a la perfección los registros de las situaciones.  

En principio, en las primeras semanas hay que enseñar (deícticamente: ahí, eso) el registro universitario, para que quien quiera y pueda lo adopte. Por ejemplo: el hábito de fichar y de tomar apuntes. Esos hábitos han cambiado con el tiempo, pero siguen siendo imprescindibles. Sería irresponsable dedicar los escasos intervalos de las clases a abrumar a nuestros polluelos y polluelas con recomendaciones de registro, y por eso lo hacemos fundamentalmente a través de un chat grupal.

He dicho que voy a dictar el año entrante Literatura europea del Renacimiento y Barroco (creo que antes consigné mal el nombre). Es un objeto que me encanta porque, creo, suelda aquellas sensibilidades e inquietudes con las nuestras (para decir lo obvio: la Imprenta/ las Humanidades Digitales; las máquinas de pensar/ la IA, los estilos, la propiedad, la apropiación). Empiezo a revisar mis ficheros y encuentro cosas que van a servirme para ese proyecto, cosas que leí cuando yo mismo era estudiante. Rescato las fichas y las cuelgo del chat para que vean:


 

Como no se trata de sencillamente proponer como modelo una manía de loco, un desequilibrio de alguien que no tenía nada más que hacer que duplicar el tiempo de lectura, elijo estas fichas porque vuelven (y esa es la gracia de la ficha), muchas décadas después, en mis "Apuntes sobre San Sebastián" (fueron publicados todos en este blog, no quiero ni pensar hace cuánto tiempo): 

"La perspectiva que domina el cuadro (“sotto in sú” de abajo hacia arriba), no hace sino acentuar la grandiosidad de la representación y, por lo tanto, universalizar el comentario de Mantegna: la iconografía de San Sebastián, con todo lo operístico que incluye, es el lugar donde la cultura anuncia (con ruido de fracaso) su propio punto de derrumbe)". 

No tuve sino que recuperar lo que se había impreso en mi memoria por el ejercicio de fichado para poder entender un cuadro de Mantegna y ponerlo, como se dice, en perspectiva. 

 

También en eso aquella época y la nuestra se parecen. Vivimos entre ruinas y nuestras disciplinas son partes de una ruinología. Para no hablar del tema de Mantegna: nosotros somos el cuerpo atormentado de Sebastiane. Y los que murmuran obscenidades al pie de su martirio son los libertarios. Contra ellos y para reconstruir todo lo que ellos destruyen y pretenden destruir es que esta carrera fue pensada.

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viernes, 1 de mayo de 2026

Diario de un profesor

¿Será un libro? ¿Serán apuntes sueltos? En todo caso, agradezco a María Sonia Cristoff, quien en un aparte en la Propofest en la que acostumbramos a encontrarnos, escuchó atentamente algunos de estos episodios y consideró que debía ponerlos por escrito.

* 

Había dejado de enseñar y creía que esa decisión me serviría. Pero pronto me encontré repitiendo un chiste idiota en cada circunstancia pública en la que me encontraba frente a una audiencia: "Hace mucho que no doy clases, así que tengo síndrome de abstinencia. Prepárense porque no voy a dejar de hablar durante los próximos cuarenta minutos". 

Pero todo cambió cuando me enfrente a los primeros días de la carrera de Letras que había creado. Llegar al campus y percibir el hormigueo de juventud, la esperanza, el anhelo, las ambiciones alrededor de mi me devolvió una excitación que creía ya abandonada. Allá se empezaban a formar grupos. Acá, los chicos estacionaban sus motos. Afuera, las chicas fumaban sus últimos cigarrillos antes de cruzar la calle. 

En el parque, frente a la cantina, ya había gente estudiando o leyendo por placer. En el borde más alejado del campus, un compañero de trabajo se había instalado con su computadora, sobre una mesa tosca, para ultimar detalles de las listas de alumnado, de los requerimientos para las clases, etc.

Todo eso me pareció simpático pero no mucho más, hasta que entré al aula y recuperé la emoción de las primeras veces, de mis momentos más intensos y más felices frente a alumnos: el Ciclo Básico Común, en la década del ochenta, donde enfrentábamos dosis idénticas de curiosidad e insolencia.

Bien pronto me di cuenta de que quería volver a dar clases y elegí un curso bien difícil, para el cual empecé a estudiar. Tendré un año y medio para poder decir algo consistente. Literatura del Renacimiento y Barroco europeo.

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sábado, 18 de abril de 2026

Crítica viva

por Daniel Link para Perfil

Todo es asqueroso. Adorni, la carne de burro que se vende en Chubut, el desmantelamiento de las universidades públicas, el deterioro cognitivo de la ciudadanía argentina, el triunfo del dinero como único patrón de evaluación, de crecimiento, de felicidad, la corrupción judicial, en fin: lo que se llama “costo de vida”.

Abandono la enumeración. Me concentro en dos libros que sostienen dos vidas, cuyos costos se miden en intensidades afectivas, no en dinero.

El primero que llegó a mis manos es Estanterías ajenas de Nora Catelli, inscripto en la colección Lector&s de Ampersand. El libro es delicioso en general, pero lo es en particular por la forma en que piensa el recuerdo de las lecturas. A partir de “nociones de la psicología vulgar: los libros evocados serían aquellos que forjan la personalidad, delinean el carácter... Son nociones que vienen de los humores clásicos”. Nora decide apartarse de tal camino para pensar solamente las insistencias (lo que insiste, significa) y recurrencias. El libro se lee como oro en polvo y permanece como tal, esparcido sobre nuestros torpes pensamientos, para mejorarlos.

El segundo es Amigos (Eterna Cadencia) de Sylvia Molloy, cuyo título recuerda al reciente Amistades de Giorgio Agamben (que elude, sin quererlo pero significativamente, la declinación de género). El libro de Molloy ha sido editado por Adriana Amante, quien ha transformado lo que habitualmente serían notas al pie en una monografía que sitúa los textos de Molloy y las referencias con precisión y generosidad. Los textos de Sylvia y sus comentarios ocupan 130 de las 430 páginas del libro. El resto son cartas (éstas sí con notas al pie) a cual más jugosa. De Molloy a (o para Molloy): Cozarinsky, Victoria Ocampo, Pepe Bianco, Murena, Ivonne Bordelois, Manuel Puig, Enrique Pezzoni, Severo Sarduy...

Las cartas reponen una sociabilidad y un ambiente afectivo, pero también una red de relaciones intelectuales e, incluso, institucionales (la lengua es una institución). En varias de las cartas es tedioso (por no decir irritante) el intercambio de idiomas, que dice mucho sobre una forma de cosmopolitismo de época (las cartas de Victoria Ocampo carecen de ese vicio).

Amable corresponsal, Sylvia se deja atrapar por el estilo epistolar de sus interlocutores (lasí operan los ambientes estilísticos). A fuerza de elegir algunos intercambios, me quedo, muerto de risa, con los de Manuel Puig y Enrique Pezzoni.

Los dos libros nos devuelven, para citar a Molloy, “una crítica viva, que es la única que merece la pena”.

sábado, 11 de abril de 2026

Ecos y Narcisos

Por Daniel Link para Perfil

Thiago Ávila, el militante pro-palestino de origen brasileño, coordinador internacional de Global Sumud Flotilla, fue detenido en Ezeiza, incomunicado y separado de su familia (que viajaba con él) por la Policía de Seguridad Aeroportuaria “por profesar ideas contrarias al Gobierno” (según diversas fuentes). Retenido en el aeropuerto, Thiago decidió seguir viaje con su familia a Barcelona, un destino menos hostil hacia las ideas. Podría haber escrito en una piedra, como Sarmiento en 1840: "On ne tue point les idées". Tampoco se las expulsa o se las destierra. Para Carlos Pagni el episodio ilustra “la indolencia que lleva a confundir lo público con lo privado”. Para los representantes de los partidos de izquierda, “un hecho grave de persecución y censura, y un precedente antidemocrático”.

Si bien escandaloso, el episodio no sorprende tanto como su repetición y su eco, en un contexto totalmente diferente. Me cuentan que en un chat institucional una persona republicó una convocatoria (de la que él no participaba, pero consideró pertinente difundirla) a una asamblea. Recibió como respuesta: “en la reunión de hoy tuvimos intervenciones relevantes e intercambios sobre cómo manejarnos frente a la crítica situación que estamos atravesando, y viendo cómo cuidamos nuestra comunidad desde la responsabilidad institucional que cada uno tiene. No ayuda que en este espacio difundamos orientaciones contrarias que fomentan la anomia y la desarticulación institucional”. Las ideas y orientaciones contrarias se dan la mano para acusar a alguien (a cualquiera) de “fomentar la anomia” por el solo hecho de republicar una convocatoria, acusación que no se escuchaba desde la década del ochenta y que ni Carta Abierta se atrevió a esgrimir en sus tiempos más dogmáticos para usar en cambio el más amable predicado “destituyente”.

Hay algo, en la conversación social, que no funciona. Y no funciona porque lo que se escucha son puros ecos de sonidos que rebotan en muros impenetrables cuya única función es apuntalar lo que, a todas luces, se está desmoronando. Cuando hay “ideas” u “orientaciones contrarias” (¿a qué? Sólo se puede imaginar una continuación: “al régimen”) eso significa que el régimen está agotado, como un cuerpo que no puede defenderse sino aislándose (y los efectos políticos del aislamiento, lo sabe cualquier argentino, son devastadores).

El aislamiento conduce a la incapacidad, incluso, de verse a uno mismo (con sus potencias y sus impotencias) y sólo se pueda pensar la propia debilidad como un resultado de un ataque de los otros (que no sabían que eran “otros”, así como Narciso no supo que era él mismo y así como Eco no sabía que podía sobrevivir a su muerte, porque chongos hay millones).

La conversación a la que algunos aspiran (convocando a asambleas, como está sucediendo en la UBA, como sucedió en 2001) no desencadena la anomia sino que intenta sobreponerse a ella. Tampoco es destituyente, porque ante el vacío de respuestas por parte de las instituciones del orden (gobiernos, sindicatos, iglesias y escuelas) pretende la apertura de espacios que propongan soluciones (sobre todo aquéllas que, por que son de tránsito lento, las instituciones no pueden producir).

Vivimos una época particularmente opaca, porque a la crisis de representación que ha destrozado el sistema de partidos se suma una hipótesis de gobierno automático y transparente como las respuestas de la inteligencia artificial que, como todo el mundo ha comprobado, está limitada por su incapacidad de sostener el registro de lo imaginario y actuar en él.

No se trata de decidir quién tiene la verdad, sino de actuar en conjunto en favor de los que menos tienen y que más necesitan de soluciones inmediatas, en favor de aquellos que van perdiendo poco a poco la posibilidad no ya de intervenir en la vida pública sino de sobrevivir en un ambiente enrarecido donde cualquier palabra puede ser interpretada como palabra malsonante, anómica, enemiga. La persona que fue acusada de promover la anomia en el chat antes mencionado decidió abandonarlo. “Me escarlatearon, me dio miedo”, dijo.

En ese espacio, que era presuntamente un lugar seguro para la conversación y para el intercambio de experiencias, sintió los ecos de las conductas totalmente desinhibidas (es decir, bestiales) del gobierno actual. Así como en el siglo XIX hubo liberales de izquierda (en donde nace el marxismo) y liberales de derecha, estos serían, por decirlo de algún modo, mileístas presuntamente de izquierda.

Lo que se verifica es un ambiente estilístico teñido de violencia y de miedo a las posiciones “contrarias”, de populismo y de obsecuencia, y ambientes institucionales que no saben cómo responder a las profundas crisis que las vacían de sentido.

sábado, 4 de abril de 2026

La muerte contenta

Por Daniel Link para Perfil

¿Qué son las humanidades? ¿Y tú me lo preguntas?

Blanchot comenta en “La muerte contenta”, uno de los texto incluidos en De Kafka a Kafka, un fragmento de sus Diarios. Dice: “Todo ese pasaje se podría resumir: sólo se puede escribir si se permanece dueño de sí mismo ante la muerte, si con ella se han establecido relaciones de soberanía”. No se escribe para tratar de sobrevivir a la muerte, dice Blanchot, sino todo lo contrario. Por eso, para Kafka “escribir es ponerse fuera de la vida”. Cuando algo realmente pasa (como la muerte), Kafka pierde interés; ya había estado en ese lugar.

(No pongas esa cara de estreñido, es decir de libertario iletrado, que todavía no llegamos al punto)

Hace unos días, mi nieta Juana se aprestaba a una visita a mi casa y un niño de seis años que la acompañaba preguntó: “¿Va a estar la bisabuela de Juani?”. Le contestaron que sí, que mi mamá iba a estar. “A mi lo que me llama la atención es todos los años que tiene”, agregó el niño (Mi mamá va a cumplir 91 años en mayo). Juana dijo: “Si, ojalá que llegue hasta los 100”. Pero el niño objetó: “Bueno, más o menos, porque si vive tanto capaz le duele todo. Y si le duele todo es mejor que se vaya al cielo”. Mi nieta se sintió obligada a desplegar sabiduría topográfica y dijo: “Sí, o abajo de la tierra. Si se muere contenta se va al cielo, y si no abajo de la tierra”. El niño aceptó la enseñanza: “uy, espero morirme contento, voy a tratar”, “Sí, yo también” aclaró Juana. Y el niño cerró la conversación diciendo: “espero morirme en una cena o algo así, algo divertido”.

Como se ve, haber leído a Blanchot sirve para entender las conversaciones infantiles. Mi nieta Juana es Blanchot, piensa como él. El niño es más materialista, piensa en las condiciones materiales de existencia (como quien dijera: “panza llena, corazón contento”). Pero los dos coinciden en el momento en que enfrentan la idea de la muerte, que lejos de atemorizarlos, les plantea formas de vivir: soberanía sobre si, hambre cero.

Para llegar a morir contento, los dos lo saben, hay que llevar vidas adecuadas al cielo y, por supuesto, leer los libros que alimentan nuestra dicha.

lunes, 16 de marzo de 2026

sábado, 7 de marzo de 2026

Los residuos de febrero

Por Daniel Link para Perfil

Hace unas semanas un amigo me envió un recorte: una publicación que había quedado olvidada en los pliegues de las redes sociales (y aunque así no hubiera sido, yo no la habría visto de todos modos, porque no participo del universo de las redes sociales, no tengo cuentas en ninguna de ellas ni me interesan como foros de discusión o emblemas de existencia).

El texto original fue publicado en enero por la cuenta de Blatt & Rios (una de mis editoras) y me dicen que habría que atribuirlo a Damián Ríos. Pido disculpas si no es así. El texto dice: “A Daniel Link le preguntaron si la literatura argentina era buena. Dijo que no, que ninguna literatura nacional puede ser buena. Eso no es una provocación, es una corriente de la crítica empobrecida. Link debería leer con atención alguna vez El Diccionario latinoamericano de Aira”. Como el texto califica una supuesta posición mía con el predicado “empobrecida” y me recomienda una lectura, creo que conviene despejar los equívocos y enmendar la lectura de Damián (quien, por otro lado, podría haberme mandado un correo si es que necesitaba alguna aclaración adicional a la larga y excelente entrevista que me hizo Hinde Pomeraniec y que motivó su incomprensible malestar).

Lo primero que debo decir con alarma es que yo no dije lo que el autor cree haber leído (o que le contaron que yo habría dicho, en alguna sobremesa etílica). Yo dije exactamente: “Mirá, el problema es que vos querés que yo te conteste rápido porque es la última pregunta. Rápido te digo no, no lo es. Porque básicamente ninguna literatura nacional como tal puede ser buena. ¿Qué tenemos en Argentina a nuestro favor? Tenemos un país devastado económica, cultural, políticamente. Lo cual hace que la literatura brille porque es lo que en algún punto nos salva. Digo, la imaginación. O sea, Argentina es casi un país imaginario y, como tal, su literatura tiene una capacidad de moverse en el registro de lo imaginario, que a lo mejor otras literaturas no tienen del mismo modo, ¿no? No sé si eso alcanza para decir que la literatura es buena, pero sí que hay un ambiente favorable al desarrollo de buenas cosas literarias”.

Me preocupa que se tilde de empobrecida a una perspectiva que deliberadamente desdeña el nacionalismo ramplón de considerar que lo propio es lo mejor del mundo. La humilitas nos aconseja a ponernos siempre en un segundo o tercer lugar. Y dejar que los demás juzguen. De hecho, a César Aira jamás se le habría ocurrido un “Diccionario de autores argentinos” y si optó por el nombre “autores”, el predicado “latinoamericanos” y la forma diccionario es precisamente para desestabilizar toda ilusión narcisista de unidad trascendental y, además, para evitar la asfixia del pensamiento nacionalitario que, más temprano que tarde, desemboca en el chovinismo, en el patrioterismo.

En respuestas a su error de lectura primero, el mismo autor del post dice: “desconozco qué libros recomienda Link para sostener sus hipótesis”. Ay, miciela. Mis hipótesis están sostenidas por lecturas que no sólo expuse durante cuatro décadas en la Universidad de Buenos Aires, sino que están en mis libros. Con leerlos alcanza para darse cuenta del peso que tienen Eric Auerbach, Pedro Henríquez Ureña y Josefina Ludmer en la formación de mis hipótesis de trabajo. Pero aparentemente leer no es cosa para la cual se tenga tiempo o inclinación, porque de inmediato otra respuesta agrega: “Habría que anotarse y cursar la carrera de letras que este año inaugura Link para enterarse, pero no tenemos tiempo. El tiempo es de los jovenes”. Una vez más, no hace falta esperar ni perder tiempo: bastaría con entrar en las páginas institucionales donde se despliegan y se explican los programas de ambas carreras (Licenciatura y Profesorado) para entender las hipótesis (formuladas colectivamente) que las orientan. No hay allí literaturas nacionales, y se incorporan innumerables prácticas (de edición, de escritura, digitales, pedagógicas) cuyo objetivo es articular el tiempo lento de la filología con el tiempo urgente de los jóvenes. Éticamente, estamos preparando a aquellos que deberán restaurar la Argentina cuando pase la tormenta libertaria (que va a pasar, como pasan todas las calamidades).

Un célebre pensador francés dijo alguna vez que “toda carta llega siempre a su destino”. Si esta carta me estaba destinada (pero ¿por qué elegir un camino tan laberíntico, tan ligado a las contigencias del reeenvío, al caos discursivo de las redes?) puedo decir que la he recibido con tristeza. Leo que una persona bastante cercana a lo que escribo me dice que no me entiende, que no entiende lo que lee, y que no tiene tiempo de andar leyendo. Replica, a su manera, la oscurísima bofetada de la época.



domingo, 14 de diciembre de 2025

sábado, 22 de noviembre de 2025

Saber de menos

Por Daniel Link para Perfil

Escribo desde Santiago de Chile, donde no he podido coincidir con mi amiga Carolin Emcke, que estuvo la semana pasada, ni con mi amiga Nuria Girona, que llaga la que viene. Siempre me resultan simpáticos esos encuentros fugaces de personas que vivimos en ciudades muy remotas, como naves que cruzan en un puerto, para segur su camino hacia otra parte. 
Pero es cierto que esta vez mi agenda era muy apretada y tenía que socializar con mis nuevos y viejos amigos santiaguinos, que me pusieron al día en chismes pero también sobre la situación política y cultural de Chile.
Me di cuenta de que los diarios argentinos habían informado con bastante fidelidad sobre el primer aspecto (por supuesto, ningún análisis tan fino como el de los propios locales) pero que, en cambio, no tenía mucha idea de la cultura trasandina de los últimos años, meses, días.
Dándole vueltas al asunto caí en la cuenta de que en realidad se nos informa más bien poco sobre las culturas de otros países, salvo de los Estados Unidos, cuyas festividades ya integran nuestros calendarios. Lo que sabemos, lo sabemos por nuestras amigas, lo que en algún sentido no hace sino potenciar la necesidad de un vínculo humano para poder comprender la complejidad del mundo que nos rodea.
Pero cuando no hay informante amistoso, nos quedamos en penumbras.
Pienso, sobre todo, en culturas que en el pasado fueron muy ricas y tuvieron un gran impacto entre nosotras pero que hoy, como están en guerra, han sido silenciadas hasta el anonadamiento. 
¿Qué sabemos del cine, la literatura, el teatro y la música rusa? Es inverosímil pensar que la patria de Pushkin, de Jakobson, de Trubetskoy, de Ajmátova, de Eisenstein y de Tchaikovsky no tenga alguna marca interesante para compartir con nosotras y sería injusto cancelar todo lo ruso por la conducta de sus generales. En los países en los que, en efecto, se suspendieron los “contenidos” rusos de los programas de enseñanza, esa decisión fue recibida con escándalo.
Lo mismo podría decirse de las artes chinas: ¿no es inocebible, acaso, que sólo podamos pensar en ese mundo entero en términos del intercambio comercial que les conviene a los gobiernos estadounidenses?
Todos los que no somos sinólogos dependemos de informes por lo general tendenciosos. No hay noticia sobre la IA Deep Seek que no subraye con malicia su peligrosidad, como si las inteligencias artificiales de las corporaciones americanas fueran actualizaciones de la Maria Rainer de Julie Andrews.
Nada de eso se nos ahorra, desde ya: el absolutismo chino y su capacidad infinita de control, los oligarcas rusos y la sed de sangre de los generales de Putin, etc.
Todas las promesas de achicamiento de las distancias y de circulación irrestricta de la información en un mundo globalizado han sido desmentidas por la ignorancia a las que se nos somete. “¡Es que son países con censura!”, se nos dice. No puedo negar ese aserto, desde ya, pero me es evidente que tampoco se nos cuenta nada de sociedades más liberales pero que resultan igualmente insignificantes en términos del conocimiento que de ellas se nos ofrece.
Finalmente, la cultura global no es sino la máscara actual de la cultura imperial, que decide sobre qué se sabe más y sobre qué se sabe menos.
El New York Times acaba de publicar una nota contando que los disientes sexuales huyen de Rusia. ¿A dónde? A Buenos Aires, por supuesto.
Ojalá, pienso, entre tanta loca harta del terrorismo estatal haya algunas que nos cuenten cómo es la música, la poesía, el cine y el arte con el que crecieron y en el que encontraron (si así fue) las fuerzas necesarias para correr a nuestro abrazo.
Nos obligan a identificar a estados y a decisiones geopolíticas con comunidades de vida y con estilos de pensamiento, lo que está mal, porque bien sabemos que en los momentos más oscuros de las peores políticas estatales, nosotras encontramos la forma de resguardar el lazo comunitario, que poco y nada tenía que ver con las decisiones soberanas.
Pienso todo esto, lo escribo, y ya querría tacharlo porque me doy cuenta de la falsedad del razonamiento. ¿Acaso no ignoramos también las culturas que se forman y sostienen más allá de Buenos Aires? 
Tal vez no sea que nos imponen saber menos sobre ciertas comunidades, sino que no nos interesa saber más sobre ninguna que no sea la propia.
No sé si será una onfaloscopía o un mecanismo de supervivencia. En todo caso, sólo el conocimiento de lo que nos es ajeno nos permite poner en perspectiva lo propio, desabsolutizarlo, rebajarlo a sólo una variación de las infinitas posibilidades de existencia, que incluye a las existencias rusa, chilena, china, cordobesa, de las que necesitamos noticias, detalles, esperanzas.


viernes, 14 de noviembre de 2025

sábado, 27 de septiembre de 2025

Las manos mágicas

por Daniel Link para Perfil

Mi hijo tiene 40 años recién cumplidos, mi nieta está por cumplir 8. Mi hijo estudia Ciencias Exactas en la UBA. Mi nieta va a segundo grado en una escuela privada. Ninguno de los dos sabe escribir en cursiva. Cada vez que veo a mi nieta le pregunto si ya ha aprendido (a escribir, pero también a leer). Me contesta con una mueca y creo que voy a desistir porque lo peor sería hacerle odiar la escritura manuscrita en cursiva. Pero a la madre no dejaré de taladrarle la cabeza: me parece completamente inaceptable que alguien termine segundo grado sin poder escribir cursiva. A mi hijo ya le he dicho que ahora entiendo por qué no pudo terminar filosofía. Se le hacía imposible tomar apuntes.

Es rarísimo que la gente no sea consciente de la importancia de la cursiva, que permite que el pensamiento corra más rápidamente, más acompasado al ritmo de la mano (del cuerpo). La cursiva permite tomar apuntes, pero además permite recordar mejor lo oído o leído, transformado mágicamente en escrito. La tosquedad de la letra de imprenta puede justificarse, pero es una letra que sale lentamente y que obliga a pensar en cada trazo.

Una vez mi hijo (todavía con 39 años) me mandó un fragmento de su escritura cursiva con la leyenda: “costó pero salió”. Lo que había salido es algo que a un chico de ocho años de mi generación le habría costado horas de trabajo en el hogar.

El rechazo a la cursiva, o su olvido, tiene un componente ideológico muy fuerte que reposa en la presunción (falsa) de que épocas de tecnificación acelerada, la gente puede prescindir de la mano para escribir.

Yo todavía me sorprendo cuando veo que la gente escribe en los teléfonos celulares con los pulgares, sosteniendo el aparato con ambas manos. Yo, desde que se inventó el swipe, sostengo el celular con una mano y deslizo el dedo índice sobre las letras de la palabra que quiero escribir, en una secuencia que es al mismo tiempo un trazo, una curva. No me sale siempre bien, pero tampoco a quienes recurren a sus pulgares.

En el ámbito profesional sucede lo mismo. Quienes hacen entrevistas para medios gráficos usan grabador y luego transcriben. Está bien, si se trata de asuntos que requerirán de prueba judicial, llegado el caso. Pero si la entrevistadora pudiera transcribir directamente lo que escucha, con abreviaturas y otros trucos propios de la cursiva, ganaría tiempo y, sobre todo, ya tendría un esquema mental de lo principal y lo secundario de ese intercambio. Rendidas al grabador, es como si escucharan por primera vez la charla. Lo he presenciado. Horrible.

Amigas madres, que tienen hijas, me dicen que la experiencia de la cursiva es muy despareja y que las primarias públicas suelen enseñarla con un poco más de rigor que las privadas, entregadas al progresismo (que se basa en una tontería como “si mi hija ya es rica, lo que queda demostrado por la cuota que pago, para qué forzarla a esforzarse)”.

Lo que es absurdo, porque la cursiva no es esforzada, sino fluida. Hay que aprender a trazar curvas, a enlazar elipses, a dejar que la mano baile en el aire. Hay que soltarse.

 

viernes, 19 de septiembre de 2025

Llegar al mundo

 


El próximo viernes 26 de septiembre de 09:00 a 18:00 se presentarán las nuevas carreras Licenciatura en Letras y Profesorado en Letras de la Universidad Nacional de Tres de Febrero. La cita es en el campus de Villa Lynch, donde estarán Daniel Link y algunos de los prestigiosos profesores de la carrera, para iniciar a los interesados en los incontables vericuetos y conexiones y los múltiples destinos que suponen hoy los estudios en humanidades.

Planes:
 

 

 

 

miércoles, 17 de septiembre de 2025

sábado, 13 de septiembre de 2025

Los dueños del lenguaje


 

Por Daniel Link para Perfil

Una pregunta decisiva, que las humanidades (hoy bajo ataque inexplicable) han formulado varias veces con respuestas bien distintas es a quién le pertenecen las lenguas.

En mis horas muertas hago un curso online de italiano, a través de una plataforma célebre para el aprendizaje de idiomas (es, realmente, extraordinaria). Comete errores, sobre todo con el par de verbos ser/ estar. Da como traducción correcta de “Ogni io sono un po' triste”, “Hoy yo soy un poco triste”. Es cierto que el ser puede pensarse como discontinuidad (hoy ya no soy lo que fui ayer), pero aquí pareciera que se alude a un estado pasajero.

Por supuesto, lo que está bien o lo que está mal depende a quién consideremos autoridad para decidirlo, a quién consideramos dueño de las normas lingüística y, por lo tanto, del lenguaje.

Cualquiera podría pensar que, respecto de la lengua italiana esa es una pregunta fácil de contestar: ¡los italianos! Pero ese colectivo reúne a varios conjuntos que no usan la lengua de la misma manera: los sicilianos, los romanos, los napolitanos, los milaneses. Podríamos decir, entonces, que la autoridad sobre una lengua la ejercen quienes la usan.

Es el argumento que se esgrime siempre en contra de la pretendida autoridad de la Real Academia Española, para la cual los legítimos dueños del castellano son quienes lo amasaron durante siglos a partir de los restos de latín. La propiedad del castellano es más compleja que la del italiano precisamente por las repúblicas hispanoparlantes, que reivindicaron su independencia lingüística al mismo tiempo que la política.

Tan así fue que a los académicos reales no les quedó mas remedio que aceptar (muy entrado el siglo XX) que el castellano es una lengua pluricéntrica, porque tiene más de una variedad estándar.

La autoridad, pues, pasó a manos de los hablantes nativos (el español es la segunda lengua del mundo por número de hablantes nativos, 477 millones, solo por detrás del chino mandarín).

El problema de esa masividad se complejiza con la industrialización de la lengua, es decir, cuando la lengua pasa a ser materia prima de empresas internacionales de comunicación, que elaboran su propio standard (por ejemplo: las empresas multimedia que distribuyen contenidos para la televisión). Allí, la propiedad de la lengua no se decide ni por el nacimiento ni por el uso, sino por el rendimiento (los subtítulos se elaboran en dos versiones: español peninsular y español latino, sin que se sepan bien los fundamentos de esas decisiones).

Transformada de medio de comunicación o de expresión (que no son la misma cosa) en mercancía, los dueños de la lengua pasan a ser quienes someten a ella a la mayor explotación, y la más exitosa.

Vuelvo a mi curso de italiano, en la plataforma más importante del mundo (hay más norteamericanos estudiando idiomas a través de ella que en todas las escuelas estadounidenses). Es una máquina, que funciona con algoritmos diseñados alguna vez por lingüistas y pedagogos expertos y que ahora funciona de manera más o menos automática, asistida por inteligencias artificiales. Cada error que cometo me quita una “vida” en el proceso de aprendizaje (ese vaciamiento vital pretende que pague una cuota mensual de dólares para seguir aprendiendo, sin terror a la muerte).

Hay un botón que permite “reportar” errores, pero esa función, lejos de transformarnos en una autoridad, nos transforma en trabajadores gratuitos (esclavos) de y para la máquina. Es lo mismo que sucede cuando google maps nos pide que reportemos, confirmemos o desechemos alguna circunstancia en un trayecto que estamos realizando.

Lo que se nos aparece es una nueva forma de apropiación: ya no son ni los hablantes nativos, ni los usuarios, ni las compañías multimediáticas quienes toman decisiones sobre las lenguas (y sus equivalencias) sino directamente el sujeto abstracto y maquínico que habita en los algoritmos.

Giorgio Agamben ya había señalado que los pueblos estaban perdiendo la relación vital con su lengua materna, reemplazándola por un uso meramente funcional. El inglés global (él también preso de la autoridad del tecnocapitalismo) o cualquier otra lengua sin relación con alguna comunidad, se transforma en nuda lingua, al servicio de la biopolítica capitalista. Según Agamben, “Europa no saldrá del callejón sin salida en el que se está encerrando si primero no encuentra una relación poética y pensante con sus palabras”.

Esa relación atraviesa hoy una zona de combate que quiere despojar a las lenguas de sus componentes afectivos y de sus perspectivas existenciales.

Aprendemos un vocabulario o los rudimentos de una gramática a través de una instancia automatizada, pero sólo cuando queramos mentir, desear u odiar en ella sabremos qué es esa lengua.

 


 

lunes, 8 de septiembre de 2025