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sábado, 11 de julio de 2026

Ambientes estilísticos

por Daniel Link para Perfil  

Nan Goldin actualizó su libro de 2019, The Other Side, en un video que lleva ese mismo título, con sus típicas imágenes de la escena LGBT. Junto con otros, la muestra que está recorriendo el mundo y que tal vez llegue a Buenos Aires incluye también el video The Ballad of Sexual Dependency: aquí también aparecen las fotos “intimistas” y “documentales” de Nan, ordenadas en series con canciones de fondo. Lo que impresiona de esta “balada” es que de inmediato nos identificamos con la banda sonora (son las canciones que escuchamos siempre, las canciones que amamos) y, progresivamente, nos damos cuenta de que hemos estado en los mismos lugares que Nan, con las mismas personas, en las mismas situaciones.

Por supuesto, es un efecto de identificación completamente imaginaria, pero hay algo más poderoso que ese proceso de progresivo reconocimiento de un mundo al mismo tiempo propio y ajeno y tiene que ver con la conformación de un ambiente estilístico del que estas fotos (y quienes están retratadas en ellas) participaron y participan. ¿Es posible pensar que ese mismo ambiente estilístico constituyó nuestra ecología porteña en las décadas del ochenta, noventa y dos mil?

Lo que parece un mero efecto perceptivo, sin embargo, pronto revela su verdad. Una de las series está musicalizada con la milonga Packard, cantada por Edmundo Rivero en 1968 (“era una mina bien..... / pero un día la droga la hizo suya... / ayer la vi pasar / iba dopada”). Lejos de constituir un disturbio en la serie audiovisual cosida por Nan Goldin, la voz de Edmundo Rivero (completamente necesaria en el segmento en que aparece) nos reconforta porque muestra el alcance de un ambiente que no es metropolitano sino descentrado o multicentrado.

Tan así es que la revista Balam comisionó una serie de fotografías del Archivo de la Memoria Trans que dialogara visual y afectivamente con The Other Side. “Un puente entre estas dos constelaciones, distantes en tiempo y geografía, pero unidas por un mismo impulso de memoria, visibilidad y resistencia”. Y, podríamos agregar, un mismo ambiente estilístico que todavía nos interpela.

sábado, 30 de mayo de 2026

Dos gramáticas urbanas

Por Daniel Link (+ qwen) para Perfil

Roma, palimpsesto; París, partitura afinada.

Roma creció por acumulación, no por diseño. Sus calles se retuercen sin pedir permiso, sus fachadas dialogan con ruinas milenarias y su paleta —ocre, travertino, terracota— absorbe la luz mediterránea para devolverla en calidez viva. El estilo romano es orgánico, casi desobediente, irracional. Privilegia la intensidad, la huella humana sobre el trazado geométrico. La ciudad respira en su desgaste y en la vida que se filtra por cada grieta. Roma es una ciudad que aplasta, con la soberbia serena de quien lleva veintisiete siglos en pie. Sus edificios no invitan: imponen. Una ciudad donde el tiempo no pasa sino que se deposita, como sedimento, sobre cada plaza y cada fachada (un poco por eso, las romanas viven fuera del tiempo, perdidas en volutas conceptuales arcaicas).

París, en cambio, es hija de la voluntad ilustrada y la ingeniería estatal. Tras Haussmann, la ciudad se transformó en un ejercicio de geometría aplicada: bulevares radiales, alturas uniformes, mansardas de pizarra y fachadas de piedra caliza que reflejan una luz más fría, más controlada. El estilo parisino nace del ritmo, la repetición y la perspectiva. Cada plaza es un escenario calculado, cada avenida un eje visual. Si Roma es ocre, terracota, amarillo tostado (los tonos del barro, del sol del Mediterráneo, del tiempo sin restaurar), París es gris perla, beige claro, el color de la lluvia tamizada por zinc. París disciplina con una elegancia implacable.

La opción por el gótico en la arquitectura religiosa lo dice todo: no nos vengan con esos cachivaches barrocos, nosotras aspiramos al cielo.

Ese choque de sensibilidades lo que nos salva de la anestesia urbana contemporánea. Roma nos recuerda que la urbe es un organismo vivo, sujeto al paso del tiempo, a la memoria colectiva que se incrusta en los muros. París nos enseña que el espacio público también puede ser un acto de civilización, un pacto entre razón y elegancia. Esta tensión entre lo vivido y lo planeado no es un defecto, sino una riqueza. Los parisinos ocupan los bulevares y las terrazas con una voracidad ausente en otras ciudades.

En una y otra no buscamos solo monumentos, sino atmósferas que nos devuelvan una pregunta esencial: ¿cómo queremos vivir juntos? No elegimos entre ellas por gusto, sino por necesidad anímica. Roma susurra que el tiempo deja cicatrices hermosas; París afirma que la belleza requiere, a veces, de un trazo firme. Y en ese diálogo entre ruina y proyecto, entre impulso y medida, late la verdadera esencia de lo urbano.

Roma nació del Imperio (y todavía parece sufrir esa culpa, como la del fascismo), de una mentalidad pragmática que reutiliza en lugar de demoler. París, en cambio, floreció bajo la monarquía y la Ilustración, obsesionada con la razón, la medida y la imagen pública (y todavía parece estimular el estado deliberativo y asambleario en cada esquina). Su estética es la del manifiesto urbano.

Viajando desde Buenos Aires, París es un poco como estar en casa.

sábado, 23 de mayo de 2026

El estilo es lo viviente

Por Daniel Link (+ Deep Seek) para Perfil

Me voy a París a defender una perspectiva descentrada respecto de las grandes palabras (República y Revolución) que denominan al congreso al que llegaré sin ganas. Me propongo repensar el estilo más allá de la vieja fórmula parisina de Buffon —“el estilo es el hombre mismo”— que tanto daño nos ha hecho. Parto de una pregunta incómoda: ¿qué tiene que ver el estilo con la República y la Revolución? Para Enzo Traverso, el populismo es un estilo político indiferente a las doctrinas, pero tenemos que ir más lejos porque el estilo es político, y la política es un estilo.

Buffon, ese naturalista de la Academia Francesa, predicaba orden y norma, pero también despreciaba América: animales débiles, indígenas sin barba ni ardor. Frente a esa cosmopolítica europea, prefiero una caosmopolítica americana. Con Lezama Lima, tenemos derecho a pensar que lo americano es barroco: no un estilo degenerescente sino plenario, soldado al paisaje, que produce un vivir completo (lenguaje, vivienda, formas de vida). El estilo no se posee, se atraviesa. Es un ambiente estilístico: un entrelugar natural y cultural.

Klee decía que uno encuentra su estilo allí donde no puede hacer otra cosa. Para Spengler, el estilo es un destino.

Hoy la estilometría y el procesamiento de lenguaje natural nos revelan un inconsciente estilístico, patrones invisibles al ojo humano (copio a Benjamin, claro, quien habló del inconsciente óptico a partir de la fotografía).

Además del Barroco de Indias hay otros dos ambientes estilísticos privilegiados para nosotras: el modernismo y el pop latino. He sometido “Sonatina” de Darío a distintos estilos musicales generados por máquinas. La palabra “hipsipila” se convierte en un punto de fallo: la IA se traba, se reinicia. Entiende el delirio de la princesa, pero no puede recuperar esa palabra del depósito de expresiones potenciales.

¿Qué aprendemos de eso? Que Darío no inventó su estilo sino que lo encontró en el cruce de tres ambientes: el simbolismo pasado por agua, la formación de las naciones latinoamericanas y la cultura de masas (lo que llamo pop latino). Desde Rubén Darío hasta Bad Bunny, pasando por Manuel Puig, el estilo es una relación de apropiación y desapropiación con el pueblo, con la lengua, con la masa. No es una huella dactilar del autor, sino una atmósfera que se respira. Por eso nuestros destinos (estilísticos y políticos) se definen en relación con esos tres grandes ambientes estilísticos americanos: barroco, modernismo y pop. Describámoslos y sabremos qué mares y que selvas atravesamos.

sábado, 21 de marzo de 2026

¡Qué te metés!

Por Daniel Link para Perfil

El primer viaje de Colón todavía puede sostenerse como una aventura humana sin precedentes. Pero el segundo viaje es ya otra cosa: explotación y exterminio. La armada colombina partió de Cádiz el 25 de septiembre de 1493 integrada por 17 naves con entre 1200 y 1500 pasajeros y tripulantes a bordo, con el objetivo (antropológicamente incorrecto) de “explorar” las Antillas, “descubiertas” en el viaje previo.

El 14 de noviembre de 1493, Colón mandó una barcaza de desembarco a la isla de Santa Cruz (hoy Saint Croix), en busca de una fuente de agua dulce. La isla estaba habitada por taínos, caribes (o kalinagos) e igneris (que habían sido asimilados por los taínos).

El grupete colombino desembarcó en una playa preciosa en la desembocadura del río Salado (hoy Salt River's Bay). Se encontraron con unos taínos prisioneros de los caribes y decidieron liberarlos.

De regreso a la nao correspondiente, fueron interceptados por una canoa repleta de caribes justamente indignados (¡qué te metés!) y de la despareja confrontación armada quedaron dos víctimas fatales, una por cada bando. Es, de hecho, el primer enfrentamiento entre el imperio y la resistencia nativa. Con frecuencia se subraya la complicidad de las tribus con los colonizadores, a los que pedían protección contra sus feroces enemigos, pero el enfrentamiento enfrente de la “Playa de las flechas” (así la llamó Colón) pone en perspectiva esas alianzas.

En treinta años, no quedó uno solo de los antiguos habitantes de Santa Cruz, que fue abandonada por los españoles un siglo después, dando paso a una larga serie de ocupaciones, compraventas y luchas por su ocupación (Malta, Francia, Dinamarca). En 1917, fue adquirida por el gobierno de los Estados Unidos, que la conserva como Territorio no incorporado (es decir: sin representación parlamentaria).

Los actuales “crucianos” descienden de un amasijo de nacionalidades, a las que se deben agregar los criollos antillanos de otras islas, los afroadescendientes liberados, los latinos de Puerto Rico y de Dominicana que sostienen una comunidad activa y vibrante.

No alcanzamos a entender del todo el presente pero lo sabemos horrible. Se nos escapan las categorías analíticas que antes podían explicar una sensación, un vínculo, un acontecimiento. Todo se ha vuelto muy confuso.

En 2020, Donald Trump pronunció un frase que parecía salida de su ilimitadísima ignorancia. Se comprometió a "proteger el modo de vida americano que comenzó con Cristóbal Colón". Conviene recordarla, sin embargo, en estos días de avalancha destructiva, como lo que es, un reconocimiento: así como Colón, él se compromete a llevar, en nombre de un modo de vida (casinos, canchas de golf, resorts, renta inmobiliaria) la guerra y la aniquilación a donde se le de la gana y por las razones que le parezcan (aunque sean las más mezquinas).

Los imperios no destruyen lo que no entienden, destruyen lo que odian, simulan entender mal para poder cumplir con su “destino manifiesto” de dominio, o sea: una forma de psicosis.

 

sábado, 14 de marzo de 2026

El amigo americano

por Daniel Link para Perfil

Los únicos asientos disponibles con espacio extra para las piernas en el vuelo Miami-Buenos Aires estaban en la parte central del avión. Me tocó el del medio en fila de tres. Por supuesto, el de mi izquierda lo ocupó uno de esos gigantes americanos que apenas si caben entre los apoyabrazos y que necesitó asistencia para comprobar si le servía el cinturón de seguridad. Auguré un viaje nocturno de pesadilla y me dispuse a tomar doble ración de ansiolíticos después de la cena.

El coloso americano viajaba solo e intentó lo que más temía: conversar conmigo, arrancarme los secretos de Buenos Aires. Le dije que vivía en el countryside y la respuesta lo decepcionó tanto que cambió de ángulo y se puso a charlar con la argentina rubia de allende el pasillo. Ella podía farfullar en inglés, lo que hacía más intolerable sus recomendaciones de inteligencia artificial: Puerto Madero, la Boca, Teatro Colón (nombres a los que agregaba un falso acento inglés).

Lo peor vino después: la rubia (que trabajaba en algo vagamente relacionado con el diseño y estaba acompañada por su pareja, igualmente rubio y tatuado prolijamente) le preguntó si le gustaba la música electrónica. Confundido, el amigo americano asestó algunos nombres y ella empezó a recomendarle lo más grasa de la escena argentina.

Lo peor, lo más vergonzoso, vino después. “What do think about your President?” El americano, prudente, no contestó. A lo que ella agregó: “Puede que esté loco, pero es un buen presidente” (en la misma semana en que ese señor no loco, sino de una maldad primitiva, premoderna, desencadenó una masacre injustificada con consecuencias todavía imprevisibles). El americano seguía evadiendo una respuesta, porque era cortés y no quería meterse en problemas. Miré con todo el odio del mundo a la rubia libertaria descerebrada para ver si era capaz de darse cuenta de que no podía decir las cosas que estaba diciendo.

No tuvo efecto mi mirada. Decidió agregar: “Y el ICE (ais, dijo)? Yo creo que está bien”.

A lo mejor el amigo americano era de Minneapolis (o al menos ve los noticieros de televisión) así que tampoco se pronunció al respecto.

Ese reencuentro con la patria descerebrada pero imprudentemente expresiva me deprimió bastante. Me tomé un alplax de 2 miligramos para llegar estúpido a Ezeiza. Antes de desmayarme, pensé que cuando Trump decida cancelar las elecciones de noviembre (porque va a perderlas) por una “emergencia nacional” esta chica aplaudirá, por supuesto, la decisión mientras bailotea en su terraza al ritmo de Tiesto.

 

sábado, 31 de enero de 2026

Querido diario (5): Fin de fiesta

Por Daniel Link para Perfil

18. Un taradito de esos que ahora se llaman influencers se va a Mar del Plata en bicicleta. La nota que lo cuenta subraya las “muchas situaciones” de su perpecia: parar en el medio de la ruta, comer en una estación de servicio, encontrar un lugar al costado del camino para descansar unas horas... La nota es más idiota que su tema. La “proeza” ya había sido realizada previamente por tres amigos de Lomas de Zamora, que además no pararon a dormir e hicieron el viaje de un tirón. El influencer tardó cuatro días. Y sus aventuras coinciden un ciento por ciento con la de cualquier viajero. Que lea Los cuentos de Canterbury y que vuelva en marzo.

19. Muchos de quienes leyeron la reciente peripecia de Lío, nuestro gato, o escucharon las versiones orales previas a su refundición (incluida mi mamá) preguntaron cómo podía estar seguro de que el gato asesinado era un vagabundo y no Lío, si tan iguales eran. Esa fantasía, que no me desagrada del todo, desdeña la diferencia de color en el pelaje pero, además, supone que el gato vagabundo se las ingenió para convencer a las perras para que mataran al legítimo integrante de la manada y, luego, pudo sostener la impostura de que él era Lío (con sus caracteres personales e incluso sus desórdenes alimentarios). Mi protesta de que esa línea narrativa estaba condenada al fracaso fue recibida con estupor, lo que volvió a demostrar (más allá de la política, que dice todo el tiempo lo mismo y no queremos o no podemos hacernos cargo) que no hay círculo de realidad que no esté dominado hoy por la demencia.

20. A Julio Iglesias lo traicionó la doble negación. Dijo: “niego haber abusado de ninguna mujer”. O sea que abusó de alguna. Lingüística forense ya. ¡Un perito lingüístico no se le niega a nadie.

21. Cambiamos el histórico portón por uno nuevo, alto, ciego y corredizo. Las perras se desconcertaron y entraron en depresión: habíamos destruido su razón de ser. Antes, ladraban a todo lo que pasara por la calle: niños, carros, caballos, motos. Ahora no ven nada salvo lo que pueden adivinar a través del ligustro. Casi no ladran. Se quedan tendidas a nuestro alrededor, recordando sus antiguas correrías alrededor de los límites del terreno. Las hemos jubilado prematuramente.

22. Un amigo nos hizo una generosa invitación: nos cede gratuitamente su casa y su auto en el Caribe norteamericano. Los pasajes salen baratísimos. Aceptamos la oferta a ciegas. Días después, comienzan las advertencias: ataques de tiburones en las playas donde se hace snorkel (me da igual, porque no lo practico), las bases navales de los Estados Unidos, con una avidez de sangre venezolana probada en las últimas semanas (le pido que me averigüe a qué bar van los marines, ávido de una experiencia del tipo Reto al destino) y, sobre todo, el hecho de que la isla no ofrece NADA para hacer (leeré su biblioteca entera). Si acaso nos aburriéramos, estamos muy cerca de Vieques y de San Juan, donde tenemos lazos que todavía duran.

23. La ranita célibe me indica el horario del whisky vespertino. La llamamos así porque su croar es solitario y desesperado: es un llamado a la reproducción que nadie contesta. No sabemos dónde vive (pero creemos que en un cantero elevado, por la fuente sonora del croar, que se interrumpe en cuanto nos acercamos). Hace un par de décadas, el concierto de ranas y el espectáculo de luces de las lucciole eran cotidianos. Luego, el corte sistemático y semanal de pasto alejó a los batracios (que hacen sus cuevitas en la tierra) y la mutación antropológica apagó las bioluminscencias. Entre las muchas cosas que le envidiamos a Liliana, una vecina que tiene casa a dos puentes de la nuestra, hay que mencionar que ella todavía disfruta de la danza erótica de las luciérnagas en su jardín que, por descuidado, es todavía un ecosistema completo (vive en sus fondos hasta un lagarto overo de gran tamaño). Eso sí, como no riega, no tiene ranitas. Así que cuidamos la nuestra (y le conseguiríamos pareja si supiéramos cómo) para compensar un poco.

24. Supongo que ya no volveremos a Mar del Plata hasta marzo, si acaso. Y supongo que las vacaciones de verdad ya se terminan. En todo caso, nuestro último día coincidió con la visita del Sr. Milei, de la cual se enteraron pocas personas. De hecho, la misma noche de su caravana por la calle Güemes, estuvimos circulando, sin ningún trastorno, por la calle paralela. Las laterales estaban todas cortadas y custodiadas por fuerzas de seguridad preparadas para rechazar una invasión extraterrestre (que tampoco se produjo). Lejos de los millones de seguidores alucinados por los partidarios del paladín de la derecha rancia, el centro de Mar del Plata se abstuvo de caer en la demencia política. Fue un lunes más, sin penas ni glorias.

sábado, 10 de enero de 2026

Querido diario (2): Fragmentos veraniegos

Por Daniel Link para Perfil

7. La “seguridad” ha sido siempre una coartada odiosa. “Por su seguridad” hacemos esto o prohibimos aquello. Pero “nuestra seguridad” es una amenaza todavía más intolerable, porque justifica violaciones de las condiciones de vida de quienes quedan fuera del “nosotros”. La seguridad de unos se convierte lisa y llanamente en la aniquilación de otros. Eso es la política después de Gaza. Y a esa cristalización de falsas certezas hay que oponerse.

8. Leo Cine vivo de Albertina Carri. No es una mera recopilación de textos. Es un libro muy orgánico, que desarrolla un pensamiento y que usa piezas viejas reescritas y reensambladas ahora para dar cuenta de un pensamiento. Un pensamiento sobre cine, claro, pero también sobre la vida, porque ambas cosas no pueden pensarse por separado. Albertina continúa la pista propuesta por Manuel Puig: no es tanto que el inconsciente esté articulado como un lenguaje (hipótesis decisiva pero un tanto trivial de Lacan) sino que está articulado como el lenguaje cinematográfico.

9. A Mar del Plata cada tanto se la lleva el viento. Huimos a tiempo de la sudestada y nos volvimos al campo nuestro, bonaerense y pobre como una araña. Encontramos los pastos quemados por un sol de una agresividad pretérita, como de formación del sistema solar. Me puse a regar como un bombero desesperado, aún sabiendo que el agua no repararía lo incinerado. Ya crecerán nuevas gramas, agradecidas por mi atención aquífera. Los pajaritos, todavía agobiados, vienen a bañarse y a sacar gusanos gordos de la tierra blanda. Lo importante no es tanto lo que nos pasa sino de qué lado nos colocamos: del lado del cuidado, de la reparación, de la atención a lo otro o del lado de la amenaza, la hostilidad, la destrucción del ambiente (ecológico o estilístico) en el que vivimos.

10. La Rabia de Pasolini es un texto decisivo porque desmiente cualquier ilusión “progresiva” en relación con su obra que, ya desde el comienzo (La Rabia es su tercera película, de 1963), oscila entre el documento y la ficción, entre la apropiación y la creación, entre lo personal y lo apersonal, (Pasolini afirma que no filmó ni una sola imagen para esa película, extraída de un archivo de 90.000 metros de pelpcula preexistente), entre el furor y el erotismo. El texto, que acompañó su tercera película, aparece ahora en una impecable edición de el cuenco de plata, al cuidado de Diego Bentivegna. Diego no sólo traduce bellamente el largo comentario poético que funcionó como banda sonora, sino que lo sitúa con una precisión y un alcance de perspectiva que exceden largamente la competencia del erudito: es un libro hecho por un poeta para otro poeta. Por supuesto, hace juego con su Queda un cuerpo. Clases y apuntes sobre Pier Paolo Pasolini que yo tuve el privilegio de leer en su versión manuscrita. Ahí Diego desarrolla la noción de lo “informe”, que tan bien le cabe, también, a La rabia.

11. El verano sigue con sus extrañas circunvalaciones. Las sigo, sin pensar demasiado.

 

sábado, 3 de enero de 2026

Querido diario

Por Daniel Link para Perfil

1. Pasa un joven semidesnudo por enfrente de la terraza donde tomamos un aperitivo. Lo que me enamora es que está en el momento exacto de la belleza. Dentro de dos días la habrá perdido para siempre, porque la belleza es una acompañante voluble, delicada, traicionera.

2. 7 Promenades avec Mark Brown, la mejor película que vi en 2025. Siete paradas junto al botánico Mark Brown en un recorrido por la historia, la estética y el valor (medicinal, ecológico, alimenticio) de ciertas plantas y ciertas flores. La película es profundamente conmovedora y, además, sexy. El rol del "camarógrafo" (que protagoniza otra película igualmente extraordinaria de Pierre Creton, Un príncipe, anterior a las 7 Promenades, pero que yo vi después) es esencial. Tiene dos mitades: en la primera el rodaje y las conversaciones. La segunda parte muestra las flores filmadas en movimiento y en primer plano, con sus nombres científicos en latín.

3. Elecciones complicadas en una casa impropia cuando nos olvidamos de llevar nuestras lecturas. La biografía de Edison y la de Mia Farrow. Cuatro tomos de la colección de clásicos de La Nación. Una edición ilustrada de Bartleby, el escribiente, El conde lucanor... Me decido por este último, que me arrrastra a las moralidades propias del Trecento español. Y me lo llevo a la playa. Nunca sería capaz de ajustarme a la máxima: “El que esté bien sentado, no se levante”.

4. Me cuenta que recién se acuesta (son las 9 de la mañana) y que no cree que pueda dormir por el hambre que tiene. Su padre y sus hermanos se fueron a pescar a Tigre. Me pregunta: “¿Vos no tendrías que me banques para comprar algo de pan y 200 de fiambre?”. Le pido el alias.

5. Una película vieja de Darren Aronofsky, Mother! (2017), vista después de un sueño. Me sorprende que no figure entre los grandes clásicos de este siglo, porque es de una potencia extraordinaria. Alcancé a contar el barroquísimo sueño, que incluía un cumpleaños, a mi marido, que cumplía años. Yo me había quedado dormido, pero sabía que debía despertarme y lo hice. Después de brindar, nos pusimos a ver la película, que parecía una continuación de mis actividades cerebrales cuando estaba dormido.

6. Se vino a Mar del Plata hace veinte años, para rescatarse de la droga, como tantos. Lo consiguió, “pero soy alcohólico”. Tiene dos hijos grandes y ahora sale con una ayudante de cocina. Trabaja en la Escuela 20 de día y de noche hace esto (trapito) para comprar escabio los fines de semana. Pero tranqui. “Gracias por el cigarrillo, campeón”.


sábado, 22 de noviembre de 2025

Saber de menos

Por Daniel Link para Perfil

Escribo desde Santiago de Chile, donde no he podido coincidir con mi amiga Carolin Emcke, que estuvo la semana pasada, ni con mi amiga Nuria Girona, que llaga la que viene. Siempre me resultan simpáticos esos encuentros fugaces de personas que vivimos en ciudades muy remotas, como naves que cruzan en un puerto, para segur su camino hacia otra parte. 
Pero es cierto que esta vez mi agenda era muy apretada y tenía que socializar con mis nuevos y viejos amigos santiaguinos, que me pusieron al día en chismes pero también sobre la situación política y cultural de Chile.
Me di cuenta de que los diarios argentinos habían informado con bastante fidelidad sobre el primer aspecto (por supuesto, ningún análisis tan fino como el de los propios locales) pero que, en cambio, no tenía mucha idea de la cultura trasandina de los últimos años, meses, días.
Dándole vueltas al asunto caí en la cuenta de que en realidad se nos informa más bien poco sobre las culturas de otros países, salvo de los Estados Unidos, cuyas festividades ya integran nuestros calendarios. Lo que sabemos, lo sabemos por nuestras amigas, lo que en algún sentido no hace sino potenciar la necesidad de un vínculo humano para poder comprender la complejidad del mundo que nos rodea.
Pero cuando no hay informante amistoso, nos quedamos en penumbras.
Pienso, sobre todo, en culturas que en el pasado fueron muy ricas y tuvieron un gran impacto entre nosotras pero que hoy, como están en guerra, han sido silenciadas hasta el anonadamiento. 
¿Qué sabemos del cine, la literatura, el teatro y la música rusa? Es inverosímil pensar que la patria de Pushkin, de Jakobson, de Trubetskoy, de Ajmátova, de Eisenstein y de Tchaikovsky no tenga alguna marca interesante para compartir con nosotras y sería injusto cancelar todo lo ruso por la conducta de sus generales. En los países en los que, en efecto, se suspendieron los “contenidos” rusos de los programas de enseñanza, esa decisión fue recibida con escándalo.
Lo mismo podría decirse de las artes chinas: ¿no es inocebible, acaso, que sólo podamos pensar en ese mundo entero en términos del intercambio comercial que les conviene a los gobiernos estadounidenses?
Todos los que no somos sinólogos dependemos de informes por lo general tendenciosos. No hay noticia sobre la IA Deep Seek que no subraye con malicia su peligrosidad, como si las inteligencias artificiales de las corporaciones americanas fueran actualizaciones de la Maria Rainer de Julie Andrews.
Nada de eso se nos ahorra, desde ya: el absolutismo chino y su capacidad infinita de control, los oligarcas rusos y la sed de sangre de los generales de Putin, etc.
Todas las promesas de achicamiento de las distancias y de circulación irrestricta de la información en un mundo globalizado han sido desmentidas por la ignorancia a las que se nos somete. “¡Es que son países con censura!”, se nos dice. No puedo negar ese aserto, desde ya, pero me es evidente que tampoco se nos cuenta nada de sociedades más liberales pero que resultan igualmente insignificantes en términos del conocimiento que de ellas se nos ofrece.
Finalmente, la cultura global no es sino la máscara actual de la cultura imperial, que decide sobre qué se sabe más y sobre qué se sabe menos.
El New York Times acaba de publicar una nota contando que los disientes sexuales huyen de Rusia. ¿A dónde? A Buenos Aires, por supuesto.
Ojalá, pienso, entre tanta loca harta del terrorismo estatal haya algunas que nos cuenten cómo es la música, la poesía, el cine y el arte con el que crecieron y en el que encontraron (si así fue) las fuerzas necesarias para correr a nuestro abrazo.
Nos obligan a identificar a estados y a decisiones geopolíticas con comunidades de vida y con estilos de pensamiento, lo que está mal, porque bien sabemos que en los momentos más oscuros de las peores políticas estatales, nosotras encontramos la forma de resguardar el lazo comunitario, que poco y nada tenía que ver con las decisiones soberanas.
Pienso todo esto, lo escribo, y ya querría tacharlo porque me doy cuenta de la falsedad del razonamiento. ¿Acaso no ignoramos también las culturas que se forman y sostienen más allá de Buenos Aires? 
Tal vez no sea que nos imponen saber menos sobre ciertas comunidades, sino que no nos interesa saber más sobre ninguna que no sea la propia.
No sé si será una onfaloscopía o un mecanismo de supervivencia. En todo caso, sólo el conocimiento de lo que nos es ajeno nos permite poner en perspectiva lo propio, desabsolutizarlo, rebajarlo a sólo una variación de las infinitas posibilidades de existencia, que incluye a las existencias rusa, chilena, china, cordobesa, de las que necesitamos noticias, detalles, esperanzas.


viernes, 14 de noviembre de 2025

sábado, 1 de noviembre de 2025

La tajada de sandía



por Daniel Link para Perfil

La doctrina del “Destino manifiesto”, cuyo nombre se estabiliza recién en 1874, fue formulada en 1630 por el ministro puritano John Cotton, quien sostuvo que “Ninguna nación tiene el derecho de expulsar a otra, si no es por un designio especial del cielo como el que tuvieron los israelitas, a menos que los nativos obraran injustamente con ella. En este caso tendrán derecho a librar, legalmente, una guerra con ellos y a someterlos”. La expresión “destino manifiesto” aparece por primera vez en el artículo «Anexión» de John L. O'Sullivan, publicado en la Democratic Review (Nueva York: julio-agosto de 1845). Allí se lee que “El cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la Providencia, para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno. Es un derecho como el que tiene un árbol de obtener el aire y la tierra necesarios para el desarrollo pleno de sus capacidades y el crecimiento que tiene como destino”.

A partir de este supuesto, los Estados Unidos anexaron los territorios de Texas (1845), California (1848) e invadieron México (1846), apropiándose de Colorado, Arizona, Nuevo México, Nevada, Utah y partes de Wyoming, Kansas y Oklahoma (2 millones 100 mil kilómetros cuadrados, el 55 % del territorio mexicano de entonces). Estados Unidos intervino militarmente en Nicaragua en 1860 y en 1912, en Honduras en 1903, 1905, 1919 y 1924 para “restablecer el orden”, y en Cuba en 1898, después de haber vencido a las tropas ibéricas.

Particularmente interesante es el episodio de la “tajada de sandía” (cuya intensidad semiótica no puede disimularse). El 15 de abril de 1856 desembarcó en Panamá de un buque procedente de California el estadounidense Jack Oliver. Acompañado de unos amigos, se detuvo en el puesto de frutas de José Manuel Luna en el barrio de La Ciénaga, tomó una tajada de sandía, se la comió y quiso irse sin pagarla (valía un real, equivalente a cinco centavos de dólar de entonces). Reclamado el pago, Oliver insultó y amenazó al puestero a punta de pistola. El vendedor respondió con su puñal. Miguel Abraham (de nacionalidad peruana) arrebató la pistola a Oliver y salió corriendo, perseguido por la muchachada californiana, a los tiros.

El resultado de la batalla entre arrabaleros panameños apoyados por la gendarmería y aventureros norteamericanos fue de 14 norteamericanos y un francés muertos, en un bando, y 2 muertos y media docena de heridos en el otro, y la destrucción de las instalaciones de la Panama Railroad Company. El 18 de julio de 1856, el comisionado estadounidense Amos Corwine recomendó “la ocupación inmediata del istmo de océano a océano por Estados Unidos a menos que Nueva Granada nos convenza de su competencia e inclinación para suministrar adecuada protección y una rápida indemnización”. Ambas cosas sucedieron (indemnización y garantías de seguridad). Lo demás es historia reciente y manifestación de un destino latinoamericano que por fin nos alcanza cabalmente.

martes, 21 de octubre de 2025

Último llamado

Los pasajeros con destino a O'Hare embarcan por puerta 10

 



 

 

 

sábado, 2 de agosto de 2025

Criollismo revisitado

Por Daniel Link para Perfil

Estoy en una esquina de la ciudad de Lima. Leo los nombres de las calles: San Martín y Sáenz Peña.

He leído, en otros carteles, Sucre, Bolívar, Junín y Ayacucho. Son los hitos (héroes y batallas) de la independencia de las repúblicas sudamericanas.

En esta esquina en particular coinciden el Libertador de América (San Martín) con “el argentino cuya voz en el Congreso panamericano opuso al slang fanfarrón de Monroe una alta fórmula de grandeza continental (“América para la Humanidad”), y demostró en su propia casa al piel roja que hay quienes velan en nuestras repúblicas por la asechanza de la boca del bárbaro” (para citar a Rubén Darío). Son nombres que intervinieron decisivamente en la formación de las sociedades criollas durante el siglo XIX, durante la independencia y después.

Pienso que las toponimias urbanas son una entrada privilegiada para el aprendizaje de la historia. Toda niña debería conocer el significado de los nombres de las calles por las que circula y, tal vez, deducir de la frecuencia de aparición de esos nombres, el tratamiento historiográfico que esos nombres han recibido.

Todo eso vuelve a Lima una ciudad profundamente familiar para nosotras porque, como señaló Borges en Evaristo Carriego, “La independencia de América fue, en buena parte, una empresa argentina; hombres argentinos pelearon en lejanas batallas del continente, en Maipú, en Ayacucho, en Junín”. La verdad del enunciado podría discutirse, pero no su entonación, que es criollista. Hay un impulso imaginario hacia lo criollo que tiñe el continente y que arrastra consigo los nombres de los próceres y los acontecimientos de los que participaron (batallas o reuniones diplomáticas).

Ahora estoy en otra esquina de Lima, para elegir el último almuerzo en la ciudad. En dos lugares nos dicen “no, no servimos comida criolla”. El desprecio globalizante hacia lo criollo nos sorprende, pero en el tercer lugar hicimos rancho: causas, ceviches, pisco sour y suspiros limeños. En el aeropuerto, como es fiesta patria, han organizado unos números danzantes: los bailarines se entregan al valsecito criollo. Y eso nos conmueve.

 

sábado, 17 de mayo de 2025

Ensalada de papas

Por Daniel Link para Perfil

Después del “Habemus papam” y la bendición del nuevo pontífice salí lo más rápido que pude de Piazza San Pietro. Ya era tarde: en la boca del metro la policía había establecido un cordón y dejaban entrar a las personas de a tandas. Ya fuera del metro, esperando en la parada del tranvía que me llevaba a mi casa romana (ocupado casi siempre por migrantes africanos, bangladesíes y latinoamericanos como yo) escuché a dos peruanas que conversaban sobre el resultado del cónclave: “es un peruano”, “estoy muy orgullosa”.

Por supuesto, como se sabría al día siguiente, habían acertado. León XIV se reconoce como un peruano nacido en los Estados Unidos, porque uno no es del lugar en el que nace sino del lugar donde entrega el alma.

El asunto es particularmente sutil en tiempos de desprecio al migrante y expulsiones masivas. La elección de Prevost (¡ya teníamos un abate, ahora un Papa!) me pareció bastante inteligente, teniendo en cuenta la advertencia mafiosa que le envió al Cónclave el Sr. Trump, disfrazado de Pontífice y con el dedo adminitorio. ¿Cómo se genera una imagen semejante? Hay que pedirle a la IA: “cara amenazante”.

Trump no tuvo sino que felicitar al “compatriota”. Peor asesorado, el Sr. Milei festejó el nombre elegido por Prevost, que consideró un homenaje a su persona. Alguien debió decirle que el “seudónimo” del nuevo Papa aniquila el suyo propio, porque ahora cada vez que alguien diga León, se referirá al obispo de Roma y no al presidente provisorio de Argentina.

Lo segundo que consigue León de entrada es equilibrar los asuntos celestes con los mundanos. Porque el Trono de Roma necesita tanto un Papa que bregue por la paz, ore por los desposeídos, clame por la justicia (¿qué otra cosa podría decir un Papa?) como uno que consiga los millones de dólares para cubrir el déficit del Estado Vaticano (la generosidad china jugará ahí un papel decisivo).

Dicen que es Prevost es versado en matemáticas y filosofía. Lo imagino pitagórico. Confieso que le he descubierto a León un cierto aire a Palpatine (pero nunca tan acentuado como el de Ratzinger) por lo que no confío demasiado en él y sus políticas. De todos modos, me conformo con que nos ahorre las hipocresías teatrales de Francisco. 

 

sábado, 26 de abril de 2025

Yo estaba por acá....

 


Amores marcianos

Por Daniel Link para Perfil

Netflix es una plataforma global que, sin embargo, ofrece diferentes catálogos según los países. Por fortuna, en Italia tiene Nata per te (2023), la película de Favio Mollo que hasta ahora no había podido ver. En Nápoles, una mujer pare una niña con síndrome de Down y la abandona. Luca, un muchacho conflictuado que trabaja en un centro de atención de personas con discapacidad, quiere adoptarla.

Por supuesto, enfrenta las barreras burocráticas desde las cuales se ejerce la discriminación (Luca es gay) y, en primera instancia, le niegan la adopción.

El título de la película se explica en un diálogo en el que su abogada le dice: “Ella nació para vos”. Y él le contesta: “No, yo nací para ella”.

Ese vínculo amoroso excesivo y de una pureza casi sobrenatural contrasta con el cúmulo de referencias culturales italianísimas: vocaciones sacerdotales, discotecas, familia, en las que Luca no encuentra remedio para su vacío existencial. Cada tanto, la película nos regala unas conmovedoras rememoraciones de un Luca niño y su amor marciano por su compañero de entonces. Ese amor casi impúber, sin nombre, sin consecuencia pero total encuentra su réplica en el amor de Luca por Alba (la niña abandonada).

La película de Favio Mollo, cuya exquisita sensibilidad ya había sido demostrada previamente, no es sólo una intervención (al mismo tiempo justísima y lacerante) sobre las instituciones legales italianas, sino un homenaje a todos esos amores que quedan fuera de registro pero que son los que nos vuelven, más que animales políticos, sujetos de una ética. Densamente tramada en capas de sentido, Nata per te merece un lugar en todos los Netflix.

sábado, 19 de abril de 2025

Italia nel cuore

 

por Daniel Link para Perfil 

Qué difícil es explicar en Europa la situación política argentina. Dos son los principales obstáculos. Por un lado, la ignorancia (efecto de la mala conciencia) sobre los procesos históricos que nos han llevado hasta este punto. Por el otro, la distancia entre las configuraciones políticas, imaginarias y culturales nacionales.

En 2002 (lo recuerdo como si fuera ayer) la izquierda alemana nos acusaba por no haber sabido aprovechar el impulso de la crisis para imponer nuevas formas de Estado, ligadas con ansias de emancipación revolucionaria. Tuvimos que aclarar públicamente a los sociólogos que nos interpelaban que una cosa son las condiciones objetivas y otra muy diferente las condiciones subjetivas.

Hoy, las izquierdas españolas e italianas nos miran con la condescendencia de quien no entiende que estemos dominados por el yugo delirante de Milei y sus secuaces. Tenemos que aclararles que Milei es sólo el mascarón de proa de la coalición liberal que hoy, como en 1880, propone sus ficciones, su normativa y su hipótesis de futuro para un país que, por ahora, no tiene fuerzas de reserva suficientes para imaginar un futuro alternativo.

Tratándose de los españoles se admite la perplejidad, porque su socialismo se mueve como una habilidad de zorro entre los vientos huracanados de la derecha popular y los extremismos cayetanos.

Pero en Italia el asunto es un poco más difícil de entender, un poco porque ellos se han puesto bajo la tutela de una señora que enarbola los estandartes de «Dios, la patria y la familia» y porque el proceso político italiano de las últimas décadas se parece bastante al nuestro: los diez años de menemato tuvieron su correlato en Roma con los once años de berlusconismo, además dilatados en el tiempo, lo que ha tenido una fuerza de disolución todavía mayor que la del menemato. Sobre todo teniendo en cuenta la longue durée de los procesos italianos, que todavía son capaces de articular en situación de contemporaneidad los restos del imperio y los hitos del arte de la contrarreforma (para nosotros el barroco fue, en cambio, el arte de la contraconquista). Todo sucede en Roma muy lentamente, como si fuera efectivamente cierto que “la tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”.

Confieso que he perdido la paciencia más de una vez. Por ejemplo, respecto de la demonización de los Estados Unidos. Si se han convertido en una potencia militar temible, les digo, es porque tuvieron la ocurrencia de inventar el fascismo y luego necesitaron de ellos para sacárselo de encima. Como homenaje, les regalaron para siempre el nombre “gli americani” por el que los yankees venían luchando simbólicamente desde mediados del siglo XIX.

No nos quedó más remedio que adoptar “latinoamericanos”, esa invención parisina, para expresar nuestras incertidumbres. “Abya Yala”, creo, todavía no nos representa cabalmente y si lo enarbolamos como posible solución es particularmente para desconcertarlos (para ellos somos todavía la “América hispánica”).

Fascismo, berlusconismo (liberal-populismo), Meloni. ¿De qué se sorprenden si nuestra historia (que sucede mucho más rápidamente que la italiana por lo antes señalado) es un calco de la suya?

La mayor diferencia, que tampoco comprenden cabalmente, es la Unión Europea que impide, al mismo tiempo que la liberación de energías vitales (lo que se llama estado de bienestar es también una sociedad de control), los excesos políticos de las derechas. En Roma despotrican también contra la presidenta de la Unión Europea, a la que responsabilizan por la guerra en Ucrania.

Lo peor está por venir, porque gracias a Trump, cuyos admirables saltos hacia adelante y al vacío pueden tener resultados imprevisibles, Europa se está armando nuevamente. Y una Europa armada es una Europa suicida. Mientras los jóvenes protestan contra los elevados alquileres y festejan en las plazas barriales el “día de la liberación” (el 25 de abril), el gobierno de Meloni vuelve a hablar de reclutamiento militar, desempolvando un proyecto aprobado en 2010 para un serivicio militar voluntario de 40 días. Por fortuna, Italia tiene el índice europeo más bajo de adhesión al combate en defensa del “tuo paese”: apenas un 14 % (España, un 29 %).

Nuestro experimento liberal fracasará (es una ley histórica). Esperemos que el italiano también.

 

sábado, 5 de abril de 2025

Neobarroco y minimalismo

Por Daniel Link para Perfil

Dieguito, querido, te mando esta rápida postal para agradecerte que me hayuas presionado para ir a ver Alcina, de Händel. Confiabas en la dirección musical de Rinaldo Alessandrini y no te equivocaste. Musicalmente fue una función maravillosa y Alessandrini acentúo todo lo que de tan “contemporáneo” suena en la partitura de Händel. La repetición ansiosa, el ritornello, llevado aquí al paroxismo (los personajes prácticamente no dialogan y todo se canta quince veces, una tras otra), sumado a esa cadencia tan particular que Michael Nyman homenajeó en las bandas sonoras que hizo para Peter Greenaway. Para que te voy a hablar del canto. Son cuatro sopranos, un contratenor, un barítono y un tenor. Las partes del contratenor (el personaje de Ruggiero) me produjeron una emoción (no dijo física, o intelectual, aunque ambas estuvieron) sino sensorial. Algo rarísimo, y eso que quien cantaba no era el tucumano Franco Fagioli, que la hizo en Lucerna hace un par de años. De todos modos, Carlo Vistoli erizaba la piel.

Del argumento no te digo nada porque es medio pelotudo: hombre casado llega a una isla donde reina una bruja (Alcina), junto con su hermana (Morgana). Alcina se encama con las visitas y cuando se cansa los convierte en piedras, animales, plantas. Pero esta vez se enamora. La esposa de Ruggiero viene a buscarlo. Lo desencantan. La bruja pierde sus poderes. Todo vuelve a la normalidad.

Pero la puesta de Pierre Audi, bastante mediocre, merece que la charlemos a la vuelta, porque es totalmente minimalista (además de unos telones más bien abstractos, sólo hay un silla), lo que plantea, como pasaba con Einstein en la playa en la puesta de Martín Bauer y Rodrigo de Caso para el Colón: allí el minimalismo era musical y el barroco la puesta en escena. Lo que hicieron en Roma con Alcina (muy diferente de las versiones de Lausana y Monte-Carlo) conviene tenerlo en cuenta para establecer un principio de articulación entre esos dos polos del ambiente estilístico en el que vivimos. En todo caso, para poder pensar más allá de “movimientos” estéticos y plantearse el neobarroco y el minimalismo como principios de vida y como condiciones de una ética. En algún lado, pienso, se cruzan, como los caminos de Proust.

 

domingo, 23 de marzo de 2025

viernes, 21 de marzo de 2025