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sábado, 13 de septiembre de 2025

Sobre las falsas relaciones

por Giorgio Agamben para Quotlibet

Una buena definición del poder político es aquella que lo caracteriza como el arte de poner a los hombres en relaciones falsas. Esto y nada más es lo que hace el poder, para poder luego gobernarlos a su antojo. Una vez que se han dejado introducir en relaciones oblicuas en las que no pueden reconocerse, los hombres son, de hecho, manipulables y orientables a su antojo. Si creen tan fácilmente en las mentiras que se les proponen es porque, ante todo, son falsas las relaciones en las que, sin darse cuenta, ya se encuentran desde siempre.

El primer paso de una estrategia política digna de ese nombre es, por lo tanto, la búsqueda de una salida de las relaciones falsas en las que el poder ha colocado a los hombres para poder gobernarlos. Pero precisamente esto no es fácil, porque una relación falsa es precisamente aquella de la que no se ve una salida. Algo parecido a una salida solo es posible si comprendemos que la relación falsa es la forma misma del poder, que encontrarse en una relación falsa significa estar en una relación de poder. Es decir, la relación es falsa no porque mintamos, sino porque falta la conciencia de su carácter esencialmente político. Que las relaciones aparentemente íntimas y privadas o las determinadas técnica o socialmente sean en realidad siempre políticas, que en ellas nos encontremos, es decir, desde el principio en una relación falsa, esta conciencia es la única forma de cambiar de raíz nuestra forma de vivirlas.

 

 

sábado, 3 de mayo de 2025

Cocinero en tránsito

Por Daniel Link para Perfil

Es la segunda vez que pongo algo a cocinar sobre las brasas fuera de Argentina. La primera vez había sido en París, en casa de un pintor que conseguía cortes correctos, pero que no tenía parrilla. Tuve que usar, como reemplazo, una de esas rejillas limpia-pies de metal, que tomamos prestada de la casa de un vecino. Fue todo un éxito.

Esta segunda vez fue el domingo pasado, en Roma, para festejar el cumpleaños de un amigo. Tenían un equipo parrillero de esos que se compran en las tiendas para el hogar (parrilla redonda con rueditas y tapa) pero, ay, no había carne así que tuvimos que contentarnos con chorizos de Reggio Calabria (riquísimos, por cierto).

Quien se encargó de la compra fue la madre calabresa del homenajeado, que tenía sus propias ideas sobre la parrilla (y yo, que para algo tengo la mía, no iba a pelearme con la madre de mi amigo). Había hervido previamente los chorizos y se emperró en que debía cortarlos al medio antes de la cocción para que se hicieran más rápido. Inútiles fueron mis rogativas de que de ese modo perderían la grasa más rápidamente (ella contraargumentaba que los chorizos ya estaban desgrasados, que no contradecía mi argumento sino que lo reforzaba).

Debo decir que pese a la tensión acumulada, los choripanes salieron bien y se los comieron en un abrir y cerrar de ojos. Por supuesto, estaba dispuesta una batería de “contorni” (cebollas caramelizadas, peperoncini asados, alcachofas al horno) que metían dentro del pan ignorando las más elementales tradiciones culinarias (en mi casa el choripán no lleva ni siquiera chimichurri).

Como estaba preparando mis clases sobre “criollismo urbano” de la década del veinte, deploré semejante mescolanza (sabiendo, de todos modos, que en la pureza anida el fascismo). Pedí, no obstante, un aplauso para el asador (porque en Roma sabrán organizar un funeral papal, pero de liturgia parrillera, niente) y recordé el veredicto de Jorge Borges: ““Hacia el Maldonado raleaba el malevaje nativo y lo sustituía el calabrés, gente con quien nadie quería meterse, por la peligrosa buena memoria de su rencor, por sus puñaladas traicioneras a largo plazo”.

Después llegó el turno del budín de pan, que también yo había preparado, el mismo que Ricardo Piglia solía comer en casa, pero esta vez hecho con huevos de gallinas libres numerados a mano. Acompañado de una grappa, fue el final feliz que todos esperaban y que justificó el puñado de euros que me gané por el servicio prestado, apenas una mitigación para mi estado de migrante muerto de hambre.

 

sábado, 26 de abril de 2025

sábado, 19 de octubre de 2024

Roma eterna

Por Daniel Link para Perfil

En una escala aeronáutica, empiezo a ver una película promocionada como “surrealista y de suspenso”, para comprobar la degradación del nombre de la vanguardia más longeva del siglo XX.

La premisa de la película es de una estupidez pasmosa. Cuenta una reunión de viejos compañeros de colegio o de universidad con motivo del casamiento de uno de ellos. Invitan al “resentido” de entonces, que se presenta con un juego grupal que ha desarrollado en su compañía de software: mediante un sencillo dispositivo, las personas pueden cambiar de cuerpo. Los amigos, no se entiende bien por qué deficiencia mental, se someten con algarabía al intercambio de cuerpos (ojo, tampoco se trata de ponerse cachondos: las chicas con las chicas y los chicos con los chicos). Las muertes, como era de prever, se desencadenan. Pero me detengo en lo primero que les impresiona: verse desde fuera.

El asunto es interesante desde el punto de vista existencial: mirar a los padres es verse a uno mismo desde fuera (porque, inevitablemente, seremos atraídos hacia esos modelos de comportamiento), etc... Pero también sucede cuando se viaja y se experimenta lo mismo.

Estar en Roma es como ver la identidad rioplatense fuera de uno.

Es como un espejo deformante, porque se ve en su total pureza aquello que hemos adaptado, disuelto, mezclado, precipitado, pero que sigue en el fondo, haciéndose notar.

Por ejemplo la intensidad italiana, que después de un par de semanas se vuelve un tanto agobiante (“si no hay trauma, no hay amor”, repiten los intelectuales y los artistas italianos un poco en broma y bastante en serio), queda disuelta en el bullicio hispánico, el ensimismamiento indígena y el humor judío y juntos producen un ambiente estilístico y una tonalidad afectiva muy diferente de los excesos operísticos romanos.

Por otro lado, ¿tienen los romanos la chance de verse desde fuera (de si)? Probablemente no, dado que han sido desde siempre el centro del mundo, y tal vez por eso cultivan la diferencia mínima: allí todo es napolitano, calabrés, siciliano, veneciano, florentino, milanés.

Habrá que estar en el norte, pienso, para poder ver a Roma desde fuera, para encontrar lo romano levemente descolocado, brillando en soledad. 

 

sábado, 21 de septiembre de 2024

Idea de pueblo

 por Daniel Link para Perfil

El mundo del arte es tal vez el más cruel de todos los mundillos. Como no participo de las redes me entero mal y tarde de algunas polémicas intensas, como la que rodeo la exhibición de la Manifestación de Mondongo en Malba. Y como me enteré antes de las feroces objeciones (de la izquierda y de la derecha) tardé en ir al Malba porque no confiaba en ir a verla con la cabeza llena de opiniones ajenas.

Mis impresiones, desde ya, importan poco y nada. Pero digamos lo obvio: el cuadro con el que Juliana y Manuel recrearon el celebérrimo lienzo de Berni es majestuoso y es raro que un “tributo” compita en pie de igualdad con su modelo. Además, se agregan a la presentación una estilizada casilla villera y dos cuadros más, que completan el recorrido conceptual.

Se han objetado muchas cosas a Mondongo: la espectacularización de la pobreza, un uso no militante de los motivos más estables de la imagen del pueblo (“sin pan y sin trabajo”, “pan y trabajo”) y una “traición” al modelo al haber reemplazado a los personajes retratados por Berni (que eran sus amigos) por otros (que son los amigos de Mondongo).

Además: que la villa estilizada funciona como un escenario para que las visitantes del museo se tomen selfies abominables para publicar en redes o que lo que falta allí es precisamente la vida precaria, que dice mucho más que cualquier otra protesta.

Es como si Mondongo fuera, de pronto, responable de la desigualdad social, del veto presidencial al aumento de las jubilaciones, de la indiferencia gubernamental respecto de las condiciones de higiene y habitabilidad de los barrios populares. Y, mucho más: Mondongo es mainstream y “los pobres quedan afuera, objeto de una obra que no van a ver, que trata sobre ellos pero es para los demás”. Desde las agrupaciones se escucha: “No contentos con expropiarnos nuestra historia del arte, van por banalizar nuestras luchas contemporáneas”. Qué disparate.

Mondongo es mainstream, sí, y lo es desde hace mucho tiempo. Por decir algo, desde que la familia real de España le encargara sus retratos en 2004 (espejitos de colores). El asunto es como habita ese lugar incómodo. Ernesto de la Cárcova, muy presente en la instalación de Mondongo, también le vendió cuadros a los reyes de España, porque esa es la lógica del mundo del arte. Manifestación también es un encargo, esta vez del MALBA, que la propone como una instalación site specific. Es, pues, el MALBA, que ha comprado la obra, quien decide dónde ponerla y para qué público.

No es, claro, la tarea principal de Mondongo participar de tales o cuales luchas. Su campo es la representación y la producción de sentido. Que circule la potencia de Berni, la potencia de De la Cárcova. Que se entienda que esas imágenes siguen estando presentes porque las condiciones que las hicieron necesarias todavía nos involucran.

¿Está mal aceptar dinero del MALBA? “Es además un museo privado. Es de la fundación Costantini, empresario que hizo su fortuna, entre otras cosas, a fuerza de gentrificación y destrucción de humedales”. ¿Son los Mondongo responsables indirectos de la destrucción de los humedales?

Lo dudo. Mondongo es responsable del arte que hacen, del que debe decirse que: 1. es un arte figurativo (se animan a figurar, a producir imágenes reconocibles), 2. es un arte de una técnica exquisita (el uso de ese material tan escolar, la plastilina, es llevado por el dúo a un umbral de sublimación inconcebible; el Baptisterio de los colores es una obra que quita el aliento), 3. es un arte deliberamente irónico que selecciona materiales de trabajo como índice de un efecto de sentido (¿no habrá algo de eso en Manifestación)? 4. Y es, finalmente, un arte de la celebración.

En el arte de Juliana y de Manuel yo escucho voces.... Por ejemplo, una vocecita que dice “Despojemos la acción política de toda forma de paranoia unitaria y totalizante. No imaginemos que es necesario estar tristes para militar, incluso si la cosa que se combate es abominable. El lazo entre deseo y realidad es lo que posee fuerza revolucionaria (y no su huida hacia las formas de la representación)”.

Tal vez Manifestación sea un poco más condescendiente que el Baptisterio, pero de todos modos es un pensamiento: nos piensa como sujetos de la historia, como objetos del arte, como espectadores y como parte del pueblo.


sábado, 11 de noviembre de 2023

El rojo y el negro

Por Daniel Link para Perfil

Esta vez, el congreso al que fui invitado funcionaba en una poderosísima universidad católica en un estado conservador de los Estados Unidos.

No viene a cuento, pero me sorprendió el avance en los procedimientos migratorios (mi última estancia había sido en febrero de 2019). Ya no hay que presentar pasaporte ni visa. Basta con pararse frente a una cámara que accede de inmediato a nuestros expedientes. La pregunta a qué viene (“Congreso, Rubén Darío, poeta”) fue contestada con un gentil: “Adelante los poetas”. A la vuelta, la cámara registra la salida a la puerta misma del avión. Es como ser visto por el ojo sapientísimo de Dios.

Vuelvo al congreso. La Universidad de la que hablo fue fundada por católicos irlandeses y abrazó, como casi todo en los Estados Unidos, el gótico tardo-tardío (es decir: del Siglo XX). Del barroco, tan ligado a nuestra propia imaginación católica, ni noticias.

En cada aula, en cada salón, en cada dormitorio, había un Cristo en la cruz. Yo no pude resistirme y cometí el infantilismo de invertir el mío, como primerísima medida. Es que todo evocaba antes que a la religión a esas películas americanas de terror católico. Piénsese en El exorcista, cuyo carácter de obra maestra ha sido demostrado recientemente por Fernando Murat en su excelente libro Fábulas morales y soluciones extraordinarias o en cualquiera de las cachiruladas indigestas que pueblan las plataformas. Por supuesto, aquí y allá había grupos de monjas complotando (vestidas de Prada o algo así, elegantérrimas) y sacerdotes conversando en italiano o en alemán. Como era el fin de semana en que las familias visitan la universidad con candidatos a incrementar el número del claustro estudiantil (unos niños al mismo tiempo excitados y temerosos), sospechábamos que eran en realidad actores contratados para demostrar a esas familias (potenciales donantes de pabellones y edificios) el cosmopolitismo conservador de la Universidad.

Sobre un terreno gigantesco se desparramaban elegantemente los 136 edificios góticos y neoclásicos, ordenados alrededor de una avenida que conduce a la “Cúpula dorada”, el edificio principal de la Universidad, de estilo neoclásico (adecuado a las funciones administrativas que allí se desempeñan). A su costado izquierdo el estadio donde el equipo de fútbol americano (que descolla en la gran liga de equipos universitarios) celebra sus triunfos y llora sus derrotas.

Entre los muchos programas que la universidad ofrece, uno nos llamó la atención, cuando vimos trotar a un grupo numeroso de hombres (no muchachos) al grito de “Want be a man?”.

Es un programa de formación para oficiales del ejército. En esas pocas hectáreas, las vidas quedaban atadas a una u otra de las formas más conservadoras de imaginar el progreso.

Traté todo lo que pude de disimular mi condición de argentino, no fuera cosa de que se me asociara con el Papa, cuyo cultivo de la teología del pueblo, estoy seguro, sería aquí causal de hoguera o de cárcel militar. A la salida, en el aeropuerto, se me sometió a una terrible pregunta teológica: “¿Messi o Maradona?”

miércoles, 8 de marzo de 2023

sábado, 31 de diciembre de 2022

La gallina degollada

Por Daniel Link para Perfil

A veces, leyendo, uno descubre cosas. Yo descubrí un texto precioso, escrito por Baldassare Bonifacio en 1632, que se llama “De archivis”. Tan poderosa y límpida es la descripción de las funciones del archivo que allí se leen, que encargué una traducción del latín al español que todavía aguarda imprenta.

Según la ratio archivística, el archivo es la decantación de la actividad de una institución que, sometida a esa ficción teórica, sólo podría actuar a partir del ordenamiento de su propio sedimento, como si lo que no estuviera debidamente identificado, catalogado y guardado en un archivo no tuviera fuerza.

Desde esa perspectiva se hace depender la noción de verdad de la noción de archivo, entendido como el depósito ordenado de los documentos jurídicos públicos. Los archivos garantizan la continuidad del saber pero, sobre todo, garantizan una forma de gobierno que modifica la forma de la soberanía clásica, porque ya no se trata de obedecer la voluntad subjetiva del soberano, sino de aplicar principios de gubernamentabilidad fundados en la documentación acumulada. Baldassare (nació en una camada de trillizos, de ahí su nombre) escribe: “No hay nada más útil para instruir y enseñar a los hombres, nada más necesario para aclarar e ilustrar asuntos oscuros, nada más necesario para conservar los patrimonios y tronos, todo lo público y lo privado, que un almacén bien constituido de volúmenes y documentos y registros -mucho mejor que los astilleros navales, mucho más eficaz que las fábricas de municiones, ya que es mejor ganar por la razón en lugar de por la violencia, por el bien y no por el mal”.

Es decir que el buen gobierno no se fundará ya en la fuerza del soberano sino en el peso de la documentación, la jurisprudencia, los reglamentos y resoluciones.

El concepto de archivo rehúsa la existencia anárquica de los registros históricos o de los fondos documentales, evitando de ese modo la posibilidad de inscripciones sociales producidas sin derivar de una forma orgánica. El archivo es un organismo superior, incluso, al organismo humano, al que somete a una ley cada vez más sepultada bajo las capas de hojarasca documental.

De allí a la metáfora de la “jaula de hierro” propuesta por Max Weber y las pesadillas kafkianas hay sólo un paso. Si nos sometemos a los laberintos de la AFIP, del Registro Automotor o de las Direcciones de Tránsito (reparticiones que, justo es decirlo, funcionan mucho mejor que antes de la digitalización) es porque todo eso, que a veces nos exaspera y nos provoca sentimientos asesinos o suicidas, nos salva del capricho del monarca o el soberano que, cada vez más, es una figura decorativa, una mera garantía del funcionamiento de toda la máquina que no requiere más que necesidades ciudadanas como combustible para mantenerse en marcha para siempre.

Toda esta lógica del “buen gobierno” propuesta por Baldassare, que rechaza la voluntad caprichosa del soberano, decanta en la forma democracia, al menos tal como fue codificada en los Estados Unidos, que en Argentina los constitucionalistas copiaron puntualmente.

Por supuesto, en países donde la voluntad caudillista o el capricho soberano son todavía pensados como variables del sistema político, más allá de las burocracias partidarias y de las carreras de funcionariado público, se producen cortocircuitos un poco anacrónicos.

La más alta figura política es capaz de victimizarse y considerarse objeto de una persecución e, incluso, de considerase el emblema de lo perseguido (que es, en primer lugar, un partido sin demasiada identidad ideológica y, en último término, el Pueblo entero). Si existiera tal persecución (cosa que no puede negarse de plano) sería difícil encontrar un responsable fuera del círculo de primas donnas de ambos lados de la grieta, que han hecho de la política argentina un circo provinciano y torpe.

¿Se ganaría algo con una decapitación partidaria? Más bien todo lo contrario, porque toda esa cefaléutica no impediría que los engranajes del sistema sigan funcionando y que el común de los mortales se preocupe más por los engorros de la VTV o de las recetas electrónicas para medicamentos que por los desacuerdos entre los tres poderes del Estado. Además, como en el cuento de Horacio Quiroga, degollar a una gallina puede tener consecuencias imprevistas.

 

sábado, 1 de octubre de 2022

Demasiado humano

por Daniel Link para Perfil

Estoy en un lugar al que se considera la cuna del capitalismo, pero como hoy el capitalismo es global, da lo mismo, es cualquier parte. La máquina capitalista ronronea o gruñe, pero está siempre ahí.

Hace unos días tuve una discusión con mi marido. Apenas llegados a la ciudad, salimos a hacer las compras. Él portaba su mapa de google, donde había identificado unos mercados. Se enojó porque yo hacía caso omiso de sus indicaciones. Había visto a un chico y un perro corriendo por un camino o pasaje y decidí seguirlos. Nos metimos en un laberinto de callejuelas desconocidas (mi marido seguía protestando: “no es así, no es así, hay que seguir las indicaciones del mapa”) donde pronto aparecieron personas portando bolsas repletas de víveres. Dos pasos más allá, estaba el supermercado del barrio. Dije “si hay un camino, es que lleva a alguna parte”.

Si me detengo en este pormenor es para subrayar que suelo desconfiar de las máquinas, aún de las que más admiro, como es el caso de googlemaps.

Soy prácticamente un ludita, incapaz de resignar sus capacidades de baqueano a la omnisciencia de un satélite.

Esta mañana (y si no importa el lugar preciso, tampoco importa el tiempo), apenas terminado el desayuno escuché un ruido del otro lado de la ventana de la cocina. El robot que corta el pasto se había activado y recorría con paso torpe el breve jardín del que disfruto. Entendí su fealdad: el robotito corta todo lo que tiene por delante: trébol, cardo, brote de rosa, deditos de príncipe. Cuando encuentra un obstáculo o un borde de material, retrocede y cambia de dirección, aleatoriamente. Los caminos que va trazando sobre el pasto son irregulares, como heridas (el pasto debe cortarse siguiendo paralelas). Además, hay pormenores del terreno que confunden sus sensores y se empaca y queda ahí, gruñendo como un animal amenazado, hasta que consigue retroceder un poco y, con las últimas fuerzas que le quedan, volver a su base con el pasto todavía desprolijo para recargar la energía dilapidada.

Cualquier chonguito cumpliría con mayor eficacia, sentido de belleza y en menor tiempo una tarea semejante, pero aquí se ha decidido desconfiar de la capacidad humana para realizarla. Me angustio un poco.