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sábado, 4 de abril de 2026

La muerte contenta

Por Daniel Link para Perfil

¿Qué son las humanidades? ¿Y tú me lo preguntas?

Blanchot comenta en “La muerte contenta”, uno de los texto incluidos en De Kafka a Kafka, un fragmento de sus Diarios. Dice: “Todo ese pasaje se podría resumir: sólo se puede escribir si se permanece dueño de sí mismo ante la muerte, si con ella se han establecido relaciones de soberanía”. No se escribe para tratar de sobrevivir a la muerte, dice Blanchot, sino todo lo contrario. Por eso, para Kafka “escribir es ponerse fuera de la vida”. Cuando algo realmente pasa (como la muerte), Kafka pierde interés; ya había estado en ese lugar.

(No pongas esa cara de estreñido, es decir de libertario iletrado, que todavía no llegamos al punto)

Hace unos días, mi nieta Juana se aprestaba a una visita a mi casa y un niño de seis años que la acompañaba preguntó: “¿Va a estar la bisabuela de Juani?”. Le contestaron que sí, que mi mamá iba a estar. “A mi lo que me llama la atención es todos los años que tiene”, agregó el niño (Mi mamá va a cumplir 91 años en mayo). Juana dijo: “Si, ojalá que llegue hasta los 100”. Pero el niño objetó: “Bueno, más o menos, porque si vive tanto capaz le duele todo. Y si le duele todo es mejor que se vaya al cielo”. Mi nieta se sintió obligada a desplegar sabiduría topográfica y dijo: “Sí, o abajo de la tierra. Si se muere contenta se va al cielo, y si no abajo de la tierra”. El niño aceptó la enseñanza: “uy, espero morirme contento, voy a tratar”, “Sí, yo también” aclaró Juana. Y el niño cerró la conversación diciendo: “espero morirme en una cena o algo así, algo divertido”.

Como se ve, haber leído a Blanchot sirve para entender las conversaciones infantiles. Mi nieta Juana es Blanchot, piensa como él. El niño es más materialista, piensa en las condiciones materiales de existencia (como quien dijera: “panza llena, corazón contento”). Pero los dos coinciden en el momento en que enfrentan la idea de la muerte, que lejos de atemorizarlos, les plantea formas de vivir: soberanía sobre si, hambre cero.

Para llegar a morir contento, los dos lo saben, hay que llevar vidas adecuadas al cielo y, por supuesto, leer los libros que alimentan nuestra dicha.

lunes, 13 de octubre de 2025

Gaza

por Alessandro Baricco para Substrack vía Perfil

1. Es difícil precisarlo ahora, pero hubo un día, reciente, en que Gaza dejó de ser el nombre de una tierra para convertirse en la definición de una frontera: la línea roja que muchos elegimos como frontera infranqueable. Desde ese día, luchar junto a Gaza dejó de ser una opción política que pudiera legitimarse o cuestionarse.

Se convirtió en un movimiento mental en el que una determinada humanidad tomó distancia de otra, afirmando su propia idea de la Historia y exigiendo la devolución del mundo a quienes se lo robaban.

Ya no importaba lo que uno pudiera pensar sobre el conflicto entre Hamas e Israel, ni los prejuicios que uno pudiera tener sobre los judíos o el terrorismo: todo se apagó como una vela en una casa en llamas, ya que Gaza se convirtió en mucho más que una situación geopolítica sobre la que tomar posición: hoy es el nombre de una determinada manera de estar en el mundo.

Los primeros en comprenderlo, me pareció, fueron los jóvenes, aquellos de entre 15 y 25 años. Era extraño verlos desplegar esas banderas palestinas, saliendo de repente de su letargo político. Es decir, era difícil hablar con estos chicos de Salvini, Meloni, incluso de Trump. No parecían interesados. El cambio climático y la identidad de género: esas eran las cosas que los apasionaban. De repente, un día, te los encuentras en la plaza, cuatro gatos locos, con esa bandera de una tierra lejana de la que, objetivamente, no sabían casi nada. Hoy, cuando cientos de miles de personas en todo el mundo salen a las calles con esa bandera, tenemos que admitir que esos chicos estaban un cuarto de hora por delante del resto: y ahora es muy importante entender cómo se anticiparon a los demás y qué salto conceptual dieron con una velocidad a la que nadie más fue capaz.

2. Hay una falla, y vivimos justo encima de ella. A un lado, la tierra emergente del siglo XX, con sus valores, sus principios y su trágica historia. Y al otro, un continente, a menudo sumergido, que se separa del siglo XX, impulsado por la revolución digital, motivado por el desprecio, por los horrores del pasado, y dirigido por una nueva inteligencia. Donde se produce la fractura, la tierra tiembla. El siglo XX no cede, y el nuevo continente continúa desgarrándose. No tengo grandes dudas sobre cómo terminará: el siglo XX irá a la deriva, continente casi deshabitado, destinado a ser estudiado en libros y museos.

Pero en estos últimos meses nos vimos obligados a recordar una verdad incómoda, que tal vez habíamos reprimido: no hay nada más peligroso que un animal moribundo.

Tras sus últimos estertores, el siglo XX comenzó a abandonar la resistencia serena que había defendido con firmeza y, presentiendo su fin, comenzó a asestar golpes violentos, volviéndose extremadamente agresivo. Lo hizo reviviendo uno de sus rasgos de identidad más fuertes: la creencia en que la guerra es una solución y el sufrimiento civil un precio aceptable para financiar el conflicto entre las élites. Tanto la agresión rusa contra Ucrania como la guerra entre Hamas e Israel tienen su origen en el siglo XX. Las ondas expansivas de fenómenos como el imperialismo y el colonialismo, que fueron sellos distintivos del pensamiento de los siglos XIX y XX, aún se pueden sentir. Los relatos que quedaron sin resolver tras la Segunda Guerra Mundial o la Guerra Fría son fácilmente reconocibles. Y el catálogo de productos con los que el siglo XX se vendió durante mucho tiempo queda al descubierto: el culto a las fronteras, la centralidad de las armas y los ejércitos, la religión del nacionalismo. Todo es un mismo paquete: el último aliento del animal moribundo. La larga ola de un desastre.

3. Ante todo esto, al principio fue difícil de entender. Parecían temblores sísmicos, como si el suelo se moviera. Era el momento en que tenía sentido tomar partido o trazar una línea entre el bien y el mal. Lo hicimos, cada uno según sus propias convicciones. Luego llegó Gaza.

Entonces, instintivamente, sentimos que, en realidad, solo había una línea, y era la que trazaba el acuífero sobre el que nos balanceábamos. Un mundo moribundo a un lado, un nuevo continente al otro. Parecía urgente decir de qué lado estábamos. Y Gaza nos ayudó a hacerlo, porque es una síntesis nítida y cristalina de una enorme grieta: es donde un terremoto entero tiembla solo una vez, en un solo lugar, en un solo momento.

4. Muchos, al tomar partido, se alinearon con el continente que se está desintegrando. Una vez más, quisiera aclarar un concepto que me parece valioso. Nada garantiza que la civilización que estamos construyendo sea, en última instancia, mejor que la que la precedió; pero podemos afirmar con cierta certeza que nació para desmantelar los esquemas que hicieron posible el desastre del siglo XX (dos guerras mundiales, los campos de exterminio, la bomba atómica, la Guerra Fría, la edad de oro del totalitarismo; quiero recordar). Se puede pensar lo que se quiera sobre la llamada revolución digital, pero sería insensato no admitir que, consciente o inconscientemente, derrumbó los búnkeres estructurales y culturales sobre los que el siglo XX había podido construir su propio desastre: a través de lo digital, elegimos un mundo inmensamente más fluido, más transparente, en el que muros y fronteras pierden su consistencia; aceptamos el riesgo de liberar toda la información y las opiniones poniéndolas en circulación casi sin precaución; aceleramos el tiempo, creando de hecho una mesa de juego en constante cambio, impidiendo que las ideas se anquilosaran o se convirtieran en mitos; dificultamos enormemente la creación de espacios protegidos donde la Historia pudeira suceder, al abrigo de miradas indiscretas; e hicimos más impenetrable el ejercicio del dominio por parte de cualquier élite. Ninguna de estas acciones está exenta del riesgo de tener consecuencias dramáticas: pero si las tomamos, es por una razón que nunca debemos perder de vista: nos parecía urgente intentar vivir de otra manera, para no morir igual que nuestros padres.

Y estaba claro que el meollo del asunto residía precisamente allí donde guerra, violencia y armas formaban un meollo primitivo del que queríamos borrar todas las huellas. Si existía una forma traumática pero definitiva de recordarnos todo esto, Gaza lo era. Nos recordó a muchos que ya vivimos en un mundo diferente –con nuestras mentes, con nuestros gestos cotidianos–, un mundo diferente donde Gaza no es posible. Es más: no estamos dispuestos a aceptar que el animal moribundo recupere el centro del tablero, nos traiga de vuelta y secuestre nuestras visiones. Más allá de la compasión instintiva y dolorosa que inspira Gaza, el verdadero insulto es sentirse despojado –violenta, arrogante y ferozmente– de algo demasiado preciado: el futuro que deseamos. ¿Quién podría entender esto mejor que los niños?

5. Entonces, en una protesta callejera, surgen todo tipo de motivaciones y resentimientos, está de más decirlo. Pero sigo convencido de que la esencia del apoyo a la causa de Gaza reside en una clara elección de bandos respecto a esta historia de dos civilizaciones opuestas, que en Gaza se enfrentan con la mayor evidencia. Soy consciente, además, de que este no es un apoyo mayoritario, por sorprendentemente masivo que sea. Pero entra en juego otro fenómeno que me sorprendió y que solo había vislumbrado parcialmente: la tremenda resistencia del siglo XX. Si intento explicarlo, me viene a la mente esto: hay una enorme porción del tejido económico, político, intelectual y social que supo jugar el juego del siglo XX, pero aún no es capaz de jugar el de la nueva civilización. Entonces se agazapa entre los pliegues del animal moribundo. Permítanme dar un ejemplo muy concreto: hay mucha gente que sabe cómo ganar dinero en el hábitat del siglo XX y que aún no sabe cómo hacerlo en la civilización digital. Un ejemplo fácil: los medios de comunicación. Me refiero a los grandes medios tradicionales del pasado. Los periódicos impresos, por ejemplo, otros animales moribundos (y lo digo con tristeza). La ligereza con la que a menudo avivan los vientos de guerra delata un instinto de refugiarse en los tonos e ideas que durante mucho tiempo les han asegurado cierta centralidad y, por lo tanto, sólidas ganancias. Comprensible, pero extremadamente peligroso. No menos transparente es la voluptuosidad con la que élites intelectuales enteras –para quienes la lucidez debería ser un deber– se dejan seducir e hipnotizar por el animal moribundo y lo vuelven a colocar en el centro del juego. No parece estar a su alcance articular visiones, ni siquiera análisis, aplicables al mapa del nuevo mundo: siguen creando partidas refinadas en un tablero de ajedrez que deberían ser los primeros en destruir. Lo hacen con una voluptuosa propensión a la autodestrucción. Es un fenómeno doloroso.

De hecho, los choques de civilizaciones se deciden en gran medida por la capacidad narrativa, es decir, por la eficacia con la que algunos logran convertir una masa nebulosa de hechos en una historia convincente y, por tanto, en realidad.

Que tantos narradores talentosos estén trabajando a estas horas para darle oxígeno a una narrativa tan agotada como la del siglo XX –ella y su desolada épica guerrera– es algo que suele provocar reacciones muy duras.

6. Si las cosas fueran aunque solo sea remotamente como he intentado describir, es obvio que Europa tendría un papel fundamental en este momento histórico. Es cierto que nuestro continente es muy antiguo y, por lo tanto, está necesariamente sumido en la nostalgia. Pero también es cierto que somos el siglo XX, y por lo tanto nadie lo conoce como nosotros: donde el siglo XX fue tragedia y donde fue asombro, allí estuvimos, más que nadie. Sabemos exactamente dónde están las trampas, dónde están los errores y dónde está el truco. Solo necesitamos un mínimo de claridad para comprender cómo funciona el animal moribundo, y por eso, nada debería estar más lejos de nosotros que temerle: solo hay una cosa que deberíamos hacer, y seríamos capaces de hacer: acabar con él.

Quisiera ser claro: esto no significa rendirnos ciegamente a la civilización digital; significa usarla para escapar de nuestros errores para siempre.

Pero no es eso lo que estamos haciendo. Escuchar la palabra “rearme” filtrarse en las mentes más representativas del continente es una vergüenza, intelectualmente incomprensible. Verse obligado a escuchar el tono viril con el que prometen defender cada centímetro de nuestra querida tierra europea es inaceptable. Más bien, deberíamos decir, con una suavidad completamente diferente, que defenderemos cada centímetro de la civilización que imaginamos, y no lo haremos con armas, sino con la obtusa paciencia con la que los animales buscan el agua y los ríos el mar.

7. También está Trump, observa alguien. Y sobre todo, la América trumpiana. Es cierto. Pero ahí, para ser sincero, no entiendo mucho; me faltan los elementos. Creo que habría que vivir mucho tiempo en Estados Unidos, en estos años, para entenderlo. Desde lejos, solo percibo la urgencia de no confundir el trumpismo –como ciertos populismos europeos– con otro manotazo de animal moribundo. No es tan sencillo. Hay una encrucijada de corrientes difícil de analizar. Sin duda, hay una regresión instintiva a los patrones de pensamiento del siglo XX, tan rudimentarios como útiles en tiempos de confusión. El regreso al culto a los muros y las fronteras es un claro ejemplo. Pero esta regresión no ocurre en su forma pura, como lo habría hecho en el siglo XX, sino que viaja constantemente diluida en sustancias que parecen derivar de una cierta química típica de la nueva civilización: sospecha de las élites, individualismo de masas, incluso cierta inclinación a interpretar la realidad con los patrones formales del juego, desplazando el centro de gravedad de las cosas a una superficie vagamente lúdica y desconfiando de la profundidad como código para leer lo real. Por supuesto, el ensamblaje es difícil de digerir debido a su tendencia a virar hacia lo vulgar, lo arrogante, lo adolescente y lo simplemente imbécil. Pero las revoluciones, inevitablemente, producen contramovimientos espectaculares cuyo diseño no siempre se puede controlar. La Revolución Francesa de 1789, por ejemplo, una revolución que cambió la mitad del mundo, rebotó en una acrobacia túrgida cuyo kitsch está espléndidamente resumido en la pintura de Ingres de Napoleón como emperador. Vale la pena echarle un vistazo.

Diecisiete años pasaron entre la toma de la Bastilla y ese cuadro. Los mismos años que pasaron entre el lanzamiento del primer iPhone y la victoria de Trump en las elecciones presidenciales de 2024. (Sí, sé que la comparación le encantaría al viejo Donald. Disculpen. Pero la idea queda clara).

Si te gusta este texto, compártelo. Si de verdad te gusta, tradúcelo antes que la IA y compártelo. Gracias.

(Traducción: Guillermo Piro)

 

 

 

 

sábado, 13 de septiembre de 2025

Sobre las falsas relaciones

por Giorgio Agamben para Quotlibet

Una buena definición del poder político es aquella que lo caracteriza como el arte de poner a los hombres en relaciones falsas. Esto y nada más es lo que hace el poder, para poder luego gobernarlos a su antojo. Una vez que se han dejado introducir en relaciones oblicuas en las que no pueden reconocerse, los hombres son, de hecho, manipulables y orientables a su antojo. Si creen tan fácilmente en las mentiras que se les proponen es porque, ante todo, son falsas las relaciones en las que, sin darse cuenta, ya se encuentran desde siempre.

El primer paso de una estrategia política digna de ese nombre es, por lo tanto, la búsqueda de una salida de las relaciones falsas en las que el poder ha colocado a los hombres para poder gobernarlos. Pero precisamente esto no es fácil, porque una relación falsa es precisamente aquella de la que no se ve una salida. Algo parecido a una salida solo es posible si comprendemos que la relación falsa es la forma misma del poder, que encontrarse en una relación falsa significa estar en una relación de poder. Es decir, la relación es falsa no porque mintamos, sino porque falta la conciencia de su carácter esencialmente político. Que las relaciones aparentemente íntimas y privadas o las determinadas técnica o socialmente sean en realidad siempre políticas, que en ellas nos encontremos, es decir, desde el principio en una relación falsa, esta conciencia es la única forma de cambiar de raíz nuestra forma de vivirlas.

 

 

viernes, 6 de junio de 2025

domingo, 16 de febrero de 2025

Allí estaremos

 


jueves, 23 de enero de 2025

sábado, 18 de enero de 2025

Milei es el pasado

por Fernando Rosso para Perfil

Milei es el pasado. Puro arcaísmo disfrazado de último grito. La afirmación muy extendida que asegura que el proyecto libertariano y los movimientos de extrema derecha, en general, se apropiaron de una idea de futuro y la hicieron creíble es esencialmente falsa.

El historiador italiano Enzo Traverso considera que el gran problema del mundo contemporáneo es la ausencia de futuridad porque el presentismo es el verdadero régimen de historicidad del siglo XXI. Una especie de tiempo sin tiempo, despojado de futuro, comprimido en la jaula asfixiante del presente.

Es una dificultad de todos, también de la derecha radical que es incapaz de elaborar cualquier proyección utópica hacia el porvenir. Utópica no en el sentido de irrealizable, sino como un sueño dirigido. En este aspecto –como en tantos otros– la derecha radical es menos que el fascismo clásico que tenía una idea de futuro con sus mitos de hombre nuevo, la creación de una civilización, de una lengua y de una nueva nación. Un conjunto de leyendas que eran su manera de pensar el futuro.

Las derechas actuales, por el contrario, son extremadamente conservadoras. Se paran de espaldas al futuro. Es más, le tienen miedo porque lo consideran una amenaza que los intimida. Por esa razón hay que retornar a los valores tradicionales, a la defensa de la familia, restaurar las identidades perdidas, las antiguas jerarquías y reponer un viejo orden que nunca existió.

Los eslóganes que agitan las extremas derechas ponen en evidencia esta característica central de su ecléctica ideología: la vuelta a los tiempos de la Reconquista que proclama la formación Vox en España, aquel período (¡711-1492!) en el que los reinos cristianos del norte de la Península Ibérica lucharon por recuperar el control del territorio que estaba bajo el dominio del “moro invasor”. El Make America great again de Donald Trump (reescribiendo aquel rancio lema que patentó Ronald Reagan en la campaña electoral de 1980) o el Let’s take back control que la ultraderecha británica publicitó para su militancia a favor del Brexit.

El pasado representa su perfecto ideal: en el “inicio de los tiempos” habitaba el verdadero ser histórico, tanto en el sentido moral (la época de los valores “genuinos”), como también ontológico: el ser auténtico hay que rastrearlo en el pasado y depurarlo de la “degeneración” impuesta por una temporalidad que lo degradó al extremo hasta hacerlo irreconocible.

Para Javier Milei los años dorados del pasado argentino se ubican en el país oligárquico de fines del siglo XIX y principios del siglo XX (sobre todo, previo a 1916): el paraíso terrateniente. “Para principios del siglo XX –afirmó en uno de sus discursos– éramos el faro de luz de Occidente. Lamentablemente, nuestra dirigencia decidió abandonar el modelo que nos había hecho ricos y abrazaron las ideas empobrecedoras del colectivismo”.

El período reivindicado por el presidente argentino fue la época en la que, según afirmó Juan Bautista Alberdi en sus Escritos económicos, no había sultanes en Sudamérica porque sobraban “demócratas más despóticos que ellos”.

Además de una economía primarizada (¿puede haber algo más reaccionario y retrasado que eso?) postula la expulsión de las masas de una mínima ciudadanía social o económica. Exclusión que viene teniendo lugar desde hace tiempo, digamos todo, pero que Milei quiere elevar a una fase superior.

En la “batalla cultural” promueve el retorno a un orden patriarcal, tradicionalista, jerárquico, represivo, segregacionista, xenófobo y discriminador. Un museo de antiguas novedades con todo el pasado por delante.

A personajes como Nicolás Márquez o el “Gordo” Dan –rabiosos portavoces mediáticos del proyecto libertariano en la jungla digital– les cabe un parafraseo de aquel potente cross a la mandíbula que el “Flaco” Menotti le aplicó alguna vez a José Luis Chilavert: habría que pasearlos por todas las escuelas para que los niños y las niñas puedan ver en vivo y en directo cómo era el hombre hace 400 millones de años.

La alianza de las derechas radicales con los grandes monopolios tecnológicos (Big Tech) que tienen el control del algoritmo puede dar la idea de que miran hacia el futuro. Sin embargo, hay un núcleo de verdad en las controversiales tesis que postulan que ese laberíntico universo digital tiene una lógica “tecno-feudal” o que esas empresas no escapan a la dinámica de un capitalismo en decadencia. Además, sabemos desde hace un tiempo largo que así como “no hay documento de cultura que no sea al mismo tiempo un documento de barbarie”; no hay tecnología avanzada que a la vez no pueda transformarse en un factor de formidable atraso.

El discurso que amalgama el último grito de un mundo hípertecnologizado con el retorno a un pasado “glorioso” pudo haber cautivado a ciertas franjas juveniles hartas de una crisis eterna y un presente insoportable.

En sus memorias recientemente publicadas (Antes que nada, Random House, 2023), Martín Caparrós compara a las juventudes de los años 60 y 70 del siglo pasado y sus aspiraciones emancipatorias con las actuales y sentencia que aquellas querían “construir todo lo contrario de lo de sus mayores”, mientras que hoy pretenden “recuperar lo que sus mayores arruinaron”; antes se buscaba “inventar un orden nuevo”, ahora “se quiere rescatar uno antiguo, ilusorio”. Pero esta ilusión (el adjetivo de Caparrós es preciso) no es sinónimo de un proyecto real, posible o deseable. Cuando las nuevas generaciones comiencen a construir verdaderamente un futuro tendrán al libertarianismo en la vereda de enfrente o lo dejarán arrumbarse tras sus espaldas en el basurero de la historia.

Podemos reformular el famoso adagio de Frederic Jameson y afirmar que hoy es más fácil imaginar el fin del mundo, que a la derecha radical diseñando un proyecto de futuro.

jueves, 9 de enero de 2025

martes, 17 de diciembre de 2024

Las veinte verdades sarlistas

1

¿Cuánto le importa la corrupción a la sociedad?

A las capas medias, le importó poco durante varios años del menemismo. La corrupción kirchnerista tampoco dejó a nadie sin dormir mientras las cosas anduvieron bien. Por otra parte, la corrupción no es simplemente un tema moral, sino que se combina con las condiciones de vida. El treinta por ciento de pobres, seguramente perjudicados por un Estado donde hay corruptos, no piensa su situación en términos morales, sino como verdadera injusticia. Evadir impuestos es una de las formas más estables de la corrupción, y no la practican sólo los políticos.

2

¿Por qué decidió no irse del país en tiempos de Dictadura?

No podía pensar mi vida fuera de Buenos Aires. Además, me gusta tomar algunos riesgos.

3

¿Qué objetos la rodean en este momento?

En un estante de la biblioteca, una botella de Coca Cola, dentro de la que coloqué la pluma que me dio la Academia Nacional de Periodismo. Su unión inesperada me gusta mucho. Sobre ese mismo estante, un programa de la Sala Lugones con una foto de un filme de Ozu. Un poco más abajo, la Historia de San Martín, de Bartolomé Mitre, primera edición, que fue de mi padre, y me gusta pensar que es la misma que seguramente estaba en la casa paterna de Borges. En la pared opuesta, un cuadrado de madera blanca, que colgué como imitación casera de Blanco sobre blanco de Malevich. En ángulo, una foto de Facundo de Zuviría, un dibujo de Juan Pablo Renzi, otro de Eduardo Stupía y tres grabados que fueron tapa de la revista Punto de Vista.

4

¿Dónde está Dios?

Dios reside en esta pregunta y en todas las que se interrogan sobre su existencia.

5

¿Por qué aceptó la invitación al programa 678?

El gobierno kirchnerista solo recibía al periodismo que lo apoyaba. Me pareció que quienes lo criticábamos debíamos hacer lo contrario y enfrentar posiciones diferentes.

6

¿Por qué no aceptó la invitación que le ha hecho la producción de Mirtha Legrand para sentarse a su mesa?

No me sentiría muy cómoda escuchando una buena parte de las conversaciones que se mantienen alrededor de esa mesa. “Cada gato por su pared” es una buena definición de pluralismo en ciertas circunstancias. Soy un animal medio solitario, que trata de elegir las paredes sobre las que hace equilibrio.

7

¿Cuándo algo de la vida cotidiana pasa a ser su objeto de estudio?

Las ciudades fueron siempre espacios de atracción magnética. Soy vagabunda. Los medios, por otra parte, son inevitables. Allí no busco, sino que los temas se me aparecen, como si estuvieran iluminados por un foco.

8

¿Qué opina de las frases hechas?

Tienen la fuerza de la costumbre; la facilidad de lo conocido; la persistencia de los juicios sencillos y, a veces, exactos; la amabilidad niveladora del lugar donde todos tienen la ilusión de entenderse.

9

¿Cómo piensa su voto?

La política es una parte importante e intensa de mi vida. He sido militante de la izquierda, y, muy joven, en el peronismo. He estado muy cerca de algunos dirigentes; hablo con muchos de ellos. Mal o bien, escribo sobre política en los diarios. Por lo tanto, conozco y evalúo las cambiantes alternativas muchos meses antes de las elecciones. Antes del domingo electoral, acostumbro hacer pública mi opción, por escrito, en alguna nota. El voto secreto es una protección para los ciudadanos que puedan ser presionados o sometidos a represalias. Pero, en países democráticos, los intelectuales estamos en condiciones de dar a conocer la opción electoral, en lugar de obligar a la gente, que eventualmente nos lea, a hacer conjeturas.

10

¿Cuál es el mayor riesgo al que se exponen hoy los periodistas?

El estrellato mediático. También la tendencia a convertir la noticia en crónica (esto sucede especialmente con las policiales y de vida cotidiana). De otro riesgo somos responsables quienes escribimos notas de opinión, cuya relevancia es hoy mucho mayor que hace tres décadas, y encierran el peligro de la repetición y el autocentramiento. Por supuesto, estos riesgos tienen como escenario una esfera pública democrática. Quienes viven en Venezuela, Cuba o Nicaragua corren peligros que no tienen que ver con los géneros periodísticos sino con las posiciones políticas.

11

¿Piedra, papel o tijera?

Son las circunstancias las que definen los instrumentos. En una manifestación masiva, revolear una piedra no es un sacrilegio contra la paz social. Cortar, con un tijeretazo, la lectura de un discurso político insustancial o reiterativo, sintetizarlo críticamente, es ejercer el derecho al juicio de calidad. El papel, de todas maneras, resulta casi siempre más saludable y, a veces, intelectualmente más productivo.

12

¿A qué le teme?

A mi forma de hablar. A la ironía, que es la nota más fuerte de casi todo lo que digo. A la agresión, cuando la ironía se me vuelve ingobernable.

13

¿Le hubiese gustado recibir la muñeca que regalaba la Fundación Eva Perón para Reyes?

Recibí la muñeca que regalaba la Fundación para Reyes. Era 1952. Internada en el hospital Pirovano, fui beneficiaria de un incesante desfile de entretenimientos y regalos para las fiestas de fin de año. Mi familia, gorila sin vacilaciones, desaprobaba esos regalos a los que venía adosada una estampilla con la imagen de Eva. Yo, en cambio, la pasé extraordinariamente bien.

14

¿La política los prefiere “héteros”?

La política prefiere sujetos “normalizados”. El votante también. Las convicciones tienden a ser arcaicas. La cuestión no es qué prefieren las eventuales mayorías, sino abrir un espacio liberado de prejuicios para los nuevos sujetos políticos.

15

¿Para qué “sirve” un intelectual?

¿Para qué sirvió Sarmiento antes de ser presidente, cuando escribió el Facundo? ¿Para que sirvió Alberdi? ¿Para qué sirvió Sartre? ¿Para qué sirvieron Martínez Estrada, Victoria Ocampo o Sebreli? ¿Para qué sirvió José Aricó cuando, en el exilio, continuó su obra de editor y organizador de ideas? Deberíamos jubilar la pregunta, porque la historia de los intelectuales ofrece decenas de respuestas.

16

¿Cuál es su golpe favorito de tenis?

El revés a una mano de Justine Henin, Sampras y Federer; el revés a dos manos de Djokovic y Nalbandian. El drive de Kuerten, de Nadal y Del Potro. La volea de Tim Henman y los drops de Coria. Demás está decir que todos esos golpes admirados siempre fueron completamente imposibles para mí.

17

De los cigarrillos del día, ¿cuál es “el especial”?

El primero, después de tomar mate, caminando por la calle hasta la entrada del subterráneo.

18

¿Después del feminismo, ¿qué?

No hay después del feminismo. Sería como preguntarse: después de la igualdad de derechos, ¿qué? O después de la igualdad racial, ¿qué? Se abrirán nuevas exigencias y habrá que fundamentarlas y defenderlas. La costumbre de encontrar un “post” a todo me suena a necesidad de la historia académica o a la búsqueda de un titular.

19

¿Un deseo?

Volver a Berlín, siempre. Subir otra vez el Champaquí o caminar por la puna jujeña desde Rinconada a San Juan de Oros.

20

¿Qué ve cuando mira?

Depende de lo que mire. No miro del mismo modo una película que un objeto, un edificio que una pintura. La mirada se educa. Me pasé décadas tratando de entrenar miradas diferentes. No hay espontaneidad sino trabajo.

Fuente:  Clarín

 

 

Vos sos aquella que ayer nomás decía

miércoles, 11 de diciembre de 2024

Los recortes del día

 

Juana Bertossi-Link

martes, 19 de noviembre de 2024

Sensatez y Sentimientos

por Federico Cano para Paco

Aprovechemos la polémica, pues, para lo importante. Contemos nuestras listas de lectura, hagámoslas conocer, discutamos qué se da y qué no en las aulas (y si acaso podramos preguntarnos si podremos dar lo que hoy no podemos), mostremos la secuencia espectacular en la que 17 adolescentes se quedaron casi una hora en silencio mientras la profe encaraba Cometierra, o en la sorpresa de los cinco guachos, allá al fondo, que no pueden creer que Edipo se coja a la madre, mate al padre, o las tres pibas al costado, charletas, que murmuran el escándalo gustoso de que Romeo tenga veinte y Julieta trece (¡y todavía no esté embarazada!), o el petiso repetidor aquel, debajo de la capucha en noviembre, que en secreto se mueve anímicamente cuando descubre, entre el pomposo lenguaje popular de la España posmedieval, que Lazarillo es un pibe al que lo violaron toda la vida. Y es que finalmente, frente al aturdido auditorio del scrolleo en el bondi, eso que somos todos, la palabra escolar quizás pueda, en su anacronismo, imponer un tiempo diferente, utópico, para decir lo que nos pasa. Y es que, hermosamente, y esto sí aprendámoslo, un pibe, una piba, quien sea, no importa la edad, cuando se engancha con un libro, cuando se produce el acto de la lectura, colabora en la magia y en el milagro.

sábado, 31 de agosto de 2024

Bolaño, mi desconocido

por Daniel Link para 266


¿Te creíste que ibas a poder zafar de Bolaño? ¿Te creíste que el
novelista de la segunda persona iba a olvidarse del encargo que te
hizo? ¿Qué te hizo? ¿Qué te hizo Bolaño que nunca lo leíste? ¿Alcanza
con decir que no sos experto en literatura hispanoamericana como
para tacharlo de tu lista? ¿O crees que podés refugiarte en el hecho
de que Bolaño salta a la fama a finales del Siglo XX y eso, de alguna
manera, lo arroja fuera de tu corte temporal? ¿Vas a querer justificar
tu indiferencia hacia Bolaño en una arbitrariedad cronológica?
¿No fue acaso que el triunfo de Bolaño viniera de la mano
de Anagrama lo que te hizo sospechar de inmediato? ¿No fue el uso
de los verbos al comienzo de Putas asesinas lo que te desalentó para
siempre: “cogí un taxi al que ordené que se detuviera antes porque
quería pasear un poco”? ¿”Coger” un taxi? ¿”Ordenar” al taxista? ¿Y
no fue acaso su prosa plúmbea, plagada de ripios, lo que te impidió
siempre pasar de la primera página?
¿O fue su heterosexismo lo que te impedía leerlo? ¿No
contradice ese prejuicio tuyo la dedicatoria en Los sinsabores del
verdadero policía
: “A la memoria de Manuel Puig y Philip K Dick”? ¿O
vas a decir que esa misma dedicatoria póstuma es lo que te parece
más sospechoso? ¿No es precisamente en contra de la clasificación
que allí propone Bolaño que armaste la tuya? ¿No has repetido que
Proust pertenece a las locas, Joyce a los paquis irredentos y Kafka...?
¿A quién le pertenece Kafka?
¿A quién le pertenecerá Bolaño, quién se sentirá interpelado
por su literatura? ¿A la casta de escritores-estratega? ¿A los cultores
del realismo latinoamericano? ¿A aquéllos para quienes el lenguaje
es sólo un vehículo para transmitir ideas de mediano impacto?

 

sábado, 17 de junio de 2023

Metáforas cotidianas

Por Daniel Link para Perfil

Un poco desencantado de la vida ciudadana, voy al acto central de una institución que cumple cien años y que ha formado parte sustancial de mi formación.

La oscuridad me cobija, me obliga a relajarme y a entregarme a un ritual de escucha. En algún momento me sobresaltan unas imágenes que proyectan donde se me ve exultante, copa en alto, participando de no sé qué celebración.

La línea final del acto dice “El lenguaje es la casa”. Me doy cuenta de que durante la hora que duró mi abandono de la realidad, recuperé parte de mi curiosidad por las cosas dichas.

Aplaudimos, alguien llora. Miro alrededor y reconozco a algunas personas y a otras no. Me doy cuenta de la mezquindad de los ausentes que, porque consideran a esta institución un poco anticuada, se abstuvieron de la celebración. Me resulta extraño, porque precisamente el anacronismo, ese rasgo desdeñado por los snobs (que repiten inmutables los dictados de las modas intelectuales neoyorquinas), es lo que más me atrae de ese sitio, de esas personas, de los discursos que sostienen, con los que yo mismo entable relaciones de intensidad crítica pero que no podría abandonar nunca.

Me acerco a la protagonista del homenaje, la actual directora del Instituto de Filología de la Universidad de Buenos Aires, Guiomar Ciapuscio. Le repito, pero con tono de pregunta: “¿El lenguaje es la casa? Qué final heideggeriano”. “¿Viste?”me contesta conteniendo las lágrimas.

Más tarde, comentando el veredicto con mis amigos, desmenuzamos esa metáfora. “El lenguaje es la casa del ser”, había dicho Heidegger, subrayando el hecho de que (no lo dice de ese modo, pero se deduce de su aforismo) la política es un asunto de seres hablantes. Estamos pagando cara esa arrogancia, pienso, mientras los inusitados calores del mes de junio empiezan a disolverse en el viento helado que viene de una Antártida que se descongela de a poco. Una política que ha despreciado a los entes y que ha hecho del paisaje un mero destino extractivista muestra sus ruinas. No es culpa de Heidegger, claro, sino más bien del mandato testamentario. Pero hay que empezar a cortar por lo sano.

Para mí, le digo a Diego Bentivegna, “El lenguaje es una ventana”, porque es el marco desde el cual miro el mundo. Percibo y actúo en el mundo desde una determinada posición lingüística.

Él me recuerda una operación crítica de hace algunos años, cuando opuso “el lenguaje como casa del ser a la poesía como caza de la lengua”.

La relación de caza respecto de la lengua supone una predación nómade, no un asentamiento. Al territorio estabilizado del sedentarismo se opone la persecución y el agenciamiento con la presa (la lengua como presa) y los territorios. Ningún éxtasis del Ser, ningún sedentarismo, sino más bien una deriva incesante. La casa, si acaso, se lleva a cuestas y se instala en cualquier parte. Es lo que yo, insipirado por él, llamé castrametari o castrametación (el arte de disponer un campamento, algo más duradero que el mero acantonamiento, aunque no tan permanente como una ciudad).

Recordé entonces a Rubén Darío, quien había escrito antes que Heidegger: “Si la palabra es un ser viviente, es a causa del espíritu que la anima: la idea. Así, pues, las ideas, con sus carnes de palabras, vivientes, activas, se congregan, hacen sus ciudades, tienen sus casas. La ciudad es la biblioteca, la casa es el libro”. También en la perspectiva dariana la casa es lo que se lleva a cuestas al atravesar del mundo.

Claro, me dice Diego ahora, que no por nada es un gran poeta, “yo creo con Wittgenstein que el lenguaje es un ciudad, con partes en ruinas y partes en construcción”.

Se dice que “el casado, casa quiere” y Heidegger se contenta con ese confort doméstico y patriarcal. La relación de predación o de deriva necesita de un territorio más amplio, un afuera, una relación atenta a la respiración, los movimientos y el habla de los otros: no una mera política de los seres hablantes, sino una política ambiental, incluso un “animalismo”.

Todo esto nos viene de la frecuentación de la filología y sus transformaciones. Reivindicamos nuestra filología novomundana, porque quiso y supo articular asuntos de lenguaje con asuntos de territorio: la pluralidad de lenguas y de pueblos.

Avancemos ahora hacia una filología queer, una filología de lo sensible, una ecofilología de los mundos habitables.

 

sábado, 6 de mayo de 2023

El capricho gay

Por Daniel Link para Perfil

Mariano López Seoane acaba de publicar Donde está el peligro, un libro luminoso (organizado en ocho pasos) sobre las estéticas de la disidencia sexual que es, al mismo tiempo, un tratado de ética futura, para cuando se acaben los fascismos heteronormativos y los stalinisimos sexogenéricos. Leemos: “Desde múltiples costados se nos dice que el placer es algo que no puede anteponerse al deber, al bien, a lo correcto. Se nos dice desde la derecha más recalcitrante, se nos dice desde el catolicismo, pero también se nos dice desde la izquierda bienpensante. Me pregunto cuál sería el sentido de escribir un libro que tiene que ver con nuestras estéticas, y por tanto con nuestros deseos, nuestros afectos y nuestros placeres, a partir de ese mandato. No quisiera perder tiempo respondiendo. Las invito, en cambio, a recorrer mi galería de caprichos.”

Sobre todo en la frase final encuentro la clave para leer un libro destinado a quienes comparten con Mariano una sensación sobre el mundo: la perplejidad respecto de la normativización correctiva de la disidencia (sexogenérica). Donde está el peligro, pues, se revela como un enunciado doble, que tanto apunta a los regímenes patriarcales como a las nuevas comunidades sexo y género-disidentes, a partir de una cita tomada de un poema de Hölderlin: “Allí donde está el peligro / Crece también lo que nos salva” (Friedrich Hölderlin, “Patmos”).

El peligro (para unos y otros) no estaría tanto en la disidencia (en ese caso el libro se llamaría Dónde está el peligro) sino en la ética de su ejercicio, ligada al placer antes que al deber ser, es decir: antes al abandono gozoso que a las normas y los reglamentos.

Pero, además, la introducción usa (creo que sin demasiado entusiasmo y sin demasiada regularidad, porque tampoco se puede prestar tanta atención a la trivialidad) los inconsistentes plurales inclusivos declinados en -e. Al final, López Seoane opta salirse de la norma progre (metropolitana, universitaria y reticular) e incluye, a cualquiera que lo lea, en el plural de las locas: las invito. Por ese lado hace estallar las regulaciones de una sedicente disidencia que no recusa la norma, sino que elige reemplazarla por otra y que, por eso mismo, no es más inclusiva sino todavía más restrictiva que la previa.

Nosotras, las locas viejas, las locas de provincia, las locas apaleadas por la policía, siempre elegimos el universal femenino. A nadie se le pregunta si es cis o trans ni cuál es su género autopercibido o cuáles sus pronombres predilectos (para eso hay que saber primero qué cosa es un pronombre y qué cosa es la deixis), tampoco sus gustos sexuales: cualquiera integra el lote de nuestras amigas y las queremos sin ningún protocolo de por medio.

El libro razona sobre el carácter desestabilizador de la disidencia, inscribiéndola en diferentes regímenes de producción (fordismo y posfordismo) para verificar una tensión que tanto puede ir a parar a una liberación (porque la flexibilización y la desregulación del régimen posfordista son en cierto sentido liberadoras, y permiten y alientan la proliferación de disidencias sexuales, genéricas y afectivas) o, porque generan precariedad, a una nueva normalización: terminan alimentando nuevos correctivos imaginarios por parte del patriarcado. La indecibilidad sobre el carácter disruptivo de las disidencias sexuales aparece cuando éstas se asocian con las grandes marcas de la moda (que constituye el tema de uno de los capítulos): es como si la micropolítica se desentendiera de la macropolítica.

Habría que agregar: los integrantes de colectivos disidentes piden a los parlamentos dominados por la cisheteronormatividad que legislen sobre sus propias vidas, cosa que naturalmente, las parlamentarios hacen. Se crean, así, comités de vigilancia integrados por personas que nunca nos acompañaron en nuestras luchas históricas y que, ahora, sancionan la verdad de nuestros comportamientos y nuestras palabras, que someten nuestra ética y nuestra estética de la disidencia a un escrutinio potencialmente cancelatorio.

Por fortuna, Donde está el peligro sostiene una noción de estética que no puede desprenderse de una ética que sólo puede concebirse más allá de las regulaciones y diseña para nosotros un camino más alegre y, gracias a Mariano López Seoane, más sólida, como cualquier capricho.

 

sábado, 8 de abril de 2023

Las hijas de Borges

por Daniel Link para Perfil

La hija más célebre de Borges es imaginaria: se llama Raula Borges, está comprometida con Miguelito Pérez Perkins, un delegado de Raúl Alfonsín en París, que quiere convencer a Nicanor Sigampa, un millonario afroargentino, para que contribuya con cuatro mil millones de dólares al pago de la deuda externa, que asfixia al gobierno.

Nicanor Sigampa urde, en cambio, una campaña para postular, en las inminentes elecciones, a un candidato propio a la presidencia, el poeta Darío Copi, el narrador de la novela La internacional argentina, de la cual Copi (Raúl Damonte) es el autor.

La novela (que hoy merecería ser revisitada para comprobar su alucinatoria capacidad de predicción) fue publicada en francés en 1988, dos años después del casamiento de Borges con la Sra. Kodama, celebrado por poder vía Asunción. Pocas semanas después, el 14 de junio, Borges murió en Ginebra.

Los diarios en general, pero en particular el diario Clarín, lloraron la desaparición de la Sra. de Borges, inexplicablemente celebrada como una guardiana fiel del legado de su marido, cuando en verdad su gestión sobre el patrimonio literario de Borges fue errático y mezquino.

La Sra. de Borges bloqueó todo proyecto de edición crítica de las obras de su difunto marido. Se dedicó a pleitear insensatamente contra todos y todas los que osaran intervenir en relación con su legado (el caso más resonante fue el de Pablo Katchadjian, pero yo mismo recibí una carta documento de sus abogados cuando trabajaba para el diario Página/12). El 4 de diciembre de 2019 rechazó la iniciativa de Alberto Fernández para crear un “Museo Borges” con manuscritos donados por el empresario Alejandro Roemmers. La Sra. de Borges afirmó (sin pruebas) que esos manuscritos habían sido robados por una empleada doméstica (la hija natural de Borges, en La internacional argentina, es hija de una empleada de limpieza de la Biblioteca Nacional, de origen portugués).

Independientemente de la pena que puede causarnos la muerte de una señora a la que le gustaban mucho los arenques, muchachos, nos volvimos a ilusionar con la posibilidad de un archivo ordenado y centralizado y unas Obras Completas en edición crítica.

Pero apareció “la banda de los sobri” (la denominación es de Martín Nicolás Kodama) y se nos fue el alma al piso.

Mientras escribimos la continuación de La internacional argentina, con nuevos personajes, esperamos que el Estado intervenga para impedir que lo poco que queda del legado de Borges salga del país y se abra al escrutinio filológico.

jueves, 1 de septiembre de 2022

Archivar, desarchivar, anarchivar

ENTREVISTA

Daniel Link. “Tenemos archivos muy importantes, pero en muchos casos no incorporan documentación de comunidades indígenas”


El investigador de la Universidad de Tres de Febrero destacó la importancia de los documentos para revelar los oculto y enfatizó la necesidad de contar con un acceso democrático a los materiales. 


Por Horacio Raúl Campos para Página/12

-¿Qué temas se trataron en el Coloquio Internacional?

-Propusimos pensar las relaciones entre archivos y la democratización de prácticas y la recuperación de memorias e identidades comunitarias en un contexto altamente crítico y estimulante ligado con el proceso de digitalización de archivos.

(...)