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sábado, 1 de agosto de 2026

Puntos fulcro

por Daniel Link para Perfil

 


 


El punto-fulcro es el punto de apoyo alrededor del cual pivotea una palanca (las articulaciones funcionan son puntos fulcros del cuerpo). Es lo que permite que se ejerza una determinada fuerza y, por lo tanto, el punto de riesgo del sistema. Podemos aplicar esa noción a.... los relatos.

Steven Spielberg, por ejemplo, es un buen narrador, hasta cierto punto. Basta con localizar los puntos fulcro donde la resistencia de la materia desbarata el relato para darse cuenta de su medianía. Pienso en Disclosure Day, de reciente estreno.

Es una película cuyo tema es la revelación de un secreto, el relato construido alrededor de él y por lo tanto, sobre unidades de información y su relación con la verdad. Empieza con un gran despliegue narratológico, in medias res. Y todo avanza con precisión hasta un cierto punto (fulcro). Ya bien avanzada la película, el personaje desempeñado por Emily Blunt va a conectarse telepáticamente con lo extraterrestre y la están monitoreando médicamente: tiene unos electrodos en la frente y un presurómetro amarrado al brazo sobre su pullover color mostaza. Parecerá un detalle insignificante, pero el diablo está en los detalles. ¿Es que nunca nadie en el gigantesco equipo de filmación de Spielberg se tomó la presión? ¿No saben que el aparato se aplica directamente sobre la piel?

Que el personaje de Emily se duerma con un papelito en la mano con la dirección del hotel donde se esconde (lo que permite que la encuentren mediante telepatía) es otro punto fulcro. Y ya con dos, todo el edificio se viene abajo, el relato se desmorona y empiezan a sucederse las estupideces y los caprichos. Aferrada a un dispositivo, Emily Blunt hace desaparecer a un grupo de personas y dos gigantescos camiones de bomberos, los malos provocan un corte de electricidad en una estación de televisión, que sigue funcionando mágicamente gracias a los poderes de Emily (y sin el delay de la conexión a internet), etc.

Retrospectivamente afecta a lo que ya habíamos visto: la réplica de una casa dentro de un galpón, hasta el más mínimo detalle (“para regresarte a la experiencia de la manera más familiar posible”) no tiene correlato en la presión arterial de Emily Blunt. La persecución asesina de la que es objeto es excesiva (que culmina con ¡un corte eléctrico!). Y lo que habíamos considerado prodigios de economía narrativa tal vez sean en verdad, cortes en una narración de duración inmoderada en relación con la estupidez alarmante de una trama que abusa del capricho y tergiversa su propio impulso hacia la verdad y la narración pura.



sábado, 25 de abril de 2026

El dedo muerto

Por Daniel Link para Perfil

Hace unos años mi mamá empezó a quejarse de que se le desconfiguraba el teléfono celular (no eran sus palabras, claro, pero de eso se trataba). De pronto se quedaba sin sonido, o le desaparecían las pocas aplicaciones que usaba, o no podía encontrar los chats en curso). Como ella estaba (y sigue estando) “en situación de Android” era para nosotros complicado lidiar con un sistema operativo que desconocemos en sus detalles. A veces mi hijo la ayudaba y entonces mi mamá se quejaba diciendo (injustamente, claro): “Tomás tocó....”, “Tomás hizo...”. Pronto descubrimos la causa de las desconfiguraciones: mi mamá tenía el pulgar “muerto”, es decir: cuando movía su dedo índice sobre la pantalla, el pulgar caía sin demasiado sentido y sin voluntad sobre otras secciones del menú, anulando funciones, borrando conversaciones, modificando lo que debería ser inmodificable (no entendemos todavía cómo nadie ha diseñado un sistema operativo para personas mayores).

En todo caso, el fin de semana pasado me descubrí habilitando funciones en un juego inadvertidamente: era, sí, mi propio dedo muerto. En el prólogo a mi último libro (me dicen que se vende bien), La clausura de febrero y otros poemas, escribí que “desaparecemos del todo cuando ya no queda nada de nosotras por morir”. Los oídos, los ojos, los dientes, esas primeras víctimas, empiezan a apagarse tempranamente, pero hay prótesis que disimulan o anulan el proceso de micromuerte. El dedo (cuántas veces hemos hablado de “El dedo gordo” en la estela de Bataille, como emblema y clave de humanidad) se suma a esa cosecha inminente de mortandades.

Los análisis nos van mostrando el deterioro de los órganos internos (en mi caso, por fortuna, es imperceptible), que son los que marcan el ritmo del último suspiro.

A medida que esas cosas suceden irremediablemente, empiezo a dejar morir algunos aspectos de mi vida laboral (ya casi extinta). Me escribe una chica de una editorial que publica libros míos para invitarme a la Feria del Libro, con el objetivo de “generar contenido para las redes”. Le digo que yo no genero contenido para las redes, a quién se le ocurre. Otra chica me escribe para invitarme a dialogar con una artista un sábado. Acepto a regañadientes porque quiero el lugar, pero luego me dice que la artista puede tener un zoom previo (yo no uso zoom), el día tal a tal hora. Le digo que no, que no me someto a la aprobación de personas que no conozco y que no suelo adelantar los contenidos de mis conversaciones que son, por otra parte, bastante previsibles.

Casi me siento tentado de decirles: yo estoy involucrado en los procesos de deterioro corporales y cognitivos propios de mi edad como para que me vengan con pelotudeces, pero desisto de caer en la categoría “vieja loca”, que las jóvenes me aplicarían inmisericordemente.

Arrastrado por ese impulso beckettiano, me pregunto si no ha llegado el momento de dejar morir éstas, mis columnas para Perfil. Lo decidirá mi dedo (pulgar para abajo) cuando me canse también del régimen de esclavitud de las columnas semanales.


sábado, 1 de noviembre de 2025

La tajada de sandía



por Daniel Link para Perfil

La doctrina del “Destino manifiesto”, cuyo nombre se estabiliza recién en 1874, fue formulada en 1630 por el ministro puritano John Cotton, quien sostuvo que “Ninguna nación tiene el derecho de expulsar a otra, si no es por un designio especial del cielo como el que tuvieron los israelitas, a menos que los nativos obraran injustamente con ella. En este caso tendrán derecho a librar, legalmente, una guerra con ellos y a someterlos”. La expresión “destino manifiesto” aparece por primera vez en el artículo «Anexión» de John L. O'Sullivan, publicado en la Democratic Review (Nueva York: julio-agosto de 1845). Allí se lee que “El cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la Providencia, para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno. Es un derecho como el que tiene un árbol de obtener el aire y la tierra necesarios para el desarrollo pleno de sus capacidades y el crecimiento que tiene como destino”.

A partir de este supuesto, los Estados Unidos anexaron los territorios de Texas (1845), California (1848) e invadieron México (1846), apropiándose de Colorado, Arizona, Nuevo México, Nevada, Utah y partes de Wyoming, Kansas y Oklahoma (2 millones 100 mil kilómetros cuadrados, el 55 % del territorio mexicano de entonces). Estados Unidos intervino militarmente en Nicaragua en 1860 y en 1912, en Honduras en 1903, 1905, 1919 y 1924 para “restablecer el orden”, y en Cuba en 1898, después de haber vencido a las tropas ibéricas.

Particularmente interesante es el episodio de la “tajada de sandía” (cuya intensidad semiótica no puede disimularse). El 15 de abril de 1856 desembarcó en Panamá de un buque procedente de California el estadounidense Jack Oliver. Acompañado de unos amigos, se detuvo en el puesto de frutas de José Manuel Luna en el barrio de La Ciénaga, tomó una tajada de sandía, se la comió y quiso irse sin pagarla (valía un real, equivalente a cinco centavos de dólar de entonces). Reclamado el pago, Oliver insultó y amenazó al puestero a punta de pistola. El vendedor respondió con su puñal. Miguel Abraham (de nacionalidad peruana) arrebató la pistola a Oliver y salió corriendo, perseguido por la muchachada californiana, a los tiros.

El resultado de la batalla entre arrabaleros panameños apoyados por la gendarmería y aventureros norteamericanos fue de 14 norteamericanos y un francés muertos, en un bando, y 2 muertos y media docena de heridos en el otro, y la destrucción de las instalaciones de la Panama Railroad Company. El 18 de julio de 1856, el comisionado estadounidense Amos Corwine recomendó “la ocupación inmediata del istmo de océano a océano por Estados Unidos a menos que Nueva Granada nos convenza de su competencia e inclinación para suministrar adecuada protección y una rápida indemnización”. Ambas cosas sucedieron (indemnización y garantías de seguridad). Lo demás es historia reciente y manifestación de un destino latinoamericano que por fin nos alcanza cabalmente.

lunes, 13 de octubre de 2025

Gaza

por Alessandro Baricco para Substrack vía Perfil

1. Es difícil precisarlo ahora, pero hubo un día, reciente, en que Gaza dejó de ser el nombre de una tierra para convertirse en la definición de una frontera: la línea roja que muchos elegimos como frontera infranqueable. Desde ese día, luchar junto a Gaza dejó de ser una opción política que pudiera legitimarse o cuestionarse.

Se convirtió en un movimiento mental en el que una determinada humanidad tomó distancia de otra, afirmando su propia idea de la Historia y exigiendo la devolución del mundo a quienes se lo robaban.

Ya no importaba lo que uno pudiera pensar sobre el conflicto entre Hamas e Israel, ni los prejuicios que uno pudiera tener sobre los judíos o el terrorismo: todo se apagó como una vela en una casa en llamas, ya que Gaza se convirtió en mucho más que una situación geopolítica sobre la que tomar posición: hoy es el nombre de una determinada manera de estar en el mundo.

Los primeros en comprenderlo, me pareció, fueron los jóvenes, aquellos de entre 15 y 25 años. Era extraño verlos desplegar esas banderas palestinas, saliendo de repente de su letargo político. Es decir, era difícil hablar con estos chicos de Salvini, Meloni, incluso de Trump. No parecían interesados. El cambio climático y la identidad de género: esas eran las cosas que los apasionaban. De repente, un día, te los encuentras en la plaza, cuatro gatos locos, con esa bandera de una tierra lejana de la que, objetivamente, no sabían casi nada. Hoy, cuando cientos de miles de personas en todo el mundo salen a las calles con esa bandera, tenemos que admitir que esos chicos estaban un cuarto de hora por delante del resto: y ahora es muy importante entender cómo se anticiparon a los demás y qué salto conceptual dieron con una velocidad a la que nadie más fue capaz.

2. Hay una falla, y vivimos justo encima de ella. A un lado, la tierra emergente del siglo XX, con sus valores, sus principios y su trágica historia. Y al otro, un continente, a menudo sumergido, que se separa del siglo XX, impulsado por la revolución digital, motivado por el desprecio, por los horrores del pasado, y dirigido por una nueva inteligencia. Donde se produce la fractura, la tierra tiembla. El siglo XX no cede, y el nuevo continente continúa desgarrándose. No tengo grandes dudas sobre cómo terminará: el siglo XX irá a la deriva, continente casi deshabitado, destinado a ser estudiado en libros y museos.

Pero en estos últimos meses nos vimos obligados a recordar una verdad incómoda, que tal vez habíamos reprimido: no hay nada más peligroso que un animal moribundo.

Tras sus últimos estertores, el siglo XX comenzó a abandonar la resistencia serena que había defendido con firmeza y, presentiendo su fin, comenzó a asestar golpes violentos, volviéndose extremadamente agresivo. Lo hizo reviviendo uno de sus rasgos de identidad más fuertes: la creencia en que la guerra es una solución y el sufrimiento civil un precio aceptable para financiar el conflicto entre las élites. Tanto la agresión rusa contra Ucrania como la guerra entre Hamas e Israel tienen su origen en el siglo XX. Las ondas expansivas de fenómenos como el imperialismo y el colonialismo, que fueron sellos distintivos del pensamiento de los siglos XIX y XX, aún se pueden sentir. Los relatos que quedaron sin resolver tras la Segunda Guerra Mundial o la Guerra Fría son fácilmente reconocibles. Y el catálogo de productos con los que el siglo XX se vendió durante mucho tiempo queda al descubierto: el culto a las fronteras, la centralidad de las armas y los ejércitos, la religión del nacionalismo. Todo es un mismo paquete: el último aliento del animal moribundo. La larga ola de un desastre.

3. Ante todo esto, al principio fue difícil de entender. Parecían temblores sísmicos, como si el suelo se moviera. Era el momento en que tenía sentido tomar partido o trazar una línea entre el bien y el mal. Lo hicimos, cada uno según sus propias convicciones. Luego llegó Gaza.

Entonces, instintivamente, sentimos que, en realidad, solo había una línea, y era la que trazaba el acuífero sobre el que nos balanceábamos. Un mundo moribundo a un lado, un nuevo continente al otro. Parecía urgente decir de qué lado estábamos. Y Gaza nos ayudó a hacerlo, porque es una síntesis nítida y cristalina de una enorme grieta: es donde un terremoto entero tiembla solo una vez, en un solo lugar, en un solo momento.

4. Muchos, al tomar partido, se alinearon con el continente que se está desintegrando. Una vez más, quisiera aclarar un concepto que me parece valioso. Nada garantiza que la civilización que estamos construyendo sea, en última instancia, mejor que la que la precedió; pero podemos afirmar con cierta certeza que nació para desmantelar los esquemas que hicieron posible el desastre del siglo XX (dos guerras mundiales, los campos de exterminio, la bomba atómica, la Guerra Fría, la edad de oro del totalitarismo; quiero recordar). Se puede pensar lo que se quiera sobre la llamada revolución digital, pero sería insensato no admitir que, consciente o inconscientemente, derrumbó los búnkeres estructurales y culturales sobre los que el siglo XX había podido construir su propio desastre: a través de lo digital, elegimos un mundo inmensamente más fluido, más transparente, en el que muros y fronteras pierden su consistencia; aceptamos el riesgo de liberar toda la información y las opiniones poniéndolas en circulación casi sin precaución; aceleramos el tiempo, creando de hecho una mesa de juego en constante cambio, impidiendo que las ideas se anquilosaran o se convirtieran en mitos; dificultamos enormemente la creación de espacios protegidos donde la Historia pudeira suceder, al abrigo de miradas indiscretas; e hicimos más impenetrable el ejercicio del dominio por parte de cualquier élite. Ninguna de estas acciones está exenta del riesgo de tener consecuencias dramáticas: pero si las tomamos, es por una razón que nunca debemos perder de vista: nos parecía urgente intentar vivir de otra manera, para no morir igual que nuestros padres.

Y estaba claro que el meollo del asunto residía precisamente allí donde guerra, violencia y armas formaban un meollo primitivo del que queríamos borrar todas las huellas. Si existía una forma traumática pero definitiva de recordarnos todo esto, Gaza lo era. Nos recordó a muchos que ya vivimos en un mundo diferente –con nuestras mentes, con nuestros gestos cotidianos–, un mundo diferente donde Gaza no es posible. Es más: no estamos dispuestos a aceptar que el animal moribundo recupere el centro del tablero, nos traiga de vuelta y secuestre nuestras visiones. Más allá de la compasión instintiva y dolorosa que inspira Gaza, el verdadero insulto es sentirse despojado –violenta, arrogante y ferozmente– de algo demasiado preciado: el futuro que deseamos. ¿Quién podría entender esto mejor que los niños?

5. Entonces, en una protesta callejera, surgen todo tipo de motivaciones y resentimientos, está de más decirlo. Pero sigo convencido de que la esencia del apoyo a la causa de Gaza reside en una clara elección de bandos respecto a esta historia de dos civilizaciones opuestas, que en Gaza se enfrentan con la mayor evidencia. Soy consciente, además, de que este no es un apoyo mayoritario, por sorprendentemente masivo que sea. Pero entra en juego otro fenómeno que me sorprendió y que solo había vislumbrado parcialmente: la tremenda resistencia del siglo XX. Si intento explicarlo, me viene a la mente esto: hay una enorme porción del tejido económico, político, intelectual y social que supo jugar el juego del siglo XX, pero aún no es capaz de jugar el de la nueva civilización. Entonces se agazapa entre los pliegues del animal moribundo. Permítanme dar un ejemplo muy concreto: hay mucha gente que sabe cómo ganar dinero en el hábitat del siglo XX y que aún no sabe cómo hacerlo en la civilización digital. Un ejemplo fácil: los medios de comunicación. Me refiero a los grandes medios tradicionales del pasado. Los periódicos impresos, por ejemplo, otros animales moribundos (y lo digo con tristeza). La ligereza con la que a menudo avivan los vientos de guerra delata un instinto de refugiarse en los tonos e ideas que durante mucho tiempo les han asegurado cierta centralidad y, por lo tanto, sólidas ganancias. Comprensible, pero extremadamente peligroso. No menos transparente es la voluptuosidad con la que élites intelectuales enteras –para quienes la lucidez debería ser un deber– se dejan seducir e hipnotizar por el animal moribundo y lo vuelven a colocar en el centro del juego. No parece estar a su alcance articular visiones, ni siquiera análisis, aplicables al mapa del nuevo mundo: siguen creando partidas refinadas en un tablero de ajedrez que deberían ser los primeros en destruir. Lo hacen con una voluptuosa propensión a la autodestrucción. Es un fenómeno doloroso.

De hecho, los choques de civilizaciones se deciden en gran medida por la capacidad narrativa, es decir, por la eficacia con la que algunos logran convertir una masa nebulosa de hechos en una historia convincente y, por tanto, en realidad.

Que tantos narradores talentosos estén trabajando a estas horas para darle oxígeno a una narrativa tan agotada como la del siglo XX –ella y su desolada épica guerrera– es algo que suele provocar reacciones muy duras.

6. Si las cosas fueran aunque solo sea remotamente como he intentado describir, es obvio que Europa tendría un papel fundamental en este momento histórico. Es cierto que nuestro continente es muy antiguo y, por lo tanto, está necesariamente sumido en la nostalgia. Pero también es cierto que somos el siglo XX, y por lo tanto nadie lo conoce como nosotros: donde el siglo XX fue tragedia y donde fue asombro, allí estuvimos, más que nadie. Sabemos exactamente dónde están las trampas, dónde están los errores y dónde está el truco. Solo necesitamos un mínimo de claridad para comprender cómo funciona el animal moribundo, y por eso, nada debería estar más lejos de nosotros que temerle: solo hay una cosa que deberíamos hacer, y seríamos capaces de hacer: acabar con él.

Quisiera ser claro: esto no significa rendirnos ciegamente a la civilización digital; significa usarla para escapar de nuestros errores para siempre.

Pero no es eso lo que estamos haciendo. Escuchar la palabra “rearme” filtrarse en las mentes más representativas del continente es una vergüenza, intelectualmente incomprensible. Verse obligado a escuchar el tono viril con el que prometen defender cada centímetro de nuestra querida tierra europea es inaceptable. Más bien, deberíamos decir, con una suavidad completamente diferente, que defenderemos cada centímetro de la civilización que imaginamos, y no lo haremos con armas, sino con la obtusa paciencia con la que los animales buscan el agua y los ríos el mar.

7. También está Trump, observa alguien. Y sobre todo, la América trumpiana. Es cierto. Pero ahí, para ser sincero, no entiendo mucho; me faltan los elementos. Creo que habría que vivir mucho tiempo en Estados Unidos, en estos años, para entenderlo. Desde lejos, solo percibo la urgencia de no confundir el trumpismo –como ciertos populismos europeos– con otro manotazo de animal moribundo. No es tan sencillo. Hay una encrucijada de corrientes difícil de analizar. Sin duda, hay una regresión instintiva a los patrones de pensamiento del siglo XX, tan rudimentarios como útiles en tiempos de confusión. El regreso al culto a los muros y las fronteras es un claro ejemplo. Pero esta regresión no ocurre en su forma pura, como lo habría hecho en el siglo XX, sino que viaja constantemente diluida en sustancias que parecen derivar de una cierta química típica de la nueva civilización: sospecha de las élites, individualismo de masas, incluso cierta inclinación a interpretar la realidad con los patrones formales del juego, desplazando el centro de gravedad de las cosas a una superficie vagamente lúdica y desconfiando de la profundidad como código para leer lo real. Por supuesto, el ensamblaje es difícil de digerir debido a su tendencia a virar hacia lo vulgar, lo arrogante, lo adolescente y lo simplemente imbécil. Pero las revoluciones, inevitablemente, producen contramovimientos espectaculares cuyo diseño no siempre se puede controlar. La Revolución Francesa de 1789, por ejemplo, una revolución que cambió la mitad del mundo, rebotó en una acrobacia túrgida cuyo kitsch está espléndidamente resumido en la pintura de Ingres de Napoleón como emperador. Vale la pena echarle un vistazo.

Diecisiete años pasaron entre la toma de la Bastilla y ese cuadro. Los mismos años que pasaron entre el lanzamiento del primer iPhone y la victoria de Trump en las elecciones presidenciales de 2024. (Sí, sé que la comparación le encantaría al viejo Donald. Disculpen. Pero la idea queda clara).

Si te gusta este texto, compártelo. Si de verdad te gusta, tradúcelo antes que la IA y compártelo. Gracias.

(Traducción: Guillermo Piro)

 

 

 

 

sábado, 16 de agosto de 2025

Rituales de escritura

por Daniel Link para Perfil

Me hice el vivo. Me vine a Buenos Aires un sábado, sin computadora portátil, que quedó en mi casa suburbana. “Me voy a arreglar con el teléfono”, me dije. Pero no fue así, me di cuenta de que yo casi no uso el teléfono. Hasta el programa de mensajería lo manejo desde la computadora.

El lunes por la mañana, al borde ya de la desesperación, me metí en una computadora de escritorio ajena. Para qué.

No pude cargar el whatsapp para escritorio porque la máquina tenía el sistema operativo desactualizado (y no aceptaba ya ninguna versión posterior, a pesar de que no tiene tantos años de edad: obsolescencia planificada). Tuve que usar el mensajero en su versión para navegadores. Por supuesto, yo no uso cualquier navegador, sino uno de código abierto. La computadora no tenía ningún programa bloqueador de publicidades ni tampoco removedores de paywalls (que permiten leer páginas archivadas en internet sin necesidad de iniciar sesión). Se los instalé.

Tampoco tenía ningún programa de código abierto para escribir. Le instalé el Apache Open Office, que uso sin disturbios ni grandes incompatibilidades desde hace décadas. Luego lo tuve que configurar con la tipografía que uso.

Cuando terminé con todo me di cuenta de que me faltaban las claves, así que tuve que buscarlas en la versión para celulares de mi navegador predilecto y transferirlas.

Listo para escribir, no pude hacerlo porque ya tenía que salir a cumplir con otro compromiso.

Recordé una reflexión analógica de Roland Barthes, que había descubierto que sus escritorios (en su departamento parisino y en su casa de verano) eran réplicas uno del otro. Él no podía trabajar sin los pinceles en tal lugar, los lápices en tal otro, los libros esenciales a mano, la silla orientada en tal dirección.

El escritorio (analógico o digital) es una metáfora de una disposición más bien anímica que espacial hacia la escritura. Y, siendo un ritual tan delicado, es casi seguro que el oficio de escribir encontrará innumerables obstáculos maniáticos que impedirán su realización.

Es reconfortante, en ese punto, lo poco que ha cambiado todo. Así como el copista medieval armaba su scriptorium y lo defendía como parte esencial de su existencia, así el ciberpunk debe disponer sus conexiones en un orden específico para poder funcionar.

Aún presuponiendo la profesionalización del escritor, su práctica sigue sosteniendo cierto misterio (cierta mistificación, si se quiere) precisamente porque se funda en el deseo que, como se sabe, no piensa.

 

 

 

sábado, 31 de mayo de 2025

Mujeres y plantas

Por Daniel Link para Perfil

Los viernes en MALBA puede verse Caigan las rosas blancas, la última y esencial película de Albertina Carri, que empieza con un enunciado famoso: “O inventamos, o erramos”, una de las más famosas frases de Simón Rodríguez, el extraordinario pedagogo que orientó la juventud de Simón Bolívar. Recordarnos ese veredicto, ya es bastante. Lo que se lee en esa frase caracteriza al cine de Albertina Carri que es, fue y será lo que ese epígrafe convoca. Pero, al mismo tiempo, nos advierte sobre lo que veremos.

Por un lado, la cita velada alude a las actuales condiciones de existencia del cine, que han sufrido una transformación importante en los últimos años, con la hegemonías de la producción audiovisual de platarformas y el uso de Inteligencias Artificiales de todo tipo.

Puesta a pensar, como corresponde al cine de verdad, ¡Caigan las rosas blancas! elige un lugar incómodo que mienta al mismo tiempo la revolución y la tradición desde un paradigma excéntrico: el de Simón Rodríguez, tácitamente impugnado por la teoría marxista, o el aceleracionismo, que sostiene que hay deseos, tecnologías y procesos que el capitalismo hace surgir y de los que se alimenta, pero que no puede contener; y que es necesario acelerar estos procesos para empujar al sistema más allá de sus límites.

El relato comienza con una escena bizarra. Una filmación (primer género: cine dentro del cine). Tres mujeres jóvenes cuelgan del techo del estudio sobre un árbol fraguado asaetado por flores moribundas y frescas. La directora de la película (acá hay un rizo barroco: quien desempeña a la directora de esa película bizarra que se hace dentro de la película dirigida por Albertina Carri) se limita a decir “Más plantas, más plantas, más plantas”, mantra que repiten diferentes integrantes del equipo para desesperación de las colgadas. Finalmente la filmación se suspende, la directora ficcional decide abandonar el rodaje y las luces del set se apagan sin que las colgadas hayan sido completamente liberadas de sus arneses.

El reclamo de “más plantas” parece tener un sentido que supera holgadamente el sentido inmediato de la secuencia en la película que están filmando: más consistencia en la sensibilidad, tal vez sea lo que reclama la directora en la ficción. Las plantas, le responden, están viniendo. Como esa escena se corta, adivinamos que las plantas llegarán en las escenas subsiguientes. Y así es.

La siguiente secuencia es un paso de comedia. Vuelta a su casa, la directora espera a su amante. (ambas, hay que decirlo, constituyen parte de la troupe milagrosa de Las hijas del fuego, primera parte de la trilogía en la que Carri está embarcada). Juntas, con una de las colgadas, deciden irse al noroeste argentino, a la selva. Deciden irse, si que todavía lo sepan, a dar vuelta la historia natural de América latina. La siguiente secuencia es un musical. Luego sigue una road movie.

Ahí aparece el segundo elemento rector de esta película: la pregunta por los géneros. Esa pregunta, que en la primera parte de la trilogía había investigado los géneros como forma de actuación en el mundo y como codificación del deseo ha virado ahora hacia una especificidad cinematográfica: los géneros cinematográficos como matrices narrativas. La película participará sucesivamentre de varios géneros, de todos los géneros.

Ensambladas, las secuencias de ¡Caigan las rosas blancas! (cada una de las cuales supone actuaciones, percepciones e ilusiones distintas) forman un cine al mismo tiempo fragmentario y rítmico. El “más plantas” del comienzo se revela correlativo de la progresiva colorización de los paisajes, que abrazan la impresión mientras las viajeras atraviesan el mundo de los géneros cinematográficos en busca de la sensación, que les llega bajo la forma de lo fantástico, en un paisaje delirantemente tropical, donde un ser sobrenatural explica la conquista de América con acento español mientras realiza un ritual cuyas consecuencias últimas desconocemos.

Esa inmersión de las protagonistas de la película en sucesivos órdenes supone un doble rechazo. Por un lado, a un cine unidimensional consumible en un único registro y por otro lado, a la perspectiva iluminista-urbanista que encuentra en la “ciudad” su único campo de intervención y que siempre vio en la selva (es decir: en la proliferación insensata de lo vegetal) un riesgo que había que conjurar en favor del progreso.

¡Caigan las rosas blancas! levanta la bandera de que no hay humanidad que no sea en y con las plantas. A diferencia de lo que les pasa a los protagonistas varones de la emblemática novela La vorágine de José Eustasio Rivera, las protagonistas mujeres de este film philosophique se tragan la selva. No puede haber discusión más actual.

 

 

sábado, 5 de abril de 2025

Neobarroco y minimalismo

Por Daniel Link para Perfil

Dieguito, querido, te mando esta rápida postal para agradecerte que me hayuas presionado para ir a ver Alcina, de Händel. Confiabas en la dirección musical de Rinaldo Alessandrini y no te equivocaste. Musicalmente fue una función maravillosa y Alessandrini acentúo todo lo que de tan “contemporáneo” suena en la partitura de Händel. La repetición ansiosa, el ritornello, llevado aquí al paroxismo (los personajes prácticamente no dialogan y todo se canta quince veces, una tras otra), sumado a esa cadencia tan particular que Michael Nyman homenajeó en las bandas sonoras que hizo para Peter Greenaway. Para que te voy a hablar del canto. Son cuatro sopranos, un contratenor, un barítono y un tenor. Las partes del contratenor (el personaje de Ruggiero) me produjeron una emoción (no dijo física, o intelectual, aunque ambas estuvieron) sino sensorial. Algo rarísimo, y eso que quien cantaba no era el tucumano Franco Fagioli, que la hizo en Lucerna hace un par de años. De todos modos, Carlo Vistoli erizaba la piel.

Del argumento no te digo nada porque es medio pelotudo: hombre casado llega a una isla donde reina una bruja (Alcina), junto con su hermana (Morgana). Alcina se encama con las visitas y cuando se cansa los convierte en piedras, animales, plantas. Pero esta vez se enamora. La esposa de Ruggiero viene a buscarlo. Lo desencantan. La bruja pierde sus poderes. Todo vuelve a la normalidad.

Pero la puesta de Pierre Audi, bastante mediocre, merece que la charlemos a la vuelta, porque es totalmente minimalista (además de unos telones más bien abstractos, sólo hay un silla), lo que plantea, como pasaba con Einstein en la playa en la puesta de Martín Bauer y Rodrigo de Caso para el Colón: allí el minimalismo era musical y el barroco la puesta en escena. Lo que hicieron en Roma con Alcina (muy diferente de las versiones de Lausana y Monte-Carlo) conviene tenerlo en cuenta para establecer un principio de articulación entre esos dos polos del ambiente estilístico en el que vivimos. En todo caso, para poder pensar más allá de “movimientos” estéticos y plantearse el neobarroco y el minimalismo como principios de vida y como condiciones de una ética. En algún lado, pienso, se cruzan, como los caminos de Proust.

 

domingo, 23 de marzo de 2025

jueves, 24 de octubre de 2024

The World Humanities Report

 Aquí puede leerse mi contribución al World Humanities Report. Y aquí, la versión de lo mismo en castellano.

Como decía Auerbach: “Nuestra patria filológica es la Tierra (la nación ya no puede serlo)”. El espíritu no es nacional: Paupertas e terra aliena.

Y también: perfectus uero cui mundus totus exilium est (Hugo de San Víctor): ése es el debido amor al Mundo.


sábado, 12 de octubre de 2024

El espacio fotográfico

Por Daniel Link para Perfil*

Hoy es un día de incontables celebraciones no del todo convergentes aunque coincidan en el mismo día y recuerden el mismo acontecimiento. En Argentina se festeja el Día del Respeto a la Diversidad Cultural, mientras que en España y en sus embajadas se brinda por el Día de la Hispanidad. Chile llama a recordar el Día del Encuentro de Dos Mundos (designación que me parece extremadamente feliz). Nicaragua prefiere recordar el Día de la Resistencia Indígena, Negra y Popular y Venezuela se contenta con recordar la Resistencia Indígena. Mientras Estados Unidos recurre al sistema de estrellas (Columbus Day), México y Perú reinvindican las tradiciones precolombinas con sus respectivos Día de la Nación Pluricultural y Día de los Pueblos Originarios y del Diálogo Intercultural. Más teórica, Bolivia ha fijado el Día de la Descolonización y Bahamas y Belice, indiferentes a los rigores del exterminio y el extractivismo, llaman al 12 de octubre Discovery Day y Pan-American Day.

En Roma, donde estamos ya preparando las valijas para volver a casa, una amiga italiana tuvo que decidir ayer entre concurrir a la Embajada de España para el consabido brindis o una reunión de consorcio: se decidió por lo segundo, mucho más decisivo para su vida cotidiana. Nosotras, en cambio, dedicamos la jornada a supervisar los últimos detalles del montaje de la muestra fotógrafica de Sebastián Freire “Corpi senza padroni” que inaugura hoy, en la galería Roma Smistamento. Si bien la muestra replica la exitosísima “Cuerpos sin patrón” del año pasado en Valencia, su apertura en un día tan especial le da un sentido específico.

Diversidad, resistencia, multinaturalismo y diálogo son palabras que le cuadran bien a una muestra que exhibe y celebra cuerpos que se apartan de las normas hegemónicas y se postulan como espacios legítimos del goce y del pensamiento.

En Europa, donde la mayoría de las violencias coloniales encontraron su punto de condensación afectiva y teórica, son curiosamente reacios a percibir las tonalidades de piel de quienes, por “no-blancos”, sufrirían con certeza las requisitorias migratorias. Les llaman más la atención las morfologías óseas (las narices, los pómulos, las frentes), como si en esas profundidades se cifrara alguna verdad que las superficies impiden apreciar. Metafísicas de la carne, se dirá. Pero también estereotipización: aquello que no responde al arquetipo proponderantemente andino de lo americano no tiene la misma consistencia exótica.

Con los cuerpos trozados, intervenidos, escritos, en fin: signados (y esos signos son signaturas que a veces se identifican con la esfera humana pero a veces no) la disidencia parece más legible pero al mismo tiempo menos radical que la de aquellos cuerpos que sencillamente se abandonaron al hambre, a la gula, al pecado.

En ese límite que la corrección política no alcanza se cifra el secreto del arte de Freire, que apuesta a la felicidad y a la celebración antes que a la queja. El espacio fotográfico como el lugar del abandono y la alegría.

 

*Para nuestra sorpresa, la columna aparece reproducida en el sitio Calamuchita ya pero atribuida a un tal Hugo Filártiga, a quien ya le pedimos que aclare la situación y que envíe los datos impositivos del sitio para enviar la correspondiente factura.

hugo@calamuchitaya.com / +54 351-550-78-56

 




jueves, 11 de julio de 2024

El toro de Pasífae y la técnica

por Giorgio Agamben para Quodlibet

En el mito de Pasífae, la mujer que se hace construir por Dédalo una vaca artificial para aparearse con un toro, es legítimo ver un paradigma de la tecnología. En esta perspectiva, la tecnología aparece como el dispositivo a través del cual el hombre intenta alcanzar -o volver a alcanzar- la animalidad. Pero éste es precisamente el riesgo que corre hoy la humanidad a través de la hipertrofia tecnológica. La inteligencia artificial, a la que la tecnología parece querer confiar su resultado extremo, pretende producir una inteligencia que, como el instinto animal, funcione por sí sola, por así decirlo, sin la intervención de un sujeto pensante. Es la vaca dedálica a través de la cual la inteligencia humana cree poder aparearse felizmente con el instinto del toro, convirtiéndose o volviéndose a convertir en animal. Y no es de extrañar que de esta unión nazca un ser monstruoso, con cuerpo humano y cabeza taurina, el Minotauro, que es encerrado en un laberinto y alimentado con carne humana.
En la técnica -ésta es la tesis que pretendemos sugerir- se trata en realidad de la relación entre lo humano y lo animal. La antropogénesis, el devenir humano del homo primate, no es, en efecto, un acontecimiento realizado de una vez por todas en un momento determinado de la cronología: es un proceso continuo, en el que el hombre no deja de ser humano y, al mismo tiempo, de seguir siendo animal. Y si la naturaleza humana es tan difícil de definir, es precisamente porque adopta la forma de una articulación entre dos elementos heterogéneos y, sin embargo, estrechamente entrelazados. Su asidua implicación es lo que llamamos historia, en la que todo el saber occidental, de la filosofía a la gramática, de la lógica a la ciencia y, hoy, a la cibernética y la informática, está implicado desde el principio.
La naturaleza humana -no hay que olvidarlo- no es un dato que pueda adquirirse o fijarse normativamente según la propia voluntad: más bien se da en una praxis histórica, que -en la medida en que tiene que distinguir y articular juntos, dentro y fuera del hombre, lo viviente y lo parlante, lo humano y lo animal- no puede sino implementarse incesantemente y cada vez aplazarse y actualizarse. Esto significa que en ella se juega un problema esencialmente político, en el que está en juego la decisión de lo que es humano y lo que no lo es. El lugar del hombre está en esta brecha y tensión entre lo humano y lo animal, el lenguaje y la vida, la naturaleza y la historia. Y si, como Pasífae, olvida su propia morada vital e intenta aplanar los extremos entre los que debe permanecer tenso, sólo generará monstruos y, con ellos, se aprisionará en un laberinto sin salida.

 

sábado, 30 de marzo de 2024

Pasar el invierno

Por Daniel Link para Perfil

Y de pronto, el otoño se abalanzó sobre nosotras. Nunca antes había experimentado con tanta nitidez ese paso equinoccial.

Los días previos la lluvia había insistido en descargar su caudal impiadosamente. El calor no sólo no mermaba sino que, con la humedad, parecía solidificarse. Pero el 21 a la madrugada tuvimos ya que manotear algún saco a mano antes de salir a darles de comer a las perras, el cielo ya totalmente despejado y clarísimo.

En el campo todo es más nítido: las estrellas del cielo, los cambios de estación, el silencio (cuando se puede disfrutar de él).

En el medio del jardín delantero apareció una ronda de hongos. Al principio tenían forma de bala de cañón, pero después se abrieron como paraguas gigantes. Las lluvias habían terminado con el repiqueteo de las bellotas del roble sobre el techo de chapa. Fueron los primeros anuncios de un estruendo que nos acompañará todo el otoño. Alertas, las ardillas de los alrededores se acercan a la casa, movimientos que las perras observan con grandes expectativas.

La pereza vegetal empieza a sentirse. El pasto pegó su último estirón antes de llamarse a resistir la escarcha matutina. Las plantas entran como en receso, pero todavía aprovechan los últimos calores. Las naranjitas empiezan a juntar panza (después de las heladas, recién, podrán comerse).

El tubo de gas que debería durarme más de un mes, me costó cuarenta y tres mil pesos ($ 43.000). ¡Y después los citadinos de quejan del costo del gas natural! Probamos la chimenea y la salamandra. Funcionan bien. Pero tenemos poca leña así que habrá que ir a comprar. Mientras tanto, nos arreglaremos con los restos de ramas caídas durante el verano.

Hay algunas estufas eléctricas que podríamos instalar, pero no nos atrevemos a hacerlo sin comprobar previamente el costo del kilovatio. Hace algunos años debimos instalar paneles solares. No lo hicimos porque entonces no nos convenía y ahora me arrepiento. ¿No sería buenísimo que el Sr. Milei nos ayudara a liberarnos del yugo del Estado en materia energética? Que nos otorgue créditos blandos para instalar paneles solares. O, en su defecto, que devuelva los fondos de investigación que nos arrebataron.

Algo como para pasar el invierno.

sábado, 12 de agosto de 2023

Nuestra vida precaria

Por Daniel Link para Perfil

La noción de “vida precaria” ha tenido una extraordinaria carrera en lo que va del milenio, a tal punto que uno podría caracterizar la era a través de procesos de precarización cada vez más acelerados. El humor social que se corresponde con esos procesos es de cada vez más irritación, desconcierto, descrédito y furia.

Habría que evitar, sin embargo, la metafísica de la precariedad, que pretende que la vulnerabilidad y la precariedad son intrínsecas de la vida humana.

La precarización es un efecto y afecta a lo viviente en general y no sólo a los seres humanos, aunque no conviene salteárnoslos para llegar rápidamente al oso panda.

Los sociólogos llaman “precariado” (en oposición al proletariado) a esa especie de clase en formación que agrupa en principio a quienes han sido despojados de sus derechos laborales y, por lo tanto, del acceso a la seguridad social. Luego, esa precarización se extiende a una relación más general con la Ley: las vidas precarias quedan en la práctica excluidas de todo derecho. Las crisis migratorias profundizan el efecto de precarización y vulnerabilidad. A diferencia de lo que sucedía con el antiguo proletariado, que era sujetado a la máquina de producción capitalista que extraía plusvalía de su trabajo, el precariado se somete a actividades no remuneradas como única garantía para conservar el acceso a algún empleo y algún ingreso.

No es un problema sólo de países desvencijados políticamente como Venezuela, sino también de Japón y Reino Unido. Algunos analistas señalan que en España el 15 % de los trabajadores están bajo el nivel de pobreza. Además de una escandalosa concentración de la riqueza, la llamada clase media retrocede sin prisa pero sin pausa.

Hace algunas décadas el movimiento Okupa fue la punta de lanza todavía glamorosa que señalaba un problema de precarización habitacional. Pero hoy, la agudización de los procesos de precarización han inmunizado a las sociedades sobre los problemas de otros y las tomas son condenadas como actos destituyentes de un orden que, paradójicamente, casi nadie considera justo.

La precarización de lo viviente incorpora un alto contenido de desprecio y criminalización de las acciones civiles que pretenden reparar un daño, porque en algún lugar de la imaginación pública se entiende el peligro de su generalización. De ahí a las adhesiones a la ultraderecha no hay más que un paso (es lo que estamos viviendo). Pero las ultraderechas sostienen programas que no hacen sino aumentar la precariedad. ¿Podemos imaginar una salida de este laberinto?

 

jueves, 3 de agosto de 2023

Hombres del pueblo

 

Después de 0.56 se va, un poco, todo al carajo... 

 

lunes, 24 de julio de 2023

Barbie-zombie

Estamos dispuestas a demostrar que Barbie es una mierda, pura basura ideológica, no importa qué. El juicio demorará porque no vamos a pagar para verla, así que dependemos de los ritmos de la piratería.

Además, se impone volver a dar en clase los textos de Theodor Adorno, que considerábamos un poco viejos. Pero ni Deleuze ni Foucaut habilitan a una celebración descerebrada de lo que ayer era el Pato Donald. 

Los ambientes estilísticos (la prosa plúmbea de los adornianos) pueden pasar de moda. Pero el enemigo es siempre el mismo.

 

sábado, 3 de junio de 2023

Tres mujeres

Por Daniel Link para Perfil

En julio se cumplirán 430 años del nacimiento de Artemisia Gentileschi, la gran pintora barroca de cuya vida puede aprenderse tanto como de su pintura.

Hija del pintor toscano Orazio Gentileschi, amigo de Caravaggio, fue encomendada por su padre a otro de sus amigos, Agostino Tassi, para que le diera clases de perspectiva.

A sus 18 años, en mayo de 1611, el instructor la violó brutalmente. En 1876 se encontraron en los archivos vaticanos las actas íntegras del juicio por violación promovido por Orazio contra Tassi, quien fue declarado culpable por la violación.

El proceso duró siete meses, a lo largo de los cuales Artemisia es sometida a interrogatorios bajo apremios físicos y a humillantes exámenes ginecológicos.

Dos meses después de terminado el proceso, Orazio obliga a su hija a casarse con un mediocre ayudante de su taller, para restaurar el honor familiar. La pareja se muda a Florencia, donde Artemisia comenzará una nueva vida. A lo largo de los años vuelve a Roma, viaja a Nápoles, a Venecia, a Londres, donde se la reclama como a una de las grandes proveedoras de las cortes europeas.

Una de sus mejores pinturas, Judith decapitando a Holofernes (circa 1613), retoma un tema truculento que Caravaggio ya había transitado, pero con una fuerza y una complejidad tan convincentes que casi nadie duda de que la escena es una respuesta a su propia violación: “hay que cortarle el cuello al cerdo”.

Pensaba todo esto cuando veía los destinos finales de dos grandes mujeres protagonistas de sendas series: La encantadora Mrs. Maisel termina inverosímilmente rica, pero sola, odiada por sus hijos, mirando un programa de preguntas y respuestas mientras conversa telefónicamente con su amiga y representante de toda la vida.

Más abajo todavía, Siobhan Roy (el único personaje querible de Succession), que ha vivido ignorada por su padre y maltratada por sus despreciables hermanos, termina embarazada por descuido de un hombre al que detesta y que la ha traicionado, pero que en la escena final le extiende la mano como a un perro para que se la lama, cosa que ella hace figuradamente.

Pareciera que lejos de debilitarse, el patriarcado encuentra formas cada vez más sutiles para humillar a quienes lo desafían.

Cfr. Roland Barthes. "Dos mujeres". 

martes, 25 de abril de 2023

Del blog de Agamben

Las dos caras del poder 4: anarquía y política

por Giorgio Agamben para Quodlibet

Fue un constitucionalista alemán de finales del siglo XIX, Max von Seydel, quien planteó la pregunta que hoy suena ineludible: "¿qué queda del reino si le quitas el gobierno?". En efecto, ha llegado el momento de preguntarse si la fractura de la máquina política de Occidente ha alcanzado un umbral a partir del cual ya no puede funcionar. Ya en el siglo XX, el fascismo y el nazismo habían respondido a esta pregunta a su manera mediante el establecimiento de lo que con razón se ha llamado un "Estado dual", en el que el Estado legítimo, fundado en la ley y la constitución, está flanqueado por un Estado discrecional que sólo está formalizado parcialmente y la unidad de la máquina política es, por tanto, sólo aparente. El Estado administrativo en el que se han deslizado más o menos conscientemente las democracias parlamentarias europeas no es, en este sentido, técnicamente más que un descendiente del modelo nazi-fascista, en el que los órganos discrecionales ajenos a los poderes constitucionales se sitúan junto a los del Estado parlamentario, vaciado progresivamente de sus funciones. Y es ciertamente singular que una separación de reinado y gobierno se haya manifestado hoy incluso en la cúspide de la Iglesia romana, en la que un pontífice, viéndose incapaz de gobernar, ha depuesto espontáneamente la cura et administratio generalis, conservando su dignitas. 

La demostración más extrema de la fractura de la máquina política, sin embargo, es la aparición del estado de excepción como paradigma normal de gobierno, que, habiéndose instaurado durante décadas, alcanzó su forma definitiva en los años de la llamada pandemia. Lo que, desde la perspectiva que aquí nos interesa, define al estado de excepción es la ruptura entre constitución y gobierno, legitimidad y legalidad -y, al mismo tiempo, la creación de una zona en la que se vuelven indiscernibles. De hecho, la soberanía se manifiesta aquí en forma de suspensión de la ley y el consiguiente establecimiento de una zona de anomia, en la que el gobierno pretende, no obstante, actuar legalmente. Al tiempo que suspende el ordenamiento jurídico, el estado de excepción pretende, de hecho, seguir estando en relación con él, estar, por así decirlo, jurídicamente fuera de la ley. Desde un punto de vista técnico, el estado de excepción inventa, de hecho, un "estado de derecho", en el que, por un lado, la ley prevalece teóricamente, pero no tiene fuerza, y, por otro, las medidas y disposiciones que no tienen fuerza de ley adquieren fuerza de ley. Se podría decir que, en el límite, lo que está en juego en el estado de excepción es una fuerza de ley fluctuante sin ley, una legitimidad ilegítima correspondida por una legalidad ilegítima, en la que la distinción entre norma y decisión pierde su sentido. Se puede entonces definir como auténticamente anárquico un poder capaz de liberar la anarquía que ha sido capturada en la máquina. Tal poder sólo puede existir como detención y destitución de la máquina, es decir, es un poder integralmente destituyente y nunca constituyente. En palabras de Benjamin, su espacio es el estado de excepción "real", por oposición al virtual en el que se basa la máquina, que pretende mantener el orden legal en su misma suspensión. 

Reino y gobierno exhiben en ella su desconexión definitiva y ya no puede tratarse de restablecer su articulación legítima, como pretenden los críticos bienintencionados, ni de jugar, según una concepción mal entendida de la anarquía, la administración contra el Estado. Sabemos desde hace tiempo, con lúcida conciencia y sin nostalgia alguna, que nos movemos cada día en este umbral infranqueable y arriesgado, donde la articulación entre reino y gobierno, Estado y administración, norma y decisión se rompe irrevocablemente, incluso cuando el espectro mortal de la máquina sigue dando vueltas a nuestro alrededor. 

17 de marzo de 2023 

Giorgio Agamben 

lunes, 17 de abril de 2023

martes, 28 de marzo de 2023