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martes, 4 de agosto de 2026

En gateras

 Varias inscripciones abiertas..., gramscianamente hablando....

 

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3. Certámenes

 




 

 

 

sábado, 25 de julio de 2026

Estilos argentinos

por Daniel Link para Perfil

Llamo “ambiente estilístico” a algo intuitivamente compacto pero muy difícil de describir. No es un “campo” ni un “espacio mundial”. Se parece más a la “atmósfera ideológica”, pero es un poco más material. Eso que él llama “contexto verbal” es, en verdad, una formación discursiva o episteme que funciona no como mediación sino como un instituyente estilístico (sus constituyentes son, por supuesto, estilemas).

Para decirlo con palabras de Georg Simmel: “El estilo es el intento estético de solucionar el gran problema de la vida; cómo una obra única o un comportamiento único, que constituye una totalidad, cerrada en sí misma, puede pertenecer al mismo tiempo a una totalidad superior, a un contexto unificador más amplio”.

Durante los últimos quince años, Sianne Ngai ha creado una taxonomía de las características estéticas del capitalismo contemporáneo: las emociones que provoca, los juicios que suscita y las tecnologías con las que se imbrican en la formación de una ética y una estética de la existencia. Por supuesto, en sus libros el estilo se ha convertido en una mercancía, profundamente imbricada con juicios estéticos cada vez más contaminados por “afectos menores”. Cita a Susan Sontag, tanto por su ensayo (bastante confuso, a mi juicio) “Sobre el estilo” como por sus “Notas sobre lo camp”. Lo camp es un ambiente estilístico, como lo son lo kitsch y lo queer. Lo “cute”, siguiendo a Sianne Ngai, es también un ambiente, que se entremezcla con lo extravagante y lo interesante. Ese repertorio de estilos y maneras pareciera haber estado ya completamente disponible en tiempos de Darío, que no por nada.

En América hay dos ambientes estilísticos definidos y bien delimitados: el barroco, tal y como lo define Lezama Lima (“formas de vida y de curiosidad, ... un vivir completo”) y, por supuesto, el modernismo hispanoamericano, del cual podría decirse lo mismo. Pero hay, además, otro ambiente más difícil de definir, porque constituye nuestro presente, el pop latino.

¿Son los estilos apropiables? ¿Hay acaso unas propiedades del texto que se puedan reconocer como marcas de estilo? ¿O navegan, más bien, los textos, las imágenes y los sonidos a través de unos ambientes estilísticos que, como los mares, dejan su resaca y sus marcas en las quillas que los atraviesan?

La tradición crítica trató al estilo como una huella dactilar: una propiedad inalienable del sujeto. Desde una perspectiva diferente, se puede pensar en un espacio de tránsito donde el estilo no se posee, sino que se usa o se atraviesa.

En el límite de lo consciente y lo inconsciente, de lo deliberado y lo inevitable, de lo personal y lo apersonal, de lo propio y lo impropio, los estilos atraviesan los cuerpos y las voces, tejiendo redes de estilemas de mayor o menor visibilidad pero de los cuales importa sobre todo la fuerza de su impresión.

El siglo pasado no buscó el fin del estilo, sino su desvinculación del Nombre. El estilo "impropio" (el préstamo, el pastiche, la cita sin comillas) puso en escena la convicción de que el lenguaje siempre es del otro. Pienso en Puig, desde ya, el mayor estilista de la literatura argentina, pero quiero usar ejemplos más contemporáneos.

Yo quería pensar en ese contexto el estilo argentino, cuyos dos tonos fundacionales codificados por el Martín Fierro, (el desafío y el lamento) vuelven hoy bajo la forma de la algarabía festiva y el delirio paranoico.

Lo hemos leído, lo hemos visto: la algarabía argentina, ejercida en masa y sin ninguna relación con la realidad, en cualquier territorio, durante los mundiales, es la forma actual del desafío, de una manera de pararse frente a los otros para demostrarles no tanto que “la alegría no es sólo brasileña” sino que nadie puede ejercerla con más visibilidad que nosotros. Por supuesto, como el triunfalismo del que depende esa algarabía es totalmente enclenque, apenas se confrontan las esperanzas con la realidad adviene el otro tono, que hoy adquiere la forma del delirio paranoico-conspirativo.

Si hipotequé mi casa y vendí mi auto para poder participar del banderazo en Time Square (que digamos, impresionó a todo el mundo), ahora tengo que encontrar la razón (oculta, secreta, siniestra) que me impidió hacer coincidir mi deseo con la realidad. Llamamos a esa salida una “campaña antiargentina”, tan ridícula como las opiniones en las que dice fundarse: el like de un actor chileno, los dichos de un actor afroamericano ignorante y desagradable.

Tanto uno como otro tono reposan ambos en un mismo rasgo cultural que tiene, asimismo, un soporte institucional-material evidente: la ignorancia, la incapacidad de comprender los procesos históricos que son la consecuencia directa de la degradación de los sistemas escolares.

sábado, 18 de julio de 2026

Corran la bola

Por Daniel Link para Perfil

En las cafeterías de aeroparque el domingo 12 de julio, los muchachos ya ensayaban el éxito del mundial pasado, “Corran la bola”. La chica que los acompañaba se reía y me dijo: “es más fuerte que ellos”, refiriéndose a sus compañeros. Del “Cometrabas” que la letra mienta podría decirse lo mismo, pero no es en eso en lo que quería detenerme.

Me pareció prematuro el ensayo, porque faltaba todavía jugarse el partido contra Inglaterra, y aunque allí es seguro el ya incorporado a la memoria de la especie, “El que no salta es un inglés”, faltaba una pieza singular, un poco injuriosa como debe de ser, para cantar en la cancha. “Quiero volver a robarle un gol al ladrón” es simpática, pero pretende saltarse toda la tecnología actual, que aplica el panoptismo a cualquier roce corporal antirreglamentario.

En todo caso, quería detenerme precisamente en eso: la centralidad del canto en los partidos que juega Argentina en cualquier lugar del mundo. Creo que fue el partido de Noruega contra Inglaterra el más áspero auditivamente: sonaba como un gruñido constante, sin variación, que era imposible asignar a un bando u otro, pero eso sucedió en casi todos los enfrentamientos, salvo en los que participaba Argentina, acompañada siempre por unos cánticos que, si bien ininteligibles a través de la pantalla, eran variados, imponentes y muy reconocibles en su afiliación. Argentina es un paisaje sonoro, entre otras cosas, y por eso el poema fundacional de su cultura, el Martín Fierro, tiene al canto como su tema obsesivo (en sus dos tonos principales: el lamento y el desafío).

Gabriel Giorgi, en su extraordinario libro Parar la oreja, ha decidido explorar la actual transformación del paisaje sonoro argentino en relación con mutaciones políticas de profundo alcance. Sea. Pero la precondición de esa intervención decisiva es la existencia de una sonoridad reconocible en sus tonos, sus mordacidades, sus esperanzas y sus rencores.

Si fuera un certamen de canto, como los olímpicos, es evidente que España se volvería a su casa con la cola entre las patas. De un modo o de otro, su “Soy español, la la la” va a sonar mañana como una elegía identitaria.

 

sábado, 11 de julio de 2026

Ambientes estilísticos

por Daniel Link para Perfil  

Nan Goldin actualizó su libro de 2019, The Other Side, en un video que lleva ese mismo título, con sus típicas imágenes de la escena LGBT. Junto con otros, la muestra que está recorriendo el mundo y que tal vez llegue a Buenos Aires incluye también el video The Ballad of Sexual Dependency: aquí también aparecen las fotos “intimistas” y “documentales” de Nan, ordenadas en series con canciones de fondo. Lo que impresiona de esta “balada” es que de inmediato nos identificamos con la banda sonora (son las canciones que escuchamos siempre, las canciones que amamos) y, progresivamente, nos damos cuenta de que hemos estado en los mismos lugares que Nan, con las mismas personas, en las mismas situaciones.

Por supuesto, es un efecto de identificación completamente imaginaria, pero hay algo más poderoso que ese proceso de progresivo reconocimiento de un mundo al mismo tiempo propio y ajeno y tiene que ver con la conformación de un ambiente estilístico del que estas fotos (y quienes están retratadas en ellas) participaron y participan. ¿Es posible pensar que ese mismo ambiente estilístico constituyó nuestra ecología porteña en las décadas del ochenta, noventa y dos mil?

Lo que parece un mero efecto perceptivo, sin embargo, pronto revela su verdad. Una de las series está musicalizada con la milonga Packard, cantada por Edmundo Rivero en 1968 (“era una mina bien..... / pero un día la droga la hizo suya... / ayer la vi pasar / iba dopada”). Lejos de constituir un disturbio en la serie audiovisual cosida por Nan Goldin, la voz de Edmundo Rivero (completamente necesaria en el segmento en que aparece) nos reconforta porque muestra el alcance de un ambiente que no es metropolitano sino descentrado o multicentrado.

Tan así es que la revista Balam comisionó una serie de fotografías del Archivo de la Memoria Trans que dialogara visual y afectivamente con The Other Side. “Un puente entre estas dos constelaciones, distantes en tiempo y geografía, pero unidas por un mismo impulso de memoria, visibilidad y resistencia”. Y, podríamos agregar, un mismo ambiente estilístico que todavía nos interpela.

sábado, 30 de mayo de 2026

Dos gramáticas urbanas

Por Daniel Link (+ qwen) para Perfil

Roma, palimpsesto; París, partitura afinada.

Roma creció por acumulación, no por diseño. Sus calles se retuercen sin pedir permiso, sus fachadas dialogan con ruinas milenarias y su paleta —ocre, travertino, terracota— absorbe la luz mediterránea para devolverla en calidez viva. El estilo romano es orgánico, casi desobediente, irracional. Privilegia la intensidad, la huella humana sobre el trazado geométrico. La ciudad respira en su desgaste y en la vida que se filtra por cada grieta. Roma es una ciudad que aplasta, con la soberbia serena de quien lleva veintisiete siglos en pie. Sus edificios no invitan: imponen. Una ciudad donde el tiempo no pasa sino que se deposita, como sedimento, sobre cada plaza y cada fachada (un poco por eso, las romanas viven fuera del tiempo, perdidas en volutas conceptuales arcaicas).

París, en cambio, es hija de la voluntad ilustrada y la ingeniería estatal. Tras Haussmann, la ciudad se transformó en un ejercicio de geometría aplicada: bulevares radiales, alturas uniformes, mansardas de pizarra y fachadas de piedra caliza que reflejan una luz más fría, más controlada. El estilo parisino nace del ritmo, la repetición y la perspectiva. Cada plaza es un escenario calculado, cada avenida un eje visual. Si Roma es ocre, terracota, amarillo tostado (los tonos del barro, del sol del Mediterráneo, del tiempo sin restaurar), París es gris perla, beige claro, el color de la lluvia tamizada por zinc. París disciplina con una elegancia implacable.

La opción por el gótico en la arquitectura religiosa lo dice todo: no nos vengan con esos cachivaches barrocos, nosotras aspiramos al cielo.

Ese choque de sensibilidades lo que nos salva de la anestesia urbana contemporánea. Roma nos recuerda que la urbe es un organismo vivo, sujeto al paso del tiempo, a la memoria colectiva que se incrusta en los muros. París nos enseña que el espacio público también puede ser un acto de civilización, un pacto entre razón y elegancia. Esta tensión entre lo vivido y lo planeado no es un defecto, sino una riqueza. Los parisinos ocupan los bulevares y las terrazas con una voracidad ausente en otras ciudades.

En una y otra no buscamos solo monumentos, sino atmósferas que nos devuelvan una pregunta esencial: ¿cómo queremos vivir juntos? No elegimos entre ellas por gusto, sino por necesidad anímica. Roma susurra que el tiempo deja cicatrices hermosas; París afirma que la belleza requiere, a veces, de un trazo firme. Y en ese diálogo entre ruina y proyecto, entre impulso y medida, late la verdadera esencia de lo urbano.

Roma nació del Imperio (y todavía parece sufrir esa culpa, como la del fascismo), de una mentalidad pragmática que reutiliza en lugar de demoler. París, en cambio, floreció bajo la monarquía y la Ilustración, obsesionada con la razón, la medida y la imagen pública (y todavía parece estimular el estado deliberativo y asambleario en cada esquina). Su estética es la del manifiesto urbano.

Viajando desde Buenos Aires, París es un poco como estar en casa.

sábado, 23 de mayo de 2026

El estilo es lo viviente

Por Daniel Link (+ Deep Seek) para Perfil

Me voy a París a defender una perspectiva descentrada respecto de las grandes palabras (República y Revolución) que denominan al congreso al que llegaré sin ganas. Me propongo repensar el estilo más allá de la vieja fórmula parisina de Buffon —“el estilo es el hombre mismo”— que tanto daño nos ha hecho. Parto de una pregunta incómoda: ¿qué tiene que ver el estilo con la República y la Revolución? Para Enzo Traverso, el populismo es un estilo político indiferente a las doctrinas, pero tenemos que ir más lejos porque el estilo es político, y la política es un estilo.

Buffon, ese naturalista de la Academia Francesa, predicaba orden y norma, pero también despreciaba América: animales débiles, indígenas sin barba ni ardor. Frente a esa cosmopolítica europea, prefiero una caosmopolítica americana. Con Lezama Lima, tenemos derecho a pensar que lo americano es barroco: no un estilo degenerescente sino plenario, soldado al paisaje, que produce un vivir completo (lenguaje, vivienda, formas de vida). El estilo no se posee, se atraviesa. Es un ambiente estilístico: un entrelugar natural y cultural.

Klee decía que uno encuentra su estilo allí donde no puede hacer otra cosa. Para Spengler, el estilo es un destino.

Hoy la estilometría y el procesamiento de lenguaje natural nos revelan un inconsciente estilístico, patrones invisibles al ojo humano (copio a Benjamin, claro, quien habló del inconsciente óptico a partir de la fotografía).

Además del Barroco de Indias hay otros dos ambientes estilísticos privilegiados para nosotras: el modernismo y el pop latino. He sometido “Sonatina” de Darío a distintos estilos musicales generados por máquinas. La palabra “hipsipila” se convierte en un punto de fallo: la IA se traba, se reinicia. Entiende el delirio de la princesa, pero no puede recuperar esa palabra del depósito de expresiones potenciales.

¿Qué aprendemos de eso? Que Darío no inventó su estilo sino que lo encontró en el cruce de tres ambientes: el simbolismo pasado por agua, la formación de las naciones latinoamericanas y la cultura de masas (lo que llamo pop latino). Desde Rubén Darío hasta Bad Bunny, pasando por Manuel Puig, el estilo es una relación de apropiación y desapropiación con el pueblo, con la lengua, con la masa. No es una huella dactilar del autor, sino una atmósfera que se respira. Por eso nuestros destinos (estilísticos y políticos) se definen en relación con esos tres grandes ambientes estilísticos americanos: barroco, modernismo y pop. Describámoslos y sabremos qué mares y que selvas atravesamos.

martes, 23 de diciembre de 2025

martes, 21 de octubre de 2025

Último llamado

Los pasajeros con destino a O'Hare embarcan por puerta 10

 



 

 

 

sábado, 11 de octubre de 2025

Fábrica de sueños

Por Daniel Link para Perfil

En un seminario sobre telenovelas latinoamericanas (que aquí llamamos teleteatros) se analizaron los rasgos del género, se historizaron sus manifestaciones, se postularon sus relaciones con las clases sociales, los gustos de época, las coloraturas de piel, los regímenes de visibilidad, se desmenuzaron sus relaciones con los discursos políticos.

Liliana Viola propuso pensar el ciclo en su agonía. Subrayó el hecho de que hay discursos e ideologías que han obturado la posibilidad de identificación con la matriz melodramática de la que los teleteatros provienen, agobiada por nuevos motivos (por ejemplo, el de la corrección política), que ella sintetizó en la publicidad de una tarjeta de crédito cuyo lema es “tarjeta salva galán”.

Acordé con ella, y propuse como figura gemela de ese lema los versos de Bizarrap-Shakira: “las mujeres ya no lloran, las mujeres facturan”.

De esa escena transaccional han desaparecido los amores excesivos y los deseos socialmente condenables, que en los teleteatros funcionaban al mismo tiempo como señuelo y como utopía: deseá, soñá, que todo te será concedido después del embrollo de pruebas y el vértigo de los estereotipos. El deseo, en la versión melodramática, es más fuerte que todo veredicto social, y también más trágico en sus efectos.

Ahora, en cambio, todo se ha vuelto más contractual y, paradójicamente, más codificado. Ni el drama de Piel naranja o de Rosa de lejos pueden entenderse más allá de los marcos ficcionales que le dieron su fuerza.

Aquellos teleteatros, que sostenían un amor fuera de todo registro, un deseo al infinito, ya no son posibles: fueron el canto de cisne o el grito de batalla para una forma de entender el deseo que hoy nos ha sido arrebatada.

No en vano se nos informa que las tasas de natalidad han descendido brutalmente en los últimos diez años y, sobre todo, que la cantidad de relaciones sexuales ha disminuido drásticamente en las poblaciones jóvenes, que parecen entregarse a la indulgencia de la autosatisfacción cuando no a la transacción económica con una persona que vende ya no su cuerpo o su tiempo, sino su vida (su deseo) en las redes.

 

martes, 30 de septiembre de 2025

La libertad avanza

 

(estamos esperando el twitt presidencial repudiando)

viernes, 5 de septiembre de 2025

sábado, 31 de mayo de 2025

Mujeres y plantas

Por Daniel Link para Perfil

Los viernes en MALBA puede verse Caigan las rosas blancas, la última y esencial película de Albertina Carri, que empieza con un enunciado famoso: “O inventamos, o erramos”, una de las más famosas frases de Simón Rodríguez, el extraordinario pedagogo que orientó la juventud de Simón Bolívar. Recordarnos ese veredicto, ya es bastante. Lo que se lee en esa frase caracteriza al cine de Albertina Carri que es, fue y será lo que ese epígrafe convoca. Pero, al mismo tiempo, nos advierte sobre lo que veremos.

Por un lado, la cita velada alude a las actuales condiciones de existencia del cine, que han sufrido una transformación importante en los últimos años, con la hegemonías de la producción audiovisual de platarformas y el uso de Inteligencias Artificiales de todo tipo.

Puesta a pensar, como corresponde al cine de verdad, ¡Caigan las rosas blancas! elige un lugar incómodo que mienta al mismo tiempo la revolución y la tradición desde un paradigma excéntrico: el de Simón Rodríguez, tácitamente impugnado por la teoría marxista, o el aceleracionismo, que sostiene que hay deseos, tecnologías y procesos que el capitalismo hace surgir y de los que se alimenta, pero que no puede contener; y que es necesario acelerar estos procesos para empujar al sistema más allá de sus límites.

El relato comienza con una escena bizarra. Una filmación (primer género: cine dentro del cine). Tres mujeres jóvenes cuelgan del techo del estudio sobre un árbol fraguado asaetado por flores moribundas y frescas. La directora de la película (acá hay un rizo barroco: quien desempeña a la directora de esa película bizarra que se hace dentro de la película dirigida por Albertina Carri) se limita a decir “Más plantas, más plantas, más plantas”, mantra que repiten diferentes integrantes del equipo para desesperación de las colgadas. Finalmente la filmación se suspende, la directora ficcional decide abandonar el rodaje y las luces del set se apagan sin que las colgadas hayan sido completamente liberadas de sus arneses.

El reclamo de “más plantas” parece tener un sentido que supera holgadamente el sentido inmediato de la secuencia en la película que están filmando: más consistencia en la sensibilidad, tal vez sea lo que reclama la directora en la ficción. Las plantas, le responden, están viniendo. Como esa escena se corta, adivinamos que las plantas llegarán en las escenas subsiguientes. Y así es.

La siguiente secuencia es un paso de comedia. Vuelta a su casa, la directora espera a su amante. (ambas, hay que decirlo, constituyen parte de la troupe milagrosa de Las hijas del fuego, primera parte de la trilogía en la que Carri está embarcada). Juntas, con una de las colgadas, deciden irse al noroeste argentino, a la selva. Deciden irse, si que todavía lo sepan, a dar vuelta la historia natural de América latina. La siguiente secuencia es un musical. Luego sigue una road movie.

Ahí aparece el segundo elemento rector de esta película: la pregunta por los géneros. Esa pregunta, que en la primera parte de la trilogía había investigado los géneros como forma de actuación en el mundo y como codificación del deseo ha virado ahora hacia una especificidad cinematográfica: los géneros cinematográficos como matrices narrativas. La película participará sucesivamentre de varios géneros, de todos los géneros.

Ensambladas, las secuencias de ¡Caigan las rosas blancas! (cada una de las cuales supone actuaciones, percepciones e ilusiones distintas) forman un cine al mismo tiempo fragmentario y rítmico. El “más plantas” del comienzo se revela correlativo de la progresiva colorización de los paisajes, que abrazan la impresión mientras las viajeras atraviesan el mundo de los géneros cinematográficos en busca de la sensación, que les llega bajo la forma de lo fantástico, en un paisaje delirantemente tropical, donde un ser sobrenatural explica la conquista de América con acento español mientras realiza un ritual cuyas consecuencias últimas desconocemos.

Esa inmersión de las protagonistas de la película en sucesivos órdenes supone un doble rechazo. Por un lado, a un cine unidimensional consumible en un único registro y por otro lado, a la perspectiva iluminista-urbanista que encuentra en la “ciudad” su único campo de intervención y que siempre vio en la selva (es decir: en la proliferación insensata de lo vegetal) un riesgo que había que conjurar en favor del progreso.

¡Caigan las rosas blancas! levanta la bandera de que no hay humanidad que no sea en y con las plantas. A diferencia de lo que les pasa a los protagonistas varones de la emblemática novela La vorágine de José Eustasio Rivera, las protagonistas mujeres de este film philosophique se tragan la selva. No puede haber discusión más actual.

 

 

sábado, 3 de mayo de 2025

Cocinero en tránsito

Por Daniel Link para Perfil

Es la segunda vez que pongo algo a cocinar sobre las brasas fuera de Argentina. La primera vez había sido en París, en casa de un pintor que conseguía cortes correctos, pero que no tenía parrilla. Tuve que usar, como reemplazo, una de esas rejillas limpia-pies de metal, que tomamos prestada de la casa de un vecino. Fue todo un éxito.

Esta segunda vez fue el domingo pasado, en Roma, para festejar el cumpleaños de un amigo. Tenían un equipo parrillero de esos que se compran en las tiendas para el hogar (parrilla redonda con rueditas y tapa) pero, ay, no había carne así que tuvimos que contentarnos con chorizos de Reggio Calabria (riquísimos, por cierto).

Quien se encargó de la compra fue la madre calabresa del homenajeado, que tenía sus propias ideas sobre la parrilla (y yo, que para algo tengo la mía, no iba a pelearme con la madre de mi amigo). Había hervido previamente los chorizos y se emperró en que debía cortarlos al medio antes de la cocción para que se hicieran más rápido. Inútiles fueron mis rogativas de que de ese modo perderían la grasa más rápidamente (ella contraargumentaba que los chorizos ya estaban desgrasados, que no contradecía mi argumento sino que lo reforzaba).

Debo decir que pese a la tensión acumulada, los choripanes salieron bien y se los comieron en un abrir y cerrar de ojos. Por supuesto, estaba dispuesta una batería de “contorni” (cebollas caramelizadas, peperoncini asados, alcachofas al horno) que metían dentro del pan ignorando las más elementales tradiciones culinarias (en mi casa el choripán no lleva ni siquiera chimichurri).

Como estaba preparando mis clases sobre “criollismo urbano” de la década del veinte, deploré semejante mescolanza (sabiendo, de todos modos, que en la pureza anida el fascismo). Pedí, no obstante, un aplauso para el asador (porque en Roma sabrán organizar un funeral papal, pero de liturgia parrillera, niente) y recordé el veredicto de Jorge Borges: ““Hacia el Maldonado raleaba el malevaje nativo y lo sustituía el calabrés, gente con quien nadie quería meterse, por la peligrosa buena memoria de su rencor, por sus puñaladas traicioneras a largo plazo”.

Después llegó el turno del budín de pan, que también yo había preparado, el mismo que Ricardo Piglia solía comer en casa, pero esta vez hecho con huevos de gallinas libres numerados a mano. Acompañado de una grappa, fue el final feliz que todos esperaban y que justificó el puñado de euros que me gané por el servicio prestado, apenas una mitigación para mi estado de migrante muerto de hambre.

 

jueves, 24 de abril de 2025

Dicen que...

Reseña de Clases

por Andrés Tejada Gómez para Otra parte

En Clases. Literatura y disidencia, Daniel Link se sumerge en la literatura del siglo XX desde una perspectiva crítica que desdibuja los límites de la disciplina académica tradicional. A partir de una escritura a la vez erudita y provocadora, propone una lectura que vincula la literatura con los discursos de la disidencia, lo queer y las figuras de lo monstruoso que han delimitado el pensamiento contemporáneo.

Sabemos que Link es considerado un profesor pop por su capacidad de reflexionar sobre diversos aspectos de la cultura en general, y que cada uno de sus análisis se expande a través de algún punto de fuga, brindando sentido allí donde sólo hay opacidad. No se limita a interpretar textos, sino que despliega una forma de lectura que es, en sí misma, un gesto político. Su escritura se aleja de la crítica tradicional para convertirse en una suerte de ensayo performático, donde el pensamiento y el deseo se cruzan en constante movimiento. Siguiendo la estela de Foucault, Benjamin, Agamben y extenso etcétera, entiende la literatura como un espacio de resistencia frente a los dispositivos de normalización. Así, su lectura de autores como Kafka, Beckett, Burroughs, Artaud, Pasolini, Copi, Pajak o Fitzgerald no se limita a un análisis estilístico o formal, sino que explora las tensiones entre poder, subjetividad y lenguaje. En este sentido, Clases no es un mero ensayo sobre literatura, sino un manifiesto que reivindica la experiencia literaria como un campo de batalla en el que se disputan las nociones de identidad, género y disidencia.

Uno de los ejes más potentes del libro es la noción de monstruo como figura central del siglo XX. En sintonía con las lecturas foucaultianas, Link entiende al monstruo no como un ser aberrante en términos biológicos o morales, sino como una categoría política que revela los límites de la normatividad. Kafka y Beckett, por ejemplo, son abordados desde esta perspectiva: sus personajes suspendidos en un tiempo sin certezas encarnan el fracaso de la subjetividad moderna y la imposibilidad de anclarse en un sistema de significación estable. Por su parte, Burroughs aparece como un escritor que lleva la disidencia al extremo: su obra es una disolución radical del sujeto, una experimentación con el lenguaje como arma contra el orden discursivo dominante. En este punto, Link se alinea con Benjamin al entender que la literatura del siglo XX es un campo de ruinas, un espacio donde lo inhumano y lo fragmentario desafían cualquier intento de totalización.

Sin aparecer constantemente mencionada, la presencia de lo queer no se reduce en estas clases a una categoría identitaria ni a una reivindicación de la diferencia sexual. En cambio, se despliega como un dispositivo de lectura que desestabiliza cualquier forma de fijeza. Link no pretende clasificar —más bien el texto es una lucha por exponer la arbitrariedad de las clases y las clasificaciones— a los autores en términos de su orientación o identidad, sino leer sus obras como actos de disidencia frente a las normas que rigen el deseo, el lenguaje y la subjetividad. Su trabajo resuena como un síntoma donde lo queer no es una esencia sino una práctica de resistencia frente a los regímenes de inteligibilidad.

Clases. Literatura y disidencia es una obra potente para comprender la literatura del siglo XX desde una óptica que no sólo la analiza, sino que la interviene críticamente. Link nos recuerda que leer es, en última instancia, un acto de resistencia, y que la literatura, cuando se la aborda con intensidad, puede convertirse en un campo de lucha contra los poderes que intentan domesticarla. “Leer bien es relacionar lugares lejanos”, escribe. Se trata entonces de una intervención activa en las formas en que el poder captura la vida. En este sentido, la literatura no es sólo un testimonio, sino una forma de insurrección.

 

 

 

Preguntan si...


"Defino el arte como una experiencia"

por PABLO DIAZ MARENGHI para La agenda revista

¿Qué tiene en sus manos el lector frente a un ejemplar de Clases. Literatura y disidencia, de Daniel Link? Veinte años después, vuelve a las librerías el primer tomo de la trilogía crítica definitiva del docente, crítico y escritor quien tuvo a su cargo durante 34 años la cátedra de Literatura del Siglo XX de la Carrera de Letras de la UBA y se retiró con una lección final que puede verse en YouTube y pronto será libro.
¿Pero es acaso un libro sobre literatura? ¿Es un compendio de lo mejor de sus cursos? Sí y no. El lector avezado tal vez tenga cierta presunción por haberlo leído en su Literatura argentina, cuatro cortes, sus exquisitas memorias lectoras editadas (La lectura, una vida; Ampersand), su ensayo sobre Copi o su ficción –su novela Los años noventa sintetiza, tal vez mejor que ninguna otra, el pulso de una época –.El lector desprevenido quizás se sorprenda por el sistema de citas, lecturas cruzadas, la mirada, el paladar refinado pero sin esnobismo, la elegancia de la prosa y la precisión de sus hipótesis.
De la mano de la misma editora, Leonora Djament, que publicó este libro bajo el sello Norma y hoy lo relanza en Eterna Cadencia, estos textos forjan un canon. Un modo de leer, sentir y pensar. Link pone a dialogar en la misma mesa a Herman Hesse, con Kafka y la saga de Star Wars; Theodor Adorno y Rodolfo Walsh hacen tablas en una partida de ajedrez imaginaria con una película de Derek Jarman de fondo. Su modo de hacer hablar a los objetos que analiza es único: bebe de las aguas de la filología, disciplina que estructuró su pensamiento, pero se revitaliza con su propia brújula estética y personal.
Este volumen funciona como el inicio de una trilogía que continuó con Fantasmas. Imaginación y sociedad (2009) y cierra con Suturas. Imágenes, escritura, vida (2015). Es, también, una clase magistral sobre la potencia significante del Siglo XX; sus aciertos, sus deudas y sus hazañas. Link, en diálogo con La Agenda del otro lado del Atlántico, se hace un tiempo para expandir sus propias inquisiciones alcanzando nuevas definiciones como esta: “La cultura pop es un instante de peligro de las normas culturales y, sobre todo, la industria cultural”.
 
(sigue acá)

 

lunes, 31 de marzo de 2025

De La Paz a Roma, sin escalas

Gracias, Los olvidados, por la fineza....

 

 

domingo, 23 de marzo de 2025

jueves, 23 de enero de 2025

Chau, querida

 Milita Molina (1951-2025)

 

sábado, 18 de enero de 2025

Dormir al sol

Por Daniel Link para Perfil

Te despertás una mañana y ya es 15 de enero. Medio mes de un año nuevo ha pasado y todavía no has experimentado ninguno de los cambios que planeabas, salvo un leve dolor en la rodilla que seguramente será el tema del próximo quinquenio (en los genes rotos de tu familia corren ríos de artritis). Siempre criticaste el modo en que el calendario gregoriano escandía el año solar. Te parecía absurdo que, en Europa, el comienzo de cada año cayera en pleno invierno y las vacaciones, que parten el año en dos, en la mitad del calendario. Los años escolares y académicos, en el Norte, se designan con dos cifras (por ejemplo: 2024-2025). Pero esa complicación nominal en verdad permite un mayor compromiso con lo que vendrá o lo que queremos que venga. Entre nosotras, los años empiezan con las vacaciones, que son o deberían ser el período del nada hacer, del libre caminar sin destino prefijado, del existir apenas, dulcemente. ¿Cómo habrías de planificar tu año en ese contexto ya no de incertidumbre sino de deliberadas suspensiones del juicio?

Los del Norte empiezan el año a todo trapo, encerrados en sus gabinetes de trabajo porque el frío exterior quiebra los huesos, te mandan resoluciones, te llaman para que organices workshops, te reclaman respuestas. Y vos les contestás: por ahora no podemos hacer nada, nadie hay en ninguna oficina. Y es cierto.

Te desperezás, regás las plantas. Acompañás el ritmo solar tratando de que lo que vive no se muera, apenas eso, que no es poco. Vos también esperás respuestas que no llegan. Porque nadie hay en ninguna oficina y tu propio gabinete hierve como una burbuja de lava. “No se puede”, pensás, “desplegar propósitos nuevos en esta época”. Mejor esperar a marzo, cuando el vértigo del año ya se haya condensado en nueve meses. En marzo parirás tu nuevo año o, tal vez, dejes para más adelante los grandes proyectos porque la urgencia de la hora te obliga a cumplir con las tareas diarias que se acumularon entre enero y marzo. Después de todo, ¿qué importancia tiene el calendario? ¿No sería mejor esperar a cumplir años? Te sentás a planear el momento adecuado. Después de todo, no se pueden forzar las situaciones y las decisiones. Todo te llegará en su momento.

 

martes, 19 de noviembre de 2024

Sensatez y Sentimientos

por Federico Cano para Paco

Aprovechemos la polémica, pues, para lo importante. Contemos nuestras listas de lectura, hagámoslas conocer, discutamos qué se da y qué no en las aulas (y si acaso podramos preguntarnos si podremos dar lo que hoy no podemos), mostremos la secuencia espectacular en la que 17 adolescentes se quedaron casi una hora en silencio mientras la profe encaraba Cometierra, o en la sorpresa de los cinco guachos, allá al fondo, que no pueden creer que Edipo se coja a la madre, mate al padre, o las tres pibas al costado, charletas, que murmuran el escándalo gustoso de que Romeo tenga veinte y Julieta trece (¡y todavía no esté embarazada!), o el petiso repetidor aquel, debajo de la capucha en noviembre, que en secreto se mueve anímicamente cuando descubre, entre el pomposo lenguaje popular de la España posmedieval, que Lazarillo es un pibe al que lo violaron toda la vida. Y es que finalmente, frente al aturdido auditorio del scrolleo en el bondi, eso que somos todos, la palabra escolar quizás pueda, en su anacronismo, imponer un tiempo diferente, utópico, para decir lo que nos pasa. Y es que, hermosamente, y esto sí aprendámoslo, un pibe, una piba, quien sea, no importa la edad, cuando se engancha con un libro, cuando se produce el acto de la lectura, colabora en la magia y en el milagro.