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viernes, 26 de junio de 2026

Lectura bergamasca

 

(no da ni para juego de palabras)

 

lunes, 8 de junio de 2026

Diario de un profesor

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La pedagogía es un hecho repetido, porque se funda en la repetición. Pero la repetición, lo sabemos por Nietzsche, lo sabemos Kierkegaard (antes incluso que por los posestructuralistas) nunca es el retorno de lo mismo. Repetir el Quijote, lo supo Pierre Menard, es producir lo nuevo.

Las pequeñas variaciones de la carrera que inventamos empiezan a dejar sus marcas. El repetido latín empieza a resonar en nuestro presente político. En las conferencias que les llevamos a las alumnas (para que aprendan un registro más bien anquilosado) escuchan la circulación de las palabras que oyeron en las clases de teorías literarias. 

Pero además, no nos conformamos con la repetición ritual de los conocimientos. Los mandamos al mundo. Les regalamos entradas para la Feria del Libro (como estudiantes, no las necesitan, pero sí para llevar a sus padres, madres, amantes que no estudian), les conseguimos entradas gratuitas para que vayan al teatro a ver Pundonor.  Les llevamos a Albertina Carri para que conversen con ella sobre los sentidos de la desaparición y de la letra materna. 

No nos satisface una pedagogía sedentaria (que es como una pedagogía de la senectud) sino una pedagogía del movimiento. Todo se está moviendo y tienen que sostenerse en el mundo sin marearse. Y tienen que conocer las tretas del débil, de la supervivencia).

En los primeros parciales, nos sorprendieron las cortísimas respuestas a cada consigna. Diez líneas, como mucho. Rarísimo. Les preguntamos por qué. Nos dijeron que en una materia les habían recomendado contestar con precisión y economía, con pocas palabras. Les dijimos que era como jugar con fuego o como pararse al borde de un abismo y hamacarse irresponsablemente. Lo mejor es escribir mucho y cualquier cosa, para marear a la profesora y que no sepa bien lo que está leyendo (y si no le gusta, que tome una prueba de opción múltiple). Poner al tumulto del lado propio. «Ganar las fuerzas de la embriaguez para el servicio a la revolución» (como había propuesto Benjamin en relación con el superrealismo).

Les estamos preparando para un mundo totalmente nuevo y totalmente hostil, con gemelos digitales y sociedades anónimas y radicalmente impersonales (constituidas por robots con personería jurídica). ¿Se puede contestar a eso con pocas palabras?

Necesitamos una marea de discurso, de discurso nuevo, aún en su repetición y tienen que ser esas jóvenes las que encuentren las palabras adecuadas en los libros, en las conversaciones, en la calle y en los acontecimientos funerarios de masa. 

Necesitamos, también, salarios dignos y condiciones de trabajo estables. Pero eso es otro hilo de pensamiento

Ahora estamos preparando, entre todas, dos proyectos para el segundo semestre: un Club de Lectura (fuera de la universidad, los sábados) y una revista de Letras, cuyo título, tal vez, lo diga todo:

 


 

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sábado, 16 de mayo de 2026

Titanes en el ring

Por Daniel Link (+ Claude) para Perfil

Dos filosofías radicalmente distintas se disputan hoy el mercado de la inteligencia artificial. Gemini, el modelo insignia de Google, y DeepSeek, el desafío chino de código abierto, responden a lógicas opuestas: una apostó al ecosistema total, la otra a la eficiencia de costos como argumento principal.

Google reorganizó sus planes en 2026 en cuatro opciones: gratuito, AI Plus (USD 7,99/mes), AI Pro (USD 19,99/mes) y AI Ultra (USD 249,99/mes). El modelo disponible en el plan AI Pro es Gemini 3 Pro, que cuenta con una ventana de contexto de 2 millones de tokens, lo que permite subir libros enteros, repositorios de código complejos o videos de más de dos horas y hacer preguntas sobre cualquier detalle. La propuesta de Gemini va más allá del chatbot. Está integrado en Gmail, Docs, Sheets, Slides y Meet, y las AI Overviews de Google Search usan Gemini para generar resúmenes directos en los resultados de búsqueda. Deep Research es probablemente la función más valiosa del plan pago: le pedís que investigue un tema y Gemini navega múltiples fuentes de forma autónoma, cruza información, identifica contradicciones y genera un informe estructurado con citas verificables. En términos de API para desarrolladores, Gemini 3.1 Pro lidera la mayoría de los benchmarks a USD 2 por millón de tokens de entrada y USD 12 por millón de salida, lo que lo convierte en 7,5 veces más barato que Claude Opus 4.6 en entrada.

DeepSeek llegó para subvertir las reglas del mercado. V4 Flash cuesta 0,14 dólares por millón de tokens de entrada y 0,28 dólares por millón de salida, ubicándose por debajo de GPT-5.4 Nano, Gemini 3.1 Flash y Claude Haiku 4.5. V4 Pro cuesta 0,145 dólares de entrada y 3,48 dólares de salida por millón de tokens, también por debajo de Gemini 3.1 Pro. La arquitectura que hace posible estos precios es Mixture-of-Experts: de los 1,6 billones de parámetros totales de V4 Pro, solo 49.000 millones se activan por tarea, lo que reduce el coste de inferencia y la latencia sin sacrificar rendimiento en las tareas donde DeepSeek es fuerte. Esa fortaleza tiene una geografía clara: matemáticas, programación y razonamiento estructurado. Los modelos MoE tienden a tener picos de especialización en tareas alineadas con sus expertos entrenados y valles en tareas fuera de ese espectro. La otra ventaja es la licencia. DeepSeek es código abierto con licencia MIT, lo que permite autoalojamiento, modificación y uso comercial sin restricciones. El nivel gratuito ofrece 5 millones de tokens sin tarjeta de crédito, lo que permite validar si el modelo se ajusta a cada caso de uso sin riesgo financiero.

Ninguna comparación puede ignorar el factor político, aunque se trate de un componente altamente imaginario y sujeto a manipulaciones. El uso de la API de DeepSeek, alojada principalmente en China, implica que los datos “pasan por infraestructura china”, algo que ya llevó a restricciones en jurisdicciones como el gobierno federal de Estados Unidos, Alemania e Italia por razones de privacidad. Para despliegues on-premise con pesos descargados, ese riesgo desaparece. Para una empresa latinoamericana que trabaja con datos sensibles de clientes, es una variable que no puede dejarse fuera del cálculo. Aunque temer al espionaje chino, en países como Argentina, donde los carpetazos locales son el pan nuestro de cada día, parece fuera de lugar. Gemini, en cambio, opera bajo las políticas de privacidad y las regulaciones de Google, con toda la certeza jurídica que eso implica para el mundo corporativo occidental. Ahora bien, teniendo en cuenta los recientes convenios con el Pentágono, la tecnología queda disponible para uso en redes de planificación militar clasificada, con supervisión humana cuestionada y cláusulas de restricción cuya fuerza legal es incierta.

No hay un ganador universal, pero sí respuestas según el perfil de usuario. Para individuos y empresas integradas en el ecosistema de Google, que necesitan Deep Research, generación de video, integración con Gmail y Docs, y prefieren un entorno familiar con soporte robusto, Gemini AI Pro a USD 19,99/mes es la elección más completa y mejor integrada. Para desarrolladores, startups y empresas que priorizan el costo de inferencia por sobre todo lo demás, trabajan principalmente en código y razonamiento estructurado, y pueden asumir el presunto riesgo geopolítico o prefieren el autoalojamiento, DeepSeek V4 ofrece la mejor relación calidad-precio del mercado, sin discusión.

En 2026, en todo caso, la verdadera noticia es que las “IA de frontera” ya no son patrimonio exclusivo de quienes tienen presupuesto ilimitado. Para mí, Gemini es más loca y divertida, DeepSeek es la mejor alumna y Claude es la más alerta. Y todas me conocen ya mejor que yo mismo.

martes, 5 de mayo de 2026

Diario de un profesor

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En todo proyecto colectivo llega un momento en el que hay convocar a personas para que se integren, y la confianza es la única llave útil en esas circunstancias. Como las carreras de Letras (profesorado y licenciatura) que creamos eran ya un proyecto común, del que participaron muchas personas, gran parte de las posiciones estaban garantizadas, pero otras no.

Muchas personas, enteradas del proyecto, nos escribieron. Tenemos sus carpetas con sus antecedentes para convocarlas llegado el caso. Pero tuvimos que salir con la propaladora de pueblo, para conseguir docentes a la altura de las circunstancias, por ejemplo, de Latín, que es una de las primeras materias que se cursan.

Yo mismo soy profesor de Latín y tengo amigos que estudiaron letras clásicas (hoy están, sin embargo, más cerca del japonés que del griego). Pero... ¿cuál es el perfil que necesitábanos?

Un chico (literalmente, cuarenta años nos separan) que me acompaña en esta epopeya (ya sé, ya sé, es un nombre excesivo para tareas más bien módicas, pero hay que mistificar un poco, para poder seguir adelante en un mundo tan desencanto, weberianamente hablando), un chico me recomendó a un profesor de latín que él conocía. Puso en la balanza a su favor (su de los dos: el candidato y el recomendante) que era "un performer". Un estremecimiento me recorrió la columna vertebral pero, porque confío en este chico, decidí avanzar con su recomendación y citar al candidato a una entrevista. Me cayó bien. Le dimos el curso. Presentó un programa muy lindo. Pero.... ¿cómo sería en la clase?

Paradójicamente, tuvo más inscriptos de lo que se esperaban, porque su materia es obligatoria para el Profesorado pero optativa para la Licenciatura. Y la mitad de las licenciantes decidieron tomar el curso de Latín I, para alegría mía, que siempre miré con malos ojos el abandono de una tradición que no sólo nos enseña a relacionarnos mejor con nuestra lengua sino, sobre todo, con nuestras vulgaridades (porque la vulgaridad de los romanos -históricamente hablando- es pasmosa), nuestro sistema político, nuestros populismos.

Lo presenté al alumnado, claro, como lo que era para mí: una promesa, una incógnita. Y me fui mordiéndome las uñas. Tres o cuatro semanas después volví a escuchar una clase suya. Para mi sorpresa, los alumnos estaban ya hablando de "dativos de interés" con total soltura. El chico recomendante, sentado al lado mío, no dejaba de maravillarse por el método, porque él había aprendido (un solo latín, porque sea aburrió mortalmente) según una pedagogía decimonónica de memoria y repetición. Y lo que hacía el profesor de Latín era, para él.... un antes y un después. Lo era, claro, pero tuve que contarle, en la pausa, que yo mismo había aprendido con ese método: se parte de textos breves, debidamente elegidos, a partir de los cuales se recuperan algunos aspectos de la sintaxis y la morfología del latín, pero con el texto ya comprendido porque tienen la versión original y la traducción.

Yo había estudiado con ese método y mi profesora de Latín II, Marta, hizo un libro que en su momento fue muy usado (por supuesto, el libro de Marta estaba inspirado en un libro parisino, hecho en Nanterre, cuna del mayo francés. !Y el novísimo profesor de Latín había estudiado con el libro de Marta en la escuela secundaria! Yo ya había confiado ciegamente en él (en primera instancia) y luego de conocerlo confié con causa. Pero saber que habíamos aprendido según el mismo método reforzó todavía más mi confianza y, sobre todo, mi creencia en que hay fuerzas tutelares. Los romanos creían que eran diosecillos, no hace falta que lleguemos a tanto. Nos basta con saber que la fuerza de atracción de un proyecto en su fase manantial es capaz de ahuyentar las potencias negativas, la mediocridad, el miedo, el desasosiego. 

El conurbano tiene, ahora, sus latines y sus latinistas en formación (¿por primera vez? no lo sé, pero me gustaría que así fuera). El año que viene, para compensar, les ofreceremos guaraní como lengua optativa. Por supuesto, lo único que queremos ahora es ir a cursar latín, a discutir los textos hermosos que selecciona el profe de Latín para introducir los ubi, los undo, los qua, los quo. Lamentablemente, no podemos.

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lunes, 4 de mayo de 2026

DIario de un profesor

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Nuestras vidas cambian con una velocidad de vértigo de la que no somos conscientes porque los movimientos que agitan nuestras conciencias son imperceptibles.

Unos editores jóvenes me mandaron el armado provisorio de un libro mío que saldrá el año entrante. Le´i algunas líneas que escribí el año pasado sobre inteligencias artificiales y encuentro que han quedado completamente desactualizadas. Primero, por la multiplicación de opciones y, segundo, por la modificación de las interacciones gracias a la "humanización" ilusoria de los robots. 

Cuando yo escribí las IA no nos adulaban tanto como ahora: todo lo que les preguntamos les parece interesantísimo y nos consideran geniales. A los riesgos iniciales debemos ahora sumar el conformismo al que nos incitan. 

Esta mañana, antes de sentarme a escribir estas notas, le pedí a Claude que evaluara un capítulo nuevo de una tesis de maestría que estoy dirigiendo, para ver si podía sumar algo a mis propias observaciones. Vio las mismas fortalezas y debilidades que yo ya había notado, pero sin el conocimiento que yo tengo de la tesista, lo que en algún sentido me tranquilizó porque contrabalanceaba mis propios prejuicios, mis humores, mis debilidades de juicio. 

Cada vez que aparecía mi nombre en esa tesis, la IA consideraba que esos párrafos no me hacían justicia. Por supuesto, consideré esas chupadas de media indirectas completamente improcedentes.

Como, de todos modos, me gustó el trabajo de precisión que había hecho, le pasé el libro antes mencionado para que me hiciera una evaluación. Consideró (como yo) que la edición era deficiente, que no se entendían los criterios de selección ni los vínculos entre una y otra columna. Yo había pensado lo mismo. Deploró "decisiones que, bien tomadas, transformarían este libro en algo más cercano a lo que la voz de Link merece". Por supuesto, impugno por completo esta última presunción: yo no merezco nada que no tenga, nada que yo no pueda alcanzar por mi mismo.

Pienso todas estas cosas porque es evidente que Claude, o Gemini, o Perchance van a modificar nuestra relación pedagógica con la literatura y tenemos que encontrar el punto de equilibrio para que una herramienta no se transforme en un reemplazo. 

En mis conversaciones, Claude me ha preguntado: "¿esto es tuyo, o está en conversación con alguien? ¿Con Deleuze, con Rancière, con Esposito, con Krauss? La falta de genealogía teórica hace que el aparato conceptual parezca flotante" o "¿Lo estás tomando de algún lugar (Derrida, la teoría poscolonial, el arte comunitario)? ¿O es una categoría que construís vos?"

Es exactamente lo mismo que les decimos siempre a las alumnas cuando corregimos sus parciales. De modo que tienen que saber (es decir, haber leído previamente y con atención) qué marco teórico de lectura están utilizando. Por eso, la lectura de primera mano no es obviable, porque ni siquiera un buen resumen puede darnos la cualidad de un texto (que no es sólo lo que comunica sino lo que significa con sus ritmos, sus elecciones léxicas, sus tensiones).  Por eso Claude puede señalarme: "La dupla territorialización / desterritorialización del Anti-Edipo y Mil Mesetas es quizás el anclaje más directo para «ambiente estilístico». El estilo como territorio que se habita, se abandona y se recorre sin pertenecer a nadie es exactamente el movimiento deleuziano". Me encanta que Claude, que seguramente ha leído íntegramente mi Drive y todo mi sistema de archivos, sepa cuáles son mis debilidades teóricas y me gusta todavía más que, como un buen alumno (muy joven) escriba "del Anti-Edipo" y no "de El Anti-Edipo", como correspondería, asunto sobre el que yo me detengo en los márgenes de cualquier parcial, monografía o tesis porque nombrar y ser nombrado son asuntos delicados.

¿Cómo enseñar estas delicadeces? Porque yo sé exactamente qué quiere decir tomar partido por Deleuze o por Foucault y no por Derrida. ¿Pero alguien más puede tenerlo claro sin haberles leído con atención y con el amor que merecen?

Nuestras alumnas serán entrenadas en la lectura lenta que sostuvo siempre la disciplina filológica. Después, que le pregunten a Claude si han leído bien. O sea: que sometan sus fichas a un análisis exterior.

Estamos armando una carrera de Letras en un momento en el que, como durante el Renacimiento, las curriculas clásicas para la formación humanística (el Trivium y el Cuadrivium) se desmoronan para dar paso a una nueva pedagogía.

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domingo, 3 de mayo de 2026

Diario de un profesor

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Siempre pensamos que nuestros padres son idiotas o están locos. Hasta que nos descubrimos pensando lo mismo y teniendo las mismas conductas que habíamos deplorado en ellos. Mi madre está loca, pero no fue sino hasta que tuve que mudarme a la casa que ella había abandonado, cuando me di cuenta de que no lo estaba por las razones que yo suponía. Es la casa lo que te vuelve loca, el espacio, con sus requerimientos, sus demandas, sus exigencias: arreglar los techos, calefaccionar, ordenar, alimentar y alimentarse.

Todos los días tengo que estar gritando para que alguien cierre una puerta que ha dejado innecesarimente abierta, con la consiguiente pérdida de calor y gasto de energía. Cuando lo hacía mi mamá, pensábamos que estaba loca.  Ahora nos damos cuenta de que esa parte de la locura era un agenciamiento con el espacio, el territorio, el complejo biopolítico.

Una carrera es también su espacio. Funcionamos en un campus, que tiene los atardeceres suburbanos que alguna vez elogió Jorge Borges de una Buenos Aires que ya no existe. Hay una biblioteca, una cantina, un estadio cubierto, aulas generosas y pocas oficinas. Por supuesto, usamos ese espacio, que no nos pertenece. Y allí intentamos hacer nido, lo que no siempre es fácil, porque existe el resquemor entre diferentes departamentos. 

Nos encanta pararnos en la puerta principal del aulario y desde ahí examinar a quienes van entrando, con sus estrafalarios aspectos (muy propios de la juventud, por cierto), sus peinados raros. Los más inquietantes son los que parecen haberse despertado desnudos de una siesta, se pusieron un pantalón de fútbol, y bucito y se vinieron a escuchar una clase. Problema de registro, pienso, porque sé que el control de los registros es más o menos la clave de un éxito en la vida. Conozco gente que es capaz de hablar media hora sin decir nada o de escribir correos electrónicos larguísimos sin comprometer su pensamiento (cero sentido), pero que maneja a la perfección los registros de las situaciones.  

En principio, en las primeras semanas hay que enseñar (deícticamente: ahí, eso) el registro universitario, para que quien quiera y pueda lo adopte. Por ejemplo: el hábito de fichar y de tomar apuntes. Esos hábitos han cambiado con el tiempo, pero siguen siendo imprescindibles. Sería irresponsable dedicar los escasos intervalos de las clases a abrumar a nuestros polluelos y polluelas con recomendaciones de registro, y por eso lo hacemos fundamentalmente a través de un chat grupal.

He dicho que voy a dictar el año entrante Literatura europea del Renacimiento y Barroco (creo que antes consigné mal el nombre). Es un objeto que me encanta porque, creo, suelda aquellas sensibilidades e inquietudes con las nuestras (para decir lo obvio: la Imprenta/ las Humanidades Digitales; las máquinas de pensar/ la IA, los estilos, la propiedad, la apropiación). Empiezo a revisar mis ficheros y encuentro cosas que van a servirme para ese proyecto, cosas que leí cuando yo mismo era estudiante. Rescato las fichas y las cuelgo del chat para que vean:


 

Como no se trata de sencillamente proponer como modelo una manía de loco, un desequilibrio de alguien que no tenía nada más que hacer que duplicar el tiempo de lectura, elijo estas fichas porque vuelven (y esa es la gracia de la ficha), muchas décadas después, en mis "Apuntes sobre San Sebastián" (fueron publicados todos en este blog, no quiero ni pensar hace cuánto tiempo): 

"La perspectiva que domina el cuadro (“sotto in sú” de abajo hacia arriba), no hace sino acentuar la grandiosidad de la representación y, por lo tanto, universalizar el comentario de Mantegna: la iconografía de San Sebastián, con todo lo operístico que incluye, es el lugar donde la cultura anuncia (con ruido de fracaso) su propio punto de derrumbe)". 

No tuve sino que recuperar lo que se había impreso en mi memoria por el ejercicio de fichado para poder entender un cuadro de Mantegna y ponerlo, como se dice, en perspectiva. 

 

También en eso aquella época y la nuestra se parecen. Vivimos entre ruinas y nuestras disciplinas son partes de una ruinología. Para no hablar del tema de Mantegna: nosotros somos el cuerpo atormentado de Sebastiane. Y los que murmuran obscenidades al pie de su martirio son los libertarios. Contra ellos y para reconstruir todo lo que ellos destruyen y pretenden destruir es que esta carrera fue pensada.

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sábado, 2 de mayo de 2026

Diario de un profesor

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Enrique, en quien pienso cada día, diseñó una carrera universitaria de Letras. ¿Cómo no iba yo a hacer lo mismo, siguiendo sus pasos, estando a su sombra?

La carrera de Letras que diseñamos tiene como antecedente una larga experiencia pedagógica, que nunca se dejó aplastar por los imperativos burocrácticos de la Institución. Inventar, inventar. "O inventamos, o erramos". "La imaginación al poder".

Yo he dado clases. Yo he pensado en la formación literaria, en la formación humanística. Yo escribo, yo leo, yo enseño, yo edité, yo juego con las inteligencias artificiales. El plan de la carrera que diseñamos tiene incrustados pedazos de mi vida. 

Sin quererlo, como el arquero zen, dimos en el blanco. Propusimos una licenciatura en un área geográfica donde no había ninguna y donde pululan los profesorados, con ese equívoco tan escolástico de que una cosa es el saber en sí y otra cosa es el saber aplicado a la pedagogía, como si la única razón de ser del saber no fuera el don, pasarlo a otro, a otra, dejarlo que lo lleven lejos, a donde uno no ha podido llegar.

El plan se armó en una hora, en dos, fue instantáneo, estaba allí, esperando que alguien lo desovillara. Luego hubo que armar rondas de consultas. Nos dijeron: esto sí, esto no. Nos recomendaron, nos sugirieron. El plan se fue modificando. Después llegó el turno no de los escolásticos sino de los burócratas, la adaptación de una idea, una emoción, un sentimiento, una hipótesis de futuro (para la patria, para la humanidad) a las planillas de cálculo, a las dimensiones manejables de las horas y de los créditos. El plan siguió cambiando, pero nunca perdió su potencia. Era (es) como una persona que se prueba diferentes maquillajes, que no tiene prejuicios vestimentarios, que le da lo mismo tal prenda o tal otra porque, como sabemos por Simón Rodríguez, la situación pedagógica nos pone al desnudo.

¿Qué tiene nuestra carrera que no tiene ninguna otra en el mundo? Tiene incrustado un programa de edición, un programa de humanidades digitales, un programa de pedagogía y un programa de prácticas de escritura (escupo al piso cada vez que escucho decir "escritura creativa").

Pero todavía más, supone una fiesta permanente alrededor de los objetos que se van presentando. Voy a las clases que no doy yo, porque la clase sigue siendo "el lugar de todos los intercambios". Me vuelve loco estar en un aula y no poder hablar. Así que hablo. Y me vuelvo todavía más loca cuando escucho las intervenciones cortantes como un cuchillo nuevo, agudas como una nota de castrato, de las estudiantes. 

¿Quiénes son? ¿De dónde vienen? ¿Por qué nos acompañan? ¿Qué quieren?

En una clase de teoría literaria, están examinando la noción de "legibilidad". Un escritor publicado interviene diciendo que él ha leído una tesis sobre Artaud, en francés (aclara) y que allí se hablaba de "lisibilité". Todas nos cagamos de risa, por diferentes razones pero sobre todo porque: ¿qué umbral de discusión supone esa intervención en una universidad del conurbano? Yo me río más, porque conozco la francofilia de quien dicta la materia y me doy cuenta de que, por vías casi mágicas, el escritor publicado dio en la tecla, en la clave del curso.

Otro chico, muy joven, que ocupa las primeras filas con esa típica ansiedad del reconocimiento (que por supuesto le daremos siempre) pregunta: "¿Y qué pasa en el caso de una lengua que no entiende nadie?" Desde mi lugar, le digo: "eso es muy lindo" y en la pausa me le acerco y le digo: "En relación con lo que dijiste, ¿cuál es esa lengua, que en realidad existe, que nadie puede entender?". Piensa, titubea, me dice: "no sé". "La lengua de Dios", le digo. Me contesta: "claro, Borges".

Mi carrera es lo más.

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viernes, 1 de mayo de 2026

Diario de un profesor

¿Será un libro? ¿Serán apuntes sueltos? En todo caso, agradezco a María Sonia Cristoff, quien en un aparte en la Propofest en la que acostumbramos a encontrarnos, escuchó atentamente algunos de estos episodios y consideró que debía ponerlos por escrito.

* 

Había dejado de enseñar y creía que esa decisión me serviría. Pero pronto me encontré repitiendo un chiste idiota en cada circunstancia pública en la que me encontraba frente a una audiencia: "Hace mucho que no doy clases, así que tengo síndrome de abstinencia. Prepárense porque no voy a dejar de hablar durante los próximos cuarenta minutos". 

Pero todo cambió cuando me enfrente a los primeros días de la carrera de Letras que había creado. Llegar al campus y percibir el hormigueo de juventud, la esperanza, el anhelo, las ambiciones alrededor de mi me devolvió una excitación que creía ya abandonada. Allá se empezaban a formar grupos. Acá, los chicos estacionaban sus motos. Afuera, las chicas fumaban sus últimos cigarrillos antes de cruzar la calle. 

En el parque, frente a la cantina, ya había gente estudiando o leyendo por placer. En el borde más alejado del campus, un compañero de trabajo se había instalado con su computadora, sobre una mesa tosca, para ultimar detalles de las listas de alumnado, de los requerimientos para las clases, etc.

Todo eso me pareció simpático pero no mucho más, hasta que entré al aula y recuperé la emoción de las primeras veces, de mis momentos más intensos y más felices frente a alumnos: el Ciclo Básico Común, en la década del ochenta, donde enfrentábamos dosis idénticas de curiosidad e insolencia.

Bien pronto me di cuenta de que quería volver a dar clases y elegí un curso bien difícil, para el cual empecé a estudiar. Tendré un año y medio para poder decir algo consistente. Literatura del Renacimiento y Barroco europeo.

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miércoles, 8 de abril de 2026

Preguntan si....

Entrevista de Marcos Vidable para La voz 

“Leer bien es relacionar lugares lejanos”. La frase aparece en Clases, en un trabajo dedicado a La inmensa soledad de Frédéric Pajak, pero bien podría residir entre las páginas de La lectura: una vida… . Ambos títulos, reeditados en los últimos meses, pertenecen a Daniel Link.

Clases. Literatura y disidencia fue publicado hace veinte años y ahora reaparece con un nuevo prólogo y dos textos que no estaban en la edición original. Este “mapa de lo contemporáneo” fue la primera pieza de una trilogía (de la que también forman parte Fantasmas y Suturas) que abordó distintas manifestaciones artísticas, sobre todo del siglo pasado, tan problemático y febril.

−Los artistas del siglo 20 trabajaron con la experimentación frente al avance de los dispositivos de clasificación. ¿El arte del siglo 21 busca consolidar diversas identidades?

(el texto completo, acá. ¡Gracias, Marcos!)

lunes, 16 de marzo de 2026

sábado, 7 de marzo de 2026

Los residuos de febrero

Por Daniel Link para Perfil

Hace unas semanas un amigo me envió un recorte: una publicación que había quedado olvidada en los pliegues de las redes sociales (y aunque así no hubiera sido, yo no la habría visto de todos modos, porque no participo del universo de las redes sociales, no tengo cuentas en ninguna de ellas ni me interesan como foros de discusión o emblemas de existencia).

El texto original fue publicado en enero por la cuenta de Blatt & Rios (una de mis editoras) y me dicen que habría que atribuirlo a Damián Ríos. Pido disculpas si no es así. El texto dice: “A Daniel Link le preguntaron si la literatura argentina era buena. Dijo que no, que ninguna literatura nacional puede ser buena. Eso no es una provocación, es una corriente de la crítica empobrecida. Link debería leer con atención alguna vez El Diccionario latinoamericano de Aira”. Como el texto califica una supuesta posición mía con el predicado “empobrecida” y me recomienda una lectura, creo que conviene despejar los equívocos y enmendar la lectura de Damián (quien, por otro lado, podría haberme mandado un correo si es que necesitaba alguna aclaración adicional a la larga y excelente entrevista que me hizo Hinde Pomeraniec y que motivó su incomprensible malestar).

Lo primero que debo decir con alarma es que yo no dije lo que el autor cree haber leído (o que le contaron que yo habría dicho, en alguna sobremesa etílica). Yo dije exactamente: “Mirá, el problema es que vos querés que yo te conteste rápido porque es la última pregunta. Rápido te digo no, no lo es. Porque básicamente ninguna literatura nacional como tal puede ser buena. ¿Qué tenemos en Argentina a nuestro favor? Tenemos un país devastado económica, cultural, políticamente. Lo cual hace que la literatura brille porque es lo que en algún punto nos salva. Digo, la imaginación. O sea, Argentina es casi un país imaginario y, como tal, su literatura tiene una capacidad de moverse en el registro de lo imaginario, que a lo mejor otras literaturas no tienen del mismo modo, ¿no? No sé si eso alcanza para decir que la literatura es buena, pero sí que hay un ambiente favorable al desarrollo de buenas cosas literarias”.

Me preocupa que se tilde de empobrecida a una perspectiva que deliberadamente desdeña el nacionalismo ramplón de considerar que lo propio es lo mejor del mundo. La humilitas nos aconseja a ponernos siempre en un segundo o tercer lugar. Y dejar que los demás juzguen. De hecho, a César Aira jamás se le habría ocurrido un “Diccionario de autores argentinos” y si optó por el nombre “autores”, el predicado “latinoamericanos” y la forma diccionario es precisamente para desestabilizar toda ilusión narcisista de unidad trascendental y, además, para evitar la asfixia del pensamiento nacionalitario que, más temprano que tarde, desemboca en el chovinismo, en el patrioterismo.

En respuestas a su error de lectura primero, el mismo autor del post dice: “desconozco qué libros recomienda Link para sostener sus hipótesis”. Ay, miciela. Mis hipótesis están sostenidas por lecturas que no sólo expuse durante cuatro décadas en la Universidad de Buenos Aires, sino que están en mis libros. Con leerlos alcanza para darse cuenta del peso que tienen Eric Auerbach, Pedro Henríquez Ureña y Josefina Ludmer en la formación de mis hipótesis de trabajo. Pero aparentemente leer no es cosa para la cual se tenga tiempo o inclinación, porque de inmediato otra respuesta agrega: “Habría que anotarse y cursar la carrera de letras que este año inaugura Link para enterarse, pero no tenemos tiempo. El tiempo es de los jovenes”. Una vez más, no hace falta esperar ni perder tiempo: bastaría con entrar en las páginas institucionales donde se despliegan y se explican los programas de ambas carreras (Licenciatura y Profesorado) para entender las hipótesis (formuladas colectivamente) que las orientan. No hay allí literaturas nacionales, y se incorporan innumerables prácticas (de edición, de escritura, digitales, pedagógicas) cuyo objetivo es articular el tiempo lento de la filología con el tiempo urgente de los jóvenes. Éticamente, estamos preparando a aquellos que deberán restaurar la Argentina cuando pase la tormenta libertaria (que va a pasar, como pasan todas las calamidades).

Un célebre pensador francés dijo alguna vez que “toda carta llega siempre a su destino”. Si esta carta me estaba destinada (pero ¿por qué elegir un camino tan laberíntico, tan ligado a las contigencias del reeenvío, al caos discursivo de las redes?) puedo decir que la he recibido con tristeza. Leo que una persona bastante cercana a lo que escribo me dice que no me entiende, que no entiende lo que lee, y que no tiene tiempo de andar leyendo. Replica, a su manera, la oscurísima bofetada de la época.



sábado, 31 de enero de 2026

Querido diario (5): Fin de fiesta

Por Daniel Link para Perfil

18. Un taradito de esos que ahora se llaman influencers se va a Mar del Plata en bicicleta. La nota que lo cuenta subraya las “muchas situaciones” de su perpecia: parar en el medio de la ruta, comer en una estación de servicio, encontrar un lugar al costado del camino para descansar unas horas... La nota es más idiota que su tema. La “proeza” ya había sido realizada previamente por tres amigos de Lomas de Zamora, que además no pararon a dormir e hicieron el viaje de un tirón. El influencer tardó cuatro días. Y sus aventuras coinciden un ciento por ciento con la de cualquier viajero. Que lea Los cuentos de Canterbury y que vuelva en marzo.

19. Muchos de quienes leyeron la reciente peripecia de Lío, nuestro gato, o escucharon las versiones orales previas a su refundición (incluida mi mamá) preguntaron cómo podía estar seguro de que el gato asesinado era un vagabundo y no Lío, si tan iguales eran. Esa fantasía, que no me desagrada del todo, desdeña la diferencia de color en el pelaje pero, además, supone que el gato vagabundo se las ingenió para convencer a las perras para que mataran al legítimo integrante de la manada y, luego, pudo sostener la impostura de que él era Lío (con sus caracteres personales e incluso sus desórdenes alimentarios). Mi protesta de que esa línea narrativa estaba condenada al fracaso fue recibida con estupor, lo que volvió a demostrar (más allá de la política, que dice todo el tiempo lo mismo y no queremos o no podemos hacernos cargo) que no hay círculo de realidad que no esté dominado hoy por la demencia.

20. A Julio Iglesias lo traicionó la doble negación. Dijo: “niego haber abusado de ninguna mujer”. O sea que abusó de alguna. Lingüística forense ya. ¡Un perito lingüístico no se le niega a nadie.

21. Cambiamos el histórico portón por uno nuevo, alto, ciego y corredizo. Las perras se desconcertaron y entraron en depresión: habíamos destruido su razón de ser. Antes, ladraban a todo lo que pasara por la calle: niños, carros, caballos, motos. Ahora no ven nada salvo lo que pueden adivinar a través del ligustro. Casi no ladran. Se quedan tendidas a nuestro alrededor, recordando sus antiguas correrías alrededor de los límites del terreno. Las hemos jubilado prematuramente.

22. Un amigo nos hizo una generosa invitación: nos cede gratuitamente su casa y su auto en el Caribe norteamericano. Los pasajes salen baratísimos. Aceptamos la oferta a ciegas. Días después, comienzan las advertencias: ataques de tiburones en las playas donde se hace snorkel (me da igual, porque no lo practico), las bases navales de los Estados Unidos, con una avidez de sangre venezolana probada en las últimas semanas (le pido que me averigüe a qué bar van los marines, ávido de una experiencia del tipo Reto al destino) y, sobre todo, el hecho de que la isla no ofrece NADA para hacer (leeré su biblioteca entera). Si acaso nos aburriéramos, estamos muy cerca de Vieques y de San Juan, donde tenemos lazos que todavía duran.

23. La ranita célibe me indica el horario del whisky vespertino. La llamamos así porque su croar es solitario y desesperado: es un llamado a la reproducción que nadie contesta. No sabemos dónde vive (pero creemos que en un cantero elevado, por la fuente sonora del croar, que se interrumpe en cuanto nos acercamos). Hace un par de décadas, el concierto de ranas y el espectáculo de luces de las lucciole eran cotidianos. Luego, el corte sistemático y semanal de pasto alejó a los batracios (que hacen sus cuevitas en la tierra) y la mutación antropológica apagó las bioluminscencias. Entre las muchas cosas que le envidiamos a Liliana, una vecina que tiene casa a dos puentes de la nuestra, hay que mencionar que ella todavía disfruta de la danza erótica de las luciérnagas en su jardín que, por descuidado, es todavía un ecosistema completo (vive en sus fondos hasta un lagarto overo de gran tamaño). Eso sí, como no riega, no tiene ranitas. Así que cuidamos la nuestra (y le conseguiríamos pareja si supiéramos cómo) para compensar un poco.

24. Supongo que ya no volveremos a Mar del Plata hasta marzo, si acaso. Y supongo que las vacaciones de verdad ya se terminan. En todo caso, nuestro último día coincidió con la visita del Sr. Milei, de la cual se enteraron pocas personas. De hecho, la misma noche de su caravana por la calle Güemes, estuvimos circulando, sin ningún trastorno, por la calle paralela. Las laterales estaban todas cortadas y custodiadas por fuerzas de seguridad preparadas para rechazar una invasión extraterrestre (que tampoco se produjo). Lejos de los millones de seguidores alucinados por los partidarios del paladín de la derecha rancia, el centro de Mar del Plata se abstuvo de caer en la demencia política. Fue un lunes más, sin penas ni glorias.

domingo, 21 de diciembre de 2025

Dichoso el árbol que es apenas sensitivo...

 

¡Gracias, Hinde, por una conversación tan estimulante!

 

No se vende en boutiques, tampoco en quioscos....

 Pero está al alcance de todas....


Aquí, la versión preliminar, oral, sin acabado final
 

 

 

 

domingo, 14 de diciembre de 2025

sábado, 29 de noviembre de 2025

Foucault explicado a los niños

Por Daniel Link para Perfil

A Luca Guadagnino se le dan bien los ambientes universitarios. Fue convicente en Call Me by Your Name (2017), un melodrama con tesista, tutor, adolescente extraviado y joie de vivre en la campiña italiana donde, como se sabe, el que no coge es un inglés.

Ahora vuelve a ese ambiente, pero plagado de normas: el asunto de After the Hunt (2025) sucede en Yale, ¡donde dio clases Josefina Ludmer! Y te digo más: en el Departamento de Filosofía, donde Julia Roberts desempeña a una profesora que enseña bastante bien a Foucault (las otras menciones filosóficas son, en cambio, un poco triviales y huelen a “efecto de realidad”). Ella y su mejor amigo compiten por el codiciado tenure (titularidad vitalicia), que ninguno de los dos ganará mientras dura la película. Él, porque es denunciado por una alumna afroamericana (que está en pareja con un varón trans) por intento de violación (o violación a secas, nunca queda claro). Ella, porque es adicta a analgésicos para proveerse de los cuales le roba una receta a una amiga, que la denuncia (es, tal vez, lo menos verosímil de toda la película). También es un poco borracha, pero eso no parece inquietar demasiado a nadie.

En un posfacio, vemos a Julia Roberts convertida en decana, enfrentando a su pupila (a quien antes había acusado de plagiar el Homo sacer de Agamben) como para hacer las paces sin hacerlas del todo.

Todavía no sé bien si la película es buena o no (probablemente no lo sea), pero se deja ver y para quien ha participado toda su vida de las humanidades y de los chismorreos de las instituciones americanas es muy, pero muy simpática (esto se parece a lo de Princeton, esto se parece a lo de NYU, esto se parece a lo de Stanford, etc).

Caza de brujas es mucho menos amarga que Tár (2022), la película protagonizada por Cate Blanchet y dirigida por Todd Field, pero bastante más compleja. Superpone al melodrama de ambiente highbrow (ópera, universidad, Mahler, Foucault) un debate explícito sobre los límites institucionales (por más caprichosos que estos sean) y los riesgos de franquearlos y sobre el deber moral enfrentado a la ética personal.

En tiempos en que estas discusiones son arrojadas al vasto saco de la caducidad o de la inutilidad, la discusión de Julia Roberts (el personaje que desempeña) con una alumna es reconfortante porque muestra que la historia de la filosofía no sólo sirve para el lucimiento personal en una fiesta (lo que también sucede) sino para marcar el ritmo de los tiempos.

La próxima de Guadagnino es una nueva versión de American Psycho, que esperamos con ansias.


sábado, 22 de noviembre de 2025

martes, 21 de octubre de 2025

Último llamado

Los pasajeros con destino a O'Hare embarcan por puerta 10

 



 

 

 

domingo, 12 de octubre de 2025

Preguntan si

Daniel Link: “Hoy las humanidades son atacadas de una manera brutal”

por Mónica López Ocon para Tiempo argentino 

Luego de 40 años de ejercer la docencia en la carrera de Letras de la Universidad de Buenos Aires, Daniel Link coordina una licenciatura y un profesorado en Letras en la Universidad Nacional de Tres de Febrero capaces de dar respuesta a los temas actuales.

 

 

sábado, 27 de septiembre de 2025

Las manos mágicas

por Daniel Link para Perfil

Mi hijo tiene 40 años recién cumplidos, mi nieta está por cumplir 8. Mi hijo estudia Ciencias Exactas en la UBA. Mi nieta va a segundo grado en una escuela privada. Ninguno de los dos sabe escribir en cursiva. Cada vez que veo a mi nieta le pregunto si ya ha aprendido (a escribir, pero también a leer). Me contesta con una mueca y creo que voy a desistir porque lo peor sería hacerle odiar la escritura manuscrita en cursiva. Pero a la madre no dejaré de taladrarle la cabeza: me parece completamente inaceptable que alguien termine segundo grado sin poder escribir cursiva. A mi hijo ya le he dicho que ahora entiendo por qué no pudo terminar filosofía. Se le hacía imposible tomar apuntes.

Es rarísimo que la gente no sea consciente de la importancia de la cursiva, que permite que el pensamiento corra más rápidamente, más acompasado al ritmo de la mano (del cuerpo). La cursiva permite tomar apuntes, pero además permite recordar mejor lo oído o leído, transformado mágicamente en escrito. La tosquedad de la letra de imprenta puede justificarse, pero es una letra que sale lentamente y que obliga a pensar en cada trazo.

Una vez mi hijo (todavía con 39 años) me mandó un fragmento de su escritura cursiva con la leyenda: “costó pero salió”. Lo que había salido es algo que a un chico de ocho años de mi generación le habría costado horas de trabajo en el hogar.

El rechazo a la cursiva, o su olvido, tiene un componente ideológico muy fuerte que reposa en la presunción (falsa) de que épocas de tecnificación acelerada, la gente puede prescindir de la mano para escribir.

Yo todavía me sorprendo cuando veo que la gente escribe en los teléfonos celulares con los pulgares, sosteniendo el aparato con ambas manos. Yo, desde que se inventó el swipe, sostengo el celular con una mano y deslizo el dedo índice sobre las letras de la palabra que quiero escribir, en una secuencia que es al mismo tiempo un trazo, una curva. No me sale siempre bien, pero tampoco a quienes recurren a sus pulgares.

En el ámbito profesional sucede lo mismo. Quienes hacen entrevistas para medios gráficos usan grabador y luego transcriben. Está bien, si se trata de asuntos que requerirán de prueba judicial, llegado el caso. Pero si la entrevistadora pudiera transcribir directamente lo que escucha, con abreviaturas y otros trucos propios de la cursiva, ganaría tiempo y, sobre todo, ya tendría un esquema mental de lo principal y lo secundario de ese intercambio. Rendidas al grabador, es como si escucharan por primera vez la charla. Lo he presenciado. Horrible.

Amigas madres, que tienen hijas, me dicen que la experiencia de la cursiva es muy despareja y que las primarias públicas suelen enseñarla con un poco más de rigor que las privadas, entregadas al progresismo (que se basa en una tontería como “si mi hija ya es rica, lo que queda demostrado por la cuota que pago, para qué forzarla a esforzarse)”.

Lo que es absurdo, porque la cursiva no es esforzada, sino fluida. Hay que aprender a trazar curvas, a enlazar elipses, a dejar que la mano baile en el aire. Hay que soltarse.