miércoles, 21 de julio de 2010

El arte y sus formas

Voy al Museo, porque me han invitado a un brindis. Como llego antes (o como la conferencia se ha atrasado) vago por el vestíbulo (hace mucho frío como para fumar afuera). Miro sin demasiado interés los objetos de la tienda, escasos y bastante poco interesantes. Me gustaría, pienso, administrar una tienda en un Museo. Quise, una vez, adueñarme de un Museo sólo para poner una tienda. Los sindicatos boicotearon mi (bello, lo juro) proyecto. Pero ése es otro tema.
Paseo, entonces, sin rumbo ni pensamientos fijos, por el vestíbulo (el acceso a las salas ya ha sido clasurado). Llego a una vasta escalera de mármol que desciende hasta las salas de la planta baja. Creo recordar que allí suelen exponerse "las nuevas adquisiciones". En la escalera han montado una instalación (no alcanzo, desde donde estoy, a leer el letrero que la identifica, pero no quiero moverme mucho porque los guardias de seguridad ya me han mirado como si fuera un mendigo peligroso). Me quedo contemplando la instalación (que, me parece, es algo sumamente adecuado para hacer en un museo).
La encuentro encantadora. Se han dispuesto, ingeniosamente, una serie de esas cintas con las cuales se arman laberintos en los bancos y aeropuertos para organizar a las multitudes que hacen cola. Delante (es decir, en la parte más alta de la escalera), hay un balde verde vacío y una señal (una "típica señal", pienso) que dice "Cuidado, piso mojado".

El artista que ha ideado la instalación, pienso, ha abrevado en las últimas tendencias del arte conceptual (incluido Kuitca, claro, y sus desabridas reproducciones de cintas transportadoras de equipaje en los aeropuertos). En algún sentido, el artista ha querido establecer un contraste entre la empinadísima escalera de mármol y la multitud que uno puede suponer ocupándola. Es como si quisiera subrayar el descensus ad inferos que constituye nuestra cotidianidad. Es, incluso, como si quisiera expresar una protesta antiestatalista en contra de la organización de lo viviente o, tal vez, una intervención que pretende meditar sobre los espacios contemporáneos como corrales sin salida.
En principio, me había costado describir exactamente las operaciones que el artista había realizado. Luego veo (y disfruto de) el modo luminoso en que los soportes cromados y las cintas negras dibujan un recorrido a través de los escalones marmóreos. No es fácil identificarlas, pero el laberinto tiene una entrada y una salida que se superponen parcialmente, con lo cual la ilusión de huis clos o no exit es perfecta. Por lo general no disfruto de las instalaciones (a las que considero meras imposturas), pero ésta me parece más imponente todavía que la que, en la puerta del Museo, hace vibrar sus colores de acuerdo con los niveles de sonido circundante (los visitantes del Museo creen gracioso pararse enfrente a gritar). Después de todo, yo tengo una remera parecida y nunca se me ocurrió que eso pudiera considerarse pieza de museo.
Pero con el
descensus ad inferos, sí, lo veo claro: me gusta ese artista, me gusta su visión (teórica) del mundo, me pregunto incluso qué libros lee pero sé que debemos compartir más de una lectura. Me fascina, sobre todo, el modo en que ha colocado su arte al borde mismo de lo imperceptible (si yo no hubiera llegado temprano no me habría dado cuenta de la profundidad de sus observaciones): los materiales, la disposición, todo parece casi antiestético, pero esa misma potencia de anti-arte se ve reduplicada por su privilegiadísima colocación en el vestíbulo del Museo (lo que me lleva a pensar que debe tratarse de un artista importante, cuya obra sólo pueden desconocer los ignorantes como yo). Hay un "devenir-menor" o "devenir-imperceptible", en esa pieza, que liga bien con las preocupaciones éticas (relacionadas con el sujeto qualunque) que yo no me canso de recuperar de las páginas de Agamben.
No tengo cámara encima (y si la tuviera, no sé si me dejarían fotografiar la obra, porque los Museos son extremadamente cuidadosos, casi avaros, con su patrimonio permanente o temporario). Pero me gustaría conseguir una reproducción de esa instalación porque, en algún sentido, me parece muy representativa de las tendencias actuales del arte experimental y, salvando las distancias, podría ponerse en correlación con De qué otra cosa podríamos hablar. Me atrevería a decir, pienso (sabiendo que nunca diría algo semejante ante una audiencia calificada, por si acaso) que son el reverso de la misma moneda.
De pronto, me saca de mi ensoñación una de las empleadas del Departamento de Prensa del Museo con la cual tengo excelente trato (por lo general, tal vez porque yo me identifique con ese lugar social, suelo establecer mejores relaciones con los subalternos que con los jerarcas). Nos saludamos con el afecto que sé que nos tenemos. Bromeamos un poco sobre la muestra que está en exhibición en ese momento. Yo le digo que no la he visto, pero que no importa, porque la obra que más me gusta, y la que habría justificado mi viaje hasta el Museo (más allá del brindis) es "ésta", y señalo con la cabeza la instalación que he estado observando durante los últimos diez o quince minutos (y que los demás visitantes y empleados del Museo han visto cuánto yo admiraba).
La mirada de mi amiga se pierde más allá del laberinto de cintas y me pregunta "¿cuál?". Yo vuelvo a repetir "ésta" y ahora hago un gesto con la mano que abarca la escalera, el balde, las cintas, la señal de piso mojado. Ella se ríe y, poniendo los ojos en blanco, dice: "Y sí, vacaciones de invierno". Y me cuenta que la avalancha de familias que se han precipitado al Museo en estos últimos días han forzado a los ordenanzas a idear ese sistema de espera. Me quedo perplejo. En el infierno que yo había imaginado, no había niños con la cabeza ensangrentada contra el canto de un escalón de mármol. Simulo seguir con la conversación, pero ya no escucho nada.


12 comentarios:

bro dijo...

jejeje. Muy bueno.

Podría ser un buen diagnóstico del estado del arte (o de la rutina).

La pequeña Lulú dijo...

Lo que escribiste desemboca en el punto justo al que habrían ido a parar mis pensamientos aunque tu conclusión fuera otra. Tal vez porque justo estaba leyendo las cartas de Van Gogh a Théo y me daba mucha impresión ver cómo él describía "el cuarto del artista" a la vez que decía que no le quedaban más que 6 francos hasta el próximo envío por parte de Théo.
Francamente, mientras te leía iba pensando si era una pregunta tan sacrílega la de por qué habríamos de considerar arte algo que podría hacer yo misma, y con una mano atada detrás de la espalda. Tal vez algunos tengan cierta razón cuando nos dicen que los muchos libros pueden pudrir la cabeza, lo digo como autocrítica.

Anónimo dijo...

Ayayay Linkillo, sos de loquiiiiillo. Siempre tan irreverente y original. Leerte me calma la melancolía: me hace sentir más cerca de Obviouslandia. Gracias! Y feliz día, amiguillo!

Julia dijo...

Muy bueno!

Lo sospeché desde un principio, tal vez porque loabas con demasiada efusión al artista (como en el amor, el imaginado por uno siempre es mejor que el real) pero me confundiste y atrapaste igual.
(Para nada quiero sonar como el Anónimo de las 5:45)

Un encantador paso de comedia.

Anónimo dijo...

Nadie podrá igualar a Fernanda Laguna, que vendio en una fortuna la basura que habia juntado en un rincon de su stand de ArteBa, pero esto se le parece bastante...

Frenzo dijo...

No creo que haya habido demasiada sobreinterpretación de lo visto, (bueno, sí las hubo en las supuestas afinidades intelectuales con el falso autor). Más bien creo que a veces, o todo el tiempo, se están formando espontáneamente obras como ésta que describís y que lo único que hace falta es un observador preparado y atento que sepa verlas y interpretarlas cabalmente.

Linkillo dijo...

Exacto, Frenzo, sólo que yo no diría "preparado" sino "desprevenido": desprevenido y atento....

Anónimo dijo...

Qué bello texto! Lo leí desprevenida y sostuve el interés por develar el misterio hasta la última línea. Una breve y exquisita pieza literaria.

A todos nos pasa alguna vez dijo...

Una vieja entra a un sex shop y pregunta si puede ver qué consoladores hay. El empleado le dice: "en aquella pared están exhibidos todos los que tenemos a la venta". La vieja va hasta la pared, la recorre de punta a punta observando atentamente cada modelo. Por fin pregunta: "el rojo aquel de la punta, ¿cuánto vale?". "No, señora", dice el empleado, "sólo del matafuegos para acá...".

Anónimo dijo...

creo que si no hubieras dicho que no alcazabas a leer las referencias de la obra, y hubieras empezado a hablar de la "obra" directamente, el suspenso habría estado mejor logrado. se sabe muy pronto que no era una obra firmada y dispuesta apra ser vista como tal.

Anónimo dijo...

el objeto puede ser creado como prosaico y percibido como poético.
el derecho de vincularlo a la poesía es el resultado de nuestra manera de percibir.

Shklovski.

ana dijo...

daniel como siempre me alegrás y me entretenés.te quiero.