lunes, 23 de marzo de 2020

Diario de la peste, día 6

(anterior)

Seguimos cumpliendo el aislamiento con un fastidio creciente. Estamos hartos de que se nos responsabilice personalmente por la pandemia. En nuestro favor: salvo dos escapadas (a Brasil en diciembre de 2019 y a Uruguay en febrero de 2020) estuvimos todo el verano en Buenos Aires.
La idea que circula en la esfera pública (y que los políticos abrazan con algarabía) es que hay que pasarla mal, en estos días.
Como nuestro domicilio temporario nos lo permite, enviamos a nuestros amigos y amigas fotos de nuestras comidas, que les llenan de indignación, casi tanta como cuando tomamos té en el parque o hacemos (un último) uso de la pileta. ¡Qué escándalo!








Podría alegar que la procesión va por dentro, o que convivir con mi mamá ya es un estrés suficiente como para sumar otros, pero no es el caso. Yo estoy con una mano inmóvil, obligado a no poder trabajar con mi ritmo habitual. Acabo de rearmar mi grilla de cursos para el primer cuatrimestre, porque desde el suburbio al que estoy condenado (prácticamente sin internet) y manco, no creo posible poder dictar un seminario de maestría virtual.
Nos adaptamos. Pero nos adaptamos sin perder el sentido de una vida. Hemos visto a las fuerzas policiales entrar en la Villa 31 para decirle a la gente que entre a sus casas. Y hemos oído las respuestas: "no tenemos adentro", "ya estamos todos contagiados".
El dislate urdido a imitación del autoritarismo urdido va a tener que ser revisado, porque las personas que menos tienen no sólo necesitan de contención económica (subsidios, alimentos) sino de un plan sanitario específico y, finalmente (o antes que nada) de un debate de lo que está en juego, que es el delicado tramado social, que el trauma pandémico está deshaciendo todavía más.
¿Somos responsables de eso? Decididamente, no. Mi hija me dice que en sus chats le contestan, cuando esgrime la solución alemana (podría agregar también la coreana, tan diferente de la china) le contestan: es que ésa es gente educada. Yo soy un educador, y he dado clases hasta en la cárcel de Devoto. No es mi culpa ni mi responsabilidad personal la decadencia educativa de nuestro país, sino de los políticos que, en los últimos veinte años, manejaron el área.
Lo más grave no es la brutalidad de alguna que otra clase (convengamos que en los sectores ABC1 abunda tanto como en cualquier otra, y estuvimos todo el verano pendientes de un caso de brutalismo intelectual) sino el resentimiento que domina en estos días: ¿te fuiste de viaje? Ya vas a pagar. ¿Te fuiste a tu casa de la costa? Ya vas a pagar. ¿No estás sufriendo lo necesario? Ya vas a pagar.

(continúa)

No hay comentarios.: