sábado, 27 de junio de 2020

La cuarentena como gesto

por Daniel Link para Perfil

Los filósofos del lenguaje determinaron hace mucho tiempo que existe una dimensión, la dimensión performativa que permite analizar no tanto la verdad de un enunciado (“La vaca es un animal herbívoro”) sino su fuerza y su efecto. La dimensión performativa incluye en el análisis, pues, las circunstancias de enunciación: el momento en que alguien toma la palabra, la relación entre los interlocutores, el tipo de acto discursivo (juramento, amenaza, pedido, orden) y el modo en que transforma la realidad.
El mero hecho de casarse transforma la realidad jurídica de una persona a partir de la mera aceptación (ante testigos y ante magistrados) de un contrato civil: “Sí, acepto”. La mayoría de las personas probablemente ignoren la letra chica de ese contrato societario en el que están jugando su vida futura. Los prolongados, onerosos y sinuosos juicios de divorcio demuestran el candor en el que reposaba ese compromiso pero también el valor supremo de la palabra empeñada. Deshacer la “aceptación” despreocupada de las consecuencias demanda un esfuerzo gigantesco. En suma: es tan fácil entrar como difícil salir. Y la puerta de salida será siempre diferente de la puerta de entrada.
A veces, la fuerza de un enunciado no se reconoce por su forma gramatical. Si le digo a alguien: “¿Te podés callar la boca?” no estoy haciendo una pregunta sino pronunciando una orden. Para que esa orden sea eficaz la relación entre los interlocutores debe ser tal que quien recibe la orden la interprete como tal y la obedezca. De modo que hablar, más allá de la verdad de los enunciados, involucra toda una gestualidad, supone el gesto del hablante (soberano o súbdito, en principio).
Uno de los más célebres promotores de la pragmática (esa rama de la lingüística que estudia, precisamente, las situaciones en la que los enunciados tienen lugar), John Langshaw Austin, escribió: “Un enunciado performativo resultaría, por ejemplo, huero y vacío de un modo particular si quien lo pronunciara fuera un actor sobre un escenario”.
Si puede hablarse (no tan metafóricamente) del teatro de la política es porque muchas veces en su seno se pronuncian enunciados insostenibles en su fuerza performativa.
Tomemos el caso enunciativo de la cuarentena. Ya decir “cuarentena” dice algo sobre quien pronuncia la palabra. Quienes dicen ASPO, sin lugar a dudas, aceptan un compromiso total e inquebrantable con el mandato de Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio. Quienes dicen “cuarentena” guardan una relación de distancia en relación con ese acto de discurso (mandato, decreto, ley, resolución) y quienes dicen “encerrona” están directamente en contra.
De modo que, en principio, no es seguro que un soberano esté en condiciones de dar determinadas órdenes salvo que esté seguro de que éstas serán cumplidas por sus súbditos. A cien días de cuarentena, resulta evidente que la mayoría de la población del AMBA (otro compromiso con un enunciado que aquí acepto por mera economía) ya no está cumpliendo los parámetros de ASPO correspondientes a la etapa que vivimos.
Las razones pueden ser muchas y variadas, pero eso aquí no importa. La “Stay-at-home order” (como se ve, el “quedate en casa” no es un invento argentino, ni mucho menos) sólo puede pronunciarse si va a funcionar como tal.
Antipáticos como nos resultan los regímenes de Trump o Bolsonaro, lo cierto es que ellos como soberanos comprendieron, tanto como López Obrador, que esa orden no tenía sentido porque no iba a ser obedecida. Entre nosotros, el gigante Berni insistió muchas veces en lo mismo: sólo se puede ordenar algo cuyo cumplimiento pueda verificarse.
No hace falta ser un filósofo del lenguaje para dominar estas finezas. Berni lo hace desde un conocimiento pragmático de la situación de gobierno en la que se encuentra: ¿quiénes serán los encargados de velar por el cumplimiento de esa orden soberana? Ante quien quiera oirlo, él ha dicho: no tenemos nafta, ni neumáticos, ni repuestos para los patrulleros. Las fuerzas de seguridad están agotadas y, en muchos casos, en aislamiento sanitario. De modo que habrá que apelar al acuerdo (imaginario) entre el soberano y su súbditos para que ese acto de discurso se sostenga como tal. Pero, por supuesto, tampoco hay que ser ministro de seguridad, presidente o gobernador para saber cómo funcionan los actos de discurso, basta con saber algo de teatro.
Un fragmento inédito de Brecht1 parece sugerir que consideraba que todas las frases, no sólo las evidentemente performativas como las del lenguaje teatral, podían y debían ser tratadas del siguiente modo:

  1. ¿A quién beneficia la frase?
  2. ¿Quién la reclama para su beneficio?
  3. ¿Qué pide?
  4. ¿Qué acción práctica se corresponde con ella?
  5. ¿Qué clase de frases resultan de ella? ¿Qué clase de frases la sustentan?
  6. ¿En qué situación se pronuncia? ¿Quién la pronuncia?
Si aplicamos esas preguntas (que constituyen ya una pragmática completa) al enunciado ASPO, en cualquiera de sus variantes, obtendríamos una grilla variada de respuestas. Como no es mi intención polemizar elijo las que son indiscutibles: el enunciado “ASPO-Quedate en casa” beneficia, en primer término, a los grupos de alto riesgo en situación de pandemia (por su edad, estado de salud y de sistema inmunológico, etc.). Beneficia, en segundo término (por orden de aparición, no de jerarquía) a los trabajadores de la seguridad y la sanidad que son quienes más en contacto están con el virus. Beneficia, en tercer término, al gobierno, que teme no tanto por la cantidad de víctimas sino por la reacción del electorado ante esos números alarmantes y ante las injusticias que inevitablemente sucederían ante un sistema de salud saturado. Y beneficia, en cuarto término, a los actores principales del “fascismo tele-sanitarista” que son los sedicentes periodistas y panelistas de la televisión, que combinan sus opiniones personales con avisos publicitarios de “escudos virales” de venta libre, canales de compra on-line, velocidades cibernéticas, planes de salud y seguros de vida.
Hay un programa en la televisión argentina (seguramente el fenómeno se replica en todos los países, no se trata de poner en la mira a ningún grupo en particular, ni a ningún partido) particularmente gracioso. Invitan a un columnista estrella, que se refiere a los infectólogos como “podólogos” y reservan la tanda de publicidad y PNTs para el final de su exposición. El mismo actor cómico que actúa de periodista ha subrayado su duda respecto del alcance y eficacia del ASPO y dice en la frase siguiente: “Quedate en casa. Tomá antitusivo X”.
Hay un rizo raro, pues, en la orden “Quedate en casa”, que la vuelve un enunciado huero y vacío de un modo particular, porque beneficia indudablemente a quien la pronuncia y, muy en segundo lugar, a una porción muy pequeña de quienes deberán obedecerla.
Por supuesto, siguiendo las preguntas que Brecht nos invita a formularnos, habrá muchos que la reclamen para su propio beneficio: son quienes coincidan imaginariamente con el lugar de enunciación de quien pronuncia la orden.
Quedan totalmente excluidos del beneficio: ls niñs, ls educadors, ls universitaris (docentes y alumnado). Dejo de lado otrs excluids, creo que con ests alcanza.
Entre los muchos daños que la pandemia ha producido entre nosotros, uno de los más graves afecta al pacto educativo, completamente distorsionado y librado a la buena voluntad de sus actores que, además de sus propias limitaciones (quién no las tiene) deben enfrentarse a la hostilidad de la sociedad telemática en su conjunto.
Hago mías las palabras de la lingüista María Luisa Silva, quien ha salido en defensa de las maestras que dan clases televisión (las que escribieron “hervívoro” o “sepillo”). “Nadie se privó de juzgar, de condenar, de exhibir el error haciendo gala de cierto saber” escribió en las redes María Luisa Silva. Pero hay que tener en cuenta que “en la ortografía se intersectan instancias complejas, que suponen dinámicas que incluyen procesos de control social, procesos de normalización histórico-políticos y procesos individuales de desarrollo cognitivo”. Que los medios se burlen de esas maestras no puede extrañarnos: después de todo, atacan a una institución (la escuela) que precisamente enseña a desconfiar de los medios (escritos, dicho sea de paso, con los codos).
Ahora bien: “¿por qué el “escándalo” de muches ciudadanes ante el fallo ortográfico de docentes? ¿Qué es lo que escandaliza? ¿Escandaliza el error? O escandaliza que un grupo de docentes asuma la responsabilidad profesional de exhibirse ante un público por demás extenso, porque ese espacio ya no es su aula, su nido con sus chicos sino un estudio, una pantalla, todas las casas de todes. Ahí aparecerá con su cara, su cuerpo, su saber, sus movimientos y habla más o menos fluidos o más o menos torpes para ayudar a chiques en este contexto”.
Escandaliza, en términos de Brecht, la acción práctica que se corresponde con el cumplimento de una orden y algunas frases que resultan de ella.
Atacar el error (ortográfico o matemático) de una persona que está haciendo una tarea para la que no está preparada (actuar ante la televisión) es atacar a todo el sistema educativo en su conjunto e ignorar las ventajas de la educación obligatoria (una de las cuales es sacar a ls niñs del asfixiante ambiente parental, lo que se llama “socialización”).
El arte de injuriar es un acto de discurso que supone una supuesa superioridad (de saber o moral) de quien injuria al otro, que no puede defenderse. No importa la verdad del enunciado (ciertamente, hay normas ortográficas y reglas matemáticas) sino la violencia de la descalificación.
Además, es dificíl sostener siquiera una parodia de educación universal e igualitaria cuando los contextos en los cuales el aprendizaje se desarrolla son tan desparejos.
Recién ahora, después de tres meses de clases suspendidas, se están distribuyendo (y está bien que así sea) herramientas tecnológicas para que estudiantes de los niveles inicial y secundario puedan acceder a ciertos contenidos.
Hasta donde sé, los sindicatos docentes protestaron con vehemencia y con razón ante la conversión inmediata de la educación presencial en educación remota. Siguiendo a Brecht, la frase “Quedate en casa”, a ls docentes nos pide mucho más que a otros sectores de trabajadores.
Examino el nivel que más conozco: universitario de grado y de posgrado. El miércoles previo a la semana santa se nos informó que debíamos comenzar las clases virtuales el lunes siguiente. Dedicamos ese fin de semana largo a reformular la secuencia pedagógica de textos que pensábamos dar a leer y a organizar algo parecido a una lógica de aprendizaje remoto.
De inmediato nos enfrentamos con varios escollos. La bibliografía digitalizada (que tanto escándalo ha suscitado últimamente entre personas incapaces de pensar la lectura más allá de la propiedad privada) debía alojarse en servidores que, muchas veces, no admitían el tamaño de los archivos. Tuvimos que duplicar las plataformas, con el consiguiente desgaste que eso significa para estudiantes y docentes. En segundo término, las reuniones sincrónicas no podían programarse porque los programas al uso (el detestable zoom, por ejemplo) no aceptan más que un número limitado de participantes, inferior a nuestros inscriptos. Finalmente conseguimos cuentas prestadas para poder armar reuniones de ese tipo en otras plataformas (google meet).
Mientras tanto, los aprendizajes funcionaron (y seguirán funcionando) de manera asincrónica y a fuerza de esperanzas. ¿Qué se entiende de lo que mando escrito? ¿Qué se ha leído previo a la clase? Imposible saberlo. ¿Cómo evaluar la marcha de los aprendizajes? Esos actos de discurso se vuelven, ellos también, huecos y vacíos. Sólo se sostienen en una función, la función de contacto: ¿están ahí? ¿nos oyen? Gracias por acompañarnos.
Luego, un dato no menor: la presunción de que cualquier docente de universidad (un cargo con dedicación exclusiva y toda la antigüedad posible equivale a una jubilación de un administrativo medio y esos cargos son poquísimos) cuenta con acceso a internet de alta velocidad y ambientes adecuados al streaming en su casa es completamente falsa pero, sobre todo, injusta. El “quedate en casa” del docente es mucho más costoso que el de cualquier otro trabajador del Estado.
La mutación educativa compulsiva y generalizada parece reposar en el presupuesto de que promover un proceso complejo de aprendizaje (ligado con la lengua y la literatura, o la matemática y los estudios sociales) equivale a la mera distribución de contenidos.
Pero si quisiéramos insistir (como lo hacemos) en la necesidad de examinar críticamente los materiales que constituyen nuestro objeto (letras, sonidos, colores, paisajes, números o normas), lo cierto es que es muy poco lo que podemos podemos hacer remotamente.
Somos docentes porque no somos gestores culturales, ni apéndices inertes de las multinacionales de la edición ni promotores de figuras autorales ni propaladores de pnts.
En un texto sobre estos asuntos publicado muy tempranamente (el 12 de marzo), la Prof. Anna Kornbluth señaló el riesgo fundamental del desafío al que nos mandan responder: “las doctrinas de shock hacen de la emergencia una nueva normalidad: convierten los esfuerzos temporales en expectativas permanentes”.
Seguimos adelante porque amamos la clase. Pero la queremos viva, la necesitamos presente. Desde Valencia y Roma nos llegan las mismas señales de alarma que desde Estados Unidos. Las instituciones universitarias (verdaderas corporaciones) también se han visto beneficiadas con el “Quedate en casa” porque pueden multiplicar la matrícula para sus cursos de grado y de posgrado sin que eso implique mayores inversiones en infraestructura educativa o en salarios.
La “nueva normalidad” pedagógica tendrá, también ella, sus beneficiarios y sus excluidos. Ls docents hemos aceptado el pacto imaginario con la orden “Quedate en casa” pero, a diferencia de lo que sucede con los bancarios, los judiciales o los monotributistas, no hemos recibido ninguna compensación por el enorme esfuerzo que eso implica y ningún tipo de respaldo institucional (en Valencia, en Roma o en Buenos Aires) para realizar esa tarea para la que no estamos preparados como no lo están las maestras que en la tele se ofrecen como chivos expiatorios de la cuarentena educativa.
Mientras tanto, el tiempo corre, vuelve sobre sus pasos, se detiene hasta inmovilizarse. Nos resulta imposible concentrarnos en un objetivo y descubrimos que no sabemos en qué día estamos. Fijamos una clase virtual para un lunes que es feriado. Cuando nos damos cuenta del error, ls alumns dicen que no importa, porque todos los días son más o menos iguales.
Hace unas semanas (¿o meses?), a uno de los docentes con los que trabajo se le cortó la luz y por lo tanto internet durante una clase de consulta. En mi casa también se corta el servicio y tengo que tener preparado el teléfono para seguir con los datos cuando el wifi se me escapa como arena mojada entre los dedos (cuando los datos se me acaban, tengo que renovarlos pagando de mi propio bolsillo).
Por supuesto, las clases virtuales son un desperdicio de tiempo perdido en verificar el contacto: ¿se me ve? ¿se me oye? Se te escucha entrecortado. Apaguen la cámara. Tenés el audio prendido.
Luego, ls alumns preguntan cualquier cosa (porque son muy jóvenes). El otro día me preguntaron qué era un “gag”. Dije que eso no iba a contestarlo. Al final contesté, porque ells no tienen la culpa de haber llegado a un mundo sin memoria del cine mudo o del Correcaminos.
Todo es un gag, con la diferencia de que entre nosotros aparece saturado de palabras. Es como la carrera de Aquiles y la tortuga, acompañada del griterío de un relator deportivo ahíto de cocaína.
Hablar ante una cámara (no digo “dar clases” porque no tiene nada que ver con eso) es hablar en la televisión: ¿no lo tienen en cuenta quienes se burlan de las maestras que cometen errores en vivo? Los silencios se vuelven insoportables, parece que uno calla porque no sabe qué decir y los gestos en primerísimo primer plano carecen todo valor: son como automatismos corporales. No dan ni para gag.
Cuando veo las charlas que dan mis colegas (para acompañarles en esa pesadilla) a veces me pierdo en detalles insignificantes (uno de ellos, que estaba hablando de Artaud y el ano, comenzó a rascarse el ojo con violencia; no estoy seguro, pero creo que eso duró diez minutos o doscientos).
Ya nos han dicho que el segundo semestre funcionará del mismo modo, remotamente: daremos seminarios en modalidad virtual. Nadie que no lo haya hecho sabe el trabajo que da preparar una clase virtual y contestar preguntas a través de foros, que están sólo a un paso de la ignominia de las redes sociales. Yo di dos o tres seminarios en modalidad remota para una alta escuela de estudios mexicana. Me pagaban bastante bien, pero se me iba la vida. Ahora, acá, no nos pagan más e incluso acabamos de recibir el baldazo de agua fría de que recibiremos el aguinaldo en cuotas.
Casi todo lo que había previsto Giorgio Agamben al comienzo de la pandemia fue verificándose punto por punto, sobre todo sus puntualizaciones sobre la muerte del estudiantado universitario, el final de una forma de construcción de saber compartido. Pero ni él ni Bifo, los dos autores cuyas consideraciones intempestivas fuimos siguiendo al mismo tiempo con alarma y entusiasmo previeron el cansancio y, todavía más, el agotamiento y la desesperanza. Incluso hasta hace algunas semanas podíamos sostener alguna esperanza, pero ahora ya sabemos que, si la hubiera, no la hay para nosotros.
Agotados, desecados, extenuados, ahora querríamos ya no movernos nunca más, ya no tener que escribir un solo informe, ya no rendir más cuentas de lo hecho ni proyectar lo que haremos. No hay espacio para hacer algo porque el espacio, junto con el tiempo, se ha reducido hasta su mínima expresión y las órdenes son cada vez más difíciles de cumplir.
Incluso las imágenes se agotan: ya no soportamos vernos a nosotros mismos, simulacros de vivientes, muertos-vivos conectados a máquinas, gesticulando en primerísimo primer plano y preguntando: ¿se oye, se ve? Y ya no: ¿se entiende?
Aceptamos el rol que nos cabe en la situación de pandemia y cuarentena con el gesto de quien quiere sostener un pacto de aprendizaje a toda costa, porque hablar es hacer gestos, más allá del valor de verdad de lo que uno dice. La política es la esfera de la gestualidad absoluta e integral de los hombres (Agamben).
Y aceptamos el rol que nos cabe por solidaridad con los grupos de alto riesgo, por solidaridad con los trabajadores de la salud y de la seguridad. De ningún modo en solidaridad con el fascismo tele-sanitarista, que hace negocios pingües con el dolor de los demás y mucho menos con el soberano que sólo quiere subrayar su capacidad para dar órdenes (aquí, en Valencia, en Roma y en Nueva York).
Un pensador chileno, Rodrigo Karmy, se hizo eco de nuestras preocupaciones en los siguientes términos: “El Globo no es Mundo: asistimos a una desmundanización del mundo y a una globalización planetaria. Si en el mundo advienen otros, hay superficie rugosa y la luminosidad es siempre opaca, en el globo no hay más otros, toda superficie es lisa y la luminosidad redunda siempre transparente. La aceleración del proyecto metafísico de la cibernética intenta imponer al globo sobre el mundo, situando la cuestión más grave y decisiva de todas: la destrucción de la posibilidad de habitar de una vida singular o, si se quiere, de la vida ética”.
Por eso, para nosotros, no se trata de la libertad, sino de encontrar una salida. Una salida ética que no implique un acto violento de discurso, represivo o discriminador. Una salida que se sostenga en un acto de discurso sin víctimas y sin verdugos, que realmente beneficie a quienes hagan el gesto de adecuar su práctica a ese acto de discurso.


1Representación de frases en una nueva enciclopedia”, incluido en Brecht on Theatre: The Development of An Aesthetic, edición de John Willet, Londres, Hill and Wang, 1964, p. 106

Bizancio en marcha

Por Daniel Link para Perfil

A diferencia de muchos colegas que tildan siempre el “NS / NC” para eludir un compromiso profundo con el presente, yo abrazo todas las causas, especialmente las más excéntricas, y no me importa mucho si quienes convocan a marchar entienden de qué están hablando porque el movimiento, en última instancia, se demuestra andando. Tomemos las calles todos los sábados contra el comunismo (ese experimento caduco de superación del capitalismo que ls estudiants estudian en las clases de historia). A lo mejor el marchar nos permite pensar algo sobre lo común que no sea la mera repetición de recetas. Rasgémonos las vestiduras en favor de la propiedad privada (inclusive la propiedad de lo viviente: “con mis hijos no te metas”).
Sugiero aquí otras convocatorias igualmente urgentes, para movilizar a lo más granado de Chetoslovaquia: “No al sistema métrico decimal” (sabemos desde 1890 gracias al nordestino Padre Ibiapina que es obra del Anticristo). “Basta de libertad de vientres” (poner en una misma oración “libertad” y “vientre” es una apelación al relajo sanitario y sexual, me imagino odaliscas perturbadas corrompiendo a la Infancia). “Prohibamos la veneración de imágenes religiosas (¡Aguante Bizancio!)”, la urgentísima “Estamos contra todas las leyes, empezando por la ley de gravedad”, convocada por el mismo colectivo de “¡Copérnico miente! ¡Viva el geocentrismo!” y, sobre todo: “Basta de discriminación: todos somos chetos”. Hay libros, pero ya los haremos quemar: sus complejidades distraen. 


sábado, 20 de junio de 2020

El punto inmóvil

Por Daniel Link para Perfil

El tiempo corre, vuelve sobre sus pasos, se detiene hasta inmovilizarse. Nos resulta imposible concentrarnos en un objetivo y descubrimos que no sabemos en qué día estamos. Fijamos una clase virtual para un lunes que es feriado. Cuando nos damos cuenta del error, ls alumns dicen que no importa, todos los días son más o menos iguales.
Hace unas semanas (¿o meses?), a uno de los docentes con los que trabajo se le cortó la luz y por lo tanto internet durante una clase de consulta. En mi casa también se corta el servicio y tengo que tener preparado el teléfono para seguir con los datos cuando el wifi se me escapa como arena mojada entre los dedos.
Por supuesto, las clases virtuales son un desperdicio de tiempo perdido en verificar el contacto: ¿se me ve? ¿se me oye? Se te escucha entrecortado. Apaguen la cámara. Tenés el audio prendido.
Hablamos y hablamos y hablamos y no sabemos a quién, ni para qué. Ls alumns tienen la gentileza de acercar las preguntas previsamente como para que uno pueda organizar la clase, pero igual todo resulta muy artificial: los chistes no pasan, y uno tiene que multiplicar los cuidados para no ofender a nadie involuntariamente, porque la disimitría comunicacional mediada es demasiado grande.
Luego, ls alumns preguntan cualquier cosa (porque son muy jóvenes). El otro día me preguntaron qué era un “gag”. Dije que eso no iba a contestarlo. Al final contesté, porque ells no tienen la culpa de haber llegado a un mundo sin memoria del cine mudo o del Correcaminos.
Todo es un gag, con la diferencia de que entre nosotros aparece saturado de palabras. Es como la carrera de Aquiles y la tortuga, acompañada del griterío de un relator deportivo ahíto de cocaína.
Hablar ante una cámara (no digo “dar clases” porque no tiene nada que ver con eso) es como hablar en la televisión: los silencios se vuelven insoportables, parece que uno calla porque no sabe qué decir y los gestos en primerísimo primer plano carecen todo valor: son como automatismos corporales. No dan ni para gag.
Cuando veo las charlas que dan mis colegas (para acompañarles en esa pesadilla) a veces me pierdo en detalles insignificantes (uno de ellos, que estaba hablando de Artaud y el ano, comenzó a rascarse el ojo con violencia; no estoy seguro, pero creo que eso duró diez minutos o doscientos).
Ya nos han dicho que el segundo semestre funcionará del mismo modo, remotamente: daremos seminarios en modalidad virtual. Nadie que no lo haya hecho sabe el trabajo que da preparar una clase virtual y contestar preguntas a través de foros, que están sólo a un paso de la ignominia de las redes sociales. Yo di dos o tres seminarios en modalidad remota para una alta escuela de estudios mexicana. Me pagaban bastante bien, pero se me iba la vida. Ahora, acá, no nos pagan más e incluso acabamos de recibir el baldazo de agua fría de que recibiremos el aguinaldo en cuotas.
Casi todo lo que había previsto Giorgio Agamben al comienzo de la pandemia fue verificándose punto por punto, sobre todo sus puntualizaciones sobre la muerte del estudiantado universitario, el final de una forma de construcción de saber compartido. Pero ni él ni Bifo, los dos autores cuyas consideraciones intempestivas fuimos siguiendo al mismo tiempo con alarma y entusiasmo previeron el cansancio y, todavía más, el agotamiento y la desesperanza. Incluso hasta hace algunas semanas podíamos sostener alguna esperanza, pero ahora ya sabemos que no, que si la hubiera, no la hay para nosotros.
Hasta hace unas semanas incluso nos creíamos capaces de imaginar y proponer una salida. Firmábamos solicitadas.
Agotados, desecados, extenuados, ahora querríamos ya no movernos nunca más, ya no tener que escribir un solo informe, ya no rendir más cuentas de lo hecho ni proyectar lo que haremos. No hay espacio para hacer nada porque el espacio, junto con el tiempo, se ha reducido hasta su mínima expresión.
Incluso las imágenes se agotan: ya no soportamos vernos a nosotros mismos, simulacros de vivientes, muertos-vivos conectados a máquinas, gesticulando en primerísimo primer plano y preguntando: ¿se oye, se ve? Y ya no: ¿se entiende?


jueves, 18 de junio de 2020

sábado, 13 de junio de 2020

Nido de caranchos

Por Daniel Link para Perfil

Lo extraño tanto... Nos conocimos casualmente, mientras yo fumaba un cigarrillo en la vereda, después de almorzar al lado del local donde é trabajaba, en el barrio de Retiro. Simpatizamos de inmediato y forjamos un vínculo pletórico de sobreentendidos y de confianza mutua, de esos que son para toda la vida.
Al principio de nuestra relación, como suele suceder, él me preguntaba lo que quería. Yo titubeaba con pudor, pero terminaba abriéndome a él, que hacía todo lo posible por complacerme. Un día le dije, y la felicidad se le notó en la cara: “Haceme lo que quieras”. Lo hizo y me cambió la vida.
No podía estar más de dos semanas sin verlo, salvo cuando viajaba. Entonces, al volver, me interrogaba con celos: “¿Estuviste con otro?”. “¡Cómo se te ocurre!”. Y era verdad. Jamás se me pasó por la cabeza traicionarlo, sobre todo porque sabía que se daría cuenta. “Mirá que me voy a dar cuenta”.
Hablábamos de las cosas de las que habla todo el mundo: dónde se puede almorzar rico y barato, el barullo de la vida urbana, algunas películas, las cargas impositivas, ciertas figuras del periodismo, los rigores de la convivencia y los pocos placeres de la vida que podíamos permitirnos.
La última vez que nos vimos, antes de la cuarentena, se puso muy contento cuando le conté que estaba dejando de fumar, hábito mío que lo desconcertaba.
Después pasaron los días y los meses. No supe nada más de él, ni siquiera si estaba bien de salud (aunque su fortaleza física y su energía me sugerían que sí).
Traté de llamarlo por teléfono, sin suerte. Ya no sé qué hacer. Cada mañana, cuando me miro en el espejo, lo extraño porque sé que me vería mejor si pasara antes por el filtro de su mirada. Mucho peor la paso en las sesiones remotas a las que la pedagogía me obliga. Después de tres meses, lo necesito cada vez más. ¿Cuándo podré volver a ver a César, mi peluquero, para que ponga en orden los pájaros de mi cabeza?

sábado, 6 de junio de 2020

El camino de la costa

Por Daniel Link para Perfil

Me acuerdo como si fuera ayer. Yo había tomado un avión en Buenos Aires y me bajé en el recién habían inaugurado el Aeropuerto Internacional de Merlo (Valle del Conlara), un edificio típicamente aeroportuario, pero de un lujo que, en ese momento, el aeropuerto de Córdoba (Pajas Blancas) no tenía. Me esperaban en su auto mis amigas, que paraban en una cabaña en San Javier, apoyada en las primeras estribaciones del Champaquí, con unas vistas extraordinarias del valle de Traslasierras y al fondo los Andes. Esos atardeceres nos permitieron entender un poco más a Sarmiento .
Ya en el auto, me preguntaron risueñas: “¿Querés ir por el camino de la costa?”. Imaginé un arroyo con fondo de piedra y un camino que zigzagueaba a su lado. Me equivocaba: el “Camino de la costa” costea las Sierras y va de Merlo hacia el norte (o termina en Merlo, si uno viene de Córdoba). Pasando Yacanto, empalma con la ruta que va hasta Nono, y más allá.
Nos volvimos experts en ese camino que incluía una población que se llamaba “La población”, Loma Bola (donde íbamos a tomar el té con productos regionales) y Las Chacras, donde había un rarísimo Museo del Libro con incunables de todo el mundo no bien conservados.
En la misma ruta estaba La Paz, donde murió la semana pasada Mario Javier Cortés, cuando quiso cruzar el camino cortado con montañas de escombros, por la mezquindad del señor feudal puntano.
No recuerdo en La Paz aglomeraciones que ameritaran semejante disparate de aislamiento. Eso sí, Merlo tiene casinos (lo que explica el despropósito aeroportuario). Pero a los cordobeses de Traslasierras (que guardan una historia propia, como si no pertenecieran del todo a la autoridad de La Docta) no se les ocurrió resguardarse del contagio mediante un método bárbaro y ofensivo. Después de la desgracia, los vecinos de uno y otro lado fueron a derribar la barricada. “Apelamos al sentido común", dijeron. Qué ilusión.


sábado, 30 de mayo de 2020

Amigos son los amigos

Por Daniel Link para Perfil

En la República Imaginaria de Chetoslovaquia que habitamos seguimos con atención todo abuso de poder. Sobre todo si se trata de un poder heteropatriarcal que, como en Mendoza, establece normas arcaicas para determinar quién se reúne con quién, qué días y hasta qué horas sin que ninguna de esas limitaciones pueda inscribirse en alguna de las formas de democracia que conocemos. Nuestros amigos de allende las fronteras enfrentan idénticos abusos.
La República Imaginaria de Chetoslovaquia limita al noreste con el río Paraná, un arroyuelo cada vez más seco cuyo lecho barroso ha sido utilizado últimamente (con gran imprudencia) para la práctica de motocross.
En la provincia de Corrientes, del otro lado del río, nos dicen, su gobernador ha autorizado las salidas recreativas de las personas. Por un lado están autorizadas a caminar y trotar (pero no a correr), con reserva previa de turno y en días que se corresponden con las terminaciones de sus documentos de identidad. Aparentemente, las fuerzas del orden se instalarán con radares en la Costanera para monitorear la velocidad del paso.
Los fines de semana, además, el Sr. Gustavo Valdés autorizó las reuniones de hasta diez personas (las que se cuentan con los dedos de las manos) con la restricción de que los sábados esas reuniones se realizarán con “amigos” y los domingos con familiares. Se aclara que “la Policía podrá interrumpir los encuentros en los que no se respete el protocolo sanitario”.
Nuestros corresponsales están tratando de averigüar si los permisos son conmutables (domingos con amigos y sábados con la familia) y cuál serían las penas si esas conmutaciones sucedieran sin el aval del Estado. ¿Multas, cárcel, apedreamiento en la plaza pública?
Un pequeño detalle: ¿el colectivo “amigos” incluye a las mujeres (cis o trans) o no? Y si no se tiene familia o no se tienen ganas de malgastar un domingo en discusiones estériles, ¿pueden aplicarse esas horas sobrantes a la prolongación de la reunión del día previo?
Lo más importante: la autorización de reunión en grupos de 10 amigs, ¿implica la posibilidad de contacto sexual (que en la milicia se llamaba “franco sanitario”) o no? ¿El sexo grupal está incluido dentro del permiso de reunión? ¿Hasta cuántos participantes?
Los medios correntinos a los que hemos podido acceder nada dicen sobre estos delicados asuntos y tampoco han protestado por la intervención brutal del Estado en la organización del tiempo libre.
Los permisos de aquí y de allá vienen de una ideología viejísima. Recuerdan ese programa dominical de televisión, Los Campanelli, en el que la familia se reunía alrededor de la mesa para comer ravioles y el muchachito de la casa se sentaba tarde a la mesa porque la noche anterior había salido con sus amigotes. No sólo nos retrotraen en el tiempo, también nos puerilizan.

lunes, 25 de mayo de 2020

Fascismo telesanitarista



sábado, 23 de mayo de 2020

Un viuda difícil

Por Daniel Link para Perfil

Una noticia me recuerda mis aventuras teatrales en el colegio, mi actuación en Una viuda difícil (1957) de Conrado Nalé Roxlo, donde hice el papel de Mariano Pereyra y Obes, el reo sentenciado a la horca “para que sirva de ejemplo a jóvenes calaveras y gentes de poco seso”, a quien se le conmuta la pena “de horca por la de himeneo”.
El pregón busca una mujer dispuesta a “ser la ejecutora”. Por supuesto, la protagonista de la pieza, no se sabe bien por qué desilusiones o por qué calenturas, se ofrece para salvarme.
Nada de esto estaba en mi memoria, que fue desencadenado (proustianamente) por la noticia que leí en los diarios con incredulidad de que en una ciudad en el extremo oeste de Chetoslovaquia se autorizan las reuniones de hasta diez personas (no once, ni doce), familiares directos (no prims, no amigs, no novis, no madrinas supongo) sólo durante los fines de semana (no los jueves, que da partuza clavado) y sólo hasta las 23 horas.
Las frases que se dispararon en mi recuerdo fueron: “¡Las once ya! Vámonos, ¡con lo oscuras que están estas calles!”.
Vuelto al texto y leo que quienes dicen eso, cuando escuchan al sereno dar la hora, son Misia Jovita y Misia Mariquita, que han estado visitando a la “viuda difícil” recién casada con el reo, por cuya suerte temen.
Ya solos Isabel y Mariano, éste toma un cuchillo y atraviesa la escena en puntas de pie. Cuando Isabel lo ve, cae de rodillas y suplica: “¡No me mate! ¡No me mate!”.
Vuelvo al asunto que desencadenó mi recuerdo de una pieza (cito a Wikipedia) sobre “un pedazo del Buenos Aires virreinal” que jugó algún papel en mi vida. El suplemento Las 12 reaccionó de inmediato ante la noticia y dijo: “No es un criterio sanitario, es moral. Ningún virus va a quitarnos los sentidos feministas que construimos juntes. Al pacto moral heterosexual no volvemos más, familia es la que inventamos.”
Yo suscribo ese comentario, desde mi recuerdo. Las que se van a las 11 son unas Misias virreynales y la “viuda difícil” se queda con quien ha inventado una extraña alianza. La moral chetoslovaca ha retrocedido hasta la mentalidad de las Misias lloriconas, ha cancelado la posibilidad del gesto de la “viuda difícil” (no sea cosa que alguien meta un reo en su casa) y ha transfigurado incluso el deseo de Mariano, quien todavía con el cuchillo en la mano, le había contestado a Isabel: “Quería un poco más de torta”. Qué vida difícil la nuestra.


miércoles, 20 de mayo de 2020

¿Por qué no?


martes, 19 de mayo de 2020

La crueldad


¡Gracias Diego Ripoll por la extraordinaria lectura!
 

sábado, 16 de mayo de 2020

Ingreso universal

Por Daniel Link para Perfil

Hace tres semanas (o años) publiqué aquí la columna “La encerrona”. La columna encontró eco en el Manifiesto “Hacia un Gran Pacto Ecosocial y Económico” que cuenta ya con cientos de adhesiones (y luego en una reciente declaración de la CEPAL).
Los puntos principales de ese documento se resumen en: “1. Ingreso Ciudadano Universal, 2. Reforma Tributaria Progresiva, 3. Suspensión del pago de la Deuda Externa, 4. Sistema Nacional Público de Cuidados, 5. Transición socio-ecológica radical”. Los títulos son tan claros y justos que no casi no hace falta explicar su dependencia respecto del Bien común.
Para evaluar la consecuencias despliego algunas implicancias del primer punto. ¿Se imaginan la seguridad que brindaría un Ingreso Ciudadano Universal? Las personas no deberían necesariamente abandonar su lugar de nacimiento, lo que permitiría una cierta mitigación del efecto devastador de las migraciones masivas hacia los grandes conglomerados. La planificación urbana, pero también la económica y la educativa podría entrar en una fase de superación de los actuales desequilibrios. Las políticas habitacionales descentralizadas liberarían territorios en las ciudades que podrían disponerse para chacras urbanas, para reservas naturales o las dos cosas.
Evitar el hacinamiento, mejorar los sistemas de transporte, distribuir de modo equilibrado las industrias (cada vez más automatizadas), los sistemas escolares y de salud para mejorar la calidad de vida: todo eso depende de un Ingreso Ciudadano Universal.

sábado, 9 de mayo de 2020

Hacia un Gran Pacto Ecosocial y Económico en Argentina




Vivimos una encrucijada civilizatoria cuyo alcance y consecuencias - todavía inciertas - envuelven las diferentes esferas del mundo de la vida.

La pandemia ha expuesto nuestra vulnerabilidad social y nuestra condición humana, a la par de desnudar y agudizar las desigualdades sociales y económicas haciéndolas más insoportables que nunca. Esto nos impulsa a mirar el estado, los mercados, la familia, la comunidad y la naturaleza desde otra perspectiva, mientras recuperamos aquellas alternativas que hace solo unos meses parecían inviables, para encontrar una salida diferente a esta crisis, a partir de una reconfiguración integral que sea social, sanitaria, económica y ecológica y que tribute a la vida y a los pueblos.

Así, adquiere cada vez más relevancia la capacidad del Estado para transformar la economía mediante un plan holístico que salve al planeta y, a la vez, persiga una sociedad más justa e igualitaria.

Pero no nos engañemos: el “retorno a la normalidad” o el “volver a crecer como antes” forman parte de las falsas soluciones que nos conducirán a más colapso ecosistémico, a más desigualdades, a más capitalismo. Lo peor que puede ocurrir es que el Estado y el Mercado disparen nuevamente contra la naturaleza y los seres humanos, profundizando la presente crisis global y local.

Con todo lo horroroso que ha traído la pandemia, es cierto también que estamos ante un portal: el debate y la instalación de una agenda de transición justa puede convertirse en una bandera para combatir el pensamiento neoliberal hoy replegado, neutralizar las visiones colapsistas y distópicas dominantes y vencer la persistente ceguera epistémica de tantos progresismos desarrollistas que privilegian la lógica del crecimiento económico mediante la explotación y mercantilización de los bienes naturales.

Desde nuestra perspectiva, cinco son los ejes fundamentales para construir este nuevo acuerdo a debatir:

  1. Ingreso Ciudadano Universal. La actual catástrofe pone en evidencia que todo ser humano debe tener garantizado un ingreso básico que abra la posibilidad de una vida digna. Quienes tiene acceso a este Ingreso universal, son todas aquellas personas que existen y revisten la condición de ciudadano/a. Este ingreso esta desvinculado del empleo asalariado, no exige contraprestación alguna, no refuerza la trampa de la pobreza ni el clientelismo. Lejos de ser algo irrealizable, el Ingreso Universal hoy está en el centro de debate de la agenda global.

  1. Reforma Tributaria Progresiva. Es imprescindible una Reforma Tributaria Progresiva que reconfigure la base del actual sistema fiscal en un sentido equitativo y que incluya el impuesto a la herencia, a las grandes fortunas, además de nuevos impuestos verdes a las actividades contaminantes. Nuestro país cuenta con un sistema fiscal regresivo basado en los impuestos al consumo y el impuesto a las ganancias, que golpean especialmente a los sectores medios y bajos. Por el contrario, los grandes patrimonios, las herencias, los daños y pasivos ambientales, las rentas financieras, son todas fuentes tributarias que tienen nula o muy baja presencia en el sistema impositivo del país.

  1. Suspensión del pago de la Deuda Externa. En estos momentos extraordinarios es cuando se justifican la suspensión de las grandes deudas de los Estados. Ningún país puede pagar colosales montos de divisas sin antes garantizar a sus habitantes una vida digna, mucho menos en un contexto de inédita recesión económica global y nacional. La necesidad de rehacer el orden económico mundial, que impulse no solo un jubileo de la deuda sino también una investigación pública acerca de las condiciones en que fue contraída, hoy aparece como necesario.

  1. Sistema Nacional Público de Cuidados. La pandemia debe abrir paso a la construcción de sociedades ligadas al paradigma del cuidado, por la vía de la implementación y el reconocimiento de la solidaridad y la interdependencia también en las políticas públicas, mediante un redireccionamiento de las inversiones del Estado. Así, es necesaria la implantación de un Sistema Nacional Público de Cuidados destinado a atender las necesidades de personas mayores en situación de dependencia, niños y niñas, personas con discapacidad severa y demás individuos que no puedan atender sus necesidades básicas, abandonando de una buena vez la perversa lógica mercantilista, clasista y concentradora de ganancias en los monopolios de las empresas de salud. En paralelo, este nuevo paradigma del cuidado humano debe incluir también el cuidado de la Madre Tierra, colocando en la agenda pública la inextricable relación que existe entre cuidado, salud y ambiente, de cara al colapso climático. Nos aguardan no solo otras pandemias, sino la multiplicación de enfermedades ligadas a la degradación ecológica y a la agravación de la crisis climática. 

  1. Transición socio-ecológica radical. Es tiempo de que Argentina comience una transición socioecológica radical entendida como una salida ordenada y progresiva del modelo productivo fosilista y extractivista, cuyo horizonte societal sea nuestra transformación en un país con matriz energética limpia, renovable y también democrática, en razón de que el acceso a la energía es un derecho humano. Así, la justicia ambiental es complemento de la justicia social y viceversa.

Esta transición debe potenciar también la Agroecología, primero, para transformar el sistema agroalimentario argentino y recuperar nuestra soberanía con sistemas de producción y distribución dirigidos al desarrollo de mercados locales agroecológicos y solidarios de pequeños productores, enfocados en fomentar una cultura asociativa y comunitaria y una responsabilidad ciudadana en el consumo. Segundo, puesto que el Antropoceno refleja, cuando se mira hacia el espejo, un Urbanoceno, y puesto que la gran mayoría de la población nacional vive en ciudades planificadas, crece la necesidad de un cambio radical acerca de la forma en que vivimos en las metrópolis. Debemos ruralizar la urbanidad en las grandes ciudades donde la relación con la Naturaleza es prácticamente nula, como una forma de reparar la separación que tienen los habitantes urbanos respecto de la naturaleza.

Finalmente, la otra forma de reparar esta separación consiste en otorgar reconocimiento legal a los Derechos de la Naturaleza, es decir, los seres humanos debemos admitir a la Naturaleza como sujeto de derechos y no como un mero objeto, conviviendo en armonía y respetando sus ritmos y capacidades.

La apuesta es, entonces, construir una verdadera agenda nacional – ejemplificadora a nivel global - con una batería de acciones orientadas hacia una transición justa, que cuente con la participación y la imaginación popular; que logre una interseccionalidad entre las nuevas y viejas luchas, sociales e interculturales, feministas y ecologistas; impulsando un nuevo diálogo Norte-Sur, Centro/Periferia en el marco de un política cosmopolita en clave de autodeterminación, solidaridad y emancipación.  



Primeras Firmas

Maristella Svampa (socióloga y escritora)
Beatriz Sarlo (ensayista y escritora)
Enrique Viale (Abogado Ambientalista)
Patricia Zangaro (Dramaturga)
Leonor Manso (actriz)
Maria Sonia Cristoff (escritora)
Soledad Barruti (Periodista y escritora)
Rafael Colombo (abogado)
Gabriela Massuh (escritora)

Daniel Link (catedrático y escritor)
Rafael Spregelburd (dramaturgo)
Gabriela Cabezón Cámara (escritora)
Mirta Busnelli (actriz)
Pablo Bertinat (Ingeniero, docente UTN)
Roberto Gargarella (Constitucionalista y sociólogo)
Cristina Banegas (actriz)
Marta Maffei (docente jubilada y dirigente sindical)
Rubén Szuchmacher (artista de teatro)
Ricardo Bartís (artista de teatro)
Pablo Alabarces (sociólogo y escritor)
Luis Wall (científico)
Patrícia Pintos (geógrafa)
Ezequiel Adamovsky (Historiador)
Horacio Tarcus (historiador)
Pablo Stefanoni (periodista/historiador)
Daniel Muchnik (periodista y escritor)
Graciela Jacob (Científica y socióloga)
Martín Bergel (historiador)
Silvina Ramírez (Abogada indigenista y docente)
Alejo García Pintos, (Actor)
Alejandro Vannelli (Representante artístico)
Ernesto Larrese (actor)
Cristian Pauls (cineasta)
Jonatan Baldiviezo (abogado, presidente observatorio derecho a la ciudad)
Marcelo Cohen (Escritor y traductor)
Graciela Speranza (Escritora y ensayista)
María Eva Koutsovitis (ingeniera, UBA)
Carlos A. Blanco (arquitecto)







Distancia mínima


Acceso directo a la muestra: https://app.emaze.com/@AOZTICZLR/orgullo-en-marcha

La clase muerta

Por Daniel Link para Perfil

Entre los muchos daños que la pandemia ha producido entre nosotros, uno de los más graves afecta al pacto educativo, completamente distorsionado y librado a la buena voluntad de sus actores.
Es dificíl sostener siquiera una parodia de educación universal e igualitaria cuando los contextos en los cuales el aprendizaje se desarrolla son tan desparejos.
Recién ahora, después de más de un mes de clases suspendidas, se están distribuyendo (y está bien que así sea) herramientas tecnológicas para que estudiantes de los niveles inicial y secundario puedan acceder a ciertos contenidos.
Hasta donde sé, los sindicatos docentes protestaron con vehemencia y con razón ante la conversión inmediata de la educación presencial en educación remota.
Examino el nivel que más conozco: universitario de grado y de posgrado. El miércoles previo a la semana santa se nos informó que debíamos comenzar las clases virtuales el lunes siguiente. Dedicamos ese fin de semana largo a reformular la secuencia pedagógica de textos que pensábamos dar a leer y a organizar algo parecido a una lógica de aprendizaje remoto.
De inmediato nos enfrentamos con varios escollos. La bibliografía digitalizada (que tanto escándalo ha suscitado últimamente entre personas incapaces de pensar la lectura más allá de la propiedad privada) debía alojarse en servidores que, muchas veces, no admitían el tamaño de los archivos. Tuvimos que duplicar las plataformas, con el consiguiente desgaste que eso significa para estudiantes y docentes. En segundo término, las reuniones sincrónicas no podían programarse porque los programas al uso (zoom, por ejemplo) no aceptan más que un número limitado de participantes, inferior a nuestros inscriptos. Finalmente conseguimos cuentas prestadas para poder armar reuniones de ese tipo en otras plataformas.
Mientras tanto, los aprendizajes funcionaron (y seguirán funcionando) de manera asincrónica y a fuerza de esperanzas. ¿Qué se entiende de lo que mando escrito? ¿Qué se ha leído previo a la clase? Imposible saberlo.
Luego, un dato no menor: la presunción de que cualquier docente de universidad (un cargo con dedicación exclusiva y toda la antigüedad posible equivale a una jubilación de un administrativo medio y esos cargos son poquísimos) contamos con acceso a internet de alta velocidad y ambientes adecuados al streaming en nuestras casas es completamente falsa pero, sobre todo, injusta.
La mutación educativa compulsiva y generalizada parece reposar en el presupuesto de que promover un proceso complejo de aprendizaje (ligado con la lengua y la literatura, o la matemática y los estudios sociales) equivale a la mera distribución de contenidos. Pero si quisiéramos insistir (como lo hacemos) en la necesidad de examinar críticamente los materiales que constituyen nuestro objeto (letras, sonidos, colores, paisajes, números o normas), lo cierto es que es muy poco lo que podemos podemos hacer remotamente.
Somos docentes porque no somos gestores culturales, ni apéndices inertes de las multinacionales de la edición ni promotores de figuras autorales.
En un texto sobre estos asuntos publicado muy tempranamente (el 12 de marzo), la Prof. Anna Kornbluth señaló el riesgo fundamental del desafío al que nos mandan responder: “las doctrinas de shock hacen de la emergencia una nueva normalidad: convierten los esfuerzos temporales en expectativas permanentes”.
Nadie en su sano juicio puede negar las ventajas que la educación a distancia puede tener (yo he dictado cursos de posgrado para alumnos mexicanos desde la comodidad de mi escritorio en ese formato) pero en modo alguno se puede aceptar esa conversión masiva sin una discusión profunda sobre el alcance de la mutación a la que nos enfrentamos sólo porque no nos queda más remedio y transitoriamente.
¿En nombre de qué resignar la posibilidad de construir espacios comunes de lectura, y en nombre de qué aceptar la supresión de la dimensión dialógica de los procesos de aprendizaje (quien sostenga que puede haber diálogo mediado por un dispositivo tecnológico o está loco o tiene mala fe)?
Seguimos adelante porque amamos la clase. Pero la queremos viva.

viernes, 8 de mayo de 2020

Hollywood: realidad paralela

por Daniel Link para Soy

La nueva producción Ryan Murphy, el creador de Glee y American Horror Story, imagina un Hollywood paralelo, en donde el amor y la voluntad de gays y lesbianas es capaz de superar obstáculos y eludir la censura, aun en los tiempos del Código Hays.

Cadáver exquisito Hollywood probablemente haya muerto definitivamente. Ya en los últimos años, el sistema de producción y distribución se había transformado tan radicalmente que los grandes dinosaurios de la industria sólo atinaban a protestar por la supremacía de las plataformas de streaming en la ceremonia de los Oscar, donde había, por otro lado, cada vez menos “estrellas”. El tiro de gracia probablemente haya sido la pandemia de COVID-19, que parece haber obturado la idea misma de “ir al cine”, esos palacios plebeyos de antaño, luego convertidos en livings comunitarios en los que, como todo el mundo sabe, la tos misma se contagia de unx a todxs. ¿Quién sería capaz de someterse a semejante estrés para ver una película mediocre? Habrá quienes vivirán esa muerte glamorosa como pena. Pero habrá quienes la aprovecharán para inventar un arte nuevo, si es que todavía tiene sentido la invención de un arte separado de los otros, animado por la jactancia de ser verdaderamente representativo de la época que nos toca vivir. Pero, en definitiva, el gran arte se reconoce siempre en los anuncios de su muerte, de modo que a lo mejor el cine muestra su agonía para mejor sostenerse en ese abismo incómodo del muerto-vivo.
En todo caso, parece ser la hora de los bellos discursos: Érase una vez en Hollywood (2019) de Tarantino, que repite el título en castellano de That's Entertainment! (la recopilación de archivo de la Metro de 1974 que es casi como una confesión de partes: festejemos nuestros cincuenta años no con algo nuevo, sino con pedacitos de lo viejo), y Hollywood, producida y guionada por Ryan Murphy y recién distribuida a través de Netflix permiten pensar en la enfermedad de esa fábrica de ilusiones que fue Hollywood, sobre todo en su época dorada.

Universo alternativo. Hollywood cuenta una historia en siete capítulos y se deja ver con ligereza y alegría. No es una gran serie (muy lejos de las temporadas buenas de American Horror Story y, sobre todo, de Feud, 2017, sobre la rivalidad de Bette Davis y Joan Crawford) pero al menos no es estridente y, sobre todo, sostiene su amabilidad hasta el último plano. La historia comienza en la inmediata posguerra y focaliza su atención en un hipotético estudio Ace que funciona de acuerdo con la lógica de los grandes estudios. La mayoría de los personajes son ficcionales pero hay algunos inspirados en caracteres frecuentes en los libros de historia del cine: Rock Hudson, Henry Wilson (desempeñado por Jim Parsons, oh sí, Sheldon Cooper) sobre todo. Wilson fue agente de Rock Hudson (nombre por él inventado) y fue quien le propuso en 1955 que se casara con Phyllis Gates para ocultar su estridentísima homosexualidad. El matrimonio por conveniencia duró hasta 1958.
El otro personaje “real” que conviene mencionar es Hattie McDaniel, que ganó en 1940 el Oscar a la mejor actriz de reparto por su personaje Mammy en Lo que el viento se llevó. Fue la primera afrodescendiente en obtener la estatuilla, pero por política racial no pudo entrar al teatro donde se hacía la ceremonia hasta que el sobre fue abierto. Ése es el Hollywood que Ian Brennan y Murphy eligen ficcionalizar y dar vuelta como un guante: una fábrica hipócrita de ilusiones perdidas, fundada en el racismo extremo, la homofobia, la transfobia y la misoginia que en la serie se resuelve en la asunción orgullosa y desafiante de la propia identidad y la propia fuerza.
Hollywood pudo ser de esa otra manera, nos dicen los guionistas: un lugar donde las parejas homosexuales y/o interraciales pueden ir de la mano a las ceremonias de premiación, un lugar donde las mujeres no son relegadas al papel de sirvientas o secretarias resentidas, un lugar donde el color de la piel o la identidad de género no necesariamente determina el tono de la historia a ser contada. Un lugar donde la autenticidad y la verdad se dan la mano con la justicia y el amor universal.
Ahora bien, si el Hollywood de los años cuarenta hubiera mutado en esa dirección lo que habría que preguntarse es cuáles habrían de ser (más allá de la mera voluntad de los protagonistas) las condiciones necesarias para esa mutación y, sobre todo, cuál habrían de ser sus consecuencias.
Sobre lo segundo, hay una respuesta clara: el extraordinario libro de Kenneth Anger Hollywood Babilonia no habría podido ser escrito. Tal vez su primer tomo, pero en modo alguno el segundo. Hollywood Babilonia (1959) muestra impiadosamente la hipocresía de una comunidad que exaltaba los valores tradicionales de la familia, la propiedad privada y la obediencia a las normas, a través de un sistema de individualidades (el famoso star system) entregadas a todos los excesos y todas las “desviaciones”, incluidos, claro está, los delitos (lavado de dinero, violación, asesinatos, etc.).

El triunfo de la voluntad. En cuanto a lo primero (las condiciones para una mutación semejante), Hollywood parece insinuar que con un poco de coraje y un poco de determinación alcanza. Con una mujer como la esposa del dueño del estudio (desempeñada extraordinariamente por Patty LuPone), un director semifilipino, un guionista y una actriz afrodescendientes y un par de homosexuales dispuestos a mostrarse al mundo tal cual son se resuelve todo prejuicio porque no hay, en la perspectiva de Murphy, condiciones estructurales que justifiquen el mal social: la discriminación, el aplastamiento de las aspiraciones, la subalternización y las fantasías de exterminio.
En situaciones normales habría que pedirle cuentas a Ryan Murphy por haber propuesto un cuento de hadas autocomplaciente que parece querer justificar la estructura de la siniestra imaginación hollywoodense (es decir, de la cultura de masas) a partir del triunfo de unas voluntades que encuentran la forma de hacer dinero incluso a partir de la insurrección callada de unos pocos. Como estamos en situación de pandemia, le agradecemos esta fábula inconsecuente y ligera, que nos lleva a un sueño algodonoso de la mano de Rock Hudson y su novio negro. Mañana, sin embargo, habrá que volver a pelear las mismas batallas para salir de una estructura de opresión e hipocresía.

sábado, 2 de mayo de 2020

La crueldad

por Daniel Link para Perfil

Hace dos meses que no veo a mi nieta Juana. Me mandan fotos, me mandan videos. El otro día, mi yerno entró a una clase remota mía con ella. Me cuentan que preguntó: “¿De qué habla el abuelo Daniel?”.
Hablaba, sin nombrarla, de ella. De la extrañeza de estos tiempos violentos e injustos y de nuestra imposibilidad para encontrar una salida. Y de la necesidad de encontrar una salida para no volvernos locos o no matarnos.
Mi vida no ha cambiado demasiado desde que empezó la encerrona, pero ¿no poder verla a ella, no poder ver a mis hijos? ¿En nombre de qué? ¿En qué apuntalar una esperanza sino en estar con ellos y para ellos?
Yo había dejado de fumar, antes de la encerrona. Un cigarrillo por día. Después me fui al carajo. ¿Para qué, si no puedo ver a mis hijos y a mi nieta?
¿Para qué, si ella ya empezó a simular que lee y pronto lo hará de verdad y yo no he podido participar de ese proceso?
Tengo salvoconductos para circular por la calle. ¿Para qué, si no voy a poder ir a verla porque los porteros de su edificio van a denunciarme? ¿Para qué, si no me van a dejar que la acompañe a dar una vuelta manzana?
Alguien, en la clase que ella oía sin entender bien, me preguntó a qué me refería con “imagen”. Me refería a una imagen mental, a una imagen intelectual, que puede o no tener realización verbal o visual. Cité Lo imaginario de Sartre, donde al mismo tiempo que se define la conciencia imaginante se describe la pobreza esencial del registro (“unas cualidades que se lanzan hacia la existencia y que se detienen a mitad de camino”).
La existencia de mi nieta es la única garantía de la mía. Condenarme a sólo poder acceder a ella a través de imágenes paupérrimas es de una crueldad a la que yo nunca estuve sometido, nunca. Es como si Juana fuera sólo un recuerdo, un personaje del pasado, como si su cuerpo no tuviera nada que ver con el mío, como si yo fuera solamente “a mitad de camino”.