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sábado, 25 de julio de 2026

Estilos argentinos

por Daniel Link para Perfil

Llamo “ambiente estilístico” a algo intuitivamente compacto pero muy difícil de describir. No es un “campo” ni un “espacio mundial”. Se parece más a la “atmósfera ideológica”, pero es un poco más material. Eso que él llama “contexto verbal” es, en verdad, una formación discursiva o episteme que funciona no como mediación sino como un instituyente estilístico (sus constituyentes son, por supuesto, estilemas).

Para decirlo con palabras de Georg Simmel: “El estilo es el intento estético de solucionar el gran problema de la vida; cómo una obra única o un comportamiento único, que constituye una totalidad, cerrada en sí misma, puede pertenecer al mismo tiempo a una totalidad superior, a un contexto unificador más amplio”.

Durante los últimos quince años, Sianne Ngai ha creado una taxonomía de las características estéticas del capitalismo contemporáneo: las emociones que provoca, los juicios que suscita y las tecnologías con las que se imbrican en la formación de una ética y una estética de la existencia. Por supuesto, en sus libros el estilo se ha convertido en una mercancía, profundamente imbricada con juicios estéticos cada vez más contaminados por “afectos menores”. Cita a Susan Sontag, tanto por su ensayo (bastante confuso, a mi juicio) “Sobre el estilo” como por sus “Notas sobre lo camp”. Lo camp es un ambiente estilístico, como lo son lo kitsch y lo queer. Lo “cute”, siguiendo a Sianne Ngai, es también un ambiente, que se entremezcla con lo extravagante y lo interesante. Ese repertorio de estilos y maneras pareciera haber estado ya completamente disponible en tiempos de Darío, que no por nada.

En América hay dos ambientes estilísticos definidos y bien delimitados: el barroco, tal y como lo define Lezama Lima (“formas de vida y de curiosidad, ... un vivir completo”) y, por supuesto, el modernismo hispanoamericano, del cual podría decirse lo mismo. Pero hay, además, otro ambiente más difícil de definir, porque constituye nuestro presente, el pop latino.

¿Son los estilos apropiables? ¿Hay acaso unas propiedades del texto que se puedan reconocer como marcas de estilo? ¿O navegan, más bien, los textos, las imágenes y los sonidos a través de unos ambientes estilísticos que, como los mares, dejan su resaca y sus marcas en las quillas que los atraviesan?

La tradición crítica trató al estilo como una huella dactilar: una propiedad inalienable del sujeto. Desde una perspectiva diferente, se puede pensar en un espacio de tránsito donde el estilo no se posee, sino que se usa o se atraviesa.

En el límite de lo consciente y lo inconsciente, de lo deliberado y lo inevitable, de lo personal y lo apersonal, de lo propio y lo impropio, los estilos atraviesan los cuerpos y las voces, tejiendo redes de estilemas de mayor o menor visibilidad pero de los cuales importa sobre todo la fuerza de su impresión.

El siglo pasado no buscó el fin del estilo, sino su desvinculación del Nombre. El estilo "impropio" (el préstamo, el pastiche, la cita sin comillas) puso en escena la convicción de que el lenguaje siempre es del otro. Pienso en Puig, desde ya, el mayor estilista de la literatura argentina, pero quiero usar ejemplos más contemporáneos.

Yo quería pensar en ese contexto el estilo argentino, cuyos dos tonos fundacionales codificados por el Martín Fierro, (el desafío y el lamento) vuelven hoy bajo la forma de la algarabía festiva y el delirio paranoico.

Lo hemos leído, lo hemos visto: la algarabía argentina, ejercida en masa y sin ninguna relación con la realidad, en cualquier territorio, durante los mundiales, es la forma actual del desafío, de una manera de pararse frente a los otros para demostrarles no tanto que “la alegría no es sólo brasileña” sino que nadie puede ejercerla con más visibilidad que nosotros. Por supuesto, como el triunfalismo del que depende esa algarabía es totalmente enclenque, apenas se confrontan las esperanzas con la realidad adviene el otro tono, que hoy adquiere la forma del delirio paranoico-conspirativo.

Si hipotequé mi casa y vendí mi auto para poder participar del banderazo en Time Square (que digamos, impresionó a todo el mundo), ahora tengo que encontrar la razón (oculta, secreta, siniestra) que me impidió hacer coincidir mi deseo con la realidad. Llamamos a esa salida una “campaña antiargentina”, tan ridícula como las opiniones en las que dice fundarse: el like de un actor chileno, los dichos de un actor afroamericano ignorante y desagradable.

Tanto uno como otro tono reposan ambos en un mismo rasgo cultural que tiene, asimismo, un soporte institucional-material evidente: la ignorancia, la incapacidad de comprender los procesos históricos que son la consecuencia directa de la degradación de los sistemas escolares.

sábado, 27 de junio de 2026

Reglas de tránsito (2)

(anterior)

Están los que las tienen grande o creen que la tienen grande y creen que con eso basta. Embisten, desde atrás, usando el miedo como única herramienta. Te torean, como diciendo: correte o te rompo todo. 

Yo sonrío y me digo: "pará chiquito, pará".  O sea: esos jovenes que se creen que se trata de embestir por detrás y abrirse paso, la verdad, no saben cómo se hace.  Por lo general se trata de camionetas, pero a veces la misma actitud se reproduce en sedanes pedorros (aún cuando sean de marca: AUDI o BMS, digamos).

Para mí, manejar tiene que ver con la fluidez, el ahorro de energía, el deslizamiento suave y constante, el ronroneo (y no el gruñido). Yo tengo una regla de oro: si voy a velocidad máxima, puedo llegar a correrme del carril, pero sólo si eso no implica que yo pierda mi promedio de viaje bajando mi velocidad. 

A veces me corro del carril rápido, claro, por dos razones: el carril de sobrepaso debe estar siempre lo más libre que se pueda (cosa que cualquier que haya manejado en Europa sabe) y, en segundo lugar, disfruto de humillar a estos que funcionan a golpe de empuje inmisericorde (asunto al que Severo Sarduy dedicó sonetos memorables). Me corro, y les dejo pasar hasta el siguiente obstáculo. Por supuesto, la embestida es de tiro corto, porque unos metros más allá encontrarán taponado el conducto de circulación.

Mientras tanto yo, sin bajar mi velocidad crucero (siempre la máxima y nada más), me voy cambiando de carril, encontrando los agujeros, moviéndome hacia un costado y el otro, haciéndome el lugar que necesito para que el placer de manejar encuentre su punto de equilibrio, haciendo las señas del caso cada vez que me muevo, calculando con pericia la relación entre el vehículo y el espacio en el que debe moverse. Bien pronto aquél que quería embestirme queda atrás, atrapado en su propia impotencia y su incapacidad para avanzar como corresponde, fluidamente, delicadamente, asunto en el que yo tengo una pericia por encima del promedio. 

Supongo que son asuntos de la edad, pero creo que yo nunca toree a nadie, salvo como chiste. No me gustan ni la prepotencia ni la jactancia. Tenerla grande y no saber usarla son casi las dos caras de la misma moneda. ¿O no, amigos míos, o no?

(siguiente) 

viernes, 12 de junio de 2026

Doña disparate y Bambuco

 

"Billy Elliot es un musical sobre la identidad, sobre no claudicar sobre lo que uno es, lo que uno siente. Este protagonista no entrega ese fuego: es frío. Billy es un varón que, precisamente, lo que busca la obra es confrontar su masculinidad con el recurrente prejuicio y la cursilería de que "el ballet es para mariquitas", como se escucha en escena. Entonces Billy al menos debe verse mucho más masculino que Michael, el amigo que está descubriendo al vestirse de mujer su orientación sexual."

¡Tiene razón el crítico de las cavernas (platónicas)!  Por eso mismo, ya le envié a Rubén Szuchmacher un adminículo indispensable que, me dijeron cuando consulté, viene ya con lubricante....

¡Niños argentinos, a medirse!


 

sábado, 14 de marzo de 2026

El amigo americano

por Daniel Link para Perfil

Los únicos asientos disponibles con espacio extra para las piernas en el vuelo Miami-Buenos Aires estaban en la parte central del avión. Me tocó el del medio en fila de tres. Por supuesto, el de mi izquierda lo ocupó uno de esos gigantes americanos que apenas si caben entre los apoyabrazos y que necesitó asistencia para comprobar si le servía el cinturón de seguridad. Auguré un viaje nocturno de pesadilla y me dispuse a tomar doble ración de ansiolíticos después de la cena.

El coloso americano viajaba solo e intentó lo que más temía: conversar conmigo, arrancarme los secretos de Buenos Aires. Le dije que vivía en el countryside y la respuesta lo decepcionó tanto que cambió de ángulo y se puso a charlar con la argentina rubia de allende el pasillo. Ella podía farfullar en inglés, lo que hacía más intolerable sus recomendaciones de inteligencia artificial: Puerto Madero, la Boca, Teatro Colón (nombres a los que agregaba un falso acento inglés).

Lo peor vino después: la rubia (que trabajaba en algo vagamente relacionado con el diseño y estaba acompañada por su pareja, igualmente rubio y tatuado prolijamente) le preguntó si le gustaba la música electrónica. Confundido, el amigo americano asestó algunos nombres y ella empezó a recomendarle lo más grasa de la escena argentina.

Lo peor, lo más vergonzoso, vino después. “What do think about your President?” El americano, prudente, no contestó. A lo que ella agregó: “Puede que esté loco, pero es un buen presidente” (en la misma semana en que ese señor no loco, sino de una maldad primitiva, premoderna, desencadenó una masacre injustificada con consecuencias todavía imprevisibles). El americano seguía evadiendo una respuesta, porque era cortés y no quería meterse en problemas. Miré con todo el odio del mundo a la rubia libertaria descerebrada para ver si era capaz de darse cuenta de que no podía decir las cosas que estaba diciendo.

No tuvo efecto mi mirada. Decidió agregar: “Y el ICE (ais, dijo)? Yo creo que está bien”.

A lo mejor el amigo americano era de Minneapolis (o al menos ve los noticieros de televisión) así que tampoco se pronunció al respecto.

Ese reencuentro con la patria descerebrada pero imprudentemente expresiva me deprimió bastante. Me tomé un alplax de 2 miligramos para llegar estúpido a Ezeiza. Antes de desmayarme, pensé que cuando Trump decida cancelar las elecciones de noviembre (porque va a perderlas) por una “emergencia nacional” esta chica aplaudirá, por supuesto, la decisión mientras bailotea en su terraza al ritmo de Tiesto.

 

sábado, 1 de marzo de 2025

Nación marrona

por Daniel Link para Perfil

Un poco motivado por las desafortunadas declaraciones del concejal Sergio Santana sobre el turismo marrón en Mar de Ajó, hacés lo que nunca antes: en modo Isidoro Cañones agarrás el auto y te vas a Mar del Plata, la capital turística argentina que, en plena temporada, suele ser marronísima. Por supuesto, está bien que así sea. Después de todo, lo que se llama Argentina tiene poco que ver con las representaciones metropolitanas y la banda atlántica de la geografía nacional. El modo Isidoro Cañones favorece el estudio antropológico porque aprovechás tus relaciones con las estrellas del teatro marplatense para recorrer lugares (playas, restaurantes, calles) que no son tus habituales. Una noche comiste en la esquina de Corrientes y Rivadavia a la salida de los teatros. Una marea marrón, mezclada con jóvenes vedettes en ascenso y viejas leyendas de los escenarios. Comiste bien, y te salió baratísimo. Y estabas a dos pasos de tu casa. Otro día, fuiste a una playa popular con un capocómico y una vedette que cumplía años. Por supuesto, eran íntimos de los vendedores ambulantes, que le regalaron a la cumpleañera una salida de baño de punto y a vos te ofrecieron un descuento fabuloso para una camisola para tu mamá y, encima, te pasaron la clave de wifi del balneario que estaba detrás para que pudieras hacer la transferencia.

Todo era marronidad en diferentes intensidades. Tucumán, Córdoba, Catamarca. Las provincias ya no pampeanas ejercían su derecho a la playa con una resolución indiferente a los prejuicios y, también, a las normalizaciones corporales.

No volverías a Mar del Plata en temporada, pero no por la calidad de la gente, sino por la cantidad (abrumadora). Las morfologías corporales no pueden formar parte de un diagnóstico cultural porque eso conduce de inmediato a la discriminación y el segregacionismo. Y, para vos, lo mejor de Mar del Plata es la mezcolanza.

Por supuesto, deplorás la muerte del delfín en Mar de Ajó, pero es un poco abusivo atribuirlo a mentalidades, culturas o colores de piel. Después de todo, ahí están las fotos de la oligarquía patriótica con sus cadáveres de ciervos apilados después de sus excursiones de caza. Lo que en un caso es ignorancia, en el otro es pura crueldad.





miércoles, 12 de febrero de 2025

jueves, 9 de enero de 2025

lunes, 2 de diciembre de 2024

sábado, 12 de octubre de 2024

El espacio fotográfico

Por Daniel Link para Perfil*

Hoy es un día de incontables celebraciones no del todo convergentes aunque coincidan en el mismo día y recuerden el mismo acontecimiento. En Argentina se festeja el Día del Respeto a la Diversidad Cultural, mientras que en España y en sus embajadas se brinda por el Día de la Hispanidad. Chile llama a recordar el Día del Encuentro de Dos Mundos (designación que me parece extremadamente feliz). Nicaragua prefiere recordar el Día de la Resistencia Indígena, Negra y Popular y Venezuela se contenta con recordar la Resistencia Indígena. Mientras Estados Unidos recurre al sistema de estrellas (Columbus Day), México y Perú reinvindican las tradiciones precolombinas con sus respectivos Día de la Nación Pluricultural y Día de los Pueblos Originarios y del Diálogo Intercultural. Más teórica, Bolivia ha fijado el Día de la Descolonización y Bahamas y Belice, indiferentes a los rigores del exterminio y el extractivismo, llaman al 12 de octubre Discovery Day y Pan-American Day.

En Roma, donde estamos ya preparando las valijas para volver a casa, una amiga italiana tuvo que decidir ayer entre concurrir a la Embajada de España para el consabido brindis o una reunión de consorcio: se decidió por lo segundo, mucho más decisivo para su vida cotidiana. Nosotras, en cambio, dedicamos la jornada a supervisar los últimos detalles del montaje de la muestra fotógrafica de Sebastián Freire “Corpi senza padroni” que inaugura hoy, en la galería Roma Smistamento. Si bien la muestra replica la exitosísima “Cuerpos sin patrón” del año pasado en Valencia, su apertura en un día tan especial le da un sentido específico.

Diversidad, resistencia, multinaturalismo y diálogo son palabras que le cuadran bien a una muestra que exhibe y celebra cuerpos que se apartan de las normas hegemónicas y se postulan como espacios legítimos del goce y del pensamiento.

En Europa, donde la mayoría de las violencias coloniales encontraron su punto de condensación afectiva y teórica, son curiosamente reacios a percibir las tonalidades de piel de quienes, por “no-blancos”, sufrirían con certeza las requisitorias migratorias. Les llaman más la atención las morfologías óseas (las narices, los pómulos, las frentes), como si en esas profundidades se cifrara alguna verdad que las superficies impiden apreciar. Metafísicas de la carne, se dirá. Pero también estereotipización: aquello que no responde al arquetipo proponderantemente andino de lo americano no tiene la misma consistencia exótica.

Con los cuerpos trozados, intervenidos, escritos, en fin: signados (y esos signos son signaturas que a veces se identifican con la esfera humana pero a veces no) la disidencia parece más legible pero al mismo tiempo menos radical que la de aquellos cuerpos que sencillamente se abandonaron al hambre, a la gula, al pecado.

En ese límite que la corrección política no alcanza se cifra el secreto del arte de Freire, que apuesta a la felicidad y a la celebración antes que a la queja. El espacio fotográfico como el lugar del abandono y la alegría.

 

*Para nuestra sorpresa, la columna aparece reproducida en el sitio Calamuchita ya pero atribuida a un tal Hugo Filártiga, a quien ya le pedimos que aclare la situación y que envíe los datos impositivos del sitio para enviar la correspondiente factura.

hugo@calamuchitaya.com / +54 351-550-78-56

 




sábado, 27 de abril de 2024

Un recuerdo infantil

por Daniel Link para Perfil

Circunstancias familiares que no vale la pena mencionar me permitieron recuperar un sueño infantil que estalló en mil pedazos contra la realidad, ese sello de clausura sobre todas las puertas del deseo (juro que este verso me lo acuerdo de memoria desde mi primera juventud).

Mis padres leían bastante, pero mucha porquería. Alguna se me pegó. Por ejemplo: mi papá era fan de Isidoro Cañones, historieta de la que guardo una buena colección, que quise donar sin éxito al fondo AHIRA antes de que las polillas terminen de devorarla.

Siendo niño, yo tenía muchas ideas de felicidad (todas ellas irrealizables, lo que me permitía sufrir y entregarme a la lectura, mi única felicidad al alcance de la mano). Una de ellas era decirme isidorianamente “me voy a Mar del Plata” y hacerlo, sin ningún plan previo, ninguna advertencia a nadie, sin siquiera pasar por casa a buscar ropa.

Sin embargo, nunca jamás fui a Mar del Plata (ni de ese modo ni de ningún otro) hasta muy entrado en mi madurez, cuando cubrí el Festival de cine de Mar del Plata como periodista. Me gustó la ciudad, claro. Qué digo “me gustó”. Me enamoré de Mar del Plata. La bajada del Torreón es una de las primeras cosas que recorro a velocidad moderada cada vez que llego, hasta que la Biarritz argentina se me aparece en todo su esplendor y la paz me inunda. Me gustan la escala de la ciudad, su costa, los acantilados.

La casualidad quiso que hace unos años cayera en manos de mi familia política la administración de un departamento céntrico con una sucesión complicadísima.

Nos dedicamos a arreglarlo y a prepararlo para vivirlo. En lo que era el cuarto de servicio me instalé un escritorio y un silloncito que puede ser cama de huéspedes. En el balcón a la calle (una de las más feas de La Feliz) puse macetas con suculentas y cactus, para no preocuparme por el riego.

Creo que en febrero estuvo listo y desde entonces no había vuelto. Pero el jueves me dije: “me voy a Mar del Plata”. Avisé que me iba y, sin más trámite (allá tenía todo lo que podía llegar a necesitar, incluida una computadora vieja), subí a la autopista, sintiéndome hasta superior a Isidoro Cañones, que no contó con esa ventaja. El portero del edificio iba a prender las estufas y el termotanque.

Pensaba, mientras pasaba mis canciones, en cómo la cultura industrial nos ha moldeado tanto como la cultura escolar, porque la felicidad pueril había sido una posibilidad de vida hace cincuenta años.

Pero todo era falso. La pasé de maravillas, pero tuve que enfrentar un problema que Isidoro nunca conoció: el dinero en efectivo. Mar del Plata vive del cash y yo no había llevado suficiente, así que tuve que hacer bancos, etc.

Lo peor fue la vuelta. Mientras yo manejaba a velocidad crucero, para optimizar el consumo de combustible y evitar multas por exceso de velocidad, vi que me pasaban a toda máquina autos completamente al margen de las preocupaciones económicas.

Esos eran los verdaderos Isidoros, los tarambanas sin vacilaciones y no yo, que había pretendido cumplir las “locuras de Isidoro” que, en el fondo, eran una pelotudez. Volví realista, endurecido.


sábado, 30 de diciembre de 2023

Nombres olvidados

por Daniel Link para Perfil 

Un amigo me cuenta que se va mañana para pasar fin de año en Anisacate. Le deseo suerte, buen año, etc. y lo envidio profundamente por poder salir de la insoportable intensidad metropolitana. Le comento que mis padres habían comprado un terreno en Anisacate, al lado del que había comprado mi tía, que construyó una casa (mis padres, en cambio, vendieron el terreno cuando nos mudamos a Buenos Aires).

En aquellos años en Anisacate sólo había un balneario medio pedorro y literalmente cuatro casas, una era la de mi tía. Nunca entendí esa decisión porque era evidente que cuando el lugar tuviera alguna infraestructura ni mi papá ni mi tía iban a poder disfrutar del lugar.

Recuerdo mal, pero intensamente esa casa. Tenía frutales (manía familiar), y un terreno en el cual el riesgo imprescindible nunca alcanzaba a tener algún efecto durante nuestras estadías. Hay una foto mía, recostado en uno de los camastros que usamos.

Hace dos años, en un ataque de melancolía, arrastré a mi marido a Anisacate. Antes habíamos pasado por mi casa en la ciudad de Córdoba, que me costó encontrar porque habían cambiando los nombres de las calles. Bah, mi calle, que antes tenía como denominación un número, ahora tenía un nombre. Panaholma, le pusieron. Me molestó un poco la decisión inconsulta (conmigo), pero el nombre es lindo, refiere a una localidad muy hermosa del valle de Traslasierra y quiere decir, en quechua, “río de aguas taciturnas”. Ignoro cómo el agua puede ser taciturna pero el predicado conviene a lo que recuerdo de mí.

A mi casa le habían agregado un piso de altos (lo necesitaba). No me animé a tocar timbre, como hacen en las películas.

En Anisacate no pudimos encontrar la casa de mi tía. Había ahora una barriada completa, plazas, árboles muy crecidos, rotondas.

Mi amigo me dice que le mande la dirección y que él me manda fotos. ¡Pero nunca tuvo dirección la casa de mi tía! O al menos yo no la supe. Ahora, parece, todas las calles llevan nombres de plantas. Entiendo que la gente no quiera recordar la política argentina a través de sus muertos recientes en sus vacaciones. Celebro el homenaje al mundo apenas sensitivo pero siempre me molesta que nadie recuerde a los filósofos y poetas.


martes, 21 de noviembre de 2023

jueves, 3 de agosto de 2023

Hombres del pueblo

 

Después de 0.56 se va, un poco, todo al carajo... 

 

sábado, 1 de abril de 2023

Agronomía y desnudez

Por Daniel Link para Perfil

Gran revuelo ha causado la cesión en comodato de tierras marplatenses (o chapadmalenses) para un proyecto agroecológico y un Centro de Educación Agraria. Razones que aquí no vienen a cuento nos han mantenido alejados de Mar del Plata desde hace ya bastante tiempo. Pero la noticia nos llenó de algarabía y de ganas de salir a la ruta. El proyecto de la Asociación Civil Tercer Tiempo (con asesoramiento de varias universidades y el CONICET) es simpatiquísimo: "fomentar la producción de alimentos saludables, libres de agrotóxicos y a precios justos para el consumo de la población de la zona, con impacto directo entre las y los pobladores de General Pueyrredón". Ojalá lo logren.

No se entienden bien los gritos destemplados de quienes auguran “conurbanización” de la zona, como si eso fuera algo indeseable. Por el contrario, esa posible circunstancia le agrega un sex appeal arrollador al proyecto. Enfrente mismo de los terrenos cedidos está La Escondida, una playa cuyas características (el nudismo, el yiroteo varonil y el intercambio de material genético en las cuevas de los acantilados) combinan bien con bandadas de (habría dicho Proust) muchachos en flor jugando de mano en la playa.

Digo “muchachos” y la crueldad de la época me obliga a precisar “mayores de 18 años”, para evitar que los protectores de una juventud mitologizada (votan, pueden elegir su género, pero no pueden ser objetos de demanda erótica ni tampoco ejercerla) nos denuncien en la televisión.

En todo caso, brindaremos por una playa poblada de educandos agrarios saludables, desnudos y libres de toxicidades capitalistas.


sábado, 24 de diciembre de 2022

Argentina campeona

Por Daniel Link para Perfil

Es muy raro que los eminentísimos expertos en discriminación que el INADI alberga no hayan notado lo que un usuario común de Twitter señaló hace unos días. Es muy molesto (además de agramatical) que se diga “Argentina campeón” cuando en otros contextos se dice “Argentina, condenada por la incapacidad y la falta de imaginación de sus gobernantes” (por ejemplo).

En realidad, la omisión de un análisis certero de situaciones no es tan raro, teniendo en cuenta la desagradable discusión en que se embarcaron altísimas autoridades, después de la fiesta, sobre cuál fue el más inútil y cuál estaba más borracho. La foto de ese micro atrapado en un mar de pasiones, con un puñado de motos policiales como custodia y ariete frontal, es la mejor ilustración de lo desconectados que están los gobernantes respecto de la multitud.

¿A qué iban a ir los jugadores a Casa Rosada. ¿A agradecer las tres horas de insolación?

En las seis horas de fiesta previa a la cancelación del operativo no hubo un solo incidente fatal. Pero la promesa que movilizó al Pueblo no se concretó por el idiotismo de quienes detentan el poder, empezando por los ministerios y secretarías de seguridad, que fueron incapaces de imaginar un dispositivo (por otro lado sencillísimo: bastaba con dejar despejada la autopista 25 de Mayo, con móviles de prefectura en los pocos accesos que tiene) para que los jugadores pudieran llegar a alguna parte, por ejemplo donde la multitud la esperaba, en el barrio de Constitución (donde vivo).

Lo único que le importaba al Poder Ejecutivo es que la escuadra mundialista llegara a Casa Rosada. Los funcionarios se humillaron y aceptaron cualquier condición para ello (incluso, la de no sacarse fotos con el equipo). No se les ocurrió que la mejor carta de negociación que tenían era precisamente la fuerza pública para organizar la seguridad del traslado.

El Poder Ejecutivo fracasa en su relación con el Pueblo. Fracasa en su administración de la Cosa Pública. Fracasa en las garantías de seguridad. Pero fracasa sobre todo en darle a la felicidad las alas que reclama.

Empantanado, se mira mezquinamente el ombligo mientras la Argentina campeona pasa de la vergüenza a la pena, pero también a una furia creciente.

 

sábado, 17 de diciembre de 2022

Las tres Argentinas

Por Daniel Link para Perfil

La selección nacional había empezado la carrera mundialista con un traspié de esos típicamente argentinos. Típicamente, los opinadores futbolísticos salieron a matar a la escuadra (“somos los peores”) y los melancólicos hinchas empezaban a refugiarse en excusas pueriles (“somos chiquitos”). No podía ser de otro modo, porque ya se sabe que la argentinidad tiene dos precios: lo que podríamos valer y lo que realmente valemos y en esa tensión se cifran todos nuestros fracasos: resentimiento y angustia.

Después todo cambió y aparecieron las otras patrias. Contra Países Bajos (se ha comprobado que el cambio de nombre de la “marca” fue una estrategia para bloquear el famosísimo “el que no salta es un holandés”) apareció el padecimiento patriótico: “si no hay sufrimiento no es Argentina”, dijo un jugador y un amigo confesó que envejeció diez años durante los escalofriantes minutos finales de ese match implacable.

Yo me quedo, sin embargo, con las tres Argentinas del partido contra Croacia, cada una responsable de un gol. Primero la picardía criolla, con ese penal medio inventado pero que desanudó la algarabía. Después la locura y el sinsentido de una carrera completamente fuera de libreto y sin plan alguno. Julián Álvarez dijo después: "La cancha venía mal, la pelota venía picando mal en la cancha, por suerte me fue quedando”. Esa Argentina, la que vive en el azar, es tal vez (para mí) la más apasionante. Y después la tercera, que es tal vez la más noble, y la que más se nos escapa: la jugada maestra, el jueguito, la complicidad Messi-Álvarez, lo que se llama una comunión, el cuerpo común, el agenciamiento de dos seres para formar una máquina única, el ronroneo de lo que funciona bien a partir de la sabiduría innata pero también de la certera reflexión.

Fue el partido que más disfruté (no vi todos). Y fue precisamente por ese repertorio de lo que nos constituye: la picardía transgresora, el arrojarse a lo impensado o inimaginable (el “¡mah sí!”) y la comunidad intelectual.

Ahora sólo nos resta cruzar lo dedo para mañana. Lo mejor ya pasó, sólo falta la merecida corona para Messi. Y ya que estamos, el Museo Messi, para que visite nuestra Beatrice durante el próximo Mundial.