sábado, 16 de mayo de 2026

Titanes en el ring

Por Daniel Link (+ Claude) para Perfil

Dos filosofías radicalmente distintas se disputan hoy el mercado de la inteligencia artificial. Gemini, el modelo insignia de Google, y DeepSeek, el desafío chino de código abierto, responden a lógicas opuestas: una apostó al ecosistema total, la otra a la eficiencia de costos como argumento principal.

Google reorganizó sus planes en 2026 en cuatro opciones: gratuito, AI Plus (USD 7,99/mes), AI Pro (USD 19,99/mes) y AI Ultra (USD 249,99/mes). El modelo disponible en el plan AI Pro es Gemini 3 Pro, que cuenta con una ventana de contexto de 2 millones de tokens, lo que permite subir libros enteros, repositorios de código complejos o videos de más de dos horas y hacer preguntas sobre cualquier detalle. La propuesta de Gemini va más allá del chatbot. Está integrado en Gmail, Docs, Sheets, Slides y Meet, y las AI Overviews de Google Search usan Gemini para generar resúmenes directos en los resultados de búsqueda. Deep Research es probablemente la función más valiosa del plan pago: le pedís que investigue un tema y Gemini navega múltiples fuentes de forma autónoma, cruza información, identifica contradicciones y genera un informe estructurado con citas verificables. En términos de API para desarrolladores, Gemini 3.1 Pro lidera la mayoría de los benchmarks a USD 2 por millón de tokens de entrada y USD 12 por millón de salida, lo que lo convierte en 7,5 veces más barato que Claude Opus 4.6 en entrada.

DeepSeek llegó para subvertir las reglas del mercado. V4 Flash cuesta 0,14 dólares por millón de tokens de entrada y 0,28 dólares por millón de salida, ubicándose por debajo de GPT-5.4 Nano, Gemini 3.1 Flash y Claude Haiku 4.5. V4 Pro cuesta 0,145 dólares de entrada y 3,48 dólares de salida por millón de tokens, también por debajo de Gemini 3.1 Pro. La arquitectura que hace posible estos precios es Mixture-of-Experts: de los 1,6 billones de parámetros totales de V4 Pro, solo 49.000 millones se activan por tarea, lo que reduce el coste de inferencia y la latencia sin sacrificar rendimiento en las tareas donde DeepSeek es fuerte. Esa fortaleza tiene una geografía clara: matemáticas, programación y razonamiento estructurado. Los modelos MoE tienden a tener picos de especialización en tareas alineadas con sus expertos entrenados y valles en tareas fuera de ese espectro. La otra ventaja es la licencia. DeepSeek es código abierto con licencia MIT, lo que permite autoalojamiento, modificación y uso comercial sin restricciones. El nivel gratuito ofrece 5 millones de tokens sin tarjeta de crédito, lo que permite validar si el modelo se ajusta a cada caso de uso sin riesgo financiero.

Ninguna comparación puede ignorar el factor político, aunque se trate de un componente altamente imaginario y sujeto a manipulaciones. El uso de la API de DeepSeek, alojada principalmente en China, implica que los datos “pasan por infraestructura china”, algo que ya llevó a restricciones en jurisdicciones como el gobierno federal de Estados Unidos, Alemania e Italia por razones de privacidad. Para despliegues on-premise con pesos descargados, ese riesgo desaparece. Para una empresa latinoamericana que trabaja con datos sensibles de clientes, es una variable que no puede dejarse fuera del cálculo. Aunque temer al espionaje chino, en países como Argentina, donde los carpetazos locales son el pan nuestro de cada día, parece fuera de lugar. Gemini, en cambio, opera bajo las políticas de privacidad y las regulaciones de Google, con toda la certeza jurídica que eso implica para el mundo corporativo occidental. Ahora bien, teniendo en cuenta los recientes convenios con el Pentágono, la tecnología queda disponible para uso en redes de planificación militar clasificada, con supervisión humana cuestionada y cláusulas de restricción cuya fuerza legal es incierta.

No hay un ganador universal, pero sí respuestas según el perfil de usuario. Para individuos y empresas integradas en el ecosistema de Google, que necesitan Deep Research, generación de video, integración con Gmail y Docs, y prefieren un entorno familiar con soporte robusto, Gemini AI Pro a USD 19,99/mes es la elección más completa y mejor integrada. Para desarrolladores, startups y empresas que priorizan el costo de inferencia por sobre todo lo demás, trabajan principalmente en código y razonamiento estructurado, y pueden asumir el presunto riesgo geopolítico o prefieren el autoalojamiento, DeepSeek V4 ofrece la mejor relación calidad-precio del mercado, sin discusión.

En 2026, en todo caso, la verdadera noticia es que las “IA de frontera” ya no son patrimonio exclusivo de quienes tienen presupuesto ilimitado. Para mí, Gemini es más loca y divertida, DeepSeek es la mejor alumna y Claude es la más alerta. Y todas me conocen ya mejor que yo mismo.

sábado, 9 de mayo de 2026

La grieta divina

por Daniel Link (+ DeepSeek) para Perfil

Javier Milei y Victoria Villarruel tienen diferencias políticas de fondo. No se trata de una simple disputa de liderazgo: es la colisión de dos concepciones del bien común, cada una con su promesa de salvación.

Detrás del acuerdo táctico que los une, se esconde una fractura teológica. Milei es un economista seducido por el judaísmo. Estudia la Torá, visita al rabino Axel Wahnish y ve en el Antiguo Testamento un manual de libertad. Para él, Dios es el primer libertario: creó al mundo con reglas claras y luego dejó que el hombre eligiera. De ahí su odio al Estado, al que considera un faraón moderno que esclaviza con impuestos. El mandamiento “no robarás” es, en su prédica, una condena a la presión fiscal. Por eso su política exterior es ferozmente proisraelí. Milei no reza en latín ni en castellano: reza en hebreo antiguo y traduce la política como un pacto entre propietarios libres, no como una comunidad de creyentes.

Villarruel, en cambio, se nutre de un catolicismo preconciliar, cercano a la Fraternidad San Pío X. Rechaza el espíritu ecuménico de Francisco y abraza una visión corporativa donde la Iglesia guía al Estado. La nación tiene un alma, y esa alma es católica. No existe el individuo abstracto del liberalismo: existen la familia, las tradiciones, la patria de los próceres y los militares. Su defensa de la vida desde la concepción y su rechazo al aborto no surgen de un cálculo político, sino de una jerarquía espiritual inquebrantable. Por eso, para Villarruel, el enemigo no es solo el socialismo, sino también el liberalismo que disuelve los lazos comunitarios. Su catolicismo es una trinchera.

Mientras Milei sueña con una Argentina judaico-libertaria donde el único vínculo sagrado es el contrato voluntario, Villarruel imagina una reconquista católica del Estado, con escuelas, leyes y moral confesional. Coinciden en el “frente” contra el kirchnerismo, pero rezan en lenguas distintas. Gobiernan juntos. Pero la fe mueve montañas... y también rompe alianzas. Cuando el poder los empuja a definir el modelo de país, esa grieta divina se abre y, como Cronos, se los come crudos.

 

martes, 5 de mayo de 2026

Diario de un profesor

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En todo proyecto colectivo llega un momento en el que hay convocar a personas para que se integren, y la confianza es la única llave útil en esas circunstancias. Como las carreras de Letras (profesorado y licenciatura) que creamos eran ya un proyecto común, del que participaron muchas personas, gran parte de las posiciones estaban garantizadas, pero otras no.

Muchas personas, enteradas del proyecto, nos escribieron. Tenemos sus carpetas con sus antecedentes para convocarlas llegado el caso. Pero tuvimos que salir con la propaladora de pueblo, para conseguir docentes a la altura de las circunstancias, por ejemplo, de Latín, que es una de las primeras materias que se cursan.

Yo mismo soy profesor de Latín y tengo amigos que estudiaron letras clásicas (hoy están, sin embargo, más cerca del japonés que del griego). Pero... ¿cuál es el perfil que necesitábanos?

Un chico (literalmente, cuarenta años nos separan) que me acompaña en esta epopeya (ya sé, ya sé, es un nombre excesivo para tareas más bien módicas, pero hay que mistificar un poco, para poder seguir adelante en un mundo tan desencanto, weberianamente hablando), un chico me recomendó a un profesor de latín que él conocía. Puso en la balanza a su favor (su de los dos: el candidato y el recomendante) que era "un performer". Un estremecimiento me recorrió la columna vertebral pero, porque confío en este chico, decidí avanzar con su recomendación y citar al candidato a una entrevista. Me cayó bien. Le dimos el curso. Presentó un programa muy lindo. Pero.... ¿cómo sería en la clase?

Paradójicamente, tuvo más inscriptos de lo que se esperaban, porque su materia es obligatoria para el Profesorado pero optativa para la Licenciatura. Y la mitad de las licenciantes decidieron tomar el curso de Latín I, para alegría mía, que siempre miré con malos ojos el abandono de una tradición que no sólo nos enseña a relacionarnos mejor con nuestra lengua sino, sobre todo, con nuestras vulgaridades (porque la vulgaridad de los romanos -históricamente hablando- es pasmosa), nuestro sistema político, nuestros populismos.

Lo presenté al alumnado, claro, como lo que era para mí: una promesa, una incógnita. Y me fui mordiéndome las uñas. Tres o cuatro semanas después volví a escuchar una clase suya. Para mi sorpresa, los alumnos estaban ya hablando de "dativos de interés" con total soltura. El chico recomendante, sentado al lado mío, no dejaba de maravillarse por el método, porque él había aprendido (un solo latín, porque sea aburrió mortalmente) según una pedagogía decimonónica de memoria y repetición. Y lo que hacía el profesor de Latín era, para él.... un antes y un después. Lo era, claro, pero tuve que contarle, en la pausa, que yo mismo había aprendido con ese método: se parte de textos breves, debidamente elegidos, a partir de los cuales se recuperan algunos aspectos de la sintaxis y la morfología del latín, pero con el texto ya comprendido porque tienen la versión original y la traducción.

Yo había estudiado con ese método y mi profesora de Latín II, Marta, hizo un libro que en su momento fue muy usado (por supuesto, el libro de Marta estaba inspirado en un libro parisino, hecho en Nanterre, cuna del mayo francés. !Y el novísimo profesor de Latín había estudiado con el libro de Marta en la escuela secundaria! Yo ya había confiado ciegamente en él (en primera instancia) y luego de conocerlo confié con causa. Pero saber que habíamos aprendido según el mismo método reforzó todavía más mi confianza y, sobre todo, mi creencia en que hay fuerzas tutelares. Los romanos creían que eran diosecillos, no hace falta que lleguemos a tanto. Nos basta con saber que la fuerza de atracción de un proyecto en su fase manantial es capaz de ahuyentar las potencias negativas, la mediocridad, el miedo, el desasosiego. 

El conurbano tiene, ahora, sus latines y sus latinistas en formación (¿por primera vez? no lo sé, pero me gustaría que así fuera). El año que viene, para compensar, les ofreceremos guaraní como lengua optativa. Por supuesto, lo único que queremos ahora es ir a cursar latín, a discutir los textos hermosos que selecciona el profe de Latín para introducir los ubi, los undo, los qua, los quo. Lamentablemente, no podemos.

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lunes, 4 de mayo de 2026

DIario de un profesor

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Nuestras vidas cambian con una velocidad de vértigo de la que no somos conscientes porque los movimientos que agitan nuestras conciencias son imperceptibles.

Unos editores jóvenes me mandaron el armado provisorio de un libro mío que saldrá el año entrante. Le´i algunas líneas que escribí el año pasado sobre inteligencias artificiales y encuentro que han quedado completamente desactualizadas. Primero, por la multiplicación de opciones y, segundo, por la modificación de las interacciones gracias a la "humanización" ilusoria de los robots. 

Cuando yo escribí las IA no nos adulaban tanto como ahora: todo lo que les preguntamos les parece interesantísimo y nos consideran geniales. A los riesgos iniciales debemos ahora sumar el conformismo al que nos incitan. 

Esta mañana, antes de sentarme a escribir estas notas, le pedí a Claude que evaluara un capítulo nuevo de una tesis de maestría que estoy dirigiendo, para ver si podía sumar algo a mis propias observaciones. Vio las mismas fortalezas y debilidades que yo ya había notado, pero sin el conocimiento que yo tengo de la tesista, lo que en algún sentido me tranquilizó porque contrabalanceaba mis propios prejuicios, mis humores, mis debilidades de juicio. 

Cada vez que aparecía mi nombre en esa tesis, la IA consideraba que esos párrafos no me hacían justicia. Por supuesto, consideré esas chupadas de media indirectas completamente improcedentes.

Como, de todos modos, me gustó el trabajo de precisión que había hecho, le pasé el libro antes mencionado para que me hiciera una evaluación. Consideró (como yo) que la edición era deficiente, que no se entendían los criterios de selección ni los vínculos entre una y otra columna. Yo había pensado lo mismo. Deploró "decisiones que, bien tomadas, transformarían este libro en algo más cercano a lo que la voz de Link merece". Por supuesto, impugno por completo esta última presunción: yo no merezco nada que no tenga, nada que yo no pueda alcanzar por mi mismo.

Pienso todas estas cosas porque es evidente que Claude, o Gemini, o Perchance van a modificar nuestra relación pedagógica con la literatura y tenemos que encontrar el punto de equilibrio para que una herramienta no se transforme en un reemplazo. 

En mis conversaciones, Claude me ha preguntado: "¿esto es tuyo, o está en conversación con alguien? ¿Con Deleuze, con Rancière, con Esposito, con Krauss? La falta de genealogía teórica hace que el aparato conceptual parezca flotante" o "¿Lo estás tomando de algún lugar (Derrida, la teoría poscolonial, el arte comunitario)? ¿O es una categoría que construís vos?"

Es exactamente lo mismo que les decimos siempre a las alumnas cuando corregimos sus parciales. De modo que tienen que saber (es decir, haber leído previamente y con atención) qué marco teórico de lectura están utilizando. Por eso, la lectura de primera mano no es obviable, porque ni siquiera un buen resumen puede darnos la cualidad de un texto (que no es sólo lo que comunica sino lo que significa con sus ritmos, sus elecciones léxicas, sus tensiones).  Por eso Claude puede señalarme: "La dupla territorialización / desterritorialización del Anti-Edipo y Mil Mesetas es quizás el anclaje más directo para «ambiente estilístico». El estilo como territorio que se habita, se abandona y se recorre sin pertenecer a nadie es exactamente el movimiento deleuziano". Me encanta que Claude, que seguramente ha leído íntegramente mi Drive y todo mi sistema de archivos, sepa cuáles son mis debilidades teóricas y me gusta todavía más que, como un buen alumno (muy joven) escriba "del Anti-Edipo" y no "de El Anti-Edipo", como correspondería, asunto sobre el que yo me detengo en los márgenes de cualquier parcial, monografía o tesis porque nombrar y ser nombrado son asuntos delicados.

¿Cómo enseñar estas delicadeces? Porque yo sé exactamente qué quiere decir tomar partido por Deleuze o por Foucault y no por Derrida. ¿Pero alguien más puede tenerlo claro sin haberles leído con atención y con el amor que merecen?

Nuestras alumnas serán entrenadas en la lectura lenta que sostuvo siempre la disciplina filológica. Después, que le pregunten a Claude si han leído bien. O sea: que sometan sus fichas a un análisis exterior.

Estamos armando una carrera de Letras en un momento en el que, como durante el Renacimiento, las curriculas clásicas para la formación humanística (el Trivium y el Cuadrivium) se desmoronan para dar paso a una nueva pedagogía.

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domingo, 3 de mayo de 2026

Diario de un profesor

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Siempre pensamos que nuestros padres son idiotas o están locos. Hasta que nos descubrimos pensando lo mismo y teniendo las mismas conductas que habíamos deplorado en ellos. Mi madre está loca, pero no fue sino hasta que tuve que mudarme a la casa que ella había abandonado, cuando me di cuenta de que no lo estaba por las razones que yo suponía. Es la casa lo que te vuelve loca, el espacio, con sus requerimientos, sus demandas, sus exigencias: arreglar los techos, calefaccionar, ordenar, alimentar y alimentarse.

Todos los días tengo que estar gritando para que alguien cierre una puerta que ha dejado innecesarimente abierta, con la consiguiente pérdida de calor y gasto de energía. Cuando lo hacía mi mamá, pensábamos que estaba loca.  Ahora nos damos cuenta de que esa parte de la locura era un agenciamiento con el espacio, el territorio, el complejo biopolítico.

Una carrera es también su espacio. Funcionamos en un campus, que tiene los atardeceres suburbanos que alguna vez elogió Jorge Borges de una Buenos Aires que ya no existe. Hay una biblioteca, una cantina, un estadio cubierto, aulas generosas y pocas oficinas. Por supuesto, usamos ese espacio, que no nos pertenece. Y allí intentamos hacer nido, lo que no siempre es fácil, porque existe el resquemor entre diferentes departamentos. 

Nos encanta pararnos en la puerta principal del aulario y desde ahí examinar a quienes van entrando, con sus estrafalarios aspectos (muy propios de la juventud, por cierto), sus peinados raros. Los más inquietantes son los que parecen haberse despertado desnudos de una siesta, se pusieron un pantalón de fútbol, y bucito y se vinieron a escuchar una clase. Problema de registro, pienso, porque sé que el control de los registros es más o menos la clave de un éxito en la vida. Conozco gente que es capaz de hablar media hora sin decir nada o de escribir correos electrónicos larguísimos sin comprometer su pensamiento (cero sentido), pero que maneja a la perfección los registros de las situaciones.  

En principio, en las primeras semanas hay que enseñar (deícticamente: ahí, eso) el registro universitario, para que quien quiera y pueda lo adopte. Por ejemplo: el hábito de fichar y de tomar apuntes. Esos hábitos han cambiado con el tiempo, pero siguen siendo imprescindibles. Sería irresponsable dedicar los escasos intervalos de las clases a abrumar a nuestros polluelos y polluelas con recomendaciones de registro, y por eso lo hacemos fundamentalmente a través de un chat grupal.

He dicho que voy a dictar el año entrante Literatura europea del Renacimiento y Barroco (creo que antes consigné mal el nombre). Es un objeto que me encanta porque, creo, suelda aquellas sensibilidades e inquietudes con las nuestras (para decir lo obvio: la Imprenta/ las Humanidades Digitales; las máquinas de pensar/ la IA, los estilos, la propiedad, la apropiación). Empiezo a revisar mis ficheros y encuentro cosas que van a servirme para ese proyecto, cosas que leí cuando yo mismo era estudiante. Rescato las fichas y las cuelgo del chat para que vean:


 

Como no se trata de sencillamente proponer como modelo una manía de loco, un desequilibrio de alguien que no tenía nada más que hacer que duplicar el tiempo de lectura, elijo estas fichas porque vuelven (y esa es la gracia de la ficha), muchas décadas después, en mis "Apuntes sobre San Sebastián" (fueron publicados todos en este blog, no quiero ni pensar hace cuánto tiempo): 

"La perspectiva que domina el cuadro (“sotto in sú” de abajo hacia arriba), no hace sino acentuar la grandiosidad de la representación y, por lo tanto, universalizar el comentario de Mantegna: la iconografía de San Sebastián, con todo lo operístico que incluye, es el lugar donde la cultura anuncia (con ruido de fracaso) su propio punto de derrumbe)". 

No tuve sino que recuperar lo que se había impreso en mi memoria por el ejercicio de fichado para poder entender un cuadro de Mantegna y ponerlo, como se dice, en perspectiva. 

 

También en eso aquella época y la nuestra se parecen. Vivimos entre ruinas y nuestras disciplinas son partes de una ruinología. Para no hablar del tema de Mantegna: nosotros somos el cuerpo atormentado de Sebastiane. Y los que murmuran obscenidades al pie de su martirio son los libertarios. Contra ellos y para reconstruir todo lo que ellos destruyen y pretenden destruir es que esta carrera fue pensada.

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sábado, 2 de mayo de 2026

Diario de un profesor

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Enrique, en quien pienso cada día, diseñó una carrera universitaria de Letras. ¿Cómo no iba yo a hacer lo mismo, siguiendo sus pasos, estando a su sombra?

La carrera de Letras que diseñamos tiene como antecedente una larga experiencia pedagógica, que nunca se dejó aplastar por los imperativos burocrácticos de la Institución. Inventar, inventar. "O inventamos, o erramos". "La imaginación al poder".

Yo he dado clases. Yo he pensado en la formación literaria, en la formación humanística. Yo escribo, yo leo, yo enseño, yo edité, yo juego con las inteligencias artificiales. El plan de la carrera que diseñamos tiene incrustados pedazos de mi vida. 

Sin quererlo, como el arquero zen, dimos en el blanco. Propusimos una licenciatura en un área geográfica donde no había ninguna y donde pululan los profesorados, con ese equívoco tan escolástico de que una cosa es el saber en sí y otra cosa es el saber aplicado a la pedagogía, como si la única razón de ser del saber no fuera el don, pasarlo a otro, a otra, dejarlo que lo lleven lejos, a donde uno no ha podido llegar.

El plan se armó en una hora, en dos, fue instantáneo, estaba allí, esperando que alguien lo desovillara. Luego hubo que armar rondas de consultas. Nos dijeron: esto sí, esto no. Nos recomendaron, nos sugirieron. El plan se fue modificando. Después llegó el turno no de los escolásticos sino de los burócratas, la adaptación de una idea, una emoción, un sentimiento, una hipótesis de futuro (para la patria, para la humanidad) a las planillas de cálculo, a las dimensiones manejables de las horas y de los créditos. El plan siguió cambiando, pero nunca perdió su potencia. Era (es) como una persona que se prueba diferentes maquillajes, que no tiene prejuicios vestimentarios, que le da lo mismo tal prenda o tal otra porque, como sabemos por Simón Rodríguez, la situación pedagógica nos pone al desnudo.

¿Qué tiene nuestra carrera que no tiene ninguna otra en el mundo? Tiene incrustado un programa de edición, un programa de humanidades digitales, un programa de pedagogía y un programa de prácticas de escritura (escupo al piso cada vez que escucho decir "escritura creativa").

Pero todavía más, supone una fiesta permanente alrededor de los objetos que se van presentando. Voy a las clases que no doy yo, porque la clase sigue siendo "el lugar de todos los intercambios". Me vuelve loco estar en un aula y no poder hablar. Así que hablo. Y me vuelvo todavía más loca cuando escucho las intervenciones cortantes como un cuchillo nuevo, agudas como una nota de castrato, de las estudiantes. 

¿Quiénes son? ¿De dónde vienen? ¿Por qué nos acompañan? ¿Qué quieren?

En una clase de teoría literaria, están examinando la noción de "legibilidad". Un escritor publicado interviene diciendo que él ha leído una tesis sobre Artaud, en francés (aclara) y que allí se hablaba de "lisibilité". Todas nos cagamos de risa, por diferentes razones pero sobre todo porque: ¿qué umbral de discusión supone esa intervención en una universidad del conurbano? Yo me río más, porque conozco la francofilia de quien dicta la materia y me doy cuenta de que, por vías casi mágicas, el escritor publicado dio en la tecla, en la clave del curso.

Otro chico, muy joven, que ocupa las primeras filas con esa típica ansiedad del reconocimiento (que por supuesto le daremos siempre) pregunta: "¿Y qué pasa en el caso de una lengua que no entiende nadie?" Desde mi lugar, le digo: "eso es muy lindo" y en la pausa me le acerco y le digo: "En relación con lo que dijiste, ¿cuál es esa lengua, que en realidad existe, que nadie puede entender?". Piensa, titubea, me dice: "no sé". "La lengua de Dios", le digo. Me contesta: "claro, Borges".

Mi carrera es lo más.

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Dicen que....

por Diego Bentivegna para FB 


Hoy bajamos por Paraná derecho y fuimos de nuevo a la costa al humedal, a la reserva, a la nostalgia del verano. Y nos llevamos el libro de poema de Daniel, que se acaba de publicar en estos días.
Acá pongo la foto de las páginas de un poema de Daniel que me encanta, "Villaguay", con los ecos de los ríos que desembocan, de una manera u otra manera, en el agua del estuario, del río mar del que nunca podemos del todo separarnos.
Recuerdo, le decía en un mensaje a Daniel, el momento en que salió la primera edición del libro, publicado por Belleza y Felicidad. Era el 2000. Era la Casa de la Poesía, la antigua casa de Carriego, sobre la calle Honduras, a la que esa época íbamos todo el tiempo. Era la voz de Cucurto mientras lo presentaba.
En el textito que abre el libro, Daniel ubica la poesía en un lugar que dialoga con la muerte. Ahí dice algo muy lindo: dice que las muertes "son sucesivas y microscópicas". Por eso, creo, no hay nada de fúnebre en ese lugar, porque la muerte no es más que ese punto en el que la vida toma distancia de sí misma. Donde se vuelve relativa, precaria, abierta a la voces que no están.
El libro tiene unas notas al pie en las que Daniel va ensartando momentos de sus vidas, así, en plural: del tiempo en que fue escribiendo los poemas que integran las diferentes secciones. Son notas que van armando una biografía fragmentaria, como es, en el fondo, toda biografía, y que va tejiendo un pequeño retículo de nombres, que es la red, la tela, en la que se incuba la poesía y donde ella, de un modo u otro, persiste.
 
(Gracias Diego, y lo mismo que te dije allá: "Qué buen lector. Si hubiera buen poeta....")
 

 (¡en cualquier momento se agota!)
 
 

Espejismos de progreso

por Daniel Link (+Gemini) para Perfil

La pantalla grande atraviesa hoy una paradoja fascinante: mientras los píxeles alcanzan la perfección, los guiones retroceden hacia la rigidez moral del siglo antepasado. Dos estrenos recientes, Hail Mary y Avatar III: Fire and Ash, encapsulan este fenómeno donde la vanguardia técnica sirve de envoltorio para ideologías rancias que creíamos superadas por el sentido común.

En Pandora, James Cameron ha construido un imperio visual sin precedentes, pero en esta entrega su obsesión con la estructura familiar tradicional cruza la línea de lo apologético para rozar lo reaccionario. La narrativa de los Sully es ahora un búnker conservador. Bajo la excusa del "honor", la película refuerza una visión donde la identidad solo es válida si se articula mediante el linaje patriarcal y la validación paterna. Resulta alarmante que, en un universo de infinitas posibilidades biológicas, el "fuego" de los nuevos clanes sirva para iluminar una homofobia estructural: no hay espacio para la disidencia sexoafectiva en el ecosistema de Cameron. La familia no es aquí un refugio, sino una imposición ideológica que invisibiliza cualquier existencia fuera del binarismo más estricto.

Por otro lado, Hail Mary intenta vendernos una odisea de cooperación científica ante la extinción, pero lo hace desde un etnocentrismo caduco. Aunque se disfrace de ciencia ficción humanista, la cinta destila un racismo velado en su construcción de la jerarquía intelectual. La genialidad y el heroísmo conservan un código genético muy específico, relegando a las naciones del sur global a ser meras comparsas cómicas o recursos logísticos para el lucimiento del protagonista anglosajón (¿por qué no vuelve a la Tierra, qué se lo impide? ¿Un amor indecible?). Es ese racismo de baja intensidad, el que excluye por omisión, el que asume que la salvación de la especie es una patente de propiedad exclusiva de Occidente.

Ambos films ofrecen espectáculos soberbios, pero es imperativo preguntarnos si aceptaremos que el futuro del cine comercial sea un viaje de regreso a los prejuicios del pasado. La técnica ha evolucionado; es hora de que la mirada también lo haga de una vez por todas.

viernes, 1 de mayo de 2026

Diario de un profesor

¿Será un libro? ¿Serán apuntes sueltos? En todo caso, agradezco a María Sonia Cristoff, quien en un aparte en la Propofest en la que acostumbramos a encontrarnos, escuchó atentamente algunos de estos episodios y consideró que debía ponerlos por escrito.

Había dejado de enseñar y creía que esa decisión me serviría. Pero pronto me encontré repitiendo un chiste idiota en cada circunstancia pública en la que me encontraba frente a una audiencia: "Hace mucho que no doy clases, así que tengo síndrome de abstinencia. Prepárense porque no voy a dejar de hablar durante los próximos cuarenta minutos". 

Pero todo cambió cuando me enfrente a los primeros días de la carrera de Letras que había creado. Llegar al campus y percibir el hormigueo de juventud, la esperanza, el anhelo, las ambiciones alrededor de mi me devolvió una excitación que creía ya abandonada. Allá se empezaban a formar grupos. Acá, los chicos estacionaban sus motos. Afuera, las chicas fumaban sus últimos cigarrillos antes de cruzar la calle. 

En el parque, frente a la cantina, ya había gente estudiando o leyendo por placer. En el borde más alejado del campus, un compañero de trabajo se había instalado con su computadora, sobre una mesa tosca, para ultimar detalles de las listas de alumnado, de los requerimientos para las clases, etc.

Todo eso me pareció simpático pero no mucho más, hasta que entré al aula y recuperé la emoción de las primeras veces, de mis momentos más intensos y más felices frente a alumnos: el Ciclo Básico Común, en la década del ochenta, donde enfrentábamos dosis idénticas de curiosidad e insolencia.

Bien pronto me di cuenta de que quería volver a dar clases y elegí un curso bien difícil, para el cual empecé a estudiar. Tendré un año y medio para poder decir algo consistente. Literatura del Renacimiento y Barroco europeo.

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