sábado, 26 de noviembre de 2022

¿El tamaño importa?

Por Daniel Link para Perfil

Es difícil sustraerse al mundialismo aunque uno lo intente, así que me dejo arrastrar hacia esa nadería acompañado del manual de comunicación (imagino que con el asesoramiento de las más importantes lingüístas, expertas en ideología lingüística en la prensa, y agudas analistas de la complicada articulación entre discurso y discriminación) elaborado por esa institución eminentísima que es el INADI.

Las personas de bien esperamos la intervención de oficio del Instituto en relación con la difusión en la televisión satelital del nuevo remix del clásico “Escuchen, corran la bola” que avanza sobre territorios inexplorados todavía, como la asignación de identidades sexuales en relación con un vínculo que podría pensarse en un más allá de los trascendentales: ¿que un hombre “heterosexual” se involucre eróticamente con una “mujer trans” lo convierte en “puto” (entrecomillo los nombres, porque son designantes siempre provisorios, sujetos a revisión constante)?

Como no sabía quién era Kylian Mbappe, lo guglié. Y llegué a un archivo PNG donde aparece en cueros junto con nuestro Messi y con Neymar en un vestuario del PSG.

Esa foto de inmediato me remitió a la frase que ya está en el imaginario colectivo para justificar lo que hoy pudiera suceder durante el partido contra México: “es que los jugadores argentinos son chiquitos”.

¿Subalimentados?”, uno pregunta. No, son chiquitos. Messi parece, efectivamente, un souvenir de bolsillo al lado de los otros dos (que, sin embargo, no son europeos). Espero el pronunciamiento del INADI sobre este confuso lazo entre resultados deportivos, razas y clases.


sábado, 19 de noviembre de 2022

Sed de guerra

Por Daniel Link para Perfil

El corto siglo XX (en oposición al largo siglo XIX), dice Eric Hobsbawm, comenzó con la Primera Guerra Mundial. No es la única hipótesis que se puede sostener y, de hecho, Giovanni Arrighi plantea un Siglo XX largo, que empieza antes y termina bastante después. El 20 de febrero de 1909 apareció en Le Figaro el “Manifiesto futurista”, promovido por Filippo Tomasso Marinetti. Como se sabe, esa vanguardia intelectual encontraría en el fascismo una vía de desarrollo poco sorprendente, si se recuerda que en su artículo 9 el “Manifiesto” ya proclamaba: “Queremos glorificar la guerra -sola higiene del mundo-, el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los anarquistas, las bellas ideas que matan, y el desprecio a la mujer”.

Esa misma inteligencia futurista se entregó, antes que al fascismo, a los juegos bélicos. Todavía hoy sorprende la cantidad de voluntarios y voluntarias que se enrolaron para pelear en la Gran Guerra (en ambos bandos): la mitad de los escritores de aquella época se enrolaron y algunos pocos sufrieron incluso el resentimiento de no haber podido participar de la contienda por diferentes razones (Francis Scott Fitzgerald siempre se quejó de no haber llegado al campo de batalla; Kafka quiso enrolarse, y no lo aceptaron).
Como tantos otros y otras, Guillaume Apollinaire (el inventor del superrealismo, el más sensible radar de la descomposición del mundo) murió al volver del frente. No se lo llevó propiamente la Guerra sino la Gripe Española, que mató más personas que los ejércitos (50 millones de personas en el mundo entero).
La inteligencia americana ya había previsto muy tempranamente esa pandemia gripal. El 5 de abril de 1909 Rubén Darío publicó en La Nación de Buenos Aires una crítica radical al “Manifiesto” que señalaba, entre otras cosas, la aporía vanguarista de la “destrucción reglamentada” (¿qué sentido tienen un conjunto de reglas para destruir las reglas?) y luego se interrogaba: ¿La Guerra como Higiene? No sean infantiles: la Peste le gana.
A aquellos que pretendían que la Guerra era la higiene del mundo (a aquellos que marcharon a la guerra creyendo que iba a acabar con la Plutocracia y el Imperialismo) Darío les advierte: la Peste es mucho más higiénica. El contagio es mucho más eficaz que la dialéctica imperial-nacionalitaria.
Guerra y Peste, entonces, en ese comienzo del siglo, prefiguradas en 1909 por dos imaginaciones que no parecen compartir las mismas esperanzas (ni que hablar de la distancia respecto de las mujeres, a las que Darío adoctrina con su “Sonatina feminista”).
Todo eso, que el siglo XXI quiso olvidar junto con el comunismo volvió condensadísimo en 2020-2022 para decirnos que la Guerra, el Fascismo, la Crisis y la Peste siguen estando ahí (sobre todo como nombres), y nos obligan a pensar las vías de superación de un régimen de acumulación insensato y hostil a lo viviente, porque Peste, Guerra y Crisis son la consecuencia de ese régimen.
No hace falta ser poeta ni historiador para evaluar todo lo que fue escrito con sangre y humo de cadáveres en el corazón mismo del Siglo XX (que no es sólo En busca del tiempo perdido sino también la puesta en acto de las más atroces fantasías de exterminio).
Y sin embargo, hoy todo el mundo semblantea y nadie se atreve a levantar demasiado la voz contra la guerra. Los políticos tejen acuerdos: te voto esta condena si me das un puñadito de dólares; me abstengo de llamar “guerra” al “conflicto” en Ucrania para no irritar a los países “amigos” o ponemos en la balanza el agresivo expansionismo de la OTAN para justificar lo injustificable. La insensatez es mayúscula y es como si de nuevo quisiéramos entregarnos a la sed de guerra. “¡Por fin un Dios!”, exclamó Rilke cuando estalló la Gran Guerra. Que alguien pretenda percibir en esos procesos de “depuración” o de “higiene” alguna esperanza para una humanidad agobiada por el régimen de acumulación capitalista ( liberal o autoritario) nos retrotrae a los momentos más trágicos del siglo pasado. Hoy es posible escuchar voces que se autoperciben de izquierda justificando la agresión rusa hoy y mañana, ¿por qué no?, la agresión china.
 

Mientras tanto, Meta despidió a 11 mil empleados, Twitter a la mitad de su planta, Amazon planea despedir a 10.000 trabajadores. 

Un ejército de sedientos para la catástrofe perfecta.

lunes, 14 de noviembre de 2022

domingo, 13 de noviembre de 2022

Humilde mensaje para el Sr. Ritondo

Señor Ritondo: si bajan la edad de imputabilidad a los 14 años, la lógica indica que deberían bajar también la edad de consentimiento sexual. Piense un poco, por favor, se lo pedimos. NO SEA NECIO.




El interés común. La construcción de una sociedad sin privilegios

por Alejandro Katz, Eduardo Levy Yeyati para La Nación

Después de décadas de desacuerdos sobre la cuestión fundamental del régimen político bajo el cual ordenarnos, en 1983 los argentinos optamos por la democracia como forma de vida en común.

El propósito fundamental de aquella decisión fue desplazar a la violencia de la escena pública, instaurando la palabra como el modo privilegiado de resolución de diferencias. La experiencia traumática de la dictadura, pero también la evidencia del daño provocado por la violencia revolucionaria, contribuyeron a establecer un consenso democrático que se ha mantenido inalterado durante cuarenta años, a pesar de las crisis que atravesó el país y de la insuficiencia del sistema político para proveer mínimos de bienestar a un porcentaje alto de la población.

"A pesar de las evidentes virtudes de nuestra democracia, no es la igualdad uno de sus rasgos notorios"

Ese no fue el único logro de nuestra vida democrática. La extensión de derechos, desde el divorcio vincular al matrimonio igualitario y, más recientemente, el derecho a la interrupción voluntaria del embarazo, contribuyeron a que muchas personas puedan desarrollar proyectos de vida más autónomos y satisfactorios. Así, la democracia probó ser un instrumento adecuado para resolver de un modo pacífico cuestiones que también afectan las creencias más íntimas, morales y emocionales, de sus ciudadanos y de sus ciudadanas.

Sin embargo, no fue suficiente para revisar concepciones del poder profundamente enraizadas en la cultura política argentina que continúan distorsionando la búsqueda de justicia social, sin la cual el futuro del orden democrático se verá amenazado.

La democracia no es solo un dispositivo de selección de representantes o de resolución pacífica de desacuerdos. Es también un régimen que expresa una idea de sociedad, uno de cuyos fundamentos es lo que en la Grecia clásica se denominaba isonomía: la igualdad de derechos civiles y políticos de los ciudadanos. Esta igualdad, limitada en la democracia ateniense a un núcleo reducido de personas, era el modo más claro de caracterizar un régimen opuesto a una tiranía en la que el gobernante ejerce un poder ilimitado. Como observa el jurista italiano Luigi Ferrajoli, “el principio de igualdad es el principio político del que, directa o indirectamente, pueden derivarse todos los demás principios y valores políticos”.
"Dar un empleo en el Estado sin concurso público es conceder un privilegio"

A pesar de las evidentes virtudes de nuestra democracia, no es la igualdad uno de sus rasgos notorios. No solamente por la capacidad de sustraerse al imperio de la ley que disfrutan quienes acumulan cuotas extraordinarias de poder (como dijo uno de ellos, “el poder es impunidad”), sino por la capacidad que los gobernantes conservan para asignar beneficios de modo arbitrario, creando una trama de privilegios que cuestiona los principios mismos de la democracia.

Desiguales

El privilegio es contrario al derecho: si este es resultado de la igualdad de las personas ante la ley, aquel es la excepción de una obligación o la posibilidad de hacer o disfrutar de algo que a los demás les resulta prohibido, el beneficio que recibe alguien como resultado de una concesión otorgada desde el poder.

Desde sus orígenes en la era moderna, la democracia ha pretendido ser un régimen de supresión de privilegios, para ciudadanos en condición de igualdad.

Ciertamente, la idea de igualdad fue y es objeto de intensas controversias, políticas y filosóficas, tanto en su definición (igualdad de qué y para qué) como en sus alcances políticos (entre quiénes). Pero, más allá de las discrepancias, su aparición introduce una exigencia siempre presente en las sociedades democráticas: la de justificar la diferencia entre las personas, argumentando en qué situaciones y por qué razones es justo que algunos tengan o reciban algo distinto que otros.

No cuesta mucho entender de qué modo el privilegio no solo es lo opuesto del derecho, de la igualdad y de la justicia, sino que además corroe esos principios fundamentales de una sociedad democrática. Y, si bien ninguna sociedad es perfectamente justa, entre otras razones porque hay numerosas concepciones de justicia, para todas ellas la limitación o erradicación de los privilegios es un principio compartido.

"Una sociedad de privilegios es una sociedad bloqueada para la cooperación"

Por supuesto, hay discusiones sobre qué constituye un privilegio. Pero, también aquí, las buenas sociedades han establecido algunos acuerdos bastante robustos. Así como hay privilegios (por ejemplo, los obtenidos por nacimiento) cuya preservación es materia de discusión, no hay ninguna duda de que los beneficios otorgados arbitrariamente, sin una justificación pública aceptada socialmente, son inaceptables.

En este sentido podría decirse que la democracia argentina ha relegado la pretensión de justicia al convalidar una dinámica en la que la búsqueda, obtención y naturalización de privilegios se volvió moneda corriente.

Taxonomía preliminar

Por su misma naturaleza, resulta difícil realizar una tipología de los privilegios existentes. Alfonso V de Aragón nos ofrece un buen punto de partida histórico: durante su reinado en Italia, entre 1442 y 1458, estableció el registro Privilegiorum, quizás el listado más completo de privilegios que podamos consultar, y que establece, entre otros, derechos de explotación de recursos y exenciones fiscales. Sustraer a alguien de la obligación de pagar impuestos era la principal prerrogativa de la nobleza y del clero durante el Antiguo Régimen, y de esos privilegios gozan, en la Argentina contemporánea, individuos, empresas, corporaciones y regiones particulares. No se trata, desde luego, de todos los individuos ni de todas las empresas: lo propio del privilegio es que se otorga a unos y no a otros.

Las dos modalidades establecidas en el Privilegiorum de Alfonso V –exenciones fiscales y derechos de explotación– son los modos principales en los que el poder concede privilegios también entre nosotros. Son conocidos los casos más emblemáticos y en alguna medida también los más costosos: el régimen fiscal especial de Tierra del Fuego, que según diversos cálculos equivale a un porcentaje de entre 0,5 y 0,8% del total de la riqueza producida en la Argentina cada año, o la exención del pago del impuesto a las ganancias a la corporación jurídica, tanto a los magistrados y fiscales como al personal administrativo.

La exención fiscal a las empresas de Tierra del Fuego es también un régimen de privilegios previsionales para los trabajadores: los empleados provinciales se pueden jubilar a los 55 años con un haber del 88% de los ingresos que tenían en actividad; y los de las empresas alcanzadas por el régimen de promoción a los 50 años las mujeres y a los 55 los hombres. También a los 50 años pueden jubilarse las y los docentes de la provincia de Buenos Aires, igual que los aeronavegantes y los metalúrgicos. Los gráficos, los ferroviarios, el personal de servicios eléctricos y otros muchos pueden hacerlo a los 55 años. Muchos de esos regímenes previsionales especiales se originan en decretos o leyes que tienen medio siglo o más de antigüedad, y fueron dictados en tiempos en que las condiciones de trabajo de esos oficios o profesiones eran totalmente diferentes de las actuales.

Es interesante observar el régimen de Tierra del Fuego porque no solo implica beneficios fiscales y previsionales para las empresas y para los empleados, sino que también entrega a las empresas el privilegio de un mercado cautivo, necesitado de lo que allí se produce; en términos de Alfonso V, el derecho de explotación de un recurso; en términos económicos, rentas oligopólicas que los beneficiarios captan gracias al lobby político.

Privilegios también se conceden a algunas regiones del país; por ejemplo, mediante tarifas especiales para ciertos bienes o servicios fundamentales, como la energía en zonas frías que, contra las tendencias climáticas, se extendieron recientemente a la costa bonaerense.

"También es un privilegio la concesión de un servicio por parte del Estado, dado que se trata de la entrega a un particular del derecho de explotar un recurso"

También es privilegiar a alguien darle un empleo en el Estado sin un concurso público de oposición, ya que esa contratación le dará estabilidad laboral durante toda su vida. O permitir la competencia desigual y las extendidas prácticas comerciales no competitivas, con el consiguiente desplazamiento de otros agentes económicos y la vulneración de los derechos de los consumidores. Son privilegios las zonificaciones y excepciones en los códigos y permisos de construcción, o la defensa corporativa de determinados trabajos de nula utilidad social. Por no mencionar la prioridad para la obtención de un empleo a los familiares de los trabajadores –¡cargos hereditarios!–, por ejemplo en el subterráneo de Buenos Aires, en el Banco Nación o en el Banco Central. Como lo son los contratos de obra pública concedidos en los márgenes de la legalidad a grupos económicos a los que se quiere favorecer.

También es un privilegio la concesión de un servicio por parte del Estado, dado que se trata de la entrega a un particular del derecho de explotar un recurso. Evidentemente, en muchos casos resulta imprescindible hacerlo, dado que el Estado no puede y posiblemente tampoco debe ocuparse de todas las tareas que están bajo su responsabilidad. Pero cuando esa concesión, como en el en caso de los registros públicos del automotor o el servicio de recolección de vehículos mal estacionados, se parece más a una patente de corso que a la asignación de una tarea específica a un tercero a cambio de la remuneración adecuada, lo legal deja de ser legítimo.

Porque los privilegios son legales: se confieren de acuerdo con las potestades para hacerlo del órgano que los asigna, trátese del Poder Ejecutivo o del Legislativo, en cualquiera de los niveles de gobierno. Pero su legalidad no los vuelve legítimos. Para ser legítima, la ley (o resolución, o decreto, o reglamento) que establece el privilegio debe apelar al ideal de ética y de justicia que toda norma debe incorporar. La legalidad pertenece al orden del derecho, la legitimidad pertenece al orden de la ética pública. La legalidad genera obligación, la legitimidad genera reconocimiento. Al conceder privilegios sin una fundamentación pública adecuada –o, por decirlo de otro modo, contra el ideal de ética y justicia de la sociedad– la democracia pierde legitimidad.

(Casi) todos sacan

El origen de la inmensa red de privilegios es diverso. En algunos casos, bajo argumentos racionales, en otros discutibles, en otros insostenibles. Indagar en ellos excede el propósito de estas líneas. Importa, sí, contribuir a poner en el debate público la necesidad de revisar esa dinámica, que parece haberse vuelto irrefrenable. Las dirigencias políticas, cada vez más aisladas de la sociedad, han resignado la práctica de la negociación para adoptar la de la transacción. La negociación supone el reconocimiento de las intenciones y de los intereses del adversario, exige persuadir y ceder. Persuadir de que los intereses propios tienen valor colectivo, y ceder en aquello que no se pueda probar de interés general. Negociar no implica saber ganar sino saber perder. La transacción política es de otro tipo: se efectúa sin ceder nada propio, sino entregando lo ajeno: los bienes colectivos, el futuro común.

Aprobar una exención impositiva exigida carece de costo para quien la pide y para quien la otorga. A cambio de aquella exención, se obtiene, por ejemplo, un beneficio previsional para una corporación aliada, y tampoco el costo de este nuevo beneficio va a la cuenta de los involucrados. Ambas partes de la transacción, que en definitiva controlan los parlamentos, las legislaturas y los concejos deliberantes, o que desde los Ejecutivos tienen capacidad de dictar decretos y resoluciones, conceden beneficios que no les cuestan nada.

En esta versión moderna del problema de los commons, los beneficios son privados pero los costos –que existen, claro– son comunes, públicos. De todos. Y, en última instancia, de aquellos que, al carecer de representación y de voz, no pueden proteger sus propios intereses ni extraer sus propios beneficios: el impacto neto del predominio de los privilegios no es solo injusto; también es, casi por definición, sumamente regresivo.

Los costos económicos de los privilegios contribuyen, en su conjunto, al déficit crónico, a la inversión insuficiente, a la falta de trabajo decente y a la desigualdad regional y social, la pobreza y la desesperanza. Pero estos costos son sólo un aspecto del problema. Tan importantes como ellos son los efectos que la “privilecracia” provoca en la conducta individual y colectiva, promoviendo una cultura de buscadores de rentas a expensas del desarrollo. Los incentivos de los agentes económicos se distorsionan ante la evidencia de que los beneficios de largo plazo son mayores si los esfuerzos y las capacidades se dedican a obtener un privilegio en lugar de a desarrollar una actividad socialmente necesaria o económicamente útil. Una sociedad de privilegios es una sociedad bloqueada para la cooperación. Es una sociedad que ha perdido conciencia de que el destino de cada uno depende del destino de los demás, hecha de privilegiados y desposeídos, carente de las formas más elementales de la cohesión, incapaz de actuar en favor del interés común, ineficiente e injusta.

El privilegio, lo hemos dicho, es lo contrario del derecho, el imperio de la arbitrariedad. Así, cuestiona el principio universal que consiste en el derecho a tener derechos que, según lo expresó Hannah Arendt, es el estatus del ciudadano. La regla es inflexible: a más privilegios menos ciudadanía.

La punta del ovillo

Este equilibrio centrífugo de no cooperación no se resuelve con gestos o acciones individuales, fugaces o inverosímiles. La solución, si existe, requiere de decisiones políticas coordinadas en un proyecto político capaz de persuadir de que cooperar (“poner”) producirá mejores resultados colectivos que depredar. También requiere liderazgo para contrarrestar la percepción, habitual en el beneficiario de un privilegio naturalizado, de que el privilegio siempre es el del otro. Liderazgo para ir contra la corriente.

En la salida de la dictadura nuestro país subió un peldaño de la escalera civilizatoria al decidir que los conflictos se resolverían, de allí en más, con los instrumentos de la política y no con los de la violencia. Desde entonces, no ha sido posible avanzar el horizonte colectivo: hoy debería haber menos pobreza, precarización y desigualdad, mayor calidad educativa, mejores servicios de salud, y protagonismo en las agendas urgentes del presente, desde la climática hasta la digital.

Ello ocurrirá solo cuando la ley y las normas, en lugar de designar beneficiarios, sirvan para el propósito fundamental que tienen en una sociedad democrática: hacer que todas y todos sean iguales en su calidad ciudadana. Que la nuestra sea, por fin, una sociedad sin privilegios y sin privilegiados. Ese es el próximo escalón civilizatorio al que debemos aspirar.

sábado, 12 de noviembre de 2022

No soy tu padre

Por Daniel Link para Perfil

Volvimos de la 31º Marcha del Orgullo, agotadas de cansancio y un poco ofuscadas con la COMO por la deficiencia en la organización. Hubo una cantidad de gente como nunca se vio en Plaza Mayo en los últimos tiempos: la plaza llena, multitudes por Diagonal Norte hasta el Obelisco, y por Diagonal Sur hasta el monumento a Roca, donde estaba la carroza Loca (o mejor: la carroza Cheta) y Avenida de Mayo totalmente cubierta de gente prácitamente hasta Esmeralda. La COMO hablaba de más de 1.000.000 de personas, y esa cifra era verosímil. En el peor de los casos, superaban el medio millón de personas.

En Plaza Mayo había un escenario frente al cual la gente se amontonaba desde el mediodía. Alrededor de la plaza se había instalado el mercadillo, lo que generó problemas de circulación: no se podía salir de la plaza sino por el centro, enfrente de Avenida de Mayo. En algún momento a alguien se le ocurrió decir que la Marcha había comenzado (y no era cierto) por lo que decenas de miles de personas se abalanzaron sobre la única salida disponible, donde se produjeron sofocos y apretujones que podrían haberse evitado sencillamente poniendo el mercadillo contra las fachadas que rodean la plaza.

Ya en casa, prendimos la televisión a ver cómo lo habían cubierto los canales. En los diarios hablaban (hay que ser cretinos) de 50.000 personas. La televisión también se conformaban con “miles de personas”. Señoras y señores: fueron cientos de miles de personas las que se congregaron para pedir ciertas cosas, pero sobre todo para festejar que la vida continúa, pese a todas las fantasías de exterminio, la transfobia, la homofobia y la lesbofobia.

Habíamos visto drones filmando la marcha desde todos los ángulos. Ningún canal se dignó a pasar esas imágenes impresionantes que después pudimos ver en redes, porque hubieran tenido que acompañarlas de alguna explicación.

Alguien me entrevistó por la remera que yo estrené en la Marcha: la máscara de Darth Vader y la leyenda “No soy tu padre”. “¿Qué quería decir?” Es una negación del patriarcado: la ascendencia y los mandatos no te definen. “¿Es un mensaje para alguien que esté en la marcha?” Sí, claro: que no he venido en calidad de padre. Soy una más en el millón.

sábado, 5 de noviembre de 2022

Dólar Manolo

Por Daniel Link para Perfil

La noticia no pudo llegar en mejor momento. Un amigo que se llama Manuel vive en un apartado villorio de la España profunda, donde sostiene un emprendimiento de quesos y embutidos de oveja. Digo mal: vivía. Se ha pasado la mayor parte de 2022 habitando diferentes apartamentos del barrio de Palermo (que ha adoptado como nuevo pueblo propio) por razones del corazón.

Ha viajado ya tres veces (se queda tres meses en Buenos Aires y vuelve un mes a su aldea). Como es consciente de las dificultades cambiarias que implica vivir en nuestra patria, lo ha probado todo. Primero venía cargado de euros hasta el límite admisible por las autoridades aduaneras. Al principio, alguno de sus amigos de la red de charcutería de la que participa le cambiaba dinero. O mejor: aceptaba sus divisas y a cambio de eso le prestaba una tarjeta de débito (¿quién no tiene una cuenta en desuso?) cargada de pesos para que hiciera sus compras.

Como el asunto podía despertar las alarmas de las autoridad fiscal, me contó que sus amigos comenzaron a retacearle esa ayuda imprescindible para sostener sus amores.

Alguien le recomendó un nuevo método: transferir dinero a Buenos Aires desde su cuenta europea mediante Western Union que, aparentemente (yo qué sé), liquida las divisas a un tipo de cambio conveniente para los extranjeros. Quedaba en pie el intríngulis de cómo resolver el delicado asunto del transporte de todos esos fajos de billetes de 1000 o 500 (alguna vez parece que le dieron incluso toneladas de papeles de 200).

Como yo tengo un apego a la legalidad absoluto, traté de conseguirle una de esas cuentas bimonetarias para extranjeros pero en el Banco Nación (la única entidad que la implementó) no hallé modo de contratarla (al menos a través de Internet, y no me iba a hacer una cola por una historia amorosa ajena).

De modo que todas recibimos con la algarabía del caso la buena nueva: ahora los Manueles del mundo podrán venir a visitar a sus novias y usar sus habituales medios de pago con un tipo de cambio mucho más parecido al real: el dólar Manolo, lo llamamos, que se suma a la ya larga lista de oficiales: el dólar Coldplay, el dólar Qatar, el dólar Netflix. Nos falta el dólar CONICET, para poder asistir a congresos.

 

sábado, 29 de octubre de 2022

Procastinar, nunca

Por Daniel Link para Perfil

Después de haber estado ausente un mes de mi casa pero, sobre todo, de mi mesa de trabajo, la primera semana se me va siempre en resolver los asuntos atrasados (empezando por los trescientos correos acumulados en la bandeja de entrada).

La segunda empieza ya con una agenda normalizada pero en un registro vertiginoso, que no me permite pensar demasiado: actúo antes de que el mundo se me venga encima.

Para que no me queden cosas en el tintero haré de esta columna un compendio de columnas posibles, para poder luego pasar a otra cosa.

Me entero de que a alguien se le ocurrió “penalizar” a quienes usan una prepaga más allá de la obra social que les tocó en suerte. El asunto cae en el olvido rápidamente porque es una estupidez, producto de una ignorancia supina. La mayoría de los trabajadores tienen libertad de elección de obras sociales (muchas de ellas asociadas con prepagas). No sé quién más, además de los docentes universitarios, carecemos de ese privilegio relativo, pero privilegio al fin. Me doy cuenta de que la mayoría de la gente (incluidos los parlamentarios) también actúan sin pensar: ¿será que estuvieron de viaje? ¿O viajaron sus asesores? No es raro que el país se derrumbe, con el escaso nivel de reflexión que se nota en todo.

Empezó Gran Hermano. No voy a verlo, aunque hayan contratado al Poder Ejecutivo para que le haga campaña de promoción.

En cambio, sí vi Argentina, 1985. La película no está mal, en el registro en el que se instala. Pero tampoco está demasiado bien. Una sóla escena me conmovió (y no diré cuál). Me hace ilusión ver a Mariano Llinás recibiendo el Oscar a mejor guión, porque él me cae bien.

Volví justo para el cumpleaños de mi nieta, que tiene ya cinco años y escribe instrucciones para encontrar tesoros. Le traje de regalo una cometa multicolor y una valijita hermosa de legos (lo único que conseguí que no respondiera a la odiosa manía de la franquicia y la mercadotecnia). Ella estaba todavía fascinada con otros regalos: vació la valija de legos y la usó para guardar sus sets de maquillaje. Cuando me contó que le habían regalado también una barbie, casi me da un ACV. Volví a verla el fin de semana pasado, y ella me mostró el teléfono celular que había armado con los legos. Me sentí aliviado.

Mi hijo se especializa en software para satélites. Es como una parte de mí que yo nunca hubiera podido desarrollar. Me quejo de los algoritmos, de google maps, en fin, de la inteligencia artificial y él toma partido contrario. Le digo: ¿no viste Terminator, no viste Matrix? Se ríen de mí, como si estuviera hablando de neorrealismo italiano.

En noviembre estaremos presentando tres libros: un Pasolini y el tercer mundo, intervención colectiva de la que participó Ana Amado, entre otras estrellas, y a quien le dedicaremos la presentación, el Epistolario entre Enrique Pezzoni y Raimundo Lida (cartas entre 1947 y 1972), con edición de Miranda Lida y prólogo mío y, a la distancia, mi Autobiographie d'un lecteur argentine, como Gallimard llamó a La lectura: una vida...

 

sábado, 22 de octubre de 2022

Huella de carbono

Por Daniel Link para Perfil

Una amiga de Berlín es lo que se llama “persona pública”. Debe ser muy cuidadosa en la adecuación de lo que dice y lo que hace, porque en ese ajuste se fundamenta su ética y su imagen pública. Por supuesto, es una abanderada de las causas ecológicas, vegetarianas, antibelicistas, etc.

Lejos de la facilidad (tan argentina) de declamar una cosa y hacer todo lo contrario, sus convicciones la obligan a decisiones complejísimas. Por ejemplo: tiene que viajar desde Berlín hasta Avignon, en el sur de Francia. Como no quiere que su viaje sume carbono a una atmósfera ya suficientemente enrarecida y ante la inminente escasez de combustibles que se avecina en Europa, elige viajar en tren. Tarda 16 horas en llegar y otras tantas en volver (en un vuelo directo en avión hasta Marsella tardaría 2 horas más una en transporte público).

¿Por qué tanta diferencia? Bueno, allí es donde lo personal se intersecta con las políticas públicas. Mientras los demás países se dedicaban a trazar líneas ferroviarias de alta velocidad (TGV, AVE), Alemania prefirió apostar a subsidiar a las empresas aeronáuticas para favorecer la movilidad intraeuropea. Un tren de alta velocidad no es sólo una máquina potente sino que requiere de trazados lo más rectos posibles para poder acelerar hasta 300 kms/h. No habiendo hecho ese trabajo, con todo lo que implica (compra de terrenos, expropiaciones, etc.), hoy Alemania carece de trenes de alta velocidad.

Si bien yo soy un fanático de los trenes per se, no podría seguir a mi amiga en sus convicciones. En Argentina, el peronismo (me disculparán la generalización, pero el de Menem fue un gobierno peronista) desmanteló completamente una de las más vastas redes ferroviarias de América latina que hoy es imposible de recuperar.

Por otro lado, el 8 de mayo de 2006, el Sr. Néstor Kirchner y el Sr. Ricardo Jaime firmaron la resolución 324, que lanzaba el proceso para la construcción de un “Tren Cobra” de alta velocidad entre Córdoba y Buenos Aires (con parada en Rosario), con una duración máxima de tres horas entre cabeceras y un costo aproximado de 4.000 millones de dólares.

En enero de 2008, la Sra. Fernández adjudicó la obra a un consorcio francés-español-argentino y el 26 de marzo del mismo año Martín Lousteau firmó la estructura financiera del proyecto que, por supuesto, quedó en la misma nada que el traslado de la capital.

El asunto perjudica a quienes necesitan medios de transporte eficaces y sustentables. Perjudica también la posibilidad de una ética ambiental.

 

sábado, 15 de octubre de 2022

Los pasos perdidos

Por Daniel Link para Perfil

En la última actualización de mi sistema operativo telefónico apareció una aplicación llamada “Fitness” que controla cada paso que doy y me informa de mis “logros” y “rendimientos” diarios.

Cada noche, el teléfono me felicita por haber superado en un 200 % los objetivos prefijados (algo que la aplicación hizo automáticamente), que tal vez sean los de un comatoso, minusválido o desahuciado.

Y, sin embargo, me doy cuenta de que empiezo a depender de la aplicación y, dado mi natural sedentarismo, empiezo a contar los pasos que doy dentro de mi casa, no sea cosa de que se me pierda algún movimiento decisivo para mi supervivencia y mañana rel celular me lo recrimine con la misma violencia de un personal trainer o un maestro de gimnasia.

Supongo que el carácter protésico de mi teléfono móvil está a la altura de los anteojos de leer, sin los cuales no funciona. Es decir: yo no puedo leer nada de lo que me dice, pero además él no puede reconocerme para abrirse a mi curiosidad o mi control. Últimamente he notado que, porque he cambiado el marco de mis óculos, desconfía de mi identidad y me pide que teclee el código.

Yo lo desprecio por estupideces semejantes y ahora planeo una venganza, digamos, monárquica. Cada vez que paso frente al televisor hay un episodio nuevo de La casa del dragón, donde hay rivalidades políticas y disputas sobre herencias fundadas en la genética. Me reconforta pensar que mis genes me salvarán de la decrepitud que me anuncia el celular, hasta que descubro que lo tengo en la mano y que he estado caminando y moviéndome frente al televisor con él. Debería tener un apple watch, pienso.


sábado, 8 de octubre de 2022

El gorjeo de los pueblos

por Daniel Link para Perfil

La semana que viene participaré de un Coloquio que reunirá a una notable tribu de especialistas en Pedro Henríquez Ureña, el dominicano que dictó exactamente hace cien años, en la ciudad de la Plata, la conferencia “La utopía de América”.

La efemérides no tiene sólo que ver con el pasado sino, sobre todo, con el futuro, y es por eso que nos pareció oportuno atravesar los desgarramientos actuales de las sociedades americanas con una pregunta sobre el sentido de nuestro estar en el mundo (americano).

Las circunstancias han querido que yo tenga que hablar en nombre de un colectivo, la Cátedra Libre de Estudios Filológicos Latinoamericanos “Pedro Henríquez Ureña”, cuyas tareas coordino en la UBA, por encargo del Consejo Directivo y con el patrocinio del ya casi centenario Instituto de Filología y Literaturas Hispánicas “Dr. Amado Alonso”. Tan señeros nombres, a los que se suman los de quienes me acompañan en la empresa, me obliga a todas las precauciones del caso, porque no puedo expresar sólo mis propias convicciones sino las de un grupo que se está constituyendo en relación con acontecimientos como este Coloquio.

En las últimas semanas hemos estado conversando sobre una serie de principios (que proponemos semanalmente a la discusión general) que orienten nuestro trabajo, nuestro pensamiento, nuestra imaginación. Copio aquí algunos.

La Cátedra Libre de Estudios Filológicos Latinoamericanos “Pedro Henríquez Ureña” se propone recuperar los saberes sobre los lenguajes, los textos y los acontecimientos de discurso acumulados durante el largo ejercicio de la filología novomundana como fundamento de una expresión.

Entendemos “expresión” como un conjunto de gestos (verbales, corporales, raciales, tonales) que caracterizan no sólo un determinado uso de tradiciones lingüísticas y culturales heredadas sino, sobre todo, una posición ante el mundo y la posibilidad de imaginar una “comunidad de destino”.

Nos situamos más allá de las cruentas dialécticas históricas (centro/ periferia; local/ global; autóctono/ cosmopolita, liberal/ populista) a las que nuestra vida común fue sometida. La “expresión” no es sólo asunto poético sino, sobre todo, una perspectiva teórica y política, un lugar de enunciación y de construcción de saberes.

Si la filología es una “ciencia de la vida”, lo es también de lo comunitario o, para decirlo rápidamente, de los pueblos. Entendemos “pueblo” no tanto como un conjunto de vínculos reificados sino (repito) más bien como una “comunidad de destino”. La filología trabaja para ese pueblo que falta.

Como esa falta sucede en el contexto de unas convulsiones que asociamos con la globalización nos es necesario situarnos en el mundo para definir nuestro(s) “mundillo(s)”. Ningún sectarismo, ninguna aduana, ninguna frontera. Nuestro mundillo y el mundo, que son ambos contrarios a los afanes homogeneizadores de la globalización se definen por una línea punteada que deja que todo pase de un lado al otro, sin adentro o afuera definitivo y duradero.

Imaginar ha tomado siempre como objeto lo ausente, lo que no está, lo que podría estar o ser, lo que interpela nuestro deseo. Pensar se relaciona por lo general con lo existente, pero nos parece que estamos en las condiciones justas para pensar lo que todavía no ha existido y forzar nuestro propio pensamiento para levarlo a lo desconocido: a otros lugares, a otras formas de organización (económica, social, erótica) de la vida en común, a un tiempo que sólo puede existir después de una discontinuidad: el día después de mañana.

Un haz de pensamiento es sólo eso: un manojo de briznas de sentido que nos vienen como herencia de la tierra mezcladas con otras briznas que decidimos incorporar de un presente que, aunque hegemónico, no debe entenderse necesariamente como enemigo. La utopía americana, porque así se llama, no puede terminar nunca de constituirse del todo: es un proceso constituyente, orientado por una idea cierta del Bien.

Escuchen, decimos, la expresión de un pueblo en falta y que usa como vehículos diferentes lenguas y diferentes tecnologías (desde el relato hasta el twitt, que en español significa “gorjeo”).

Como nos interesa el canto (una canción de cuna o una melancolía del terruño) es que queremos recuperar los saberes filológicos para mejor describir lo que nace, lo que vive, lo que todavía palpita.

sábado, 1 de octubre de 2022

Demasiado humano

por Daniel Link para Perfil

Estoy en un lugar al que se considera la cuna del capitalismo, pero como hoy el capitalismo es global, da lo mismo, es cualquier parte. La máquina capitalista ronronea o gruñe, pero está siempre ahí.

Hace unos días tuve una discusión con mi marido. Apenas llegados a la ciudad, salimos a hacer las compras. Él portaba su mapa de google, donde había identificado unos mercados. Se enojó porque yo hacía caso omiso de sus indicaciones. Había visto a un chico y un perro corriendo por un camino o pasaje y decidí seguirlos. Nos metimos en un laberinto de callejuelas desconocidas (mi marido seguía protestando: “no es así, no es así, hay que seguir las indicaciones del mapa”) donde pronto aparecieron personas portando bolsas repletas de víveres. Dos pasos más allá, estaba el supermercado del barrio. Dije “si hay un camino, es que lleva a alguna parte”.

Si me detengo en este pormenor es para subrayar que suelo desconfiar de las máquinas, aún de las que más admiro, como es el caso de googlemaps.

Soy prácticamente un ludita, incapaz de resignar sus capacidades de baqueano a la omnisciencia de un satélite.

Esta mañana (y si no importa el lugar preciso, tampoco importa el tiempo), apenas terminado el desayuno escuché un ruido del otro lado de la ventana de la cocina. El robot que corta el pasto se había activado y recorría con paso torpe el breve jardín del que disfruto. Entendí su fealdad: el robotito corta todo lo que tiene por delante: trébol, cardo, brote de rosa, deditos de príncipe. Cuando encuentra un obstáculo o un borde de material, retrocede y cambia de dirección, aleatoriamente. Los caminos que va trazando sobre el pasto son irregulares, como heridas (el pasto debe cortarse siguiendo paralelas). Además, hay pormenores del terreno que confunden sus sensores y se empaca y queda ahí, gruñendo como un animal amenazado, hasta que consigue retroceder un poco y, con las últimas fuerzas que le quedan, volver a su base con el pasto todavía desprolijo para recargar la energía dilapidada.

Cualquier chonguito cumpliría con mayor eficacia, sentido de belleza y en menor tiempo una tarea semejante, pero aquí se ha decidido desconfiar de la capacidad humana para realizarla. Me angustio un poco.


sábado, 24 de septiembre de 2022

Abuelocas viajeras

Por Daniel Link para Perfil

Comentamos con nuestro amigo Dieter Ingenschay las ocurrencias de nuestras respectivas nietas. Él y Torben, su marido, no han visto todavía Queerness in Photography, que está en el C/O Berlin, un extraño lugar al lado mismo de la estación Zoologischer Garten que exhibe hasta el 18 de enero de 2023 uno de los acontecimientos visuales del momento, al que llegamos gracias a nuestra amiga Silvia.

 


La muestra incluye varias partes autónomas. La más ridícula (pero no la menos bella) es la que ha curado Tilda Swinton a partir de sus extraordinarias fotografías durante el rodaje de Orlando (1992), basada en la novela homónima de Virginia Woolf de 1928, impresas a gran escala.

En la planta baja, se suceden las fotos de la colección de Sébastien Lifshitz, el reconocido cineasta que ganó el Teddy Award en el Festival de Berlín y el premio del Festival de CINE LGTB de Milán con la película Wild Side (2004) y que obtuvo en Cannes la Queer Palm con Les vies de Thérèse (2016).

A lo largo de décadas, Lifshitz ha recolectado cientos de fotografías de personas travestidas o dragueadas, tomadas en estudios fotográficos, entre los bastidores teatrales, en la intimidad de un dormitorio o una cocina, al aire libre, individuales o grupales.

Es un registro de más de cien años de identidades llevadas a un umbral de transformación a través del placer del dragueo que, como no podía ser de otro modo, responde a los ciclos de las modas y de los significados asociados al vestuario: hay amas de casa, femmes fatales, galanes de casino y obreros de la construcción. En cada fotografía se deja leer el conflicto entre un cuerpo, una imaginación y las marcas sociales que las vestimentas portan de por si (clase, ambiente, profesión, comunidad) y, todas ellas, dicen la felicidad de un encuentro que, aún en su provisoriedad, se contagia al espectador.

Más allá de la calidad de las fotografías (que van de lo profesional a la polaroid) lo que importa es el amoroso trabajo de recolección en subastas de herencias o librerías de viejo, que salvó a esos experimentos identitarios y sexuales del olvido.

Como del catálogo, Mauvais Genre (Género equivocado), hay muy pocos ejemplares en circulación, con Dieter y Torben nos consolamos mirando las fotos de nuestras propias celebraciones.

sábado, 17 de septiembre de 2022

Acontecimientos funerarios

Por Daniel Link para Perfil

Ya fue dicho: “Hay mucha muerte, muchos acontecimientos funerarios /
en mis desamparadas pasiones y desolados besos”. Ése, que es uno de los más altos momentos de la poesía en nuestra lengua (americana, nerudiana) vuelve a interpelarnos en una semana en que los acontecimientos funerarios se multiplicaron y que, por eso mismo, nos permitió evaluarlos en su diferencia, porque las muertes no son equivalentes ni significan lo mismo ni habilitan al mismo duelo.

Todo empezó con el gato de mi nieta, que atrapó un pájaro y casi lo mata en frente de ella, que estaba jugando en su casita del árbol. Enterada de la peripecia, dijo que (mientras almorzaba): “Yo, un día, en el cole, vi una paloma muerta. Y descubrí (el verbo me arranca lágrimas) que los que se mueren no se van al cielo. Se quedan ahí, muertos. Y no se puede hacer nada cuando alguien está muerto. No se puede hacer nada. Se hace lo que se hace. Y listo. Si alguien se muere se muere se muere porque no es que lo podemos curar con una doctora”. Dijo ella, con todavía cuatro años.

Inmediatamente, digamos, murió una reina, y unos días después, murió Godard. Acontecimientos funerarios irreconciliables. La muerte de la reina desató los ideales repúblicanos alrededor del mundo. Y en Gran Bretaña fueron reprimidas las solitarias manifestaciones anti-monárquicas, porque podrían herir a alguien (¿no hieren nuestra ética republicana las manifestaciones monárquicas?).

¿En qué sentido una institución decadente como la monarquía puede convivir con nuestra sensibilidad, en nuestro tiempo? La derecha ha querido defender esa supervivencia arcaica señalando el equilibrio que introduce entre los partidos en los regímenes donde existe. Pero sabemos que, en el fondo, sostener la monarquía (más allá del gasto público que significa) es sostener unos privilegios de censura y represión en reserva, por si acaso hicieran falta.

La muerte de Godard, en cambio, sólo puede medirse en una dimensión estética (entendiendo que también la estética es una forma de actuar lo político). Nos dicen que Godard murió tranquilamente. Y nos alegramos por eso. Y comparamos su muerte (que es la muerte de una época entera) con el no terminar del morir del cine, que aún después de haber exhalado su último suspiro sigue gritando sus groserías y sus inmundicias.

Godard, como Guy Debord, sabía que aún en lo que ha muerto o está muriendo es posible encontrar todavía una chispa de vida. Es el cine como archivo, es el lamento de Elpénor, el marinero que muere en la Odisea y que vuelve en Histoire(s) du cinéma, en la voz de Ezra Pound, en un rizo archivístico que mezcla la obsesión por la imagen justa con las voces que vienen desde el más allá del Siglo XX.

Ésa es la diferencia entre esos dos acontecimientos funerarios: la muerte de la reina nos lanza hacia una utopía reformista que prescinde de ella (acabar con la monarquía). La muerte de Godard nos agrupa: seguir adelante, pero en su sombra. Porque los que se mueren no se van al cielo. Se quedan ahí, interpelándonos.

lunes, 12 de septiembre de 2022

La Tante Roland

 


Residencia en la tierra

Oh niña entre las rosas, oh presión de palomas,
oh presidio de peces y rosales...


Ven a mi alma vestida de blanco, con un ramo
de ensangretadas rosas y copas de cenizas,
ven con una manzana y un caballo,
porque allí hay una sala oscura y un candelabro roto,
unas sillas torcidas que esperan el invierno,
y una paloma muerta, con un número.

 

sábado, 10 de septiembre de 2022

Los dueños de la democracia

por Daniel Link para Perfil 

A lo mejor la película es mala, habrá que verla. En Venecia la ovacionaron y es probable que otro tanto suceda en los demás festivales donde tiene su participación asegurada. Recordemos que La historia oficial, que volvió triunfante a las premiaciones californianas, siempre tuvo entre nosotras más detractores que admiradores. Pero aquí no se trata de la calidad estética, sino de la oportunidad.

Argentina, 1985, la película sobre la preparación del Juicio a las Juntas, nos llega en un momento justo, cuando se discute qué es la democracia, cuáles son sus límites, sus mitos fundadores, sus héroes y sus nombres propios. Pronuncio estas palabras para aclarar inmediatamente que no sé si son adecuadas al dominio “democracia”, que es un régimen más bien gris, con altibajos que impiden que nadie ocupe esos lugares por prepotencia sino, como se dice, por el juicio de la historia.

Mientras tanto, sirve para evaluar los reclamos narcisistas de derechos de propiedad sobre la abollada democracia.

Nuestra democracia sería inconcebible sin aquel Juicio que, hay que recordar, el peronismo no estaba dispuesto a llevar adelante, posición ratificada luego por los indultos firmados por el Sr. Carlos Menem en 1989-1990, después de las Leyes de Punto Final y Obediencia Debida promulgadas por el gobierno alfonsinista.

En 1998 el Congreso Nacional las derogó, y luego fueron “anuladas” por el el Parlamento en 2003 a partir de un proyecto presentado por Patricia Walsh. Al mismo tiempo, se otorgó rango constitucional a la Convención de la ONU sobre imprescriptibilidad de los Crímenes de Guerra y de Lesa Humanidad, ratificada por el entonces presidente el Sr. Néstor Kirchner. Discutida técnicamente, la “anulación” de las leyes fue convalidada por la Corte Suprema de Justicia, que las declaró inconstitucionales el 14 de junio de 2005.

Mucho antes, Raúl Alfonsín había sufrido dos atentados, uno con bomba (1986) y otro con un revolver (1991) que, como en el caso de la pistola que apuntó a Cristina Fernández, tampoco funcionó.

No se trata de minimizar los acontecimientos, sino de ponerlos a todos en su justa perspectiva. Una perspectiva no implica un relativismo del tipo “nada importa demasiado” sino precisamente todo lo contrario: cada detalle cuenta.

Es lógico que un sector político quiera aprovechar cualquier circunstancia para acumular poder. No es tan comprensible aceptar que, por eso, se aniquile la dimensión histórica de los acontecimientos. Eso se llama absolutismo, un más allá de la democracia.

 

lunes, 5 de septiembre de 2022

sábado, 3 de septiembre de 2022

La batalla de Recoleta

Por Daniel Link para Perfil

Vivimos una extraordinaria batalla por el sentido. El territorio donde esa batalla sucede es designado como Recoleta. Aplicado a un lugar, “recoleta” significa que es solitario y poco transitado ("calles con pequeñas y recoletas tiendas") y aplicado a las personas, que guarda una observancia más estrecha de la regla que la que comúnmente se guarda ("fraile recoleto"). Por extensión, designa al que vive retirado y con modestia.

Esa “madre de todas las batallas” repercute en todos los ámbitos y ya habido desgarramientos en varias instituciones menores que pronto se replicarán también en las alianzas políticas porque todo se juega a todo o nada, a esto o aquello. Estamos ante un caso de arbitraria persecusión judicial-mediática, una intolerable provocación (con mates y escuditos incluidos) de la derecha internacional contra los sectores nac&pop, o estamos ante un necesario “Nunca más” de la corrupción, a partir del cual caerían, en sucesivos juicios, también los culpables dentro del macrismo (aunque, justo es decirlo, esta hipótesis es bastante ilusoria).

A lo mejor, desde el punto de vista histórico, un sentido no anula al otro (porque hay perspectivas): hubo corrupción, hay ensañamiento y parcialidad judicial. O a lo mejor, como ha sucedido, las batallas por el sentido se transforman en guerras asesinas, y entonces ya no importan las palabras sino los cuerpos que penden de un hilo siempre a punto de quebrarse. Pasado mañana volveremos a discutir sobre el sentido, pero hoy conviene refrendar que la semántica no habilita al asesinato, ni siquiera en grado de tentativa. Que la Sra. Fernández viva.

 

jueves, 1 de septiembre de 2022

Archivar, desarchivar, anarchivar

ENTREVISTA

Daniel Link. “Tenemos archivos muy importantes, pero en muchos casos no incorporan documentación de comunidades indígenas”


El investigador de la Universidad de Tres de Febrero destacó la importancia de los documentos para revelar los oculto y enfatizó la necesidad de contar con un acceso democrático a los materiales. 


Por Horacio Raúl Campos para Página/12

-¿Qué temas se trataron en el Coloquio Internacional?

-Propusimos pensar las relaciones entre archivos y la democratización de prácticas y la recuperación de memorias e identidades comunitarias en un contexto altamente crítico y estimulante ligado con el proceso de digitalización de archivos.

(...)

 



martes, 30 de agosto de 2022

Bye, bye

 

 

 

sábado, 27 de agosto de 2022

El reino perdido

por Daniel Link para Perfil

El humanismo (clásico o burgués) bien podría entenderse como una ficción epistolar: el ámbito definido por amigos que se escriben cartas. Incluso los libros podrían entenderse como una correspondencia lanzada al vacío: no te conozco todavía, pero he aquí lo que pienso.

Los estados modernos se definieron por el alcance de sus servicios postales (había Estado hasta donde podía llegar una notificación oficial: para la guerra, el pago de impuestos o la convocatoria ante la Ley).

En el caso de esas figuras fantasmáticas que llamamos “autor”, las cartas que escribieron nos son preciosas. La famosísima y muy mal comprendida “Carta alemana” de Samuel Beckett es una piedra de toque de su poética, organizada alrededor de la noción de “palabras inapropiadas” que allí se lee.

Hay cartas de amor, cartas de suicidas, cartas desde la trinchera, cartas públicas (Émile Zola, Rodolfo Walsh) cuya trascendencia política no disminuye con el tiempo.

Hay también cartas intelectuales, un género que parece haber desaparecido de nuestro horizonte, dominado por la necesaria banalidad de los intercambios conversacionales, la inmediatez del correo electrónico y la chatura argumentativa que arrastra a la justicia, a los medios de comunicación, a la política a niveles de brutalismo ya casi intolerables (lo estamos viendo en estos días).

Para los círculos filosóficos entre los antiguos romanos, escribir cartas implicaba, al mismo tiempo, ordenar las propias ideas y adoptar una forma de vida propia, una ética, una perspectiva para ver el mundo y actuar en él. Las correspondencias intelectuales modelaron, cuando existían, la posibilidad y la necesidad del rigor para decir, proponer, objetar, hacer.

Como todo eso parecía haberse perdido, hay que saludar el libro Las posesas, firmado por Albertina Carri y Esther Díaz y distribuido en estos días por Caja Negra, como un verdadero acontecimiento: recupera para nosotras, lectoras ávidas de una humanidad críticamente renovada, la posibilidad de acceder al registro de dos testigas de un presente que (como ellas) no terminamos de entender del todo.

El ejercicio que dio origen al libro constituye la primera parte: convocadas por Liliana Viola, Albertina y Esther debían escribirse diariamente correos sobre la memoria, para realizar luego una performance en el CCK en marzo de 2020. Como la pandemia se llevó todos los proyectos por delante, ese objetivo quedó reducido a su mínima expresión (un podcast, líbrennos la musas de tener que escucharlo) pero las corresponsales decidieron seguir escribiéndose, esta vez cada quince días. Es la segunda parte del libro, cuyo tema habrían de ser las pérdidas pero que bien pronto, gracias a la agudeza de Esther, se complica con las perdidas: ellas, perdidas en el tiempo que les tocó vivir, no dejan de interrogarlo y de buscar en los libros viejos y en las recopilaciones de cartas las claves para poder hacerlo.

Que se trata de un género olvidado se nota en los titubeos de la primera parte, donde nada termina de cuajar y las corresponsales (que no se conocían personalmente antes del encargo) tratan, sobre todo, de agradarse. De paso, un libro como Las posesas es sobre todo un desafío para el editor, porque al pasar del circuito de lo privado al de lo público, la correspondencia adquiere un doble destinatario y esa duplicidad debe ser conservada a toda costa, para que no incomode a la lectura. Muchas de las decisiones de Caja Negra son, en este punto, objetables. Por ejemplo: es casi imposible creer que Esther le diga a Albertina: “lo que dice Buñuel en Mi último suspiro, que es su autobiografía”. Esa cláusula aclaratoria denigra a la corresponsal que recibe la carta pero también al lector que, si está dispuesto a leer la correspondencia de dos nombres mayores del pensamiento argentino (en la filosofía, en el cine y la literatura) no ignora el nombre del siniestro "amigo" de García Lorca, ni sus obras.

Más allá de esos titubeos y esos deslices de edición (después de todo, son cosas que se aprenden) los intercambios que incluye Las posesas incluyen apuestas de pensamiento de gran aliento y, sobre todo en la segunda parte, una voluntad para ponerse en juego que sobrepasa con creces al simple comentario de las circunstancias. El libro no es una “obra” sino la condición de posibilidad de toda obra: asumir el riesgo de pensar.