sábado, 13 de agosto de 2022

Mecánica de géneros

Por Daniel Link para Perfil

Nos apuramos a ver Sandman en Netflix, porque como estamos colgados de la cuenta de mi hija ya se nos acaba la gratuidad y no pensamos pagar por una adhesión a un servicio mediocre. También porque es obra de uno de mis autores de género predilecto, Neil Gaiman. Comparto su crítica al estilo de actuación del protagonista (“¿Por qué hablás como Batman?”, le dijo Neil) y admiro sus diálogos de una belleza inverosímil.

Pero además, Gaiman escribió para su esposa, la performer y cantante Amanda Palmer (The Dresden Dolls), un poema extraordinario que siempre enseño, “La cazadora de hongos”, que cuenta la historia de la tribu humana poniendo al varón en el lugar idiota del cazador que persigue a la presa (muchas veces sin resultado) y a la mujer como inventora de la ciencia (la mecánica, la anatomía, la física, la química) a través de las pequeñas tareas “domésticas” (elegir los hongos comestibles, conocer cómo se transforman químicamente al cocinarlos, diseñar herramientas e instrumentos portantes para las crías, relacionar la regla con las posibilidades reproductivas y recordar las propiedades curativas de las plantas).

Entregados al streaming, descubrimos en Star+ (otro cuelgue), una película trash que retoma este argumento antropológico-feminista deformándolo tontamente: Predator: la presa.

Naru, la protagonista, es inteligentísima y sabia dentro de la tribu comanche que integra. No sólo es la mejor rastreadora y domina las propiedades medicinales de las plantas sino que es capaz de deducir el funcionamiento de la tecnología alienígena en dos minutos.

Eso, sin embargo, no le garantiza el lugar de privilegio que merecería y la obliga a ser la mejor cazadora (es decir: a convertir al predador en su propia presa).

Es como si la superioridad de la mujer sólo pudiera entenderse en una dialéctica donde debe verse en el espejo del varón (con sus misma fuerza y sus mismos predicados) y no en un plano diferente (como han protestado los feminismos de la diferencia).

Desde ya, en este universo que no se atreve a salirse de la heteronormatividad y el orden patriarcal, no hay personajes trans o de género fluido (chamanes) como sí sucede, para escándalo de muchos trogloditas, en esa ensoñación llamada Sandman.

 

martes, 9 de agosto de 2022

lunes, 8 de agosto de 2022

sábado, 6 de agosto de 2022

¡Argentinos, a las cosas!

Por Daniel Link para Perfil

Sigo a pocos columnistas: Jorge Fontevecchia y Beatriz Sarlo en Perfil, Horacio Verbitsky en El cohete a la luna, Ernesto Tenembaum en Infobae, Ignacio Zuleta en Clarín y Carlos Pagni en La Nación. Conozco bien sus diferencias, lo que me permite situarme a una justa distancia para disfrutar de sus columnas muy bien escritas y con mucha información que yo no tengo.

Carlos Pagni cerró su columna del pasado martes (una transcripción de un editorial televisivo) recordando que en 1924 Ortega y Gasset escribió: “En las revistas y libros de jóvenes que me llegan de la Argentina encuentro demasiado énfasis y poca precisión. Cómo confiar en gente enfática… nada urge tanto en Sudamérica como una general estrangulación del énfasis. Hay que ir a las cosas, hay que ir a las cosas sin más”.

En una reseña casi secreta de 1928 sobre los Seis ensayos en busca de nuestra expresión de Pedro Henríquez Ureña (reproducido en el último número de Chuy. Revista de estudios literarios latinoamericanos), Jorge Borges se detuvo en la misma advertencia de Ortega (esa superstición española), quien “en artículo reciente, recomienda a los jóvenes argentinos «estrangular el énfasis», que él ve como una falta nacional. Meses atrás, Eugenio d’Ors, al despedirse de Madrid el ágil escritor y acrisolado poeta mexicano Alfonso Reyes, lo llamaba «el que le tuerce el cuello a la exuberancia». Se trata de una simple noticia —por cierto, comentada con delicadeza después [por Pedro Henríquez Ureña]—, pero en cuya consideración quiero demorarme. Estrangular el énfasis, torcerle el cuello a la exuberancia...: la más barata dilucidación de esas feroces fórmulas es la de considerarlas variantes (hay otras palabras menos corteses) de la aconsejada por el Arte poética de Verlaine: «Toma a la elocuencia y retuércele el cuello»”.

“Otra, menos lenitiva y más honda, sería la de inferir que ni la estrangulación a que nos convida el deshumanizante profesor, ni la torsión de cuello, felicitada por el catalán en trance de griego, fueron sentidas como representaciones enfáticas por sus propagandistas. Esto, concede ironía reincidente a sus prescripciones. Desaconsejarnos el énfasis y abundar en él”.

El tema, como se ve, es muy previo al peronismo, en relación con cuyos últimos movimientos de tablero Pagni recuerda la cita de Ortega y Gasset (que no previó la República, ni la Guerra Civil, ni el franquismo). A Ortega le irritaba el “apresurado afán por reformar el Universo, la Sociedad, el Estado, la Universidad, todo lo de fuera, sin previa reforma y construcción de la intimidad”. Por supuesto, la Reforma universitaria del 18, uno de nuestros grandes orgullos, le habrá parecido un despropósito, porque “Todo el que incita a los jóvenes para que abandonen el sublime deporte cósmico que es la juventud y salgan de ella a ocuparse en las cosas llamadas «serias» —política, reforma del mundo— es, deliberada o indeliberadamente, dañino”. Un conservadurismo enfático de alguien, Ortega, que escribía como el culo.

 

martes, 2 de agosto de 2022

La otra feria


 

sábado, 30 de julio de 2022

El fin de la historia

por Daniel Link para Perfil

Mariana y Soledad propusieron momentos de altísimo pensamiento político en los videos de los que tanto se ha hablado en las últimas semanas.

Ellas se declararon habitantes del fin de la historia (y, por lo tanto, más allá del trabajo, de las negaciones, del deseo), en ese momento final de la dialéctica hegeliana (y, también, marxiana) que tanto ha inquietado a las filosofías desde hace dos siglos por lo menos.

Como se sabe, para Hegel la historia tenía un final que coincidía con la emancipación del Espíritu. Para que ese proceso pudiera completarse (a través de un intrincado proceso de negaciones sucesivas) hacía falta un Estado poderoso. El marxismo materializó el proceso y puso en lugar del Espíritu al proletariado como clase. Pero la lógica siguió siendo la misma. En algún momento sobrevendría la emancipación del proletariado (cuya conciencia le vendría dada por el Partido) y la sociedad sin clases: fin de la historia.

A Alexandre Kojève le cupo en París la tarea de imaginar cómo sería vivir en esas sociedades poshistóricas puestas bajo el paraguas de lo que llamó el Estado Universal Homogéneo (y que nosotros reconocemos en esas grandes estructuras transnacionales de las cuales la Unión Europea, a la que el propio Kojève le dedicó casi todas sus energías, es sólo un ejemplo).

Francis Fukuyama enarboló la misma bandera pero desde una trinchera un poco más cínica (y más necia). En El fin de la Historia y el último hombre (1992), inspirándose en Hegel y en Kojève, Fukuyama apostó a la globalización, al liberalismo democrático, al pensamiento único, a la hegemonía de los Estados Unidos.

El encanto de Kojève, que aparentemente nunca se creyó del todo lo que decía en sus curso, sobrevive a esas bravatas y pasa por la caracterización de la vida después de la historia: los “animales poshistóricos” estaríamos destinados a un mero régimen de contentamiento una vez satisfechas por el Estado nuestras necesidades básicas.

Todos estos manierismos conceptuales pueden parecer hoy una versión laica de la escatología cristiana (lo son) y, por lo tanto, irrelevantes.

Pero basta con escuchar a dos mujeres argentinas que llegaron por sus propias vías a la misma caracterización de su momento como poshistórico para revisar esa versión de la historia y refutarla (a partir de una mínima desconfianza de los Estados). Como no hay un Sujeto Único sino multiplicidades (cada una con su propia temporalidad, sus propios deseos, sus propios fines) tampoco hay una Historia, sino procesos diversos.

 

martes, 26 de julio de 2022

sábado, 23 de julio de 2022

Showroom: la muerte

Por Daniel Link para Perfil

Es irreversible la decadencia universal del periodismo gráfico, que puesto a competir con la velocísima idiotez de las redes sociales pierde por completo.

Más grave todavía es su claudicación ética, para lo cual basta ver hoy la cobertura del conflicto bélico entre Rusia y Ucrania. Al comienzo todo fue una condena unánime a Rusia y una toma de partido por los intereses de la OTAN. Pero con el paso de los días y los meses y la estabilización de la guerra como parte del paisaje, lo que pasó a primer plano (más allá del aumento de los precios de los bienes: energía, alimentos, pasajes aéreos) fue la obscena exhibición propagandística de herramientas para la muerte.

He aquí algunos titulares: “Rusia envía tanques de última generación T-90M”, “Cuál es el arma experimental que Ucrania quiere probar contra las tropas rusas”, “Los más famosos al comienzo de este conflicto, por su efectividad, fueron los lanzamisiles antitanque Javelin y antiaéreos Stinger, provistos por Estados Unidos, los NLAW, fabricados por Reino Unido y Suecia, y los Panzerfaust 3, de Alemania”, “Ucrania presentó el potente rifle con antenas”, “Rusia está empleando en su ofensiva contra Ucrania parte de su nueva generación de misiles, calificados por Moscú como «invencibles», «hipersónicos», de alcance ilimitado o invisibles al radar”, “El Bayraktar TB2 es un vehículo aéreo de combate no tripulado de altitud media y larga, capaz de realizar operaciones de vuelo autónomas o controladas de forma remota”.

Asquea en su cinismo semejante reemplazo de la devastasión de la guerra por la promoción de armamento sofisticado: “deme dos”.


viernes, 22 de julio de 2022

Sylvia in the sky with animals

por Daniel Link para Soy

Después de una larga convivencia con el cáncer, la mañana del 14 de julio Sylvia Molloy (1938-2002) decidió trasladarse a otra parte.

Murió el día de la Bastilla y Emily Geiger, su compañera, señaló que seguramente Molloy estaba ya en las barricadas parisinas. Sylvia se había doctorado en Literatura Comparada en La Sorbona en 1967, así que conocía bien el territorio y también el espíritu de la revuelta, que ella ejercitaba con ironía y con las mejores maneras.

Copio los datos más fríos que sobre ella provee Wikipedia: se desempeñó como becaria de la Fundación Guggenheim, del National Endowment for the Humanities, del Social Science Research Council, y de la Fundación Civitella Ranieri. Presidió la Modern Language Association of America y el Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana. La Universidad de Tulane le otorgó el título de doctora Honoris Causa.

Enseñó en las universidades de Yale y Princeton, donde fue la primera mujer en conseguir un puesto titular en 1974.

Algunos años después, cuando iba en su auto hacia Princeton, paró el auto en la banquina, se preguntó qué estaba haciendo y giró en redondo para volver a su casa en Nueva York. Ocupó la cátedra de Humanidades Albert Schweitzer en la New York University, donde creó en 2007 la Maestría en escritura creativa en español, la primera en los Estados Unidos.

Pero esa cadena de logros y de honores, aún con todo su brillo, dice más bien poco sobre las razones para explicar nuestro dolor. Sylvia fue para muchas generaciones de estudiantes de todas partes de América latina la más generosa tutora, la más amable maestra, la amiga más cariñosa. Yo no fui su alumno, pero siempre quedó claro que era mi maestra, mi amiga, y que amábamos a los mismos seres (personas y animales: Cartulina, nuestra gata ya muerta, la acompaña en sus fotos).

Sylvia nos queda en sus libros de ensayo y sus novelas, que fueron y son esenciales porque abrieron nuevas perspectivas para pensar las articulaciones entre género(s), sexualidades disidentes y escrituras en América latina.

Molloy no sólo se encargó de situar esos problemas en un horizonte de comprensión y de actuación en el mundo, sino que inventó un dispositivo para leerlos (Acto de presencia: la literatura autobiográfica en Hispanoamérica; 1997 y Poses de fin de siglo: desbordes del género en la modernidad, 2013 son apenas dos ejemplos).

Publicó cinco novelas deliciosas, la primera de las cuales, En breve cárcel, instaló en la noche de la dictadura una voz abiertamente lesbiana, destituyente y por lo tanto impublicable en Buenos Aires. El libro circuló en fotocopias hasta que recién en 1991 lo editó Simurg. Desde ese momento, Molloy se encargó de subrayar que “Me sentiría defraudada si mi novela fuera reconocida sólo por las lesbianas”. Ese libro incluso fue incluido en una colección de Soy.

En El común olvido, su segunda novela, el punto de vista es el del protagonista gay, tensionado entre lenguas y perdido en laberintos de memorias familiares que debe desentrañar. No porque alguien le haya ocultado verdades, sino por su torpeza para verlas.

El deseo, la memoria, los vínculos, las lenguas, las formas de vivir y los gestos del amor y del acompañar: esos temas de las ficciones y los ensayos de Molloy nos iluminaron desde siempre y nunca dejarán de estar, para decirnos que incluso en los momentos de mayor desesperanza su caricia vendrá desde el otro lado de la barricada, allí donde nos espera sonriendo, rodeada de murmullos prenatales.

A Sylvia no hay forma de llorarla todavía, porque no hay tampoco forma de aceptar su ausencia.

 

Los Molloy

por Alejandra Uslenghi* para Soy



Sylvia leyó, pensó y escribió como pocas, construyendo una obra literaria y crítica cuya significancia marcó la segunda parte del siglo XX latinoamericano y abrió nuevos rumbos para el XXI. Ella es el eslabón entre la crítica erudita, cosmopolita del grupo Sur —se metió con el gran escritor de su siglo, Borges, sin reparos y lo arrojó a la contemporaneidad más moderno aún — y un presente para el que inventó dispositivos y claves de lectura propios ampliando nuestra capacidad de análisis a todo lo reprimido y soslayado en los gestos fundacionales de la literatura latinoamericana. Hizo emerger de un siglo 19 encorsetado, polvoriento, violento y elitista, un modo irreverente, sutil y disidente para leer en clave de género, anti-norma y en goce estético todo el edificio identitario que seguimos desconstruyendo gracias a sus ideas. En un ambiente muchas veces patriarcal, competitivo, injusto como puede ser la academia, Sylvia construyó también un tejido profundo de lazos afectivos, una familia queer, entre sus estudiantes, colegas y amigues.

En ese círculo amoroso amparó a los expatriados de tantos países que llegaban a Nueva York en busca de libertad, de un espacio para repensarse y reinventarse, con la sabiduría de quien había recorrido ese camino primero y concebía su mundo más allá de las fronteras lingüísticas y culturales. Formó a toda una generación de críticos que hoy se dispersan por la academia norteamericana, latinoamericana y europea y que nos reconocemos como esa suerte de cofradía de Los Molloy, donde ese sustrato intelectual y afectivo nos acerca y nos sostiene. La constelación Molloy es hoy rica en lenguas, nacionalidades, ideas y conceptos gracias a su inmensa generosidad. Sylvia escuchaba el deseo de sus estudiantes, intuía el hilo singular que ligada su universo literario y teórico con el otro y enseñaba a tirar de ese hilo hacia otros espacios; no buscaba que la siguiéramos ni prolija ni obedientemente, se disgustaba si se la colocaba en el lugar del oráculo de sabiduría.

Ella esperaba atenta en el transcurrir de una conversación, en las horas de magnífico diálogo que podían tener lugar en sus seminarios, en llamadas telefónicas a deshoras, durante un café o en ese espacio tan singular que la academia norteamericana llama “horas de oficina” —especie de charla terapéutica, examen oral y banquillo de acusado todo junto—, un momento de chispa de sorpresa, de innovación y novedad que podía emerger tanto en el murmullo del texto como del chisme, pero que diera vuelta la lectura que hasta entonces era suya, para enviarnos raudamente en esa dirección, hacia afuera, más allá, en búsqueda de la voz propia.

Tanto se escribió en estos días sobre su voz singular, pero creo que fue una voz activada siempre por la conversación, por el pensar con el otro, dejando aflorar allí una subjetividad profanadora, inmodesta, desfachatada y fresca que le devuelve cuerpo, gesto y afecto al juicio estético. Ese es también un modo de leer, de deconstruir los textos, como ella nos enseñó a hacer con sus lecturas de Sarmiento y el desliz en la crónica de viaje de tono grandielocuente donde aparece la figura del peluquero francés; o en la crónica de Martí cuando del análisis del platonismo estético de Wilde, emerge su pelo ensortijado y el deseo desborda en fascinación y recelo; o cuando la compleja necrológica del mismo autor escrita por Darío, termina condensándose en la imagen de un perro muerto, que para Sylvia en su afinidad electiva con la vida animal era una de las escenas más violentas y condenatorias del modernismo.

Así, sus gallinas tenían nombre de primeras damas y en su discurso como presidenta del MLA no empezó con la posición consabida del momento preguntándose si el subalterno podía hablar, sino con el “¿podemos hablar?” de la comediante stand-up Joan Rivers, una pose que le salía genial.

Como ella lo señaló, nunca hay poses inocentes, ya que la pose misma es el primer momento de una performance de si; siempre una invitación a la interpretación, donde el cuerpo dice lo que discurso maliciosamente calla. Ese inmenso legado intelectual y afectivo se vuelve trasmisible a través de Los Molloy, quienes honramos lo recibido al continuarlo y pasarlo a otra generación, desapropiándola, dejándola ir para el descubrimiento y goce de otres.

*Alejandra Uslenghi es crítica y docente en Northwestern University.



El más allá de Molloy

por Lina Meruane* para Soy



Se nos fue Sylvia Molloy. Emprendió lo que será, sospecho, su último viaje a la tierra lejana del más allá. Lejana y cercana, debiera decir y me corrijo, porque el más allá o el más afuera fue una idea vertebrante en su escritura de la disidencia. El extravío y la “errancia” de la que hizo parte posicionó tempranamente su mirada crítica e informó decisivamente su intervención en la escena latinoamericana del género.

Ese pensar desde la orilla, ese re-flexionar lo propio en la distancia, era una manera tan suya, tan persistente además. A la Molloy que yo conocí, ya mayor, le seguía importando (le divertía, escribió en una oportunidad, aprovechando el doble sentido de divertir) examinar la deriva de la disidencia sexual pero aún más los modos de decir, y sobre todo de no decir, incluso de omitir, practicadas por intelectuales del pasado y críticos de su presente. Con ellos y sus escritos Molloy era implacable, con sus alumnes, en cambio, era una maestra sagaz: estaba empeñada en iluminar para nosotres las rutas de esos desvíos que tantos se negaron a llamar por su nombre.

Sus acercamientos a los textos desde el género (y no sólo en el género) pretendían descarriar la lectura disciplinaria en la que tantes de nosotres, alumnes suyos, nos habíamos educado. Esos acercamientos los ejercía ella incluso (o precisamente) en textos que no se proponían abordar el género o que rehuían el asunto. Recuerdo, por emblemático, su ir más allá en los escritos de viajeros latinoamericanos. En una de aquellas tardes doctorales, extrajo de su maletita rodante sus habituales apuntes en hojas amarillas y letra redonda, y sacó asimismo el grueso tomo de los Viajes de Juan Domingo Sarmiento. Enseguida empezó a glosar las memorias que el argentino, exiliado, había escrito en el barco que a mediados del siglo xix lo llevaría de Valparaíso a Europa.

Se detuvo, Molloy, en una escena que la “intrigaba”, ese fue el verbo que eligió. (Ese fue el verbo que seguiría usando, seductora como era con la palabra, para comentar esa escena en un magistral ensayo; fue el verbo con el que retornaría a ese episodio aun décadas después, ya acercándose al final de su vida.) En la sala de clases neoyorquina, Molloy nos hizo notar que el barco de Sarmiento se había desviado, por los vientos, hacia el archipiélago de Juan Fernández y había varado en la remota isla de Más Afuera. Releyó en voz alta el encuentro del viajero con cuatro náufragos que constituían una curiosa comunidad sobre la que Sarmiento, incomodado, prefirió no indagar.

Molloy afirmaría que ese no querer saber en un intelectual que quiso saberlo todo, era un modo de destituir el desvío de género de la reflexión teórica y de la vida política. El proyecto de Molloy no era entonces rescatar textos perdidos de su naufragio ni ingresar, acaso falsamente, esos textos a un canon del que habían sido excluidos, normalizando su transgresión: Molloy estaba más bien fisurando las lecturas de género establecidas en la literatura y en otros discursos.

Se había adelantado a todo, Molloy, incluso al estallido de los géneros que ella misma nos había instado a pensar, pensé yo, ya despidiéndola, diciéndome que quizás recién estábamos empezando a alcanzarla en este allá.

*Lina Meruane (Chile) es novelista, ensayista y docente en NYU.

 



Gloria*

por Sylvia Molloy

Empecemos por el nombre: al principio le pusimos Gloria. Daba vueltas por el jardín, se instalaba en el patio al lado de una de nosotras, no cejaba en sus intentos de que la adoptáramos, cosa que por fin hicimos y entró en la casa. De ahí el Gloria: “Little Gloria, happy at last” como se había dicho de la niña heredera de los Vanderbilt. Quedó para siempre agradecida (esas cosas con los animales se saben), cuando todavía salía a corretear (luego se apoltronó) volvía siempre con algún regalito, los restos de un ratón, la oreja de un conejo. Minuciosamente lo depositaba a los pies de una de nosotras, era muy atenta, como decía Borges de aquella muerta que, según una amiga suya, había regresado en uno de sus sueños para despedirse. A veces esa atención llegaba al límite. Una tarde apareció un pájaro muerto en el corredor, y mientras yo lo recogía para llevarlo al jardín, entre asqueada y compungida, agradeciendo el regalo pro forma, emergió un segundo pájaro maltrecho de detrás de un sillón. Gloria había traído uno de repuesto.

De Gloria pasó a ser Glory. Cuando yo me recuperaba de aquel accidente en que me rompí la pierna, alguien me dijo que los gatos, o más precisamente el ronroneo de los gatos ayudaba a soldar los huesos. Esa opinión, para nada científica pero no por ello necesariamente errónea, fue reafirmada por una amiga. Me pasé dos meses en el cuarto que daba al jardín, sin poder caminar, con la pierna en alto, envarillada, y Glory en la falda. Leí mucho ese verano, no recuerdo demasiado bien qué. Leía, acariciaba la gata que ronroneaba, aletargada, hasta que también me quedaba dormida. Rara vez soñaba, el accidente me había dejado la mente en blanco. Todavía no sueño, yo que armaba ficciones con mi deambular onírico, pero esa es otra historia que prefiero no contar.

Glory tenía el hábito de tragar saliva, como quien, disponiéndose a hablar en público se aclara la garganta. Esto que parecía un tic gracioso se debía, descubrieron, a un tumor implacable. No había cura, sufría, hubo que sacrificarla. Tuve que irme varias veces del cuarto mientras el veterinario esperaba que surtiera efecto el sedante brutal que le administró primero para luego darle el barbitúrico que le pararía el corazón: el mismo procedimiento que se sigue, según parece, con los presos condenados a una muerte que no siempre es inmediata y puede ser dolorosa. Volví a entrar al cuarto cuando le dieron la segunda inyección: quería verla irse. Se fue como quien se va. Al ver el cuerpo muerto me dije que como todo cuerpo muerto parecía un trapo, que la gata me había ayudado a curarme y que yo no había podido retribuirle el favor.


*Fragmento de Animalia de Sylvia Molloy, de próxima aparición por Eterna Cadencia Editora.

miércoles, 20 de julio de 2022

Actitud San Sebastián


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Abre la tercera convocatoria del Premio Estímulo a la Escritura Todos los tiempos el tiempo

Hay cuatros premios de 350.000 pesos y un apoyo a la edición.

Se trata de un concurso para obras en desarrollo.

Convoca a escritores, guionistas, dramaturgos, historietistas e ilustradores de todo el país.

Por tercer año consecutivo, la Fundación Bunge y Born, Fundación Proa y el diario La Nación convocan a autores de 20 a 40 años de todo el país a participar en las cinco categorías de escritura propuestas: Narrativa, Narrativa breve, Guión, Dramaturgia y Narrativa Gráfica.

En las cuatro primeras categorías, el ganador recibirá un Premio Estímulo de $350.000 pesos. La decisión estará a cargo de un prestigioso Jurado compuesto por los escritores María Sonia Cristoff, Héctor Guyot, Mercedes Halfon y Daniel Link.

La convocatoria está abierta hasta el 20 de septiembre de 2022 inclusive, a través del sitio web todoslostiempos.org donde se encuentran las bases y condiciones.

En diciembre de 2022 se anunciarán las menciones y los premiados en cada categoría.


martes, 19 de julio de 2022

lunes, 18 de julio de 2022

The Buenos Aires affair

Un texto de Sylvia Molloy, muy poco conocido, que se publica aquí con traducción de Mariano Siskind. 

Fuente: elDiario.ar

Cuando escribí mi primera novela, En breve cárcel, estaba decidida a borrar todas las referencias espaciales y a que la acción (si esa es la palabra pertinente) transcurriera en un lugar vaciado de cualquier rasgo particular y lo más abstracto posible. Este gesto más o menos pretencioso debía impedir que el lector pudiera identificar la ciudad o, en este caso, las ciudades, y que entonces resultaran irreconocibles y por lo tanto algo (no mucho) ominosas. Hacia el final de la novela, con un gesto tan pretencioso como el anterior, revelaba de manera arbitraria la identidad y el nombre de las ciudades. Una de esas ciudades era París, donde había vivido muchos años, la segunda era Buffalo, donde viví muy poco tiempo, y la tercera ciudad era Buenos Aires, donde había nacido y pasado más o menos los primeros treinta años de mi vida. Ahora que lo pienso, creo que mi deseo de enmascarar esas tres ciudades pudo haber sido menos frívolo de lo que podría parecer. Sospecho que no quería revelar la identidad de París porque era demasiado obvio como un lugar de exilio, especialmente para una latinoamericana. A Buffalo prefería evitarla porque, aunque había vivido un tiempo ahí, para mí era como la Polonia de Alfred Jarry: c’est à dire nulle part. A Buenos Aires, se me ocurre ahora, la enmascaré por razones más complejas. La razón más importante, creo, fue que se trataba de una ciudad que para mí, durante mucho tiempo, había sido un lugar familiar y estable, hecho de recuerdos sin duda idealizados que manejaba bien, pero que con cada uno de mis viajes estaba adquiriendo un aspecto inquietante. La represión política complica mucho la ilusión aurática. Es difícil reconocer una ciudad, o lo que una recuerda de una ciudad, si en cada esquina hay un soldado con una ametralladora.

En breve cárcel termina con la protagonista esperando en un aeropuerto, aferrada a un manuscrito, a punto de subirse a un avión con rumbo a una ciudad desconocida. Mi segunda novela, El común olvido, comienza cuando el protagonista (un personaje diferente) llega a otro aeropuerto, aferrado a un bolso que contiene una urna con las cenizas de su madre, que él lleva de regreso para esparcirlas en el Río de la Plata y así cumplir con su última voluntad. La ciudad, en este caso, sí está identificada: es Buenos Aires a mediados de los años ochenta. Era hora de volver a casa –para mi personaje y para mí, aunque los dos supiéramos que sólo reconocemos nuestra casa cuando la dejamos atrás. 

Durante muchos años, cuando enseñaba literatura latinoamericana, jugué con la idea de diseñar un curso sobre Buenos Aires; un Buenos Aires fantasmagórico hecho de referencias y citas literarias. Empezaría en la mitad del siglo XIX con Sarmiento, un Sarmiento que, desde su remoto San Juan, soñaba con una Buenos Aires que fuera el faro civilizatorio que salvaría a la Argentina del barbarismo revoltoso e ignorante, a pesar de que él nunca había pisado la ciudad. En efecto, la primera vez que Sarmiento vislumbró Buenos Aires fue desde lejos, a bordo de un barco anclado en el Río de la Plata, en el que estaba por partir rumbo a Europa. Este defensor de Buenos Aires conocería Rio de Janeiro, París, Madrid y Roma muchos años antes de llegar a la ciudad para apropiársela. Después de Sarmiento, seguiría armando esta Buenos Aires imaginaria construida a fuerza de deseos con Lucio Mansilla que escribió, durante la década de 1880 en el umbral de grandes olas migratorias y gigantescas transformaciones urbanas, un emotivo libro de memorias en el que evoca una ciudad a punto de experimentar cambios radicales, que todavía era una “gran aldea” que mantenía sus costumbres coloniales mientras comenzaba a transformarse en una cosmópolis. Después de Mansilla, pasaría a Borges y su desafiante gesto literario fundacional de recrear una Buenos Aires ominosa, extraña y marginal; y después, Alfonsina Storni y sus inconfundibles paisajes urbanos, para pasar luego a las caminatas melancólicas por barrios obreros de El sueño de los héroes de Adolfo Bioy Casares, y a Rayuela de Julio Cortázar, a mitad de camino entre París y Buenos Aires, y lo fantasmal de La ciudad ausente de Ricardo Piglia, y quizás a Manuel Puig de quien tomé prestado el título para este artículo. Nunca llevé a cabo este proyecto de curso, pero tengo siempre en la cabeza muchos pedacitos de estos textos, y así, cuando pienso en la ciudad, la imagino como una topografía de citas. Convertí a Buenos Aires en un reservorio de invenciones literarias. Podría decir sobre la ciudad lo mismo que Calvino dice sobre París: “es una obra de referencia gigante, una ciudad a la que se la puede leer como se lee una enciclopedia”. 

Cuando vuelvo a Buenos Aires –y viajo todos los años– trato de que no se note que no vivo ahí. Y sin embargo, sin importar cuánto me esfuerce, siempre me descubren. Reacciono sorprendida, cuando tendría que mostrarme blasé. Veo artistas callejeros en los semáforos (algunos son niños) haciendo malabarismos mientras los autos esperan que las luces cambien de color, y ahí es cuando uso alguna expresión equivocada. “Qué actuación más peligrosa”, digo mientras pasan corriendo por el costado de los autos pidiendo dinero. “No se preocupe señora, hacen una fortuna”, comenta mi taxista sin un atisbo de simpatía. “Y además, son todos serbios”, insiste con un tono enigmático. “Pero, me parece que usted no es de acá, ¿no?” Voilá: me descubrieron. Como los supuestos serbios, soy víctima de su queja xenófoba. No entiendo nada.

No es que no sepa cómo llegar a diferentes lugares, o que me haya olvidado el nombre de las calles. Las tengo grabadas en la mente pero ya no como conocimiento vivo: son parte de un archivo al que acudo cuando las necesito. Desde lejos, las recubrí del poder que tienen los talismanes. Me gusta decir sus nombres en voz baja, para adentro. Y muchas veces, cuando me cuesta dormirme, recito las calles de Buenos Aires para olvidarme de las preocupaciones que me mantienen despierta: Charcas, Paraguay, Córdoba, Viamonte, Tucumán. Lo que perdí definitivamente es mi viveza, mi saber de la calle, y creo que eso no lo voy a recuperar. A pesar de que lo deseo y lo intento, no paso por porteña. [...]

Aunque nunca enseñé el curso sobre fantasmagorías de una Buenos Aires hecha de alusiones literarias y citas prestadas, el proyecto me persigue. Cuando empecé a escribir El común olvido, la idea del curso volvió a mí, y dejé que entrara en mi ficción. Quería recuperar las voces de los otros, reciclar fragmentos y pedazos de textos no necesariamente memorables o prestigiosos, pero que, por las razón que fuera, en algún momento captaron mi atención. Quería recuperar historias, pero sobre todo voces, lo que la gente decía y el tono en el que lo decía, el parloteo de la ciudad en la que nací y viví en diferentes momentos de mi vida. Esta reconstrucción –una suerte de arqueología de chismes y cuentos– no era nostálgica. No sentía que estaba tratando de invocar un mundo perdido; me estaba divirtiendo. Era un placer reescribir y volver a contar historias que hablaban de la ciudad que amo; era una especie de homenaje. 

Cuando me preguntan si alguna vez voy a volver a vivir a Buenos Aires, siempre dudo antes de contestar, nunca doy la misma respuesta, y a veces ni siquiera respondo. En las semanas posteriores a la caída de las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001, pensé constantemente en Buenos Aires, soñé con la ciudad muchas noches seguidas. Estos sueños (o recuerdos–ya no sé cuál es cuál) eran sobre un pasado lejano, cuando todavía no sabía que no iba a pasar toda mi vida en Buenos Aires; sueños (o recuerdos) de voces, casi todas felices, a pesar del ruido de los helicópteros que volaban sobre Nueva York, que a la vez me traían otros recuerdos de Buenos Aires, menos lejanos y menos felices. Después del 11 de septiembre el clima de Nueva York se inmobilizó, la ciudad parecía suspendida en un otoño agradable y soleado, como si el tiempo se hubiese detenido. Ese año no hubo invierno. Creo que todo esto hizo que me sintiera desorientada, me parecía que estaba –físicamente– en Buenos Aires. El clima parecía el de Buenos Aires: primavera en septiembre y octubre, y verano a fin de año, la proximidad de navidad con olor a fresias y gardenias. Hasta el perro que ladraba en el edificio detrás del nuestro en Manhattan se parecía al perro que ladraba en el jardín de mis vecinos pidiendo que lo dejaran entrar cuando yo era chica. Las experiencias traumáticas crean el deseo de volver a casa, a cualquier casa que una se fabrique en cada ocasión, y mi casa inventada en ese momento fue Buenos Aires, una Buenos Aires que siempre me acompaña. Es mi manera de volver.

Fragmento de “Afterword: The Buenos Aires Affair”, PMLA, 122: 1 (January 2007), págs. 352 – 356

 

sábado, 16 de julio de 2022

Escupamos sobre Hegel

Por Daniel Link para Perfil

César Aira termina el prólogo a Novelas y cuentos de Osvaldo Lamborghini con esta anécdota: “Osvaldo conocía a Hegel principalmente a través de Kojéve, a cuya interpretación adhería a la vez que no se tomaba muy en serio (la misma ambigüedad tenía con Sartre, en cuyos libros encontraba, quién sabe por qué, una cantera inagotable de chistes). Pero también había leído a Hegel, y la última vez que lo vi, el día que se marchaba a Barcelona por segunda vez, tenía en las manos las Lecciones sobre la filosofía de la historia; lo había elegido para leer en el avión, cosa que me explicó así: lo había abierto al azar, en una librería, y advirtió que en esa página casual Hegel hablaba de... Afganistán. (¡Afganistán, Afganistán!). Eso le bastó.”

Por supuesto, Lamborghini escribió en 1982 un texto al que llamó “Las hijas de Hegel” y que quedó inédito después de su muerte.

Por su parte, Valentín Roma constató que en la biblioteca barcelonesa de Lamborghini los únicos libros de autores argentinos eran Boquitas pintadas (1969) y Pubis angelical (1979) de Manuel Puig, la obra completa de Borges y algunos libros de Roberto Arlt. Hegel está presente, además del “imprevisto Escupamos sobre Hegel (1973) de Carla Lonzi”. Escrito en 1970, ese libro decisivo para el desarrollo de teorías disidentes de la subjetividad se publicó en italiano en 1972.

Casi al mismo tiempo, Alejandra Pizarnik había declarado en “Sala de psicopatología” (1971): “Soy una perra, a pesar de Hegel” y se había despedido al mismo tiempo de una concepción teleológica de la historia y de una cultura agobiante para dar paso al acontecimiento de lo que está siempre naciendo: “adiós sujeto y objeto,/ todo se unifica como en otros tiempos, en el jardín de los cuentos / para niños lleno de arroyuelos de frescas aguas prenatales”.

Entre Pizarnik y Lamborghini hay otro ejercicio hegeliano: es precisamente Pubis angelical, donde se propone una versión de la historia desanudada por completo del magisterio del más antipático de los filósofos de todos los tiempos. Allí, como se recordará, hay un personaje que se llama Ama. Para suspender la dialéctica hegeliana del Amo y el Esclavo a Puig le basta una sola pregunta: “¿No prefieres que te domine yo?”.

Así como antes en El beso de la mujer araña (1976) Puig había consignado la pregunta “¿Qué es ser hombre, para vos?”, en Pubis se lee: “La verdad es que soy una de esas personas, o mujeres, lo cual no sé si encaja en eso de persona”.

Osvaldo Lamborghini, con todas sus negaciones de negaciones, es el poeta definitivamente atrapado en el marco hegeliano de los trascendentales. Pizarnik, si se quiere, es la víctima de ese sistema. Si en Pizarnik se dejaba leer un proceso especular de desfiguración en el espejo (lo que es un poco más parecido a lo de Carla Lonzi), en Lamborghini no deja de leerse fatalmente una sentencia de identidad que se corresponde más bien con la tradición hegeliana más erudita de la generación anterior a la teoria feminista de Carla Lonzi.

Como a Puig nunca se le reconoció capacidad de crítica (sino apenas de imitación) recién ahora somos capaces de darnos cuenta de que su pensamiento estratégico sobre el presente y sobre el futuro reposa en un rechazo categórico de la causa de un sujeto único cuya marcha hacia su emancipación habría que patrocinar. Mejor es entregarse a la algarabía de las multiplicidades, de lo mezclado, de lo que nunca alcanza a capturarse con un nombre (hombre / mujer), y de lo que abraza las circunvalaciones temporales de lo que vuelve una y otra vez (y siempre distinto).

La historia, más allá de las manías hegelianas, no tiene fin. Lo más parecido a ese medio sin fin son los gestos, y de ahí la predilección de Puig por escenas y gestos, lo que se ha identificado como un cultivo del camp (ese gusto por la gestualidad exagerada).

Por supuesto, si Puig hubiera sido sólo eso, no se entiende por qué sus textos están vivos todavía.

Si lo están es precisamente porque en Puig la diferencia sexual funciona en términos de encadenamiento y no de corte (más allá de los fantasmas de castración propuestos por el psicoanálisis). Porque la historia no reconoce imposibilidades sino campos de experimentaciones infinitas. Y porque no hay síntesis que no sea de inmediato una tiranía.


viernes, 15 de julio de 2022

Niro

 Hoy, 15 de julio, tuvimos que sacrificar a Niro.

 

 

 Descansa en paz.

 



jueves, 14 de julio de 2022

Molloy (1938-2022)

 

Sylvia adoraba a Cartulina, que se nos murió en 2020. Hoy, día de la Bastilla, Sylvia Molloy emprendió el mismo camino. 

A Sylvia no hay forma de llorarla por ahora, porque no hay tampoco forma de aceptar su ausencia.


 

 

miércoles, 13 de julio de 2022

El archivo está corrupto y no se puede acceder a él

A propósito de esta nota, una profunda melancolía. Yo me acuerdo de casi todas las noches de Morocco:


Recuerdos del cosmobolitismo

POR DANIEL LINK para Radar

Cerró Morocco. Tenemos derecho a ponernos sentimentales sobre todo porque el sentimiento que, como se dice, nos embarga, no es tanto la melancolía –por la pérdida de uno de los pocos locales danzantes de Buenos Aires donde siempre (léase: siempre) reinó la felicidad– sino lisa, y llanamente, el miedo.
La última noche de Morocco (el pasado sábado 19) terminó con gases lacrimógenos, patrulleros, ambulancias, obreros trabajando, travestis con los tacos rotos y el maquillaje corrido, mujeres cincuentonas descompuestas, níveas adolescentes y jóvenes de ojos glaucos con las miradas irisadas de frustración y calles cortadas. Paradojas argentinas: nunca hasta esa noche pudo verse tanta gente haciendo cola para entrar a Morocco, aun después de que los despavoridos bailarines hubieron abandonado el sótano donde se produjo el atentado. Nadie quería dejar su lugar en esa cola absurda (a esa altura de la noche y de los acontecimientos), como si el anuncio de que cerraba ese “parque temático de la modernidad” hubiera servido para recordar a tanta gente que ésa era la última noche de una época.
Y si hacía falta que algo sucediera para que ese baile de clausura no se pareciera a una liquidación de fin de temporada o al mero fracaso de un quiosquito –pero que no haya en Buenos Aires mercado para sostener algo como Morocco es ya una señal de alarma sobre los tiempos que se avecinan–, eso (lo que siempre temimos que pudiera suceder pero que nunca, nunca había sucedido) pasó: gas lacrimógeno en un sótano atestado de personas bailando, travestis atravesadas en las escaleras, la calle Hipólito Yrigoyen destripada como por efecto de una bomba neutrónica: una escenografía de distopía futurista.
En noviembre pasado, Morocco había cumplido siete años, a lo largo de los cuales impuso un estilo en la noche de Buenos Aires. Mientras en el piso de arriba se sucedían con frenesí el tango, el merengue, la salsa y la cumbia como una invitación al tacto, al olfato y al gusto, abajo sonaban –en una de las más hermosas pistas de baile, con el techo abarrotado de pequeñas bolas de espejo– todas las variedades de música electrónica: Romina Cohn, Dany Nijensohn, Dr. Trincado, Carla Tintoré y Diego Ro-k volvieron célebre en el mundo entero la pista de Morocco, al tiempo que ellos mismos crecían hasta convertirse en los mejores DJs argentinos. Entre los extranjeros que amenizaron las veladas de Morocco se pueden nombrar a Herbert, los Pan Sonic, Michael Mayer, Laurent Garnier, DJ Hell, Eric d Clark y Angel Molina, pero seguramente la lista es mucho más larga. Recitales de Charly, Fito, Leo, Flor de Piedra o Antonio Ríos, la Revista de Morocco, La moribunda de Urdapilleta y Tortonese, charlas de Escohotado sobre consumo de drogas, shows de transformistas, tragos con complejos vitamínicos, fiestas “ideológicas” de Agencia de Viajes: todo cabía en la imaginación de Diana Ruibal, superviviente de la “Primera Junta” de Morocco, integrada en aquellos primeros tiempos –cuando las paredes de la discoteca estaban engalanadas por una colección de banderines de los diferentes clubes de fútbol argentinos, colgada por Sergio Lacroix, y el restaurante–salsódromo era una creación de Sergio De Loof– también por Alaska y otros socios.
Hacia las dos y media de la mañana de ese domingo infausto, Romina Cohn pasó uno de sus mejores sets. Después fue el turno de Trincado, que arrancó con un viejo tema de All That Jazz, “After You’ve Gone”, y siguió con una batería capaz de conmover (si hubiera hecho falta) a las piedras. Trincado sabe hacer bailar como pocos en el mundo, pero tuvo que competir con ese humo que él no había programado y cuyo olor picante y nauseabundo la mayoría reconoció de inmediato. Entonces, por primera vez en la historia, la gente abandonó la pista de Trincado. Afuera, en la calle cortada, los obreros no dejaron de trabajar ni levantaron las vallas. Los patrulleros y las ambulancias entraban a contramano por Hipólito Yrigoyen porque en la esquina de Tacuarí una mezcladora les vedaba el paso. Los tacos altos y las pelucas rubias se mezclaron con los uniformes, pasó un señor en bicicleta, vestido con shorts y buzo de lamé plateado, y los que todavía esperaban algo de la noche iban y venían como si algo los llamara a una esquina u otra. Y todavía seguía llegando gente.
Morocco se parecía mucho a una Argentina utópica (a una nave lanzada hacia el futuro del mundo), donde todas las tribus podían encontrar su lugar en el mundo y donde las más exquisitas cruzas y figuras híbridas podían darse cita. En Morocco (con Morocco), uno podía sentirse seguro, interpelado, feliz, cosmobolita (el cosmopolitismo tercermundista al que podemos aspirar). Pero con esa fiesta de clausura, la utopía ya había sido cancelada. Lo que vendrá (y que ya se anuncia en las tapas de las revistas) no necesita de Morocco ni de disfraces exóticos ni de cohabitaciones aberrantes. Lo que vendrá abomina de las mezclas, la diferencia, la intensidad y la tolerancia. Y a ese porvenir –que es la causa retrospectiva de que Morocco cierre como si se tratara de un culto herético, clandestino y al margen de la Ley–, cómo no tenerle miedo.
A las cuatro y media de la mañana, entre Tacuarí y la 9 de Julio, una topadora llenaba de tierra las zanjas en Hipólito Yrigoyen. Estaban enterrando una época.

En cambio, no me puedo acordar de El Dorado. No podría describir el lugar, pero además, tampoco tengo recuerdo de ninguna noche. 

 

martes, 12 de julio de 2022

sábado, 9 de julio de 2022

Oda al segmento

Por Daniel Link para Perfil

¿La Patria, cuya efeméride máxima hoy se festeja, es segmentable? ¿No es la Patria como tal el efecto de una segmentación, haber cortado por lo sano con la Metrópoli imperial y, al mismo tiempo, haber delimitado los bordes argentinos contra un exterior pensado como una totalidad amenazante o amigable, según las épocas y los sistemas de alianzas? Lo que reconocemos como nuestra República es un segmento (bastante arbitrario, por cierto) de un figura que alguna vez la contenía.

Y sin embargo, hoy la Argentina navega hacia su propia desaparición porque un sector de gobierno (el más golpista) considera que no hay que segmentar, que no hay clases sociales, que no hay poderes adquisitivos diferenciales, que el Pueblo es uno, indivisible, insegmentable, y que como tal debe ser tratado por el Estado mapaternal.

Es raro. Algunas teorías, muy de moda en los últimos diez años, plantearon al Pueblo como un significante vacío (de ahí la potencia política del populismo). Otras teorías, más radicales, sostuvieron el desgarramiento interno del Pueblo que es, al mismo tiempo, el sujeto político por excelencia y aquel pueblo que está excluido (de hecho o de derecho) de la política. Habría un Pueblo y un pueblo que nunca pueden coincidir, salvo cuando la redención sea un hecho indiscutible.

Pero más allá de esas pasiones por las totalidades rasgadas o vacías, está la ciudadanía que es, por definición, segmentable. Todas las escalas impositivas, previsionales y salariales presuponen el segmento. Existen también segmentaciones culturales, habitacionales, geográficas, etarias, genéricas. De otro modo, ¿para qué los censos?

Cualquier persona particular (cualquier poeta, bailarina, periodista, economista o barrabrava) puede estar en contra de la segmentación y abrazar la causa de los espacios lisos o de las totalidades perdidas. Es, sin ir muy lejos, mi caso.

Pero un Estado que se precie de tal está condenado a administrar las segmentaciones que, por defecto, él mismo produce y sostiene. Cualquier otra hipótesis es un disparate, basado en la ignorancia, el fanatismo o la pereza.

Dicen que el Sr. Guzmán renunció porque no lo dejaban segmentar. Si es así, lo bien que hizo. ¡Viva el segmento llamado Patria!