Por Daniel Link para PerfilThiago Ávila, el militante
pro-palestino de origen brasileño, coordinador
internacional de Global Sumud Flotilla, fue detenido en Ezeiza,
incomunicado y separado de su familia (que viajaba con él) por
la Policía de Seguridad Aeroportuaria “por profesar ideas
contrarias al Gobierno” (según diversas fuentes). Retenido en el
aeropuerto, Thiago decidió seguir viaje con su familia a Barcelona,
un destino menos hostil hacia las ideas. Podría haber escrito en una
piedra, como Sarmiento en 1840:
"On
ne tue point les idées". Tampoco se las expulsa o se las
destierra. Para Carlos Pagni el
episodio ilustra “la indolencia que lleva a confundir lo público
con lo privado”. Para los representantes de los partidos de
izquierda, “un hecho grave de persecución y censura, y un
precedente antidemocrático”.
Si bien escandaloso, el episodio no
sorprende tanto como su repetición y su eco, en un contexto
totalmente diferente. Me cuentan que en un chat institucional una
persona republicó una convocatoria (de la que él no participaba,
pero consideró pertinente difundirla) a una asamblea. Recibió como
respuesta: “en la reunión de hoy tuvimos intervenciones relevantes
e intercambios sobre cómo manejarnos frente a la crítica situación
que estamos atravesando, y viendo cómo cuidamos nuestra comunidad
desde la responsabilidad institucional que cada uno tiene. No ayuda
que en este espacio difundamos orientaciones contrarias que fomentan
la anomia y la desarticulación institucional”. Las ideas y
orientaciones contrarias se dan la mano para acusar a alguien (a
cualquiera) de “fomentar la anomia” por el solo hecho de
republicar una convocatoria, acusación que no se escuchaba desde la
década del ochenta y que ni Carta Abierta se atrevió a esgrimir en
sus tiempos más dogmáticos para usar en cambio el más amable
predicado “destituyente”.
Hay algo, en la conversación social,
que no funciona. Y no funciona porque lo que se escucha son puros
ecos de sonidos que rebotan en muros impenetrables cuya única
función es apuntalar lo que, a todas luces, se está desmoronando.
Cuando hay “ideas” u “orientaciones contrarias” (¿a qué?
Sólo se puede imaginar una continuación: “al régimen”) eso
significa que el régimen está agotado, como un cuerpo que no puede
defenderse sino aislándose (y los efectos políticos del
aislamiento, lo sabe cualquier argentino, son devastadores).
El aislamiento conduce a la
incapacidad, incluso, de verse a uno mismo (con sus potencias y sus
impotencias) y sólo se pueda pensar la propia debilidad como un
resultado de un ataque de los otros (que no sabían que eran “otros”,
así como Narciso no supo que era él mismo y así como Eco no sabía
que podía sobrevivir a su muerte, porque chongos hay millones).
La conversación a la que algunos
aspiran (convocando a asambleas, como está sucediendo en la UBA,
como sucedió en 2001) no desencadena la anomia sino que intenta
sobreponerse a ella. Tampoco es destituyente, porque ante el vacío
de respuestas por parte de las instituciones del orden (gobiernos,
sindicatos, iglesias y escuelas) pretende la apertura de espacios que
propongan soluciones (sobre todo aquéllas que, por que son de
tránsito lento, las instituciones no pueden producir).
Vivimos una época particularmente
opaca, porque a la crisis de representación que ha destrozado el
sistema de partidos se suma una hipótesis de gobierno automático y
transparente como las respuestas de la inteligencia artificial que,
como todo el mundo ha comprobado, está limitada por su incapacidad
de sostener el registro de lo imaginario y actuar en él.
No se trata de decidir quién tiene la
verdad, sino de actuar en conjunto en favor de los que menos tienen y
que más necesitan de soluciones inmediatas, en favor de aquellos que
van perdiendo poco a poco la posibilidad no ya de intervenir en la
vida pública sino de sobrevivir en un ambiente enrarecido donde
cualquier palabra puede ser interpretada como palabra malsonante,
anómica, enemiga. La persona que fue acusada de promover la anomia
en el chat antes mencionado decidió abandonarlo. “Me
escarlatearon, me dio miedo”, dijo.
En ese espacio, que era presuntamente
un lugar seguro para la conversación y para el intercambio de
experiencias, sintió los ecos de las conductas totalmente
desinhibidas (es decir, bestiales) del gobierno actual. Así como en
el siglo XIX hubo liberales de izquierda (en donde nace el marxismo)
y liberales de derecha, estos serían, por decirlo de algún modo,
mileístas presuntamente de izquierda.
Lo que se verifica es un ambiente
estilístico teñido de violencia y de miedo a las posiciones
“contrarias”, de populismo y de obsecuencia, y ambientes
institucionales que no saben cómo responder a las profundas crisis
que las vacían de sentido.