sábado, 25 de junio de 2022

El mundo proustiano

Por Daniel Link para Perfil


Una de las grandes lecciones de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust (de cuya muerte se conmemora este año su centenario) tiene que ver con la vida mundana, en relación con la vejez y, precisamente, la muerte.

Recién en El tiempo recobrado, cuando asiste a una matinée después de una larga ausencia, el narrador comprende que su mundo es un mundo donde el sentido del tiempo se pierde. En la novela el tiempo se corta, no avanza, no está vectorizado ni puede medirse cuantitativamente. Pega saltos. O se desovilla. La recuperación del tiempo le viene al narrador repentimanente (después de haber prolongado por demás su juventud, o de creerse joven más allá de toda evidencia) por la conciencia de su propia muerte, consecuencia de la contemplación de sus amigos decrépitos, convertidos ya en morituri y prácticamente irreconocibles, pero atados a los mismos hábitos de antaño.

Se deja de ir a fiestas cuando se ha completado el circuito de sentido de los signos frívolos mundanos y se comprende dolorosamente tarde la verdad de los signos del amor.

El tiempo perdido es, por lo tanto, tanto el tiempo pasado como el tiempo desperdiciado (en tantas fiestas, en tantos viajes, en tantos amores, en tantas lecturas o, agregaríamos nosotros, en tantas series de televisión). Para recuperar el tiempo hay que salirse del círculo vicioso del hábito y de los comportamientos domesticados. El mundo proustiano se reconstituye, entonces, a partir de la recuperación del (sentido del) tiempo.

Todo esto el narrador lo comprende (y nosotros con él) no por prepotencia metódica sino por azar y por coacción. El ruido de una cucharita tintineando o una baldosa floja vuelven a traer un tiempo ya vivido al presente y lo lanzan hacia el futuro: un futuro en el que todo es posible.

Para recuperar la vida en el tiempo (la única vida que merece ser vivida) En busca del tiempo perdido insiste mucho en la música, en el ritornello como soporte, algo que da una cadencia al movimiento del tiempo (y tal vez también al de la vida). Es esa música maravillosa e inexistente, la sonata de Vinteuil (y sus modelos hipotéticos, en particular la sonata de César Franck), con su insistencia nerviosa, mórbida y revuelta sobre si misma la que, desde el comienzo, señalaba la huella que había que seguir.

No porque se trate de repetir como un autómata lo que ya sucedió, lo ya vivido, sino porque se trata de dejarse arrastrar por el vértigo de aquello que, porque nos pasó, no dejó nunca de estar en nosotros, de habitarnos, aunque fuéramos incapaces de acordarnos: aquella sensación, esa lágrima, tal dicha.

En lo infinitesimal (el sabor mezclado de la magdalena y el té) se encuentra contenido el mundo entero y en un instante (en sólo un instante: ¿pero cuál, cuál?) se agazapa toda nuestra vida.

Sólo renunciando a lo que se ama (lo ya leído, lo ya visto, lo ya hecho) se puede re-hacer lo que se ama... Renunciar al mundo tal cual es (el mundo del hábito) para rehacerlo como un mundo nuevo, dichoso.

 

martes, 21 de junio de 2022

Documenta 15: Captura y contenido

 por Baruch Gottlieb para &&&

 


Documenta 15, heterogénea, accesible, resplandecientemente en proceso e incompleta, presente-aquí-ahora, y afirmativa, es soft-imperialista y arte globalizante en su apogeo.

"New Edge" es suave, cariñoso, tranquilizador y ligero, un arte para el justo declive del proyecto de la Ilustración occidental y un himno para el ascenso del Sur Global, que rescata lo que encuentra útil de las ruinas, la vanagloria, la contaminación y la precariedad occidentales, para sacar el máximo partido a una poscolonialidad que aún depende de las vías de financiación más coloniales.

Venga a visitar los delicados, íntimos y cuidados espacios de los talleres abiertos y, para su comodidad, cariñosamente traducidos al inglés desde cualquier idioma local.

Con todas las mejores intenciones del colectivo curatorial Ruangrupa, lo que vemos en las salas principales del Friedricianum resuena con una generosidad vejada que es, al mismo tiempo, también la rendición involuntaria al capital global que une a todos los pueblos oprimidos del mundo, tanto en Indonesia como en Alemania.

Vemos aquí la evidencia de prácticas sociales desesperadamente creativas, prototipos para el mundo venidero de la desindustrialización y la migración involuntaria, con poca alegría, como debe ser, pues la vida debe continuar, y nadie sabe mejor cómo hacer habitable la vida insoportable que quienes emergen hoy del trauma de docenas de generaciones de opresión sin salida: los colonizados, las mujeres, los maricas.

Esta exposición brilla y bulle de buenas intenciones, es una ofrenda, una bendición para las élites imperialistas que prefieren la miseria global a la multipolaridad, aquellas a las que el mundo del arte sirvió durante décadas para blanquear sus ganancias mal habidas, aquí de nuevo cumpliendo obedientemente los ritos de exoneración.

No se preocupen por nosotros, estaremos bien.

De hecho, parece como si las estrategias de construcción y mantenimiento de la comunidad de las personas oprimidas durante mucho tiempo que aparecen en la muestra quinquenal, este brillante cometa de los valores humanistas occidentales en el pináculo de la programación mundial del mundo del arte, estuvieran allí para ser anunciadas para el empleo en el trabajo de cuidado de los ancianos prematuros.

El abroquelado y frágil Occidente, incapaz de consumar su grandiosa visión de futuro, que sólo fue siempre gansterismo autoengañado, aprende ahora a atenuar sus ambiciones y a mostrarlo a través del mundo de los otros, un colectivo de Indonesia.

"Euromérica", como la cultura gangsteril glorificada, busca ahora en la suave desobediencia del Sur Global sus cuidados paliativos. Lo que vemos en esta exposición no es un Sur Global emancipado para trazar su propio rumbo, vemos un Sur Global resplandeciente en su pobreza como modelo para las masas pronto pauperizadas del Norte Global.

"Miren cómo estos nobles nativos han soportado generaciones de la más extrema explotación y esclavitud y aún así han mantenido su dignidad. Queridos europeos, ¡ustedes también pueden hacerlo!"

"Miren las ingeniosas, amorosas, cuidadosas y esmeradas prácticas que han desarrollado en las circunstancias más adversas, usando su calzado y utensilios de cocina de plástico, esparciendo y luego retorciendo estos materiales reciclables para divertir a sus hijos. Mira qué sereno y feliz se puede ser pobre".

Este es el mensaje para los europeos transmitido con diligencia por el consejo de élites culturales que contrató al equipo curatorial indonesio para dirigir esta edición de Documenta.

Documenta 15 es una obra maestra de conciliación con un proyecto occidental en declive, que no puede limpiarse el culo.

Las últimas ediciones han señalado una desviación respecto del ascenso de la auto-recriminación occidental, la culpa y la exasperación, el histrionismo del macho blanco, el agobio de los ricos y los estigmas de la mala conciencia imperialista. Hoy en día, este triste-prometianismo nietzscheano ha sido sustituido por santurronas exhibiciones de trabajo de cuidado femenino cautivo, en colores alegres, su sombría perseverancia.

La noción de Joy James de las madress cautivas es útil para entender esta estética, en la que la monumentalidad se ha disuelto en las prácticas cotidianas, el resonante Beuys 7000 Oaks ocasionalmente sigue protegiendo silenciosamente a los ciudadanos de Kassel del duro sol de junio, pero aquí cada vez más precario, provisional e incidental..

La madre cautiva debe preparar a su progenie para sobrevivir o incluso tener éxito en futuros sin perspectivas de emancipación.

Con su amplia y brillante panoplia de prácticas, perseverancia y cultivo de la comunidad para compensar cuando el estado se retira, Documenta 15 se muestra tan afín y deferente como sea posible para los poderes fácticos.

Incluso en sus momentos más airados, gracias a las obras de grandes artistas que de alguna manera han pasado el filtro neoliberal establecido por los comisarios, la exposición sigue siendo más o menos fiel al propósito fundacional de Documenta: difundir el nihilismo y, lo que es más importante, excluir el horizonte comunista.



La comunidad de los ausentes


 

sábado, 18 de junio de 2022

La pelotudez no tiene límites

 

https://www.lanacion.com.ar/horoscopo/que-superheroe-de-marvel-te-caera-mejor-segun-tu-signo-nid17062022/



Las trampas de la lengua

 Revolución permanente

Por Daniel Link para Perfil

En su Lección inaugural en una de las más altas instituciones de enseñanza, Roland Barthes sostuvo, con una temeridad admirable, que “la lengua, como ejecución de todo lenguaje, no es ni reaccionaria ni progresista, es simplemente fascista, ya que el fascismo no consiste en impedir decir, sino en obligar a decir”.

Como es imposible escapar a ese poder omnívodo y al mismo tiempo gregario, Barthes propuso una única escapatoria: “hacer trampas con la lengua, hacerle trampas a la lengua” y hacía coincidir esta treta saludable, este magnífico engaño “que permite escuchar a la lengua fuera del poder, en el esplendor de una revolución permanente del lenguaje” con lo que se reconoce como literatura.

Entre nosotros, Santiago Kalinowski caracterizó los usos inclusivos del lenguaje como hechos retóricos y no lingüísticos y, en estos días, sostuvo que la intervención inclusiva afecta, en realidad, a cuatro o cinco palabras.

El lenguaje no es sólamente un sistema de signos, sino también un vehículo de expresividad. De ahí que las gramáticas tensivas pongan el acento en la subjetividad y en el acontecimiento de discurso. De modo que todo aquello (no importa qué: una “e”, una “i” o un plural supuestamente mal formado) que en el uso del lenguaje exprese un cierto desacuerdo en relación con el sistema categorial de la lengua, merece una escucha (si se quiere: una escucha crítica).

La reciente Resolución de CABA es desafortunada por varias razones: Tal como está formulada imposibilita la enseñanza bilingüe, tanto en lenguas de prestigio (inglés, francés) como en lenguas aborígenes (guaraní, por ejemplo). En lugar de fundamentar la decisión en una institución decadente y antipática como la R.A.E, pudo haber recurrido a los L.A.D (Language Acquisition Devices) según los cuales las lenguas se incorporan en principio por sus regularidades y legislar sólo para la primaria. Atribuir los pobres resultados en las pruebas de rendimiento escolar al uso en el aula de lenguaje inclusivo es, en el mejor de los casos, ingenuo y en el peor una estrategia para autoexculparse y pensar que salvado el escollo de la "e" o la "x" todo volverá a ser un paraíso sarmientino.

Si lo que se busca son las formas que, en la lengua, nos permitan enfrentar el heterosexismo, el patriarcado, la discriminación y la ignorancia de las nuevas identidades no binarias no se entiende por qué la escuela debería quedar al margen de esa busca.

Obligados a callarnos y a una lengua sin expresión (muerta), ¿cómo podríamos dar sentido a nuestro silencio?


viernes, 17 de junio de 2022

Sexualidad y violencia

El libro de Geoffroy de Lagasnerie Mi cuerpo, ese deseo, esta ley. Reflexiones sobre la política de la sexualidad propone una revisión crítica del paradigma jurídico-represivo que se aplica a la “cultura de la violación” como requisito para pensar políticas de la sexualidad que no necesariamente involucren la mirada del Estado.

por Daniel Link para Soy

Los antecedentes El libro Mi cuerpo, ese deseo, esta ley. Reflexiones sobre la política de la sexualidad de Geoffroy de Lagasnerie, que el cuenco de plata acaba de distribuir entre nosotros, dialoga con varios otros libros (y con los casos judiciales que desencadenaron) inscriptos en los debates parisinos sobre sexualidad de los últimos años.

Conviene recordar esos libros para entender mejor el gesto polémico que sostiene Geoffroy, pero antes hay que destacar que el nombre de la conferencia (luego transformada en libro) es el eco de un clásico texto de Michel Foucault, que se llama “Mi cuerpo, ese papel, ese fuego”.

Aunque no se lo mencione nunca, habría que pensar también en el libro de Guy Sorman, Mi diccionario de boludeces, que ya el año pasado concitó la atención de este suplemento a raiz de las acusaciones de abuso de menores y violación que contra Foucault realizó Sorman. Aunque no debata contra ese antecedente, el texto de Geoffroy termina (ver recuadro aparte) con un conmovedor relato en primera persona que parece intersectar aquellas acusaciones.

Ahora bien, los otros libros que conviene repasar para leer estas Reflexiones sobre la política de la sexualidad son, en primer término, los libros de Édouard Louis Historia de la violencia (2016, dedicado a Geoffroy de Lagasnerie y en el cual Didier Eribon es un personaje secundario) y Lucha y metamorfosis de una mujer (2022). El segundo es la historia de la madre del autor, víctima de la supremacía masculina y el patriarcado. El primero cuenta la violación y el intento de asesinato que sufrió Édouard en su departamento en 2012 a manos de un inmigrante que llevó a su departamento. En 2014 Édouard había publicado su primer relato autobiográfico, centrado en la figura de su padre, Para acabar con Eddy Bellegueule. Hoy se lo considera una de las figuras de la izquierda radical francesa, dentro de la cual seguramente también Geoffroy de Lagasnerie y Didier Eribon se imaginan.

También hay que tener en cuenta The girl (2013) de Samantha Geimer, donde cuenta la violación de la que fue objeto por parte Roman Polanski cuando tenía 13 años, asunto que volvió a ocupar las primeras planas de los diarios cuando a Polanski le dieron el premio César por su película J'accuse. Lo que le importa a Geoffroy es que en ese entonces Samantha se apartó de las voces escandalizadas por ese premio y declaró que “pedir a todas las mujeres que soporten el peso de su agresión, pero también de la indignación eterna de todo el mundo, es escupir en la cara a todas las que se recuperaron y pasaron a otra cosa”.

Otro libro que Geoffroy cita es El consentimiento (2020) de Vanessa Springora, donde la autora cuenta la relación que tuvo a sus trece años con Gabriel Matzneff, un escritor treinta y seis años mayor que ella, uno de cuyos efectos (más allá de la condena pública a Matzneff) fue la ley francesa de abril de 2021 que agravó las penas para las relaciones, aún consentidas, entre un menor de entre quince y dieciocho años y cualquier “persona mayor que tenga sobre la víctima una autoridad de hecho o de derecho”. En contra de esa ley, Geoffrey argumenta que habría implicado una pena de cinco años de cárcel como pedocriminal para Brigitte Macron, la primera dama de Francia. Ese libro de Springora se podría colocar en serie (no lo hace Geoffroy) con La familia grande (2021), donde Camille Kouchner contó los abusos sexuales de los que fue objeto su hermano gemelo desde los 13 años por parte de su padrastro, el constitucionalista Olivier Duhamel.

Las experiencias plurales Hasta allí, los libros previos, cada uno de los cuales enarbola una idea de justicia y que pretende restaurar un trauma por alguna vía u otra y que impactaron de un determinado modo en la opinión pública, instaurando lo que Geoffroy llama “excepcionalismo sexual”. Contra toda predicción, la izquierda francesa abandonó respecto de los temas que involucran la sexualidad sus posiciones históricas y abrazó cualquier causa destinada a reforzar la acción represiva y punitiva.

El libro de Geoffroy es polémico porque no se detiene en esta constatación: “La única actitud valedera para cualquier política de la sexualidad es aceptar el pluralismo de las experiencias, de las relaciones con el deseo y el cuerpo, la herida y el trauma, y reconocer por lo tanto la necesidad de que las medidas legislativas o las movilizaciones culturales no impongan nunca restricciones que prescriban una representación específica de la intimidad en detrimento de otras” (pág. 19), bastante razonable, sino que impugna la lógica del aparato jurídico-represivo, que pone antes el acento en aumentar el sufrimiento del culpable antes que en hacerse cargo del que siente la víctima. “La lógica penal, al mantener durante años un vínculo con la herida, hace mal” (pág. 41), sostiene Geoffroy.

Es una lástima que Geoffroy no haya leído (además de La dominación masculina de Bourdieu) Las estructuras elementales de la violencia de Rita Segato, porque su queja en relación con el tratamiento a partir de categorías psicológicas, penales o individualizantes encontraría en el libro de Segato el marco teórico preciso para entender la “cultura de la violación” como una estructura de dominación que produce subjetividades y para buscar una transformación de ese paradigma.

SI el libro terminara ahí, no habría mucho más que agregar y el pensamiento de Geoffroy se nos revelaría particularmente endeble por el etnocentrismo típico de la escolástica parisina, que no es capaz de encontrar más allá de la lengua francesa discursos, teorías o políticas que expliquen cómo pensar y actuar en el mundo.


Poder y sexualidad Mucho más interesantes son los capítulos que examinan críticamente las posiciones comunmente aceptadas entre poder y sexualidad, dado que el hecho de que vivimos en sociedades atravesadas por diferencias y desigualdades de todo tipo que, necesariamente (y más allá de las edades) suponen casi todo el tiempo posiciones asimétricas de poder (no sólo de género, sino también raciales, generacionales, económicas, profesionales, culturales).

Un poco por eso, es artificial y ciertamente incoherente establecer una ley psicológica según la cual cuando los integrantes de una relación erótica tienen diferencias demasiado marcadas y uno, por ejemplo, tiene una mayor notoriedad que otro, estaríamos ante una relación de dominio y por lo tanto de consentimiento viciado.

Aquí Geoffroy examina la “mirada retrospectiva” (tan frecuente en nuestros días) que encuentra en una experiencia del pasado un perjuicio a causa de una situación de dominación o jerarquía, entonces no percibida como tal. ¿Puede hablarse en ese caso de descubrimiento de una herida pasada, o es la toma de conciencia la que la produce? ¿Se puede examinar el pasado a partir de un sistema de categorización presente? ¿Una reconstrucción así realizada debe entenderse como necesariamente verdadera?

Las preguntas que Geoffroy nos plantea son inquietantes porque apuntan directamente a la comprensión del propio deseo.

En el fondo, cabe preguntarse si cualquier proyecto de genealogía del deseo que se muestre animado por una intención crítica, ya que pretende inscribir dicho deseo en relaciones de dominación, sus orígenes o sus expresiones, no está condenado a convertirse en un proyecto reaccionario”, concluye el autor y, para fundamentar esa conclusión vuelve a los libros de su amigo Édouard Louis, quien ha insistido en caracterizar al deseo como una fuerza encarnada que a veces empuja a actuar incluso a pesar de la voluntad y contra la voluntad.

¿Esas situaciones, en las que alguien es víctima de su propio involuntario deseo, podría ponerse bajo el paraguas salvador de la coacción o el dominio? La línea que traza Geoffroy es suficientemente clara como para que se entienda cuál es el objeto de su pensamiento crítico: no, no hay posibilidad de confundirse porque la violación “es un proceso externo en el que un cuerpo se impone a otro cuerpo” (pág. 60) y aquí hablamos de un cuerpo que se rebela a la norma, que se inclina hacia otro buscando su complicidad.

Y sin embargo, el punto de vista de la “excepcionalidad sexual” tiende a caracterizar toda escena de sexo gozoso (incluidas escenas de sexo homosexual entre menores, completamente legales según la legislación actual) como “escenas de abuso”, como si “la idea de trauma estuviera hoy inscripta en la idea de sexualidad de manera casi independiente de la experiencia de quienes la viven” (pág. 66).

Las víctimas “naturales” y más inmediatas de una concepción semejante son las personas homosexuales y transexuales, de quienes podría pensarse que todo su deseo y sus rebeliones identitarias provienen de experiencias traumáticas de las cuales fueron víctimas, lo cual no sólo es un absurdo, sino que es insultante.

En una cartilla de UNICEF sobre el consentimiento en América latina (en Argentina rige la edad mínima de 13 años) se lee: La edad mínima legal para el consentimiento sexual no debería ser demasiado baja ni demasiado alta y debe contener disposiciones que tomen en cuenta la diferencia de edad limitada entre las parejas –tres años por ejemplo”. Según ese criterio, una relación entre una persona de 13 años y once meses y una persona de 17 años debería ser considerada abusiva.

Todas las penas, los traumas y las hipótesis de destrucción que arrastra consigo la sexualidad, tal y como es conceptualizada por el discurso hegemónico (que, sin embargo, no tiene el menor interés en involucrarse con las heridas que provoca el amor) reposan en el carácter “excepcional” que se le otorga. La tendencia actual a poner toda relación sexual a mayor o menor distancia de la violación entendida como un centro significativo, sólo tiene como efecto la aniquilación del deseo. Tal vez, propone Geoffroy, nos convendría recuperar la hipótesis de Foucault: “liberarse del dispositivo dramatúrgico de la sexualidad podría permitir la multiplicación de las posibilidades de placer”.

En todo caso, no habría por qué abandonar la discusión sobre políticas de la sexualidad a los juristas.

 

Recuadro:

Sobre un amor vulnerable

por Geoffroy de Lagasnerie

El último capítulo de Mi cuerpo, este deseo, esta ley se cierra con un relato autobiográfico que pone en perspectiva el problema (jurídico, filosófico) del consentimiento.

Si bien hoy se multiplican las tomas de la palabra sobre el dominio, la diferencia de edad y de estatus en las relaciones, el abuso, etc., querría terminar contando lo que pasó durante el nacimiento de la relación que me une a Didier Eribon desde hace más de veinte años: cuando lo conocí, yo era muy joven, la diferencia de edad era grande –sigue siéndolo, porque esas cosas no cambian con el tiempo– y es indudable que el deseo que sentía por él, el deseo de acostarme con él y tener una relación, se enraizaba también en el hecho de que Didier fuera lo que era: su estatus, el descubrimiento por su conducto de la vida cultural e intelectual, su renombre, la fascinación que ejercía sobre mí la figura del autor que publica. Su belleza y su atracción sexual estaban ligadas, como dice Deleuze, a todo el mundo que él llevaba en sí y se desplegaba por su intermedio. Cuando mi madre descubrió esa relación estalló una crisis violenta, con gritos e insultos (hoy, por fortuna, las cosas se han calmado por completo), y, de haber tenido yo dos años menos, de haber sido menor, ella, con toda seguridad, habría presentado una denuncia. Lo que mi madre percibía en ese momento como un dominio, yo lo viví como un contrapoder liberador enfrentado a la familia, la escuela, la universidad –todos esos marcos que ejercen también su dominio sin que jamás se los ponga en tela de juicio–, y creo que, gracias a la relación con Didier, tuve la suerte de tener una vida mucho más libre de la que hubiera tenido de no conocerlo.

Didier y yo seguimos enamorados y en pareja. Pero las cosas podrían haber sucedido de otra manera. La vida podría haber sido diferente. Didier habría podido perfectamente dejarme, desenamorarse o conocer a otro muchacho. Y tal vez yo hubiera podido entonces, algunos años después, a causa de ciertos marcos contemporáneos, reconfigurar mi experiencia, reescribir mi alma y denunciarlo con el argumento de que ahora me daba cuenta de que él había utilizado su prestigio y su poder para seducirme y abusar de mí. Hubiera podido publicar un tuit que dijese: hoy me doy cuenta de que fui abusado. O incluso: hoy me doy cuenta de que me violó. Y lo peor es que, probablemente, me habrían creído, que algunos otros hubieran podido escribirme “te creo”, a tal punto que yo mismo hubiese terminado por creerlo y que, entonces, Didier hubiera sido criticado en las redes sociales e incluso públicamente denunciado, que acaso habría debido mudarse y hubiesen dejado de publicarlo o de invitarlo a los Estados Unidos. Quizás hubiera habido manifestaciones delante de su casa y carteles pegados en las paredes para denunciarlo.

Esta simple eventualidad muestra el carácter problemático de algunas formas contemporáneas de toma de la palabra sobre la sexualidad, que tienden cada vez más a someterse a operaciones subjetivas y retrospectivas de interpretación, de reconstrucción a posteriori de la vivencia.

En el transcurso de nuestra vida todos podemos hacer cosas que luego lamentamos, cambiamos de opinión, de impresión, de preferencia. Una mujer me dijo un día, acerca de su exmarido: “cuando pienso que me acosté con ese tipo durante diez años me dan ganas de vomitar”. Surge un problema político cuando esa reconstrucción a posteriori tiende a promoverse, no como una interpretación a posteriori del pasado, sino como una expresión del momento pasado, en la que lo mentiroso sería la experiencia sentida entonces. Esta confusión sostiene una especie de psicologización de la agresión sexual, definida como relación con una escena, como una interpretación de uno mismo más que como negación patente de la voluntad.


sábado, 11 de junio de 2022

Yo voy en tren, no en avión

Por Daniel Link para Perfil

Si bien todas las canciones de Charly me gustan, “No voy en tren, voy en avión / no necesito a nadie, a nadie alrededor” siempre me produjo un cierto malestar. Yo prefiero, cada vez que puedo, viajar en tren. Serán recuerdos de infancia, no lo sé (hice mil veces el trayecto Córdoba-Buenos Aires en camarote; incluso viví a bordo un descarrilamiento).

Recibo, pues, con algarabía, cada reapertura de un ramal ferroviario. Cuando voy a Mar del Plata en auto me produce mucha curiosidad el ramal a Pinamar, que nunca usé. Veo pasar los trencitos desde la ruta y sonrío. Me prometo alguna vez intentarlo.

Ahora volvió el trenino de Valle Hermoso a Córdoba-Mitre, lo que permite el viaje hasta Buenos Aires (con combinación en la Docta). Sumado al Tren de las Sierras, y al anuncio de que ahora el tren a Rufino continuará viaje hasta Laboulaye y Vicuña Makenna, en la provincia de Córdoba, y después hasta San Luis, la dicha me transporta.

Después habrá que rezar para que los mantenimientos permitan que esos trayectos puedan realizarse en tiempos más o menos razonables y con la seguridad del caso. Buenos Aires-Mar del Plata en seis horas no es, ciertamente, lo que nuestra memoria guarda como ideal (“cuatro horas y un ratito”, decía la antigua publicidad).

El viaje en tren es más amable no sólo ecológicamente sino también socialmente: uno está rodeado, en efecto, de sociabilidades. Y bien se dice que viajando se conoce gente.

Los aviones están bien para tramos largos y nocturnos, con una pastilla que acompañe el sueño. Pero siempre es preferible ver pasar el mundo desde una ventanilla de tren.

 

miércoles, 8 de junio de 2022

Volver a las fuentes

 

Inscripción aquí.


Prueba de la existencia de Dios


 

Joe Dallesandro en Trash (1970)

 

 

sábado, 4 de junio de 2022

Salvar a Pasolini

Por Daniel Link para Perfil

En una reciente entrevista publicada en la revista La Fuga, cuyo título es “¿Cómo vas a hacer esta vez para salvarte, Pasolini?”, Eduardo Grüner se refiere a la pasión pasoliniana, entendiendo pasión al mismo tiempo como su particular estar en el mundo, pero también por las adhesiones y rechazos que suscita. Entre nosotros: Guillermo Piro, Diego Bentivegna, Albertina Carri, Delfina Muschietti, Arturo Carrera.

Ahora bien, Pier Paolo Pasolini, de cuyo nacimiento se cumplen este año cien años (circunstancia que, en el mundo, ha incluso opacado al centenario de la muerte de Proust), no necesita ser salvado.

Cada día que pasa la “actitud Pasolini” se nos revela cada vez más adecuada, más lúcida en relación con la decadencia del mundo, la degradación de las culturas y las fantasías de exterminio de un régimen de organización de la vida cada vez más suicida, cada vez más inhumano, cada vez más intolerable.


La idea de Pasolini fue volver a empezar con la poesía, la novela, el cine y la política como si la historia no hubiera sucedido, como si fuera un ser recién expulsado del Paraíso. Su arte es un arte de la más profunda y deliberada inocencia. La “actitud Pasolini”, que le permite ser “más moderno que todos los modernos”, tiene que ver con esa suspensión de los límites: películas, cartas, novelas, poemas, todo forma parte de la misma experiencia, que no puede desprenderse de un conjunto de negaciones radicales: la negación de la literatura como una esfera separada de la vida, al mismo tiempo que se afirma un rechazo total del presente (dominado por una “mutación antropológica” cuya dirección no lo satisfacía). En ese contexto, lo que Pasolini intenta desarrollar es una política que resista a su instrumentalización, en un más allá de la izquierda y el fascismo, pero también en un más allá de lo sagrado y lo profano.

En la “Abjuración de la trilogía de la vida” (El Decamerón, 1971; Los cuentos de Canterbury, 1972 y Las mil y una noches, 1974) Pasolini constató que la presentación gozosa de los cuerpos que, para él, debía constituir un gesto de ruptura, había sido asimilado por la sociedad de consumo. Por eso que Pasolini abjuró de esas tres películas declarando que habían perdido toda fuerza crítica. En todo caso (porque el régimen del arte es para Pasolini idéntico al de la carta), “lo que importa es, antes que nada, la sinceridad y la necesidad de lo que debe decirse”.

¿Bajo qué forma Pasolini entiende la realidad? Varias palabras se repiten constantemente a lo largo de su obra; la violencia y la inocencia (al mismo tiempo), lo arcaico y lo vital, la fuerza (sagrada) del sexo, núcleos tanto de su poesía como de sus ficciones (películas y novelas). La realidad, en todo caso, debe sostenerse como una realidad “encantada” (en el sentido que tiene la palabra en la obra de Max Weber).

La desesperada vitalidad de Pasolini se sostiene en un grito, poemas y películas “en forma de grito de desesperación”.

No hace falta, pues, salvar a Pasolini, porque cada vez que tropezamos con el sentimiento de derrota, basta leerlo para saber que él es quien estuvo allí para salvarnos de nuestra comodidad pequeño-burguesa, de nuestra desesperanza y de nuestras buenas maneras. Pasolini nos convoca para acabar con los burócratas, los fariseos, los asesinos de los pueblos, los revendedoros de arte (cuyo único dueño sólo puede ser el pueblo), los complacientes ante la senilidad de los políticos y la corrupción del amor. Nos dice: “yo, pequeño-burgués que dramatiza todo, / tan bien criado por su madre en el espíritu / dulce y tímido de la moral campesina, / quisiera tejer el elogio / de la suciedad, de la miseria, de la droga y del suicidio: / yo, poeta marxista privilegiado / que posee instrumentos y armas ideológicas para combatir, / y mucho moralismo para condenar el puro acto escandaloso, / yo, tan profundamente como es preciso, / hago el elogio, porque la droga, el horror, la cólera, / el suicidio / son, con la religión, la única esperanza que queda: / contestación pura y acción / sobre la que se mide la enorme equivocación del mundo”.

¿Es que acaso no lo escuchan?

sábado, 28 de mayo de 2022

"Mejor la destrucción, el fuego"

 

 

Es lo peor que se ha visto en los escenarios latinoamericanos en los últimos veinte años. Lo más grave no es la afrenta a Shakespeare (que, sin embargo, es importante), sino al sistema de teatros públicos (del cual no se entiende por qué ha producido este desatino), a la audiencia (de la cual no se entiende por qué festeja el maltrato que recibe), a la imaginación política (de la cual la pieza ofrece sólamente una salida por la vía del fascismo). No tiene un solo rubro en el que no saque cero absoluto. Miento, en actuación, hay una sola persona (de entre 10) que actúa (se llama Malena Solda), así que ahí se lleva un 1. Es siniestra y penosa desde que empieza (usan micrófonos) hasta que termina y termina (lo que no es raro, teniendo en cuenta a la persona que encabeza la compañía) en un canto al fascismo: al final piden que el público clame "Viva el Rey" (?). 

Quienes dicen los parlamentos no se saben la letra, se confunden los pronombres (las mujeres hacen de hombres y los hombres de mujeres), la escenografíal el vestuario y la puesta son penosas, el uso de videos y demás artilugios tecnológicos no tiene el menor sentido. La adaptación del texto es penosa, estúpida, reaccionaria. 

Lo más triste, lo que más vergüenza da, es que a la obra le falta el brillo una estrella. La Sra. Casan nunca lo fue y no lo es:  es apenas una persona opaca (cuando no sombría) que sólo puede decir "Soy la One" como para que alguien la siga en su delirio. Lo único que podemos agradecerle es que haya sabido parir a una verdadera estrella, Sofía Gala.



Kafka y sus sucesores

Por Daniel Link para Perfil

“Es una situación kafkiana”, me dice un amigo. No sé si se refiere a alguna de las costumbres de Franz, como hacer gimnasia desnudo frente a la ventana abierta, marchar junto con sus amigos anarquistas en defensa de Dreyfus, quejarse sin pausa de los males del mundo, asistir fascinado a sesiones de teatro judío o cancelar los compromisos matrimoniales contraídos pocos meses antes. No, se trata de lo kafkiano asociado a una burocracia infinita.

El asunto es así: en algún momento la empresa de gas Naturgy cortó el gas de un edificio para hacer una reparación. Luego, habilitó el gas nuevamente en todas las unidades, salvo una que estaba vacía (la estaban pintando para poder alquilarla). Dejaron el medidor precintado por precaución y sólo “personal autorizado” puede desbloquearlo. Pero Naturgy no atiende los teléfonos. Y cuando los atiende no puede solucionar el reclamo porque no puede garantizar cuándo alguien podría ir a resolver el problema que la compañía creó. ¿Cuál es la solución? Reemplazar todos los artefactos que funcionan a gas (cocina, calefón, estufas) por sus equivalentes eléctricos. ¿No es un disparate?

En lo que reconocemos como “kafkiano” suele haber una grisura constitutiva, una indiferencia a toda otra cosa que no sea el procedimiento, sobre cuya utilidad nadie sabe nada, pero hay que seguirlo. La burocracia es ciega, pero para nada hostil.

Hoy, en cambio, la burocracia se ha asociado con las inteligencias artificiales. Esa quimera se ha vuelto, curiosamente, mucho más violenta que su antecedente, porque las operadoras ahora consideran que no tienen ninguna obligación de atender los padecimientos de otras personas (que podrían ser ellas mismas) y eligen el maltrato como respuesta de servicio.

No es raro que Kafka haya escrito: “Correr hacia la ventana y, a través de los vidrios rotos y la madera astillada, exhausto con el esfuerzo, saltar sobre el alfeizar”

sábado, 21 de mayo de 2022

Hay cadáveres

Por Daniel Link para Perfil

El hedor de la podredumbre saltaba de una plataforma a otra. Tuvimos que dejar de ver la serie que seguimos en HBO Max porque en DirectTV Go estaban los cadáveres: la noche de los Martín Fierro. Por fortuna entramos tarde así que pudimos ver las primeras horas en fast forward.

Todo era penoso: la iluminación, la estupidez, los auspicios de las ternas, la polución auditiva (mezcla de textos mal leídos por un conductor impune, una música de fondo implacable y el griterío de drogados y borrachos que parecía imponerse a todo, salvo a la autoridad de la Sra. Legrand, que llamó a silencio).

En algún momento el conductor llamó al escenario a un premiado y, como no acudía, preguntó: “¿Hay alguien cerca de los baños?”. Otros, que estaban a tiro de escenario, expusieron la dureza escandalosa de sus mandíbulas a un escrutinio innecesario y que perdurará para siempre en los archivos.

Las categorías eran ininteligibles, más que nunca, sobre todo porque la televisión ya no existe como tal y lo poco que de ella queda se arrastra con lentitud de muerta en vida hacia el tiro del final (¡que llegue, que llegue ya!). Puros noticieros (lo más digno) y programas de interés general divididos en micro rubros para aumentar la distribución de naderías (la categoría es... ¡“jurados”!, ¡¡¡“Big Show”!!!).

APTRA es una asociación caduca que ya no entiende la televisión (la crítica televisiva no es otra cosa que recomendaciones pagas de lo que programan las plataformas). Si ya se equivocaron con los canales de cable, que produjeron en su momento más televisión que las canaletas de aire, ¿qué esperar de quienes a la hora de premiar ignoran la producción de Netflix (El marginal, El reino), de Prime (Porno y helado) o de HBO Max (Días de gallos)? Entre tanto muerto pasado de merca y muertos robados a otras artes (Juan Forn, Pino Solanas), sólo dos estrellas: Juanita y Sofía Gala. Lo demás, lastimaba: ¿eso somos?

 

viernes, 20 de mayo de 2022

El Mal Francés

En Escritos sobre el psicoanálisis, recientemente distribuido por el cuenco de plata, Didier Eribon nos invita a pensar fuera y en contra del marco heterosexista del psicoanálisis lacaniano. Más allá de ese objetivo, su libro es muy rico en observaciones para pensar una política cuir.

Por Daniel Link para Soy

Los libros de Didier Eribon Reflexiones sobre la cuestión gay, Una moral de lo minoritario, Regreso a Reims, La sociedad como veredicto: clases, identidades, trayectorias y Teorías de la Literatura: sistemas del género y veredictos sexuales (que fue ya objeto de la atención de este suplemento) lo confirmaron como un pensador al mismo tiempo afilado y delicadísimo sobre los asuntos que sus títulos despliegan: las identidades de género y los comportamientos sexuales que se reconocen como disidentes. En Escritos sobre el psicoanálisis (el cuenco de plata) continúa y radicaliza sus apuestas previas en Escapar del psicoanálisis (2005).

Un debate parisino A partir de Mayo del 68, escribe Eribon, Barthes, Deleuze y Foucault (por citar sólo tres ejemplos) se ponen bajo el signo de la resistencia al psicoanálisis, cuando no en una directa confrontación, como es el caso de Deleuze y su socio Guattari, con quien escribe El Anti-Edipo y Mil mesetas, dos armas de destrucción masiva que acaban para siempre con el edificio freudiano y su inventor, al que llaman Coronel Freud.

Ese acontecimiento permitió la aparición de colectivos que desestabilizan el orden patriarcal para siempre. El 68 habilitó la toma de la palabra por parte de los movimientos minoritarios y, en particular, sostiene Eribon, el movimiento homosexual. Dado que, como sostuvo Deleuze en su momento, el psicoanálisis odia el deseo, los “dispositivos colectivos de enunciación” que surgieron por entonces llevó a Barthes, a Deleuze-Guattari y a Foucault a una puesta en entredicho radical del psicoanálisis, de todos sus conceptos y de la teoría del inconsciente, así como de la práctica analítica. “Para decirlo con toda crudeza (ustedes me perdonarán): el movimiento homosexual no solo desafiaba al psicoanálisis, sino que lo tornaba imposible” (126), escribe Eribon.

Nada de eso es demasiado novedoso. La tarea de demolición contra el freudismo estaba ya completamente terminada y lo que Eribon viene a agregar es un rechazo revulsivo al psicoanálisis lacaniano, al que considera sostenedor de una fantasía de exterminio que, justo es decirlo, tal vez merezca algún matiz (pero reivindicamos el gesto de ménade enajenada de Didier, porque hay verdad en los gestos).

Las largas citas que hay en Escritos sobre el psicoanálisis para probar el desprecio de la homosexualidad por parte de Lacan, por lo general están articuladas en relación con “la función del Edipo”. Por eso habría que recordar que el mismísimo Deleuze (insospechable de complicidad psi alguna) dijo en su momento que “toda la fuerza de Lacan es haber hecho pasar al psicoanálisis del aparato edipico a la máquina paranoica” (clase del 12/02/1973). En cuanto a las críticas y correcciones de Lacan a Freud, son tantas y tan sutiles que no habría espacio para resumirlas.

No es, pues, tanto Lacan el que quiere corregir a los homosexuales, sino que es la freudiana función del Edipo la que merece todas las críticas que, en efecto, Lacan le formula (y por eso piensa la práctica analítica en otra dirección: “la peste lacaniana”). En la famosa entrevista de la revista Panorama, Lacan subraya que El análisis empuja al sujeto hacia lo imposible, le sugiere considerar el mundo como es verdaderamente, es decir imaginario, sin significación. Mientras que lo real, como un pájaro voraz, no hace más que nutrirse de cosas sensatas, de acciones que tienen un sentido” y censura una práctica inclinada a “la readaptación del individuo a su entorno social”.

Yo creo que todas las bestialidades que en Francia se dijeron últimamente en contra de los feminismos, la homosexualidad y la transexualidad no tienen, en el fondo, base psicoanalítica sino más bien católica: el catolicismo francés es de una solidez y de una capacidad de exterminio como no lo tiene en ninguna otra parte. Pero admitamos que, a lo mejor, Lacan es un impostor y un reaccionario.

Un debate norteamericano Más interesante para pensar y para actuar políticamente es la afirmación polémica de Eribon, cuando acusa a sus compañeras de ruta, Judith Butler, Eve Kosofsky Sedgwick y Leo Bersani de haber intentado reconciliar a Foucault (el Bien) y el psicoanálisis (el Mal) cuando en verdad hubiera sido “sin duda más simple, eficaz y productivo –en lo político y lo teórico– recusar lisa y llanamente su pertinencia” (pág. 101) para pensar lo cuir, lo trans, lo gay, lo no binario, en fin: todo aquello que se aparta de lo heterosexual tal y como el psicoanálisis lo había erigido en modelo de lo deseable para el deseo.

Judith Butler, escribe Eribon, no puede decidirse a recusar las categorías del psicoanálisis por completo, “debido a que no pone en tela de juicio la evidencia con la cual esas categorías circulan en el campo universitario e intelectual americano en el que ella está inscripta y donde escribe” (pág. 101).

Los intentos butlerianos de reconciliación de una teoría maniquea, binarista y que “odia el deseo” (Deleuze) y el pensamiento ético de Foucault “equivalen, a mi juicio, a desactivar la fuerza radical del pensamiento de Foucault al querer encontrar un compromiso entre lo que él procura hacer –elaborar otro pensamiento de la subjetividad y la relacionalidad– y lo que procura deshacer: la concepción psicoanalítica del deseo y del sujeto de deseo” (pág. 106).

Así, sin quererlo tal vez, Eribon interroga algunas palabras que hemos incorporado inocentemente a nuestro vocabulario. “Invisibilización”, teniendo en cuenta esas complicidades con el psicoanálisis (aún en sus versiones más silvestres), equivaldría e “represión” y nuestra querida “autopercepción” no sería sino el “Yo” tal y como nos lo revela el registro (psicoanalítico) de lo Imaginario.

Si tuviéramos que recusar enteramente el vocabulario psicoanalítico, habría que desprenderse de ciertas palabras claves (o situarlas, como quiere Eribon, en un contexto sartreano). La “autopercepción como víctima”, por ejemplo, debe entenderse en relación con una dialéctica que inmediatamente percibe a alguien como “victimario”. De modo que la “autopercepción” no sería meramente un asunto de soberanía sino también, y sobre todo, de veredicto sobre los demás (y Eribon nos ha regalado en libros previos una teoría preciosa sobre los veredictos sociales).

De modo que Escritos sobre el psicoanálisis, a pesar de sus excesos (o precisamente por ellos) nos permite, más allá de debates escolásticos, pensar en las palabras que usamos para definir nuestro mundo y en lo que queremos ser.

 

sábado, 14 de mayo de 2022

Disparates genéricos

por Daniel Link para Perfil

En su clase magistral "Estado,Poder y Sociedad: la insatisfacción democrática", la vicepresidente nos dio algunas pistas para comprender el descalabro argentino y, naturalmente, nuestra insatisfacción ciudadana. Dejemos de lado los errores históricos de esa clase (que ignoró olímpicamente el parlamentarismo británico, cuyo origen se remonta a 1215 y que adquiere su forma más o menos definitiva en 1640) o los errores teóricos (el capitalismo no es sólo un régimen de producción de bienes y servicios sino, primariamente, un régimen de acumulación). Dejemos también de lado las disquisiciones jurídicas (que Roberto Gargarella ha contestado con precisión y elegancia en el diario La Nación) y, finalmente, los asuntos económicos (tan obvios como obtusos).

Me detengo en los asuntos lingüísticos, sobre los que tengo una formación y una inclinación precoz, y en la vía heideggeriana de la etimologías en la que pretendió incursionar la Sra. Fernández: “Debate. Pelea es nombre femenino. ¿Debate qué es? Masculino, el debate, la pelea. No creo en las casualidades para nada y menos con cierta gente y cierta prensa mucho menos. ¿Qué dice debate? Atiendan. Debate: nombre masculino”. El asunto sigue sin ton ni son hasta llegar a la toma de decisiones de base hormonal o neuronal, en una confusión irreparable entre género gramatical y género identitario (y sus predicados asociados). La Sra. Fernández borra 25 siglos de reflexión lingüística y ni el Cratilo de Platón queda en pie: ya no hay convenciones lingüísticas y los nombres de las cosas son el resultado de un complot. Que el debate sea un nombre masculino y la pelea un nombre femenino, se nos dice, no es casual.

El problema es que eso lo dice la misma persona que se reconoce como vicepresidenta y se recuerda como presidenta, rechazando la convención que permite sostener un nombre no marcado genéricamente: presidente, estudiante (¿o la Sra. Fernández se recordará como “estudianta”?), docente. He ahí la “e” en todo su esplendor gramatical y su corrección normativa, que hoy las disparatadas corrientes de revisionismo lingüístico pretenden imponer sin reflexión ni cautela (dicen que en la ciudad de La Plata extienden título de “Profesore”: ¿alguien reparó en que su diminutivo sería profesorete?).

Defiendo la conciencia crítica sobre el lenguaje (he diseñado un diccionario donde “sexista” es uno de los marcadores) y abogo por los usos inclusivos de la lengua. Pero cuando todo el sistema de nombres se desbarata por vocación retórica (“la munda” y “las cuerpas”) estamos ya no ante la lengua sino ante el poema, sobre el cual los juicios estéticos son necesarios. La impotencia y la paranoia son femeninos, el resentimiento y el cinismo son masculinos. Ninguna política lingüistica fundada en esos vicios puede conducir a otra cosa que la insatisfacción.

 

viernes, 13 de mayo de 2022

Buscando a Schreber me topé con esto...

 


(por supuesto, no me atrevo a leer)

 

jueves, 12 de mayo de 2022

Kafka Queer

Snarke: Kafka Lite: KAFKA LITE  In January 1912 Kafka had noted in his diary: “I am supposed to pose in the nude for the artist [Ernst] Ascher, as ...

sábado, 7 de mayo de 2022

Plegarias atendidas

Por Daniel Link para Perfil

¿Quién no imaginó alguna vez para si una vida de rocker o de estrella del pop? En mi adolescencia soñé para mí una vida de giras letradas sin pausa. Me imaginaba viajando por el mundo de congreso en congreso, de curso en curso, de presentación en presentación.

El asunto nunca coaguló, de modo que la ensoñación permaneció allí, acurrucada como una deuda del mundo hacia mi persona (¿o personaje?).

Pero Teresa de Ávila (1515-1582), patrona del goce, la misma que se reconocía muy “varona”(“no soy nada mujer en estas cosas, que tengo recio el corazón”, Cuentas de conciencia, III, 6) y que en carta a la madre Ana de Jesús, afirmaba que sus monjas debían ir “como varones esforzados y no como mujercillas” (Cta 433,13) ya nos había advertido que se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las que no tienen respuesta.

Sin demasiada conciencia de mi error, entonces, pero habiéndolo deseado como un idiota seducido por el movimiento insensato, me vi arrastrado por mi fantasía rocker a una gira de compromisos internacionales “a los que no podía faltar”. Volé a Madrid y de ahí a Viena, donde me esperaba una limousina para llevarme hasta Olomouc, en la Moravia checa, a través de campos que parecían santafecinos. Después de cuatro noches (y dos presentaciones) en esa encantadora ciudad barroca donde Mozart no se había sentido cómodo, un tren me llevó a Praga, donde tomé un avión rumbo a Frankfurt, para enfrentar otras cinco noches con dos presentaciones. Volé a Madrid, y de ahí a Buenos Aires, para enfrascarme en un congreso que hubiera debido realizarse presencialmente en la ciudad de San Francisco pero que, por problemas sanitarios o presupuestarios (doy las gracias por ello), fue finalmente virtual y que me exigió cuatro presentaciones en cuatro días.

De más está decir que, a diferencia de lo que sucede en el universo teatral o musical, en mi rubro las presentaciones no admiten repetición. Así que viajé con un repertorio de primeras (y últimas audiciones).

Entre el estrés, la sociabilidad obligatoria, la mala alimentación, la diferencia de horarios, las combinaciones de medios de transporte y las diferentes burocracias nacionales, volví a mi casa deshecho pero pensando que iba a ser recibido con algarabía.

No fue así y me di cuenta de que entre el 20 de abril y el 8 de mayo había perdido el tiempo, un puñadito de euros en souvenirs de viaje y las ganas de repetir la experiencia.



sábado, 23 de abril de 2022

Populismo y verdad

por Daniel Link para Perfil

El populismo se entiende, en general, como una forma política caracterizada por la irrupción de grupos que son incorporados a la política partiendo la vida comunitaria en dos polos antagónicos: el pueblo y las élites poderosas. La bibliografía especializada distingue entre populismos de derecha y de izquierda, incluyentes o excluyentes, según las variaciones específicas en los cortes que el discurso populista propone.

Desde el punto de vista discursivo, el populismo ha sido caracterizado como demagógico porque apela a prejuicios, miedos y esperanzas para ganar el apoyo popular.

De modo que uno de los aspectos esenciales de los populismos sería su relación con la verdad.

El asunto fue trabajado con su habitual delicadeza por Michel Foucault en sus últimos cursos, donde analizó la figura retórica clásica de la parresía y del parresiasta como figura de la democracia. En sus lecciones del Collège de France, Foucault precisa: la adulación al pueblo o al tirano «es la sombra misma» de la parresía, «su imitación turbia y mala». Frente al coraje de decir la verdad, tenemos el decir falaz de los demagogos, que saben que sus palabras no son ciertas, pero que las utilizan para regalar los oídos del pueblo y ganar su confianza. Ya lo había señalado Aristóteles: «El demagogo es el adulador del pueblo».

La dimensión que introduce Foucault es más dramática cuando afirma que el parresiasta, porque dice lo que considera verdadero, se pone en situación de riesgo. No basta con decir la verdad sino que hay que ponerse en riesgo al hacerlo, creer que se está diciendo la verdad (comprometerse con ella) y, finalmente, obligarse a ese acto arriesgado, querer decir la verdad, a toda costa, porque de ese modo se ayuda a otras personas.

Argentina, cuya relación con el populismo ha sido larga e intensa, abunda en parresiastas: La Sra. Cristina Fernández y la Sra. Lilita Carrió son dos figuras que juegan con el convencimiento propio de sostener la verdad, y con el riesgo que ello entraña.

Por eso es importante no confundir la parresía con la adulación y al parresiasta con el vulgar demagogo. En este caso, quien habla puede estar diciendo una verdad o no (después de todo, la democracia debe garantizar el acceso a la palabra de cualquiera), pero está esencialmente adulando a su auditorio. Es el caso penoso del Sr. Javier Milei.

¿Cuáles son sus sencillas verdades? Las que sean, no lo ponen a él en riesgo alguno, sino todo lo contrario, porque él sólo dice su verdad para poder atarl electores a su carro. Para eso, Milei usa la ignorancia de su público. Es muy fácil decir que la “casta política” es responsable de todos los males argentinos. Muy diferente sería proponer una administración que pudiera prescindir de la burocracia. Esa utopía anarcocapitalista jamás podrá ser cumplida y Milei es consciente de ese hecho.

Podríamos discutir el pago de asesorías para los parlamentarios. Pero aún si pusiéramos en esos lugares a los más nobles y sabios de nuestros ciudadanos, ¿podrían prescindir del consejo preciso de asesores en materia económica o constitucional para ejercer su representación? Es como si yo debiera abstenerme de pedir bibliografía para hablar de temas que desconozco.

El populismo de derecha, que se ha convertido en una amenaza real del régimen democrático, lucra con la necedad (ignorancia y terquedad) de aquellos a quienes se dirige: dice las turbias palabras que quieren escuchar y que los medios reproducen porque es como revelar secretos de alcoba, asuntos que sirven para vender mayonesas, maquinitas para afeitarse y tampones.

Que Milei hable con violencia no es casual: él sabe que la parresía, porque es un compromiso a todo o nada con la propia verdad, supone traspasar el umbral de las buenas formas. Pero en su caso es una impostura porque sabe bien que no corre ningún riesgo al hacerlo y que si llegara al gobierno (no lo permita el Destino trágico argentino) sería incapaz de gobernar democráticamente según su credo.

Nada hay de extraordinario en la irrupción de Milei, a cuya sombra no se aglutinan nuevas formas de acción política, sino las más flamígeras espadas de la desigualdad estatizada y una ética del puro resentimiento.