sábado, 23 de enero de 2021

La mafia rusa

La mafia rusa

Por Daniel Link para Perfil


No es por el asunto Sputnik, aunque la indefinición sobre la pertinencia de la vacuna rusa para los mayores de sesenta ya es irritante. Es por la causa en contra de Whatsapp, cuya destrucción abrazamos con un fervor que décadas atrás habríamos consagrado a las campañas de alfabetización rural.

Mi primer impulso, cuando firmé el acuerdo sobre las nuevas reglas para el uso de MI información personal con fines comerciales, fue pasarme a Signal, que tenía ya instalado porque a una amiga vetomundana le habían prohibido usar Whatsapp en el trabajo. Desde febrero de 2020 Signal es la aplicación recomendada para la mensajería instantánea por la Comisión Europea para su personal.

Promoví desde Whatsapp la migración de mis contactos a esa plataforma exquisita con estrépito de fracaso y más de una burla.

Probé con Telegram, el invento de los hermanitos rusos Duróv que no se sabe bien si responde a los intereses del Kremlin, de Estado Islámico o Anonymous. En Argentina es el servicio predilecto de Cristina Fernández y sus súbditos.

Para mi sorpresa, Telegram me encantó. No sólo encontré allí a casi todos mis contactos, sino que me gustaron las características de la plataforma.

Como Signal, Telegram tampoco vendería mi información personal a nadie (al menos declarativamente), pero tiene otras funciones: la creación de canales (cree uno para publicar las recetas de Linkillo: https://t.me/Recetasmias) y el uso de bots, entre las más notables. El 1º de mayo desinstalaré el mensajero de la mafia de Palo Alto.

sábado, 16 de enero de 2021

Realidades alternativas

Por Daniel Link para Perfil

Afroamericanos... afrosajones... afrofranceses... ¿afroporteños? Simplifico mi vocabulario y digo afrodescendientes para designar a un grupo heterogéneo de personas y de personajes sistemáticamente subalternizados, esclavizados, segregados y asesinados sencillamente por su color de piel.

Vimos Lovecraft Country, serie basada en la novela homónima de Matt Ruff. Todos los personajes principales son afrodescendientes, pero los asuntos en los que se ven involucrados (disparatadamente paranormales, en una mescolanza indigesta de brujería, realidades alternativas y viajes en el tiempo) no carecen de instrumentos de verosimilización histórica. Uno de los capítulos retrotrae la anécdota a la Masacre de Tulsa (Oklahoma) de 1921, cuando la población blanca atacó (por tierra y por aire) el distrito de Greenwood, conocido como Black Wall Street, porque vivían allí afrodescendientes de posición acomodada. Alrededor de 10.000 personas quedaron sin hogar pero hubo que esperar hasta 2001 para que el Estado aprobara un programa de reparaciones para los descendientes de las víctimas. Hasta entonces todo había sido silencio cómplice. Sino por otro mérito, Lovecraft Country puede jactarse por haber fijado su atención en ese episodio de violencia racial incomparable, en un país que tiene muchos episodios semejantes en su haber.

Pero hay otras producciones que abordan con mayor cinismo la visibilización de los conflictos raciales. Particularmente odiosas son las películas y series que introducen personajes desempeñados por actores afrodescendientes en contextos históricos donde esas apariciones resultan completamente imposibles, salvo un alto grado de falsificación.

La leyenda de Tarzán (2016) incorporó a Samuel Jackson como el personaje (histórico) de George Washington Williams, uno de los primeros historiadores de la cultura negra en los Estados Unidos (The History of the Negro Race in America 1619–1880). Cómo el ilustre denunciante de las atrocidades cometidas en el Congo por el estado belga llegó a asociarse con el personaje de ficción de Edgar Rice Borroughs es un triunfo de la voluntad antes que de la inteligencia.

En The Spanish Princess, Catalina de Aragón, la hija menor de Isabel la Católica, tiene una dama de compañía afrodescendiente (tanto da si su origen es morisco o subsahariano, para la ficción pasatista esos matices son intrascendentes), como si la obsesión de su madre para desembarazarse de los moros a ella no hubiera podido alcanzarla. En ese séquito probablemente hubo personas “de color”, pero con certeza en posiciones mucho más subalternas.

Bridgerton lleva el asunto racial al colmo del disparate y la falsificación. Carlota, la Reina de Inglaterra, es afrodescendiente y con ella los más altos puestos de la nobleza anglosajona se tiñen de colores, empezando por el protagonista, Regé-Jean Page, quien presta su piel mestiza al duque de Hastings.

Falsificar la historia para brindar entretenimientos coloridos a las masas del siglo XXI no parece ser la mejor manera, al menos para mí, para que se comprendan los procesos por los cuales podemos decir lo que decimos, hacer lo que hacemos y ver lo que vemos. El archivo es, como bien se ha subrayado, aquello que dice las condiciones de posibilidad de lo enunciable y lo visible.

Yo imagino a mi nieta viendo dentro de algunos años estas producciones pasatistas y completamente intrascendentes. Y después leyendo alguna noticia en la que un George Floyd es asesinado sin misericordia por las fuerzas del orden. ¿Será capaz de entender los límites entre la ficción y la realidad? ¿O pensará con desdén que, después de todo, los afrodescendientes han representado un papel más que notable en la historia, tal como lo prueban los canales de streaming y que, por lo tanto, puede haber algún exceso policial sin que eso comprometa la integridad de un sistema esencialmente justo e igualitario?

A todos nos gustaría que la esclavitud no hubiera existido y que la Matanza de Tulsa no hubiera sucedido. Pero porque es inevitable, lo que pasó nos sirve para que hoy podemos aspirar a un futuro alternativo. El color de piel no debería convertirse en mercancía.

sábado, 9 de enero de 2021

La nueva normalidad

por Daniel Link para Perfil 

Ya nada es ni será lo que antes fue. Llegamos a las sierras cordobesas en busca de un descanso reparador. Nuestro primer destino, en la ciudad de Córdoba, me permitió mostrarle a mi marido mi barrio de infancia, el colegio al que fui, la casa de mi abuela: mi mundo y mi tiempo perdido.

Después hicimos una escala en San Javier, donde habíamos estado varias veces (mi primera vez, registrada en un libro, hace veinte años).

Lo primero que nos llamó la atención fue la granja de apicultura orgánica y bodega biodinámica “Santa Rita”, regenteada por.... ¡Vivi Tellas!

Instalada desde noviembre en ese Palermo Distante conocido como Valle de Traslasierras, Vivi agregó a sus múltiples intereses el del cultivo de materias primas nobles para abastecer la industria de la restauración porteña.

No es la única presencia reconfortante. En La Población, a metros del restaurante Peperina, una foto con una flecha hacia arriba del cerro indicaba “Aleksandra: Futuro, Tarot”. Al principio no la reconocí porque estaba con barbijo, pero luego la descubrí por la intensidad de su mirada: la otrora psicoanalista marplatense Alexandra Kohan había cambiado los rigores de la letra freudiana por los igualmente complejos vericuetos de la baraja Rider-Waite. “¿Y Martín?”, le pregunté cuando la encontramos. “Está en el bar”. Pensábamos que estaba en el Café de la Montaña, pero en realidad abrió su negocio propio al lado de la comisaría: El Bar Deportivo Kohan desde donde, los domingos, transmite por una FM local el relato (¡en pasado!) de viejos partidos de fútbol en los que intervino Diego Armando Maradona. Compite con un programa que emite a la misma hora la FM de Nono, llamado Folies Bergère, dedicado al comentario integral del Apocalipsis de Juan, a cargo del eminente poeta Diego Bentivegna, también mudado al Valle.

Habiendo dejado de existir Uruguay, las caravanas encontraron el camino de (tras) las sierras. 

 

domingo, 3 de enero de 2021

La deforestación

Sobre Contramarcha de María Moreno (Buenos Aires, Ampersand, 2020, 176 págs.)

Por Daniel Link para Perfil Cultura

 

 

Una vida, dos vidas, todas las vidas o ninguna. María Moreno no ha familiarizado con los pormenores de su biografía, a veces con varios toques ficcionales, como corresponde, naturalmente, al registro de lo imaginario. Después de todo, ¿quién puede garantizar que sus recuerdos no son del registro del casi: más o menos invenciones?

En Banco a la sombra, María Moreno había hecho pie en algunos episodios de viaje. En Black Out, libro saludado con merecida y, al mismo tiempo, sospechosa unanimidad como un acontecimiento, se tambaleaba (es un decir: jamás se la ha visto ni siquiera trastabillar lingüísticamente) al ritmo del alcohol para contar la bohemia de los años setenta, de la que participó y que constituyó su escuela.

Ahora, en Contramarcha, escrito para la colección “Lectores” que dirige Graciela Batticuore en Ampersand, el foco está puesto en la formación de una lectora disidente pero, sobre todo, en el aprendizaje de la escritura como clave no de una felicidad sino de una calma, un ronroneo.

María Moreno despega su formación lectora de las instituciones (“aquellos de los que aprendí fueron desertores de las aulas”). Después de todo, quienes la venimos leyendo desde hace treinta años, admiramos su elegancia para leer a contrapelo, en contra de lo “dado a leer”.

¿Qué quiere decir, en este contexto, “Contramarcha”? “No vuelvo más al colegio. Esto es lo que llamo contramarcha. La contramarcha no es la retirada, es un cambio de dirección por razones de estrategia. Mi acto, que cambiará mi vida, no es una decisión, o tal vez lo sea sin que yo lo sepa. Si había un destino para mí, no lo eludía rebelándome, sino por imposibilidad de seguirlo”, se lee hacia el final de Contramarcha.

Su vida, en el libro, se divide en dos: el período de acedia y de apatía de los primeros años, donde se destacan los radioteatros oídos con la abuela, los tangos escuchados en el conventillo por encima de los libros leídos y, en especial, el latiguillo “la verdad es que me da lo mismo” ante todos y cada uno de los proyectos que para ella había pensado su madre, de la cual se reconoce un títere.

Después del episodio que saca a la niña Forero de la escuela, comienza a formarse otra vida, la de la escuela nocturna, nos cuenta el libro, cuando, entonces sí “comencé a leer, comencé a vivir. Comencé”.

Ese big bang y lo que sigue ya fue escrito: es Black Out, y los demás libros de María Moreno que recopilaron sus mil ataques al sentido común en la prensa cotidiana.

O mejor todavía (alguns aceptamos los conocimientos que las aulas nos han proporcionado): Black Out es la gran epopeya, como el Poema de Mio Cid. Contramarcha es como Las mocedades de Rodrigo, focaliza su atención en las andanzas de juventud de la figura legendaria antes de que llegara a serlo.

De los muchos preciosos episodios de la heroína juvenil de este libro, recupero el que involucra a dos compañers de laboratorio de su madre química, la Paraguaya y Jorgito.

La Paraguaya le regala a la mozuela Vitia Maléev en la escuela y en la casa, de Nikolái Nósov, libro de adoctrinamiento en favor de las bondades del control soviético sobre las conciencias en formación. Jorge, quien había abandonado la química por el seminario jesuítico, le regaló, en cambio, Vida de Jesusito (las mocedades de Cristo). Ambos libros dejaron a la mozuela indiferente: “Yo prefería Vida del repelente niño Vicente de Rafael Azcona, que quizá sí alentó posteriores lecturas anticanónicas”.

Inmediatamente se nos aclara el sentido de esos nombres que participan de “uno de los grandes argumentos que tiene la vida”. Jorge habría de ser Jorge Bergoglio, el Papa Francisco; la Paraguaya, Esther Ballestrino de Careaga, Madre de Plaza de Mayo, detenida desaparecida, arrojada al mar en 1977. ¡Qué archivo!

Lo que tal vez sea más interesante del episodio ya estaba en La comedia humana de Balzac, donde los grandes nombres de la historia aparecen como personajes secundarios, casi marginales, de los dramas focalizados en cada una de sus novelas.

Pero además, como se ve, la intriga juega con los nombres para sostener precisamente el suspenso. Se trata de libros sí, pero también de quienes dieron a leer esos libros y de sus nombres cambiantes, porque los personajes y las personas son como fichas que cambian de nombre según la posición que ocupen en un tablero o un hilo narrativo.

En todos sus libros, María Moreno (asignada al nacer como María Cristina Forero) ha reflexionado sobre la invención de su nombre. Había sugerido, casi siempre, que la que escribe es María Moreno y que la otra ya no existe. Para inventarse, María Moreno tuvo que desforestarse.

Pero en Contramarcha, como su posición de archivista se lo impone, el nombre María Cristina Forero vuelve como el nombre escrito por la madre en los libros de la hija “con una fuerza tal que se leía al revés del otro lado de la página”.

Vuelve, sobre todo, porque en el archivo Forero están los hermanos (padre y tío) que fotografiaron a Victoria Ocampo y porque el abuelo había guardado una novela inédita que María pone a jugar con los vicios de Colette y de Simone de Beauvoir.

Y vuelve, finalmente, en el episodio que funda la disidencia: la orden de que lea en alta voz la frase: “¡Buenos forados habrían abierto las balas en mis tres refajos!”.

Desaforada, la mozuela se desacata y abandona la escuela. Comienza a desforestarse. Pero el nombre está ahí, del otro lado de la página, como un revés del que no podemos olvidarnos del todo. En Contramarcha, María se entrega a la reforestación.

 

sábado, 2 de enero de 2021

Larga distancia

Por Daniel Link para Perfil

La expresión “llamada de larga distancia” siempre me inquietó un poco. Todavía recuerdo cuando había que pedir a una operadora que estableciera la comunicación, antes del discado directo internacional (DDI). La distancia se resolvía, en mi imaginación de entonces, mediante una serie de intercesores, como si fuera una carrera de postas en la cual lo comunicable, el testimonio, tenía que pasar de una mano a otra hasta llegar a su destino.

Después, el DDI introdujo la posibilidad de la comunicación directa. Como era imposible controlar los costos elevadísimos de esas llamadas, solíamos hacerlas en circunstancias muy precisas usando tarjetas prepagas desde teléfonos públicos (cuando viajábamos, por ejemplo).

Siempre existió, en esos procedimientos, una cierta complicación asociada a la distancia larga (y la duda de dónde empieza esa lejanía, si después de todo la ausencia del interlocutor no se mide en kilómetros sino en intensidades).

Hoy por hoy, con las llamadas de whatsapp (para no hablar de las aborrecibles videoconferencias), todo parece más fácil pero no lo es, porque nos pone en disposición de recibir, cualquier domingo, llamadas desde cualquier lugar del mundo.

Yo he conversado, el mismo día, con personas que estaban en Santo Domingo, en Roma y en Los Ángeles y con ninguna de ellas tenía una relación de parentesco o de amistad estrecha.

¿Podemos no atender llamadas internacionales cuyo objetivo, a priori, se nos escapa? Yo siempre me dejo llevar por la curiosidad. Con el correo electrónico me pasa lo mismo: no sé dejarlo sin respuesta. Pero con el teléfono (o como se llame eso que prescinde hasta del aparato telefónico) nunca sé bien qué decir (no sé hablar ni a larga ni a corta distancia). Simulo que entiendo lo que se me dice y voy anotando en una libreta el contenido de las conversaciones porque sé que voy a olvidarlas. A la tele-phoné, para mí, se la lleva el viento.

 

sábado, 26 de diciembre de 2020

El ano solar*

Por Daniel Link para Perfil

¿Cuántas veces habré dicho que los bisiestos son funestos? ¡Espero que éste demuestre a mis detractores que mi convencimiento no es (nunca lo fue) una mera superstición sino una certeza fundada en verdades matemático-antropológicas.

¿Qué es un año bisiesto sino una aberración del año solar? La tierra tarda en dar la vuelta al sol exactamente 365 días 5 horas, 48 minutos y 45,10 segundos. Ése es su ritmo natural y, en consecuencia, también el ritmo de todo lo viviente.

Para simplificar el asunto, los diferentes calendarios (el egipcio, el juliano-romano, el gregoriano) establecieron en 365 días la duración del año. Las casi seis horas “perdidas” en los cómputos de los funcionarios se agregan de una vez cada cuatro años.

La invención tiene su costado amoroso: cuando Julio César conoció a Cleopatra, supo que ella tenía un calendario mejor que el suyo. Encargó a Sosígenes que le copiara el modelito egipcio. El 46 a.c. (año “juliano” o de “la confusión”) fue el más largo de la historia (445 días), porque hubo que corregir siglos de desbarajuste calendario.

Desde entonces, se llama bisiesto a cada año con un día agregado porque en el calendario juliano se hacía coincidir ese día extra con el sexto días antes de las calendas de marzo (ante diem sextum kalendas martias), el 24 de febrero. Con el tiempo, ese día repetido (como en El día de la marmota) se llamó sencillamente Bi-sextum.

Semejante manipulación del tiempo natural tuvo sus consecuencias.

Cada 1.460 años (que son los caracteres que esta protesta ha ocupado desde el comienzo hasta la palabra “consecuencias”) habría que agregar un año adicional, por la sumatoria de días sueltos agregados a los bisiestos. Creemos atravesar el 2020 pero en verdad estamos terminando el 2021 porque nadie se atrevió a saltearse un año entero en los calendarios. Por el otro, Julio César y Augusto agregaron un día a los meses que los celebraban (ambos salieron, por supuesto, del pobre mes de febrero, “el más desafortunado”). Caprichos de los líderes del mundo.

Yo pienso que esa pequeña astucia de la razón y de los poderosos ha sido nuestra ruina porque nos hemos desencajado de los ritmos naturales. Es lógico que, cada cuatro años, la tierra tiemble ante la osadía de haber redondeado su paseo celestial. No sé cómo han resuelto el asunto quienes usan calendarios diferentes del nuestro (el calendario musulmán se basa en ciclos lunares y no solares).

¿Qué son los días ficcionales y caprichosos y los años desajustados sino un atentado a la integridad de lo viviente? El cálculo imperial-capitalista interfiere con el ritornello, sin el cual no hay felicidad posible.

Destinemos lo que queda de este año funesto a la celebración del reverso de la revolución solar, esa otra revolución que nos salva del cálculo falaz y nos devuelve al ritmo del mundo.

*El título apareció levemente cambiado en la edición de Perfil

 

sábado, 19 de diciembre de 2020

La expresión americana

Por Daniel Link para Perfil

Joseph Pierce, un querido amigo ciudadano de la Nación Cherokee, acaba de publicar un artículo en el que se refiere a un episodio de intolerancia que sufrió cuando osó criticar “una performance chilena por su utilización de cuerpos negros como elementos de adorno monstruoso” (se trata de Cuerpos para odiar). Se lo acusó de colonialista, y de extractivista. Se lo consideró lisa y llanamente un agente del Imperio, sin reparar en lo que podía haber de común entre su situación como integrante de una nación subalternizada en el hemisferio norte y los grupos subalternizados en el hemisferio sur de Abya Yala (las Américas), para usar las palabras de Joseph.

El prejuicio de que cualquiera que viva en los Estados Unidos es cómplice de todos los atropellos que pudieran asignarse a la política exterior de ese país es fácil. Pero tal vez no sea intelectualmente honesto, y la historia nos lo demuestra. 

En 1836, Ralph Waldo Emerson publicó anónimamente el libro Naturaleza, que se abría con la pregunta “¿Por que no habríamos de disfrutar también nosotros de una relación original con el universo?” y se cerraba con una exhortacion a “construir un mundo propio”. Al año siguiente pronunciaría su célebre conferencia “The American Scholar”, que fue considerada la Declaración de Independencia literaria, una escritura de enmienda o mejora de la propia Constitución de los Estados Unidos de America. Si “El Scholar americano” es, probablemente, el texto original de la descolonización, Los condenados de la tierra de Frantz Fanon es el texto final de la perspectiva decolonial.

Sabemos la importancia que tuvo Emerson para Sarmiento, quien, cuando se entero de su muerte, escribio en El Nacional de Buenos Aires: “Emerson. ¡Los dioses se van!...”.
Algunos años después, Jose Ingenieros dedicó un curso a Emerson, publicado luego como Hacia una moral sin dogmas, cuyo sentido se mezcla inexorablemente con el de la Reforma del 18. Allí señala que una cierta “filosofía social” llegó simultáneamente a las dos Américas. Emerson y Echeverria fueron el alma de agrupaciones (el Club de los Trascendentales, la Asociación de Mayo) alentadas por idénticos principios. En la perspectiva de Ingenieros Emerson aparece como un miembro excéntrico de la Generación del 37.
Antes podía pensarse en una cierta traducción de políticas (decoloniales entonces, ahora antirracistas) de un hemisferio a otro. ¿Por qué hoy no?

 

lunes, 14 de diciembre de 2020

Educando a Rita

 

 

(para salir de la melancolía)

sábado, 12 de diciembre de 2020

Greta (2014-2020)

En octubre había cumplido seis años y esta mañana temprano nos avisaron que había muerto. Greta fue uno de los caprichos de mi mamá, que quiso reemplazar una perra muerta por otra, en un período en el que no abundan las crías disponibles. 

Tuvimos que recurrir a un criadero de schnauzers, donde quedaba sólo ella de su camada. Greta era hermosa y muy inteligente. Fue la única perra que acataba órdenes sencillas y que parecía reirse (con sus ojos achinados apenas visibles detrás de su flequillo). 

Adoraba revolcarse por el barro, después de la lluvia, pero con los años empezó a tenerle miedo a las tormentas. Regábamos juntos y ella pretendía morder el agua de la manguera.

A Niro, el perro adulto que la precedía, lo volvía loco a mordiscones y sabe Dios cuántas cosas rompió mientras crecía (trapos colgados, cajas de cartón, almohadones). 

Como guardiana, tenía sus manías: aceptaba sin problemas a las mujeres, pero a los varones (incluso a los de la familia que no veía con regularidad) les ladraba con un vozarrón que te hacía temblar las piernas. Creo que compartía con mi mamá, que la malcriaba, ese rasgo de misantropía.

Hace dos años una picadura de garrapata le produjo una erliquiosis, cuya secuela fue una leucemia mieloide crónica, que nos obligó a involucrarnos en el mercado de la sangre canina. El jueves pasado hizo mucho calor: tanto ella como Niro estuvieron muy tirados. A la noche, ella vomitó sin parar. A la mañana del viernes, se instaló al lado de la tumba de Cartulina, que murió hace apenas tres semanas, como diciendo: acá me quedo. La llevamos al veterinario donde le dieron unas inyecciones que no surtieron efecto. Empeoraba. La llevamos a internar para que la estabilizaran: vomitaba y cagaba sangre. Esta mañana el teléfono sonó temprano y yo ya sabía: Greta había muerto. Odié el lugar común del pobre tipo que me lo comunicaba: "Luchó hasta último minuto", porque yo sabía que no era cierto.

La tierra, que ella tanto necesitaba, ahora le va a tomar hasta los huesos.



Mi nieta va a preguntar "¿Dónde está Greta?" y algo tendremos que inventarle sin que note la pena extraordinaria que nos abruma.





Terror doméstico

Por Daniel Link para Perfil

En una playa de Perdido Key unos desprevenidos paseantes se asustaron al encontrar un cuerpo humano decapitado, cuyo cadáver estaba totalmente cubierto de conchillas, algas y otros naturales del océano. Llamaron al 911, pero antes de que llegaran alguien se dio cuenta de que era un maniquí.

La confusión, tan americana, replicó la de esa vez que una mujer de Virginia Beach alertó a la central de emergencias porque había un cadáver de mujer en su jardín. Seis patrullas de policía, un camión de bomberos y los equipos médicos especializados descubrieron que el presunto cuerpo desnudo era en realidad una muñeca inflable “realista”.

Los muñecos antropomórficos en escala 1:1 son lo suficientemente inquietantes como para inspirar historias de terror (de Metrópolis a Psicosis, claro; pero mucho más cerca: Las hortensias del uruguayo Felisberto Hernández).

Yo sufro uno de esos sobresaltos que me ponen al borde de la parálisis cardíaca cada vez que visito el estudio fotográfico de mi marido, en el piso de arriba, quien de este modo, calibro, asegura su privacidad.

Cada vez que voy al baño veo, por el rabillo del ojo, un ser humano desnudo parado en la bañera a punto de atacarme.

Por supuesto, es un maniquí que él usa ocasionalmente para sus producciones. Yo lo sé, pero cada vez grito como en una pesadilla, como si me encontrara en un callejón a oscuras rodeado por jugadores de rugby, operadores bursátiles o abogados previsionales. Inerte, el maniquí es el soporte de los monstruos personales.

viernes, 11 de diciembre de 2020

El Mal absoluto

El auto huele a sangre fresca. Si me detuviera la Policía de la Provincia de Buenos Aires no sé qué explicación les daría. Dentro de una bolsa negra de consorcio metimos un hule negro ensangrentado en el baúl.

Pero, de todos modos, parte de la sangre chorreó en el tapizado del baúl, en mis crocs, en mis pies.

Han sido tres semanas de pesadilla desde la muerte de Cartulina,  que trataré de poner en limpio en cuanto recupere un poco de equilibrio.

Esta mañana, después de haber estado vomitando toda la noche, Greta se instaló al costado de la tumba de Cartulina, donde nuestro jardín se confunde con el bosque salvaje. 

La llevamos de inmediato al veterinario porque sabíamos que la perra ya se había instalado en la muerte. Le pusieron unas inyecciones para proteger su aparato digestivo sin éxito: seguía vomitando sangre. 

La cargamos en el baúl del auto (usando una hamaca paraguaya de camilla) y nos fuimos a la Clínica Veterinaria donde le habían hecho una punción hace dos años. En el camino, cagó sangre.

Nos empapamos en la sangre sacrificial de la perra, que quedó internada, intubada, hasta mañana. No sabemos cómo se resolverá su cuadro clínico. 

Pero es evidente que esta noche deberemos salir a matar a los fantasmas que se han apoderado de nuestra vida cotidiana. En memoria de Cartulina y, tal vez, para salvar a Greta de las garras del Mal.



 

lunes, 7 de diciembre de 2020

Treinta años después

 


Todos los archivos conducen a Roma

 


sábado, 5 de diciembre de 2020

El mundo del lenguaje

por Rafael Spregelburd para Perfil

Tal vez la ortografía no sea más que un ritual reverencial por el detalle. A mi hijo le da lo mismo el invierno que el imbierno y no comparte mi desesperación, que explico mal, como casi todo lo que le explico. Tampoco me dejo llevar por el encanto de “Dios está en los detalles”, frase adjudicada a San Agustín, a Flaubert y sobre todo al arquitecto Mies van der Rohe, que es donde mejor se ve con cosas. La filmación en la que estoy demanda que respondamos un cuestionario médico. Cada día por WhatsApp me llegan de un laboratorio en Estados Unidos unas preguntas para responder con sí o con no. Es obvio que todas son no, salvo que tenga síntomas. Pero el cuestionario ha quedado en las pinzas de algún robot y mi tozudez no sabe de chips: escribo que no utilizando mayúscula para empezar la frase y punto al terminar. Queda así: No. El protocolo no reconoce mi prolijidad. Me dice que es incorrecto y que responda por sí o por no. Es lo que hago, les digo. Otra vez el robot: por sí o por no. Me lleva un tiempo deducir lo que ya sé: que el protocolo es fotosensible a la ortografía y que es “no” sin punto ni mayúscula ni nada. Y en el caso de poner “sí”, además, deberá ser sin tilde, por motivos que prefiero desconocer. Una profunda indignación superficial me anega el alma y es aquella indignación que elijo permitirme para olvidar rugbiers, epidemias y decesos. ¿Por qué me obligan a abandonar una convención tan plana como la ortografía y adherir a otra igual de convencional como el error? ¿Para qué? ¿Qué ganamos? Si yo fuera ese robot estadounidense aceptaría bien gauchito por válidas todas las respuestas, mal o bien escritas. Pero el destino ha querido que sólo empiecen a tener valor las que están mal. Cuando esto se extienda al resto de las superficies que pueden ser tocadas por el error estaré verdaderamente preocupado. Después de todo, vivimos en el mundo del lenguaje para no tener que ocuparnos del dolor real, ese que no podemos manejar con convenciones. 


Cosas de negros

por Daniel Link para Perfil

Qué asco lo de estos chicos de Los Pumas. No tanto los chistes imbéciles (¿quién no ha pronunciado alguna vez alguno?) sino que se pretenda que esas son cosas de adolescentes rebeldes, con las hormonas desarregladas.
¿Intervino el INADI de oficio? ¿O, como suele ser su costumbre, reservó sus energías para otras causas (nunca las que importan verdaderamente)?
Los chicos de la verdulería donde suelo aprovisionarme consideraron que los recuperados exabruptos de esos inexcusables jugadores los habilitaban a decir similares barbaridades. A la tercera estupidez los paré en seco: ¿pero vos te miraste al espejo? ¿pero vos sabés qué sangre corre por mis venas? Como argentino, les dije, yo tengo sangre indígena y sangre probablemente negra (independiente de la coloratura de mi piel), aunque mi apellido parezca muy centroeuropeo. “Atlanta” murmuró uno mientras pesaba las papas, y simulé no oírlo.
Yo no sabría ahora decir en qué momento empecé a soportar mal los índices de una manera de pensar la relación entre los lenguajes (o los discursos), lo mundano, lo viviente y lo universal. En todo caso, de pronto, la expresión “expresión latinoamericana” se me apareció y me exigió un compromiso.
Todo lenguaje, es, en principio, un gesto. Es decir: la “expresión”, ese acontecimiento de discurso, pone en contacto una(s) lengua(s) y uno(s) cuerpo(s). La expresión americana (que involucra tres dimensiones: lo viviente, lo discursivo, la escritura) pasa del gesto al estilo hablado y del estilo hablado al estilo escrito.
Pedro Henríquez Ureña, el más grande filólogo que dio este continente, había elegido para la primera lección de la Gramática castellana que hizo junto con Amado Alonso un fragmento de la Excursión a los indios ranqueles de Mansilla. El fragmento da el mismo escalofrío que los tweets de los rugbiers (dice lo mismo).
La Excursión de 1870, tan transitada por nuestras juventudes porteñas, es contemporánea de un libro de poemas al que hay que rescatar del archivo. Se trata de Horas de meditación (1869) de Horacio de Mendízabal (1847-1871).
 

 

El libro sale en 1869, el autor muere dos años después, durante la epidemia de fiebre amarilla mientras ayudaba a las víctimas como secretario de la junta popular presidida por el doctor Roque Pérez.
El afroporteño Horacio de Mendízabal se pregunta en el prólogo del libro: “¿Tendríais horror de ver un negro sentado en el primer puesto de la república? ¿Y porqué, si fuese ilustrado como el mejor de vosotros, recto como el mejor de vosotros, sabio y digno como el mejor de vosotros? ¿Tan solo porque la sangre de sus venas fue tostada por el sol del África en la frente de sus abuelos? ¿Tendríais horror de ver sentado en las bancas del parlamento á un hombre de los que con tan insultante desdén llamáis mulato, tan solo porque su frente no fuese del color de la vuestra? Si eso pensáis, yo me avergüenzo de mi pueblo y lamento su ignorancia.”
Para los suprematistas blancos de la generación del ochenta y los rugbiers de hoy y de mañana es un poco demasiado. Mejor es poner a los afroporteños en su lugar y que sea lo que Dios quiere (si bien no hay estadísticas que corroboren la sospecha de que la fiebre amarilla diezmó particularmente a la población afroporteña, lo cierto es que después de 1871 declina aceleradamente).
La expresión americana se articula en la tensión entre lo europeo, lo indígena y lo negro. La heteretopía latinoamericana (correlativa de su heteroglosia expresiva) es muy radical: no tiene historia, ni inteligencia, ni pueblo y su tarea es la construcción de esas tres dimensiones: darse una historia, sostener una inteligencia, inventar un pueblo (que falta).
Hay que construir, para eso, un lugar de enunciación novomundano, hacer de America no solo un tema obsesivo, sino una perspectiva, y una hipótesis de futuro. O como dijo Pedro Henríquez Ureña, ese negrito dominicano: “si no nos decidimos a que [América] sea la tierra de promisión para la humanidad cansada de buscarla en todos los climas, no tenemos justificación”. 
Eso es algo más allá de toda necesidad y toda posibilidad, es una exigencia.
 

 
 

miércoles, 2 de diciembre de 2020

De la arrogancia

sábado, 28 de noviembre de 2020

Compartir pantallas

Por Daniel Link para Perfil

Esta semana terminaron las ciberclases, que fueron tan satisfactorias como el cibersexo, el autoteatro o las visitas virtuales a los museos: una burda parodia para llenar el vacío de la espera.

En un texto delicioso, Gilles Deleuze se refería a la proliferación de anuncios en el Apocalipsis de Juan (los siete sellos, las trompetas, los cuatro jinetes, las plagas, etc.) como el “Follies Bergère del Apocalipsis”: un conjunto de pelotudeces a las que nos someten mientras esperamos no se sabe bien qué pero que casi con certeza nos perjudicará irremediablemente.

Las ciberclases nos dieron un trabajo loco (que ni los ministerios ni las universidades reconocerán más que con declaraciones de circunstancias y vestiduras rasgadas porque una dijo no sé qué cosa y otro le contestó no sé qué otra). La cantidad de plata que pagamos en horas de conexión por fuera de nuestros planes de wifi o de datos no tiene número preciso (¿para qué hacer el cálculo si nadie va a devolvernos esos importes?). Ni que hablar del tiempo invertido y los desbarajustes de los calendarios burocráticos.

Les estudiantes (en el nivel universitario) aprendieron más o menos según sus capacidades previas (como sucede siempre) pero hicieron, en todos los casos, enormes esfuerzos por sobrellevar la pedagogía de excepción que tuvimos que proponerles.

Por supuesto, nos enteramos por el correo electrónico de que, mientras sosteníamos lo casi insostenible, en ciertas oficinas se dedicaban a dibujar tareas rentadas y a tomar decisiones por fuera de las decisiones de los órganos de gobierno.

La emergencia se volvió la norma y, como si eso fuera poco, las escuelas nunca pudieron abrir no se sabe bien por qué otra razón más que por la incompetencia de los funcionarios responsables.

Ya está, mejor es mirar hacia adelante. Tal vez la tan cacareada campaña de vacunación nos permita salir de este atolladero. ¡Vamos a volver, mejores!

 

El último pase

por Daniel Link para Perfil

¿De qué otra cosa podríamos hablar? Yo negué a Maradona por lo menos tres veces y se me perdonó esa herejía porque errar es humano.

Todavía me faltaban lecturas. Me di cuenta de que atado a los paradigmas de la teoría crítica, Maradona no podía sino ser el exponente más acabado de la industria de la cultura, con sus adhesiones indelebles y su positividad inanalizable. Después leí otras cosas.

También me faltaban viajes. Cuento el decisivo para mi conversión: en 2008, después de no sé qué congreso europeo, atravesamos el Mediterráneo y llegamos a El Cairo, donde nos esperaba un minibus para llevarnos al desierto por caminos cada vez más precarios. Después de seis horas de adentrarnos en una nada donde ya no importaban ni los idiomas porque no había nada para decir o para escuchar y volvíamos al comienzo de la humanidad, al gesto, llegamos a un oasis donde nos esperaban unas 4x4 que iban a dejarnos en el campamento donde íbamos a pasar la noche, como beduinos.

Atónito y conmovido hasta los huesos, leí el único letrero que había en el medio de la nada del oasis: Maradona Market.

        Foto: Sebastián Freire

 

Entonces me di cuenta de algo evidente para los fieles del culto: su mano no era suya sino de Dios, después le cortaron las piernas. Ese proceso de desmaterialización alcanzó a su nombre, que se acortó a Maradó. Él empezó a referirse a si mismo en tercera persona (porque era otro de quien estaba hablando). En ese lento proceso de apoteosis, a medida que su cuerpo (antes tocado por la Gracia) se volvía más frágil, su cualidad sobrehumana se acentuaba.

Llegó un momento en que empezó a bailar con los números, que fueron hechos para que el universo tuviera un ritmo constante más allá de nosotros, los mortales. Podemos lamentarlo, pero el pase de Maradona al plano de las deidades tutelares no podía haber sucedido en otro momento (1960-2020: 60), el mismo día en que antes habían muerto sus dos partes: Fidel y Ricky Fort.

 

sábado, 21 de noviembre de 2020

Fan club

Una cancelación por acá

Por Daniel Link para Perfil

El Manifiesto de la revista argentina de vanguardia Martín Fierro (1924) terminaba con una apelación más marketinera que vanguardista: “¡Colabore Ud. con “Martín Fierro”! ¡Suscríbase Ud. a “Martín Fierro”!” (¿alguien recuerda otro manifiesto de vanguardia que pidiera plata a sus lectores?). El manifiesto lo redactó Oliverio Girondo, cuyos versos todavía tienen alguna gracia. En la revista escribieron también Jorge Borges, Ramón Gómez de la Serna, Evar Méndez, Norah Lange y publicaron sus dibujos Emilio Pettoruti y Xul Solar.

Una maestra mía, la Seño Beatriz, acuñó la expresión “criollismo urbano de vanguardia” para referirse a ese mazacote de arrogancia, xenofobia y racismo. Otra maestra mía subrayó en el último párrafo un error. El texto dice que Martín Fierro “rectifica para él, la sospecha de que hay muchos más negros de lo que se cree”. Debería decir: ratifica. Y ese error, nos decía la Seño Elvira, era el rastro de un esfuerzo para resolver un problema ideológico.

Los “negros” de los que parece hablar la revista son los que se encandilan con cualquier cosa. Pero luego dice: “Martín Fierro sólo aprecia a los negros y a los blancos que son realmente negros o blancos y no pretenden en lo más mínimo cambiar de color”. O sea: los que saben cuál es su lugar. Pero después me enteré de que a partir de 1874, en los Carnavales, había jóvenes blancos que se disfrazaban de negros para bailar el candombe (se los llamaba “lubolos”). Y, al revés, hubo un poeta afroagentino, Horacio de Mendizábal, que acarició el sueño de llegar a Presidente. ¿A quién se le ocurre?

De modo que el asco que siempre me dieron los martinfierristas ahora adquiere un nuevo estatuto: no sólo fueron xenófobos, racistas y oportunistas sino también transfóbicos (enemigos de lo transracial).

No creo que haya que “cancelar” Martín Fierro, sin embargo. Que se estudie en las escuelas y se sepa lo que fueron como grupo.

miércoles, 18 de noviembre de 2020

Anarchivismo y desacato