Por Daniel Link para Perfil
El Mundial está entre nosotros. El acontecimiento deportivo que, se suponía, iba a cubrir con un manto de piedad los más escandalosos casos de corrupción actual, en verdad no ha hecho sino subrayarlos y obligarnos a pensar en sus raíces, que son parte de un largo proceso de desarticulación del sujeto político.
Nos desayunamos (digo: las personas del común, no probablemente los expertos en las lides de balón) de la introducción de un “hydration break” en la mitad de cada tiempo, que desarticula por completo el partido y cambia su intensidad y, por lo tanto, su impacto emocional. Uno se pregunta: ¿nos toman por pelotudos? ¿Acaso alguna vez un jugador cayó deshidratado al campo? ¿No hemos visto a los jugadores, durante décadas, tomar agua al costado de la cancha? Realmente: ¿nos toman por pelotudos? La pausa de tres minutos sirve para meter una tanda completa de más mierda publicitaria, dejando a los telespectadores (y eventuales asistentes) con un sabor más bien amargo en la boca porque, ¿a quién le preguntaron si eso hacía falta?
Por supuesto, quienes primero podrían haber protestado son los jugadores, pero sus representantes habrán abrazado con algarabía la nueva interrupción porque significaba más dólares en sus bolsillos. Un negocio interrumpe la identificación del público con sus jugadores y con el partido entero. Lo que allí sucede desbarata por completo la representatividad como relación y como soporte del discurso (deportivo).
Ahora bien, el “¿nos toman por pelotudos?” debe aplicarse también a la política. ¿A quién se le ocurre que el Mundial podría salvar a Adorni de su propia estupidez? Obviamente a alguien que es capaz de pensar en términos de fragmentación total de la escucha ciudadana y popular. Es decir: a alguien que desprecia a aquellos a quienes dice representar. Son los “mogólicos” de quienes los gobernantes se ríen.
Pero, además, ¿a quién se le ocurre que la corrupción admita alguna defensa, alguna dilación en su condena, la suspensión del castigo correspondiente? Hay allí una falla conceptual profunda que desconecta a los representantes de sus representados, creando una oligarquía política (que la actual gestión ya no puede seguir llamando casta sin que se le caiga la cara de vergüenza) que carece de cualquier fundamento democrático.
Cuando cayó el muro de Berlín, se pusieron a la venta los coquetos pisos que el comunismo alemán había construido en la Karl Marx Allee bajo el lema “palacios para el pueblo” y que fueron habitados, todos ellos, por la oligarquía partidaria. Un hispanoamericanista célebre compró allí, después de la unificación, un penthouse, donde organiza ahora unas fiestas preciosas.
Que eso haya sido posible (la apropiación de un barrio entero por parte de la nomenclatura comunista) fue un antecedente de la pérdida de sentido del PC (que no es un asunto ideológico, desde ya, sino puramente coyuntural).
La corrupción es una consecuencia de la pérdida de relación de la clase política con sus representados: esa es la crisis de representación que atravesamos y que lleva ya más de veinte años. No se fueron todos, y más bien se quedaron. E inventaron palabras bonitas cuyo efecto más triste fue la fragmentación del sujeto político al que se lo interpeló, cada vez, con nombres diferentes hasta que ya nadie supo más quién lo convocaba ni para qué.
Autonomizada de sus obligaciones, la oligarquía política considera que tiene derecho a garantizar su propia existencia a toda costa y sin referencia a los intereses generales de la sociedad (“evadí, como todo el mundo”).
La política actual opera sobre masas y multitudes desagregadas. No polarizadas, lo que siempre fue una estrategia no sólo legítima sino también inevitable, sino completamente atomizadas. El mismo que dice “gente de bien” con un énfasis casi persecutorio es el que no considera que haya hecho nada indigno de su investidura: sólo se trata de vivir, bajo el signo de Libra.
La obsesión presidencial por la ópera Nabucco es un indicio. Para él la obra habla del pueblo judío (lo que es cierto) y nada más (lo que es falso). Nabucco es una protesta sobre la entonces dominación austríaca sobre Italia (el pueblo judío es una metáfora o la matriz de comprensión de todo pueblo). La “patria bella y perdida” era Italia y “Va pensiero” es una afirmación patriótica contra la tiranía extranjera.
Como el señor presidente ha perdido totalmente la relación con la noción de “pueblo” que Nabucco invoca, no puede leer su argumento más allá de su literalidad. Y como integra la oligarquía política, le parece legítimo que él y sus cómplices de gobierno hagan pingües negocios a espaldas (y con el dinero) de sus representados. Como en el fútbol: ¿nos toman por pelotudos?








