sábado, 19 de enero de 2019

De la numerología


Por Daniel Link para Perfil

Hoy es 19 de enero del 19. La columna que, por azar, me correspondía escribir, debe tener 1.900 caracteres. Uno más nueve es diez, y 1 es el ordinal que le corresponde al mes de enero.
De todas las doctrinas presocráticas, la más hermosa es el pitagorismo.
Lo dijo Diógenes Laercio: “El principio de todas las cosas es la mónada o unidad; de esta mónada nace la dualidad indefinida que sirve de sustrato material a la mónada, que es su causa; de la mónada y la dualidad indefinida surgen los números; de los números, puntos; de los puntos, líneas; de las líneas, figuras planas; de las figuras planas, cuerpos sólidos; de los cuerpos sólidos, cuerpos sensibles, cuyos componentes son cuatro: fuego, agua, tierra y aire; estos cuatro elementos se intercambian y se transforman totalmente el uno en el otro, combinándose para producir un universo animado, inteligente, esférico”. Leibniz retomó el asunto monádico y propuso una Explication de l'Arithmétique Binaire.
Después vino Deleuze, para quien los números y el arte son geomorfismos (formantes del cosmos).
Si todas las cosas son, en última instancia, números, e incluso números binarios (1,0), esta fecha y esta columna se complotan para pronunciar una verdad que pocos (y tal vez, ni siquiera yo mismo, que soy sólo un instrumento de la música del cosmos) alcanzarán a comprender. Mi cuerpo, pensado como el efecto de un código binario, no se diferencia en nada de un avatar en un juego de consola.
Cualquier número decimal puede convertirse en binario mediante una serie de divisiones sucesivas (en internet hacen el trabajito por uno): 19 se dice, en binario, 100112.
Esta noche voy a dormir al aire libre, mirando las estrellas, cuya danza numérica me arrullará y me brindará las respuestas que le pida. No creo en el poder de los astros, sí en el del discurso. Trataré de registrar las secuencias, los ritmos, las entonaciones. Ése será mi año.


sábado, 12 de enero de 2019

Carta a los amigos de Roma

Por Daniel Link para Perfil



Alfonso Cuarón ha producido un pequeño milagro: hacernos creer que una película estéticamente anacrónica y deshilachada narrativamente es una obra maestra.

Roma tiene muchas virtudes, pero también muchos defectos y cada quien sabrá si las primeras superan a los últimos o viceversa.

Entre los defectos, encuentro que su esteticismo memorialista es irremediable, que la repetición del desplazamiento de cámara lateral en dolly termina aburriendo, y que la reconstrucción de época, que al principio sorprende favorablemente, muy pronto se convierte en un mero exhibicionismo de la capacidad de producción (la escena del incendio forestal es lo más feo y falso de toda la película).

Entre las virtudes, hay que señalar la recuperación de Leo Dan en una de las canciones más exquisitas de su período mexicano, el uso magistral de la elipsis que nos ahorra prácticamente todos los diálogos que habrían hecho de Roma una película decididamente odiosa, y el travelling final en el mar, que cumple exactamente la función narrativa y poética que la película necesitaba para cerrarse.

Los paisajes de Roma se parecen mucho a los paisajes romanos de Fellini (especialmente los grandes descampados que se muestran en la Dolce Vita), pero toda la dinámica de la película de Cuarón es radicalmente diferente porque no está puesta en relación del presente sino de un pasado que sólo puede recuperarse por la vía de la reconstrucción arqueológica de la memoria. El fragmentarismo de La Dolce Vita (por ejemplo) era una hipótesis sobre su presente y sobre los círculos sociales. En Roma, parece querer decir sólo que el pasado es, en última instancia, no tanto lo que insiste en el presente, sino unas islas de recuerdos más o menos autónomas que sólo adquieren unidad respecto de la conciencia del que cuenta el cuento.

De modo que Roma es una experiencia privada que en muy pocos momentos alcanza a incluirnos más allá del “mirá vos” con el que reconocemos fragmentos comunes de pasado (por lo general canciones, o juegos infantiles). Cuando eso sucede, la película levanta vuelo (es el caso de la escena de los combatekas, muy perfecta y muy desconectada del resto).

Desde el principio hasta los últimos minutos, Roma no deja de recordarnos a La ciénaga, de Lucrecia Martel, en la que sin dudas está inspirada pero a la que no alcanza ni en sutileza psicológica, ni en agudeza crítica ni en equilibrio dramático. De hecho, tal vez el mayor mérito de Roma es que despierta en nosotres el deseo de volver a ver La ciénaga.

Innecesariamente larga, la película de Cuarón tiene el mérito de ser bastante amable con el espectador, que puede perderse en sus propias ensoñaciones.

SI no recuerdo mal, en la Colonia Roma se filmó Los olvidados de Luis Buñuel. Más allá de eso, le tengo cariño a ese barrio donde viven muchos amigos míos.


viernes, 11 de enero de 2019

miércoles, 9 de enero de 2019

Spock está en peligro...



con esos labios de churrasco, todos le quieren comer la boca:




sábado, 5 de enero de 2019

Intervención cortante

Por Daniel Link para Perfil



El año parecía haber ya terminado sin sorpresas. Y no fue así. En el momento en que estábamos haciendo el check in en el mismo hotelito retirado donde habríamos de despedir un año más de nuestras vidas, vimos que esperaba el uber quien había oficiado de madrina en nuestro casamiento. Partía rumbo a otra playa, donde se la esperaba para organizar la fiesta de año nuevo. Nos habló bien del lugar al que llegábamos y nos recomendó a uno de los huéspedes, un uruguayo joven, solo, llamado Alejandro.

Después de algunos intercambios anodinos, coincidimos en el jacuzzi, donde me contó algo íntimo: su punto G era el ombligo, cosa que comprobé allí mismo.

El asunto me conmovió profundamente porque me recordó El baile de las locas de Copi, en la que Pietro Gentiluomo entra en éxtasis cuando le meten el dedo y la mano en el ombligo. Una vez consigue que su partenaire le meta el brazo entero y toque su corazón por dentro. Le conté eso, y no llegué a decirle que esa novela es una de las más conmovedoras historias de amor que se hayan escrito jamás. “Yo no sé aún que voy a matarlo, él no sabe que yo puedo olvidarlo. Y, desde el momento en que he empezado a escribir ya lo he matado, el movimiento hipnótico de la Bic sobre mi libreta bloquea el recuerdo de su olor”.

Cuando le dije que Copi había escrito también una novela llamada El uruguayo, respondió lacónicamente: “En Uruguay nada pasa”.

Hasta ahí yo pensaba que Copi, como con el Papa argentino y con las mujeres vestidas de carne, había acertado de nuevo. Las unidades móviles del imaginario que Copi nos regala se actualizan cada tanto, acá y allá. Y cuanto más regular y homogéneo es el imaginario que nos envuelve como una película pegajosa y húmeda, tanto más perturbador es el efecto Copi. Alejandro no podía saberlo, pero era una actualización de un personaje de Copi, la realización del imaginario.

Mucho más perturbadora fue nuestra segunda conversación, cuando me mostró una foto suya, con un cuchillo apoyado sobre su ombligo, y me preguntó: “¿Encontraré mi carnicero?”.

Dejo de lado la fantasía trans de la cual la frase y la foto eran expresión, que volvían a confirmar lo mismo de antes, lo que yo había definido en La lógica de Copi como una intervención cortante. Nuestra madrina de bodas es nuevamente, testigo: el uruguayo no es sólo un personaje de libro de Copi, es personaje de un libro mío. El fin de año estaba, ahora sí, salvado.


sábado, 29 de diciembre de 2018

La grieta

Por Daniel Link para Perfil

Me sentía un poco desesperanzado. Todo a mi alrededor parecía desmoronarse. Pero, por fortuna, los diarios argentinos me dieron motivos de optimismo. “Nicole Neumann hizo oficial su reconciliación con Matías Tasín”, y un poco antes: “Pico Mónaco habló de su reconciliación con Pampita”.
Ahora sí podemos respirar tranquilos. Qué importante es saber esto. Por supuesto y, como siempre, el Papa mira para otro lado y en su saludo navideño insiste con abstracciones como la paz mundial, el hambre y el diálogo político en Venezuela y Nicaragua. El presidente argentino insiste con sus predicciones (vamos a estar mejor) que jamás se cumplirán.
¿No son más importantes los procesos de reconciliación de las ex-modelos con sus parejas? ¿No son más concretos esos lazos reconstituidos? Por algo se empieza...
Aplaudamos la vida íntima rehecha y la infinitas posibilidades para las fotos veraniegas. ¡Vivan los amores renovados de Pampita y de Nicole! Sólo faltaría que ellas se quisieran, pero no sé si estamos preparados para tanto. Codazos en pasarelas, vestidos que desaparecían en los backstages de los desfiles y apodos humillantes no son cosas fáciles de olvidar.
Ahora me doy cuenta de que, sin marido ambas, a lo mejor esa desdicha compartida las hubiera unido dándoles una humanidad de la que carecen.
Vuelvo a mi desesperanza política e incluso existencial: sus respectivas reconciliaciones les sirve sólo para afirmarse en el odio mutuo e, indirectamente, para alimentar a los vendedores de basura.

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Cacho, tirame la goma!



sábado, 22 de diciembre de 2018

La vida nueva

por Daniel Link para Perfil


Es inevitable, a esta altura del año, pensar en una vida diferente para el próximo, la vida nueva. La Vita nova, para decirlo con Roland Barthes, que eligió decirlo casi con Dante.
La Vita nuova es la primera obra conocida de Alighieri (escrita entre 1292 y 1293, poco después de la muerte de Beatrice). Consta de 42 capítulos en los que Dante alterna la poesía y la prosa, la autobiografía y la alegoría. El libello, como se sabe, es la obra maestra del Dolce Stil Nuovo.
Entre los últimos escritos de Roland Barthes, que murió en un accidente bastante estúpido en marzo de 1980, se cuentan los ocho folios que integran el proyecto Vita Nova, un conjunto de notas que datan de agosto/septiembre y diciembre de 1979.
La crítica ha querido leer en esas notas el abandono de todo lo que Roland Barthes había pensado anteriormente, un lanzarse de lleno a la novela (un poco porque su último curso se llamó La preparación de la novela, y la Vita Nova fue puesta como apéndice a ese curso), como si las posiciones radicales sobre los géneros que Barthes había sostenido (y que nos siguen interpelando) hubieran sido exabruptos del post 68.
Lejos de esa posición, el prologista de la edición castellana de Vita Nova, prefiere leer el texto según las propias palabras de Barthes: “un proyecto infinitamente varado en su porvenir flotante, resistiéndose para siempre a las indelicadezas de lo realizado, de lo concreto”.
Después de La cámara clara (o lúcida), Barthes pretendía reemplazar el fantasma de la Madre con el fantasma de la Obra. Si algo hubiera sido Vita Nova es una actualización de Roland Barthes por Roland Barthes, ese libro en el que el autor se leía a si mismo como un ya-muerto.
Vita Nova es una meditación, un balance (así lo escribe el propio Barthes), un barajar (las mismas cartas) para dar de nuevo. Todo ordenado en relación con una “decisión del 15/4/78” a la que se aferra como un náufrago a la deriva.
Con edición de Gonzalo Geraldo, traducción de Ernesto Feurhake y estudio crítico de David Fiel para el sello santiaguino Marginalia, Vita Nova nos llega ahora en castellano, en el momento más oportuno que pudiera imaginarse.
Un poco porque la brutalidad del mundo nos había alejado mucho de los delicados tormentos propios de la escritura barthesiana y otro poco porque nos obliga a nosotros a trazar una línea (en la pared o en la arena, según se prefiera) para barajar y dar de nuevo, conscientes de que ninguna martingala abolirá el azar.
Pensar sobre la propia vida, sus momentos de condensación y dispersión, tomar decisiones... ¿Quién no se entrega a ese juego melancólico en la última semana de diciembre?
Con su libelo, Dante quiso apostarlo todo a un nuevo estilo y al amor como transformador radical de lo vivido (y, por lo tanto, de lo recordado y de lo imaginado). Roland Barthes, que estaba en otro punto de la vida (de la expectativa de los años por venir, pero también en otra era) se atormentó con la forma Summa: ¿cuál será la imagen o el fantasma de obra por el que seré recordado?
¿La novela? ¿El ensayo? ¿El poema? ¿El cuento infantil? ¿La pieza teatral? ¿El manual de lectura?
Vengo de una Feria del Libro donde todo el mundo parecía hablar de eso: de sus decisiones, de sus fantasmas, de sus golpes de timón. Yo, yo, yo.
Por fortuna nos acompañaba Selva Almada, que deshizo tanto voluntarismo con gestos de una profunda sabiduría: las cosas a veces salen bien y a veces no. A veces puedo escribir con tranquilidad y a veces no. A veces sé lo que hago y a veces no.
Lo que no hay que hacer es dejarse atropellar por una camioneta y dejar unos papeles misteriosos de los que los fanáticos de la verdad pretenderán deducir un destino y una causa.
Lo que no hay que hacer es comunicar al mundo las decisiones que hemos tomado mientras brindamos por un nuevo año, mientras los petardos aturden y el vino espumante se calienta progresivamente en copas que habrá que lavar al día siguiente como si nada hubiera sucedido.
Barajar y dar de nuevo, de acuerdo. Olvidarse por un momento del mundo, esa pesadilla que ninguna fantasía puede ya amortiguar. Feliz año impar, para todes.



lunes, 17 de diciembre de 2018

Preguntan si....

 Entrevista de Patricio Tapia para Culto, suplemento de La Tercera (Santiago de Chile)


-Su libro Carta al padre y otros escritos íntimos reconoce recopila textos más bien inclasificables: podrían ser diarios o cartas, también poemas o incluso novela. ¿Qué es más difícil: hacer clasificaciones o escapara de ellas?

-Hoy en día, la clasificación (el algoritmo clasificatorio) es uno de nuestros grandes problemas. Porque he consumido tal cosa, se me asigna a una clase que probablemente quiera consumir tal otra. Escaparse de las clasificaciones es complejo, difícil, una tarea extenuante. Mejor sería suspender los sistemas clasificatorios. Un poco por eso, veo con cierta algarabía la clasificación maniática e indetenible. Todo puede subdividirse, en toda clase se puede establecer y pensar una partición todavía más infinitesimal. Sigamos adelante por esa vía que, finalmente, terminará disolviendo toda posibilidad de estabilizar a las pesonas en categoráis fijas.

-Cuenta cosas muy íntimas, como que es ciego del ojo izquierdo y, más revelador aún, que de niño prefirió no aprender a andar en bicicleta. ¿Nunca aprendió?
-Bueno, uno de los asuntos más problemáticos de la intimidad es la dimensión imaginaria en la que se funda. No todo lo que se escribe puede ser acreditado por la ciencia médica o por la historiografía. Acabo de renovar mi licencia para conducir. Mi vista es perfecta (al menos en lo que se refiere a manejar un auto). 
 

sábado, 15 de diciembre de 2018

La condesa sangrienta

Por Daniel Link para Perfil

Hace unos meses, la perra estaba por morirse. Un parásito hematológico (Erlichia) le había afectado la médula. La veterinaria indicó por whatsapp que hacía falta hacerle transfusiones con urgencia. Nos dio una dirección en el lejano oeste. Cerraban a las 19.00. No íbamos a llegar a tiempo. De ahí teníamos que seguir hasta el campo, para buscar a la perra, y volverla a llevar hasta el Hospital Veterinario, en la General Paz.
Llegamos al “banco de sangre” ya de noche. Estaba en un callejón sin luces. Lejos de parecer un laboratorio, era una casa, un chalecito enrejado, en sombras. Toqué timbre.
Un joven me acercó dos unidades de sangre que pasó a través de los barrotes. “¿No me vas a abrir la puerta?” No lo hizo. Pasé el abultado fajo de billetes (la sangre canina se paga en riguroso efectivo). “¿No me das ningún certificado o factura?”. “Nuestros donantes...”, empezó a decir el chico. Me di media vuelta y me fui porque imaginé, en el garage, a cien perros colgados de ganchos, desangrándose lentamente.
Continuamos con el trámite. A las cuatro de la mañana devolvimos la perra a su casa. No se murió. Pero dejamos de atenderla con esa vendedora de sangre que parecía salida de una película de Tarantino. La sangre clandestina que en la alta y oscura noche se retira de lugares que será imposible después reconocer en un mapa.
Me informé. El negocio de la sangre canina es bastante redituable y, como aparentemente no está regulado, se presta a intercambios en los que la desesperación ante una muerte inminente potencia la inmersión en una sociedad bizarra. “Un negociado”, me dijeron.
Me acordé de todo esto el martes pasado, cuando llevé a otro perro para hacerle un análisis de sangre y en la veterinaria rechazaron mi tarjeta porque los laboratoristas sólo reciben la sangre con los billetes al lado (imaginé incluso: atados alrededor del tubo).
Es el reino sanguinario de Cruella de Vil.


sábado, 8 de diciembre de 2018

Macri y Macrón, un solo corazón

Por Daniel Link para Perfil

Lo penoso no fue tanto la algarabía gubernamental por haber podido aplicar sin grandes errores el manual de la fiesta exitosa para verdugos, usureros, salvadores de bancos y descuartizadores de periodistas. Tampoco que se festejara con bombos y platillos una gala que chorreaba grasa por donde se la mirara y donde lo mejor (las proyecciones abstractas en los cubos, no las eméticas imágenes de operadores turísticos) quedaba opacado por el movimiento insensato y de una continuidad psicótica de unas personas convocadas para la ocasión, como si nos faltaran elencos estables, músicos, guionistas, regisseurs, talento argentino organizado.
Fue penoso que todo se hiciera a espaldas de los que realmente saben para evitar la previsible protesta: no la de los militantes que habían quedado encapsulados (para usar una palabra que la televisión festejó como se festejan las películas en las que el terrorismo internacional indeterminado no consigue asesinar al presidente negro o mujer de los Estados Unidos) en el eje decadente de la soberanía argentina, sino la de los que forman las instituciones nuestras. ¿Museos de la Nación o de la Ciudad? Mejor no: seguro se quejan de sus salarios y condiciones de trabajo. ¿Elencos del Colón u orquestas estables? ¡Aprovecharían la ocasión para decirles a la patota soberana que el arte está al servicio de valores otros!
La fiesta del Jeje20 fue la celebración de la inautenticidad, de la mercancía, de la privatización y del prejuicio (“El centro: La cultura”).
Las visitas más amables fueron las que caminaron por las plazas, comieron donde se les dio la gana, viajaron en vuelos comerciales y trataron de ver algo más allá de la arcada protocolar, con lectura borgesiana incluida para el disfrute de aquel a quien su capital se le estaba incendiando por lo mismo que acá: el escándalo del precio de la nafta.
Lo más penoso es que el país ya no da para más, y nadie lo dijo.


jueves, 6 de diciembre de 2018

sábado, 1 de diciembre de 2018

La carta robada


Por Daniel Link para Perfil

En el cuento “La carta robada”, Edgar Allan Poe nos da un indicio.
La carta que un ministro siniestro ha robado a una persona regia, para comprometerla y tenerla a su merced, no aparece por ningún lado. La policía ha cuadriculado el espacio y lo ha revisado milímetro por milímetro: debajo de cada tabla del piso, detrás de cada moldura en la pared.
Desesperada, la justicia burguesa convoca al Chevalier Auguste Dupin, quien visita al ladrón y, después de un intercambio más bien anodino, descubre dónde se encuentra la carta, que reemplaza por una falsa, para que el ministro crea que conserva algún poder, cuando ya lo ha perdido todo.
Jacques Lacan, como se sabe, encontró en el cuento sugerencias para caracterizar la práctica analítica: el secreto se vuelve visible si uno es capaz de mirar con los ojos de otro. Lo que quiere decirLa carta robada” es que una carta llega siempre a su destino.
Desde Poe hasta nosotros, las personas regias ya no son el fundamento de la soberanía. El pueblo es el soberano, y los gobernantes actúan por mandato y delegación. Pero, pareciera, al pueblo se le sigue robando. Los ladrones dicen: es que necesitamos robar para precisamente poder garantizar la soberanía popular. Robamos porque el capitalismo es, en si mismo, un régimen confiscatorio y alienante. Sea. Pero, ¿dónde está el producido en esas campañas redistributivas?
El juez busca los dineros robados por el ministro, nos dicen, porque sin ellos no habrá posibilidad de condena. Los dineros no aparecen. El ministro se envalentona y pregunta: si esos dineros existieron, ¿dónde están? Las máquinas levantan la tierra de los campos, los martillos destrozan las paredes, los perros entrenados huelen las bóvedas y las catacumbas de los conventos. Y no aparece nada.
Pero basta mirar alrededor, con los ojos de otros, para darse cuenta. Los ojos, por ejemplo, de la Cámara de la Construcción, que tanto colaboró para sostener al gobierno del pueblo. Y hay que mirar precisamente allí donde los constructores detienen su mirada, lo que sus pestañas conmovidas acarician a la distancia: Puerto Madero y sus emprendimientos de lujo, sus coworking spaces, sus World Trade Centers, sus Towers, sus amenities y sus intelligent buildings que ofrecen “una calidad de vida reservada a los más exigentes”. Puerto Madero, esa iniquidad, esa boca del Infierno, es nuestra carta robada. No hay que buscar: todo está ahí a la vista.
¿Qué estamos esperando? ¿Que lo diga un juez? La justicia puede ser idiota, pero sigue siendo burguesa y conoce sus limitaciones. Una cosa es protestar por el latrocinio contra el soberano. Otra, muy distinta, es intentar recuperar para el pueblo esos ladrillos que tanta falta le hacen y que le daría, a ese barrio muerto y helado, una vitalidad que jamás podrá alcanzar de otro modo.


martes, 27 de noviembre de 2018

El nombre de la rosa



sábado, 24 de noviembre de 2018

Anarquía en las Provincias Unidas

Por Daniel Link para Perfil

Difícil de comprender para las mentalidades periodísticas de derecha, el anarquismo se compone a partir de arjé, que se puede entender como origen (“arqueología”) o como mandato o dominación (“monarquía”). Hay, incluso, una epistemología anarquista (Paul Feyerabend).
Como negación de toda hipótesis sobre el origen o sobre la dominación, el anarquismo se revela profundamente nihilista y aspira a la soberanía sobre si (por eso, detesta toda forma de Estado).
Hay cientos de corrientes anarquistas diferentes, desde el anarcoindividualismo hasta el anarcosindicalismo o el colectivismo. Pocas usan el terrorismo, pero todas suponen el nihilismo.
Es Nietzsche quien lo eleva a noción filosófica (y no mera cosmovisión) y motor de la historia. Nietzsche creía que el nihilismo era resultado de la muerte de Dios (ese origen, ese mandamás), e insistió en que debía ser superado.
En 1940, Heidegger impartió unas lecciones sobre “Nietzsche: el nihilismo europeo”, la presentación más comprensiva del nihilismo como fuerza histórica. El nihilismo está cargado de potencia de destrucción, de negatividad y, por lo tanto, de historia.
Entre los años 1865 y 1875 algunos grandes anarquistas, sin saber los unos de los otros, trabajaron en sus máquinas infernales. Independientemente unos de otros, pusieron su reloj a la misma hora, y cuarenta años más tarde explotaron en Europa simultáneamente los escritos de Dostoyevski, Rimbaud y Lautréamont, al mismo tiempo que Bakunin (en la estela de Proudhon) sentaba unas bases para la acción política.
Bakunin propuso, según Walter Benjamin, un “concepto radical de libertad” que luego desapareció del mapa conceptual de Occidente. Despreciaba a Marx, quien por su parte lo acusó de ser un agente zarista dentro de la Internacional.
Pero está también Auguste Blanqui, quien sin haber sido en rigor un anarquista, recibió las mismas críticas que el ruso por parte de Marx y sus amigos.
Blanqui sabía que la revolución estaba condenada a repetirse y a
fracasar (1789, 1830, 1848, 1871) y por eso se consideró a si mismo un prisionero del infierno. Esa posición anarco-nihilista es la de la Revuelta (la del 68, la de los Sex Pistols, la de Deleuze) y no coincide en casi nada con la posición ético-anárquica, más cerca de la idea de Revolución, que subordina la anarquía temporal propia de la revuelta a una ética, y esa ética es, marxianamente, la que el partido manda.

viernes, 23 de noviembre de 2018

Dicen que...

Episodios críticos de la modernidad latinoamericana

por Fernando Bogado para Otra Parte

“Latinoamérica” es, siempre lo ha sido, el nombre propio de la imaginación. Precisamente, los artículos reunidos en Episodios críticos de la modernidad latinoamericana no hacen otra cosa que destacar la importancia crítica del concepto de imagen (en un sentido estricto, literal y por eso móvil: “inquietante”) y el uso que abre para entender ciertas producciones imaginarias que pueblan nuestro rabioso continente. Todas estas intervenciones son el resultado de una prolija recuperación de las ponencias presentadas por los integrantes del Programa de Estudios Latinoamericanos Contemporáneos y Comparados (PELCC) de la Universidad Nacional de Tres de Febrero en el XXXIV Congreso Internacional de la Latin American Studies Asociation (LASA) en Nueva York, en 2016.
Dos episodios críticos nuclean seis ponencias y dos discusiones, episodios que condensan en una imagen la tensión entre origen y utopía dentro de la literatura latinoamericana. Diego Bentivegna, Rodrigo Javier Caresani y Miguel Rosetti se concentran en el Modernismo, destacándolo como un momento que influye sobre las relaciones atlánticas imprescindibles para una metodología de estudio propia de las literaturas comparadas. Sorprende el primer texto, el de Bentivegna, cuando habla de la “Atlántida” que Lugones evoca como lugar efectivo y barro primigenio del cual emergió el mundo civilizado. ¿La Atlántida del mundo antiguo como imagen mítica avant la lettre de Latinoamérica?
El segundo “episodio crítico” es el Barroco, presentado por Valentín Díaz en su intervención casi como un proyecto por concretarse, un “cuerpo sin órganos” por hacerse. En esa misma línea habría que revisar la ponencia de Daniel Link sobre Copi, su conceptismo y su distanciamiento del culteranismo (que tiene que leerse en sintonía con su libro La lógica de Copi) y la notable relectura de la relación barroco, ano y neoliberalismo que lleva adelante Rubén Ríos Ávila a partir del análisis de la obra de Perlongher y Lemebel. El barroco se vuelve el nombre de una estética y una filosofía de la latinoamericanización: de repente, vía los autores analizados, Deleuze se vuelve cubano y Foucault, paraguayo.
Cada uno de los artículos sintetiza un modo de hacer comparatismo. Pero en lugar de quedarse en la jerga, se nota la necesidad de hacer temblar un poco ciertos prejuicios críticos y avanzar, seriamente, hacia lo informe mismo con un tono casi filológico-interpretativo. Cada texto parece responder a una pregunta implícita: ¿cómo renovar los estudios literarios? ¿Qué recuperar de la filología? ¿Cómo ir más allá de ella? Dándola vuelta, parece responder el barroquismo crítico. Por ejemplo, volviéndola contra ella misma. Lo que se lee, en definitiva, es el modo en el cual lo latinoamericano se piensa a sí mismo a través de algunos nombres propios, de algunas comunidades agrupadas en episodios, o en grupos de estudio. La reflexión (europea) aquí, en nuestro continente, se convierte en doblez, en proliferación especular. Lo puso Borges en boca de Laprida: a veces, lo latinoamericano, antes que una condición, es un destino. Una imagen por construir. Un barro, tal vez.

Valentín Díaz (ed.), Episodios críticos de la modernidad latinoamericana, EDUNTREF, 2017, 132 págs.


sábado, 17 de noviembre de 2018

El zorrito y las uvas

Por Daniel Link para Perfil

El problema no es el déficit primario, dijo la Sra. Fernández, y tiene toda la razón. Por algo el capitalismo incentiva el uso de tarjetas de crédito, préstamos bancarios, compras hipotecarias, en fin, todo lo que hace que uno pueda comprar aquello para lo cual no tiene dinero suficiente. Por algo los Estados aumentan (controladamente) sus pasivos, que son la llave maestra de la felicidad de todos.
Cuando el zorrito dice “no me gustan las uvas”, ya sabemos que lo que quiere decir es otra cosa.
Gastar un poco de más es necesario para poder seguir adelante, porque uno confía en que hay (debe haber) futuro mejor. Durante el pasado cyber monday, yo pude renovar en cuotas fijas el colchón en el que duermo, porque el anterior me estaba destrozando la espalda, después de quince años de sueños intranquilos. Si hubiera seguido la premisa del zorrito, que durmió siempre en cama de oro, no tendría descanso posible, sobre todo hoy, cuando no tengo sino pesadillas.
Deber o no deber no es el problema, sino quién pagará. Es como si yo contrajera hoy una deuda personal y obligara a mis descendientes y a las personas que para mí trabajan a hacerse cargo del pasivo.
El déficit de hoy, para los argentinos, está formado por puros intereses de una deuda que, se nos dice, esquizofrénicamente, nosotres no debemos tomar: vivamos con lo que tenemos, no aspiremos a más. El zorrito se pone contento porque llegará al final de su temporada de caza, aunque sin haber probado las uvas, que se pudrirán en la rama.


lunes, 12 de noviembre de 2018

Lean, che


¿Te digo más?



sábado, 10 de noviembre de 2018

La marca de la Bestia

por Daniel Link para Perfil


Mi marido gusta del género maravilloso (con preponderancia de hechizos y criaturas subnaturales), que yo más bien detesto. Últimamente se ha dedicado, después de que me duermo, a las remakes de series como Sabrina o Charmed. Una mañana, durante el desayuno, desarrolló sus teorías: Sabrina es mucho más oscura que su predecesora. La nueva Charmed es tan estúpida como la original, pero los personajes son latinos y negros. Agregó: deberían hacer Buffy, la cazavampiros, que era más experimental. La frase me despertó del todo. Sí, le dije, después de las películas de Warhol, viene Buffy.

Nos enredamos en una discusión sobre el sentido del predicado “experimental”. Experimental, en sus partes y en el todo, le digo, es la muestra de Jacoby en el Museo de Arte Contemporáneo de Rosario, que vimos juntos hace unas semanas. La muestra misma es un experimento que incluye experimentos vivos, cuyo resultado todavía desconocemos, en todos y cada uno de los pisos que incluye.

El MACRO funciona en unos antiguos silos y sus salas se ordenan en siete pisos que, por lo general, se miran de arriba hacia abajo, como antes en el Guggenheim de Frank Lloyd Wright. Las “ capas” que forman el hojaldre de Traidores los días que huyeron se llaman: Clásico, Cinético, Poeta, Musical, Conceptual, Clown y Dark.

La muestra es muy diferente de El deseo nace del derrumbe (Reina Sofía, 2011), aunque algunas piezas se repitan. De hecho, el recorrido del MACRO-silo puede querer decir: he aquí unas semillas raras, que tal vez puedan plantarse para ver qué sale. En el caso del Jacoby Musical es evidente: Roberto, allí, canta sus canciones marcianas (que, dicen, pronto se toparán con el disco).

No es tanto, como se ha dicho (la crítica tiende a repetir los gestos distraídos y las palabras circunstanciales de los artistas, sin pensar demasiado en ellas), que se trate de un “lado B” o de una muestra de descartes.

Se trata, por el contrario, de una muestra que subraya cartesianamente el horizonte necesario para comprender las intervenciones de Jacoby. Porque estamos acostumbrados a pensar a Jacoby en relación con Chacra (1999), Proyecto Venus (2000-2006) o la Brigada Argentina por Dilma (2010) que la Bienal de San Pablo censuró, pero no estamos tan acostumbrados a pensarlo en relación con todo aquello de lo que tuvo que despojarse para llegar a hacer lo que hizo, lo que hace y lo que hará.

Lo “clásico” de Jacoby, constituido por un conjunto de ejercicios pictóricos de por sí impresionantes y una escultura duchampiana (objet trouvé intervenido), podrían haber llevado a Jacoby en una dirección (anunciada particularmente por uno de los cuadros expuestos sobre una suntuosa pared color borravino). Pero en el mismo espacio está Vernissage, hecha con Alejandro Ros: una mesa de copas vacías (o bien: dispuestas para ser llenadas) abatidas por unas conversaciones en off en portugués (sobre fútbol, el servicio doméstico, la mediocridad y poca originalidad de la muestra), el sonido de unos cuencos tibetanos y un atentado terrorista con un gran ruido de fracaso y metralletas tronando.

En cada capa de hojaldre (en cada piso) puede notarse esa apertura por un lado hacia el arte hecho en colaboración (lo que ya no dice demasiado) y, por el otro, hacia un concepto que desestructura las líneas de lectura hegemónicas del piso.

Pero además esta no es una muestra de lo que quedó fuera de El deseo... sino parte de su fundamentación: las vanguardias de finales de los cincuenta y los años sesenta, los efectos del fin del arte (“El arte ha muerto. Viva la joda”), la diseminación de las artes en cualquier parte y en cualquier soporte.

Mi marido deploró que la muestra, mayormente dominada por la alegría de las apuestas excesivas y los pasos de vida, terminara con los videos de Dark, angustiantes y depresivos.

Pero ese final sirve comprender el presente de terror en el que vivimos y su relación con las artes (el singular es ya un poco presuntuoso). Jacoby dice que las copas de Vernissage son 300 (en San Pablo fueron 600). Yo entendí que eran 666, la marca de la Bestia: eso es un artista, eso señalan los experimentos jacobinos.


miércoles, 7 de noviembre de 2018