sábado, 9 de octubre de 2021

Crisis de energía

por Daniel Link para Perfil

Creo que los diarios argentinos se han hecho eco de la crisis energética en China, que tiene una triple causa: el compromiso con las pautas de emisión de gases, la escasez de carbón (el 72 % de la energía china se produce en centrales carboníferas) y la fuerte demanda de la industria.

El asunto repercute mundialmente. El titular de La vanguardia de hoy (6 de octubre) señala un máximo histórico para el precio del megavatio-hora en el mercado mayorista, lo que se vuelca en el consumo industrial y hogareño. Se han establecido franjas horarias con diferentes precios (lo que no parece demasiado lógico). La gente ya empezó a lavar la ropa de madrugada y los aires acondicionados domésticos no se prenden nunca antes de la medianoche (los valencianos con los que hemos hablado dicen haber pasado un verano infernal).

En los edificios piden que el ascensor sólo se use para eso, para subir. Para bajar, están las escaleras. De planchar o de usar el lavavajillas, mejor ni hablar. El gobierno de España anunció esta semana una reducción de varios impuestos sobre los precios de la electricidad: pan para hoy y hambre para mañana, como bien sabemos ls argentins.

Además de la escasez de carbón y de la merma en las reservas de gas (cuyo precio está también por las nubes), el verano europeo no ha tenido demasiado viento, por lo que los campos de producción eólica han trabajado poco. Europa podría enfrentarse a un duro invierno, con posibles apagones, cierre provisional de fábricas, escalada de precios y aumento de muertes por frío.

La catástrofe del COVID no ha terminado y la Tierra todavía no se repone de los dislates civilizatorios de la sobreproducción y el hiperconsumo. Producir energía para producir más bienes parece ya un nudo gordiano: las fuentes renovables son intermitentes o no alcanzan y las otras son, directamente, la muerte. Pregunté a mis amigos: “¿Qué onda con el hidrógeno?”. Para qué. Es complicado el hidrógeno, porque si bien es abundantísimo está siempre acompañado y es, por lo tanto, carísimo (o consume mucha energía) aislarlo.

Reconozco y en parte comparto la algarabía que produce en Europa actuar como si nada hubiera sucedido o como si hubiéramos salido de una pesadilla colectiva.

Pero la verdadera pesadilla recién comienza, por la incapacidad de todos los Estados para superar el fracaso suicida de un modelo de acumulación. Lo que está en crisis es la energía de la imaginación.

 

sábado, 2 de octubre de 2021

Pánico púnico

por Daniel Link para Perfil

Paramos a dormir en Cartagena porque no me gusta manejar durante más de tres horas en rutas que no conozco. Llegamos por azar al comienzo de las fiestas de la ciudad. Hay que agradecerle al nerd que en la década del noventa del siglo pasado impuso la idea de que alguns se disfrazaran de cartagineses (los fundadores de Cartagena) y otrs de romans, para conmemorar las guerras púnicas y la consolidación de Roma como potencia mediterránea.

Después de la siesta, las plazas y las calles comenzaron a llenarse de hombres, mujeres, niños y niñas disfrazados de guerrers de ambos bandos. Las tropas romanas iban organizadas en cohortes que recorrían el centro histórico de la ciudad al son de tambores y, sobre todo, azotando sobre sus escudos las espadas que portaban. En algunas mesas, soldados maquillados y vestidos de minifalda se abrazaban. Ya de noche, seguimos a unos legionarios al dancing al que entraron sólo para comprobar, en los mingitorios de lata, que esos hombres alineados apenas si tenían que apartar sus faldellines con pteruges de cuero para demorarse en la exposición de su potencia.

Lo más impresionante no fue la proliferación de fiestas que anulaban la reyerta (así se llama el romance de Lorca que evoca la lucha púnica) sino el mero paso de ese puñado de uniformados que en sus vidas cotidianas usaban incluso el lenguaje inclusivo y que iban vestids de cartapesta. Igual metían miedo. Imaginé el terror que seguramente impusieron los antiguos y odié todavía un poco más a los Estados imperiales.

 

sábado, 25 de septiembre de 2021

El malentendido

por Daniel Link para Perfil

Estoy en un encuentro internacional de humanistas digitales en Zaragoza, topónimo que proviene del latino Caesar Augusta, que recibió en el año -14 de su fundación, en homenaje al emperador que la declaró, además, colonia inmune (podía acuñar su propia moneda y estaba exenta de impuestos) para benefico de los legionarios de la IV, VI y X, que habrían de defender el territorio.

En algún momento, uno de los ponentes dice “pijas condecoraciones” y yo oigo “pijas con decoraciones”. Sobresaltado, decido concentrarme en la escucha, que tiene esos pequeñas traiciones idiomáticas.

Recuerdo la confusión en la demorada sobremesa de esa noche, cuando veo que empiezan a apilar las sillas para que nos vayamos. “Es que es día de semana”, digo. “¿Qué has dicho?”, me presiona una valenciana. Ella había entendido “Diazepam”.

Le cuento, además de mi lapsus auditivo de la mañana, otro. Hace muchos años, comíamos con unos amigos mexicanos en un restaurante tailandés particularmente picante, lo que motivó que le dijera a mi marido (creo que entonces no estábamos todavía casados): “siento los labios como Beatriz Salomón” (vedette hoy llorada, que por entonces todavía brillaba en los escenarios). Uno de los mexicanos, fotógrafo exquisito, me dijo: “No sé bien qué quiere decir lo que has dicho, pero suena muy obsceno”. Le pregunté qué había entendido. Su respuesta fue: “siento los labios que me atizan los monos”.

Desde entonces, usamos la la expresión cuando la comida que pedimos está muy picante.

Es que el castellano o español es una lengua tan estirada y tan elástica que admite mil declinaciones. Contra la afirmación académica de que es una lengua policéntrica (como el inglés) me gusta sostener que es una lengua excéntrica, porque carece de centro normativo.

Aquí en Zaragoza las tiendas de regalos (las “regalerías” que uno puede encontrar en Buenos Aires) rezan en sus fachadas “Regalicos”, porque los aragoneses usan los diminutivos en -ico. Y hemos visto pasar un camión que transportaba (o eso decía) “Güevos güenos”. Ni hablar del “pulpitu” que promocionan los carteles de algunos bares de tapas valencianos.

Con tantas variantes de pronunciación, de sintaxis y, sobre todo, de semántica, no son raros los malos entendidos y sabido es que América se funda en varios. Colón escuchó caníbal cuando le decían Caribe y después Shakespeare nos devolvió Calibán, que en pareja con Ariel formaron el binomio espantoso Civilización y Barbarie.

Garcilaso de la Vega (uno de los mejores prosistas de su época) contó en el famosísimo episodio del “encuentro de Cajamarca”, que enfrenta a españoles e incas un malentendido que analiza filológicamente en relación con el nombre “Perú”. De ese traspié de traducción en el que alguien pregunta algo y alguien contesta otra cosa se deduce no sólo una política de las lenguas sino también de lo viviente (de las comunidades).

Quienes se dedican a la dialectología americana, esa disciplina que pretende describir las cinco o veinte normas del castellano o español novomundano tropiezan con abismos imposibles de sortear. En busca de la unidad de la lengua lo que encuentran es una diferencia infinita. Pedro Rona, en la década del sesenta del siglo pasado, ya había adelantado que “todo esto obliga a replantear el problema de la división del español americano en zonas dialectales”.

Las zonas dialectales son ficciones normativas que establecen cuál es la norma que rige en una determinada región (el Río de la Plata, por ejemplo), para lo cual se toman una serie limitadas de rasgos (fonéticos, morfosintácticos, etc.) que la definen.

Pero la aparición de los grandes corpus digitales del español (CORPES, CREA, Corpus del Español, etc.), porque registran absolutamente todas las variantes (algunos incluyen incluso versiones orales) permiten saltearse la simplificación normativa y observar la lengua en su infinita variación en el espacio y en el tiempo.

De modo que las herramientas digitales con las que hoy contamos nos permiten un acercamiento mucho menos colonial y dependiente de los poderes académicos a las decoraciones que imprimimos en la lengua que usamos.

sábado, 18 de septiembre de 2021

Dinastía

Por Daniel Link para Perfil

La hija de Moria, la hija de Ruggieri, el hijo de Cristina Fernández, el hijo de Darín, el hijo de Francella, el hijo de Cerati, la hija de Nazarena Vélez, la hija de Rossi, les hijes de Pettinato, los hijos de Palito, las hijas de Rial, el hijo de Carmen Barbieri, el nieto de Cafiero, la hija de Catherine Fullop, el hijo de Leuco, la nieta de Mirtha, el hijo de Alfonsín, las hijas de Maradona, el hijo de Marley, las hijas de Tinelli, la hija de Mirtha Busnelli, el hijo de Mónica Ayos, el hijo de Mauro, el hijo de Federico Luppi, la hija de De la Sota.

Vivimos un tiempo dominado por las descendencias. No me sorprende que ese efecto sea particularmente perceptible en Argentina, país que tiene una incomprensible nostalgia por la monarquía.

¿Para qué probar con figuras nuevas si el aire de familia nos garantiza un linaje, un espesor de sangre y tal vez algún talento pero, sobre todo, un reconocimiento?

En algunos casos, las proles tendrán suficiente mérito para garantizarse el lugar que les correspondería más allá del apellido. En algunos casos, tendrán la suerte de poder sobrevivir a herencias aplastantes.

En algunos casos, esas competencias regias (en caminos tebanos) determinarán una inversión de los designantes y muchos progenitores pasarán a ser reconocidos como el padre o la madre de tal estrella (la abuela de Juana).

En algunos casos, se tratará de mediocres oportunistas que lucrarán durante un tiempo con el nombre del padre hasta que ni la más simpática tolerancia los salve del descrédito.

Siempre es mejor, pienso, que quienes queremos que lleven lejos nuestro nombre se dediquen a cosas de las que nada sabemos. Hoy cumple años mi hijo Tomás, que estudió música y filosofía, que estudia física y que hoy se dedica a la fabricación de software para satélites. Él no me debe nada más que el nombre, y yo le debo todo: que me lleve al infinito, y más allá. Feliz cumple, Tom.


lunes, 13 de septiembre de 2021

Todo sobre (por) Barón Biza

sábado, 11 de septiembre de 2021

Like a Virgin

por Daniel Link para Perfil 

Cuando anunciaron los vuelos permitidos para septiembre el corazón me dio un vuelco. Hace meses acepté una invitación, dos, tres para hablar, ay, en la esquiva Europa. Mi vuelo habría de despegar el 18 de septiembre pero el listado que reprodujeron los medios ignoraba esa posibilidad.

Empezó la larga tortura de comunicarme con inteligencias artificiales con una capacidad de respuesta parecida a la de una gallina ebria. Finalmente conseguí hablar con operadores de dos aerolíneas diferentes: ambos confirmaban que el vuelo existía y me trataron como loco.

Mis correos diarios a Zaragoza fueron, con el correr de los días, más optimistas. Me esperaban con alegría, con tickets de trenes, con reservas de hotel, con esperanza veteromundana (no será demasiada, pero es más que la nuestra) y un poco de hartazgo.

Mientras tanto, lidiaba con pases sanitarios, la aplicación española, reservas de turnos para la prueba PCR, cartas de invitación en las que constara que viajo por trabajo y no (asco, inmundicia y condena, dedo tieso señalándome) por “turismo”, declaraciones juradas ante la autoridad migratoria argentina (esa pesadilla), la compra de barbijos atómicos reforzados, seguros de salud con línea COVID.

Cada madrugada salía del sueño sobresaltado y saltaba a la computadora para revisar los localizadores y los mensajes del mundo exterior. Avanzaba lentamente con las conferencias.

Nunca en mi vida estuve tan ansioso antes de un viaje. Seguramente sí antes del primero, pero ya me había olvidado. Ahora recupero esa sensación virginal, el deseo violento mezclado con el desconocimiento de lo que será: ¿dolerá, gozaré, querré repetir?

Virginal, hasta no estar abrochado arriba del avión no podré relajarme.

Mis amigos me repiten la vulgaridad de que es como aprender a andar en bicicleta. El cuerpo nunca se olvida. Pero en este país trabajar, jubilarse, viajar es como andar en bicicleta en Marte.

miércoles, 8 de septiembre de 2021

¡¡¡¡Free Catherine Willow!!!!

sábado, 4 de septiembre de 2021

Garchestolenda peronista

Por Daniel Link para Perfil

Los dichos de la Sra. Tolosa Paz en una conversación propia de A la cama con Moria nos dejaron pensando. No porque convenga atribuirles una intención estratégica. Se trata una pelotudez más de las tantas desencadenadas porla compulsión al habla desenfrenada de la campaña electoral.

Es como decir “en Argentina se garcha bien”. Por supuesto, los colombianos están en su derecho de pensar lo mismo. Los demócratas americanos, también, tanto como los alemanes o los españoles.

La identificación política entre el garchar y una comunidad más o menos organizada (la Nación o el partido) es un poco endeble por donde se la mire. Sabido es que a la hora del garche lo mejor es no enredarse en interrogatorios ideológicos que pueden transformar la promesa de goce en una pesadilla.

El garchador compulsivo o serial, ¿es más o es menos peronista? El diputado Juan Emilio Ameri, que no pudo resistirse a la lactancia en plena sesión parlamentaria, ¿sería el epítome de la doctrina sexual peronista?

Todo cambia puesto en función del garche y el goce. La sexta verdad, “para un peronista no hay nada mejor que otro peronista”, ¿debe entenderse ahora como una línea necesaria para las páginas de contactos sexuales? Y que se trate de dos entidades masculinas, ¿supone una celebración de la angosta via, una garchestolenda indiferente a la distribución genérica?

La séptima verdad reza que “ningún peronista debe sentirse más de lo que es ni menos de lo que debe ser”. El sentirse más desemboca en la conversión en oligarca. ¿En qué se diferencia la garchestolenda peronista de la oligarca? ¿Debemos seguir censurando la iniciación sexual de los jóvenes oligarcas con las asistentes domésticas de sus familias o deberíamos considerar ese servicio como un aporte a la peronización social?

¿La obsesión de la señora Fernández por el consumo interno intenta transformar la garchestolenda peronista en una herramienta de desarrollo económico?

El “gobernar es poblar” de Alberdi y el “Hay que poblar la Patagonia” deberían entenderse como una incitación a la púdica reproducción o a la garchestolenda? Ahora tengo mis dudas. Las políticas migratorias de finales del siglo XIX y comienzos del XX deberían analizarse teniendo en cuenta este rasgo puesto en primer plano por la candidata.

A lo mejor nuestros próceres ya sabían que acá importa más el mero garchar que sus consecuencias demográficas (la garchestolenda es un puro presente, sin futuro). Dado que el territorio argentino es tan vasto y sus habitantes tan reacios a la multiplicación, mejor es importar mano de obra y consumidores, se habrán dicho los fundadores de la Patria.

Ahora se entiende mucho mejor la obsesión de Raffaella Carrá: “Para hacer bien el amor hay que venir al Sur”. Ese sur mítico sería la mezcla exacta de garchestolenda napolitana y peronista.

 

viernes, 3 de septiembre de 2021

Lo que debe verse

por Daniel Link para Soy

En el principio fue Paris Is Burning (1990), el documental sobre cultura ball neoyorquina filmado durante la segunda mitad de los ochenta por Jennie Livingston. La escena de los balls amontonaba (y amontona) personas trans y cis-gais latinos y afro-americanos que, organizadas en “casas” (cada una de ellas gobernada por una “madre”) competían en certámenes de baile underground muy estructurados y reglados. El título de “legendario” lo obtenían quienes ganaban repetidamente las competencias.

El estilo dominante es el voguing, que Madonna estilizó en “Vogue”, video en el cual bailaron varios integrantes de la casa Xtravaganza.

Después de ese repentino éxito de algo que había funcionado en la cultura underground como consolación y como resistencia a la xenofobia, la homofobia y la transfobia hubo una brecha de varios años hasta que Ryan Murphy volvió a esa cultura para producir tres temporadas de Pose, un melodrama actuado por personas trans ambientado en los mismos salones de los que habían salido Paris is Burning y el suceso de Madonna. Además de los conflictos relacionados con la clase y el género, Murphy subrayó también el impacto de la epidemia de SIDA, que afectó gravemente a las comunidades que se daban cita en los ballrooms.

Parecía que el asunto no daba para más, pero el mainstream todo lo puede. HBO lanzó Legendary, una competencia televisiva en la que ocho casas compiten para llevarse el título de “Superior House” y un premio de 100.000 dólares.

El presentador es Dashaun Wesley, una leyenda de los ballrooms de una gracia inigualable. El jurado está compuesto por Jameela Jamil (no se entiende bien por qué), la rapera Megan Thee Stallion, el estilista Law Roach y la leyenda del vogue Leiomy Maldonado.

El show (sobre todo su primera temporada, que tuvo público en el estudio, armado en una fábrica reconvertida en escenario) satisface tanto a quienes conocen la cultura ballroom como a quienes tienen su primer acercamiento a este universo.

Cada casa compite con cinco representantes que, se supone, brillan en alguna o en varias de las categorías obligatorias: cara, cuerpo, pasarela, voguing (que a su vez incluye cinco elementos: duckwalk, catwalk, manos, piso, y giros y caídas). Vestuario, coreografía y performance son también de gran importancia y hay que decir que en el show de HBO alcanzan lo sublime.

De la primera a la segunda temporada, la pandemia y las atroces leyes del confinamiento obligaron a la producción a prescindir del público, lo que enfrió la competencia, privada ahora de la combustión espontánea de quienes habían conseguido un lugar en el estudio. Pero la gracia sobrevivió. Los bailarines no necesitan ser profesionales sino, precisamente, moverse con esa gracia infinita y esa elegancia que viene de unos cuerpos que, en otras circunstancias, habrían sido esclavizados o subalternizados y aquí aspiran a una realeza que no resuelve ninguno de los conflictos de la vida cotidiana pero que permite pensarlos como la sombra de una (otra) vida posible.

Es justo y necesario que así sea: si hemos aguantado esa otra cara de la cultura under y callejera como el hip-hop, con su heterosexismo y su misoginia de amianto, podemos ahora resarcirnos con estos reinados semanales en los que las tradicionales cuatro categorías de reinas machos, reinas femeninas, machos y mujeres se enriquecen ahora con drags, trans y queers para alcanzar las categorías máximas del reconocimiento: legendarix e icónicx.

Legendary viene del latín “legenda” que quiere decir “lo que debe ser leído” (el nombre “Amanda” tiene la misma forma). El vestuarista y miembro del jurado Law Roach ha impuesto una fórmula que repite en los momentos excepcionales de la competencia: "You did what needed to be done", hiciste lo que era necesario que se hiciera. Si volviéramos al latín, ese murmullo amortiguado, la palabra a usar sería Facenda: lo que debe hacerse, un servicio público. Por una vez, HBO ha comprendido ese mandato y nos regala un show que debe ser visto, amado, leído, esperado.

 

viernes, 27 de agosto de 2021

Queremos tanto a Jorge

 


martes, 24 de agosto de 2021

Revolución y reformismo

Por Daniel Link para Perfil

Alguna vez Quique Fogwill, a quien tanto extrañamos, se maravilló cuando le dije que estábamos haciendo nuestra tercera casa. “Hacer” es una exageración para denominar los procesos de reforma que afectaron al departamento capitalino que es nuestro domicilio principal, al departamento secundario que ahora funciona como estudio fotográfico y la media casa quinta de cuyo uso nos beneficiamos. “Yo destruí la misma cantidad de casas”, me dijo entonces Fogwill y en su tono no leí ni culpa ni arrepentimiento pero sí un poco de melancolía, como si ya no fuera capaz de excesos tales.

“Destruir” y “construir” pueden considerarse polos de una misma dialéctica. Marx escribió en 1853 en su casa londinense queInglaterra tiene que cumplir en la India una doble misión destructora por un lado y regeneradora por otro. Tiene que destruir la vieja sociedad asiática y sentar las bases materiales de la sociedad occidental en Asia”.

No es nuestro punto de vista que, en eso, abominamos del modernismo. Nos gusta hacer con lo que hay: cambiar la función de un cuarto, rehabilitar un baño, transformar un placard en un escritorio (los míos están a menudo en antiguos placares y siempre en “cuartos de servicio”).

Ahora hemos emprendido un nuevo proceso de reforma en un departamento marplatense que no es nuestro pero cuyo estatuto jurídico es tan complejo que su presunta dueña nos dejó hacer lo que quisiéramos con él.

La primera vez que lo visité quise pegarme un tiro en el paladar: estaba destruido (tal vez por eso pensé en Fogwill). Vendimos algunos muebles y refuncionalizamos otros (la cómoda del dormitorio es ahora el “centro de entretenimientos” de la sala, esas cosas). Hicimos una mesada de venecitas sobre la ruina que había en la cocina.

Reservamos para el final el cuarto de servicio, donde estará mi estudio marplatense. Ahí no hay placares, pero ya imagino cómo me las ingeniaré para que quepa mi escritorio y, por si acaso, un catre para las visitas.

Lo que era lavadero se trasformará en mi salita de lectura y después convertiremos el balcón (con una vista horrible a los más feos edificios del centro marplatense) en una terracita donde uno pueda sentarse a ver el mar, allá a lo lejos, trago en mano.

Para que esos proyectos funcionen hay que amar lo existente. Y sí, amamos Mar del Plata, amamos Constitución y General Rodríguez como Marx fue incapaz de amar (iba a poner la India, pero creo que no hace falta).

 

sábado, 21 de agosto de 2021

Gestos vacíos

Por Daniel Link para Perfil

Cualquier ciudadano de bien en los Estados Unidos reconoce que el embargo económico a Cuba es un gesto vacío o, en el peor de los casos, una concesión a los grupos anticastristas de Florida, cuyos votos son siempre una de las grandes intrigas en cada elección. Sólo así se explica la incomprensible política que al respeto sostiene la administración Biden, mucho más cerca de Trump que de Obama.

El embargo es absurdo primero por su ambigüedad (USA es uno de los principales exportadores a Cuba: alimentos, maquinaria agrícola, medicinas) y, en segundo término, porque sus efectos a lo largo de los últimos sesenta años han sido nulos para evitar la vulneración de los derechos humanos y el aumento de las arbitrariedades políticas en una isla que ahora, además, se ha declarado víctima del cambio climático y al borde de la desaparición.

Si el nivel del mar sube dentro de veinte o treinta años como está previsto, es probable que Cuba no desaparezca del todo. Florida, en cambio, con sus cayos incluidos, sí. Miami Beach se encuentra entre 60 y 120 centímetros por encima del nivel actual del mar y gran parte de la península es un pantano. La presión subterránea de la marea ya compromete la provisión de agua potable.

Más valdría abandonar los gestos vacíos y entender que la estupidez y el capricho son amenazas tanto para unos como para otros.

Si lo que nos preocupa es el sufrimiento del pueblo cubano, es claro que el bloqueo lo incrementa y puede llegar a provocar una catástrofe sin precedentes.

 

sábado, 14 de agosto de 2021

El idioma salvador

por Daniel Link para Perfil 

Un amigo (un poeta) me pasa un poema de Roque Dalton, el gran salvadoreño que abrazó la causa comunista, que estuvo preso y fue expulsado de su país, que vivió en Chile, en Cuba, en la entonces Checoslovaquia, en México, que se peleó con la nomenclatura cultural cubana, y que murió asesinado en 1975 por sus compañeros del Ejército Revolucionario del Pueblo, que lo juzgaron culpable de agente de La Habana, de la CIA, del reformismo internacional y de indisciplina. Todavía no se conoce el paradero de sus huesos.

El poema de Dalton se llama “El idioma salvador” y es una larga retahila de palabras salvadoreñas con sus equivalentes españolas: “serpentina: cerveza. llorona: naranja. perico: aguacate. frailes: huevos. balastre: rancho carcelario. canción: carne. color: café. vasallos: plátanos. san fernando: panza de res. pólvora: arroz. chipopos: frijoles. coronel: pavo. mapin: pan. mora: gallina. sorias: tortillas. pañuza: agua. barniz: salsa, condimento o comida distinta que se agrega al rancho para mejorarlo. lucha libre: fritada de vísceras de buey. desperdicio de alambre: macarrones”.

Dedicado “A los miembros de la Academia Salvadoreña de la Lengua, correspondiente de la Real Academia Española”, dice que sólo hay una lengua redentora, la lengua materna (a la que, sin embargo, todo poeta quiere transformar en otra cosa). Y dice que la lengua materna no es una, y que no se trata de registrar meramente las variantes “dialectales” como desviaciones respecto de una hipotética norma culta sino de hacer pasar el cuerpo por esa lengua amasada por unos pueblos.

Tal vez sin saberlo, Roque Dalton se inscribe en una larga tradición filológica que luchó por la independencia lingüística, en busca de la expresión americana, contra la obsesión de los académicos por un lenguaje único y concentracionario y el odio hacia las diferencias. El bogotano Rufino José Cuervo sostuvo en 1881 que, como al dogma religioso, al lenguaje también lo acecha el cisma y por eso la diferencia debe ser destruida. Ese terror letrado y comercial (porque se trata de garantizar el comercio en un mercado que se imagina ya mundial) fue contestado en 1882 por el cubano Juan Ignacio de Armas, quien puso al español en la misma situación del latín: una lengua madre de la cual se desprenderían por lo menos cuatro idiomas americanos (con un aire de familia). “Buenos Aires”, sostuvo, “va actualmente por delante en la natural formación de un idioma propio”.

Por supuesto, Juan Ignacio fue tildado de extravagante (un poco, porque las etimologías que proponía lo son) y condenado al baúl de lo inservible como un antecedente de la dialectología hispanoamericana, que en su ya centenaria existencia no ha conseguido resolver el mapa lingüístico americano precisamente porque insiste en considerar al español de América una unidad con diferentes variantes. Incluso pese a que algunos investigadores (José Pedro Roma, por ejemplo) han subrayado que muchas veces una población usa un lenguaje ininteligible para profesores que viven a 50 kilómetros (tratándose además de dos comunidades monolingües).

Tal vez sea inútil desasociar el nombre del lenguaje que utilizamos del nombre de la Patria que nos ha tocado en suerte porque esa desasociación (ese desasosiego), como operación filológica, favorecería a quienes piensan la lengua como una materia prima en un paradigma colonial-extractivista.

Las academias de hoy contestan la lección de la Tierra, que se expresa en diferencias puras, y proponen descripciones pluricéntricas. Pero esa disparatada competencia entre lo contingente y lo eterno, entre lo universal y lo particular, entre lo global y lo local sigue desconsiderando la intensidad lingüística y el carácter expresivo del lenguaje que usamos, cuyo nombre ya no debería importarnos, así como no debería importarnos la sanción de quienes sueñan el sueño concentracionario de un español vaciado de toda diferencia.

A mí, por si acaso, hablame en criollo, con todas las intensidades y la expresividad del caso. Y si no llegamos a entendernos por medio de las palabras, siempre nos quedarán los gestos.


sábado, 7 de agosto de 2021

Todos los fuegos el fuego

Por Daniel Link para Perfil

El último jueves de julio ardió la Cinemateca Brasileira. Uno de sus depósitos en Vila Leopoldina (San Pablo) quedó integramente destruido. El fuego se había iniciado en una de las salas de películas históricas cuando una empresa realizaba el mantenimiento de los equipos de aire acondicionado. Se perdieron alrededor de un millón de documentos, incluyendo guiones y copias de películas de los últimos cien años.

Apenas nueve días antes de la catástrofe, el Ministerio Público Federal de San Pablo había advertido del riesgo de incendio. En 2016 la Cinemateca ya había sufrido un incendio en otra sede (Vila Mariana) y en 2020 una inundación afectó la colección de Vila Leopoldina, hoy perdida para siempre.

En septiembre de 2018 otro fuego destruyó el Museo Nacional de Río de Janeiro. En San Pablo se perdieron, en los últimos años, el teatro Cultura Artística, el auditorio Simón Bolívar del Memorial de América Latina, el Liceo de Artes y Oficios y el Museo de la Lengua Portuguesa.

Pero nada se compara con este último hecho que los cineastas, historiadores y trabajadores del sector audiovisual califican de crimen, por incompetencia, omisión o deliberado abandono por parte del gobierno federal.

Ahora, las asociaciones de las que participamos elevan su voz de protesta, pero ya es demasiado tarde. Las chispas de vida que sobrevivían en cada uno de los documentos que guardaba la cinemateca, eso que nos permitía construir y reconstruir unas memorias comunes y situarnos no solamente en el espacio sino también el tiempo, han sido aniquiladas por la espada flamígera que prefiere la ignorancia y el olvido.

Dicen que la culpa es de Bolsonaro, pero para eso hay que ignorar los incendios de 2016 y 2018. La culpa es de toda la corrupta burocracia estatal y federal que no quiso ver ni oir las advertencias. Bolsonaro es el último responsable de esta tragedia, pero otros muchos deberán acompañarlo en en infierno.


viernes, 6 de agosto de 2021

Humanos y lemmings

por Giorgio Agamben en Una Voce vía Artillería inmanente 

Los lemmings son pequeños roedores de unos 15 centímetros que viven en las tundras del norte de Europa y Asia. Esta especie tiene la peculiaridad de emprender repentinamente migraciones colectivas sin motivo aparente, que terminan en un suicidio masivo en las aguas del mar. El enigma que este comportamiento ha planteado a los zoólogos es tan singular que, tras intentar dar explicaciones que resultaron insuficientes, prefirieron eliminarlo. Pero una de las mentes más lúcidas del siglo XX, Primo Levi, cuestionó el fenómeno y aportó una interpretación convincente. Damos por sentado que todos los seres vivos desean seguir viviendo: en los lemmings, por alguna razón, esta voluntad ha desaparecido y el instinto que les impulsaba a vivir se ha invertido en un instinto de muerte.

Creo que algo parecido le ocurre hoy a otra especie de seres vivos, la que llamamos homo sapiens. El suicidio colectivo se produce aquí —como corresponde a una especie que ha sustituido el instinto por el lenguaje y un impulso endosomático por una serie de dispositivos externos al cuerpo— de forma artificial y complicada, pero el resultado podría ser el mismo. Los seres humanos no pueden vivir si no se dan a sí mismos razones y justificaciones para sus vidas, que en todos los tiempos han tomado la forma de religiones, mitos, creencias políticas, filosofías e ideales de todo tipo. Estas justificaciones parecen hoy —al menos en la parte más rica y tecnologizada de la humanidad— haber caído, y los hombres se encuentran quizá por primera vez reducidos a su pura supervivencia biológica, que parecen no poder aceptar. Sólo así se explica que, en lugar de asumir el simple y amable hecho de vivir unos al lado de otros, hayan sentido la necesidad de instaurar un implacable terror sanitario, en el que la vida sin más justificaciones ideales se ve amenazada y castigada a cada momento por la enfermedad y la muerte. Y sólo esto puede explicar que, a pesar de que las compañías fabricantes de vacunas han declarado que no es posible predecir sus efectos a largo plazo, porque no se han podido cumplir los procedimientos establecidos, y que las pruebas de genotoxicidad y carcinogenicidad no estarán terminadas hasta octubre de 2022, millones de personas hayan sido sometidas a una vacunación masiva sin precedentes. Es perfectamente posible —aunque en absoluto seguro— que dentro de unos años el comportamiento humano sea similar al de los lemmings y que, por tanto, la especie humana esté abocada a su extinción.

 

domingo, 1 de agosto de 2021

Nos faltan poetas...

 .... como Andrés Bello:

 


 

sábado, 31 de julio de 2021

Los ludópatas

por Daniel Link para Perfil

Estamos en proceso de desintoxicación. Hace varios años, mi marido descubrió un jueguito encantador (en peor sentido: hipnótico, brujeril). Se juega en cooperativas una carrera en la que hay que cumplir una cantidad de tareas (fabricar cosas, ordeñar vacas, cultivar campos).

Al principio nos divertimos, hicimos amigos en diferentes lugares del mundo. Luego nos fuimos peleando con todos y todas y quedamos, en nuestra cooperativa, sólo él y yo para enfrentar alternadamente cada desafío semanal (que resolvíamos en un día, para que no interfiera con nuestra vida social o nuestro trabajo). Fue inútil, porque el juego se fue complicando cada vez más y los sucesivos reclamos que envié a los desarrolladores cayeron en saco roto. Así que desde la semana pasada, hemos decidido abstenernos de la carrerita lo que, en la práctica, significa que entramos al juego poco y nada.

Esperamos que con el tiempo esa frecuencia incluya períodos de abstinencia cada vez más largos, hasta que nos olvidemos definitivamente del asunto.

Nos asustó no tanto nuestra propia adicción, que manejábamos relativamente bien porque competíamos en semanas alternadas y sin gastar un solo peso, sino la de jugadores rivales, que se mataban por primeros puestos que no otorgaban ningún premio significativo y que, a todas luces, compraban ventajas (que cuestan como mínimo 5 dólares).

Me confortaba diciendo que el tiempo que gastaba en el juego (un par de horas semanales) era de todos modos menos que el que habría desperdiciado en las redes, ese mundo de crueldades y convicciones inquebrantables. Además, imaginaba que iba a poder escribir una novela de ciencia ficción en la que los sencillos robots que forman parte del juego se independizaban del algoritmo que los gobernaba. Iba a llamarse La isla y los robots tenían nombres del campo artístico argentino.

Si la literatura es salud, algún día ese texto se escribirá solo.

miércoles, 28 de julio de 2021

lunes, 26 de julio de 2021

Mirá, querida...

.... Yo fui unx de tus descubridorxs. Esperé, esperé, esperé. 

Me alegro mucho de último oro. 

 

Y bueno, sí, un poco de orgullo también. 

Pero tanta sobada de ganso, en fin...


 


 

 

El archivo te buscará para matarte

sábado, 24 de julio de 2021

La extrema derecha

Por Daniel Link para Perfil

El 16 de julio, Giorgio Agamben publicó en el blog de la editorial italiana Quodlibet una columna titulada “Ciudadanos de segunda” que centra su atención en la implementación del “green pass” europeo que autoriza los movimientos de los vacunados. Agamben asimila el “régimen despótico de emergencia” que vivimos al fascismo: “El hecho de que la vacuna se convierta así en una especie de símbolo político-religioso destinado a establecer una discriminación entre los ciudadanos queda patente en la irresponsable declaración de un político que, refiriéndose a quienes no se vacunan, dijo, sin darse cuenta de que estaba utilizando una jerga fascista: «los vamos a purgar con el green pass»”.

En Francia, la decisión de Macron de establecer la obligatoriedad de la vacuna para trabajadores de la salud desencadenó grandes manifestaciones, caracterizadas como de “extrema derecha”. Pero no se sabe bien dónde está la extrema derecha, sobre todo porque el presidente francés dijo que “la vacuna equivale no solo a salud, sino también a la plena libertad”, lo que parece avalar más bien la posición de Agamben que la de los periódicos europeos.

Tampoco se sabe bien cómo interpretar la “objeción de conciencia”, porque muchas veces se la evalúa en relación con el objeto sobre el que recae la objeción. Si un pacifista se niega, por propias convicciones, a participar de una guerra, pareciera que se trata de una buena conciencia, pero si lo que se objeta es la interrupción voluntaria del embarazo o, como en este caso, una vacunación de efectos todavía imprevisibles (mi hija tiene petequias desde que se dio la primera dosis de AstraZeneca, hace ya más de un mes), la conciencia es mala, malísima.

No se puede discriminar entre buenas y malas conciencias tan fácilmente porque eso implica, de inmediato, establecer jerarquías ciudadanas. Todos deberíamos tener los mismos derechos, con independencia de nuestras convicciones y las formas de vida que hayamos elegido.

Entre nosotros, los “pases de vacunación” ya empiezan a funcionar. Si un bar ya ha completado su aforo, podrá incrementarlo en un 20 % con la condición de que ese porcentaje esté integrado exclusivamente por personas vacunadas con al menos una dosis de vacuna.

Ese privilegio puede significar más bien poco aplicado al ejercicio de una actividad más bien nimia (¡ir a un bar!), pero aplicado a aspectos de la vida con un peso específico mayor (concurrir a un aula, a una sala de conciertos, subirse a un tren) la cosa cambia.

Podría desentenderme del problema, pero eso sería como repetir el gesto de indiferencia que denunció el pastor Martin Niemöller a partir de 1946: “Primero se llevaron a los no vacunados, pero a mí no me importó porque estaba vacunado”. Cuando el año pasado vimos Songbird, protagonizada por Demi Moore, nos pareció un disparate. ¿Lo era?

 

jueves, 22 de julio de 2021

sábado, 17 de julio de 2021

¿Por qué se mata?

Por Daniel Link para Perfil

No me voy a andar haciendo el cristiano primitivo (así llamaba Adorno a los cultores incondicionales de las dificultades del alto modernismo). Tengo mi corazón puesto en cierto trash industrial. Pero todo tiene un límite: las historias organizadas alrededor del superheroísmo y la brujería me duermen (literalmente), porque los superpoderes y los conjuros desbaratan la posibilidad misma de la narración. ¿Por qué en determinado momento se los usa, y en otros no? Todo eso arruina un poco la capacidad de disfrutar de un relato, porque uno sabe de antemano que no hay lógica narrativa posible (cuando la lógica narrativa está bien planteada, todo es posible).

Me duermo con Loki, la última excrecencia de Marvell, ahora incorporada al menú de Disney. Y me duermo también con 30 Monedas, que parecía una versión cachivache de ficciones paranoicas hasta que apareció una bruja. Alguien escribió por ahí que era lo mejor de la televisión española en toda su historia (le hago responsable por haberme hecho torrentear ese bodrio indigesto de HBO Europa). ¿Y El Cid de Amazon, qué? La primera temporada fue deliciosa. La semana que viene estrena la segunda.

A mi marido no lo sublevan (virtud de la que yo carezco) las incongruencias narrativas de los poderes sobrenaturales. En fin, que me duermo. Después, cuando me despierto, me dedico a lo mío. Por ejemplo, Marcella (2016). La serie estuvo ahí, disponible, pero con ese nombre...

Es un drama policial negrísimo creado por el sueco Hans Rosenfeldt, el mismo de Bron-Broen (The Bridge) y estelarizado por Anna Friel en el papel de una detective que tiene una cantidad enorme de problemas, entre los cuales se cuentan unos black-outs durante los cuales hace cosas que luego no recuerda.

Al final de la segunda temporada, luego de haber resuelto dos complejísimos casos, está al borde del suicidio. Y sin embargo hay otra temporada más, soberbia, que deja a las anteriores (que eran ya de por sí excelentes) como ejercicios preparatorios de un desenlace shakespeareano.

El guion es perfecto, progresivamente asfixiante y todo funciona como un mecanismo de relojería gracias a un equipo de directores que ya había brillado en Broadchurch, en Downton Abbey, en Wallander, en The Bridge.

Todo buen policial debe contestar con rigor a la pregunta de por qué se mata. Marcella va mucho más allá y trata de responder a la pregunta de por qué todos se matan entre si.

 

sábado, 10 de julio de 2021

La ñata contra el vidrio

Por Daniel Link para Perfil

En una entrevista reciente, Alejandro Katz caracterizó a la nuestra como una “sociedad fallida” y sostuvo que “lo que tenemos que empezar a decirnos es que la Argentina ha dejado de existir”.

Le escribí de inmediato lamentando su diagnóstico penoso (pero difícil de refutar) y le dije: “Hagamos algo”.

El problema va a ser, naturalmente, a quienes incluye ese plural del que depende todo.

Pienso, naturalmente, en Chile, un país que siempre nos pareció rarísimo y que, de pronto, nos da lecciones de democracia intensa. El domingo pasado, los constituyentes elegidos para redactar una nueva Carta Magna que reemplace a la actual, pergeñada por Pinochet y sus secuaces, consagraron como presidente de la Convención (con 96 votos en segunda vuelta) a Elisa Loncón, doctora en literatura, lingüista y activista mapuche.

¿Se imagina alguien un proceso semejante en Argentina, donde el resultado de la elección chilena (el triunfo de las fuerzas de la izquierda independiente y el partido comunista) fue condenado en la prensa como la venida del Anticristo?

¿Quien se animaría a dejarse representar en una Convención Constituyente argentina? ¿Y por quién, por cuál forma del resentimiento? ¿La de esa señora que mandó a los argentinos que quedaron varados no sé dónde a vender empanadas en las esquinas? ¿La de ese gobernador que cobra peaje para entrar a su provincia? ¿O la de ese ecónomo que todavía considera que el Sr. Cavallo fue el mejor ministro de la historia? Hagamos algo, sí, pero que se parezca a Chile.



jueves, 8 de julio de 2021

lunes, 5 de julio de 2021

sábado, 3 de julio de 2021

Las cenizas de Colón

La lotería de Babilonia

Por Daniel Link para Perfil

Y sí, hermanes, quélevamohacé, Borges está siempre ahí, es lo más a mano para explicarnos el vértigo que nos domina. “Soy de un país vertiginoso donde la lotería es parte principal de la realidad” dice (y al hacerlo hace coincidir nuestra voz con la suya) el narrador de “La lotería de Babilonia”, relato que ha sido leído como una alegoría del fascismo (la movilización total), de la democracia (la posibilidad de sustraerse a la fatalidad, a los dictados de las determinaciones), del peronismo (“los agentes de la Compañía usaban de las sugestiones y de la magia. Sus pasos, sus manejos, eran secretos. Para indagar las íntimas esperanzas y los íntimos terrores de cada cual, disponían de astrólogos y de espías” y “Los escribas prestan juramento secreto de omitir, de interpolar, de variar. También se ejerce la mentira indirecta.”)

Como esas cabezas forman hoy para nosotros parte de la misma Hidra, bien puede pensarse que el cuento cifra una postulación metafísica sobre Argentina.

He aplicado la interpretación babilónica a mi propio presente. La tirada de dados me favoreció con una primera dosis de la vacuna AstraZeneca (su versión indiana). No es que confíe más en su potencia de inmunización respecto de la de, digamos, Sputnik. Eso supondría alguna razón, completamente reñida con el azar. En este caso: AstraZeneca me permitirá atravesar fronteras una vez que complete mi esquema de vacunación, mientras que (por lo menos hasta ahora) Sputnik no.

¿Para qué someterme a una suerte inaudita? Tengo compromisos laborales allende los límites de la patria que debería atender, pero un nuevo giro de la rueda de la fortuna podría arrojarme a costas desconocidas.

Hoy conocemos un nuevo capricho de la lotería. En las siguientes semanas, sólo 600 personas por día de las miles que se han ido por diferentes razones (no haría falta invocar ninguna para viajar a donde uno se le dé la gana) podrán volver al suelo patrio. El número de desterrados crecerá exponencialmente hasta que en cada puerto aéreo del mundo haya una pequeña colonia habitando en carpas y aguardando la próxima suerte, una ficha imposible de prever dado el carácter completamente sobrehumano de la inteligencia que la fragua. ¿Seré parte de esos campamentos precarios cuyo objetivo último se nos escapa salvo como ejercicio de un poder subjetivo? “El pueblo logró que la Compañía aceptara la suma del poder público. (Esa unificación era necesaria, dada la vastedad y complejidad de las nuevas operaciones.)”

Esas operaciones, indiscernibles para el común de los mortales, afectan no sólo a la posibilidad de movimiento, sino también a los ingresos personales y a nuestra relación con el fisco. “La Compañía, con modestia divina, elude toda publicidad. Sus agentes, como es natural, son secretos; las órdenes que imparte continuamente (quizá incesantemente) no difieren de las que prodigan los impostores.”

Cada mañana es imprescindible que cada uno de los empleados de la Compañía (que es el único empleador del país, incluso cuando parezca haber otros) controlemos la danza de la fortuna (expresada en relaciones de cambio) para conocer cuántas monedas podremos ahorrar de nuestro salario o cuántas deberemos robar en la calle.

En un resultado de la lotería, se determinó el monto de la contribución que deberían realizar los inscriptos en el registro de artesanos y practicantes de las artes liberales. Un segundo resultado hizo que ese monto fuera retroactivo. La turbamulta elevó su voz destituyente. Un tercer resultado negó los anteriores (todo sucedió en el transcurso vertiginoso de media fase lunar) y transformó a los que antes eran deudores en acreedores del fisco.

“La Compañía (así empezó a llamársela entonces) tuvo que velar por los ganadores, que no podían cobrar los premios si faltaba en las cajas el importe casi total de las multas. Entabló una demanda a los perdedores: el juez los condenó a pagar la multa original y las costas o a unos días de cárcel. Todos optaron por la cárcel, para defraudar a la Compañía”, etcétera.

Por la sola fatalidad de ser argentino, “he conocido lo que ignoran los griegos: la incertidumbre”.

domingo, 27 de junio de 2021

Minas, criptas, textos

Por Rafael Spregelburd para Perfil

El portal de Business Insider de México dio cuenta de la decisión de China de prohibir a veintiseis minas de criptomonedas que sigan haciendo eso que se supone que están haciendo. Son muchas suposiciones: que el portal exista, que haya minas que creen valor, o que sepamos si es cierto que los bitcoins se pueden desplomar tan imprevistamente como surgieron. Cayeron un 11% y no sé si es mucho porque no sé cuánto es el 11% de equis.

No es la invención de un valor basado sólo en su capacidad de encriptamiento lo que preocupa al gobierno chino; los motivos son ecológicos. Las computadoras que pican la piedra de lo inasible para acuñar criptomonedas consumen una cantidad enorme de energía y China se preocupa por el impacto ambiental de tan esquiva praxis, tan espinosa como el criptoarte. Así como antes un artista podía imprimir una cantidad de copias de sus serigrafías y vender cada una a un precio en relación con el número limitado de reproducciones, el criptoarte supone algo así como la repartición en acciones de una imagen. El comprador tiene acceso a una versión en píxeles y su placer de posesión va ligado a la certeza de que unas computadoras le garanticen que esa imagen no se reproducirá más veces de las prometidas en la compra. Es cierto que si lo llamamos compra la cosa huele a estafa, pero si lo pensamos como donación (coleccionistas actuando como mecenas que hacen posible la vida de artistas emergentes) la estafa presenta su doble filo más inquietante: no importa cuál sea el soporte material de las imágenes, éstas parecen surgir de una mina inacabable que es financiada por el excedente de otras operaciones económicas. Gastar el dinero que no se necesita para la subsistencia primaria en financiar la producción de imágenes.

Este cambio de paradigma material proviene –no podía ser de otra manera- del campo de las artes visuales, siempre a la vanguardia en relaciones de poder entre imagen, materia, posesión, frivolidad, placer y evanescencia.

¿Pero qué sucederá con las otras ramas del arte y la expresión? Por ejemplo, con las palabras. Pronto también los escritores podrían escribir a pedido o casi de mecenas lectores, que financiarían novelas o poemas entre varios para que su autor no dependiera de las reglas del comercio o del gusto hegemónico. Que algunas bandas de música ya lo hacen no es tampoco novedad, como Einstürzende Neubauten, que produce sus canciones al amparo de donaciones de los fans. Canciones a veces invendibles.

La cosa se pone más picante si ahora hemos de considerar que el soporte que permite la difusión virtual del arte consume energía y es contaminante. ¿Habrá que seleccionar qué obras vale la pena producir? Como cuando se tala un bosque para editar un libro y entonces el libro debe ser tan bueno que justifique el hacha.

Estamos lejos de desanudar la trama entre arte y mercancía.

 

sábado, 26 de junio de 2021

O inventamos o erramos

por Daniel Link para Perfil

Y de pronto, el dedo tieso de la segadora toca los corazones y los paraliza. Odio las necrológicas y los elogios fúnebres. El domingo, Juan Forn murió de un infarto y el martes Horacio González cedió al abrazo de la peste.

No hace falta cometer la torpeza de fingirse amigo de ellos para lamentar sus muertes.

Llorar a los otros es llorar la propia soledad porque cada vez que alguien muere nos quedamos atónitos ante la falta de interlocución, de complicidad, de disidencia.

Cuando alguien de la generación previa a la nuestra desaparece nos sentimos abandonados a nuestra suerte y a nuestra ignorancia. Y cuando alguien de nuestra propia generación nos deja es como que una puerta queda abierta para que los vientos entren y se lleven todo por delante. Queda un lugar vacante, una herida que tal vez nunca termine de cerrar.

Yo me había reservado, para esta semana, la historia de ese semi dios escandinavo que cayó muerto en el campo de combate para resucitar después de un cuarto de hora.

Pero nuestros muertos no son como Christian Dannemann Eriksen. Los nuestros se van del todo y para siempre y nos obligan a revivirlos de otro modo.

Lo que hay que hacer es encarnizarse en el empeño de sostener una mirada sobre todo lo que hicieron y el modo en que definieron el presente nuestro, cada uno desde su lugar, que no necesariamente coincide con el propio.

Y transmitir a quienes nos sucedan la obligación no de ver el mundo a través de los ojos de ellos sino de ver en lo que inventaron la posibilidad del salto hacia un futuro.

Juan Forn inventó, entre otras cosas, una literatura argentina que antes de la colección Biblioteca del Sur no sólo no existía sino que era insospechable. Horacio González nos regaló versiones memorables de nuestro pasado cultural, político, estético e ideológico.

Sé que la divisa de Simón Rodríguez que titula esta nota le gustaba a Horacio, pero a Juan también le sentaba.