sábado, 25 de noviembre de 2023

Menem lo hizo

Por Daniel Link para Perfil

El domingo pasado el PP entró en shock anafiláctico. Me refiero al Peronismo Paquete. Una amiga anunció desde su penthouse neoyorquino que no volverá al país. Otra, de doble apellido, manifestó su tristeza y la abrazaron virtualmente: “la acompaño en el sentimiento, compañera”. Las poetas feministas empezaron a promocionar la presentación de sus versos como actos de resistencia. No se sabe muy bien a qué, porque todos son rumores y presunciones; pero por si acaso, resistirán (cosa que no se les ocurrió hacer durante este año en el que los jubilados perdieron cerca del 30 % de sus ingresos y el acceso a la medicina se tornó dramática incluso para los afiliados a las mejores prepagas).

Yo, que no voté al actual Presidente Electro, prefiero darle el tiempo que necesita para empezar a realizar acciones verdaderamente repudiables, y enfrentarlas. Mientras tanto, me dedico a festejar que no ganó el candidato al que sí voté, el Sr. Massa.

Me dicen que en las oficinas los jóvenes de la generación de cristal preguntan cómo fue el menemato. Les veníamos diciendo desde hace quince días (porque en última instancia ambos candidatos habían bebido de las mismas aguas envenenadas del menemato) con una frase de la pedagogía patótica: “ya lo vas a entender”.

El menemismo estuvo en el gobierno durante diez años. El Sr. Menem fue votado (¡dos veces!) por la crema de la crema de la intelligentzia peronista, pero también por el común de los mortales. Como fue una de las presidencias más dañinas del último período democrático, casi nunca volvió a hablar de ese momento, salvo mediante oscuras metáforas como “el neoliberalismo”. El peronismo posterior tendió un manto de olvido e inventó una ficción que tachaba su propia complicidad con la venta de las empresas públicas, el cierre de los ferrocarriles, el tráfico de armas y los indultos de 1989 y 1990 a Galtieri, Camps, Videla, Massera, Lambruschini y Agosti, por citar a algunos.

Lo mal que hicieron. Hoy vuelve el menemismo, con todo sus tics y sus manías.

A los jóvenes acristalados corresponde decirles: chicas, ya no hay quien les diga que “machirulo” es una buena palabra. Las tienen que inventar ustedes. ¡A pensar!, que para eso les educamos.

 

viernes, 24 de noviembre de 2023

martes, 21 de noviembre de 2023

sábado, 18 de noviembre de 2023

Infancia y pensamiento

Por Daniel Link para Perfil

Nos convocan a una reunión universitaria en la que se discutirán políticas de investigación y mecanismos para estimular y fortalecer el desarrollo de proyectos. No se entiende muy bien por qué estamos en un salón con mesas modulares y sillas de colores, como de kindergarten, hasta que nos dividen en grupos de cuatro personas y nos hacen mover los módulos para crear células autónomas de razonamiento. Nos someten a una serie de preguntas estrambóticas que curiosamente, en mi equipo respondemos todos con la misma respuesta: necesitamos dinero, infraestructura, espacios (físicos y virtuales).

Cuando llega el momento de la puesta en común, el “consultor externo” contratado para la ocasión queda pasmado: en todos los grupos la respuesta ha sido la misma, para todas las preguntas. Le explicamos que los proyectos de investigación financiados por la universidad otorgan un subsidio que, al cambio de hoy, equivale a 30 (en el peor de los casos) o 90 (en el mejor) dólares anuales para todo el equipo que integra el proyecto (la inscripción a un solo congreso baratito ronda los 30 dólares).

Le contamos que en algunos centros ya nadie se presenta a esos proyectos por lo insustancial del subsidio y porque luego hay que enfrentarse con una burocracia que exige la devolución de algunas sumas porque un comprobante se perdió o estaba mal hecho.

Un geógrafo cuenta el caso de una geóloga (ah, la canción de la tierra) que, estando en el medio de una excavación, recibió un llamado pidiéndole cuentas por unos tres mil pesos (3 dólares) que no había rendido correctamente.

¿Se puede investigar sin inversión? Se nos preguntó cómo se puede aumentar la capacidad de captura de fondos. Lo sabemos perfectamente: presentándonos a convocatorias internacionales. Pero para eso también hacen falta recursos, porque cada una de esas presentaciones, que podrían traer cientos de miles de dólares o millones de euros a la universidad requieren de tiempo, precisión, talento. Agregamos a la lista de lo que hace falta: plata, espacios (físicos y virtuales), infraestructura, nombramientos.

Nos retiramos con la satisfacción de que las autoridades transmitirán al futuro gobierno nuestras necesidades, que serán escuchadas y resueltas.


sábado, 11 de noviembre de 2023

El rojo y el negro

Por Daniel Link para Perfil

Esta vez, el congreso al que fui invitado funcionaba en una poderosísima universidad católica en un estado conservador de los Estados Unidos.

No viene a cuento, pero me sorprendió el avance en los procedimientos migratorios (mi última estancia había sido en febrero de 2019). Ya no hay que presentar pasaporte ni visa. Basta con pararse frente a una cámara que accede de inmediato a nuestros expedientes. La pregunta a qué viene (“Congreso, Rubén Darío, poeta”) fue contestada con un gentil: “Adelante los poetas”. A la vuelta, la cámara registra la salida a la puerta misma del avión. Es como ser visto por el ojo sapientísimo de Dios.

Vuelvo al congreso. La Universidad de la que hablo fue fundada por católicos irlandeses y abrazó, como casi todo en los Estados Unidos, el gótico tardo-tardío (es decir: del Siglo XX). Del barroco, tan ligado a nuestra propia imaginación católica, ni noticias.

En cada aula, en cada salón, en cada dormitorio, había un Cristo en la cruz. Yo no pude resistirme y cometí el infantilismo de invertir el mío, como primerísima medida. Es que todo evocaba antes que a la religión a esas películas americanas de terror católico. Piénsese en El exorcista, cuyo carácter de obra maestra ha sido demostrado recientemente por Fernando Murat en su excelente libro Fábulas morales y soluciones extraordinarias o en cualquiera de las cachiruladas indigestas que pueblan las plataformas. Por supuesto, aquí y allá había grupos de monjas complotando (vestidas de Prada o algo así, elegantérrimas) y sacerdotes conversando en italiano o en alemán. Como era el fin de semana en que las familias visitan la universidad con candidatos a incrementar el número del claustro estudiantil (unos niños al mismo tiempo excitados y temerosos), sospechábamos que eran en realidad actores contratados para demostrar a esas familias (potenciales donantes de pabellones y edificios) el cosmopolitismo conservador de la Universidad.

Sobre un terreno gigantesco se desparramaban elegantemente los 136 edificios góticos y neoclásicos, ordenados alrededor de una avenida que conduce a la “Cúpula dorada”, el edificio principal de la Universidad, de estilo neoclásico (adecuado a las funciones administrativas que allí se desempeñan). A su costado izquierdo el estadio donde el equipo de fútbol americano (que descolla en la gran liga de equipos universitarios) celebra sus triunfos y llora sus derrotas.

Entre los muchos programas que la universidad ofrece, uno nos llamó la atención, cuando vimos trotar a un grupo numeroso de hombres (no muchachos) al grito de “Want be a man?”.

Es un programa de formación para oficiales del ejército. En esas pocas hectáreas, las vidas quedaban atadas a una u otra de las formas más conservadoras de imaginar el progreso.

Traté todo lo que pude de disimular mi condición de argentino, no fuera cosa de que se me asociara con el Papa, cuyo cultivo de la teología del pueblo, estoy seguro, sería aquí causal de hoguera o de cárcel militar. A la salida, en el aeropuerto, se me sometió a una terrible pregunta teológica: “¿Messi o Maradona?”

sábado, 4 de noviembre de 2023

Violencia de género

Por Daniel Link para Perfil

Que Misión Imposible (la última) es una película estúpida no hace falta subrayarlo porque de la estupidez obtiene su fuerza y su mayor ganancia. El archienemigo de Ethan Hunt es, esta vez (redoble de tambores) una inteligencia artificial dedicada con ahínco a corromper todos los sistemas operativos y a adueñarse del mundo. La llaman “la entidad” (porque es algo más que un ente, pero algo menos que un ser). Todo tiene siempre una solución sencilla, es decir: estúpida. Hay una llave (¡que tiene forma de llave!) que apaga a la entidad. A buscarla, pues, los buenos, para, salvar el mundo y los malos, para apoderarse de él.

Si una pelotudez así planteada no bastara, están los consabidos paisajes tan indicados para el ensueño americano: Roma, Venecia, no sé bien qué más. Son los lugares más trasheados por el turismo de masas, epidemia de la cual películas como ésta (o las 007) son cómplices activas.

Pero dejemos el asunto, porque en su versión Sentencia mortal (parte uno), Misión imposible revela también su maldad, su mezquindad, su paranoia identitaria.

En 2013 Rebecca Ferguson (1983) saltó a la fama con el papel de la reina Elizabeth Woodville, una viuda que se casa con el rey Eduardo IV en la miniserie La reina blanca, que vimos en su momento, sobre todo por la extraordinaria irradiación de Rebecca, cuya belleza es idéntica a la de Ingrid Bergman en su mejor momento (la actriz es medio sueca), en el papel de una advenediza que además es bruja.

Dos años después, ya estaba instalada en las más poderosas franquicias. Yo no sé cada cuánto tiempo se puede decir que “nace una estrella”, pero estoy seguro de que en los últimos diez años ninguna se compra con la Ferguson.

Misión imposible la incorporó en la quinta y en la sexta entregas (y, de hecho, la única razón para ver esas películas era su presencia). Ahora, en la séptima, no sólo decidieron matar a su personaje, Ilse Faust, sino que a la actriz la hacen aparecer en dos o tres escenas deslucidas sin parlamento alguno.

En una de las más reveladoras escenas, Ethan Hunt sube a un helicóptero y mira sucesivamente a sus amigos de siempre para notar, al final, la presencia de Ilse. Ella hace un gesto (los guionistas no la dejan hablar), como diciendo: “y sí, viste, todavía acá” y Tom Cruise contesta con una mueca desencajada, a mitad de camino entre el endurecimiento del botox, la tirantez de los hilos de oro y la incapacidad de actuar: un rictus de terror ante lo que no se puede poseer. Y el deseo de aniquilarlo. Eso es el Mal.