domingo, 8 de julio de 2007

Cirujeo

Es difícil hablar con objetividad de la última novela de Matilde Sánchez, El desperdicio (Buenos Aires, Alfaguara, 296 págs., ISBN 978-987-04-0700-3). No, objetividad no es la palabra, sino "distanciamiento", distancia crítica. Empecemos, pues, por algunas constataciones evidentes, "irrefutables". La prosa de Matilde Sánchez (salvo algún que otro desliz que habrá que atribuir a correctores incompetentes y no a su atención maníaca) es, en El desperdicio, perfecta y lujosa. La sintaxis canta, a lo largo de las páginas, los ritmos que la autora ha querido sacarle al lenguaje, como el artista que hiere la piedra con tal eficacia que se nos aparece como una materia que era blanda y nadie lo sabía. Matilde canta. Pero además, su canto se demora en dificilísimas escalas, arpegios, ritornellos: Matilde canta la canción de la tierra (la tierra herida) y, como tal vez nunca antes, su prosa entrega descripciones deslumbrantes que quitan el aliento. ¿Lección de Aira? Tal vez... No en vano se lo nombra. Lo que importa, en todo caso, es que nadie (en nuestra generación) escribe tan bien como Matilde. Lo que El desperdicio cuenta es un acopio de restos (desperdicios) de una vida y una época: un tránsito de lo privado a lo público de lo que no se sabe bien si la vida contada es "ejemplar" (la consecuencia típica) del período que va desde el final de los años setenta al 2001, o si la época no es sólo el sueño de una conciencia desdichada, desaprovechada. Un círculo se cierra; no, no se cierra: un círculo vuelve sobre sí en espirales cada vez más hondos, más hendidos en el tiempo. La hija de los ganaderos de antaño marcha a la ciudad, estudia Letras, brilla, vuelve al campo, un campo ya irrreconocible, enloquecido, donde el progreso parece haber encontrado su propio límite y todo es un "asalto del pasado". El eterno retorno (que no es el retorno de lo mismo) vacía los pueblos y embrolla la demografía con hordas de nómades y cazadores de liebres, y confunde los mapas con la aparición de lagunas repentinas y sus industrias asociadas donde antes había la oda al ganado y a las mieses. La hija de los ganaderos de antaño vuelve con ironía a un granero del mundo desbaratado por los vientos de la historia ("volveremos al trueque, vas a ver"). Se enferma y muere (no revelo nada que el libro no diga ya desde el comienzo; y si lo hago qué: la literatura es una revelación, pero en un plano diferente). La protagonista de este relato intensísimo (sólo relatos intensos son los que Matilde puede escribir, una vez que su mirada de Palas enfurecida y empeñada en ganar una guerra, no sé qué guerra, ha hecho foco, como puede observarse en la llameante fotografía de solapa) es Elena (o Helen, según las épocas) Arteche.
Para nosotros, testigos de lo mismo pero incapaces de la intensidad de Matilde (de su precisión cirujana, de su obstinación gallega), se trata de Mónica Tamborenea, la amiga querida cuya risa todavía extrañamos: "Pienso ahora si cada época no tiene su modo de reír, cada generación su musiquita, sujeta a las modas igual que los pasos de baile" (pág. 283). La musiquita de Mónica, su risa como cascada y esa pelera que, en efecto, pareció siempre una de "esas típicas pelucas hirsutas de las maricas de Carnaval".
Es imposible, para nosotros (y dejo el "nosotros" envuelto en una deliberada ambigüedad), leer El desperdicio con la necesaria distancia que la literatura quiere imponer a sus feligreses. Un amigo me cuenta que no ha cesado de llorar desde la primera página hasta la última y se pregunta si no hay algo obsceno en la recuperación de la memoria de una muerta para escribir la novela de la decadencia argentina. Otra amiga me dice que tal recuerdo que tenía ella de Monica, ahora, después del libro de Matilde, se le revela falso, o tal vez distorsionado por el tiempo: ¿cómo saberlo? En todo caso, lo que se nos viene encima es un duelo y la triste pregunta de velorio: ¿Mónica, desperdició su vida? ¿O es una vida otra cosa que el desperdicio constante de las horas? Hay cursivas a lo largo del libro que se quieren el testimonio de una obra inexistente (frases sueltas anotadas en cualquier parte, cartas, correos electrónicos, recuerdos de conversaciones): "cómo era posible que nunca, con todo su talento, con el brillo que tenía para nosotros, por qué nunca en la vida había conseguido terminar un libro. Un puto libro, dije exactamente" (pág. 267). La respuesta lacónica e irrefutable de la protagonista fue: "Será que no se dieron las condiciones materiales". Hay una distancia insalvable entre lo que la narradora reconoce en la protagonista como "la energía arrolladora de su autodestrucción" y esa falta de condiciones materiales, como si en un caso y en otro, la obra y la vida no significaran lo mismo. Se hace lo que se puede y no hay voluntad que pueda oponérsele a las turbias maquinaciones de la historia. Por otro lado, ¿en qué presupuestos depositar una confianza en la "obra" (propia o ajena)? ¿De qué ignominia o qué olvido nos salva el libro? ¿Qué es la memoria sino la letra de la musiquita (sintáctica) que reconocemos como la literatura? ¿Será que, en efecto, sólo la ausencia de obra es la locura?
No es fácil hablar de la última (majestuosa, soberbia) novela de Matilde con la distancia crítica que requeriría, porque en sus circunvoluciones estamos todos implicados. En ese sentido, El desperdicio es también una crónica, una "crónica de los años deshilachados". Aquí y allí, Matilde encuentra restos. Con los desperdicios de esos años (o con esos años que fueron puro desperdicio, no potlatch, no gasto, sólo acumulación de la basura), Matilde cirujea. Recicla. Escribe. Canta.

9 comentarios:

Diego dijo...

Me dieron ganas de leerla.

Anónimo dijo...

Si Matilde canta es que vos estás definitivamente sordo. Matilde usa una prosa absolutamente pervertida por el lenguaje de segunda que manejan los periodistas. No hace falta distancia crítica alguna para juzgar una literatura distante de lo humano, lo real, lo vivo. Matilde inventa un personaje que apenas si recubre con una fina gasa su sobreestimado y gigantesco ego. Y ni siquiera la conozco, sólo la he leído.

Anónimo dijo...

No acuerdo con anónimo. Creo que fui uno de los primeros en leer El Desperdicio, and I mean it. Es una gran pieza narrativa. No sé si lo que voy a afirmar significa algo pero Sánchez es hoy una de las mejores escritoras en idioma español. Digo no sé si significa algo porque el nivel es paupérrimo, lamentablemente. Pero de lo que estoy completamente seguro es que hay pocas personas que sean tan precisas en el arte de narrar como Matilde Sánchez. "El desperdicio" descolla en argumento, trama, personajes, diálogos e improvisación. O sea, en todas las variables claves o "fundamentals" narrativos que deben examinarse a la hora de hacer una crítica seria y objetiva. (Dígalo Link, ob-je- ti-va; el objeto no ha muerto, sigue vivo y goza de muy buena salud.) Saludos.

alucinita dijo...

Leí la novela este fin de semana, sin poder apartarme del libro -de la ficción, mejor dicho- ni un segundo. Ya en El dock me parece que Matilde brillaba con una voz exquisita y muy personal en la literatura argentina. El desperdicio es arrolladora y sutil, donde la vida y muerte de Elena Arteche (la verdad, no importa a los lectores si existió o no bajo otro nombre) es también la crónica de poco más de 20 años de la Argentina reciente, sin apelar a clichés del archivo periodístico. Es también una novela de amor sobre la amistad. Yo recordé a una amiga que murió muy joven, que era una historiadora brillante y que reía y hacía reír como nadie en este mundo. La prosa de Matilde sabe instalarse y habitar en los lectores, es capaz de impregnarlo todo.

Dardo dijo...

Es incríble. Escribo crítica desde hace diez años; fui alumno de Mónica en la Universidad de Mar del Plata y no puede dejar de leer la novela desde una perspectiva obsena. No pude dejar de emocionarme y llorar todo el tiempo. La última vez que comí con Mónica fue en el año 200o o 2001 en un Congreso de didáctica que se organizó en Mar del Plata. Y si bien se habló de Willi y de su vida, en realiadad fue una tarde en mucho tiempo de no saber nada de ellá a quien quería muchísimo y que sin lugar a dudas fue muy importante en mi vida.
No puedo dejar de pensar en el libro en término de constatación de la realidad y me pregunta cuanto de verdadero hay en este relato que sólo leo como una carta de noticias. Si alguien tuvo contacto asiduo con Mónica en los últimos años me gustaría intercambiar unos mails. Gracias.
dardonahuel@yahoo.com

MARCELO VALIENTE dijo...

Conoci a Monica Tamborenea Y a su hermana Marcela hace algunos años, en los tiempos que fui pareja de una amiga de ambas. Hace un tiempo atras, y en un dialogo casual con Nora, mi pareja de aquellos tiempos me entero que ambas habian fallecido. Me inundo una gran tristeza, ambas eran seres de luz. Me reia mucho con Monica. Estoy seguro que no desperdicio su vida, si fuera asi no estariamos hablando de ella aqui. Monica Y Marcela, donde esten, quiero decirles que he tenido el placer de haber compartido un cachito de vida con ustedes, por lo demas no se ocupen, un libro lo escribe cualquiera. Que descansen en paz.
Marcelo Valiente

Gloria Hernandez dijo...

Conoci a Monica Tamborenea y fue sin lugar a dudas un icono en mi vida. Fui una de sus ultimas alumnas con solo 13 años y en tan solo un año que compartimos aprendi no solo literatura, sino lo importante que es ser transparente y buena persona. Te llevo en el corazon siempre...

Gloria Hernandez dijo...

Conoci a Monica y fue sin lugar a dudas un icono en mi vida.
Fui una de sus ultimas alumnas en Pirovano,con solo 13 años, y solamente un año compartido no solo me enseño literatura,sino tambien me formo como persona. Siendo ella un ejemplo para mi.
Hoy con 22 años me atrevo a decir que si no llego a terminar un libro es porque la vida a veces es muy injusta,pero tambien se que Monica dejo su huella.Por lo menos en mi.
Te llevo en el corazon siempre

Anónimo dijo...

Creo que Matilde Sánchez hace un homenaje a Mónica a partir del desperdicio en clave anticapitalista. Una mente capitalista no tolera el desperdicio, todo vale, todo cuesta, todo debe producir. En tal caso, si algunos entienden como afrenta la sugerencia del desperdicio de una vida, la de Mónica, tal vez podrían pensar el desperdicio como el gesto de lo que no puede ser valorado en términos de mercado y por lo tanto se puede dar el lujo del desgaste inútil. Como el erotismo, como la muerte, a contrapelo del sistema porque no producen nada intercambiable.