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sábado, 18 de abril de 2026

Crítica viva

por Daniel Link para Perfil

Todo es asqueroso. Adorni, la carne de burro que se vende en Chubut, el desmantelamiento de las universidades públicas, el deterioro cognitivo de la ciudadanía argentina, el triunfo del dinero como único patrón de evaluación, de crecimiento, de felicidad, la corrupción judicial, en fin: lo que se llama “costo de vida”.

Abandono la enumeración. Me concentro en dos libros que sostienen dos vidas, cuyos costos se miden en intensidades afectivas, no en dinero.

El primero que llegó a mis manos es Estanterías ajenas de Nora Catelli, inscripto en la colección Lector&s de Ampersand. El libro es delicioso en general, pero lo es en particular por la forma en que piensa el recuerdo de las lecturas. A partir de “nociones de la psicología vulgar: los libros evocados serían aquellos que forjan la personalidad, delinean el carácter... Son nociones que vienen de los humores clásicos”. Nora decide apartarse de tal camino para pensar solamente las insistencias (lo que insiste, significa) y recurrencias. El libro se lee como oro en polvo y permanece como tal, esparcido sobre nuestros torpes pensamientos, para mejorarlos.

El segundo es Amigos (Eterna Cadencia) de Sylvia Molloy, cuyo título recuerda al reciente Amistades de Giorgio Agamben (que elude, sin quererlo pero significativamente, la declinación de género). El libro de Molloy ha sido editado por Adriana Amante, quien ha transformado lo que habitualmente serían notas al pie en una monografía que sitúa los textos de Molloy y las referencias con precisión y generosidad. Los textos de Sylvia y sus comentarios ocupan 130 de las 430 páginas del libro. El resto son cartas (éstas sí con notas al pie) a cual más jugosa. De Molloy a (o para Molloy): Cozarinsky, Victoria Ocampo, Pepe Bianco, Murena, Ivonne Bordelois, Manuel Puig, Enrique Pezzoni, Severo Sarduy...

Las cartas reponen una sociabilidad y un ambiente afectivo, pero también una red de relaciones intelectuales e, incluso, institucionales (la lengua es una institución). En varias de las cartas es tedioso (por no decir irritante) el intercambio de idiomas, que dice mucho sobre una forma de cosmopolitismo de época (las cartas de Victoria Ocampo carecen de ese vicio).

Amable corresponsal, Sylvia se deja atrapar por el estilo epistolar de sus interlocutores (lasí operan los ambientes estilísticos). A fuerza de elegir algunos intercambios, me quedo, muerto de risa, con los de Manuel Puig y Enrique Pezzoni.

Los dos libros nos devuelven, para citar a Molloy, “una crítica viva, que es la única que merece la pena”.

domingo, 21 de diciembre de 2025

No se vende en boutiques, tampoco en quioscos....

 Pero está al alcance de todas....


Aquí, la versión preliminar, oral, sin acabado final
 

 

 

 

sábado, 6 de diciembre de 2025

El libro amigo

Por Daniel Link para Perfil

Sólo leo, a esta altura, los libros que publican mis amigos, de modo que mi selección nunca se corresponde con un diagnóstico.

La amistad es un vínculo imaginario y se sostiene apenas en algunas inclinaciones que a veces son imperceptibles, e incluso evanescentes. Cuando digo amigos me refiero a personas que no sólo respeto intelectualmente sino por las que siento alguna forma de afecto personal. Toda relación libresca, a final de cuentas, responde a esa misma lógica. Todos los años que leí a Kafka, ¿no lo hice como quien trata de entender los caprichos de alguien que quiere?

Libros que he leído últimamente: Pensar después de Gaza de Franco Berardi, un diagnóstico sombrío pero sumamente necesario de una de las mentes más lúcidas de Europa. Bifo cree, con una posición muy punk, que no hay futuro para la civilización después de que Gaza se convirtirera en una reproducción minuciosa del campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau.

Oreja madre de Dani Zelko hace juego con el libro de Bifo. Habla de lo mismo desde una posición interior al ser judío. ¿Cómo se procesan la guerra y el exterminio cuando se es la coartada de esos procesos de aniquilación? Quisiera subrayar, sin embargo, otra cosa: lo bien escrito que está escrito el libro de Dani, lo que suma a su indagación conmovedora un plus de verdad. Ese libro está ahí para siempre.

Digo “bien escrito” y me doy cuenta de lo subjetivo de esa apreciación. Raúl Antelo me regala Modernismos múltiplos, su último libro en portugués. ¿Escribe bien Raúl? Su prosa está siempre trabajada como una joya de brillos enceguecedores. Las ideas de Raúl (sobre tradición y ruptura, sobre concepto e imagen, sobre modernidades y políticas), muy torsionadas por el dispositivo, son tantas y todas tan atractivas que dentro de cinco años apareceran en todos los libros de teoría que se publiquen (aunque los autores de esos libros pretendan negarlo).

La merma de María Moreno (desde ya, uno de sus libros mayores) también pone en escena la escritura, ese aferrarse ciego a lo único que importa: “Había sucedido una hecatombe y yo quería llegar al final de mi frase”. María cree que después del ACV su prosa perdió en calidad poética, visual (“excesos barrocos”) y que ha ganado en transparencia. Se equivoca: su prosa es más filosa que nunca, lo que la vuelve un arma todavía peligrosa. Ya no es culterana, pero sigue siendo barroca a la manera conceptista. Retuerce los conceptos, que se arrastran como personajes de Beckett, hasta volverlos irreconocibles.

Devoré Prueba de cámara de Andrés Di Tella, que es el cuento de su vida (o de una media vida suya). Está muy bien escrito y pone justamente a la amistad como un enigma imposible de resolver, o como un fracaso incomprensible. Las idas y vueltas del relato (así es la vida) permiten interrogar nuestros propios centros ciegos.

Yendo de Analía Couceyro es un prodigio inesperado. Ella lee e interpreta chats que lee en el transporte público, como un vicio del que trata de salirse. Por suerte, no lo consigue.

 

viernes, 14 de noviembre de 2025

jueves, 14 de agosto de 2025

Gracias, Diego

Un buen entrevistador hace hablar hasta al más necio..... 

jueves, 31 de julio de 2025

Se va la segunda!

 


jueves, 24 de abril de 2025

Dicen que...

Reseña de Clases

por Andrés Tejada Gómez para Otra parte

En Clases. Literatura y disidencia, Daniel Link se sumerge en la literatura del siglo XX desde una perspectiva crítica que desdibuja los límites de la disciplina académica tradicional. A partir de una escritura a la vez erudita y provocadora, propone una lectura que vincula la literatura con los discursos de la disidencia, lo queer y las figuras de lo monstruoso que han delimitado el pensamiento contemporáneo.

Sabemos que Link es considerado un profesor pop por su capacidad de reflexionar sobre diversos aspectos de la cultura en general, y que cada uno de sus análisis se expande a través de algún punto de fuga, brindando sentido allí donde sólo hay opacidad. No se limita a interpretar textos, sino que despliega una forma de lectura que es, en sí misma, un gesto político. Su escritura se aleja de la crítica tradicional para convertirse en una suerte de ensayo performático, donde el pensamiento y el deseo se cruzan en constante movimiento. Siguiendo la estela de Foucault, Benjamin, Agamben y extenso etcétera, entiende la literatura como un espacio de resistencia frente a los dispositivos de normalización. Así, su lectura de autores como Kafka, Beckett, Burroughs, Artaud, Pasolini, Copi, Pajak o Fitzgerald no se limita a un análisis estilístico o formal, sino que explora las tensiones entre poder, subjetividad y lenguaje. En este sentido, Clases no es un mero ensayo sobre literatura, sino un manifiesto que reivindica la experiencia literaria como un campo de batalla en el que se disputan las nociones de identidad, género y disidencia.

Uno de los ejes más potentes del libro es la noción de monstruo como figura central del siglo XX. En sintonía con las lecturas foucaultianas, Link entiende al monstruo no como un ser aberrante en términos biológicos o morales, sino como una categoría política que revela los límites de la normatividad. Kafka y Beckett, por ejemplo, son abordados desde esta perspectiva: sus personajes suspendidos en un tiempo sin certezas encarnan el fracaso de la subjetividad moderna y la imposibilidad de anclarse en un sistema de significación estable. Por su parte, Burroughs aparece como un escritor que lleva la disidencia al extremo: su obra es una disolución radical del sujeto, una experimentación con el lenguaje como arma contra el orden discursivo dominante. En este punto, Link se alinea con Benjamin al entender que la literatura del siglo XX es un campo de ruinas, un espacio donde lo inhumano y lo fragmentario desafían cualquier intento de totalización.

Sin aparecer constantemente mencionada, la presencia de lo queer no se reduce en estas clases a una categoría identitaria ni a una reivindicación de la diferencia sexual. En cambio, se despliega como un dispositivo de lectura que desestabiliza cualquier forma de fijeza. Link no pretende clasificar —más bien el texto es una lucha por exponer la arbitrariedad de las clases y las clasificaciones— a los autores en términos de su orientación o identidad, sino leer sus obras como actos de disidencia frente a las normas que rigen el deseo, el lenguaje y la subjetividad. Su trabajo resuena como un síntoma donde lo queer no es una esencia sino una práctica de resistencia frente a los regímenes de inteligibilidad.

Clases. Literatura y disidencia es una obra potente para comprender la literatura del siglo XX desde una óptica que no sólo la analiza, sino que la interviene críticamente. Link nos recuerda que leer es, en última instancia, un acto de resistencia, y que la literatura, cuando se la aborda con intensidad, puede convertirse en un campo de lucha contra los poderes que intentan domesticarla. “Leer bien es relacionar lugares lejanos”, escribe. Se trata entonces de una intervención activa en las formas en que el poder captura la vida. En este sentido, la literatura no es sólo un testimonio, sino una forma de insurrección.

 

 

 

Preguntan si...


"Defino el arte como una experiencia"

por PABLO DIAZ MARENGHI para La agenda revista

¿Qué tiene en sus manos el lector frente a un ejemplar de Clases. Literatura y disidencia, de Daniel Link? Veinte años después, vuelve a las librerías el primer tomo de la trilogía crítica definitiva del docente, crítico y escritor quien tuvo a su cargo durante 34 años la cátedra de Literatura del Siglo XX de la Carrera de Letras de la UBA y se retiró con una lección final que puede verse en YouTube y pronto será libro.
¿Pero es acaso un libro sobre literatura? ¿Es un compendio de lo mejor de sus cursos? Sí y no. El lector avezado tal vez tenga cierta presunción por haberlo leído en su Literatura argentina, cuatro cortes, sus exquisitas memorias lectoras editadas (La lectura, una vida; Ampersand), su ensayo sobre Copi o su ficción –su novela Los años noventa sintetiza, tal vez mejor que ninguna otra, el pulso de una época –.El lector desprevenido quizás se sorprenda por el sistema de citas, lecturas cruzadas, la mirada, el paladar refinado pero sin esnobismo, la elegancia de la prosa y la precisión de sus hipótesis.
De la mano de la misma editora, Leonora Djament, que publicó este libro bajo el sello Norma y hoy lo relanza en Eterna Cadencia, estos textos forjan un canon. Un modo de leer, sentir y pensar. Link pone a dialogar en la misma mesa a Herman Hesse, con Kafka y la saga de Star Wars; Theodor Adorno y Rodolfo Walsh hacen tablas en una partida de ajedrez imaginaria con una película de Derek Jarman de fondo. Su modo de hacer hablar a los objetos que analiza es único: bebe de las aguas de la filología, disciplina que estructuró su pensamiento, pero se revitaliza con su propia brújula estética y personal.
Este volumen funciona como el inicio de una trilogía que continuó con Fantasmas. Imaginación y sociedad (2009) y cierra con Suturas. Imágenes, escritura, vida (2015). Es, también, una clase magistral sobre la potencia significante del Siglo XX; sus aciertos, sus deudas y sus hazañas. Link, en diálogo con La Agenda del otro lado del Atlántico, se hace un tiempo para expandir sus propias inquisiciones alcanzando nuevas definiciones como esta: “La cultura pop es un instante de peligro de las normas culturales y, sobre todo, la industria cultural”.
 
(sigue acá)

 

Preguntan si....


Mi propia historia queer

por Laura Isola para Perfil Cultura

“¿Qué es mi vida sino una sucesión de lecturas (mejor o peor hechas), que se enhebraron un poco por coacción, otro poco por azar, en todo caso por método?”, se pregunta Daniel Link en la Introducción a La lectura: una vida… que publicó en Ampersand en 2017 y fue editado en francés por Gallimard en 2023 con traducción de Charlotte Lemoine. Con esta afirmación como interrogante es posible leer gran parte de la obra de este escritor, pero en particular la reedición de Clases. Literatura y disidencia, veinte años después.

Veinte años no es nada, canta el verso del tango, aunque en esa sucesión de lecturas que lo configuran como lector pero también leer como sinónimo de analizar, hay obsesiones. Por lo menos, una o dos: “¿Cuántas ideas se pueden tener en la vida? Yo creo que los deseos de escritura suelen estar atados a una “idea rectora”, a lo sumo dos. Todo lo demás viene por añadidura o por derivación. Tenés razón, una de mis grandes obsesiones es la literatura como experiencia. Por supuesto, también se la puede trabajar como institución, como mercancía, pero me parece que a mí me interesa más la relación intensa entre la escritura y la vida.”

En ese sentido, le gusta pensar en “términos de largo aliento porque sé que no puedo abandonar las ideas que tengo como abandono los libros que ya escribí. Finalmente, estamos escribiendo siempre el mismo libro. En este punto no soy nada original, porque Borges sostuvo una perspectiva semejante. La literatura es una fuerza que nos arrastra, no sabemos bien a dónde. Y por eso no se puede separar la escritura de la lectura. Comparten un mismo estatuto y el mismo arrebato. Cuando empecé a escribir Clases. Literatura y disidencia, no sabía que iba a tener compañía. Pero ya cuando revisé las pruebas me di cuenta de que había tocado apenas la superficie, de que había explicado el presente, pero que no había explorado los mil pliegues que hay en el presente. Y por eso decidí que Fantasmas y Suturas iban a ser necesarios.”

(sigue acá)

 

 

sábado, 8 de marzo de 2025

Una artista del hambre

Por Daniel Link para Perfil

Querida Beatriz, nunca había imaginado que iba a leer tu último libro en tu ausencia (creo que, vos sin embargo, habías previsto esa circunstancia).

No entender me sumió en una tristeza abismal, por el tono de profunda amargura y porque no te reconocí, o vi a la Beatriz que yo conocía aplastada por un personaje unidimensional, muy diferente de aquella persona que venía a comer a mi casa, con la que hablábamos de gatos y de películas, de política y de viajes.

Por supuesto, esperaba de tu libro muchas más “revelaciones” que las que, en definitiva, terminás entregando. “Revelaciones” en el sentido de pliegues de experiencia que funcionaran como pormenores lacónicos que hicieran juego con los que yo conocí (de manera directa o indirecta) mientras duró nuestra amistá. No dedicás ni una página a tu experiencia en la Facultad de Filosofía y Letras y muy pocas a tu relación con la literatura argentina.

No entender es un libro mezquino: no tanto con el lector, sino con vos misma. De tu pasado seleccionás fragmentos que carecen de la intensidad y el poder de evocación de Viajes. Doy un ejemplo: tu relación con tu padre está bastante detallada pero de la relación con tu madre queda sólo un chiste, “madre idiota”, que no alcanza para entender ese nudo gordiano. Seguramente es un ajuste de cuentas, pero quienes leemos quedamos afuera.

En tu versión, la infancia (en general) es sólo un intervalo del que es necesario salir cuanto antes. Ninguna verdad en las experiencias o saberes de infancia (“vivía en la luna, ese helado satélite que es la infancia, donde no se entiende nada ni nada se conoce”).

La niñez como el paradigma del “no entender”, del no saber y del no poder. En un libro que se dedica a desplegar la formación de un gusto y sólo eso, la infancia no tiene espacio posible y es apenas el trampolín para empezar a definir el gusto, que deja de ser objeto de una sociología para convertirse en predicado de una voluntad (“el buen gusto resulta de un largo y terco trabajo”).

Desde el comienzo mismo, salís de la niñez con una convicción “moderna” más bien abstracta que aplicás sin misericordia, apoyándote en saberes que te vienen de los otros. Pero incluso en esas apropiaciones, no queda clara la razón de la serie. Es tan obvio que se adopten los gustos de las personas con las que se convive como decir que las parejas, con el correr del tiempo, terminan pareciéndose físicamente. Esa banalidad no sirve para nada. Lo que falta decir, en esas relaciones en las que se forma el gusto (que en tu caso, nunca se trans.forma) es por qué te quedaste con la arquitectura “moderna” de una ex pareja y con el jazz de otra, por ejemplo.

En tu libro aparecés como una figura trágica de alguien que cumple un destino, sin que haya crecimiento alguno (eso sería una trans.formación) sino acumulaciones y acentuaciones cada vez más definidas. Warhol, en un libro que me gusta mucho, dice de su interlocutor: ““tiene un gusto extremadamente definido. Lo cual creo que está mal porque limita su poder adquisitivo”.

El eclecticismo, tan característico del Siglo XX, nunca estuvo en tu horizonte. Es muy posible que una persona que haya abrazado la causa moderna en arquitectura bien pueda sostener un gusto (incluso perverso) por alguna cumbia. O que un músico de vanguardia guste del cine chatarra.

En tu caso, todo funciona en bloque, sin fisuras, con una definición extremista.

No entender es un libro sobre tu gusto, que yo no compartí. Confesás que, desde siempre, preferías cualquier bodrio moderno a las escaleras de la Biblioteca Laurenciana. La referencia es injusta, porque en 1476 Alberti hizo la casa del Mantegna, que anticipa toda la arquitectura ante la que caes rendida.

Al principio del libro hacés una analogía entre lectura y deglución (“la escuela donde hice primaria y secundaria ofrecía una buena provisión de alimentos tan variados como dispersos”). Retengo esa referencia porque alguna vez me dijiste que tenías un trastorno alimentario: te olvidabas de comer. Y cuando comías en casa, lo hacías como un pajarito.

Tal vez eso esté en el principio de la formación de tu gusto, que responde sobre todo a un ansia, un hambre desmedido. “Vivía hambrienta”, decís de aquella niña. Y lo mismo podría decirse de la persona que construís para dar cuenta de un gusto insostenible.

Te extraño, Beatriz. No sos vos la de este libro.

jueves, 23 de enero de 2025

lunes, 20 de enero de 2025

sábado, 31 de agosto de 2024

Bolaño, mi desconocido

por Daniel Link para 266


¿Te creíste que ibas a poder zafar de Bolaño? ¿Te creíste que el
novelista de la segunda persona iba a olvidarse del encargo que te
hizo? ¿Qué te hizo? ¿Qué te hizo Bolaño que nunca lo leíste? ¿Alcanza
con decir que no sos experto en literatura hispanoamericana como
para tacharlo de tu lista? ¿O crees que podés refugiarte en el hecho
de que Bolaño salta a la fama a finales del Siglo XX y eso, de alguna
manera, lo arroja fuera de tu corte temporal? ¿Vas a querer justificar
tu indiferencia hacia Bolaño en una arbitrariedad cronológica?
¿No fue acaso que el triunfo de Bolaño viniera de la mano
de Anagrama lo que te hizo sospechar de inmediato? ¿No fue el uso
de los verbos al comienzo de Putas asesinas lo que te desalentó para
siempre: “cogí un taxi al que ordené que se detuviera antes porque
quería pasear un poco”? ¿”Coger” un taxi? ¿”Ordenar” al taxista? ¿Y
no fue acaso su prosa plúmbea, plagada de ripios, lo que te impidió
siempre pasar de la primera página?
¿O fue su heterosexismo lo que te impedía leerlo? ¿No
contradice ese prejuicio tuyo la dedicatoria en Los sinsabores del
verdadero policía
: “A la memoria de Manuel Puig y Philip K Dick”? ¿O
vas a decir que esa misma dedicatoria póstuma es lo que te parece
más sospechoso? ¿No es precisamente en contra de la clasificación
que allí propone Bolaño que armaste la tuya? ¿No has repetido que
Proust pertenece a las locas, Joyce a los paquis irredentos y Kafka...?
¿A quién le pertenece Kafka?
¿A quién le pertenecerá Bolaño, quién se sentirá interpelado
por su literatura? ¿A la casta de escritores-estratega? ¿A los cultores
del realismo latinoamericano? ¿A aquéllos para quienes el lenguaje
es sólo un vehículo para transmitir ideas de mediano impacto?

 

sábado, 6 de abril de 2024

Las hijas de Hegel

por Daniel Link para Perfil

Se presenta hoy el Teatro proletario de cámara de Osvaldo Lamborghini, que la editorial nudista preparó en una edición “democrática” o “popular”, en varios tomos de precios accesibles. La edición estuvo al cuidado de Agustina Pérez, Omar Genovese, Miguel Vega Manrique y Martín Maigua. El tomo 1 lleva además textos de Milita Molina y Alfredo Prior.

Hay una página perdida en el fárrago del Teatro que comienza con una cita enn alemán del comienzo del Cuarto Evangelio, conocido como Evangelio de Juan (“Am Anfang / war das Wort". Esa cita y el resto, lo que está fuera de las comillas, forman el poema “Das Wort” (“La palabra”) de Rose Ausländer (1901-1988), amiga de Paul Celan, a quien conoció en el guetto de Chernivtsy. Celan usó, en su célebre “Todesfuge”, la imagen “negra leche” que Ausländer había incluido en un poema publicado en 1939.

Los materiales del Teatro Proletario de Cámara constituyen, antes que una obra, un archivo intervenido: la pornografía allí recopilada brilla casi siempre tachada, como aquello que hay que olvidar después de haber leído (después de haber visto).

Una de las preguntas que deberían hacérsele a ese archivo es por las fuerzas que han hecho coexistir en su seno escenas fotográficas de sexo explícito de la década del setenta con fragmentos de discurso político argentino y con un poema firmado por una poeta judía que eligió como seudónimo el apellido de su primer marido, Ausländer (que significa “extranjeros”).

Debemos a César Aira un primer ordenamiento de esas piezas, así como la edición de su obra dispersa. A Valentín Roma le debemos las primeras muestras a partir del Teatro proletario de cámara, a UNTREF la digitalización de ese archivo y a la editorial nudista, ahora, la publicación local de esas páginas abrumadoras.

César Aira termina el prólogo a Novelas y cuentos con esta anécdota: “Osvaldo conocía a Hegel principalmente a través de Kojéve, a cuya interpretación adhería a la vez que no se tomaba muy en serio (la misma ambigüedad tenía con Sartre, en cuyos libros encontraba, quién sabe por qué, una cantera inagotable de chistes). Pero también había leído a Hegel, y la última vez que lo vi, el día que se marchaba a Barcelona por segunda vez, tenía en las manos las Lecciones sobre la filosofía de la historia; lo había
elegido para leer en el avión, cosa que me explicó así: lo había abierto al azar, en una librería, y advirtió que en esa página casual Hegel hablaba de... Afganistán. (¡Afganistán, Afganistán!). Eso le bastó.”

El relato coincide con el escrutinio de la biblioteca lamborghiniana realizado por Valentín Roma, quien concluye: “Por último, vemos todo Freud, distintos textos de Kristeva, Lacan y Masotta, acompañados del inevitable La revolucion sexual (1936) de Wilhelm Reich y del imprevisto Escupamos sobre Hegel (1973) de Carla Lonzi.”

Por supuesto, esa lectura “de aeropuerto” es tan decisiva para entender el Teatro proletario de cámara como la posición feminista de Lonzi, que había ya destruido los transcendentales de género.

Ahora bien, la pregunta sería: ¿Qué pasa cuando la “obra” lamborghiniana confronta la palabra (que es el tema obsesivo de su escritura) con las imágenes, como sucede en el Teatro proletario de cámara? Es decir: ¿qué sucede entre lo imaginario y el reino del símbolo o en la fricción que entre ambos se produce?

Las escenas sexuales del Teatro proletario de cámara están, todas ellas, intervenidas, tachadas, suspendidas en su efecto y además se dejan llevar por la locura proliferante que arrastra a la escritura. Salvo una, la lámina que funciona en el Teatro como entrada a la obra “literaria” de Lamborghini: la lámina del Cloaca Iván, protagonista de una “novela introspectiva” escrita en a mediados de la década del ochenta. Las notas de los editores del Teatro consignan ottras apariciones en Poemas y OL inédito.

La escritura y la imagen hacen allí juntura y la escritura de Lamborghini se limita a caligrafiar la carne de Iván, a delinear su barbilla, sus tetillas, su ombligo, su verga.

Contra la proliferación insensata de lo imaginario, el Cloaca Iván (y su verga rompeportones) establecen un orden y un principio de identificación o de distancia. Eso es la Aufhebung hegeliana o la Verneinung lacaniana, aplicada por Lamborghini tanto a su relación con el Martín Fierro como al Cloaca Iván. “Lalo Cura”.


viernes, 5 de abril de 2024

Invitación

 

Presenta: Daniel Link. Lectura incomparable a cargo de Fernando Noy. Invitada especial: Ana María Chagras. Editores: Omar Genovese, Agustina Perez, Martín Maigua, Miguel Vega Manrique (eds.)  

 

sábado, 9 de marzo de 2024

Vidas de María

Por Daniel Link para Perfil

¡Para qué se me habrá ocurrido mandarle una autofoto (¡yo, que detesto hasta la sola idea de la “selfie”!) leyendo su libro recién recibido! Lo primero que me reprochó fue mi seriedad: “esa cara de culo quiere decir que no te gustó”. Lo segundo que hizo fue postear la foto en Instagram (¡red de narcisistas irrecuperables!) y el informe diario de “likes”. “Ya llegamos a cuatrocientos”.

Obviamente, esa tortura cotidiana era una demanda de lectura (cosa que iba a hacer, por deseo y necesidad). Pero lo que precipitó los acontecimientos fue una segunda foto de mí leyendo su libro acostado en un camastro marplatense. “Es un vago” mandó a comentar a una de sus esbirras para apurarme.

Pues bien, leí Pero aun así de María Moreno. Por supuesto, la “Introducción” reproducía muchos de nuestros diálogos, pero sin mis respuestas. Se queja de que ahora escribe con un solo dedo. Yo le había contestado “tanta diferencia no hay: antes escribías con solo dos”. Deplora el resultado de “letras comidas, palabras intercaladas”. Es lo que sufrí durante una década, cuando fui su editor en Página/12 (la contraparte es la admiración por un pensamiento que avanza más rápido que la propia capacidad de escritura).

Lo más importante del libro último de María Moreno es que abre una nueva habitación que sabíamos que estaba ahí, pero que María había ocultado con perversidad: “leo sin claves teórico-críticas”, dice todavía, cosa que la primera sección de Pero aún así desmiente categóricamente. Para mí es la parte más bella (más inesperada) de un libro todo él precioso: ahí María lee literatura puesta bajo el dominio de los nombres de mujeres. Es como un seminario condensado y yo, que cuando coincidimos alguna vez en San Francisco me quedé con ganas de escuchar sus clases, disfruté de cada capítulo como un alumno analfabeto en vastas materias mundanas (por supuesto, como María Moreno no acepta ningún elogio mío como tal, en páginas futuras evocará estas palabras para negarlas de plano).

Pero aun así quiere decir varias cosas al mismo tiempo: que, incluso cuando lo ficcional y lo autobiográfico se confundan, María quiere que en cada una de sus líneas, aun así, se lea que “esta soy y esta es mi vida”.

Superpongo a esa sabia consigna otra: aunque la literatura soporte el desprestigio de las causas perdidas, aun así leerla permite constatar que “mi vida” está entretejida con otras y forma parte de un comunismo vital que hoy más que nunca nos conviene sostener. Nuestras vidas en común, Moreno, qué felicidad.

 

sábado, 13 de mayo de 2023

Un libro de verdad

Por Daniel Link para Perfil

¿Cuántas literaturas hay? Tantas como se quiera, porque la multiplicidad es no sólo un régimen de visibilidad sino también una aventura ética. Pero admitamos que nunca hay una literatura sin otra, que es su sombra (o la sombra de esa sombra que es la literatura legible, comprable y consumible): la literatura que querríamos escribir o en la que querríamos vivir, porque qué sentido tendría establecer una distancia cualquiera entre escribir, vivir y pensar.

Acaba de aparecer un libro que se propone (igual que la máquina kafkiana) como un artefacto singular. Su título es Disco Wilcock, fue escrito por Manuel Ignacio Moyano Palacio y editado por Tren en movimiento (Matías Raia).

Bellamente escrito, Disco Wilcock reúne una serie de fragmentos (“temas”, digamos, dado que la disco es su horizonte) sobre Juan Rodolfo Wilcock. Se lee con la urgencia y la alegría de quien ha recuperado algo que creía perdido para siempre.

No es un libro académico, ni tampoco una novela. Es la historia de alguien que decidió vivir (siquiera por un rato) a la sombra de Wilcock y que nos cuenta cómo fue esa temporada en el infierno.

En alguno de los fragmentos del libro se examina un caso policial. La resolución dice con todas las letras: “El asesino es Adolfo Bioy Casares”.

Bioy Casares es un nombre de esa literatura para la cual hay una patria. La patria en la que un libro como el de Manuel Moyano puede existir reconoce otros nombres: Pablo Farrés es uno de ellos. La diferencia es tan obvia.... Pero hace falta subrayarla. Los libros como los de Manuel Moyano (o Wilcock o Calasso) no son cosas, son una experiencia.

 

sábado, 6 de mayo de 2023

El capricho gay

Por Daniel Link para Perfil

Mariano López Seoane acaba de publicar Donde está el peligro, un libro luminoso (organizado en ocho pasos) sobre las estéticas de la disidencia sexual que es, al mismo tiempo, un tratado de ética futura, para cuando se acaben los fascismos heteronormativos y los stalinisimos sexogenéricos. Leemos: “Desde múltiples costados se nos dice que el placer es algo que no puede anteponerse al deber, al bien, a lo correcto. Se nos dice desde la derecha más recalcitrante, se nos dice desde el catolicismo, pero también se nos dice desde la izquierda bienpensante. Me pregunto cuál sería el sentido de escribir un libro que tiene que ver con nuestras estéticas, y por tanto con nuestros deseos, nuestros afectos y nuestros placeres, a partir de ese mandato. No quisiera perder tiempo respondiendo. Las invito, en cambio, a recorrer mi galería de caprichos.”

Sobre todo en la frase final encuentro la clave para leer un libro destinado a quienes comparten con Mariano una sensación sobre el mundo: la perplejidad respecto de la normativización correctiva de la disidencia (sexogenérica). Donde está el peligro, pues, se revela como un enunciado doble, que tanto apunta a los regímenes patriarcales como a las nuevas comunidades sexo y género-disidentes, a partir de una cita tomada de un poema de Hölderlin: “Allí donde está el peligro / Crece también lo que nos salva” (Friedrich Hölderlin, “Patmos”).

El peligro (para unos y otros) no estaría tanto en la disidencia (en ese caso el libro se llamaría Dónde está el peligro) sino en la ética de su ejercicio, ligada al placer antes que al deber ser, es decir: antes al abandono gozoso que a las normas y los reglamentos.

Pero, además, la introducción usa (creo que sin demasiado entusiasmo y sin demasiada regularidad, porque tampoco se puede prestar tanta atención a la trivialidad) los inconsistentes plurales inclusivos declinados en -e. Al final, López Seoane opta salirse de la norma progre (metropolitana, universitaria y reticular) e incluye, a cualquiera que lo lea, en el plural de las locas: las invito. Por ese lado hace estallar las regulaciones de una sedicente disidencia que no recusa la norma, sino que elige reemplazarla por otra y que, por eso mismo, no es más inclusiva sino todavía más restrictiva que la previa.

Nosotras, las locas viejas, las locas de provincia, las locas apaleadas por la policía, siempre elegimos el universal femenino. A nadie se le pregunta si es cis o trans ni cuál es su género autopercibido o cuáles sus pronombres predilectos (para eso hay que saber primero qué cosa es un pronombre y qué cosa es la deixis), tampoco sus gustos sexuales: cualquiera integra el lote de nuestras amigas y las queremos sin ningún protocolo de por medio.

El libro razona sobre el carácter desestabilizador de la disidencia, inscribiéndola en diferentes regímenes de producción (fordismo y posfordismo) para verificar una tensión que tanto puede ir a parar a una liberación (porque la flexibilización y la desregulación del régimen posfordista son en cierto sentido liberadoras, y permiten y alientan la proliferación de disidencias sexuales, genéricas y afectivas) o, porque generan precariedad, a una nueva normalización: terminan alimentando nuevos correctivos imaginarios por parte del patriarcado. La indecibilidad sobre el carácter disruptivo de las disidencias sexuales aparece cuando éstas se asocian con las grandes marcas de la moda (que constituye el tema de uno de los capítulos): es como si la micropolítica se desentendiera de la macropolítica.

Habría que agregar: los integrantes de colectivos disidentes piden a los parlamentos dominados por la cisheteronormatividad que legislen sobre sus propias vidas, cosa que naturalmente, las parlamentarios hacen. Se crean, así, comités de vigilancia integrados por personas que nunca nos acompañaron en nuestras luchas históricas y que, ahora, sancionan la verdad de nuestros comportamientos y nuestras palabras, que someten nuestra ética y nuestra estética de la disidencia a un escrutinio potencialmente cancelatorio.

Por fortuna, Donde está el peligro sostiene una noción de estética que no puede desprenderse de una ética que sólo puede concebirse más allá de las regulaciones y diseña para nosotros un camino más alegre y, gracias a Mariano López Seoane, más sólida, como cualquier capricho.

 

sábado, 1 de abril de 2023

Preguntas al priorato

Carta de amor al prior del Priorato de las Artes

por Daniel Link para Alfredo Prior (presentación de Leves instrucciones en Fundación Andreani, 01/04/2023)

¿Qué querés que te diga, Alfredo? ¿Que aprendimos de vos, como subrayó Arturo Carrera hace diez años, que la analogía encuentra su ley y “razón” en el tratamiento de los colores ¿Qué los ositos (¿perdidos?) que aparecen en tus cuadros rompen las líneas del código, sí, pero que no hay catástrofe en ello sino una resolución en una especie de alegría?

¿Que tu muestra La guerra de los estilos fue la más impresionante que vi en toda mi vida, en todo el mundo? ¿Que la re-creación a partir de 200 imágenes del fresco perdido e inconcluso de Leonardo, “La batalla de Anghiari”, fue el momento más arriesgado de todo lo que hiciste, el más noble, el más caprichoso, el más maníaco y el más feliz?

¿Es que acaso podemos darnos el lujo de hablar de pintura, de colores y de insinuaciones dramáticas en tus manchas, porque todo el mundo sabe que sos el más grande pintor de tu generación?

¿Qué querés que cuente, Alfredito? ¿Que yo vi una de tus performances en la que hacías de torero? ¿O que también te vi haciendo de chino, y no parecía que hubiera artificio de por medio?

¿Qué querés que te diga? ¿Que confiese cuántas veces escuché a SuperSiempre, banda que integrás por el placer de andar en banda? ¿Que me ría con vos del nombre del disco Los hielos eternos de América Latina, que remeda el título de un libro célebre, Las venas abiertas...?

¿Es que acaso podemos darnos el lujo de hablar de artes separadas, cuando la separ-acción es, también, también, una estrategia de sometimiento? ¿Querés que me detenga en esa definición tan justa, tan necesaria sobre el contorno de las artes: “El galerista tiene como función convertir la sonrisa de la madre en el bolsillo del padre”? ¿O querrías que les recuerde a quienes nos acompañan que alguna vez dijiste “Yo estoy entregado a las musas, ellas operan por mí”?

Tal vez no quieras que diga nada de esto, porque estamos presentando un libro de poemas, Leves instrucciones, y me has convocado para que participe de esta fiesta libresca, de este banquete de ritmos, juegos de lenguaje y pequeñas instrucciones de arte y de vida.

¿Querés que recuerde tu autopercepción (ay, perdón, no: tu autoconciencia) de participar del barroco? Pues bien, les recuerdo, a quienes nos acompañan, que Alfredo dijo alguna vez: “En ese sentido soy barroco y gongorino: de Góngora a Lezama Lima. Pienso en charlas que tuvimos a fines de los años 70 con Osvaldo Lamborghini. Él me decía que uno de sus poemas argentinos preferidos era «El grillo» de Conrado Nalé Roxlo, sobre todo por el verso: «música porque sí/ música vana».”

Eso hace juego con la autoconciencia de que el artista es un operario (en el sentido del obrerismo italiano) de las Musas, de que el arte viene dado en algún plano de inmanencia y que sólo hay que saber encontrarlo (en la tela, en la página, en el espacio sonoro). ¿Entregado a qué musas, Alfredito? A la impostora Kore, invención tardía para satisfacer la necesidad de inspiración visual, por supuesto. Pero también a Euterpe (la de la música: antes habría que decidir si lo que hace Supersiempre puede ponerse del lado del canto olímpico o más bien del lado de las derrotadas sirenas, esas poderosas cantantes). O entregado también a Polimnia (la de los himnos) o Talía (la de la comedia).

En todo caso, esa apelación a las musas es una apelación a la Poesía en su conjunto, que bien podría considerarse la nave nodriza de la cual parten las naves exploradoras Pintura y Música.

Llego a las Leves instrucciones, que van mezclando el pensamiento visual y el pensamiento verbal para llegar a un hueso descarnado: el puro pensamiento.

¿Hace falta que cuente, Alfred, que estudiaste Letras, como si eso fuera una legitimación para tolerar tus incursiones en el poema? Yo creo que no. Que la poesía, también ella, te viene dada, como un juego, como un malabarismo, como un salto al vacío. ¿O no fuiste vos quien dijo “Yo creo que no hay que tenerlo miedo al ridículo: hay que afrontarlo. Yo lo tomo como parte de la obra; no tengo miedo de hacer ciertas payasadas en público y exponerme. Son riesgos que hay que correr”.

¡Un artista, un poeta que corre riesgos! ¿Hace cuanto que no vemos, oímos o leemos algo semejante? ¿No bastaría sencillamente con saber eso para admirar un libro, incluso sin leerlo? Un libro en riesgo, del riesgo, sobre el riesgo.

Estoy tentado de NO leer ningún poema y terminar aquí, pero no quiero privarme del placer de compartir con ustedes uno, dos, alguno. El primero del libro, dedicado a Paul Theck, un extraordinario artista estadounidense (recuerden que son todas instrucciones) dice:

Muerte de un hippie

A Paul Thek

Fijado está

entre cielo y agua,

sobre ciénaga de perpetua inmovilidad,

martillado espectro,

Ofelio fijo.

Insomne self portrait de otro que es sí mismo,

mariposas de metal líquido,

purpurina, lentejuelas

lo coronan: lábil brillo.

En su mísero estanque,

no por juncos ornado,

ni por lirios anhelantes

de escilantes abejas replicado, no,

sólo un mudo coro

de agujas lo perforan

en su tálamo,

en su alberca de 2 x 2,

donde imperturbable deriva, momificado.



Ofelio Osiris,

no bastaron,

en tu cubículo de cal sólida

para erguirte

como una cruz alterada

sobre el tiempo de este tiempo,

mariposas y excremento.

Purpurina, lentejuelas,

estrelladas en tus labios

son la anunciación no tan helada

de aquello que llaman “espinas áureas”,

un pulular incesante

de sobras que son sombras,

de retos que son restos.


El poema es precioso, y nos da un par de pistas de ese barroquismo antes evocado, que se muestra en juegos de lenguaje (decir juego de palabras sería trivializarlos, porque implicaría dejar de lado el concepto, que brilla en esos juegos).

Fíjense, fijate, Fredy, en “la anunciación no tan helada”, que suspende precisamente el anhelo (not anhelada) y lo transforma en otra cosa. O en esas “sobras que son sombras” o esos “retos que son restos”. El poema cumple su condición de corte, de comienzo de un ritmo, un lenguaje, unos registros, unas obsesiones y un “ambiente” estilístico (deshecho, por cierto).

Paul Thek no puede pensarse sin su pareja, el extraordinario fotógrafo Peter Hujar y, por esa vía, nos arrastra hasta John Cage, Merce Cunningham, Andy Warhol, William Burroughs, todo ese loquerío aristócrata de una época que no nos cansaremos de añorar, sobre todo porque vivimos unos tiempos en los que la más mínima desviación de una pretendida norma del deseo es castigada con una severidad escandalosa. El poema introduce una meditación sobre la desobediencia y por eso suspende el anhelo de anunciación.

Más abajo, ¿Cómo calificar a una paleta?” presenta otro riesgo, el de la banalidad porque, claro, el texto parece un mero juego de palabras, una serie interminable que se desliza hacia la nada. Pero no es eso, claro, sino un juego de lenguaje llevado a un máximo de abstracción. El poema juega su juego en el mismo territorio que la pintura de Prior, a quien cito por última vez en ese rol: “Abstracción como un espacio órfico recorrido por una alegría de delfín. Abstracción para que coincidan la respiración del paisaje y el insustituible espacio que ofrece la expresión articulada. (...). Abstracción sin la hostilidad entre la carnalidad y esa pera seca que es la estructura”.

Los poemas se arriesgan página a página. Pero saben lo que hacen, qué límites tocan. Comparen estos versos:

Cómo se dice

y cómo

el que dice escribe o debe escribir. Correcto.

con el título de otro poema: ¿Y si de negarme, totalmente, a escribir en mi propia lengua escribiera?

Eso es el barroquismo de la abstracción, un juego puro del lenguaje, música porque sí, música vana, batalla de los estilos donde se combinan sin concierto los endecasílabos con los alejandrinos y las cadenas de sonidos sin sentido. Pero está también el barroquismo de la mención: los personajes mitológicos, los artistas, los registros, los amigos que extrañamos (¡Raúl Escari!) o los que están con nosotros (Garamona).

¿Qué querés que te diga, Alfredo? Yo creo que tu libro es fatalmente inmenso y conmovedor porque piensa el presente como un plano de tensiones que no sabemos bien cómo resolver (eso es el ethos barroco). Digo “fatalmente” porque no estoy seguro de que haya que felicitarte como a quien se le dice “qué rico te salió el asado”. La fatalidad de la grandeza de este libro se relaciona con la muestra que ya nombré, La guerra de los estilos, que entonces fue anunciada (anunciación not anhelada) como "la última exhibición de un artista vivo en la sala principal de Bellas Artes". Contestaste ese reto de restos diciendo: “Y... seré el más vivo de los vivos. Después de esta muestra no hay dudas: aquí no tiene que exponer ningún contemporáneo más”.

¿Qué querés que te diga, Alfredo? ¿Cómo no ibas, fatalmente, a responder a la operación (en el sentido político) de las musas con este libro hermoso? Nadie más podría haberlo intuido, porque hoy las cosas se han simplificado. Ahora sos el último artista vivo (pintor, poeta, músico, inventor: Leonardo, prior en el Priorato de las Artes). Los demás, si acaso, están naciendo.