domingo, 5 de julio de 2015

Fascismo aeronáutico

por Daniel Link para Perfil

No quisiera que se entendieran las siguientes líneas como una defensa de la Srta. Xipolitakis, a quien no contrataría ni para que limpiara mi inodoro. Su miserabilidad y su vileza, al difundir un video que comprometía el trabajo de dos personas, ha quedado suficientemente demostrada.
Todas las “celebridades”, ahora lo sabemos, son invitadas a la cabina. Yo mismo, cuando era un niño, fui invitado varias veces a visitar a los pilotos. Ahora, esas gentilezas comprometen la “seguridad” y el periodismo televisivo se rasga las vestiduras ante la gravedad de la intromisión de la Srta. Vicky en un ambiente supuestamente “estéril”. Se me dirá que no hay que pecar de bovarismo, pero en las películas de avión, siempre termina aterrizando el aparato una azafata descerebrada y valiente. Quiero decir: hay cosas más importantes de las cuales preocuparse en relación con los aviones.
El tratamiento que recibe cualquier pasajero de cualquier aerolínea en cualquier parte del mundo muestra que vivimos una situación propiamente concentracionaria: los aeropuertos y los aviones son espacios en los que somos despojados de todos nuestros derechos ciudadanos y somos tratados como terroristas enloquecidos, culpables antes de cualquier consideración: botellitas de agua no se pueden subir a los aviones, los desodorantes son incautados, así como los encendedores (yo siempre llevo dos, porque he comprobado que cuando descubren uno, ya se quedan tranquilos). Hay que sacarse los zapatos y someterse a escaneos con dispositivos cancerígenos. Hay que pasar todos los controles con una sonrisa y evitar toda protesta porque eso podría costarnos el vuelo y, todavía más, una prohibición a largo plazo.
Ya en el cielo, hay que soportar estoicamente el suplicio de espacios cada vez más reducidos, la escasez de mantas y de almohadas, la impertinencia del personal de a bordo. Como si viajáramos en trenes de la muerte.

viernes, 3 de julio de 2015

Cuando un amigo se va...

Murió Edgardo Russo, una elegante figura de la edición independiente en nuestro país

También fue escritor y traductor.Entusiasta de su trabajo, sostenía que "El dicho debería ser: plantar un árbol, tener un hijo, editar libros".


por Diego Erlan para Clarín

Suele decirse que el mejor retrato de un editor está en sus catálogos. Elegante y exquisito, entonces podrían ser los trazos del retrato de Edgardo Russo, poeta, ensayista, traductor y uno de los nombres imprescindibles de la edición argentina independiente, que murió el miércoles a los 66 años.
Nacido en 1949, empezó como librero en su Santa Fe natal con una librería llamada El Aleph. En los 70 filmó en 16 milímetros una película basada en el relato “El acomodador”, de Felisberto Hernández donde gastó todos sus ahorros y escribió una novela vanguardista llamada Tantalia en homenaje a Macedonio Fernández (“de la que no quedan rastros”, decía). Fue en esos años de oscuridad y represión en los que empezó a escribir un texto autobiográfico (“Nosotros no somos los polacos”) que aparecería en el número 2/3 de la mítica revista Literal. “Aquello que estaba intentando se relacionaba en muchos sentidos con Nanina de Germán García, El frasquito de Gusmán y El fiord de Osvaldo Lamborghini”, recordaba Russo en la edición facsímilar de la revista Literal que publicó la Biblioteca Nacional. En esas esquirlas de una vida cultural inquieta podría restituirse su mapa estético.
En el año 1988 armó la editorial de la Universidad del Litoral. A mediados de los años 90, ya instalado en Buenos Aires, fue responsable de varias colecciones para la editorial El Ateneo así como el catálogo de Adriana Hidalgo, en el que reunió poetas como Leónidas Lamborghini, Marosa di Giorgio, Juana Bignozzi, Juan José Hernández y Diana Bellessi. Participó también de la fundación de la editorial Interzona (donde armó el sello y publicó los primeros títulos para dejarle su lugar a Damián Ríos) y terminó en El Cuenco de Plata, donde publicó toda la obra inédita de Manuel Puig (un verdadero acontecimiento editorial), y siguió publicando a Copi, Felisberto Hernández, Rodolfo Walsh, Leopold Sacher Masoch, Marguerite Duras, Antonin Artaud y Witold Gombrowicz, entre tantos otros autores clásicos pero muchas veces escasamente leídos.
No sólo a ellos publicó. También al Premio Nobel Patrick Modiano. “Mi actividad como editor es casi más gratificante que la de publicar un libro propio. Es la literatura más allá del escritor, es poner al alcance de los lectores autores u obras olvidadas. El dicho debería ser: plantar un árbol, tener un hijo, editar libros.” Ese es el manifiesto que lo llevó a ser elegido por la Asociación de Libreros Argentinos como Editor del Año.
Consideraba que el libro como objeto sagrado (sea La Biblia o el Talmud) se superpone siempre a la realidad más procaz del libro como mercancía. Así se lo decía en 2004 a Walter Cassara: “A partir de allí se generan equívocos insolubles y a menudo ridículos. La vieja disputa 'cultural' sobre el best-seller vs. libro de calidad sólo se dirime en el tiempo.” Russo entendía a El Cuenco de Plata como “una editorial de catálogo”, un catálogo vigente en un territorio donde predomina “la guerra de las novedades”, disparaba. Rebeldía e iconoclasia fueron algunas de las marcas de identidad en su paso por librerías.
La solidez de su proyecto editorial no sólo se basaba en la calidad literaria que derramaba sino también en una seria planificación económica, con la que pudo llegar a distribuir en España y autogestionarse la distribución en el mercado argentino. Eso lo ubicaba entre los editores díscolos que optaba por no llevar sus libros a las grandes cadenas.
Su libro de poesía Reconstrucción del hecho, de 1989, obtuvo el Premio Fondo Nacional de las Artes. Le siguieron Exvotos (1990), Landrú por Landrú (1991) y el ensayo La historia de “Tía Vicenta” (1992). En colaboración con Leopoldo Brizuela publicó Cómo se escribe una novela (1992) y, junto a Daniel Freidemberg, Cómo se escribe un poema (1994). Guerra conyugal fue su novela, publicada en 1999 por Adriana Hidalgo. Además, tradujo a diversos autores como W. H. Auden, George Steiner, Harold Bloom y Henry James.
En noviembre de 1990, convocado por Clarín entre una selección de importantes poetas, tuvo que elegir algún poema propio que fuera su preferido. Eligió “Love streams”: “Navaja, como filosa te das, Amor/ a lo que filtras por la línea discreta de tu vena.// En la muñeca se perfila el viaje tumultuoso:/ desde un nudo –por el brazo– hasta el codo./ Pequeña cicatriz, pálida peca, lunar/ bajo el vello que destacas al desliz del dedo./ Y desde allí subiendo al escarpado paisaje de músculos,/ nervios como trenza en una calva, carne,/ remontas hasta el hombro donde una mano confiada se apoyaba./ Y trucha derivas bajo el amoroso hueco articulado al tronco por la aorta/ hasta la zona dilecta para el beso, allí, segundos antes de que el corazón se rompa.” Podría funcionar como una despedida. Edgardo Russo fue encontrado muerto, al parecer de un infarto, en las oficinas de su editorial. Una postal estremecedora y emocionante. Se lo extrañará.

jueves, 2 de julio de 2015

Está todo dicho



Los voto hasta sin los subtítulos.










martes, 30 de junio de 2015

domingo, 28 de junio de 2015

sábado, 27 de junio de 2015

El libro gordo te enseña, el libro gordo entretiene, y yo te digo contento: ¡hasta la tapa que viene!







El error Randazzo


Por Daniel Link para Perfil

A veces se equivoca tanto la Sra. Fernández... Pienso en la última Cumbre de las Américas, cuando un presidente norteamericano dijo “Que el presidente Raúl Castro y yo estemos sentados aquí es un momento histórico para el continente", mientras la Sra. Fernández se dedicaba al recuento de ocurrencias pretéritas: “Perón decía que se vuelve de cualquier lugar, menos del ridículo. Y es ridículo considerarnos una amenaza". El Ministerio de Relaciones Exteriores le había dictado esas líneas de compromiso con un régimen que tiene compromisos con otros regímenes, pero ese desvío de la atención de lo que estaba sucediendo fue un error conceptual tan penoso como el que fundamentó, durante una década que recordaremos con cierta confusión, una política económica organizada alrededor de la figura del hombre endeudado.
La adhesion de la pequena burguesía al capitalismo, su carácter fundamental del actual sistema “democratico” se sustenta en la creencia de que es posible una vida de holgura a credito (por qué no se aplica el mismo concepto a los países, no se sabe). Pero el sistema capitalista, en su trance actual, ya no estáen condiciones de proponer esa vida a credito de manera sostenida y duradera. El problema es que somos incapaces de imaginar un modelo de intercambio que se diferencie de ese sistema dominante, y en esa incapacidad se funda la actual crisis mundial.
Durante la celebración del día de la bandera, la Sra. Fernández se dejó llevar hacia otros lugares oscuros de pensamiento, reivindicando “política y Estado para hacer pueblo y Nación” (confusión típica del peronismo, que no casualmente se identifica con los peores momentos de Hegel, que son muchos). La tarea del Estado es formar ciudadanía para que ésta, por su cuenta, se organice políticamente y haga lo imposible: pueblo (o Pueblo). “Ser Uno Solo”, como quiere la Sra. Fernández, es, sino una fantasía concentracionaria, una vez más el delirio del Espíritu buscando su emancipación. Pero no seamos injustos: este último enunciado, como la mitad de los que públicamente pronuncia por cadena, están dirigidos a los peronistas de la interna, particularmente a aquellos enojados por el asunto Florencio.
Vivo como un error grave haber obligado al Sr. Randazzo a un renunciamiento que es, al mismo tiempo, la negación de la institucionalidad tan cacareada y que, además, me priva del único regocijo político compartido con mi madre: los dos queríamos a Randazzo (aunque tal vez por diferentes motivos). Yo por su cabello crespo y su nombre, ambas características tan de principios del XX. Y por la amorosa ingenuidad de creer que, en el movimiento peronista, la eficacia de gestión tiene algún valor. Que en paz descanse.
Hegeliana (pero nunca de izquierda), fanática de los deudores (pero no del crédito), desconfiada (pero nunca sobre sus propias razones), pragmática: no sé cuál vicio de pensamiento es peor. Tal vez ya no importe. 


lunes, 22 de junio de 2015

Echo's Bones



domingo, 21 de junio de 2015

Sale en julio

672 de lomo. 

sábado, 20 de junio de 2015

Un libro, todos los libros

Por Daniel Link para Perfil

Habitualmente no presento libros (propios o ajenos). Pero es tanto el amor y la admiración que me unen a la Obra Reunida de Arturo Carrera que no pude reprimir el deseo de interrogarla en público: ¿Por qué se llama Vigilámbulo? ¿Por qué los libros están dispuestos en un orden invertido, desde el más nuevo, Vigilámbulo, hasta el más antiguo, Escrito con un nictógrafo?
El gesto de hacer retroceder el tiempo nos impulsa hacia el ritornello, esa figura de pensamiento que tanto tiene que ver con el ciclo artúrico de la poesía, que es como decir la poesía a secas, puesta bajo el emblema de una casa poética (la casa de Arturo). Vigilámbulo escribe el nombre de Deleuze en la portadilla del libro que no duerme ni dormirá nunca, y con él nos dice que no hay repetición de cualidades o de sensaciones porque la repetición es la diferencia sin concepto, es decir, repetición para si misma. Cada uno de los libros de Arturo, separadamente, decía eso a gritos y ahora, en la espléndida edición en tres tomos de Adriana Hidalgo, llegamos el meollo del asunto.
¿Qué es el vigilambulismo? Ese estado de automatismo ambulatorio con desdoblamiento de la conciencia que se parece y no se parece al sonambulismo. Un nombre traído de la psicología experimental del siglo XIX para designar la experiencia poética de Artaud, la experiencia cinematográfica de Resnais, la experiencia pictórica de Bacon y la experiencia de pensamiento en Beckett, algo del orden de la fisura, de la hendidura, eso que otros han llamado síndrome de Elpénor, ese marinero niño y tonto que se rompe la cabeza al caerse de las altas camas de Circe, el primero que Odiseo encuentra cuando baja a los infiernos y el primero que Ezra Pound hace hablar al comienzo de sus Cantos.
Brutalmente despierto, el vigilámbulo, que nunca duerme, entra con los ojos abiertos en el mundo de los sueños y, como el poeta, somete el sueño a un tratamiento diurno. Eso es lo que caracteriza el tratado de las sensaciones que Arturo fue escribiendo a lo largo de veinte libros cada uno más hermoso que el otro y que ahora Teresa Arijón ha dispuesto para nuestro banquete y nuestro regocijo en función de retroceso.
Leo en Vigilámbulo, este extraordinario regalo que nos hacen Arturo, Teresa y Adriana Hidalgo, una danza como de polillas que se acercan peligrosamente al fuego: In girum imus nocte et consumimur igni (Giramos en la noche y nos consume el fuego). 



viernes, 19 de junio de 2015

Llevo carilinas



miércoles, 17 de junio de 2015

¿Curva de histéresis magnética?


 por Daniel Link para Arturo Carrera

Animula, vagula, blandula

Hospes comesque corporis

Quae nunc abibis in loca

Pallidula, rigida, nudula,

Nec, ut soles, dabis iocos...


Publio Elio Adriano

¿Por dónde entrar en Vigilámbulo? ¿Es un rizoma, es una madriguera? ¿Nos convendrá entrar por sus últimas páginas, para reinstalar la idea, un poco tonta, de progreso-de-obra en relación con el progreso-de-tiempo o, como han querido Arturo y Teresa Arijón, por el comienzo, que es el último libro, el que da nombre a la Obra reunida de Arturo Carrera, entrar por Vigilámbulo?
¿No es acaso ese gesto de hacer retroceder el tiempo, lo que nos impulsa hacia el ritornello, hacia ese procedimiento y esa figura de pensamiento que tanto tiene que ver con los textos de Arturo, con el ciclo artúrico de la poesía, que es como decir la poesía a secas de nuestro tiempo, puesta bajo el emblema enceguecedor de una casa poética (la casa de Arturo) y unas familias poéticas nómadas (la familia de Arturo: Chiquita, Fermín, Anita, Olivia, Lucía, las tías, los tíos, el Padre, la Madre, Rocco)?
¿Es lo que vuelve, la repetición, el ritornello (porque vuelven también el aire, el rumor de las olas en el mar, el paso de las nubes en el cielo, con sus infinitas variaciones) lo que sostiene el misterio en la poesía de Arturo, que venimos leyendo desde hace veinte libros, desde hace cuarenta años y que ahora se nos presenta en un orden que nos arrastra a una revisión retrospectiva? ¿Y si arte y vida son sólo una misma masa (o mejor: si el arte está atravesado por moléculas de vida), ejerce en ambos la potencia de repetición el mismo influjo? ¿Al abrazar la repetición, el ritornello de las horas y el cri-cri de los grillos celebrando la noche, no establecen los textos de Arturo la misma distancia que respecto de la Vermittlung1 quiso sostener Kierkegaard cuando nos dijo que “La repetición es la realidad y la seriedad de la existencia”)? ¿O nos convendría sostener, para darle el gusto a Vigilámbulo, que ha puesto el nombre terrible de Deleuze en la portadilla del libro que no duerme nunca, que no hay repetición de cualidades o de sensaciones porque la repetición es “la diferencia sin concepto”, es decir, repetición para si misma (inmanencia absoluta) que "expresa al mismo tiempo una singularidad contra lo general, una universalidad contra lo particular, un elemento notable contra lo ordinario, una instantaneidad contra la variación, una eternidad contra la permanencia”?
¿Acaso puedo yo saberlo? ¿Acaso hay yo que pueda saberlo? ¿Acaso, por acaso, hay yo? ¿Por dónde entrar en Vigilámbulo? ¿Es un rizoma, es una madriguera? ¿Dónde está su momento de catástrofe, su abismo ordenado, su caos-germen? ¿Al comienzo, en el nombre Vigilámbulo, o al final, en el nombre “nictógrafo”? ¿No nos dice Arturo que el caos-germen está en el acto mismo de la expropiación “de la fuerza significante del nombre, forzando, al ser usado, esa exención del sentido, fin y principio del lenguaje, que es la práctica de la escritura”2?
¿Qué es el vigilambulismo? ¿Llevamos la palabra en la horrorosa dirección del niño vigilante que muere por la patria que nos señala Edmundo de Amicis o, más bien, así se nos indica, pensamos en ese estado de automatismo ambulatorio con desdoblamiento de la conciencia que se parece y no se parece al sonambulismo? ¿No es el vigilambulismo lo contrario del sonambulismo, porque brutalmente despierto, el vigilámbulo, que nunca duerme, entra con los ojos abiertos en el mundo de los sueños? ¿No señala ese nombre que Deleuze retoma de la psicología experimental del siglo XIX para designar la experiencia poética de Artaud, la experiencia cinematográfica de Resnais, la experiencia pictórica de Bacon y la experiencia de pensamiento en Beckett, algo del orden de la fisura, de la hendidura, eso que otros han llamado síndrome de Elpénor, ese marinero niño y tonto que se rompe la cabeza al caerse de las altas camas de Circe, el primero que Odiseo encuentra cuando baja a los infiernos y el primero que Ezra Pound hace hablar al comienzo de sus Cantos?
¿No es el vigilámbulo, como el poeta, el que somete el sueño a un tratamiento diurno? ¿Y no es eso lo que caracteriza el tratado de las sensaciones que Arturo fue escribiendo a lo largo de veinte libros cada uno más hermoso que el otro? ¿Y no es, a su manera, el vigilámbulo un practicante de la histéresis magnética (el retardo propio del poema y de la filología) que subraya la conservación de las propiedades de la materia más allá de todo estímulo exterior?
¿No se trata, en el vigilambulismo y su desdoblamiento del ser, de la autoscopía, del cuerpo sin órganos y de los órganos transitorios, de la diferencia de nivel (de orden, de dominio) propio de la sensación, que pasa de un nivel a otro y nos arrastra con
ella? ¿Como qué sino como el pequeño paseo del vigilámbulo, automáta inconsciente, podríamos comprender los esfuerzos poéticos (más monstruosos que heroicos) de los textos de Arturo, reunidos ahora para nosotros en una línea de tiempo que salta del siglo XVIII, el mesmerismo y el vigilambulismo hasta el del Tao y, por esa vía, al satori del deseo y la escritura?
¿De qué conjunto de tensiones participa la poesía de Arturo (ese verdadero programa de la filosofía futura)? ¿Puede haber alguna poesía (algún arte) que se declare sordo a ese clamor no de mi tierra (territorialización paranoica), que lleva a la muerte a ese otro vigilámbulo, el pequeño vigía lombardo, sino de La Tierra? ¿No se deja leer toda la historia de la poesía de Arturo como un combate con (y por) la determinación del terruño y la Tierra desasignada, la de Mahler, la de Rilke? ¿No es lo que podríamos reconocer como artúrico ese compuesto indiscernible entre autoctonía y poiesis, infancia, naturaleza, música y pintura?
¿Insistió Arturo, como quien dice persistió en un proyecto, o sencillamente se dejó llevar encantado por una voz que le marcaba la dirección, la única posible, para sus poemas? ¿No marcha Arturo desde el comienzo (“espero mi desincrustación”3), al mismo tiempo que insiste con los faunos y los monstruitos y las divinidades tutelares, y las parcas y los rumores, marcando el ritmo que le dictaba la canción de la tierra? ¿Es la poesía otra cosa que una etiqueta (la última) para esa pregunta radical sostenida en el murmullo de los pájaros (¿lo Real es Uno o Múltiple?)? ¿Temía Arturo que lo confundieran con un monstruo, uno de esos monstruos ctónicos como las sirenas, los minotauros, con un faunito mefistofélico, y por eso postuló al Padre como Pared y por eso interrogó como Dreams a sus Madres4 y por eso llamó Monstruos a su propia antolorgia de la poesía argentina5? ¿No sostienen los monstruos, como la familia poética nómada, el enigma de lo Múltiple en lo Uno: no una ética del desvío, sino una ética del abandono y la disidencia, una política de la proliferación, una polinización?
¿Podré convencerlos hoy, a ustedes, que toleran que me formule en público estas preguntas que me acosan desde hace veinte libros, de que no hay poesía que pueda pensarse como algo diferente de un acompañamiento del paisaje y que los poetas que más amamos (Federico, Juanele, Arturo) son quienes han llevado más lejos esa escucha atronadora, quienes se han expuesto más radicalmente a esa «pesadilla de la luz» que desemboca en la pérdida de si en el fluido fantasmal de la materia?6 ¿No implica el poema como vigilámbulo una materia-movimiento hecha de singularidades, cualidades, y la funcion no formal del diagrama como una expresividad-movimiento que siempre implica una lengua extranjera en la lengua, categorías no lingüísticas en el lenguaje (familias poéticas nómadas)? ¿No es eso lo que se dejaba leer en las bandas de pájaros de “Laguna Bonfiglio”, ordenados matemáticamente según el oro numérico, la divina proporción, el número irracional φ:

las bandas
de 3 y 5 patos,
5 y 3 cuervos,
8 y cinco pájaros de espuma negra
en lo alto, contra la apariencia azul
de un cielo infinito, 13 y ocho, 21 y 13,
tenuemente aspirados por el movimiento
de nuestra respiración,
ella misma cielo tenuemente coloreado. ?

¿”Y ahora qué”? “¿Vuelvo a decirlas como si/ fueran parte de un habla que ocupo y amo? ¿No eran luz?/ ¿No eran tan solo un cuerpo desvestido en la luz?7
¿Por dónde entrar en Vigilámbulo? ¿Es un rizoma, es una madriguera? ¿Hubiera bastado con que les leyera un poema, una interrogación radical, como esta “Canción del vigilámbulo”?:

I


el “soné que…”
el soñé que…”

y no se trata de un simple eco,
ni de repetir las últimas palabras
que de una frase suenan
sino del eco sin palabras, sin cosas del lenguaje;
el eco
que golpea sin ondas: ínfimo,
cotidiano, prodigioso.



II

en este círculo me encierra,
en este otro me libera,
en este círculo me encierra,
no quiere que la muerte cercana se apodere
de estas bandas de tiza,

y aquí en el sueño están sus palabras
aunque no las reconozca;
aquí aunque no sepa qué dicen,
aquí aunque se posen sobre la función
de un sinsentido equivocado;

pero eso tampoco existe
aquí aunque ya no sea la infancia sino
su límite impreciso
en la lluvia, ahora, en esa borradura lejana,
el arco iris, en esa banda gris plomo
contra el amarillo vibrante del campo.

Y ella sentadita sigue dibujando rayas, rayas, círculos,
como si marcara el tiempo de su alegría en mí,
de su abandono en mí, de su presencia en
cada movimiento de su mano
pequeñísima en mí,

para alzar con su grafía la letra que alza hoy
esta ínfima edad para su vocecita milenaria,
los anillos de un destino del “ya no sé quién soy”,
“en breve ya no sabré
sino apenas lo que miro”,

(…)
¿Hubiera bastado con que pusiera esa interrogación en serie con la pregunta de Juanele:

Qué?...:
que la hebra de los llamados, desde los milenios, continúa
sin recogerse jamás,
jamás, frente a los precipicios...
y que si, a veces, no se oyen, no dejan, por eso,
nunca, nunca,
de tocar los oídos
que los esperan sobre la noche...?
(…)


¿«Se mezclan en la cabeza hasta que dan espuma.» o Se mezclan en la cabeza hasta que son espuma8? ¿Es eso (esto, aquello) un poema o una entrada al poema, un universo o un intervalo de universo? ¿”Algo entreabierto en la conciencia de nuestra naturaleza, en nuestro inconsciente y en nuestro destino”9?, ¿Tienen estos universos o intervalos de universo (como las 4 estaciones del año y como las estaciones de pronto perdidas, alejadas, soñadas, del ferrocarril) una regularidad, nos cuentan un cuento extraño, nos mecen “con su pretendido anómalo ritornello? ¿Llegan a un lugar una vez que han partido de la memoria, de lo viviente, de una humanidad por el momento perdida, como bien sabían Michaux, el venerado Michaux y Alejandra, la veneranda Alejandra?
¿O acaso retroceden en los tic-tac de la memoria como ese borde de gata o juntura o junción que no es lo natural: esa cicatriz de umbra y penumbra que no es la naturaleza ni su constante drama ocular”10?
¿No es Vigilámbulo, este extraordinario regalo que nos hacen Arturo, Teresa y Adriana Hidalgo, una danza como de polillas que se acercan peligrosamente al fuego: In girum imus nocte et consumimur igni11?

La versión en pdf puede bajarse de acá.


Daniel Link


Buenos Aires, junio de 2015



1Mediación.
2Arturo Carrera. Escrito con un nictógrafo.
3Arturo Carrera. Escrito con un nictógrafo.
4Arturo Carrera. La partera canta.
5Arturo Carrera. Monstruos. Antología de la joven poesía argentina.
6 Muschietti, Delfina. “Poesía y paisaje: exceso e infinito” (mimeo)
7Arturo Carrera. La inocencia.
8Arturo Carrera. “Laguna Bonfiglio”.
9Arturo Carrera. Haikus de las cuatro estaciones.
10Arturo Carrera. “Laguna Bonfiglio”.
11"Giramos en círculo en la noche y nos consume el fuego".


Invitación



martes, 16 de junio de 2015

Rebeliones lingüísticas: sacarle la lengua al poder

por Jose del Valle para horizontal

El régimen de gestión y control de la lengua española ha entrado en crisis. Una crisis abierta tanto por actores lingüísticos institucionales, que activan nuevas iniciativas en torno al idioma, como por multitudes ciudadanas que exhiben su deseo y capacidad de imaginar nuevos significados; una crisis propiciada por la emergencia de nuevas condiciones materiales para la producción y difusión de lenguajes; una crisis estimulada por las obscenidades del neoliberalismo y la desfachatez con que los beneficiarios del mercado total ignoran sus brutales efectos.
Voces renovadas reivindican su derecho a participar en las disputas por la denominación, en las pugnas por la determinación de los horizontes de lo posible a través de la palabra. Son, por ejemplo, quienes procuraban consignas de denuncia y liberación –narrativas originales, en definitiva– que imaginaran la atrocidad de Ayotzinapa como catalizador de una ruptura radical. O quienes en la Puerta del Sol madrileña se resistían a dejarse bautizar con el nombre de antisistema por secuaces lingüísticos del Estado, asumiendo ellos mismos el derecho a nombrarse y a nombrar a la vez el agotamiento de un modelo de país al servicio de unos pocos. Son también quienes incordian nuestros oídos acomodados a la morfología y sintaxis patriarcal con reiteradas coordinaciones y yuxtaposiciones que sacan al género del refugio gramatical y lo exponen al fuego cruzado de la política (“compañeras y compañeros”). Son quienes alteran el devenir de nuestra lectura con intrusas arrobas y equis (“compañer@s y compañexs”) alegando su inconformidad con nuestros lenguajes y las exclusiones que perpetran, abriendo en canal letras y grafemas en aras de nuevas posibilidades de decir y hacer. En efecto, en todos estos casos y en muchos otros asistimos a enérgicos gestos liberadores del lenguaje, de las formas de decir que domestican –o, más literalmente, encierran– la sustancia de lo dicho.
No ignoremos el extraordinario poder y, sobre todo, mérito de estas pulsiones renovadoras hechas desde el interior de un sistema ideológico –la lengua española– sometido a un severo régimen de normatividad (el de las academias de la lengua) que impone, bajo la protección de retóricas de hermandad, modos mezquinos de pensar el idioma y una institucionalidad que, aunque disfrazada de benevolencia, lo administra con soberbia.
La española está entre las lenguas más regimentadas del mundo, entre aquellas cuya reglamentación se encuentra no solo altamente institucionalizada sino también meticulosamente enhebrada en el tejido de una constelación geopolítica. El complejo entramado de academias de la lengua española –agente principalísimo de la gestión del idioma, de sus formas y de sus resonancias políticas– exhibe una historia y un presente cuyo análisis revela los intereses que sirve.
La Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE) tiene su origen en España, donde, hacia 1870, se propone (con el estímulo y colaboración de gramáticos colombianos) el desarrollo de un conjunto de agencias análogas a la madrileña (fundada en 1713) dispuestas de acuerdo a un modelo organizativo neocolonial que situaba en la cima a la peninsular (autorizada por su condición “Real”) y en la base, con su “digna” condición de correspondientes, a las americanas. Esta red, que se tejió a trompicones pero siempre avanzando, se consolidó en México, afirmando además la misma estructura piramidal, tras un congreso celebrado en 1951 durante la presidencia de Miguel Alemán. Este encuentro fue un notable episodio al que, por cierto, los académicos españoles no pudieron acudir (intimidados por la amenaza franquista que presionaba al país anfitrión para que reconociera su legitimidad frente a la del gobierno republicano español en el exilio). En aquel contexto y aprovechando aquellas circunstancias, Martín Luis Guzmán propuso la cancelación del sistema de academias heredado y su reorganización sobre una base igualitaria. No un cisma ni la exclusión de la española sino la creación de una estructura en la que todos los países concurrieran en términos de igualdad. Pues cayó derrotado. Rotundamente derrotado, tanto por sus compañeros mexicanos como por el resto de académicos latinoamericanos que prefirieron seguir reconociendo la preeminencia de España sobre el idioma (solo las delegaciones de Guatemala, Panamá, Paraguay y Uruguay votaron a favor de considerar la propuesta de Guzmán). Se consolidó así el sistema de academias que llega hasta nuestros días como principal agente codificador del español a través de sus bien conocidos diccionarios, ortografías y gramáticas. La histórica estructura neocolonial del arreglo no cambió ni cuando se sintió la necesidad de refrescar su imagen tras el llamado despegue económico de España a finales del siglo XX y bajo el auspicio de empresas transnacionales que pactaban las condiciones de su aterrizaje en América Latina con élites políticas locales y procuraban la construcción de la ideología de la hermandad hispánica a ambos lados del océano.
Reparemos con brevedad en este pasado reciente; no hay que hurgar mucho en los archivos para hallar signos evidentes del valor geopolítico de la ASALE, de la comunidad panhispánica que dice representar gracias a un elaborado consenso interacadémico y del clientelismo base de la transatlántica entente académico-empresarial. En el Diccionario de americanismos de 2010 (no solo la obra más emblemática de la asociación sino también un excelso monumento a la dócil subalternidad), se lee en la “Tábula gratulatoria”: “En primer lugar, la empresa Repsol, mecenas principal, siempre generosa con la labor académica y, en este caso, especialmente interesada en enaltecer los valores propios de España al otro lado del Atlántico”. Difícil imaginar una expresión más literal del sentido del proyecto que encarnan estas instituciones. Puede que la Gramática sea buena (o no); puede también que la Ortografía y el tratado que la precede sean notables (o no); puede incluso que el Diccionario sea todo lo inclusivo que puede ser dada su planta actual (o no). Pero el hecho es que, más allá de su valía gramatical, ortográfica y lexicográfica, estos textos operan, en tándem con agentes económicos y políticos, como fetiches culturales al servicio de la consolidación de un mercado.
Este es, en definitiva, un sistema de academias de la lengua que con ahínco y determinación se ha propuesto fijar el estatus simbólico del idioma como materialización de una comunidad panhispánica armónica y consensuada. Es el agente lingüístico que, con autorización de gobiernos (si bien su complicidad con las academias cambia de país en país), reglamenta el español codificando las formas de lo correcto, fijando la lengua legítima. Es este el régimen de gestión y control del idioma que fija el significado de “espanglish”, “gitano” o “sudaca”, el que, desde su plataforma gramatical y lexicográfica, pugnará por determinar qué es la “soberanía”, el “mercado” o la “democracia”.
Y este es el régimen que ha entrado en crisis. Porque, más allá de las múltiples manifestaciones de creatividad y transgresión lingüística a que aludía arriba, nuevas institucionalizaciones de la gestión del idioma están emergiendo desde espacios que imaginan su labor gramatical y lexicográfica en relación con modelos de comunidad otros que el armónico y consensuado mundo panhispánico.
Dentro de la propia España, por ejemplo, aparecen desde hace algunos años guías y manuales sobre usos no sexistas del lenguaje. Veamos algunos títulos: Guía para un uso del lenguaje no sexista en las relaciones laborales y en el ámbito sindical. Guía para delegadas y delegados (publicado por la Secretaría Confederal de la Mujer de Comisiones Obreras y por el Ministerio de Igualdad en 2010); Guía de uso no sexista del lenguaje de la Universidad de Murcia (publicado por la Unidad para la Igualdad entre Mujeres y Hombres de la Universidad de Murcia en 2011); Guía sindical del lenguaje no sexista (publicado por la Secretaría de Igualdad de la Unión General de Trabajadores en 2008); Igualdad, lenguaje y Administración: propuestas para un uso sexista del lenguaje (publicado por la Conselleria de Bienestar Social de la Generalitat Valenciana en 2009). Estas guías y manuales son acciones lingüísticas normativas asociadas a la reivindicación de igualdad por parte de un colectivo históricamente discriminado. Revelan, de hecho, la emergencia de un complejo agente normativo conformado (repárese en las instituciones que auspician su publicación) por movimientos feministas, sindicatos de izquierdas, universidades e instituciones que operan a nivel sub-nacional. Un agente normativo lo suficientemente inquietante como para que la Real Academia Española sintiera la necesidad de atacarlo públicamente a través de un informe gramatical publicado en el diario madrileño El País en una confrontación abierta que visibilizó los límites de la estrategia del consenso y de la representatividad de las academias.
Otro punto de fuga lo vemos surgir en el mismo país que en 1951 se plegó al modelo neocolonial. En el Colegio de México, bajo la dirección de Luis Fernando Lara, se viene desarrollando desde hace décadas un diccionario integral de la lengua española (Diccionario del Español de México) que toma como referencia un corpus de textos representativo del modo en que se habla y se escribe en este país. Se trata, conviene insistir, de un diccionario integral, es decir, que no pretende recoger palabras que solo se usan en México sino elaborar un léxico de referencia armado desde el cierre nacional. De esta manera, el equipo del Colmex exhibe la capacidad de una institución mexicana para gestionar el idioma de manera autónoma de acuerdo con una lógica que es irreconciliable con los proyectos lexicográficos de la ASALE. De hecho, no es casual ni mera cuestión de rivalidades personales el que, tras la publicación por parte de la Academia Mexicana de la Lengua del Diccionario de Mexicanismos (2010) que había coordinado Concepción Company, se desatara una agria polémica entre esta y Luis Fernando Lara en la que el director del DEM denunció el servilismo y la lógica neocolonial que legitiman sus compatriotas. Como en el caso español, salió a la luz, a través de la confrontación, el límite representativo de las academias y la necesidad permanente de defender su poder en relaciones antagónicas.
El tercer y último desafío que mencionaré en esta oportunidad surge en Argentina y se proyecta desde la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF). Se trata del reciente lanzamiento del Diccionario Latinoamericano de la Lengua Española. Es un emprendimiento joven aún pero que desde su nacimiento construye un lugar de enunciación original. En primer lugar, aunque ninguna variedad del español está excluida, América Latina se sitúa (desde el título) en el centro de la acción lexicográfica. En segundo lugar, si bien el proyecto responde a unos principios generales y se administra desde un espacio institucional, a los usuarios se les entrega el protagonismo en el desarrollo del proyecto, en la inclusión de nuevas palabras y sus definiciones. Se propone, por tanto, un modelo atrevido y arriesgado que contrasta con los diccionarios tradicionales al proponer una lexicografía participativa y al situar los imaginarios latinoamericanos como referente ideológico del proyecto.
En suma, se vislumbra tras estas iniciativas la emergencia de regímenes de normatividad e institucionalidades de la lengua completamente ajenas al entramado de las academias y a su ideología panhispánica. Imposible es predecir el devenir de estos proyectos. Sin embargo, es evidente su función presente como formas de relación antagónicas con el régimen dominante de gestión de la lengua española, como iniciativas institucionales que se suman (acaso en incómoda compañía) a las múltiples rebeliones lingüísticas emprendidas por ciudadanías que afirman su derecho a construir su propia voz.

(José del Valle, gallego afincado en Nueva York, es profesor en The Graduate Center, CUNY. En 2013 editó el volumen A Political History of Spanish: The Making of a Language [Cambridge University Press].)

sábado, 13 de junio de 2015

La gran migración


por Daniel Link para Perfil

En los cines ya no queda sino olor a pochoclo rancio o, en el mejor de los casos, la pesadumbre del “cine independiente”. Todo lo demás está ya en la televisión (en sus antiguos o sus nuevos formatos). Jupiter Ascending (2015), la última película de la marca The Wachowskis, más allá de la belleza de su diseño (que quita el aliento) no tiene ningún atractivo e, incluso, nada dice: es un film autista. Muy diferente es la serie que The Wachowskis produjeron para Netflix, Sense8, un ambicioso relato en 12 episodios alrededor 8 personajes cuyas conciencias interconectadas entre sí intervendrán en un raro y único momento de verdad: una garchestolenda en la cual cuatro hombres (dos de ellos presumiblemente heterosexuales y dos de ellos presumiblemente homosexuales) y una mujer trans se entregan al mejor coito (colectivo) de sus vidas.
Después de su último fracaso, After Earth (2013), M. Night Shyamalan vuelve ahora con una serie extraordinaria, de la cual dirigió el piloto y produjo la totalidad de su primera temporada (diez episodios) para la cadena Fox. Wayward Pines, basada en la trilogía novelística del mismo nombre firmada por Blake Crouch y desarrollada para televisión por Chad Hodge (ex alumno de Northwestern University), recupera algo del espíritu de ese hito de la televisión que fue El prisionero (1967), con algunos toques propios de Shyamalan y, cómo no, el manejo de la información que Lost impuso y que tanto extrañábamos. Si eso no bastara, Penny Dreadful ya volvió, por todo lo alto.

lunes, 8 de junio de 2015

Los contrarios se atraen


vía @itsalejandratorres