miércoles, 5 de agosto de 2020

Lo que la cuarentena se llevó

Yo había adelgazado, lo juro, para poder sacar del archivo de Siglo XX mis mejores trapos, los más pedidos por los memoriosos. Había alcanzado mi peso juvenil. 
Después me entregué a la cocina casera y al sedentarismo. 
De modo que finalmente (y bajo amenaza doméstica), tuve que donar el contenido de ese arcón de los recuerdos a la Casa del Teatro. 
De allí lo rescató la One. Lo que había nacido en una feria americana, murió en otra. El top con flecos blancos, eso sí, me lo guardé.



martes, 4 de agosto de 2020

sábado, 1 de agosto de 2020

Pedagogía del desasosiego

por Daniel Link para Perfil


120 días después, completamos nuestro curso de “Literatura del Siglo XX” de este año de manera remota. Nuestro gran éxito fue haber podido sobrevivir a la hostilidad del mundo, a la excepcionalidad de la situación, incluso a la melancolía de lo déjà fait.
El curso respondió a un entusiasmo pedagógico, o dos, o tres. El primero se relaciona con un campo de tensiones que una institución (la Facultad de Filosofía y Letras) nos encomendó que interrogáramos: la Literatura del Siglo XX. Desde hace años, como cátedra constituida, venimos inscribiendo con cierto entusiasmo nuestra pedagogía y las investigaciones que con ella asociamos en el campo de la Literatura Mundial.
Lo segundo que, como docentes y críticos, suele arrebatarnos es la relación de algo que ya ha pasado (el siglo XX y sus literaturas) con el presente. Entendemos nuestra propia práctica como una arqueografía de lo que somos y de lo que leemos. No proponemos textos de un canon pretérito sino que sometemos esos textos a principios de articulación que, creemos, sirven para interrogar el hilo de sombra que va trazando el sol en su movimiento hacia nuestra propia noche (que es también la promesa de una nueva mañana).
Es por eso que últimamente nos obsesiona lo que vive todavía y la comunidad de la que participa. Si la cátedra es el lugar de todos los intercambios lo es porque, a su manera, se deja arrastrar por un principio de comunidad y las tecnologías que permiten que esa comunidad se sostenga.
Hemos definido nuestro campo de operaciones en relación con el presente y hemos puesto a los estudios literarios que proponemos a la sombra de una ética.
Pero además, hemos investigado la fuerza de una pedagogía virtual (a través de internet), que sin desdeñar los afanes de la textualidad, funcionara a la distancia, en la distancia, por la distancia.
El curso que acabamos de terminar es, pues, un manual de enseñanza no presencial que también puede entenderse como un manojo de cartas de amor. Amor a la letra, a la enseñanza y al trabajo en común.
La literatura es también un viaje: el momento en que la literatura se confunde con una experiencia, no necesariamente de orden estético. De modo que si bien muchos de los objetos que analizamos responden a demandas específicas (académicas o, para ser más precisos, de mercado institucional), hemos tratado, cada vez, que los textos respondieran a una experiencia (¿acaso la escritura es otra cosa?).
Si es cierta la sentencia de la filosofía más actual y más alemana en el sentido de que el humanismo ya no nos sirve como dispositivo para amansar a las fieras, también es cierto que eso nos obliga a sostener, sobre todo en el desasosiego, las viejas utopías de aquellas humanidades cuyo amparo nunca debimos rechazar.
Precisamente por eso es que nos pareció necesario insistir en el lugar de la lectura, de la literatura, de los profesores y de los intelectuales en este Brave New World que nos toca atravesar y en el cual (soy consciente de la paradoja) sólo las tecnologías comunicacionales de última generación parecen garantizar nuestra supervivencia.
Tuvimos que hacer frente a varias imposibilidad históricas: el aislamiento, la pobreza de recursos institucionales, la incertumbre sobre el futuro, la crisis política y una creciente paranoia como discurso dominante.
Somos ese sujeto a quien cada vez más las condiciones históricas le impiden hablar. La pregunta “¿Es posible continuar” parecía hace eco en el vacío.
Si la voz de la época dice que no está garantizado el derecho a la existencia del arte, ahora podemos comprender cómo la literatura ha encontrado maneras de sortear la piedra en el camino, el cansancio, para proponer mundos para el día después de mañana. Haciendo como que no oyó nada.
A veces hay que hacerse el sordo para sobreponerse a las imposibilidades que nos marcan los tiempos. No estamos hablando sólo del placer (cada cual encontrará placer en lo que quiera), sino de nuestra responsabilidad ante la historia: la historia y el futuro de la lectura. La historia y el futuro de la democracia y de la vida.


sábado, 25 de julio de 2020

Sánguches de realidad

Por Daniel Link para Perfil

La televisión argentina es vergonzosa casi siempre, pero en los últimos días ha sobrepasado su límite de ignominia. Si cada país tiene la televisión que se merece, habrá llegado la hora de pensar en una refundación televisiva sobre nuevas bases.
Confinados durante los últimos cuatro meses, hemos mirado televisión, cómo no. Los talk shows del mundo -Ellen DeGeneres, Jimmy Fallon, Graham Norton el único que seguimos)- se adaptaron a los rigores del distanciamiento.
En Buenos Aires todo siguió más o menos igual, con competencias, discusiones y payasadas en estudio que, naturalmente, precipitaron los contagios y la “activación de los protocolos” en todos los canales. Los periodistas y entretendedores no dudaron en seguir escupiéndose las mismas imbecilidades a la cara. Y después, libraron todo al funcionamiento de las plataformas de videoconferencias, con los lamentables resultados del “no se te escucha” y el “te llamamos de nuevo”. En momentos de tanta preocupación por “la vida”, nadie pensó que “el vivo” es el enemigo mortal de la eficacia.
Graham Norton, por su parte, tuvo que hacer lo mismo, pero ninguno de sus entrevistados tuvo nunca una luz inadecuada, e incluso puso guionistas para enhebrar las diferentes partes de su show. En la misma BBC, dos monstruos de la pantalla, David Tennant y Michael Sheen (acompañados de sus esposas y con la presencia de Judi Dench propusieron en Staged una deliciosa reflexión sobre el actuar y el vivir en tiempos de confinamiento). Pensaron algo, en lugar de entregarse a la inmediatez de las propias carencias, como acá, donde lo único que importaba era si habría Bailando.
Luego la TV tocó los límites de lo intolerable cuando salió masivamente a defender al asesino Jorge Adolfo Ríos, que remató a un ladrón tirado en el suelo. La justicia decidirá su pena, pero que mató, mató. Con esa vida se fue nuestra paciencia al Bernisagge televisivo.




domingo, 19 de julio de 2020

La edad de oro

Siglo XX: GRANDES EXITOS VI

Entre los muchos progresos que el siglo XXI ha realizado respecto de su precedente, no se cuenta el de haber podido construir clásicos literarios de la misma envergadura que los del siglo XX, por su potencia estética, su osadía de pensamiento o su radicalidad política. El almuerzo desnudo de William Burroughs no es sólo un radical experimento de fuga de la literatura sino el texto que surge como efecto de una virología.

Por Daniel Link para Perfil

Hay que empezar por pensar lo que Burroughs no es. El gran arte pop, del que Williams Burroughs (1914-1997) es un contemporáneo, fue un fenómeno acotado a un territorio, la costa Este de los Estados Unidos, más allá del cual hay otros que definen lo beatnik, entendido como la fuga, la huida a través de la carretera hacia el Oeste, atravesando todo el territorio norteamericano, por un lado, y por el otro, la fuga hacia Oriente (Marruecos, India) y, también, América Latina. Las caravanas beatnik: las novelas y peliculas de camino, San Francisco (la constitución de la primera metrópoli gay de los Estados Unidos), el flower power, las huidas hacia México y otros paises latinoamericanos en busca de “la droga” (el pexote, etcétera) y la Iluminación.
Hacia mediados de la década del cincuenta, los más prominentes miembros de la beat generation sumaron sus excéntricas energias a la vanguardia poética californiana, conocida como San Francisco Renaissance, una de cuyas centrales de operaciones fue la libreria City Lights, cofundada en 1953 por el poeta Lawrence Ferlinguetti y que dos años después ya editaba libros, el más famoso de los cuales sigue siendo Aullido de Allen Ginsberg. En 1967, el barrio Haight Ashbury convocó a diez mil jóvenes de clase media de todos los Estados Unidos, reunidos en un "Verano de amor" atravesado por cuotas iguales de deseo sexual y de flujos de energia liberados por drogas alucinógenas. Muchos de los que fueron a pasar un verano orgiástico decidieron asentarse: hicieron casa, plantaron sus banderas, establecieron sus negocios y empezaron a realizar sus intercambios.
En 1979 el grupo Village People lanzó un disco sencillo que pasó sin pena ni gloria, Go West, que en 1992 los Pet Shop Boys lo lanzaron como cover y con el cual acostumbraban cerrar todas sus presentaciones en vivo. Entre las diferencias entre la versión de Village People y la de Pet Shop Boys se destacan la progresión de cuerdas tomadas del Canon en Re Mayor de Johann Pachelbel y una estrofa nueva, según la cual "Ahi donde el aire es gratis/ seremoslo que queramos ser/ y si además nos alzamos/ encontraremos nuestra tierra prometida".
Deberíamos entender la literatura beatnik y la vida beatnik como experiencia ligada con el viaje, la revuelta juvenil y el abandono (de si). Hay que tener eso en cuenta cuando se lee El almuerzo desnudo (1959).
El proceso de publicación de Naked Lunch (escrita en Tanger en los años previos) debe mucho al mito, pero si hay que creerlo la novela fue “compuesta” según el método del "cut-up" de inspiración vanguardista. Todavía en Tanger, Paul Bowles manifestó su asombro ante el libro que estaba escribiendo Burroughs, cuyas páginas estaban tiradas por el suelo sin ton ni son. El primer ordenamiento fue responsabilidad de Jack Kerouac. Luego, el editor Maurice Girodias le dio a Burroughs diez días para preparar el manuscrito antes de la composición de las pruebas de imprenta. Burroughs envió el original, distribuyendo las partes sin ningún orden preconcebido. Cuando el libro se publicó, declaró que era mejor que la versión original. Los derechos internacionales a la obra se vendieron poco después y Burroughs usó el anticipo de 3.000 dólares de Grove Press (equivalentes a 26.000 dólares actuales) para comprar drogas (probablemente sea otro mito, pero el gesto importa más que la verdad). Naked Lunch fue portada de la revista Life en 1959, como hito de la creciente producción beat.
En el (extrañísimo) “Prólogo” que Burroughs agrega
al libro se habla de “la Enfermedad”: la adicción a la heroína, bajo cuyos efectos fue integramente escrita la “novela” Naked Lunch. Fuera de la Enfermedad (asociada con el consumo de opiácios) quedan los demás consumos de drogas recreativas sobre los que Burroughs es decididamente tajante, no constituyen Enfermedad, sino un tipo de agenciamiento diferente: “Todos los que utilizan alucinógenos los consideran sagrados —hay cultos del peyote y la bannisteria, cultos del hachís y de los hongos («los hongos sagrados de México permiten al hombre ver a Dios»)—, pero nunca nadie ha sugerido siquiera que la Droga sea sagrada”.

Si es cierto que el texto podría leerse como un protocolo de la experiencia de la heroína, hay en ese libro suficientes datos que lo alejan de esa inmediatez o que la convierten en una opción formal (por lo tanto estética y, en definitiva, política).
La pregunta que Naked Lunch nos formula con una radicalidad desconocida hasta ese entonces no es tanto si ese libro participa o no de la literatura, sino qué sería una literatura (entendida como un sistema de normas, valores y funciones) de la cual puede participar un libro como ése. En este punto, habría que preguntarse si podemos evaluar un libro tan radical como Naked Lunch a partir de antiguas ideas de belleza o a partir de antiguas ideas morales (incluidas las ideas de la vanguardia). Hay una tensión infinita y una distancia también infinita entre, por ejemplo, la escritura de Lolita y su política de la transgresión y la escritura ascética de Naked Lunch, sobre todo teniendo en cuenta la experiencia literaria que patrocinan, el tipo de juicio que demandan de nosotros y el tipo de monstruosidad que convocan.
¿Qué significa el título
Naked Lunch? Burroughs dijo: “No tengo un recuerdo preciso de haber escrito las notas publicadas ahora con el título de El almuerzo desnudo. El título fue sugerido por Jack Kerouac. Hasta mi reciente recuperación no comprendí lo que significaba exactamente lo que dicen sus palabras: Almuerzo desnudo: un instante helado (“a frozen moment”) en el que todos ven lo que hay en la punta de sus tenedores.
Ese “instante helado” puede considerarse como el equivalente a la
polaroid de Warhol. Más allá de esa analogía y de lo que quiera decir para la conciencia del adicto recuperado (Junkie: Confessions of an Unredeemed Drug Addict fue
la primera novela publicada por Burroughs con el seudónimo William Lee en 1953), “almuerzo desnudo” connota orgía, festín (de hecho, alguna traducción optó por “Festín desnudo” y así se llamó en castellano la horrenda adaptación al cine perpetrada por Cronenberg).
Para nosotros, hoy, William Burroughs es sobre todo un inventor de cualidades de vida (la enfermedad, el virus). Inventa la noción de heavy metal, término que apareció por primera vez en la novela La máquina blanda (1962), donde el personaje Uranian Willy es descripto como "el Heavy Metal Kid" (posteriormente reutilizó el término en su novela Nova Express de 1964). Es también el inventor del Tejido Orgánico no Diferenciado (una variación del Cuerpo sin Órganos que mucho antes había propuesto Antonin Artaud como salida a las sociedades de control).
Y es sobre todo, y por eso conviene releerlo hoy mucho más que a Camus, el inventor de la “revolución electrónica”, donde hace funcionar la vida en relación con la lógica viral: “El virus de la mutación biológica está contenido en la palabra. Liberar a este virus de la palabra podria ser más peligroso que liberar la energia del átomo. Porque todo el odio todo el dolor todo el miedo toda la lujuria están contenidos en la palabra. Quizás tengamos aqui en estos tres grabadores [el simio macho, la hembra gimiente y Dios o la Muerte] el virus de la mutación biológica que antes nos dio la palabra y que desde entonces se ha escondido detrás de la palabra. Y quizás tres grabadores y algunos buenos bioquimicos puedan liberar esta fuerza”.
Si del virus no se sabe si está vivo o no, ni si es humano o no, lo mismo puede decirse del lenguaje, y Burroughs escribe como consecuencia de esa imposibilidad de decir, para liberar el virus y generar una mutación por contagio.
En su momento, parecía cosa de dandy o de drogado. Pero la mutación antropológica nos alcanzó, y ya nos abraza con sus tentáculos electrónicos.


 

sábado, 18 de julio de 2020

La voz (queer) del cielo latinoamericano

Manuel Puig o el prodigio de ser popular y a la vez vanguardista 
por Daniel Gigena para La Nación

Manuel Puig (1932-1990), quizás el gran novelista argentino, supo unir vanguardia y popularidad. Esa lección, en un país donde la literatura perdió lectores de manera significativa, no es menor. Tanto Graciela Goldchluk, a cargo del archivo de Manuscritos de Manuel Puig y especialista en su obra, como el escritor Ricardo Piglia, señalaron que Puig empezó a escribir "después" de Borges, sin asumir su legado. A diferencia de otros narradores, como Juan José Saer o Rodolfo Walsh, él lisa y llanamente lo ignoró. Goldchluk cuenta que durante un encuentro con estudiantes alemanes, cuando le preguntaron si hablaba con su padre, Puig respondió: "No, porque yo no le entendía el código para nada". Mientras que el autor de Ficciones construía su prestigio mediante un sistema de referencias legitimadas (de Cervantes a Poe), el escritor nacido en Coronel Villegas experimentaba con los géneros desechables de la cultura de masas para poner en marcha su maquinaria narrativa.

(continúa)
 

Tema del sabio y del héroe

por Daniel Link para Perfil

Hace unas semanas (o varios meses, quién sabe) escuché al Dr. Fernán Quirós referirse a si mismo como “nosotros, los líderes” (ese predicativo retuvo mi atención a tal punto que no estoy seguro del resto pero creo que continuaba diciendo: “tenemos que llevar tranquilidad”). Con el correr de las horas (o los años) acepté que el Dr. Quirós es, efectivamente, un líder de nuestro tiempo, y que lo seguirá siendo durante los tiempos de la Neue Tranquilität que se avecina.
Ya se oyen las desgarraduras del encierro, la Patria se despereza para reorganizarse, surgen los cuatrocientos noventa protocolos que debemos a los sabios de Quirós. Nos dicen que se avecina una nueva fase. ¡Estamos listos para salir al ruedo! Y ya las masas corean: “¡Santa trazabilidad, Fernán!, Holly distance!”.
Como yo soy un poco afásico, hemos decidido complementar los protocolos metropolitanos para la próxima fase con nuestras propias normas y gadgets. Por lo general, usamos con regularidad un frasco con vinagre, un termómetro y un oxímetro-saturómetro que tenemos a mano. Pero con la apertura habrá que tomar precauciones adicionales.
Por fortuna hay un héroe de nuestro tiempo al cual recurrir. Hemos instalado en la casa donde pasamos la cuarentena y donde ejercitaremos la Neue Normalität un reflector que apunta al cielo. Lo hemos probado, tarareando con ritmo de twist: “tararararara-rarara-rarará-¡Berni!”, Y bajamos la palanca.
La Berniseñal funciona a las mil maravillas. Un héroe armado montado en su moto se imprime contra la noche sola. ¿Vendrá? ¿Acudirá a desatar los nudos, a proveer al desprovisto, a ordenar lo desordenado y a despertar a quien duerme?
Lo imaginamos descolgándose de los techos con su bernisoga, o saltando desde un bernicóptero. Sabemos que con él vigilándonos podremos dormir tranquilos. Y con los protocolos de los sabios de Quirós podremos vivir tranquilos.
¿Qué más podríamos pedir? 

miércoles, 15 de julio de 2020

lunes, 13 de julio de 2020

Neue Normalität




Lockdown

por Daniel L. Link para Five on the fifth

I teased the window open a few millimeters, my eyes on the green LED indicator mounted on the sill. That's as far as I could get it open without the perimeter light switching to red. The breeze rushed through the tiny gap, making the lace curtain flutter, then billow, bringing with it the acrid odors of burned wood and plastic, and more. The fires had been out for hours, but the piles of ash and twisted metal still smoldered, still sent pillars of gray and black smoke into a leaden sky.
"It stinks, Mama." Rosalie's fingers tugged at my shirt, leaving two tiny dots of sweat on the fabric.
"I know, sweetie. Hang in there. It always gets better after a few days."
"I don't want to wait a few days. Make it stop now."
"You know I can't do that, honey."
It was five steps to the window. I crossed the distance, my legs growing heavier with each step. The breeze had gone, and the curtain hung slack, obscuring the scene beyond. Rosalie followed behind me, her own steps tentative.
"Just close the window."
"That wouldn't do any good. You know that."
As I reached for the curtain, Rosalie touched me, making me jump. Her eyes went from me to the window then back to me. I squatted down to her level.
"Are you sure you want to see?"
The struggle between her fear and curiosity played out across her face. She held her breath and her lips became a tight line. My daughter gave me a heartbreaking nod and I flushed with a mix of pride and terror that I wouldn't be able to protect her forever.
I pulled back the curtain, and together Rosalie and I looked out onto the street below, and the remains of the old three-story Colonial that had been the Ranberg house. The one next to it was gone, too, the Tuckers, but I couldn't see anything past that from the window.
"They were all in there?"
The hope in her eyes was a stab in my heart, an indictment on me as a mother.
"Of course, honey."
"Maybe Suzie got away."
She said it without conviction, the hope that she'd felt already gone. We stood there together, transfixed by the blackened ruin of our neighbor's home. The sodium-vapor streetlight didn't illuminate much, but I could make out the lump of metal that had once been the refrigerator, the skeleton of a bicycle, the burned-out husk of the car Nick had taken to work every day until the quarantine.
"What was that man saying?"
I had hoped she hadn't heard. She had been in bed when he came. Damn that big bell he clanged on.
"He was talking crazy."
"What did he say?"
"He said something that didn't make any sense." It's not real. None of it's real.
"But he was outside."
"Yes, he was."
"How did he get outside?"
"I don't know, baby."
When she tugged on my sleeve I took my eyes off the window. She looked up at me with a haunted expression no six-year-old should have.
"When can I go outside, Mama?"
"When this is all over."
"When's it going to be over?"
I didn't have an answer. Rosalie's brown eyes watched me as she waited, but then she took my hand and turned back to the window.
"It doesn't smell as bad here."
She was right. I closed my eyes and sniffed the night air, and I could almost believe it was only the smell of burning leaves. Standing there at the window, the cool air on my skin, my daughter's hand in mine, I wanted to keep my eyes shut forever and pretend.
"When are they going to come back?"
"Not for a while, I guess. They never come around again right away." That satisfied her. She dropped to her butt on the windowsill and let the air wash over her, and in that moment she looked older than her years. I sat on the floor beside her and she played with my hair. She'd twist a lock around a little finger, tight, trying to make it curl, always disappointed when she let it go and it hung limp again within seconds.
The fingers stopped and her breathing slowed. I scooped her up and carried her to bed. It wasn't her usual deep sleep. Her eyes fluttered open as I pulled the covers over her.
"Goodnight, baby." I kissed her brow.
Her eyes popped open and she squirmed into a sitting position. "When are they going to come after me?"
I lowered her back in the bed and stroked her cheek. "Hush now, girl. Don't talk like that. They're never going to come after you."
"Why not?"
"Because you're not sick."
"Suzie wasn't sick."
"No, but her Daddy got sick." I smoothed her hair. "They had to take precautions."
"What if you get sick?"
"That's not going to happen." My hand went unconsciously to the insulin port in my stomach, an inch to the right of my bellybutton.
I lay beside Rosalie and hugged her to me, unable to get enough contact between us. She wriggled close and fell asleep in minutes. I'm not sure when sleep came, but I woke up exhausted, shaking in the aftermath of dreams I couldn't remember.
The smell had gotten worse overnight, and when I closed the window it didn't get any better. The faintest wisps of smoke were still rising from the ashes of the Ranberg place. I wanted to do something to take Rosalie's mind off the day before, but I couldn't focus long enough to think of anything. I decided to start with breakfast.
A quick check of the shelves and the fridge told me it was time to do some shopping. I punched the screen on my tablet and checked off the items I needed. When the order was finished, I grabbed my skillet and waffle iron and put on my apron.
The groceries would be a few minutes arriving, so I tuned in to the news. The screen came to life with the all-too-familiar scene that was playing out all over the world. The broadcast was from New York, and the men wore bright green suits instead of the yellow the men here wore, but the fires were the same, and the burning bodies. The ticker across the bottom of the screen gave tally of the statewide dead, listing them in alphabetical order. Virginia - 2186, West Virginia - 1889, Wisconsin - 1108, Wyoming - 245, Alabama, 1660, and on in a never-ending loop that climbed as steadily as the columns of smoke outside.
"Why are you watching that?"
I spun, surprised, feeling like I'd been caught at something. The screen took a second to shut off, only going dark when I slapped the remote against my hand to bring it back to life.
"Morning, baby." I smoothed my apron and forced a smile. "How did you sleep?"
"You said it’s only good for bringing you down."
"It is. It's just a bunch of bad news."
"Then why watch it?"
Rosalie was at that age when she had questions about everything. I knew that it meant she was intelligent, that she was trying to learn about the world around her. She was getting too good at asking the right questions, though, and I was running out of ways to avoid answering.
"I keep thinking one day they'll have some good news for us."
"Like a cure?"
The buzz of the bell snapped us both to attention.
"Groceries." A little laugh escaped me. "Somebody's making waffles."
She grinned and ran to the door.
The green light flashed once I punched in the code, the hiss of air filling the space as the steel door opened inward. I couldn't see any of the man's features through the mask. It wasn't the usual that covered only the mouth and nose, but a full-on breathing mask that started at his forehead and ended at his chin. He wore thick yellow gloves that looked comical, like the ones some people wore when washing their dishes.
He set two sealed sacks in the foyer, then a bucket with a blinking LED light on the lid. Last, he put the plastic cartridge that held my insulin. He gave a little wave that I thought was for me until I felt Rosalie by my side and saw her hand pressed against the Plexiglas divider. He closed the foyer door and was gone. The light on the divider turned red and the foyer filled with what looked like steam. It filled the eight-by-six vestibule until it was a pearlescent white and I couldn't see the groceries. The vents came on and in seconds the fog faded to a mist, then was gone. The light on the divider turned green and I pushed the button to raise it.
"Can I get it?"
"Of course, baby."
The trip from the door to the groceries was only a few steps, but it was as close to being outside as she'd come in years. It made me painfully aware of the life that she'd been robbed of, the normal childhood she'd never have. She bounded back in with one of the bags, leaving the other and the bucket for me.
"Who will I do my lessons with now that Suzie's dead?"
The question startled me, if not for the obvious sadness than for its bluntness, its lack of a euphemism. Only six years old, and dead was dead.
"We’ll check the registry. There are other kids to do your lessons with."
"But we won’t be neighbors."
"No, probably not."
“And I won’t be able to see her in the window.”
“I know.”
“Who will play with me if I’m the only little girl left?”
"Oh, sweetie." I dropped to a knee and hugged her tight to my chest.
"There's always going to be little girls in this world, and they all would love to play with you."
I thought of the news ticker, the numbers climbing every day, and wondered if I was lying.
We ate our waffles. I put a few blueberries on mine, but for Rosalie it was chocolate syrup and peanut butter. I made eggs and bacon and potatoes, and we ate until we couldn't anymore. It was two days' worth of my grocery allowance, but I couldn't help myself.
We listened to music while we cleaned up our dishes. An older song reminded me of a happier time and hit me with that bittersweet nostalgia that only music can. When we were finished I set Rosalie in the living room with a math and science lesson on her tablet. It was one of the individual lessons; I would wait a few days before trying to find her another study partner.
The food weighed heavy on my belly and I found myself in a malaise that wasn't altogether unpleasant. I was drifting off when I heard something and felt a vibration in my chest that started as a low rumble.
The place shook as the jets screamed past, the rumble becoming a pressure that made me feel like something was trying to tear its way out of me. The pressure released as the Doppler effect crested and the sound receded, and I shot to my feet and ran for the window. Rosalie was already there.
"Pick me up."
She was plenty big enough to do it herself, but I hoisted her onto the sill, holding tight to her shoulders even though the window was only open a crack. We tried to spot the jets, but the southern sky was empty, blue, and clear. I expected to see sets of contrails, evidence of their passing, but there was nothing.
"There."
Rosalie saw it first, stabbing a finger at a point so far away it was nothing but a black dot. I thought it would disappear, but it didn't. It grew larger, then split into two, then a third, and a fourth. They moved, silent and slow across the sky, their advance taking so long I wondered how they stayed aloft. When they got close, however, they seemed to pick up speed. One moment they were crawling along quiet as ghosts, the next that pressure started to build and they burned across the sky as hot and terrifying as last night's fires.
They flew over top of us and out of sight. We ran to the other side of the apartment and tried to spot them from the kitchen window, but the Smith place was in the way, and the sky over the empty lot where the Platt's had lived revealed nothing.
Rosalie's mouth opened wide enough for me to see the dark space where she'd lost her latest tooth. We stared at empty sky long after the thunder of their engines faded, waiting for them to come back. They didn't.
She turned from the window and made her way back to the kitchen, her steps slow and reluctant. "What were they doing here?"
"I don't know, baby."
I wondered for a moment if we were being invaded, but that didn't make sense. If we were attacked by another country, they'd surely start on the coasts, the big cities, and that would have made the news by now. The thought made me run to the television.
The top story was the only story, the same one that had been running for three years and had taken our personal freedoms one by one—our right to travel between countries, to have children, to marry. Then they took away the outside world. The ticker at the bottom showed the new numbers. California - 48,938, Colorado - 9,862, Connecticut - 4,005.
Two hours later the coverage changed, cameras focused not on a couple of burning houses but on an entire town, a country village built into the hillside that was an hour away when we were allowed to drive. It had all been flattened, every building a smoking ruin. The curve of the hill was familiar, but I wouldn't have recognized the blackened mass of bombed-out rubble if the caption under the feed wasn't there. 13,000 dead in Beldon. Contamination believed contained.
"They burned a whole town?" Rosalie was in the doorway, her tablet in hand. "That's a whole town?"
"We don't know all the details yet, sweetie."
She backed away from me, shaking her head. "They're going to kill us, too, aren't they?"
"No." I charged toward her, my voice low and cold. "That is never going to happen."
"You can't say that. You don't know."
"I do know, Rosie. I know that I'm never going to let anything happen to you."
"This happened because of that man, didn't it?"
I held her to me and rocked her and told her not to worry, but the image on the screen and the echo of the man's words made all my platitudes ring hollow. They're putting us in cages and deciding who lives or dies.
The voice on the TV went on to speculate how the destruction of the town was carried out. I turned it off, shivering. I didn't need to speculate. I'd seen those jets, and I imagined if I'd been looking close as they streaked by the second time, I would have noticed some missiles missing underneath those gray steel wings.
Rosalie wasn't her chatty self the rest of the day. The apartment felt too large without her voice and her laughter filling it up, hollow. I wanted her to talk, even if it meant more questions I couldn't answer.
The silence was instead broken by the sound of a bell. It rang once, then twice. By the third ring Rosalie and I were both at the window, looking down at the street below. We heard his shouts before we saw him.
"The government is lying to you."
The voice was closer than it had been last night. He couldn't be more than a block away.
"They're keeping you imprisoned until they've decided how many of us have to die."
We checked the dining room window, but he wasn't out there, and his voice was even further away.
"Don't just sit there like fools, waiting to die. Come with me. There are more of us every day."
A voice rang out above me. "You're the damn fool. You're going to get us all killed." I recognized Ada Webley, the old lady two floors up, the one who taught me the trick with the window. "Now get on out of here before I report you."
"Your threats can't hurt me, old woman. You report me, you know what will happen. Someone in Beldon reported me."
Ada's silence proved the emptiness of the threat. His answer was another clang on the bell.
"Come with me. Break out of those prisons."
Rosalie pointed as he came into view. "Down there."
He wore black and stuck to the shadows, but there was enough light from the streetlights to give him away. The bicycle he rode was silent, and he rode slow, his eyes darting from one lighted window to the next. When he came to ours, he stopped.
"You, ma'am. You have a child. Do you trust those charlatans with her life?"
Rosalie turned to me, his question mirrored on her face. I stepped back from the window.
"Hiding won't help you. It didn't help your neighbors."
I was shaking, so gripped with fear that I had to clench my teeth to keep them from chattering. "Go away."
He stepped closer, close enough to see his face in the light. He wore no mask, no gloves. Rosalie gasped. He was a plain man, but he was the first man she'd seen without a mask since the quarantine.
"I will go away, but I would prefer not go alone. They'll be back soon." He looked up at other windows, letting everyone get a good look. "They could be on their way now. I'll take you someplace safe, someplace they don't know about."
"There's nowhere they don't know about." I hadn't meant to speak, but the words poured out of me in a torrent of bitterness and frustration that I'd held back for too long. "I can't even leave without them knowing."
"You calm down now, dear." It was Ada again, her voice stern and full of warning. "You don't do anything that's going to get us all killed. All we have to do is stay inside and wait."
"Wait for what?" He turned in his seat. "What is it we're supposed to be waiting for?"
"A cure."
He laughed a mirthless laugh and rode a little further up the street, facing the next building. "Have you ever seen anyone get sick?"
"People are getting sick all the time." Ada sounded like she was trying to convince herself. "Look at the numbers on the news."
"But have you ever seen anyone who has it?"
Again, she had no answer. I thought of her upstairs, alone, at least seventy-five years old. What chance would she have if she ran away with this man? She had no choice but to wait, and to hope.
I stayed in the window, Rosalie squeezing my hand until our palms were thick with mingled sweat. He looked back at us once more before riding away.
"Think about it. I'll go to the end of the next block, then come back."
When he'd been gone a few minutes I pushed the window open a hair more. The green LED on the sill blinked a few times in warning, but it didn't turn red.
"Ada. Ada are you still there?"
"What do you want, child?"
"He's right. I have to think about my little girl."
No response came from above.
"I've never seen a sick person, not in real life. They don't even show them on the news anymore."
"What do you think? You think they just made all this up? For what?"
"They burned a whole town today, Ada."
She moaned, and the sound carried a lifetime's worth of remorse and fear.
"What would you do if you were me?"
I didn't expect her to answer, but to my surprise, she didn't hesitate.
"I'd run. I'd take my little girl and run."
It was what I wanted to do, but what would happen then? Could I doom a whole town to save myself and my daughter?
The man returned, and Rosalie let go of my hand and waved to him. He smiled a sad smile and waved back.
"Have you decided?"
“What about medicine?”
“I’ve told you, it’s all a lie.”
“No.” I fingered the port, the familiar two-inch reminder that my life was never entirely my own. “I take insulin. It comes with the shipments.”
“I can’t help you with that.” He spotted Rosalie and looked away. “I’m sorry.”
He waited while I packed bags. All the groceries, blankets and clothes I could stuff into three bags and a rolling suitcase. He assured me it would be enough. He stood in shadow on the street below while I talked Rosalie through it.
"You need to learn everything you can. Don't trust anyone. Be ready to run at the first sign of trouble."
"It's okay, Mama. Don't worry."
"There will be boys. Always watch out for boys. They can't be trusted."
Tears streamed down my face as I ripped the back off a picture frame, the collage of me and Rosalie. I stuffed them into a bag with her clothes and I worked my ring off my finger and dropped that in as well.
"Mama, why are you crying?"
"We don't have long, ma'am." The voice came through the window and broke the tension for a second.
"Almost ready."
The bags were too much for Rosalie to carry, so I put the backpack over her shoulders and dragged the rest to the foyer. She hunched under the weight, gripping my hand as I pressed the button that activated the vestibule door.
The light went red when we stepped in, but I didn't bother waiting for the decontaminating mist. We pushed through the door to the stairwell and a klaxon sounded, deafening in the small space. The door slammed shut behind us.
We ran down the steps and out the front door, the building's lights and siren sounding our escape for the entire town. All the faces that had been too afraid to appear in their windows were there now, staring down at me. The Smith kids, old Mr. Ledbetter, Dr. McCauley, my dentist. They had known me for years, had watched Rosalie grow, yet their eyes still burned with fury. They didn't scream or pound on the glass, but their silent accusation was somehow more damning. Ignoring them, I shoved Rosalie in the man's arms.
"They'll be here soon. Go!"
He wrapped his arms around Rosalie and I dangled one of the bags off the handlebar of his bike. The other was too big.
"Leave it. We'll have everything she needs."
I knelt and withdrew the photographs and the ring and shoved them at the man. "Make sure she gets these when she's old enough. Promise me."
"I promise."
There was a change in Rosalie's eyes when she understood. One moment she was limp in his arms, the next she was kicking and screaming along with the cries from the people above, her "Mama, no," mingling with their accusations.
"Go with him, baby." I kissed her as she flailed, my hand on her cheek, my thumb rubbing her tears away for the last time. "Mommy loves you."
Her screams faded as the man ran with her and the bag down the road, abandoning the bike. When I couldn't hear her anymore, I slumped against the wall, my legs failing to support me. When I got to my feet, I could feel the watching eyes on me as I picked up the bike and walked it back to the apartment building. The siren had stopped, but the lights still flashed out their signal.
I climbed the steps, past my apartment to the buzzer for the fourth floor. Across the plexiglas walled foyer, Ada opened her door and buzzed me in. I waited while the fog filled the chamber, trying to hold my breath. When it cleared, she opened her door and took me into her arms.
We sat in her living room, holding hands while I cried over my daughter, and she cried over whatever she was most afraid of losing, or had already lost.
"It's okay, child."
She kissed my brow and rocked me and we waited there together, listening for the sound of approaching jets. 

THE END

sábado, 11 de julio de 2020

La restauración

Por Daniel Link para Perfil

Uno de los muchos grandes defectos de Games of Thrones fue haber postulado una “Edad Media” sin catolicismo, como si se pudiera pensar un orden social sin el imaginario que le sirvió de fundamentación y de consuelo. Como el asunto narrativo se volvía insostenible sin el recurso religioso, en las últimas temporadas introdujeron un culto bastante fanático ante el cual hasta los soberanos debían rendir cuentas.
Pero la religión suscita las pasiones más apabullantes y más ominosas: la destrucción, la depuración, la aniquilación necesitaron siempre de ese componente irracional de la fe sin fisuras (o de su negación a rajatabla). La religión es siempre una religiosis (así como hay cuarentena y hay cuarentenosis).
En los últimos días nos hemos enterado de que una estatua de la Sirenita fue vandalizada: sobre ella se escribió la leyenda “Pez racista”. Quiero creer que la caracterización se refería principalmente al personaje de Disney (que toma el motivo de Andersen pero lo lleva hacia otro lado).
Yo, que alguna vez fui un sirenólogo febril y que he leído a Propp, a Bruno Bettelheim y a Greimas, he analizado mil veces los cuentos infantiles con una perspectiva crítica que destaca, por ejemplo, que “La Cenicienta” es el cuento del ascenso social, “Hansel y Gretel” es el cuento de la liberación respecto del poder maternal y “La sirenita” es el cuento de la desobedicencia al mandato paterno.
Puede comprenderse la ola de iconoclasia respecto de quienes promovieron un orden racista cuyo penúltimo mártir se llama George Floyd, pero es difícil colocar a la Sirena en ese mismo sitial de odio. “¿En qué sentido es racista la Sirenita?
En la historia de las ideas, la sirena era en principio un monstruo mitad mujer y mitad pájaro, víctima de la discrimación de los olímpicos (que despreciaban su canto). El catolicismo le agregó una segunda segregación al transformar la cola avícola en cola ictícola: la sirena medieval es ya la fuente del deseo sexual descontrolado y vicioso. Andersen excava en esa cantera y recupera a una Sirenita que desoyendo el mandato paterno, niega su condición física monstruosa (desclasificada) para humanizarse. Y Disney le da a la historia una vuelta de tuerca: la desobediencia no se paga con la muerte (Andersen), sino con la felicidad de un garche sostenido en el tiempo. ¿Qué debía haber hecho la sirena? ¿Obedecer al padre y salir de su cuarentena marítima sólo una vez al año para ver pasar los pájaros por el cielo?
El asunto parece trivial pero no lo es. Ciento cincuenta intelectuales (Chomsky, Margaret Atwood y Martin Amis entre ellos) acaban de publicar una carta donde deploran que, como rechazo del ultraliberalismo de derecha surja una posición igualmente autoritaria que, en nombre de valores progresistas, defienda la coerción, la censura y la persecución. La restauración del fanatismo religioso y nada más.


viernes, 10 de julio de 2020

La fiesta inolvidable

por Daniel Link para Soy



Sebastián Freire y yo firmamos contrato civil el 18 de marzo de 2011. Este año nos tocó “bodas de arcilla” y nos pareció que no queríamos caer en el barro, pero el que viene festejaremos nuestras bodas de aluminio (material maleable y resistente a la corrosión, ¡como nuestro matrimonio!).

El 18 empezó temprano, cambiándonos para el Registro Civil. Había, cómo no, atascos, y en un arranque de desesperación me bajé del auto, lo abandoné en medio de la calle y corrí hasta la calle Uruguay (vestido de blanco), dejando a mi marido con mi madre: que se arreglaran ellos. Yo no podía faltar a mi ceremonia. Mi apuro fue en vano. Una de las testigas, mi hija, llegó igualmente desesperada y el maquillaje arrasado por las lágrimas, cuando ya la jueza había empezado a hablar.

Cumplido el trámite societario, nos fuimos a Proa, donde la familia y ls más íntims habríamos de almorzar. En la vereda, mientras tanto, la araña de Louise Bourgeois se elevaba sobre sus patas. Intenté advertirle a mi marido (todavía no me canso de nombrarlo de ese modo) el funesto presagio que Maman representaba, pero estaba tan feliz que no quiso oirme.

A las 5 nos volvimos a casa para “dormir una siesta”. Fue inútil: ya se avecinaba la festichola nocturna. Nos duchamos, recogimos nuestros smokings, el Sebastiano gigante que habría de presidir la ceremonia, luces, manteles, golosinas para ls invitads.

A las 7 estábamos ya atrincheradas en la sala de novias del segundo piso del Club Español (capricho lorquiano del que no nos arrepentimos). Mi hija esta vez llegó temprano porque su entonces novio habría de encargarse de verificar que ls convidads cumplieran con el código de vestimenta (blanco y negro riguroso: plateado valía, dorado no) y fotografiarles en la alfombra roja. Después llegaron las muchas bebidas, los djs con sus equipos, el mobiliario alquilado, y el tiempo se nos fue volando.

El escenario estaba preparado para que Mario Bellatin nos entregara los anillos con su garfio de fiesta después de que leyéramos nuestros votos y él validara nuestro compromiso. Atravesamos el salón repleto, precedidas por dos diosas bajadas del Olimpo (Marlene Wayar y Susy Shock), que tiraban plumas blancas y negras a diestra y siniestra. Éramos cisnes drogados en nuestra propia felicidad.

Después empezó la fiesta, cada vez más tribal a medida que los efectos de Dios entre nosotras se dejaba sentir. Las primeras en salir fueron las tortas, portando las idem con forma de pastillas: Viagra, Rivotril y Éxtasis. Los valses (que habíamos ensayado con Juana Molina) fueron tres, el primero de los cuales fue la versión de “Hermana Marica” cantada por Paco de Lucía.

Esperaban turno los gogo dancers, con cara de orto para evitar (inútilmente) los asedios de Fernando Noy. No se negaron, en cambio, a los avances de una subeditora de este diario, cuyo nombre callaremos porque ahora es madre.

Hacia las 4 de la mañana llegó Dany Nijensohn, hizo apagar todas las luces y bailamos con el solo resplandor que salía de nuestros cuerpos. En el tercer piso había una fiesta de disfraces aparentemente malograda y pronto ls invitads se mudaron a la nuestra. Era fácil reconocerles porque no cumplían con el código de vestimenta. Manchas de rojo, verdes esmeraldas atravesaban cada tanto el campo visual del que nuestrs invitados desaparecían, refugiads en oscurisimos rincones.

Creo que a las 7 de la mañana había que terminar todo. En todo caso, a esa hora caminábamos con un grupo de amigos por la Av. 9 de Julio. Yo abrazaba tan fuerte a nuestro Sebastiano de yeso que le quebré un brazo.

¿Lo haríamos de nuevo? Por la fiesta, por supuesto. Agenden: jueves 18 de marzo de 2021. Elijan el viernes posterior para home office. No se suspende por cuarentena.


sábado, 4 de julio de 2020

El Sol la cresta dora

Por Daniel Link para Perfil



La descomposición de los Estados imperiales tuvo como componente imaginario las rebeliones nacionalitarias que se sumaron a la debacle económica después de la Gran Guerra.

Néstor Perlongher, con esa sensibilidad tan particular de la loca troska, llamó Austria-Hungría (1980) a su primer libro de poemas, que recupera un escenario crepuscular de guerra (los soldados que vuelven del frente) y la sedición sexual de las maricas. El nombre de ese libro es preciso y premonitorio, recupera toda esa mitología que uno hace” que, en palabras del Propio Perlongher, “tiene que ver con un ahora, con un presente”.
Por supuesto, nuestra Imperio Austrohúngaro tiene su propia Sisi, que entre nosotros se llamó Evita (“Si Elizabeth de Baviera viviera sería montonera”, cantábamos en nuestra infancia, allá en los prados de Córdoba, el corazón católico chetoslovaco donde hace pocos días se quiso arriar la bandera argentina para reemplazarla por otra, lo que provocó la ira de un grupo de argentinos viejos y largos videos en las redes como partes de una batalla inconclusa.

Más hacia el Oeste, donde la Patria porvenir encuentra refugio contra el viento helado en la Cordillera de los Andes, el 30 de junio será recordado como la fecha del “Grito de la Corneja”, el puntapié inicial de la revolución chetoslovaca: “No nos gusta separarnos, pero nos están obligando”. Las batallas de Portezuelo del Viento, que vienen siendo desfavorables a los mendocinos, soliviantaron los ánimos independentistas, que se afirmó primero en el folklore y las tradiciones locales, y luego comenzó a trazar su propia diplomacia (ya reclaman “calificación de riesgo”, “acceso de crédito internacional”, “inversiones internacionales”, no perjudicadas por las políticas centrales del Imperio del Plata.

Por supuesto, las famosísimas y decisivas Guerras del Portezuelo alinearon a las provincias de Río Negro, Neuquén, Buenos Aires y La Pampa en un cerrojo tan humillante como el Tratado de Versalles. ¿Cómo no iba a brotar de allí el nacionalismo cheto, una música cheta, una ópera cheta, una educación cheta? “Llevamos lo cheto en el alma” y “la Chetia será nuestra bandera” son ya canciones que todos los jóvenes entonan.

Mientras tanto, el gobierno central, provisto ahora de verdaderas hipótesis de combate, reestructuró sus agencias de espionaje y sus fuerzas armadas, para aplastar a los sediciosos que, justo es decirlo, me conmueven un poco.


sábado, 27 de junio de 2020

La cuarentena como gesto

por Daniel Link para Perfil

Los filósofos del lenguaje determinaron hace mucho tiempo que existe una dimensión, la dimensión performativa que permite analizar no tanto la verdad de un enunciado (“La vaca es un animal herbívoro”) sino su fuerza y su efecto. La dimensión performativa incluye en el análisis, pues, las circunstancias de enunciación: el momento en que alguien toma la palabra, la relación entre los interlocutores, el tipo de acto discursivo (juramento, amenaza, pedido, orden) y el modo en que transforma la realidad.
El mero hecho de casarse transforma la realidad jurídica de una persona a partir de la mera aceptación (ante testigos y ante magistrados) de un contrato civil: “Sí, acepto”. La mayoría de las personas probablemente ignoren la letra chica de ese contrato societario en el que están jugando su vida futura. Los prolongados, onerosos y sinuosos juicios de divorcio demuestran el candor en el que reposaba ese compromiso pero también el valor supremo de la palabra empeñada. Deshacer la “aceptación” despreocupada de las consecuencias demanda un esfuerzo gigantesco. En suma: es tan fácil entrar como difícil salir. Y la puerta de salida será siempre diferente de la puerta de entrada.
A veces, la fuerza de un enunciado no se reconoce por su forma gramatical. Si le digo a alguien: “¿Te podés callar la boca?” no estoy haciendo una pregunta sino pronunciando una orden. Para que esa orden sea eficaz la relación entre los interlocutores debe ser tal que quien recibe la orden la interprete como tal y la obedezca. De modo que hablar, más allá de la verdad de los enunciados, involucra toda una gestualidad, supone el gesto del hablante (soberano o súbdito, en principio).
Uno de los más célebres promotores de la pragmática (esa rama de la lingüística que estudia, precisamente, las situaciones en la que los enunciados tienen lugar), John Langshaw Austin, escribió: “Un enunciado performativo resultaría, por ejemplo, huero y vacío de un modo particular si quien lo pronunciara fuera un actor sobre un escenario”.
Si puede hablarse (no tan metafóricamente) del teatro de la política es porque muchas veces en su seno se pronuncian enunciados insostenibles en su fuerza performativa.
Tomemos el caso enunciativo de la cuarentena. Ya decir “cuarentena” dice algo sobre quien pronuncia la palabra. Quienes dicen ASPO, sin lugar a dudas, aceptan un compromiso total e inquebrantable con el mandato de Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio. Quienes dicen “cuarentena” guardan una relación de distancia en relación con ese acto de discurso (mandato, decreto, ley, resolución) y quienes dicen “encerrona” están directamente en contra.
De modo que, en principio, no es seguro que un soberano esté en condiciones de dar determinadas órdenes salvo que esté seguro de que éstas serán cumplidas por sus súbditos. A cien días de cuarentena, resulta evidente que la mayoría de la población del AMBA (otro compromiso con un enunciado que aquí acepto por mera economía) ya no está cumpliendo los parámetros de ASPO correspondientes a la etapa que vivimos.
Las razones pueden ser muchas y variadas, pero eso aquí no importa. La “Stay-at-home order” (como se ve, el “quedate en casa” no es un invento argentino, ni mucho menos) sólo puede pronunciarse si va a funcionar como tal.
Antipáticos como nos resultan los regímenes de Trump o Bolsonaro, lo cierto es que ellos como soberanos comprendieron, tanto como López Obrador, que esa orden no tenía sentido porque no iba a ser obedecida. Entre nosotros, el gigante Berni insistió muchas veces en lo mismo: sólo se puede ordenar algo cuyo cumplimiento pueda verificarse.
No hace falta ser un filósofo del lenguaje para dominar estas finezas. Berni lo hace desde un conocimiento pragmático de la situación de gobierno en la que se encuentra: ¿quiénes serán los encargados de velar por el cumplimiento de esa orden soberana? Ante quien quiera oirlo, él ha dicho: no tenemos nafta, ni neumáticos, ni repuestos para los patrulleros. Las fuerzas de seguridad están agotadas y, en muchos casos, en aislamiento sanitario. De modo que habrá que apelar al acuerdo (imaginario) entre el soberano y su súbditos para que ese acto de discurso se sostenga como tal. Pero, por supuesto, tampoco hay que ser ministro de seguridad, presidente o gobernador para saber cómo funcionan los actos de discurso, basta con saber algo de teatro.
Un fragmento inédito de Brecht1 parece sugerir que consideraba que todas las frases, no sólo las evidentemente performativas como las del lenguaje teatral, podían y debían ser tratadas del siguiente modo:

  1. ¿A quién beneficia la frase?
  2. ¿Quién la reclama para su beneficio?
  3. ¿Qué pide?
  4. ¿Qué acción práctica se corresponde con ella?
  5. ¿Qué clase de frases resultan de ella? ¿Qué clase de frases la sustentan?
  6. ¿En qué situación se pronuncia? ¿Quién la pronuncia?
Si aplicamos esas preguntas (que constituyen ya una pragmática completa) al enunciado ASPO, en cualquiera de sus variantes, obtendríamos una grilla variada de respuestas. Como no es mi intención polemizar elijo las que son indiscutibles: el enunciado “ASPO-Quedate en casa” beneficia, en primer término, a los grupos de alto riesgo en situación de pandemia (por su edad, estado de salud y de sistema inmunológico, etc.). Beneficia, en segundo término (por orden de aparición, no de jerarquía) a los trabajadores de la seguridad y la sanidad que son quienes más en contacto están con el virus. Beneficia, en tercer término, al gobierno, que teme no tanto por la cantidad de víctimas sino por la reacción del electorado ante esos números alarmantes y ante las injusticias que inevitablemente sucederían ante un sistema de salud saturado. Y beneficia, en cuarto término, a los actores principales del “fascismo tele-sanitarista” que son los sedicentes periodistas y panelistas de la televisión, que combinan sus opiniones personales con avisos publicitarios de “escudos virales” de venta libre, canales de compra on-line, velocidades cibernéticas, planes de salud y seguros de vida.
Hay un programa en la televisión argentina (seguramente el fenómeno se replica en todos los países, no se trata de poner en la mira a ningún grupo en particular, ni a ningún partido) particularmente gracioso. Invitan a un columnista estrella, que se refiere a los infectólogos como “podólogos” y reservan la tanda de publicidad y PNTs para el final de su exposición. El mismo actor cómico que actúa de periodista ha subrayado su duda respecto del alcance y eficacia del ASPO y dice en la frase siguiente: “Quedate en casa. Tomá antitusivo X”.
Hay un rizo raro, pues, en la orden “Quedate en casa”, que la vuelve un enunciado huero y vacío de un modo particular, porque beneficia indudablemente a quien la pronuncia y, muy en segundo lugar, a una porción muy pequeña de quienes deberán obedecerla.
Por supuesto, siguiendo las preguntas que Brecht nos invita a formularnos, habrá muchos que la reclamen para su propio beneficio: son quienes coincidan imaginariamente con el lugar de enunciación de quien pronuncia la orden.
Quedan totalmente excluidos del beneficio: ls niñs, ls educadors, ls universitaris (docentes y alumnado). Dejo de lado otrs excluids, creo que con ests alcanza.
Entre los muchos daños que la pandemia ha producido entre nosotros, uno de los más graves afecta al pacto educativo, completamente distorsionado y librado a la buena voluntad de sus actores que, además de sus propias limitaciones (quién no las tiene) deben enfrentarse a la hostilidad de la sociedad telemática en su conjunto.
Hago mías las palabras de la lingüista María Luisa Silva, quien ha salido en defensa de las maestras que dan clases televisión (las que escribieron “hervívoro” o “sepillo”). “Nadie se privó de juzgar, de condenar, de exhibir el error haciendo gala de cierto saber” escribió en las redes María Luisa Silva. Pero hay que tener en cuenta que “en la ortografía se intersectan instancias complejas, que suponen dinámicas que incluyen procesos de control social, procesos de normalización histórico-políticos y procesos individuales de desarrollo cognitivo”. Que los medios se burlen de esas maestras no puede extrañarnos: después de todo, atacan a una institución (la escuela) que precisamente enseña a desconfiar de los medios (escritos, dicho sea de paso, con los codos).
Ahora bien: “¿por qué el “escándalo” de muches ciudadanes ante el fallo ortográfico de docentes? ¿Qué es lo que escandaliza? ¿Escandaliza el error? O escandaliza que un grupo de docentes asuma la responsabilidad profesional de exhibirse ante un público por demás extenso, porque ese espacio ya no es su aula, su nido con sus chicos sino un estudio, una pantalla, todas las casas de todes. Ahí aparecerá con su cara, su cuerpo, su saber, sus movimientos y habla más o menos fluidos o más o menos torpes para ayudar a chiques en este contexto”.
Escandaliza, en términos de Brecht, la acción práctica que se corresponde con el cumplimento de una orden y algunas frases que resultan de ella.
Atacar el error (ortográfico o matemático) de una persona que está haciendo una tarea para la que no está preparada (actuar ante la televisión) es atacar a todo el sistema educativo en su conjunto e ignorar las ventajas de la educación obligatoria (una de las cuales es sacar a ls niñs del asfixiante ambiente parental, lo que se llama “socialización”).
El arte de injuriar es un acto de discurso que supone una supuesa superioridad (de saber o moral) de quien injuria al otro, que no puede defenderse. No importa la verdad del enunciado (ciertamente, hay normas ortográficas y reglas matemáticas) sino la violencia de la descalificación.
Además, es dificíl sostener siquiera una parodia de educación universal e igualitaria cuando los contextos en los cuales el aprendizaje se desarrolla son tan desparejos.
Recién ahora, después de tres meses de clases suspendidas, se están distribuyendo (y está bien que así sea) herramientas tecnológicas para que estudiantes de los niveles inicial y secundario puedan acceder a ciertos contenidos.
Hasta donde sé, los sindicatos docentes protestaron con vehemencia y con razón ante la conversión inmediata de la educación presencial en educación remota. Siguiendo a Brecht, la frase “Quedate en casa”, a ls docentes nos pide mucho más que a otros sectores de trabajadores.
Examino el nivel que más conozco: universitario de grado y de posgrado. El miércoles previo a la semana santa se nos informó que debíamos comenzar las clases virtuales el lunes siguiente. Dedicamos ese fin de semana largo a reformular la secuencia pedagógica de textos que pensábamos dar a leer y a organizar algo parecido a una lógica de aprendizaje remoto.
De inmediato nos enfrentamos con varios escollos. La bibliografía digitalizada (que tanto escándalo ha suscitado últimamente entre personas incapaces de pensar la lectura más allá de la propiedad privada) debía alojarse en servidores que, muchas veces, no admitían el tamaño de los archivos. Tuvimos que duplicar las plataformas, con el consiguiente desgaste que eso significa para estudiantes y docentes. En segundo término, las reuniones sincrónicas no podían programarse porque los programas al uso (el detestable zoom, por ejemplo) no aceptan más que un número limitado de participantes, inferior a nuestros inscriptos. Finalmente conseguimos cuentas prestadas para poder armar reuniones de ese tipo en otras plataformas (google meet).
Mientras tanto, los aprendizajes funcionaron (y seguirán funcionando) de manera asincrónica y a fuerza de esperanzas. ¿Qué se entiende de lo que mando escrito? ¿Qué se ha leído previo a la clase? Imposible saberlo. ¿Cómo evaluar la marcha de los aprendizajes? Esos actos de discurso se vuelven, ellos también, huecos y vacíos. Sólo se sostienen en una función, la función de contacto: ¿están ahí? ¿nos oyen? Gracias por acompañarnos.
Luego, un dato no menor: la presunción de que cualquier docente de universidad (un cargo con dedicación exclusiva y toda la antigüedad posible equivale a una jubilación de un administrativo medio y esos cargos son poquísimos) cuenta con acceso a internet de alta velocidad y ambientes adecuados al streaming en su casa es completamente falsa pero, sobre todo, injusta. El “quedate en casa” del docente es mucho más costoso que el de cualquier otro trabajador del Estado.
La mutación educativa compulsiva y generalizada parece reposar en el presupuesto de que promover un proceso complejo de aprendizaje (ligado con la lengua y la literatura, o la matemática y los estudios sociales) equivale a la mera distribución de contenidos.
Pero si quisiéramos insistir (como lo hacemos) en la necesidad de examinar críticamente los materiales que constituyen nuestro objeto (letras, sonidos, colores, paisajes, números o normas), lo cierto es que es muy poco lo que podemos podemos hacer remotamente.
Somos docentes porque no somos gestores culturales, ni apéndices inertes de las multinacionales de la edición ni promotores de figuras autorales ni propaladores de pnts.
En un texto sobre estos asuntos publicado muy tempranamente (el 12 de marzo), la Prof. Anna Kornbluth señaló el riesgo fundamental del desafío al que nos mandan responder: “las doctrinas de shock hacen de la emergencia una nueva normalidad: convierten los esfuerzos temporales en expectativas permanentes”.
Seguimos adelante porque amamos la clase. Pero la queremos viva, la necesitamos presente. Desde Valencia y Roma nos llegan las mismas señales de alarma que desde Estados Unidos. Las instituciones universitarias (verdaderas corporaciones) también se han visto beneficiadas con el “Quedate en casa” porque pueden multiplicar la matrícula para sus cursos de grado y de posgrado sin que eso implique mayores inversiones en infraestructura educativa o en salarios.
La “nueva normalidad” pedagógica tendrá, también ella, sus beneficiarios y sus excluidos. Ls docents hemos aceptado el pacto imaginario con la orden “Quedate en casa” pero, a diferencia de lo que sucede con los bancarios, los judiciales o los monotributistas, no hemos recibido ninguna compensación por el enorme esfuerzo que eso implica y ningún tipo de respaldo institucional (en Valencia, en Roma o en Buenos Aires) para realizar esa tarea para la que no estamos preparados como no lo están las maestras que en la tele se ofrecen como chivos expiatorios de la cuarentena educativa.
Mientras tanto, el tiempo corre, vuelve sobre sus pasos, se detiene hasta inmovilizarse. Nos resulta imposible concentrarnos en un objetivo y descubrimos que no sabemos en qué día estamos. Fijamos una clase virtual para un lunes que es feriado. Cuando nos damos cuenta del error, ls alumns dicen que no importa, porque todos los días son más o menos iguales.
Hace unas semanas (¿o meses?), a uno de los docentes con los que trabajo se le cortó la luz y por lo tanto internet durante una clase de consulta. En mi casa también se corta el servicio y tengo que tener preparado el teléfono para seguir con los datos cuando el wifi se me escapa como arena mojada entre los dedos (cuando los datos se me acaban, tengo que renovarlos pagando de mi propio bolsillo).
Por supuesto, las clases virtuales son un desperdicio de tiempo perdido en verificar el contacto: ¿se me ve? ¿se me oye? Se te escucha entrecortado. Apaguen la cámara. Tenés el audio prendido.
Luego, ls alumns preguntan cualquier cosa (porque son muy jóvenes). El otro día me preguntaron qué era un “gag”. Dije que eso no iba a contestarlo. Al final contesté, porque ells no tienen la culpa de haber llegado a un mundo sin memoria del cine mudo o del Correcaminos.
Todo es un gag, con la diferencia de que entre nosotros aparece saturado de palabras. Es como la carrera de Aquiles y la tortuga, acompañada del griterío de un relator deportivo ahíto de cocaína.
Hablar ante una cámara (no digo “dar clases” porque no tiene nada que ver con eso) es hablar en la televisión: ¿no lo tienen en cuenta quienes se burlan de las maestras que cometen errores en vivo? Los silencios se vuelven insoportables, parece que uno calla porque no sabe qué decir y los gestos en primerísimo primer plano carecen todo valor: son como automatismos corporales. No dan ni para gag.
Cuando veo las charlas que dan mis colegas (para acompañarles en esa pesadilla) a veces me pierdo en detalles insignificantes (uno de ellos, que estaba hablando de Artaud y el ano, comenzó a rascarse el ojo con violencia; no estoy seguro, pero creo que eso duró diez minutos o doscientos).
Ya nos han dicho que el segundo semestre funcionará del mismo modo, remotamente: daremos seminarios en modalidad virtual. Nadie que no lo haya hecho sabe el trabajo que da preparar una clase virtual y contestar preguntas a través de foros, que están sólo a un paso de la ignominia de las redes sociales. Yo di dos o tres seminarios en modalidad remota para una alta escuela de estudios mexicana. Me pagaban bastante bien, pero se me iba la vida. Ahora, acá, no nos pagan más e incluso acabamos de recibir el baldazo de agua fría de que recibiremos el aguinaldo en cuotas.
Casi todo lo que había previsto Giorgio Agamben al comienzo de la pandemia fue verificándose punto por punto, sobre todo sus puntualizaciones sobre la muerte del estudiantado universitario, el final de una forma de construcción de saber compartido. Pero ni él ni Bifo, los dos autores cuyas consideraciones intempestivas fuimos siguiendo al mismo tiempo con alarma y entusiasmo previeron el cansancio y, todavía más, el agotamiento y la desesperanza. Incluso hasta hace algunas semanas podíamos sostener alguna esperanza, pero ahora ya sabemos que, si la hubiera, no la hay para nosotros.
Agotados, desecados, extenuados, ahora querríamos ya no movernos nunca más, ya no tener que escribir un solo informe, ya no rendir más cuentas de lo hecho ni proyectar lo que haremos. No hay espacio para hacer algo porque el espacio, junto con el tiempo, se ha reducido hasta su mínima expresión y las órdenes son cada vez más difíciles de cumplir.
Incluso las imágenes se agotan: ya no soportamos vernos a nosotros mismos, simulacros de vivientes, muertos-vivos conectados a máquinas, gesticulando en primerísimo primer plano y preguntando: ¿se oye, se ve? Y ya no: ¿se entiende?
Aceptamos el rol que nos cabe en la situación de pandemia y cuarentena con el gesto de quien quiere sostener un pacto de aprendizaje a toda costa, porque hablar es hacer gestos, más allá del valor de verdad de lo que uno dice. La política es la esfera de la gestualidad absoluta e integral de los hombres (Agamben).
Y aceptamos el rol que nos cabe por solidaridad con los grupos de alto riesgo, por solidaridad con los trabajadores de la salud y de la seguridad. De ningún modo en solidaridad con el fascismo tele-sanitarista, que hace negocios pingües con el dolor de los demás y mucho menos con el soberano que sólo quiere subrayar su capacidad para dar órdenes (aquí, en Valencia, en Roma y en Nueva York).
Un pensador chileno, Rodrigo Karmy, se hizo eco de nuestras preocupaciones en los siguientes términos: “El Globo no es Mundo: asistimos a una desmundanización del mundo y a una globalización planetaria. Si en el mundo advienen otros, hay superficie rugosa y la luminosidad es siempre opaca, en el globo no hay más otros, toda superficie es lisa y la luminosidad redunda siempre transparente. La aceleración del proyecto metafísico de la cibernética intenta imponer al globo sobre el mundo, situando la cuestión más grave y decisiva de todas: la destrucción de la posibilidad de habitar de una vida singular o, si se quiere, de la vida ética”.
Por eso, para nosotros, no se trata de la libertad, sino de encontrar una salida. Una salida ética que no implique un acto violento de discurso, represivo o discriminador. Una salida que se sostenga en un acto de discurso sin víctimas y sin verdugos, que realmente beneficie a quienes hagan el gesto de adecuar su práctica a ese acto de discurso.


1Representación de frases en una nueva enciclopedia”, incluido en Brecht on Theatre: The Development of An Aesthetic, edición de John Willet, Londres, Hill and Wang, 1964, p. 106