sábado, 31 de agosto de 2019

Lector en trance

por Daniel Link para Perfil

Trance de Alan Pauls es un libro sobre la lectura. Pero no cualquier lectura, y por eso elige llamarse con un nombre equívoco que, en todas sus acepciones, convoca a la etimología: “pasar, ir a otro lado”. El estado de trance es tanto lo que se siente en la unión mística con alguna entidad trascendente (que podemos llamar Dios o no, habrá que preguntarle a Descartes) como el último tiempo de vida, próximo a la muerte. Un momento decisivo, en todo caso crítico (toda lectura, lo quiera o no, es crítica), incluso el estado mediúmnico de conexión con planos de existencia que por lo general nos son inaccesibles.
Todo eso es el libro Trance y hay que dejar que el lector decida cuál es el sentido que más le conviene a su propio desatino, porque leer, cada día más, es una práctica desatinada, escandalosa, llamada a irritar a quienes quedan fuera del acto de leer.
La lectura es como un rapto y por eso Trance se abre y se cierra (pese a que simula el orden del glosario) con escenas de infancia: al comienzo la propia, la del propio rapto, cuando los gitanos que habitan los libros nos sacan de la cuna, de la casa del ser, del reparo tranquilizador y de las velocidades familiares. Cuando el sentido entra en combustión por el chisporroteo de mil chispas de vida (y la lectura es eso, dice Trance), la casa está, entonces, en un borde que no es ni adentro ni afuera, que disuelve las fronteras y que transforma los territorios en zonas de tránsito y las temporalidades en capas de hojaldre. Se dice que “el casado, casa quiere”, pero...
Trance
nos dice que leer es un “vicio gratuito, benéfico, generoso”, resistente por lo tanto a toda institución, del orden más bien del abandono de si, de la indiferencia (quiero decir: indiferenciación).
Al final del libro, la escena de infancia es otra y es la misma: opone, ahora, al padre y al lector y lo que uno anhela es exactamente lo contrario de lo que el otro necesita, el “deseo ávido y sedicioso de huir de esa pieza y ser un indio, ser el indio de Kafka”.
En ese fuego del que lee hasta que se le queman los ojos la infancia (esa potencia pura donde absolutamente todo está ovillado y disponible, dispuesto a saltar, esa inmensidad de infinito flotante, esa posibilidad de expansión absoluta) se cocina lo que se puede leer aunque no haya sido escrito. “Transfusión de sangre, shock eléctrico, posesión”: ésas son las figuras que Alan convoca para volver a ese lugar que no quiere abandonar del todo: el lugar du niñe que ansía el rapto o que se apresta a la fuga. Eso es el trance y eso es la lectura para
Trance: se trata de resucitar lo infans, de conjurar su desaparición.
Hay que restituir a la lectura la dimensión de una experiencia para sacar al texto absoluto de la metafísica infantil: la infancia siempre está al borde de la muerte, es Valdemar, sostenido en trance hipnótico en un borde inaguantable. Sólo si se comprende el texto como antecedente de una vida tal o cual se percibirá su lugar en la fantasmagoría que propone. Hay dos velocidades diferentes: la lentitud de la familia y la velocidad de la fuga. La fuga es desgarro y liberación del envolvente pensamiento parental, del lento camino de la pedagogía y del no ser sino en el lugar que nos han asignado como casa (la lectura más radical que cuenta 
Trance, la de la Recherche proustiana, sucede precisamente en un borde civilizatorio y esa circunstancia contamina el texto que se lee, ya en si mismo un texto desencaminado).
El niño que lee abraza la fuga. El padre que lee mira a su niño apagarse y el lector que lo habita como un alienígena para todos los demás desconocido, disimulado detrás de unos anteojos que, por milagro del embotamiento de los otros, funciona como máscara perfecta, desea a su niño re-activado, disipando “las telarañas que le cubren los ojos” (y aquí, Trance superpone los ojos del hijo y del padre y hace que el mero pronombre “le” señale la posibilidad de ver en absoluto: al mismo tiempo la del padre y la del hijo), y le regala o le lega (después de todo, la paternidad sólo se sostiene en el gesto del legado) el deseo de fuga, de escapar de toda casa.


sábado, 24 de agosto de 2019

Potencias de la pedagogía

Por Daniel Link para Perfil

Hace tantos años cuantos me dedico a la docencia vengo predicando a mis alumnos de todos los niveles, en la cárcel, en las universidades, en los colegios: nunca contesten encuestas con la verdad. Si no les gusta mentir, usen la opción NS/ NC.
Supongo que muchos docentes harán lo mismo, y por razones obvias: ¿para qué permitir que personas por lo general viles obtengan un saber a partir de respuestas muy íntimas y muy nuestras y luego transformen ese saber en mercancía que venderán a gobiernos y partidos políticos, multinacionales y medios de comunicación? Sabemos que el saber es poder. Y que el poder siempre está en contra de aquellos sobre quienes se ejerce. Además: ¿cuánto factura una consultora por una encuesta política? Miles de dólares de los cuales ni uno solo va a parar a quienes proporcionan la fuente de saber y, en consecuencia, de poder.
Con las redes sociales pasa lo mismo: son el mal absoluto (digo cada vez que puedo). La “expresión” personal no sólo es un instrumento de control social y político: genera, una vez más, transferencia de recursos hacia sectores improductivos, manipulación y profundización de prejuicios de todo tipo.
De modo que más allá del descalabro que significa este período en el que no se sabe bien quién es quién ni cuál es su papel en una tragedia repetida hasta la farsa, me felicito (y felicito a quienes comparten mi pedagogía) por el resultado de las encuestas previas a las PASO.
Es ridículo y autohumillante que un gobierno no sepa qué piensa de él la ciudadanía y tenga que pagar una encuesta para conocer la intención de voto. ¿No es el pueblo (sea esto lo que fuere) el fundamento de nuestra soberanía? ¿No son capaces los gobernantes de conocer el humor de los electores, el grado de sufrimiento que infringen o el nivel de felicidad que sus políticas patrocinan, de gobernar para ellos? ¿No saben ni siquiera eso y llaman a lo otro “populismo”?


sábado, 17 de agosto de 2019

Poder y soberanía

por Daniel Link para Perfil

La democracia tiene grisuras a las que los argentinos no terminamos de acostumbrarnos. Queremos siempre más: pasiones incendiarias, impulsos trágicos, hýbris, abismos y cruces en caminos donde sólo hay lugar para uno, locura desatada.
El domingo por la noche y el lunes, tuvimos un poco de todo eso. El Sr. Macri se presentó públicamente en estado de psicosis. Escapado de su rol presidencial y de toda contención discursiva, apareció ante las cámaras acompañado de su can Cerbero, para decirnos que las cosas son como él las piensa y que si no se entiende eso, a joderse. Nunca la soberanía había retrocedido hasta tan atrás en el tiempo, hasta los tiempos del poder subjetivado y absoluto que no necesita de las instituciones para imponerse como tal: un derecho de sangre.
Lo que el señor Macri piensa es que la economía es global y que sólo importan las grandes empresas (la obra pública, las compañías de aviación, la minería, las empresas petroleras, los fondos de inversión, los bancos, la cotización en NYC). Para eso, naturalmente, hacen falta grandes inversores, mucho crédito, mafias organizadas, capitalismo vil, imperialismo económico y humillación política. Es una pesadilla fáustica.
Las economías domésticas, ligadas al trabajo personal y, si acaso, a la pequeña y mediana empresa, al Sr. Macri le parecen una pérdida de tiempo. Mejor es destruirlas y pasar a lo que interesa de verdad.
No hay necesariamente maldad en el asunto, pero sí fanatismo. Anteponer una idea insostenible de desarrollo (por lo inadecuada históricamente, por lo salvaje) a la posibilidad de subsistencia de la ciudadanía: ahí hay locura, hubris, impulso trágico y abismo.
No hay que ser injustos con el Sr. Macri: no es el único rey loco suelto. El de al lado, el Sr. Bolsonaro, advirtió que se viene una crisis migratoria y que ellos no van a aceptar argentinos exiliados. Señores, seamos serios: tenemos Barcelona. 

viernes, 16 de agosto de 2019

Me parece que me voy a la mierda....



Allí estaremos


lunes, 12 de agosto de 2019

sábado, 10 de agosto de 2019

Educación y democracia

Por Daniel Link para Perfil

Sin casi haber podido disfrutar el receso invernal, el segundo cuatrimestre se nos vino encima. La semana pasada comenzamos a dictar la materia Literatura del Siglo XX en el Centro Universitario Devoto, para internos que cursan la carrera de Letras, estudiantes de otras carreras o simplemente oyentes.
Para ponerme en situación, miré algunas series carcelarias, la legendaria Oz (1997-2003) y la primera temporada de El marginal en la versión de Netflix. Las dos son fantasías deliciosas que naturalmente no me prepararon bien para el curso, salvo en el hecho de que las cárceles son, para quienes no las habitan, espacios imaginarios que se llenan de los deseos de la sociedad para las cuales existen. Para El marginal no hay redención posible, y educar en ese contexto es como escupir al cielo.
Sin embargo, vamos a Devoto a refrendar un compromiso con la educación pública que en los países latinoamericanos está siendo objeto de una violencia desconocida hasta ahora, más allá de la cuestión meramente presupuestaria. Se trata lisa y llanamente de la privatización de las actividades de enseñanza, investigación y extensión.
En los últimas semanas, la prensa brasileña informó sobre un proyecto del Ministerio de Educación para reformar la "autonomía financiera" de la educación superior pública federal, allanando el camino para el cobro de mensualidades a los alumnos.
Bolsonaro y Weintraub tienen la intención de liberar al Estado de su responsabilidad como garante de la financiación de la educación superior, profundizando los recortes ya iniciados (un 30 % en mayo) y de poner fin a la carrera pública de los funcionarios federales de educación estimulando la incorporación de nuevos docentes a través del sistema de contratación privada.
Un programa como UBA XXII, que dicta carreras de grado con modalidad presencial y actividades de extensión en establecimientos del Servicio Penitenciario Federal para garantizar el acceso a la formación universitaria de personas que se encuentran privadas de su libertad ambulatoria desde hace 34 años, supone una imaginación muy diferente de la persona y de la educación de la que se puede ver en El marginal y de la que atenaza los ministerios de la derecha latinoamericana: la educación integra democráticamente.
De México a Argentina, los Consejos Universitarios repudiaron las medidas de Bolsonaro. Pero nada indica que Brasil no marque un rumbo que otros quieran seguir. En Argentina, por ejemplo, acaba de reformarse el sistema de categorización de investigadores para incorporar al beneficio de incentivos a docentes de universidades privadas y una encuestra realizada por el ex-Ministerio de Ciencia y Tecnología proponía en cada uno de sus ítems (eran más de veinte) la conveniencia de que las empresas financiaran la investigación en las universidades.

jueves, 8 de agosto de 2019

sábado, 3 de agosto de 2019

La caja boba y vil

Por Daniel Link para Perfil

Mi nieta gusta de la lectura y sabe distinguir entre libros y revistas. “Mejor libro”, dice. Y sí. Ningún fetichismo libresco, pero al menos el libro ha sido elegido y se sabe lo que contiene. Con las revistas y la televisión, en cambio, todo es territorio hostil.
La última tarde que me tocó cuidarla nos dejaron sin llave así que no pudimos salir a pasear. Me dijo “poco tele” y accedí a su pedido.
Usa la cuenta “Niños” de Netflix y allí nos zambullimos después de que ella se negara a ver la serie de animales con la que yo intentaba disuadirla de su anonadamiento en dibujos animados mediocres, sin sentido o con un sentido siniestro. Es que Nuestro planeta es bastante riguroso en la presentación del mundo natural y mi nieta ya ha desarrollado una vulgar predilección por los grandes mamíferos, especialmente los terrestres: le encantan los tigres, los elefantes, los ciervos (a los que llama “Bambi”, para mi indignación), los osos (polares, panda), las jirafas. Los insectos, batracios y la mayoría de los pájaros y peces la dejan cruelmente indiferente (yo ya le he dicho que toda vida merece idéntico respecto, pero no hay forma de torcer su gusto inducido a fuerza de peluches).
Tanto insisitió con Daniel, el tigre que lo sintonicé. Estaba en la mitad de un capítulo. Los dibujos son horribles, pero lo peor es la educación que brindan. Daniel tiene un amigo príncipe. Sus padres usan, naturalmente, corona. Detuve la reproducción y le expliqué a mi nieta que lo que estaba viendo eran un viejo disfrazado y una drag queen. Que todo el mundo tiene derecho a disfrazarse de lo que quiera pero no a ejercer soberanía subjetiva sobre los demás. “Soberanía”, repitió.
El capítulo era sobre el miedo. Y lo que enseñaban esos estupefacientes personajes era a reprimirlo. “Piensa en algo que te haga feliz, cuando tengas miedo”. Le dije a mi nieta: “No, el miedo es una pasión y, como tal, hay que atravesarla”. Hay que entregarse al miedo, sabiendo que va a pasar. Ir hasta el final del propio terror. “Daniel”, dijo ella. El capítulo siguiente marchacaba con “Recoger, limpiar y guardar / limpiar todos los días”.
Le mandé un whatsapp a mi hija quejándome de la selección. Me recomendó que cambiara por Peppa Pig. Peppa estaba en ese momento en un barco con su abuelo, que le decía que debía obedecerle en todo momento.
Simulé que el televisor había perdido potencia y nos fuimos a leer libritos.


lunes, 29 de julio de 2019

Lecturas cruzadas



sábado, 27 de julio de 2019

Mil y un marxismos

Por Daniel Link para Perfil

Lamento el lugar en el que quedó Axel Kiciloff. Es ofensivo tener que estar aclarando las virtudes teóricas del marxismo a una cuadrilla exaltada de periodistas cuasi-mafiosos. Puedo argumentar en su favor en este punto, sin que se sospeche de mí favoritismo electoral (yo no voto en provincia).
Hace bastantes años, una socióloga o politóloga norteamericana que asesoraba a Rodriguez Saa me arrinconó debajo de unos Tiépolos extraordinarios en la residencia para escritores en la que estábamos y me dijo, con mirada escandalizada, porque había googleado mi nombre y descubierto mi blog: “Usted es marxista”.
Le contesté suavemente que el marxismo era dos cosas: una teoría social del conocimiento y una teoría radical de la acción política. Yo, naturalmente, no sé pensar ni leer sin la noción (marxiana) de imaginario. Creo que nadie podría. En cuanto a la acción política, el asunto ha quedado saldado históricamente y no merece mayor comentario.
Sigo pensando eso. Uno de los tres mayores filósofos del siglo XX, Michel Foucault, escribió líneas indelebles al respecto. Criticó todo lo que pudo la teoría económica de Marx, tan decimonónica. Pero luego del 68 lo devolvió a un alto sitial: instaurador de discursividad, lo llamó. Como Freud. O sea: esos nombres crearon discursos tan poderosos que aún para negarlos, navegamos en su estela.
Alexandre Kojève había ido más lejos: se decía marxista de derecha y consideraba que era en los Estados Unidos donde el marxismo había alcanzado la perfección. Lean, che.


martes, 23 de julio de 2019

Escrito en el cuerpo


Fuente: Microsoft (Gracias, Facu).



Fuente: Xataka 

 

sábado, 20 de julio de 2019

Chongo envejecido

por Daniel Link para Perfil

El chonguito anda diciendo por ahí: “Bueno, puedes asegurar, por la forma en que camino / que adoro a las mujeres, no es momento para hablar de eso / La música está alta y las mujeres calentitas / me ningunearon desde que nací / y ahora está todo bien, está OK...”. O no lo dice, pero les, en todo caso, lo que dice la canción que suena en Fiebre del sábado por la noche (de 1977).
Aunque sea un bueno para nada y en la casa lo miren con desprecio, él ha encontrado su lugar: la pista de baile. Dice que lo forrearon (tal vez lo cagaron a patadas un poco). Desde que nació. Pero ahora la vida le da una revancha en la disco, con la música a tope y el falsete insoportable que le hace mover las caderas con una pasión que se confunde con la fiebre. ¡Qué winner! Lo imaginamos extasiados e imaginamos cosas.
Por ejemplo, que el tiempo pasa y la disco y el boliche comienzan a sentarle mal, como al macho de la canción “Malo” (2004) que canta Bebe. El “olor a tabaco sucio y a ginebra” ahora ahuyenta a las chicas y los ritmos que se bailan ya no le permiten sentirse un rey. Una chica se compadece de él. Las circunstancias los fuerzan a formar una familia para la que ninguno de los dos estaba preparado. Un hijo sigue a otro, y el rictus de desprecio va acentuándose con las semanas y los años. “Tu carita de niño guapo / Se la ha ido comiendo el tiempo por tus venas, / Y tu inseguridad machista / Se refleja cada día en mis lagrimitas”, le dice ella cuando él la mira, antes de la primera piña.
Ella aguanta los golpes porque no le queda más remedio (eso le han dicho). ¿Quién mantendrá a sus hijos? Eso sí, le pide “No grites, que los niños duermen”.
El chongo envejecido no disfruta del hogar y tampoco de la violencia doméstica que ejerce. En el fondo, no le queda más remedio. Esa fiebre del sábado por la noche sigue siendo la misma, pero ahora tiene otro espesor. Antes era mostrar qué winner era ante sus amigos, en la pista. Ahora, es mostrar a los amigos, en el bar, que el que manda en la casa es él y que a él ya no lo ningunea nadie, aunque siga viviendo en el suburbio y la vida suceda en otra parte.
Ella rumia su desesperación, para llevarla al justo punto: “Voy a volverme como el fuego / Voy a quemar tu puño de acero / Y del morao de mis mejillas saldrá el valor / Para cobrarme las heridas”.
No se trata sólo de una vida miserable fundada en la mentira en que todo está bien si uno puede ejercer el olvido un sábado por la noche, para volver el lunes con la cabeza gacha a ocupar el lugar subalterno de siempre. Esa vida fue celebrada por Fiebre del sábado por la noche, que transformó en objeto de deseo un artículo de análisis cultural-antropológico que había aparecido en 1976 en el New York Magazine titulado "Ritos tribales del nuevo sábado en la noche", firmado por Nik Cohn, donde se presentaba a la nueva generación a través de Vincent, que en la película será Tony Manero.
Vincent, en el artículo, cuenta que una vez se tuvo que quedar cuidando a la hermana y llegó tarde a la disco a encontrarse con una chica de la que creía estar enamorado. La encontró bailando con otro. “Después de eso ya nunca pude sentir lo mismo. Ni siquiera podía estar cerca de ella. No podía aguantar tocarla”. 
Ese desprecio desemboca, lógicamente, en el chongo envejecido que imagina Bebe, en una de las más eficaces intervenciones musicales contra el maltrato que esta triste época nos ha dado: “Malo, malo, malo eres / No se daña a quien se quiere, no”, “Eres débil y eres malo / y no te pienses mejor que yo ni que nadie”.
Esas dos canciones separadas por 27 años recuperan la singularidad antropológica del chonguito y su inclinación inducida a la violencia pandillera o doméstica. 
El siglo XX le había dado la voz a Vincent para que contara su pobre drama conurbano, porque en él se cifraba el abandono de una época dorada y el comienzo de algo nuevo. Este siglo le dio la voz a la mujer para que contara el mismo drama, desde el punto de vista de la víctima. No es raro que dos de los más grandes sucesos de la música disco sean: “Staying Alive” y, cantado por una mujer, “I will survive” (1978).


martes, 16 de julio de 2019

Qué buen vasallo si hubiera buen señor...

Pilar Gamboa y Elisa Carricajo en Petróleo



sábado, 13 de julio de 2019

Evocando a la reina plebeya de todos los reinos mestizos

por Daniel Link para Clarín Cultura

Me dicen que María Moreno ganó el Premio Iberoamericano Manuel Rojas en Chile. No me sorprende: ella merece ser coronada reina plebeya de todos los reinos de mestizos. Sobre todo porque ha desdeñado todo anhelo de pureza en relación con la escritura y ha mestizado todos los géneros posibles sin ninguna conmiseración.
Pienso en su último ensayo, Oración, sobre la figura del escritor Rodolfo Walsh, en el que encuentra el cruce de todos los caminos que su escritura ha venido transitando y el libro le permite (o más bien: la obliga a sostener) el tono justo, justo el tono que corresponde a un libro que incluye en su título la especificación “elegías políticas”.
El fin último de la palabra es la celebración, cuya forma poética específica es el himno. El término griego hymnos deriva de la aclamación ritual que se gritaba durante el matrimonio: himen. Pero desde los más antiguos registros, en los así llamados himnos homéricos, se refiere sobre todo al canto en honor a los dioses.
Después, una vez que se constató o se decidióla muerte de los dioses, el himno se confundio y se contaminó con la elegía: en la esfera de la celebración puede darse el lamento pero, sobre todo en este caso, en este libro, en el caso que este libro se pone a mirar y a escuchar, la esfera del planto, un género del duelo, y la endecha admite la celebración de lo que, por milagro, vive apenas pero vive todavía. “Epinicios en prosa” llama Moreno a la Carta a Vicky y la Carta a mis amigos, ambos de Walsh, reconociendo ese borramiento de los límites, ese umbral que nos permite sostener la comunidad de los ausentes.
Las operaciones que María Moreno realiza en Oración son muy desusadas y, al mismo tiempo, muy oportunas. Esas operaciones exceden la crítica filológica, la crónica, la entrevista, la confesión y la intervención cultural. Ésas son, tal vez, sus vías, pero las operaciones son estrictamente conceptuales, con la condición de que se entienda (subrayo) que vivir, formar esferas y pensar son expresiones diferentes para lo mismo.
Nosotros hoy sabemos que necesitábamos un libro como Oración (así como antes habíamos necesitado libros suyos como El petiso orejudo o como Black out, su autorretrato.
Como somos pobres, desconocides y, sobre todo, amigues de la regia figura, nos parece encantador que alguien más la premie.


La izquierda unida....

por Daniel Link para Perfil

El hastío que me provoca la cloaca electoralista estuvo a punto de hacerme salir de Buenos Aires durante la semana del 11 de agosto, para no convalidar con mi presencia unas sedicentes “primarias” en las que lo único que se decidirá es quién ejecutará las reformas laborales y previsionales: ¿la fórmula macedoniana o la fórmula ultraderechista? 
Para el caso, el resultado va a ser el mismo y yo, en lugar de repasar los números y las letras que la inteligencia de mi nieta me reclama, seguiré atado al yugo cotidiano. Después recapacité, porque había (hay) un acontecimiento político que no puede ni debe pasar inadvertido: la ampliación del FIT, que se presenta esta vez con listas unitarias armadas junto con el MST. 
Es, desde la perspectiva de muchas personas con las que converso y también desde la mía, la única opción sólida contra el neofascismo contemporáneo, tan sutil y diluido que a veces parece imposible localizarlo y enfrentarlo. Hace unos días, en un acto en el Congreso de la Nación del que yo participaba, fui increpado por un señor (lo presumo macrista, o peronista de Pichetto, por la prepotencia y la insolencia con la que me habló) a propósito de una cita que hice del inmenso repertorio de ideas de Pedro Henríquez Ureña. “Eso es tirar nafta al fuego”, me dijo. Si vamos a tener problemas para citar a don Pedro (en un acto en el que se lo homenajeaba) imagínense lo que podría ocurrir si uno quisiera usar las herramientas epistemológicas que el marxismo nos legó. 
¿Compareceremos ante una Comisión de Investigación de Actividades Antipatrióticas? Gane quien gane el sillón del inmundo Rivadavia, se vienen tiempos de un autoritarismo sombrío. Garantizar la presencia de la mayor cantidad de voces que provengan del arco de izquierda es una apuesta contra la política “realista”, cuyo único horizonte es lo posible. Mejor es reivindicar lo imposible, lo puramente potencial, lo necesario.


sábado, 6 de julio de 2019

Pegan a una lesbiana

Por Daniel Link para Perfil



En «“Pegan a un niño”. Contribución al conocimiento de la génesis de las perversiones sexuales» (1919), Freud ejecuta una de sus habituales piruetas discursivas para fundamentar su teoría del fantasma en relación con el deseo, que Lacan retomará en su seminario El deseo y su interpretación (1958-59).

De lo que se trata, para Freud, es de colocar en algún lugar la “fantasía de golpiza”. Sabemos lo que las mujeres piensan de eso: al haber incorporado a su teoría el fantasma, lo que hizo Freud fue desplazar el trauma. Es decir, el hecho de que a los niños, efectivamente, les pegan. Y a las mujeres y a las lesbianas, también.

Se trata de golpizas siempre de intenciones correctivas, que provienen de un espacio de autoridad (identificado, por lo tanto, con el lugar que el régimen héteropatriarcal otorga al hombre) y cuyo declive tanto preocupaba al Coronel Freud.

A Mariana Gómez le pegaron (representantes de una institución ordenadora) como niñe, como mujer, como lesbiana. ¿Para qué, si las lesbianas son incorregibles? No es que estén perdidas, sino que no hay nada que corregir de su deseo.

Los golpes que dejan marcas en el cuerpo no son los únicos. Vayamos, como quiere el psicoanálisis, a los fantasmáticos. El fallo condenatorio (un año de prisión en suspenso) para Mariana Gómez fue dado a conocer el mismo día que se cumplieron los 50 años de los levantamientos de Stonewall, la semana pasada. ¿La justicia es ciega? Bueno, qué se yo. Mejor es preguntarse sobre entidades concretas: ¿el sistema judicial es ciego? En modo alguno, y por eso pega el golpe correctivo en una fecha que aunque no reconozcamos como “matriótica” es, sin embargo, una fecha nuestra, de todes a quienes nos arrastran deseos incorregibles.

¿No es resistirse a la autoridad casi obligatorio cuando ésta demuestra su fantasma sádico, su fantasía de exterminio y, como dijo una elegante lesbiana berlinesa, su mal gusto?

sábado, 29 de junio de 2019

Himnos del setenta

Por Daniel Link para Perfil

Los rigores de la vida laboral o el azar (quién lo sabe) me llevaron a escuchar “Libre”, la canción del malogrado Nino Bravo lanzada en 1972.
Como una cosa lleva a la otra, recordé que el mismo año, Joan Manuel Serrat lanzaba “Para la libertad”, basada en un poema de Miguel Hernández, a quien le dedicó un disco. Los dos habían triunfado casi al unísono en Buenos Aires (Serrat en Sábados circulares, Nino Bravo en Canal 9), lo que les permitió catapultarse a la fama hispanoamericana.

Si se comparan las libertades del catalán y del valenciano se comprenden las tensiones de los años setenta.
En “Para la libertad” el cantante se coloca, en primera persona, respecto de un anhelo, “la libertad”, en relación con el cual se enumera lo que se hace. En nombre de la libertad (ausente, no vivida, anhelada) se sangra, se lucha, se sobrevive y, sobre todo, se muere. No importa, porque la libertad hará nacer de la “carne talada” nuevos brazos y nuevas piernas. Es una canción no del militante, sino del combatiente (Miguel Hernández lo fue) que sabe que va a morir o a sobrevivir muerto-vivo al fascismo, pero que de todos modos está dispuesto a dar batalla porque lo que queda, una chispa de vida, no sólo alcanza para alimentar el anhelo de libertad, sino que es precisamente el fundamento mismo de la emancipación: la vida se ha vuelto el más allá de la subjetividad, disloca el campo de su conciencia, vacía su interioridad, reorganiza sus políticas. La vida como exceso que renace de todo tropiezo.
Eso es un himno de los años setenta (las canciones que todes cantábamos con convicción). Y en todo el mundo la palabra “libertad” sonaba con el mismo temblor en todas las gargantas: en Joan Baez, en Lucio Battisti (“Il mio canto libero”).
Nino Bravo también canta un himno, pero lo hace desde una posición exterior. Divide las estrofas y va alternando el relato de la situación del que se cree libre y su canto mismo (el del otro, no el suyo). En tercera persona: tiene casi veinte años, está cansado de soñar, piensa que la alambrada sólo es un trozo de metal, se marchó cantando una canción (¿cuál? Probablemente “Para la libertad”) y no escuchó la voz que le llamó... Le cagaron a tiros. Quedó en el suelo con el pecho ensangrentado. 
En primera persona: el canto del liberado. ¿Desde dónde surge ese canto? ¿De un más allá de la vida? ¿Es el canto de aquel que se siente liberado por la muerte de las cadenas de la vida? “Yo soy libre” cuando he dejado de ser. No cuando mi ser se funde (para la libertad) en un pueblo que falta. No cuando declino los rigores de la sujeción y la subjetividad y devengo uno con lo viviente, sino cuando el ser directamente cesa. 
A la inmanencia de “Para la libertad” (la vida llama a la vida), la trascendencia de “Libre”: sólo el Más Allá nos libera. 
Elija Usted su himno.


miércoles, 26 de junio de 2019

Dicen que...

El último lector

por Carlos Acevedo para Palabra Pública

Sería conveniente empezar por las credenciales de Daniel Link, pero él mismo en este libro explica (en tercera persona) que se quedó con “catedrático y escritor”. Dice poco pero es suficiente, sucinto y limpio, como suele ser su prosa. Hay algo en la prosa de Link que podría tener que ver con esa definición: con enseñar, con redactar papers y, supongo, con presentar a tiempo formularios. En una época en la que el periodismo diario ha perdido su capacidad para hacer inteligible la realidad, Link hace un uso exquisito de las herramientas de la expresión escrita incluso para consignarle al lector datos que precisan de una explicación algo abstrusa, pero que con él nunca lo es. La generosidad y hospitalidad de la escritura de Link no es común o no, al menos, entre sus colegas académicos que han perdido la voluntad de comunicar o padecen de hacerlo única y exclusivamente para un círculo de iniciados o cercanos: entendidos. Exagero, pero si no existiese el peligro de que la expresión se leyera peyorativamente, llamaría la atención sobre su trabajo con el anacrónico “amena erudición”, pero estoy lejos de querer celebrar la existencia de este libro diciendo que es legible, apenas pretendo advertir que los prejuicios que podrían asustar a cualquier lector más o menos avezado frente a publicaciones de catedráticos son infundados. 
También sería conveniente empezar por el principio, pero tratándose de un libro recuperado —su primera edición es de 2002— elijo empezar por el final. El texto que cierra este libro, y que es la única novedad de esta edición, trata sobre Rodolfo Enrique Fogwill, y la addenda no parece caprichosa. La figura de Fogwill, por ejemplo, abre también la novela El amo bueno, de Damián Tabarovsky; además, sus novelas se reeditan, su poesía se reunió, se publicó un libro coral con testimonios sobre su persona y se ha informado debidamente que hay una biografía en preparación. No creo que sea una coincidencia. Estas apariciones de Fogwill, en el mercado y en los libros, hacen explícita una manera en que la literatura circula cuando signa con un nombre propio una política, un modo de hacer. En este libro, la aparición de Fogwill no es una figuración ni un souvenir, sino más bien un marco, un área de acción y movimiento, y también un modo de fijar un momento; o de fijar su importancia, la de Fogwill, en un momento (vital, también: las escasas tres páginas esconden más de dos décadas de una vida en común). El texto consigna afectos y melancolía y eso tiñe al testimonio de veracidad cuando señala que su protagonista es “el primer amigo que falta”. Que un texto sobre Fogwill, una de las figuras públicas más potentes (y temidas) por la amplitud y el valor (equívoco pero entusiasta) de sus movimientos e intervenciones en un campo literario como el argentino —que, por cierto, periódicamente nos regala estimulantes anomalías agrupadas bajo el rótulo de literatura—, donde las polémicas transitan por la academia, la prensa y el mercado, en parte por sus pluriempleados miembros, en parte porque se reconoce en el diálogo más o menos militante y casi siempre beligerante en torno a su propio funcionamiento. Cerrar un libro de las características difusas y extrañas de éste que ha recuperado Alquimia Ediciones con un texto sobre Fogwill también dice, o subraya, que el centro de la literatura argentina tiende, una vez más, a hacerse difuso, quizás en consonancia con la compleja situación económica y política actual en el país transandino; se trata de una crisis cuyas encarnaciones anteriores aparecen, sí, articuladas y pensadas en este libro. Los textos reunidos en este volumen gozan de una dimensión productiva que hace valiosa esta recuperación editorial no tanto por el testimonio que, en definitiva, otorgan, sino porque permite seguir pensando. Link, no sé cómo lo hace, es siempre contemporáneo (en el sentido que le otorga Giorgio Agamben al término).
María Moreno empezaba así un texto periodístico que ya ha cumplido once años: “Decir yo siempre estuvo de moda, un yo para cada sujeto, infinitos yoes para cada yo…”. Con eso imponía una cierta distancia respecto de lo que Alberto Giordano ha querido llamar “giro autobiográfico” y minaba el tópico de lo nuevo que le resulta tan caro al periodismo. Y aunque es evidente que ese siempre está cargado de desconfianza hacia las propuestas del mercado y las demandas académicas, la cláusula insiste en que lo que entendemos como literatura se ha de pensar desde la lectura y el tiempo —sobre este aspecto concreto recomiendo viva y alegremente la lectura de Panfleto, libro que recoge dos décadas de apuntes e intervenciones sobre género de la autora argentina— o desde el tiempo de la lectura. Esa desconfianza nos permitiría ver o entender hasta qué punto o en qué medida la primera persona, el uso de la primera persona, consigna algo más que narcisismo, algo más que coquetería o, ahora sí a secas, algo más. A Héctor Libertella le llamaba la atención que en castellano la primera persona “se armase con un elemento que conjunde y une, seguido de otro que disyunde o separa”, una precisión sausseriana que intenta señalar algo de lo que se pone en marcha al decir yo: ¿acaso la mera enunciación del pronombre admite la posibilidad de unir y separar a un tiempo? Pero ¿unir y separar qué? ¿La experiencia del discurso? ¿Lo real? ¿Lo imaginario? ¿Todo eso junto y a la vez? Y si es así y es todo eso junto, ¿cómo operaría esa distinción sausseriana a la hora de hacer públicos textos que es posible catalogar entre los géneros íntimos? ¿Qué es lo que separaría el “todo eso junto”? Que a estos escritos les ocupe consignar datos acerca de cómo y dónde se escriben y que incluso se detengan en cuáles son los motores de su existencia, de su escritura, subraya su interés como práctica literaria anclada a un tiempo, sí, pero en el caso de Link aparece también una cuestión decisiva: lo está diciendo todo (incluso que hay algo oculto en ese decir). Este libro es una pieza importante —quería decir decisiva, pero no me gustan las profecías— porque evoca y articula también un modo de leer. 

 

martes, 25 de junio de 2019

Che, che... Estamos tocando fondo...




sábado, 22 de junio de 2019

Televisión no lineal

Por Daniel Link para Perfil

Tenía ganas de escribir sobre los nuevos modos de consumo televisivo, que en jerga del ambiente se llaman “no lineales”, porque no suponen una programación día a día ni semana a semana, sino que permiten que el espectador vea según su propio ritmo lo que quiere ver.
Sea. Ya con esta innovación podríamos darnos por satisfechos, pero.... no. Siempre queremos más: por ejemplo, quisiéramos que la programación de Netflix no fuera tan mediocre, de una mediocridad tan alarmante como la complacencia de la crítica periodística que no deja de recomendar cada uno de los desatinos que la página o aplicación lanza día a día, semana a semana.
Naturalmente, una cosa son las cosas que Netflix aloja como archivo (digamos, por ejemplo, Lost, que acabo de ver nuevamente, esta vez en maratones exhaustivas) y otra cosa son las producciones de Netflix, incluso las más celebradas, que no son sino recombinaciones hechas a partir de restos del pasado. Ejemplarmente: Stranger Things, ese compendio de lugares comunes del cine de los años ochenta que la serie remixó sin gracia alguna. O el atrevimiento (y fenomenal fracaso) de Star Trek: Discovery, que introdujo tantos desatinos en el universo trekkie que al final de todo Spock tuvo que reclamar a la Federación una ordenanza que dijera: “de esto hay que olvidarse y quien quiera hablar de esto será acusado de alta traición”. ¡Ah, claro!
De las películas no digo nada, porque tienen una gran virtud: sirven para dormirse. No hay “producción original” de Netflix que se salve, hasta ahora, de la ignominia, la pereza intelectual, el burocratismo fílmico.
Amazon, en ese sentido, demuestra que no todo tendría que ser así. Fleabag (coproducida por Amazon y BBC Tres) es extraordinaria. The Marvelous Mrs. Maisel, también. Good Omens, también coproducida con la BBC, parece buena al principio pero después se revela como una porquería (la culpa es del libro en la que está basada). Transparent tiene un tono extraño, pero la serie no es del todo despreciable.
Estamos en los albores de un nuevo estilo de mirar televisión. Pero mientras la prensa especializada no abandone su complacencia para con las porquerías que se nos ofrecen, no habremos ganado demasiado salvo el derecho a revolver nuestra propia basura.
Una no va a rasgarse las vestiduras para apoyar a los gerontes de Hollywood, pero el futuro no puede ser más mediocre que el pasado, señores de Netflix.