sábado, 14 de mayo de 2022

Disparates genéricos

por Daniel Link para Perfil

En su clase magistral "Estado,Poder y Sociedad: la insatisfacción democrática", la vicepresidente nos dio algunas pistas para comprender el descalabro argentino y, naturalmente, nuestra insatisfacción ciudadana. Dejemos de lado los errores históricos de esa clase (que ignoró olímpicamente el parlamentarismo británico, cuyo origen se remonta a 1215 y que adquiere su forma más o menos definitiva en 1640) o los errores teóricos (el capitalismo no es sólo un régimen de producción de bienes y servicios sino, primariamente, un régimen de acumulación). Dejemos también de lado las disquisiciones jurídicas (que Roberto Gargarella ha contestado con precisión y elegancia en el diario La Nación) y, finalmente, los asuntos económicos (tan obvios como obtusos).

Me detengo en los asuntos lingüísticos, sobre los que tengo una formación y una inclinación precoz, y en la vía heideggeriana de la etimologías en la que pretendió incursionar la Sra. Fernández: “Debate. Pelea es nombre femenino. ¿Debate qué es? Masculino, el debate, la pelea. No creo en las casualidades para nada y menos con cierta gente y cierta prensa mucho menos. ¿Qué dice debate? Atiendan. Debate: nombre masculino”. El asunto sigue sin ton ni son hasta llegar a la toma de decisiones de base hormonal o neuronal, en una confusión irreparable entre género gramatical y género identitario (y sus predicados asociados). La Sra. Fernández borra 25 siglos de reflexión lingüística y ni el Cratilo de Platón queda en pie: ya no hay convenciones lingüísticas y los nombres de las cosas son el resultado de un complot. Que el debate sea un nombre masculino y la pelea un nombre femenino, se nos dice, no es casual.

El problema es que eso lo dice la misma persona que se reconoce como vicepresidenta y se recuerda como presidenta, rechazando la convención que permite sostener un nombre no marcado genéricamente: presidente, estudiante (¿o la Sra. Fernández se recordará como “estudianta”?), docente. He ahí la “e” en todo su esplendor gramatical y su corrección normativa, que hoy las disparatadas corrientes de revisionismo lingüístico pretenden imponer sin reflexión ni cautela (dicen que en la ciudad de La Plata extienden título de “Profesore”: ¿alguien reparó en que su diminutivo sería profesorete?).

Defiendo la conciencia crítica sobre el lenguaje (he diseñado un diccionario donde “sexista” es uno de los marcadores) y abogo por los usos inclusivos de la lengua. Pero cuando todo el sistema de nombres se desbarata por vocación retórica (“la munda” y “las cuerpas”) estamos ya no ante la lengua sino ante el poema, sobre el cual los juicios estéticos son necesarios. La impotencia y la paranoia son femeninos, el resentimiento y el cinismo son masculinos. Ninguna política lingüistica fundada en esos vicios puede conducir a otra cosa que la insatisfacción.

 

viernes, 13 de mayo de 2022

Buscando a Schreber me topé con esto...

 


(por supuesto, no me atrevo a leer)

 

jueves, 12 de mayo de 2022

Kafka Queer

Snarke: Kafka Lite: KAFKA LITE  In January 1912 Kafka had noted in his diary: “I am supposed to pose in the nude for the artist [Ernst] Ascher, as ...

sábado, 7 de mayo de 2022

Plegarias atendidas

Por Daniel Link para Perfil

¿Quién no imaginó alguna vez para si una vida de rocker o de estrella del pop? En mi adolescencia soñé para mí una vida de giras letradas sin pausa. Me imaginaba viajando por el mundo de congreso en congreso, de curso en curso, de presentación en presentación.

El asunto nunca coaguló, de modo que la ensoñación permaneció allí, acurrucada como una deuda del mundo hacia mi persona (¿o personaje?).

Pero Teresa de Ávila (1515-1582), patrona del goce, la misma que se reconocía muy “varona”(“no soy nada mujer en estas cosas, que tengo recio el corazón”, Cuentas de conciencia, III, 6) y que en carta a la madre Ana de Jesús, afirmaba que sus monjas debían ir “como varones esforzados y no como mujercillas” (Cta 433,13) ya nos había advertido que se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las que no tienen respuesta.

Sin demasiada conciencia de mi error, entonces, pero habiéndolo deseado como un idiota seducido por el movimiento insensato, me vi arrastrado por mi fantasía rocker a una gira de compromisos internacionales “a los que no podía faltar”. Volé a Madrid y de ahí a Viena, donde me esperaba una limousina para llevarme hasta Olomouc, en la Moravia checa, a través de campos que parecían santafecinos. Después de cuatro noches (y dos presentaciones) en esa encantadora ciudad barroca donde Mozart no se había sentido cómodo, un tren me llevó a Praga, donde tomé un avión rumbo a Frankfurt, para enfrentar otras cinco noches con dos presentaciones. Volé a Madrid, y de ahí a Buenos Aires, para enfrascarme en un congreso que hubiera debido realizarse presencialmente en la ciudad de San Francisco pero que, por problemas sanitarios o presupuestarios (doy las gracias por ello), fue finalmente virtual y que me exigió cuatro presentaciones en cuatro días.

De más está decir que, a diferencia de lo que sucede en el universo teatral o musical, en mi rubro las presentaciones no admiten repetición. Así que viajé con un repertorio de primeras (y últimas audiciones).

Entre el estrés, la sociabilidad obligatoria, la mala alimentación, la diferencia de horarios, las combinaciones de medios de transporte y las diferentes burocracias nacionales, volví a mi casa deshecho pero pensando que iba a ser recibido con algarabía.

No fue así y me di cuenta de que entre el 20 de abril y el 8 de mayo había perdido el tiempo, un puñadito de euros en souvenirs de viaje y las ganas de repetir la experiencia.



sábado, 23 de abril de 2022

Populismo y verdad

por Daniel Link para Perfil

El populismo se entiende, en general, como una forma política caracterizada por la irrupción de grupos que son incorporados a la política partiendo la vida comunitaria en dos polos antagónicos: el pueblo y las élites poderosas. La bibliografía especializada distingue entre populismos de derecha y de izquierda, incluyentes o excluyentes, según las variaciones específicas en los cortes que el discurso populista propone.

Desde el punto de vista discursivo, el populismo ha sido caracterizado como demagógico porque apela a prejuicios, miedos y esperanzas para ganar el apoyo popular.

De modo que uno de los aspectos esenciales de los populismos sería su relación con la verdad.

El asunto fue trabajado con su habitual delicadeza por Michel Foucault en sus últimos cursos, donde analizó la figura retórica clásica de la parresía y del parresiasta como figura de la democracia. En sus lecciones del Collège de France, Foucault precisa: la adulación al pueblo o al tirano «es la sombra misma» de la parresía, «su imitación turbia y mala». Frente al coraje de decir la verdad, tenemos el decir falaz de los demagogos, que saben que sus palabras no son ciertas, pero que las utilizan para regalar los oídos del pueblo y ganar su confianza. Ya lo había señalado Aristóteles: «El demagogo es el adulador del pueblo».

La dimensión que introduce Foucault es más dramática cuando afirma que el parresiasta, porque dice lo que considera verdadero, se pone en situación de riesgo. No basta con decir la verdad sino que hay que ponerse en riesgo al hacerlo, creer que se está diciendo la verdad (comprometerse con ella) y, finalmente, obligarse a ese acto arriesgado, querer decir la verdad, a toda costa, porque de ese modo se ayuda a otras personas.

Argentina, cuya relación con el populismo ha sido larga e intensa, abunda en parresiastas: La Sra. Cristina Fernández y la Sra. Lilita Carrió son dos figuras que juegan con el convencimiento propio de sostener la verdad, y con el riesgo que ello entraña.

Por eso es importante no confundir la parresía con la adulación y al parresiasta con el vulgar demagogo. En este caso, quien habla puede estar diciendo una verdad o no (después de todo, la democracia debe garantizar el acceso a la palabra de cualquiera), pero está esencialmente adulando a su auditorio. Es el caso penoso del Sr. Javier Milei.

¿Cuáles son sus sencillas verdades? Las que sean, no lo ponen a él en riesgo alguno, sino todo lo contrario, porque él sólo dice su verdad para poder atarl electores a su carro. Para eso, Milei usa la ignorancia de su público. Es muy fácil decir que la “casta política” es responsable de todos los males argentinos. Muy diferente sería proponer una administración que pudiera prescindir de la burocracia. Esa utopía anarcocapitalista jamás podrá ser cumplida y Milei es consciente de ese hecho.

Podríamos discutir el pago de asesorías para los parlamentarios. Pero aún si pusiéramos en esos lugares a los más nobles y sabios de nuestros ciudadanos, ¿podrían prescindir del consejo preciso de asesores en materia económica o constitucional para ejercer su representación? Es como si yo debiera abstenerme de pedir bibliografía para hablar de temas que desconozco.

El populismo de derecha, que se ha convertido en una amenaza real del régimen democrático, lucra con la necedad (ignorancia y terquedad) de aquellos a quienes se dirige: dice las turbias palabras que quieren escuchar y que los medios reproducen porque es como revelar secretos de alcoba, asuntos que sirven para vender mayonesas, maquinitas para afeitarse y tampones.

Que Milei hable con violencia no es casual: él sabe que la parresía, porque es un compromiso a todo o nada con la propia verdad, supone traspasar el umbral de las buenas formas. Pero en su caso es una impostura porque sabe bien que no corre ningún riesgo al hacerlo y que si llegara al gobierno (no lo permita el Destino trágico argentino) sería incapaz de gobernar democráticamente según su credo.

Nada hay de extraordinario en la irrupción de Milei, a cuya sombra no se aglutinan nuevas formas de acción política, sino las más flamígeras espadas de la desigualdad estatizada y una ética del puro resentimiento.

 

sábado, 16 de abril de 2022

La podredumbre dorada

Por Daniel Link para Perfil

El martes habíamos comenzado con nuestras actividades docentes a eso de las 16:30 con un workshop sobre jóvenes investigaciones en curso, del que participaron becarias locales y europeas. A las 18:30 terminamos con esa amable reunión de jóvenes talentos porque yo tenía que prepararme para la clase de las 19:00. Mientras fumaba un cigarrillo, entreví el tumulto en el primer piso de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, que parecía repetir incidentes de dos semanas atrás.

Un morochazo que estaba al lado mío y que no parecía un alumno deploró ese comportamiento de la jeunesse dorée, peleándose por un espacio donde colgar carteles. Desde su perspectiva, que yo comparto plenamente, el Consejo Directivo de la Facultad debería prohibir para siempre las pegatinas, características de la militancia mugrienta.

La clase comenzó y continuamos con nuestro propósito de reivindicar el “leer como negros” como una perspectiva legítima para imponerle al mundo (nuestro) sentido: por ejemplo, que la filosofía de Nietzsche debería leerse como un efecto de la criolla generación del 37 (Echeverría, en primer término).

Afuera, parece, la olla a presión siguió sobre el fuego y a las 20:30 los gritos de la escaramuza del primer piso llegó hasta nosotras y nos vimos obligadas a abandonar el aula. Tres agrupaciones de izquierda (que habían perdido, por dividirse, las recientes elecciones del claustro estudiantil) se cagaban a golpes en la escalera principal por unos cartelitos que enmascaraban el resentimiento (actitud moral que Nietzsche atribuyó a la posición de Esclavo).

En las redes alguien creyó que todo esto tenía correlación con las más nobles escaramuzas frente al INCAA. No era así, y el episodio es penoso porque pone a la izquierda en el lugar preciso en el que la derecha liberal y el peronismo la necesitan: el de la podredumbre dorada que, ante la decadencia institucional, abraza la atonía ética.


domingo, 10 de abril de 2022

Cuando un amigo no está

 Sergio Chejfec


Cuando hace falta el aire

Lo que pensaba ser una conmemoración terminó convertido en un homenaje. conmemoración porque hace 30 años se publicaba en buenos aires la que tal vez sea la última gran novela argentina del siglo XX. homenaje porque el sábado 2 de abril pasado, mientras algunos colaboradores que se leerán a continuación escribían sus textos, falleció sergio chejfec, autor de “el aire”. a medio camino, entonces, entre el festejo y el duelo, Beatriz Sarlo, Guillermo Saavedra, Fermín Rodríguez y Daniel Link escriben sobre un libro y despiden a un autor y a un amigo.

 

sábado, 9 de abril de 2022

Leer como negros

Por Daniel Link para Perfil

Vuelvo sobre un tema que ya desarrollé antes aquí. En estos días de recuperación de la presencialidad hemos tratado de fundamentar la necesidad de “leer como negros” (una manera más criolla de decir “filología cuir”). Fundamentamos nuestra perspectiva a partir del librito de Vicente Rossi Cosas de negros (1926), mucho más audaz que la revista Martín Fierro de la que es contemporáneo estricto. 

Allí, como se recordará, el “Manifiesto” hace malabares intolerables para justificar su rechazo hacia los negros que pretenden cambiarse del lugar que les ha sido asignado histórica, económica y culturalmente (por ejemplo, en Una excursión a los indios ranqueles de Mansilla donde el Coronel amenaza a un “negro borracho” con cagarlo a palos porque le ha hecho una pregunta legítima que él considera “irrespetuosa”). Tantos negros ya no había (el gran chef Antonio Gonzaga, inventor de la parrillada, autor de El cocinero práctico argentino, sin embargo, ya iba camino de la gloria) pero eso probable que Martín Fierro se refiera a esos otros “negros” de provincias, como Ricardo Rojas (tucumano-santiagueño, decano de la Facultad y a partir de 1926 rector de la UBA, inventor de la literatura argentina, etc.), con quien no era el momento de pelearse todavía.

En su libro, Vicente Rossi inventa un mito para explicar la negritud en el contexto del Génesis: negros y negras son, dice, los que huyen de Dios antes de que éste termine su obra. Como sabemos por el Evangelio de Juan que “En el principio fue el verbo...” y que la palabra griega que se traduce como principio es arkhé (“origen” como en arqueología, o “mandato” como en monarquía), bien podría leerse la palabra de Juan como “en el origen, cuando se establecieron las relaciones de dominación” y el mito de Rossi como “el ser negro se caracteriza por la huida de las relaciones de dominación”.

Leer como negros es leer contra las relaciones de dominación.

 

sábado, 2 de abril de 2022

La argentinidad al palo

Por Daniel Link para Perfil

 

La mayoría de los procesos históricos no pueden explicarse cabalmente sin recurrir a la dimensión o registro de lo imaginario (ni siquiera hace falta ser marxista para abrazar ese principio de comprensión).

Lo imaginario es una potencia que opera sobre las conciencias. Decir “las Malvinas son argentinas” o, como dice la página de cancillería “La recuperación de dichos territorios y el ejercicio pleno de la soberanía, respetando el modo de vida de sus habitantes y conforme a los principios del Derecho Internacional, constituyen un objetivo permanente e irrenunciable del pueblo argentino” son unidades imaginarias, sobre cuya capacidad de cohesión nacional nadie puede dudar como tampoco es posible dudar sobre las credenciales argentinas para reclamar soberanía sobre esos territorios, que están bien documentadas.

Sin embargo, nada de eso garantiza la “realidad” de esa pertenencia o dominio, por más que la OEA y las Naciones Unidas incluyan en su agenda recurrente el asunto y por más que hayan dictaminado sobre los nombres a aplicar a esos territorios insulares y hostiles. En la “realidad”, el gobernador del sedicente “territorio británico de ultramar autónomo” y el Reino Unido como responsable de su defensa militar y su política exterior venden licencias de pesca, extienden permisos de exploración petrolera, y organizan el turismo, además de gobernar sobre la vida cotidiana de los habitantes de las islas.

Hace exactamente cuarenta años, un gobierno asesino decidió que convenía pasar de la imaginación al acto (un acting-out o brote psicótico) y tomar por la fuerza lo que la imaginación nos concedía. La guerra de Malvinas duró desde el 2 de abril al 14 de junio de 1982 y arrojó como resultado la muerte de 649 soldados argentinos, 255 británicos y 3 civiles isleños, además del endurecimiento de la posición del Reino Unido y la ruptura total de relaciones entre las islas y el continente.

Hoy corresponde que recordemos y homenajeemos a los veteranos y los caídos en la guerra de Malvinas. Más de once mil de esos veteranos fueron soldados conscriptos, enviados sin misericordia a luchar contra el aparato militar de la OTAN. Por lo menos 152 de los muertos durante el combate eran también conscriptos, jóvenes que fueron enviados a pelear por una causa que tal vez no compartían, en nombre de una figura de la imaginación que a lo mejor no los movilizaba. En 2011 se estimó que una cifra similar a la del total de muertos había fallecido a causa de suicidios.

La mejor manera de honrar a todos esos muertos y veteranos, además de protegerlos económicamente, es subrayar que una cosa es agitar una banderita en un acto escolar y después comerse una empanada con forma de Malvina y otra muy diferente mandar a morir al pueblo argentino en nombre de una causa a lo mejor justa, pero sin duda cruel.



viernes, 1 de abril de 2022

Tres a quererse

 

                                                                                    Ayer en Klemm

martes, 29 de marzo de 2022

Mi nieta, la bombero argentina

 


Esto no es una cancelación

A partir del día de hoy, sumo una nueva regla a mi conjunto de restricciones cinematográficas:

No veo películas actuadas o dirigidas 

por Will Smith.



sábado, 26 de marzo de 2022

La matriz humorística

por Daniel Link para Perfil

La rica tradición humorística argentina tiene una matriz que se estabilizó alrededor de dos figuras, Olmedo y Porcel. En su última película juntos, Atracción peculiar, Porcel desempeña a un periodista infiltrado en el mundillo travesti marplatense para investigar un crimen de odio (diríamos hoy), acompañado de un fotógrafo gay, desempeñado por Olmedo. La fórmula humorística (cargada de chistes ahora insoportables) tocaba con esa película un final que la casi simultánea muerte de Alberto Olmedo refrendaría.

Heredero de esa tradición, Martín Piroyansky, sin embargo, la transforma en otra cosa porque otras son las condiciones de posibilidad de discurso.

Los “canallitas” que representa Piroyansky (en Permitidos, por ejemplo) son los hijos políticamente corregidos de los que supo desempeñar Olmedo, incluido el caso de Mi novia el... de 1975, la adaptación libre de Viktor und Viktoria (1933) realizada antes de la versión hollywoodense protagonizada por Julie Andrews en 1982.

La ductilidad actoral de Piroyansky no se agota en esos roles pero el reciente éxito de Porno y helado los evoca y recupera.

Para entender ese justificado suceso de Amazon, hay que imaginarse un tren fantasma a toda velocidad conducido por Olmedo y Porcel que choca de frente con la maquinaria de, por ejemplo, Seinfeld, con todo su “teatro del absurdo y de la nada” desparramado sin misericordia (en la serie: el complot de los taxistas). ¿Qué faltaría para suturar esas vertientes aparentemente irreconciliables de lo cómico? César Aira, el escritor más citado por Piroyansky en sus entrevistas (en la serie, su apelación al mundillo del arte realmente existente: Lolo y Lauti, los recitales de poesía, el snobismo de la jeunesse dorée, el “arte instantáneo”).

En Porno y helado, Piroyansky (guionista, director y protagonista) hace dupla con Ignacio Saralegui, que compone un personaje de una ternura infinita y contrastante con la obsesión sexual adolescente de Pablo (Piroyansky), quien lo arrastra a una mentira de la cual es cómplice Cecilia (Sofía Morandi).

La trama es sencillísima pero la riqueza de la serie está sobre todo en los pormenores, en el cruce delirante de registros y la eficacia de los diálogos.

Susana Giménez es el eslabón necesario para situar la comedia en una tradición. Santiago Talledo se proyecta como el supervillano de la segunda temporada que, ojalá, multiplique el delirio ya presente en la primera.


jueves, 24 de marzo de 2022

Yolleo

La vidala (la ira de ls hombrs) y el canto gregoriano (la ira de Dios) en una plegaria sin respuesta.

miércoles, 23 de marzo de 2022

sábado, 19 de marzo de 2022

Desayuno con galletitas

Por Daniel Link para Perfil

Extraño el marzo de hace dos años, cuando todos los diarios habían liberado sus contenidos periodísticos para que mejor administráramos nuestro tiempo al ritmo de las incertezas pandémicas.

Después, la voracidad de las empresas periodísticas volvió de forma redoblada, lo que complicó mis rutinas informativas.

Prefiero leer los diarios en la computadora. Lo primero que hago es borrar las cookies de Clarín, La Nación y (ay) Perfil, el diario con el cual colaboro pero que no me brinda ningún acceso privilegiado. Así, el navegador queda limpio de rastros previos y puedo enterarme de lo que pasa en el país. Página/12, por fortuna, no me exige ese paso. Lo segundo es determinar (por la estructura de los titulares), cuáles notas han sido levantadas del sitio de la BBC, al cual se ingresa sin restricciones. Con el tiempo, ya tengo un sexto sentido para darme cuenta de ese detalle que me ahorra varios clics (y el consiguiente borrado de cookies).

Si he decidido desayunar en la cama el asunto se complica porque las aplicaciones telefónicas de los diarios son bastante más difíciles de domar. Lo que hago en esos casos es tipear en el navegador del celular, previamente depurado, los títulos que me interesan. Un fastidio.

En todos mis dispositivos tengo instalados bloqueadores de publicidad (Il Manifesto y La vanguardia, por lo tanto, son inaccesibles) porque detesto que me promocionen galletitas cuando trato de informarme. Ésa es mi guerra cotidiana en favor de la libre circulación de noticias.

 

lunes, 14 de marzo de 2022

domingo, 13 de marzo de 2022

Leer con Beatriz

Por Daniel Link para Revista Ñ

Beatriz fue una de mis maestras de lectura. Hay que subrayar (una y otra vez) su generosidad, su rigor, sus apasionamientos, que son los rasgos por los cuales alguien alcanza el umbral del magisterio aún cuando no lo pretenda para si.

Aprender a leer con Beatriz significó para mí aprender a valorar un horizonte democrático de la lectura (por eso se interesó por las maestras en La máquina cultural) y las perspectivas que pudieran burlarse de las hegemonías (incluso cuando ella misma contribuyó a construir perspectivas hegemónicas). Cuando intentábamos imitarla, ella ya estaba en otra parte.

Le reprocharon (¡no yo, por supuesto!) que en el libro Literatura / Sociedad que firmó con Carlos Altamirano no estuviera Gramsci. Ella contestó: “es que es un libro de vanguardia”.

Luego de entrenarnos en el más riguroso formalismo ruso (oh, decirlo hoy parece chiste) e incentivarnos a los consumos culturales más sofisticados (en cine, en teatro, en música) ella se entregaba a leer las novelas sentimentales de comienzos del siglo XIX (El imperio de los sentimientos) con un aparato crítico desconcertante. Nunca nadie intentó algo parecido y años después todavía se dio el lujo de intervenir en un proyecto nada menos que de Franco Moretti con Signos de pasión, un mapa de la novela sentimental del Siglo de las Luces hasta nuestros días que, cuando apareció en castellano, no recibió la atención que merecía.

¿Qué no hizo Beatriz, qué no leyó? Leyó un libro de Oscar Landi que no le gustó. Escribió, en modo polémico, Escenas de la vida posmoderna. El tema tampoco la abandonó y tiempo después publicó La ciudad vista. Mercancías y cultura urbana. Pero en el medio entabló otros combates (por ejemplo en La pasión y la excepción y Tiempo pasado).

El mundo académico (¡no yo, por supuesto!) deploró su paso por la revista Viva del diario Clarín, que puede ostentar orgullosamente uno de los más frívolos registros dominicales. Pero sus crónicas allí fueron un experimento de relación con el público que todavía merece nuestra atención.

Como cronista, publicó su extraordinario libro de viajes (Viajes. De la Amazonia a Malvinas) y luego comenzó a cubrir todas y cada una de las grandes manifestaciones políticas de la ciudad de Buenos Aires, con un empeño y una lucidez que ningún otro joven cronista de los diarios es capaz de ejercer.

En el final de La intimidad pública, probablemente un poco harta de la banalidad, Beatriz se pregunta: "¿Por qué ocuparse de estas cosas?". Por fortuna tiene la respuesta exacta: "Por su lugar en la cultura cotidiana contemporánea y, en consecuencia, por la fuerza que ejercen sobre la sensibilidad y experiencia".

Sensibilidad y experiencia son las cosas que le interesan a Beatriz, no sólo como tema sino también como predicados suyos: ser sensible, experimentar. Entregarse a la hiperconciencia y a la hiperestesia para poder escribir el presente. No: para poder reescribir o transformar el presente. Eso es una maestra. No tanto alguien que nunca se equivoca sino alguien que reconoce que el equívoco debe transitarse.

 

sábado, 12 de marzo de 2022

Birds sings while Cage flies

Una canción que está en el aire

Por Daniel Link para Perfil

Caja Negra publicó las cartas de John Cage con el título de Escribir en el agua, editadas por Laura Kuhn y traducidas por Gerardo Jorge, quien les ha agregado un prólogo en el que subraya algo sobre las que estas cartas no dejan de decirnos cosas: la disolución del self, la suspensión de todo intento de controlar la materia sonora, la busca de una expresividad que no sea ya del sujeto sino del mundo. Una “ecopoética” que dice que el arte no es un antropomorfismo, sino un geomorfismo, la canción de la Tierra que, en nuestros tiempos (que son también los de John Cage) ya es un compuesto indiscernible junto con la técnica.

El primer poema que Jonathan o John Jr. Cage publica se llama “Song Ghosts”. Aparece en Manuscript, la revista literaria del College de Pomona al que asistía y ya desarrolla un tema que lo acompañará toda la vida: “Y hay una canción / Que está en el aire; que crece / Flota siempre lejos: una débil / pero oscilante melodía que fluye y se balancea. Se trata del sonido ambiente y de la impersonalidad. La música está en el aire y, como sabrá siempre John Cage, se trata de oirla más allá incluso de la escucha.

Escribir en el agua es un libro de cartas “selectas”. Las correspondencias tienen una importancia relevante en relación con las operaciones de Cage, que insisten en la discontinuidad y en la parataxia: se puede entrar al libro por cualquier parte y salir a cualquier paisaje o diagrama que uno quiera. De allí que, cuanto más variado sea el repertorio de cartas que leemos, tanto más bifurcados y encantadores serán esos caminos. Conocíamos ya los epistolarios entre Cage y Boulez o los epistolarios entre Cage y David Tudor. Mucho más interesantes son estas cartas ordenadas sólo cronológicamente, donde los destinatarios se suceden y permiten imaginar diferentes recorridos e, incluso, olvidarnos de la grandes estructuras narrativas, expositivas o argumentativas. Leer sus cartas es tal vez el mejor homenaje que podemos hacerle a Cage. Siempre me pareció que la asimilación entre el arte de Cage y el de Schönberg (con quien tomó algunos cursos) era excesivo. Aquí, en una carta a Peter Yates (una de las tantas en las que tiene que protestar ante el amigo que nada entiende), Cage nos brinda la fórmula perfecta para dar cuenta de la distancia entre Satie (ese hito ineludible en la formación de la música que John Jr. ama) y Schönberg, al que caracteriza como un Beethoven neurótico, atrapado en el formalismo y, probablemente, un poco resentido por eso. “En cambio”, leemos, “Satie y Webern son libres y originales en sus formas”. 

Hay un segundo momento en el que Satie divide las aguas. Más allá de la mutua admiración inicial, Boulez no podía entender el interés de Cage por Satie. Y Cage lamentaba que Boulez se preocupara demasiado por los controles minuciosos sobre sus composiciones. El alejamiento de los dos titanes de la música se produjo gradualmente luego de una intensa camaradería, de la cual hay pruebas suficientes en este epistolario delicioso. En noviembre de 1957, Boulez publicó en La Nouvelle Revue Française el ensayo "Alea" donde, si bien no mencionaba a Cage por su nombre, atacaba violentamente el uso “liberal” del azar. La grieta ya jamás podría restaurarse. 

De un lado quedaba una concepción tal vez empantanada en los trascendentales de la composición (otro Beethoven neurótico), del otro una apertura al sonido que podía prescindir de todo plan e, incluso, de toda realización prevista y abrazar cualquiera de las aporías que sus críticos le echaban en cara (muchas veces, no sin razón). El asunto no es sólo estético sino que implica una geopolítica que bien puede entenderse como decolonial donde la pasión por Oriente de Cage juega un papel decisivo, junto con su reverencia a Henry David Thoreau, cuyos dibujos combinó libremente en Score Without Parts y retomó en Signals. Cage replicaba (en un rizo de retornos infinitos) también ideas de Emerson, que en su gran ensayo Nature (1836), describe un estado de percepción despersonalizada: "Me convierto en un globo ocular transparente; no soy nada; lo veo todo". Cage oyó todo.