sábado, 15 de septiembre de 2018

Las palabras y las cosas


Por Daniel Link para Perfil

No comparto la opinión de que los discursos del Sr. Macri son pobres conceptualmente. Por el contrario, los considero extraordinariamente densos. En su última alocución a la ciudadanía, subrayó repetidas veces y con todo el énfasis posible que hay que vivir y conformarse con lo que se tiene y no aspirar a más. Hay que saber cuál es el propio lugar en el mundo y asumirlo como destino. Es una posición filosófica con una larga tradición a lo largo del siglo XX y que tiene que ver con la relación entre el ser y la facticidad.
Se es sólo en relación con determinadas condiciones de existencia. Se puede querer o no el propio ser ahí, dijeron algunos filósofos. Otros, en cambio, creyeron que el ser ahí era una condena definitiva. Los campos crematorios son la consecuencia de esa segunda convicción filosófica.
Conformarse a lo existente, vivir con lo que se tiene, no imaginar un mundo diferente o una relación más plástica con los semejantes, eso nos recomendó el Sr. Macri y ese consejo no es una mera instrucción de economía doméstica, sino una posición ante lo imaginario.
Las posiciones hedonistas, el carpe diem, los postulados de vanguardia (en lo que se refiere a las políticas sobre el Estado o a las micropolíticas sobre el género, las minorías raciales o los desclasados), los sueños y las apuestas a un futuro mejor son irresponsabilidades que ya no podemos permitirnos.
El Sr. Macri, con todo el dolor del alma, ha aceptado la responsabilidad histórica de decirnos que debemos ser lo que somos y nada más oorsque todo lo demás conduce a la catástrofe.
Un poco por eso, las alocuciones presidenciales prescinden de la retórica, del relato, incluso a veces de la corrección sintáctica y de la correcta pronunciación. Esas florituras serían contrarias al concepto que se defiende: lo que se es como destino. Y el ornamento, incluso el discursivo, es contrario al progreso y nos acerca al abismo. 


domingo, 9 de septiembre de 2018

Manteca al techo

por Daniel Link para Perfil

La casualidad (¿pero acaso existe?) quiso que, mientras la moneda argentina estallaba por los aires y se esparcía por los cielos como un papel picado completamente festivo e inútil para cualquier otra cosa que una carnestolenda, yo estuviera embarcándome rumbo a Europa, donde mi marido y yo teníamos obligaciones laborales que atender. Lo primero que me sorprendió fue la rapidez con la que nuestro (de todos modos magro) poder adquisitivo se adelgazó. Nunca hemos sido de preocuparnos demasiado por los precios, pero esta vez directamente no era un desequilibrio futuro lo que podíamos poner en la balanza sino una escasez actual: contábamos (y seguimos contando) las monedas que nos quedan. Lo segundo, lo caro que todo se había vuelto desde nuestro último viaje al Viejo Mundo. Naturalmente, no en nuestra moneda casi inexistente, sino en euros. Entre el bolsillo argentino y Uniqlo, que supo abastecer de camperas de pluma a vastos sectores poblacionales, parecía haberse producido un divorcio definitivo, desde ya. Pero también entre los bolsillos de los demás turistas que, a diferencia de otros años, directamente no entraban a la tienda (ni siquiera en su sede berlinesa, que podría suponerse más barata). De modo que entre el peso, el euro y el dólar la relación es mucho más compleja de lo que parece a simple vista, y el mundo entero parece estar ajustándose a estándares de consumo diferentes a los de hace dos años. Cuando comenté mis impresiones en los chats de los que participo, obtuve dos tipos de respuesta. La primera, “que se jodan, ya que votaron a Macri”, lo que presuponía que entre la práctica del viaje y la adhesión a un credo de derecha hay una relación lineal y necesaria y, por el contrario, la segunda: “ya todo se acabó, lo mejor es pasar lo mejor posible las últimas horas del Titanic”. Aunque las dos posiciones me resultan igualmente simplistas, creo que la primera me convenció un poco más, pero no por el lado de la relación entre viaje y adhesión liberal, sino por el lado, tan cacareado por los diarios, de la confianza en la forma Estado, la moneda y los ciclos de la historia. Puede sonar a pensamiento mágico, pero entre la posición apocalíptica y la integrada, la segunda parecía la más adecuada para definir la conciencia del paseante argentino en tiempos de devaluación irrefrenable: alguien pagará (probablemente los más pobres). Un poco por eso, los argentinos que viajan siguen, como en el estereotipo que indignó a Céline en el Viaje al fin de la noche, tirando manteca al techo. Quienes, como nosotros, no tenemos una confianza semejante en que alguien proveerá elegimos juntar esa manteca tirada, y guardar para después un sobrecito de edulcorante o una porción de Nutella para improvisar un desayuno callejero. Suena triste, y lo es. También, inevitable.

sábado, 1 de septiembre de 2018

Acción y reacción

Por Daniel Link para Perfil

Del 27 al 30 de marzo de 2019 se realizará en la doctérrima ciudad de Córdoba el VIII Congreso de la Lengua Española, o mejor “castellana”, como cuando yo era chico, dado que el reino de España es multilingüe y el castellano se usa en vastos continentes que deliberadamente se independizaron de la metrópoli y sus delirios imperiales.
Vendrán, por supuesto, los soberanos de la casa de Borbón (tercera Restauración) a garantizar los negocios espurios de la corona española con esa materia prima que es el lenguaje (hablado, escrito, impreso, radiotransmitido, digitalizado) como si la lengua que usamos hubiera sido un invento de las monarquías que a golpe de espada pretendieron unir a la península bajo un estandarte expansionista y totalitario, y no el resultado de lentos procesos de usos vernáculos del latín.
Siguiendo esa lógica mezquina y concentracionaria, los italianos (legítimos herederos de los romanos) podrían reinvindicar derecho de autoría sobre todas las lenguas romances (incluidos el francés, el portugués, el catalán). Lo siento, monarcas: aprovechen el ruidoso desorden de las repúblicas latinoamericanas mientras puedan, porque más temprano que tarde retomaremos la gestión soberana del lenguaje que hablamos y escribimos, incluida su explotación literaria y comunicacional.
Uno de los temas sobre los que los Conquistadores pretenderán imponer autoridad es el del lenguaje inclusivo o las estrategias de inclusión en el lenguaje, ligado con políticas de género.
A muches lectores les molesta el uso de la e o cualquier otro artilugio para dar cuenta de una cierta conciencia en relación con el carácter fascista y discriminatorio del lenguaje. Cuanto más se retuerzan en sus lechos castellanos y cuanto más les académiques reales insistan en negar el problema, tanto más divertido será ensayar variaciones para no tener que decir día del niño (“día du niñe” y “día des niñes” me encantan).
¿Cunde la alarma? ¿Destruimos el idioma? Señoris (en este caso la “e” sería masculina): de pronto les plebeyes se inclinaron masivamente a la poesía y el uso experimental de los lenguajes (que haya uno solo y se lo considere uniforme es insostenible ya desde antes del franquismo). ¿No es eso hermoso, no es gongorino?
Les independentistes más radicales del XIX propusieron abandonar la lengua castellana en favor de una más plástica. Sigamos buscando y, como decía Darío, que bufen los eunucos.


sábado, 25 de agosto de 2018

Caso testigo

Por Daniel Link para Perfil

Avital Ronell, la autora del libro Crack Wars: literatura, adicción, manía, fue recientemente declarada culpable por las autoridades de la Universidad de Nueva York (NYU), donde ella enseña literatura alemana y comparada, de acosar sexualmente a Nimrod Reitman, a quien dirigió mientras se doctoraba. Avital Ronell fue suspendida sin goce de sueldo por un año.
Inmediatamente, les colegues y amigues de Avital Ronell escribieron una carta en su defensa. Slavoj Žižek y Judith Butler, entre ellos. ¡Para qué! Setenta y nueve asociadas le pidieron a Butler la renuncia a la presidencia de la prestigiosa asociación MLA, para la que fue electa.
La insanía del caso se comprende mejor si se aclara que Ronell (66) es una feminista lesbiana y Reitman (34) es gay y está casado con un hombre. Supongamos que entre ellos hubo una relación de camaradería que incluyó correos que iban un poco más allá de lo previsible en la relación entre tutor y doctorando. ¿Pero cómo puede considerarse “acoso sexual” a una relación establecida por dos personas que participan de universos que, precisamente, se excluyen sexualmente?
El caso debe entenderse en toda su fuerza represiva: no es lo mismo una denuncia de violación formulada por una estrella de Hollywood contra un productor, que la demanda de un joven ávido de dólares (2 millones, para ser exactos) contra alguien que le dijo que lo quería mucho y “mi cuchi-cuchi” (o su equivalente en inglés). Esto es la rabia contra quienes han puesto límites al patriarcado.


viernes, 24 de agosto de 2018

Dicen que...

Re-visiones de un lector apasionado

POR CANDELARIA PÉREZ BERAZADI para Catalejos. Revista sobre lectura, formación de lectores y literatura para niños


(...)
Link no duda en reflexionar sobre cada obra literaria que cita y genera
momentos oportunos para fomentar el pensamiento crítico sobre aquello que afirma y
describe. Su idea de lectura, entendida como práctica silenciosa, se afila en el tercer
capítulo al correlacionar su impacto en el ámbito político-histórico-cultural: la lectura
es comprendida, entonces, como una necesidad de situarse en el mundo, y la escuela
media genera “modos de leer” que implican prácticas diferentes a las propuestas por
la enseñanza primaria.

(...)

jueves, 23 de agosto de 2018

Preguntan si....

“A literatura argentina já é pós-borgiana” 

por Ronaldo Bressane para Cândido

“É melhor não fechar nenhuma janela, para que todos os ventos nos atravessem”, pede Daniel Link, perguntado sobre seu interesse no cruzamento entre gêneros na literatura. Um cruzamento que se cristalizou com os contos-ensaio de Jorge Luis Borges, nome central da literatura argentina do século XX — centralidade, para Link, já abandonada em favor dos diálogos entre as obras de Borges e de César Aira (o mais prolífico autor contemporâneo), ou entre Borges e Copi (tema de muitos estudos de Link). 

Nascido em Córdoba em 1959, Daniel Link é escritor, jornalista (colunista do jornal Perfil, foi editor da Magazine Literario e do suplemento “Radar”, no jornal Página 12), crítico literário, professor na Universidade de Buenos Aires e diretor do Programa de Estudos Latinoamericanos Contemporâneos e Comparados. Dirige a revista de estudos latinoamericanos Chuy e o Dicionário Latinoamericano da Língua Espanhola. Editou na Argentina grande parte da obra de Rodolfo Walsh e de Michel Foucault e é autor, entre outros, do romance Monsterrat (2006), o volume de contos La mafia rusa e o monumental ensaio Suturas. Imágenes, escrituras, vida (que teve uma edição resumida no Brasil sob o título Suturas. Um breviário, pela editora Azougue). Seu livro mais recente é La lógica de Copi, em que pesquisa a inventiva obra do dramaturgo, ator, escritor e cartunista argentino Raúl Damonte Botana, mais conhecido por Copi, que no Brasil só teve lançado até agora o romance O Uruguaio, de 1972 (em 2015, pela Rocco).


miércoles, 22 de agosto de 2018

lunes, 20 de agosto de 2018

sábado, 18 de agosto de 2018

El nombre de la Bestia


Por Daniel Link para Perfil
Ahora que estamos a punto de lanzarnos a un abismo de imprevisibles consecuencias, les argentines debemos recordar que la imprevisibilidad no es tanto un déficit como una ganancia, a largo plazo, sobre todo en un mundo dominado cada vez más por las potencias de la predicción (encuestas, proyecciones, cálculos matemáticos) y la burocracia de lo que ya se sabe, de lo que ya se hizo.
La potencia bestial de un código que conocemos con el nombre de Algoritmo determina no sólo lo que somos sino también lo que podemos y queremos hacer. Un arma de destrucción matemática, como ha sido subrayado recientemente por Cathy O’Neil en un libro impresicindible, Weapons of Math Destruction.
Seamos o no conscientes de ello, los algoritmos dominan nuestra vida cotidiana, pública, sentimental. El algoritmo más célebre es sin dudas el que permitió a Google imponerse en el sector de los motores de búsqueda, constantemente modificado y mejorado para brindar el resultado más aproximado al “deseo” del internauta. Facebook (también conocido como Belial o Samael) utiliza un algoritmo que analiza todos los datos de sus usuarios para ayudarlos a establecer relaciones y contenidos “adecuados a sus intereses”. La campaña de Donald Trump se sirvió de datos de las firmas de mercadotecnia para identificar los lugares con mayor tasa de pelotudos, es decir: electores susceptibles de ser convencidos por los argumentos de un candidato. Olivier Ertzscheid ha advertido: “Cada vez que consultamos Facebook, Google o Twitter, nos exponemos directamente a la influencia y las decisiones que toman por nosotros los algoritmos”.
Un algoritmo es una serie de instrucciones que permiten obtener un resultado. De algún modo, actualizan la utopía performativa sobre cómo hacer cosas con palabras y ni los expertos escapan al influjo de la ciencia ficción: Dominique Cardon llamó a su libro sobre el tema Con qué sueñan los algoritmos, en la estela de Philip Dick.
El algoritmo termina desarrollando una burbuja cognitiva que le permite al usuario ver el mundo tal como él cree que es.
Por suerte, nos queda una esperanza: los algoritmos (y la inteligencia artificial con ellos asociada) son incapaces de diferenciar la verdad de la mentira. Cuanto más se mienta en Internet, tanto más se estará resguardando el resto de subjetividad que uno quiera porque podemos acordar con Deleuze y Guattari en que “se podría decir que un poco de subjetivación nos alejaba de la esclavitud maquínica, pero que mucha nos conduce de nuevo a ella”.
Haber claudicado por pereza a registrarnos en todas partes con la misma dirección electrónica o haber renunciado a la mentira digital tiene como consecuencia un exceso de subjetividad que nos vuelve esclavos ya no de una clase social, una formación ideológica o discursiva, o un Estado autoritario, sino de un mecanismo de subjetivación e individuación, el algoritmo que, fantaseo un poco, había previsto Marx en el Manifiesto Comunista cuando señaló que el capitalismo había “sofocado el sagrado embeleso de la ilusión piadosa, del entusiasmo caballeresco, en las aguas heladas del cálculo egoísta”, con una pequeña corrección: el cálculo no es egoísta sino generosísimo, porque se aplica por igual a todes y cada uno de nosotres.
Nuestro futuro supone, en última instancia, una alta cuota de desorden y de monstruosa desclasificación (un salto al vacío). Concebida como una aparición fantasmática o monstruosa, la conciencia y la subjetividad que nos queda se deja llevar (deriva) por ese desorden de la clasificación.
Lo que habitualmente percibimos (en el discurso, en los paisajes, en los movimientos de las masas y de las manadas) son los choques de energía. De ese choque surge una bola de fuego o una columna de luz: en todo caso, algo que nos ilumina, que revela los mecanismos de identificación y distancia que hay entre las diferentes posiciones que todavía permite nuestro espantoso tiempo (y, contra lo que podría suponerse, las permite todas).
Contra esa libertad se levanta el algoritmo, arma de destrucción masiva. Sabelo: cuando el algoritmo te detecte, te buscará para matarte.


domingo, 12 de agosto de 2018

La bilingüe

Ella, que da nombre al colectivo de intervención política anti-neoliberal con base en Nueva York (muy activo en las redes sociales) Las Garridas, come en un restaurante de San Telmo, pide a la camarera la clave de wifi.
"Mejillones" le contesta la empleada, con entonación caribeña.
Ella, muy cortés y tratando de disimular que le está corrigiendo la pronunciación a la chica, repregunta:

"¿Mary Jones?"


(anterior)


sábado, 11 de agosto de 2018

Educar al soberano


Por Daniel Link para Perfil



La foto es penosa. Dan ganas de largarse a llorar. Se ven cuatro contenedores alineados a cada lado de un baldío de tierra, cada uno de ellos con una puerta y dos ventanas enrejadas. Al fondo, unos árboles tristes y un cielo lechoso. No hay mástil ni bandera. Pero el epígrafe de la foto dice: Escuela Nº 84 de Moreno.

Un video que acompaña la foto deja ver el interior del contenedor de chapa, pintado de blanco, donde una estufa a gas chorrea gotas de fuego.

Cuartel V tiene 80 mil habitantes y está a 23 kilómetros de Moreno. Los Hornos, donde funciona la escuela, es uno de los diez barrios que integran la localidad. En marzo, la matrícula fue de 636 chicos.

Cuando llueve las calles de tierra se convierten en un pantano imposible de sortear.

La vicerrectora, Fernanda Villareal, explicó la peculiar arquitectura de la escuela: “Acá se instalaron diez aulas modulares, una cocina y una biblioteca. Pero este año decidimos convertir la biblioteca en dos grados aula para darles más espacio a los chicos de primer grado, que recién se integran a la primaria. En la dirección funciona todo: la cocina, biblioteca y gabinete".

En todo el mundo han comenzado a utilizarse contenedores como “soluciones habitacionales” y como espacios comunes. Pero lo que la foto muestra no es un “edificio modular” pensado para una función determinada, sino la claudicación y la opción por el mero amontonamiento.

La “escuela” podría ser un campo de concentración o de refugiados. En todo caso, una precaria instalación después de una catástrofe.

Llénense los contenedores de la mejor historia, la mejor geometría, la mejor historia del arte y la mejor poesía. De todos modos, los alumnos aprenderán esta lección: “sólo merecemos esto”.

La Sra. Vidal y las autoridades educativas de Cambiemos deberían tener en cuenta que ni la Dictadura cayó tan bajo. Los edificios escolares deberían indicar que otro mundo es posible.


viernes, 10 de agosto de 2018

Recapitulando...


(Gracias, Lucas)

 

jueves, 9 de agosto de 2018

martes, 7 de agosto de 2018

Campo de concentración


Más en: Perfil, La Nación

sábado, 4 de agosto de 2018

Los huevos al plato


Por Daniel Link para Perfil

El primer poema que el irlandés Samuel Beckett publicó en 1930 argumenta y prueba que la lógica de la ciencia, las matemáticas, la teología y sus premisas no son compatibles con la experiencia humana, irreductible a los dogmas, los sistemas de creencias y las morales de época.
Whoroscope”, muy escatológico, se organiza alrededor de ciertas manías de René Descartes, a quien le gustaba su omelette matutino hecho con huevos empollados ocho días; menos o más tiempo bajo la gallina le resultaban repulsivos.
Para Descartes (pilar de la modernidad, casi casi el inventor de la ciencia, a través de la duda metódica), en la visión de Beckett, el punto de equilibrio entre el huevo y la gallina se hallaba en un momento de la formación del embrión gallináceo (“este aborto de pichón”).
Los huevos de Descartes son el motivo que Beckett elige para ridiculizar a una ciencia que se pretende soberana y que, por lo mismo, desdeña la Verdad y se pone al servicio del Estado (“Cristina la destripadora”).
Hay en youtube un video extraordinario de un maestro japonés que rompe los huevos para que sus alumnes vean cómo se va formando el pollito, día por día. En lugar de la cáscara, una bolsa de plástico.
En los procesos de fecundación artificial, tan corrientes en nuestras sociedades, los embriones sobrantes del proceso se congelan para conservarlos, se donan o se destruyen, y a nadie se le mueve un pelo por ello.
Las mujeres podrían interrumpir sus embarazos libremente y los defensores de la persona no nacida podrían encargarse de conservar, donar o, mediante gestación subrogada, llevar a término la formación de esas hipotéticas potencias del ser.
Contestar a un debate sobre la libertad con argumentos de muerte es mezquino, sobre todo cuando la técnica permite imaginar otros horizontes entre los cuales la interrupción química del embarazo parece ser la solución más equilibrada, pero no la única.


sábado, 28 de julio de 2018

La segunda venida

Por Daniel Link para Perfil



Aby Warburg presentó su seminario de 1925 sobre arte italiano del Renacimiento temprano a partir de la frase "Der liebe Gott steckt im Detail" ("El Buen Dios está en los detalles"). Generalmente se atribuye la máxima a Gustave Flaubert ("Le bon Dieu est dans le détail"), probablemente porque era un maniático obsesivo de la palabra justa.

Al autor se le escapó, sin embargo, el pequeño detalle de que los ojos de su Emma Bovary cambiaban de color a lo largo de las páginas, y motivó una encendida (pero ineficaz) novela de defensa de Julian Barnes, El loro de Flaubert. También cambió la dirección de la máxima, que suele decirse “El Diablo está en los detalles”.

Como fuere, hay que prestar atención a los detalles.

Este diario informó que “el gobierno busca abaratar los pasajes aéreos al exterior” mediante Resolución de la ANAC publicada en el Boletín Oficial: "Suspéndase desde el 1° de julio de 2018 hasta el 31 de diciembre de 2018, el aumento dispuesto en la Resolución E N° 95 del 16 de febrero de 2018 de la ANAC, para las tasas de protección al Vuelo en Ruta y Apoyo al aterrizaje respecto de los vuelos con origen o destino internacional que aterricen o despeguen en y desde el territorio argentino".

El detalle (para muchos, marginal e insignificante) es muy revelador. Para algunos, revela el apoyo del gobierno a la “nueva” aeronavegación de bajo costo (por el momento de cabotaje, pero que pronto dejará de serlo).

Pero lo que es incontestable es que de ese modo el gobierno busca estimular los viajes al exterior a los que los argentinos somos tan afectos como para desbalancear la cuenta corriente del país (dicen los economistas que la cantidad de dólares que se compran para atesoramiento y para compras en el exterior es la segunda fuente del tan cacareado déficit).

De modo que enfrentado a una “tormenta” en medio de uno de los más crudos inviernos de los que se tenga memoria, el gobierno, lejos de brindar abrigo, invita a los pasajeros de su barco, avión o caravana en el desierto (imagino, no sé por qué, una tormenta de arena) a lanzarse al vacío del gasto en dólares, a abrirse al desastre.

Conocemos al menos una de las características del tiempo mesiánico (que anuncia la segunda venida): la aceleración.

El propio Tiempo, que se sabe ya agotado, se contrae porque los Nuevos Tiempos ya se adivinan en el mañana. No bastan los aumentos de tarifas, ni el descalabro cambiario ni la desbocada inflación ni los inminentes ajustes a todo lo posible ni la convocatoria a ese jinete del Apocalipsis llamado FMI. También se compromete, en una espiral de velocidad creciente, a las Fuerzas Armadas para que intervengan en conflictos con un enemigo indeterminado. Todo en el lapso de días.

¿Habrá segunda venida? El Mesías no vuelve sólo como Redentor, sino también como vencedor del Anticristo.


sábado, 21 de julio de 2018

Vivir como esclavos

Por Daniel Link para Perfil



Cada mañana, cuando abro los postigos del dormitorio, me saluda el cartel que las monjas de clausura colgaron de la Iglesia de enfrente: “Toda vida vale”. Me pregunto qué pensarían esas monjitas de la escena que he visto desde la misma ventana, en el edificio lindero, cuando un joven derramó su abundante simiente sobre la cara de una joven. ¿Habrían exclamado “¡asesinato!”? Aún en los más rigurosos códigos vetotestamentarios, eso sería pecado de Onán y el asesino, en esa historia mezquina de desperdicio, herencias y primogenituras, es el mismísimo Dios.

Los espermatozoides están vivos y participan de lo viviente. Su destrucción (como entidades discontinuas) es necesaria para la creación de nueva vida. Sabina Spielrein, paciente y corresponsal de Sigmund Freud, lo señaló muy tempranamente: “En la reproducción se produce la unión de la célula femenina con la masculina. Por lo tanto cada célula se destruye como unidad, y del producto de la destrucción nace la nueva vida”. Bataille retomó esas hipótesis para llevarlas todavía más lejos en El erotismo, donde “toda la operación erótica tiene como principio una destrucción de la estructura de ser cerrado que es, en su estado normal, cada uno de los participantes del juego”.

Esa interesantísima discusión (muy biopolítica) poco tiene que ver con el debate sobre la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo, debate en la que la grey pasa sin transición de la vida a la persona y de la destrucción de unidades discontinuas de materia al asesinato.

En las sociedades modernas, que lo son porque no son dogmáticas, todo puede y debe ser discutido, salvo los principios mismos que regulan la convivencia, el “contrato social” que encuentra en el libre albedrío y la decisión soberana uno de sus puntos de apoyo.

Muy recientemente, Margaret Atwood subrayó ese aspecto de nuestro vetusto debate: “Nadie está forzando a las mujeres a tener abortos. Nadie tampoco debería obligarlas a someterse a un parto. Fuerce partos si usted quiere, Argentina, pero por lo menos llame a lo forzado por lo que es. Es esclavitud: es reivindicar poseer y controlar el cuerpo de otra persona, y sacar provecho de eso.

No se discute el momento en que lo viviente pasa de la potencia a lo personal, para lo cual habría que convocar a mentes un poco más brillantes que las de la grey. Se discute si queremos vivir en una sociedad esclavista o no. Yo no quiero.


sábado, 14 de julio de 2018

Las malas direcciones

Por Daniel Link para Perfil

Nunca me llevé bien con Siri, la vocecita de Iphone y Ipad. Pero últimamente la soporto cada vez menos. Su pronunciación me subleva. No puede decir Calle Quintino Bocayuva y dice Case Quintino Bocasuba. Las gallegas de google también dicen cualquier cosa, pero al menos se esfuerzan. Lo que más me molesta de Siri es su decisión de evitar cualquier conflicto: no sonoriza la ye (lo que la volvería muy zona norte, como a esa amiga mía que ahora vive en Berlín pero que tuvo piso en la calle Cabello: imagínense el tremolar de cuerdas vocales), pero tampoco la ensordece, para no parecer de clase baja (“cashe”). Se pone al costado de las políticas del lenguaje propias del Río de la Plata, y eso es una cobardía
No tenemos casi nada y tendremos cada vez menos, pero nuestro lenguaje es único, con su fonética, su sintaxis, su ritmo, y su vocabulario.
“Grieta” se sigue usando, pero “crispación” ya no tanto y eso me apena porque, cada vez que tengo la desdicha de ver televisión de aire, el fascismo de los panelistas crispados me hace añorarla.
“Terrorismo” va y viene (últimamente quieren rescatarla sedicentes víctimas del terrorismo). Copio este aviso terrorista que recibí hace una semana: “Edesur informa, que se encuentra disponible tu factura asociada al servicio de electricidad, con vencimiento el día 26/07/2018, cuyo monto asciende a $4582.41". Ese tuteo me resulta tan aterrador como la amabilidad posclasista de Siri, que pretende que vamos por buen camino, aunque yo no pueda entenderla. 


viernes, 13 de julio de 2018

Dicen que...

Reseña de Suturas

por Victoria Scotto para Orbis Tertius

Este libro es el tercero de una serie escrita por Daniel Link, cuyas dos primeras entregas son Clases. Literatura y disidencia (Norma, 2005) y Fantasmas. Imaginación y sociedad (Eterna Cadencia, 2009): según el propio autor, son tres libros (o un mismo libro distribuido en entregas) que forman un diagrama cuyas preocupaciones más acuciantes son los dispositivos de clasificación y las potencias de lo imaginario, abordadas desde el análisis de diversos productos culturales. Suturas. Imágenes, escritura, vida se abre con tres citas y un “Umbral”, que funcionan como ingreso a un universo propio de juegos entre autores, fundamentalmente de los siglos XX y XXI, elementos de la cultura y actores sociales observado desde la matriz de la crítica literaria y los estudios de la historia de la cultura. Posfilología, diagramatología, juego, archivo y reproductividad digital son nociones fundamentales para transitar las perspectivas eminentemente latinoamericanas que construye Suturas: son guías o andariveles, que permiten recuperar una suerte de mapa del recorrido cuando, en el cierre de cada ensayo, se abandona el estado de sumersión al que obliga la prosa de Daniel Link.
Traspuesto su umbral, el libro consta de cuatro partes: “Método”, “Imágenes”, “Nombres” y “Escritura”. Cada una de estas partes posee en sí una serie de ensayos, cuyos nombres son, de manera intercalada, la mitad sustantivos, y la mitad números (casi en todos los casos, fechas). Sólo una irregularidad interrumpe el orden del índice: la palabra “Alegría” aparece repetida como dos títulos seguidos correspondientes a la misma página, lo que se duplica en las últimas partes del libro, y aparece en el índice a pesar de no ser ensayos en sí. Esta estructura de palabras y números, apenas interrumpida, logra enfatizar en el transcurrir de los ensayos una historicidad caprichosa, de a saltos, que no se condice con la cronología sino con el énfasis específico que la prosa misma requiere: los títulos no son resúmenes sino indicadores de una forma particular de percibir aquello que dice el ensayo. Y particularmente en el caso de las fechas, este orden necesario pone en evidencia los hilos de contacto que se establecen entre la cultura y la (bio)política, a la vez que logra poner en evidencia el carácter “poshistórico” que el autor marca para la sociedad contemporánea. Precisamente la estructura del libro realza hasta formalmente la sutura, el contacto forzado pero necesario entre nombres y números, más allá del orden normativo, justo donde el enunciado lo requiere.
La primera parte, “Método”, delimita algunos problemas teóricos, propios de una matriz disciplinar que está (re)formándose desde ya hace unos años, que afectan los modos de lectura de ciertas producciones culturales, de cierta época de la academia, de ciertos mensajes, de toda una gestualidad propia de sujetos en la cultura de fines del siglo XX para acá. En una era en la que la escritura tradicional no basta, no sólo ve Link la necesidad de re-alfabetizarnos para escribir en los medios digitales, sino sobre todo para crear nuevas formas de leer: así, propone como método la posfilología, una lectura en cámara lenta, atenta, a medias entre la cercanía y minuciosidad filológica y la lejanía perspectivista del relativismo cultural; una instancia crítica ajustada a, como dice Link, la sociedad poshistórica que nos caracteriza. El autor no se conforma con plantear el método: a la vez lo utiliza para trazar redes entre las producciones de cierto sector intelectual en la Argentina del Centenario, la construcción de los intelectuales acerca de qué es América antes y después del arielismo, y la delimitación de las posibilidades de la comunidad latina en Estados Unidos en los últimos sesenta años. No sólo es una explicación del estado de la cuestión de la filología contemporánea y una defensa de su actualidad, sino una muestra de este método ejercido sobre la propia historia disciplinar y sus alrededores.
La segunda parte, “Imágenes”, quizás la más compleja de las cuatro, retoma elementos mencionados en la primera para llevar adelante un segundo método, esta vez de lectura de imágenes y de gestos: la diagramatología. Apenas iniciado el ensayo “2005” Link propone que con la creación de Youtube (datada en ese año) se ha creado una suerte de museo casi total del gesto humano, por lo menos en Occidente: compara el cimbronazo youtubeano para nuestra cultura con el paso al Neolítico, momento en el que comienzan a registrarse, en rústicos grabados en piedra, los primeros gestos humanos. La posibilidad de pensar en las imágenes como objeto de una diagramatología fuerza a partir de su consideración como “formas vaciadas de historicidad” (p. 214) pensadas en plena relación continua con otras imágenes, en línea con las ideas de Aby Warburg y su famoso Atlas. Ya sea en forma de video en una plataforma digital, en un museo, en un cine o en la comercialización de una figura publicitaria, las imágenes requieren por parte de los sujetos un compromiso corpóreo, real, que implique una afección directa al cuerpo de quien las ve como forma de revindicar una vida que les es propia, que se les asignó en el instante en que un sujeto prehistórico comenzó a decorar su cueva, a dibujar un gesto, a dejar fluir de sí parte de aquello que lo constituyó luego como homo sapiens: el arte. Esto marca Link cuando conjuga Youtube, el Neolítico, El imperio de los signos de Roland Barthes, la serie In the flesh de Dominic Mitchell, Padre Padrone de Taviani, Hitler de Syberberg, al colectivo Tiqqun, a Tim Burton, a Lars von Trier, Cozarinsky, Albertina Carri y la paranoia en el cine del siglo XX. Los análisis individuales frecuentemente se inician con la narración de una experiencia directa de impacto en el cuerpo de ese Daniel Link que habla, generada por la observación de esas imágenes: la intensidad de la narración se funde con la lectura diagramatológica, crítica, posfilológica de un producto necesariamente poshistórico.
La tercera parte, “Nombres”, puede añadir sin lugar a dudas el matiz de la palabra “registro” a las posibilidades que reúne en derredor de sus ensayos; de alguna manera porque se invoca, junto con el nombre, la posibilidad de dejar vivir, mientras se “produce lo viviente” (p. 426) al liberar la potencia de su nombre. Nuevamente se esbozan miradas afectadas sobre diversas imágenes, esta vez, en busca de un llamado: como las fotografías de la cárcel de Abu Ghraib y la sonrisa turbia de James Franco en Interior. Leather Bar; como la mirada de los ángeles de Der Himmel über Berlin de Wenders y como Los fantasmas de Aira, aquello que resulta perturbador hasta el desconcierto y la fascinación provoca una búsqueda de un nombre que permita conciliar su existencia con lo que Link declara fácilmente: “ser es ser nombrable” (p. 438). La búsqueda del nombre (que puede ser una invención demandada, aunque también un develamiento de un nombre ya verdadero, como en el caso de las búsquedas de identificación para las fosas “NN” que nos legó la dictadura del ‘76) alcanza en Suturas una intensidad que reconoce la condición de desesperada distancia entre las palabras y las cosas: entre el mundo que ve Alice al otro lado del espejo y cómo se llama, y cuál es su nombre, y lo que en verdad es; es decir, entre todo el lenguaje y el mundo, que sólo podemos comprender, irremisiblemente, a través de sus nombres.
La cuarta y última parte (“Escrituras”) indaga la profundidad de toda inscripción: instala evidencias de intervenciones escritas que han marcado indudablemente vidas, individual y colectivamente, y propone la gravedad irremediable de estas inscripciones. Transitar los últimos ensayos del volumen es encontrarse, una y otra vez, con el reconocimiento de la irracionalidad en el lenguaje, la importancia de aquellos “diagramas abstractos” (p. 643) que rigen las condiciones de vida del universo humano, que definen el futuro de las vidas, que instalan la condena perpetua a partir de trazos inamovibles, de una vez y para siempre. La elección de Copi para hablar del humor como salida de este orden (de salida por sí mismo, por los trazos que requiere, por los lugares comunes que evoca, por polisemia, por diagrama) en “1939” es una reivindicación del rechazo de todo aquello que es totalitario en la expresión, y que después de reconocer que “la lengua es facista” (p. 633) propone como posibilidad del retorno a la libertad la destrucción de “las nociones temporales y espaciales, que son trascendentes a la percepción, pero también [la horadación] de todos los sistemas de clasificación, empezando por los más estigmatizantes” (p. 641): es decir, para salvar el lenguaje del fascismo, y de aquello irreparable que ese lenguaje puede ejercer sobre los sujetos, vuelve a proponer la “destrucción de su destrucción”, el programa básico que propone para la posfilología, esa disciplina novedosa empecinada en transformar toda la relación de los sujetos con su herramienta de expresión más preciada, y que es la que abre Suturas.
Este gran ensayo compuesto por otros pequeños ensayos (cosidos), algunos más cortos otros más extensos, puede ser recorrido de a saltos, aunque guarda cierta continuidad en los temas que aborda. Los diagramas que forma, las escrituras que lee y atraviesa (pos)filológicamente, la vida que narra, atravesada por las palabras y las imágenes, proponen una forma de recorrer variadísimos productos culturales con un programa crítico metodológico claro y propio: eminentemente, es un programa de perspectiva latinoamericana, que se apropia de la Weltliteratur, del cine, de la historia, sin pretender una homogeneización de los orígenes, sino una utilización de sus recursos para trazar un archivo para Latinoamérica.
La sutura per se es incómoda. Es provisional, intenta ser eliminada del cuerpo, disuelta lo más rápidamente posible como estrategia de cicatrización. La sutura es una suerte de archivo del conflicto, un estado de tránsito hacia una cerrazón (no necesariamente una cura) que pretende eliminar toda huella de crisis: y sin embargo en este ensayo es aquello que se pone de relieve para evidenciar un carácter constitutivo de América Latina. Es aquello que se ha buscado ocultar, el ínterin entre el conflicto y la cicatriz, entre el pasado y la memoria ya conformada, el proceso doloroso de silenciamiento de un torrente en flujo. Precisamente, lo que Suturas estudia es cómo se construye la memoria (cómo es el making of de una cicatriz): cómo explorar la sutura, la provisionalidad de la resolución del conflicto, es comprender cómo afecta la historia hoy a nuestro“modo de ser en el mundo” latinoamericano, que, según muestra Link, en sus producciones culturales se empeña, una y otra vez, en tensionar la cicatriz, en evidenciar la sutura, en no disolver aquellas puntadas que siguen quemando.
Suturas. Imágenes, escritura, vida es, sin lugar a dudas, una colección híbrida del género más híbrido de la literatura que tematiza, precisamente, la construcción histórica de clasificaciones sobre nuestra cultura, en un momento en el cual todos los “viejos nombres” han perdido el sentido y se vuelve necesario no reemplazarlos sino indagar en el vacío que los constituye, analizar cómo fueron hechos. Entonces Link, para hablar de clasificaciones, evade toda casilla y se inserta en un “tartamudeo” (en sus palabras) que en cuanto se pone cómodo con un registro cambia radicalmente de dirección. El resultado es una prosa hipnótica que integra anécdotas, lecturas, reseñas, experiencias y análisis tan híbridos como la cultura, tan saturados como la cotidianeidad, tan suturados como la identidad latinoamericana.


jueves, 12 de julio de 2018

¿Un estado esclavista?

por Margaret Atwood para Uno de Santa Fe via Perfil

A nadie le gusta el aborto, incluso cuando es seguro y legal. No es lo que ninguna mujer elegiría para festejar un sábado por la noche. Pero a nadie le gusta tampoco mujeres sangrando hasta la muerte en un baño por un aborto ilegal. ¿Qué hacer? A lo mejor una manera diferente de acercarse a la respuesta sería preguntar, ¿en qué clase de país querés vivir? ¿En uno en el que cada individuo es libre de tomar decisiones concernientes a la salud y el cuerpo de ella o él, o en uno en el que la mitad de la población es libre y la otra mitad es esclavizada? Las mujeres que no pueden tomar la decisión sobre si tener o no bebés son esclavas, porque el Estado reclama como propiedad a sus cuerpos y al derecho a dictar el uso al que deben someterse sus cuerpos. La única circunstancia similar para los hombres es el reclutamiento en el ejército. En ambos casos existe riesgo para la vida del individuo, pero un conscripto del ejército por lo menos está provisto de comida, ropa y alojamiento. ¡Incluso los criminales en las prisiones tienen derecho a esas cosas! Si el Estado exige el parto forzado, ¿por qué no debería pagar la atención prenatal, el parto mismo, la atención postnatal y, -para los bebés que no se venden a las familias más ricas-, el costo de criar al niño? Y si el Estado está tan interesado en los bebés, ¿por qué no honrar a las mujeres que tienen más bebés respetándolas y sacándolas de la pobreza? Si las mujeres prestan un servicio necesario al Estado -aunque en contra de su voluntad- seguramente se les debería pagar por su trabajo. Si el objetivo es más bebés, estoy segura de que muchas mujeres se resignarían a la tarea si se las recompensara adecuadamente. De lo contrario, se inclinan por seguir la ley natural: los mamíferos placentarios abortarán ante la escasez de recursos. Pero dudo que el Estado esté dispuesto a brindar los recursos necesarios. En cambio, solo quiere reforzar el truco barato habitual: obligar a las mujeres a tener bebés y luego hacer que paguen. Y que paguen. Y que paguen. Como dije, esclavitud. Si se elige tener un bebé, eso es, por supuesto, un asunto diferente. El bebé es un regalo, dado por la vida misma. Pero para ser un regalo, debe ser dado libremente y libremente recibido. Un regalo también puede ser rechazado. Un regalo que no puede ser rechazado no es un regalo, sino un síntoma de tiranía. Decimos que las mujeres «dan a luz». Y las madres que han elegido ser madres sí dan a luz y lo sienten como un regalo. Pero si no han elegido, el nacimiento no es un regalo que ellas dan; es una extorsión contra sus voluntades. Nadie está forzando a las mujeres a tener abortos. Nadie tampoco debería obligarlas a someterse a un parto. Fuerce partos si usted quiere, Argentina, pero por lo menos llame a lo forzado por lo que es. Es esclavitud: es reivindicar poseer y controlar el cuerpo de otra persona, y sacar provecho de eso.

Yo te explico lo que es la actitud....