viernes, 19 de septiembre de 2014

I see alive vultures

Cristina, dura con American Airlines

Dijo que la aerolínea pretende "asustar a los argentinos"; también criticó a los medios.

“En esta noche me siento contenta”

Por Daniel Link para Soy

Las fiestas tienen buena prensa (¡festejemos!, ¡festejemos!) y están, por lo general, sobrevaloradas.
Hace veinte años que no hago fiestas de cumpleaños propias, y con las ajenas cumplo como un soldado pero lo que más me gusta es evaluarlas una vez que he dejado el lugar: la música, la concurrencia, las modas de vestuario (últimamente, he visto proliferar a chicos con barba usando taco aguja y los perdono sólo por la juventud soberana de la que son culpables). Añoro las épocas en que las fiestas estaban llenas de Milhouses y chicas hormiga (¿qué se hizo de ellos?).
Ni hablar de fiestas multitudinarias: el otro día, en una reunión de cátedra, porque uno de los más jóvenes integrantes tuvo la peregrina idea de investigar el asunto, hablamos de los rituales báquicos, de eleusis, de la suspensión del tiempo y de los órdenes, del llamado de la tierra, del ritmo y la danza, del ritornello y de lo comunitario. En un momento me fastidié un poco y dije: todo esto es muy bonito, pero convengamos que si uno no está muy drogado, queda fuera de todo el asunto. Y si queda fuera del asunto es peor que ver la danza orgiástica de Matrix en cámara lenta: dan ganas de matarse. O sea, que la fiesta tiene tres intercesores: el ritmo, la droga (o el alcohol) y las tecnologías que, en última instancia, habría que poner bajo el rótulo de “tecnologías del yo”.
Y después, además de todo, hay que recuperarse físicamente porque uno ya está muy mayor como para que el cuerpo no se resienta.
Las peores son las fiestas programadas, porque la idea misma de la programación cancela toda posibilidad de sorpresa, de acontecimiento (sabemos que el acontecimiento es del orden de lo imprevisible) y, todavía más, las falsas fiestas que llamamos discoteca. Ir a una discoteca es sumergirse en un universo de mutuo desprecio.
Añoro las épocas de las primeras raves, cuando ibamos en grupo de amigos a investigar el ambiente. Pero ahora me doy cuenta de que hacíamos trampa, porque el “círculo” que creábamos en verdad impedía la desubjetivación apropiada al escenario (la música, la desintegración del yo en la vastedad del horizonte nocturno al aire libre). Para probar lo que sucedía, una vez fui solo a una rave en medio del campo (no sé cómo me enteré de su existencia). Llegué demasiado temprano, no conocía a nadie y cuando la música empezó a sonar no me gustaba, y los mosquitos ya me habían sacado la mitad de la sangre de mi cuerpo. Me fui apenas todo comenzaba. Fue mi última rave.
Las que me siguen emocionando son las fiestas populares, la expresión colectiva de un sentimiento compartido. Las mejores fiestas son para mí las marchas (de cualquier índole, incluso la más abstrusamente política). Casi siempre lloro (lo que no significa demasiado, porque lloro también mirando películas de Disney, pero se ve que la voz colectiva, en ese caso, toca una cuerda sensible).
Mis amigos más queridos hacen fiesta todo el tiempo y yo la paso bien en esas fiestas, pero hasta determinada hora. Después ya pienso en lo que me va a costar volver, dormir, despertarme, retomar mis rutinas cotidianas. Además, salir de una fiesta de día me resulta completamente intolerable. Siempre les pido a mis amigos que hagan fiestas de 24 horas, de 23.00 a 23.00, pero me miran pensando que soy un reventado.
Digo todo esto y sé que, en el fondo, odio pasarla mal en una fiesta. Estoy seguro de que el año que viene, en ocasión de mi aniversario de bodas, voy a hacer una fiesta. Un fiestón. Si me da un accidente cerebrovascular, ya saben: la culpa es de la institución matrimonial.



jueves, 18 de septiembre de 2014

Muerto de miedo








Llega a la Argentina...

... el último ganador del Premio José Donoso y del premio Machado de Assis de la Academia Brasileira de Letras.



miércoles, 17 de septiembre de 2014

lunes, 15 de septiembre de 2014

Últimos días



Conferencia Inaugural: José Emilio Burucúa

Conferencia de Cierre: Josefina Ludmer



sábado, 13 de septiembre de 2014

El bien supremo

por Daniel Link para Perfil

¿Se puede aspirar al Bien Supremo, algo que represente el Bien más allá de toda discusión y todo punto de vista? Examinemos el caso del Bondinho do Alemão, el sistema de transporte aéreo (teleférico) que en seis estaciones (Bonsucesso, Adeus, Baiana, Alemão, Itararé/Alvorada y Palmeiras) permite que 152 góndolas con capacidad para diez pasajeros cada una recorra 3,5 km del asentamiento faveleiro más grande (y alguna vez más violento) de Río de Janeiro (13 favelas desparramadas en diferentes morros del norte de la ciudad) en 16 minutos. 
Para los poseedores de la carta de transporte de Río de Janeiro cuesta un real por tramo (ida o vuelta), y la estación Bonsucesso conecta directamente con el servicio de trenes de superficie (que a su vez conecta con el sistema de trenes subterráneos). Los curiosos pagan cinco reales por tramo.
Los críticos de derecha contarán cuánto se robó con esa obra (que, además de transportar gente con seguridad y elegancia, tiene en cada una de las estaciones un centro cultural y un centro comunal). Los críticos de izquierda recordarán los muertos que dejó el “proceso de pacificación” realizado con la excusa de la erradicación del tráfico de drogas que reinaba en la zona. Todas esas críticas pueden ser precisas y pertinentes: la historia se encargará de distribuir las responsabilidades y aclarar los hechos (una potencia de muerte es además correlativa de la otra). Pero visitar el Alemão, ahora, permite evaluar lo mucho que se ha avanzado en términos de integración y nivelación social: los chicos bajan del morro en pocos minutos para ir a la escuela. Una señora dice que a veces no toma el teleférico porque le da miedo. ¿Es que hay violencia? No (se ríe), a veces hay mucho viento.
Inaugurada en julio de 2011, la red del teleférico proyectada por Jorge Mario Jáuregui y Atelier Metropolitano, en algún sentido (el sentido del Bien Supremo), cambió el rumbo de los vientos.

viernes, 12 de septiembre de 2014

¿Qué hacer?




jueves, 11 de septiembre de 2014

Invitación



miércoles, 10 de septiembre de 2014

Colección de primavera



martes, 9 de septiembre de 2014

Imágenes de Puan

Después de una erudita clase sobre «Sinfonía en gris mayor», con profusas referencias a La música y lo inefable, voy al baño del tercer piso. Casi finalizada la invernal micción, entra un alumno detrás de mí. Observa un metro de papel higiénico tirado en el piso en la puerta de un cubículo, corta la mitad y se suena la nariz.

(anterior


lunes, 8 de septiembre de 2014

sábado, 6 de septiembre de 2014

Como agua que corre

por Daniel Link para Perfil

"No digas nada", murmuro al teléfono a horas rarísimas para estar atendiendo llamadas. Si estuviera en Buenos Aires no habría respondido la llamada. Pero estoy en Río de Janeiro y lo que suena es el teléfono del hotel. Me maldigo por haberle revelado mi destino y mi número local. "No digas nada, Flor", repito. "Hablamos después" (tengo la esperanza de salir del hotel antes de que llame de nuevo. Le preocupan las declaraciones del Coqui sobre la pobreza. "¿A vos te parece? Si me preguntan, ¿qué digo?". Por ahora, nada.
El Coqui dijo que la pobreza ha sido "prácticamente erradicada", lo que significa que habrá que pensar cómo resolver "teóricamente" la proliferación de personas durmiendo en las calles de Buenos Aires, los persistentes cartoneros, los piquetes de cualquier cosa y a toda hora, esas cosas.
Se me ocurre una solución teórica y preparo su formulación para el fatal re-llamado. Me pongo en la piel de la protagonista de Secretaria ejecutiva que, como un Auguste Dupin del siglo XX, encuentra la verdad relacionando titulares de revistas. La identificación no es tan caprichosa como parece: cruzo la bahía de Guanabara todos los días en el ferry, como un trabajador suburbano más, escuchando "Let the River Run", cantada por Carly Simon. "Son locos", ensayo. "Los que duermen en la calle y andan con carritos juntando basura son locos". He leído que la nueva Ley de Salud Mental reduce significativamente los tiempos de internación e impide la creación de nuevos neuropsiquiátricos. Ergo: los locos andan en la calle (el mismo efecto que la antipsiquiatría produjo en Italia a partir de la década del sesenta). No conozco ni la ley ni sus efectos, porque no tengo tiempo de investigar el asunto, pero, como la protagonista de Secretaria ejecutiva, soy una working girl que no necesita más que una fotografía y un titular para promover una fusión empresarial de envergadura. ¿Por qué habría yo de tener reparos en proponer una mera interpretación de la realidad a partir del mismo método? Si no hay pobres, porque el Poder lo dice, los que parecen pobres, esas legiones urbanas en crecimiento constante, deben de ser locos sueltos (los que se quejan del aumento del gas, también van camino de lo mismo).
"Decí que son locos, Flor". Le va a costar hacerme caso, lo sé, porque su comprensión es lenta, pero como en todos los casos anteriores, va a terminar siguiendo mis consejos (le dije que insistiera con el traslado de la Capital Federal y años después, el asunto prosperó aunque el destino no nos entusiasme; le dije que pusiera un tren al aeroparque y a Ciudad Universitaria y años después la obra ya está en marcha).
Cuando llegue a presidente es probable que deje de molestarme tan temprano a la mañana, pero por ahora, Flor no cesa de pedirme consejos que lo ayuden a seguir creciendo. Tarareo en la ducha: " Deja correr el río/ deja que todos los soñadores/ despierten a la Nación".

sábado, 30 de agosto de 2014

Cuenta regresiva


por Daniel Link para Perfil

Yo también llevo la cuenta regresiva. Me aburren los llantitos encandenados, el aparato propagandístico previsible no sólo en sus contenidos sino también en sus tonos, el rosario de anuncios que la realidad desmiente (“Hora pico sin camiones” duró un día y después los reyes del asfalto volvieron a circular por los carriles centrales de las autopistas provocando ataques de nervios; los planes de vivienda, si hubieran sido finalizados, tendrían que haber por lo menos descomprimido la situación de las villas miseria; si el dólar no aumentara como aumenta, yo no estaría contando las monedas para ver si me puedo tomar una cerveza en esta playa en la que estoy, esperando el comienzo de un Congreso Internacional al que fui invitado; y si las jubilaciones fueran tan suculentas como nos dicen, no tendríamos que mantener a nuestras madres).
Pero sobre todo me preocupan la multiplicación de la miseria, la imposiblidad para revertir las escisiones que el peronismo de derecha de los años noventa provocó entre nosotros, el desasosiego creciente, el abaratamiento de la vida, la solución retórica de los problemas del transporte, la educación, la alimentación, la salud, la deuda externa.
En fin, me aburren y me preocupan las acciones de un gobierno que siempre dijo tener un modelo, o un plan estratégico, pero que en realidad fue reaccionando a los avatares de la realidad (con mejor o con peor suerte) y que, pasados los años, nos devolvió a un punto de partida, eso que se llama “crisis” y que es una configuración económico-político-cultural de la que nunca terminamos de salir del todo y que tampoco nos condujo a umbrales de transformación y de liberación de energía de vida.
Me aburren el pragmatisimo y la falta de imaginación, pero no especialmente de quienes nos gobiernan sino de aquellos que aplauden sin misericordia cualquier cosa que se diga en la televisión pública, en las cadenas nacionales, en los decretos de necesidad y urgencia y en las resoluciones de los ministerios.
Me cansa seguir el mismo camino durante mucho tiempo. Y aunque mis amigos me aseguren que cualquier cosa que venga será peor (algo de lo que yo mismo estoy bastante convencido), el solo hecho de que tengamos que ponernos a pensar de nuevo qué posiciones tomar ante tal o cual asunto me parece auspicioso. Mientras tanto, que Dios me perdone, veo si me puedo escapar del chiringuito de Copacabana sin pagar la cerveza.


miércoles, 27 de agosto de 2014

sábado, 23 de agosto de 2014

La lengua herida

Por Daniel Link para Perfil

Nunca diré “Presidenta”, porque sería como escribir “Estudianta” o “Comandanta”. A la obsesión reaccionaria de marcar el género en palabras que de él carecen (y que por eso, son menos sexistas), se suma la ignorancia de la gramática.
A mis hijos les enseñé que el ordinal femenino “primera” no se apocopa y ellos corrijen como maestras normales a sus amigos cada vez que los escuchan recordar a “la primer novia”. Ni que hablar de la peste que introdujeron los “cientistas sociales”: “al interior de”. En el interior de tu cerebro percibo cierta sordera al lenguaje y cierta tendencia al galicismo, les digo.
En los últimos tiempos, prohibiría el uso de la palabra “selfie” que, entre nosotros, siempre se dijo “autofoto” y que es un invento muy anterior al celular que promocionaba Ellen Degeneres el pasado febrero. ¿Por qué llamar, ahora, “selfies” a las horrendas autofotos que siempre nos hicimos? ¿Qué nos creemos que somos? ¿De qué delirio pretendemos participar al usar vocabulario ajeno?
Los diarios, cada vez más, perpetúan los barbarismos idiomáticos. Se dirá que la urgencia de la hora (megacanje, cotización del dólar, despidos y suspensiones masivas, ley antiterrorista, causas por corrupción, ébola, Gaza) no admiten el prurito de la corrección lingüística, pero la comunicación a balbuceos y mediante palabras que se enhebran con una sintaxis espasmódica no me parece índice de preocupación por la realidad sino debilidad. Una lengua herida es una lengua débil. Un paso más y será una lengua muerta.


domingo, 17 de agosto de 2014

Colección de primavera



sábado, 16 de agosto de 2014

Viajes con mi tía


Por Daniel Link para Perfil

He aquí un libro extraordinario y delicioso: Viajes. De la Amazonia a las Malvinas de Beatriz Sarlo que acaba de publicar el sello Seix Barral (es imposible no reprochar la avaricia de la editorial, que ha condenado el libro al desguace casi inmediato, resultado de una encuadernación precaria que ha eludido el cosido, y a las fotos que debieron acompañarlo a una poco amigable dirección en internet).
Los lectores menos atentos de Sarlo han manifestado su sorpresa ante un gesto que han calificado como coming out: no esperaban de ella un libro puramente narrativo y autobiográfico. No sé por qué, si el ejercicio había comenzado hace unos años en la revista Viva, donde Sarlo había publicado pequeños esbozos de estos viajes.
Los relatos aquí reunidos son, cada uno de ellos, ejemplos de un motivo de viaje y un tipo de viajero: los viajes de infancia (el mejor relato, el más rico, el más conmovedor, el que está mejor escrito), el viaje a la Puna y el viaje a Bolivia, el viaje a la selva amazónica peruana y el encuentro con un umbral de humanidad en el medio de una tribu de jíbaros, el viaje a Brasilia y el viaje a Malvinas, enmarcados por dos textos que funcionan como marco teórico (nunca como justificación).
Que se trata de un libro profundamente autobiográfico queda subrayado a lo largo del libro en la interrogación a la que Sarlo somete a aquella que viajó (“¿Quién era la chica de jeans, borceguíes y remera roja?”, pág. 91; “me resultó difícil saber quién había sido esa muchacha”, pág. 165; “quien escribe el relato de viajes juzga a quien escribió la libreta como un «yo» que es otro”, pág. 220). No habiendo posibilidad de sostener la continuidad de la persona, es legítimo interrogar a aquella Beatriz desde el lugar de ésta. Al contar sus viajes (ciudadosamente elegidos), Sarlo cuenta su experiencia de vida, es decir: la vida entendida como una busca desesperada (y muchas veces, desesperanzada) de experiencia (“aurática”, escribe Sarlo, como un homenaje amoroso e intempestivo a Benjamin). “La experiencia inesperada de un shock” (pág. 222) es la última frase del libro y desde el comienzo se trata de eso: de un shock que saque al viajero de su letargo y ponga en marcha el pensamiento (que es, en primera instancia, un pensamiento de si, de los propios límites y de las propias convicciones).
La experiencia no depende de ese “régimen de atosigamiento” (pág. 214) por el que Sarlo es célebre (todas las películas, todos los libros, todos los museos, todos los conciertos) que queda del lado de la “voracidad ciega” o del “snobismo hambriento” pero, sobre todo, como marca de esa persecución obsesiva de una verdad que se escapa salvo en los raptos de experiencia. En un viaje, para Sarlo, la experiencia sólo aparecerá en lo que ella llama un “salto de programa” que provoca un fuera de código (el acontecimiento, enseña la filosofía, es siempre del orden de lo imprevisto), ya sea el abrazo insignificante de un loco en una plaza crepuscular de Viena, la confesión de una empleada doméstica, una pregunta susurrada en castellano de Belgrano en un rincón de una casa de Malvinas o el encuentro inesperado con el Barroco brasileño.
Yo (más que nadie) soy de los que extrañaban la relación de Beatriz Sarlo con la literatura y había perdido ya toda esperanza al comprobar su renovado y para mí incomprensible entusiasmo para desmenuzar la interna peronista.
Recibí este libro con una algarabía que se expandió cuando comprendí el cachetazo que supone: a los impertinentes que pensaban que Sarlo había abandonado la literatura por asuntos más mundanos, ella les ofrece ahora este salto de programa, un fuera de código que viene de la mano de una narradora al mismo tiempo tímida y desenvuelta, un conjunto de postales de lo que Silviano Santiago ha llamado el cosmopolitismo del pobre.
En Tristes trópicos (antecedente muy citado por Sarlo) Claude Lévi-Strauss comienza diciendo “Odio los viajes y los exploradores”.
Odiamos los viajes planificados, que el turismo de masas lleva al paroxismo y que bloquean todo pensamiento sobre si. El salto de programa (que no puede buscarse metódicamente) es lo que nos libera de esa pesadilla del capitalismo. El libro de Sarlo es, además de un ejercicio de ascesis, un feliz salto de programa.


viernes, 15 de agosto de 2014

jueves, 14 de agosto de 2014

Terror de Estado

CFK pide la Ley Antiterrorista para Donnelley: “Nos quieren ver de rodillas”

La Presidenta anunció que accionará penalmente contra la empresa por “generar una situación de zozobra para castigar al país”. El vínculo con un fondo buitre. 

domingo, 10 de agosto de 2014

Callen al idiota

Aníbal Ibarra consideró "razonable" la libertad de Callejeros porque la sentencia no estaba firme

El ex jefe de gobierno porteño consideró que la Policía Federal no controló el boliche donde murieron 194 personas porque recibieron dinero de Omar Chabán; su candidatura para 2015