sábado, 1 de octubre de 2022

Demasiado humano

por Daniel Link para Perfil

Estoy en un lugar al que se considera la cuna del capitalismo, pero como hoy el capitalismo es global, da lo mismo, es cualquier parte. La máquina capitalista ronronea o gruñe, pero está siempre ahí.

Hace unos días tuve una discusión con mi marido. Apenas llegados a la ciudad, salimos a hacer las compras. Él portaba su mapa de google, donde había identificado unos mercados. Se enojó porque yo hacía caso omiso de sus indicaciones. Había visto a un chico y un perro corriendo por un camino o pasaje y decidí seguirlos. Nos metimos en un laberinto de callejuelas desconocidas (mi marido seguía protestando: “no es así, no es así, hay que seguir las indicaciones del mapa”) donde pronto aparecieron personas portando bolsas repletas de víveres. Dos pasos más allá, estaba el supermercado del barrio. Dije “si hay un camino, es que lleva a alguna parte”.

Si me detengo en este pormenor es para subrayar que suelo desconfiar de las máquinas, aún de las que más admiro, como es el caso de googlemaps.

Soy prácticamente un ludita, incapaz de resignar sus capacidades de baqueano a la omnisciencia de un satélite.

Esta mañana (y si no importa el lugar preciso, tampoco importa el tiempo), apenas terminado el desayuno escuché un ruido del otro lado de la ventana de la cocina. El robot que corta el pasto se había activado y recorría con paso torpe el breve jardín del que disfruto. Entendí su fealdad: el robotito corta todo lo que tiene por delante: trébol, cardo, brote de rosa, deditos de príncipe. Cuando encuentra un obstáculo o un borde de material, retrocede y cambia de dirección, aleatoriamente. Los caminos que va trazando sobre el pasto son irregulares, como heridas (el pasto debe cortarse siguiendo paralelas). Además, hay pormenores del terreno que confunden sus sensores y se empaca y queda ahí, gruñendo como un animal amenazado, hasta que consigue retroceder un poco y, con las últimas fuerzas que le quedan, volver a su base con el pasto todavía desprolijo para recargar la energía dilapidada.

Cualquier chonguito cumpliría con mayor eficacia, sentido de belleza y en menor tiempo una tarea semejante, pero aquí se ha decidido desconfiar de la capacidad humana para realizarla. Me angustio un poco.


sábado, 24 de septiembre de 2022

Abuelocas viajeras

Por Daniel Link para Perfil

Comentamos con nuestro amigo Dieter Ingenschay las ocurrencias de nuestras respectivas nietas. Él y Torben, su marido, no han visto todavía Queerness in Photography, que está en el C/O Berlin, un extraño lugar al lado mismo de la estación Zoologischer Garten que exhibe hasta el 18 de enero de 2023 uno de los acontecimientos visuales del momento, al que llegamos gracias a nuestra amiga Silvia.

 


La muestra incluye varias partes autónomas. La más ridícula (pero no la menos bella) es la que ha curado Tilda Swinton a partir de sus extraordinarias fotografías durante el rodaje de Orlando (1992), basada en la novela homónima de Virginia Woolf de 1928, impresas a gran escala.

En la planta baja, se suceden las fotos de la colección de Sébastien Lifshitz, el reconocido cineasta que ganó el Teddy Award en el Festival de Berlín y el premio del Festival de CINE LGTB de Milán con la película Wild Side (2004) y que obtuvo en Cannes la Queer Palm con Les vies de Thérèse (2016).

A lo largo de décadas, Lifshitz ha recolectado cientos de fotografías de personas travestidas o dragueadas, tomadas en estudios fotográficos, entre los bastidores teatrales, en la intimidad de un dormitorio o una cocina, al aire libre, individuales o grupales.

Es un registro de más de cien años de identidades llevadas a un umbral de transformación a través del placer del dragueo que, como no podía ser de otro modo, responde a los ciclos de las modas y de los significados asociados al vestuario: hay amas de casa, femmes fatales, galanes de casino y obreros de la construcción. En cada fotografía se deja leer el conflicto entre un cuerpo, una imaginación y las marcas sociales que las vestimentas portan de por si (clase, ambiente, profesión, comunidad) y, todas ellas, dicen la felicidad de un encuentro que, aún en su provisoriedad, se contagia al espectador.

Más allá de la calidad de las fotografías (que van de lo profesional a la polaroid) lo que importa es el amoroso trabajo de recolección en subastas de herencias o librerías de viejo, que salvó a esos experimentos identitarios y sexuales del olvido.

Como del catálogo, Mauvais Genre (Género equivocado), hay muy pocos ejemplares en circulación, con Dieter y Torben nos consolamos mirando las fotos de nuestras propias celebraciones.

sábado, 17 de septiembre de 2022

Acontecimientos funerarios

Por Daniel Link para Perfil

Ya fue dicho: “Hay mucha muerte, muchos acontecimientos funerarios /
en mis desamparadas pasiones y desolados besos”. Ése, que es uno de los más altos momentos de la poesía en nuestra lengua (americana, nerudiana) vuelve a interpelarnos en una semana en que los acontecimientos funerarios se multiplicaron y que, por eso mismo, nos permitió evaluarlos en su diferencia, porque las muertes no son equivalentes ni significan lo mismo ni habilitan al mismo duelo.

Todo empezó con el gato de mi nieta, que atrapó un pájaro y casi lo mata en frente de ella, que estaba jugando en su casita del árbol. Enterada de la peripecia, dijo que (mientras almorzaba): “Yo, un día, en el cole, vi una paloma muerta. Y descubrí (el verbo me arranca lágrimas) que los que se mueren no se van al cielo. Se quedan ahí, muertos. Y no se puede hacer nada cuando alguien está muerto. No se puede hacer nada. Se hace lo que se hace. Y listo. Si alguien se muere se muere se muere porque no es que lo podemos curar con una doctora”. Dijo ella, con todavía cuatro años.

Inmediatamente, digamos, murió una reina, y unos días después, murió Godard. Acontecimientos funerarios irreconciliables. La muerte de la reina desató los ideales repúblicanos alrededor del mundo. Y en Gran Bretaña fueron reprimidas las solitarias manifestaciones anti-monárquicas, porque podrían herir a alguien (¿no hieren nuestra ética republicana las manifestaciones monárquicas?).

¿En qué sentido una institución decadente como la monarquía puede convivir con nuestra sensibilidad, en nuestro tiempo? La derecha ha querido defender esa supervivencia arcaica señalando el equilibrio que introduce entre los partidos en los regímenes donde existe. Pero sabemos que, en el fondo, sostener la monarquía (más allá del gasto público que significa) es sostener unos privilegios de censura y represión en reserva, por si acaso hicieran falta.

La muerte de Godard, en cambio, sólo puede medirse en una dimensión estética (entendiendo que también la estética es una forma de actuar lo político). Nos dicen que Godard murió tranquilamente. Y nos alegramos por eso. Y comparamos su muerte (que es la muerte de una época entera) con el no terminar del morir del cine, que aún después de haber exhalado su último suspiro sigue gritando sus groserías y sus inmundicias.

Godard, como Guy Debord, sabía que aún en lo que ha muerto o está muriendo es posible encontrar todavía una chispa de vida. Es el cine como archivo, es el lamento de Elpénor, el marinero que muere en la Odisea y que vuelve en Histoire(s) du cinéma, en la voz de Ezra Pound, en un rizo archivístico que mezcla la obsesión por la imagen justa con las voces que vienen desde el más allá del Siglo XX.

Ésa es la diferencia entre esos dos acontecimientos funerarios: la muerte de la reina nos lanza hacia una utopía reformista que prescinde de ella (acabar con la monarquía). La muerte de Godard nos agrupa: seguir adelante, pero en su sombra. Porque los que se mueren no se van al cielo. Se quedan ahí, interpelándonos.

lunes, 12 de septiembre de 2022

La Tante Roland

 


Residencia en la tierra

Oh niña entre las rosas, oh presión de palomas,
oh presidio de peces y rosales...


Ven a mi alma vestida de blanco, con un ramo
de ensangretadas rosas y copas de cenizas,
ven con una manzana y un caballo,
porque allí hay una sala oscura y un candelabro roto,
unas sillas torcidas que esperan el invierno,
y una paloma muerta, con un número.

 

sábado, 10 de septiembre de 2022

Los dueños de la democracia

por Daniel Link para Perfil 

A lo mejor la película es mala, habrá que verla. En Venecia la ovacionaron y es probable que otro tanto suceda en los demás festivales donde tiene su participación asegurada. Recordemos que La historia oficial, que volvió triunfante a las premiaciones californianas, siempre tuvo entre nosotras más detractores que admiradores. Pero aquí no se trata de la calidad estética, sino de la oportunidad.

Argentina, 1985, la película sobre la preparación del Juicio a las Juntas, nos llega en un momento justo, cuando se discute qué es la democracia, cuáles son sus límites, sus mitos fundadores, sus héroes y sus nombres propios. Pronuncio estas palabras para aclarar inmediatamente que no sé si son adecuadas al dominio “democracia”, que es un régimen más bien gris, con altibajos que impiden que nadie ocupe esos lugares por prepotencia sino, como se dice, por el juicio de la historia.

Mientras tanto, sirve para evaluar los reclamos narcisistas de derechos de propiedad sobre la abollada democracia.

Nuestra democracia sería inconcebible sin aquel Juicio que, hay que recordar, el peronismo no estaba dispuesto a llevar adelante, posición ratificada luego por los indultos firmados por el Sr. Carlos Menem en 1989-1990, después de las Leyes de Punto Final y Obediencia Debida promulgadas por el gobierno alfonsinista.

En 1998 el Congreso Nacional las derogó, y luego fueron “anuladas” por el el Parlamento en 2003 a partir de un proyecto presentado por Patricia Walsh. Al mismo tiempo, se otorgó rango constitucional a la Convención de la ONU sobre imprescriptibilidad de los Crímenes de Guerra y de Lesa Humanidad, ratificada por el entonces presidente el Sr. Néstor Kirchner. Discutida técnicamente, la “anulación” de las leyes fue convalidada por la Corte Suprema de Justicia, que las declaró inconstitucionales el 14 de junio de 2005.

Mucho antes, Raúl Alfonsín había sufrido dos atentados, uno con bomba (1986) y otro con un revolver (1991) que, como en el caso de la pistola que apuntó a Cristina Fernández, tampoco funcionó.

No se trata de minimizar los acontecimientos, sino de ponerlos a todos en su justa perspectiva. Una perspectiva no implica un relativismo del tipo “nada importa demasiado” sino precisamente todo lo contrario: cada detalle cuenta.

Es lógico que un sector político quiera aprovechar cualquier circunstancia para acumular poder. No es tan comprensible aceptar que, por eso, se aniquile la dimensión histórica de los acontecimientos. Eso se llama absolutismo, un más allá de la democracia.

 

lunes, 5 de septiembre de 2022

sábado, 3 de septiembre de 2022

La batalla de Recoleta

Por Daniel Link para Perfil

Vivimos una extraordinaria batalla por el sentido. El territorio donde esa batalla sucede es designado como Recoleta. Aplicado a un lugar, “recoleta” significa que es solitario y poco transitado ("calles con pequeñas y recoletas tiendas") y aplicado a las personas, que guarda una observancia más estrecha de la regla que la que comúnmente se guarda ("fraile recoleto"). Por extensión, designa al que vive retirado y con modestia.

Esa “madre de todas las batallas” repercute en todos los ámbitos y ya habido desgarramientos en varias instituciones menores que pronto se replicarán también en las alianzas políticas porque todo se juega a todo o nada, a esto o aquello. Estamos ante un caso de arbitraria persecusión judicial-mediática, una intolerable provocación (con mates y escuditos incluidos) de la derecha internacional contra los sectores nac&pop, o estamos ante un necesario “Nunca más” de la corrupción, a partir del cual caerían, en sucesivos juicios, también los culpables dentro del macrismo (aunque, justo es decirlo, esta hipótesis es bastante ilusoria).

A lo mejor, desde el punto de vista histórico, un sentido no anula al otro (porque hay perspectivas): hubo corrupción, hay ensañamiento y parcialidad judicial. O a lo mejor, como ha sucedido, las batallas por el sentido se transforman en guerras asesinas, y entonces ya no importan las palabras sino los cuerpos que penden de un hilo siempre a punto de quebrarse. Pasado mañana volveremos a discutir sobre el sentido, pero hoy conviene refrendar que la semántica no habilita al asesinato, ni siquiera en grado de tentativa. Que la Sra. Fernández viva.

 

jueves, 1 de septiembre de 2022

Archivar, desarchivar, anarchivar

ENTREVISTA

Daniel Link. “Tenemos archivos muy importantes, pero en muchos casos no incorporan documentación de comunidades indígenas”


El investigador de la Universidad de Tres de Febrero destacó la importancia de los documentos para revelar los oculto y enfatizó la necesidad de contar con un acceso democrático a los materiales. 


Por Horacio Raúl Campos para Página/12

-¿Qué temas se trataron en el Coloquio Internacional?

-Propusimos pensar las relaciones entre archivos y la democratización de prácticas y la recuperación de memorias e identidades comunitarias en un contexto altamente crítico y estimulante ligado con el proceso de digitalización de archivos.

(...)

 



martes, 30 de agosto de 2022

Bye, bye

 

 

 

sábado, 27 de agosto de 2022

El reino perdido

por Daniel Link para Perfil

El humanismo (clásico o burgués) bien podría entenderse como una ficción epistolar: el ámbito definido por amigos que se escriben cartas. Incluso los libros podrían entenderse como una correspondencia lanzada al vacío: no te conozco todavía, pero he aquí lo que pienso.

Los estados modernos se definieron por el alcance de sus servicios postales (había Estado hasta donde podía llegar una notificación oficial: para la guerra, el pago de impuestos o la convocatoria ante la Ley).

En el caso de esas figuras fantasmáticas que llamamos “autor”, las cartas que escribieron nos son preciosas. La famosísima y muy mal comprendida “Carta alemana” de Samuel Beckett es una piedra de toque de su poética, organizada alrededor de la noción de “palabras inapropiadas” que allí se lee.

Hay cartas de amor, cartas de suicidas, cartas desde la trinchera, cartas públicas (Émile Zola, Rodolfo Walsh) cuya trascendencia política no disminuye con el tiempo.

Hay también cartas intelectuales, un género que parece haber desaparecido de nuestro horizonte, dominado por la necesaria banalidad de los intercambios conversacionales, la inmediatez del correo electrónico y la chatura argumentativa que arrastra a la justicia, a los medios de comunicación, a la política a niveles de brutalismo ya casi intolerables (lo estamos viendo en estos días).

Para los círculos filosóficos entre los antiguos romanos, escribir cartas implicaba, al mismo tiempo, ordenar las propias ideas y adoptar una forma de vida propia, una ética, una perspectiva para ver el mundo y actuar en él. Las correspondencias intelectuales modelaron, cuando existían, la posibilidad y la necesidad del rigor para decir, proponer, objetar, hacer.

Como todo eso parecía haberse perdido, hay que saludar el libro Las posesas, firmado por Albertina Carri y Esther Díaz y distribuido en estos días por Caja Negra, como un verdadero acontecimiento: recupera para nosotras, lectoras ávidas de una humanidad críticamente renovada, la posibilidad de acceder al registro de dos testigas de un presente que (como ellas) no terminamos de entender del todo.

El ejercicio que dio origen al libro constituye la primera parte: convocadas por Liliana Viola, Albertina y Esther debían escribirse diariamente correos sobre la memoria, para realizar luego una performance en el CCK en marzo de 2020. Como la pandemia se llevó todos los proyectos por delante, ese objetivo quedó reducido a su mínima expresión (un podcast, líbrennos la musas de tener que escucharlo) pero las corresponsales decidieron seguir escribiéndose, esta vez cada quince días. Es la segunda parte del libro, cuyo tema habrían de ser las pérdidas pero que bien pronto, gracias a la agudeza de Esther, se complica con las perdidas: ellas, perdidas en el tiempo que les tocó vivir, no dejan de interrogarlo y de buscar en los libros viejos y en las recopilaciones de cartas las claves para poder hacerlo.

Que se trata de un género olvidado se nota en los titubeos de la primera parte, donde nada termina de cuajar y las corresponsales (que no se conocían personalmente antes del encargo) tratan, sobre todo, de agradarse. De paso, un libro como Las posesas es sobre todo un desafío para el editor, porque al pasar del circuito de lo privado al de lo público, la correspondencia adquiere un doble destinatario y esa duplicidad debe ser conservada a toda costa, para que no incomode a la lectura. Muchas de las decisiones de Caja Negra son, en este punto, objetables. Por ejemplo: es casi imposible creer que Esther le diga a Albertina: “lo que dice Buñuel en Mi último suspiro, que es su autobiografía”. Esa cláusula aclaratoria denigra a la corresponsal que recibe la carta pero también al lector que, si está dispuesto a leer la correspondencia de dos nombres mayores del pensamiento argentino (en la filosofía, en el cine y la literatura) no ignora el nombre del siniestro "amigo" de García Lorca, ni sus obras.

Más allá de esos titubeos y esos deslices de edición (después de todo, son cosas que se aprenden) los intercambios que incluye Las posesas incluyen apuestas de pensamiento de gran aliento y, sobre todo en la segunda parte, una voluntad para ponerse en juego que sobrepasa con creces al simple comentario de las circunstancias. El libro no es una “obra” sino la condición de posibilidad de toda obra: asumir el riesgo de pensar.

 

viernes, 26 de agosto de 2022

sábado, 20 de agosto de 2022

Gauchesca 2.0

Por Daniel Link para Perfil

Interrumpo mis lecturas de esta semana para escribir esta columna. Estoy leyendo (y fichando) las Memorias de Baigorria, las Memorias del ex cautivo Santiago Avendaño, la Excursión de Mansilla y las Correrías de un infiel de Baigorria. Antes había leído una vez más el Martín Fierro y La cautiva.

No hace falta que subraye el hilo conductor de mi interés: son los indios, esos “otros” de la patria (respecto de los cuales no tuvieron contemplaciones ni los liberales ni los populistas: Rosas fue tan exterminador como Sarmiento y Roca).

Esos a los que Alsina les ofreció su zanja como solución de las contiendas territoriales. Supongamos que esa propuesta multinacional hubiera triunfado. Hoy abominaríamos de las descripciones intolerables que hace José Hernández de la vida en las tolderías de su héroe criminal.

Mientras leía, de pronto aluciné auditivamente con el malón. Escuchaba el griterío de la indiada, al ritmo del kultrún y la trutruka.

Pero no, eran manifestaciones convocadas tal vez por las centrales obreras o por los movimientos sociales de izquierda que, a la misma hora, marchaban con diferentes destinos para protestar por exclusiones que, bien miradas, están inscriptas en la fundación misma de la Argentina, en la oposición entre Civilización y Barbarie, en la propaganda criollista, en las fantasías de homogeneización cultural y moral, cuando no de exterminio. David Viñas se había preguntado en Indios, ejército y fronteras: “¿por qué no se habla de los indios en la Argentina? ¿Y de su sexo? ¿Qué implica que se los desplace hacia la franja de la etnología, del folclore o, más lastimosamente, a la del turismo o de las secciones periodísticas de faits divers? Por todo eso me empecino en preguntar; ¿no tenían voz, los indios? ¿O su sexo era una enfermedad? ¿Y la enfermedad su silencio? Se trataría, paradójicamente, ¿del discurso del silencio? O, quizá, los indios ¿fueron los desaparecidos de 1879?

El punto de partida no fue tan letrado, sino una ocurrencia de Elisa Carrió, que en modo “gaucho con concha” (como le decía Manucho a Silvina Bulrich) produjo la copla “Si quieren que me vaya, / no tienen más que pedirme./ Pero no me callo más, / prefiero morirme”.

 

sábado, 13 de agosto de 2022

Mecánica de géneros

Por Daniel Link para Perfil

Nos apuramos a ver Sandman en Netflix, porque como estamos colgados de la cuenta de mi hija ya se nos acaba la gratuidad y no pensamos pagar por una adhesión a un servicio mediocre. También porque es obra de uno de mis autores de género predilecto, Neil Gaiman. Comparto su crítica al estilo de actuación del protagonista (“¿Por qué hablás como Batman?”, le dijo Neil) y admiro sus diálogos de una belleza inverosímil.

Pero además, Gaiman escribió para su esposa, la performer y cantante Amanda Palmer (The Dresden Dolls), un poema extraordinario que siempre enseño, “La cazadora de hongos”, que cuenta la historia de la tribu humana poniendo al varón en el lugar idiota del cazador que persigue a la presa (muchas veces sin resultado) y a la mujer como inventora de la ciencia (la mecánica, la anatomía, la física, la química) a través de las pequeñas tareas “domésticas” (elegir los hongos comestibles, conocer cómo se transforman químicamente al cocinarlos, diseñar herramientas e instrumentos portantes para las crías, relacionar la regla con las posibilidades reproductivas y recordar las propiedades curativas de las plantas).

Entregados al streaming, descubrimos en Star+ (otro cuelgue), una película trash que retoma este argumento antropológico-feminista deformándolo tontamente: Predator: la presa.

Naru, la protagonista, es inteligentísima y sabia dentro de la tribu comanche que integra. No sólo es la mejor rastreadora y domina las propiedades medicinales de las plantas sino que es capaz de deducir el funcionamiento de la tecnología alienígena en dos minutos.

Eso, sin embargo, no le garantiza el lugar de privilegio que merecería y la obliga a ser la mejor cazadora (es decir: a convertir al predador en su propia presa).

Es como si la superioridad de la mujer sólo pudiera entenderse en una dialéctica donde debe verse en el espejo del varón (con sus misma fuerza y sus mismos predicados) y no en un plano diferente (como han protestado los feminismos de la diferencia).

Desde ya, en este universo que no se atreve a salirse de la heteronormatividad y el orden patriarcal, no hay personajes trans o de género fluido (chamanes) como sí sucede, para escándalo de muchos trogloditas, en esa ensoñación llamada Sandman.

 

martes, 9 de agosto de 2022

lunes, 8 de agosto de 2022

sábado, 6 de agosto de 2022

¡Argentinos, a las cosas!

Por Daniel Link para Perfil

Sigo a pocos columnistas: Jorge Fontevecchia y Beatriz Sarlo en Perfil, Horacio Verbitsky en El cohete a la luna, Ernesto Tenembaum en Infobae, Ignacio Zuleta en Clarín y Carlos Pagni en La Nación. Conozco bien sus diferencias, lo que me permite situarme a una justa distancia para disfrutar de sus columnas muy bien escritas y con mucha información que yo no tengo.

Carlos Pagni cerró su columna del pasado martes (una transcripción de un editorial televisivo) recordando que en 1924 Ortega y Gasset escribió: “En las revistas y libros de jóvenes que me llegan de la Argentina encuentro demasiado énfasis y poca precisión. Cómo confiar en gente enfática… nada urge tanto en Sudamérica como una general estrangulación del énfasis. Hay que ir a las cosas, hay que ir a las cosas sin más”.

En una reseña casi secreta de 1928 sobre los Seis ensayos en busca de nuestra expresión de Pedro Henríquez Ureña (reproducido en el último número de Chuy. Revista de estudios literarios latinoamericanos), Jorge Borges se detuvo en la misma advertencia de Ortega (esa superstición española), quien “en artículo reciente, recomienda a los jóvenes argentinos «estrangular el énfasis», que él ve como una falta nacional. Meses atrás, Eugenio d’Ors, al despedirse de Madrid el ágil escritor y acrisolado poeta mexicano Alfonso Reyes, lo llamaba «el que le tuerce el cuello a la exuberancia». Se trata de una simple noticia —por cierto, comentada con delicadeza después [por Pedro Henríquez Ureña]—, pero en cuya consideración quiero demorarme. Estrangular el énfasis, torcerle el cuello a la exuberancia...: la más barata dilucidación de esas feroces fórmulas es la de considerarlas variantes (hay otras palabras menos corteses) de la aconsejada por el Arte poética de Verlaine: «Toma a la elocuencia y retuércele el cuello»”.

“Otra, menos lenitiva y más honda, sería la de inferir que ni la estrangulación a que nos convida el deshumanizante profesor, ni la torsión de cuello, felicitada por el catalán en trance de griego, fueron sentidas como representaciones enfáticas por sus propagandistas. Esto, concede ironía reincidente a sus prescripciones. Desaconsejarnos el énfasis y abundar en él”.

El tema, como se ve, es muy previo al peronismo, en relación con cuyos últimos movimientos de tablero Pagni recuerda la cita de Ortega y Gasset (que no previó la República, ni la Guerra Civil, ni el franquismo). A Ortega le irritaba el “apresurado afán por reformar el Universo, la Sociedad, el Estado, la Universidad, todo lo de fuera, sin previa reforma y construcción de la intimidad”. Por supuesto, la Reforma universitaria del 18, uno de nuestros grandes orgullos, le habrá parecido un despropósito, porque “Todo el que incita a los jóvenes para que abandonen el sublime deporte cósmico que es la juventud y salgan de ella a ocuparse en las cosas llamadas «serias» —política, reforma del mundo— es, deliberada o indeliberadamente, dañino”. Un conservadurismo enfático de alguien, Ortega, que escribía como el culo.

 

martes, 2 de agosto de 2022

La otra feria