sábado, 8 de diciembre de 2018

Macri y Macrón, un solo corazón

Por Daniel Link para Perfil

Lo penoso no fue tanto la algarabía gubernamental por haber podido aplicar sin grandes errores el manual de la fiesta exitosa para verdugos, usureros, salvadores de bancos y descuartizadores de periodistas. Tampoco que se festejara con bombos y platillos una gala que chorreaba grasa por donde se la mirara y donde lo mejor (las proyecciones abstractas en los cubos, no las eméticas imágenes de operadores turísticos) quedaba opacado por el movimiento insensato y de una continuidad psicótica de unas personas convocadas para la ocasión, como si nos faltaran elencos estables, músicos, guionistas, regisseurs, talento argentino organizado.
Fue penoso que todo se hiciera a espaldas de los que realmente saben para evitar la previsible protesta: no la de los militantes que habían quedado encapsulados (para usar una palabra que la televisión festejó como se festejan las películas en las que el terrorismo internacional indeterminado no consigue asesinar al presidente negro o mujer de los Estados Unidos) en el eje decadente de la soberanía argentina, sino la de los que forman las instituciones nuestras. ¿Museos de la Nación o de la Ciudad? Mejor no: seguro se quejan de sus salarios y condiciones de trabajo. ¿Elencos del Colón u orquestas estables? ¡Aprovecharían la ocasión para decirles a la patota soberana que el arte está al servicio de valores otros!
La fiesta del Jeje20 fue la celebración de la inautenticidad, de la mercancía, de la privatización y del prejuicio (“El centro: La cultura”).
Las visitas más amables fueron las que caminaron por las plazas, comieron donde se les dio la gana, viajaron en vuelos comerciales y trataron de ver algo más allá de la arcada protocolar, con lectura borgesiana incluida para el disfrute de aquel a quien su capital se le estaba incendiando por lo mismo que acá: el escándalo del precio de la nafta.
Lo más penoso es que el país ya no da para más, y nadie lo dijo.


jueves, 6 de diciembre de 2018

sábado, 1 de diciembre de 2018

La carta robada


Por Daniel Link para Perfil

En el cuento “La carta robada”, Edgar Allan Poe nos da un indicio.
La carta que un ministro siniestro ha robado a una persona regia, para comprometerla y tenerla a su merced, no aparece por ningún lado. La policía ha cuadriculado el espacio y lo ha revisado milímetro por milímetro: debajo de cada tabla del piso, detrás de cada moldura en la pared.
Desesperada, la justicia burguesa convoca al Chevalier Auguste Dupin, quien visita al ladrón y, después de un intercambio más bien anodino, descubre dónde se encuentra la carta, que reemplaza por una falsa, para que el ministro crea que conserva algún poder, cuando ya lo ha perdido todo.
Jacques Lacan, como se sabe, encontró en el cuento sugerencias para caracterizar la práctica analítica: el secreto se vuelve visible si uno es capaz de mirar con los ojos de otro. Lo que quiere decirLa carta robada” es que una carta llega siempre a su destino.
Desde Poe hasta nosotros, las personas regias ya no son el fundamento de la soberanía. El pueblo es el soberano, y los gobernantes actúan por mandato y delegación. Pero, pareciera, al pueblo se le sigue robando. Los ladrones dicen: es que necesitamos robar para precisamente poder garantizar la soberanía popular. Robamos porque el capitalismo es, en si mismo, un régimen confiscatorio y alienante. Sea. Pero, ¿dónde está el producido en esas campañas redistributivas?
El juez busca los dineros robados por el ministro, nos dicen, porque sin ellos no habrá posibilidad de condena. Los dineros no aparecen. El ministro se envalentona y pregunta: si esos dineros existieron, ¿dónde están? Las máquinas levantan la tierra de los campos, los martillos destrozan las paredes, los perros entrenados huelen las bóvedas y las catacumbas de los conventos. Y no aparece nada.
Pero basta mirar alrededor, con los ojos de otros, para darse cuenta. Los ojos, por ejemplo, de la Cámara de la Construcción, que tanto colaboró para sostener al gobierno del pueblo. Y hay que mirar precisamente allí donde los constructores detienen su mirada, lo que sus pestañas conmovidas acarician a la distancia: Puerto Madero y sus emprendimientos de lujo, sus coworking spaces, sus World Trade Centers, sus Towers, sus amenities y sus intelligent buildings que ofrecen “una calidad de vida reservada a los más exigentes”. Puerto Madero, esa iniquidad, esa boca del Infierno, es nuestra carta robada. No hay que buscar: todo está ahí a la vista.
¿Qué estamos esperando? ¿Que lo diga un juez? La justicia puede ser idiota, pero sigue siendo burguesa y conoce sus limitaciones. Una cosa es protestar por el latrocinio contra el soberano. Otra, muy distinta, es intentar recuperar para el pueblo esos ladrillos que tanta falta le hacen y que le daría, a ese barrio muerto y helado, una vitalidad que jamás podrá alcanzar de otro modo.


martes, 27 de noviembre de 2018

El nombre de la rosa



sábado, 24 de noviembre de 2018

Anarquía en las Provincias Unidas

Por Daniel Link para Perfil

Difícil de comprender para las mentalidades periodísticas de derecha, el anarquismo se compone a partir de arjé, que se puede entender como origen (“arqueología”) o como mandato o dominación (“monarquía”). Hay, incluso, una epistemología anarquista (Paul Feyerabend).
Como negación de toda hipótesis sobre el origen o sobre la dominación, el anarquismo se revela profundamente nihilista y aspira a la soberanía sobre si (por eso, detesta toda forma de Estado).
Hay cientos de corrientes anarquistas diferentes, desde el anarcoindividualismo hasta el anarcosindicalismo o el colectivismo. Pocas usan el terrorismo, pero todas suponen el nihilismo.
Es Nietzsche quien lo eleva a noción filosófica (y no mera cosmovisión) y motor de la historia. Nietzsche creía que el nihilismo era resultado de la muerte de Dios (ese origen, ese mandamás), e insistió en que debía ser superado.
En 1940, Heidegger impartió unas lecciones sobre “Nietzsche: el nihilismo europeo”, la presentación más comprensiva del nihilismo como fuerza histórica. El nihilismo está cargado de potencia de destrucción, de negatividad y, por lo tanto, de historia.
Entre los años 1865 y 1875 algunos grandes anarquistas, sin saber los unos de los otros, trabajaron en sus máquinas infernales. Independientemente unos de otros, pusieron su reloj a la misma hora, y cuarenta años más tarde explotaron en Europa simultáneamente los escritos de Dostoyevski, Rimbaud y Lautréamont, al mismo tiempo que Bakunin (en la estela de Proudhon) sentaba unas bases para la acción política.
Bakunin propuso, según Walter Benjamin, un “concepto radical de libertad” que luego desapareció del mapa conceptual de Occidente. Despreciaba a Marx, quien por su parte lo acusó de ser un agente zarista dentro de la Internacional.
Pero está también Auguste Blanqui, quien sin haber sido en rigor un anarquista, recibió las mismas críticas que el ruso por parte de Marx y sus amigos.
Blanqui sabía que la revolución estaba condenada a repetirse y a
fracasar (1789, 1830, 1848, 1871) y por eso se consideró a si mismo un prisionero del infierno. Esa posición anarco-nihilista es la de la Revuelta (la del 68, la de los Sex Pistols, la de Deleuze) y no coincide en casi nada con la posición ético-anárquica, más cerca de la idea de Revolución, que subordina la anarquía temporal propia de la revuelta a una ética, y esa ética es, marxianamente, la que el partido manda.

viernes, 23 de noviembre de 2018

Dicen que...

Episodios críticos de la modernidad latinoamericana

por Fernando Bogado para Otra Parte

“Latinoamérica” es, siempre lo ha sido, el nombre propio de la imaginación. Precisamente, los artículos reunidos en Episodios críticos de la modernidad latinoamericana no hacen otra cosa que destacar la importancia crítica del concepto de imagen (en un sentido estricto, literal y por eso móvil: “inquietante”) y el uso que abre para entender ciertas producciones imaginarias que pueblan nuestro rabioso continente. Todas estas intervenciones son el resultado de una prolija recuperación de las ponencias presentadas por los integrantes del Programa de Estudios Latinoamericanos Contemporáneos y Comparados (PELCC) de la Universidad Nacional de Tres de Febrero en el XXXIV Congreso Internacional de la Latin American Studies Asociation (LASA) en Nueva York, en 2016.
Dos episodios críticos nuclean seis ponencias y dos discusiones, episodios que condensan en una imagen la tensión entre origen y utopía dentro de la literatura latinoamericana. Diego Bentivegna, Rodrigo Javier Caresani y Miguel Rosetti se concentran en el Modernismo, destacándolo como un momento que influye sobre las relaciones atlánticas imprescindibles para una metodología de estudio propia de las literaturas comparadas. Sorprende el primer texto, el de Bentivegna, cuando habla de la “Atlántida” que Lugones evoca como lugar efectivo y barro primigenio del cual emergió el mundo civilizado. ¿La Atlántida del mundo antiguo como imagen mítica avant la lettre de Latinoamérica?
El segundo “episodio crítico” es el Barroco, presentado por Valentín Díaz en su intervención casi como un proyecto por concretarse, un “cuerpo sin órganos” por hacerse. En esa misma línea habría que revisar la ponencia de Daniel Link sobre Copi, su conceptismo y su distanciamiento del culteranismo (que tiene que leerse en sintonía con su libro La lógica de Copi) y la notable relectura de la relación barroco, ano y neoliberalismo que lleva adelante Rubén Ríos Ávila a partir del análisis de la obra de Perlongher y Lemebel. El barroco se vuelve el nombre de una estética y una filosofía de la latinoamericanización: de repente, vía los autores analizados, Deleuze se vuelve cubano y Foucault, paraguayo.
Cada uno de los artículos sintetiza un modo de hacer comparatismo. Pero en lugar de quedarse en la jerga, se nota la necesidad de hacer temblar un poco ciertos prejuicios críticos y avanzar, seriamente, hacia lo informe mismo con un tono casi filológico-interpretativo. Cada texto parece responder a una pregunta implícita: ¿cómo renovar los estudios literarios? ¿Qué recuperar de la filología? ¿Cómo ir más allá de ella? Dándola vuelta, parece responder el barroquismo crítico. Por ejemplo, volviéndola contra ella misma. Lo que se lee, en definitiva, es el modo en el cual lo latinoamericano se piensa a sí mismo a través de algunos nombres propios, de algunas comunidades agrupadas en episodios, o en grupos de estudio. La reflexión (europea) aquí, en nuestro continente, se convierte en doblez, en proliferación especular. Lo puso Borges en boca de Laprida: a veces, lo latinoamericano, antes que una condición, es un destino. Una imagen por construir. Un barro, tal vez.

Valentín Díaz (ed.), Episodios críticos de la modernidad latinoamericana, EDUNTREF, 2017, 132 págs.


sábado, 17 de noviembre de 2018

El zorrito y las uvas

Por Daniel Link para Perfil

El problema no es el déficit primario, dijo la Sra. Fernández, y tiene toda la razón. Por algo el capitalismo incentiva el uso de tarjetas de crédito, préstamos bancarios, compras hipotecarias, en fin, todo lo que hace que uno pueda comprar aquello para lo cual no tiene dinero suficiente. Por algo los Estados aumentan (controladamente) sus pasivos, que son la llave maestra de la felicidad de todos.
Cuando el zorrito dice “no me gustan las uvas”, ya sabemos que lo que quiere decir es otra cosa.
Gastar un poco de más es necesario para poder seguir adelante, porque uno confía en que hay (debe haber) futuro mejor. Durante el pasado cyber monday, yo pude renovar en cuotas fijas el colchón en el que duermo, porque el anterior me estaba destrozando la espalda, después de quince años de sueños intranquilos. Si hubiera seguido la premisa del zorrito, que durmió siempre en cama de oro, no tendría descanso posible, sobre todo hoy, cuando no tengo sino pesadillas.
Deber o no deber no es el problema, sino quién pagará. Es como si yo contrajera hoy una deuda personal y obligara a mis descendientes y a las personas que para mí trabajan a hacerse cargo del pasivo.
El déficit de hoy, para los argentinos, está formado por puros intereses de una deuda que, se nos dice, esquizofrénicamente, nosotres no debemos tomar: vivamos con lo que tenemos, no aspiremos a más. El zorrito se pone contento porque llegará al final de su temporada de caza, aunque sin haber probado las uvas, que se pudrirán en la rama.


lunes, 12 de noviembre de 2018

Lean, che


¿Te digo más?



sábado, 10 de noviembre de 2018

La marca de la Bestia

por Daniel Link para Perfil


Mi marido gusta del género maravilloso (con preponderancia de hechizos y criaturas subnaturales), que yo más bien detesto. Últimamente se ha dedicado, después de que me duermo, a las remakes de series como Sabrina o Charmed. Una mañana, durante el desayuno, desarrolló sus teorías: Sabrina es mucho más oscura que su predecesora. La nueva Charmed es tan estúpida como la original, pero los personajes son latinos y negros. Agregó: deberían hacer Buffy, la cazavampiros, que era más experimental. La frase me despertó del todo. Sí, le dije, después de las películas de Warhol, viene Buffy.

Nos enredamos en una discusión sobre el sentido del predicado “experimental”. Experimental, en sus partes y en el todo, le digo, es la muestra de Jacoby en el Museo de Arte Contemporáneo de Rosario, que vimos juntos hace unas semanas. La muestra misma es un experimento que incluye experimentos vivos, cuyo resultado todavía desconocemos, en todos y cada uno de los pisos que incluye.

El MACRO funciona en unos antiguos silos y sus salas se ordenan en siete pisos que, por lo general, se miran de arriba hacia abajo, como antes en el Guggenheim de Frank Lloyd Wright. Las “ capas” que forman el hojaldre de Traidores los días que huyeron se llaman: Clásico, Cinético, Poeta, Musical, Conceptual, Clown y Dark.

La muestra es muy diferente de El deseo nace del derrumbe (Reina Sofía, 2011), aunque algunas piezas se repitan. De hecho, el recorrido del MACRO-silo puede querer decir: he aquí unas semillas raras, que tal vez puedan plantarse para ver qué sale. En el caso del Jacoby Musical es evidente: Roberto, allí, canta sus canciones marcianas (que, dicen, pronto se toparán con el disco).

No es tanto, como se ha dicho (la crítica tiende a repetir los gestos distraídos y las palabras circunstanciales de los artistas, sin pensar demasiado en ellas), que se trate de un “lado B” o de una muestra de descartes.

Se trata, por el contrario, de una muestra que subraya cartesianamente el horizonte necesario para comprender las intervenciones de Jacoby. Porque estamos acostumbrados a pensar a Jacoby en relación con Chacra (1999), Proyecto Venus (2000-2006) o la Brigada Argentina por Dilma (2010) que la Bienal de San Pablo censuró, pero no estamos tan acostumbrados a pensarlo en relación con todo aquello de lo que tuvo que despojarse para llegar a hacer lo que hizo, lo que hace y lo que hará.

Lo “clásico” de Jacoby, constituido por un conjunto de ejercicios pictóricos de por sí impresionantes y una escultura duchampiana (objet trouvé intervenido), podrían haber llevado a Jacoby en una dirección (anunciada particularmente por uno de los cuadros expuestos sobre una suntuosa pared color borravino). Pero en el mismo espacio está Vernissage, hecha con Alejandro Ros: una mesa de copas vacías (o bien: dispuestas para ser llenadas) abatidas por unas conversaciones en off en portugués (sobre fútbol, el servicio doméstico, la mediocridad y poca originalidad de la muestra), el sonido de unos cuencos tibetanos y un atentado terrorista con un gran ruido de fracaso y metralletas tronando.

En cada capa de hojaldre (en cada piso) puede notarse esa apertura por un lado hacia el arte hecho en colaboración (lo que ya no dice demasiado) y, por el otro, hacia un concepto que desestructura las líneas de lectura hegemónicas del piso.

Pero además esta no es una muestra de lo que quedó fuera de El deseo... sino parte de su fundamentación: las vanguardias de finales de los cincuenta y los años sesenta, los efectos del fin del arte (“El arte ha muerto. Viva la joda”), la diseminación de las artes en cualquier parte y en cualquier soporte.

Mi marido deploró que la muestra, mayormente dominada por la alegría de las apuestas excesivas y los pasos de vida, terminara con los videos de Dark, angustiantes y depresivos.

Pero ese final sirve comprender el presente de terror en el que vivimos y su relación con las artes (el singular es ya un poco presuntuoso). Jacoby dice que las copas de Vernissage son 300 (en San Pablo fueron 600). Yo entendí que eran 666, la marca de la Bestia: eso es un artista, eso señalan los experimentos jacobinos.


miércoles, 7 de noviembre de 2018

sábado, 3 de noviembre de 2018

Perro que ladra y muerde

Por Daniel Link para Perfil

Una querida amiga me pregunta desde Brasil si no habremos tensado demasiado la cuerda como para provocar una reacción tan enérgica de la derecha fascista como la que estamos viviendo: la Liga italiana gobernando la península, el neonazismo creciendo en cada elección alemana, Bolsonaro con su coordinador de educación, el General Aléssio Ribeiro Souto, reivindicando la Dictadura y las disparatadas posiciones creacionistas.
La pregunta me sorprende en su cautela. Por cierto, le contesto que no. Nuestras reivindicaciones son las que enarboló el siglo XX en sus comienzos, con sus experimentos comunitarios, sus combates en contra de la discriminación de las minorías sexuales y su apuesta a un mundo más justo, menos ceñido a la luz cegadora de la Ilustración que, cuando se vuelve mito, habilita al fascismo más desinhibido (como bien demostraron Adorno y Horkheimer en su momento).
Hicieron falta dos guerras para que esos experimentos, esas propuestas y esas reivindicaciones fueran silenciadas. Pero volvieron. Y cuando volvieron, en la década del sesenta y, sobre todo, después del sesenta y ocho, se instalaron con la misma fuerza.
Cincuenta años después, es tanto lo que se ha conseguido, que parece mentira. Y parece mentira que haya que volver a luchar contra los mismos ideólogos del Mal, que enarbolan la ciencia para salir a matar disidentes sexuales, mujeres, negros, migrantes y que amenazan: “con mis hijos no te metas”.
No hemos tensado demasiado la cuerda del perro rabioso (la hemos dejado floja alrededor de su cuello). Sencillamente vivimos en un contexto de guerra muy diferente de las de la primera mitad del siglo XX pero que pretende lo mismo.
Ahora nos amparan algunas leyes, pero eso no debería engañarnos: cuando ya se ha quebrado el propio hogar, los enemigos siguen estando, cada vez más desembozados y más dispuestos a tomar el poder en momentos de desesperación económica.


viernes, 2 de noviembre de 2018

Si-sí, Sasá



sábado, 27 de octubre de 2018

Vestite y andate

Por Daniel Link para Perfil

La foto que me manda Laura Isola desde algún lugar de Escocia es impresionante por su intensidad erótica y por la lectura de la historia a la que induce. No sabemos quién la tomó pero sí que es que es la primera foto de un encuentro memorable “en una de esas frías noches de México”, que sella un amor a primera vista, hacia junio de 1956.
La foto muestra el interior de una habitación donde hay varias camas revueltas, una mesa de luz, una silla, dos hombres, uno en cada extremo de la habitación, que coinciden con los cortes de la fotografía.
A la izquierda, un joven de 28 años, de pelo corto, lampiño, semidesnudo, que todavía no ha alcanzado a abrocharse el cinturón, inclina su cuerpo hacia el borde de la fotografía y pone las manos en sus espaldas, con cara de espanto. En la otra punta, delante de una ventana, un hombre apenas dos años mayor (pero que parece llevarle al menos diez años al otro), cabizbajo y con los ojos entrecerrados, se abotona el saco. Seguramente piensa: “esto no puede volver a suceder, tengo una responsabilidad ante la historia, necesitamos una disciplina estricta”.
Acaba de decirle al joven semidesnudo que piensa que está ante “un hombre extraordinario”, después de una noche turbulenta: “Yo no te abandono. Esto no volverá a suceder. “Nosotros morimos perseguidos, en la oscuridad. El verdadero cementerio es la memoria. Ahí te guardo, te acuno, te celebro”.
El joven, que ha atravesado el mundo en motocicleta en busca de un destino, ahora deberá abrazar una causa y las palabras de su compañero se le grabarán a fuego en la memoria. Le escribirá, antes de morir, once años después: “Si me llega la hora definitiva bajo otros cielos, mi último pensamiento será especialmente para ti”.
Ernesto murió en Bolivia, perseguido. Fidel lo sobrevivió. Quien haya tomado esa fotografía en México no sabía que estaba fotografiando un amor constante, más allá de la carnicería.



martes, 23 de octubre de 2018

Amor constante más allá de la muerte o "Vestite y andate. Hilda te espera"



Nosotres, les representantes


Por Daniel Link para Perfil

Como sabemos, el carácter totalitario del poder se deduce de la paradoja que le es inherente: la ley está fuera de sí misma. Otro enunciado paradójico: el soberano, que está fuera de la ley declara, sin embargo, que no hay un afuera de la ley.
El ministro Finocchiaro acaba de proporcionarnos un par de sentencias contundentes que ilustran esos principios: “nadie debe condicionar al Presidente”, dijo. Rara sentencia, porque la figura presidencial está condicionada, en principio, por el mandato de sus votantes y, en segundo término, por las alianzas políticas en las que la soberanía se funda.
Las democracias parlamentarias, si alguna virtud tienen, es precisamente la de condicionar el ejercicio del poder soberano, sometiéndolo a una serie de protocolos de control que impiden que el soberano ejerza el poder según su capricho.
Aspirar a un poder incondicionado, a un salirse de la ley es pretender ejercer el poder totalitario propio de épocas pasadas.
Otras declaraciones del ministro de Educación (cuyo conocimiento de los textos fundamentales de nuestra época no habría que poner en duda por el cargo que desempeña) son congruentes con esa posición autocrática.
A propósito de el lenguaje inclusivo manifestó su desacuerdo, porque en nuestro país “rige la lengua castellana que dicta la Real Academia Española (RAE)”.
Una lengua se usa y no rige nada (alguien dijo que la lengua era fascista, para hacer notar su pretensión regia). Y mucho menos es dictada por una academía, cuyo propósito es administrar los usos de la lengua en un determinado territorio. Si fuera cierto que alguna vez aceptamos la regencia soberana de la Academia Real, no usaríamos el vos, y hablaríamos de tú y pronunciaríamos gilipolleces sin ton ni son, como en España.
El lenguaje es cambiante, muta”, aceptó el ministro, “pero los cambios de lenguajes no son imposiciones de grupos o minorías. Se dan cuando la sociedad los acepta”. Qué cosa sea la sociedad sino un debate sin cuartel de grupos (todos ellos minoritarios: por eso existen las “primeras minorías”), no lo sabemos. El momento en que la sociedad se piensa como plenamente homogénea es un momento, ya, totalitario.
Es probable que los esfuerzos que muches de nosotres hacemos para poner en perspectiva los usos inclusivos del lenguaje al ministro lo dejen frío. No porque él suponga un modelo de evolución lingüística diferente del nuestro, sino porque su modelo de la soberanía sostiene que el poder es incondicionado, se trate de un presidente de una república o de una academia de la lengua cualquiera.
Los usos inclusivos del lenguaje no se proponen como ya constituidos (incorporados a la gramática, sancionados por los académicos, aceptados por el poder) sino como constituyentes. Nadie está afuera de la ley, pero además, la ley misma depende del debate.


sábado, 13 de octubre de 2018

Ideología degenerada

Por Daniel Link para Perfil

El video es penoso por la ignorancia de quienes lo guionaron, y amedrentador por la violencia fascista que anuncia. En Brasil sucedió lo mismo con la “ideología de género” y así terminó la historia: con un triunfo en primera vuelta de la ideología fascista más desembozada.
“Si te dijeran que en las aulas están adoctrinando a tus hijos con enseñanzas de Hitler, te parecería un desastre, ¿o no?”. Los jóvenes descerebrados, inmediatamente, sostienen que “los padres de esta ideología eran tan aberrantes como lo fue Hitler”.
Ahí ya hay un problema, que ya había resuelto en su momento Victor Klemperer en su impresionante libro La lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo. La palabra “aberrante” anuncia lo que sigue. “Drogadictos, locos y con tendencia al suicidio”, dice la joven fascista en el video para referirse a “los fundadores de la ideología del género”. Esos sujetos, drogadictos, locos y con tendencia al suicidio que ella desprecia (junto con los alcohólicos, los esquizofrénicos y sus hijos) fueron las primeras víctimas del programa de exterminio del Tercer Reich.
Por supuesto, se trata de una “guerra sin cuartel contra la naturaleza” la que se deriva de los presupuestos “relativistas” de esos padres fundadores. Pero la teoría de la relatividad que Einstein produjo fuera de toda perspectiva de género, también decía que las leyes físicas son relativas, salvo una constante: la velocidad de la luz. Por supuesto, la vida de Einstein corrió peligro en la Alemania nazi cuando anunció su teoría.
Pero ellos, que lo ignoran todo sobre el siglo XX, incluido el fascismo que practican, siguen: “es como si se hubieran abierto las puertas del manicomio y las teorías de sus locos más célebres se convirtieran en doctrina mundial”. La fraseología nazi se precipita con urgencia: “prácticas sexuales degeneradas”, dice un morochito ya en edad de merecer.
Wilhelm Reich. Masturbador compulsivo desde los seis años, practicante de zoofilia, odio al padre. Que tuvo que huir de los nazis, no se menciona en su acotadísimo (y falseada) biografía. Luego le llega el turno a Maiquel (así nombrado) Foucault. No hace falta más: decadentes, degenerados, aberrantes son palabras del léxico fascista. Más democrática, la mentira enfática caracteriza en general a la derecha.
Una buena: la asociación católica que firma el video es uruguaya. Supuesto que quieran cruzar el río, sépanlo: No pasarán.

viernes, 12 de octubre de 2018

sábado, 6 de octubre de 2018

Papel mojado


Por Daniel Link para Perfil

Volver a la patria es volver a un entramado de teorías envenenadas, conspirativas, novelescas. Cualquiera tiene todas las piezas del rompecabezas en la mano, pero cada quien las dispone como quiere y la figura queda igual de bonita. ¡Aplausos!
Escuché una teoría preciosa sobre el asunto Cuadernos Fotocopiados. Sería, si nos atenemos a algunos nombres de empresarios, según el Turco Asís, la reproducción de la milenaria hostilidad entre la Italia del norte y la Italia del sur, transpuesta al suelo criollo, digamos: acocolichada. La Ndrangheta calabresa contra la Sacra Corona Unita, para decirlo en términos mafiosos.
Por supuesto, está el caso de la mascota elegida para los Juegos Olímpicos Juveniles, que hoy comienzan: se llama Pandi (?) y es un... ¡gato! Dicen que eso pasó por haber tenido tanto kirchnerista militante en las terceras y cuartas filas de los organismos.
Sobre el FMI no vale la pena detenerse, porque o se trata de un error gigantesco o todo está hecho a propósito, pero en todo caso, el efecto es el mismo: nos secamos lentamente en el horno, junto con los pesos desaparecidos del mercado.
Pero hay un efecto colateral: la aparición de unos dólares mojados. Hay quien dice que son los dólares enterrados que sirven hoy para pagar actos contrarios al gobierno (que no son los mismos que hace el propio gobierno). Otros dicen que son dólares que vienen de Venezuela.
Propongo otra teoría: son dólares mojados por las lágrimas de los argentinos, que no pueden salir de la tristeza. 


jueves, 4 de octubre de 2018

¿Aléjate, qué?



Respecto de sus dichos despectivos por la nacionalidad de las jóvenes, explicó: "Me tildan de xenófoba y la cuidadora de mi mama es peruana, la señora que limpia es paraguaya tuve amigos ecuatorianos, lo que menos soy es xenófoba".

sábado, 29 de septiembre de 2018

Tutti Frutti


Por Daniel Link para Perfil

¿Me gustarían Beijing, Bagdad, Bombay? No lo sé, y en este caso sólo puedo pensar por analogía, lo que casi siempre es malo. Imagino a Bagdad un poco como El Cairo, que no me gustó demasiado, pero tal vez se trate de un prejuicio orientalista. Para pensar Beijing y Bombay no tengo términos de comparación. Bruselas me pareció bastante sosa, pero no tanto como Boston.
Por fortuna me gustan Buenos Aires, Barcelona y Berlín y en cada una de ellas encuentro lo poco que a las otras les falta para ser perfectas. Que ninguna lo sea no depende tanto de un valor objetivo de esas ciudades sino de mi capacidad de tolerancia: cero tolerancia al frío, al turismo masivo, a la polución auditiva.
Si me detengo en estas ciudades y no en otras no es por azar, sino por la coacción de una regla que nos hemos impuesto con mi equipo de trabajo: el año que viene sólo pensaremos en libros firmados por autores cuyos apellidos comiencen con la letra B y sólo recomendaremos las lecturas y las teorías (literarias, sobre el sujeto, políticas, historiográficas) que también ser correspondan con nombres propios con B.
La decisión no fue muy meditada pero tampoco es completamente caprichosa. A propósito del “Bien”, el tema que nos ocupaba, empezamos a enumerar autores cuyos apellidos empezaban con B. Un minuto después ya habíamos formulado la regla y nos juramentamos para atenernos a ella.
En materia literaria, todo da más o menos lo mismo, pero en materia de perspectivas críticas el asunto se vuelve más complejo, porque nos obliga a prescindir de ciertas nociones o a parafrasear algunas otras. Tendremos que decir “en un libro que nació de un cuento de Borges, su autor propone...” y así.
Con las ciudades podría haber sido fatal porque no nos detuvimos a pensar en las enormes implicancias de la regla, que nos habría condenado a Nueva York (esa Mar del Plata donde bailan los payasos), a Edimburgo (esa Cosquín donde los unicornios son el símbolo de la resistencia), a París o a Madrid (¡líbrenos el cielo de semejante infierno!).
La regla es tirana porque nos priva de San Francisco, la ciudad más amable del mundo, de Valencia (esa Córdoba mejorada por el mar), de Roma y de Estambul. Por suerte B es la letra que da nombre a tres de las más hermosas ciudades del mundo, en una de las cuales trabajamos. Las tres son bastante mundanas y conservan todo el encanto de lo cosmopolita y lo local. En las tres hay una alta intensidad que domina los comportamientos sin volverlos, sin embargo, maniáticos. Berlín tiene la mejor iluminación nocturna (dicen les berlineses que es para no molestar a pájaros e insectos), el mejor sistema de transporte público y es infinitamente más liberal que las otras dos, especialmente en materia sexual. Barcelona tiene el Mediterráneo y una de las mejores cocinas del mundo (finalmente, y contra toda protesta independentista, es una ciudad que participa de la sencillez culinaria de la Madre Patria). Buenos Aires tiene una energía un poco insoportable de continuo pero que se extraña mucho cada vez que uno la abandona por un tiempo. Tiene, también, una mezcolanza de registros inconcebible en cualquier otra parte. Siempre está a punto de estallar (“caos” dicen los medios) pero es, sin embargo, resistente a las tendencias autodestructivas de sus habitantes.
Sin haber nacido en ninguna de ellas, en las tres he hecho nido en algún momento de mi vida. Las conozco bastante, puedo volver a ellas y comprobar lo que ha cambiado o lo que se mantiene idéntico. Cada una tiene una parte que no uso porque no me gusta (los Palermos en Buenos Aires; el Gótico en Barcelona; Neukölln o Prenzlauer Berg en Berín. No quisiera vivir en invierno en Berlín y los diciembres de Buenos Aires son bastante detestables. Barcelona es amable casi todo el año, pero la prefiero en otoño, cuando las hordas turísticas no la abandonan del todo, pero al menos merman.
En las tres tengo amigues, pero sólo en Buenos Aires tengo familia y sólo en Buenos Aires puedo pensarme un futuro, por lo general teñido de pinceladas berlinesas o barcelonesas, porque en esas ciudades aprendí aspectos de la felicidad urbana.