sábado, 22 de noviembre de 2014

Salud pública


Por Daniel Link para Perfil

Muchos periodistas se quejan de la ausencia de figuras presidenciales en las últimas semanas (la Sra. Fernández, porque estuvo internada; el Sr. Boudou, porque mejor es olvidarse de que existe). Yo, en cambio, viví el silencio de radio como una vacación.
Muchas veces, cuando viajo, obtengo el rédito adicional de no tener que escuchar los llantos, las bravatas, la épica berreta de “somos los primeros”, “desde hace cincuenta años”, “nunca la Argentina...”, “récord de...”, “la recuperación de la política”, como si este gobierno (que para mí es una gestión más, con sus aciertos y sus errores) hubiera sucedido a una Dictadura (semejante honor le cupo al Sr. Raúl Alfonsín, cosa que el peronismo no termina de digerir cabalmente), o como si los acontecimientos de 2001 no hubieran llevado la política a un umbral de transformación que luego el regimen gobernante se encargo de “poner en caja” por la vía de la utilización de un vocabulario y una retórica heredada de aquellos tiempos de palabras encendidas, puestos ahora al servicio de la gubernamentabilidad.
No aguanto ya más esos sujetos abstractos como “el Neoliberalismo” (cuya expresión fue, durante los años noventa, el peronismo) o “la dignidad villera”, que es un lugar del cual hay que sacar a todo el mundo y en el que nadie en su sano juicio querría estar.
Con la excepción de Florencio Randazzo, que habla poco y que, por sobre todo, ejecuta acciones de gobierno (que yo previamente he diseñando desde esta columna), nada me importan los decires del pobre Sr. Coqui, que no da pie con bola, o del Sr. Secretario tal, o de la Sra. Ministra cual. Ninguno de ellos afecta mis nervios, que están conectados, como cualquier sistema nervioso, al sistema nervioso nacional, y es por lo tanto sensible a los humores radicales a los que la Sra. Fernández nos somete.
Su internación era un asunto de salud pública. Tratándose de quien ocupa el sillón presidencial, y que además cometió la torpeza de haber elegido a un impresentable como su natural sucesor, nadie puede sino alegrarse de su recuperación y su regreso a la función pública para la que fue electa. Eso sí, las dos semanas de silencio nos sirvieron para ponernos al día con las noticias del exterior, para hacer números y ver hasta cuándo nos alcanza la plata, para descontracturarnos hasta que el vendaval épico regrese con toda su fuerza para pretender hacernos creer que “nunca antes”.

viernes, 21 de noviembre de 2014

2x1




miércoles, 19 de noviembre de 2014

Acá si se come bien



Ideas peregrinas

Piden que la avenida Santa Fe se llame Dr. René Favaloro*

A través de la plataforma web Change.org, enviaron una carta al jefe de gobierno porteño Mauricio Macri; sostienen que es una forma de recordar al reconocido cardiólogo.

Favaloro y Rodríguez Peña
Favaloro y Larrea
Favaloro y Armenia

Mal no queda. Ahora, en la canción, queda para la mierda:

"Un día de paseo en Favaló 
No le hace mal a nadie ya lo só. 
Mirando las vidrieras te encontró
Ibas despreocupada y te llamó.
De pantalones anchos y de vincha 
De camisa bordada color tó"

En síntesis: me niego.


martes, 18 de noviembre de 2014

Cosmópolis



lunes, 17 de noviembre de 2014

La nueva muñeca parlante


Si esta foto no da miedo, no sé qué puede darlo.


Nos hará falta

 Por Beatriz Sarlo para Perfil

Ayer, 14 de noviembre, a la una de la madrugada, murió en Berkeley el más grande historiador argentino, Tulio Halperin Donghi. Hace menos de un mes, durante toda la tarde, leí su último libro, El enigma de Belgrano. Este hombre, nacido en 1926, me sorprendió una vez más con una especie de Idiota de la familia rioplatense cuyo protagonista, a diferencia del Flaubert de Sartre, fue formado por sus padres para ocupar precisamente un lugar distinguido en la historia de la Nación. La ironía, como siempre en Tulio Halperin, gobierna el despliegue de azares y contingencias. Cerré el libro con ánimo feliz, preguntándome cómo era posible que un hombre de casi noventa años hubiera escrito esa prosa tan precisa y, sobre todo, tan facetada, tan bifronte, donde la ironía encuentra su perfección formal.

El texto completo, acá.


sábado, 15 de noviembre de 2014

En este valle de lágrimas


Por Daniel Link para Perfil


Martín Kohan a veces inteviene en mis sueños, otras veces me cuelo en los suyos. Le envío, por este medio, esta “resonancia de columna” de la semana pasada. ¿De quién es mi cuerpo? No mío, naturalmente, porque eso supondría adherir a una teoría del yo y de la propiedad (haberla desarrollado, previamente) completamente liberal, capitalista. Mi cuerpo es de aquellos a quienes amo y de quienes supongo un amor recíproco, aún cuando me esté equivocando en esa suposición.
Un poco por eso, cuando uno muere (mi vida no está en juego, pero la escritura nos obliga a considerar incluso esa circunstancia), su cuerpo (o los restos de él, polvo) quedan bajo la responsablidad de los deudos: lleven mis cenizas a Córdoba (Andalucía), donde fui tan feliz, o a Córdoba (Argentina), donde empezó mi historia.
Mi cuerpo es el efecto de esa com-pasión universal y de esa beatitud singular y por eso nos duele el abandono de nuestro cuerpo por parte de aquellos que amamos (La Celestina: "¿por qué te mostraste tan cruel? ¿Por qué me dejaste, cuando yo te había de dejar? ¿Por qué me dejaste penado? ¿Por qué me dejaste, triste y solo, in hac lachrimarum valle?")
Abandonado por el amor de quienes creíamos que poseían nuestro cuerpo, esos nombres, la carne se deshace, el sentido me abandona, me abismo y el puro acontecimiento de una vida se desdibuja.

Abandonado por quienes (porque los amo) son los dueños de mi cuerpo, mi cuerpo se vuelve mero territorio de experimentación, laboratorio, campo de batalla, sombra, nada. 

 

viernes, 14 de noviembre de 2014

¡Ya está en línea!





Disponible en: http://revistachuy.com.ar/

Matando enanos a garrotazos



¡Con razón te echaron los Wandervögeln de Amicitia!

(Gracias, Diego)

jueves, 13 de noviembre de 2014

Nictografías





Nacerás y morirás villero

El diputado oficialista y líder de La Cámpora, Andrés Larroque, defendió este jueves el proyecto que proclama el 7 de octubre como el “Día Nacional de la Identidad Villera" en homenaje al sacerdote Carlos Mugica.

lunes, 10 de noviembre de 2014

¡¡¡Didga, te quieroooooo!!!






domingo, 9 de noviembre de 2014

sábado, 8 de noviembre de 2014

Operación masacre


por Daniel Link para Perfil

El 26 de septiembre de 2014 a las 20.00 hs., vecinos de Iguala (Guerrero, México) reportan disparos de armas de fuego contra 80 estudiantes de la Escuela Normal Rural “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa que se dirigían a una protesta estudiantil en Chilpancingo. Habían tomado sin permiso tres autobuses de la empresa Costa Line, para garantizar el traslado.
En el acto es herido Aldo Gutiérrez Solano (muerte cerebral) y acribillan a balazos a otro autobús que nada tenía que ver con la caravana normalista: mueren el chofer Víctor Manuel Lugo Ortiz, el futbolista de tercera división David Josué García Evangelista (14 años) y Blanca Montiel Sánchez.
Pasada la medianoche, los estudiantes convocan en el lugar del hecho a la prensa para informar sobre lo sucedido y preservar la escena del crimen. Al mismo tiempo, llegan fuerzas del Ejército Nacional y de la Procuraduría General de la República. Desde unas camionetas, hombres armados con armas de guerra abren fuego contra la multitud, con el resultado de otros dos muertos y cinco heridos.
El 28 de septiembre, los heridos son 22, los desaparecidos 67 y se encuentra el cadáver de Julio Cesar Mondragón con el rostro desollado a 500 metros del lugar de los hechos.
El lunes 29, en medio de un escándalo creciente, aparecen 13 de los estudiantes desaparecidos, y de los 43 restantes no se sabe todavía nada. Algunos testigos contaron que fueron entregados a la organización criminal Guerreros Unidos, brazo armado del cartel de los Beltrán Leyva, que incluye entre su número agentes de las fuerzas policiales.
Mientras los órganos de gobierno municipal y estadual se descomponen (fugas y renuncias), son detenidas 47 personas con responsabilidad directa en la matanza. Algunos detenidos confirman haber participado en las ejecuciones y haber rociado con diesel a los cadáveres, que fueron calcinados. Según las investigaciones de la PGR, los principales responsables intelectuales de la matanza son el alcalde de Iguala, José Luis Abarca, María de los Ángeles Pineda, su esposa, Felipe Flores Vázquez, su jefe de seguridad, César Nava González, subdirector de la policía de Cocula y “El Gil”, cabecilla del grupo “Guerreros Unidos”.
Ante el clamor de los familiares y el impacto en la opinión pública internacional, se intensifican las búsquedas sistemáticas, y comienzan a aparecer fosas comunes clandestinas (el 4 de octubre) con 28 cuerpos. El 14 de octubre, las pruebas de ADN demuestran que esos cuerpos no son de los normalistas, lo que no hace sino subrayar que el terror en Guerrero (cuna de la disidencia política de los sesenta y los setenta) es anterior a estos hechos.
En la Escuela Normal Rural “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa, se imparten tres carreras: educación primaria, educación primaria bilingüe y educación física. Los egresados aspiran a ser maestros rurales en comunidades marginadas del país. En cuanto uno franquea el portón negro que da la bienvenida a la normal de Ayotzinapa, adornado con un par de tortugas verdes (Ayotzinapa significa “lugar de tortugas”) y vigilado por una media docena de estudiantes se encuentra con lemas pintados en las paredes: “Si avanzo, sígueme. Si no avanzo, empújame. Si te traicionó, mátame. Si me matan, véngame”.
De sus aulas salieron Lucio Cabañas (líder estudiantil y jefe del grupo armado Partido de los Pobres) y Genaro Vázquez Rojas (fundador de la Asociación Cívica Guerrerense y la Central Campesina Independiente y simpatizante del Partido de los Pobres).
El titular de primera plana del Diario de Guerrero del 27 de septiembre de 2014 (que fue levantado del sitio de Internet) declara: “Por fin se pone orden”. En el mismo pasquín inmundo, Salomón García Gálvez (salomong11@hotmail.com, salomong11@yahoo.com.mx) escribe en estos días que “La justa lucha –hasta ahí-, que encabezan los estudiantes de la normal de Ayotzinapa, quienes exigen presentación con vida de sus 43 compañeros –desaparecidos- ya ha degenerado en el vandalismo, disturbios y saqueos a negocios”.
No sé si me hiela más la sangre el “hasta ahí” (¿dónde queda el “ahí”, en un contexto de terror narco-estatal?), o el predicado de “degenerado” para una protesta que no es sino la respuesta a un poder corrupto y asesino.

viernes, 7 de noviembre de 2014

Preguntan si...

Entrevista de Nacho Damiano para el ciclo "Los especialistas" de Eterna Cadencia:

Nacho Damiano: En tu libro Clases hablás de «una protesta en contra de los dispositivos de normalización que la cultura lentamente ha amasado para nosotros». ¿Copi aún hoy no es comprendido, sigue estando por afuera de estos dispositivos de normalización?

Daniel Link: Sí, entendiendo que Copi no hace cultura: hace arte, literatura, teatro.

(...)

Sigue aquí una transcripción parcial.

 

Visita obligada

La "Vía Láctea", en el aterro de Flamingo:



jueves, 6 de noviembre de 2014

Un poco mareado, porque la gira fue larga...

Apareció con vida Lucas Díaz

Era buscado desde el pasado 10 de octubre; "Está en buen estado", dijo un vocero policial.

Salícula: animula vagula blandula




miércoles, 5 de noviembre de 2014

Una ópera es una ópera es una ópera

La flauta mágica de Mozart y Elektra de Strauss son óperas, por diferentes motivos, difíciles de montar. La calidad musical de ambas es indiscutible, por cierto, y ambas constituyen éxitos seguros en los repertorios operísticos del mundo. Pero, en el caso de Mozart, la ópera tiene un hilo dramático tal leve, y la mescolanza (deliberada) de géneros musicales que se suceden a un ritmo vertiginoso en escenarios diferentes obliga a los puestistas a imaginar soluciones que pongan los caprichos mozartianos en un plano de inteligibilidad. En el caso de Elektra, la intensidad del libretto y de la música son tales que exigen una cualidad escénica que muy pocos cantantes pueden desempeñar.
Además, no habría que decirlo, en un caso y en otro hace falta una buena dramaturgia para entender qué de esos textos y esas partituras todavía nos alcanza (es decir: qué está todavía vivo en ellos).
Había visto La flauta mágica en Berlín hace mil años y volví a verla en el MET, hace unas semanas. Había visto Elektra de Strauss en el Colón hace 20 años (con una genial Leonie Rysanek como Klytämnestra) y volví a verla ayer. Me entretengo, pues, en un ejercicio comparativo de Gesamtkunstwerk, siguiendo los pasos de Diego Carballar (él vio las mismas óperas, en los dos casos, días antes que yo).

1. Los teatros: el MET es, como bien señala Diego, "el galpón más exquisito del mundo". El Colón es, como sabemos, una de las salas más hermosas del mundo. Tan grande es el MET que, a partir de ciertas ubicaciones, el sonido llega mal, amortiguado, y si uno ha tenido la desgracia de quedar sentado bajo el saledizo de las plateas altas, directamente no escucha nada. En el Colón, dicen los que saben, hay apenas unos extraños conos de silencio a donde la música no llega como es debido, pero atribuyen eso a razones más bien mágicas que a otra cosa y, de todos modos, nunca me pasó que no se oyera bien, desde cualquier lugar en el que estuviera. Las producciones del MET son siempre muy grandilocuentes y abundan en artillería lumínica, vestuarios costosísismo, escenografías deslumbrantes, el "qué más querésismo" que las grandes masas tanto aprecian. En el Colón todo es mucho más pobre (aunque los departamentos técnicos sean de primera línea, como se vio en la puesta de Elektra), sobre todo desde que se ha vuelto prácticamente imposible importar puestas. Las entradas, curiosamente, son más baratas en el MET que en el Colón (considerando ubicaciones parecidas, el Colón es sensiblemente más caro), asunto sobre el que ya había reflexionado. Por supuesto, siempre preferiremos ir al Colón antes que al MET (porque nuestro teatro tiene más lugar para las piernas y no hay que levantarse para dejar pasar a los que llegan tarde y, sobre todo, porque el público es mejor: sabe más sobre lo que sucede en el escenario y se compromete hasta el delirio), pero, en mi última visita, el Colón estaba atravesado por una media sombra (¡por favor! La mujer sin sombra, Cromañón) porque parte de la mampostería (a la altura del foso de la orquesta) se había caído. Así que en términos de "teatralidad burguesa", esta vez, el MET se lleva un 7 (más que eso nunca merecería) y el Colón (que es una sala de 10), otro 7.

2. La música: Diego Carballar me viene insistiendo desde hace meses con el latiguillo de que "la orquesta del Colón está muy bien". Y tiene razón: anoche brilló con un brío que hacía mucho no escuchaba. La dirección orquestal de Paternostro fue magnífica y fue conmovedor la apertura con la protesta de los músicos ("Sí a salarios dignos"). En vez de retribuirnos con una pasada "digna" de una partitura difícilísma, nos dieron todo lo que pudieron y más. En el MET la orquesta no fue mala, pero tampoco memorable: dieron un Mozart elegante y vacuo (como corresponde). En cuanto a los cantantes el asunto no es tan claro: en La flauta mágica hay por lo menos un aria memorable que exige de una cantante prodigiosa ("Der Hölle Rache kocht in meinem Herzen"): el día que yo la vi, la Reina de la Noche la cantó con nerviosismo y titubeos. El resto de los cantantes cumplieron sobradamente bien sus papeles vocales y particularmente majestuosa fue la voz que René Pape le prestó a Sarastro. Elektra es un tour de force casi imposible que requiere de tres mujeres que no sólo sostengan el canto sino que impongan el volúmen de su voz a una masa musical enloquecida. Yo, que tenía en mi recuerdo una de las Klytämnestras más memorables de todos los tiempos, tuve ahora que soportar a una que... desafinaba (desafinó por lo menos una vez, después dejé de oírla). La Elektra de Linda Watson cantó correctamente su papel, pero la que se llevó la ovación de la sala fue, esta vez, Manuela Uhl, que hizo una Chrysothemis inolvidable. En suma, musicalmente, el MET se lleva un 7 y el Colón un 8.

3. La puesta: Una ópera es una ópera es una ópera. No es un recital de canto, no es un concierto. Además de cantar, los cantantes tienen que actuar. Además de desempeñar un rol vocal, tienen que desempeñar las acciones que el texto les marca. Lo del Colón fue, en este sentido, penoso: es difícil concentrarse en una cantante muy entrada en carnes  que le dice a su hermano "estoy en piel y huesos", que le pregunta "por qué me mirás con esa cara de cólera" cuando el otro está dándole la espalda, y que cuando Egisto le dice "alumbrame con la antorcha", está en la otra punta del escenario, sin antorcha y sin saber qué hacer con su cuerpo, tan concentrada en cantar que se olvidó de que estaba en un escenario. Otra que no sabía qué hacer con sus huesos era Klytämnestra, que optó por apoyarse en un cetro durante la mayor parte de su extraordinaria intervención (me refiero a lo que está escrito, no a lo que se vio). Nada de esto es culpa de los cantantes, por supuesto, sino del director de escena, Pedro Pablo García Caffi, que optó por no leer el texto, no trazar ninguna dramaturgia en relación con él, no marcar movimientos en escena, diseñar él mismo una escenografía y una iluminación de una pobreza conceptual insultante y encargar a Alejandra Espector uno de los más horribles vestuarios de los que se tenga memoria. Después de todo, él es un funcionario y burocrático fue el partido que tomó, arruinando el efecto de todos los demás involucrados (orquesta, dirección musical, cantantes, técnicos -extraordinarios- de escenografía, sonido e iluminación, libretista y músico). 
En el caso del MET el asunto fue más debatible porque para dirigir La flauta mágica convocaron en 2006 a la regista Julie Taymor, famosa por su puesta en Broadway de El rey león. Por supuesto, ella trajo al escenario del MET todo el trucaje propio de las comedias musicales, y también títeres, y, y, y (qué más querésismo). Como el texto, con sus cambios de escenarios constantes, es imposible de resolver, Taymor optó por la misma solución que yo había visto en Berlín: estructuras giratorias que van armando las diferentes escenografías (creo que es el pastido más habitual tratándose de La flauta mágica). Pero lo deslumbrante de la puesta de Taymor no estaba en el presupuesto inconmensurable que le habían otorgado (en los niños voladores o en las mujeres-pájaro que bailan), sino en la sabia lectura del texto y en el subrayado del diagrama subyacente en una ópera masónica, racionalista, antireligiosa: las estructuras móviles que constituían los diferentes fondos de la acción incluían o un círculo o un cuadrado o un triángulo (o un círculo más pequeño). Cuando Sarastro entra en escena, lo hace atravesando todas esas figuras geométricas superpuestas, que dan la clave del asunto: ¿cómo diagramatizar el cuerpo, cómo transformarlo en una máquina abstracta, como llevarlo al plano de inmanencia donde la música (la harmonía) tiene su sede y donde cesan todas las interpelaciones? ¿Cómo resolver la cuadratura del círculo (la fricción entre el pensamiento mágico y el pensamiento racional, si se quiere)? Quiero decir: la puesta de Taymor, irritante como podía ser en términos de artillería escénica, tenía un concepto: el texto había sido leído, había sido puesto en correlación con la historia de la diagramatología corporal (desde Leonardo hasta Kepler) y había encontrado un lugar desde el cual se conectaba directamente (por la vía de los sentidos) con nuestros propios cuerpos. Esa puesta no sólo daba qué pensar sino que ponía nuestro pensamiento en un lugar inesperado, insospechado: nos forzaba a pensar lo que no habría podido ser pensado de otro modo.
Para pensar no hace falta dinero, apenas un poco de imaginación y contracción al trabajo: leer el texto, escucharlo, dejarlo que respire y diga lo que lo habita. En el caso de Elektra, un furor sexual incontenible. No sé qué habría hecho Marcelo Lombardero, pero resultó evidente que García Caffi es sordo. Calificar como "malograda" la versión de Elektra que presentó es justo, pero es decir poco. Más acertado es subrayar que fue "imperdonable", sobre todo porque fue refractaria a toda forma de pensamiento: la escenografía incomprensible, la iluminación caprichosa, insuficiente (y no "minimalista"), el vestuario, execrable... todos eran caminos que conducían a ninguna parte, a ninguna idea, a ningún concepto. Elektra sucede en el borde de un abismo al que se arrojan todos los personajes, en particular las tres mujeres que representan tres formas de deseo. No había que ir muy lejos para encontrar bibliografía que sirviera para poner en perspectiva el texto de Hofmannsthal. Conclusión: el MET se gana un 9, el Colón se lleva un penoso 1.

Recapitulo, promedio y redondeo: MET: 7+7+9 = 8, Colón: 7+8+1 = 5. Lo más triste es que la calidad del Colón está muy por encima de ese número miserable, que sólo se explica porque su director tiene los oídos llenos de la mampostería que se le vino encima. No alcanza con decir "Si usted es capaz de cerrar los ojos durante toda la función y solo dedicarse a oír, seguramente sentirá que nuestro querido Teatro Colón ha llegado al nivel histórico del que nunca tuvo que haber salido". Ahora queremos, straussianamente, argentinísimamente, venganza. "¿O no, hermanos míos, o no?"