sábado, 4 de abril de 2020

Cuarenteniall en acción

Se recomienda ver en pantalla completa. No apto para personas sensibles.



Una producción Guillermo Bertossi
Con el debut mundial de Juana Bertossi-Link




El pato Alberto

por Daniel Link para Perfil

Le mandé a una reputada directora de cine un video que hizo mi marido: en nuestra cama, al lado de nuestra gata, un pato picotea la colcha. “¿De dónde lo sacaron?”, me preguntó. Le contesté: “efecto veneciano, las especies vuelven a copar espacios”. Dos días después, un gran escritor mexicano recibió otra entrega: el pato Alberto camina por el pasillo de nuestro departamento: “¿no les caga todo?”, preguntó.
Me sorprende la credulidad de mis contactos. El video está hecho con una aplicación de google que inserta una imagen animada en 3D de cualquier animal donde uno quiera.
El pato existe en su virtualidad. El domingo pasado, Alberto hizo lo mismo: con gestos de paternalismo bonachón, quiso convencernos de que está todo bien, pero que va a perseguirnos.
Hasta entonces la existencia de una epidemia virtual (sobre la que no nos dan datos creíbles) había unido a la sociedad en una causa. Pero Alberto cometió un error o dos (en el caso del pato del video es la propia sombra, que nunca coincide con las fuentes de luz) para que la sociedad se rasgara en dos o en cuatro.
A todo eso se sumó su posterior elogio del “inmenso” Moyano, el pago de 250 millones de dólares de intereses (hueso que despertó a la izquierda radical de su sopor), las colas en los bancos y en los vacunatorios, el hambre en los barrios, la repetida estupidez de los epidemiólogos que sólo atinan a decirnos que nos lavemos las manos.
Dejamos de creer en el pato, esa ilusión. El Bien y la verdad deberían ser casi lo mismo.


jueves, 2 de abril de 2020

Diario de la peste, día 15

(anterior)

Aproveché la breve vuelta a Buenos Aires por razones médicas para conversar con los contactos que no utilizan ni whatsapp ni celulares por razones de seguridad.
Por supuesto, ellos estaban al tanto de las reuniones de Baltimore pero me tildaron de ingenuo. ¿No estaba acaso al tanto yo que la Nasa lanzaba un propulsor iónico al espacio para que desviara a un asteroide en septiembre? ¿No entendía yo que la pandemia universal había sido un truco para desviar el miedo hacia una zona más conocida y, desde el punto de vista político, más manejable?
¿O yo creía que el coronavirus iba a desaparecer antes de septiembre? Las personas van a permanecer encerradas y cada vez más cibercontroladas para evitar el caos preapocalíptico. ¡Qué cambio climático ni calentamiento global!
Claro que se trataba de salvar al planeta, pero de una catástrofe mucho mayor: ¡el impacto seguro de un meteorito!
De acá a septiembre todo seguirá en modo pandémico. Si la operación tiene éxito, el viruse controlará rápidamente. Si no, habrá que decir la verdad para que la gente se dedique a despedirse del mundo y de la vida. Si sobreviene el caos, qué importa. Ya estaríamos al borde de la extinción.
Los rusos y los chinos están al tanto, y mandarán sus propios artilugios. Julio será el mes de lanzamiento (antes es imposible que todo esté a punto) desde las bases aeroespaciales de las tres potencias. 
Quien me contaba todo esto era un integrante del Sebin (Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional), uno de los miles que infestaban Buenos Aires.
La tan promocionada diáspora venezolana no era sino la instalación en todas las capitales del mundo de una red de inteligencia poderosísima entrenada en la Habana.
Por lo general se trataba de jóvenes de una presencia física deslumbrante que trabajaban como repartidores de comida y choferes de auto y que, gracias a esos bienes naturales, se relacionaban con las más altas esferas de poder y, mediante favores sexuales, conseguían información reservadísima.
De hecho, fue así como lo habíamos conocido y hecho "amigo de la casa". Fue un error de él, porque lo que nosotros podíamos aportar de información era siempre más bien pobre.
Por ejemplo, hoy yo quería saber qué podía decirme del golpe que había sucedido en Brasil el pasado fin de semana. 
"Abril es el mes más cruel", me dijo nuestro amigo. ¿Oíste hablar de Braga Neto?
Por supuesto: sabíamos que era el poder detrás del poder, el general recién nombrado jefe de la Casa Civil.
Bueno: ése fue el arreglo con los Estados Unidos y con los chinos. Como al demente de Bolsonaro no podían sacárselo de encima mediante impeachment porque el vice es lo mismo y como el proyecto a mediano plazo podía ser declarar el parlamentarismo para que asumiera Maia (presidente del Congreso), lo que hicieron fue un golpe sordo, un "braguetazo" nos dijo el venezolano riéndose y casi quisimos sacarnos los barbijos para comérnoslo. Pero no, todavía creemos un poco en la pandemia.
El lunes pasado, continuó, depusieron al ministro de salud y pusieron a cuatro ministros irrelevantes para que empezaran a armar la encerrona (en Río se les iba a complicar porque los narcos tenían su propio proyecto). El presidente de la Corte Suprema, que hasta ahora lo bancaba, también lo abandonó y dijo que si Bolsonaro decretaba volver al trabajo iban a vetar el decreto.
O sea que Braga Neto es el que corta el bacalao y al otro, a Bolsonaro y sus hijos idiotas, los tienen para que sigan con sus payasadas. Estilo Reina de Inglaterra. Pero Brasil tiene que entrar en cuarentena. México también. Al menos, es lo que quieren las potencias porque, de ese modo, pueden controlar al menos uno de los costos de la operación: la exorbitante cantidad de combustibles que va a demandar.
Yo no sabía si creer lo que escuchaba... Pero, entonces.... ¿los españoles, los italianos que están muriendo? 
Fue fácil: les vendieron vacunas de la gripe vencidas. ¿Entonces no hubo ningún virus fabricado para salvar el planeta? ¿Y cómo es que ellos aceptaron?
Del mismo modo que lo aceptaron ustedes, corazón, me dijo. Lo verás mañana, cuando abran los bancos: tenían que resolver el problema previsional.

(continúa)



No podría explicarlo, pero este tema me proporciona algo de felicidad



El pato Alberto nos visita

Efecto veneciano: los animales toman territorios a los que antes no se animaban. Se establecen nuevos vínculos.



Lo llamamos Alberto (ya escribiré por qué).


Le tomamos cariño.


Y se lleva bien con Cartulina.


Pero lo trasladamos cuando vamos a trabajar, porque los animales son impredecibles.



miércoles, 1 de abril de 2020

Diario de la peste, día 14

(anterior)

Desde el domingo, los ánimos han cambiado radicalmente. La "unidad nacional" y el lema "al virus lo combatimos entre todos" se disolvieron en las eterna pesadilla argentina.
En el interior de nuestro encierro, las cosas no fueron mejores. 
Ya conté que mi mamá y yo no nos hablábamos desde hace tres días. Hoy las cosas pasaron a mayores y nos peleamos malamente (sucede casi siempre, cada dos o tres meses, pero esta vez creo que es más grave porque es evidente que alguno de los dos va a morir.
Ella está harta de "no poder hacer mi vida" y empezó con acusaciones disparatadas y discursos paranoides. Yo le contesté en términos igualmente irritados y, si pudiera volverme a mi casa, con las gatas y todo el equipaje, lo haría. Pero no puedo.
En un momento le dije: "Vos preferís morirte antes de que yo haga algo por vos". Y ella me contestó, con una sonrisa triunfante en la cara: "¿Sabés que sí?".
Le pedí que lo grabara para beneficio de mis hijos, ante quienes finge ser una anciana solitaria y frágil, pero se negó a hacerlo.
Si me detengo en el asunto es porque una de las cosas que sabemos de la pandemia es que afecta fatalmente principalmente a personas de edad avanzada y con "comorbilidades previas". O sea, mi mamá.
Y hemos leído, en los últimos días, la posición de los holandeses sobre el tratamiento de los ancianos: es inhumano ponerlos en la unidades de terapia intensiva. Lo mejor es dejarlos morir en la casa. Hasta ahí podía discutirse (o no) el argumento "humanitario".
Pero inmediatamente agregaron que "el colapso hospitalario en España e Italia se debe a la «posición de los ancianos» en su cultura: salvarlos a cualquier precio" (yo subrayo). 
Y, como si eso ya no fuera suficientemente escandaloso, el ministro de finanzas de Holanda pidió que la UE realizara una auditoría para determinar por qué España no tiene capacidad de respuesta y por qué no ha tenido superavit fiscal en los últimos años.
La vida sometida al cálculo (presupuestario, sanitario) y a parámetros de eficiencia. El cálculo fascista. 
El asunto había ya sido planteado muy tempranamente en las redes, a las que uno tiende a no hacer caso. Este recorte es del 13 de marzo:



Que los gobiernos se hagan eco del asunto es más grave. A su manera, el Papa contestó a esa "preocupación" liberal-utilitarista.
También











martes, 31 de marzo de 2020

Diario de la peste, día 13

(anterior)

Era imperativo, para el consorcio sinoamericano reunido en Baltimore, con la participación remota de los líderes de las potencias turísticas del mundo, la unanimidad de respuesta ante la pandemia pangolina.
En mayor o menor medida, había que encerrar a la gente, o que la gente se encerrara voluntariamente, hasta que la Tierra se enfriara y se pudieran diseñar planes de desarrollo sustentables (la palabra, horrísona, dibujó una mueca en la cara de los repesentantantes españoles, griegos e italianos).
Es imposible hacer algo semejante sin un ejercicio inusitado de poder.
Los embajadores chinos repartieron un manual de procedimiento de 800 páginas donde todo estaba explicado. Las únicas resistencias posibles podrían llegar a ser las del Eje: Japón y Alemania, que todavía no habían salido del todo de traumas anteriores.

¿Y los países periféricos? "De América Latina nos encargamos nosotros", dijeron los embajadores chinos. Para algo les venimos comprando soja a rolete (el giro "a rolete" probablemente no fue pronunciado nunca, pero la urgencia de la hora nos obliga a traducir atropelladamente).
¿Incluso de Bolsonaro? Bolsonaro es un títere, dijeron los embajadores americanos. Lo que importa es el Senado. 
Los italianos volvieron a insistir con su caballito de batalla, la "Constitución de la Tierra" y todos asintieron: sin esa garantía estamos perdidos, porque a la vista está que a Marte no llegamos ni en cincuenta años y el planeta no aguanta tanto tiempo.
El problema van a ser los regímenes de izquierda, titubeo el representante español. Se le rieron en la cara. ¿Quiénes? Cuba, México, Venezuela. De esos nos encargamos nosotros, dijeron los delegados rusos, que hasta el momento habían permanecido en silencio. Eso sí, díganle a Trump que no deje de chicanear porque con eso la gente se distrae en las redes. Por supuesto, para eso lo tenemos.
Caía el sol y los técnicos en informática desplegaron las bellas pantallas sobre las que habrían de proyectarse las bellas imágenes de la pandemia en marcha. Puntos palpitantes de color rojo. Tablas con curvas creciendo como hongos después de una lluvia, disparadas al cielo ennegrecido de presagios malos.
En otra interfase, un globo terráqueo transparente giraba dando cuenta de los muertos.
O sea, dijeron los representantes europeos: que levanten la mano los que están decididos a instaurar un "estado de excepción" planetario. Todos y todas levantaron la mano, aunque los presentes se miraron por el rabillo del ojo para ver lo que hacían los otros. Los que participaban remotamente simularon delay antes de acordar con el plan de los embajadores chinos. Alguien se va a pasar de rosca, seguro, musitaron los griegos. 
La inteligencia americana aportó datos: los chilenos, los peruanos, los húngaros, en primer término. Más nos preocupa la resistencia de la población en España y en Italia, donde todo es de inmediato calficado de fascista. "Agamben", musitó el embajador chino. Ya nos encargaremos, dijeron los italianos desde Roma (al menos, era el Coliseo la imagen que habían elegido como fondo virtual para chatear).
Después están los países anómicos, sin economía y prácticamente sin Estado, a los que necesitamos como talismanes. "Je, je, je", dijeron los españoles. Y se corrigieron para aclarar la alusión: "G.G.G."
¿Tenemos médicos y sanitaristas suficientes para mandar a la televisión? Acá en el manual dice que no tenemos que repetirlos demasiado y que tienen que estar todos a toda hora diciendo lo mismo.
Sí! Y están encantados con poder brillar en los medios. ¿Qué van a decir? Que hay que lavarse las manos. 


El domingo por la noche se esperaba el mensaje presidencial con cierta ansiedad, para ver cómo habría de seguir la cuarentena. El presidente habló y dijo: todo sigue igual hasta después de las Pascuas (¿Habrá de decir "Felices pascuas", llegado el caso?). 
El malestar se manifestó casi de inmediato: la economía argentina no da para más. Los pobres, haciendo cola en un cajero por horas para poder cobrar los pocos pesos que les garantice la supervivencia eran una imagen dolorosa. Por otro lado, los industriales y trabajadores de comercio, exhaustos, pedían a gritos una tregua.
Todo sigue igual. Alguien dijo: "Habla el Ministro de Ahorro Postal". Alguien escribió:


Se había roto una ilusión: ya no estábamos juntos, sino separados. Había intereses sectoriales, ideas, estéticas, ilusiones y posiciones filosóficas encontradas. Los diarios del lunes (ayer) tronaban. 
Un poco por eso, abandoné la crónica rigurosa de mis días y abrí una ventana a la ficción.
Contra los autoritarismos duros (Chile, Hungría), el autoritarismo blando argentino (cuyo parlamento no sesiona hace semanas y cuya Justicia está en receso) había podido contener los conflictos y estimular cantos malvinenses en los balcones durante diez días. 
Apenas diez días durante los cuales nos pareció juicioso acatar cada disparate propalado desde Buenos Aires.
Cuando empezó a faltar la plata, sin embargo, el asunto cambió de tono y de registro. De la epopeya patriótica (Malvinas, etc.) pasamos a la ficción paranoica. Sea, seguiremos por ahí, antes de que el invierno nos arrastre irremediablemente hacia la tumba.













(continúa)

Una crítica erudita y sensata de Agamben

Dal contagio alla vita. E ritorno. Ancora in margine alle parole di Agamben


por Luca Illetterati para Le Parole e le Cose


I

In molti hanno commentato il piccolo testo di Giorgio Agamben intitolato Contagio, pubblicato sul blog di Quodlibet l’11 marzo 2020, nonché quello successivo, intitolato Chiarimenti, pubblicato il 17 marzo a seguito di una serie di pesanti critiche. Nel primo Agamben rifletteva sulle devastazioni prodotte dalle norme emergenziali a fronte di quella che chiamava la cosiddetta epidemia. Nel secondo cercava di dare giustificazione a quanto detto, asserendo che l’ondata di panico che ha paralizzato il paese e le norme che essa ha prodotto mostrerebbe con evidenza che la nostra società non crede più in nulla se non nella nuda vita, ovvero nella paura di perderla. Il 27 marzo ne è uscito un altro, Riflessioni sulla peste, nel quale in primo luogo cerca di mostrare in che senso la quieta e acritica sottomissione dei cittadini alle norme emergenziali evidenzi una evidente continuità tra la forma di vita da essa imposta con una forma di vita già diventata abitudine prima ancora dell’epidemia e in secondo luogo cerca di evidenziare in che senso la scienza dentro questo clima vada sempre più assumendo il ruolo di nuova religione universale, di nuovo credo al quale affidarsi. Nulla, dunque, che cambi la sostanza del discorso; semmai un suo ulteriore rafforzamento.

Numerosi interventi hanno messo in evidenza l’effetto di quelle righe, soprattutto di quelle dei primi due testi: esse producono una sensazione di meccanicità scontata, frutto dell’applicazione di formule e pensieri che rendono banalmente prevedibile la sostanza del discorso. Si è detto che se qualcuno avesse voluto giocare a fare la caricatura di Agamben, avrebbe prodotto un testo non così diverso da quello realmente elaborato da Agamben®. Alcuni l’hanno quindi banalmente ridicolizzato, altri ne hanno mostrato, con argomenti di diverso tipo, l’insufficienza. In generale l’impressione è stata quella di un’incapacità di presa sul reale. E non perché i pericoli che Agamben paventa siano privi di realtà: la possibile degenerazione dei rapporti umani all’interno di una dimensione in cui l’altro è percepito solo come minaccia, il rischio di una lenta e silente abitudine a una vita a distanza – retta da protocolli esterni cui le singole vite devono necessariamente e passivamente adeguarsi –, l’imporsi di modalità di azione sempre più regolate da strutture algoritmiche, la tentazione in direzione di derive autoritarie (si pensi al modo in cui Orban sta sfruttando l’emergenza per piegare un sistema già debole dal punto di vista democratico verso una condizione paradittatoriale); questi sono pericoli reali, effettivi, che necessitano di uno sguardo critico attento e radicale. Ciò che produce il senso di mancata presa sul reale, nell’atteggiamento agambeniano, è piuttosto l’incapacità di leggere l’epidemia per ciò che essa rappresenta per l’esistenza concreta delle singole vite e delle comunità dentro cui quelle vite sono ciò che sono. Di fatto, Agamben riduce la singola vita a mero prodotto di un dispositivo – il dispositivo del potere – che avrebbe come unico obiettivo quello del controllo delle vite e delle loro azioni. In questo senso Agamben viene a trovarsi, per quanto per motivi diversi, sulla stessa barca di Donald Trump, secondo il quale la terapia è peggiore dell’epidemia, o di Bolsonaro, secondo il quale l’epidemia non deve indurre ad azioni straordinarie, ma si deve rimanere ancorati alla normalità, o in generale di tutti coloro che ritengono sacrifacabili le nude vite sull’altare dell’economia.

Qui, senza insistere sugli elementi che si prestano alla polemica immediata, vorrei provare a mettere in questione – nei limiti di un testo breve – uno degli assunti di base del discorso agambeniano, ovvero la differenza tra quella che viene chiamata la “nuda vita” da un lato, e la vita nel suo senso invece più pieno (di vita affettiva, sociale, politica) dall’altro. Questa differenza per certi aspetti viene decostruita nei lavori maggiori di Agamben, eppure in un certo modo rimane decisiva e fondante, tanto da attraversare in modo niente affatto marginale questi due piccoli interventi, che, pur nella loro stringatezza e occasionalità, ci svelano qualcosa di interessante sul pensiero ‘maggiore’ da cui dipendono.

L’idea che sta alla base della critica agambeniana ai dispositivi emergenziali che la crisi epidemiologica ha legittimato è la seguente: nel momento in cui siamo disposti a sacrificare tutto alla nuda vita, ossia alla mera esistenza – sinonimo, se si vuole, di vita biologica – allora, ipso facto, abbiamo anche cancellato la possibilità stessa di una vita autenticamente umana, di quella vita che, aristotelicamente, può essere chiamata come una buona vita. In questo senso l’emergenza COVID-19 non renderebbe solo manifesto un elemento consustanziale al dispositivo politico moderno, ma sarebbe in qualche modo un suo prodotto, l’articolazione di un’esigenza inerente a quel dispositivo.

Senza entrare nel dettaglio dell’analisi agambeniana, ciò che intendo sostenere è che il discorso che si muove dentro una distinzione siffatta – ovvero quella tra “nuda vita” e “vita piena” – è un discorso che anziché superare alcune astrazioni e presupposizioni, come vorrebbe, le assume invece in un modo tale da renderle determinanti per il suo stesso svolgimento.

L’idea che intendo qui solo suggerire è che sia necessario un pensiero della vita più radicale di quello proposto da Agamben, il quale è tutto giocato nel rimbalzare archeologicamente e concettualmente da una astrazione all’altra. Abbiamo bisogno di un pensiero della vita che sia in grado di porsi davvero al di là delle distinzioni tra il “naturale” e il “politico”, tra l’ “organico” e il “sociale”, senza tuttavia per questo annientarle. Queste distinzioni invece escono continuamente rinforzate dal discorso agambeniano, e rischiano di produrre gli esiti sconfortanti cui egli giunge nei due piccoli testi sopra menzionati. Si tratta invece di pensare il rapporto tra il politico e il naturale, tra il sociale e l’organico in un’ottica non oppositiva, bensì come dinamiche interne all’immanenza della vita stessa.

La base del dispositivo discorsivo di Agamben è, come noto, il pensiero di Walter Benjamin, e in particolare, l’enfatizzazione dell’idea benjaminiana di nuda vita, ovvero, come ha messo in evidenza Mario Farina in uno dei contributi seguiti alle uscite di Agamben, la “traduzione tendenziosa e retorica del benjaminiano «bloße Leben», più prosaicamente rendibile con «mera vita»”.

Nel saggio Per la critica della violenza, Benjamin infatti scrive:

Falsa e miserabile è la tesi che l’esistenza sarebbe superiore all’esistenza giusta, se esistenza non vuol dire altro che la nuda vita (bloße Leben)[i]

È perciò da Benjamin che intendo prendere le mosse, anche se da un testo che apparentemente si muove su un piano radicalmente diverso rispetto a quelli nei quali viene in effetti tematizzato il concetto di bloße Leben, ovvero Il compito del traduttore. In questo testo, infatti – forse proprio perché il tema non coinvolge in modo diretto la nozione di bloße Leben – è possibile cogliere la traccia di un pensiero della vita che è in grado di andare al di là delle astrazioni in cui resta invece impigliato il discorso di Agamben.

II

Nel saggio dedicato al compito del traduttore, Benjamin mostra in che senso il rapporto tra le lingue debba essere inteso come un rapporto di vita (Zusammenhang des Lebens). In questo contesto si ritrova quindi a dover chiarire che cosa si debba intendere, all’interno del suo orizzonte discorsivo, con il termine ‘vita’.

La questione emerge in quanto per Benjamin la traduzione, come noto, è il luogo della sopravvivenza (Überleben) dell’originale. La traduzione è una sorta di “vita” dell’opera al di là di sé stessa, fuori da sé, in altro rispetto a sé. È una vita dell’opera che vive altrove rispetto all’opera stessa. Il che significa che la traduzione non è qualcosa che inerisce in senso proprio alla vita dell’originale. La traduzione, infatti, non significa nulla per l’originale. Essa gli è in un certo senso indifferente. È appunto una vita dell’originale al di là dell’originale, fuori da esso.

E tuttavia, pur riconosciuta questa indifferenza, la traducibilità di un’opera è secondo Benjamin un carattere intrinseco all’opera stessa. Il che non implica, ancora una volta, che la traduzione delle opere «sia essenziale per le opere stesse» (40), ma che invece – e questo scarto è rilevantissimo nell’argomentazione benjaminiana – «un determinato significato inerente agli originali si manifesta nella loro traducibilità». In questo senso la traduzione – ovvero la sopravvivenza – può portare a galla qualcosa dell’originale e della sua vita senza per questo intaccare l’originale stesso, senza per questo incidere sulla sua vita.

Così dunque, Benjamin:

Come le manifestazioni (Äusserungen) vitali sono intimamente connesse col vivente senza significare qualcosa per lui, così la traduzione procede (hervorgeht) dall’originale anche se non dalla sua vita, quanto piuttosto dalla sua «sopravvivenza» (Überleben)[ii].

Il lessico tutto interno alle determinazioni della vita e del vivente non è utilizzato da Benjamin in senso metaforico:

È in senso pienamente concreto, e non metaforico, che bisogna intendere l’idea della vita e della sopravvivenza (Fortleben) delle opere d’arte[iii].

Ed è proprio nel tentativo di chiarire «questo senso pienamente concreto e non metaforico (völlig unmetaphoriscer Sachlichkeit)» che Benjamin si sofferma sulla nozione di vita.

La vita, dice Benjamin, non è solamente o principalmente qualcosa che «si debba attribuire solo alla fisicità organica (organische Leiblichkeit)» (41), non è cioè semplicemente la proprietà di un corpo organico. Nemmeno però è sufficiente pensarla in termini più estesi come caratteristica di tutto ciò che ha un’anima (il riferimento di Benjamin è qui Theodor Fechner). Ed è altrettanto insufficiente concepirla, magari per attribuirle un significato più determinato e concreto, in relazione ad alcune caratteristiche specifiche dell’animalità, quali la possibilità di sentire (empfinden). Tutte queste sono certo determinazioni della vita, ma nessuna di esse costituisce il suo modo d’essere, nel senso nessuna di esse e nemmeno la considerazione unitaria di esse esaurisce la semantica della vita.

Se si vuole davvero pensare la vita, dice Benjamin, non la si può pensare nei termini di una mera naturalità:

È solo quando si riconosce vita a tutto ciò di cui si dà storia (Geschichte) e che non è solo lo scenario di essa, che si rende giustizia al concetto di vita. Poiché è in base alla storia, e non alla natura, per tacere di una natura così incerta come il sentire o l’anima, che va determinato, in ultima istanza, l’ambito della vita[iv].

La vita non è dunque secondo Benjamin qualcosa che appartiene alla natura in quanto tale. Si dà vita, dice Benjamin dove si dà storia. Solo nella storia, la vita è sé stessa. Così facendo, Benjamin raccoglie con la potenza di un tratto la straordinaria complessità che attraversa la cultura tedesca dal primo romanticismo fino allo storicismo tardo ottocentesco.

Ciò che è decisivo, a mio parere, è il riconoscimento benjaminiano che la vita della storia non è una vita che si pone al di là della natura. Ciò che semmai Benjamin evidenza è, al contrario, che la nozione di vita naturale è solo un’astrazione, un tentativo di chiudere la vita dentro una dimensione che si pretende separata dalla storia, senza in realtà poterlo essere.

Il compito del filosofo, infatti, secondo Benjamin (e vale la pena qui ricordare che il termine che sta per compito, che troviamo qui come anche nel titolo del saggio – ovvero Aufgabe – significa anche vocazione, dovere, funzione, ruolo) non è quello di contrapporre alla vita naturale una vita della storia, quanto invece «di intendere ogni vita naturale in base a quella più ampia della storia».

Benjamin non contrappone dunque la vita naturale a quella che la cultura idealistica avrebbe chiamato la vita dello spirito, non pensa cioè che esista una vita meramente biologica in contrapposizione alla quale si staglierebbe la vita del mondo storico e quindi del mondo sociale e politico. La funzione del discorso filosofico dovrebbe essere quella di mostrare l’inconsistenza di queste cristallizzazioni, ovvero di scioglierne la rigidità rivelandone l’unilateralità, l’astrattezza, ovvero il loro essere costruzioni a loro volta storiche e dunque ideologiche. In questo senso, l’idea che nell’umano si possa pensare una vita naturale che starebbe accanto alla vita invece spirituale è il riflesso ideologico di una metafisica che ha già preventivamente assunto e dato per scontato che natura e spirito siano regni ontologici separati, che vengono definiti e individuati solo a partire dalla loro contrapposizione.

III.

Detto in termini se si vuole banali e certamente frettolosi, ciò che Benjamin invita a pensare (ed è un invito che oggi più che mai è opportuno raccogliere) non è affatto il porsi al di là della mera vita per accedere a una vita piena, come se nell’umano esistesse una vita ‘semplicemente naturale’ separata da una vita invece ’storica’ e dunque politica. Si tratta invece di pensare la vita al di là delle astrazioni e delle unilateralità, senza separare artificialmente e ideologicamente la dimensione naturale e quella storica, la dimensione biologica e quella politica, la dimensione organica e quella sociale, la dimensione individuale e quella comunitaria. In termini hegeliani, si tratta di pensare la vita nella sua complessa concretezza, al di là delle astratte distinzioni dell’intelletto.

In questo senso, quella che ad Agamben appare come la difesa della “mera vita” è in realtà protezione di quella medesima vita che si dà anche come vita politica e come vita sociale, ovvero come piena vita. Tant’è che in questo caso la protezione di quella che Agamben continua a considerare come la nuda vita è anche protezione della vita degli altri. Per questo, come ho detto inizialmente, sembra che Agamben rimanga vittima dell’astrazione che egli stesso vuole denunciare. Sostenendo che i protocolli emergenziali pensino alla vita solo in termini di pura esistenza, si trova egli stesso a far propria questa riduzione, mancando così di cogliere la dimensione concreta della vita, dentro la quale quella separazione viene a sciogliersi.

La critica di Agamben alla riduzione della vita a nuda vita va incontro a esiti paradossali proprio perché muove da una concettualizzazione dualista, da cui non riesce in ultima istanza a liberarsi. Un’autentica critica è invece possibile solo all’interno di un orizzonte concettuale che proprio in quanto si pone al di là delle opposizioni è perciò in grado di rilevare l’unilateralità delle concezioni che pretendono di esaurirne il senso schiacciandolo dentro l’unilateralità degli estremi. In questo senso, solo se si pensa la vita nella sua complessità e fuori dalle astrazioni ideologiche che tendono a considerarla o come semplicemente naturale o come qualcosa che si costituisce al di là della natura, si è davvero nelle condizioni per criticare qualsiasi riduzione unilaterale della vita.

Pensare la vita nella sua complessità – quindi al di là delle astrazioni che la riducono a determinazioni solo parziali – significa innanzitutto pensare la vita come struttura né solamente naturalizzabile né solamente storicizzabile, quindi pensarla come rapporto o nesso intrinseco tra ciò che tendiamo a pensare come il “regno della natura” e ciò che tendiamo a pensare come il “regno della libertà”.

Una tale prospettiva trova una sua specifica articolazione dentro la discussione filosofica che si sviluppa tra Kant e Hegel, per i quali la vita è una realtà e un concetto che spezza tutti i dualismi: da quello tra anima e corpo a quello tra soggetto e oggetto, da quello tra sostanza e processo a quello tra natura e libertà.

Nel primo paragrafo della Critica della capacità di giudizio, Kant scrive:

non ci sono che due tipi di concetti che permettono altrettanti principi diversi della possibilità dei loro oggetti: cioè, i concetti della natura e il concetto della libertà. (…) dunque, è giusto suddividere la filosofia in due parti, del tutto diverse secondo i loro principi, cioè nella teoretica, la filosofia naturale, e nella pratica, la filosofia morale (è così infatti che si chiama la legislazione pratica della ragione secondo il concetto della libertà)[v].

La vita, però, non appartiene in senso proprio né al mondo della natura, né al mondo della libertà. Anzi, proprio perché non appartiene né all’uno né all’altro, di essa, secondo Kant, non si dà concetto. La vita è per Kant strutturalmente inconcepibile. Possiamo considerare gli esseri viventi, la loro struttura organizzativa, la complessità del rapporto fra il tutto e le parti che li costituisce, la loro specifica autopoiesi. Con questa comprensione, però, non abbiamo concepito la vita. La forza formante, l’autorganizzazione, ovvero la vita, rimane per Kant una unerforschliche Eigenschaft, una proprietà insondabile, un alcunché di imperscrutabile.

Dire però che la vita non appartiene né al mondo della natura, né al mondo della libertà significa dire – ed è questa sostanzialmente la mossa hegeliana che usa Kant per andare al di là di Kant – che essa abita lo spazio liminare che separa e connette i due ambiti, ovvero che essa certo non è né natura né libertà, ma anche, a un tempo, che essa, proprio in quanto non è riducibile a nessuno dei due estremi ha a che fare tanto con la natura quanto con la libertà.

Per Hegel la vita è dunque ciò che si pone al di là di tutte le astrazioni con cui l’intelletto cerca di controllare, vincolare e trattenere il reale. In questo senso la vita, considerata nella sua concretezza, è ciò che fa esplodere le rigide schematizzazioni e compartimentazioni dell’intelletto. E questo perché la vita è, secondo Hegel, soggetto e oggetto, pensiero ed essere, anima e corpo, finito e infinito, natura e libertà.

Porsi sulla scia di un pensiero come quello sviluppato da Kant e Hegel, senza per questo pretendere insensate attualizzazioni, è fruttuoso proprio per cercare di uscire dalle tentazioni dualistiche che innervano, in modo peraltro non sempre riconosciuto, un’impostazione come quella di Agamben.

Finché si assume che da una parte ci sia la nuda vita, intesa come mera esistenza, e dunque come mera natura, e dall’altra la vita nella sua dimensione storica, e quindi nella sua dimensione sociale e politica , ovvero come luogo di articolazione della libertà, ci si continua a muovere dentro un dualismo che chiede a ciascuna delle dimensioni di entrare necessariamente in conflitto l’una con l’altra e si legittima in questo modo il dominio di una parte sull’altra e quindi la riduzione dell’una all’altra.

Pensare la complessità della vita significa allora pensare in che senso la sua stessa dinamica – la dinamica della vita – sia il nucleo generatore della libertà e come solo la libertà sia in grado di realizzare la dinamica che la vita attiva. Pensare la complessità della vita, ancora, significa pensare il radicamento della libertà nella vita, nella sua peculiare autonomia, nella sua intrinseca generatività e nella sua capacità di difendersi dall’entropia e al tempo stesso il radicamento della vita nella libertà, ovvero nella capacità di essere inizio di sé, di essere norma a sé, di essere movimento in vista della costituzione e della realizzazione di sé.

Se c’è qualcosa, dal mio punto di vista, che le vicende di questi giorni richiedono di pensare e ripensare è dunque la sclerotizzazione delle nostre prassi discorsive dentro opposizioni che si reggono solo a partire dalla loro reciproca unilateralità.

Pensare l’innaturalità della natura e la naturalità dello spirito, ovvero ripensare in dialogo con le scienze della natura la nozione stessa di natura e ripensare in dialogo con le scienze umane ciò che la tradizione chiamava il mondo dello spirito, ovvero l’ambito della libertà e dunque la dimensione intersoggettiva e propriamente politica, senza ridurre per questo l’una all’altra e tuttavia cogliendone i nessi proprio a partire dalla nozione di vita è forse uno dei compiti (ovvero, ancora una volta, delle vocazioni, dei doveri, delle funzioni, dei ruoli) a cui la filosofia è oggi più che mai chiamata.

Note

[i] W. Benjamin, Per la crtica della violenza, in Id., Angelus Novus, a cura di R. Solmi, Einaudi, Torino 1962, pp. 5-30, qui p. 28).
[ii] W. Benjamin, Il compito del traduttore, in Id., Angelus Novus, cit., pp. 39-52, qui p. 41).
[iii] Ibidem.
[iv] Ibidem.
[v] I. Kant, Critica della capacità di giudizio, trad. it. a cura di L. Amoroso, Milano 19982, p. 73.

Todos los nombres, el nombre

Los excelentísimos miembros de la Real Academia Española, que tantos desatinos pronunció en relación con los usos inclusivos del lenguaje, acaban de decidir que el nombre de la pandemia que nos aqueja es femenino, presuponiendo la elisión del genérico "enfermedad". Así, los diarios españoles, incluyendo los republicanísimos diarios catalanes, ya dicen "La Covid".






Para nosotres, menos obedientes de los dictados imperiales, esa declinación suena a concursante de Ru Paul Drag Race: "La Detox". Además, la ocurrencia "elisión" deja bastante que desear, si se recuerdan las otras plagas que azotan nuestro noble suelo. No se nos ocurriría decir "la dengue" ni "la sarampiona".
Señoras y señores: no jodan. Tenemos problemas más graves que discutir vuestra vigilancia maníaca de los géneros.


lunes, 30 de marzo de 2020

Diario de la peste, día 12

(anterior)

En los textos que hemos estado discutiendo, pública y privadamente se diseñan dos hipótesis y, por lo tanto, dos posibles respuestas (o, mejor: dos necesarios cursos de acción).
Por un lado, la respuesta a la pandemia ha provocado una crisis del Capital que no se esperaba y no se consideraba posible. La suspensión de las metas fiscales en Occidente (Europa y USA a la cabeza) y los programas de crecimiento indefinido (en todo el mundo), la quiebra de sectores industriales enteros, el hundimiento de las bolsas. Todo parece augurar una crisis sin precedentes del régimen capitalista y, por lo tanto, la posibilidad de pensar en alternativas (Bruno Latour: À exigência do bom senso: “Retomemos a produção o mais rápido possível", temos de responder com um grito: “De jeito nenhum!”. A última coisa a fazer seria voltar a fazer tudo o que fizemos antes..)
Por el otro, los sistemas democráticos entran en retirada y se delegan poderes excepcionales ("Estado de Excepción") en el el Ejecutivo, que utiliza sus estrategias de control poblacional con una violencia hasta ahora desconocida. El modelo es China, claro, pero el largo brazo de la vigilancia contínua y la cancelación de las libertades individuales "por justas razones" y "por una buena causa" (la "salud del Pueblo") llega a la más recóndita de las repúblicas bananeras. Puesto el acento en este aspecto, digamos: superestructural, de lo que se trata es de establecer nuevos parámetros políticos de convivencia que pongan un freno a las fantasías de dominio total del Estado Universal Homogéneo. O no. Es lo que ayer discutíamos con M.L.S: ¿qué tenemos por delante? ¿"El estado despótico y la vigilancia total"? Qué alternativas. Los regímenes que conocíamos ya han sucumbido, al punto que podríamos preguntarnos si "la democracia y la república fueron un sueño".
La opción "La vida" o "La economía" se refiere precisamente a eso. Crisis del Capital o crisis de la biopolítica. ¿Pero para qué o para quiénes? En el fondo, es la Revolución, cuyo fantasma vuelve, precisamente cuando el Mundo redefine su destino.
¿Cómo empezó todo? Los más memoriosos recordarán la crisis ecológica de la que se viene hablando desde hace varias décadas: adelgazamiento de la capa de ozono, recalentamiento global, emisiones de CO2, deforestación, derretimiento de los hielos polares, incendio de la selva amazónica, antropoceno, catástrofes, catástrofes, catástrofes.
2019 se cerró con una tensión incomprensible entre China y USA a propósito de aranceles y comercio mundial. En verdad, ahora lo sabemos, circulaba por debajo el debate sobre el Coronavirus, es decir: quién iba a lanzarlo a recorrer el mundo y quién cerraría el ciclo de contagios. China pretendió que el virus fue introducido en su territorio por las Fuerzas Armadas americanas en una competencia deportiva. USA insiste en llamar al coronavirus el "virus chino". Los nombres no deberían tener importancia salvo que escondan una disputa por el liderazgo. 
Sumen a eso todo lo que quieran y que ya se sabe: 5G, Huawei, Brexit (y el resquebrajamiento de la Europa imaginada por Kojève como paso primero del Estado Universal Homogéneo que nunca llegó a cuajar del todo... hasta ahora), Fontana di Trevi, Venecia y las hordas de turismo de masas contaminando el planeta: la Tierra tenía los días contados. 
La pandemia fue, entonces, la forma de trazar un límite: a la acumulación de Capital y a las libertades individuales. En pocas semanas, el aire se limpió, la tierra empezó a enfriarse, los animales entraron a las ciudades, se abrieron los cielos. 



Si Venecia, o Florencia, o Sevilla o el Vaticano hubieran decidido cerrar las puertas al turismo, se habría producido una rebelión turística de imprevisibles consecuencias. Les argentines, agobiados por una crisis económica sin precedentes, viajaron de a millones hacia el mundo entero y, una vez que se cerraron los aeropuertos, todavía había 20.000 varados por el mundo. Pero, todavía más gravemente: ¿quién podría haberle insinuado a las señoras chinas o japonesas que no podían ya más ir a comprarse carteritas a Milán?
Había que tomar medidas urgentes y definitivas, cerrar el mundo y, para hacerlo, la mejor solución fue encerrar a cada uno en su casa.
A quienes no tienen casa, los encerramos en un ghetto. 
¿Cuál era el único organismo con crédito suficiente para poder llevar adelante la campaña de ralentización del Capital y redefinición de las políticas poblacionales? Ningún Estado, claro: la OMS.
Lo que nadie esperaba, ni los mismos promotores de la medida, fue el grado de adhesión que la medida habría de tener, después de las obvias resistencias de los países que más sufrieron el fascismo (Italia y España), el modo casi religioso con que se recibió la prohibición de circular, el encierro, la distancia social la estigmatización del otro como enemigo.


Las sociedades y los Estados quedaron divididos en dos, que poco tenían que ver con identificaciones previas (como "izquierda" y "derecha"). Ahora están los "aislacionistas"  (todo el mundo salvo...) y los "circulacionistas" (Suecia, USA, Brasil, México). Y los pocos "líderes" que tomaron partido por la línea no aislacionista, bien pronto pendieron de un hilo: Bolsonaro fue expulsado de Twitter, Trump tuvo que desdecirse varias veces. 
Había que refundar el mundo de la mano de los epidemiólogos que no se atrevían a decir lo obvio: la peor pandemia es la especie humana bajo la formación económica "capitalismo tecnificado".
En cuanto al trabajo: las herramientas para el teletrabajo y la educación remota estaban ya creadas, pero no habían podido ser impuestas universalmente por razones sentimentales.
Ahora, con el riesgo de que murieran algunos viejos asmáticos (Bifo), todo el mundo se puso a trabajar desde su living.
En las Universidades, hoy empiezan las clases de posgrado y el 15 las de grado. Pero lo más probable es que vayamos a la huelga. Si nos encierran, nos persiguen y nos criminalizan, no pretenderán que también trabajemos.

(continúa)



domingo, 29 de marzo de 2020

El sueño liberal

Una gran frase:


 "Tal vez la democracia y la República 
fueron un sueño"



Diario de la peste, día 11

(anterior)

Hoy el diario El País propuso un titular extraordinario:


La relación con el mundo es espacio-temporal: declarado el encierro, es como si el tiempo mismo se hubiera detenido. Como en estas latitudes (y longitudes) no tenemos cambio horario estacional, de inmediato comenzamos a enviarnos titulares generados del mismo modo, a propósito de otros problemas:

"Pampita lloró en su programa, y da igual"

"Lali Espósito habló de la convivencia en la cuarentena, y da igual"

En algún punto, casi todo da igual, salvo la cualidad de confinamiento. Yo. de pronto, ya no me hablo con mi mamá. Ella se enojó en algún momento por no sé qué cosa y dejó de contestarme cuando le preguntaba si quería comer tal o cual cosa. Da igual. Puedo no hablarle, porque ella se ha confinado en la parte suya de la casa y sólo compartimos la cocina. Los pocos intercambios que tenemos suceden con la mediación de mi marido, que garantiza muchas cosas pero, sobre todo: nos salva del asesinato.
En cuanto a las noticias que nos llegan, da igual. Las amigas brasileñas se quejan de la posición de Bolsonaro. Los amigos mexicanos aplauden la posición de AMLO (eran, hasta hoy al menos, casi idénticas). Da igual. 
Algunos dicen que el virus COVID19 es la peor pandemia que le tocó a la humanidad en más de un siglo. Otros (el ministro de salud, entre ellos) sostienen que no es peor que las influenzas anuales. Da igual.
Estamos encerrados. Pero no del mismo modo. La universalidad del encierro, que es lo que habría de garantizar no la inmunidad, ni esquivar el contagio, sino que no colapsen los sistemas de salud y sólo eso, ya no es tal y se ha producido una distribución por clases.
1. Están los enclaustrados absolutos de clase media y media alta, dentro de los cuales hay que diferenciar dos grupos bien diferentes:
1.1. Los que realizan teletrabajo (incluidos les profesores, que desde hace años estamos acostumbrados a los soportes virtuales como complemento de nuestra pedagogía).
1.2. Los que no tienen posibilidad de teletrabajo. 
2. Están los enclaustrados de clase media baja y baja, que carecen de medios de subsistencia y, sobre todo, de interior. Ellos son confinados al "barrio", no a la casa. Si se contagian, al menos el virus no saldrá de esas comunidades ghetificadas para tomar otras.
3. Están los obligados a circular (personal esencial de fuerzas de seguridad, sanidad, etc.).

Ahora bien, quebrada la universalidad del enclaustramiento (y conste que yo creo que esa medida fue una decisión acertadísima), lo que entra en crisis es el paradigma entero del cuidado y de la prevención, porque no se reparte equitativamente en toda la ciudadanía: es un ejercicio desparejo de control poblacional (es decir, de biopolítica). Veremos cómo evoluciona (acá y en el resto del mundo) semejante paradoja porque, como muches hemos dicho desde el principio, resulta un poco injusto que haya algunos que hacen posible el aislamiento (y la superviviencia, en última instancia) de otros.

En ese contexto, me sorprende lo poco que se dijo del extraordinario mensaje papal en ocasión de la bendición universal Urbi et Orbi.
Yo habitualmente no sigo los mensajes papales, que me importan más bien poco, y tengo una particular antipatía por el Papa Francisco. Pero creo que este discurso se lo escribió alguien de la talla de Ratzinger. Y creo que no da igual.
Entre mis contactos, sólo Edgardo Cozarnisky, Diego Bentivegna y Diego Carballar reconocieron la calidad del mensaje. Copió acá lo que me mandó este último:

Sí, buen discurso.Una especie de katejón ("nuestro juicio, no tu Juicio"), el Jesús medio hippie durmiendo en la tormenta, la importancia de aquelles que hacen que esto no colapse ya (los recolectores de basura, las enfermeras), la comunidad lacerada, la escena es en el mar de Galilea: Galilea, cuya naturaleza serena y amable tocara el alma de profeta judío galileo de Jesús e inspirara las parábolas basadas en la vida agrícola, según Burucúa, superando al ascetismo duro y lacerante del desierto de Judea, facilitando la helenización del cristianismo, cuya deriva, este discurso romano y lluvioso le hace justicia.” (Diego Carballar)

(continúa)


Reset. Diario de la pandemia, segunda parte

por Bifo para Nero (vía Sangrre)

Acá la primera parte, «Crónica de la psicodeflación»

15 de marzo
En el silencio de la mañana, las palomas perplejas miran hacia abajo desde los techos de la iglesia y parecen atónitas. No alcanzar a explicarse el desierto urbano.
Yo tampoco.
Leo los borradores de Offline de Jess Henderson, un libro que saldrá en algunos meses (en fin, debería salir, ya se verá). La palabra «offline» adquiere un relieve filosófico: es un modo de definir la dimensión física de lo real en oposición, es más, en sustracción, a la dimensión virtual.
Reflexiono acerca del modo en que está mutando la relación entre offline y online durante la propagación de la pandemia. E intento imaginar el después.
En los últimos treinta años, la actividad humana ha cambiado profundamente su naturaleza relacional, proxémica, cognitiva: un número creciente de interacciones se ha desplazado de la dimensión física, conjuntiva –en la que los intercambios lingüísticos son imprecisos y ambiguos (y por lo tanto infinitamente interpretables), en la que la acción productiva involucra energías físicas, y los cuerpos se rozan y se tocan en un flujo de conjunciones– a la dimensión conectiva, en la que las operaciones lingüísticas son mediadas por máquinas informáticas, y por lo tanto responden a formatos digitales, la actividad productiva es parcialmente mediada por automatismos, y las personas interactúan cada vez más densamente sin que sus cuerpos se encuentren. La existencia cotidiana de las poblaciones ha sido cada vez más concatenada por dispositivos electrónicos relacionados con enormes masas de datos. La persuasión ha sido reemplazada por la impregnación, la psicósfera ha sido inervada por los flujos de la infósfera. La conexión presupone una exactitud lampiña, sin pelos y sin polvo, una exactitud que los virus informáticos pueden interrumpir, desviar, pero que no conoce la ambigüedad de los cuerpos físicos ni goza de la inexactitud como posibilidad.
Ahora, he aquí que un agente biológico se introduce en el continuum social haciéndolo implosionar y obligándolo a la inactividad. La conjunción, cuya esfera se ha reducido en gran medida por las tecnologías conectivas, es la causa del contagio. Juntarse en el espacio físico se ha vuelto el peligro absoluto, que debe evitarse a toda costa. La conjunción debe ser activamente impedida.
No salir de casa, no ir a encontrarse con los amigos, mantener una distancia de dos metros, no tocar a nadie en la calle…
Se verifica aquí entonces (es nuestra experiencia de estas semanas) una enorme expansión del tiempo vivido online; no podría ser de otra manera porque las relaciones afectivas, productivas, educativas deben ser transferidas a la esfera en la que no nos tocamos y no nos juntamos. Ya no existe ninguna red social que no sea puramente conectiva.
Pero entonces ¿qué? ¿Qué sucederá después?
¿Y si la sobrecarga de conexión termina por romper el hechizo?
Quiero decir: tarde o temprano la epidemia desaparecerá (siempre que esto suceda, en Italia tal vez el 25 de abril): ¿no tenderemos quizás a identificar psicológicamente la vida online con la enfermedad? ¿No estallará tal vez un movimiento espontáneo de acariciamiento que induzca a una parte consistente de la población joven a apagar las pantallas conectivas transformadas en recuerdo de un período desgraciado y solitario?
No me tomo demasiado en serio, pero lo pienso.

16 de marzo
La Tierra se está rebelando contra el mundo. La contaminación disminuye de manera evidente. Lo dicen los satélites que envían fotos de China y de la Padania completamente diferentes a las que enviaban hace dos meses, me lo dicen también mis pulmones que hace diez años que no respiraban tan bien –desde que me diagnosticaron un asma severa causada en gran parte por el aire de la ciudad.

17 de marzo
El colapso de las bolsas de valores es tan grave y persistente que ya no es noticia.
El sistema bursátil se ha convertido en la representación de una realidad desaparecida: la economía de la oferta y de la demanda está trastornada y permanecerá durante mucho tiempo indiferente a la cantidad de dinero virtual que circula en el sistema financiero. Pero esto significa que el sistema financiero está perdiendo su control: en el pasado, las fluctuaciones matemáticas determinaban la cantidad de riqueza a la que cada uno podía tener acceso. Ahora no determinan más nada.
Ahora la riqueza ya no depende del dinero que tengamos, sino de lo que pertenece a nuestra vida mental.
Debemos reflexionar sobre esta suspensión del funcionamiento del dinero, porque quizás aquí esté la piedra angular para salir de la forma capitalista: romper definitivamente la relación entre trabajo, dinero y acceso a los recursos.
Afirmar una concepción diferente de la riqueza: la riqueza no es la cantidad de equivalente monetario que tengo, sino la calidad de vida que puedo experimentar.
La economía está entrando en una fase recesiva, pero esta vez no sirven de mucho las políticas de apoyo a la oferta, ni las políticas de apoyo a la demanda. Si las personas tienen miedo de ir a trabajar, si la gente muere, no se puede reactivar ninguna oferta. Y si estamos encerrados en casa, no se puede reactivar ninguna demanda.
Un mes, dos meses, tres meses… Son suficientes para bloquear la máquina, y este bloqueo tendrá efectos irreversibles. Aquellos que hablan de vuelta a la normalidad, aquellos que piensan que se puede reactivar la máquina como si nada hubiera sucedido, no entendieron bien qué es lo que está sucediendo.
Será cuestión de inventar todo de nuevo, para que la máquina vuelva a funcionar. Y nosotros tenemos que estar allí, listos para impedir que funcione como lo ha hecho durante los últimos treinta años: la religión del mercado y el liberalismo privatista deben ser considerados crímenes ideológicos. Los economistas que hace treinta años nos prometen que la cura para toda enfermedad social es el recorte del gasto público y la privatización deberán ser aislados socialmente; si intentan abrir la boca de nuevo, deberán ser tratados por lo que son: idiotas peligrosos.
En las últimas dos semanas leí Cara de pan de Sara Mesa, Lectura fácil de Cristina Morales y la escalofriante Canción dulce de la horrible Leila Slimani. Ahora estoy leyendo a una escritora azerí que habla de Bakú a principios del siglo XX, de las riquezas repentinamente acumuladas con el petróleo, y de su familia muy rica a la cual la revolución soviética le quitó todas las propiedades.
Este año, más por casualidad que por elección, leí solamente escritoras, comenzando con la maravillosa novela de Négar Djavadi llamada Desoriental, una historia de exilio y de violencia islamista, de soledad y de nostalgia.
Pero ahora basta con las mujeres y suficiente con los dramas de la humanidad.
Y entonces fui a buscar un libro relajante, que es el Orlando Furioso leído por Italo Calvino. Cuando enseñaba, siempre lo recomendaba a los jóvenes, y les leía algunos capítulos. Lo habré leído diez veces, pero lo releo siempre con mucho gusto.

18 de marzo
Hace unos años, con mi amigo Max (e inspirado por mi amigo Mago), publiqué una novela que no sabíamos cómo llamar. Nos gustaba el título KS, o bien el título Gerontomaquia. Pero el editor que publicó el libro (después de que comprensiblemente muchos lo habían rechazado) impuso un título bastante feo pero ciertamente más popular: Muerte a los viejos. El libro se vendió muy poco pero contaba una historia que ahora me parece interesante. Estalla una especie de epidemia inexplicable: jóvenes de trece, catorce años matan a los viejos, primero algunos casos aislados, luego cada vez más frecuentes y luego en todas partes. Ahorro los detalles y los misterios técnico-místicos de la historia. El hecho es que los jóvenes mataban a los viejos porque suavizaban el aire con sus tristezas.
Esta noche me vino a la mente que toda esta historia del coronavirus se podría leer metafóricamente así: el 15 de marzo del año pasado, millones de muchachas y muchachos salieron a las calles gritando: nos hicieron nacer en un mundo donde no se puede respirar, nos han apestado la atmósfera, deténganse ya, reduzcan el consumo de petróleo y de carbón, reduzcan las partículas finas. Quizás esperaban que los poderosos del mundo escucharan sus súplicas. Pero como sabemos, terminaron decepcionados: la cumbre de Madrid de diciembre, el último de los innumerables eventos internacionales en los que se discute sobre la reducción del cambio climático, fue tan solo el enésimo fracaso. La emisión de sustancias tóxicas no ha disminuido en absoluto en la última década, el calentamiento global ha seguido adelante alegremente. Las grandes corporaciones del petróleo, del carbón y del plástico no piensan parar. Y entonces los jóvenes en cierto punto se enfurecen y hacen una alianza con Gea, la divinidad que protege el planeta Tierra. Juntos lanzan una matanza de advertencia, y los viejos comienzan a morir como moscas.
Finalmente todo se detiene. Y un mes más tarde, los satélites fotografían una Tierra muy diferente de la que era antes de la gerontomaquia.

19 de marzo
Al no tener televisión, sigo los acontecimientos en Internet: CNN, The Guardian, Al Jazeera, El pais… Luego, a la hora del almuerzo escucho las noticias de Radio Popolare.
El mundo ha desaparecido de la información, solo existe el coronavirus. Hoy en el informativo de la radio no había una noticia que no se refiriera a la epidemia. Un amigo de Barcelona me cuenta que habló con un redactor de la televisión nacional española: parece que cuando mandan noticias sobre algo que no es el contagio, la gente llama por teléfono enfurecida, y alguien insinúa que están ocultando algo…
Entiendo la necesidad de mantener la atención del público concentrada en las medidas de prevención, entiendo que es necesario repetir cien veces al día que hay que quedarse en casa. Pero este tratamiento mediático tiene un efecto ansiógeno absolutamente innecesario; además, se ha vuelto casi imposible saber lo que está sucediendo en Siria del norte. Hace unos días en Idlib ocho escuelas fueron bombardeadas en un solo día.
¿Y qué está sucediendo en la frontera greco-turca? ¿Y no hay más barcos llenos de africanos en el Mediterráneo que corran el riesgo de hundirse o que sean detenidos y enviados de vuelta a los campos de concentración libios? Hay, hay: de hecho, para ser precisos, justamente ayer logré encontrar la noticia de un barco con ciento cuarenta personas a bordo que la guardia costera maltesa envió de regreso.
Para su conocimiento, aquí hay una lista parcial, desde el 1 de marzo hasta hoy, de lo que está sucediendo en el mundo, además de la epidemia. Desde el sitio web de PeaceLink transcribo los conflictos armados que no se han detenido en estas últimas tres semanas, mientras nosotros creíamos que nadie podía salir de casa:
Libia: estallan violentos enfrentamientos en todo el norte a medida que las fuerzas del Ejército Nacional de Libia (LNA) intentan avanzar. Libia: las fuerzas de Haftar bombardean dos escuelas en Trípoli. República Democrática del Congo: al menos 17 muertos en enfrentamientos con las Fuerzas Democráticas Aliadas (ADF) en Beni. Somalia: cinco miembros de al-Shabaab murieron en un ataque aéreo estadounidense. Nigeria: seis muertos en un ataque de Boko Haram a la base militar en Damboa. Afganistán: las fuerzas talibanes y afganas se enfrentan en la provincia de Balkh. Tailandia: un soldado muerto y otros dos heridos en enfrentamientos con militantes en el sur. Indonesia: cuatro rebeldes del Ejército de Liberación de Papua Occidental (WPLA) murieron en enfrentamientos con las fuerzas de seguridad en la región de Papua. Yemen: 11 muertos en enfrentamientos entre rebeldes hutíes y el ejército yemení en Taiz. Yemen: 14 rebeldes hutíes asesinados en enfrentamientos con las fuerzas del gobierno yemení en la provincia de Al-Hudaydah. Turquía: un caza turco derriba un avión de guerra sirio sobre Idlib. Siria: 19 soldados sirios muertos en ataques de drones turcos.
Un amigo me envió el video de una fila de camiones militares en Bérgamo.
Es de noche, proceden lentamente. Llevan al crematorio unos sesenta ataúdes.

20 de marzo
Me despierto, me afeito la barba, tomo pastillas para la hipertensión, enciendo la radio… Mierda… La musiquita del himno nacional. Explíquenme qué tienen que hacer los himnos nacionales en esta ocasión.
¿Por qué resucitar el orgullo nacional? Ese himno llevó a los soldados a Caporetto, donde murieron cien mil [N. del T.: se refiere a la Batalla de Caporetto o Kobarid, librada en 1917 durante la Primera Guerra Mundial en la frontera austroitaliana entre Italia y los Imperios Centrales].
Apagué la radio y me afeité en silencio. De tumba.
Jun Fujita Hirose es un amigo japonés que escribe libros sobre cine. En las últimas semanas viajó para presentar la edición en español de su libro Cine-Capital. Al regresar de Buenos Aires pensaba detenerse en Madrid y en Bolonia, donde Billi y yo lo estábamos esperando. Es una persona muy agradable e ingeniosa, y hospedarlo unos días es un placer, cada vez que pasa por Italia, aproximadamente una vez al año.
Cuando llegó a Madrid, la infección estaba explotando en la ciudad, por lo que se vio obligado a detenerse allí, donde es huésped de otro queridísimo amigo, Amador Fernández-Savater. Así que ahora pasan el tiempo juntos, y envidio un poco a Amador porque Jun es también un excelente cocinero y me gusta la cocina japonesa. Hacen un poco de cine debate por la noche, y hace unas noches vieron La Cosa de Carpenter, una película que viene como anillo al dedo. Entonces Amador escribió un artículo que leí en la revista argentina Lobo Suelto. Amador escribe: «La Cosa es una ocasión para el pensamiento. Debemos pensar la epidemia como una interrupción. Una interrupción de los automatismos, de los estereotipos, de lo que damos por descontado: la salud y la sanidad, las ciudades y la alimentación, los vínculos y los cuidados, es preciso repensarlo todo de nuevo».
Cuando termine la cuarentena –si termina, y no se ha dicho que terminará–, estaremos en una especie de desierto de reglas, pero también en una especie de desierto de automatismos.
La voluntad humana reconquistará entonces un papel ciertamente no dominante con respecto al azar (la voluntad humana nunca ha sido determinante, como nos enseña el virus), pero sí significativo. Podremos reescribir las reglas y romper los automatismos. Pero esto no sucederá pacíficamente, es bueno saberlo.
No podemos prever qué formas asumirá el conflicto, pero debemos comenzar a imaginarlo. Quien imagina primero gana: esta es la ley universal de la Historia.
Al menos eso creo.

21 de marzo
Cansancio, debilidad física, leve dificultad para respirar. No es una novedad, me sucede a menudo. Es culpa de las píldoras para la hipertensión y también culpa del asma, que ha sido amable conmigo en el último mes, tal vez porque no quiere asustarme con síntomas ambiguos.
Jornada de sol dulce y cielo límpido en este espléndido primer día de primavera.
Me escribe una amiga de Buenos Aires:
«Llegó el terror,
se huele desde la ventana
contundente como una flor cualquiera.»


22 de marzo
El vicepresidente de la Cruz Roja china, Yang Huichuan, llegó a Italia, acompañado por los doctores Liang Zongan y Xiao Ning, profesor de medicina pulmonar en el Hospital de Sichuan y subdirector del Centro Nacional para la Prevención, respectivamente. Cincuenta y ocho médicos expertos en enfermedades infecciosas llegaron de Cuba.
Hace pocos días, el Ministro de Economía alemán, Peter Altmaier, respondió a una solicitud de Trump excluyendo la posibilidad de la cesión de los derechos exclusivos sobre el desarrollo de una vacuna contra el coronavirus estudiado por una empresa privada en Tubinga. Según los avances publicados ayer por Die Welt, Estados Unidos había propuesto a la compañía farmacéutica alemana CureVac, que está desarrollando la vacuna, la cifra de mil millones de dólares para adquirir el derecho de industrializar y, por lo tanto, vender el producto en exclusividad una vez disponibles y terminadas las pruebas.
En exclusiva. America First. En el país de Trump, se multiplican en los últimos días las filas frente a los negocios de venta de armas. Además de whisky y papel higiénico, compran armas. Disciplinadamente, mantienen la distancia reglamentaria de un metro, de modo que las filas se pierden en el horizonte.
Mientras tanto, el Partido Demócrata derrota a Sanders y mata la esperanza de que se pueda cambiar el modelo que ha reducido la vida de este modo.
Y el 81% de los republicanos continúa apoyando a la bestia rubia Trump.
No sé qué sucederá después del fin del flagelo, sin embargo hay algo que me parece ver claro: la humanidad entera desarrollará en relación al pueblo estadounidense el mismo sentimiento que se extendió después de 1945 en relación al pueblo alemán –enemigos de la humanidad.
Estaba mal entonces, porque muchos alemanes antinazis habían sido perseguidos, asesinados, exiliados; y está mal ahora, porque millones de jóvenes estadounidenses apoyan al candidato socialista a la presidencia mientras, naturalmente, no termina de ser eliminado por la máquina del dinero y de los medios de comunicación.
Pero poco importa si está bien o mal. No es una cuestión política: el horror no se decide racionalmente, se siente involuntariamente. Horror por esa nación nacida del genocidio, la deportación y la esclavitud.

23 de marzo
El médico que ha tratado mis oídos durante quince años es un profesional de extraordinaria agudeza diagnóstica y es también un cirujano excepcional: me ha operado seis veces en diez años, y cada operación tuvo un resultado impecable, permitiéndome prolongar durante quince años mi capacidad auditiva. Hace unos años decidió abandonar el hospital público en el que operaba, y desde ese momento tuve que ir a una clínica privada para poder aprovechar su habilidad. Como no entendía por qué había tomado esa decisión, me dijo sin muchas vueltas: el sistema público está cerca del colapso a causa de los recortes debidos a la situación financiera.
Es por eso que el sistema de salud italiano está por el piso, es por eso que el diez por ciento de los médicos y paramédicos contrajeron la infección, es por eso que las unidades de terapia intensiva no son suficientes para tratar a todos los enfermos. Porque quienes gobernaron en las últimas décadas siguieron los consejos de criminales ideológicos como Giavazzi, Alesina y compañía [N. del T: Francesco Giavazzi y Alberto Alesina, economistas italianos, activos y mediáticos promotores del neoliberalismo y sus recetas de austeridad, privatizaciones y reformas estructurales] ¿Estos sinvergüenzas continuarán escribiendo sus editoriales? Si el coronavirus nos obligó a aceptar el arresto domiciliario para toda la población, ¿es demasiado pedir que estos individuos tengan inhabilitado el acceso a la palabra pública?
No sé si saldremos vivos de esta tempestad, pero en ese caso la palabra «privatización» deberá ser catalogada en el mismo registro en el que se encuentra la palabra «Endlösung» [N. del T.: Solución Final].
La devastación producida por esta crisis no deberá ser calculada en los términos de la economía financiera. Tendremos que evaluar los daños y las necesidades sobre la base de un criterio de utilidad. No debemos plantearnos el problema de hacer que cierren las cuentas del sistema financiero, sino que debemos proponernos garantizar a cada persona las cosas útiles que todos necesitamos.
¿A algunos no les gusta esta lógica porque les recuerda al comunismo? Bueno, si no existen palabras más modernas usaremos todavía esa, tal vez antigua pero siempre muy bella.
¿Dónde encontraremos los medios para afrontar la devastación? En las arcas de la familia Benetton, por ejemplo, en las arcas de aquellos que se aprovecharon de políticos serviles para apropiarse de bienes públicos transformándolos en instrumentos de enriquecimiento privado, y dejándolos decaer hasta el punto de matar a cuarenta personas que pasan por un puente genovés [N. del T.: la referencia es al derrumbe del puente Morandi en Génova, ocurrido el 14 de agosto de 2018, que tuvo como saldo a la fecha 43 muertes y el destape de una trama de desidia estatal y negociados privados. El mantenimiento del puente era responsabilidad del grupo Atlantia, manejado por la familia Benetton].
En la revista Psychiatry On Line, Luigi D’Elia escribió un artículo titulado «La pandemia es como un Tratamiento de Salud Obligatorio». Recomiendo calurosamente su lectura, y me limito a una breve síntesis.
El TSO se practica cuando las condiciones psíquicas de una persona la vuelven peligrosa para sí misma o para otros, pero todo psiquiatra inteligente sabe bien que no es una terapia aconsejable; de hecho, no es realmente una terapia. D’Elia nos aconseja a todos los que estamos en reclusión transformar la actual condición preventiva obligatoria en una condición activamente terapéutica, pasando de TSO a TSV (Tratamiento de Salud Voluntario); decimos por lo tanto que debemos transformar nuestro estado de detención necesaria en un proceso de autoanálisis abierto al autoanálisis de otras personas.
Creo que esta es la sugerencia no solo psicológicamente más aguda, sino también políticamente más sagaz que leí hasta ahora. Transformemos la condición de reclusión en una asamblea de autoanálisis de masas. D’Elia sugiere algo más preciso: el objeto de la atención analítica debe ser esencialmente el miedo. «El miedo, si está bien enfocado, es el principal impulsor del cambio. Jung lo dice claramente: “donde hay miedo, ahí está la tarea”», escribe.
¿Qué objeto tiene el miedo?
Tiene más de uno: miedo a la enfermedad, miedo al tedio y miedo a lo que será el mundo cuando salgamos de casa.
Pero dado que el miedo es un motor de cambio, lo que debemos hacer es crear las condiciones para que el cambio sea consciente.
El tedio puede ser elaborado de una manera psicológicamente útil, porque, como dice también D’Elia, «el tedio no es la apatía. La apatía es resignación en la impotencia, es calma absoluta, inercia. El tedio es inquietud, es interiormente muy vital, es insatisfacción, intranquilidad. El tedio despotrica: no es aquí donde debería estar, ¡esto no es para nada lo que tengo que hacer! ¡Tengo que estar en otro lugar para hacer otra cosa!».
Catorce de veintiséis países europeos han decidido cerrar sus fronteras. ¿Qué queda de la Unión? Lo que queda de la Unión es el Eurogrupo que se reunió hoy para discutir las medidas a tomar para hacer frente al previsible colapso de la economía europea.
Se enfrentan dos tesis: la de los países más afectados por el virus, que piden poder hacer operaciones de gasto público no vinculadas al criminal pacto fiscal basado en el equilibrio presupuestario que la improvisada clase política italiana ha constitucionalizado.
Holandeses, alemanes y otros fanáticos responden que no, que se puede gastar pero solo a condición de hacer las reformas. ¿A qué se refieren? ¿Por ejemplo, a la reforma del sistema de salud, que reduzca aún más las unidades de terapia intensiva y los salarios de los trabajadores hospitalarios?
El fanático más fanático de todos me parece que es este lúgubre Dombrovskis [N. del T.: Valdis Dombrovskis, ex primer ministro de Letonia y actual vicepresidente de la Comisión Europea], que debería conseguirse un empleo en una funeraria, ya que tiene el physique du role y se trata de un sector del que, gracias a aquellos como él, cada vez hay más necesidad de sus servicios.

24 de marzo
Mientras que en Italia Confindustria [N. del T.: la Confederación General de la Industria Italiana, principal agrupamiento empresaria del paísl] se opone al cierre de las empresas no esenciales, es decir, sostienen la movilización diaria de millones de personas obligadas a exponerse al peligro de infección, la pregunta que está surgiendo es la de los efectos económicos de la pandemia. En la portada del New York Times, un editorial de Thomas Friedman lleva el muy elocuente título «Get America back to work – and fast». [Hagamos que América vuelva al trabajo, y rápido].
Todavía no se ha detenido nada, pero ya los fanáticos están preocupados por hacerlo rápido, por volver pronto a trabajar y, sobre todo, por volver a trabajar como antes.
Friedman (y Confindustria) tienen un excelente argumento a su favor: un bloqueo prolongado de las actividades productivas acarreará consecuencias inimaginables desde un punto de vista económico, organizativo e incluso político. Todos los peores escenarios pueden ocurrir en una situación en la que las mercancías comienzan a agotarse, en la que la desocupación se extiende, etc.
Por lo tanto, el argumento de Friedman debe ser considerado con la debida prudencia, y luego desestimado con habilidad. ¿Por qué? No solo por la obvia razón de que, si se detienen las actividades durante dos semanas y luego se regresa a la fábrica como antes, la epidemia se reanudará con una furia renovada que matará a millones de personas y devastará a la sociedad para siempre. Esta es solo una consideración marginal, desde mi punto de vista.
La consideración que me parece más importante (de la que tendremos que desarrollar sus implicaciones en las semanas y los meses próximos) es precisamente esta: no debemos volver nunca más a la normalidad.
La normalidad es lo que ha vuelto al organismo planetario tan frágil como para abrir el camino a la pandemia, para empezar.
Incluso antes de que estallara la pandemia, la palabra «extinción» había comenzado a despuntar en el horizonte del siglo. Incluso antes de la pandemia, el año 2019 había mostrado un impresionante crecimiento de colapsos ambientales y sociales que culminaron en noviembre en la pesadilla irrespirable de Nueva Delhi y en el terrible incendio de Australia.
Los millones de jóvenes que marcharon por las calles de muchas ciudades el 15 de marzo de 2019 para pedir la detención de la máquina de muerte ahora han obtenido algo: por primera vez las dinámicas del cambio climático se han interrumpido.
Tras un mes de lockdown, el aire padano se ha vuelto respirable. ¿A qué precio? A un precio altísimo que ahora se paga en vidas perdidas y en miedo desenfrenado, y que mañana se pagará con una depresión económica sin precedentes.
Pero este es el efecto de la normalidad capitalista. Volver a la normalidad capitalista sería una idiotez tan colosal que la pagaríamos con una aceleración de la tendencia a la extinción. Si el aire padano se ha vuelto respirable gracias al flagelo, sería una idiotez colosal reactivar la máquina que hace que el aire padano sea irrespirable, cancerígeno y, en última instancia, presa fácil de la próxima epidemia viral.
Este es el tema en el que debemos comenzar a pensar, rápida y desprejuiciadamente.
La pandemia no provoca una crisis financiera. Por supuesto, las bolsas de valores caen a pique y continuarán cayendo, y alguien propone cerrarlas (provisoriamente).
«Lo impensable» es el título de un artículo de Zachary Warmbrodt publicado en POLITICO, en el que se examina con terror la posibilidad de cerrar las bolsas.
Pero la realidad es mucho más radical que las hipótesis más radicales: las finanzas ya han cerrado, aun si las bolsas permanecen abiertas, y los especuladores ganan su dinero sucio apostando a la bancarrota y la catástrofe, como han hecho los senadores republicanos Barr y Lindsay.
La crisis que vendrá no tiene nada que ver con la de 2008, cuando el problema era generado por los desequilibrios de las matemáticas financieras. La depresión por venir depende de la intolerancia del capitalismo para el cuerpo humano y para la mente humana.
La crisis en curso no es una crisis. Es un Reset. Se trata de apagar la máquina y volver a encenderla después de un tiempo. Pero cuando la reiniciemos, podemos decidir que funcione como antes, con la consecuencia de encontrarnos de vuelta dentro de nuevas pesadillas. O podemos decidir reprogramarla, de acuerdo con la ciencia, la conciencia y la sensibilidad.
Cuando esta historia termine (y nunca terminará en cierto sentido, porque el virus podrá retroceder pero no desaparecer, y podremos inventar vacunas, pero los virus mutarán) entraremos de todos modos en un período de depresión extraordinaria. Si pretendemos volver a la normalidad, tendremos violencia, totalitarismo, masacres y la extinción de la raza humana para finales del siglo.
Esa normalidad no debe volver.
No debemos preguntarnos qué es bueno para las bolsas de valores, para la economía de la deuda y del lucro. Las finanzas se han ido a la mierda, ya no queremos oír hablar de ellas. Debemos preguntarnos qué es útil. La palabra «útil» debe ser el alfa y omega de la producción, de la tecnología y de la actividad.
Me doy cuenta de que estoy diciendo cosas que me exceden, pero debemos prepararnos para enfrentar decisiones fuera de serie. Y para estar listos cuando esta historia termine, es preciso comenzar a pensar en aquello que es útil, y en el modo en que es posible producirlo sin destruir el ambiente y el cuerpo humano.
Y también tenemos que pensar en la pregunta más delicada de todas: ¿quién decide?
Atención: cuando surge la pregunta ¿quién decide?, surge la pregunta ¿cuál es la fuente de la legitimidad?
Esta es la pregunta a partir de la cual comienzan las revoluciones.
Lo queramos o no, es la pregunta que tenemos que hacernos.