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sábado, 31 de enero de 2026

Querido diario (5): Fin de fiesta

Por Daniel Link para Perfil

18. Un taradito de esos que ahora se llaman influencers se va a Mar del Plata en bicicleta. La nota que lo cuenta subraya las “muchas situaciones” de su perpecia: parar en el medio de la ruta, comer en una estación de servicio, encontrar un lugar al costado del camino para descansar unas horas... La nota es más idiota que su tema. La “proeza” ya había sido realizada previamente por tres amigos de Lomas de Zamora, que además no pararon a dormir e hicieron el viaje de un tirón. El influencer tardó cuatro días. Y sus aventuras coinciden un ciento por ciento con la de cualquier viajero. Que lea Los cuentos de Canterbury y que vuelva en marzo.

19. Muchos de quienes leyeron la reciente peripecia de Lío, nuestro gato, o escucharon las versiones orales previas a su refundición (incluida mi mamá) preguntaron cómo podía estar seguro de que el gato asesinado era un vagabundo y no Lío, si tan iguales eran. Esa fantasía, que no me desagrada del todo, desdeña la diferencia de color en el pelaje pero, además, supone que el gato vagabundo se las ingenió para convencer a las perras para que mataran al legítimo integrante de la manada y, luego, pudo sostener la impostura de que él era Lío (con sus caracteres personales e incluso sus desórdenes alimentarios). Mi protesta de que esa línea narrativa estaba condenada al fracaso fue recibida con estupor, lo que volvió a demostrar (más allá de la política, que dice todo el tiempo lo mismo y no queremos o no podemos hacernos cargo) que no hay círculo de realidad que no esté dominado hoy por la demencia.

20. A Julio Iglesias lo traicionó la doble negación. Dijo: “niego haber abusado de ninguna mujer”. O sea que abusó de alguna. Lingüística forense ya. ¡Un perito lingüístico no se le niega a nadie.

21. Cambiamos el histórico portón por uno nuevo, alto, ciego y corredizo. Las perras se desconcertaron y entraron en depresión: habíamos destruido su razón de ser. Antes, ladraban a todo lo que pasara por la calle: niños, carros, caballos, motos. Ahora no ven nada salvo lo que pueden adivinar a través del ligustro. Casi no ladran. Se quedan tendidas a nuestro alrededor, recordando sus antiguas correrías alrededor de los límites del terreno. Las hemos jubilado prematuramente.

22. Un amigo nos hizo una generosa invitación: nos cede gratuitamente su casa y su auto en el Caribe norteamericano. Los pasajes salen baratísimos. Aceptamos la oferta a ciegas. Días después, comienzan las advertencias: ataques de tiburones en las playas donde se hace snorkel (me da igual, porque no lo practico), las bases navales de los Estados Unidos, con una avidez de sangre venezolana probada en las últimas semanas (le pido que me averigüe a qué bar van los marines, ávido de una experiencia del tipo Reto al destino) y, sobre todo, el hecho de que la isla no ofrece NADA para hacer (leeré su biblioteca entera). Si acaso nos aburriéramos, estamos muy cerca de Vieques y de San Juan, donde tenemos lazos que todavía duran.

23. La ranita célibe me indica el horario del whisky vespertino. La llamamos así porque su croar es solitario y desesperado: es un llamado a la reproducción que nadie contesta. No sabemos dónde vive (pero creemos que en un cantero elevado, por la fuente sonora del croar, que se interrumpe en cuanto nos acercamos). Hace un par de décadas, el concierto de ranas y el espectáculo de luces de las lucciole eran cotidianos. Luego, el corte sistemático y semanal de pasto alejó a los batracios (que hacen sus cuevitas en la tierra) y la mutación antropológica apagó las bioluminscencias. Entre las muchas cosas que le envidiamos a Liliana, una vecina que tiene casa a dos puentes de la nuestra, hay que mencionar que ella todavía disfruta de la danza erótica de las luciérnagas en su jardín que, por descuidado, es todavía un ecosistema completo (vive en sus fondos hasta un lagarto overo de gran tamaño). Eso sí, como no riega, no tiene ranitas. Así que cuidamos la nuestra (y le conseguiríamos pareja si supiéramos cómo) para compensar un poco.

24. Supongo que ya no volveremos a Mar del Plata hasta marzo, si acaso. Y supongo que las vacaciones de verdad ya se terminan. En todo caso, nuestro último día coincidió con la visita del Sr. Milei, de la cual se enteraron pocas personas. De hecho, la misma noche de su caravana por la calle Güemes, estuvimos circulando, sin ningún trastorno, por la calle paralela. Las laterales estaban todas cortadas y custodiadas por fuerzas de seguridad preparadas para rechazar una invasión extraterrestre (que tampoco se produjo). Lejos de los millones de seguidores alucinados por los partidarios del paladín de la derecha rancia, el centro de Mar del Plata se abstuvo de caer en la demencia política. Fue un lunes más, sin penas ni glorias.

sábado, 18 de octubre de 2025

Pensamientos sobre el aborto

Por Daniel Link para Perfil

En estos días se están presentando muchos libros sobre Pasolini (el de Eduardo Grüner, el de Diego Bentivegna) como homenaje a cincuenta años de su asesinato. A mí me toco presentar, ayer, el más incómodo. Pasolini sobre el aborto recopila todos los textos que el Amadísimo dedicó al asunto hacia mediados de la década del setenta, traducidos y editados por Guillermo Piro y con una cuidada introducción de Laura Klein.  

Subrayemos esto que dice Laura: lo que Pasolini discute no es la interrupción voluntaria del embarazo en si, sino las condiciones para pensar el aborto, es decir: las condiciones para pensar cualquier objeto o relación socialmente significativos. La consigna “mi cuerpo, mi decisión” le fue al Amadísimo (y a nosotras mismas) intolerable porque supone un decisionismo liberal que abstrae a los individuos de los colectivos de los que forman parte.

Más allá de mis malestares personales o mis desacuerdos, el libro va encontrando su lógica a medida que leemos las (a veces disparatadas) contribuciones de Pasolini a un debate mal planteado. El libro no nos interpela (no puede interpelarnos) como un libro sobre la legalización del aborto (discusión ya saldada). Si bien plantea su pertinencia, su necesidad, su regulación, su legalidad, su colocación respecto de la vida y de la muerte, lo que nos toca en las intervenciones del Amadísimo es que nos pregunta cuáles son las condiciones de posibilidad y las herramientas para sostener un pensamiento sobre la interrupción del embarazo.

Pasolini sobre el aborto supone, pues, dos intervenciones mayores: un corte y una sutura. No sabemos bien si los argumentos de Pasolini se corresponden con los “estilos de pensamiento” de la época que habitó (muy distintos de la nuestra). En todo caso, la verdad de los enunciados del Amadísimo deben revisarse de nuevo (es lo que hace Laura Klein impecablemente). En tiempos de Pasolini todavía existía el temor a la sobrepoblación; hoy, en cambio, el tema demográfico dominante es la drástica disminución de la natalidad.

Eso, en cuanto al corte. El punto de sutura, muy delicado y admirable, radica en la noción de reserva conceptual o suspensión, que no permite leer los faltantes, los descuidos, los puntos ciegos y las preguntas sin resolver del pensamiento pasoliniano. El recurso a la reserva o suspensión nos permite encontrar vías alternativas para discutir un pensamiento más allá de la mera identificación imaginaria (Pasolini es misógico / Pasolini es edípico / Pasolini es católico / Pasolini es puto).

Pasolini nos dice que en la interrupción del embarazo resuenan los problemas éticos de la responsabilidad y el consentimiento. Él dice: el problema del aborto es el problema del coito. Se puede inferir que de lo que está hablando es de un coito ejercido sin responsabilidad, sin evaluar las consecuencias que involucra. Fue el argumento principal de Fogwill, quien también se manifestaba contrario al aborto. Es como si Pasolini dijera: estos prefieren abortar antes que ponerse un forro.

Se le ha reprochado a Pasolini su poca referencia a las mujeres. Laura se detiene en este punto. Yo creo que el asunto es estratégico y por eso Pasolini repone al varón y su responsabilidad (en el coito él estaba ahí, insiste). Sabe que, a lo largo de los siglos, se ha atribuido a las mujeres una capacidad seudosoberana de dañar a los embriones, a los niños y al futuro. Han sido identificadas como blancos no solo de la optimización biopolítica, sino también de las medidas de la soberanía legal (y con la precariedad del acceso al aborto fuertemente inmiscuida en ambos extremos).

La ética que interroga la posibilidad del cálculo biopolítico no prescinde de la responsabilidad y del consentimiento y admite que, incluso, puede haber errores (porque una no ha elegido las condiciones en las que debe elegir) y, con certeza, hay pérdidas incalculables (tanto en la “vida” como en la “muerte”).

Pasolini acierta al proponer que el aborto es el gemelo de lo queer porque los dos apelan a una ética que se resiste al cálculo biopolítico. Ahí está, creo, la utilidad de este libro, que repone un pensamiento que ahora podemos reconocer como un instaurador de discursividad.

Asuntos a tener en cuenta en relación con cualquier pensamiento sobre el aborto: cálculo biopolítico, sustentabilidad ambiental, soberanía, control poblacional, derechos reproductivos, subjetividades disidentes e imperialismo. La vida (o la muerte) de la especie, por un lado, la vida (o la muerte) de las comunidades, por el otro. Dicho en dos palabras: biopolítica y tanatopolítica. Las figuras que hay que manipular: la vida potencial, el Niño Imaginario, la Madre Imaginaria, el Padre (siempre, el Padre).

lunes, 13 de octubre de 2025

Gaza

por Alessandro Baricco para Substrack vía Perfil

1. Es difícil precisarlo ahora, pero hubo un día, reciente, en que Gaza dejó de ser el nombre de una tierra para convertirse en la definición de una frontera: la línea roja que muchos elegimos como frontera infranqueable. Desde ese día, luchar junto a Gaza dejó de ser una opción política que pudiera legitimarse o cuestionarse.

Se convirtió en un movimiento mental en el que una determinada humanidad tomó distancia de otra, afirmando su propia idea de la Historia y exigiendo la devolución del mundo a quienes se lo robaban.

Ya no importaba lo que uno pudiera pensar sobre el conflicto entre Hamas e Israel, ni los prejuicios que uno pudiera tener sobre los judíos o el terrorismo: todo se apagó como una vela en una casa en llamas, ya que Gaza se convirtió en mucho más que una situación geopolítica sobre la que tomar posición: hoy es el nombre de una determinada manera de estar en el mundo.

Los primeros en comprenderlo, me pareció, fueron los jóvenes, aquellos de entre 15 y 25 años. Era extraño verlos desplegar esas banderas palestinas, saliendo de repente de su letargo político. Es decir, era difícil hablar con estos chicos de Salvini, Meloni, incluso de Trump. No parecían interesados. El cambio climático y la identidad de género: esas eran las cosas que los apasionaban. De repente, un día, te los encuentras en la plaza, cuatro gatos locos, con esa bandera de una tierra lejana de la que, objetivamente, no sabían casi nada. Hoy, cuando cientos de miles de personas en todo el mundo salen a las calles con esa bandera, tenemos que admitir que esos chicos estaban un cuarto de hora por delante del resto: y ahora es muy importante entender cómo se anticiparon a los demás y qué salto conceptual dieron con una velocidad a la que nadie más fue capaz.

2. Hay una falla, y vivimos justo encima de ella. A un lado, la tierra emergente del siglo XX, con sus valores, sus principios y su trágica historia. Y al otro, un continente, a menudo sumergido, que se separa del siglo XX, impulsado por la revolución digital, motivado por el desprecio, por los horrores del pasado, y dirigido por una nueva inteligencia. Donde se produce la fractura, la tierra tiembla. El siglo XX no cede, y el nuevo continente continúa desgarrándose. No tengo grandes dudas sobre cómo terminará: el siglo XX irá a la deriva, continente casi deshabitado, destinado a ser estudiado en libros y museos.

Pero en estos últimos meses nos vimos obligados a recordar una verdad incómoda, que tal vez habíamos reprimido: no hay nada más peligroso que un animal moribundo.

Tras sus últimos estertores, el siglo XX comenzó a abandonar la resistencia serena que había defendido con firmeza y, presentiendo su fin, comenzó a asestar golpes violentos, volviéndose extremadamente agresivo. Lo hizo reviviendo uno de sus rasgos de identidad más fuertes: la creencia en que la guerra es una solución y el sufrimiento civil un precio aceptable para financiar el conflicto entre las élites. Tanto la agresión rusa contra Ucrania como la guerra entre Hamas e Israel tienen su origen en el siglo XX. Las ondas expansivas de fenómenos como el imperialismo y el colonialismo, que fueron sellos distintivos del pensamiento de los siglos XIX y XX, aún se pueden sentir. Los relatos que quedaron sin resolver tras la Segunda Guerra Mundial o la Guerra Fría son fácilmente reconocibles. Y el catálogo de productos con los que el siglo XX se vendió durante mucho tiempo queda al descubierto: el culto a las fronteras, la centralidad de las armas y los ejércitos, la religión del nacionalismo. Todo es un mismo paquete: el último aliento del animal moribundo. La larga ola de un desastre.

3. Ante todo esto, al principio fue difícil de entender. Parecían temblores sísmicos, como si el suelo se moviera. Era el momento en que tenía sentido tomar partido o trazar una línea entre el bien y el mal. Lo hicimos, cada uno según sus propias convicciones. Luego llegó Gaza.

Entonces, instintivamente, sentimos que, en realidad, solo había una línea, y era la que trazaba el acuífero sobre el que nos balanceábamos. Un mundo moribundo a un lado, un nuevo continente al otro. Parecía urgente decir de qué lado estábamos. Y Gaza nos ayudó a hacerlo, porque es una síntesis nítida y cristalina de una enorme grieta: es donde un terremoto entero tiembla solo una vez, en un solo lugar, en un solo momento.

4. Muchos, al tomar partido, se alinearon con el continente que se está desintegrando. Una vez más, quisiera aclarar un concepto que me parece valioso. Nada garantiza que la civilización que estamos construyendo sea, en última instancia, mejor que la que la precedió; pero podemos afirmar con cierta certeza que nació para desmantelar los esquemas que hicieron posible el desastre del siglo XX (dos guerras mundiales, los campos de exterminio, la bomba atómica, la Guerra Fría, la edad de oro del totalitarismo; quiero recordar). Se puede pensar lo que se quiera sobre la llamada revolución digital, pero sería insensato no admitir que, consciente o inconscientemente, derrumbó los búnkeres estructurales y culturales sobre los que el siglo XX había podido construir su propio desastre: a través de lo digital, elegimos un mundo inmensamente más fluido, más transparente, en el que muros y fronteras pierden su consistencia; aceptamos el riesgo de liberar toda la información y las opiniones poniéndolas en circulación casi sin precaución; aceleramos el tiempo, creando de hecho una mesa de juego en constante cambio, impidiendo que las ideas se anquilosaran o se convirtieran en mitos; dificultamos enormemente la creación de espacios protegidos donde la Historia pudeira suceder, al abrigo de miradas indiscretas; e hicimos más impenetrable el ejercicio del dominio por parte de cualquier élite. Ninguna de estas acciones está exenta del riesgo de tener consecuencias dramáticas: pero si las tomamos, es por una razón que nunca debemos perder de vista: nos parecía urgente intentar vivir de otra manera, para no morir igual que nuestros padres.

Y estaba claro que el meollo del asunto residía precisamente allí donde guerra, violencia y armas formaban un meollo primitivo del que queríamos borrar todas las huellas. Si existía una forma traumática pero definitiva de recordarnos todo esto, Gaza lo era. Nos recordó a muchos que ya vivimos en un mundo diferente –con nuestras mentes, con nuestros gestos cotidianos–, un mundo diferente donde Gaza no es posible. Es más: no estamos dispuestos a aceptar que el animal moribundo recupere el centro del tablero, nos traiga de vuelta y secuestre nuestras visiones. Más allá de la compasión instintiva y dolorosa que inspira Gaza, el verdadero insulto es sentirse despojado –violenta, arrogante y ferozmente– de algo demasiado preciado: el futuro que deseamos. ¿Quién podría entender esto mejor que los niños?

5. Entonces, en una protesta callejera, surgen todo tipo de motivaciones y resentimientos, está de más decirlo. Pero sigo convencido de que la esencia del apoyo a la causa de Gaza reside en una clara elección de bandos respecto a esta historia de dos civilizaciones opuestas, que en Gaza se enfrentan con la mayor evidencia. Soy consciente, además, de que este no es un apoyo mayoritario, por sorprendentemente masivo que sea. Pero entra en juego otro fenómeno que me sorprendió y que solo había vislumbrado parcialmente: la tremenda resistencia del siglo XX. Si intento explicarlo, me viene a la mente esto: hay una enorme porción del tejido económico, político, intelectual y social que supo jugar el juego del siglo XX, pero aún no es capaz de jugar el de la nueva civilización. Entonces se agazapa entre los pliegues del animal moribundo. Permítanme dar un ejemplo muy concreto: hay mucha gente que sabe cómo ganar dinero en el hábitat del siglo XX y que aún no sabe cómo hacerlo en la civilización digital. Un ejemplo fácil: los medios de comunicación. Me refiero a los grandes medios tradicionales del pasado. Los periódicos impresos, por ejemplo, otros animales moribundos (y lo digo con tristeza). La ligereza con la que a menudo avivan los vientos de guerra delata un instinto de refugiarse en los tonos e ideas que durante mucho tiempo les han asegurado cierta centralidad y, por lo tanto, sólidas ganancias. Comprensible, pero extremadamente peligroso. No menos transparente es la voluptuosidad con la que élites intelectuales enteras –para quienes la lucidez debería ser un deber– se dejan seducir e hipnotizar por el animal moribundo y lo vuelven a colocar en el centro del juego. No parece estar a su alcance articular visiones, ni siquiera análisis, aplicables al mapa del nuevo mundo: siguen creando partidas refinadas en un tablero de ajedrez que deberían ser los primeros en destruir. Lo hacen con una voluptuosa propensión a la autodestrucción. Es un fenómeno doloroso.

De hecho, los choques de civilizaciones se deciden en gran medida por la capacidad narrativa, es decir, por la eficacia con la que algunos logran convertir una masa nebulosa de hechos en una historia convincente y, por tanto, en realidad.

Que tantos narradores talentosos estén trabajando a estas horas para darle oxígeno a una narrativa tan agotada como la del siglo XX –ella y su desolada épica guerrera– es algo que suele provocar reacciones muy duras.

6. Si las cosas fueran aunque solo sea remotamente como he intentado describir, es obvio que Europa tendría un papel fundamental en este momento histórico. Es cierto que nuestro continente es muy antiguo y, por lo tanto, está necesariamente sumido en la nostalgia. Pero también es cierto que somos el siglo XX, y por lo tanto nadie lo conoce como nosotros: donde el siglo XX fue tragedia y donde fue asombro, allí estuvimos, más que nadie. Sabemos exactamente dónde están las trampas, dónde están los errores y dónde está el truco. Solo necesitamos un mínimo de claridad para comprender cómo funciona el animal moribundo, y por eso, nada debería estar más lejos de nosotros que temerle: solo hay una cosa que deberíamos hacer, y seríamos capaces de hacer: acabar con él.

Quisiera ser claro: esto no significa rendirnos ciegamente a la civilización digital; significa usarla para escapar de nuestros errores para siempre.

Pero no es eso lo que estamos haciendo. Escuchar la palabra “rearme” filtrarse en las mentes más representativas del continente es una vergüenza, intelectualmente incomprensible. Verse obligado a escuchar el tono viril con el que prometen defender cada centímetro de nuestra querida tierra europea es inaceptable. Más bien, deberíamos decir, con una suavidad completamente diferente, que defenderemos cada centímetro de la civilización que imaginamos, y no lo haremos con armas, sino con la obtusa paciencia con la que los animales buscan el agua y los ríos el mar.

7. También está Trump, observa alguien. Y sobre todo, la América trumpiana. Es cierto. Pero ahí, para ser sincero, no entiendo mucho; me faltan los elementos. Creo que habría que vivir mucho tiempo en Estados Unidos, en estos años, para entenderlo. Desde lejos, solo percibo la urgencia de no confundir el trumpismo –como ciertos populismos europeos– con otro manotazo de animal moribundo. No es tan sencillo. Hay una encrucijada de corrientes difícil de analizar. Sin duda, hay una regresión instintiva a los patrones de pensamiento del siglo XX, tan rudimentarios como útiles en tiempos de confusión. El regreso al culto a los muros y las fronteras es un claro ejemplo. Pero esta regresión no ocurre en su forma pura, como lo habría hecho en el siglo XX, sino que viaja constantemente diluida en sustancias que parecen derivar de una cierta química típica de la nueva civilización: sospecha de las élites, individualismo de masas, incluso cierta inclinación a interpretar la realidad con los patrones formales del juego, desplazando el centro de gravedad de las cosas a una superficie vagamente lúdica y desconfiando de la profundidad como código para leer lo real. Por supuesto, el ensamblaje es difícil de digerir debido a su tendencia a virar hacia lo vulgar, lo arrogante, lo adolescente y lo simplemente imbécil. Pero las revoluciones, inevitablemente, producen contramovimientos espectaculares cuyo diseño no siempre se puede controlar. La Revolución Francesa de 1789, por ejemplo, una revolución que cambió la mitad del mundo, rebotó en una acrobacia túrgida cuyo kitsch está espléndidamente resumido en la pintura de Ingres de Napoleón como emperador. Vale la pena echarle un vistazo.

Diecisiete años pasaron entre la toma de la Bastilla y ese cuadro. Los mismos años que pasaron entre el lanzamiento del primer iPhone y la victoria de Trump en las elecciones presidenciales de 2024. (Sí, sé que la comparación le encantaría al viejo Donald. Disculpen. Pero la idea queda clara).

Si te gusta este texto, compártelo. Si de verdad te gusta, tradúcelo antes que la IA y compártelo. Gracias.

(Traducción: Guillermo Piro)

 

 

 

 

domingo, 12 de octubre de 2025

Preguntan si

Daniel Link: “Hoy las humanidades son atacadas de una manera brutal”

por Mónica López Ocon para Tiempo argentino 

Luego de 40 años de ejercer la docencia en la carrera de Letras de la Universidad de Buenos Aires, Daniel Link coordina una licenciatura y un profesorado en Letras en la Universidad Nacional de Tres de Febrero capaces de dar respuesta a los temas actuales.

 

 

sábado, 11 de octubre de 2025

Fábrica de sueños

Por Daniel Link para Perfil

En un seminario sobre telenovelas latinoamericanas (que aquí llamamos teleteatros) se analizaron los rasgos del género, se historizaron sus manifestaciones, se postularon sus relaciones con las clases sociales, los gustos de época, las coloraturas de piel, los regímenes de visibilidad, se desmenuzaron sus relaciones con los discursos políticos.

Liliana Viola propuso pensar el ciclo en su agonía. Subrayó el hecho de que hay discursos e ideologías que han obturado la posibilidad de identificación con la matriz melodramática de la que los teleteatros provienen, agobiada por nuevos motivos (por ejemplo, el de la corrección política), que ella sintetizó en la publicidad de una tarjeta de crédito cuyo lema es “tarjeta salva galán”.

Acordé con ella, y propuse como figura gemela de ese lema los versos de Bizarrap-Shakira: “las mujeres ya no lloran, las mujeres facturan”.

De esa escena transaccional han desaparecido los amores excesivos y los deseos socialmente condenables, que en los teleteatros funcionaban al mismo tiempo como señuelo y como utopía: deseá, soñá, que todo te será concedido después del embrollo de pruebas y el vértigo de los estereotipos. El deseo, en la versión melodramática, es más fuerte que todo veredicto social, y también más trágico en sus efectos.

Ahora, en cambio, todo se ha vuelto más contractual y, paradójicamente, más codificado. Ni el drama de Piel naranja o de Rosa de lejos pueden entenderse más allá de los marcos ficcionales que le dieron su fuerza.

Aquellos teleteatros, que sostenían un amor fuera de todo registro, un deseo al infinito, ya no son posibles: fueron el canto de cisne o el grito de batalla para una forma de entender el deseo que hoy nos ha sido arrebatada.

No en vano se nos informa que las tasas de natalidad han descendido brutalmente en los últimos diez años y, sobre todo, que la cantidad de relaciones sexuales ha disminuido drásticamente en las poblaciones jóvenes, que parecen entregarse a la indulgencia de la autosatisfacción cuando no a la transacción económica con una persona que vende ya no su cuerpo o su tiempo, sino su vida (su deseo) en las redes.

 

martes, 30 de septiembre de 2025

La libertad avanza

 

(estamos esperando el twitt presidencial repudiando)

domingo, 21 de septiembre de 2025

¡Feliz primavera!











 

sábado, 20 de septiembre de 2025

Humanidades públicas

Por Daniel Link para Perfil

Había perdido la frase “el Estado, que debe crear las condiciones físicas de la existencia: habitación, vestido, alimento, no puede ser una simple sinfonía de libres sonidos; ha de formar una verdadera estructura”. Su autor es el gran naturalista Jakob von Uexküll y está en el libro Cartas biológicas a una dama, que había dado a leer a mis alumnos hace años y recién ahora recuperé. La dama era su esposa, a quien usó como corresponsal para publicar una serie de artículos de divulgación que unificó bajo la forma libro en 1920. La bellísima compilación fue publicada en 2014 por Cactus, con una introducción sabia y conmovedora de Juan Manuel Heredia.

La frase es de una actualidad que sorprende tanto como el necesario antidarwinisimo y antihegelianismo que destila su teoría. Lejos de batallas triunfales del Espíritu puro y lejos de ordenamientos simplistas y mecánicos de todo lo viviente, el mundo tal y como von Uexküll lo postula es una armonía de mundillos relativamente independientes unos respectos de los otros. No hay competencia ni lucha por la vida, no hay mecanicismo químico que alcance a explicar lo viviente. Von Uexküll postula que la experiencia de todo ser vivo supone la relación de un sujeto, un objeto y un ambiente (es, por supuesto, un ecologista que todavía no lleva ese nombre).

Sus aciertos pueden encontrarse en Heidegger, en Casirer, en Canghilhem, en Deleuze, en Merleau-Ponty, en Sloterdijk, en Agamben. Es un pensamiento que recorre enteramente el siglo XX y llega hasta nosotras, que podemos recuperarlo sólo a través de una experiencia, que es la experiencia universitaria, para enfrentar la barbarie desinhibida en la que vivimos.

Porque escribe cartas, von Uexküll se convierte en un humanista, alguien que usa la palabra para llevar más lejos la verdad de la teoría que postula. Hace públicos ciertos saberes que conviene que se tengan en cuenta en relación con políticas de lo viviente, de las cuales el Estado no puede ser ignorante ni prescindente. El Estado debe crear las condiciones físicas de existencia y no patrocinar la selección de unos sobre otros.

A nosotras, que sufrimos la violencia antihumanista, nos parece que es deber del Estado alimentar también los espíritus (o las mentes, como quieran). Y sabemos que en esa dieta las humanidades ocupan un lugar central porque examinan críticamente la historia de los saberes y porque proponen alternativas a la destrucción que se presenta como inevitable. Las humanidades son públicas o no son nada y no hay mundo posible sin humanidades.

 

lunes, 8 de septiembre de 2025

sábado, 6 de septiembre de 2025

Apocalipsis

Dice La Nación: "En septiembre del año pasado, Israel hizo explotar miles de beepers y radios portátiles de forma simultánea en zonas bajo control de Hezbollah en el Líbano y Siria, con un saldo devastador de 42 muertos (incluyendo civiles y niños) y más de 3000 heridos". 

Más, acá. 

 

viernes, 5 de septiembre de 2025

sábado, 26 de julio de 2025

Las edades del hombre

Por Daniel Link para Perfil

Hay edades y edades. Algunas de ellas suponen un corte más o menos radical con el pasado. La mayoría de edad es una de ellas (“ya no da seguir pelotudeando”). La edad jubilatoria es otra. Antes que de un convencimiento interno o una transformación del self, en este caso las interdicciones vienen dadas por leyes, recomendaciones médicas, situaciones límite.

Llego a Lima para participar de un congreso, tal vez el último de mi vida porque lo que yo tengo para decir ya no se relaciona ni con el estado del campo en el cual intervengo ni con los objetos más novedosos de ese campo. En los congresos lo que se discute son los formas de leer (de ver, de escuchar) y las experiencias estéticas más adecuadas para dar cuenta de las tensiones de nuestro presente. Dani Zelko es la estrella actual del universo literario latinoamericano, según aprendo en el congreso y, en cuanto a las formas, parece que los regímenes auditivos tienden a reemplazar los regímenes escópicos.

Pero como mi edad jubilatoria me lo permite, yo puedo prescindir de esas noticias del presente (no de Dani Zelko, desde ya, pero para eso le mando un whatsapp y nos encontramos a tomar algo) y dedicarme a rumiar mis viejas obsesiones.

Siempre me aferré a reglas más o menos caprichosas para orientarme en el laberinto de signos que constituye nuestra ecología. Tal cosa sí, pero tal otra no. Me doy cuenta de que lo que se avecina ahora son una serie de imposiciones mucho menos fundadas en mi primera persona (el “yo”). Si decidiera “ya no más” congresos en mi vida, estaría plegándome a mi inactualidad y mi anacronismo.

Recibo un anuncio para una fiesta con dos límites etarios. Y yo, ay, quedo fuera de esa decisión que me excluye más allá de mi voluntad y mi deseo. Yo podría decir: “ni loco pensaba ir”, pero el “ya no más” estuvo antes.

Ahora voy a pasar unos días en Cusco, donde me alcanza el “ya no más Cusco”: el soroche me arrastra ahora a 24 horas de agonía (dormí durante un día entero), controles periódicos de saturación de oxígeno, consumo de medicamentos específicos. Cierro también esa puerta y tiro la llave en una alcantarilla.

sábado, 31 de mayo de 2025

Mujeres y plantas

Por Daniel Link para Perfil

Los viernes en MALBA puede verse Caigan las rosas blancas, la última y esencial película de Albertina Carri, que empieza con un enunciado famoso: “O inventamos, o erramos”, una de las más famosas frases de Simón Rodríguez, el extraordinario pedagogo que orientó la juventud de Simón Bolívar. Recordarnos ese veredicto, ya es bastante. Lo que se lee en esa frase caracteriza al cine de Albertina Carri que es, fue y será lo que ese epígrafe convoca. Pero, al mismo tiempo, nos advierte sobre lo que veremos.

Por un lado, la cita velada alude a las actuales condiciones de existencia del cine, que han sufrido una transformación importante en los últimos años, con la hegemonías de la producción audiovisual de platarformas y el uso de Inteligencias Artificiales de todo tipo.

Puesta a pensar, como corresponde al cine de verdad, ¡Caigan las rosas blancas! elige un lugar incómodo que mienta al mismo tiempo la revolución y la tradición desde un paradigma excéntrico: el de Simón Rodríguez, tácitamente impugnado por la teoría marxista, o el aceleracionismo, que sostiene que hay deseos, tecnologías y procesos que el capitalismo hace surgir y de los que se alimenta, pero que no puede contener; y que es necesario acelerar estos procesos para empujar al sistema más allá de sus límites.

El relato comienza con una escena bizarra. Una filmación (primer género: cine dentro del cine). Tres mujeres jóvenes cuelgan del techo del estudio sobre un árbol fraguado asaetado por flores moribundas y frescas. La directora de la película (acá hay un rizo barroco: quien desempeña a la directora de esa película bizarra que se hace dentro de la película dirigida por Albertina Carri) se limita a decir “Más plantas, más plantas, más plantas”, mantra que repiten diferentes integrantes del equipo para desesperación de las colgadas. Finalmente la filmación se suspende, la directora ficcional decide abandonar el rodaje y las luces del set se apagan sin que las colgadas hayan sido completamente liberadas de sus arneses.

El reclamo de “más plantas” parece tener un sentido que supera holgadamente el sentido inmediato de la secuencia en la película que están filmando: más consistencia en la sensibilidad, tal vez sea lo que reclama la directora en la ficción. Las plantas, le responden, están viniendo. Como esa escena se corta, adivinamos que las plantas llegarán en las escenas subsiguientes. Y así es.

La siguiente secuencia es un paso de comedia. Vuelta a su casa, la directora espera a su amante. (ambas, hay que decirlo, constituyen parte de la troupe milagrosa de Las hijas del fuego, primera parte de la trilogía en la que Carri está embarcada). Juntas, con una de las colgadas, deciden irse al noroeste argentino, a la selva. Deciden irse, si que todavía lo sepan, a dar vuelta la historia natural de América latina. La siguiente secuencia es un musical. Luego sigue una road movie.

Ahí aparece el segundo elemento rector de esta película: la pregunta por los géneros. Esa pregunta, que en la primera parte de la trilogía había investigado los géneros como forma de actuación en el mundo y como codificación del deseo ha virado ahora hacia una especificidad cinematográfica: los géneros cinematográficos como matrices narrativas. La película participará sucesivamentre de varios géneros, de todos los géneros.

Ensambladas, las secuencias de ¡Caigan las rosas blancas! (cada una de las cuales supone actuaciones, percepciones e ilusiones distintas) forman un cine al mismo tiempo fragmentario y rítmico. El “más plantas” del comienzo se revela correlativo de la progresiva colorización de los paisajes, que abrazan la impresión mientras las viajeras atraviesan el mundo de los géneros cinematográficos en busca de la sensación, que les llega bajo la forma de lo fantástico, en un paisaje delirantemente tropical, donde un ser sobrenatural explica la conquista de América con acento español mientras realiza un ritual cuyas consecuencias últimas desconocemos.

Esa inmersión de las protagonistas de la película en sucesivos órdenes supone un doble rechazo. Por un lado, a un cine unidimensional consumible en un único registro y por otro lado, a la perspectiva iluminista-urbanista que encuentra en la “ciudad” su único campo de intervención y que siempre vio en la selva (es decir: en la proliferación insensata de lo vegetal) un riesgo que había que conjurar en favor del progreso.

¡Caigan las rosas blancas! levanta la bandera de que no hay humanidad que no sea en y con las plantas. A diferencia de lo que les pasa a los protagonistas varones de la emblemática novela La vorágine de José Eustasio Rivera, las protagonistas mujeres de este film philosophique se tragan la selva. No puede haber discusión más actual.

 

 

miércoles, 28 de mayo de 2025

Rubén Darío en Movistar Arena (un adelanto)


 ¡Nótese cómo canta "hipsipila"! Es TODO. 

©Daniel Link / Easymusic.ai

 

 

martes, 13 de mayo de 2025

El pañuelo de Macron


 

sábado, 26 de abril de 2025

Amores marcianos

Por Daniel Link para Perfil

Netflix es una plataforma global que, sin embargo, ofrece diferentes catálogos según los países. Por fortuna, en Italia tiene Nata per te (2023), la película de Favio Mollo que hasta ahora no había podido ver. En Nápoles, una mujer pare una niña con síndrome de Down y la abandona. Luca, un muchacho conflictuado que trabaja en un centro de atención de personas con discapacidad, quiere adoptarla.

Por supuesto, enfrenta las barreras burocráticas desde las cuales se ejerce la discriminación (Luca es gay) y, en primera instancia, le niegan la adopción.

El título de la película se explica en un diálogo en el que su abogada le dice: “Ella nació para vos”. Y él le contesta: “No, yo nací para ella”.

Ese vínculo amoroso excesivo y de una pureza casi sobrenatural contrasta con el cúmulo de referencias culturales italianísimas: vocaciones sacerdotales, discotecas, familia, en las que Luca no encuentra remedio para su vacío existencial. Cada tanto, la película nos regala unas conmovedoras rememoraciones de un Luca niño y su amor marciano por su compañero de entonces. Ese amor casi impúber, sin nombre, sin consecuencia pero total encuentra su réplica en el amor de Luca por Alba (la niña abandonada).

La película de Favio Mollo, cuya exquisita sensibilidad ya había sido demostrada previamente, no es sólo una intervención (al mismo tiempo justísima y lacerante) sobre las instituciones legales italianas, sino un homenaje a todos esos amores que quedan fuera de registro pero que son los que nos vuelven, más que animales políticos, sujetos de una ética. Densamente tramada en capas de sentido, Nata per te merece un lugar en todos los Netflix.

jueves, 24 de abril de 2025

Dicen que...

Reseña de Clases

por Andrés Tejada Gómez para Otra parte

En Clases. Literatura y disidencia, Daniel Link se sumerge en la literatura del siglo XX desde una perspectiva crítica que desdibuja los límites de la disciplina académica tradicional. A partir de una escritura a la vez erudita y provocadora, propone una lectura que vincula la literatura con los discursos de la disidencia, lo queer y las figuras de lo monstruoso que han delimitado el pensamiento contemporáneo.

Sabemos que Link es considerado un profesor pop por su capacidad de reflexionar sobre diversos aspectos de la cultura en general, y que cada uno de sus análisis se expande a través de algún punto de fuga, brindando sentido allí donde sólo hay opacidad. No se limita a interpretar textos, sino que despliega una forma de lectura que es, en sí misma, un gesto político. Su escritura se aleja de la crítica tradicional para convertirse en una suerte de ensayo performático, donde el pensamiento y el deseo se cruzan en constante movimiento. Siguiendo la estela de Foucault, Benjamin, Agamben y extenso etcétera, entiende la literatura como un espacio de resistencia frente a los dispositivos de normalización. Así, su lectura de autores como Kafka, Beckett, Burroughs, Artaud, Pasolini, Copi, Pajak o Fitzgerald no se limita a un análisis estilístico o formal, sino que explora las tensiones entre poder, subjetividad y lenguaje. En este sentido, Clases no es un mero ensayo sobre literatura, sino un manifiesto que reivindica la experiencia literaria como un campo de batalla en el que se disputan las nociones de identidad, género y disidencia.

Uno de los ejes más potentes del libro es la noción de monstruo como figura central del siglo XX. En sintonía con las lecturas foucaultianas, Link entiende al monstruo no como un ser aberrante en términos biológicos o morales, sino como una categoría política que revela los límites de la normatividad. Kafka y Beckett, por ejemplo, son abordados desde esta perspectiva: sus personajes suspendidos en un tiempo sin certezas encarnan el fracaso de la subjetividad moderna y la imposibilidad de anclarse en un sistema de significación estable. Por su parte, Burroughs aparece como un escritor que lleva la disidencia al extremo: su obra es una disolución radical del sujeto, una experimentación con el lenguaje como arma contra el orden discursivo dominante. En este punto, Link se alinea con Benjamin al entender que la literatura del siglo XX es un campo de ruinas, un espacio donde lo inhumano y lo fragmentario desafían cualquier intento de totalización.

Sin aparecer constantemente mencionada, la presencia de lo queer no se reduce en estas clases a una categoría identitaria ni a una reivindicación de la diferencia sexual. En cambio, se despliega como un dispositivo de lectura que desestabiliza cualquier forma de fijeza. Link no pretende clasificar —más bien el texto es una lucha por exponer la arbitrariedad de las clases y las clasificaciones— a los autores en términos de su orientación o identidad, sino leer sus obras como actos de disidencia frente a las normas que rigen el deseo, el lenguaje y la subjetividad. Su trabajo resuena como un síntoma donde lo queer no es una esencia sino una práctica de resistencia frente a los regímenes de inteligibilidad.

Clases. Literatura y disidencia es una obra potente para comprender la literatura del siglo XX desde una óptica que no sólo la analiza, sino que la interviene críticamente. Link nos recuerda que leer es, en última instancia, un acto de resistencia, y que la literatura, cuando se la aborda con intensidad, puede convertirse en un campo de lucha contra los poderes que intentan domesticarla. “Leer bien es relacionar lugares lejanos”, escribe. Se trata entonces de una intervención activa en las formas en que el poder captura la vida. En este sentido, la literatura no es sólo un testimonio, sino una forma de insurrección.

 

 

 

Preguntan si...


"Defino el arte como una experiencia"

por PABLO DIAZ MARENGHI para La agenda revista

¿Qué tiene en sus manos el lector frente a un ejemplar de Clases. Literatura y disidencia, de Daniel Link? Veinte años después, vuelve a las librerías el primer tomo de la trilogía crítica definitiva del docente, crítico y escritor quien tuvo a su cargo durante 34 años la cátedra de Literatura del Siglo XX de la Carrera de Letras de la UBA y se retiró con una lección final que puede verse en YouTube y pronto será libro.
¿Pero es acaso un libro sobre literatura? ¿Es un compendio de lo mejor de sus cursos? Sí y no. El lector avezado tal vez tenga cierta presunción por haberlo leído en su Literatura argentina, cuatro cortes, sus exquisitas memorias lectoras editadas (La lectura, una vida; Ampersand), su ensayo sobre Copi o su ficción –su novela Los años noventa sintetiza, tal vez mejor que ninguna otra, el pulso de una época –.El lector desprevenido quizás se sorprenda por el sistema de citas, lecturas cruzadas, la mirada, el paladar refinado pero sin esnobismo, la elegancia de la prosa y la precisión de sus hipótesis.
De la mano de la misma editora, Leonora Djament, que publicó este libro bajo el sello Norma y hoy lo relanza en Eterna Cadencia, estos textos forjan un canon. Un modo de leer, sentir y pensar. Link pone a dialogar en la misma mesa a Herman Hesse, con Kafka y la saga de Star Wars; Theodor Adorno y Rodolfo Walsh hacen tablas en una partida de ajedrez imaginaria con una película de Derek Jarman de fondo. Su modo de hacer hablar a los objetos que analiza es único: bebe de las aguas de la filología, disciplina que estructuró su pensamiento, pero se revitaliza con su propia brújula estética y personal.
Este volumen funciona como el inicio de una trilogía que continuó con Fantasmas. Imaginación y sociedad (2009) y cierra con Suturas. Imágenes, escritura, vida (2015). Es, también, una clase magistral sobre la potencia significante del Siglo XX; sus aciertos, sus deudas y sus hazañas. Link, en diálogo con La Agenda del otro lado del Atlántico, se hace un tiempo para expandir sus propias inquisiciones alcanzando nuevas definiciones como esta: “La cultura pop es un instante de peligro de las normas culturales y, sobre todo, la industria cultural”.
 
(sigue acá)

 

Preguntan si....


Mi propia historia queer

por Laura Isola para Perfil Cultura

“¿Qué es mi vida sino una sucesión de lecturas (mejor o peor hechas), que se enhebraron un poco por coacción, otro poco por azar, en todo caso por método?”, se pregunta Daniel Link en la Introducción a La lectura: una vida… que publicó en Ampersand en 2017 y fue editado en francés por Gallimard en 2023 con traducción de Charlotte Lemoine. Con esta afirmación como interrogante es posible leer gran parte de la obra de este escritor, pero en particular la reedición de Clases. Literatura y disidencia, veinte años después.

Veinte años no es nada, canta el verso del tango, aunque en esa sucesión de lecturas que lo configuran como lector pero también leer como sinónimo de analizar, hay obsesiones. Por lo menos, una o dos: “¿Cuántas ideas se pueden tener en la vida? Yo creo que los deseos de escritura suelen estar atados a una “idea rectora”, a lo sumo dos. Todo lo demás viene por añadidura o por derivación. Tenés razón, una de mis grandes obsesiones es la literatura como experiencia. Por supuesto, también se la puede trabajar como institución, como mercancía, pero me parece que a mí me interesa más la relación intensa entre la escritura y la vida.”

En ese sentido, le gusta pensar en “términos de largo aliento porque sé que no puedo abandonar las ideas que tengo como abandono los libros que ya escribí. Finalmente, estamos escribiendo siempre el mismo libro. En este punto no soy nada original, porque Borges sostuvo una perspectiva semejante. La literatura es una fuerza que nos arrastra, no sabemos bien a dónde. Y por eso no se puede separar la escritura de la lectura. Comparten un mismo estatuto y el mismo arrebato. Cuando empecé a escribir Clases. Literatura y disidencia, no sabía que iba a tener compañía. Pero ya cuando revisé las pruebas me di cuenta de que había tocado apenas la superficie, de que había explicado el presente, pero que no había explorado los mil pliegues que hay en el presente. Y por eso decidí que Fantasmas y Suturas iban a ser necesarios.”

(sigue acá)

 

 

sábado, 5 de abril de 2025

Neobarroco y minimalismo

Por Daniel Link para Perfil

Dieguito, querido, te mando esta rápida postal para agradecerte que me hayuas presionado para ir a ver Alcina, de Händel. Confiabas en la dirección musical de Rinaldo Alessandrini y no te equivocaste. Musicalmente fue una función maravillosa y Alessandrini acentúo todo lo que de tan “contemporáneo” suena en la partitura de Händel. La repetición ansiosa, el ritornello, llevado aquí al paroxismo (los personajes prácticamente no dialogan y todo se canta quince veces, una tras otra), sumado a esa cadencia tan particular que Michael Nyman homenajeó en las bandas sonoras que hizo para Peter Greenaway. Para que te voy a hablar del canto. Son cuatro sopranos, un contratenor, un barítono y un tenor. Las partes del contratenor (el personaje de Ruggiero) me produjeron una emoción (no dijo física, o intelectual, aunque ambas estuvieron) sino sensorial. Algo rarísimo, y eso que quien cantaba no era el tucumano Franco Fagioli, que la hizo en Lucerna hace un par de años. De todos modos, Carlo Vistoli erizaba la piel.

Del argumento no te digo nada porque es medio pelotudo: hombre casado llega a una isla donde reina una bruja (Alcina), junto con su hermana (Morgana). Alcina se encama con las visitas y cuando se cansa los convierte en piedras, animales, plantas. Pero esta vez se enamora. La esposa de Ruggiero viene a buscarlo. Lo desencantan. La bruja pierde sus poderes. Todo vuelve a la normalidad.

Pero la puesta de Pierre Audi, bastante mediocre, merece que la charlemos a la vuelta, porque es totalmente minimalista (además de unos telones más bien abstractos, sólo hay un silla), lo que plantea, como pasaba con Einstein en la playa en la puesta de Martín Bauer y Rodrigo de Caso para el Colón: allí el minimalismo era musical y el barroco la puesta en escena. Lo que hicieron en Roma con Alcina (muy diferente de las versiones de Lausana y Monte-Carlo) conviene tenerlo en cuenta para establecer un principio de articulación entre esos dos polos del ambiente estilístico en el que vivimos. En todo caso, para poder pensar más allá de “movimientos” estéticos y plantearse el neobarroco y el minimalismo como principios de vida y como condiciones de una ética. En algún lado, pienso, se cruzan, como los caminos de Proust.