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sábado, 4 de julio de 2026

La guerra del Paraguay

por Daniel Link para Perfil

La primera hipotética entrada intensa de mi “Diario del Mundial” estaría dedicada a Paraguay, que acaba de derrotar heroicamente a la escuadra alemana, lo que acelerará el ascenso del fascismo europeo (“Vergonzosa eliminación contra Paraguay / “¡Otra pesadilla del fútbol alemán!” rezaban los titulares de la mañana siguiente). “Sueño” (un sueño alemán) y “Pesadilla” son palabras recurrentes en la tradición alemana, que siempre se imagina más grande y poderosa de lo que es: una Germania hinchada. “Nueva Germania”, justamente, se llamaba la colonia aria fundada por Elizabeth Nietzsche y su marido en el corazón salvaje de Paraguay, hacia 1870, bajo consejo de Richard Wagner (¡Netflix, a mí!). Había que recrear el sueño alemán fuera de una Europa ya totalmente dominada por los judíos (pensaba el grupete). La hermana de Friedrich, ya sospechosamente viuda, tuvo que abandonar la colonia y se dedicó a cuidarlo y a falsificar sus manuscritos, dotándolos de un antisemitismo ajeno al pensamiento de Nietzsche.

La colonia Nueva Germania sobrevive hasta nuestros días, pero ya despojada de toda fantasía racista. Dicen, los que en ella estuvieron, que es muy simpático escuchar a los niños rubios y de ojos celestes hablar guaraní con fluidez.

Este triunfo paraguayo nos obliga a pensar también en el triunfo del guaraní como lengua no tanto de Estado (lo es) sino de comunidad. Yo tengo en este momento la casa llena de paraguayos (cuyo talento para la construcción compite con su belleza física) que apenas han terminado de hablar conmigo en castellano, vuelven a sus intercambios en guaraní, una lengua que ha sobrevivido heroicamente a todas las violencias coloniales. Eso dice bastante de un pueblo.

Los alemanes quisieron domar una selva tropical que, naturalmente, convirtió su sueño en pesadilla (me refiero a los alemanes de Nueva Germania, pero también puede aplicarse a la escuadra de la DFB). Se tuvieron que volver a casa o adaptarse, someterse a las potencias de la naturaleza, o quedarse, con la condición de rendirse al encanto de lo que te subyuga.

Por supuesto, lo que se juega no es una caracterología, sino una historia política. Entre 1864 y 1870, Paraguay sufrió la agresión incruenta y desproporcionada que se conoce como Guerra de la Triple Alianza (Argentina, Brasil, Uruguay), un conflicto devastador que destruyó el modelo económico paraguayo, lo despojó de territorios y aniquiló al 90% de la población adulta masculina.

Si aguantaron hasta el último hombre los delirios sudamericanos, cómo no iban a superar los delirios alemanes.


sábado, 27 de junio de 2026

Reglas de tránsito

por Daniel Link para Perfil

Manejo un auto porque no me queda más remedio. Nunca lo uso en la ciudad, pero como vivo a cincuenta kilómetros, cada desplazamiento me cuesta un dolor de cabeza (además del combustible para el vehículo, los peajes y las cuotas de seguro, patente y cochera). Supongo que en pocos años más ya no podré manejar pero no quiero ni pensar en ese desenlace.

Mientras tanto, sufro. Sufro la pelotudez de quienes manejan usando el celular (los veo chicos, los veo), sufro la violencia de los conductores de narcisismo herido, que pretenden alcanzar no sé bien qué record en los índices de desagrado del prójimo, sufro el pésimo diseño de las uniones de las autopistas y el estado lamentable de los caminos alternativos (urbanos o semirurales). Sufro las horas pico, que trato de usar en sentido inverso.

Por ejemplo, me organizo para ir a Villa Link (donde funciona mi carrera de Letras) un día a media tarde, cuando ya empiezan a volver los habitantes del suburbio. La felicidad que me provoca ver los atascos en el carril contrario no tiene desperdicio ni arrepentimiento alguno. Cuando salgo de Villa Link, me quedo a dormir en Buenos Aires, a donde llego relajado por el contra tránsito, felicitándome por mi estilo de vida. Al otro día, después de algún trámite matutino o algún turno médico, me vuelvo a mi suburbio, antes de que el malón empiece a rugir. Y hago las compras en el pueblo. Y llego a mi casa, donde las perras y el gato me reclaman mi ausencia.

Como nada nos salva del pelotudo atómico, todos los días hay algún choque por falta de atención o por uso indebido del teléfono celular. Yo no entiendo cómo hay gente que choca en autopistas, pero que las hay, las hay. Y mientras vienen los servicios de emergencia, la policía y no sé que otra patrulla necesaria, el tránsito de paraliza. Sucede sobre todo en horas pico, pero me ha pasado incluso en los horarios que yo elijo para transitar el mundo con tranquilidad y buena música.

En todas las uniones de autopista (Acceso Oeste y General Paz, Dellepiane y Perito Moreno) los atascos son épicos, porque las uniones están mal pensadas, y hechas para la mierda. Los cráneos gobernantes han resuelto el problema que los mismos contratistas y el Estado crearon limitando la velocidad a, por ejemplo, 60 kms. por hora. Es dificílisimo no pasar por la cámara a 65, y quedar deudores de plata y, sobre todo, de puntos de scoring. No entiendo cómo la gente no ha cortado todavía esas uniones en reclamo de una solución que no sea la penalización del inocente.

(siguiente

 

sábado, 11 de abril de 2026

Ecos y Narcisos

Por Daniel Link para Perfil

Thiago Ávila, el militante pro-palestino de origen brasileño, coordinador internacional de Global Sumud Flotilla, fue detenido en Ezeiza, incomunicado y separado de su familia (que viajaba con él) por la Policía de Seguridad Aeroportuaria “por profesar ideas contrarias al Gobierno” (según diversas fuentes). Retenido en el aeropuerto, Thiago decidió seguir viaje con su familia a Barcelona, un destino menos hostil hacia las ideas. Podría haber escrito en una piedra, como Sarmiento en 1840: "On ne tue point les idées". Tampoco se las expulsa o se las destierra. Para Carlos Pagni el episodio ilustra “la indolencia que lleva a confundir lo público con lo privado”. Para los representantes de los partidos de izquierda, “un hecho grave de persecución y censura, y un precedente antidemocrático”.

Si bien escandaloso, el episodio no sorprende tanto como su repetición y su eco, en un contexto totalmente diferente. Me cuentan que en un chat institucional una persona republicó una convocatoria (de la que él no participaba, pero consideró pertinente difundirla) a una asamblea. Recibió como respuesta: “en la reunión de hoy tuvimos intervenciones relevantes e intercambios sobre cómo manejarnos frente a la crítica situación que estamos atravesando, y viendo cómo cuidamos nuestra comunidad desde la responsabilidad institucional que cada uno tiene. No ayuda que en este espacio difundamos orientaciones contrarias que fomentan la anomia y la desarticulación institucional”. Las ideas y orientaciones contrarias se dan la mano para acusar a alguien (a cualquiera) de “fomentar la anomia” por el solo hecho de republicar una convocatoria, acusación que no se escuchaba desde la década del ochenta y que ni Carta Abierta se atrevió a esgrimir en sus tiempos más dogmáticos para usar en cambio el más amable predicado “destituyente”.

Hay algo, en la conversación social, que no funciona. Y no funciona porque lo que se escucha son puros ecos de sonidos que rebotan en muros impenetrables cuya única función es apuntalar lo que, a todas luces, se está desmoronando. Cuando hay “ideas” u “orientaciones contrarias” (¿a qué? Sólo se puede imaginar una continuación: “al régimen”) eso significa que el régimen está agotado, como un cuerpo que no puede defenderse sino aislándose (y los efectos políticos del aislamiento, lo sabe cualquier argentino, son devastadores).

El aislamiento conduce a la incapacidad, incluso, de verse a uno mismo (con sus potencias y sus impotencias) y sólo se pueda pensar la propia debilidad como un resultado de un ataque de los otros (que no sabían que eran “otros”, así como Narciso no supo que era él mismo y así como Eco no sabía que podía sobrevivir a su muerte, porque chongos hay millones).

La conversación a la que algunos aspiran (convocando a asambleas, como está sucediendo en la UBA, como sucedió en 2001) no desencadena la anomia sino que intenta sobreponerse a ella. Tampoco es destituyente, porque ante el vacío de respuestas por parte de las instituciones del orden (gobiernos, sindicatos, iglesias y escuelas) pretende la apertura de espacios que propongan soluciones (sobre todo aquéllas que, por que son de tránsito lento, las instituciones no pueden producir).

Vivimos una época particularmente opaca, porque a la crisis de representación que ha destrozado el sistema de partidos se suma una hipótesis de gobierno automático y transparente como las respuestas de la inteligencia artificial que, como todo el mundo ha comprobado, está limitada por su incapacidad de sostener el registro de lo imaginario y actuar en él.

No se trata de decidir quién tiene la verdad, sino de actuar en conjunto en favor de los que menos tienen y que más necesitan de soluciones inmediatas, en favor de aquellos que van perdiendo poco a poco la posibilidad no ya de intervenir en la vida pública sino de sobrevivir en un ambiente enrarecido donde cualquier palabra puede ser interpretada como palabra malsonante, anómica, enemiga. La persona que fue acusada de promover la anomia en el chat antes mencionado decidió abandonarlo. “Me escarlatearon, me dio miedo”, dijo.

En ese espacio, que era presuntamente un lugar seguro para la conversación y para el intercambio de experiencias, sintió los ecos de las conductas totalmente desinhibidas (es decir, bestiales) del gobierno actual. Así como en el siglo XIX hubo liberales de izquierda (en donde nace el marxismo) y liberales de derecha, estos serían, por decirlo de algún modo, mileístas presuntamente de izquierda.

Lo que se verifica es un ambiente estilístico teñido de violencia y de miedo a las posiciones “contrarias”, de populismo y de obsecuencia, y ambientes institucionales que no saben cómo responder a las profundas crisis que las vacían de sentido.

sábado, 21 de febrero de 2026

Querido diario (8): Próxima parada, década del treinta

Por Daniel Link para Perfil

34. Un documental muestra el apogeo y caída de la ciudad de Tayra Banks: American Next Top Model. Después de 18 años, la institución que financiaba el reality exigió la renuncia de los tres jurados que, junto con ella, sostenían el show. La conjunción de diversos talentos, competencias y habilidades, que hacen que diferentes equipos se reconozcan como instancias sólidas y eficaces se consigue a través de los años y supone un mecanismo lento de articulación y redundancia. Desmantelar esos equipos suele ser fatal porque todas las piezas son igualmente importantes. ¿Por qué Tayra Banks aceptó quedarse, contra toda predicción en contra? ¿Se consideró dueña de “la idea” y, por eso mismo, invulnerable? Sabemos que eso conduce siempre a las peores catástrofes. ¿Qué hacer, en la misma circunstancia?

35. Apogeo y caída de la ciudad de Mahagonny comienza con una huida desesperada. Los bandidos comandados por la Sra. Begbick no pueden continuar adelante. Pero saben que deben continuar, porque los persiguen. Hay que continuar / No se puede continuar. Tampoco se puede volver atrás. Deciden fundar una ciudad, la ciudad del placer y del pecado, Mahagonny, que será el terreno fértil para los brotes de fascismo. Cada vez que queremos advertir el advenimiento de nuevos fascismos se nos corrige terminantemente, como si la forma final de los fascismos históricos europeos fuera el único término de comparación. Pero el fascismo estuvo allí mucho tiempo antes de los campos de exterminio, y creció con el apoyo de un aparato de propaganda formidable, discursos de odio cada vez más desinhibidos y la complicidad de sectores de la población (las iglesias, las industrias).

36. A Heidegger no se le puede achacar complicidad con la Solución Final. Sin embargo, su discurso inaugural como rector de Friburgo (1933-1934), "La autoafirmación de la Universidad alemana", subordinaba a la Universidad al Führerprinzip (principio del líder). En nombre de ese principio Heidegger desprotegió a profesores y alumnos y eliminó de Ser y tiempo (1927), en la segunda edición, la dedicatoria a su maestro, Edmund Husserl, de ascendencia judía.

sábado, 8 de noviembre de 2025

Chicago Girls

Por Daniel Link para Perfil

Vuelvo de Chicago, donde hoy mismo se está desarrollando el congreso “Imaginarios autoritarios” en el mismo lugar (la Universidad de Chicago) donde estudiaron los Chicago Boys, famosos sobre todo por la implementación del modelo económico neoliberal durante la dictadura de Pinochet. “Imaginarios autoritarios” es una acción del proyecto “Un contraimaginario en tiempos autoritarios”, liderado por Judith Butler (UC Berkeley), Shannon Jackson (UC Berkeley), Debarati Sanyal (UC Berkeley), and Denise Ferreira da Silva (New York University), lo que introduce una variable fundamental a la hora de considerar los imaginarios autoritarios: el género.

Más allá de eso, el trabajo de definir las nuevas formas imaginarias en que el autoritarismo se procesa está en marcha y nos involucra directamente. No deja de sorprenderme, por ejemplo, la resistencia militante del periodismo argentino para reconocer rasgos de neofascismo en las ecologías políticas en las que vivimos. “No es lo mismo” no se cansan de decir los aterrados cronistas del presente, que seguramente temen que en algunos años les reprochen no haber sido suficientemente críticos con la marea discursiva fascista que se nos pega al cuerpo.

Doy un ejemplo. En la fila de seguridad del aeropuerto en el que tomé uno de los aviones de regreso (fueron tres), había un cartel que decía: “Autodepórtese”. Estaba en castellano, con lo cual quedaba claro quiénes eran sus destinatarios. La “deportación” (que no es una “repatriación”) es un acto de violencia estatal, aquí apenas mitigado por el prefijo “auto”. Ahora bien, más allá de hablantes de español, ¿quiénes son los destinatarios de esta amenaza autoritaria (“Si no se auto deporta, el ICE seguirá dando prioridad a su expulsión”) y por qué? No pueden ser “criminales”, porque en ese caso no se entiende que el Estado financie el viaje y otorgue un premio de 1000 dólares por familiar. Tampoco puede tratarse de personas que hayan desestabilizado el mercado laboral (ninguna estadística avala esa hipótesis).

La razón es puramente imaginaria: son personas “no blancas”, hispanoparlantes, cuya mera existencia bloquea la ilusión de pureza. Si eso no es fascismo, no sé qué puede serlo.


 

miércoles, 5 de noviembre de 2025

¡Autodepórtese!

 
Si esto no es fascismo, no sé qué puede serlo... 

 

sábado, 18 de octubre de 2025

La rebelión de las masas

Dice La Nación:

 


 

 

 

 

jueves, 2 de octubre de 2025

De nuestros corresponsales en Roma

 



miércoles, 1 de octubre de 2025

Dice La Nación

 

 
Acá, el texto. 

sábado, 20 de septiembre de 2025

Humanidades públicas

Por Daniel Link para Perfil

Había perdido la frase “el Estado, que debe crear las condiciones físicas de la existencia: habitación, vestido, alimento, no puede ser una simple sinfonía de libres sonidos; ha de formar una verdadera estructura”. Su autor es el gran naturalista Jakob von Uexküll y está en el libro Cartas biológicas a una dama, que había dado a leer a mis alumnos hace años y recién ahora recuperé. La dama era su esposa, a quien usó como corresponsal para publicar una serie de artículos de divulgación que unificó bajo la forma libro en 1920. La bellísima compilación fue publicada en 2014 por Cactus, con una introducción sabia y conmovedora de Juan Manuel Heredia.

La frase es de una actualidad que sorprende tanto como el necesario antidarwinisimo y antihegelianismo que destila su teoría. Lejos de batallas triunfales del Espíritu puro y lejos de ordenamientos simplistas y mecánicos de todo lo viviente, el mundo tal y como von Uexküll lo postula es una armonía de mundillos relativamente independientes unos respectos de los otros. No hay competencia ni lucha por la vida, no hay mecanicismo químico que alcance a explicar lo viviente. Von Uexküll postula que la experiencia de todo ser vivo supone la relación de un sujeto, un objeto y un ambiente (es, por supuesto, un ecologista que todavía no lleva ese nombre).

Sus aciertos pueden encontrarse en Heidegger, en Casirer, en Canghilhem, en Deleuze, en Merleau-Ponty, en Sloterdijk, en Agamben. Es un pensamiento que recorre enteramente el siglo XX y llega hasta nosotras, que podemos recuperarlo sólo a través de una experiencia, que es la experiencia universitaria, para enfrentar la barbarie desinhibida en la que vivimos.

Porque escribe cartas, von Uexküll se convierte en un humanista, alguien que usa la palabra para llevar más lejos la verdad de la teoría que postula. Hace públicos ciertos saberes que conviene que se tengan en cuenta en relación con políticas de lo viviente, de las cuales el Estado no puede ser ignorante ni prescindente. El Estado debe crear las condiciones físicas de existencia y no patrocinar la selección de unos sobre otros.

A nosotras, que sufrimos la violencia antihumanista, nos parece que es deber del Estado alimentar también los espíritus (o las mentes, como quieran). Y sabemos que en esa dieta las humanidades ocupan un lugar central porque examinan críticamente la historia de los saberes y porque proponen alternativas a la destrucción que se presenta como inevitable. Las humanidades son públicas o no son nada y no hay mundo posible sin humanidades.

 

domingo, 24 de agosto de 2025

Advertencia (10)

Recuerden que lo primero que hizo Hitler fue liberar al Estado de la pesada carga de los "discapacitados".

  


 Más, acá.

 

 

sábado, 23 de agosto de 2025

Un oscuro día de justicia

Por Daniel Link para Perfil

Seamos justos: Presidencia nos ha pedido que discutamos los conceptos, y no las formas. Lo primero que habría que decir es que una cosa no existe sin la otra y que tanto la expresión como el contenido están ya formados. Pero dejemos ese presupuesto de alta filosofía del lenguaje para otro momento y vayamos a lo que, desde una inteligencia silvestre, se considera un “concepto”. Tomemos el caso del concepto “genocidio”, dado que Presidencia fundamentó su veto a la emergencia en discapacidad, a los aumentos salariales en el Hospital Garrahan y otras medidas igualmente urgentes, tomando en cuenta ese concepto: aumentar ahora esos subsidios significaría el genocidio de las generaciones futuras.

Si alguien dijera que Israel está cometiendo un genocidio en Gaza (algo que señalan no sólo muchas voces autorizadas en varias partes del mundo sino también, y sobre todo, en Israel) le saltarían a la yugular al grito de “antisemitismo”. Y sin embargo, se permite graciosamente que Presidencia considere que la pérdida de poder adquisitivo es un genocidio y nadie levanta la voz para protestar por semejante despropósito.

De un lado tenemos el riesgo material de vida de ancianos, niños enfermos y quienes padecen alguna discapacidad y sus familias (para las cuales quienes las prestaciones por discapacidad se han reducido tan drásticamente como la provisión de medicamentos) y del otro jóvenes cuyo poder adquisitivo se vería recortado hipotéticamente en un porcentaje mínimo. Hacer caer el concepto “genocidio” de ese lado imaginado y futuro de la balanza y no del otro (real y concreto) no puede atribuirse a un simple error de concepto sino a algo que estaba ya previsto en las formas de discurso (“viejos meados”, el enfrentamiento de Presidencia con un niño autista en las redes, etc).

Pero así como los enunciados no pueden pensarse en términos de conceptos sin forma, tampoco puede pensarse la vida como algo no formado. O, mejor dicho, sí puede pensarse de ese modo, pero el resultado es una vida desprovista de todo predicado político, una vida desnuda, algo parecido (aunque no es exactamente lo mismo) a la vida vegetativa.

Es lo que hizo el nazismo cuando emprendió sus procesos de exterminio, sus genocidios. Las personas sobre las cuales se ejerció ese biopoder fueron privadas de ciudadanía y de derechos, fueron transformadas en vidas informes para luego ser exterminadas.

Al negársele ahora a un discapacitado su forma (que es al mismo tiempo biológica y jurídica) se le niegan también sus derechos y se lo arroja al umbral mismo de su exterminio: eso es lo genocida y no que un joven, como dijo el vocero extraoficial de Presidencia: “Si habías pagado un viaje a Buzios para fin de año, olvidate”.

Pareciera que en Argentina no hay lugar, al mismo tiempo, para que alguien vaya a Buzios y para que alguien tenga sus necesidades en la discapacidad cubiertas. Ante esa disyuntiva, el Poder Ejecutivo desoye el mandato legislativo y veta una ley (o dos, o tres) en favor de Buzios. Por favor, por una vez: seamos justos.

 

viernes, 4 de julio de 2025

jueves, 13 de marzo de 2025

Trump y el sadismo

por Judith Butler para Lobo suelto

En la medida que Trump anuncia una serie de órdenes ejecutivas y pronunciamientos públicos devastadores y terribles cada día, nunca ha sido tan importante evitar ser capturadxs por su obscenidad y concentrarnos en cómo las cuestiones están interconectadas.

Mientras nuevas obscenidades inundan el ciclo de noticias, es fácil olvidar o dejar al margen las órdenes ejecutivas de la semana anterior: prohibiciones de programas y discursos sobre diversidad, equidad e inclusión (DEI) como «ideología de género» en todos los programas financiados con fondos federales. Amenazas de deportación a estudiantes internacionales que participen en protestas legítimas; diseños expansionistas sobre Panamá y Groenlandia y propuestas de hacerse cargo del desplazamiento total y forzoso de sus tierras a los palestinos en Gaza, se anuncian en rápida sucesión. En cada caso, Trump hace la declaración como una demostración de poder, poniendo a prueba si puede entrar en vigor. Las órdenes ejecutivas pueden ser suspendidas por los tribunales, pero la deportación de inmigrantes ya ha comenzado, al igual que la reapertura de los grotescos campos de Guantánamo.

La acumulación de poder autoritario depende, en parte, de la voluntad de la gente de creer en el poder ejercido. En algunos casos, las declaraciones de Trump pretenden tantear el terreno, en otros, la afirmación indignante es su propio logro. Desafía la vergüenza y las restricciones legales para demostrar su capacidad de hacerlo, mostrándole al mundo un sadismo desvergonzado.

Los regocijos en el sadismo desvergonzado incitan a otros a celebrar esta versión de la masculinidad —una que no sólo está dispuesta a desafiar las normas y principios que rigen la vida democrática (libertad, igualdad, justicia)— , que se representan como formas de «liberación» de falsas ideologías y de las limitaciones impuestas por obligaciones legales. Un odio exaltado se presenta ahora como libertad, mientras que las libertades por las que muchxs de nosotrxs hemos luchado durante décadas son distorsionadas y desacreditadas como «wokismo» moralmente represivo.

El goce sádico en cuestión aquí no es sólo de Trump; depende de ser comunicado y ampliamente disfrutado para que exista: es una celebración comunitaria y contagiosa de la crueldad.  De hecho, la atención mediática que suscita alimenta el juego sádico. Este desfile de indignación reaccionaria y desafío precisa ser conocido, visto y escuchado. 

Es por eso que ya no nos sirve simplemente denunciar la hipocresía. No hay una fachada moral que desenmascarar. No, la exigencia pública de apariencia de moralidad por parte del líder se invierte: sus seguidores se emocionan ante la exhibición de su desprecio por la moralidad, y la comparten.

La exhibición desvergonzada del odio, el desprecio por los derechos, la voluntad de quitar los derechos de equidad y libertad a la gente prohibiendo el “género” y sus desafíos al sistema binario de sexo (negando la existencia y los derechos de las personas trans, intersex y no binarias), destruyendo los programas DEI destinados a empoderar a quienes han sufrido una discriminación duradera y sistémica; las deportaciones forzosas de inmigrantes y los llamamientos al despojo total de quienes han sobrevivido, traumatizados, a las acciones genocidas en Gaza.

Raphael Lemkin, el abogado judío-polaco que acuñó el término «genocidio», dejó claro que incluye «un plan coordinado dirigido a la destrucción de los fundamentos esenciales de la vida de grupos nacionales… puede llevarse a cabo aniquilando toda base de seguridad personal, libertad, salud y dignidad». De hecho, el traslado forzoso de niños es el quinto acto punible en virtud de la convención sobre el genocidio adoptada en 1948.

No todas las formas de eliminación de derechos de Trump pertenecen a la categoría de genocidio, pero muchas de ellas expresan pasiones fascistas. Negar a las personas trans, intersex y no binarias el derecho a la salud, el reconocimiento legal y el derecho a la libertad de expresión ataca los fundamentos mismos de sus vidas. Incluso el conservador Tribunal Supremo consideró que la discriminación contra las personas trans y de género fluido (non-conforming) constituye discriminación por razones de sexo (Bostock contra Clayton, 2020). 

Entonces, no tiene sentido decir que los derechos de las personas trans amenazan la ley basada en el sexo: pertenecen a esa ley y deben estar protegidos por ella. Acorralar a lxs inmigrantes en escuelas y hogares, deportarlos por la fuerza a centros de detención y arrebatarles sus derechos al debido proceso no sólo muestra un claro desprecio por esas comunidades, sino por la propia democracia constitucional. La amenaza a la ciudadanía por derecho de nacimiento desafía una protección constitucional básica y sitúa a Trump por encima de las normas constitucionales y del equilibrio de poderes.

Si seguimos tomadxs por la indignación y paralizadxs por la estupefacción ante las nuevas declaraciones de cada día, seremos incapaces de discernir qué las conecta. Quedar tomadxs por sus declaraciones es precisamente el objetivo de su enunciación. En cierto modo, estamos bajo su servidumbre cuando nos captura y nos paraliza. Aunque existe cada uno de esos motivos para indignarse, no podemos dejar que esa indignación nos inunde y no podamos pensar. Ahora es el momento de confrontar las pasiones fascistas que alimentan este desvergonzado acaparamiento de poderes autoritarios.

Quienes celebran su desafío y su sadismo están tan tomados por su lógica como quienes se paralizan de indignación. Quizá haya llegado el momento de apartarse de estas pasiones para ver cómo funcionan, pero también de encontrar pasiones propias: el deseo de una libertad igualmente compartida; de una igualdad que haga realidad las promesas democráticas; de reparar y regenerar los procesos vivos de la Tierra; de aceptar y afirmar la complejidad de nuestras vidas corporeizadas; de imaginar un mundo en el que el gobierno apoye la salud y la educación para todxs, en el que vivamos sin miedo, sabiendo que nuestras vidas son interdependientes e igualmente valiosas.

 

 

 

domingo, 16 de febrero de 2025

Del ritornello: un libro centenario

por Daniel Link para Perfil cultura

Algunos periodistas especializados tienen dificultades para detectar los brotes verdes del neofascismo o los microfascismos de la vida cotidiana. Dicen que se exagera y les parece que no hay repetición ni ritornello posible. Lo que fue, fue. Y lo que será, será. Avanzamos, hemos avanzado. Y sin embargo...

Al hablar de fascismo (como de cualquier otra cosa) se corre el riesgo de juzgar antes por el resultado que por el momento de formación de esas unidades del rencor y la acción destructiva.

Transitamos un 2025 que inevitablemente recordará que se cumplen cien años de la publicación de la primera parte de Mi lucha, el libro en el que Adolf Hitler expuso su programa político, desde la celda de Landsberg a donde había sido condenado el 1º de abril de 1924, culpable de traición tras el intento de golpe de estado del año anterior.

Todo se venia cocinando lentamente desde antes (Benito Mussolini fue presidente del Consejo de Ministros Reales de Italia desde 1922; Hitler se había afiliado al Partido Obrero Alemán en 1919 y tomó su control en 1921; en 1920 se publicó El judío internacional del industrial norteamericano Henry Ford, gran promotor del nazismo; en 1925 Mussolini ilegaliza todos los partidos políticos salvo el Partido Nacional Fascista; el 10 de marzo de 1925 el escritor judío austríaco Hugo Bettauer fue asesinado a tiros como respuesta a una novela suya que satirizaba el antisemitismo, etc. ).

Es, por lo tanto, ingenuo resistirse a la identificación de las unidades propias de un programa fascista en los titulares de los diarios y enarbolar no sé qué especificidades singulares, como si el fascismo no tuviera el poder de renacer de sus propias cenizas y de reconstruirse sobre nuevas configuraciones. Hay que recordar el poema (antifascista) “Primero se llevaron a....” (1946) del pastor luterano alemán Martin Niemöller que puso el foco precisamente en la frivolidad condescendiente con la que se aceptaron las primeras manifestaciones de un régimen criminal.

El fascismo, tal como se lo lee en Mi lucha, es expansionista y militarista. A diferencia de las demás naciones europeas (imperialistas con foco en los territorios extra-europeos), Hitler se propuso el avance hacia el Este para garantizar el Lebensraum (espacio vital) para el pueblo alemán. Cambiando un poco las figuritas y los nombres propios, hoy se escucha: Groenlandia, Canadá, México, Panamá y, en el último brote psicótico del Sr. Trump, el complejo de resorts en Gaza, previa reubicación masiva de los palestinos. Si esa no es una política exterior fascista, no sabemos cuál puede serla.

Mi lucha está puesta bajo una certeza y una rebelión infantil: “¡Yo no quería llegar a ser funcionario!” (el padre de Hitler lo fue). Por supuesto, es la misma protesta que se podía leer en un declarado antifascista como Hesse. Demian, de 1918, está encabezada por el epígrafe: “Quería tan solo intentar vivir aquello que tendía a brotar espontáneamente de mí. ¿Por qué había de serme tan difícil?”. De modo que la protesta de Hitler contra la casta, su resistencia a ser sólo un engranaje en la máquina gris de la gobernabilidad, liga bien con los movimientos contraculturales de comienzos del Siglo XX, que volverían con toda su fuerza en la década del sesenta. Pero no basta con ser contracultural o libertario para ser inmune al fascismo. Mi lucha es la prueba.

Hitler diferencia entre el “patriotismo dinástico” y el “nacionalismo popular”. Abrazó el segundo y despreció el primero. Todos los esfuerzos de un Hitler todavía austríaco tienen que ver con hacer coincidir Estado, patria y pueblo (la Austria de los Habsburgo era muy plurinacional). Por supuesto, los estudiosos han detallado sus fuentes e influencias, entre las que conviene destacar El judío internacional, de cuyo marco paranoico todavía hoy quedan rastros en las protestas contra el “globalismo”, la “banca internacional” y los organismos de gestión mundial (OMS, Acuerdo de París).

En 1939 George Orwell reseñó Mi lucha (New English Weekly, 21 de marzo de 1940) en la versión inglesa que presentaba una versión favorable a Hitler (en la presentación inglesa se lee: “Europa no deberá olvidar que gracias a él fue rechazado de una vez para todas el comunismo, que con su horda sangrienta amenazaba en 1932 avasallar a todo el Continente”) y Orwell sintetiza: “Había aplastado al movimiento obrero alemán y, por ello, las clases propietarias estaban dispuestas a perdonarle casi todo”. Esa extraña alianza entre el gran capital y el líder populista se repite hoy entre nosotros con horrísinos clamores.

Un lider cachivache declaró en un aniversario de la liberación de Auschwitz que Elon Musk no puede ser tildado de fascista (aún cuando realizó el saludo nazi durante la asunción del Sr. Trump) porque “es un defensor intachable del Estado de Israel”. La expresión sorprende en una persona que se ha declarado ya no como enemigo del Estado, sino como su destructor. ¿Por qué se coloca en un sitial de privilegio algo que ha sido tachado del mapa conceptual de la política? La razón es sencilla: en Argentina, la relación entre Estado, patria y pueblo lleva todavía un sello partidario. Tan plurinacional como la Viena de Hitler (aunque por diferentes razones), Buenos Aires incorporó a esa articulación las (desde una perspectiva conservadora) comunidades malditas: indígenas, disidentes sexuales, discapacitados, migrantes. Contra esa inclusión entendida como revoltijo, el furor fascista de la pureza.

Ese furor no necesita de ningún desencadenante, porque está siempre allí. Orwell señala que “Cuando se comparan sus declaraciones de hace algo más de un año [de Hitler, en 1938] con las de quince años antes, lo que sorprende es la rigidez de su mente, la forma en que su visión de mundo no se desarrolla. Es la visión fija de un monomaníaco y no es probable que sea afectada por las maniobras transitorias de la política del poder”.

Mi lucha (y por eso el libro debe ser leído, en una edición anotada) expone un vínculo de seducción que vuelve hoy como un ritornello. Orwell acierta en subrayar que “Hitler, debido a su mente carente de alegría..., sabe que los seres humanos no sólo desean comodidad, seguridad, jornada de trabajo breve, higiene, control de la natalidad y, en general, sentido común; que también desean, al menos en forma intermitente, lucha y autosacrificio, para no mencionar redoble de tambores, banderas y desfiles de lealtad... Los tres grandes dictadores [Mussolini, Hitler, Stalin] aumentaron su poder imponiendo cargas intolerables a su pueblo. Hitler le dijo [a su pueblo]: ofrezco lucha, peligros y muerte”. Cumplió con creces sus promesas.

Los líderes actuales de la ultraderecha se preparan para otro tanto: las agendas internacionales (2030) interfieren con la marcha del ritornello fascista y lo mismo puede decirse de los movimientos antifascistas que ya se constituyen aquí y allá como una advertencia global. A lo mejor es un miedo prematuro, o son espejismos. Mi lucha, en todo caso, es una señal de advertencia: lo que se dice en el 25 (“La democracia del mundo occidental de hoy es la precursora del marxismo, el cual sería inconcebible sin ella. Es la democracia la que en primer término proporciona a esta peste mundial el campo de nutrición de donde la epidemia se propaga después” o bien: “los vamos a ir a buscar hasta el último rincón del planeta en defensa de la libertad. Zurdos hijos de putas tiemblen”) anuncia lo que se pretenderá hacer en el 33.




sábado, 15 de febrero de 2025

Las puertas de la percepción

Por Daniel Link para Perfil

Te encontrás a comer con una amiga que quiere sumarte a un proyecto de largo aliento para la segunda mitad del año. Al principio la conversación choca con las catástrofes más obvias: Trump, Milei. Las noticias del día son poco prometedoras: sí, Trump ha congelado las investigaciones por corrupción tanto en el país como en el extranjero, lo que sumado al asalto a los archivos del gobierno federal perpetrado por el Sr. Elon Musk en un fin de semana marcan la dirección de un gobierno al mismo tiempo senil y desesperado y, por eso mismo, profundamente peligroso.

El Sr. Trump ha dicho que quiere encauzar esas investigaciones en relación con la mafia y el narcotráfico.

Sería tan práctico y tan útil legalizar la comercialización de drogas recreativas, controlando su calidad y gravando impositivamente el producto, le decís a tu amiga, que no se entiende por qué eso todavía no se hace. Tu amiga piensa que se trata de una concesión a los sectores más conservadores de la sociedad, que ven el demonio y el apocalipsis en cualquier parte donde pretenda instalarse una cuota de hedonismo. Puede ser, pensás, pero esa resistencia también puede implicar un profundo compromiso con esa economía subterránea que mueve al mundo y de la cual nadie quiere perder su tajada (especialmente las fortunas más concentradas, que ya no dejan mercado intacto).

De una cosa pasan a la otra y de pronto la conversación se aviva como una brasa tardía en la parrilla. De pronto están hablando mal de la gente que conocen. No se entiende, dice tu amiga, esa conversión al indigenismo de algunas personalidades del arte y la cultura tan tardíamente, justo cuando el Sr. Trump ha dado un golpe mortal a ese ideologema. Con el negrismo, pensás, sucederá lo mismo. Son trompos que girarán locos sin causa ni destino, porque enfrentados con políticas de exterminio estatalmente dirigidas, ¿qué chance tienen de causar algún impacto?

El ecologismo de café también les parece (a vos y a tu amiga) un compromiso tardío con lo que no se entendió antes, cuando todo empezaba ya a oler a plástico quemado (la era del pop).

Es el miedo, pensás, a quedar fuera de los discursos de moda. Has llegado, incluso, a leer una encendida declaración en favor de las “humanidades”, uno de tus temas favoritos, que vuelve como un ritornello a medida que el ritornello fascista se acelera.

No está mal que los discursos circulen, decís, pero te apena un poco que los mueva el miedo, que no pone en riesgo el propio pensamiento.

Después de todo, comentás ya rumbo a la salida, se cumple este año un siglo desde la publicación de “La deshumanización del arte” de Ortega y Gasset. Aquel anuncio centenario parece hoy cumplirse plenamente al ritmo de los códigos de las inteligencias artificiales. Por supuesto, defendés la calidad insuperable de deepseek.

Al día siguiente, prometés, vas a pedirle a esa IA que desarrolle el proyecto que tu amiga te ofreció. Seguramente estará espolvoreado con las dosis exactas y necesarias de indigenismo, negrismo y ecologismo y con todos los indicadores de género bien puestos.

 


miércoles, 12 de febrero de 2025

lunes, 10 de febrero de 2025

Tecnofascismo

por Rainer Mühlhoff para Verfassungblog

Trump y el nuevo fascismo
Por qué tomar el aparato administrativo es tan peligroso

(se recomienda calurosamente visitar el original, al menos para reponer los vínculos, que aquí se omiten, salvo dos)

Desde la toma de posesión de Trump como 47º presidente de EE.UU., Elon Musk y un séquito de ingenieros tecnológicos y ejecutivos de sus diversas empresas se han abierto paso entre las autoridades federales de Washington, accediendo a edificios, datos y sistemas informáticos. Junto con el
previsto despido masivo  de funcionarios federales, esto equivale a una toma de control de los niveles técnicos y operativos del aparato administrativo estadounidense. En este proceso, los actores de la industria Big Tech se están posicionando como especuladores y operadores de una nueva infraestructura gubernamental tecnológica, enganchados a través del acceso a los sistemas informáticos de pago que Musk está adquiriendo actualmente.

Este desarrollo representa un nuevo salto cualitativo en el proyecto político de Trump. Se describe mejor como fascismo. En muchos aspectos, este nuevo fascismo no se parece exactamente a sus modelos históricos y, sin embargo, es fascismo. Su sello distintivo será que utilizará las posibilidades específicas del análisis de datos y la tecnología de IA para eliminar el Estado de Derecho y sustituirlo por un delgado
aparato basado en la automatización y la anticipación. 

El relevo (Takeover)

Elon Musk, nombrado
por decreto jefe del nuevo Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE)  el día de su investidura por Donald Trump, parece haberse propuesto desde entonces tomar el control del aparato administrativo no por medios políticos, sino mediante una mezcla de tácticas de sorpresa, intimidación y piratería informática. La Oficina de Gestión de Personal (OPM), la oficina central de personal del gobierno federal estadounidense, dio el pistoletazo de salida. Musk accedió al sistema informático y a numerosos datos sensibles, excluyó a parte del personal de este sistema y colocó a confidentes en puestos estratégicos. Musk también recopiló personalmente una lista de todos los responsables informáticos federales, presumiblemente para poder enviar rápidamente un correo electrónico a los 2,2 millones de empleados federales de diversas instituciones anunciando drásticos recortes de personal, criterios de lealtad y evaluaciones de rendimiento más estrictos, y ofreciendo el despido inmediato a cambio de una indemnización a quien no estuviera de acuerdo.

El objetivo directo de esta forma de acaparamiento de poder parece ser la infraestructura administrativa. Paralelamente a la OPM, el equipo de Musk se hizo con el control de la Administración General de Servicios (GSA) y otras agencias, como la Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional (USAID) y la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA). Especialmente explosivo: Musk se aseguró el acceso al sistema central de pagos del Departamento del Tesoro de EE.UU., que procesa billones de dólares en prestaciones sociales, salarios, gasto federal en servicios y subsidios cada año. El acceso se consiguió durante el fin de semana tras una negativa inicial del jefe del departamento, que posteriormente fue jubilado. El propio Musk presumió del golpe en X: «Muy pocos en la burocracia trabajan realmente el fin de semana, ¡así que es como si el equipo contrario abandonara el campo durante 2 días!».

Este patrón de infiltración en el nivel inmediato del gobierno federal, posibilitado no por decisiones políticas sino por la rapidez de acción, la intimidación y la toma de control de los sistemas técnicos, continúa día tras día. Agencias como los Centros de Servicios de Medicare y Medicaid (CMS) e incluso la CIA -donde se envió un correo electrónico similar con una oferta de cancelación- están en el punto de mira. Todos estos acontecimientos representan un desarrollo inadvertido que da al régimen de Trump el sabor del fascismo.

Fascismo

No es fácil definir el fascismo, y no tiene sentido tratar de aclarar si Trump y su régimen son fascistas de forma puramente conceptual. Además, ya se ha criticado el callejón sin salida al que conduce forzar nuevos movimientos fascistas en viejas definiciones y ejemplos históricos de fascismo. Un nuevo fascismo en el siglo XXI no tiene por qué parecerse al de los nazis. Sin embargo, en lugar de definirlo como una forma analíticamente perfilada de Estado o de política, creo que las tres características siguientes se destacan actualmente como lo que deberíamos reconocer como fascismo:
 

1. Es una actividad política dirigida a destruir el Estado de Derecho, los procesos administrativos y el orden parlamentario y democrático. El fascismo no actúa de forma agonística sino antagónica, y en la forma pronunciada de Trump, de forma cínica y destructiva. En particular, la política fascista no representa simplemente otra posición en el espectro de posiciones políticas (por ejemplo, «extrema derecha»), sino que encarna una actitud destructiva hacia la democracia parlamentaria y el Estado de derecho, que busca superar el sistema de posiciones políticas en conflicto en primer lugar. Fascismo

No es fácil definir el fascismo, y no tiene sentido tratar de aclarar si Trump y su régimen son fascistas de forma puramente conceptual. Además, ya se ha criticado el callejón sin salida al que conduce forzar nuevos movimientos fascistas en viejas definiciones y ejemplos históricos de fascismo. Un nuevo fascismo en el siglo XXI no tiene por qué parecerse al de los nazis. Sin embargo, en lugar de definirlo como una forma analíticamente perfilada de Estado o de política, creo que las tres características siguientes son actualmente especialmente destacadas en cuanto a lo que deberíamos reconocer como fascismo:

    Es una actividad política dirigida a destruir el Estado de Derecho, los procesos administrativos y el orden parlamentario y democrático. El fascismo no actúa de forma agonística sino antagónica, y en la forma pronunciada de Trump, de forma cínica y destructiva. En particular, la política fascista no representa simplemente otra posición en el espectro de posiciones políticas (por ejemplo, «extrema derecha»), sino que encarna una actitud destructiva hacia la democracia parlamentaria y el Estado de derecho, que busca superar el sistema de posiciones políticas en conflicto en primer lugar. En la variante cínica, presente aquí en particular, el impulso destructivo está al servicio del autoenriquecimiento (económico) desenfrenado de los actores fascistas y de sus leales, a veces con motivaciones puramente capitalistas.

2. La actividad fascista se caracteriza por la voluntad personal de utilizar la violencia y la disposición al odio, ya sea lingüístico, médico, físico o político. Este potencial de violencia se basa en una visión jerárquica de la humanidad y en una deshumanización profundamente arraigada epistemológicamente (esto incluye también el racismo, el antifeminismo y el sexismo). Los fascistas perciben la vida como una lucha social permanente en la que es necesario afirmarse antagónicamente (es decir, no con argumentos, sino mediante la fuerza) y subordinar y explotar a otras personas y negarles su derecho a existir. El fascismo significa la disposición psicológica y de carácter de los actores para echar por tierra las antiguas luchas por el reconocimiento, la integración y la igualdad de derechos de las minorías en favor del derecho del más fuerte. El potencial de violencia del fascismo también incluye engañar a las masas mediante narrativas cínicas, incitar al resentimiento y provocar la división social. Hoy en día, gran parte de esta violencia tiene lugar en el mundo online y ya no en batallas callejeras.

3. El fascismo también implica el uso hábil de la última tecnología como instrumento de poder, a menudo en una interacción entre la industria y el régimen. Este fue el caso de los nazis y no es diferente hoy en día. El fascismo se caracteriza por una fría voluntad de utilizar medios tecnológicos y logísticos para lograr objetivos políticos destructivos y el poder y la violencia necesarios para alcanzarlos. Puesto que no se puede confiar en otras personas en la mentalidad social darwinista y antisocial, según la cual todo el mundo piensa que está luchando contra todos los demás, el poder y el control realizados tecnológicamente son los medios elegidos. En este caso, este sentimiento está impulsado por la creencia en la superioridad de la tecnología como solución a los problemas sociales, lo que se conoce como solucionismo, que implica la voluntad de subordinar a las personas, la cultura y la sociedad a una lógica tecnológicamente realizada de eficacia, beneficio y superioridad.

En cuanto a la forma del movimiento político, a menudo se distinguen tres corrientes que afirman no tener nada que ver entre sí, pero que en una constelación fascista en realidad participan en sinergias e intensificaciones mutuas: (1) El populismo de derecha, que suele centrarse en la movilización política de masas (especialmente en los medios de comunicación en línea) y en la infiltración y el sabotaje de los procedimientos parlamentarios; (2) Ideología Alt-Right - que suele difundirse a través de los medios de internet como resentimiento antiinmigrante, antitrans y antifeminista, mitos nacionalistas, escenarios de amenaza y narrativas conspirativas; (3) Extremismo de derecha - una movilización de grupos violentos de derecha que pueden estar activos tanto en las calles (véase Capitol storming) como en internet.

Aunque muchos comentaristas no califican de fascista al régimen de Trump del primer mandato, la interacción de estos tres elementos se ha intensificado con Trump como domador central hasta el asalto al Capitolio. La dinámica surgida desde entonces cumple todos los requisitos para la emergencia de un sistema fascista, cuya materialización requería otros dos requisitos que han surgido en los últimos años, o al menos en las últimas semanas: Por un lado, una amplia cobertura de la economía y, por otro, el acceso a las infraestructuras estatales. 

En primer lugar, la élite empresarial, especialmente en Silicon Valley, que en 2022 todavía afirmaba que «apenas apoya el proyecto [de Trump] [...]», ha estado desde entonces en proceso de inclinarse en filas y unirse a la dinámica fascista. Una convergencia ahora hegemónica de medios políticos de alt-right, CEOs de Silicon Valley y capitalistas de riesgo está creando ahora una situación fundamentalmente nueva en comparación con el primer mandato de Trump, durante el cual partes significativas de Silicon Valley todavía trataron de sellarse como una burbuja liberal contra sus políticas y Trump fue moderado y finalmente bloqueado por las principales plataformas de medios sociales. Esto es fatal, porque esta élite se ha dado cuenta ahora de que puede enriquecerse económicamente junto con Trump a través de sus actividades destructivas, siempre y cuando le siga el juego. Como resultado, el proyecto de Trump está ganando un impulso significativo.

Un ejemplo destacado de la ahora abierta reorientación de la alt-right en Silicon Valley en las últimas semanas ha sido el siempre neoconservador meta-CEO Mark Zuckerberg, que está respaldando abiertamente el resentimiento de la alt-right al interrumpir la infraestructura de verificación de hechos y moderación de sus plataformas de medios sociales. El hecho de que conocidos partidarios de la alt-right en Silicon Valley, como Peter Thiel, Mark Andreessen y Elon Musk, estén ahora haciendo sonar la bocina de Trump a pleno pulmón no es sorprendente. En estos casos, sin embargo, es importante tener en cuenta que llevan varias décadas preparando y difundiendo intelectualmente una ideología con amplio atractivo en los círculos tecnológicos en forma de teorías pseudofilosóficas como el largoplacismo, el altruismo efectivo o el transhumanismo, que ahora se manifiesta políticamente cada vez más abiertamente como racismo, darwinismo social y eugenesia del siglo XXI.

En segundo lugar, el acceso a las infraestructuras del Estado desde las últimas semanas ha sido una evolución material que sigue al haz de ideologías, al ruido de sables de la campaña electoral y a la movilización política con la acción. Y no dentro del sistema constitucional, en el que cada cambio de gobierno se traduce en la sustitución de unos cuantos funcionarios (políticos). Más bien, lo que está ocurriendo aquí es antagónico al propio sistema; pretende destruir el orden basado en normas del Estado constitucional. El despido masivo previsto de funcionarios de carrera (por encima del umbral de empleados políticos) y -lo que es más crucial- la toma de control de los sistemas informáticos y los conjuntos de datos por ingenieros tecnológicos de la empresa de Musk socava la separación de poderes y representa una toma de control política de la dimensión tecnológica y procedimental del aparato estatal. No es desconocido en la historia del fascismo que el comienzo de tales regímenes implica la toma de control de la infraestructura administrativa, a través de la invasión física de los edificios y sistemas pertinentes, la instalación de leales políticos, el despido y la «purga» de disidentes políticos e indeseables dentro de ese aparato.

En un artículo sobre el creciente fascismo de Trump, se podría hablar de racismo, sexismo y transfobia, que se traducen en actos represivos y violentos en los decretos de su primer día de mandato. Se podrían mencionar sus estruendos autoritarios en relación, por ejemplo, con la limpieza étnica de Gaza, la amenaza de toma de Groenlandia o el Canal de Panamá. Se podría hacer hincapié en la estrategia de la política del caos y la imprevisibilidad metódica que se pone de manifiesto, por ejemplo, en los aranceles a la importación. En todo ello, sin embargo, hay que subrayar que Trump no persigue un concepto sustantivo, sino que utiliza la opresión, la incertidumbre y la arbitrariedad como demostración de poder, lo que a su vez aterroriza a la política internacional, a la población y a las élites económicas de su propio país. Sobre el telón de fondo del derecho internacional, los derechos humanos, los valores liberales, los procesos democráticos y -por cierto- los intereses de numerosos votantes, todo esto son actos represivos, «cruces de fronteras» y «demandas sorprendentes», como los impotentes comentaristas de los medios de comunicación los han descrito desde la perspectiva del orden social basado en normas desde 1945.

Sin embargo, lo que es mucho más importante es que estos «cruces de fronteras» calculados no sólo cuestionan la legitimidad de las leyes nacionales e internacionales, sino que pretenden llevar a cabo una demostración de poder mediante la interrupción física de este orden. Por eso existe un potencial especial para el fascismo precisamente cuando el orden basado en normas no solo se ataca en la retórica política y los derechos de las minorías se restringen mediante decretos represivos (ya tuvimos todo esto en la primera legislatura), sino también cuando el poder se toma a nivel de infraestructuras y procesos administrativos. La interacción entre las políticas autoritarias y demenciales de Trump y la apropiación de la burocracia por parte de su secuaz Musk es la materialización de libro de texto de un teorema del experto en derecho constitucional nazi Carl Schmitt: «Soberano es quien dispone el Estado de Excepción», es decir, quien socava la democracia y el Estado de derecho a nivel de procesos y procedimientos. Lo que ya era el libro de jugadas del NSDAP se vuelve a utilizar aquí: El objetivo de la política fascista es apoderarse del aparato, no de una política concreta dentro de él. 

Lo que vendrá

Hasta dónde llegará el fascismo «clásico» en Estados Unidos, hasta dónde la dictadura, la abolición de la separación de poderes, el Estado de derecho y el pluralismo político, la persecución, deportación o asesinato de minorías y opositores políticos, la censura y la influencia política en los medios de comunicación y la ciencia, el terror militante y las operaciones militares expansivas... todo esto probablemente esté escrito en las estrellas. Sin embargo, hay un acontecimiento previsible desde hace unas semanas y que merece urgentemente más atención: la toma de control de las infraestructuras por parte de las grandes tecnológicas supondrá un uso sin precedentes de la automatización, el análisis predictivo de datos y la tecnología de IA en los procesos administrativos operativos. Si no, ¿por qué está Musk poniendo a trabajar a sus ingenieros tecnológicos tan bien pagados?

El acceso a los sistemas informáticos que se está incautando en la actualidad significa que conjuntos de datos altamente sensibles y exhaustivos están fluyendo hacia actores del sector privado que se han caracterizado durante mucho tiempo por su explotación desenfrenada de dichos datos. Las consecuencias serán la desigualdad, la persecución preventiva, el terror y la explotación de los grupos marginados por parte del aparato. La automatización penalizará especialmente a las minorías social y económicamente vulnerables (enfermos, inmigrantes sin papeles, opositores políticos). Los procedimientos administrativos eludirán insidiosamente los principios del Estado de Derecho y se volverán opacos y poco transparentes mediante el uso de sistemas de IA patentados. 

El elemento de predicción será cualitativamente nuevo en esta digitalización autoritaria del Estado, especialmente en comparación histórica con el uso de la tecnología de tarjetas perforadas de IBM por el régimen nazi: La fuerza de la IA reside en su capacidad para «estimar» a partir de conjuntos de datos incompletos la información que los individuos, con razón, no revelan sobre sí mismos, por ejemplo, sus opiniones políticas u orientación sexual, predisposición a enfermedades, abuso de sustancias y afecciones psiquiátricas. El análisis mediante IA de datos administrativos permite un trato desigual preventivo de las personas: no se les asegura, no se les emplea, no se les permite entrar en el país, se les retiran las prestaciones sociales, son registrados por la policía, sospechosos de fraude social o de poner en peligro a los niños porque un sistema informático opaco hace una predicción basada en datos de comportamiento.

El uso de tecnologías de conocimiento predictivo será una característica central del nuevo fascismo de una de las naciones tecnológicamente más industrializadas del mundo: Este fascismo se basa en una interacción entre el régimen político y la industria tecnológica, que conlleva una nueva calidad de clasificación social, explotación, opresión y persecución, incluyendo la deportación y el asesinato de personas.

Agradezco a Daniela Hombach y 
Hannah Ruschemeier sus útiles comentarios 
sobre una versión anterior de este artículo. 
 

viernes, 7 de febrero de 2025

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miércoles, 5 de febrero de 2025

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