sábado, 27 de junio de 2026

Reglas de tránsito (2)

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Están los que las tienen grande o creen que la tienen grande y creen que con eso basta. Embisten, desde atrás, usando el miedo como única herramienta. Te torean, como diciendo: correte o te rompo todo. 

Yo sonrío y me digo: "pará chiquito, pará".  O sea: esos jovenes que se creen que se trata de embestir por detrás y abrirse paso, la verdad, no saben cómo se hace.  Por lo general se trata de camionetas, pero a veces la misma actitud se reproduce en sedanes pedorros (aún cuando sean de marca: AUDI o BMS, digamos).

Para mí, manejar tiene que ver con la fluidez, el ahorro de energía, el deslizamiento suave y constante, el ronroneo (y no el gruñido). Yo tengo una regla de oro: si voy a velocidad máxima, puedo llegar a correrme del carril, pero sólo si eso no implica que yo pierda mi promedio de viaje bajando mi velocidad. 

A veces me corro del carril rápido, claro, por dos razones: el carril de sobrepaso debe estar siempre lo más libre que se pueda (cosa que cualquier que haya manejado en Europa sabe) y, en segundo lugar, disfruto de humillar a estos que funcionan a golpe de empuje inmisericorde (asunto al que Severo Sarduy dedicó sonetos memorables). Me corro, y les dejo pasar hasta el siguiente obstáculo. Por supuesto, la embestida es de tiro corto, porque unos metros más allá encontrarán taponado el conducto de circulación.

Mientras tanto yo, sin bajar mi velocidad crucero (siempre la máxima y nada más), me voy cambiando de carril, encontrando los agujeros, moviéndome hacia un costado y el otro, haciéndome el lugar que necesito para que el placer de manejar encuentre su punto de equilibrio, haciendo las señas del caso cada vez que me muevo, calculando con pericia la relación entre el vehículo y el espacio en el que debe moverse. Bien pronto aquél que quería embestirme queda atrás, atrapado en su propia impotencia y su incapacidad para avanzar como corresponde, fluidamente, delicadamente, asunto en el que yo tengo una pericia por encima del promedio. 

Supongo que son asuntos de la edad, pero creo que yo nunca toree a nadie, salvo como chiste. No me gustan ni la prepotencia ni la jactancia. Tenerla grande y no saber usarla son casi las dos caras de la misma moneda. ¿O no, amigos míos, o no?

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